viernes, 29 de mayo de 2009

If it be your will

Plegarias como ésta, sólo por su belleza, hacen que añore la fe que tuve. Lástima que ningún Dios hará que salgamos del infierno, que acabe la noche; por más que recemos, esa es tarea que nos toca a nosotros.

Si es tu voluntad que no hable más, que mi voz sea silencio como antes era, no hablaré más y esperaré hasta que me digas; si es esa tu voluntad.

Si es tu voluntad que mi voz sea auténtica, cantaré para ti desde esta colina destrozada; desde esta colina destrozada resonarán todas tus alabanzas si es tu voluntad permitirme cantar.

Si es tu voluntad, si hubiera alguna oportunidad, deja que los ríos se llenen, deja que las colinas se regocijen, vierte tu compasión sobre todos los corazones que arden en este infierno; si es tu voluntad hacernos el bien.

Y acércanos y átanos fuerte a tus hijos de aquí, todos en harapos de luz, en nuestros harapos de luz, vestidos para matar. Y haz que acabe esta noche, si es tu voluntad. Si es tu voluntad.

video

Se trata de una canción de Leonard Cohen, publicada originalmente en el disco de 1984, Various Positions. No es el único tema de tintes teológicos de este poeta canadiense que anda ya cerca de los tres cuartos de siglo. De sangre y religión judías, profesa también el budismo, lo cual, según sus propias palabras, es perfectamente compatible. Se me ocurre que quizá el budismo le permita endulzar al severo Dios veterotestamentario. Como sea, el video que acompaña este post es un fragmento de un maravilloso concierto en Londres el 31 de marzo del año pasado. Quienes cantan esta preciosa canción son las hermanas Webb, dos inglesitas que se sumaron al equipo vocal de Leonard Cohen junto a su colaboradora de ya tantos años, Sharon Robinson.

Disfruten la canción.

PS: Este post es una excusa para dos experimentos que han requerido unos cuantos intentos fallidos. El primero, cortar un trocito de un video largo, en este caso, el concierto de Leonard Cohen. El segundo, subir directamente a blogger mi propio video (el extracto), lo que, por cierto, tarda un rato largo. Siempre hay una primera vez para todo.

CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

martes, 26 de mayo de 2009

Una sesión de jazz y cine en París

Noviembre de 1957, un licenciado en medicina viaja a París, pretende rematar su tesis doctoral sobre Alexis Carell; pero eso es irrelevante para la historia. Allí, no sé cómo, en una reunión, conoce a Jeanne Moreau. Jeanne ya era una estrella en ascenso en la cinematografía francesa; ¿qué le vio a ese españolito gafotas y desgarbado? El caso es que algo hubo entre ambos, algo breve (no más de una semana) y que no puedo precisar con certeza. ¿Hubo o no hubo sexo? Ese joven médico sería unos meses después mi padre.

Unos cuarenta años después, un matrimonio mayor, mis padres, vienen a visitarme a la isla. Estamos sentados en la sala y en la tele emiten Ascensor para el cadalso. Mi padre dice: ¡vaya, la maldita película! Cuenta una historia con demasiadas elipsis: que conoció a Jeanne Moreau, que él estaba deslumbrado, la actriz famosa, rubia y bella y a la vez con esa mirada dura, distante, que a ella mi padre le gustó … Yo le gustaba y salimos juntos varias tardes. ¿Cuánto significa el verbo salir? Pero no concibo a mi padre siendo más explícito conmigo; además, estaba mi madre que bromeaba irónica: sí ya, la Moreau, ¿y cuántas más?

Pero mi padre no solía fanfarronear. Salí varias veces con ella, sí, la verdad es que me enamorisqué y eso que alguien me dijo que estaba casada. Una tarde me propuso acompañarla a una sesión de grabación; por lo visto se trataba de grabar la música que iba a conformar la banda sonora de la película que había rodado. El director, un tipo más joven que nosotros (ambos teníamos veintinueve), había insistido en que asistiera, había conseguido que un genio (así se lo dijo), el mejor trompetista de jazz del mundo, tocara para su película, la primera que él dirigía, normal que estuviera entusiasmado, aparte de que le apasionaba el jazz.

Yo le oía, a mi padre, y alucinaba. Estamos hablando de Miles Davis, pensé (su trompeta para entonces ya había invadido nuestra sala, además de haber leído su nombre al principio de la película), y … ¿mi padre? Si pensaba que ni siquiera conocía su nombre, como ignora casi todo del jazz. Pues resulta que la acompañó y fue a unos importantes estudios de radio, televisión y cine. Se trataba de los de Le Poste Parisien, pero eso él no lo dijo; se acordaba, en cambio, de que estaban en la avenida de los Campos Elíseos, muy cerca del Arco de Triunfo, y también de que le impresionaron, locales tan amplios, con tantas cosas que desconocía. Se sintió apocado, confesó, ¿qué hacía yo ahí, entre tanta gente que parecía tan importante o, al menos, tan segura de su importancia?

Avenue des Champs Elysees, Paris, 27 July 1955 (fotografía publicada en Flickr por allhails)

Había mucha gente, nos contó mi padre. Al principio, Jeanne me iba presentando, pero poco a poco ella iba dejándose absorber por un ambiente que a mí en cambio parecía rechazarme; así que notaba que me opacaba, casi haciéndome invisible. Había mucha gente y el que más se movía como si fuera un titiritero que sostuviera las cuerdas de todos nosotros, sus marionetas, era el director, Louis Malle, un chaval joven, el pelo revuelto, mal afeitado, en tirantes y fumando sin parar; bueno también yo fumaba sin parar, entonces todos fumábamos sin parar, siempre los horribles gauloises. Jeanne parecía la anfitriona consorte, se colocó detrás de una especie de barra y se puso a servir bebidas, y a beber ella, claro, enseguida me di cuenta de que se había achispado.

Era un caos, todos riendo y hablando a gritos, ya era tarde y de pronto se hizo el silencio y era que entraba el genio de la trompeta. ¿Miles Davis, papá? Sí, contestó como si el nombre no significara nada, así se llamaba, Miles Davis, un negro muy negro, flaco, con una mirada que daba miedo y a la vez te intrigaba. El tío casi no hablaba, pero todos le rodearon con reverencia, en especial Malle que parecía estar ante un Dios, pero también Jeanne, la respiración se le había entrecortado. Todos nos fuimos distribuyendo por las sillas, en la parte de delante se puso el trompetista con sus músicos, cuatro o cinco más, creo que eran franceses. Atenuaron las luces, casi las apagaron completamente, y empezaron a proyectar esta película que están dando en la televisión, pero sin sonido, porque eran los músicos quienes, viendo las escenas, tocaban.


Florence sur les Champs-Elysées. Miles Davis (Ascenseur Pour L'Échafaud)

La verdad es que la música era envolvente, hipnótica. Yo estaba sólo, abandonado por Jeanne y ajeno a todos los demás personajes que en nada me concernían. Por un buen rato perdí el sentido del tiempo y del espacio, me entregaba a esas melodías extrañas y dejaba que la trompeta del negro se enroscara a mi cerebro y lo llevara en una especie de danza mágica, irreal. Davis era el que iniciaba cada tema, improvisando a medida que veía las imágenes, y los otros le seguían, también en audaz improvisación. A veces el trompetista hacía un gesto con la mano y todo se detenía y entonces Malle mandaba volver a proyectar esa escena y la misma música, o casi, se repetía. El hechizo me duró más de dos horas y salir de él fue como despertar de un sueño profundo que te obliga a ir despegándote de adherencias resacosas. Me acerqué a Jeanne, pero ella seguía embelesada y apenas me prestó atención. Me sentí idiota y también el único lúcido entre toda esa gente alelada, absorta en la música; lo que se me hizo evidente es que estaba fuera de lugar, que allí no pintaba nada. Sin despedirme de nadie, me fui; serían casi las dos de la madrugada.

No contó mucho más mi padre, ni esa tarde ni nunca más. Yo luego me enteré de que esa sesión mítica duró hasta las cinco de la madrugada, que asistieron varios ilustres de aquellos años (Boris Vian, por ejemplo, uno de los escritores que devoré en mi veintena) y de que todos tuvieron la sensación de haber vivido una experiencia absolutamente singular (tanto Malle como Miles quedaron tremendamente satisfechos, aunque el músico dijo que no tenía intención de repetirlo). También me enteré de que, en contra de los rumores que circularon, la música no fue improvisada; cuando me compré el disco de la banda sonora leí el texto en el que Marcel Romano, el promotor del Club Saint-Germain que había contratado a Miles, cuenta que el trompetista estuvo unos quince días trabajando en su hotel en la composición de la música que había de acompañar a cada escena. Pero todo esto no se lo pude contar a mi padre y murió sin saberlo. Aunque quizá sí lo supiera y quizá sí sabía más de jazz de lo que decía. Esa tarde en mi casa me confesó que, a raíz de esa sesión, le cogió manía al jazz. Pudo más el malestar por sentirse rechazado que la magia de la trompeta de Davis. Lástima.

Por mi parte, me quedé sin saber los detalles de la relación entre mi padre y la Moreau. Todavía podría preguntárselo a ella, pero ni se acordaría ni yo creo que en realidad quiera saberlo.



CATEGORÍA: Ficciones / Recuerdos

lunes, 25 de mayo de 2009

Acertijo cinematográfico

Dos amantes conjurados para el asesinato del marido de ella, un importante empresario para el cual él trabaja. Esa misma tarde, antes de salir de las oficinas, él ha de matarlo; ella le esperará en la terraza del café de costumbre, subirá a su gran coche descapotable y serán libres por fin. El crimen se cumple, pero un olvido que hay que corregir y el azar pasa a ser quien decide.

El coche descapotable, irresistible tentación, dos pilluelos y un nuevo crimen, esta vez doble. La mujer enamorada que lo busca toda la noche, la desesperación y casi la locura en su mirada. El policía de cara de boxeador e irónica inteligencia, genial siempre este actor. Y, claro, la caja suspendida e inmóvil, en la que queda encarcelado el asesino para permitir la trama.

Obediente a los cánones del cine negro americano, pero con un toque del nihilismo europeo de la posguerra. Blanco y negro, por supuesto. El director, entonces tan joven, será uno de los grandes. Y, por encima de todo, una trompeta prodigiosa.


Actualización a medianoche: Poco ha durado el enigma; Cacho de Pan acertó casi todo lo que había que acertar (sólo omitió el nombre del trompetista). Así que, quien quiera saber la respuesta que vea los comentarios; quien prefiera intentar averiguiarla por sí mismo, pues que no los mire (si es capaz). De todas formas, este post (y este acertijo) era una excusa introductoria para un breve relato que tengo a medias.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

viernes, 22 de mayo de 2009

Nuevas aventuras en el tranvía

Voy caminando hacia la parada y veo que el tranvía ya está allí. Mi bono no tiene saldo suficiente así que me apuro en cambiarlo por uno nuevo (introducir el viejo, que la máquina me diga la diferencia que he de pagar, meter el dinero y confiar en que no rechace el billete arrugado de diez euros, recoger las monedas de la vuelta, el nuevo bono y el recibo). En ese momento suena la bocina que advierte de la salida del tranvía y con las justas logro colarme dentro. Pico el bono reciencito de 12 euros en la "canceladora", una máquina con una ranura en la parte superior por la que se traga el bono, lo lee y le descuenta el coste de un viaje imprimiendo una serie de códigos, y luego lo escupe para que el cliente se lo guarde para siguientes usos (o por si se lo pide un revisor).

El tranvía está bastante lleno, pese a ser la parada inicial. Voy cargado con un maletín, una bolsa con libros recién comprados y la chaqueta. Encuentro un asiento libre y, molestando a un par de señoras, lo ocupo. Coloco los bultos y chequeo que llevo todo conmigo. Echo en falta el bono nuevo; no está en el bolsillo de la camisa, ni en los de los pantalones, ni en el de la chaqueta, ni en la bolsa con los libros, ni en el maletín ... La única explicación es que se me olvidara recogerlo de la canceladora, descuido rarísimo que nunca antes me había sucedido. Pido permiso y vuelvo a molestar a las dos señoras para caminar hacia la canceladora en la que piqué el bono. En cuanto llego, un señor mayor, con voz casi susurrante me dice: usted es el que se dejó el bono en la máquina. Sí, contesto, ¿sabe que ha sido de él? Lo ha cogido esa mujer de allí, la que está con una camiseta negra.

Me acerco a la mujer que me da la espalda. Junto a ella hay un tipo muy alto y muy cachas; lleva una camiseta ajustada que deja adivinar pectorales de vigoréxico; los brazos, al descubierto, cubiertos de tatuajes y con un diámetro comparable al de mis muslos, no dejan espacio a la imaginación. Con un dedo rozo ligeramente la espalda de la mujer de negro, perdone, le digo. Se da la vuelta lentamente, pero antes de que me vea, el hombre con voz irritada me increpa, qué es lo que quiere. Perdone, repito mirando a ambos, ella ya se ha dado la vuelta y me mira intrigada, ¿ha encontrado un bono en la máquina? Sí, contesta, ¿por qué? Es que es mío, se me quedó, ¿me lo puede dar? Ella se queda callada, mirándome como si me estuviera tasando. Tres, cuatro, cinco segundos, nada. Habla el gigante musculado: ese bono estaba agotado, ya no vale. Y él también me mira, pero con otra mirada, nada tranquilizadora.

En fin, estamos en un tranvía lleno; noto que la gente de alrededor está pendiente de la escena. Ahora soy yo el que no hablo, limitándome a sentir las dos miradas. Paso del vigoréxico para esforzarme en aguantar la mirada de la mujer, creo descubrir un punto irónico en el fondo de unos ojos grandes y negros. No, no estaba agotado, lo acababa de comprar, le contesto a ella, ¿te importaría devolvérmelo? Cruz de Piedra, anuncia la voz femenina de la megafonía. Vamos, dice el gigantón. Ella amaga una ligera sonrisa, sí claro, tómalo, y en su mano, como de la nada, aparece el bono; me lo da y se gira, sigue al hombre, la puerta se abre, salen a la calle. El tranvía vuelve a ponerse en marcha.

El señor mayor que me había señalado a la mujer vuelve a hablarme, ahora en un tono bastante más alto: menos mal que se lo dieron, el bono, porque querían quedárselo. Sí, corrobora una chica joven, yo le dije a esa mujer que el bono se lo había olvidado usted. Otra entra en la conversación: claro que sabían que estaba lleno, si lo comentaron entre ellos, menudo par esos dos. Parece que, ahora que se han ido, se ha abierto la veda para el chismorreo; no me gusta ser el motivo del debate, les agradezco y retorno hacia mi antiguo asiento. Mientras camino echo un vistazo al bono: se trata de uno ya agotado.


Se Dejaba Llevar. Antonio Vega

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

jueves, 21 de mayo de 2009

Espiritualidad nazi

En la Europa de entreguerras abundaron los movimientos "espiritualistas". Con distintas variantes, casi todos ellos se basaban en unos principios dualistas (y descaradamente maniqueos) entre el Bien y el Mal, así con mayúsculas. El Bien máximo, la perfección, no era otra cosa que Dios. Todos los entes, fueran seres vivos o no, tenían en su propia esencia la tendencia hacia la perfección; es decir, a fundirse en Dios. Habría pues una ley universal centrípeta que gobierna todos los entes, de modo que la dispersa multiplicidad vaya poco a poco reduciéndose por la progresiva fusión en su evolución hacia el Bien absoluto. Ese Dios vendría a ser la concentración de todo el universo que, antes de que existiera el espacio-tiempo, explotó originando el proceso centrífugo de la multiplicidad. Visto así todos los seres somos Dios y por eso tendemos a recuperar la unidad primigenia. Aunque (inevitable dualismo) siguen existiendo las fuerzas del mal que se oponen a esta evolución hacia la perfección divina.

De otra parte, esa dicotomía entre el Bien y el Mal encontraba su exacta equivalencia en la pareja del Espíritu y Materia. Como el Bien sólo estaba en lo espiritual, el progreso hacia la perfección equivalía a la progresiva desmaterialización. En este punto entraba en juego la reencarnación. Cuando uno moría, el alma se reencarnaba en un ser de menor o mayor densidad material en función del bien o el mal que hubiera cometido durante su vida. Este proceso afectaba, como ya he dicho, a todos los entes pero sólo los humanos, en tanto dotados de voluntad autónoma para hacer el bien o el mal, teníamos la capacidad de contribuir a la espiritualización del resto de seres. Por ejemplo, si cada vez había más personas que se avanzaban por caminos de perfección no sólo preparaban encarnaciones más espirituales para sus almas en futuras vidas sino que contribuían a que el propio planeta en su totalidad avanzara hacia una forma estelar superior, más espiritual, menos densa.

Estas gentes pensaban que, a lo largo de la historia, habían existido personajes muy singulares, rayanos en la perfección, si no plenamente perfectos, que antes de fundirse con la Divinidad quisieron enseñar a los humanos el Bien y el Mal a fin de ayudar a la Tierra a alcanzar un nivel superior de espiritualidad; personas, para que nos entendamos, como un Buda, Jesús, etc. En la década de los 30, a medida que el nazismo se iba consolidando, bastantes de estos movimientos en el área centroeuropea (incluyendo Alemania, por supuesto) entendieron que asistíamos a una nueva época de renovación espiritual, de predominio planetario del Bien, y que el Mesías que la iba a hacer posible, el que iba a propiciar la desmaterialización, era Adolf Hitler.

En la Viena de la primera y balbuceante república austriaca, estos grupos esotéricos que se reunían en misteriosas sesiones para consultar a través de médiums a almas en tránsito de reencarnación, solían juntar a personas de clase alta venidas a menos, añorantes del viejo imperio de los Habsburgo, imbuidas de vagas ideas pangermanistas (aunque despreciaban a los prusianos como vulgares advenedizos) y, por supuesto, antisemitas. Por eso, a pesar del inevitable desdén con que habían de ver a ese demagogo gritón de los primeros tiempos, saludaron como necesarias para aumentar la bondad del mundo (o, al menos, de la Mitteleuropa) las medidas destinadas a la expulsión de los judíos. Porque era sabido que ellos, los judíos, eran los portadores de todos los males, seres hundidos en lo material, inferiores. Da que pensar cómo se pueden compatibilizar teosofías etéreas sobre bondades místicas con las crueles prácticas, ya desde el inicio, del antisemitismo nazi.

A este asunto se refiere Gregor von Rizzori, entre otros muchos que salpican caótica y deslumbradoramente las páginas de la novela autobiográfica (?) Memorias de un antisemita. Recomendable (publicada por Anagrama en un libro, La Gran Trilogía, que tiene además Un armiño en Chernopol y Flores en la nieve).


Hitler in my Heart. Antony and the Johnsons

CATEGORÍA: Literaturas

lunes, 18 de mayo de 2009

Soluciones al "acertijo literario"

Todo texto es un acertijo y también (o si se prefiere) contiene múltiples acertijos. El texto cuya primera parte publiqué el pasado 9 de mayo tenía pensado encabezarlo ¿Dónde vas? ¿Dónde has estado? que es justamente el título del relato de Joyce Carol Oates que, con quizá demasiada libertad, he traducido. Pero la verdad es que ese título no me gustaba demasiado —y sigue sin gustarme)— pese a las reminiscencias dylanianas (A Hard Rain's A-Gonna Fall). Entonces se me ocurrió no decir cuál era ese relato y proponer a mis lectores que lo averiguasen. El acertijo podría tener cierta dificultad si no existiera internet, ya que basta con teclear Arnold Friend en Google para enterarse inmediatamente de todo. Sopesé la posibilidad de cambiar los nombres propios, incluso ir más lejos y adaptar la historia a otro contexto, geográfico y temporal. Pero tampoco se trataba de desvirtuar demasiado mi interés inicial que no era otro que traducir(me) el texto de la Oates.

Así que pensé, pues digo que se trata de un acertijo pero no lo enuncio, de forma que el primer acertijo pasa a ser descubrir cuál es el acertijo; y eso hice, titulando el post Acertijo literario, de modo que el adjetivo aportara una pista añadida. Pasaron tres días hasta que alguien aludió en los comentarios al título del post; ¿por qué se titula acertijo literario? preguntó Casiopea. Me decidí a contestar y ya enseguida empezaron a caer las respuestas acertadas. Júbilo fue el primero en mencionar el título, aunque antes Reverendo advertía de otros acertijos (a los que luego me refiero). Luego Strika intuyó certeramente que Bob Dylan jugaba un papel en esta historia y, en un posterior comentario, precisó que la canción del de Minnesota que había inspirado a la Oates era It's All Over Now, Baby Blue. Este era justamente el tercer posible acertijo del post, abundantemente señalizado con cinco versiones de dicha canción que, en la segunda parte, he aumentado con seis más. Seguro que pocos conocían tantas versiones del mismo tema y ninguna cantada por su autor (para completar el exceso, aquí va una más esta del propio Dylan, pero también distinta de la original).


Bob Dylan, Live 1975-The Rolling Thunder Revue

Alguien podría entender (Júbilo, por ejemplo) que el acertijo consistía en descubrir el porqué se me había ocurrido traer este texto al blog y, siendo todavía más enrevesado, si había una intención oculta trayéndolo, si pretendía dar algún mensaje críptico (o no tanto). No, no se me ocurrió en absoluto que mis motivos fueran materia de la adivinanza y mucho menos quería decir nada pasando a mi blog la historia de la quinceañera Connie; no obstante, la jubilosa elucubración me sirve para contar la génesis personal del post. La cosa es que la Oates es una autora de la cual hasta hace poco no sólo no había leído nada sino que desconocía hasta su existencia. Las dos únicas novelas suyas que he leído (A media luz y La hija del sepulturero), me han gustado, sorprendido e interesado en muchos y diversos aspectos. Me sorprendió también que no supiera nada de esta autora, que no es precisamente una jovencita (cumplirá 71 en un mes) y tiene publicada una vastísima obra que toca casi todos los géneros (aclaro que a veces me sorprende que siga sorprendiéndome ante la enormidad de lo que desconozco, pero es así). Empecé pues a indagar sobre esta mujer y comprobé que ha sido poco traducida a nuestro idioma (aunque no tan poco como para excusar mi ignorancia) además de enterarme de curiosidades sobre su vida y obra que avivaron más mi interés. Entre éstas, por ejemplo, que es una apasionada del boxeo, asunto sobre el cual ha escrito abundantemente (si bien Lansky dice que no tiene ni idea, opinión que no puedo cuestionar porque ni he leído nada de la Oates al respecto ni tampoco sobre boxeo sé apenas nada); pero también que la música de Dylan y la propia personalidad del cantante ha sido muy significativa en su vida, lo cual sí me resultaba más relevante. De hecho, fue a través de esta conexión como llegué al relato que me he atrevido a traducir: Where Are You Going, Where Have You Been?

Este relato fue publicado en el número de otoño de 1966 de Epoch, la revista literaria de la universidad de Cornell y se inspiró en un hecho real acaecido en Tucson, Arizona, entre una chica adolescente y un carismático asesino en serie. Joyce Carol Oates admiraba a Dylan desde el 63 (a partir de la publicación de Freewheelin') y de ahí, supongo yo, que le apeteciera dedicarle un relato; y más éste porque, según su propia confesión, mientras lo escribía oía repetidamente la canción It's All Over Now, Baby Blue, cuya melodía le pareció que ambientaba perfectamente la atmósfera de su historia. Yo diría que no sólo la melodía, sino también, en alguna medida, la letra: el "todo se ha acabado ya, chica triste" de la canción enlaza con el hipnótico discurso de Arnold queriendo convencer a Connie de que la etapa de su vida familiar había acabado. En fin, para no darle más vueltas: descubrí este cuento porque, indagando sobre la Oates, descubrí su relación con Dylan y me interesó leer el relato que le había dedicado (además de sugerirme el tema del tercer acertijo).

Yo no domino el inglés y menos en textos con una mínima calidad literaria y suficiente acervo léxico. Pude hacer una primera lectura para pillar el argumento general de la historia pero, sobre todo, para darme cuenta de que había muchas cosas que me perdía. Así que me decidí a traducirlo, tarea para mí bastante trabajosa. A medida que iba leyendo los resultados literales (o lo más literales posibles) me daban ganas de reescribirlo con mis propias palabras, si bien intentando mantener el estilo de la autora. De éste quizá la nota más destacada es ese ritmo machacón, lento, repetitivo, basado en lo prolijo y minucioso de los detalles, que logra ir agobiando al lector, contribuyendo magníficamente a la sensación de ansiedad que se pretende transmitir, a que nos angustiemos empáticamente con lo que le puede suceder a Connie. Naturalmente, no he sido capaz de llegar al nivel de Oates; de hecho, mi "traducción" tiene una longitud apenas poco más de la mitad del original debido a las supresiones y condensaciones. Pero, como ya dije en un comentario, me apetecía darme cuantas libertades quisiera, aunque espero no haber traicionado demasiado el relato. Una última e importante razón para incorporar el cuento al blog fue que, pese a tener más de cuarenta años y haber sido abundantemente recogido en antologías estadounidenses, que yo sepa no está traducido al castellano (consulté el ISBN).

Antes de acabar este ya largo post debería referirme a los verdaderos acertijos que no son otros que los del propio relato de Oates. ¿Quién era Arnold Friend? El diablo, según las más de las interpretaciones críticas. ¿Qué le sucedió a Connie? Pues no se sabe, la autora prefirió dejar el final abierto; pero a mí me da que nada bueno. Pero sobre todos estos misterios, los que sí son propiamente literarios, hay abundantes escritos críticos (eso sí, en inglés).


CATEGORÍA: Literaturas

sábado, 16 de mayo de 2009

Acertijo literario (y II)

Empleaba un tono cadencioso, como si recitara la letra de una canción; una sonrisa tranquilizadora, todo va bien, parecía decirle.
—¿Cómo te has enterado de todo eso? —preguntó Connie.
—Escucha: Betty Schultz, Tony Fitch, Jimmy Pettinger, Nancy Pettinger, Raymond Stanley, Bob Hutter …—encadenaba los nombres en una letanía. —Conozco a todos tus amigos.
—Pero … ¿cómo? Tú no eres de por aquí. No te hemos visto nunca.
—Claro que me has visto. Lo que pasa es que no te acuerdas.

Connie calló pensativa. Miró hacia el coche, tan lleno de frases sobre el dorado brillante, frases que leía con la sensación de que ocultaban algún significado vagamente familiar pero que no acertaba a comprender.

—¿Qué estás pensando? —le preguntó Arnold Friend. Supongo que no te preocupará despeinarte en el coche. ¿Piensas quizá que no conduzco bien? Ay, Connie, eres una chica difícil, ¿qué tengo que hacer para que te des cuenta de que soy tu amigo?

De pie al otro lado de la mosquitera cerrada, Connie se mantenía absolutamente quieta, oyendo la música que le llegaba a la vez desde la radio de Ellie y de la que estaba en su habitación, y mirando fijamente a Arnold Friend, apoyado contra la puerta del coche, rígido pero queriendo parecer relajado. Lo miraba y repasaba los detalles, los vaqueros apretados que marcaban sus muslos y nalgas, las grasientas botas de cuero, la camiseta ajustada; pero también esa sonrisita amigable, a la vez somnolienta y soñadora, que tantos chicos empleaban para sugerir lo que preferían no decir con palabras. Todos eran rasgos familiares pero, al mismo tiempo, algo no casaba. ¿Cuántos años tienes? —le preguntó de repente. Él esbozó una sonrisa desvaída y entonces ella se dio cuenta de que no era un muchacho sino mucho mayor, treinta, quizá más. El corazón se le aceleró.

—Qué pregunta más tonta. ¿No ves que tengo tu misma edad?
—De eso nada.
—Vale, un par de años más; tengo dieciocho.
—¿Dieciocho? —dudó Connie.


The Chocolate Watchband

Arnold asintió sonriente dejando ver unos dientes grades y muy blancos; sus ojos se hacían rendijas, bajo unas pestañas densas y muy negras, como si estuvieran teñidas con betún. De pronto se volvió hacia Ellie que seguía escuchando su música, ajeno a todo, las gafas de sol como una barrera que ocultara sus pensamientos. —Mira este tío —dijo —está loco, no te imaginas cuánto, monta unas broncas increíbles, es un tipo duro, todo un carácter. Aporreó el coche para llamar la atención de su amigo logrando que por primera vez levantara la vista hacia ellos. Tampoco era un muchacho. Tenía una cara limpia, sin pelos, las mejillas enrojecidas como si la piel fuera muy suave; era la cara de un bebé, pero de un bebé de cuarenta años. Un tipo raro, pensó Connie, y sintió una oleada de vértigo, como si ese rostro descolocara el orden de las cosas.

—Creo que es mejor que os vayáis ya -la voz le salió desmayada.
—¿Cómo dices? —gritó el chico. —Hemos venido para llevarte a dar una vuelta. Es domingo, todo el día es domingo, ¿acaso no lo sabes? Atiende preciosa, no me importa con quién estuvieses anoche; ahora estás con Arnold Friend, no lo olvides. Lo mejor será que salgas afuera, aquí, con nosotros. —Había suavizado la voz, ya no sonaba enojada sino halagüeña, mimosa.
—No. Tengo cosas que hacer. Marchaos.
—Connie, no te quedes conmigo, de verdad, no te quedes conmigo. —Movía la cabeza como si le costara creerlo, soltó unas cortas carcajadas, se quitó las gafas de sol y se las colocó muy cuidadosamente sobre la cabeza. Connie lo miraba anonadada, le volvió la sensación de vértigo, una oleada de vértigo y también de miedo empezó a crecer en su interior. Por un momento, la visión de Arnold se desenfocó, pasó a ser una figura borrosa contra el fondo dorado chillón del coche. De pronto nada parecía real, como si los chicos, incluso la música, proviniesen de la nada o de algún otro sitio desconocido.
—Como venga mi padre y os vea aquí …
—Tu padre no va a venir; está en una barbacoa.
—¿Cómo lo sabes?
—En casa de la tía Tillie. Ahora mismo están bebiendo, todos sentados en círculo —hablaba titubeante, como si estuviese esforzándose en ver el jardín de la casa de tía Tillie. De pronto, como si la visión se le aclarara, asintió enérgicamente, —Sí, están sentados todos juntos. Mira, ahí está tu hermana con un vestido azul y tacones; pobre y triste June, no se parece en nada a ti, preciosa. Y tu madre, mírala, ayudando a una mujer gorda a descascarillar el maiz.
—¿Qué mujer gorda? —Connie gritó, delatando su angustia.
—Cómo voy a saber quién es esa mujer gorda, no conozco a todas las malditas mujeres gordas —rió Arnold Friend. —Además, es demasiado gorda. No me gustan las gordas. Me gustan los cuerpos bien formados, como el tuyo, cariño.


Marianne Faithfull

Ambos se miraron fijamente por un rato a través de la rejilla de la puerta hasta que él, muy suavemente, rompió el silencio:
—Bien, ahora vas a hacer lo siguiente, vas a abrir esa puerta y a salir, te vas a sentar aquí delante conmigo y Ellie se va a ir a la parte de atrás, al diablo con Ellie, ésta no es la cita de Ellie, sino la mía. Porque yo soy tu amante, cariño.
—¿Qué? Estás loco.
—Sí, soy tu amante. No sabes lo que eso significa, pero lo vas a saber pronto. Hazme caso, lo sé todo sobre ti y también sé que vamos a ser amantes. Pero no te asustes, no podrías pedir que te tocara alguien mejor que yo, nadie más cuidadoso ni más encantador para tu primera vez. Te diré lo que va a ocurrir y puedes creerme porque yo siempre mantengo mi palabra. Te abrazaré muy fuerte, tan fuerte que ni se te pasará por la cabeza intentar soltarte, y entonces entraré dentro de ti, entraré en esa parte tuya que es secreta y tú me darás ese secreto y me amarás …
—¡Cállate! ¡Estás loco, eres un pervertido! —le interrumpió Connie, mientras retrocedía con las manos contra las orejas, como si hubiese oído algo terrible. —La gente no habla así, tú eres un loco —mascullaba asustada, sintiendo que el corazón, desbocado, no le cabía en el pecho, que sus latidos bombeaban chorros de sudor que se desparramaban por todo su cuerpo.

Arnold Friend dio un paso hacia el porche. Lo hizo tambaleante, como si estuviera borracho; casi se cayó pero, haciendo un extraño bamboleo de sus botas, se agarró a uno de los postes y recuperó el equilibrio.
—Cariño —dijo —¿Me sigues escuchando?
—¡Vete al infierno! ¡Largo de aquí! Voy a llamar a la policía.

Al oír estas palabras, Arnold masculló una maldición, pero enseguida volvió sonreír; una sonrisa, pensó Connie, desagradable, como si saliera de detrás de una máscara, como si su cara entera fuera una máscara.
—Cariño, atiéndeme y créeme, porque yo siempre digo la verdad, ¿vale? Te prometo que no entraré en esa casa a buscarte.
—Mejor que no lo hagas, porque si no llamaré a la policía.
—No, cariño, yo no voy a entrar, pero tú vas a venir aquí afuera.


Chris Farlowe

Connie jadeaba, sentía que le faltaba el aire. Miraba a su alrededor y no reconocía la cocina, la ventana sin cortina, los platos en el fregadero, la mesa pegajosa; le parecía que estaba en un lugar desconocido, en un lugar hostil.
—Voy a llamar a la policía—repitió, y ahora sonó menos convincente.
—Atiéndeme, preciosa, en cuanto toques el teléfono, dejaré de estar obligado a mantener mi promesa y entonces tendré que entrar a por ti. Seguro que no es eso lo que quieres, ¿verdad?

Connie se abalanzó hacia la puerta, para intentar bloquearla, pero sus dedos temblaban.
—No te molestes, cariño, ¿para qué? No es más que una puerta mosquitera, no es nada. Cualquiera puede romper una puerta mosquitera, o aunque sea de cristal o de madera o de hierro, cualquiera puede y mucho más Arnold Friend. Imagínate que tu casa empezara a arder, que hubiera un incendio; saldrías corriendo a refugiarte entre mis brazos, de una vez te darías cuenta de que soy tu amante, con quien te vas a sentir protegida más que en tu propio hogar, dejarías por fin de hacerte la tonta. No me molestan las chicas bonitas y tímidas, cariño, pero no me gustan cuando insisten en hacerse las tontas.

Hablaba con un ligero ritmillo que remedaba el eco de una canción del año anterior, una canción que trataba de una chica que se iba con su amante. Connie se sentía paralizada, ahí quieta, descalza sobre el suelo de linóleo de la cocina.
—¿Qué es lo que quieres?
—Te quiero a ti. Te vi la otra noche y pensé, esta es la chica, sí señor; si la consigo nunca necesitaría mirar a ninguna otra.
—Pero mi padre va a venir. Va a venir a buscarme. Seguro que ya está viniendo. Yo me quedé porque tenía que lavarme el pelo.
—No, tu papá no va a venir y sí, tenías que lavarte el pelo y te lo has lavado para mí. Me encanta tu pelo, precioso y brillante, y todo para mí. Te lo agradezco, corazón —e hizo una reverencia burlona, pero otra vez volvió a perder el equilibrio. Tuvo que enderezarse y ajustarse las botas. Algo le pasaba en los pies; las botas debían estar rellenas con algo que le hacía parecer más alto.


The Byrds

—Vete. Si llamo a la policía te arrestarán.
—Te he prometido que no entraré a por ti a menos que toques ese teléfono y mantendré mi promesa —impostaba la voz, como si fuera el héroe de una película y estuviera declarando algo importante. —No tengo ninguna intención de entrar en esa casa, a la que no pertenezco; eres tú la que has de salir aquí. ¿Acaso no sabes quién soy, no me reconoces?
—Estás loco —masculló ella; retrocedió un par de pasos, pero no se atrevía a alejarse de la puerta como si siguiendo ahí pudiera mantenerlo afuera. No sabía qué hacer, su mirada revoloteó desconcertada por la habitación, casi ni podía recordar dónde estaba.
—Mira, cariño, así es cómo están las cosas: tú sales y nos vamos en el coche a dar un bonito paseo. Pero si no sales, esperaremos aquí hasta que tu gente vuelva a casa y entonces … Yo soy tu chico, el que te está reservado; por eso tienes que salir aquí afuera, como toda una dama, y darme tu mano, y así todos estaremos contentos, a nadie le pasará nada malo, te lo aseguro, ni al simpático calvorota de tu padre ni a la gruñona de tu madre ni a tu hermana con sus zapatos de tacón. Mucho mejor, ¿verdad? ¿Para qué habríamos de meterlos a ellos en esto?
—¿Qué me vas a hacer?
—Sólo dos cosas, tres quizá. Pero te prometo que no durarán mucho y que te voy a gustar como te gusta la gente de la que te sientes cerca. Así será. Aquí ya no hay nada para ti, ha dejado de ser tu lugar, así que sal. ¿No quieres meter a tu gente en problemas, verdad?

Ella se dio la vuelta bruscamente y se golpeó contra una silla, haciéndose daño en la pierna; corrió asustada hacia la habitación de atrás y descolgó el teléfono. El tono de la línea le atronó en el oído y sintió que el pánico la invadía, tanto que no podía hacer otra cosa que escuchar ese ruido; el auricular lo notaba húmedo y muy pesado, sus dedos tantearon el disco pero parecían demasiado débiles para marcar. Empezó a gritar. Lloraba, lloraba por su madre, por su familia, y mientras, sentía las sacudidas de su respiración en los pulmones, hacia delante y hacia atrás, como si fueran puñaladas que le estuviera asestando Arnold Friend una y otra vez. Una inmensa aflicción crecía y la envolvía, la encerraba como si fuera una concha que la aislaba de todo. Pasado un rato, la voz de Arnold Friend la devolvió a la realidad; estaba sentada en el suelo, la espalda apoyada contra la pared.


Grateful Dead

—Eres una buena chica, no me decepciones y cuelga el teléfono. —Ella, como si fuera una autómata, lo colgó y volvió a colocar el aparato en su sitio— Muy bien, preciosa, así se porta una buena chica. Ahora vas a salir afuera.

Connie se sentía hueca, sentía que lo que antes era miedo ahora no era más que vacío, el llanto había sacado todo el miedo. Pero todavía quedaba una pequeña lucecita en lo profundo de su cerebro que mantenía unas mínimas señales de alerta. Pensó: no voy a ver nunca más a mi madre, no voy a dormir nunca más en mi cama. Su blusa verde estaba empapada. Oyó de nuevo la voz de Arnold Friend, una voz alta y educada, como si estuviera hablando en un escenario:

—El lugar del que procedes ya no existe para ti. Donde ahora estás, la casa de tus papás, no es más que una caja de cartón que ya no significa nada. Puedo arramblar con ella en cualquier momento; eso lo sabes y siempre lo has sabido. Te voy a llevar a un sitio maravilloso, un campo lleno de fragancias y siempre soleado. Te abrazaré tan fuerte que te sentirás en el mejor de los mundos y te enseñaré cómo es el amor. Pon la mano sobre tu corazón, cariño; siente cómo late. Venga, ahora sé buena conmigo, sé dulce como sé que sabes serlo. ¿Qué puede ser mejor para una chica como tú que ser dulce y buena conmigo, ceder para que podamos marcharnos antes de que tu gente vuelva?

Connie se dijo tengo que pensar, tengo que saber qué hacer. Pero no podía, sólo notaba los fortísimos latidos de su corazón, esa cosa que vivía en su interior y que ni siquiera parecía pertenecerle. Por primera vez en su vida pensó que no había nada que le perteneciera, nada que fuera suyo, ni su propio cuerpo.

—No quieres que ellos sufran daño, ¿a que no cariño? —Arnold Friend seguía hablando. —Así que, venga, levántate; levántate del todo por ti misma, tú solita.
Connie se enderezó.

—Muy bien, preciosa, ahora muévete. Así. Ven aquí, hacia mí.—Parecía una salmodia, las palabras de un hechizo amable. —Ahora cruza la cocina y ven hacia mí, cariño; déjame ver esa sonrisa tan preciosa, inténtalo, eres una chica valiente, dulce y encantadora. Ahora ellos están comiendo maíz y asando las salchichas en la parrilla del jardín. No saben nada de ti y nunca lo han sabido, cariño, porque no les importas. Tú eres mucho mejor que todos ellos, cariño; ninguno haría por ti lo que estás haciendo por ellos.

Bajo sus pies, Connie sintió el frío tacto del linóleo. Se apartó el pelo de la cara y miró hacia fuera. En una pose vacilante, algo teatral, Arnold Friend la esperaba con los brazos abiertos. Alargó la mano hacia la mosquitera. Se veía a si misma como en una película; una chica que empujaba la puerta, que la abría lentamente, que se movía hacia delante, su cuerpo y su cabeza de larga melena saliendo hacia la luz del sol, hacia los brazos de Arnold Friend.

—Mi dulce muchachita de ojos azules —dijo Arnold con un suspiro cantarín, y Connie pensó que sus ojos eran de color café, pero daba igual, y que él tenía muchas caras, tantas como paisajes todavía desconocidos y que, estaba convencida, iba a tener que conocer.


Manfred Mann

CATEGORÍA: Literaturas

sábado, 9 de mayo de 2009

Acertijo literario (I)

Se llamaba Connie, tenía quince años y, muy coqueta, estaba siempre pendiente de su aspecto. Su madre la regañaba continuamente, pero Connie la miraba altanera y pasaba: sabía que era bonita y eso era lo único importante.

Una hermana, June; veinticuatro años y todavía en casa. June era todo lo contrario: formal, seria, sosa, aburrida; la hija perfecta cuyo ejemplo, tanto su madre como su tía, no paraban de restregárselo. El padre todo el día trabajando fuera y los pocos ratos que estaba en casa no era de hablar nada, cenar, leer el periódico y a la cama. En cambio su madre, siempre fastidiándola, no la dejaba en paz en su mundo de continuos fantaseos. Connie a veces, con exageración adolescente, se quejaba a sus amigas: "ojalá que se muriese, y que yo también estuviese muerta; así, al menos, acabaría este suplicio".


Brian Ferry

Sus mejores ratos los pasaba con sus amigas en el centro comercial. Las llevaba el padre de alguna de ellas y luego volvía a recogerlas. Durante ese tiempo, en el que curioseaban en las tiendas o se metían a ver una película, Connie mostraba su otro aspecto, el que reservaba para cuando se sentía liberada de su familia. Una larga melena rubia oscura, un suéter puesto de forma algo provocativa, un caminar lánguido como si fuera oyendo una música propia, una boca de un rosa brillante y una risa atiplada y nerviosa, como el cascabaleo de los colgantes de sus pulseras.

Enfrente del centro comercial, al otro lado de la carretera, había un restaurante drive-in al que acudían chicos mayores. Una noche de pleno verano, Connie y una amiga se animaron a cruzar hasta allí, sorteando el intenso tráfico. Entre el laberinto de coches aparcados caminaron hacia la luz brillante, el restaurante infestado de moscas; sus caras gozosas y expectantes, como si entraran en un edificio sagrado en donde se colmarían sus anhelos. Se sentaron a la barra, las piernas cruzadas por los tobillos y, nerviosas, se pusieron a escuchar la música. Siempre había música de fondo, eso tranquilizaba a Connie, le hacía sentirse confiada.

Se les acercó chico llamado Eddie. Al cabo de un rato le preguntó a Connie si le gustaría comer algo y ella accedió, al mismo tiempo que hacía una seña a su amiga para que les dejara solos: "nos vemos a las once en el otro lado". De pronto, mientras caminaban hacia el coche de Eddie, Connie se topó, a poca distancia, con una cara que la miraba fijamente y le sonreía. Era un chico de pelo negro enmarañado desde un viejo descapotable dorado. Sobresaltada entrecerró los ojos y apartó la vista, pero no pudo evitar voltear y ahí seguía él, todavía observándola. Meneó un dedo, se rió y dijo, "Te voy a conseguir, cariño".

Pasó tres horas con Eddie, comieron hamburguesas y bebieron cocacola en vasos de plástico, y luego caminaron una milla o así por el callejón, y cuando él la dejó a las once menos cinco en la plaza comercial su amiga estaba allí, hablando con un chico. El padre llegó puntual a recogerlas. Al día siguiente June le preguntó por la película y Connie le contestó que regular.


Shannon McNally

Ese verano, Connie y su amiga salieron varias veces al centro comercial. El resto del tiempo vagaba por la casa pensando -soñando- en los chicos que conocía. Todos se disolvían en una única cara que ni siquiera era una cara sino una idea, un sentimiento, mezclado con el insistente latido de la música y el aire húmedo de las noches de julio. Mientras, la madre de Connie se pasaba el día detrás de ella, persiguiéndola por toda la casa con sus viejas pantuflas, buscándole cosas que hacer. Connie pensaba que su madre era demasiado simple, tanto que casi sentía remordimientos por engañarla. A veces hacían las paces y parecían casi amigas, pero enseguida ocurría algo que, como un repentino zumbido de moscas, volvía a enfrentarlas y entonces sus caras se endurecían con gestos de desprecio.

Un domingo a media mañana. Connie estaba sola en casa; sus padres y June habían ido a una barbacoa a la casa de una tía. Permaneció un buen rato sentada en el porche, los ojos cerrados al sol, dejándose adormilar por el calor y fantaseando sobre chicos, inmersa en un sopor dulce. Al rato el profundo silencio la inquietó; entró en la casa y encendió la radio. Sonaba su programa favorito, el de Bobby King, una sucesión de canciones de moda que se puso a cantar a gritos, animada por las exclamaciones del locutor. Se sentía empapada por una alegría brillante que parecía crecer misteriosamente desde la propia música para desparramarse lánguidamente en el escaso aire de su dormitorio, de modo que la inspiraba y la espiraba con cada suave subida y bajada de su pecho.

De pronto, el crujido característico de la grava del largo camino de acceso a su casa. Connie corrió a la ventana —¿sus padres tan temprano?—. Un coche desconocido, un cacharro descapotable pintado de dorado chillón se había parado junto a la puerta lateral. Sonaron cuatro toques cortos de claxon, como si se tratara de una señal que Connie hubiera de reconocer. Con el corazón desbocado, fue la cocina y se asomó desde detrás de la puerta de mosquitera, los dedos descalzos del pie curvados hacia el borde del escalón. Había dos chicos en el coche y reconoció al conductor: era el del pelo enmarañado del restaurante.


Van Morrison

—¿No llego tarde, verdad? —gritó el chico.
—¿Quién diablos eres? —contestó Connie.
—Te dije que vendría, ¿no es cierto?
—No tengo ni idea de quién eres.

Connie mantenía una pose displicente, empeñada en no mostrar ningún interés; él, en cambio, hablaba en un tono animado, con frases rápidas. El otro chico parecía no estar interesado; tenía el pelo castaño claro, con un mechón sobre la frente, y unas patillas que le conferían un aire feroz. Ambos llevaban gafas de sol.

—¿Quieres venir a dar una vuelta?
Connie ni se molestó en contestar, sonrió maliciosamente y dejó que su pelo cayera suelto sobre uno de los hombros.
—¿No te gusta mi coche? Acabo de pintarlo. Oye, eres muy guapa.
Ella fingió que espantaba moscas.
—¿No me crees o qué?
—Mira, todavía no sé quién eres —dijo Connie con voz disgustada.

Entonces empezó a sonar música desde una pequeña radio que llevaba el otro chico. Era el mismo programa que estaba oyendo en el interior de la casa.
—¿Bobby King? —preguntó ella.
—Lo escucho todo el tiempo. Es genial.
—Sí, lo es; es un gran tipo —admitió Connie a regañadientes.

Connie se ruborizó. No terminaba de decidir si el chico le gustaba o no, así que dejaba pasar el tiempo sin moverse del umbral, sin bajar hacia ellos o meterse en la casa. Para ganar tiempo preguntó qué eran los garabatos que había pintados en la carrocería. Él entonces abrió la portezuela muy despacio, como si temiera que fuera a desprenderse, y plantó firmemente los pies en el suelo para levantarse.
—Mira, aquí está mi nombre, para empezar. ¿Puedes leerlo? Me llamo Arnold Friend y sí, es mi verdadero nombre, y quiero ser tu amigo, preciosa, y el de dentro del coche es Ellie Oscar, que es muy tímido. Ahora fíjate en estos números, son un código secreto, cariño, ¿qué opinas?


Steve Howe + Annie Haslam


En el parachoques trasero había una abolladura en la que aparecía escrito "hecho por una conductora chiflada". Connie se rió y Arnold Friend la miró contento.
—Por el otro lado hay mucho más, ¿quieres venir y verlo?"
—¿Por qué debería ir?"
—¿No quieres ver lo que hay en el coche? ¿No quieres dar un paseo?
—Tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas.

El chico se partió de risa, como si la respuesta de Connie hubiera sido tremendamente graciosa. No era alto, sólo una o dos pulgadas más que ella. A Connie le gustaba la forma en que iba vestido: jeans apretados y desteñidos embutidos en botas negras, un cinto que apretaba su cintura y dejaba ver lo flaco que estaba, y un pulóver blanco algo estropeado que mostraba los pequeños y duros músculos de sus brazos y hombros. Probablemente se dedicara a trabajos duros, levantando y acarreando cargas. Incluso su cuello estaba musculado. Y su cara de alguna manera parecía una cara familiar: mandíbula, barbilla y mejillas ligeramente oscurecidas porque llevaba uno o dos días sin afeitarse, nariz larga, de halcón, que parecía olfatearla como si ella fuese un manjar que se aprestara a devorar.

—No estás diciendo la verdad, Connie. Este es el día fijado para que des un paseo conmigo y lo sabes.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Conozco a mi Connie —dijo él, agitando su dedo. En ese momento a ella volvieron a embargarle las emociones que en el restaurante la sobresaltaron al pasar junto a él, las palabras que le murmuró. —Ellie y yo hemos venido hasta aquí sólo por ti, cariño. Venga, vamos. Ellie se sentará atrás, ¿de acuerdo?
—¿Dónde vamos a ir?

Él la miró. Se quitó las gafas de sol, la piel alrededor de los ojos era muy pálida, dando la sensación de que fueran agujeros con dos esquirlas brillantes de cristal que atrapaban la luz. Sonrió, como si la idea de ir con una dirección precisa, a un sitio concreto, le resultara extraña.
—A dar una vuelta, dulce Connie.
—No he dicho que mi nombre sea Connie.
—Pero yo sé que lo es. Conozco tu nombre y un montón de cosas más. —No se había movido, todavía permanecía apoyado contra el lateral del coche. —Me he tomado mucho interés, chica guapa, y lo he averiguado todo sobre ti, como que tus padres y hermana se han ido a algún sitio y sé dónde y cuánto tiempo van a estar fuera, y también con quién estuviste anoche, y que tu mejor amiga se llama Betty. ¿Acierto?


Richie Havens

CATEGORÍA: Literaturas

jueves, 7 de mayo de 2009

Reconciliación

Me hablabas y, al principio, intentabas contener el llanto. Al poco, brotaron tus lágrimas, apenas hilos tenues, y los ojos te brillaban enrojecidos. Procurabas que la voz no se te quebrara, poder seguir tu argumentación sin enseñar tus emociones, tu vulnerabilidad.

Te oía, te veía y, cada vez más, te sentía. Se me iba desvaneciendo el resquemor de los últimos tiempos, como una manta que va apartándose despacio para dejar que salga un cariño viejo que ahí seguía. Me enternecía también tu torpeza para hacer los actos que removieran esas barreras entre nosotros.

Pero también, claro está, la misma torpeza por mi parte y quizá con menos excusas (la edad, el cómo se suponen que son las cosas y más). Tras una hora de charla, las palabras perdían su capacidad expresiva, sólo eran ya meras excusas, inútiles asideros para una eventual y cobarde retractación.

Sabía que tenía que haber otras palabras que decir y, sobre todo, otros gestos que hacer. Me habría gustado ser capaz (que hubiésemos sido capaces) de habernos abrazado de otra forma, de habernos permitido cada uno dejar que fluyera lo que sentíamos, disolviendo así en la irrelevancia absoluta los mosqueos ridículos.

No obstante, dos besos en la mejilla, un amago de caricia cariñosa y una broma tuya "al viejo estilo" no dejan de ser un pacto implícito de voluntad compartida de reconciliación. Al menos, que un motivo de pena desaparezca.


Sad Lisa. Marianne Faithfull

CATEGORÍA
: Reflexiones sobre emociones

martes, 5 de mayo de 2009

Pensión por horas

Yo trabajo en el bar de una pensión por horas; llevo el café a quien hace el amor. Suben y bajan parejas siempre iguales; ya no las veo, ni siquiera con las gafas. Pero me quedé parado allí como un cretino viendo a aquellos dos llegar una mañana: limpios, elegantes, no parecían reales, parecían mismamente dos santos de un cuadro. Me pidieron una habitación, les enseñé la menos asquerosa, la numero tres. Les puse en la cama las sábanas más nuevas y luego, como San Pedro, les di las llaves, las llaves de aquel paraíso. Cerré la puerta sobre sus sonrisas.

Yo trabajo en el bar de una pensión por horas; llevo el café a quien hace el amor. Suben y bajan parejas siempre iguales; ya no las veo, ni siquiera con las gafas. Pero me quedé parado allí como un cretino, al abrir la puerta en aquella mañana gris. Se habían ido, en perfecto silencio, dejando solo dos cuerpos sobre el lecho. Ya sé que no es asunto mío, pero no es justo: morir a los veinte años y además aquí. Me los envolvieron en las sábanas blancas y el último viaje lo hicieron solos; sin flores, sin gente, sólo un furgón. Pero allá donde estén, estarán bastante bien.

Yo trabajo en el bar de una pensión por horas. Subo el café a quien hace el amor. Seré un cretino pero, quién sabe por qué, no me da la gana darle a nadie la llave de la número tres.


Albergo a Ore. Marcella Bella

Hoy he pasado unas horas conversando y almorzando con una persona que lo ha pasado y lo sigue pasando muy mal. Sabiendo lo que ha pasado y lo que le queda y, sobre todo, sabiendo que él lo sabe (todos en realidad lo sabemos, pero no la medida), no he podido sino admirar su entereza y su ánimo. Ha sido un rato muy agradable para los tres comensales pero al despedirnos y venir caminando hacia casa arrastraba conmigo un sentimiento agridulce, una especie de tristeza serena.

Me apetecía escribir un cuento melancólico y así andaba, tecleando bobadas en la pantalla, con la música de fondo en aleatorio. Y enseguida el azar decidió, entre las aproximadamente veintemil canciones que guardo en la biblioteca de iTunes, que sonara esta versión del Albergo a Ore, cuya letra es justamente el cuento que yo quería escribir, aunque se me adelantara en casi cuarenta años un tal Herbert Pagani. Me sentí tentado de transcribir la versión italiana que, a fin de cuentas, era la que deletreaban mis pensamientos, pero habría sido una impostura pues, a diferencia de Pierre Menard con su Quijote, yo no he alcanzado aún a interiorizar la erudición necesaria para tan arriesgadas aventuras intelectuales. Así que mi texto no es más que una pobre traducción a la lengua en la que menos mal me expreso, ejercicio que ni siquiera es original porque ya lo hizo (con mayores licencias) el propio Pagani al adaptar al italiano un tema francés, Les amants d'un jour, compuesto por Margueritte Monnot en 1956 y cantado por Edith Piaf.

Por cierto, resulta que ni yo mismo me acordaba de que este tema, cantado por Gino Paoli, ya lo he usado como banda sonora de un post anterior; entonces escribí un cuento que ahora me viene ya dado. Aparte de melancólico, desmemoriado. Qué se le va a hacer.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

sábado, 2 de mayo de 2009

Sophie Zelmani

Sueca de 37 años, una voz íntimamente susurrante, canta en inglés sus propias composiciones en las que la guitarra siempre sobresale. Hará unos tres años la escuché por primera vez; su versión de Most of the Times se había incluido en la banda sonora de la película Masked and Anonymous. Me gustó mucho el estilo que le dio al tema de Dylan, casi más -me cuesta admitirlo- que la original (algo parecido me ocurrió cuando oí Heart of Mine en la voz de Norah Jones o varias de las de Maria Muldaur en su más reciente álbum de versiones dylanianas). Pero, la verdad, me olvidé de ella hasta hace unos días cuando, sorpresivamente, volví a escuchar esa canción (la que he puesto como acompañamiento del post anterior y que a algunos ha gustado) y me decidí a conocerla algo más, a descubrir la música que hace. Y la experiencia ha sido de lo más satisfactoria.

Resulta que el primer disco de esta chica data de 1995 y desde entonces ha publicado siete discos originales y un recopilatorio; más de ochenta canciones, todas buenas y algunas, en mi modesta opinión, realmente sobresalientes. Me entero de que la chica es bastante tímida y poco amiga del circo del famoseo que parece inevitable en ese mundo; quizá por eso por estos lares apenas sea conocida. Con su primer disco alcanzó bastante fama en Suecia (donde, por cierto, casi todos cantan en inglés; creo que ni a ellos mismos les gusta como suena el sueco) y también, fíjense que cosas, en Japón. Y desde entonces ha seguido, tranquila y discretamente, produciendo buenas canciones, sin dar que hablar, con su preciosa carita de niña buena que no rompe platos y, si lo hace, nadie se entera (no he encontrado nada en la web referido a su vida privada). Dicen quienes dicen saber que responde al prototipo de cantautora del sur de los USA, merodeando entre el folk, country y blues; quizá, no lo sé (a mí, algún tema me ha recordado vagamente a JJ Cale).

Por cierto y entre paréntesis, mi breve exploración internáutica me permite, entre otras cosas, saber que Sophie ha trabajado con Anton Corbijn (la foto anterior la tomó este holandés), uno de los fotógrafos (y directores de videos) míticos del rock y del cual conocía algunas cosas que me habían llamado bastante la atención. En otro momento haré un post sobre las sensacionales portadas de disco compuestas por este tipo (o sobre las portadas de los discos del rock, en general).

En fin, que como me gusta la música de esta mujer y como casi no es conocida por aquí, pues me permito recomendarla, confiando que sus canciones aporten a quien las oiga tan buenos momentos como a mí; aprovecho para dedicar este post a Semifusa, en insuficiente reciprocidad, ya que gracias a la acertada selección musical de su blog he descubierto últimamente otras estupendas cantantes. Como éste es un post publicitario, viene no con una sino con cinco canciones de Sophie Zelmani. Always You fue su primera canción popular (utilizada en 1997 en la banda sonora de la Boda de mi mejor amigo, peli de Julia Roberts), aunque aquí va una versión diez años posterior; la letra, un canto de amor a un Tú necesario, con el empalago justo. Luego he puesto Going Home, con una melodía más animada para el tono habitual de esta chica, el rasgueo optimista de la guitarra y la trompeta juguetona. En Precious Burden el piano introduce a la guitarra para hablarnos de un amor que parece haber acabado pero le ha dejado una preciosa carga. La cuarta canción, Our Love, es una melancólica melodía al amor que se acaba (que permanece en un hijo, o eso me ha parecido entender); ¿alusión a la precious burden de unos años antes?) Por último, To Know You: "conocerte significa un montón de cosas, un montón de amor, un montón de sueños". Todas las canciones provienen del álbum recopilatorio de 2005, A Decade of Dreams. Pues nada, que espero que guste.


Always You. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


Going Home. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


Precious Burden. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


Our Love. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


To Know You. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)

CATEGORÍA: Canciones y otras líricas