lunes, 28 de junio de 2010

Birretes jacobinos

Acabo de leer El viajero del siglo, de Andrés Neuman (me ha gustado, por cierto) y entre las muchas referencias más o menos eruditas de la novela hay una que me ha llamado especialmente la atención. Se trata del birrete que pertinazmente usa Hans, el protagonista, y que, por lo visto, durante esos años posteriores al Congreso de Viena, en la Europa de la Restauración, era considerada una prenda provocativa, contraria a las reglas que entonces imperaban. Quienes lo usaban, según el autor, eran tildados de jacobinos, seguidores de las ideas más radicales de los revolucionarios franceses y, consecuentemente, muy mal vistos en unos tiempos que, acabadas las guerras napoleónicas, se recelaba de las proclamas libertarias.

El birrete, más que a la Revolución Francesa, está asociado a las ceremonias judiciales y universitarias, creo que desde bastante antes de que Robespierre estuviera armando bronca por París. Este sombrero proviene, según me entero gracias a internet, del pileus quadratus romano, pero también fue utilizado durante la Edad Media y el Renacimiento por los soberanos y autoridades. El retrato de Federico da Montefeltro, duque de Urbino, de Piero della Francesca (1472) muestra el birrete seguramente más famoso de la historia del arte, con el simbólico color rojo. Aunque lo que es verdaderamente característico del birrete es su forma cilíndrica, con remate plano, como si fuera un tapón (y tal es el significado de berretto en italiano), que permitió, en tiempos más recientes, colocar sobre el casquete un panel que sobresale, típico de los tocados universitarios.

Muy distinta es la apariencia del llamado gorro frigio que, en cambio, sí es la prenda que se asocia a la Revolución Francesa. Éste tiene forma de caperuza cónica, cuya punta cae curvada. Por supuesto, su más célebre representación pictórica se encuentra en La Libertad guiando al Pueblo, de Delacroix (1830), y llegó a convertirse en el tocado de Marianne, la mujer alegórica que encarna la República Francesa. Los gorros frigios, pese a su nombre, parecen provenir también de otro pileus romano, el que usaban los esclavos manumitados y seguramente ésa fue la referencia que decidió a los revolucionarios de finales del XVII a escogerlo como símbolo contra la opresiva sociedad del Antiguo Régimen.

Birrete y gorro frigio son pues bastante diferentes y no sólo en sus formas sino también en los materiales con los que deberían confeccionarse: mientras el primero tiene una apariencia rígida, el otro, en cambio, hecho usualmente de lana, es todo lo contrario. Sin embargo, hay algo que los emparenta y es su simplicidad formal, especialmente si los confrontamos con los tocados que se usaban en la alta sociedad anterior a 1789. No creo que Neuman, cuando se refiere al birrete, yerre confundiéndolo con el gorro frigio (es notable la labor de documentación que subyace en la novela), lo que me inclina a dar crédito al sobreentendido de que en la Europa de Metternich el birrete de Hans era efectivamente un atuendo políticamente incorrecto. Supongo que el sombrero habitual de los burgueses y "ciudadanos de bien" sería el de copa (cuya excesiva altura obligaba a sobredimensionar los techos de los carruajes) y que las mujeres habrían vuelto a las recargadas "arquitecturas" de los gloriosos tiempos monárquicos que reverdecían nuevamente. En ese bosque de perifollos rococós parece natural que usar una prenda de tan simple geometría fuese un acto de provocación ideológica. De otra parte, por más que alguien como Hans rechazase los valores carcas que dominaban el panorama europeo, difícilmente cabe imaginar que se tocase con un gorro frigio que lo habría convertido en poco menos que una caricatura grotesca. Me cuadra pues imaginarme al protagonista paseando por la ciudad de Wandernburgo tocado con su escueto birrete y generando disgustados gestos entre los burgueses, aunque hasta la lectura de esta novela no había pensado que esa prenda hubiera tenido nunca tales connotaciones.

Como subproducto curioso de esta breve indagación sombreril, descubro que el gorro frigio aparece representado en las banderas y escudos de numerosas naciones (casi todas las americanas) cuya independencia fue acompañada de los ideales revolucionarios de la famosa trilogía francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Siempre rojo, claro, que era el color tanto del poder como de los sans-culottes. Visto desde hoy, con la escasa cultura simbólica, esas banderas se nos antojan infantiles y seguro que habrá más de uno a quien le recuerden a Santa Claus (y menos mal que los gorritos no son azules, que entonces, en vez de conspiraciones masónicas, estaríamos pensando en un imperio mundial de los pitufos).


CATEGORÍA: Literaturas

3 comentarios:

  1. El tocado hace al hombre. El famoso chiste de los extraterrestres que encuentran un tricornio de la guardia civil, le dan vueltas al extraño artefacto y cuando uno de ellos se lo coloca en la cabeza por si fuera un transmisor le dice al otro que le están dando unas ganas tremendas de darle de hostias. O esas enormes gorras de plato de frente alzado de los oficiales nazis o, por el contrario, que sería de Napoleón con una boina encasquetada o una txapela como los carlistas en lugar de su famoso gorro; los niños bien y los intelectuales del siglo XX tocados con gorras de obrero; el irreverente Groucho y Harpo con sus chisteras de falsos señorones mientras Chico lleva uno cónico imposible de identificar.

    (Empecé a leer ‘El viajero del siglo’ de Andrés Neuman, al que sigo con admiración con sus aforismos en el ABC cultural, y lo dejé, quizás por el momento, porque no consiguió atraparme; en cambio, disfrute mucho con su ‘Como viajar sin ver’ una mezcla de géneros donde relata precisamente sus viajes de promoción de la aludida novela)

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  2. Hemos perdido mucho desde que ya casi nadie se pone nada en la cabeza. De todas las prendas, efectivamente, los gorros son los de mayor capacidad simbólica. Hace sesenta años nadie salía destocado a la calle, y lo que cada uno se ponía sobre el cráneo era lo más revelador de todo su atuendo, lo que más información transmitía sobre la clase de ciudadano que era el portador, sus ideas políticas y hasta su actitud ante la vida.

    (Yo tengo un precioso sombrero Tilley, pero tengo que luchar con una gran oposición familiar para usarlo: coartan mi personalidad, constriñen la libre expresión de mi auténtico yo... )

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