jueves, 20 de abril de 2017

Funerales (3)

La siguiente jugada de Víctor fue definitiva, la estocada mortal. Ocurrió unos meses después de las pasadas elecciones autonómicas y locales; en la Institución escenario de este culebrón se repitió el anterior pacto de gobierno, de modo que el joven consejero siguió en el cargo y Víctor mantuvo incluso reforzada su posición de poder. El instrumento fue la solicitud de un operador de telefonía móvil para instalar un antena gigante en lo alto de uno de los conos volcánicos del Sur de la Isla. La proliferación de estos artefactos aconsejó hace pocos años elaborar un plan territorial que definía unas localizaciones preferentes, las prohibía en muchas otras parte de la Isla y, sobre todo, imponía unos requisitos que debían verificarse con carácter previo a la autorización. Hay que decir que ese Plan había sido muy contestado desde el Ministerio, que defendía una política desreguladora radical; o sea, que no se debía establecer ningún condicionante a las antenas. Por suerte, sobre la base de argumentos medioambientales, se había logrado salvar el primer contencioso contra el Plan y, aunque con reticencias, los operadores comenzaban a pasar por el aro. No obstante, se sabía que estaban disgustados porque las normas de implantación les suponían sobrecostes excesivos. En ese marco llegó la solicitud a que me refiero cuya resolución última correspondía al servicio a cuyo cargo todavía estaba Ángel.

Ángel redactó el informe jurídico en el cual transcribía la parte más relevante del informe técnico, que verificaba que el proyecto presentado cumplía los condicionantes del Plan Territorial. El documento de Ángel, tras pasar por el Consejo de Gobierno de nuestra Institución, fue remitido a la Consejería de Industria del Gobierno de Canarias que es la que, en última instancia, resuelve estas autorizaciones. Pasadas unas semanas, el director general de Telecomunicaciones y Nuevas Tecnologías del Gobierno convocó a nuestro consejero en su despacho para transmitirle su preocupación porque la resolución elaborada por Ángel aseguraba que la antena en trámite se situaba en uno de los ámbitos de localización preferente cuando no era así; por el contrario, el emplazamiento solicitado caía dentro de una de las áreas de exclusión para estas instalaciones. Aunque las competencias territoriales eran de nuestra institución, al director general le había parecido tan obvio el incumplimiento de los requisitos del Plan que había preferido parar la tramitación para evitar problemas ulteriores que, aparte de los efectos políticos, pudieran incluso suponer imputaciones penales. Nuestro consejero, naturalmente, quedó anonadado; a estas alturas y con la que está cayendo, todos son perfectamente conscientes de los riesgos que corren con asuntos de este tipo. Le agradeció a su colega el aviso y le pidió que congelara el expediente con la mayor discreción hasta que él hiciera las pertinentes averiguaciones.

Por supuesto, nuestro consejero le pidió a Víctor que aclarara lo que había pasado. Resultó que el informe técnico archivado en el expediente llegaba a una conclusión denegatoria pues confirmaba que la antena se localizaba en área de exclusión. El texto que Ángel decía ser transcripción del informe técnico no coincidía con éste. Todo apuntaba pues a un falseamiento doloso con la intención de posibilitar una autorización en un emplazamiento prohibido. Al consejero no le cupo duda de que Ángel había prevaricado, sólo le faltaba descubrir sus conexiones con la operadora de telefonía, cuánto tiempo llevaba embarrado en estos tejemanejes; estaba decidido a denunciarlo a la fiscalía. Sin embargo, igual que hizo con al asunto de Cristina, Víctor trató de mitigar el castigo al que había sido su amigo. Esta vez casi no pudo convencer al consejero; parece que tuvo que amenazar con que dimitiría de su puesto si se denunciaba a Ángel. Se aceptó pues tapar el caso, pero Ángel había de desaparecer del Área. El consejero lo citó en su despacho y, muy cabreado, le gritó que lo tenía por un infame corrupto, que había avergonzado a la Institución, que por supuesto estaba cesado como jefe de servicio y que se ocuparía de que lo trasladaran a un puesto donde no pudiera hacer más daño. En el culmen de su ira, le soltó como agravante que era un acosador, y que si no había sido castigado entonces como merecía, ni tampoco ahora, era gracias a Víctor. Ángel, recibió las acusaciones estupefacto. Al principio trató de rebatirlas pero el consejero, indignado, no le dejó casi hablar. Luego, a medida que iba entendiendo la magnitud del embolado, fue hundiéndose en un silencio ominoso.

Esa reunión tuvo lugar hacia mediados del pasado octubre. Acabada la misma, sin hablar con nadie, sin dar ninguna explicación, Ángel se marchó a su casa y no volvió más. A los pocos días, se supo en el Área que estaba de baja médica. Como es natural, surgieron los rumores y no pasó mucho tiempo sin que casi todos nos enteráramos de lo que había ocurrido, por más que se hubiese pretendido tapar el asunto. Los que habían trabajado más estrechamente con él no daban crédito a la imputación; sencillamente, no podían creer que Ángel estuviera implicado en ninguna trama corrupta. Pero además del convencimiento general de su honradez, varias cosas no cuadraban. De entrada, no parecía lógico que un funcionario con larga experiencia planteara tan burda falsificación, diciendo que un texto era transcripción del informe técnico cuando bastaría con ver éste para quedar en evidencia. Pero había un detalle curioso: la parte que Ángel decía que era transcripción del informe técnico incluía una imagen en la que se veía la ubicación de la antena sobre cartografía y el ámbito de localización preferente. Se trataba de la típica exportación a JPG de una vista de un proyecto GIS en el que alguien había georreferenciado la antena y cargado de las bases de datos geográficas la cartografía oficial y los recintos del plan territorial. Ese ejercicio, siendo práctica habitual en la elaboración de los informes técnicos, no podía haberlo hecho Ángel porque no sabía manejar el programa GIS. En otras palabras, la imagen que aparecía en su informe, Ángel podía haberla copiado y pegado a partir de un informe técnico previo en Word pero no haberla generado él. Es decir, lo que a todos nos parecía lo más plausible es que Ángel efectivamente hubiera transcrito el informe técnico, tal como decía; no podría haberlo falsificado.

Así que cuando Ángel escribió su informe, en el expediente tenía que haber uno técnico falsificado. En nuestra institución todavía no hay un programa informático de control de expedientes; ni siquiera se ha implantado la firma electrónica. Lo que se hace es que la carpeta física llena de papeles con firmas a bolígrafo y sellos, se reproduce en una carpeta en el disco duro del Área. La auxiliar administrativa encargada, va apuntando en una Excel el momento en que se cumple cada paso de la tramitación y se ocupa de avisar al que sigue. Esa rutina tuvo que producirse en el funesto asunto de la antena. El aparejador acabaría su informe técnico, guardaría el Word (con la imagen incrustada) en el disco duro y le daría el papel impreso y firmado a Conchi para que lo archivara en el expediente físico. Conchi, entonces, avisaría a Ángel para que redactara su informe. En ese momento tuvo Víctor que cometer la felonía: copiar y modificar el informe del aparejador y sustituir el original por su falsificación. Probablemente, ni siquiera haría lo mismo con el de papel, sabedor de que Víctor solía trabajar a partir del documento informático. Ciertamente, la apuesta tenía un cierto riesgo: que Ángel consultara alguna duda al aparejador y se descubriera el pastel. Pero se trataba de un informe sencillo y Ángel solía resolver sus obligaciones con la mayor eficacia y evitando molestar innecesariamente a sus subordinados. En fin, lo cierto es que la jugada le salió perfecta. Desde luego, en cuanto Víctor comprobó que el informe jurídico había sido remitido a la Consejería de Industria (solo tres días después de su redacción), se ocupó de volver a colocar en el ordenador el informe técnico correcto.

Esto que acabo de contar fue la conclusión a la que llegamos unos cuantos. No teníamos pruebas, por supuesto, y sabíamos que nuestra certeza sobre la honestidad de Ángel (y la consiguiente vileza de Víctor) no valía para convencer a nadie más. Para colmo, la condena que se había precipitado sobre Ángel no era explícita y por tanto contra ella no cabía defensa; eso, sin duda, aumentaba el daño. Nos sentíamos desolados ante el dolor que imaginábamos sufría Ángel, horrorizados ante la maldad de Víctor, frustrados ante nuestra impotencia. Intentamos contactar con nuestro compañero pero se nos hizo saber que se encontraba muy mal (dedujimos que sumido en una depresión) y que no quería hablar con nadie. Así se fue acabando el año pasado y cuando estaban a punto de llegar las fiestas navideñas recibimos un nuevo golpe, más terrible aún.

martes, 18 de abril de 2017

Pesadilla recurrente

No sueño frecuentemente. Quiero decir, claro, que no me acuerdo de lo que sueño, que suelo despertarme cuando ya la última de las películas de la nocturna sesión continua ha proyectado el the-end. Pero a veces es el propio sueño, pesadilla agitadora, el que me despierta. Y en esos casos sí me acuerdo. Al menos recuerdo las escenas finales.

Con los años he ido comprobando que tengo algunos tipos recurrentes de sueños incómodos, de esos que me despiertan. No es que la trama de todos ellos sea la misma. No, los acontecimientos de las historias suelen ser distintos entre sí (será que a mi subconsciente no le gusta repetir pelis ya proyectadas), pero se mantiene una misma estructura. Por eso los agrupo por tipos; por eso digo que sueño recurrentemente los mismos tipos de sueños.

Uno de estos sueños-tipo podría caracterizarse por la presencia agobiante de lo irremediable. El común denominador de todas sus variantes es que ha ocurrido algo (normalmente lo he hecho yo mismo) y ya no se puede volver atrás. Por ejemplo, hace unas noches, en el sueño que me despertó había apretado el disparador de un misil y sabía con absoluta certeza que en brevísimos instantes se produciría una tremenda tragedia.

Ese algo irremediable, lo que sea, muy tonto o infantil las más de las veces, sé que va a ocurrir por mucho que me empeñe en evitarlo. Normalmente, durante el sueño, no llega a suceder el efecto catastrófico pero ya ha sido, ya ha pasado el acto causal. O sea, ya he apretado el botón; aún no ha explotado el misil (incluso tal vez no ha despegado) pero es inevitable que lo haga, ya nada puede impedir la tragedia.

Digamos que la duración del sueño se enmarca en el periodo temporal entre el acto y su efecto. Da igual que dicho lapso pueda ser brevísimo, instantáneo incluso. Mi sueño, mientras dura, transcurre en ese corto plazo que en la realidad onírica podría llegar a ser eterno. En realidad, el sueño consiste en un esfuerzo obsesivo de repasar la sucesión de acontecimientos (aunque casi nunca llego a “ver” ningún acto distinto del fatal) con la vana pretensión de descubrir dónde podría romper esa cadena que se enlaza inexorablemente hacia el desastre. Sin éxito, claro.

Lo gracioso –por llamarlo así– es que mientras sueño sé perfectamente que ese intento de cambiar lo que ya ha pasado es inútil. Y la conciencia de inexorabilidad se traduce en una angustia opresiva que es la que convierte el sueño en pesadilla. Pero, a la vez, parte de mí sabe que estoy soñando,
y discute conmigo mismo, con la parte que se cree que el sueño es real, para convencerlo(me) de ello y así aminorar la angustia. La pelea acaba con mi despertar, acordándome más o menos del argumento del sueño y, por supuesto, con la agobiante sensación de angustia, que tarda en quitárseme.

No es, me parece, una pesadilla al uso porque, en realidad, durante la misma nada malo concreto sucede. Sé, ciertamente, que va a ocurrir algo terrible, pero lo que me genera la angustia no es esa tragedia inminente por espantosa que sea, sino la cruel y absoluta convicción de que es inevitable. El no poder hacer nada, la impotencia. Me pregunto si revelará algún miedo oculto a abandonarme, a dejarme llevar.

Me pregunto también si estos sueños enlazan en alguna forma con mis pesadillas infantiles en las que descubría con horror que inexorablemente iba a morir. La angustia que me despertaba empapado en sudores fríos tenía que ver, desde luego, con la inaceptable idea para mi mente de niño de que iba a desparecer, a dejar de ser. Pero creo que tan importante, si no más, era el horror de darme cuenta de que nada podía hacer para evitarlo.

domingo, 16 de abril de 2017

Patriotismo californiano

Juan Bautista Alvarado y Vallejo nació en Monterrey, California, el 14 de febrero de 1809, y murió el 13 de julio de 1882 en el rancho de San Pablo, hoy parte de la ciudad del mismo nombre, al Norte de San Francisco. En sus 73 años de vida, Alvarado tuvo las nacionalidades española (hasta 1821), mexicana (entre 1821 y 1848) y estadounidense a partir de esta última fecha. Ahora bien, según declara en el prefacio de su “Historia de California”, escrita en 1876 –en la última etapa de su vida–, siempre sintió que su patria era California, un país que nunca fue un estado libre y soberano, salvo que lo admitamos como tal durante el breve periodo de la República insurgente tras la revuelta de la bandera del oso y luego el tiempo que pasó hasta convertirse en el vigésimo octavo de la Unión. El caso es que leyendo la obra citada me sorprendió tan apasionada declamación patriótica, máxime proviniendo de una persona como él. Y me pareció interesante porque este caso ofrece una variante de lo que tras la emancipación hispanoamericana debieron plantearse los que pasaban de ser súbditos de la monarquía española a ciudadanos de las nuevas repúblicas. Un residente mexicano tendría que elegir si seguía siendo español o si, por el contrario, volcaba su emotividad patriotera al nuevo estado. Hay varias historias sobre estos conflictos en los primeros años de los nuevos países. Son muchos menos, en cambio, quienes no sólo rechazaron la lealtad a la metrópoli sino también a la nueva república, declarando que su patria era un territorio casi despoblado, provincia periférica tanto de España como de México. Transcribo un párrafo del prefacio citado.

… sobrevino la guerra entre los Estados Unidos de Norte América y la República Mejicana; esta última fue vencida, su capital invadida y sus puertos de mar bloqueados. En tan aflictivas como críticas circunstancias los comisionados de Méjico suscribieron en la villa de Guadalupe Hidalgo un tratado de paz y amistas. Ese tratado que puso término a la ocupación militar de los norteamericanos en Méjico, también cerró para siempre a los presidentes mejicanos las puertas de la Alta California. Este acontecimiento forma época en los anales de mi patria pues, puesto el país al poderoso amparo del pendón santificado con los padecimientos de Washington, Warren, Putman y muchos otros heroicos patriotas del siglo pasado, hemos presenciado, casi estoy por decir con asombro, una era de progreso que no puede menos que dejarme satisfecho. Pues si bien yo y algunos otros de mis conciudadanos y parientes hemos sufrido con el cambio de bandera, la mayoría ha ganado. No puedo menos que calificar como época gloriosa la entrada de los norteamericanos en California, pues ellos sustituyeron la pesada carreta tirada por bueyes con el ferrocarril, el inseguro con una administración de correos tan bien administrada que la misma Europa puede envidiárnosla, y en vez de las pesadas lanchas en que antes cruzábamos la bahía hoy tenemos hermosos vapores. Y ¿qué diré de la instrucción pública, de los planteles de educación? En mi juventud, un soldado inválido a veces ignorante era quien enseñaba a los niños a leer y escribir; hoy día, los mejores y más afamados profesores del orbe conocido desempeñan cátedras en nuestras escuelas, colegios y universidades, y la juventud tiene, sin necesidad de gravar a sus padres, el privilegio de aprender todas las ciencias conocidas. Soy del parecer que las mejoras introducidas por los norteamericanos en el ramo de la enseñanza pública deberían por si solas bastar para que los californios celebren con entusiasmo el aniversario del día en que quedó para siempre abolida de este Estado la dominación mejicana.

Nótese el entusiasmo con que alaba la benéfica acción de los Estados Unidos en California, confrontándola con el desastroso estado en que la tenía sumida México. Para alejar sospechas, asegura que él, como otros de sus parientes, sufrió con el cambio de bandera. Alvarado pertenecía a las reducidas familias privilegiadas en la época previa, pero tampoco puede decirse que la entrada norteamericana le supusiera menoscabos en su posición o fortuna. Él como todos los californianos (entonces se decía “californios”), resultó beneficiado del indudable mayor progreso de Estados Unidos. O sea que, al final, a eso se reduce el patriotismo: a una mejora en las condiciones materiales. Y elevado el nivel de éstas, los Alvarados se ponen a cantar alabanzas (los estómagos repletos deben ser agradecidos); nótese, por ejemplo, como antes del Tratado de Guadalupe Hidalgo, California era dominada por México y tras éste pasó a estar al amparo de Washington.

Alvarado, desde muy joven, había intrigado en las esferas del poder local. Con solo veinticinco años fue elegido diputado en la cámara legislativa de Monterrey (institución mexicana, claro) y al año siguiente ya estaba involucrado en una revuelta con los caciques locales contra el nuevo gobernador designado por el Estado. El conflicto lo solucionaron dándole a nuestro hombre el cargo de gobernador, al que accedió con solo veintisiete tacos. En su Historia nos cuenta, sin embargo, que asumió el puesto por orden del Estado libre y soberano de California. Pero no tuvo reparos en pedir ayuda a los opresores mexicanos cuando, en abril de 1840, se enteró de que un grupo de norteamericanos asentados en el territorio planeaba una revuelta contra su gobierno (aunque esa petición le costó igualmente el cargo, pues Santa Anna envió tropas bajo el mando del general Micheltorena que pasó a ser el gobernador). Así que de nuevo en Alvarado se reavivó el descontento hacia México y, consecuentemente, sus afanes patrióticos, lo que no le impidió presentarse y ser elegido como representante al Congreso mexicano (aunque nunca llegó a desplazarse). Luego vino la guerra, la ocupación norteamericana y la ambigua actitud del prohombre californiano que acabó decantándose hacia una descarada simpatía hacia los nuevos amos (incluso le ofrecieron la gobernación, que él rechazó). Desde su retiro en el rancho de San Pablo, el patriota vio como se creaba la convención constituyente californiana (agosto de 1849) que solicitaba el ingreso de California como Estado de la Unión, aunque excluyendo del territorio de la antigua provincia española y mexicana la parte al Este de Sierra Nevada (que calculo a ojo que representa no menos de dos tercios de la extensión); supongo que su patriotismo californiano no sufrió por esta amputación. En fin, me da la impresión (prematura porque estoy recién en los primeros capítulos del manuscrito del amigo) que Alvarado construyó su patriotismo a su conveniencia, lo cual, por otra parte, es lo que suelen hacer los próceres y padres de cualesquiera patrias (otra cosa es el pueblo llano). A su vejez, cuando escribe su obra magna, se esfuerza en dar coherencia a su vida y en reafirmar ese amor a la patria, llegando a mi juicio al desvarío. Y para muestra otro párrafo del citado prefacio.

Hago esta advertencia porque deseo que todos mis compatriotas hagan un supremo esfuerzo y pongan su contingente de luces al alcance del historiador que se ha hecho cargo de hacer justicia a los prohombres que con arrojo y denuedo libertaron a la Alta California del yugo de los bárbaros infieles, y con brazo fuerte rompieron los vínculos con que los esbirros del fanatismo habían ribeteado el cuerpo y el alma de los primitivos moradores de este hoy próspero Estado. Nuestro antepasados de gloriosa memoria, peleando uno contra ciento, vencieron en mil combates a los bárbaros infieles, y nosotros sus hijos, corriendo aún mayores riesgos, declaramos la guerra a los padres misioneros que eran los representantes de las doctrinas añejas, que no tenían más miras que mantenernos en la más crasa ignorancia, que pretendían perpetuarse en el goce de bienes inmensos negando a los californios los privilegios que les concedían las leyes divinas y humanas. La refriega fue tenaz, pues por una parte estaba el prestigio, la inteligencia y la riqueza y por la otra no había sino jóvenes inexpertos a quienes animaba el deseo de abrir para sí y sus descendientes el campo de la ilustración. Me es satisfactorio poder recordar que tomé parte en la lucha a que las ideas de progreso habían desafiado el fanatismo, y más satisfactorio aún me es hallarme en caso de probar que los pocos vencieron a los muchos y al cerrarse el combate el yerto cadáver del fanatismo yacía tendido en el suelo para ya nunca volverse a levantar, a lo menos en mi patria.

¿Quiénes son los antepasados de Juan Bautista Alvarado y Vallejo? Desde luego, no los “primitivos moradores de este hoy próspero Estado” sino españoles que llegaron a esas tierras y contribuyeron a reducir la población de aquéllos a menos de la cuarta parte. ¿Cuáles eran esas doctrinas “añejas” destinadas a la opresión? Obviamente la religión católica en la que había sido bautizado nuestro protagonista, como todos sus ascendientes. ¿Qué bienes les negaba México a los californianos, cuando éstos (los miembros de las pocas y privilegiadas familias entre las que estaba la de Alvarado) llevaban toda la época republicana ocupando los cargos de poder y repartiéndose las tierras secularizadas? ¿Cómo que unos pocos californianos libertaron la patria del yugo opresor si lo único que hicieron fue decantar su apoyo a los gringos cuando la victoria de éstos era segura? En fin, dejémoslo aquí. Ahora, eso sí: ha pasado más de siglo y medio y, con la natural evolución estilística, este discurso sigue funcionando: lamentable.

sábado, 15 de abril de 2017

Yerbabuena

Pocas ciudades en la historia han experimentado un crecimiento demográfico como el de San Francisco en un solo año, entre 1848 y 1849, periodo en el que pasó de menos de un millar de habitantes a más de veinticinco mil. Alucinante, ¿verdad? La fiebre del oro fue la causa, sí. Una desmesurada locura colectiva que duró unos siete años y cambió para siempre la ciudad y también lo que hoy es el Estado de California. Por cierto, el descubrimiento de las primeras pepitas de oro en el río Americano (24 de enero de 1848) fue solo unos días antes de que, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo (2 de febrero), California pasara a pertenecer a los Estados Unidos. Desde luego, el descubrimiento de oro nada tuvo que ver con las ansias anexionistas de los gringos sobre las enormes provincias norteñas del México recientemente independizado, pero ya es potra que el dominio del territorio coincidiera con la aparición de tan grandes riquezas.

Bien es verdad que ni mexicanos ni españoles antes habían prestado demasiada atención a esas tierras. Las enormes extensiones que desde mediados del XVIII fueron llamadas las provincias internas (me refiero a las Californias, Santa Fe de Nuevo México y Texas; podría sumarse la Luisiana española, pero ésta tuvo su propia historia) apenas estaban pobladas, por más que los administradores hispanos fomentaban ansiosamente la inmigración, regalando latifundios inmensos. En la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1824 (después del derrocamiento del Primer Imperio de Agustín de Iturbide que siguió la independencia), las dos Californias no se conformaron como Estados sino Territorios dependientes del gobierno federal (tampoco Nuevo México, aunque sí Texas que estaba unida a Coahuila), lo que nos da una idea de que, pese a la enormidad de sus superficies, apenas estaban habitadas.

De hecho, España no empezó a preocuparse por California hasta el reinado de Carlos III (faltaba poco más de medio siglo para perderla) y sólo porque los rusos se habían apoderado de Alaska y avanzaban hacia el Sur. Fue entonces cuando el Borbón creó la Comandancia General de las Provincias Internas (demarcación militar) y animó a sus súbditos novohispanos a que migrasen hacia el Norte. Mucho caso no le hicieron, salvo los dieciséis misioneros franciscanos encabezados por Junípero Serra (santificado en 2015 por el Papa Francisco), que relevaron a los jesuitas –recientemente expulsados de España y sus dominios– en las labores evangelizadoras. Y así, en 1776, Francisco Palóu, uno de los colegas, funda la Misión de San Francisco de Asís (o de Dolores) en lo que hoy es San Francisco. En el mismo año, al mando de 193 soldados, mujeres y niños, llega también al lugar el capitán Juan Bautista de Anza y erige en la punta Norte de la península, sobre la colina que controla la entrada a la bahía (donde ahora está el Golden Gate) el Presidio Real, una fortaleza defensiva.

Desde luego, la elección del lugar para asentarse no era casual. La magnífica bahía ya era conocida desde hacía tiempo y ya era hora de que se aprovechase (en lo que a los españoles se refería para tener un refugio frente a los abundantes corsarios que acosaban la flota del Pacífico). Parece que por esas mismas fechas se funda también, más o menos equidistante de los polos militar y misionero, el primer núcleo residencial, en lo que hoy es Portsmouth Square. A ese minúsculo asentamiento, apenas serían unas pocas casas, se le denomina Yerbabuena, ya que esta planta abundaba en la zona. En fin, lo cierto es que poco sabemos de la historia de Yerbabuena durante sus primeras décadas; supongo yo que poco habría para contar: los soldados de la fortaleza, los frailes de la misión, unos cuantos colonos en el magro caserío … De hecho, la ciudad vivió los tiempos finales del dominio colonial hispano sin penas ni glorias. Su historia “oficial” parece que empieza bajo la república mexicana, según compruebo en una página sobre la historia de San Francisco que relaciona todos los alcaldes (and mayors) de la ciudad, y el primero, Francisco de Haro, ocupa el cargo en 1834. Para entonces, a catorce años de la anexión de California a los USA, la ciudad y la bahía ya estaban en el punto de mira de los estadounidenses.

Yo diría que el acto fundamental que marca el inicio de la breve etapa mexicana de la ciudad fue la secularización de la Misión. El Congreso acordó en agosto de 1833 que debían secularizarse las misiones de ambas Californias. Dos años después, el gobernador de la Alta California, José Figueroa (un mestizo orgulloso de sus ancestros indios) emitió un decreto por el cual las misiones pasaban a convertirse en pueblos. Los frailes debían ser privados de todo control sobre los bienes de la misión y a cada indio adulto habían de entregársele veintiocho acres; además, la mitad del ganado y de las herramientas de cada misión tenían que repartirse entre los indios. Pero tan humanitarias intenciones nunca llegaron a realizarse; parece que nada más saberse que la Misión iba a ser secularizada, no pocos avispados se apropiaron de todos sus bienes. Los indios, sin control, se largaron en su mayoría hacia las montañas, aunque algunos se quedaron a trabajar como sirvientes de los rancheros blancos. En todo caso, pocos años después no quedaba ni rastro de ellos en el área de San Francisco.

Desaparecidos los frailes, empiezan los repartos y/o concesiones de solares, porque la Misión era propietaria de toda la punta de la península (30 millas hacia el Sur desde el Presidio). Puede decirse que lo que hasta entonces no era más que un pequeño poblado (no creo que llegara al centenar de residentes) comienza a pensar en convertirse en una ciudad y, para ello, eran imprescindibles dos condiciones: una mínima planificación urbana y la propiedad privada del suelo.

miércoles, 12 de abril de 2017

Funerales (2)

La estrategia de Víctor, vista a toro pasado, era bastante simple. Primero consiguió convertirse en el hombre de absoluta confianza de Pedro, el joven consejero. Hay que decir que desde siempre Víctor había mostrado altas habilidades sociales, una actitud abierta y extrovertida que exhibía, sobre todo, en ambientes con suficiente densidad de personajes poderosos. En cuanto detectaba a alguien con poder o que él preveía que habría de tenerlo (y aunque esto sea mucho más difícil es sorprendente el porcentaje de aciertos en sus apuestas), se lanzaba a la conquista, en la que rara vez fracasaba. Las que sin duda eran dotes innatas las había desarrollado hasta el virtuosismo durante sus años en el competitivo mercado profesional, y cuando volvió a la Administración era un hombre con múltiples y sofisticados recursos en el complejo arte de la manipulación psicológica. Por supuesto, en términos generales, sus víctimas más fáciles eran los políticos: le bastaba toquetearles con gracia sus infladas vanidades para que se desmoronaran cualesquiera reticencias ante el simpático ingeniero. En el tiempo en que trabajó cerca de mí pude observarlo ejerciendo lo que solemos llamar, con equivocado desprecio, el peloteo a muy variados políticos y, especialmente, al que era responsable de nuestra Área. Desde fuera uno se asombraba de que aquéllos no se dieran cuenta de cómo los estaba titiriteando descaradamente; pero no, no se daban cuenta y, al final, comprendías que Víctor era un maestro en ese oficio, por más que me pareciera vil y repugnante.

A nuestro consejero, desde luego, lo tenía abducido, lo había convertido sin apenas esfuerzo en una marioneta. Era tronchante (o patético, según se mire) escucharle en alguna de las reuniones a las que nos convocaba los lunes y comprobar cómo repetía argumentos de Víctor, con frecuencia expresados con sus propias palabras; parecía que asistíamos al espectáculo de un ventrílocuo. Dueño pues de Pedro, el siguiente paso de la estrategia de Víctor consistió en ir instilándole calculadas dosis de ponzoña destinadas a ensuciar la imagen de Ángel. Previamente a iniciar su campaña, se aseguró de convencer al consejero de que, pese al rechazo que le mostraba Ángel, él nunca había dejado de tenerle aprecio, que seguía queriéndolo y, por tanto, deseaba su bien. Justamente por ello le preocupaban algunos asuntos que llegaban a sus oídos y que podían redundar en graves perjuicios para su amigo. Y justamente por ello se lo contaba a Pedro para que entre ambos encontraran los modos de ayudar a Ángel, casi de salvarlo de sus propios demonios. Más o menos, éste fue el planteamiento de la que podemos llamar la primera fase, que se centró en el “descubrimiento” de graves vicios personales de Ángel que había que evitar que se hicieran públicos para que su carrera e incluso su vida no se fueran al garete. Con gran habilidad, el primer acto lo escenificó a través de persona interpuesta –tirar la piedra y esconder la mano–, previendo acertadamente que el consejero lo llamaría para pedirle consejo; de este modo reforzaba aún más su credibilidad.

La persona que se convirtió en instrumento de Víctor fue una chica joven, una jurista que llevaba sólo unos meses con contrato laboral en el servicio de Pedro. Se llama Cristina (Cristi la decimos todos) y, sin ser un bellezón, no está nada mal. Profesionalmente, claro, muy verde, pero apuntaba maneras y, sobre todo, exudaba ambición. No puedo sino elucubrar el proceso mediante el cual fue captada por Víctor, cómo decidió que le convenía apuñalar a su jefe para mejorar en su carrera administrativa. Según he sabido bastante después de los hechos, el mecanismo de relojería se puso en movimiento con una visita de Cristi al médico de empresa para pedirle una baja por un cuadro de depresión y ansiedad. Entre lloros le contó que se sentía acosada por Ángel, quien, con la excusa de que tenía trabajo atrasado, la obligaba a hacer más horas que al resto del servicio y, además, la amenazaba con que no renovarle el contrato. Tenía mucho miedo, aseguraba, y no se atrevía a pedir ayuda a nadie. De otra parte, aunque todavía no había ocurrido nada, temía que su jefe le exigiera algún tipo de favor sexual para seguir en el puesto. En las últimas tardes que se había quedado sola en el despacho, Ángel había aparecido sin hablar y ella se había notado evaluada como si fuera ganado, la mirada de él recorriéndole el cuerpo, una sensación inquietante y asquerosa. La actuación de Cristi tuvo que ser muy convincente porque el médico, en efecto, le dio la baja por dos semanas y la pertinente receta de pastillas. Pero, como empleado de la institución, tenía que llevar tan grave asunto a las instancias adecuadas, en concreto a la directora de personal.

La directora, una persona con larga experiencia en estos asuntos y de sobra consciente de que han de llevarse con mucho cuidado, habló a solas con Pedro, nuestro consejero, para aconsejarle que hiciera algunas gestiones discretas a fin de evaluar la gravedad del caso y decidir las acciones más convenientes. Pedro, obviamente, llamó a Víctor, su siempre hombre de confianza y más en algo tan delicado. Víctor expresó su sorpresa ante la noticia y, demostrando su lealtad al antiguo amigo, le hizo saber al consejero que dudaba mucho de la veracidad de las acusaciones (e insinuaciones) de Cristi; probablemente, le dijo, la chica le ha cogido ojeriza y/o ha interpretado mal gestos o palabras. Pero, en todo caso, se ofreció para gran alivio del consejero a tantear personalmente a Cristi. Unos días después volvieron a reunirse el consejero y su consejero. Tras haber hablado con Cristi, Víctor ya no se mostraba tan seguro de la inocencia de Ángel; no es que lo condenara abiertamente pero dejó ver a Pedro que era posible que el antiguo amigo hubiera traspasado límites prohibidos: siempre es mejor sembrar dudas que ser taxativo. No obstante, insistió en que había que resolver la crisis sin que Ángel quedara afectado; lo mejor era no decirle nada. Se trataba de un funcionario con treinta años de antigüedad el escándalo que se provocaría salpicaría inevitablemente a la institución; además, tampoco tenemos pruebas concretas. La solución de Víctor consistía en trasladar a Cristina a otro departamento, a un puesto mejor y además ofrecerle una plaza de funcionaria. Como pude confirmar años después, esta era el precio pactado por la felonía (a fecha de hoy, Cristi sigue siendo jefa de sección en otro servicio administrativo de la casa y, según me dicen, es una funcionaria bastante apreciada y con excelentes perspectivas). En cuanto a Ángel no se tomaría ninguna medida pero a partir de entonces las sombras de la sospecha le cubrieron y su comportamiento quedó bajo la observación suspicaz de los pocos que supieron del incidente.

Esto ocurrió hace unos tres años, en el último de la pasada legislatura. Por entonces yo no me percaté de nada, tampoco de ningún cambio en la actitud del consejero hacia Ángel. Sin embargo, como he sabido hace poco, ese cambio se produjo y Ángel lo notó. No es de extrañar. Habría sido muy difícil que un tipo joven y no precisamente inteligente hubiera sido capaz de disimular sus reticencias ante uno de sus jefes de servicio del que pensaba que había acosado a una empleada. Supongo que Pedro se repetiría a sí mismo que no estaba probado, que Ángel podía ser inocente, pero es fácil concluir que pesarían más los prejuicios maliciosos que la frágil “presunción de inocencia”. De modo que podemos imaginar que en las reuniones para despachar los asuntos del Área, el consejero se sintiera incómodo ante su jefe de servicio y esa incomodidad se trasluciera. También parece lógico suponer que Ángel se daría cuenta: se trataba de un hombre con mucha más experiencia y que llevaba ya tres años con Pedro. Lo que no parece que llegara a descubrir por entonces (pero sí más tarde, como ya contaré) fue que pesaba sobre él la imputación silenciosa de acoso laboral y casi sexual. En estas condiciones de confusa ambigüedad transcurrieron los meses que faltaban hasta las elecciones. Durante ese periodo no hubo más incidencias reseñables. Víctor estaba preparando sus siguientes movimientos, que prefería jugarlos en el nuevo marco político-administrativo.

sábado, 8 de abril de 2017

Censura literaria

Durante el periodo en el que Norman Mailer convivió con Adele Morales sólo publico una novela, “El Parque de los Ciervos” (The Deer Park); de hecho, está dedicada a Adele y al amigo común que los presentó, Dan Wolf. Como he estado fisgando sobre la vida y milagros de Mailer durante esos años, tenía interés en leer ese libro. Conseguí un ejemplar en la biblioteca pública que hay a pocos metros de mi casa; se trataba de la primera edición de Planeta, publicada en noviembre de 1982. Creo que fue la primera versión de la novela en castellano (ya no está a la venta); posteriormente lo publicó Anagrama con otra traducción.

La novela narra la vida de unos pocos personajes durante su estadía en una urbanización ficticia (Desert D’Or, parece que inspirada en Palm Springs) habitada por gente de Hollywood. Aprovechando su experiencia anterior, Mailer describe el ambiente y costumbres de esa singular tribu, con algunas escenas bastante bien logradas pero sin que la trama consiga terminar de articularse; me he quedado con la sensación de que tenía material y medios para obtener un resultado mucho mejor del que le salió. De hecho, aunque mejor considerado que su obra anterior (Barbary Shore), el libro no obtuvo en general buenas críticas ni tampoco ventas aceptables. A pesar de mantener su prestigio literario, Mailer todavía no había confirmado el bombazo de Los Desnudos y los Muertos con otra obra de similar nivel. E intuyo que él lo sabía, que pese a sus vanidosas protestas, era consciente de que su creatividad no terminaba de engrasarse. Estoy seguro de que su odiosa irritabilidad de aquellos años se debía en gran medida a esto.

En mayo de 1955, Mailer envió lo que él creía que era la versión final del manuscrito a su editorial, Rinehart & Co, y luego él y Adele se fueron a pasar una larga temporada de descanso en México. Cuando, en octubre, volvió a Nueva York, Stanley Rinehart lo llamó para pedirle que suprimiera seis líneas de la novela porque temía que pudieran generar problemas legales por obscenidad (parece que a Rionehart, además, le preocupaba que su madre, una famosa escritora de novelas de misterio, se sintiera ofendida). La escena en cuestión aparece en el capítulo vigésimo, ya hacia el final del libro. Estamos en el despacho del poderoso dueño de los estudios Supreme Pictures, Herman Teppis. Después de atender sucesivamente a dos de sus actores, entra su yerno, el productor Collie Munshin. Discuten durante un par de páginas sobre qué hacer con esos dos actores y liego Collie le dice a su suegro que, tal como le ha recomendado el médico, debe relajar su tensión nerviosa y añade que le ha traído una “muchachita muy dulce” que, además, “mantendrá la boca cerrada cual coño de virgen”. Teppis, hipócritamente, se hace de rogar para, tras la breve insistencia de Munshin, decirle que de acuerdo, que se la mande. “Poco después, una muchacha de veintipocos años, con el cabello recién teñido de color de miel, entró por una puerta independiente que daba al despacho de Teppis”. A lo largo de una página, asistimos a un diálogo entre la chica y el magnate, en la cual es aparente interesarse por la vida de ella y muestra su voluntad de mejorarle el futuro, ayudarla a que desarrolle su carrera de actriz. Acabado el paripé, Teppis le dice que se siente en sus rodillas y le pregunta si es discreta; ella le asegura que sí. Luego quiere saber qué le ha pedido Munshin y que le ha contestado ella; la chica dice que el productor le había dicho que había de hacer lo que Teppis quisiera y que ella le había contestado que lo haría. Chica lista, contesta Herman, y, a partir de aquí vienen las seis líneas que en 1955 Rinehart exigió que debían suprimirse; el texto es el que sigue:

Dubitativamente, la muchacha alargó la mano para acariciarle el cabello, y en ese momento Herman Teppis abrió bruscamente las piernas y la chica se cayó al suelo. Ante la expresión de sorpresa en la cara de la chica, Teppis se echó a reir y dijo: –No te preocupes, muñeca. Y fijó la vista en la atemorizada boca femenina, en aquellos labios, copia de todos los labios sonrientes que él había visto, dispuestos a servir los deseos del poderoso. Teppis, después de toser, dijo con voz dulce: –Buena chica … Eres un ángel, pequeña, y me gustas, eres mi chica favorita, ¿sabes?

Estas líneas describen una felación, por lo visto demasiado crudamente para la época, tanto que el editor temió que lo demandaran por obscenidad. Cuando yo las leí, las identifiqué porque estaba esperándolas, ya que conocía las quejas de Rinehart y la subsiguiente pelea con Mailer. Pero me da la impresión de que, si no hubiera conocido los antecedentes, no me habría enterado de lo que hablaba el autor. Como mucho, podría haber considerado la felación como una de las posibilidades de lo que ocurría cuando la muchacha se resbalaba entre las piernas de Teppis, pero más como una consecuencia lógica que porque el escritor dijera algo concreto al respecto. De modo que me extrañó mucho que un texto tan elíptico (de elipsis, no de elipse) hubiera sido objeto de tanto escándalo. Se me ocurrió entonces que a lo mejor la traducción española había suavizado el texto, así que intenté encontrar la original y, tras algunos intentos lo conseguí; dice así:

Tentatively, she reached out a hand to caress his hair, and at that moment Herman Teppis opened his legs and let Bobby slip to the floor. At the expression of surprise on her face, he began to laugh. “Just like this, sweetie,” he said, and down he looked at that frightened female mouth, facsimile of all those smiling lips he had seen so ready to be nourished at the fount of power and with a shudder he started to talk. “That’s a good girlie, that’s a good girlie, that’s a good girlie”, he said in a mild lost little voice, “you’re just an angel darling, and I like you, and you understand, you’re my darling darling, oh that’s the ticket,” said Teppis.

Como puede comprobarse apenas hay omisiones o diferencias relevantes en la traducción. Sólo he subrayado dos breves expresiones en boca de Teppis que, en el texto original, sí apuntan a lo que estaba haciendo la chica, mientras que en la traducción son alteradas y se pierde esa pista. Me refiero al “just like this, sweetie” (justo así, cariño) y al “oh, that’s the ticket” (oh, justo es es lo que necesitaba). De modo que parece que en 1982 (año de la publicación en español de la novela) todavía se consideraba conveniente disimular la alusión –ya bastante velada en el original- a una mamada, tal como había sucedido en Estados Unidos casi treinta años antes. Claro que el editor hispano no necesitó pelearse con Mailer; le bastó con retocar ligeramente la traducción. Supongo que en la edición posterior de Anagrama se habrá corregido esta breve alteración; no he tenido ocasión de comprobarlo.

En todo caso, en mi opinión ni siquiera en inglés el texto, desde la perspectiva actual, puede tildarse de obsceno. No se me ocurre cómo se puede contar una escena así de forma aún más elusiva. Lo que me hace pensar que quizá lo escandaloso no fuera tanto que el lector comprendiese que se estaba describiendo una felación, sino el significado de la misma en ese contexto: una chica necesitada, dispuesta a hacer lo que sea para conseguir un trabajo; un magnate del cine al que le sirven chicas jóvenes para que se relaje. El texto conflictivo continúa así: “Antes de que transcurrieran dos minutos, Teppis acompañaba afablemente a Bobby hasta la puerta. Una vez allí le dijo: –Cuando quiera volver a verte, te llamaré, muñeca”. Y luego, a solas en la habitación, en una muestra descarada de cinismo dice: “–En el corazón humano se esconde un monstruo”. En fin, un mero ejemplo de censura, de una censura que hoy nos cuesta entender, que cuando me enteré de que había existido me picó la curiosidad (ya la he satisfecho) y supuse que sería algo mucho más contundente. Como se deduce, Mailer se negó a cambiar el texto, y ello le supuso romper el contrato con Rinehart y, tras no pocas dificultades, publicar la novela en otra editorial.

jueves, 6 de abril de 2017

Funerales (1)

Esta que voy a contar es una historia triste, desazonadora también. Conocí “en persona” (por así decirlo) las escenas finales; me inquietaron y pregunté por los antecedentes. El relato no puede ser más que fragmentario, incompleto. Los protagonistas son dos hombres ya mayores, ambos al final de su vida laboral; llamémosles Ángel y Víctor. Son compañeros de trabajo, los dos en una misma institución pública. Uno, Ángel, jurista; el otro, ingeniero. Los dos entraron más o menos por las mismas fechas en la Administración, a principios de los ochenta. Entonces eran treintañeros, iniciando sus carreras profesionales, también sus vidas familiares. Cayeron en el mismo departamento y enseguida se hicieron amigos, íntimos según me cuentan. Fueron los años de vino y rosas, de proyectos en común, de compartir ilusiones y relaciones. También las mujeres se hicieron muy amigas, de modo que las dos parejas pasaban mucho tiempo juntas, incluyendo viajes de vacaciones, cuando hacía falta se ocupaban unos de los hijos de los otros …

El idilio duró algo más de una década. Nadie sabe con completa seguridad por qué se rompió. Parece que tuvo algo que ver con una decisión organizativa que adoptó Ángel –para entonces ya había sido nombrado jefe de servicio– y que Víctor interpretó como una humillación. Quienes me han hablado de aquellos tiempos recuerdan que la reacción de éste fue desproporcionada y fulminante: de golpe le retiró prácticamente la palabra a Ángel lo que, además de dejar a todos los compañeros asombrados, creó situaciones tremendamente violentas en la oficina. El propio Ángel no entendía por qué le había ofendido y le costó varios días conseguir que se lo explicara. Cuando lo hizo, se dio cuenta que, si bien había un hecho real de base, la mayor parte del cabreo de Víctor obedecía a que presumía unas intenciones en los actos de Ángel que éste nunca había tenido. Para Ángel, que quien consideraba un buen amigo pensara eso de él le supuso un duro golpe. Luego, atando cabos, se convencería de que la principal instigadora de esos pensamientos había sido la mujer de Víctor, empeñada en envenenarlo contra el amigo por antiguos y oscuros motivos que ahora no vienen al caso. Pero la decepción fue tan amarga que Ángel perdió las ganas de reconstruir la relación que quedó definitivamente rota.

A los pocos meses la situación se había hecho tan insoportable que Ángel pidió el traslado a otro departamento y vino al área en la que yo llevaba poco más de un año trabajando. Eso fue a principios de los noventa, así que hace unos veinticinco años que lo conozco; hemos trabajado estrechamente en varios momentos y, sin que pueda decir que hayamos sido amigos íntimos, sí creo que nos hemos apreciado mutuamente. Unos diez años mayor que yo y de carácter bastante reservado, Ángel, cuanto más lo conocía, más me parecía un buen tipo, una persona digna de respeto. A Víctor, en cambio, lo conocí menos y posteriormente. De hecho, tras la marcha de Ángel no permaneció mucho tiempo en aquel departamento. El empozoñamiento de la relación se había extendido y, aunque uno de ellos se hubiera marchado, el ambiente distaba de haberse calmado. Los que vivieron aquellos días en aquel lugar dicen que todos deseaban que se marchara, no tanto por encono personal (aunque unos cuantos sí) sino sobre todo porque sentían que era necesaria su desaparición para recuperar una suerte de equilibrio que se había roto. Compartiera o no esa impresión, lo cierto es que Víctor pidió la excedencia y se marchó para montar un despacho profesional, aprovechando la época de vacas gordas en el ámbito de la construcción y la obra civil.

Pasaron los años sin que los antiguos amigos recuperaran la relación, hasta que, hará unos cuatro años, Víctor pidió reincorporarse a la Administración; le interesaba alcanzar su próxima jubilación en su puesto de funcionario, aparte de que la crisis había casi vaciado su cartera de clientes. El caso es que entró en nuestro departamento donde, para la sorpresa de todos, se le creó una nueva plaza de jefatura de servicio. La explicación era sencilla: el joven consejero a cargo de nuestra área, también ingeniero, había sido compañero de universidad del hijo de Víctor y había además trabajado en el estudio de éste, antes de volcarse con dedicación completa a la política. Enseguida todos comprobamos que Víctor pasaba a comportarse como si más que un funcionario de carrera fuera una especie de asesor áulico plenipotenciario; también pronto aprendimos que convenía no tener conflictos con él. Lo cierto es que, tras unos primeros meses de tanteo, empezó a manifestar su autoridad consiguiendo del consejero varios cambios en los puestos de trabajo que, bajo la excusa de mejoras en la organización funcional, enmascaraban burdamente castigos contra las personas concretas que a Víctor le molestaban o simplemente no le gustaban.

El reencuentro entre Víctor y Ángel dejó claro que hay sentimientos que ni el tiempo es capaz de borrar (al menos, se necesitarían más de los casi veinte años que habían estado alejados el uno del otro). Los que albergaba Víctor creo que pueden calificarse sin erra de odio; un que había preservado por congelación y que, quizá por eso, se traslucía en halos fríos casi perceptibles sensorialmente, que helaban los ánimos de quienes asistíamos a su manifestación. Lo que Ángel sentía, en cambio, no era tanto odio como un rechazo visceral a tratar con su antiguo amigo, como si tuviera miedo a que le doliera una herida que nunca había logrado cerrar del todo. Entre ambos casi no se hablaban y, cuando no tenían más remedio que hacerlo (eran los dos jefes de servicio de la misma área) parecía que ensayaban ejercicios de economía oral y de envaramiento lingüístico. Pero mientras Ángel intentaba –sobre todo los primeros meses– seguir con sus rutinas y que la presencia del otro las trastocara lo menos posible, se vio enseguida que las acciones de Víctor tenían como objetivo último hacer daño al viejo enemigo, incluso parecía –así lo pensamos mucho– que respondían a un plan minuciosamente orquestado, construido mucho tiempo antes de regresar a la Administración. Puede parecer exagerado pero llegué a convencerme de que durante todos esos años de ausencia Víctor había estado maquinando su venganza y esperando el momento adecuado para ejecutarla.

jueves, 30 de marzo de 2017

Apuntes de un maltrato (desenlace)

El capítulo 43 de su libro, Adele Morales describe el momento en que ella consideró que ya no existía nada del hombre encantador del que se había enamorado. Aunque no fecha la escena, deduzco que debió suceder en los primeros meses del fatídico 1960. Ella se había quedado en casa y Norman fue a una fiesta. Regresó a las cuatro de la madrugada, borracho, de mal humor, negándose a dar explicaciones ante el ataque de celos y ansiedad de su mujer. Tras un intercambio de insultos, Lo miré y me pregunté cómo era posible que alguna vez lo hubiera amado. Lo único que sentía en ese momento era odio y un deseo casi incontenible de destrozarle aquella boquita de listillo y dejarle los labios como harapos ensangrentados … Habia visto a Norman muy borracho en otras ocasiones, peor esta vez había en él algo malvado y demoníaco que era nuevo. Presentí que estaba al borde, aunque no sabía de qué, pero sabía que podía pegarme. Lo había hecho antes, no muy a menudo, pero lo bastante como para que yo temiera que volviera a hacerlo. Vi que volvía a llenarse el vaso de bourbon y comenzaba su febril paseo. Aunque en la habitación no hacía calor, tenía la cara empapada en sudor. Cuando evoco sus aceleradas series de crisis emocionales, que le ocuparon la mayor parte de su matrimonio, veo su cara con la frente perlada de gotas de sudor. De pronto empezó a maldecir; no contra mí, sino contra unos enemigos invisibles cuya lista encabezaban críticos literarios y editores. Eso me produjo más miedo aún (282). Siguió un rato largo durante el cual Adele, asustadísima, no hacía sino desear que Norman cesara en ese comportamiento, que se fuera para poder dormir en paz. Al final dijo. –Voy a convertirme en el hijo de puta más grande que existe. De ahora en adelante sólo existo yo, y a la mierda los demás. Haré sólo lo que me venga en gana, cuando me venga en gana. Y si es necesario mentiré y engañaré, sin importarme cuáles puedan ser las consecuencias. Con esas palabras desapareció para siempre el buen chico judío (284).

En marzo de 1960, Adele consiguió que Norman accediera a que la familia se mudara a Provincetown hasta pasado el verano. Dice que Norman estaba al borde de un colapso y yo trataba desesperadamente de evitar que nos hundiéramos, aferrándome a los momentos en que éramos casi una pareja normal. Sin embargo, volví a engañarme al creer que un cambio geográfico nos calmaría (285). En efecto, las cosas no se arreglaron. Mailer trabajaba con irritada impaciencia y pasaba las noches en vela con mirada de loco, se rodeaba de gente conflictiva, iba a cuantas fiestas había –llevando a Adele– y buscando siempre el protagonismo, para lo cual con frecuencia buscaba humillarla (forzándola a pelearse con otra mujer, confesándole que tenía una amante) y otras veces era él quien provocaba broncas violentas (por ejemplo, contra unos policías, lo que le costó ser arrestado). Aún así, Adele se esforzaba contra todo su sentido común en intentar recomponer el matrimonio, la idea del divorcio era para ella el reconocimiento de un gravísimo fracaso vital. Pero cada vez me sentía menos atraída hacia mi marido. ¿Cómo podía desearlo cuando estaba llena de una ira que lentamente se iba convirtiendo en puro odio? Comenzaba a disgustarme su aspecto, con esa prominente barriga causada por el exceso de bebida, tan distante de aquel cuerpo esbelto y bien torneado que con tanta pasión había deseado yo en una época. Cuando hacíamos el amor, era como si sólo yo estuviera presente. Cuando estaba a punto de alcanzar el orgasmo, veía en su cara la expresión de un extraño que controlaba los sonidos que yo emitía y los movimientos que hacía; me producía la impresión de ser analizada bajo el microscopio de un científico loco. Era una sensación horrible que anulaba en mí todo deseo sexual y que me hacia sentir absolutamente sola. Una vez que me negué a hacer lo que él quería, creí que me pegaría, así que me encerré en el baño. –¡Maldita sea! Lo que quiero es una dama por fuera pero una puta en la cama, y no al contrario (308).

El 19 de noviembre, Norman decidió celebrar una fiesta para promocionar su candidatura. Invitó a personajes conocidos pero también a vagabundos que recogía de la calle. En la casa había más de doscientas personas, muchas de ellas gorrones que iban y venían a sus anchas, echándose al garguero litros y litros de bebida, en un ambiente impregnado del aroma dulce y enfermizo de la marihuana y del hedor que despedían los cuerpos sucios. La alfombra lucía incrustaciones de canapés y colillas, pero a nadie le importaba pues la borrachera era general. La fiesta se asemejaba a un monstruo de veinte cabezas que, arrastrándose por las habitaciones, lo corrompía todo y sembraba la destrucción. Mi marido, a quien a duras penas había visto entre el gentío, se había marchado de la fiesta con la cabeza llena de alcohol y drogas. Sobre las cuatro de la mañana sólo quedábamos Lester Blackistone, un hombre negro que tal vez fuera uno de los gorrones y yo. Repentinamente apareció Norman. Estaba sucio, tenía la camisa tan desgarrada y manchada de sangre como la cara y, además, un ojo hinchado. Su rostro era casi irreconocible y estaba tan borracho que no creo que supiera dónde se encontraba. Entró en el salón como un toro embravecido, buscando en qué o en quién descargar el dolor y la ira que llevaba en el alma. Me quedé mirándolo desde un extremo del salón y, en un momento de locura, empecé a mover la capa roja de un lado a otro, a provocarlo, a odiarlo, con una angustia y una furia semejantes a las suyas. –Aja, toro, aja. Venga, mariquita … ¿dónde están tus cojones? ¿O es que la mala puta de tu querida te los ha cortado, cabronazo? Y entonces nos lanzamos a bailar el último tango, nuestra danza de la muerte al amparo de aquella capa de color rojo sangre. Me clavó cerca del corazón y en la espalda una sucia navaja de siete centímetros que había encontrado por ahí. Me quedé un instante quieta, muy quieta, sin sentir nada, pero cuando puse la mano sobre mi lado izquierdo noté que estaba mojada; miré la palma de mi mano y vi que la tenía cubierta de sangre. Caí redonda al suelo y allí quedé, con el vestido empapado en sangre, sin poder moverme, registrando conscientemente los lúgubres detalles de aquella escena dantesca. Norman permanecía inmóvil mientras el negro desconocido intentaba ayudarme. –Tenemos que llevarla al hospital, dijo el negro. De pronto sentí que Norman me daba un puntapié. –Apártate de ella. Deja que la cabrona se muera. El hombre intentó levantarme pero mi marido lo apartó y yo volví a caer al suelo; luego se puso a perseguirlo por la casa dándole puñetazos. Finalmente mi nuevo amigo derribó a Norman de una trompada, me tomó en brazos, corrió hacia el ascensor y bajamos al vestíbulo, donde aun quedaba un manojo de invitados medio borrachos. Alguien llamó a un médico y a una ambulancia. Mientras esperábamos, uno de lo amigos de Mailer me tomaba de la mano en un intentó por consolarme, mientras me insistía en que protegiera a mi marido diciendo a la policía que me había caído sobre los vidrios de una botella rota. Accedí, demasiado dolorida y conmocionada para protestar (322-324).

Adele fue operada de urgencias durante seis horas; se salvó de milagro. Estuvo tres semanas en la unidad de cuidados intensivos porque el postoperatorio se complicó con una pleuresía. Poco después de la operación, Norman se las ingenió para presentarse en el hospital. … Me dió pánico verlo. –¡Dios! ¿Qué haces aquí? Le dije a la enfermera que no quería verte. –Nena, no llames. He venido a ver cómo estás. –Ya lo ves, ¡ahora lárgate! Se acercó para besarme pero yo me aparté. –Sólo quiero hablar contigo –dijo sentándose sobre la cama y tratando de cogerme la mano. –No me toques, déjame en paz. Tenía la cara pálida, macilenta, y unas enormes ojeras. Me miró detenidamente, con el ceño fruncido. –No le has dicho nada a la policía, ¿no? Seguirás con la historia de la botella rota, ¿no es cierto? –Sí, sí. Ahora vete. –¿Por qué estás tan asustado? Es algo que no tolero. ¿Sabes que te vi cuando te llevaban a la sala de operaciones, y que nunca te encontré tan hermosa? ¿Es que no entiendes por qué lo hice? Porque te quiero y tenía que salvarte del cáncer? Lo miré pensando que estaba rematadamente loco. ¿Quién era ese extraño? Una vez nos habíamos amado con pasión, pero en ese momento detestaba a ese frío hijo de puta con toda mi alma ((329-330).

A Norman lo ingresaron en el Bellevue Psychiatric Hospital (una estrategia para evitar el arresto) y allí le diagnosticaron esquizofrenia paranoica. El psiquiatra que lo atendía fue a visitar a Adele para recomendarle que autorizara un tratamiento de electroskock. Sin embargo, a pesar de las tentaciones (firma y deja que le frían los sesos a ese cabrón), se negó. Después de más de un mes en el hospital, Adele volvió a su casa. Poco tiempo después, también llegó Norman, como si no hubiera pasado nada. Se celebró el juicio y Adele testificó que no sabía quién la había apuñalado. Mailer pactó el cargo de asalto en tercer grado y lo condenaron a cinco años de libertad condicional. La pareja siguió junta todavía varios meses. Norman retomó su activa vida social, aceptando multitud de invitaciones: volvía al seno de sus compasivos amigos literarios. Por fin, una noche, a propósito de la repetición de una escena como las de antes del apuñalamiento, Adele explotó. Le hizo una maleta con su ropa y cuando llegó: –Vete a la mierda, hijo de puta. ¡Sal de mi vida! Y al día siguiente llamé a mi abogado (344-345). Diez años después, Dick Cavett lo entrevistó en su programa sobre la psicología del asesinato. Norman dijo que creía que la violencia prevenía el cáncer y que él había querido experimentar el acto de asesinar. Tampoco hubo entonces ningún atisbo de arrepentimiento, sólo su gélida prescindencia y, como siempre, su preocupación absoluta por sí mismo (347). Fueron necesarios veintiocho años y dos bourbons para que Norman balbuceara una frase: «Adele, lamento haberte arruinado la vida.» Sucedió en la fiesta que se celebró en su piso de Brooklyn Heights en 1988, con motivo de la boda de nuestra hija (331).

martes, 28 de marzo de 2017

Apuntes de un maltrato

En la actualidad, pareciera que la sociedad en general, al menos en estas latitudes, ha adquirido la necesaria sensibilidad ante la violencia machista de la que carecía no hace mucho. Porque no hace mucho maltratar a tu mujer era algo normal (o al menos casi normal), algo que pertenecía a la esfera íntima del matrimonio y en lo que desde fuera mejor no inmiscuirse, a ser posible intentar no enterarse. Hay quienes piensan, dada la frecuencia en que asistimos a escenas de violencia, que ahora se maltrata más que antes pero no es así, estoy convencido de que, por mucho que nos parezca cuantitativamente inadmisible, esta lacra era mayor en el pasado. De hecho, como se ha repetido muchas veces, el maltratador ha venido apareciendo en las más diversas categorías, al margen de clases sociales y niveles culturales. Un ejemplo muy relevante fue Norman Mailer, en particular con su segunda mujer Adele Mailer. Hay muchos factores que “explican” que una relación que empezó con un enamoramiento fulminante y apasionado fuera deteriorándose a lo largo de diez años, dejando entrar el maltrato hasta llegar a un funesto final. Esa historia sucedió en la década de los cincuenta, hace dos generaciones, no demasiado por tanto (eran más o menos de la edad de mis padres). Como es lógico, Mailer poco habló de su comportamiento, sólo del criminal acto final y diciendo absolutas estupideces al respecto, sin en ningún caso mostrar arrepentimiento. Adele, en cambio, se sintió obligada a escribir un libro (La última fiesta) que no es sino la descripción del proceso que llevó al trágico final –escrita casi cuarenta años después, cuando ambos eran setentones–, lo que permite contextualizarlo. Naturalmente es la versión de ella (“su verdad”, como cursi e hipócritamente se dice ahora), pero rezuma credibilidad. Después de leer el libro, a uno le queda la desazón de comprobar el lado diabólico de un personaje afamado, respetado, miembro incuestionable de la elite cultural del país más poderoso. Pero sobre todo, cómo por ser justamente eso, la sociedad (quienes la caracterizan, quienes son alguien) cierra filas para protegerlo y prácticamente no le pasa nada. He querido extractar algunos textos del libro de Adele (las citas van en cursiva) porque me parece una lectura muy instructiva. Las escenas finales del proceso de maltrato vendrán en un siguiente post (éste ya me quedaba muy largo).
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Se habían conocido y enamorado en la primavera de 1951 y casi inmediatamente a vivir juntos. Desde muy pronto, ella se dio cuenta de la personalidad narcisista de él, de su escasísima empatía, de su necesidad compulsiva de ser siempre el centro de atención. Yo trataba de complacerlo en todo lo posible, pero cuanto más tiempo pasábamos juntos, cuanto más íntimos éramos, más difícil me resultaba lograrlo. Me hallaba frente a un perfeccionista, a un crítico incansable, especialmente con los seres más allegados, provisto de un ego que lo devoraba todo. Con el paso del tiempo las discusiones entre nosotros se fueron haciendo cada vez más frecuentes (125). Llevaban dos años juntos, asistiendo a muchísimas fiestas, bebiendo alcohol en cantidades excesivas, habiéndose convertido en la pareja de moda, la más original, transgresora y deseada de Nueva York. Ya para entonces, Norman oscilaba del trato cariñoso al insulto y al desprecio, en especial cuando estaba bebido pues el whisky exacerbaba su ira: estúpida de mierda, no aprendes nada. Estás anclada en el pasado. Eres un trozo de carne (125). La verdad era que no podíamos con todo el alcohol que ingeríamos. Él sufría un cambio como el del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues el hombre encantador y razonable se convertía en un ser prepotente y sádico. Sus ojos azules se tornaban malévolos, su boca adquiría un rictus desagradable y hablaba con un falso acento de machito texano. Cuando bebía, la alegría y la espontaneidad estaban ausentes en cuanto hacía, todo parecía teñido de una lúgubre desesperación (130).

En el verano de 1954 viajaron por segunda vez a México (allí vivía Bea, la primera mujer, con su hija Susie). Conocieron a una pareja estadounidense, los Lattimore, con quienes él quiso organizar una sesión de sexo. Se colocaron con alcohol y marihuana y comenzaron los escarceos, las parejas intercambiadas. De pronto, Norman desapareció, dejándome librada al placer de bocas extrañas, suaves caricias y tiernas lamidas, con las campanas al vuelo para celebrar el goce de la reina de las putas. Fuimos entonces tres los cuerpos que, entrelazados, nos entregamos al paroxismo de la más pura y genuina lascivia (161). Cuando acabó la sesión y los Lattimer se fueron (los echó ella), subió a ver a su marido que, en la cama matrimonial, simulaba dormir. Arrimé mi cuerpo tembloroso a la espalda de Norman y le pedí que me hablara. Se giró y pude verle la cara pálida y demacrada, con la boca cerrada en un gesto airado. –Aléjate de mí, puerca –y me dio tal sacudón que casi me tira de la cama. –Lo he oído todo desde aquí. Me repeles (162).

El 19 de abril de 1955, Adele y Norman se casaron en el Ayuntamiento neoyorkino. Al poco tiempo se mudaron a un inmenso loft en la calle Monroe, en la parte baja del East River, un barrio peligroso. Hacia finales de ese año hicieron una fiesta que acabó con un enfrentamiento con gamberros del barrio y a Norman le abrieron la cabeza. Aguantaron un tiempo más pero finalmente se mudaron a un piso en la calle 55. Esas navidades, Dan Wolf (el amigo de ambos que los había presentado) fue a hacerles una visita. Adele tenía ganas de salir a cenar y poder pasar un rato largo con el viejo amigo, pero Norman, que había venido de la calle cabreado, le dijo que debía quedarse en casa cuidando a Susie. Poco a poco, delante de Dan, fue subiendo el tono. Perdí la paciencia y le dije que no quería discutir más, pero que había pasado todo el día con Susie y que me apetecía salir esa noche. Lo dije como un hecho, no como una queja. Sin previo aviso, me dio un revés en plena cara. Dan se quedó helado y yo muda por la sorpresa y el dolor. Quise devolverle el golpe, pero desistí cuando vi que tenía esa expresión malvada que tan bien le conocía; me eché a llorar, tanto a causa del dolor como de la humillación que sentía delante de nuestro amigo (191).

En 1956 el matrimonio se trasladó a Bridgewater, en Connecticut, con la intención de llevar una vida más tranquila, frecuentando la comunidad de escritores que residían en los alrededores (William Styron, entre otros, con quien Norman había hecho buena amistad). Adele estaba contenta porque ese entorno le parecía más adecuado para criar a la niña que había nacido pocos meses antes, y también porque confiaba en que el ambiente rural tranquilizara los ánimos de su marido. Pero pronto los dos sintieron que se aburrían y echaban de menos el ajetreo de las fiestas neoyorkinas, de modo que no tardaron demasiado en volver a saraos nocturnos, aunque tuvieran que conducir tres horas, la vuelta a altas horas de la madrugada y bastante borrachos. Un fin de semana estival, (sería en 1957) mi madre fue a Bridgewater sola porque le había pedio que hiciera de canguro, pues yo tenía que asistir a una fiesta el sábado por la noche. La fiesta, que era en Nueva York, acabó a las tres de la mañana, hora en que Norman y yo emprendimos el regreso a casa, borrachos y enfadados como de costumbre. Él se había portado muy mal conmigo toda la noche, ya que había flirteado abiertamente con otra mujer en mis propias narices y yo, movida por el alcohol, había reaccionado de forma descontrolada. Cuando llegamos a casa, nos peleamos a grito pelado, sin siquiera recordar que mi madre dormía en una habitación de la primera planta. La pelea subió de tono y nos fuimos a las manos, hasta que Norman me dio en plena cara, dejándome un ojo morado y la boca hinchada (250). Al día siguiente, su madre quedó impresionada al ver lo que le había hecho, no podía creer que el famoso escritor pudiera ser tan salvajemente cruel en la intimidad. –Y no te engañes, ya que no sabes casi nada de lo que ocurre. Además de abofetearme, tiene otras maneras de herirme. Me hiere con palabras y con críticas constantes, y me humilla en público. Hay mujeres que pueden cerrar los ojos ante esas cosas, pero yo no puedo. Me duele demasiado y me da la sensación de que no valgo nada (252). Ese mismo día, más tarde, madre e hija hablan desoladas; Adele no sabe qué hacer, dice que no puede dejarlo, que todavía lo quiere. Miré a mi madre y de pronto me pareció más diminuta, más vulnerable, no como el dragón que exhalaba fuego cuando yo era pequeña. Parecía alelada frente al lado oscuro de Norman. Después de todo, no nos había visto a menudo y él siempre había sido muy amable con ella y con mi padre. Y allí estaba su hija, con su precioso retoño en brazos, la gran dama en su lujosa casa que parecía un refugio beatniks. Sin embargo, pese a que estaba verdaderamente enojada con Norman, mi madre no podía dejar de decir la misma frase una y otra vez: –¡Oh Dios mío …, un divorcio! ¡Nunca ha habido un divorcio en la familia! –No mamá, no creo que lleguemos a eso. Aunque te cueste creerlo, Norman y yo nos queremos, y él también quiere a la niña. No te preocupes, ya lo solucionaremos (254).

La segunda hija de Adele, Betsy, nació en 1959, cuando ya la pareja estaba de regreso en el Village, después de tres años en Connecticut. Adele usaba un diafragma que, en los meses previos a que decidiera volver a quedarse embarazada, era algo que Norman odiaba. De repente, en medio del acto sexual, me metía los dedos con brutalidad, me arrancaba el diafragma y lo tiraba al otro extremo de la habitación, con tal furia que temía que fuera a pegarme. –Odio esas malditas cosas. Me darán cáncer … En esos momentos, sus ojos azules tenían una mirada helada y extraña que me hacían pensar que tal vez estuviera tomando alguna droga a mis espaldas (264). Pese a que lógicamente Adele sentía cada vez más rechazo sexual y hasta miedo, decidió quedarse embarazada porque pensaba que un hermanito sería bueno para su hija y contribuiría a mejorar la vida en común. Aunque Norman iba al estudio todos los días, creo que tenía muchas dificultades para escribir y, pese a estar yo embarazada de seis meses, descargaba en mí su frustración. Una vez, durante una discusión por algo sin importancia, me dio un repentino golpe en la barriga. Aún recuerdo el daño físico y el horror que sentí. Temerosa de que pudiera haberle hecho daño al bebé, rompí a llorar, pero gracias a Dios no le pasó nada. Él, como de costumbre, no se disculpó (265).

lunes, 27 de marzo de 2017

Argentinos ... (según Bayly)

La última novela de la trilogía Morirás mañana (Escupirán sobre mi tumba, 2012) sucede en Buenos Aires, adonde el escritor protagonista (¿trasunto del autor, el peruano Jaime Bayly?) se desplaza para seguir matando, vicio compulsivo al que ha quedado enganchado. Los tres volúmenes se leen con facilidad, un divertimento literario menor a mi juicio, pero entretenido. El texto que transcribo a continuación viene al principio de la tercera novela, antes de que empiecen propiamente a sucederse los acontecimientos. Poco tiene que ver con éstos y tengo para mí que Bayly quería introducirlo a toda costa; es más, se me ocurre que llevó la trama hasta Buenos Aires como excusa para hacerlo. Al margen de la veracidad de la descripción que hace de los argentinos (de los porteños, especialmente) –no deja de ser una enésima versión de los habituales tópicos tantas veces escuchados–, lo cierto es que está muy bien escrito y me he divertido mucho leyéndolo; no necesito más argumentos para compartirlo en este blog.

Me llevo bien con los argentinos a pesar de que en Sudamérica tienen fama de pedantes, de presumidos, de mirarnos a los demás por encima del hombro, de no sentirse sudamericanos sino europeos. Y Buenos Aires, aunque les duela a muchos sudamericanos acomplejados con fobia a todo lo argentino (o sea fobia a mí también, porque yo soy argentino por elección), es sin duda la ciudad más europea de Sudamérica y, como a las grandes ciudades europeas, le ha pasado últimamente algo que no le ha hecho perder su esplendor pero que la ha dotado de cierto riesgo y la ha convertido en una ciudad no por afrancesada menos sudamericana y tercermundista, mezcla de todas las sangres mestizas, como las demás grandes ciudades de la región. Del mismo modo que en Santiago hay miles de peruanos y bolivianos con fama de ladrones (y peruanas con fama de buenas nanas y cocineras), en Buenos Aires hay un fascinante batiburrillo de europeos y bolivianos, de australianos y paraguayos, de canadienses y ecuatorianos, de gays adinerados y gays sin un céntimo pero igualmente refinados que han escapado de algún país centroamericano como Honduras o Nicaragua o Panamá para afincarse allí y sentirse libres, en una gran ciudad. Porque Buenos Aires, con sus días revueltos de protestas cotidianas y marchas incendiarias y energúmenos que se conjuran para interrumpir una calle sin que la policía haga nada y solo los mire con abúlica complicidad, sigue siendo la ciudad más cojonuda y fascinante de Sudamérica, y también la más primer y tercermundista, porque allí persisten las tradiciones nobles de los que tienen dineros centenarios, pero ahora deben cohabitar con las costumbres vocingleras y folklóricas de los inmigrantes bolivianos, peruanos, paraguayos y centroamericanos, muchos de los cuales viven hacinados en cuartos diminutos, pero no les importa porque en realidad no permanecen en esos habitáculos, allí apenas duermen cuatro o seis horas diarias, apiñados como animales, ellos sienten (y por eso eligen quedarse) que viven en Buenos Aires y que Buenos Aires es sin duda alguna una gran ciudad, una ciudad infinitamente más estimulante y melancólica y hermosa que cualquiera de las ciudades de las que han escapado. A mí no me hablen mal de los argentinos ni de la Argentina ni de los porteños siquiera, como si los salteños o los rosarinos o los cordobeses o los mendocinos fuesen genéticamente mejores que los porteños: no me jodan con ese verso pueblerino, que los argentinos, en lo que a mí respecta, son, ante todo, divertidos, raros, bizarros, pintorescos, y todos me caen bien, incluso los que me caen mal me caen bien porque me parecen personajes literarios, no sé si me explico. Les reprochan hablar mucho y darse aires de sabiondos. Pues es eso precisamente lo que me hechiza de ellos: escuchar sus chácharas, sus versos, sus embustes, sus trampas pendencieras, porque los argentinos más divertidos son siempre los más mentirosos y los más tramposos y los más canallas, esos son los que mejor me caen y de los que más fácilmente me hago amigo. Todo argentino es un entrenador de la selección de fútbol de su país (y si lo dejan, de la de España también). Todo argentino es presidente de su país (y si lo dejan, dictador de Cuba también). Todo argentino tiene el plan perfecto para que Estados Unidos salga de la crisis (y si lo dejan, para que el mundo entero salga de la crisis, o al menos Occidente, pero quizá si le hablas de África no la tiene tan clara). Todo argentino es un profeta, un visionario, un iluminado. Todo argentino sabe. Sabe todo, sabe más que nadie, sabe más que vos y que cualquier boludo del orto. Todo argentino está de vuelta. Todo argentino tiene respuesta para cualquier pregunta, incluso si no entiende la pregunta y si al responder ni él mismo entiende lo que está diciendo. Pero responde, opina, se la juega, arma el equipo, ordena el país, gobierna el mundo, gana las guerras, divide a los buenos de los malos, a los decentes de los chantas. Y habla y habla y habla y no para de hablar. Y no importa ya si lo que dice tiene sentido alguno (porque bien pronto uno advierte que todo carece de sentido y que el embrujo de la Argentina es que nada tiene sentido racionalmente y, sin embargo, todo es fascinante y hechicero y es allí donde quieres quedarte), lo que importa es que el argentino habla y no para de hablar, y tiene opiniones de todo y sobre todo, y además opiniones enfáticas, terminantes, opiniones en las que en dos minutos pone al mundo en orden, aunque luego llega a su casa y es el caos, y la mujer lo manda al carajo y solo entonces se calla el argentino deslenguado. Pero en la calle no se calla: en los taxis, en los cafés, en las barras de los bares, en los colectivos, en ciertas esquinas del centro, el argentino habla y habla y está siempre dispuesto a hablar, a tomar partido, a encenderse, a ponerse bilioso, agresivo, pasional, italiano, exasperado, a gritar y a discutir con nadie, porque muchos hablan sin que nadie siquiera los escuche, pero es eso lo que me fascina del argentino: que no para de hablar y tiene una opinión concluyente y arbitraria sobre todo lo divino y lo humano y nada lo hace más feliz, sea rico o pobre, macho o puto, vago o más vago, que sentarse en un lugar cualquiera de la ciudad, pedir empanadas, pizzas, vino, sangría, cerveza, pero sobre todo masas y pastas, y ponerse a hablar sobre cualquier cosa y pasarse horas hablando y hablando y sentenciando y resolviendo y deshaciendo entuertos y dándole un sentido al caos del mundo con el caos verbal que lo envuelve, a él y a todos los argentinos, en una suerte de gran torre de Babel donde todos hablan el mismo idioma y, sin embargo, nadie se entiende, nadie puede entenderse, porque cada uno se siente dueño absoluto de la razón, y entonces el argentino es por definición un hablador, un predicador, un charlatán, un mitómano, un embustero y, ante todo, un enemigo del silencio y la conciliación, porque si bien todo argentino está dispuesto a hablar aunque nadie lo escuche, siempre prefiere discutir con otro y, si es posible, a los gritos, para luego irse a los golpes, y enseguida cada uno consigue a una pandilla de vándalos ambulantes y entre todos cortan una calle y se enzarzan en una feroz riña callejera por algún asunto (generalmente una pasión que tiene que ver con el fútbol, con la política o con el orgullo), y entonces el argentino, ya liado a golpes contra otro argentino sin recordar bien por qué, revela que posee algo que no tenemos los demás sudamericanos: una fe ciega en sus opiniones (aun si no sabe lo que va a decir y debe improvisar en el camino) y el coraje para morir defendiendo tales opiniones en una batahola callejera o pisoteado por un caballo de la policía que luego defecará sobre su cadáver.

sábado, 25 de marzo de 2017

Karen Dalton

Recordar a Karen Dalton, escuchar cantar a Karen Dalton, nada convoca con más dolor a la tristeza. Quizá por eso, a Karen Dalton nos la han olvidado. A mí (supongo que también a muchos otros) me la presentó Bob Dylan en el primer y único volumen (¿escribirá alguna vez la continuación?) de su autobiografía. Cuenta Bob su llegada a Nueva York en enero de 1961, en lo más crudo del invierno. Fue al Café Wha?, en la calle MacDougal, alguien le había hablado de Fred Neil. Allí empezó a cantar, a tocar la guitarra, la armónica; allí coincidió con Karen: “Mi artista favorita del lugar era Karen Dalton, que cantaba temas de blues acompañándose con la guitarra. Era alta, desgarbada, intensa, cálida y sensual … Su voz me recordaba la de Billie Holiday y tocaba la guitarra como Jimmy Reed, con todo lo que eso implicaba. Canté con ella un par de veces”. Vale Bob, pero pronto perderías el contacto, me da la impresión; conseguiste un contrato con Columbia en el 61, tu carrera se disparó, al fin y al cabo desde muy pipiolo sabías que querías ser famoso. Karen quizá no lo deseaba o no supo cómo hacerlo. Solo grabó dos álbumes, y mucho después de esos días inaugurales, en el 69 y en el 71, ya treinteañera.

  
In the evening - Karen Dalton (It's so hard to tell who's going to love you the best, 1969)

Karen nació en 1937 en Enid, una ciudad pequeña de Oklahoma, en el medio de las grandes llanuras, tierra de cereal (a Enid la llaman la capital del trigo). Su apellido de nacimiento era Cariker y se dice que tenía sangre cherokee, aunque este dato, como la mayoría de los escasos con los que se esbozan sus biografías, dispersos e inconexos, es discutible. La leyenda de esos años oscuros habla de una familia proletaria, de una afición temprana por la música, por el blues sobre todo, de dos hombres antes de los veintiuno, de dos hijos (el primero, Johnny, lo tuvo a los quince; la segunda, Abraly, con 17). Sabemos que en 1961 ya llevaba algún tiempo en la Gran Manzana, pero no cuándo emigró hacia el Este, huyendo de la aridez de Oklahoma, para llevar el folk profundo a los cafés del Village: digamos que muy a finales de los cincuenta (en el momento de transición entre el beat y el folk). Era una mujer en un mundo de hombres (debemos citar a Judy Collins y a Joan Baez, pero son de orígenes tan distintos que no cabe asociarlas, resultan muy ajenas), que cantaba demasiado blues para los folkies, pero era demasiado folk para los bluesmen.

  
It hurts me too - Karen Dalton (It's so hard to tell who's going to love you the best, 1969)

En esos tiempos apoteósicos del folk la acompañaba Richard Tucker, un tipo que la admiraba desde que la vio cantar en un local de la calle Bleecker. Tucker, hace unos años, la evocaba como una mujer insegura, frágil. Juntos hicieron varios viajes desde Nueva York a California, con paradas intermedias en Indiana y Colorado. Además de Dylan, muchos otros quedaron prendados de esa mujer que lloraba el folk como si fuera blues: Ramblin’ Jack Elliott, un David Crosby anterior a los Byrds, y sobre todo Tim Hardin, otra de las figuras trágicas de aquel folk sesentero. A Karen la querían y la respetaban, la veían como una mujer protectora de sus amigos, “Dulce madre K.D.”, la llamaban. Sin embargo, no llegaba a encajar en el negocio; tal vez tampoco ella lo quería. Lo cierto es que los dos únicos discos que publicó en vida fueron tardíos: el primero , It's So Hard to Tell Who's Going to Love You the Best, en 1969; el segundo, In my Own Time, en 1971. Su hija, en una entrevista de hace pocos años, comenta que Karen no soportaba las reglas de las discográficas, que prefería ir a su aire. Escuchando ahora esos discos uno pensaría que fueron anteriores, que no corresponden a esos años en los que el folk había derivado hacia la psicodelia. Pero no KD, anclada en la tristeza rural que, aún en Nueva York o en California, la anclaba a las infinitas llanuras de Oklahoma, a la tradición de la América profunda. Esos dos álbumes son un repertorio de canciones de otros (Jelly Roll Morton, Booker T. Jones, Paul Butterfield, el propio Tim Hardin) en cuya voz, tan peculiar, sonaban como absolutamente propios (en 2015 se editó un libro en el que cantantes actuales interpretaban poemas de Karen que ella nunca cantó).

  
Something on your mind - Karen Dalton (In my Own Time, 1971)

Naturalmente habría que referirse a las drogas, parece que peaje inexcusable de aquellos tiempos y aquellos ambientes. Alcohol y caballo (los wild horses en los que cabalgarían tantos, casi todos, durante la que ahora se recuerda como década feliz aunque no lo fuera en absoluto), desde los primeros años neoyorkinos. La droga que fue acogiéndola cada vez más a fondo, ocultándola y aislándola. De hecho, poco se sabe de su vida a partir de los setenta, de las más de dos décadas que pasaron hasta su muerte, el 19 de marzo de 1993, con cincuenta y cinco años. Se dice que se arrastraba por las calles de Manhattan, una más de los homeless neoyorkinos, que tenía sida, que murió de sobredosis. Lo que sabemos es que hasta sus últimos días contó con el apoyo (al menos ocasional) de un amigo de los primeros años del Greenwich, Peter Walker, un guitarrista de folk. En 2014, Walker publicó un libro de poemas de su amiga difunta; once de ellos han sido convertidos en canciones que interpretan once magníficas mujeres en un disco publicado en 2015 (Remembering Mountains-Unheard Songs By Karen Dalton). Más de un decenio después de su muerte, muy discretamente comenzó a recordarse a Karen. Probablemente, el primero en hacerlo fue Dylan, como ya he mencionado. Pero poco después, en 2006, Nick Cave afirmó que en los Bad Seeds todos eran apasionados admiradores de la Dalton. Por esas fechas se reeditaron los dos únicos discos que publicó en vida y a continuación algunos más: un concierto de 1962, grabaciones caseras, descartes … Pero pese a su redescubrimiento, a los encendidos elogios (demasiado tardíos) de especialistas musicales, a las inevitables comparaciones con Billie Holiday, creo que Karen Dalton sigue siendo muy desconocida. Y es que, escucharla (pero escucharla con la atención y dedicación con que debe hacerse) es una prueba dura, dolorosa casi.

  
Katie cruel - Karen Dalton (In my Own Time, 1971)