sábado, 29 de noviembre de 2025

Inicio de una biografía ficticia

Vivía desde que nací en el barrio de Pozas, que ya no existe porque fue demolido a finales de los sesenta, en uno de esos pelotazos inmobiliarios tan del gusto de los tiempos de entonces y de ahora. ¿Qué no sabes dónde estaba? Vaya madrileño que estás hecho. Pues ocupaba la manzana triangular entre las calles Princesa y Alberto Aguilera, donde ahora está El Corte Inglés, en pleno Argüelles. En mi infancia ese triángulo estaba dividido por tres calles estrechas y adoquinadas con una plazuela al centro; en el número 6 de una de ellas, Hermosa se llamaba, se ubicaba nuestro piso. Bueno, nuestro no, que vivíamos de alquiler desde que mis padres llegaron a Madrid, a principios de los cuarenta, y el que luego sería mi padrino les avisó del fallecimiento de la solterona del segundo. En esa época los alquileres se heredaban y, como la vieja era de Cañizares –uno de esos golpes de suerte con los que se forjan nuestros destinos–, no le fue difícil a mi padre convencer al propietario de que era el sobrino del pueblo, que su anciana tía le había pedido que viniera a la capital para cuidarla y que justo cuando acababa de instalarse la buena señora la había espichado. Eran años muy difíciles, chaval, apenas acabada la guerra, el país en ruinas y muy en especial esa parte de Madrid, que había sufrido más que otras los bombardeos de los franquistas. De modo que conseguir alojamiento barato era un regalo inmenso. ¿Sabes lo que pagaban mis viejos de alquiler cuando empecé la carrera? ¡Setenta y cinco pesetas al mes por una vivienda de tres dormitorios con cuarto de baño interior! Menos de cincuenta céntimos de euro al cambio. Hace unos días calculé actualicé esa renta a fecha de hoy, considerando la inflación, ya sabes, y me salió unos 185 euros, ¿qué te parece? Alucinante si piensas en los precios que hoy tienen los alquileres en Argüelles.
 
La historia que te quiero contar empieza con el famoso concierto de los Beatles en Madrid, el 2 de julio de 1965. Estuve en Las Ventas, sí, y eso fue uno de los factores decisivos en el camino que tomó mi vida. Pero, claro, no ocurrió por azar o, al menos, no fue un capricho aislado del azar, sino un encadenamiento de tantas cosas, aunque en el fondo casi todas debidas al albur que va definiendo nuestros destinos. En ese verano de 1965 había acabado segundo de derecho y adoraba a los Beatles, casi te diría que los idolatraba. Un mes me faltaba para cumplir los diecinueve, dos años más para la mayoría de edad, y lo que más ansiaba era viajar a Londres y colarme en el mundo del rock británico. No creas que se trataba de fantasías adolescentes; lo tenía muy meditado. Llevaba dos años aprendiendo inglés en la Escuela Central de Idiomas. Dos tardes a la semana, cogía el autobús 44 en Princesa, o en Moncloa cuando me había quedado en la facultad, hasta Callao y desde ahí cinco minutos caminando hasta la Cuesta de Santo Domingo, al palacete en el que estaba el centro. Viajes gratuitos porque mi padre era conductor de la EMT. En fin, la cosa es que para ese verano del 65 ya me defendía con el inglés y era capaz de entender lo que cantaban mis ídolos, nada de mucho mérito, claro, porque aquellas letras son bastante elementales.
 
 
He pensado muchas veces en ese encadenamiento de albures que ha ido dirigiendo mi vida: ser hijo de unos provincianos venidos a Madrid en los años más duros de la posguerra, haber nacido en un barrio céntrico condenado a la desaparición, haber accedido a la universidad, algo poco corriente entre los chicos de mi condición. Pero si he de elegir un momento decisivo me quedo con una noche de domingo, no sabría fecharla, pero tuvo que ser hacia principios de quinto de bachillerato, septiembre u octubre de 1960, cuando escuché por primera vez Caravana Musical en la Voz de Madrid. Recuerdo la primera canción que me impactó, It’s now or never de Elvis. El sencillo se había publicado en primavera en Estados Unidos y cuando yo descubrí el tema llevaba ya varias semanas emitiéndose en ese programa, seguro de que antes de que estuviera disponible en España. El mérito era del locutor e inventor de Caravana Musical, Ángel Álvarez, un asturiano que trabajaba como radiotelegrafista de Iberia y llevaba años volando a los USA y comprando discos, primero en Nueva York y luego en Los Ángeles. Alguien me contó que Ángel le pidió a su paisano Ramón Areces que le patrocinara un programa de radio. ¿Ramón Areces? Chico, vaya ignorancia. Era el cofundador de El Corte Inglés, asturiano como Álvarez, y que por esas fechas andaría por los cincuenta y tantos, mayor que Álvarez quien tampoco era un jovencito porque cuando empezó su aventura radiofónica ya había cumplido los cuarenta. En fin, que con dinero de El Corte Inglés o sin él, el radiotelegrafista aéreo consiguió que le dieran un programa semanal de una hora que nos abriría los oídos y la mente a los chavales de la época. 
 
¿Te parece que escuchemos la canción de Elvis? La grabó en Nashville pocos días después de regresar de su servicio militar en Alemania. Para entonces ya se le conocía como el Rey del rock y su fama era inmensa, como también la cantidad de discos que había publicado y de números uno que había obtenido, aunque aquí muy pocos lo sabían. ¿Te has dado cuenta de que esta balada es una adaptación de O sole mio, la conocida canción napolitana compuesta a finales del XIX? Parece que Elvis se inspiró en una primera versión en inglés, cantada por Tony Martin, un tipo que tuvo larga carrera en la línea de los crooners de los 40 y 50, pero no tan destacado como Sinatra o Bing Crosby. La canción de Martin se llamaba There’s no tomorrow, anticipándose treinta años al No future de los punks, pero qué va, nada que ver. La de Martin es una balada romántica y nos dice que cuando empieza el amor no hay mañana, el ahora es para siempre, empalagosería absoluta, ¿verdad? La letra de Elvis va un poco en la misma línea, aunque más elaborada, no en vano había pasado una década. Ya en la primera estrofa el cantante le dice a la chica que le abrace muy fuerte, que le bese y que sea suya esa noche; es ahora o nunca, añade, porque mi amor no puede esperar. Luego se dedica a exagerar lo muchísimo que la ama desde la primera vez que la vio para acabar repitiendo las mismas exigencias del principio. Cómo encandilar a una jovencita para llevársela a la cama, una letra muy propia de aquellos tiempos. Pero esto lo podemos pensar ahora, no en 1960 y mucho menos un chaval madrileño de catorce años que no entendió ni papa de lo que cantaba Elvis. No, no entendí nada pero me encantó la canción, me descolocó esa música que, por más que melódicamente no fuera revolucionaria, tenía un ritmo y unos arreglos instrumentales que actuaron sobre mí como una revelación. 
 
Me había criado con la música popular de los cincuenta: boleros, coplas y pasodobles. ¿Te suenan Juanito Valderrama, Juanita Reina, Antonio Machín, Los Panchos, Conchita Piquer, Lucho Gatica? Y más nombre que podría decirte, por ejemplo, Manolo Escobar del que ese verano del sesenta sonaba a todas horas su Porrompompero. Piensa que mi infancia transcurrió durante el periodo autárquico del franquismo, con su ridícula censura a todo aquello que fuera contra las buenas costumbres y los valores españoles, tal como el Régimen los concebía. Así las cosas, hasta finales de los cincuenta, se desconfiaba de las músicas extranjeras, sobre todo de las anglosajonas y muy en especial de los ritmos “de negros” que, parece ser, incitaban a la lujuria. Luego la cosa se fue relajando y empezaron a llegar de fuera discos más modernos. Empezaba la que se ha llamado apertura, tímida desde luego, pero algo era. Ahora que lo pienso, hubo un cantante en inglés que venía desde antes; me refiero a Paul Anka. Me acuerdo de una canción que sonó muchísimo antes de que apareciera Caravana Musical, Lonely boy. Un chico solitario y triste que lo tenía todo menos lo único que quería: alguien a quien amar. Letra bastante patética que no creo que influyera mucho en su éxito en la España de finales de los cincuenta, pero sí la instrumentación y el fraseo que transmitían una energía poco usual. La verdad, a mí Anka nunca me entusiasmó demasiado. ¿Quién me habría dicho entonces que años después me tocaría llevarle un feo mensaje de Dylan? 
 
Me enrollo demasiado, ya lo sé. Es que quiero que te hagas la mejor idea posible del chaval que yo era, un estudiante de derecho y de inglés, apasionado por la música anglosajona que descubría gracias a la radio que me llevó al enamoramiento total de la banda de Liverpool. Un muchacho que solo había salido de Madrid en algunas escapadas con sus padres y hermana al pueblo conquense del que procedían para pasar unos días de vacaciones y estar con mis abuelos. Un chico alto, moreno y si no guapo al menos resultón, mira esta foto de la celebración de mi décimo octavo cumpleaños, no estaba mal, ¿verdad? Era también bastante lanzado, casi te diría que un tanto agresivo en mis iniciativas; con la inconsciencia de la edad me sentía muy seguro de mí mismo. Ese carácter me había puesto en una situación complicada en el verano de 1965, justo antes del concierto de los Beatles. Recuerda, yo era un universitario de clase obrera con casi diecinueve años que vivía en el barrio de Pozas. Y vivir ahí e involucrarme en la movida que culminó con su destrucción fueron las causas de mis problemas.

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