domingo, 28 de mayo de 2017

Paul Bunyan (y 4)

El culmen de la popularidad de Paul Bunyan se alcanzó con la publicación en 1947 de Legends of Paul Bunyan, escrito por el prolífico cuentista Harold Felton; un libro de lujosa encuadernación que compendiaba una heterogénea mezcolanza de cuentos provenientes de la tradición oral con las más cutres popularizaciones o invenciones. En la década de los cincuenta se produjo la última metamorfosis del personaje que, al fin y al cabo, es la que espera a todos los mitos: convertirse en cuentos infantiles. Homer Watt, el profesor de la universidad de Wisconsin que en la década de los diez había recorrido con su alumna Bernice Stewart los campos de leñadores para recopilar la tradición oral, lo había anticipado pocos años antes en una carta. Una vez que pasan las generaciones que han vivido la leyenda, lo normal es que ésta se refugie, adaptada, en el mundo de los niños; y ponía de ejemplo la tradición inglesa y el famoso cuento de Jack, el mata-gigantes. El propio Watt tenía previsto escribir un libro de cuentos de Paul Bunyan para sus nietos mas el estallido de la II Guerra y complicaciones familiares se lo impidieron. Pero su predicción resultó atinada: Bunyan pasó de ser un símbolo patriótico a un héroe de cuento infantil; su tosca masculinidad se suavizó transformándose en simpatía bufonesca y sentimental. Por supuesto, para entonces los leñadores que habían creado al personaje estaban muertos y su mundo casi había desaparecido. Hay que decir que adaptaciones infantiles de las historias de Bunyan se venían haciendo desde bastante antes; el cambio consistió en que el público del personaje se redujo solo al infantil. Sin duda, la consagración definitiva fue el musical de dibujos animados que en 1958 produjo Walt Disney Studios; como en otros casos, la disneyficación de Bunyan equivalió a la fijación del canon definitivo.



Durante la Depresión de los años treinta, las empobrecidas comunidades de los Grandes Lagos y de los bosques de Maine, ya abandonadas por la industria maderera, intentaron con ahínco rentabilizar el prestigio de Paul Bunyan para atraer visitantes nostálgicos y reavivar sus agónicas economías. Varias de ellas empezaron a competir entre sí reclamando ser el lugar de nacimiento del heroico leñador o, si no, la cuna de sus historias. Akeley, una pequeña aldea de Minnesota que nació porque en ese lugar se instaló un aserradero de la Red River Lumber Company, se declaró a sí misma en 1949 como el lugar donde nació Bunyan: colocaron en un parque la gigantesca cuna de madera del Paul bebé y a partir de 1955 celebran a finales de junio “los días de Paul Bunyan”; años más tarde, en los ochenta, se abrió el Akeley Paul Bunyan Historical Museum y se erigió una estatua gigantesca de un Bunyan arrodillado y con una mano extendida casi a ras del suelo, de modo que los visitantes puedan sentarse en ella y ser oportunamente fotografiados. Fue construida por Dean Krotzer, un residente de Akeley, con su familia, con la intención de recuperar el protagonismo de su ciudad en esa absurda competición por la “propiedad” de Paul Bunyan. Para entonces ya había bastantes otras estatuas del mítico leñador a lo largo del país (entre ellas, la que tengo delante de mí) pero Krotzer quería que su Bunyan fuera el más grande de todos. Con una altura total de 25 pies (siete metros y medio) es desde luego superado por muchas otras estatuas, pero si este Bunyan se pusiera de pie mediría unos 60 pies (18 metros) y, en efecto, no había ninguno tan alto (buen truco el de Krotzer).

Pero la primera estatua que se erigió en honor a Paul Bunyan fue la de Bemidji, una pequeña ciudad de Minnesota en la ribera del lago del mismo nombre que, en los años 30 también decidió proclamarse como la cuna del mítico leñador. Fue Cyril Dickinson, el propietario de una constructora local, el que se ocupó de hacer realidad las gigantescas representaciones en hormigón y acero de Paul y su buey azul. El 14 de enero de 1937 se celebró una fiesta de carnaval con el acto central de inaugurar las dos estatuas –la de Paul y la de Babe– que se colocaron en la ribera del lago, un poco por encima de donde éste recibe aguas del vecino lago Irving –por cierto, ese breve canal entre ambos lagos es el río Mississippi, que nace unos cincuenta kilómetros al Sur–. Las estatuas están dimensionadas a escala 1:3 respecto de un hombre y un buey de gran tamaño (Paul mide 18 pies, lo que supone tres veces la altura de un tipo de 1,80 metros). Aunque después se superaron sobradamente, en esos días causaron verdadera sensación y se convirtieron en potentes atracciones turísticas. Como puede verse en la foto sobre este párrafo, las imágenes de Bunyan y Babe son bastante naif (me recuerda el estilo de los playmobil); ello pudo obedecer a las limitaciones técnicas y artísticas de los constructores pero también apunta a la ya incipiente infantilización del personaje, proceso muy unido a su mercantilización turística. Años después, todavía en la década de los treinta, la ciudad de Brainerd, unos 150 kilómetros al Sur, también erigió una estatua de Bunyan con el buey azul; el leñador parece ir caminando con el brazo derecho en posición de saludo y el izquierdo apoyado sobre el animal que pasta. El conjunto escultórico, bastante más pequeño que el de Bemidji, hecho de madera y una mezcla de cemento y yeso, se había deteriorado mucho y en 2007 la Cámara de Comercio de la ciudad contrató a Josh Porter, un artista de Minnesota, para que la restaurara. Por cierto, Bemidji y Brainerd están enlazados por el Paul Bunyan Trail, una ruta para disfrutarla en bicicleta (o caminando), una especie de mini-camino de Santiago a la americana: en vez de un santo medieval un leñador de inciertos orígenes. Mitos ambos, al fin y al cabo.

En 1959 la ciudad de Bangor iba a celebrar su 125 aniversario (a los americanos les gusta celebrar aniversarios como el 125 o el 175) y, con muy poca originalidad, se les ocurrió reivindicarse como el sitio natal de Bungar y hacer la pertinente estatua en su honor. Sabían, claro, que no iban a ser los primeros pero se empeñaron en ser los más grandes. Por ahí he leído que la idea de la estatua fue de Connie Bronson, una señora del comité organizador de los festejos que acababa de ver la película de Disney, recién estrenada por entonces; me lo creo, porque este Bunyan tiene sin duda una apariencia de dibujo animado. Se hizo el encargo a un artista local, J. Normand Martin, quien modeló en arcilla una representación de 22 pulgadas de Bunyan que gustó al comité. Así que se montó en un avión llevando su maqueta protegida en el regazo temeroso de que se le rompiera y aterrizó en Nueva York, para encargar a la empresa Messmoor & Damon la construcción del coloso en fibra de vidrio, metal y madera, con sus 31 pies. Fabricada en piezas, la montaron en el borde inferior de Bass Park, frente a Main Street (entonces no tenía detrás el polideporivo del Cross Insurance Center). Normand Martin ha explicado que no se pretendió nunca hacer una obra de arte sino simplemente algo que llamara la atención, que animara a la gente a visitar Bangor. Se puso en un punto que puede considerarse la entrada a la ciudad viniendo del Sur (o sea, del resto de los USA) y la ubicación precisa fue elegida para que una persona pudiera encuadrar completamente a Bunyan con una cámara de 35 mm sin salirse de la acera. El 29 de enero de 1959 fue la esperada inauguración y, a pesar de que la temperatura estaba en torno a los 0ºC, más de veinticinco mil personas se congregaron para ver el desfile de Paul Bunyan desde el centro de la ciudad hasta la estatua. Los habitantes de Bangor rebosaban orgullo, se sentían los auténticos propietarios del mítico héroe americano y por eso le habían dedicado la mayor escultura. Ese record, seis décadas después, siguen defendiéndolo; sin embargo, lo cierto es que en el mismo 1959 se erigió en Portland, Oregon, otra estatua de Bunyan que mide también 31 pies, aunque carece de la peana del de Bangor (como puede verse en la foto adjunta, este Paul es todavía más caricaturesco que el de Bangor). Hace un par de años, Normand Martin, que rozaba los noventa tacos, presentó a la municipalidad de Bangor una maqueta de Babe, el buey azul, para que se construyera junto a Paul y así completar el conjunto escultórico (y, de paso, desbancar definitivamente a Bemidji, el pueblo de Minnesota); de momento Bunyan sigue esperando solitario.

Acabo mis comentarios sobre Paul Bunyan y su estatua de Bangor indicando que en la base de ésta embutieron en 1959 lo que los americanos llaman una “cápsula del tiempo”, un recipiente hermético que guarda objetos y mensajes del presente para que sean encontrados por generaciones futuras. La cápsula de Bangor guarda registros sobre la celebración de aquel 125 aniversario de la ciudad y artículos que hablan de su relevancia histórica; se supone que han de descubrirse en 2.084, fecha en que se celebrará el 250 cumpleaños (me temo que no asistiré). Gracias a esta estatua me entero de que el invento de las time capsules data de 1936 y se atribuye a Thornwell Jacobs (1877-1956), pedagogo y pastor de la Iglesia Presbiteriana. Siendo presidente de la Oglethorpe University en Georgia, creó una Cripta de la Civilización, una cámara de 6x3x3 metros, sellada con una puerta de acero, cubierta con una losa de piedra y enterrada bajo el edificio neogótico de la universidad; allí hay multitud de objetos que darán información a seres del futuro sobre la civilización humana en 1940; Jacobs pretendía que la cripta no se abra hasta el año 8113. La idea gustó y, con más modestas pretensiones, empezaron a hacerse cápsulas del tiempo, la primera (y que creó el nombre) la hizo la empresa Westinghouse para la Exposición Universal de Nueva York de 1939, enterrada debajo del parque de Flushing Meadows, en Queens. En España, una idea similar se concreta en la Caja de las letras, aún más modesta, porque no son sino cajas de seguridad en la cámara acorazada del sótano del Instituto Cervantes, en las que personajes célebres de la cultura han depositado materiales fijando ellos mismos la fecha en que podrán desvelarse. En fin, un asunto curioso este de las capsulas temporales, pero no es ahora el momento de enrollarse con él. Me despido de Paul Bunyan y sigo mi camino.

jueves, 25 de mayo de 2017

Paul Bunyan (3)

Wesley Everest era aserrador como Paul Bunyan.
Los leñadores, aserradores, tablistas y todos los demás trabajadores de los aserraderos eran los siervos del imperio de la madera; los del IWW (International Workers of the World) metieron la idea de la democracia industrial en la cabeza de Paul Bunyan; los agitadores del IWW decían que los bosques tenían que pertenecer a todo el mundo, decían que Paul Bunyan tenía que ser pagado con dinero auténtico en vez de vales de la compañía, debía tener un sitio decente donde secar su ropa empapada por el sudor de un día de trabajo a cero grados y en la nieve, una jornada de ocho horas, barracones limpios, comida suficiente; cuando Paul Bunyan volvió de ayudar a salvar la democracia europea de los Cuatro Grandes, se afilió al sindicato local de leñadores, a fin de ayudar a salvar la vertiente del Pacífico para los obreros. Los del IWW eran rojos. En este mundo no había nada que asustase a Paul Bunyan. (Ser rojo en el verano de 1919 era peor que ser alemán o pacifista en el verano de 1917).

Los amos de la madera, los reyes de los aserraderos, eran patriotas; habían ganado la guerra (en el curso de la cual el precio de la madera subió de 5 dólares los cien metros a 50 dólares; había incluso casos en los que el gobierno pagó a 400 dólares los cien metros de la de mayor calidad); se dispusieron a limpiar de rojos los bosques de su propiedad, las instituciones norteamericanas libres deben ser salvadas a toda costa; y organizaron la Asociación de Patronos y la Legión de los Madereros Leales; y pagaron bien durante un tiempo a un grupo de ex soldados para que asaltaran los locales de los IWW, pegaran y lincharan a los agitadores y quemaran propaganda subversiva.

Los dos fragmentos supra provienen de las páginas finales de “1919”, el segundo volumen de la trilogía U.S.A, de John Dos Passos. He querido transcribirlos porque probablemente sea una de las primeras veces que Paul Bunyan aparece en una obra de peso literario (y que no es sobre él). Traer aquí esta cita hace que me percate de un hecho curioso: hasta ahora mismo que me he tropezado sin esperarlo con esta estatua gigante de Bangor no sabía nada del leñador mítico y, sin embargo, había leído este libro de Dos Passos. O sea, que hace ya bastantes años leí el nombre de Bunyan pero eso no significó que me interesara por el personaje; es más, lo poco que pude deducir a partir de las escasas referencias de la novela ha sido borrado completamente de mi memoria consciente. Concluyo pues que o leo muy mal, sin la debida atención, o tengo muy poca capacidad retentiva (o ambas cosas). También, para no fustigarme en demasía, puedo pensar que los personajes de ficción (igual que las personas reales) llegan a tu vida cuando toca. A lo mejor, ese efímero encuentro con Paul ocurrió antes de lo debido y por eso no guardo recuerdo; el de hoy, desde luego, ha sido bastante más impactante. Pero bueno, dejando aparte mis irrelevantes anécdotas personales, el objeto de la cita es enlazar con el final del post anterior y mostrar una imagen de Bunyan que podría pertenecer a su primera etapa, cuando aún era patrimonio de la gente que lo creó. Al entrar los Estados Unidos en la Primera Guerra muchos leñadores de los bosques norteños fueron alistados: en tanto encarnación protectora de ellos, Bunyan fue a la guerra. Y cuando volvió, como el Wesley Everest de Dos Passos, ya empieza a ser apropiado –y, por tanto, transformado– por fuerzas ajenas. En este caso, los sindicatos izquierdistas que quieren convertirlo en líder casi revolucionario en lucha contra los patronos para mejorar las condiciones laborales de los compañeros explotados de la industria maderera. Aclaro que cuando Dos Passos publicó “1919” (en 1932) probablemente poco quedaría del Paul Bunyan original, el de los leñadores, y tampoco del izquierdoso de los sindicatos en la primera posguerra. Pero el libro narra el año de su título.

En 1914, la Red River Lumber Company, una de las compañías madereras más importantes de la región de los Grandes Lagos, necesitaba urgentemente expandirse. Sus ejecutivos se habían dado cuenta que los inmensos pinares de Minnesota estaba casi exhaustos y por eso habían comprado grandes extensiones de bosques en el Norte de California y montado un imponente aserradero. La empresa, para garantizar su supervivencia, necesitaba una agresiva publicidad que convenciera al país de su importancia. William Laughead, sobrino del propietario y por entonces con poco más de treinta años, había trabajado años antes en los campos de tala de Michigan y había oído las historias del hábil leñador llamado Paul Bunyan. Convencido del potencial publicitario del personaje preparó un folleto –Introducing Mr. Paul Bunyan, of Westwood, California– de treinta y seis páginas con dibujos propios de Bunyan, unos cuantos retazos de sus hazañas y, por supuesto, anuncios de productos de la Red River. La compañía imprimió cinco mil folletos y los envío a sus agentes comerciales por todo el país. Sin embargo, por aquellas fechas poca gente conocía a Paul y su imagen no contribuyó a mejorar las ventas, más bien generó confusión contraproducente. Aún así, Laughead mantuvo la fe en el personaje e insistió en usarlo como imagen de marca; durante las siguientes tres décadas, los dibujos de Bunyan se imprimieron en cada tabla que comercializaba la empresa y en todo papel que enviaban. Para dar continuidad a tan constante campaña hubo que ampliar las historias de Bunyan y enseguida los de la Red River se dejaron llevar por su imaginación, dando nombres inventados a personajes existentes en los pocos relatos publicados hasta entonces (por ejemplo, el famoso buey que acompañaba al leñador fue bautizado como Babe) o creando otros nuevos. Como es natural, a Laughead no le preocupaba la fidelidad a la tradición sino solamente hacer el personaje atractivo al público para que fuera un vendedor eficaz de los productos de la empresa. El Bunyan defensor de la clase obrera que quisieron crear los sindicatos en la inmediata posguerra, fue enseguida desplazado por este nuevo Bunyan al servicio de la empresa capitalista. En 1922, Laughead publicó otro folleto con dibujos e historias de Paul Bunyan (que se conoció como Paul Bunyan and his big blue ox); esta publicación alcanzó más de diez ediciones hasta 1944. Hay que contar, además que a mediados de los veinte, a las publicaciones de Laughead para la Red River se sumaron dos libros más, uno de Esther Shephard, joven profesora del San Jose State College que había recopilado cuentos de Bunyan (para luego “embellecerlos”) en los campos madereros del Noroeste, y el otro de James Stevens, un trabajador de la industria de la madera en la Costa Oeste con ambiciones literarias quien inventó prácticamente todas sus historias, apoyándose en los personajes existentes. Hacia finales de los veinte Paul Bunyan ya era un personaje popular para el gran público a lo largo de todo el país.

Tenemos un tercer Bunyan, el símbolo de la fuerza e ingenio americanos, que no sólo resultaron victoriosos en la Gran Guerra sino que lo harán frente a la Gran Depresión que atenazaba al país. En esos años, muchos estadounidenses habían migrado a las grandes ciudades y los cuentos de Bunyan les evocaban imágenes nostálgicas (y amadas) del ambiente rural, de las historias de frontera de sus infancias. Este fue el Bunyan que pervivió hasta la II Guerra, un Bunyan para el consumo de masas y que generó una absoluta bunyanmanía y los consecuentes negocios durante esas dos décadas: se publicaron más de un centenar de libros, sus historias aparecían en los periódicos de mayor tirada, se le usó para promover el turismo (y empezaron a erigirse estatuas, como luego harían en Bangor) y para vender cualquier cosa. Y aunque la bunyanmanía fue un fenómeno que mayoritariamente podemos calificar de cultura de masas, también inspiró obras de “alta cultura”, como el poema que en 1921 dedicó Robert Frost a la mujer de Paul o la opereta en dos actos que, con música de Benjamin Britten y libreto en inglés de W. H. Auden, se estrenó en la Universidad de Columbia en 1941. Bunyan ya no era un leñador idealizado sino la encarnación –también idealizada, claro– del pueblo americano: una figura paternal ingeniosa, bondadosa y casi omnipotente capaz de transformar el territorio salvaje (e inútil) en valiosa civilización. Naturalmente, cuando los Estados Unidos entraron en la II Guerra, un Paul Bunyan musculoso, símbolo de la fuerza y el poder de la nación, animó a sus compatriotas a derrotar al fascismo en Europa y el Pacífico. Me estoy refiriendo a la apariencia de Bunyan porque durante esas décadas hubo abundantísimas ilustraciones del personaje, empezando por los dibujos de Laughead (en el párrafo anterior), probablemente los más antiguos. Pero también le dio imagen el pintor y aventurero Rockwell Kent –de quien algún día he de hablar– que ilustró los libros de Esther Shephard, o Allan Lewis que hizo grabados en madera para la edición de James Stevens. Y naturalmente muchos más, tanto que aunque había rasgos comunes todavía no se había fijado una imagen arquetípica como ocurriría a partir de los cincuenta.


La única versión de la ópera de Britten y Auden que he encontrado completa es ésta de Youtube representada durante el Festival de Bregenz (ciudad austriaca a las orillas del lago Constanza) de 2007. Lo que pasa es que está en alemán.

martes, 23 de mayo de 2017

Paul Bunyan (2)

Después de haber indagado en multitud de páginas web sobre Paul Bunyan, he dado con un libro que me parece la investigación más completa y definitiva sobre el personaje. Se títula Out of the Northwoods: The Many Lives of Paul Bunyan (“Fuera de los bosques del Norte: las muchas vidas de Paul Bunyan”), escrito por Michael Edmonds y publicado por la Wisconsin Historical Society en 2009. Con buenos argumentos y abundantes fuentes, Edmonds viene a sostener que pese a la enorme popularidad que tiene en los USA Paul Bunyan (“millones de americanos reconocen inmediatamente el nombre y la cara de Paul Bunyan”) y al mucho interés que su figura ha despertado entre los investigadores del folklore, gran parte de las afirmaciones que se dan por ciertas son erróneas. Así que seguiré hablando de Paul Bunyan pero basándome fundamentalmente en lo que se cuenta en este libro.

Edmonds descarta que haya habido un Paul Bunyan real que originara posteriormente el personaje o, al menos, niega verosimilitud histórica a las teorías al repecto, en particular las dos que conté en el post anterior. La tesis de un soldado de Quebec que combatió a los británicos en la década de 1830 sido cuestionada por exhaustivas investigaciones en los archivos de la época en los que no ha aparecido rastro alguno de ningún Bunyan, Bonjean o algo parecido. Que Fabian Fournier, el leñador franco-canadiense asesinado en la bahía de Saginaw, sea la base del personaje fue propuesto en 1993 por el escritor D. Laurence Rogers con argumentos que ya comenté que me parecían poco convincentes; Edmonds los debilita aún más. Concluyamos pues, aunque nunca pueda hacerse de modo categórico, que Bunyan es un personaje inventado, no la mitificación de un leñador (o soldado) que hubiera existido realmente. Estudiando los cuentos del personaje, en especial los más primitivos escuchados entre los leñadores, se comprueba que los motivos de la mayoría de ellos provienen del folklore de Nueva Inglaterra (e incluso de Europa) o bien de anécdotas que expresaban aspectos remarcables de las vidas en los bosques. El personaje de Paul Bunyan parece surgir con la función de dar unidad y congruencia a esas fuentes dispersas. En todo caso, dando por buena esta interpretación, lo de menos es si el nombre o el carácter del que estaba llamado a ser un héroe popular estadounidense se basó o o no, aunque fuera mínimamente, en alguien real; además, probablemente nunca podamos saberlo.

También este libro desmonta otra de las afirmaciones que suele darse por cierta y que tiene mucho que ver con la estatua gigantesca que tengo delante de mis ojos: que Bunjan –al menos el personaje ficticio– procede de Maine. Tiene sentido porque la industria forestal en Norteamérica comenzó en este Estado (y en las vecinas provincias canadienses de Quebec y New Brunswick) pero a partir de la década de los treinta empezó a extenderse hacia el Oeste, primero a la parte alta del Estado de Nueva York y luego saltó los Grandes Lagos y empezó a expandirse por Michigan, Wisconsin y Minnesota. En estos Estados del Medio Oeste la actividad creció rápidamente a partir de mitad del siglo, tras firmarse varios acuerdos de cesión de tierras con los indios (acuerdos no demasiado libres, por cierto) y, acabada la Guerra de Secesión (1865), el negocio maderero mostraba una voracidad insaciable, comiéndose los bosques a toda velocidad para satisfacer una demanda que parecía infinita, dar trabajo a multitud de leñadores y hacer muy ricos a unos cuantos “barones”. Tanto es así que en la década de los ochenta los inmensos bosques de pino blanco comenzaron a ralear y las grandes compañías siguieron su ruta hacia el Oeste hasta alcanzar la costa del Pacífico. Pues bien, en los años cuarenta un investigador del foklore americano de la Universidad de Indiana, rastreando meticulosamente los orígenes de Paul Bunyan, comprobó que no había ninguna mención a Paul Bunyan en documentos locales de Maine durante los siglos XVIII y XIX. Con anterioridad, Esther Shephard, una profesora del San Jose State College que coleccionó historias de Bunyan entrevistando a leñadores en los campos de tala del Noroeste, verificó con sorpresa que los que provenían de Nueva Inglaterra no sabían nada de Bunyan, mientras que éste era ampliamente entre los de Michigan o Wisconsin. La conclusión de Edmonds es clara: Maine aportó profesionales, experiencia, equipo y capital a la industria maderera de los Grandes Lagos, pero no a Paul Bunyan; éste nació allí.

Sentado pues que Bunyan tiene su origen en el Medio Oeste (Edmonds va más allá y afirma que en los campos de tala de Wisconsin, pero él es de Wisconsin) tampoco creo pertinente seguir ahondando sobre esta cuestión; más interesante me parece bosquejar un breve recorrido de la evolución del personaje porque, dado que se trata de un héroe popular –puede que el más popular entre los yanquis– ha personificado valores y deseos de los norteamericanos, de modo que, viendo los cambios de Bunyan, vemos cómo han ido cambiando los ideales de los estadounidenses durante casi siglo y medio. Pero la evolución del personaje ilustra también cómo la cultura popular actual es un producto del capitalismo, cómo el mito ha sido manipulado y transformado por los intereses comerciales. En palabras de Edmonds, el primigenio rudo héroe protector de los leñadores se ha convertido en un dibujo animado blandengue y sentimental para entretener a los niños. Durante ese proceso se han perdido (y no pocos dirían que prostituido) muchas cosas; pero, incluso así, algo queda de Bunyan, aunque sólo sean fibras deshilvanadas que en todo caso permiten reconstruir lo que fue. Quizá si el capitalismo no se hubiera apropiado del mito, si no se les hubiera encontrado valor comercial a los cuentos de unos leñadores de bosques remotos, Bunyan se habría desvanecido completamente en el olvido. En fin, es un dilema omnipresente en la cultura popular, cuya pervivencia pareciera exigir, en nuestro sistema socioeconómico, la comercialización, con todo lo que ello implica de falseamiento.

Probablemente Paul Bunyan fue inventado en la década de 1880, cuando se incorporaron a los campos de tala de los Grandes Lagos contingentes muy numerosos de leñadores. Es probable que los veteranos, para impresionar a los jóvenes novatos empezaran a inventar historias sobre los “viejos tiempos”, cuando las cosas eran realmente duras. Así algunos asegurarían haber trabajado con un capataz de corpulencia, fuerza e inteligencia extraordinarias, que había realizado varias hazañas ayudando a sus hombres a resolver problemas o evitar catástrofes. Los primeros cuentos orales de Bunyan de los cuales se tiene noticia cierta los narró un tal Bill Mulhollen en el valle alto del río Wisconsin, al Norte de Tomahawk, durante el invierno de 1885-86. Por esa zona, un par de inviernos antes, estuvo Gene Shepard, un conductor de troncos que aseguró años después que él había sido el creador de Bunyan. Pero Shepard era famoso por inventarse las más disparatadas patrañas, entre ellas, por ejemplo, la de que había capturado un hodag cerca de Rhinelander, Wisconsin. El hodag es un ánimal fantástico de la tradición americana (la cabeza de rana, el rostro sonriente de un elefante gigante, gruesas piernas cortas con garras enormes, la espalda de un dinosaurio y una larga cola con lanzas al final). Así que un tipo con este historial no es una fuente muy fiable. Tampoco importa mucho: sabemos que durante los últimos quince años del XIX las historias protagonizadas por Paul se creaban y contaban en Wisconsin, Michigan y Minnesota. En 1904 aparece la primera mención impresa a Paul Bunyan en un editorial sin firma del Duluth News Tribune (el principal periódico de la ciudad natal de Dylan). En él se deja constancia de que en los campos de tala de Minnesota los leñadores se contaban imaginativas historias de Paul Bunyan. O sea, en la primera década del siglo pasado tenían que existir ya varios cuentos que se repetían a lo largo de todas las áreas madereras de los Grandes Lagos, pero fuera de esos ambientes acotados de leñadores Bunyan era un completo desconocido.

Estos cuentos, que cabe denominar de “primera generación” y corresponden a los que se contaban en voz alta por las noches en los campamentos desde 1885 hasta los primeros años del siglo XX, han sido recogidos por algunos investigadores. El primero fue el antropólogo de Wisconsin Charles E. Brown, quien en la década de 1890 oyó por primera vez algunos cuentos y empezó luego a recopilarlos (aunque apenas publicó nada y sus trabajos han sido casi siempre ignorados). En febrero de 1910, una revista de naturaleza de Milwaukee (Wisconsin) llamada Outer’s Book publicó la primera colección de historias de Bunyan destinadas a una audiencia general; habían sido recogidas directamente de los leñadores por el periodista James Rockwell. Entre 1914 y 1916, la estudiante de la Universidad de Wisconsin Bernice Stewart y su profesor de inglés Homer Watt viajaron a través de los campos de leñadores de Wisconsin recopilando historias de Bunyan; fueron los primeros académicos que intentaron sistemáticamente recolectar estas historias (no obstante, no han sido objeto de suficiente atención). Antes, en 1906, James MacGillivray, que había trabajado en campos tala y escuchado historias de Bunyan, publicó en The Press, rotativo del pequeño pueblo de Oscoda, en Michigan, que editaba su hermano, el cuento The Round River (“El río redondo”). El mismo MacGillivray publicaría en 1910 una nueva versión del cuento de Bunyan en el Detroit News (ya con una tirada relevante) y cuatro años después otra en verso (gracias a la ayuda del poeta Douglas Malloch) en la revista American Lumberman. En ese mismo año, 1914, ejecutivo de la empresa maderera Red River Lumber Company publicaría un panfleto titulado Introducing Mr. Paul Bunyan of Westwood, California (“Presentación de Paul Bunyan de Westwood”) con descarada intención publicitaria. A partir de aquí las cosas empiezan a cambiar: Paul Bunyan va a dejar de pertenecer a los leñadores, a sus creadores originarios.

lunes, 22 de mayo de 2017

Paul Bunyan (1)

Lo que veo es una estatua de unos diez metros erigida sobre una peana de bloques de piedra de unos dos metros de alto. Un hombre corpulento y atlético de pie, las piernas abiertas hasta el ancho de los hombros, en la posición más estable, el brazo derecho alzado para sujetar, por casi el extremo del mango, un hacha que apoya en el hombro, con el izquierdo, doblado un poco por encima de la cintura, sujeta un bichero cuya punta metálica apoya en el pedestal, entre los pies. La cara, con una media sonrisa que muestra la dentadura superior, luce barba y bigote negros, como las pobladas cejas y el pelo, peinado hacia atrás, frente amplia, ojos claros. Calza botas marrones de montaña, pantalones verdes que se ajustan a las botas con unas tobilleras blancas, chaqueta a cuadros rojos y negros abotonada con cuatro pares de presillas y ceñida con cinturón negro de hebilla dorada, y un gorro blanco con banda roja y pompón también rojo en la punta, caída hacia atrás. No cabe duda de que la estatua, que habría que adscribir no sé si al kitsch o al pop art, representa a un leñador y de inmediato doy por supuesto que es un homenaje a los protagonistas del glorioso pasado de Bangor, a los hombres que talaban árboles en los inmensos bosques del Norte, los serraban y transportaban río abajo hasta esta ciudad. De ahí las dos herramientas que porta, una en cada mano: el hacha para cortar madera, el bichero (asta de madera que en su extremo lleva una punta metálica y un garfio) para controlar el descenso fluvial de los troncos. Un leñador pues, pero lo que desconocía es que no es un leñador cualquiera; se trata, nada menos, que de Paul Bunyan, uno de los héroes míticos del folklore americano.

Sin embargo, parece que los orígenes de Bunyan no son estadounidenses sino francocanadienses. Una primera hipótesis nos remonta a las primeras décadas del XIX, al Quebec –entonces llamado Bajo Canadá– que pertenecía a los británicos tras la derrota francesa en la Guerra de los Siete Años (1763). A pesar de que Londres había reconocido oficialmente los derechos de los franceses de Quebec (la lengua, la religión y el sistema jurídico, principalmente), éstos desde el principio mostraron su animadversión hacia el dominio británico y con frecuencia se producían broncas. En los años treinta, una gran mayoría de la población de la Provincia simpatizaba con el Partido Patriota que buscaba la independencia y que impulsaría en 1837 la Rebelión del Bajo Canadá, también conocida como Guerra de los Patriotas, que fue aplastada por los ingleses (esa revuelta ocupa lugar prominente en la mitología del actual independentismo quebecois). Pero lo que nos interesa es que durante aquellos años se empezó a hablar de un gigantón francocanadiense protagonista de numerosas hazañas contra los odiados ingleses. Este soldado “patriota”, según la tradición (al menos, así se asegura en un libro de 1925), se llamaba Paul Bonjean, apellido este no inusual en francés que, además, remite a un personaje bonachón, protector. Posteriormente el apellido se americanizaría convirtiéndose en Bunyan.

Una segunda teoría sostiene que hubo un Paul Bunyan real, nacido en Quebec hacia 1845 y que se llamó Fabian Fournier (muy posterior pues a las rebeliones contra los británicos). El escenario de esta historia es la bahía de Saginaw, un entrante del lago Hurón en la península de Michigan; la época: inmediatamente después de la Guerra de Secesión estadounidense (o sea, hacia 1865). Por esos años la región empezaba a conformarse como una de las principales para el abastecimiento de madera a la aceleradamente creciente demanda del país, gracias a sus inmensos bosques de pino blanco y al caudaloso sistema fluvial del Saginaw y sus tributarios (previamente su economía se había basado en el comercio de pieles). De modo que muchos leñadores se trasladaron a la zona, entre ellos Fournier, motivado porque en Michigan se pagaban mejores salarios que en Canadá. Fabian Fournier era muy solicitado, debido a su excepcional envergadura y asombrosa fortaleza. Bastante más alto que la media, con unas manos enormes y –eso se decía– dobles filas de dientes, que le permitían cortar a mordiscos trozos de madera, se hizo muy popular con el podo Joe Saginaw. Pero además de sus proezas en el oficio, a Fournier le gustaba beber y armar broncas en su tiempo libre, siendo muy conocido en los muchos locales de entretenimiento (los conocidos “salones” de las pelis del Oeste) que había en el área de la Bahía. El 7 de noviembre de 1875, fue de juerga a Bay City con un grupo de colegas. Ya era de noche cuando decidieron regresar. Fabian, muy borracho, se tambaleaba por la pasarela del muelle de la calle Tercera intentando llegar al vapor que los llevaría de vuelta. Uno de sus compañeros de francachela se le acercó por la espalda y le golpeó en la cabeza con un mazo. El golpe fracturó el cráneo por encima del oído izquierdo y Fourier murió en el acto. Tenía unos treinta años, mujer y dos niños pequeños. Al asesino lo detuvieron al día siguiente y el 28 de enero de 1876 fue declarado no culpable en el juicio correspondiente; parece que el veredicto obedeció a que Fabian Fournier era muy odiado en el área de Saginaw.

Que la base real del personaje (ficticio) de Paul Bunyan es este leñador franco-canadiense es la tesis que desarrolla D. Laurence Rogers en su libro de 1994 How a Terrible Timber Feller Became a Legend, aunque no termina de demostrarla. Fabian Fournier fue un leñador corpulento y excepcionalmente diestro en su oficio, pero sin duda no fue el único, durante esos años del XIX seguro que hubo otras figuras legendarias en el oficio y en distintas áreas geográficas. Pero lo que más me llama la atención es que un personaje claramente benéfico provenga de un tipo que debió ser bastante desagradable y al que mataron con toda probabilidad porque era muy odiado. Pero, en fin, con todas las reservas que se quiera, Fournier ha pasado a estar vinculado a uno de los mitos del folklore yanqui, aunque algunos consideran que este caso debería calificarse mejor de fakelore (de fake, falso). De otra parte, si ése es el origen de Paul Bunyan poco tendría que ver con Bangor que reclama ser la patria (natal o adoptiva) del héroe. No obstante, descubro con sorpresa que Fabian Fournier vivió en otro Bangor, un pueblecito de la Bahía de Saginaw mucho más pequeño que este de Maine en el que estoy. O sea que ahora descubro que en los Estados Unidos hay más localidades con el mismo nombre (de hecho, según la Wikipedia;, del orden de la docena) y eso que el nombre me parecía original. Habría que saber si los orígenes del nombre de cada una de ellas está claro; a lo mejor alguna se llama así en honor de su homónima de Maine.

Haya o no base real del personaje, y aunque se desconozca cuál fue, lo cierto es que la mayoría de los estudiosos de las tradiciones y costumbres norteamericanas coinciden en que hacia finales de la década de 1880 o principios de la de 1890, las historias de Paul Bunyan se habían extendido por la mayoría de las áreas madereras del país. La vida de los leñadores, sobre todo tras la caída del sol, era bastante aburrida; el mayor entretenimiento, si no el único, en los campamentos alrededor de la fogata era contarse historias unos a otros. Puede que los cuentos al principio hablaran de las hazañas guerreras de un tal Bonjean apaleando británicos en el Canadá; poco a poco se irían modificando y exagerando, el personaje pasaría de militar a leñador porque, al fin y al cabo, tenía que ser un héroe del oficio. Quizá más tarde los relatos incorporarían proezas de tala atribuidas a Fabian Fourier (y por qué no a algún otro leñador famoso de la época). Si hubiéramos de trazar la cartografía de la construcción de la leyenda resulta verosímil que en los Estados Unidos fueran los bosques de Maine, en contacto con los canadienses, donde por primera vez se hablara de Paul Bunyan; luego seguirían los Estados de Michigan, Wisconsin, Minnesota … Pero, si bien hacia el cambio de siglo la figura de Paul Bunyan era ampliamente conocida entre los madereros del Norte de los USA, apenas tenía eco fuera de ese mundo concreto, entre el público en general. La difusión del personaje y su conversión en mito requirió pasar de la tradición oral a textos escritos. Lo contaré en el próximo post.

sábado, 20 de mayo de 2017

Bangor Waterfront


Nada más pasar bajo el puente de Union St. se me abre un panorama totalmente distinto. Estoy en la ribera del Penobscot, unos terrenos que –hasta que Bangor perdió su pujanza económica basada en el comercio de la madera– fueron soporte de una frenética actividad: marineros, leñadores, ferroviarios (y también truhanes, pícaros y prostitutas) se movían por un ámbito donde la trama urbana se difuminaba y mezclaba con las vías del ferrocarril, los espacios de servicio a las embarcaciones, los almacenes desordenados … Ahora esta área se denomina el Bangor Waterfront; ya no es el “medio acre del diablo” con tugurios de mala muerte. Waterfront significa frente costero, que remite en principio al mar pero también es aplicable a las riberas de los ríos o lagos; pero en el inglés norteamericano me parece que suele referirse al borde litoral en el que se dispone un muelle, en todo caso, un espacio destinado a usos de interrelación tierra-agua. Este espacio, en especial a partir del cierre del servicio ferroviario a Bangor, sufrió un acelerado proceso de degradación convirtiéndose en terrenos de nadie donde había tanques de combustible, talleres abandonados, naves para carbón, infraestructuras ferroviarias en desuso y algunas edificaciones en las que sobrevivían a duras penas pequeños negocios. En algún momento hacia finales del siglo pasado, la municipalidad de Bangor adquirió casi toda esta área, con la intención de revertir el proceso de degradación. Evidentemente, era un “espacio de oportunidad”, en la jerga de las operaciones urbanísticas impulsadas a partir de los noventa. Cualquier frente litoral, bien tratado y bien situado en relación al centro urbano (como es el caso), se convierte sin duda en un generador de altísimas rentas urbanas, capaz por tanto de atraer las actividades más lucrativos. Muy en la línea estadounidense –no muy diferente de la seguida en Europa en tiempos recientes–, el Ayuntamiento se propuso convertir esta zona en un centro de equipamientos y espacios libres públicos para la población obteniendo financiación del sector privado a cambio de permitir la implantación de negocios particulares (usos terciarios y residenciales, básicamente). Del proyecto me había hablado en Tenerife mi amigo Julio, el que en 2005 vino a participar en el Kenduskeag Canoe Race y conoció a la que hoy es su mujer. Por lo visto, algunos compañeros de Harvard le hablaron de la iniciativa urbanística e incluso llegó a colaborar puntualmente con el equipo profesional que remató el master plan. El caso es que antes de este viaje había curioseado un poco sobre el asunto y me apetecía conocer los resultados sobre el terreno. Año arriba o abajo, el diseño y ejecución de esta operación es más o menos contemporáneo de la de “Madrid-Río” que, a partir del soterramiento de un amplio tramo de la M-30, se planteó recuperar el espacio ribereño e incorporar el Manzanares a su entorno urbano. Pero, aparte de que ambas son operaciones waterfront (fluviales), llaman más la atención las diferencias que las similitudes. No obstante, tengo la referencia en la cabeza, probablemente porque hace poco que paseé por primera vez por el nuevo parque urbano madrileño, desde el Puente de Toledo al Paseo de las Delicias. Para que quienes conozcan la operación madrileña se hagan una idea: la superficie de Madrid-Río ronda las 60 hectáreas, más o menos el doble que la del Bangor Waterfront (son medidas hechas por mí en Google Earth) y, claro, Madrid es una ciudad inmensamente mas grande que Bangor. Por el contrario, el Penobscot es un río bastante más caudaloso y potente que el castizo Manzanares, afluente de un afluente.

El Proyecto ha tardado bastante tiempo en ejecutarse y aún no está del todo acabado. Por ejemplo, la primera cuadra tras pasar el puente de Union St no puede decirse que esté muy fashion. Una calzada de asfalto avejentado, un área de aparcamiento en batería y, a ambos lados, edificios que llevan ahí bastantes años. El de la izquierda parece una antigua nave reformada para convertirla en un pub cervecero y local de banquetes y conferencias, Sea Dog se llama. Superado ese local se llega al cruce con May St. y la calle a partir de aquí deja de ser Broad para pasar a llamarse Front y enseguida se nota una mejora en su aspecto: un pavimento de mejor calidad, aceras bien tratadas, cuidados elementos de mobiliario (farolas, bancos, papeleras), la vía del tren integrada sobre un lecho de piedrecitas y, sobre todo, abundantes praderas y árboles. Por lo visto, el acondicionamiento de Front Street y la creación del gran parque que hay un poco más adelante, fueron las dos primeras actuaciones que se ejecutaron, allá por 2003. Inmediatamente después –hacia 2005– se llevó a cabo la limpieza de la plataforma que se abre al Penobscot y en la que había naves y depósitos obsoletos. Giro a la izquierda por la primera entrada (un área de aparcamiento entre árboles) para llegar hasta la orilla del Penobscot y caminar junto a ella. Llego a un pantalán de madera conectado al camino ribereño de gravilla por una liviana pasarela. No hay ningún barco pero sí un letrero que anuncia cruceros por el Penobscot. Al poco de construirse estos sencillos muelles, el propietario de una compañía de cruceros de excursión con base en Bar Harbor (localidad de veraneo en la isla de Mt. Desert, junto a la costa de Maine, a unos 75 kilómetros de Bangor) se animó a llegar hasta aquí ofreciendo recorridos por el río hasta Belfast y regreso. El barco era una réplica de un ferry a vapor del XIX, el Patience, la excursión costaba en torno a los 30 dólares por adulto y ofrecía música en vivo en los atardeceres de viernes y sábados; además, creo que te contaban algunas historias sobre el Penobscot de antaño. Pero el negocio no debió ir bien porque parece que ya no hay ningún servicio. Una pena, estas aguas que acogieron tantísimos barcos en otra época están ahora casi vacías. En todo caso, la municipalidad cuenta con una autoridad portuaria y unas ordenanzas que regulan detalladamente el uso de los muelles y de la navegación por el Penobscot. En fin, la verdad es que el coqueto y pequeño puerto no ha quedado mal, pero no han conseguido darle actividad marinera suficiente. Fijándome en el master plan compruebo que esta plataforma asomada al río hay reservadas parcelas edificables probablemente para usos recreativos privados. Pero, pese a la docena de años pasados desde que se urbanizó, siguen vacantes; supongo que no han encontrado a nadie con ganas de poner un negocio (y eso que parece un sitio fantástico para un restaurante, por ejemplo).

Doy la espalda al río y vuelvo a Front St. a través del sendero que atraviesa entre las dos supuestas parcelas vacías (unas praderas magníficas, lo que me hace pensar que se ha descartado la idea de edificarlas). Estoy en el punto en que la calle Front gira hacia adentro y pasa a llamarse Railroad Street. A mi derecha un complejo mezcla de antiguo y moderno. El edificio original es una mole de ladrillo de cinco plantas, característico de la arquitectura comercial / industrial de Bangor, con ventanas en arco; está ocupado por una consultora empresarial que lo ha ampliado más o menos imitando el estilo original aunque con dudosos resultados. Enfrente y hacia la izquierda se extiende la gran manzana destinada a equipamientos al aire libre de acuerdo al master plan; está vallada y el acceso cerrado sin nadie a la vista. Aquí se dispone el Darling’s Waterfront Pavilion, un anfiteatro al aire libre con capacidad para 16.000 personas que se inauguró en 2010. En él se celebran los conciertos más multitudinarios de la ciudad (nótese que cabe la mitad del censo municipal) pero sobre todo tiene fama por acoger el American Folk Festival, cuatro días de música hacia finales de agosto. En Estados Unidos, desde 1934, se celebra el National Folk Festival, que va cambiando de localidad después de estar uno o algunos años en un lugar. Lo organiza el National Council for the Traditional Arts, una institución sin ánimo de lucro, que promueve todos tipo de manifestaciones artísticas tradicionales. The National (como es conocido el festival itinerante) es de hecho el más antiguo en su género y el que, por su marcado carácter multicultural, más ha contribuido a abrir al público americano a muchos tipos de música. Durante este largo periodo que cubre nueve décadas, el Festival se ha celebrado en veintiséis localidades; la primera fue St. Louis, Missouri, y la última en Greensboro, Carolina del Norte. Pero tres años seguidos –2002, 2003 y 2004– tuvo lugar en Bangor, también en el Waterfront, aunque todavía no estaba casi acondicionado ni mucho menos construido el actual recinto. El caso es que, como ya había ocurrido en otras ciudades por las que pasó el festival, los bangorianos quedaron entusiasmados con la experiencia y decidieron crear uno propio que empezó en 2005 y desde 2010 se celebra en el auditorio abierto al que hoy no puedo acceder. Lástima que no estemos en la última semana de agosto y poder asistir a alguno de los muchos conciertos que aquí se celebran (con entrada gratuita). Reviso el programa de 2016 y la variedad musical es sorprendente: celta, fados portugueses, salsa, góspel a cappella, big-bands, blues de Chicago, cajun, bluegrass, bailes y canciones etíopes y de Sri-Lanka, jazz & swing y muchos más estilos. Pero en fin, como no es agosto ni parece que pueda entrar al recinto, sigo caminando río abajo, por el último tramo de parque, entre la ribera y la curva de la vía férrea. Como se ve en el masterplan, en la parte alta de esta zona, con frente a Main Street, se reservan parcelas edificables, pero de momento están libres e integradas en la pradera arbolada del parque público. Va a resultar que los munícipes de Bangor son malos gestores inmobiliarios, pues no logran colocar a inversores privadores los solares previstos con tal fin.


Con el Penobscot a la izquierda paso delante de una parcela con varios tanques gigantescos que tienen pinta de instalaciones de depuración (pero no lo tengo nada claro) y enseguida se acaba el parque; sigue un estrecho camino entre árboles pero que ya no forma parte del proyecto del Waterfront, así que decido girar a la derecha e iniciar el regreso. La calle por la que subo se llama Dutton St. y empieza bajo la antigua ferrovía con un aspecto de camino rural. Pero avanzados pocos metros aparece la pared de un edificio inmenso que, casi llegando a la esquina con Main Street, descubro que es el Hollywood Casino Hotel & Raceway Bangor. Por lo visto se trata del primer casino que se autorizó en Maine (sólo hay otro más, en Oxford), pero lo que me llama la atención es que también tiene la consideración de racino, algo de lo que no había oído hablar hasta ahora. Los racinos son una combinación de casinos y pistas para carreras (caballos, principalmente, pero pueden ser de otros tipos). Naturalmente, el común denominador es el juego: el cliente puede pasar el rato en las maquinitas tragaperras (slot machines), en las mesas de juegos (blackjack, poker o ruleta) o bien apostar en la pista de carreras (race track, de ahí el nombre). Este establecimiento forma parte de una cadena de varios casinos y racinos a lo largo del país (operados por la Penn National Gaming) y tiene la particularidad de que la pista de carreras no está en la misma parcela, sino en el cercano Bass Park. Allí, entre mayo y noviembre (en temporada invernal hay carreras de motos de nieve) se celebran competiciones de trote, una modalidad hípica poco habitual en España; en ellas los caballos corren tirando de un pequeño carro de dos ruedas en el que va sentado el jinete. Me vienen ganas de asistir a alguna de esas carreras (nunca he visto ninguna), pero justo entonces, según camino por Main St. hacia la entrada principal del hotel, veo enfrente algo que me deja sin aliento, epatado.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Estevan Gomez y un poco sobre estructura urbana

De vuelta en Broad St, camino hacia el Sur. A mi derecha, un feo edificio hexagonal de dos plantas; al principio pienso que es una cafetería (estoy empezando a notar el ligero cosquilleo del hambre) pero acercándome un poco compruebo que se trata de una sucursal bancaria. A mi izquierda, entre la calle y la boca del Kenduskeag, discurre un recoleto parque, sin nada especial en su diseño, pero pleno de encanto gracias a sus magníficos árboles. Hacia la mitad de la cuadra hay una sendero adoquinado (el mismo pavimento que la acera de Broad St.) que lleva hacia una pequeña rotonda con un cuadrado en su centro. En el cuadrado, combinando piedritas negras (fondo) y blancas (figura), se forma un mosaico que representa una rosa náutica y siguiendo la mitad inferior del círculo aparece el nombre de Estevan Gomez. ¿Quién era este Estevan Gomez? Pues un navegante portugués al servicio de la corona castellana que en 1518 fue nombrado piloto por la sevillana Casa de Contratación y participó como capitán de una de las naves en la expedición de circunnavegación de Magallanes. Pero antes de llegar al estrecho de Magallanes, en noviembre de 1520, desertó y regresó a España. Tras pasar por juicio y cárcel, el regreso de los supervivientes al mando de Elcano facilitó que fuera liberado. El portugués debía tener no poca labia porque convenció a Carlos V para que financiara una expedición hacia el Atlántico Norte, tratando de encontrar otro paso hacia el Pacífico. Conocida la insaciable hambre de recursos económicos del Emperador (para enterrarlos en sus políticas cesáreas en Europa) sorprende que invirtiera en tan arriesgada empresa. La explicación puede estar en abrir otra ruta hacia las Islas de las especias (archipiélago de las Molucas, Indonesia); tal había sido la principal motivación de la expedición de Magallanes pero había sufrido tantas penalidades que supongo que se acogería favorablemente la búsqueda de caminos alternativas (recuérdese la importancia económica de las especias en los siglos XV y XVI, que sirvió de inspiración a Carlo Cipolla para escribir el desopilante primer ensayo de su genial Allegro ma non troppo). 

Así que Gomez, con su carabela La Anunciada llegó al estrecho de Cabot, entre Terranova y la Isla de Cabo Bretón en la actual Nueva Escocia, y en esta última decidió pasar el invierno. Al llegar la primavera de 1525, en lugar de enfilar hacia el Norte (y descubrir el Paso del Noroeste, junto a la Bahía de Hudson) prefirió poner rumbo Sur; seguro que estaban hartos del frío y querían latitudes algo más cálidas. De modo que costeó el actual Maine y, al llegar a la desembocadura del Penobscot, decidió remontarlo para ver si a través de río encontraba un paso hacia el otro océano. La verdad es que, por más que esa fuera la explicación que dio a su vuelta, no parece creíble que un piloto experimentado pudiera creer que cursando un río aguas arriba pudiera alcanzarse el mar; más bien se me antoja que lo que le apetecía era explorar las nuevas tierras pero tenía que buscarse una excusa. Así llegaría a donde muchos años después se asentarían colonos de Nueva Inglaterra para dar origen a lo que hoy es Bangor, de modo que es bastante probable que fuera el primer europeo que pasó por estas tierras. Naturalmente, en algún momento daría la vuelta, salió al Atlántico y siguió hacia el Sur, pasando por Nueva York (también remontó el Hudson) y a la península de Florida, desde donde, en agosto de 1525, decidió regresar a España. No encontró ningún paso ni mucho menos llegó a las islas de las especias, pero gracias a sus anotaciones Diogo Ribeiro, cartógrafo portugués también al servicio del emperador, pudo delinear la costa de Norteamérica con excepcional precisión. Durante bastante tiempo, la mitad norte de los actuales USA fue denominada “Tierra de Estevan Gomez”. En una esquina del cuadrado con la rosa náutica, se erige el monumento de poco más de un metro de altura sobre lo que parece el casquete polar: es una especie de cruz teutónica (no exactamente) que en el centro tiene lo que parece un escudo, en el cual está escrito el nombre del navegante y el año en que pasó por aquí. Por lo visto, fue un regalo que hizo a la ciudad de Bangor la colonia portuguesa de New Bedford, en Massachussetts; se inauguró el Columbus Day (12 de octubre) de 1999 y es obra de un tal Julio Vasconcelos, un portugués-americano del cual no sé nada.

Broad St. acaba unos metros más adelante al pasar bajo el tramo elevado de Union St. que cruza el Penobscot hacia Brewer. El puente de Union Street para enlazar con Wilson Street en el vecino municipio de Brewer es una obra de la posguerra (no aparece en el plano de 1946 y sí en el de 1955). Hasta que se construyó, la única conexión entre ambas orillas a estas alturas del río era el puente cubierto que enlazaba las calles Oak (Bangor) y State (Brewer) construido en 1832 (por supuesto del primitivo ya no queda rastro, pero el actual sigue su mismo trazado). Por cierto, Wilson Street, la calle de Brewer que es continuación del puente que tengo ante la vista, tiene la consideración de ramal de la carretera federal 1 (U.S. Highway 1) que recorre todo el litoral atlántico estadounidense desde Cayo Oeste (Key West) en Florida hasta Fort Kent, en la frontera entre Maine y Nuevo Brunswick, Canadá; nada menos que 3.813 kilómetros. En otro momento hablaré del sistema norteamericano de carreteras porque tiene su interés. De momento, señalo que la red de carreteras federales y estatales (excluyó a propósito las autopistas interestatales, las más modernas) es muy relevante para analizar la lógica de las tramas de los núcleos urbanos. En el caso de Bangor, se ve muy claramente que su estructura urbana básica viene conformada por tres ejes que confluyen en el Kenduskeag. En primer lugar, Main Street (que vendría a significar “calle principal”) que discurre hacia el Sur más o menos paralela al Penobscot y, por tanto, hubo de ser el viario articulador de los núcleos vinculados al río y de acceso al litoral; en la actualidad Main St. y su continuación es el ramal 1ª hasta enlazar, en el pueblo de Stockton Springs, con la carretera federal 1. La segunda calle estructurante es Hammond St. que corre hacia el Oeste y cuyo trazado original fue interrumpido (y desviado) por la pista del aeropuerto; este eje forma parte de la carretera Federal 2, que viene desde Everett, en el Estado de Washington, en el Pacífico. Esta U.S. Highway 2 continua hacia el Este a través del tercer viario estructurante de la malla urbana de Bangor, que es State St., que sigue más o menos por el borde del Penobscot durante un largo tercho para en su último tramo abandonarlo y rematarse en la carretera federal 1, a la altura de Houlton. En el plano que adjunto se entiende fácilmente lo que acabo de escribir identificando las tres calles señaladas y verificando cómo éstas definen la estructura urbana básica. Ciertamente, para acabar de describirla es necesario hacer referencia a los dos ríos (que por sí solos explican el emplazamiento de Bangor) y a algunos otros viarios que la completan (especialmente, Broadway y Union St., justamente las dos con puentes sobre el Penobscot). Pero en el plano también se aprecia el muy distinto carácter de las autopistas interestales en cuanto a su relación con la estructura urbana. En Bangor está la 95 y su ramal, la 395. Nótese que por sus condiciones de trazado y de impermeabilidad respecto de el resto de viarios, se convierten no en ejes estructurantes de la trama sino en barreras superpuestas a ésta que, de algún modo, señalan los límites del perímetro urbano (aunque se sobrepasen).


Pero dejo de enrollarme porque, si no, me pierdo; además, quiero pasar por debajo del puente y salir ya de Broad Street. Aunque me permito un último “por cierto” antes de considerarme en la orilla del Penobscot y comenzar mi paseo por el Waterfront (el frente fluvial). Broad significa ancha, amplia y, sin embargo, Broad Street no es una calle particularmente ancha. Probablemente, la Broad Street más conocida entre las innumerables que hay sea la del distrito financiero de Manhattan que precisamente se caracteriza por ser bastante estrecha. Mucho más antigua es la Old Broad Street londinense, muy cerca del Banco de Inglaterra y dentro de la trama medieval de la capital británica. También se trata de un viario bastante estrecho pero, según leo en un libro de principios del XIX dedicado a recopilar curiosidades, el nombre se debe a que antes del Gran Incendio de 1666 era una de las calles más anchas de la ciudad. Ahora bien, broad en el argot americano de finales del XIX y principios del XX se usaba como sustantivo para referirse a “mujeres de moral liviana” o, directamente, prostitutas. La Broad Street de Bangor ya tenía ese nombre antes de que la palabra adquiriera tal acepción, de modo que no hay ninguna relación causa-efecto. Pero no deja de ser curioso que este tramo de la calle en el que estoy fuera el centro neurálgico del Devil’s Half Acre (“El medio acre del diablo”), la zona roja de la ciudad durante los años del boom maderero. Pero de eso, otro día.

martes, 16 de mayo de 2017

A Bangor ya no se llega en tren

Doy la espalda al feo garaje-aparcamiento de Pickering Square; a mi derecha, el edificio de un banco, otra fea mole de ladrillo, con escasa sensibilidad ante lo que se llamaba el genius loci. Estoy en Washington Street, la última calle que cruza el Kenduskeag antes de que sus aguas se viertan al Penobscot. Hasta bien entrado el siglo XX, la calle Washington acababa en Exchange St., al otro lado del Kenduskeag, que se cruzaba más arriba, en los tres puentes en torno a los cuales se configura el núcleo urbano originario (y también aún más arriba, a través del puente cubierto de la empresa Morse, al cual me referí en otro post). El puente de Washington St. se debió construir entre 1920 y 1945 (lo he comprobado en planos históricos de la ciudad), así que es anterior al estrechamiento del Kenduskeag en el marco del programa de renovación urbana. Aún así, sería en su momento una obra importante, motivada por la necesidad de mejorar la comunicación entre las dos orillas de Bangor, justificando así demoliciones de los edificios que cerraban Exchange St. hacia el río. Pero, si bien hasta que se hizo este puente no había calles que cruzaran el tramo final del Kenduskeag, sí había un puente desde la primera mitad del XIX, pero destinado al ferrocarril. Justo antes de la desembocadura, con unos cien metros de ancho (y un islote artificial en el centro), el Kenduskeag es cruzado por la línea férrea, cubierta parcialmente por dos casetas. La explanada que había al otro lado, antes de llegar al puente sobre el Penobscot que unía (y une) Bangor con Brewer (también un puente cubierto) era, en los momentos álgidos de la ciudad como capital de la madera, uno de los puntos de mayor concentración de barcos mercantes (veleros y vapores), encargados de llevar a otros puertos las pilas de madera. En la preciosa bird’s eye de 1875 que adjunto (clik para ampliarla) puede entenderse lo que estoy contando mucho mejor que con mis palabras. Para quien haya seguido la lectura hasta aquí no debe serle difícil identificar la manzana junto al cruce entre Main St. y Hammond St. en la que en la actualidad se erige el Charles Inn, el hotel en que dormiré esta noche. También puede verse el espacio libre triangular que hoy es Pickering Square; digamos que la trama urbana no ha cambiado demasiado, aunque sí los edificios, demolidos en su mayoría como ya conté en el post anterior. También puede apreciarse el puente ferroviario sobre el Kenduskeag (con sus dos casetas de cubrición) y la ausencia del que ahora da continuidad a la calle Washington. En este plano “a vista de pájaro” se nota claramente que el tramo inferior del afluente, hasta el puente de State St. (sí, desde el que tiraron a Charlie Howard), está completamente flanqueado de edificios, y también de veleros de pequeño tamaño “aparcados” junto a éstos (probablemente, la gran mayoría de esos inmuebles tenían almacenes dando al canal, para posibilitar la carga y descarga hacia los barcos). Pero quiero llamar la atención especialmente sobre el Penobscot, que parece una atestada autopista fluvial. Nótese que aguas arriba, hasta la altura del puente entre Bangor y Brewer, el cauce está lleno de troncos flotantes, que van apilándose en las orillas de ambos municipios. En la margen de Bangor hay dos espacios importantes para el fondeado de barcos y carga de madera, uno a cada lado del Kenduskeag. El más solicitado, si hemos de dar fiabilidad al dibujo, es al que ya me he referido, el que está hacia arriba antes de llegar al puente. En 1875 todavía no existía, pero ahí se construyó la estación ferroviaria principal de Bangor. Aunque mi intención es caminar hacia el Sur, siguiendo la corriente del Penobscot, opto por desviarme un momento y cruzar el Kenduskeag por el puente de Washington St. para mirar hacia el río y comprobar los cambios del último siglo y medio.

La primera línea interurbana de ferrocarril fue la que unió Liverpool y Manchester, inaugurada el 15 de septiembre de 1830. Ese mismo año se inauguró la primera línea estadounidense, la que iba del puerto de Baltimore hasta Ellicott City, en el Estado de Maryland (luego se prolongaría hasta Ohio). La primera que se construyó en Nueva Inglaterra fue la que enlazaba Boston y Lowell, en 1835. Y al año siguiente se puso en servicio la segunda, entre Bangor y Old Town. Esta ciudad queda unos 20 kilómetros aguas arriba del Penebscot (el asentamiento original se emplazó en la isla Marsh, en el centro del río) y fue probablemente el primer asentamiento europeo en lo que hoy es Maine, pues allí los jesuitas franceses fundaron una misión en la década de 1680. En fin, lo que me importa destacar es que Bangor fue de las ciudades pioneras en apuntarse al revolucionario (en el XIX) medio de transporte y que hacia finales de aquel siglo era un nodo ferroviario fuertemente conectado con el resto del Estado y también con otros, incluyendo las provincias canadienses de Quebec y Nueva Brunswick. En 1845, la compañía Maine Central Railroad enlazó ferroviariamente Bangor con las ciudades principales del Sur del Estado (Augusta, la capital, y Portland, la más poblada) y de ahí hacia los Estados más meridionales. De otra parte, hacia finales del XIX se formó la Bangor and Aroostook Railroad que enlazaba Bangor con las partes más septentrionales del Estado e incluso con conexiones a las líneas férreas canadienses. De modo que, a principios del pasado siglo, se hizo necesario construir una estación amplia y digna, a cargo de ambas compañías ferroviarias. La Bangor Union Station se emplazó en la explanada que he descrito, donde tantos barcos atracaban en 1875. El edificio era desde luego ecléctico a más no poder, con una imagen que no evoca la que por estos lares tenemos de las estaciones ferroviarias (sin embargo, no debía ser tan extraña en Maine porque se asemeja a algunas otras que he visto). Fachadas de ladrillo, dos cuerpos bajos con tejados a dos aguas y en medio una torre con reloj coronada por un chapitel cobre una especie de mirador octogonal con arquería de medio punto. Los interiores, según leo, eran adecuadamente majestuosos, con suelos de mármol y amplios espacios (un cuarto para mujeres en un ala y uno de fumar para hombres en la otra). La imagen de la izquierda que incorporo bajo este párrafo es una fotografía del verano de 1960, un año antes de que se pusiera fin al servicio ferroviario en Bangor, se vendiera la estación, se demoliera y se construyera un espantoso centro comercial, el Penobscot Plaza que es el que diviso ahora desde el puente de la calle Washington. Para ser justos, no podemos imputar al programa de renovación urbana que empezaba por esas fechas la pérdida de calidad arquitectónica que supuso la demolición / sustitución de la antigua estación (que, con todo su pastichismo estilístico era bastante más interesante y agradable de ver que el mal actual); al fin y al cabo, lo que pasó es que el tren dejó de ser rentable. Pero quizá sí que algo de culpa ha de echarse a las autoridades de entonces, imbuidas de la ideología dominante de la modernidad a todo coste. Por ejemplo, que el transporte por ferrocarril, tanto de pasajeros como de mercancías, se hundiera en Bangor (como en muchos otros sitios) algo tendría que ver con el inconsciente fomento del automóvil, tanto a la fabricación de vehículos como con la inversión pública en carreteras. Y también podemos pensar que, si en esos tiempos hubieran tenido otras sensibilidades, tal vez, aún desapareciendo el servicio, se hubiera decidido proteger la vieja estación y reconvertirla a otro uso sin demolerla. De hecho, no deja de ser irónico que en 2010 los propietarios del centro comercial contrataran a una empresa de ingeniería para que les hiciera un tuneado del edificio de modo que recuperara la imagen de la antigua Union Station. El dibujo de la derecha bajo este párrafo es la propuesta de los profesionales, aunque de momento no se ha hecho.


Acodado sobre la baranda del puente de la calle Washington trato de imaginarme que el feo centro comercial a mi izquierda fuera aún la estación de tren y que hoy hubiera llegado aquí directamente desde la vieja Penn Station. Pero no es posible; desde Nueva York, Amtrak te permite llegar hasta Portland, vía Boston, un viaje de algo más de seis horas siguiendo la costa atlántica de Nueva Inglaterra. Me cuesta entender que no se haya recuperado el servicio ferroviario que, sin duda, contribuiría a reconectar Bangor con el resto de Maine y de los Estados vecinos, en especial con Boston. Ya puestos también parece de sentido común reforzar con el tren las históricas relaciones con Nuevo Brunswick y, ya puestos, con Quebec, recuperando las antiguas líneas de la Bangor and Aroostook Railroad, que permitirían acercar a los visitantes a las áreas interiores del Estado (siguiendo los pasos de Thoreau). Me da la sensación de que tanto esta ciudad como el interior del Estado merecerían ser más visitados y la recuperación de servicios ferroviarios debería ser un buen instrumento para su desarrollo. De hecho, me consta que hay no pocas voces que reclaman que Bangor vuelva a tener estación de tren, que vuelva a estar conectado con el mundo. Pero de momento, la única manera de llegar aquí con transporte público terrestre es en autobús (la estación es un feo edificio por la zona del aeropuerto). Miro hacia el río: ningún baro a la vista. Qué diferente de la actividad que bulliría en esta agua en la época dorada de la madera. También me pregunto por qué no sacan más partido al río. Vuelvo sobre mis pasos, en dirección Sur. Quiero caminar un trecho por el frente fluvial.

Vista de Bangor desde Brewer en la segunda década del XX. En el centro, la antigua Union Station y a la izquierda el puente ferroviario (aún no está el de la calle Washington). Nótese los apilamientos de madera y los veleros de carga.

domingo, 14 de mayo de 2017

Renovación urbana

He descansado un rato en el hotel, pero quiero dar una vuelta antes de que se ponga el sol (son las cinco y media de la tarde, así que calculo que aún me quedan unas dos horas de luz). Salgo a la calle con la idea de patear el downtown, la zona en que estoy que también se corresponde con el bussiness district de Bangor; también aprovecharé para cenar algo, de modo que pueda acostarme no demasiado tarde. Al lado del hotel hay tres locales de copas, aunque veo que también sirven comida (en el Blaze ofrecen hamburguesas y pizzas, por ejemplo). Ya hay algunos comiendo, demasiado tempraneros incluso para los horarios norteamericanos, bastante más tempraneros que en España. En todo caso, se nota que la clientela es mayoritariamente veinteañera y jaranera, y hoy no me apetece ese tipo de ambientes. Así que empiezo a caminar por Broad Street (en la acera de enfrente hay también dos restaurantes) y doblo a la derecha por Merchants Plaza. En la esquina Este se sitúa el edificio blanco del Bangor Daily News, el principal periódico de la ciudad y el que más extensión cubre del Estado de Maine (en especial las áreas rurales del interior). En el hotel he podido hojear el ejemplar de hoy. Era la primera vez que lo tenía en las manos; sin embargo, ya había leído bastantes artículos del periódico a través de Internet pues suele sacar con regularidad reportajes bastante interesantes sobre la historia de la ciudad y del Estado. En cualquier caso, el edificio institucional no tiene apenas interés: un bloque cúbico de siete plantas en hormigón. Fue construido a principios de los setenta para ofrecer oficinas en alquiler y en las tres plantas inferiores albergar la sede del Merchants Nacional Bank, banco que dejó de existir con ese nombre a principios de los ochenta. Me doy cuenta enseguida de que estoy en una zona que, por más que corresponda a la parte más antigua de la ciudad, ha sufrido los efectos de la fiebre de los sesenta que fueron las “renovaciones urbanas”. Y si el edificio del BDN es un buen ejemplo de arquitectura anodina que ha suplantado a la original (sin duda de mayor valor y carácter), el que hay un poco más abajo, en la siguiente manzana a mano izquierda, entre Broad Street y el tramo final del Kenduskeag, ése alcanza ya la categoría de emblemático. Porque se trata de un espantoso edificio de hormigón y ladrillo de cinco plantas destinado a aparcamiento. Por eso lo califico de emblemático, porque uno de los motivos fundamentales –si no el más- de los muchos programas de renovación urbana financiados con fondos federales durante esa década era justamente adecuar las ciudades norteamericanas a las tiránicas exigencias del coche. Y el precio que hubo que pagar fue alto, demasiado alto. Este garaje público fue una de las primeras actuaciones de los gestores municipales de Bangor a principios de los sesenta. Para hacerlo se estrechó a menos de la mitad el cauce del Kenduskeag en su último tramo (desde el puente de State Street, en el que estuve hace un rato recordando a Charlie Howard, hasta su desembocadura en el Penebscot). Pero hay otro ejemplo quizá más trágico: el antiguo Ayuntamiento, con su alta torre del reloj visible desde muchos puntos del Centro, fue demolido para construir otro espantoso edificio de aparcamientos. Véase el antes y el después en las fotos adjuntas.


A finales de los cincuenta se juntaron el hambre y las ganas de comer. De un lado, por esos años el mantra urbanístico en los USA se expresaba en dos palabras: urban renewal, o sea renovar las estrechas tramas de los centros urbanos y, sobre todo, las edificaciones obsoletas (ese “paradigma”, como dicen los pedantes, no tardaría en ser exportado a todo el mundo, incluyendo nuestro país en el que los tecnócratas del segundo franquismo relevaban del poder a los falangistas). Del otro lado, las “fuerzas vivas” (otra pedantería, aunque ésta de distintos ámbito) de Bangor sentían que la ciudad languidecía y no querían que eso ocurriera, querían estar a la vanguardia de las urbes norteamericanas. Y es que ya no corrían los tiempos en que Bangor era el más importante distribuidor de madera de los bosques del Norte del Estado, y más tarde de pulpa y papel; tampoco ostentaba un puesto relevante como centro financiero y comercial. La ciudad se había ido extendiendo en la margen derecha del Penobscot, mayoritariamente con viviendas unifamiliares (algunas verdaderos palacetes de la época de esplendor de la madera), pero el centro urbano, a ambos lados del tramo final del Kenduskeag es verdad que se había deteriorado. En una pequeña área (no más de 20 hectáreas) coexistían edificios institucionales, viviendas de trabajadores de bastante baja calidad e inmuebles industriales y mayoristas. Esa mezcla no gustaba mucho a los ideólogos del urbanismo (todavía dominaba otro mantra: el del zoning). Además, por entonces nadie –o casi nadie– se planteaba rehabilitar los viejos edificios (faltaban un par de décadas); uno nuevo siempre será mejor que el viejo, por mucho que lo arregles, así podría resumirse el pensamiento dominante. Pero también había motivos más sustanciosos: la actividad económica declinaba y se entendía, probablemente no sin motivo, que era debido en gran parte a la obsolescencia física del centro urbano. De hecho, por esas fechas se abrió el primer gran centro comercial de Bangor, muy a las afueras (a unos tres kilómetros del downtown), un enorme edificio con amplísima playa de estacionamiento, y sus efectos se notaron casi inmediatamente sobre el negocio de los pequeños comercios tradicionales. Había pues un sentimiento general sobre la necesidad de modernizar la ciudad que se desbordó ostensiblemente durante la celebración en 1959 del 125 aniversario de la incorporación de Bangor como city. El gobernador de Maine, en alguno de esos actos festivos, se dirigió a la multitud para reconocer admirativamente que en Bangor las cosas se hacían a lo grande. Pues sí, los líderes ciudadanos, tanto en la administración municipal como en el sector privado, estaban dispuestos a renovar la urbe a lo grande. Y lo hicieron: más de un centenar de edificios, una proporción muy sustancial del patrimonio arquitectónico de Bangor, fue demolido. La renovación urbana fue más destructiva que el Gran Incendio de 1911 (una parte importante de los edificios arrasados por aquel incendio fueron rápidamente reconstruidos, con asesoramiento de una comisión de grandes arquitectos de Boston y Nueva York; pero los tiempos habían cambiado).

Cargarse los centros urbanos con el pretexto de la modernización (expresada en términos de mejoras funcionales) es algo que también tenemos muy visto por estos lares. La que puede ser la nota distintiva del proceso en los USA, o al menos en Bangor, es que todo ello se hizo previos debates y consultas ciudadanas. Primero, en 1958, se votó constituir una “Autoridad de Renovación Urbana” (URA por sus siglas en inglés), la cual, por cierto, ha seguido existiendo formalmente hasta hoy aunque carece de funciones desde finales de los ochenta. La URA, controlada desde el Ayuntamiento, contrató un equipo de planificadores jóvenes y enérgicos, deseosos de conseguir en poco tiempo cambios notorios en la ciudad. Así, promovieron un nuevo polígono industrial y buscaron empresas que quisieran instalarse ahí (la primera, una fábrica de papas fritas), obtuvieron una fuerte subvención federal que les permitió iniciar un proyecto de viviendas al noreste del núcleo urbano e hicieron un referéndum para aprobar el ya mencionado estrechamiento del Kenduskeag. Enseguida, en los inicios de los sesenta, se planteó el asunto clave, la renovación del centro urbano. A diferencia de otras iniciativas de la URA, ésta no era apoyada claramente por una gran mayoría de los habitantes de Bangor. En junio de 1964 se celebró una acalorada asamblea ciudadana en el antiguo auditorio con la asistencia de casi un millar de vecinos (para una ciudad de algo más de 30.000 es una cifra de participación muy alta, que refleja el interés y preocupación que generaba el proyecto de renovación urbana). Por supuesto, los dirigentes municipales y de la URA hablaron maravillas sobre las ventajas del plan y prometieron que en cinco años el agonizante downtown habría florecido con pujante dinamismo; previamente se imprimieron y repartieron muchos folletos publicitarios. Esa noche, en el auditorio, se comprobó que la ciudad estaba dividida en dos y cada parte muy radicalizada. Una semana después se celebró la votación; el resultado fue de 4.044 a favor y 3.568 en contra. Se acordó democráticamente que el centro de Bangor habría de ser moderno; hoy hay una práctica unanimidad en la ciudad en que se equivocaron desastrosamente. Algunos dirán que la experiencia de Bangor muestra la inutilidad de la participación en la toma de decisiones urbanísticas. No obstante, los resultados no son distintos de los que se produjeron en ciudades españolas bajo un régimen autoritario. No, el error radicó en las carencias de la consulta, fueran de buena (incapacidad y/o desconocimiento) o mala fe (manipulaciones tramposas). En esos momentos, a los bangorianos se les presentó la que ahora sabemos que es un falso dilema: o se demuelen los edificios antiguos o el centro urbano seguirá degradándose. Para poder elegir se ha de contar con la información completa.

En fin, lo cierto es que los habitantes de Bangor, mayoritariamente seducidos por los mantras publicitarios de la época, autorizaron a la URA a acometer la renovación urbana del viejo downtown. Y los chicos de este organismo se lanzaron con entusiasmo a su tarea. Así que ahora yo no puedo ver muchos de los edificios que se construyeron en la época gloriosa de esta ciudad, durante las últimas décadas del XIX. No obstante, algunos sectores del centro urbano, casi como piezas aisladas, conservan aún el encanto propio de Bangor, en medio de un paisaje urbano y arquitectónico bastante anodino. Conviene saber (a los que piensan que los Estados Unidos es el paradigma del “libre mercado”) que las actuaciones enmarcadas en el plan de renovación urbana que acometió la URA fueron una muestra canónica de intervencionismo, aunque ese intervencionismo fuera para favorecer intereses privados. Se adquirían propiedades, se demolían y luego se ofertaban a nuevas empresas que se suponía que inyectarían actividad económica en el Centro. No obstante, los resultados no fueron nada satisfactorios: las demoliciones se realizaron, sí, pero no se consiguió tan rápidamente que aparecieran nuevos negocios (muchas de las ideas vendidas a la ciudadanía, como un lujoso hotel sobre el Kenduskeag, nunca se materializaron), lo solares permanecieron baldíos largos años y el downtown siguió declinando. Parece que sólo a partir de los noventa, cuando ya las ideas que subyacían en la renovación urbana se habían abandonado (incluso denostado), este núcleo central y originario de Bangor volvió a recuperar el protagonismo, a convertirse en un espacio atractivo. (la imagen que encabeza este párrafo es una postal de Market Square, la plaza a la que da frente mi hotel, en 1946, cuando todavía no se pensaba en renovaciones urbanas).