martes, 29 de septiembre de 2015

El ministro y el retrato de Unamuno

Ayer conocí –con bastante retraso– que una de las primeras decisiones del actual ministro de Educación, al poco de llegar a su despacho, fue ordenar que se retirara uno de los cuadros que allí estaba: un retrato de Unamuno pintado en 1936, poco antes de su muerte, por Gutiérrez Solana. La noticia saltó el 14 de julio pasado gracias a El Confidencial y enseguida se hicieron eco otros medios. El ministro no ha dado ninguna explicación de por qué no ha querido que el rector de Salamanca por excelencia siguiera presidiendo su lugar de trabajo, silencio que obviamente ha disparado las elucubraciones. Desde luego, cada uno puede decorar su oficina como quiera y ni se me ocurriría cuestionar el derecho del titular de la cultura española a que no le guste ese cuadro. Pero no nos engañemos, siendo ministro uno no puede ignorar que actos como éste revisten no poca carga simbólica, así que más le habría valido explicar sus razones.

El cuadro llevaba en ese despacho trece años. Lo colocó Pilar del Castillo, ministra de Aznar, tomándolo en préstamo del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, junto con cuarenta pinturas más. Así que cinco titulares del Ministerio antes que don Íñigo lo han tenido a su vista diariamente, sin que a ninguno de ello le haya molestado. De más está decir que Solana es uno de los nombres más importantes del expresionismo español, el más reconocido pintor de la "España Negra". Ciertamente, su voluntad de denuncia lo convertía en un artista incómodo para los que ostentaban el poder en el país caciquil que era el nuestro en los inicios del pasado siglo. Artísticamente fue, sin duda, un gran pintor; no voy a ser yo el que lo afirme a estas alturas, aunque sí dejo constancia que me gusta mucho. ¿Quizá, sin embargo, el gusto artístico del bisoño ministro no esté bien formado? Sería lamentable, dado el cargo que ocupa, pero a lo mejor así es, sobre todo vista la calidad del cuadro con que recientemente ha sustituido al Solana retirado. Se trata de un óleo sobre lienzo, que tiene por título Improvisando con Paco de Lucía un 26 de febrero y que el propio autor, un pintor joven llamado Rubén Rosado López, le ofreció gratuitamente a Méndez de Vigo a través de twitter cuando conoció que había un espacio vacío en el despacho. Parece ser que la idea es promocionar a los artistas españoles emergentes (en breve se invitará los ciudadanos a que vayamos al despacho del Ministro a contemplar muestras de nuestros jóvenes creadores). A mí, claro está, me parece muy bien; y mejor todavía que devuelvan el retrato de Unamuno a un museo público para que todos podamos disfrutarlo (y, ya de paso, el resto de cuadros que adornan las paredes del edificio de la calle Alcalá).

Mas puede que don Íñigo sí posea un exquisito gusto pictórico pero le tenga tirria al filósofo vasco y eso explique su desagrado ante el cuadro. Sus antecedentes familiares sugieren indicios en este sentido, pues no debe olvidarse que el nuevo ministro es hijo y nieto de militares africanistas, vinculados desde luego a Franco y al Glorioso Alzamiento. De sobra es conocido que a los de esa casta nunca les cayó demasiado bien el filósofo, y famosísimo es el incidente del 12 de octubre del 36 (dos meses y medio antes de su muerte) cuando hubo de enfrentarse a Millán Astray y a toda una turba de exaltados falangistas. Lo que no se conoce tanto es que lo que hizo que don Miguel saltara en el paraninfo de la universidad salmantina (pese a haberse prometido estar calladito) fue el discurso de un tal Francisco Maldonado, profesor de literatura, que atacaba con virulencia a vascos y catalanes, calificándolos de "cáncer de España", entre los aplausos y jaleos del general lisiado. La intervención de Unamuno –en la que pronunció su famoso "vencer no es convencer" y "no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión"– ha pasado la historia como una de sus más brillantes intervenciones, el absoluto triunfo moral de la inteligencia y de las demás cualidades nobles del ser humano sobre la arrogancia de la fuerza bruta. Lamentablemente, un triunfo sólo moral, como demostraría la historia. Releo ahora (a través de Hugh Thomas) ese discurso pre-póstumo y no me resisto a transcribir algunas frases sueltas: " Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!". Esto me suena lo mismo que "¡Muera la vida!". Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente"; "Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España". Aún sin la violencia trágica de aquellos años, no me parece que estas palabras sean completamente extemporáneas.

Pero quizás a un descendientes de militares africanistas, a un aristócrata casado con otra, a un católico ferviente apuntado a las corrientes más conservadoras de la Iglesia, no termine de inspirarle la controvertida figura de don Miguel. A lo mejor hasta considera que el bilbaíno ocupa un lugar menor en la cultura española y, por tanto, no es digno de presidir el despacho del responsable de la misma. A mí, la verdad, y pese a sus muchísimas contradicciones vitales (o puede que precisamente por ello), Unamuno me cae muy bien desde hace muchos, muchos años. Puedo entender, claro, que a otros no les guste, pero lo que me resulta difícil de aceptar es que no se le considere uno de los nombres señeros de la cultura española. Y si, como espero, don Íñigo lo entiende así, retirar su retrato del despacho es algo que debe justificarse suficientemente. Por eso, el silencio del ministro me parece inaceptable, culpable. Supongo (dado que yo no me he enterado hasta ayer y casi de casualidad) que confiaría en que el asunto no tendría trascendencia –y, efectivamente, poca ha tenido–; hasta puede que incluso pensara que su decisión carecía de toda trascendencia, lo cual se me antoja un agravante. Eso debe ser, visto que retirar un crucifijo de un Ayuntamiento de un Estado no confesional es mucho más llamativo que hacer lo mismo con el retrato de Unamuno. Pero es que somos españoles, señores.

 
Picture on the wall - Gary Moore (Bad for you, baby, 2008)

domingo, 27 de septiembre de 2015

Agassi


Un niño de siete años a un lado de una pista de tenis de cemento en el jardín trasero de una casa en el desierto de Nevada, a las afueras de Las Vegas. Frente a él, una inmensa máquina lanzapelotas –el dragón– las dispara incisamente a 180 kilómetros por hora, para que el chaval las devuelva, antes de que boten, sin un segundo de respiro, al otro lado de la red. El padre del crío, un armenio iraní que emigró a los Estados Unidos en los cincuenta, ex-boxeador, le grita incansable, agresivamente: ¡más fuerte, dale más fuerte! El piso pronto está cubierto de cientos de pelotas amarillas, el niño está agotado, le duelen los hombros, piensa que no puede seguir, pero sigue. Y así día tras día, dos mil quinientas pelotas cada tarde después del colegio, casi un millón al año, esa es la vida que le impone su padre porque André, el menor de sus cuatro hijos, ha de ganar Wimbledon, será el número uno del mundo. André, claro, odia el tenis con todas sus fuerzas, no quiere ser tenista. Pero a ese deporte dedicará su vida durante treinta años y sí, será número uno y ganará los cuatro torneos del Grand Slam.

A lo largo de 470 páginas Agassi cuenta su vida en el libro Open. Con el apoyo de J.R. Moehringer, trabajó en estas memorias varios meses poco después de su retirada en el abierto de Estados Unidos de 2006, con treinta y seis años y un cuerpo destrozado (la espalda especialmente). Se trata de un libro que tiene que leer quien guste del tenis, quien disfrute de un deporte que ofrece como pocos destellos de magia y no cesa de asombrar ante los titánicos esfuerzos y las prodigiosas habilidades de sus practicantes superdotados. A los aficionados –yo lo soy– les interesará conocer las interioridades del circuito contadas en primera persona por uno de sus más relevantes protagonistas durante veinte años (desde 1986). Verán a Jimmy Connors, a John McEnroe, a Ivan Lendl, a Henri Leconte, a Matts Wilander a Boris Becker (mayores que él); a Michael Chang, a Jim Courier, a Stefan Edberg, a Goran Ivanisevic, a Sergi Bruguera, a Carlos Moyá y, por supuesto, a Pete Sampras (los de su generación); y, entre los de la siguiente, a Kafelnikov, a Guillermo Coria, a Ferrero, a un joven Roger Federer que lo elimina en cuartos del Open USA de 2004 y a quien Agassi califica como “el jugador más regio al que he visto jugar en mi vida”, “el Everest de la siguiente generación”, y a un todavía más joven Rafa Nadal, “una bestia, un fenómeno, una fuerza de la naturaleza, el jugador más fuerte y a la vez más grácil que he visto en mi vida” (lo elimina en la tercera ronda del Wimbledon de 2006).

Pero, si bien es la biografía de un tenista profesional de altísima calidad, es sobre todo el proceso vital de una ser humano a quien privaron desde muy niño de las opciones que tenemos normalmente todos (en el primer mundo, claro), a quien le programaron un único cometido vital, negándole toda posibilidad alternativa, condicionándole férreamente su personalidad. Así, su intenso odio al tenis no es más que el reflejo del odio a sí mismo, su desconcierto e inseguridad de no saber lo que es. Su prolongada y a menudo errática carrera profesional va pareja a su propia búsqueda interior. A medida que se va leyendo el relato cronológico de sus aventuras tenísticas y “adyacentes” (porque su vida personal nos parece sólo una colección de episodios que van colgando de cada uno de los sucesivos torneos), se despierta una creciente simpatía hacia ese “pobre niño rico”, condimentada con no pocos momentos de emotiva compasión –y no se piense que recurre al sentimentalismo, el estilo es directo, a veces brutalmente honesto y siempre carente de cualquier atisbo de autocomplacencia–. Agassi se retrata como un hombre muy necesitado –casi hasta la dependencia– del amor de otros; sólo a través de sus amigos (mantenidos muy cerca durante larguísimo tiempo) se siente capaz de seguir adelante, casi de sobrevivir. La historia tiene final feliz: pocos años antes de su retirada se empareja con Steffi Graf (de la que estaba enamorado desde muchos años antes) y tiene dos hijos; además, monta una fundación benéfica para niños maltratados y abandonados que ha construido un centro escolar en Las Vegas, la André Agassi College Preparatory Accademy.

En la contraportada de la edición española (Duomo) aparecen los típicos elogios de nombres célebres para animar las ventas del libro. Alessandro Baricco lo califica como “el mejor libro que he leído en la última década”; Rosa Montero asegura que “este libro es peligrosamente hipnotizante”; Juan José Millás dice que “te sobrecoge y te transporta a un mundo muy diferente al del tenis”, que le ha apasionado y trastornado a la vez. Yo, la verdad, sería algo más moderado pero, aunque bajando un poco el listón, sí comparto esas opiniones. Se lee con facilidad, mantiene el interés, te emociona en muchos pasajes y, sobre todo, te genera varias reflexiones. Es una vida singular que dudo que alguien eligiera con pleno conocimiento de causa (y asusta pensar que haya padres que la impongan con tanta determinación). Y esas condiciones extremas pasan una factura especial en el desarrollo psicológico de quien la vive. Resulta interesante, desde las nuestras “tan normales”, asomarse a ella.

 
Walk of life - Dire Straits (Money for Nothing, 1988)

sábado, 19 de septiembre de 2015

Elecciones plebiscitarias

El próximo domingo se celebran las elecciones al parlamento catalán las cuales, como es de sobra sabido, han sido presentadas por una importante parte de los políticos de ese territorio como plebiscitarias. El otro día, en un programa matutina de Radio Nacional (de España, aclaro), una periodista-tertuliana insistía, indignada, que esos políticos mentían y que había que denunciarlo alto y claro para que los votantes no se engañasen. Porque, no señor, estas elecciones que vienen son sólo eso: elecciones autonómicas. Ciertamente son elecciones autonómicas pero también es bastante obvio que no son sólo eso. Si esa periodista tan enfadada quería decir que legalmente no son ningún plebiscito, nada hay que objetar, porque es de sobra sabido que no tienen ninguno de los efectos legales que tendría un plebiscito. Pero no puede acusar a Mas y a los suyos de mentir a este respecto, porque nunca han afirmado que las elecciones tengan la naturaleza jurídica de un plebiscito en el actual marco legal. Y tampoco puede sostenerse que estén engañando a los catalanes, al menos con la afirmación de que se trata de unas elecciones plebiscitarias, porque a estas alturas del partido no creo que haya ni uno que se piense que tienen ese carácter en la legalidad vigente. No, lo que los del Junts pel Sí afirman es que quieren que estas elecciones sean, de hecho, un plebiscito, ya que con el derecho los acontecimientos han demostrado que no es viable que los poderes públicos catalanes sometan al voto popular directo una determinada propuesta soberanista (significado de plebiscito en la segunda versión del DRAE).

Pero, ¿van a ser de hecho estas elecciones un plebiscito sobre la independencia de Cataluña? Al no serlo de derecho no puede afirmarse que lo sea plenamente, ya que se puede sostener que a los votantes no se les está preguntando explícitamente si quieren o no que Cataluña se constituya en república soberana. No obstante, al haberse coaligado en una sola lista distintas opciones políticos bajo el único denominador común de la independencia, no me parece que pueda defenderse honestamente que todo voto que vaya a esa candidatura está expresando la voluntad del votante de que la actual Comunidad Autónoma se separe del resto de España. De tal modo, el número de votos que obtenga Junts pel Sí equivaldrá al número mínimo de votantes que el próximo domingo desean ser un Estado independiente. Y digo mínimo porque no me parece lícito llegar a la conclusión contraria con la suma de votos de las otras candidaturas, ya que es factible que catalanes que puedan querer la independencia opten por votar a otras listas debido a diversos motivos (el principal, a mi juicio, que no les convenza que la expresión de su voluntad se adopte en unas elecciones de las que lo que resulta es un Parlamento). Por tanto, a mi juicio, la coalición soberanista ha logrado que los resultados de la votación del próximo domingo puedan valorarse en muy alta medida como si fueran los de una consulta sobre la independencia de Cataluña. Creo que sí, que por más que se enfade la tertuliana de RNE, las elecciones autonómicas catalanas van a ser, de hecho, plebiscitarias.

Naturalmente, haciéndolas plebiscitarias, Mas y los suyos las subvierten, lo que supone que la gente decide su voto sin tener en cuenta (al menos, no en primer lugar) las consecuencias reales del mismo, que no son otras que la constitución de un Parlamento y, en última instancia, de un gobierno autonómico. Porque por mucho que hayan logrado convertirlas en plebiscitarias (y por muchas declaraciones unilaterales de independencia que puedan hacer), de momento no se ve ningún camino jurídico para que esa voluntad de separación sea legalmente efectiva. En cambio, si ganan los del Junts perl Sí, lo que sí está claro es que tendrán que formar un gobierno que, además de "dotarse de estructuras de Estado", habrá de gobernar y afrontar los problemas de la vida cotidiana de los catalanes. Pero de cómo van a hacerlo, los de esta lista hablan poco, lo cual es lógico, no sólo porque pareciera que sólo van a dedicarse a conseguir la independencia (y en eso sí mienten), sino sobre todo porque con la enorme variedad ideológica de sus miembros cuesta imaginar cómo podrían gobernar. Dicho en otras palabras: al convertir las elecciones en plebiscitarias (que sí pienso que lo han logrado) hacen que las consecuencias reales de la misma no hayan sido objeto (o en muy escasa medida) de decisión democrática. De constituirse un gobierno con los de Junts pel Sí, su legitimidad democrática estaría limitada moralmente a poco más que a declarar la independencia y, una vez obtenida ésta, convocar unas nuevas elecciones en la flamante República Catalana. Claro que como no es previsible que esto ocurra en poco tiempo habrán de ejercer las tareas de gobierno "habituales" para las que ellos mismos se han negado representatividad.

Imagino que estas disquisiciones poco les importan. Se ha abierto un camino por el que se va avanzando inexorablemente. Este camino, a mi juicio, está lleno de riesgos para la vida cotidiana de los catalanes, pero se supone que el objetivo de ser un Estado independiente compensa cualesquiera calamidades que puedan sufrirse (no lo tengo yo muy claro). Ya se irá viendo a partir del próximo domingo y siempre en función de los resultados. Pero, sin entrar en este post en consideraciones sobre lo que puede pasar a partir de entonces, creo que negar la realidad no es buena opción. Por eso, de nada vale insistir en que éstas no son unas elecciones plebiscitarias. Aunque su naturaleza jurídica sea la de unas autonómicas y sus efectos reales los de constituir un parlamento, estos señores han logrado que sí sean plebiscitarias (o casi).


 
Paint it black - U2 (Achtung Baby DeLuxe edition, 2011)

jueves, 17 de septiembre de 2015

La gran apuesta (7)

Maddy sentada en una pequeña sala del St. George, Sur de Londres, noche del uno al dos de julio. En ese momento Robert y Karen, los padres de John, no están con ella; llevan ya casi cinco horas de angustiosa espera y han bajado a tomar algo a la cafetería. Maddy tiene los codos apoyados en las rodillas, la espalda encorvada, ambas manos tapándose la cara, el pelo rubio, suelto, cae hacia delante. Su cerebro bulle, los pensamientos se suceden como imágenes de una película que pasa demasiado rápido, escenas de diversas fechas se apelotonan desordenadamente, sin respetar la menor secuencia cronológica. Se siente como una espectadora aturdida, vaciada de toda emoción. Frente al histerismo de Karen, a la exagerada inquietud nerviosa de Robert, en los absurdos, casi irreales, momentos posteriores al desplome de Isner, Madison McKinley se mostró impávida, anormalmente ajena, como si se le hubieran paralizado todas las reacciones psíquicas. Ha sido trasladada por gente hasta ese hospital londinense casi sin enterarse (todos piensan que está en shock) mientras su mente enfocaba hacia dentro. De vez en cuando, durante el largo tiempo que lleva allí, le acomete una desagradable sensación de extrañeza: ¿qué hago aquí? ¿por qué estoy aquí? Son breves momentos de incertidumbre que enseguida dejan paso a la película interminable. Cuando ocurren, a veces, se obliga a responderse a sí misma: soy la novia de John, a John le han disparado, John está al borde de la muerte. Pero eran sólo datos vacíos, no hacían que nada vibrara en su interior.

Ahora está viendo la primera vez que se encontraron. Fue hace ya cinco años, en un acto de recaudación de fondos a favor de la Fundación para la Infancia del ex-tenista Justin Gimelstob, una de las varias causas benéficas apadrinadas por la ATP. Se pregunta por qué fue ella a ese evento, pero no puede acordarse y, al fin y al cabo, tampoco le importa. Se ve a continuación con los niños del tenista judío, abalanzándose los tres sobre ella mientras ríen a carcajadas; mientras rememora la escena siente un intenso odio, quisiera matarlos y salir corriendo, pero entonces aparece un tipo muy alto, cara de crío sonriente, que los alza uno a uno a uno, liberándola. Hola, soy John; Maddy "ve" las palabras y a la vez la boca que se va acercando hasta ocupar toda la pantalla de su mente. No, no, no, no, la negación se le repite en el cerebro, un fuerte impulso de rechazo la embarga. Sin embargo se ve hablando con el chico durante bastante rato, pero no entiende nada de lo que se dicen. Pero le vuelven las mismas impresiones de entonces: qué tío tan raro, tan torpón, tan tonto. Y de nuevo la película la interrumpen las preguntas incómodas: pero, ¿por qué soy la novia de Isner si no me gustó nada, si no era en absoluto mi tipo? La respuesta es inmediata, consiguió mi número de móvil (¿quién se lo daría?) y empezó a mandarme mensajitos, poco a poco se hizo una costumbre, un día nos enrollamos, y él dio por sentado que éramos pareja y yo, ¿yo?, yo también lo di por sentado. Todo tan gradual, tan lento, tan sin darse cuenta. Desde luego, perseverante es, y sí, también gracioso y agradable y generoso y complaciente: buen chico. Buen chico, sí, pero le han disparado. ¡Le han disparado!

Las imágenes del primer encuentro dejan paso a otras mucho más recientes, de hace pocos días. La cita en aquel gimnasio del West End con el contacto de las apuestas, un tipo con un acento extraño, no era británico, desde luego. La charla fue breve pero amigable, se dio cuenta enseguida de que le había gustado y, para qué negarlo, el hombre tenía su atractivo, su morbo. Cuerpo musculado que exhibía a través de la ajustada camiseta de asillas, el dragón tatuado que serpenteaba por el brazo hasta el hombro donde mordía la boca dentada, la barba de tres días, el pelo muy negro casi rapado, los ojos verdes brillantes, peligrosos. Peligroso, sí, no sólo los ojos sino el simple fantasear con deseos prohibidos. Pero el hombre no insinuó nada con sus palabras –lo que decía la mirada era otro asunto– y se limitó a apuntar la cantidad, las cincuenta mil libras que apostaba a favor de John. Por supuesto, no hacía falta poner el dinero, el crédito de sus valedores de Nueva York era suficiente. Con esta puja saldaría las deudas e incluso algo sobraría. Isner, claro, no sabe nada de su ludopatía (la palabra le golpea brutalmente, como si brillara fluorescente en una cartelera de Broadway; no, se dice, ella no es ludópata, le gusta jugar, nada más). Pero de pronto ve la cara engañosamente amistosa del joyero y vuelve a escuchar sus susurros de advertencia: ya has acumulado demasiado crédito, Maddy, quizá debas recurrir a tu novio para reducirlo. Al final lo convenció para esta nueva puja de Wimbledon: será sin riesgo, joyero (nunca ha sabido su verdadero nombre). Se despidieron con un abrazo, te tengo mucho cariño, Maddy, me preocupa que te pueda pasar algo.

De pronto ya no está abrazando al corredor de apuestas de Manhattan sino a John, y no está en el local de la Leonard Street sino en el court uno del All England Club. Y ve pasar al tenista que va a jugar con su novio, un tipo ya mayor, por lo menos tiene cuarenta, ya sabe que es un desconocido, que ni siquiera está en las listas de la ATP, pero ha llegado hasta la tercera ronda. Sólo han pasado unas horas desde esta escena que ahora la asalta y también se le repite el estremecimiento helado. Le vas a ganar, ¿verdad, cariño? En un santiamén, mi amor, que no quiero cansarle. Maddy se ríe, pero es una risita nerviosa, y se aprieta más a su grandullón, tan bueno, que tanto la protege. El tenista desconocido pasa muy cerca de ellos, con la cabeza gacha, como si quisiera no hacerse notar. En ese momento, Maddy siente miedo, un miedo familiar que no identifica, pero no, ella no conoce de nada a ese hombre y sin embargo ... Luego en ese video mental que no cesa se suceden puntos desordenados del partido. John no lo está apabullando, qué va, el partido es muy igualado y se está alargando mucho. ¿Qué está pasando? John no puede perder, ella no puede perder. Las voces de Robert le llegan en sordina, gritos de ánimo pero también de asombro despechado, ¿cómo ha podido devolver ese servicio? ¿cómo ha podido meter ese resto? Siente que no entiende ese juego, que nunca le ha gustado el tenis, que es una extraña en ese mundo. El desconocido de la pista está ahí para castigarla, piensa, para hundir su vida. Está burlándose de ella, dejándole creer que Isner va a salvarla y arrebatándola la esperanza con raquetazos inauditos.

Entonces la imagen se funde en negro. No ve nada, no oye nada, no siente nada. Transcurre un tiempo infinito o, mejor, el tiempo se ha detenido y sigue detenido hasta que una mano la zarandea. Es Karen, con mirada desencajada, como de loca. Maddy mira alrededor; yace en el suelo, al pie de la silla, ha debido desvanecerse. La pregunta le brota en un grito desgarrado: ¿ha muerto? No, cielo, tranquila, contesta la madre de su novio, todavía está en el quirófano. Entonces Maddy se rompe en sollozos: es tan bueno, es tan bueno, es tan bueno, repite entre hipidos. Sí, cariño, la abraza Karen, a su lado Robert, también agachado. Es tan bueno, tan bueno, tan bueno, sigue Maddy con su salmodia lloriqueante, y lo han matado por mi culpa. No digas tonterías, la amonesta Robert, casi parece enfadado, no va a morir y tú estás muy nerviosa. Aparece como por ensalmo una camilla, el padre de Robert la alza en brazos, la llevan a una habitación y la acuestan en una cama, nota como le pinchan una vía en el brazo izquierdo, siente mucho sueño y, antes de dormirse, ve muy cerca de la suya la cara sonriente y amenazadora del joyero.

 
She don't know - Melody Gardot (Currency of Man, 2015)

martes, 15 de septiembre de 2015

El amor solía ser

El amor solía ser la regla con la que todo medías. Solía ser esa vertiginosa altura desde la que gozoso me despeñaba. El amor solía ser el hada blanca y vaporosa que acunaba tus sueños. El amor solía ser ...

El amor solía ser la sonrisa que te embellecía y me cubría de suerte como un velo de seda dorada. Solía ser un suspiro, cascada de pétalos de rosa desde tu boca entreabierta. El amor solía ser la sed que nunca se sacia, la pregunta que no requiere respuesta. El amor solía ser ...

El amor solía ser la esperanza sin fisuras, la apuesta que no podíamos perder. Solía ser la embriagadora ebriedad de la carne preñada de lujuria. El amor solía ser la fotografía de un futuro que sólo nosotros podíamos ver. El amor solía ser ...

El amor solía ser un milagro, la prueba de la existencia de Dios. Solía ser la fusión duplicada de nuestras almas, un regalo de eternidad. El amor solía ser lo que me despertaba cada día y lo que te ayudaba a dormir. El amor solía ser ...

El amor solía ser nuestra brújula pero ahora, aunque juntos, estamos solos y a la deriva, perdidos en el negro mar. Un hoyo profundo se fue cavando dentro de mi pecho y en el fondo, como una lápida, reposa el corazón. Adiós, amor, el amor que solía ser ...
 
Love used to be - Jewel (Picking up the Pieces, 2015)

La anterior es una versión libérrima –con añadidos, omisiones y cambios– de la primera canción del último álbum de Jewel, cantautora norteamericana ya de largo recorrido. Me ha gustado el disco (Picking up the Pieces) de fuerte impronta personal, muy convincente. En general, además de las melodías, las letras tienen mucha fuerza poética. En esta Love used to be acopia unas cuantas bellas imágenes que he procurado adaptar a nuestra lengua. En todo caso, tras escucharla nos queda el regusto agriculce del desamor, la ausencia añorada.

domingo, 13 de septiembre de 2015

La gran apuesta (6)

A las nueve en punto de la mañana del sábado 2 de julio llamaron desde  recepción: Mr. Ivanović, dos caballeros preguntan por usted. La exquisita flema británica excusaba precisar que esos “two gentlemen” eran policías. Dije que enseguida bajaba, sin sorprenderme de que no pidieran acceder a mi habitación. En el lobby estaban, en efecto, dos tipos con rostros inexpresivos y extremadamente educados. Supongo que han venido a buscar esto, les dije extendiéndoles el pasaporte. Sí, señor, y a rogarle que por favor permanezca disponible durante este fin de semana; es probable que se le convoque en nuestras dependencias. Desde luego –les dediqué un amago de sonrisa, un gesto casi triste–, tienen mi móvil, basta con que me llamen. Los periódicos dispuestos sobre el pequeño vestíbulo del hotel exhibían todos en grandes titulares el dramático acontecimiento de la víspera: ¡atentado en Wimbledon! En una de las fotografías de portada, tomada desde el fondo de Isner, se veía en primer plano al tenista abatido y a mí más allá, con un gesto extraño en el rostro, la mirada perdida, los brazos caídos. Imaginé que mi expresión corporal de ese momento sería objeto de detenidos análisis y especulaciones: ¿su reacción es la de alguien sorprendido, la de un inocente? Creí adivinar esa interrogación en la mirada fija que me dedicó una cincuentona mientras me dirigía al ascensor. Por supuesto, en ninguno de los abundantes textos que ya había leído desde que me desperté se insinuaba siquiera la más mínima relación del tenista desconocido con el crimen. Pero había sido yo quien estaba al otro lado de la red y eso, inevitablemente, intensificaba sobre mí los focos de la atención pública. Me iba a ser casi imposible proteger mi anonimato hasta el miércoles siguiente; faltaban cinco días, en estas circunstancias casi una eternidad.

Naturalmente, antes de plantearme nada había que conocer la decisión de los organizadores del torneo. Desde su primera edición, en 1877, Wimbledon sólo se había interrumpido durante las dos guerras mundiales. Pero, ciertamente, jamás se había vivido un atentado en un partido. Un escueto comunicado oficial informaba que se habían suspendido cautelarmente todos los partidos de esa jornada sabatina, a la espera de adoptar una decisión que se daría a conocer en las próximas horas; las instalaciones del All England Club se cerraban al menos hasta la tarde. Qué pasara con Isner era evidentemente una de las variables fundamentales. Hacia las ocho, el St. George Hospital había comunicado que la operación había sido un éxito y que, si bien el pronóstico se mantenía muy grave, se había logrado estabilizar al tenista. Parece que va a salir de ésta, murmuré para mí mismo, y sentí un profundo alivio. Comprendí entonces que la opresión que sentía en el pecho desde la abrupta interrupción del partido era culpa, culpa que yo mismo me estaba infligiendo. Inconscientemente me imputaba la responsabilidad del atentado, una de las consecuencias de mis acciones había sido que alguien disparara contra el norteamericano. Es una estupidez, me dije, pero hasta que no conocí la mejoría de mi contrincante la opresiva angustia no empezó a remitir. Las sospechas de la prensa se centraban mayoritariamente en un acto terrorista, una respuesta al asesinato selectivo con drones de tres dirigentes del Estado Islámico realizado unas semanas antes en el interior de Siria por los Estados Unidos. La nacionalidad de Isner contribuía a esa hipótesis aunque el crimen no respondiera en absoluto a los patrones ya clásicos de las ejecuciones islamistas. Pero entre la multitud de artículos que atribuían el atentado al terrorismo encontré alguno que apuntaba –bien es cierto que con bastante ambigüedad– a las mafias que controlaban un sector de las apuestas deportivas. El redactor sugería que la investigación haría bien en explorar ese mundo, donde se movían enormes sumas y en el que no faltaban quienes podrían cometer crímenes como el de anoche para cobrar sus apuestas.

Esa había sido, en efecto, mi primera sospecha, aunque la cuantía de las apuestas que se habían movido en mi partido no justificaba una actuación planificada de las mafias. Seguía sin embargo preocupado por lo que pudiera haber hecho Zlatan; de hecho, mi culpabilidad radicaba en haberle propuesto apostar contra Isner y no cesaba de arrepentirme de ello. Desayunaría, me dije, e iría al gimnasio del esloveno a ver si disipaba de una vez mis inquietudes. Algún policía camuflado me seguiría, sin duda, pero nada tenía de anómalo que un participante del torneo mantuviera su rutina de entrenamiento físico. Cuando llegué, poco después de las once, Zlatan estaba en la sala de pesas; apenas cruzamos las miradas. Una hora después. Mientras pedaleaba en la estática, lo vi dirigirse a la pequeña habitación con máquinas de bebidas isotónicas y tabletas energéticas. Dejé pasar unos minutos y fui para allí. Mi amigo, sentado, masticaba muy despacio una barrita de cereales, solo en el pequeño habitáculo con paredes de vidrio. ¿Fuiste al partido?, le espeté tras servirme un mejunje combinado de vitaminas varias. Claro que no, me contestó, y ahora me preguntarás si tengo algo que ver con el disparo a tu rival. Perdona, pero estoy muy desconcertado, necesitaría tener alguna certeza. Bueno, contestó, al menos tienes la certeza de que juegas endiabladamente bien para ser un ejecutivo financiero. No detecté ningún atisbo de reproche, mi amigo sólo dejaba constancia de que ya no hacía falta seguir eludiendo lo que ambos sabíamos que el otro sabía. Aposté las cinco mil libras, añadió, y como tengo por costumbre no vi el partido. Me enteré del atentado anoche poco antes de acostarme, en las noticias. Hace un rato comprobé en su web que la casa de apuestas tiene bloqueado el cierre de ese encuentro, pendiente de que la dirección del torneo sancione el resultado final. Pero es obvio que darán ganador a Ivanović, así que, según acordamos, nos esperan cincuenta mil libras a cada uno. Y en cuanto a lo que te preocupa: no, no creo que los de las apuestas hayan tenido nada que ver.

Lo miré en silencio, le clavé larga e intensamente la mirada y me la sostuvo con completa serenidad. Gracias, amigo, apretándole la mano que reposaba sobre la mesa; ya hablaremos con más calma, ahora he de volver al hotel. Estaba a punto de abrir la puerta cuando, como quien no quiere la cosa, con voz neutra, añadió: por cierto, me ha llamado Sara, que te diga que estés tranquilo, que no la llames. Me volví y por un momento me pareció adivinar un brillo burlón, irónico, en sus ojos. De acuerdo, contesté, mañana volveré por aquí. Luego alargué mi habitual callejeo por el West End, tratando de ordenar mis pensamientos mientras caminaba. Evoqué la escena de hace un año, el encuentro casual con Zlatan en una terraza junto al Támesis. Era media tarde, y Sara y yo charlábamos animadamente sobre el partido que habíamos presenciado unas horas antes. Fue el esloveno quien se acercó a nosotros, con un alegre ¡Sara, qué sorpresa! También la reacción de mi novia fue de sobresalto feliz; se levantó de un brinco y lo abrazó cariñosamente. Enseguida las presentaciones: éste es Goran Djukic, mi prometido y, como yo, gran aficionado al tenis; y a mí: mi buen y viejo amigo Zlatan, uno de los pocos en quien confío a ciegas. Pasamos un buen rato conversando los tres, intercambiándonos las habituales informaciones, especialmente ellos dos que hacía tres o cuatro años que no se veían: cada uno quería ponerse al día sobre la vida del otro. Naturalmente, Sara no cometió ningún error en nada de lo que le dijo esa tarde, todo el relato se atenía a la versión oficial: yo, Goran Djukic, era un ejecutivo de una multinacional financiera, destinado durante los últimos años en Madrid. Nos habíamos conocido en la inauguración de la retrospectiva de un famoso fotógrafo checo, ambos epatados delante de la imagen atroz de una familia escapando de las guerras yugoslavas, y el tema de la foto nos conectó a través de nuestras biografías. Habíamos venido a Londres para disfrutar de Wimbledon, la primera vez que lo hacíamos juntos, aunque yo, por mis negocios, viajaba con frecuencia a la capital inglesa. Pues en ese caso, intervino Zlatan, tendremos ocasión de tratarnos, trabajo en un gimnasio, así que si quieres sudar un poco los días que esté por aquí, ya sabes.

La duda era, ahora, inevitable: ¿fue casual el encuentro con Zlatan de hace un año? La idea del pelotazo en las apuestas deportivas era mía, desde luego; llevaba fantaseando con ella mucho tiempo, bastante antes de instalarme en Madrid y conocer a Sara. De pronto me vino a la memoria el momento en que le confesé quién era o, mejor, quién había sido. Llevábamos sólo una semana de relación, pero su intensidad había derretido mis reservas como nunca antes; no cabía duda de que me había enamorado, de que estaba profunda y estúpidamente colado de esa pelirroja enigmática, mitad española mitad irlandesa, periodista free-lance, de la cual, pese a su espontánea e irrefrenable verborrea en la que daba suelta sin pudores a cualquier episodio de su biografía, en el fondo no sabía gran cosa. Fue una noche después del amor, en su casa de Chamberí, bajo una claraboya que se abría al cielo primaveral; yo exhausto y feliz, tan colmado de dicha que apenas me cabía, que casi no me dejaba ni respirar. Las palabras se me escaparon de la boca, casi ridículas: ¿sabías que yo fui tenista profesional? Y era muy bueno; lo cierto es que todavía lo soy, buenísimo. Y a partir de ahí, poco a poco, durante los siguientes meses lo que había sido una fantasía fue convirtiéndose en un plan, un plan ya muy elaborado el año pasado, cuando decidimos verificar in situ la factibilidad de su puesta en ejecución. Sara... Llevaba casi un mes sin verla, sin cobijarme en su cuerpo, sin dejar de añorarla cada noche. Seguía, desde luego, absolutamente entregado a ella y, hasta ese momento, había dado por supuesta su plena confianza en mí. Pero ahora, tras las palabras de Zlatan, las que ella pronunció al presentármelo me machaqueaban el cerebro: el esloveno era su buen y viejo amigo, uno de los pocos en quien confiaba a ciegas. ¿Tendría Sara una parte propia del plan que yo desconocía?

 
She means everything to me - Chris De Burgh (Power of Ten, 1992)

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Encima suyo

En el post anterior escribí que el protagonista se propuso desde el principio continuar demostrando su ciega sumisión a quienes estaban por encima suyo. Vanbrugh me comentó que ese "encima suyo" le había herido los ojos muy dolorosamente, elegante forma de llamarme la atención sobre la evidente incorrección gramatical de emparejar el adverbio locativo con un adjetivo posesivo. Ciertamente, sabía que es un error pero resulta que es un error que cometo con bastante reiteración, sobre todo hablando. Tengo la mala tendencia de decir "delante mío", "detrás tuyo", "encima suyo" con relativa frecuencia, pese a las insistentes advertencias de K. Evidentemente, a mí no me suena mal, no me "hiere" los oídos (ni tampoco los ojos, como se ve), y mientras no consiga ese "dolor" al que se refiere Vanbrugh mucho me temo que caeré más de una vez en este vicio gramatical.

Eso de que te salten molestamente a los ojos (o a los oídos) los atentados al lenguaje es, sin duda, la mejor forma de no cometerlos. Yo soy especialmente sensible a varios de ellos. Por ejemplo, la conjugación en plural del verbo haber en expresiones del tipo "¿cuántas alegaciones hubieron?" (escuchada esta misma mañana); añadir una "s" a la segunda persona del singular del indefinido ("fuistes a ese sitio"); usar el sufijo "avo" como ordinal; el leísmo y no digamos el laísmo; el empleo del pluscuamperfecto de subjuntivo en vez del condicional compuesto en las oraciones condicionales en pasado, algo que es ya casi norma y hasta creo que admitido (si hubieses llegado a tiempo, hubiéramos (por habríamos) ido al cine). Sin embargo, no me hieren esos emparejamientos incorrectos de adjetivos y adverbios y, desde luego, no es excusa que mi recurrente error sea compartido con bastante parte de los hispanohablantes.

O sí. Porque la experiencia demuestra que si suficientes personas persisten en saltarse las reglas del lenguaje antes o después la complaciente Academia decretará que ese uso se considera válido, lo que, por ejemplo, ya ha ocurrido con el leísmo. El paso siguiente será, por ejemplo, que lo que antes era un error pase a ser el uso predominante y, poco después, se proscriba el que en su día fue el correcto. De hecho, eso me contaba una amiga a quien hace unos días otra le había confesado en un arrebato amoroso que ella a su marido le quería mucho. Es "lo quieres mucho", corrigió mi amiga. Qué va, contestó la otra, ¿acaso voy a tratar a mi marido como si fuera un objeto? (aunque supongo que si el objeto de su amor hubiese sido una mujer, habría dicho sin problemas "yo a fulanita la quiero mucho"). Así que, si a muchos nos suena mejor "detrás tuyo" que "detrás de ti", lo que hemos de hacer es persistir en nuestro error hasta conseguir que la Academia nos considere bienhablados (calculo que ya falta poco).

La razón de que esas expresiones sean errores gramaticales radica en que los adverbios carecen de género y número y no pueden ser complementados con adjetivos. Requieren en cambio la preposición "de" –seguida del sustantivo correspondiente– para indicar la referencia respecto de la cual adquieren su significado locativo ("delante de ti", "enfrente del Ayuntamiento", "encima de la mesa", etc). Se trata pues de una regla morfológica. El error proviene, imagino, de que hay algunas expresiones del mismo ámbito semántico que estos adverbios locativos que, sin embargo, están formadas por preposición + sustantivo y, por lo tanto, admiten el añadido del adjetivo posesivo. La más usual es "al lado"; es decir, siendo correcto decir "estaba al lado tuyo" (o "a tu lado", que viene a ser lo mismo), es explicable que se piense que también lo es "cerca tuyo". Otro ejemplo que fomenta la confusión es "en torno", locución adverbial que, como torno es sustantivo (aunque su significado nada tiene que ver cuando va sin la preposición), admite el adjetivo posesivo ("todos estaban en torno suyo"). E incluso, la propia regla se quiebra con "alrededor" que es un adverbio locativo exactamente igual que "encima" y sus hermanos y al que, sin embargo, se le permite ir acompañado del posesivo ("se pusieron todos alrededor mío").

Parece que la excepción a la norma de "alrededor" se debe a que el adverbio deriva de un sustantivo ("derredor") que se combina en locución adverbial ("en derredor"). Es decir, como decir "en derredor mío" es correcto, se habría admitido "alrededor mío" porque la variación es tan nimia que no se justifica recalcar que ahora se trata de un adverbio. Me parece floja defensa y, por contra, un argumento que apoya la legitimidad de admitir la concordancia generalizada entre adverbios locativos y adjetivos posesivos. Al fin y al cabo, "encima" proviene del sustantivo "cima" y, aunque ya no se usa así, podríamos sostener (a modo de hipótesis) que decir "encima de mí" tiene su origen en "sobre mi cima" (o "sobre la cima mía"); de modo que, con el mismo derecho que "en mi derredor" autoriza a escribir "a mi alrededor", habríamos de convenir en que "sobre su cima" permite mi "encima suyo".

En todo caso, no se entienda este post como un desesperado intento de mantenella y non enmendalla. Reconozco sin reservas que es un error y que lo cometo con relativa frecuencia. Y, por tanto, me gustaría corregirme y evitarlo (para lo cual, insisto, tengo que lograr que me salte dolorosamente a la vista y al oído). Ahora bien, relativicemos las reglas del lenguaje porque no será nada extraño que dentro de unos años se nos diga que es correcto.

 
Only over you - Fleetwood Mac (Mirage, 1982)

jueves, 3 de septiembre de 2015

Botones y ojales

La forma sigue a la función, dijo Louis Sullivan a finales del XIX (no, Roberto, no fue Lloyd Wright) y unos años después Adolf Loos dijo que el ornamento era un delito (se pasaba, claro, pero es que estaba hastiado de los modernistas de Viena). La oposición tampoco es tal. Al fin y al cabo, adornar(se) siempre ha sido un deseo de los humanos; por tanto, la mera forma, aún cuando carezca de función tal como la entendieron los funcionalistas de la primera mitad del siglo pasado (sobre todo en mi gremio), adquiere una función: la ornamental. Diseño un objeto para cumplir una función, vale, pero también puede que, a veces, al objeto elaborado (o encontrado) sin más función que servir de adorno se le encuentre una función más prosaica. En este caso, la función sigue a la forma.

Normalmente –de modo extremadamente simplón– asociamos forma con belleza y función con utilidad. Pero, quién sabe qué es lo bello, cómo modular el grado de belleza o fealdad de una forma. En cambio, es mucho más sencillo (o mucho menos discutible) medir la utilidad de algo, cuánto de bien (o de mal) cumple la función para la que se destina. Viene un funcionalista trasnochado y nos asegura que la belleza máxima radica en aquellas formas que expresan la perfecta adecuación a su función, que todo en su configuración obedece a un propósito de utilidad. En su momento, hace unos cien años, solían recurrir a argumentos de la evolución biológica; hoy han quedado un tanto desprestigiados, al menos en sus formulaciones más esquemáticas.

Botones y ojales, su contrapartida, son un ejemplo perfecto; cualquiera pensaría que en ambos casos la forma ha seguido a la función. En un momento de la historia del vestido se empiezan a hacer prendas abiertas y se requiere cerrarlas. Antes de los botones se prueban otras soluciones: alfileres, nudos, corchetes ... Incluso coser apretadamente los puños, lo que obligaba a descoserlos cada día para desvestirse. De pronto, un genio anónimo, como un Arquímedes en su bañera, suelta su eureka: coso una pequeña pieza en un lado de la tela y hago una abertura en el otro por la que pueda pasar la primera de canto pero no en su posición normal. Pero lo que pasó no fue eso.

Los botones, entendidos como pequeñas piezas que se cosían al ropaje, existen desde la Prehistoria. Pero no para cerrar partes del vestido, sino como meros elementos ornamentales. Quizá calificarlos así no sea justo; con toda probabilidad serían signos comunicativos (¿pero acaso no lo es todo adorno?), objetos que "informaban" al otro de mis cualidades (de mi estatus social) y también talismanes protectores o con cualquier otra finalidad que hoy no denominaríamos funcional. Conchas de molusco talladas, piezas de huesos, trocitos de marfil ... Incluso después de "inventarse" el abotonado, cuando ya el botón había pasado a ser un objeto útil desde los presupuestos funcionalistas, siguió manteniendo y hasta exacerbando su valor decorativo. En los siglos XVI y XVII, los aristócratas y potentados rivalizaban en colmar sus vestimentas de botones que podían ser carísimas joyas.

Y los ojales, a su vez, parece que tuvieron existencia propia antes de ser casados con los correspondientes botón. No lo he podido documentar de forma clara, pero de lo que he encontrado infiero que en las vestimentas de la Europa Oriental en los primeros siglos del pasado milenio empezaron a hacerse ojales. Quizá fuera para fijar en ellos otros objetos con finalidad también decorativa, pero intuyo que lo más probable es que estas hendiduras se practicaran en ambas partes de la tela de modo que, superponiéndose, permitieran el paso de lazos con los que unirlas. En algunos sitios se dice que fueron los cruzados quienes importaron este sistema de cierre de las ropas hacia los reinos occidentales. En otras partes leo que fue hacia el siglo XIV cuando, en Alemania, alguien tuvo la feliz idea de combinar en un mismo vestido botones y ojales. Sin embargo, en otro sitio relatan que la gran presentación pública de la simbiosis botones-ojales se produjo el 2 de febrero de 1421 en la fiesta a doce mil invitados de todo el mundo que celebró el emperador Zhu Di, para inaugurar la Ciudad Prohibida. Él, su concubina preferida, los mandarines y los eunucos de su corte, se presentaron ricamente vestidos con sedas naturales ajustadas a sus cuerpos por botones preciosos que cumplían su labor sostenidos por unas pequeñas ranuras reforzadas en los bordes.

Fuera un alemán ingenioso o el sastre de la corte imperial china, hay que reconocer que la invención, que ahora nos parece tan obvia que ni se nos ocurre pensar sobre ella, fue brillante. Aunque quizá el término invento no sea el que mejor le corresponde y debamos calificarlo de descubrimiento: el desconocido autor simplemente encontró una utilidad nueva a dos objetos ya existentes o –para contradecir a Sullivan– la función siguió a la forma. En todo caso, gran parte de los resultados de la creatividad humana responden justamente a ese mecanismo: saber ver en lo que tenemos muy visto nuevas utilidades (o incluso nuevas bellezas).

 
Three button hand me down - Faces (First Step, 1970)