domingo, 28 de febrero de 2010

Acertijo con dos pistas

Pista cinematográfica

video

Pista literaria

Un tacto muy suave, el de los autobuses, sobre todo si se abrazan entre los muslos y se les acaricia con ambas manos, del morro a la cola, del motor a la plataforma. Luego, subido en la plataforma, se nota la barra para sostenerse que es basta, pero también otra cosa mullida, que es una nalga. A veces incluso hay dos y habremos de construir la oración en plural. Puede también que agarremos un cachivache tubular y vibrante que regurgita ruidos absurdos o acaso un bártulo de espirales trenzadas más suaves que un rosario, más sedosas que un alambre de púas, más aterciopeladas que una soga y más sutiles que una maroma. Hasta cabe tocarse con el dedo la estupidez humana, algo viscosa debido al calor.

Más tarde, si uno espera con paciencia una hora, frente a una estación áspera, podrá sumergir la mano tibia en el delicioso frescor de un botón de hueso que no está en su sitio.

lunes, 22 de febrero de 2010

4,005 cumpleaños


El sábado este blog cumplió cuatro añitos. O sea que es un mes y cuatro días más joven que el del Júbilo, lo que tiene su gracia porque la proporción entre nuestros blogs no debe distar mucho de la que hay entre nuestras edades. Y me he acordado del cumpleaños porque hace un momento he ido al blog de Júbilo (a ver si había publicado algo nuevo, pero qué va) y he vuelto a releer su último post en el que se refería precisamente a su 4,05 aniversario.

Así que he pensado que no voy yo a ser menos y heme aquí empeñado en redactar mi pertinente manifiesto bloguero en descarada emulación del suyo. Pero el empeño decae enseguida ante lo absurdo de mi pretensión. En primer lugar, porque si el título de este blog es desconciertos (pues conciertos pocos habréis de encontrar) resultaría fuera de lugar cualquier asomo de manifiesto, que sabido es que los manifiestos han de proclamarse desde las más convencidas certezas (o quizá mejor sería decir convincentes). También porque no me apetece nada repasar los posts que he escrito durante estos 1.463 días y evocar las correspondientes sensaciones, tanto al confeccionarlos como al recibir algunos comentarios a los mismos (siempre menos de los que me gustaría pero entiendo que, como ya me dijeron una vez, me enrollo demasiado y le quito las ganas a cualquiera). Y, last but not least, como gustan de afirmar enfáticamente los bereberes del Atlas, ya me gustaría a mí ser capaz de escribir un post tan ejemplar y redondo como el de Júbilo pero no, lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, sentencia que yo atribuía de siempre a El Gallo y ahora voy y leo en la Wiki que es de Talleyrand (aunque tras un par de búsquedas más, resulta que la Wikiquote también se la atribuye a Rafael Guerra Guerrita, tocayo y colega del Gallo, quien, a su vez, aparece citado en varias webs como el autor de la frasecita; verdad es que en ninguno de los tres casos he encontrado la fuente original así que sumo una duda más a la inmensidad de mis desconciertos).

Pero me voy del tema y es que, como también me repite infatigable un buen amigo, abuso de las digresiones con el agravante antiestético de encerrarlas entre paréntesis. Citaba como dernier motif mis evidentes limitaciones para emular la prosa jubileña, y no hay falsa modestia en afirmarlo sino, por el contrario, signo de madurez y sabiduría; así que, si no me va a salir (tan) bien, ocioso sería colgar aquí una estéril coda y por eso no lo hago. También es verdad que no lo hago porque además estoy muy vago (y la consonante es intencionada, no creáis pillarme en un renuncio), pero mi vagancia no es manifestación de un carácter perezoso como el de Júbilo quien, olvidando sus estudios infantiles del Catecismo, se atreve heréticamente a enorgullecerse del pecado capital al que hasta da patente de nobleza. No, la mía proviene del cansancio que llevo acumulando durante demasiados meses con perseverancia de hormiguita pero sin esperar, a diferencia de ésta, sustanciosas recompensas. Y no es que me queje, no vaya a pensarse.

Por lo tanto, hago saber que llevo cuatro años y dos días en esto de la blogosfera, tiempo que no parece demasiado desde la escala humana pero que para una mosca equivale a unas cien vidas, dato curioso éste del que cabe deducir que ninguna mosca habrá leído mi blog completo, y no las culpo pues si yo tuviera quince días de vida que te crees tú que iba a ponerme a esa tarea. Y comunicado al respetable tan jubiloso aniversario (y en especial a Júbilo, a cuyo blog declaro hermano mayor del mío) sin necesidad de añadidas justificaciones, invito a mis lectores (que son legión, claro está) a pasar a tomarse una copita y picotear algo (todo muy sencillo, eh, sin pretensiones) y, ya de paso, a dejarme el pertinente regalito cumpleañero, que hay que ver cómo se pierden las buenas costumbres.



Hasta los Beatles felicitan al blog ...

CATEGORÍA: Blogs e Internet

sábado, 20 de febrero de 2010

Acertijo arquitectónico

El acertijo es de nuevo muy sencillo: ¿Qué es lo que no encaja en esta foto?


¿Ya lo habéis visto? ¿Seguro? Pues no, no es el coche. ¿Entonces? Nada. No hay nada que no encaje. Se trata de una foto real de la villa Church, de Le Corbusier, tomada poco después de acabada su construcción (1927). La he escaneado, con inmensas dificultades, del inmenso libraco que me trajeron los reyes (satisfago la curiosidad de Lansky: se llama Le Corbusier, le grand y está editado por Phaedon). Pese a que el acertijo no tiene respuesta, no me negaréis que el automóvil contrasta con la casa, que ésta nos sigue pareciendo "moderna" mientras que el otro es una antigualla de coleccionista (precioso, eso sí).

La villa Church (que ya no existe) fue construida para un matrimonio de norteamericanos en Ville d'Avray, un pueblo a las afueras de París, pegado al sur del Parc de Saint-Cloud. Corbu rondaba los cuarenta tacos y ya se había convertido en el principal referente de la vanguardia arquitectónica francesa, si bien todavía faltaban algunos añitos para la fama mundial. La década de los veinte supuso el nacimiento del Le Corbusier que conocemos, cuando sentó las bases de su obra. No me interesan ahora tanto sus propuestas urbanísticas de esos años (tan discutibles) sino el desarrollo de sus ideas sobre arquitectura residencial, las famosas "villas puristas", evolucionadas desde el Dom-ino hasta la maqueta de la Maison Citrohan, presentada en el Salón de Otoño de 1922, y con la cual logró llamar la atención de la elite intelectual parisina (incluyendo varios americanos del círculo de Gertrude Stein) y de algún promotor inmobiliario que se atrevería a encargarle la construcción de todo un barrio residencial para obreros unos años después (Quartier Moderne Frugès, Pessac).

La Maison Citrohan, con sus distintas versiones, es el modelo de las viviendas unifamiliares corbuserianas, como la que motiva este post. El nombrecito de su "edificio-manifiesto" es una derivación de la famosa marca francesa, en clarísima muestra de la atracción y admiración que el arquitecto sentía hacia los coches. Corbu consideraba los automóviles como una de las referencias que había de tomar la nueva arquitectura, tanto funcional como estética. En los proyectos de sus casas solía dibujar algún coche aparcado junto a la fachada (así lo hizo en un sketch de esta Villa Church), como si quisiera insistir en el parentesco con su diseño. Me resulta curiosísimo que viera en esas máquinas el paradigma de la vanguardia estética cuando sus creaciones estaban mucho más avanzadas en ese aspecto. ¿O será, quizá, que la estética automovilística ha evolucionado mucho más que la arquitectónica en los últimos ochenta años?


Genesis - More Fool Me (Selling England by the Pound)

miércoles, 17 de febrero de 2010

El carnicero

Andará con él, fijo. Academia por la tarde; ¿para qué necesita sacarse a su edad el graduado? Ni que quisiera ir a la universidad. Que se aburría en casa; sí, claro. Pero ahora llego del curro y me he de preparar la cena. Y ella, mientras tanto, con el tipo ese. Un compañero, sí, claro. Como si no la conociera, como si pudiera engañarme. Con los ojitos brillantes apareció el martes; y el pelo revuelto. ¿Quién te ha revuelto el pelo? Qué dices, tonto, y tuvo la desfachatez de sonreír. Si no hubiera sonreído, pero que encima se crea que se puede burlar de mí. No lo pensé, la rabia me cegó, impulsó el brazo, nunca la había golpeado tan fuerte. Cayó como un fardo, un ruido sordo y luego silencio. Me asusté, la zarandeé, despierta cariño, y por fin abrió los ojos. Perdóname, hasta lloré un poco. Seguía asustado y ella callada, una mirada rara, como si se hubiera ido y alguien desconocido la estuviera suplantando. ¿Estás bien? Lo repetía y lo repetía y la acariciaba y la buscaba en el fondo de esos ojos fríos. ¿Estás bien? Perdóname. Por fin me dijo que me perdonaba, que no me preocupase. La abracé, en ese momento me sentía tan culpable y la quería tanto. Te quiero mucho, mucho, eres lo que más quiero, no sé qué haría sin ti, perdóname, no sé qué me ha pasado, perdóname, no volverá a ocurrir. La estrechaba muy fuerte y la acariciaba; notaba su cuerpo mullido amoldándose al mío, qué cuerpo tiene, sentirlo me vuelve loco, me descontrola, a cualquiera le ocurriría lo mismo. Empecé a besarla, tímido al principio, me rehuía los labios, pero me fui enardeciendo, y la apreté contra mí y me pegué a su boca y enseguida me devolvía los besos. Le gusta demasiado también a ella y yo me sé bien cómo excitarla. La llevé a la cama y fue un polvazo, de esos con los que una pareja se reconcilia, de los que ponen punto final, las cosas en su sitio. Así lo creí entonces aunque su mirada siguiera siendo extraña, pero no le di demasiada importancia.

Desde esa tarde todo ha cambiado. Alguien de fuera no se daría cuenta, pero yo sé que ya no es la misma. Siguió yendo a la academia, ese tema no volvió a tocarse como tampoco el puñetazo. Ella vuelve ahora muy puntual y sin el pelo revuelto ni ese brillo en los ojos; qué va a tener brillo en esa mirada opaca que me esconde sus pensamientos. Pero yo he descifrado esos pensamientos, todo el tiempo en la carnicería dándole vueltas y vueltas, cortando filetes y buscando en la carne que se abre las respuestas. Una semana estudiándola, queriendo atravesar su cerebro, y recogiendo nimios indicios para mascullarlos durante todo el día, para reconstruir sus planes, metiéndome en callejones sin salida y volviendo para atrás, hasta que, poco a poco, los empecé a ver, a entenderlos y ahora los tengo clarísimos. Por supuesto, no me voy a quedar quieto, no voy a ser una víctima indefensa de esos dos malvados. Primero pensé en matar a ese hijoputa. Lo rajaría de un tajo y le cortaría la polla y se la enseñaría a ella, para que confesase, para que se acojonase, para que supiera que eso no se me puede hacer. Me imaginaba la escena y sentía la rabia que me crecía y el brazo se me disparaba y el cuchillo golpeaba con tanto ruido la tabla que algunas señoras me miraban con prevención. Más de una hostia se habría de llevar esa puta, me conozco y seguro que no me controlaría, pero volver a llevar las cosas a su sitio siempre exige algún dolor. Lo malo es que no localicé al cabrón con el que me pone los cuernos; son muy hábiles estos dos.

Pues aquí estamos, todo ha ocurrido como lo había deducido. Y seguro que se creería muy lista. La muy boba me echó una buena dosis de somnífero en la sopa; cuando estuviera grogui abriría la puerta a su amante y él me acuchillaría. Pero ahora la que está profundamente dormida es ella, tras haberse zampado un buen plato de sopa sin darse cuenta de cómo di el cambiazo. El cuchillo que pensaban clavarme en el pecho está en mi mano enguantada. Al final decidí que la muy puta no merece vivir así que le he hecho lo mismo que me tenía preparado. En un rato llegará ese tipo, cogerá el cuchillo de la tabla de la cocina y dejará sus huellas, me encantaría ver la cara que pone cuando el cuerpo que encuentre en el dormitorio sea el de ella. Ojala que la toque y se manche con su sangre. De cualquier forma, a la policía no le costará nada pillarlo, y que se pudra en la cárcel me produce más gozo que acuchillarlo. También yo me he pringado con la sangre, hay mucha en la cama, quién lo diría con ese cuerpito tan pequeño. No importa demasiado, ando bien de tiempo, suficiente para ducharme antes de irme de esta casa, quizá hasta para echar una cabezadita porque me está entrando un sopor tremendo. Dormir un poquito a su lado, por última vez, como despedida. Sí, me estoy durmiendo …


Amy Winehouse - Love is a Losing Game (Back to Black)

A éste lo han rajado a conciencia, más de diez cuchilladas y seguro que la espichó desde la primera, esa, justo en el corazón. Y no se movió, tenía que estar drogado hasta el tope. Bueno, que acaben los de la científica, a ver si se puede limpiar un poco este desastre. ¡Qué cantidad de sangre! ¿Y dices que el tipo era carnicero? Pues vaya muerte más apropiada. Venga, me voy ya para el juzgado.

CATEGORÍA: Ficciones

sábado, 13 de febrero de 2010

Acertijo lógico

Un pastor tiene que cruzar un río con un zorro, una cabra y un repollo. En la orilla hay una barca en la que sólo puede subir con una de sus posesiones en cada viaje. ¿Cómo logran transportarlas todas al otro lado del río?

El problemilla es muy viejo y de fácil solución. En el primer viaje lleva la cabra y deja al zorro con el repollo. Regresa y coge el repollo (o el zorro, da igual) y lo pasa a la otra orilla. Vuelve a regresar, pero esta vez trayendo la cabra (que si la hubiera dejado con el repollo, adiós al vegetal) y la deposita en la primera orilla a la vez que coge al zorro. Cruza de nuevo con el zorro, lo deja con el repollo, regresa él solo, coge la cabra y pasa a la otra orilla, donde ya están todos.

En total, el esforzado pastor ha cruzado el río siete veces, ¡menuda paliza para lograr su objetivo! El enunciado, además, deja bastante que desear. Resulta muy poco creíble que la barca tenga tan poca capacidad; vale que si se mete el pastor con los dos animales sea mucho peso, pero para no poder llevar a la vez el repollo con un animal la berza tendría que ser de dimensiones colosales. Y tampoco cuadra mucho que el zorro (y la cabra, ya puestos) se quede sin vigilancia en una orilla y, en vez de escaparse, espere pacientemente el regreso de su dueño. Muy amaestrados habrían de estar los dos animales y, si así fuera, ¿no podría el pastor haberles enseñado a no comer lo que no deben? Y no vale pensar que los ata a un poste en cada orilla mientras él se dedica a cruzar el río, porque en ese caso bastaría con alejarlos de su correspondiente objeto de gula y desaparecía la principal restricción del problema.

Pero los problemas lógicos no tienen por qué responder a situaciones que lo sean, ya que sus enunciados solo tratan de ilustrar el quid del asunto que resultaría bastante más árido sin en vez de pastorcillos, zorros, cabras y repollos se usasen las letras A, B, C y D, por ejemplo. Pero a lo que voy; me he acordado de este viejo problemilla porque me he topado con una variante del mismo, algo más compleja, que me ha entretenido un rato ayer por la noche. Paso a enunciarla.

Estamos en China y un grupo de personas llega, como el pastor de antes, a un río que tienen que cruzar todos. El grupo lo forman ocho personas: una familia compuesta por papá, mamá, dos niños y dos niñas, y un policía que lleva detenido a un asesino. También aquí hay una barca en la que pueden ir dos personas como máximo, siempre que al menos una de ellas sea el policía, el padre o la madre (se ve que ni los niños ni el criminal tienen el carné para manejar barcas). Además, el asesino no puede quedarse nunca sin estar acompañado por el policía (que el quien garantiza que no mate a cualquiera de los demás) y, debido a las rígidas costumbres orientales, tampoco puede el padre quedarse con ninguna de las niñas sin la presencia de la madre, ni la madre con alguno de los niños sin la presencia del padre (y esta última condición se aplica incluso aunque alguno de los progenitores esté en la barca y llegue a una orilla en la que no esté su cónyuge y haya algún niño del sexo opuesto). Al igual que en el otro problema, tanto los niños como el asesino pueden quedarse solitos a un lado del río. Pues bien, ¿cómo hacen para pasar todos al otro lado del río? Naturalmente, la barca ha de cruzar el río unas cuantas veces más que en la historieta del pastor (es sabido que los chinos tienen más paciencia que los europeos); se trataría de que quienes resuelvan el problema me digan el número de veces que han tenido que pasar la barca de una orilla a otra.


El acertijo es mucho más ameno de resolver mediante esta web. En la primera página imagino que salen las instrucciones, pero no hace falta que las leáis porque ya os la traducido yo del chino; así que pinchad en el círculo y pasareis directamente a la pantalla del juego, en la que veréis a los ocho personajes (el asesino no parece demasiado peligroso) con una balsa a un lado del río, mirando ansiosos hacia el otro. Pinchando sobre cada uno se le mete en la balsa y, haciéndolo sobre la palanca de la orilla, ésta se pone en marcha y cruza. El programita ya se ocupa, cuando te equivocas en algún movimiento, de indicarte gráfica y sonoramente la metedura de pata. Tiene su gracia y se pasa un buen ratillo. A ver que tal se os da.


Aretha Franklin - Bridge over Troubled Waters

El río del problema no tiene puente ni sus aguas son turbulentas, pero esta versión de la gran Aretha es una maravilla.

jueves, 11 de febrero de 2010

Acertijo fotográfico (1)


¿Quién es el individuo de la fotografía?

No se necesitan pistas ... ¿o sí? Pinchar sobre la foto para agrandarla.



Pues sí, se trata, efectivamente, de Vladímir Illich Uliánov. La foto es de 1891, así que el futuro revolucionario andaba por los 21 y acababa de terminar la carrera de abogado. La foto la he escaneado de un libraco biográfico que ando leyendo. Acostumbrado a la imagen inconfundible, casi icónica, de Lenin (que, por cierto, adquiere desde bastante joven, hacia los treinta años), me sorprendió verlo jovencito, con esa pinta tan distinta. Aunque, como bien señala Vanbrugh, los ojos le delatan (más que la alopecia, Lansky). Una mirada fría que, me parece, trasluce arrogancia despectiva y determinación. Es curioso, de todas maneras, observar fotos de personas en épocas distantes de sus vidas, máxime si, como en este caso, estamos acostumbrados a una imagen. Pero, claro, no hace falta recurrir a personajes históricos o célebres; cuando me encuentro con fotos mías de joven, ni yo mismo me reconozco.

Pues nada, felicitaciones a los tres acertantes. El ganador del viaje para dos personas a San Petersburgo con todos los gastos pagados es, naturalmente, Dante Bertini. Un abrazo a los tres y gracias por participar.

Las cuatro nuevas fotos (tomadas todas de la wikipedia) muestran la evolución de Lenin: a los 4 años, a los 17, a los 25 y a los 47 (ésta última disfrazado para entrar en Rusia en vísperas de la revolución de octubre). Pinchar para agrandar.

CATEGORÍA: Personas y personajes

miércoles, 10 de febrero de 2010

A verificar palabras, se siente

Como sabe cualquiera que comente en blogs, a veces te piden que teclees unas letras que aparecen ligeramente distorsionadas a fin de garantizar que el comentarista es un ser humano y no una máquina programada para embostar los posts con mensajes comerciales en inglés. A mí, lo de teclear la "palabrita" de verificación no me gusta nada y por eso, cuando configuré el blog, no puse tal requisito. Sin embargo, en las últimas semanas algunas de estas máquinas han topado con esta página, debido sin duda a que mi popularidad ha aumentado espectacularmente y ha pasado a ser una de las más visitadas de todo internet (sólo un poco por debajo de las pornográficas más audaces). Los primeros spam eran hasta simpáticos; breves comentarios en inglés que me decían "muy bueno tu blog, sigue así" o cosas por el estilo y que incluso carecían publicidad. Pero desde hace unos días recibo una media de tres o cuatro comentarios diarios que no son sino listados larguísimos de direcciones url (de casinos, créditos instantáneos online, chats sexuales, etc) o parrafadas larguísimas que ni me he molestado en intentar traducirme. Lo curioso es que esta basura va siempre a un número muy limitado de posts, siendo el del huevo de Juanelo el que se lleva la palma. Hace un momento me he tomado la molestia de borrarlos: había 66 de estos "mensajes" (contra ocho comentarios reales).

En fin, que la presente entrada es simplemente para comunicaros que me veo obligado a activar, muy a mi disgusto, las palabritas de verificación. No quiero seguir borrando spam y, sobre todo, no quiero llevarme más chascos cuando me suena el móvil advirtiéndome de que me ha llegado un correo de blogger y al leérlo, en vez de un comentario, es una de estas porquerías. Vayan para todos mis disculpas y espero que nadie deje de comentar por esta pequeña molestia, que últimamente no os veo muy animados.


CATEGORÍA: Blogs e Internet

Avocar y abocar

¿Quién usa la palabra avocar? Yo, desde luego, no la había usado nunca y ni siquiera recuerdo haberla visto escrita hasta hace un mes. Y desde entonces, me la he encontrado cuatro veces. Así que he tenido que enterarme de lo que significa que, según el DRAE, no es otra cosa que "dicho de una autoridad gubernativa o judicial: atraer a sí la resolución de un asunto o causa cuya decisión correspondería a un órgano inferior". Se trata, naturalmente, de un vocablo jurídico. El María Moliner apunta como sinónimo el verbo reclamar. Avocar pues supone ejercitar una competencia jerárquica ya que el "avocador" ha de ser superior en rango a aquél a quien le reclama el asunto de que se trate. No he encontrado apenas textos en los que se use (correctamente) este término y no me siento lo suficientemente seguro para proponer ejemplos de mi cosecha. Me da la impresión de que en España, ni siquiera en el ámbito jurídico, se emplea demasiado, aunque sí parece que abunda más entre los letrados hispanoamericanos, como suele ocurrir con muchas palabras del castellano (algunas preciosas) que casi hemos abandonado entre nosotros y en cambio gozan de buena salud al otro lado del charco. Curiosamente, buceando en internet, descubro algunos ejemplos nacionales que no son precisamente modernos. Gracias a uno de ellos me entero de que una de las competencias de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid eran aquellos asuntos cuyo conocimiento se avocaba el rey, por privilegio o inferioridad manifiesta de alguna de las partes.

Que avocar es término jurídico lo avala hasta su etimología. Al igual que abogado proviene del verbo latino advocare (y éste, a su vez, de vocare, llamar) que significa convocar. Parece que ya desde Roma se especializó una acepción de advocar para referirse a la acción del abogado, imagino que porque la más característico de éstos sería convocar a testigos en los juicios. De hecho, todavía el DRAE recoge, si bien como acepción en desuso, que advocación es sinónimo de abogacía y que advocar significa abogar. O sea que la evolución romance de advocare divergió en dos palabras: la vigentísima de abogar (y todos sus derivados) que mediante transformaciones fonéticas y de grafía normales pierde la d, cambia la v por b y la c por g; y la mucho más extraña (al menos para mí) de avocar que, curiosamente, ha sufrido bastantes menos alteraciones respecto al vocablo latino original.

Pero, hecha esta introducción pedante (aprovechando que, como ya conté en otro post, soy el feliz propietario de un ejemplar del Corominas), voy a lo que motiva esta entrada. Y para ello introduzco otro verbo que suena igual (salvo para quienes distinguen entre la b y la v) aunque no tiene nada que ver y que, por supuesto, es abocar. Abocar viene obviamente de boca y ésta de la palabra, también latina, bucca que curiosamente significa mejilla (no me puedo resistir a compartir la sorpresa del descubrimiento). La primera y más precisa acepción de esta palabra es "verter el contenido de un cántaro, costal, etc., en otro y más propiamente cuando para ello se aproximan las bocas de ambos". Es bonita la definición porque nos retrotrae a tiempos en los que sería habitual referirse específicamente a estas operaciones de trasvase; hoy, en cambio, una de las notas del empobrecimiento del lenguaje (el que hablamos) es el olvido de términos concretos, sustituyéndolos descuidadamente por las que creo que llaman "palabras baúl", esas que sirven para todo tan genéricamente que casi no aportan información, además de hacer que el discurso se vuelva insoportablemente monótono y repetitivo. Pero de las ocho acepciones que registra el DRAE para este verbo, la que a mi modo de ver presenta una cierta frecuencia de uso (y no demasiado alta) es la intransitiva de "desembocar, ir a parar" y normalmente refiriéndose a un final poco halagüeño. "De acuerdo a los indicadores económicos, la economía española está abocada a una recesión", sería un ejemplo de este significado.

Ya digo que tampoco es que sea muy habitual el empleo de esta acepción y, cuando ocurre, suele dársele un matiz que todavía no ha recogido el diccionario; cuando decimos que algo está abocado (o nos aboca, en reflexivo que es más usual) a algo, solemos dar a entender que dicho resultado es forzoso. Así, en la mayoría de los casos, podríamos sustituir este vocablo por "venir obligado", "dirigirse necesariamente" o cualquier otra combinación de verbo de movimiento más adverbio de necesidad. De hecho, en unos cuantos textos en los que he encontrado el término abocar, si se sustituye por desembocar no se entiende suficientemente la frase, la cual, en cambio, adquiere todo su sentido si optamos por la acepción que acabo de definir. Cabría preguntarse entonces si quienes escriben abocar dándole un significado que no cuadra bien con ninguna de las acepciones de esta palabra saben realmente lo que están haciendo o simplemente la eligen porque se sienten más "cultos" en vez de optar por cualquiera de las opciones sustitutorias que sí significan lo que ellos quieren decir. Por ejemplo, en un manual jurídico leo que "es conocido que las obras ejecutadas sin licencia y no legalizables están abocadas a la demolición" y quizá habría resultado más claro y preciso que se hubiera escrito que dichas obras necesariamente deben ser demolidas (lo que pasa es que, de esta última forma, se entendería demasiado claramente y más de uno se asustaría).

Pero lo gracioso es que en estos mismos textos jurídicos, además del forzamiento semántico inofensivamente pedante de la palabra, abunda el error ortográfico. O sea, que queriendo decir abocar van y escriben avocar. Y no se crea que se trata de informes de recientes licenciados en derecho, sino del mismísimo Tribunal Supremo español que nos regala joyas como "... ya que es conocido que aquellas obras e instalaciones que provienen de situaciones de ilegalidad o indisciplina urbanística se ven avocadas al régimen de fuera de ordenación" (SSTS 4 de junio 1994) o esta otra: " las obligaciones previstas ... se imponen ... como lógica consecuencia de las necesidades a que avoca el establecimiento en el Plan de una ordenación radicalmente distinta..." de la antes existente (STS 31 de mayo 2006). Es más que evidente que en ninguno de estos dos ejemplos el Tribunal está reclamando ningún asunto sino que se refiere a las consecuencias a las que conducen (abocan) determinados supuestos. De otra parte, tengo para mí por seguro que los magistrados están convencidos de que no cometen ninguna falta de ortografía y su alta autoridad hace que muchos juristas, habituados a leer montones de sentencias, se aficionen por un lado al empleo de la palabreja y, por otro, a escribirla con v. Todo esto pese a que he encontrado más de una página en internet sobre corrección lingüística que denuncia este error e insiste en no confundir ambas grafías (para ser honesto, diré que también he encontrado un manual de estilo en la web que pone ambas palabras como sinónimos, admitiendo las dos grafías).

En fin, no me enrollo más que el tema no debiera haberme dado ni para la mitad de lo que he escrito. Como dije al principio, ha sido una tontería que recientemente me ha llamado la atención y me apeteció dedicar un ratillo a darle alguna vuelta.

CATEGORÍA: Entretenimientos gramaticales

domingo, 7 de febrero de 2010

Judit y Holofernes (3). Amyfcis

A mediados del otoño, cuando los ardores del estío ya declinaban, la numerosa embajada caldea decidió partir de regreso a Babilonia. Sellada la alianza entre sus pueblos, tanto Nabopolasar como Ciáxares supieron que la amenaza asiria estaba pronta a desaparecer (y desaparecer, en aquellos tiempos, significaba exactamente eso; o sea, no que desapareciera la amenaza sino los propios asirios) y cada uno de ellos empezó a maquinar las estrategias más convenientes para alcanzar la preponderancia, aunque fuera, por supuesto, a costa del socio fraternal, del que se despedían con efusivas lágrimas y promesas de amistad eterna. De momento, pensaba Nabopolasar, este Ciáxares se siente muy fuerte, pero yo me llevo a mi capital a la niñita de sus ojos y mientras la tenga conmigo no creo que se atreva a ningunearme ni mucho menos a colarme cualquier jugarreta; lo que no quita para que haya de ser yo quien mueva la próxima pieza, así que a ver si nos espabilamos y participamos en la próxima batalla. Y con esas ideas, nada más dejar atrás las ruinas de Assur, el rey caldeo urgió a Farnásupal a que preparara la campaña para la conquista de Nínive, que era donde estaba la corte asiria, dejándole claro que, aunque fuera un ataque combinado con los medos, habían de ser sus tropas las que llevaran la iniciativa y, sobre todo, las que recibieran la mayor gloria, pues tenían que recuperar el prestigio malogrado con la derrota última y, de paso, dejar claro que el monarca de la más que milenaria Babilonia estaba muy por delante del que, al fin y al cabo, no era sino el jefe de unas cuantas tribus de montañeses nómadas, por muy alto que se hubiera encumbrado. Pero mientras en el carruaje real el soberano con su fiel general y consejero se preocupaba por el poder y la gloria a cuyo fin trazaban estrategias bélicas y maniobras diplomáticas, en la misma caravana los pensamientos de tres jóvenes no tenían en absoluto la fría temperatura de los de sus mayores, sino que, por el contrario, bullían con los hervores cálidos de las emociones tempranas. El muchacho de dieciséis años, acostumbrado desde la cuna a imponer su tiránica voluntad y a reaccionar con violenta iracundia cuando se le contradecía, parecía haber transfigurado su carácter en una suerte de arrobamiento ensimismado; sus miradas estaban continuamente dirigidas, con un dulzor del que hasta entonces carecían, hacia la pequeña princesa meda y, como títere a control remoto, todos sus movimientos respondían solícitos al menor gesto de ella. Amyfcis viajaba reclinada entre almohadones en una litera con toldo y cortinas de finísima seda a cuyo través observaba el paisaje cambiante y el incesante movimiento de los numerosos babilonios que formaban la comitiva. Pese al ajetreo de personas y animales, dos jinetes se mantenían constantes a su lado, Nabucodonosor, el arrogante muchacho a quien había sido entregada, y Holofernes, su primo recién conocido y amado y casi en el acto prohibido a las ansias de su corazón. No era más que una niña que hasta hace unos meses sólo conocía Ecbatana y las agrestes montañas de su patria, pero le habían bastado pocas semanas preñadas de los más dramáticos acontecimientos (guerra, muerte, victoria) para entender las consecuencias de su destino. Por eso, en la árida tierra en que la tristeza había convertido su espíritu, su voluntad firme se empeñaba en sembrar ilusiones, y así se obligaba a desviar la vista de Holofernes y ladear la cabeza, ensayando sonrisas de coqueteo, hacia el futuro rey de Babilonia, hacia su futuro esposo. Por último, el niño de once años, cuyos cuerpo y mente superaban con largueza esa edad, cabalgaba cerca de ambos, remecido en un torbellino de emociones caóticas, en el desgarro entre dos amores tan grandes y tan distintos, entre el deber y el deseo. A veces, espoleaba el caballo y se alejaba en feroces y raudos galopes hacia el norte, como si desertara de su destino, hasta perder de vista y de sonido la caravana caldea y entonces brotaba de lo más hondo de sus entrañas un aullido cuyo significado ni él mismo era capaz de entender; luego se desnudaba y se bañaba en el Éufrates hasta que, remitida esa fiebre de locura, volvía a sumarse al cortejo, volvía a escoltar a sus dos amigos, a añadir el suyo al silencio denso de emociones de esos tres chiquillos.

Ese año, los meses de invierno transcurrieron plácidamente. Farnasúpal, advertido de la melancólica madurez que embargaba a su hijo, lo llevaba con él en sus atareadas jornadas de reorganización de las fuerzas caldeas. De este modo Holofernes acrecentó aceleradamente sus destrezas bélicas, tanto las físicas como las tácticas, a la vez que poco a poco iba serenando su espíritu. También los ardores juveniles de Nabucodonosor fueron calmándose y, aunque su amor por la preciosa niña incluso se ampliara con nuevos matices, entendió que la boda debía esperar hasta la venida de la primera sangre. Amyfcis, por su parte, iba cubriendo sus añoranzas con los nuevos hábitos y aprendía a gozar de los deliciosos refinamientos del palacio real. Pero no se trataba más que de un paréntesis que se rompió apenas llegó la primavera. En los primeros días de mayo los mensajeros anunciaron que los shuki se habían rebelado contra Nabopolasar. Eran éstos un pequeño pueblo del valle que durante la dominación asiria habían sido sus aliados y cómplices; liberada Babilonia, fueron sometidos cruelmente por los caldeos y hasta entonces nunca completamente pacificados sus rencores vengativos. En pocos días, Farnasúpal preparó al ejército y con el rey al frente remontaron el Éufrates hasta alcanzar Rahi-ilu, un poblado shuki asentado en una pequeña isla en el centro del río. La batalla apenas duró unas horas; los atemorizados shuki se rindieron a Nabopolosar y, para salvar sus vidas, le ofrecieron sus servicios en la conquista de Anat, su capital. No demoró Nabopolasar en dirigirse hacia allí, deseoso de llegar antes que los refuerzos asirios que habría reclamado el rey de los shuki. En sólo dos jornadas, los caldeos acampaban frente a Anat y disponían sus nuevas máquinas de asalto frente a las murallas occidentales de la ciudad, mientras que Sin-Shar-Ishkun, el monarca asirio que comandaba un poderoso contingente guerrero, se encontraba aún a tres jornadas de viaje. Los shuki intentaron resistir encerrándose tras sus murallas, pero las puertas de la ciudad cedieron en pocas horas a los embates de los arietes babilonios permitiendo a las tropas de Nabopolasar irrumpir sanguinarias en el recinto. El castigo había de ser ejemplar, de modo que quedara claro el dominio de los caldeos en Mesopotamia y se evitasen futuras tentaciones emancipadoras. El propio Nabopolasar azuzó a sus hombres en la cruel carnicería que duró hasta la caída del sol. Ya de noche los cadáveres fueron apilados en el centro de la plaza de Anat y recubiertos de paja y brea. Con todo el ejército formado en derredor, los generales en primera fila, Nabopolasar quiso que su hijo culminara su bautizo guerrero (si bien Farnasúpal, por orden expresa del rey, se había cuidado bien de que el muchacho no se expusiera en demasía durante la batalla) encendiendo la pira de la victoria, ofrenda a Ishtar. Nabucodonosor, orgulloso y excitado alzó la antorcha unos segundos frente a los soldados y éstos, ebrios de sangre, lo aclamaron, legitimando así la futura sucesión en el trono caldeo. Luego, de retirada, la ciudad fue incendiada. Las altas llamas, reflejándose en el Éufrates, tiñeron de rojo la noche haciendo ver a Sin-Shar-Ishkun, ya a poca distancia, que había llegado tarde. Las tropas asirias dieron la vuelta para regresar a Nínive.

Mientras duró la campaña, Babilonia se mantuvo encerrada tras sus murallas, poblada muy mayoritariamente por mujeres y niños y con escasísimos hombres para guardarla. Holofernes, pese a sus ruegos y rabietas, era uno de los que se había quedado pues, aunque ya era un magnífico jinete y experto con el arco y hasta con la lanza, a sus doce años no alcanzaba la edad mínima para integrarse en el ejército. Su amigo Nabucodonosor le había pedido que atendiera a su futura mujer, desconocedor de los sentimientos que hacia ella albergaba el chico. Holofernes, sin embargo, procuraba evitarla y prefería pasar casi todo el día recorriendo las calles de la ciudad, vigilando sus defensas, atento a posibles peligros. Incluso, para preocupación de Kyrias, pasaba muchas noches en las torres de los vigías, los ojos fijos en las llanuras, más allá de los palmerales del Éufrates. La inquietud de su madre no era sólo por su seguridad sino que obedecía también a sus propias intrigas. La ya larga residencia de Kyrias en Babilonia le había permitido entender el precario equilibrio del poder real caldeo. La legitimidad de Nabapolosar era discutida por algunas facciones de la más antigua nobleza, quienes, con más que fundadas razones, argumentaban que su posición se debía a su antiguo cargo de gobernador vicario de los asirios, del que se aprovechó cuando éstos empezaron a declinar. Los descontentos hacían sus movimientos con el máximo sigilo, sabedores de la crueldad vengativa del rey, quien no dudaría en aplastar cualquier asomo de disidencia. En esta situación, el mayor apoyo de Nabapolosar era Farnasúpal, de carácter mucho más agradable y tan amado como temido era el monarca. De hecho, Kyrias había sido testigo en la sombra de más de un acercamiento de los opositores hacia su esposo, intentando atraérselo a su partido, sabedores de que el general sería una baza decisiva para el derrocamiento del rey. Kyrias no lograba entender que Farnasúpal, con sabia diplomacia, no prestara oídos a tales propuestas y perseverara en el servicio al monarca babilonio. Más de una vez, en el lecho conyugal, se había irritado por la bonhomía de su esposo y le había reclamado que exigiera mayores honores pues, le decía, mucho más merecedor de ellos eres tú que tu amigo Nabopolosar, que a ti y a mi hermano le debe casi todo. Pero había comprendido que Farnasúpal no haría nada contra su rey a menos que ... A menos que se viera obligado a hacerlo y, a este respecto, la astuta princesa meda había concebido un arriesgado plan. Desde el primer momento se había percatado Kyrias de la fuerte atracción que había nacido entre su hijo y su sobrina. Desde la vuelta de Assur observaba los esfuerzos de Holofernes para apartar a Amyfcis de sus pensamientos. Es como su padre, se decía con amargura, prefiere resignarse por el deber hacia el amigo que pelear por lo que ambiciona; pero quizá, antes de que sea demasiado tarde, puedo aprovechar la pasión que anida en esos dos chiquillos. Y así, durante la campaña contra los shuki, libre de controles masculinos en el palacio, Kyrias se dedicó a arropar a la melancólica Amyfcis y a avivar sus deseos. Con la complicidad de las más expertas y bellas esclavas, se ocupó de iniciar a la niña en los secretos del placer, despertando poco a poco sus instintos. Al mismo tiempo, siempre de forma indirecta, le confrontaba las imágenes y caracteres de Nabucodonosor y Holofernes, con tanta sutil elocuencia que Amyfcis se desesperaba cada día más de su destino y lloraba por un amor cada vez más grande que creía imposible. La propia niña, hábilmente manipulada, fue quien le pidió ayuda a Kyrias y ésta, fingiéndose sorprendida y tras mentirosas protestas, accedió a prestársela. El plan que urdieron ambas féminas se limitaba a facilitar encuentros secretos entre la niña y Holofernes y que luego los amantes escapasen a Ecbatana requiriendo la protección de Ciáxares. Pero Kyrias, en realidad, pretendía que fueran descubiertos, dando tiempo, eso sí, a advertir a Farnasúpal del peligro de muerte que acechaba a su hijo. Calculaba la meda que para salvarlo, su marido se vería obligado por fin a oponerse a Nabopolasar; ella se habría ocupado entretanto de comprometer las necesarias alianzas y muy mal tendrían que ir las cosas para que no fuera la próxima soberana de Babilonia.

A la semana del inicio de la campaña, Holofernes apareció por primera vez a pasar la noche en palacio. Durante la cena se mostró cariñoso pero distante, aunque no pudo evitar que la vista se le escapara en varias ocasiones hacia su prima. Amyfcis, en muy poco tiempo, parecía ser otra; su excepcional belleza de niña estaba transfigurándose en la de una mujer. Esa noche, además, se había vestido, peinado, enjoyado y perfumado con la sabiduría de la más lujuriosa de las cortesanas, no en vano muchas habían sido convocadas por Kyrias a tal fin. El chico, bajo su pose fría y ligeramente arrogante, se sentía profundamente turbado, tanto que, alegando cansancio, se retiró antes de tiempo a su cámara. Dos horas más tarde se despertó en la más cerrada oscuridad al notar un cuerpo menudo y caliente que se introducía en su lecho. No se sorprendió demasiado pues no era la primera vez que alguna de las jóvenes esclavas del palacio, enamoradas de su apostura, se deslizaban entre sus sábanas y le prodigaban caricias deliciosas. Así que ni se movió, procurando incluso no desvelarse del todo para llevar esos placeres al sueño, no disipado aún, en el que yacía amorosamente junto a su prima. La joven a su lado se restregaba dulcemente contra su cuerpo, su piel, de dulcísimos aromas, se iba adhiriendo a la del chico como si cada poro besara al gemelo del otro cuerpo, los labios se pegaron como ventosas, las lenguas se enroscaron, el deseo que emanaba de ambos adquirió una consistencia vaporosa y húmeda que los embriagaba. En una de tantas volteretas de ese cuerpo doble entrelazado, Holofernes quedó arriba y arqueó la cadera, presto a clavarse en la mujer desconocida. Despegó los labios de los suyos y puso las manos en las mejillas de la chica, queriendo ver a través de ellas sus rasgos. Justo entonces, en el momento de penetrarla, musitó el nombre de aquélla a quien hacía el amor; Amyfcis, dijo, y la voz de ella, inconfundible para el muchacho, contesto: sí, soy yo, amor mío. Fue como si un rayo atravesara el cerebro de Holofernes; en un instante todos sus músculos se tensaron y los dos se quedaron inmóviles, en rígida unión. Sin salir de ella, Holofernes se dejó caer sobre la chica y la abrazó, estrechándola más aún. Empezó a llorar en silencio –las lágrimas resbalaban por el rostro de Amyfcis, por su cuello, por sus escasos senos– y a repetir te amo, te amo, te amo, con una cadencia tristísima. La muchacha, contagiada, comenzó a su vez a llorar, volvió a ser la niña que era, abrazándose a su primo, sabiendo que siempre le protegería pero comprendiendo también lo que exigía su amor. Poco a poco se fueron despegando, rodaron de lado y quedaron ambos boca arriba, cogidos de la mano, las cabezas ladeadas para mirarse a los ojos y decirse, en la oscuridad y sin palabras, las promesas que cumplirían hasta sus muertes. Esa noche la pasaron juntos por primera y última vez. Una semana después volvería Nabucodonosor con los caldeos victoriosos. El plan de Kyrias no superó esa primera prueba.


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