martes, 21 de febrero de 2017

Amor tempestuoso

1. El encuentro

Breves pinceladas para presentar a Norman Mailer, el personaje masculino: un tipo de veintiocho años, judío de Brooklyn, graduado en ingeniería aeronáutica por Harvard aunque con vocación literaria desde muy joven, enrolado en el ejército americano en el 43 y enviado a Filipinas; la experiencia le sirvió para publicar su primera novela, Los desnudos y los muertos, que lo catapulta a la fama, integrándolo en el grupo generacional de los novelistas estadounidenses de la posguerra (con Robert Lowry, Gore Vidal, Truman Capote, Irwin Shaw. William Styron, etc). En 1944, todavía en el ejército y con solo veintiún años, se casa con su novia de la universidad, Bea Silverman, también judía, feminista, apasionada de la música, estudiante de psicología. Con ella se instala en París en el 47 (desde allí hacen una breve visita a España), luego, en Hollywood donde trabaja como guionista y se involucra en la campaña del que había sido vicepresidente con Roosevelt, Henry Wallace, que en 1948 se presentó a la presidencia por el Partido Progresista (apoyado por el partido comunista de USA y atacado por McCarthy). En el 50 la pareja volvió a instalarse en la costa Este, primero en Provincetown (Massachussetts) y luego en Putney (Vermont); ya tenían una hija, Susie. Para entonces, las cosas ya no iban demasiado bien entre ellos; años después, Norman diría que su éxito como escritor había relegado a Bea al rol secundario de mujer del artista, lo que la frustraba. En todo caso, aunque sin broncas entre ellos, ambos se sentían infelices y se lo achacaban calladamente al otro. Entonces Mailer propuso que tenían que “abrir” su matrimonio, tener aventuras sexuales con otras personas. Bea aceptó, más por lo enfadada que se sentía. Llegamos así a la primavera de 1951. El escenario, un apartamento en el 224 de la calle 64, Manhattan.

Vamos ahora con ella, Adele de nombre, el apellido Morales. Había nacido en 1925, así que dos años menor que Norman, a punto de cumplir veintiséis cuando se conocieron. Cuentan que su madre era española y su padre un indio peruano, pero nada he podido averiguar de ellos: cómo se emparejaron, por qué fueron a los Estados Unidos. Parece que viajaron desde Cuba hasta Brooklyn, con Adele muy pequeñita o, según otras versiones, todavía no había nacido. En todo caso, la chica se crió en el mismo distrito que Mailer, aunque no se conocieron de niños. Al Morales, el padre, tenía una presencia imponente, grande y fuerte. Había sido boxeador en sus primeros años norteamericanos, pero finalmente se estabilizó como tipógrafo para el Daily News. Adele creció hasta convertirse en una belleza morena, con un cuerpo espléndido que exudaba sexualidad. Desde muy joven fue muy consciente de sus encantos y de que quería aprovecharlos. Además quería ser artista o quizá, más que serlo, ser parte del mundo de los artistas. Hizo los cursos en el instituto femenino Washington Irving High School, donde obtuvo la licenciatura en Artes. En esos años, primera mitad de los cuarenta, la Washington Irving debía ser una institución un tanto pija; además estaba en la calle dieciséis (entre Union Square y Stuyvesant Square, al Sur del barrio de Gramercy Park) de Manhattan. Me pregunto por qué una hija de inmigrantes latinos que vivía en Brooklyn fue a estudiar allí (era una institución pública, en todo caso).

No fue a la universidad sino que prefirió estudiar en la prestigiosa escuela de arte que Hans Hofmann, el famoso pintor del expresionismo abstracto, había abierto en Nueva York. Son muchos los nombres célebres que fueron alumnos de Hofmann, por ejemplo Joan Mitchell que era de la misma edad que Adele, lo que permite elucubrar que tal vez se conocieran (la obra de Mitchel me interesa, de la de Adele no conocía nada). Pero, claro, dedicarse a la pintura no era fácil hacia finales de los cuarenta, había que tener algún empleo con el que mantenerse y Adele consiguió uno bastante habitual entre los aspirantes a artistas: diseñar los escaparates de los grandes almacenes (por lo visto era bastante manitas con el papel maché). Los setenta dólares a la semana no le daban para mucho, al menos no para decidirse a dejar Brooklyn e independizarse. Lo cierto es que esa atractiva chica de veintipocos pasaba gran parte de su tiempo en el Village que ya era el barrio preferido por la bohemia (ya desde antes de la guerra se habían abierto locales vanguardistas que acogieron a los grandes del jazz); por entonces empezaban a escritores, poetas y artistas que serían conocidos luego, durante los cincuenta, como los beatniks. Adele se hizo asidua de los locales de moda, en especial del San Remo y de la Cedar Tavern. Parece que la chica era una de las más llamativas de esos antros: llevaba siempre unos vestidos exóticos, estilo gitana, y devoraba con su profunda mirada a los hombres. Ya por entonces sentía el ansia de sentir, de experimentar, y el sexo era su más poderosa arma.

Presentemos ahora al alcahuete, el que era amigo de Norman y de Adele, Dan Wolf. Poco sé de él, salvo que era un estudiante de la New School (for Social Research), la prestigiosa institución privada fundada en 1919 en el Village y famosa por sus planteamientos progresistas y rupturistas. También era (o pretendía ser) escritor y admiraba a Jean Malaquais, a quien Mailer había conocido y tratado durante su estancia en París. Cuando el franco-polaco fue invitado a enseñar en la New School, Wolfe ayudó a Mailer a localizarlo (éste quería que le tradujese Los desnudos y los muertos al francés, como efectivamente hizo); probablemente por entonces se estrechara su amistad. De otra parte, Wolf era bastante amigo de otro estudiante de la New School, Ed Fancher, éste de psicología. Un día, años antes del episodio que voy a narrar, Adele se pasó a curiosear por la New School, con la idea de asistir a unas conferencias de Margaret Mead, ya por entonces en la cúspide de su celebridad. Además, según confiesa en sus memorias, iba con la intención de ligar y eso hizo, conociendo e impresionando a Fancher, con quien mantendría una relación más o menos irregular durante los siguientes años (también en esa época pasó por sus brazos un jovencito Jack Kerouak). En resumen, que Dan Wolf conocía a Mailer y a Adele, a ésta porque era la novieta de uno de sus mejores amigos.

Vamos ya a una noche de la primavera de 1951. Norman y Dan están en un apartamento de la calle 64, bebiendo y hablando de mujeres. Entonces Wolf se pone a hablar de su amiga Adele, la describe con todo detalle, con apasionado entusiasmo, tienes que conocerla, le dice, te va a encantar (ya lo había dejado con Fancher, hay que suponer). Están bastante entonados por el alcohol, claro, lo suficiente para que Dan la telefoneara aunque ya eran las dos de la madrugada. Adele dormía en su pequeño apartamento de la calle dieciséis, no es difícil imaginar la poca gracia que le haría la llamada. El amigo feo de su ex que con voz de borracho le pide que vaya a reunirse con él y otro amigo. Está a punto de mandarle a la mierda y colgar pero entonces escucha otra voz, Norman se ha puesto al aparato y la arrulla con palabras nuevas, despierta su curiosidad. Se ofrece a pagarle el taxi, por supuesto, pero la convence definitivamente con una cita de Scott Fitzgerald sobre la aventura que espera en la noche. Así que la muchacha se anima y al cabo de un rato está tocando el timbre. Ambos se atrajeron de inmediato; Adele quedó deslumbrada por la charla de Norman y por sus ojos azules, Norman impactado por la exótica belleza de Adele. Dan no tardaría nada en darse cuenta de que sobraba; supongo que se retiraría a un dormitorio de ese apartamento prestado por un amigo. Los dos tortolitos no durmieron en toda la noche, hablaron y follaron ininterrumpidamente. A la mañana siguiente, Wolf los encontró en la cocina, riendo felices y cómplices, encantados de haberse conocido, enamorados.

domingo, 19 de febrero de 2017

Laboratorio de nubes

Los canales de televisión con cobertura estatal contratan la publicidad regionalmente, de modo que mientras yo en Canarias me estoy tragando los anuncios con los que Antena 3, pongamos, interrumpe la película de la sobremesa, tú en Madrid estás viendo otros distintos (o, lo más probable, tanto tú como yo habremos aprovechado para hacer cualquier otra cosa). Supongo que en Madrid Danone insiste tanto como aquí en lo importante que es que el colesterol no pase de doscientos; pero seguro que allí no te lo dicen actores con marcado acento canario y con imágenes de ciudades y paisajes locales. Y no sólo no vemos los mismos anuncios sino que el tiempo con que nos bombardean en cada intermedio es distinto. Obviamente, algunos centros regionales no logran contratar tanta publicidad como otros o, al menos, no la suficiente para llenar ese lapso que siempre dura más de lo que prometen con sus “volvemos en seis minutos” (me he molestado en comprobarlo). Entonces, las emisoras locales, para esperar que en otras más boyantes acaben los spots que ellas no tienen, pasan clips documentales. Al menos, así ocurre por estos lares, y lo malo es que esos documentales no llegan a la decena, con lo cual te puedes imaginar que los tenemos ya vistos hasta el hastío, casi más que los anuncios porque éstos –me parece a mí– se renuevan con mayor frecuencia.

Los mini documentales a que me refiero son publicidad turística de las islas; ya sabes, imágenes de montes, playas, los barrios bonitos de las ciudades … Digo yo que, más que por las emisoras canarias, convendría que los pasaran otras porque, al fin y al cabo, quienes residimos en estas islas solemos de tanto en tanto ir saltando por el archipiélago. Pero, en fin, es lo que hay y ya me tiene muy aburrido. Y no porque sean malas filmaciones (nada del otro mundo pero correctas) sino porque la repetición excesiva cansa. Sin embargo, hace unos meses empezaron con un documental asombroso, de una calidad fotográfica espectacular, de una belleza que te deja sin palabras. Lamentablemente, a diferencia de los clips típicos, esta maravilla la proyectan poquísimo. Me estoy refiriendo a un video promocional que se titula Teide Laboratorio de Nubes, elaborado por el astrofotógrafo Daniel López en colaboración con la AEMET de Izaña y la empresa Teleférico del Teide. Por lo visto, con cámaras fijas disparando con bastante tiempo de exposición y en altísima resolución (4K) a fin de capturar diferentes fenómenos atmosféricos, de los que resaltan sobre todo las nubes. En el montaje se van enlazando imágenes de modo que los cambios del paisaje se suceden a mucha más velocidad que la real con resultados impresionantes. Recomiendo que lo veas a pantalla completa y con el volumen alto. Ya me dirás si no te parece magnífico.



Después de ver el video unas cuantas veces he buscado información de este Daniel López. Por lo visto estudió ingeniería pero desde siempre lo que le entusiasmaba era mirar y fotografiar el cielo. Debió de llamar la atención porque el Instituto Astrofísico de Canarias lo contrató hará diez años, y hasta aquí se vino desde Sevilla. Tiene una web denominada El Cielo de Canarias en la que publica fotografías y timelapses, que es como parece que se llama a estos videos con montajes de miles de fotografías para dar la sensación de “cámara rápida”. El tío es bueno, desde luego, tanto que más de una vez la NASA ha seleccionado alguna foto suya como “astronomy picture of the day”, como la que cierra este post: la Vía Láctea en impresionante arco sobre el pico del Teide y a la izquierda el Roque Cinchado o árbol de piedra, de los viejos billetes de mil pesetas.

miércoles, 15 de febrero de 2017

El primer horario de verano y el tren a Francia

En junio de 1916, el gobierno francés acordó adoptar el horario de verano. Dos meses antes lo había hecho Alemania con sus aliados y las zonas ocupadas. La idea era vieja –se atribuye a un constructor inglés, William Willett, quien la propuso en un folleto publicado en 1907– y tenía por objeto aprovechar más la luz solar y ahorrar energía. Pero no terminaba de convencer hasta que la dureza de la Gran Guerra animó a los contendientes a imponerla con la esperanza de ahorrar carbón.

El miércoles 14 de ese mes de junio de 1916 hubo sesión en el Senado español, con la asistencia a la misma del gobierno, presidido por el Conde de Romanones. Eran casi las cuatro de la tarde cuando se le concedió el primer turno de intervenciones a Don Federico (o Frederic) Rahola Tremols 1858 – 1919), portavoz de la Lliga Regionalista de Cambó y elegido por Gerona. Este Rahola –jurista, economista, escritor y político– fue un tipo muy activo durante toda su vida y de los que, frente al desánimo de tantos noventaochistas, reaccionó frente al Desastre propiciando la recuperación de las relaciones económicas de España (y especialmente de Cataluña) con los países americanos. Un tipo interesante aunque hoy haya caído en el olvido.

Pero vuelvo a esa tarde senatorial y leo la intervención de Don Federico, casi como si la escuchara, con fuerte acento catalán. Se dirige a Romanones “porque quiere llamar su atención sobre un hecho de suma trascendencia en nuestra vida internacional”. Le preocupa al bueno de Rahola el desbarajuste que se iba a producir en el enlace entre los ferrocarriles españoles y franceses, que estaba combinado según el horario antiguo. Y explica que “a la vuelta, nuestros trenes no lucharán con dificultad alguna, puesto que llegarán los trenes franceses a la frontera una hora antes y la única molestia que sufrirán los viajeros será la de esperar una hora a que salga el tren español; pero en cambio los viajeros de los trenes españoles se encontrarán con que llegarán a la frontera una hora después, y por tanto, cuando hayan ya salido los trenes franceses”. Añadía además otros inconvenientes que iba a suponer la descoordinación horaria con los vecinos del Norte e insinuaba, si bien reclamando que se dieran todos tiempo para meditarlo, que España siguiera el ejemplo de esos países que habían adoptado el cambio horario estacional.

El Presidente del Consejo, muy educadamente (la cortesía parlamentaria hace cien años era muy distinta de la actual) contesta al senador catalán que es en efecto un asunto interesante y de suma importancia económica, y que el Gobierno ya estaba pensando sobre ello. Adelanta además que “quizá no tengamos más remedio que llegar a la hora que los otros pueblos adoptan”, lo cual, dice, da lugar a graves perjuicios pero las ventajas son mayores que los inconvenientes. España, en efecto, adoptaría el horario de verano pero ciertamente se tomaron su tiempo para meditar sobre el asunto, ya que fue por Real Decreto de 3 de abril de 1918 (¡dos años después!), con el argumento de la escasez de carbón producida por la guerra y también para armonizar el horario con los países vecinos. No obstante, el horario de verano se suprimió en 1920, se volvió a introducir durante la Dictadura de Primo, y con la República se quitó de nuevo, aunque luego, durante la Guerra hubo varios vaivenes de cambios horarios distintos en cada bando (la contienda acabó a la vez pero a horas distintas para los franquistas y los republicanos).

En fin, tampoco voy a extenderme ahora sobre los líos de los cambios horarios (luego vendría el peor que sigue vigente, que es el de asignar a España el huso horario de la Europa Central). Si he escrito este post es porque, buscando otra cosa, me topé con la intervención de Rahola y me hizo gracia. Es curioso que, al producirse por primera vez un desajuste en los horarios oficiales a ambos lados de la frontera, el senador catalán se preocupara por sus afecciones a los enlaces ferroviarios. Y es que, fue la implantación y desarrollo de los ferrocarriles lo que obligó a uniformizar, al menos en el interior de un país, los horarios. Hasta entonces, cada pueblo tenía su propia hora, más o menos ajustada al sol, de modo que cuando eran las seis de la tarde en Almería en Vigo probablemente el reloj del Ayuntamiento marcaría las cinco. Me quedo con ganas de saber si ese 14 de junio, los viajeros que iban desde Madrid a París se encontrarían al llegar a Irún que el tren francés ya no estaba. Quiero suponer que no, que les esperaría.

domingo, 12 de febrero de 2017

Sigo con la casa Guzmán

Fotografía de Werk, Bauen & Wohnen (mayo 1997)
En 1997, Enrique Guzmán, propietario de la casa recientemente demolida, escribió un artículo sobre Alejandro de la Sota para el número de mayo de la revista suiza de arquitectura y construcción Werk, Bauen & Wohnen. Transcribo a continuación unos párrafos sobre el encargo y construcción de esa casa:

En 1969 compré una parcela en una urbanización cercana a Madrid, Ciudad Santo Domingo, para construir en ella mi casa. Mantuve con De la Sota muchos cambios de impresiones sobre la futura vivienda, a través de los cuales dedujo que mi concepto de casa era “un refugio para defenderse de las condiciones climatológicas y que permitiera vivir en el más estrecho contacto posible con la naturaleza”. Cuando todavía estaba yo considerando el momento adecuado para iniciar el proyecto, mi amigo Alejandro nos sorprendió a mi mujer y a mí con el proyecto, ya casi terminado, de una vivienda para ser construida en la citada parcela. Era un proyecto muy original y de singular belleza que cumplía plenamente con el concepto de vivienda antes expresado. Constaba de dos partes, un cubo de cristal elevado y una parte subterránea, unidas ambas por un cilindro donde se alojaba la escalera y un ascensor. La parte subterránea contenía los dormitorios con miradores hacia el valle, aprovechando el fuerte desnivel que, pro el lado oriental, tiene la parcela. La parte superior contenía la zona de salones, comedor, etc … El alto coste de climatización del cubo superior, habida cuenta del clima extremo de Madrid y de mis pocos recursos económicos, aconsejaron hacer otro proyecto más asequible.

Este segundo proyecto, en cierto modo más convencional, adoptaba unas soluciones tan avanzadas técnicamente que, de nuevo por razones económicas, tuvimos que desistir de él. Alejandro nos llevó a mi mujer y a mí a visitar la casa del guarda del Colegio Mayor “César Carlos” que entonces estaba terminando, y nos sugirió hacer algo parecido. Aquello estaba más en consonancia con nuestros medios y aceptamos la sugerencia. Por ello, debo considerar la vivienda del guarda del “César Carlos” como la madre de la mía. Alejandro realizó el nuevo proyecto adaptándolo a la parcela y empezó la construcción en 1971. A partir de ese momento actuó como el “seductor dictatorial” que antes he descrito. No permitió la menor intervención ni mía ni de mi mujer durante este periodo. Ello nos costó algunos disgustos amistosos con él. En su actitud de reverencia por la estética, hizo y deshizo varias partes de la vivienda para conseguir proporciones perfectas o mejorar lo que había concebido en el proyecto. Como consecuencia, el precio fue muy superior al previsto y el plazo mucho más largo, pero nos entregó una casa de gran belleza, en la que vivimos desde hace 23 años y cada vez nos gusta más y nos parece más agradable. Cualquier pequeña modificación que hacemos en ella la empeora estéticamente y es muy difícil concebir que pudiera ser distinta de lo que Alejandro concibió y realizó. A pesar de nuestras “peleas” durante la construcción, nuestra amistad se consolidó todavía más y se robusteció. Alejandro era un filósofo de la arquitectura y un poeta de su belleza. Persiguió la perfección con ahínco durante toda su vida. No transigió jamás con lo que pudiera perturbarla.

En junio de 2011, el arquitecto Andrés Martínez presentó su tesis doctoral en la Universidad Politècnica de Catalunya, titulada “El exterior como prolongación de la casa; los espacios intersticiales en clave tipológica a través de dos obras de Coderch y De la Sota". La obra que estudia de De la Sota es justamente la casa Guzmán. Martínez la visitó a finales de diciembre de 2009 y fue recibido por el propio Enrique Guzmán. Transcribo algunos textos de la tesis sobre las opiniones deGuzmán sobre su casa:

Al llegar, Enrique de Guzmán me recibe sentado en su salón, al que me ha hecho pasar una persona del servicio. Está también su mujer Maite, que no tiene reparo en derrochar elogios hacia la casa. … Guzmán muestra hoy con todo detalle, orgulloso y amable, su vivienda: recorremos primero el exterior, la piscina, la cornisa sobre el valle, los taludes artificiales; luego la sala, la cocina —en la que trabaja el matrimonio de servicio—, la biblioteca de la planta primera —hoy con las cortinas ocultando la vista— y la cubierta a que da acceso; de ésta bajamos de nuevo al jardín por una pequeña escalera metálica, y desde ahí se vuelve a entrar en la casa a través del porche, para visitar el pasillo de dormitorios, ahora desocupados, y la planta sótano: en ella hace tiempo que los Srs. Guzmán hacen gran parte de su vida; desde el sótano, y a través de una pequeña puerta de servicio, se vuelve a salir al exterior, a través de un patio inglés que de nuevo desemboca en el jardín. Es un tour que Guzmán trufa con muchos comentarios y anécdotas, algunos —que ya veremos— sobre cómo fue el encargo y la obra, y muchos —la mayoría— sobre cómo se ha ido desarrollando la vida de la familia durante los treintaisiete años ininterrumpidos en que han vivido la casa.
Lejos de degradarse, la obra ha adquirido solera y pátina, y da la impresión de que la vida familiar se ha desenvuelto en ella … como un guante: el jardín, por lo demás, la ha acabado engullendo casi por completo, y no sólo en las zonas de transición entre el exterior y el ámbito doméstico, sino también en algunas interiores, como en el salón, donde resulta difícil distinguir qué vegetación está dentro y cuál fuera. Sin duda, y de ello se queja Guzmán, algunas cosas han dejado de funcionar o se han deteriorado; … la cubierta vegetal, por su lado, la sustituyeron los propietarios bastante pronto por otra solución más estándar de cubierta invertida, que entendieron que acabaría siendo más segura frente a los problemas de filtraciones de aguas que habían aparecido. Aunque sí hay un cambio sustancial … no deriva de un fallo, tampoco del deterioro por el paso del tiempo, sino del aludido acomodo del edificio a los cambios del formato familiar.

De los dos textos transcritos se desprende que Enrique Guzmán –y su mujer, Teresa Sagarminaga– amaban la casa en que vivían. También queda bastante claro que eran conscientes de que vivian en una obra maestra de la arquitectura contemporánea. A lo largo de muchos años de trato y amistad, Guzmán se habría convencido de que De la Sota era un arquitecto especial, un artista. A ello, además del reconocimiento profesional generalizado, contribuyó seguramente la propia actitud de aquél, convencido sin duda de su propia genialidad (esa tendencia a la soberbia tan habitual en nuestro oficio): lo que Guzmán denomina elegantemente “seducción dictatorial” y que podría calificarse con palabras más duras. De modo que se me ocurre que ese amor a la vivienda, sin dejar de serlo, estaba demasiado condimentado de respeto a su condición de obra de autor, artística. Y tal vez tan grande respeto limitara el amor (por más que lo callaran), sin llegar nunca a ser completo, quizá porque la casa no se sentía del todo propia. Algo así como el amor a un padre severo, a quien se respeta tanto que el amor se constriñe, no es capaz de liberarse. Prueba esta relación de amor respetuoso que los Guzmán mantenían hacia la casa cómo llevaron a cabo la reforma que a finales de los años ochenta exigió la evolución de la familia. Los hijos habían crecido y ocupaban con sus amigos y fiestas el salón principal de la casa y su porción de jardín, de modo que el matrimonio decidió acondicionar como su espacio privativo la planta inferior. Para hacer la reforma no llaman a De la Sota, sino a Víctor López Cotelo, a quien habían conocido durante la construcción de la vivienda porque durante los setenta, recién acabada la carrera, había trabajado en el estudio de aquél. Para esas fechas –1989– López Cotelo ya tenía prestigio propio y merecido (que seguiría creciendo) pero, para aceptar el encargo, puso una condición: que Don Alejandro no se enterara nunca de que habían alterado su obra. Sobra decir que los Guzmán aceptaron; es más, estoy convencido de que los dueños le dirían que, si el arquitecto no lo hubiera pedido, habrían sido ellos quienes exigieran el pacto de silencio. En todo caso, este acuerdo deja claro que la amistad entre el respetado arquitecto y su cliente no era tan estrecha como para que el primero los visitara en su casa.

Enrique de Guzmán Ozámiz, nacido en Cartagena en 1930, era ingeniero aeronáutico, número uno de la primera promoción tras volver a ser una carrera civil, según leo en una entrevista que le hicieron en la revista Aeronáuticos. Debió ser un tipo brillante: acabó la carrera (de las más duras) muy joven y enseguida empezó a trabajar, pasando por multitud de empresas y ocupando cargos de alto ejecutivo (entre ellos, director general de Construcciones Aeronáuticas, presidente ejecutivo de RENFE, subsecretario de Aviación Civil y presidente ejecutivo de Iberia). Corrió tanto profesionalmente que se jubiló muy pronto, en 1984, dedicándose entonces a negocios familiares y asesorías de distintas empresas. Así que cuando acomete la reforma de la vivienda (1989) ya llevaba un lustro retirado, pero los hijos aún vivían en la casa familiar. Tuvieron tres –Enrique, Luis y Miguel–; no sé sus edades pero aventuro que el mayor debe ser de finales de los sesenta. No encuentro nada de ellos en internet, salvo sus cargos directivos en la SICAV Agreda, fundada por su padre; ¿estudiaron carreras universitarias? Arquitectura seguro que no. Lo que sabemos porque él mismo lo ha declarado es que al mayor la casa no le gustaba, siempre le pareció un lugar triste, oscuro … “debo ser un inculto pero yo no le veía sentido”. María Teresa Sagarminaga, la madre, murió en agosto de 2013 y Enrique Guzmán, su viudo, no la sobrevivió ni siquiera un año: falleció en julio de 2015. Los herederos eran Enrique y Luis, porque Miguel, el menor ya no estaba vivo. Parece que fue Enrique el heredero, incluso dice que se planteó mudarse a vivir allí. Tengo el pálpito, en cambio, de que tenía claro que iba a desprenderse de la vivienda de sus padres, de maldita obra maestra de la arquitectura que su padre tenía la mala costumbre de dejar ver a estudiantes y curiosos.

Dice Enrique Guzmán Sagarminaga que puso a la venta la vivienda por un precio barato, algo menos de 600.000 euros (me quedé corto en mis cálculos del post anterior) y que la mantuvo un año y medio sin conseguir comprador. O sea, que la puso a la venta nada más morir su padre pero miente pues no pudo mantenerla ese plazo porque no le habría dado tiempo a demolerla y levantar el actual bodrio. Yo creo que, desde el principio, quería demolerla. Por supuesto no es más que una elucubración sin ningún fundamento, pero para mí que Enrique junior le tenía fobia a esa casa, ¿le habría ocurrido algo en su infancia relacionado con el inmueble o se trata de una venganza póstuma contra sus padres? No se me haga ni caso, no dejan de ser chorradas que se me ocurren pero lo cierto es que no se me va de la cabeza que en la decisión de derribar la Casa Guzmán había algo más que razones fríamente económicas, tengo la convicción que, por el contrario, había motivos psicológicos, pertenecientes a la historia emocional de este hombre. Una casa que es una obra maestra de la arquitectura pero no despierta el amor de un niño que se cría entre sus paredes. Generar amor a la arquitectura entre quienes la habitan, ¿habría de ser una condición intrínseca de la buena arquitectura?

jueves, 9 de febrero de 2017

Demoler arquitectura

Alejandro de la Sota (1913-1996) fue uno de los más relevantes arquitectos españoles del pasado siglo. Durante sus más de cuarenta años de actividad profesional dejó edificios de notable valor artístico, ejemplos consagrados de obras de arte, pese a lo atrevido que parece hoy en día aplicar este término a las producciones arquitectónicas. Uno de estos inmuebles era la casa Guzmán, vivienda unifamiliar que se ubicaba en la urbanización Santo Domingo del municipio madrileño de Algete. Fue diseñada en los años setenta y enseguida se convirtió en una de las mejores referencias de la arquitectura doméstica, asumido con orgullo por su propietario, Enrique Guzmán, quien con frecuencia dejaba que pasaran a conocerla los estudiantes de arquitectura. Pero ese señor se murió y su hijo y heredero, que también se llama Enrique Guzmán, pensaba que la casa era fría, triste y además muy cara de mantener. Así que, inmune a su calidad arquitectónica, decidió demolerla y construir en su lugar un verdadero bodrio, una mole de tres plantas, fachada blanca y tejado de zinc (está visto que el buen gusto no se hereda). La masacre ha saltado recientemente a los medios de comunicación (cuando ya el adefesio está prácticamente acabado) sin que, que yo sepa, nadie advirtiera del asunto cuando se planteó (en el momento en que el actual propietario solicitara licencia al Ayuntamiento de Algete). Consumado el arquitecticidio todos se echan la culpa, aunque también bastantes voces reclaman el sacrosanto derecho del propietario de demoler la vivienda que para eso era suya.

De "Casa Guzmán" a "Bodrio Guzmán"

Naturalmente, a mí me parece una barbaridad que el actual propietario de la casa haya demolido una magnífica arquitectura (que la haya sustituido por ese bodrio espantoso no es sino un agravante al crimen). Ahora bien, lo cierto es que habría sido muy fácil evitarlo, hubiese bastado con que el Ayuntamiento (o, en su defecto, la Comunidad de Madrid) incluyera esta edificación, junto con muchos otras excelentes muestras de arquitectura contemporánea, en un Catálogo de Protección. Pero, por lo visto, no era el caso y, por lo tanto, el dueño estaba legitimado para derribar su vivienda y el Ayuntamiento, si el proyecto del nuevo edificio cumplía la normativa municipal, estaba obligado a concederle la licencia de demolición y obra nueva. En su página web, la Fundación Alejandro de la Sota, a propósito de la desaparición de este inmueble dice: “es el concepto de lo mío es mío y hago con ello lo que quiero. En Arquitectura, a diferencia de otras Artes esto es lo normal. Nadie se imagina que un heredero pueda destruir un cuadro o una escultura, quemar el manuscrito de un escritor. Nadie lo puede imaginar y tendría enfrente, además del peso de la ley, el escándalo de la sociedad”. Comparto la idea de que las obras de arquitectura no se valoran como otros productos artísticos; es más, me atrevería a decir que a la generalidad de la población no se le ocurre considerar la arquitectura doméstica y no demasiado antigua como arte; la Catedral de Burgos, sí, pero ¿esa casa Guzmán? Entrar a discutir qué es arte es meterse en arenas movedizas, así que ni lo intento. Pero sí me gustaría apuntar que quizá los arquitectos deberíamos hacer no poca autocrítica, reconociendo la parte de culpa que hemos tenido en el desprestigio creciente de nuestra profesión y, como consecuencia, de la propia arquitectura.

Ahora bien, a partir de la anterior breve cita, me parece interesante que nos preguntamos por qué no nos imaginamos que un heredero pueda destruir un cuadro o una escultura. En realidad, lo que quiere decir el autor de la frase es que ningún heredero destruiría una pintura o una escultura que estuvieran reconocidas como obras de arte, ya que es evidente que nadie se escandalizaría si decido romper la marina que pintó una tía abuela con más empeño que acierto o botar a la basura algún adefesio con ínfulas escultóricas. Pero el reconocimiento de un objeto singular (incluyendo un edificio) como obra de arte se hace a través de la pertinente declaración, catalogación o acto análogo de naturaleza legal, precisamente lo que no se ha hecho con la casa diseñada por De la Sota. Por eso no le cae el peso de la ley ni tampoco el escándalo de la sociedad (salvo del grupito de los que amamos la arquitectura). En otras palabras, cuando alguien derriba una obra de arquitectura de calidad ni le cae el peso de la ley ni provoca escándalo simplemente porque tal edificio no se reconoce ni legal ni socialmente como obra de arte.


Pero, no nos engañemos, la verdadera y última razón de fondo que explica que un heredero no destruya un Picasso y si un De la Sota es simplemente la económica. De lo que se deduce que, en la práctica, el valor artístico se traduce en incremento de precio. Imaginemos una sociedad culta, que valore la buena arquitectura. En tal utópico supuesto, ser propietario (o mero inquilino) de un chalet diseñado por Alejandro de la Sota estaría muy valorado. Supongamos, no lo sé seguro, que la casa tuviera 300 m2c (la superficie de la parcela sí la sé, unos 3.000 m2) y que el m2 se venda a 2.000 €. Teniendo en cuenta la depreciación por antigüedad, digamos que su precio de venta rondara los 400.000 €. El mamotreto que se ha construido fácilmente duplica la superficie construida por lo que el patrimonio de los herederos tras la demolición/obra nueva podría pasar a triplicarse; aún restando los costes de construcción (pongamos que entre 500 y 750.000 €), la operación sigue saliendo beneficiosa. Ahora imaginemos que el “valor artístico” se tradujera en doblar el precio unitario de venta (un factor ridículo comparado con la pintura, por ejemplo); entonces, a los herederos les saldría más ventajoso conservar la casa que demolerla. ¿Nos cuesta imaginarnos que el precio de un edificio dependa tanto de su valor artístico? Sí, claro que sí; en cambio, no nos escandalizamos de que eso ocurra en proporciones altísimas en la pintura o en la escultura. Conclusión: desde el punto de vista económico, la arquitectura no es arte; o dicho de otra forma: las consideraciones artísticas (salvo contadísimas excepciones) no influyen en la formación del precio de los inmuebles en el mercado inmobiliario.

Por tanto –y concluyo ya–, no disparemos contra los herederos porque simplemente han ejercido su derecho, derecho que, estoy seguro, la mayoría reclamaría para sí en caso de encontrarse en su situación. Mientras no estemos dispuestos a reconsiderar los límites de la propiedad privada (en este caso, de la propiedad inmobiliaria), si queremos preservar la arquitectura de calidad sólo tenemos una herramienta: exijamos a los ayuntamientos o comunidades autónomas que cataloguen los edificios que lo merezcan. Y, además, abramos el debate sobre si el Estado (en sentido amplio) debe compensar económicamente la consiguiente limitación del derecho de propiedad que supone proteger un edificio. Mientras no abordemos a fondo estas cuestiones (y estoy convencido de que no hay ninguna voluntad de hacerlo), me parece un ejercicio de hipocresía patética quejarse por las barrabasadas demoledoras de los nuevos propietarios, por más que yo también lamente dolorosamente la pérdida de esa maravillosa casa (la visité en 1985, por cierto).

martes, 7 de febrero de 2017

Recogiendo los pedazos

  
For what it's worth - Buffalo Springfield (Buffalo Springfield, 1966)

Hubo una vez una banda llamada Buffalo Springfield. Seguro que a más de uno, a cualquiera con afición al rock, le suena. En esta ocasión no hablo de un grupo desconocido como el que protagonizó el post anterior, sino uno de los que, pese a su breve vida, merece un capítulo relevante en la historia de la música popular. Pero ahora no voy a centrarme en este primer esbozo de supergrupo, con tres estrellas de primer orden (o que, al menos, querían serlo) como Stephen Stills, Neil Young y Richie Furay (pero aprovecho para subir el tema más conocido de los BS). Lo que quiero contar es que se separaron de bastante mal rollo y probablemente el que peor lo llevó fueron Furay y Messina que, ya disuelto el grupo, recopilaron grabaciones descartadas para publicar el que quedó con tercer álbum de estudio (Las Time Around), publicado en julio de 1968. Es el año mágico, están en Los Ángeles, que borbotea de psicodelia y hipismo. Mientras Stills empezaba a coquetear con Crosby (despedido de The Byrds) y desde Inglaterra aparecía Nash para formar el famoso trío, Richie y Jim decidieron que también ellos tenían que crear su propia banda, y sumaron a otro Young (pero este se llamaba Rusty), al batería George Grantham y al bajista Randy Meisner (al que en pocos meses sustituiría Timothy B. Schmit, como ya conté en el post anterior). Ya tenían grupo al que bautizaron con el modesto nombre de Poco; debutaron en el Troubador de LA en noviembre de ese año mítico. La primera canción que grabaron, composición de Furay, se tituló Pickin’ un the pieces (recogiendo los pedazos). No tuvo demasiado éxito comercial pero se la considera la que inauguró un nuevo sub-género musical: el country rock (por supuesto, no deja de ser una opinión más que discutible; yo, por ejemplo, diría que ya Bob Dylan alumbró el country rock en John Wesley Harding el año anterior, pero no entremos en discusiones estériles).

  
Pickin' up the pieces - Poco (Pickin' Up the Pieces, 1969)

En algún lado leí que el título de la canción aludía a la disolución de Buffalo Springfield: o sea, que Furay y Messina, los dos supervivientes de la banda, recogían los pedazos de ésta para formar Poco y dar continuidad al proyecto original. Bueno, lo mismo podrían haber dicho Stills o Neil Young y, en todo caso, la letra no da muchas pistas al respecto: es un mensaje optimista en el que no queda muy claro de qué son los pedazos o las piezas que “tú y yo” vamos a recoger. Pero si traigo este tema a colación es porque, como ya dije, con motivo de mi investigación sobre Redwing me conseguí el único álbum publicado por el grupo Glad el antecesor de la banda de Sacramento. Pues bien, en ese disco (Feelin’ Glad) hay un tema que se titula justamente Pickin’ up the pieces, compuesto por Ron Floegel también en 1968, pero unos meses antes. Esta canción de Glad nada tiene que ver, ni en la música ni en la letra, con la de Poco, pero me llamó la atención que con tan poca diferencia de tiempo y de distancia espacial se parieran dos tema con idéntico título. A raíz de esto se me ocurrió preguntarme si habría más repeticiones. Al fin y al cabo, pese a mi inicial extrañeza, eso de “recogiendo los pedazos” parece muy apropiado para encabezar una canción: enseguida uno piensa que se trata de los trocitos del corazón roto por el desamor, uno de los asuntos más manoseados en la música popular (me rompiste el corazón y ahora estoy recogiendo los pedazos). Aunque, la verdad, ninguna de estas dos canciones va por ahí.

  
Pickin' up the pieces - Glad (Feelin' Glad, 1968)

Hoy en día es posible saber en poco tiempo cuántas y cuáles canciones se han publicado con un determinado título: basta consultar cualquier web de internet apoyada en la correspondiente base de datos (hay tantas que sería absurdo mencionar ninguna). Es más, también es posible escuchar inmediatamente casi cualquier canción que se haya publicado, a través de los servidores de música. Este fin de semana hice la prueba con Spotify, probablemente el más popular en la actualidad. Aluciné con los resultados: tras teclear tanto pickin’ up the pieces como picking up the pieces encontré aproximadamente ciento cincuenta, quizá alguna más. ¡¡¡ 150 canciones distintas tituladas Pickin’ up the pieces !!! Me pareció –y me lo sigue pareciendo– alucinante. ¿Qué pasa, que todo cantante en inglés se siente en la obligación de contar con un “recogiendo los pedazos” en su repertorio? Y me seguí preguntando: ¿es éste un caso anómalo o podría encontrar muchísimos títulos que se repiten tantas veces en canciones distintas? Me cuesta creerlo; cinco o seis coincidencias es razonable pero 150 es una pasada absoluta. No obstante, propongo el juego de encontrar otros títulos de canciones que alcancen o siquiera se aproximen a éste que hoy traigo aquí; canciones distintas, eh, no valen versiones de la misma. Pues bien, después de la sorpresa tan inesperada me dije a mí mismo: dediquemos un tiempillo a escuchas todas estas picking up the pieces, que a lo mejor descubrimos algunas joyas ignoradas. Claro, la tontería exige una buena dedicación, en torno a diez horas. No lo conseguí, estuve a ratos durante las tardes del sábado y del domingo. Escuchaba un tema mientras buscaba en internet datos sobre el intérprete. Pero hacia la mitad de la lista me rendí; suficiente, en todo caso, para aumentar mi asombro.

Yo creía que tenía una aceptable cultura en lo que a la música cultural se refiere, pero resulta que de los más de 150 intérpretes que están en Spotify cantando alguna picking up the pieces, sólo conocía a los dos grupos que ya he citado (Glad y Poco). He de decir que la inmensa mayoría de ellos ni siquiera cuentan con página en Wikipedia que, a estas alturas, es lo mínimo exigible para ser alguien en el show-bussiness. Todos, sin embargo, tienen sus discos (a veces no es más que un single) en las tiendas de comercio electrónico. Y es que, en la actualidad, para ofrecer tu música ya ni siquiera hace falta que te comercialice una discográfica. Cuestión distinta es, claro, que cualquiera de estos muchísimos desconocidos logre ventas suficientes o que su popularidad supere el ámbito geográfico de su pueblo o de su barrio. Al final –no nos engañemos–, la fama como condición para el negocio musical (y otros) sigue contralada por las multinacionales, que son las que “imponen” lo que hay que escuchar, incluso haciendo que parezca que el éxito de algún recién llegado es debido a un espontáneo y viral “boca a boca”; para nada. Pero en fin, volviendo a mis descubrimientos, ¿alguno recomendable? Pues hay de todos los géneros y hasta de varias nacionalidades (predominan obviamente los anglosajones), entre ellos unos cuantos suecos, unos pocos menos noruegos y alguna polaca. Lo cierto es que varios temas me han resultado agradables, la mayoría me han dejado indiferentes y unos pocos (música rap, house o electrónica) me han parecido francamente repulsivos. Puestos a mencionar a alguien, me inclino por Paloma Faith, una británica treintañera (pero hija de padre español), que se dedica sobre todo al soul con composiciones propias. Empezó en 2009 y se hizo conocida por un marcado estilo excéntrico y retro, aunque la fama le llegó justamente con la publicación en 2011 del single con la canción a la que se dedica este post (compuesta por ella junto con Wayne Hector y Tim Powell). Por lo visto no ha llegado a los niveles de popularidad de la difunta Amy Winehouse ni tampoco de Adele, pero a lo mejor va a la par de Joss Stone, por ejemplo. En todo caso, ésta sí tiene página en la Wikipedia.

  
Picking up the pieces - Paloma Faith (Fall to Grace, 2012)

Una última curiosidad respecto a la abundancia de cancioncillas distintas con este mismo título es que todas son posteriores a la primera de los Glad (al menos, todas las que aparecen en Spotify). ¿Qué pasa? ¿Qué fue a partir de los setenta cuando a mogollón de músicos se les ocurrió que tenían que componer temitas sobre recoger los pedazos y antes a nadie? Lo dudo, digo yo que en las décadas anteriores, preñadísimas de canciones de amor y desamor, más de una debería haber llamada así; tal vez –no lo sé– Spotify no se va más atrás de los sesenta. Una de las que sí recoge es interpretada por Patti Page, una de las grandes estrellas del pop norteamericano de los 50; sin embargo, la canción que nos ocupa la grabó en el 69 o en el 70, después en todo caso de las de Glad y Poco. De hecho, el tema lo compuso Paul Anka y lo publicó en su LP de 1969, Goodbye my Love. Desde luego a Anka sí lo conocía pero llamativamente esta canción no está en Spotify (pero sí en Youtube, lo que me ha permitido escucharla, porque no la conocía). Y hasta aquí estas divagaciones a partir de una tontería que me llamó la atención y me llevó a entretenerme unas cuantas horas; qué manera de perder el tiempo, ¿verdad? Pero antes de acabar, de yapa, como se dice en Perú, un último dato inútil: resultaque también existe una película del año 2000 llamada Picking up the pieces, del mexicano Alfonso Aráu, y con un reparto muy atractivo encabezado por Woody Allen y con la participación de la espectacular italiana Maria Grazia Cuccinotta; una comedia esperpéntica que no la ponen mal algunas críticas: habré de verla.

jueves, 2 de febrero de 2017

Redwing

Timothy Bruce Schmit nació en Oakland, junto a la bahía de San Francisco, en 1947. Su padre, Danny Schmit era un violinista que tocaba en un trío llamado The Tune Mixers (algo así como “los mezcladores de melodías”, que parece sugerir eclecticismo a tope, téngase en cuenta que recién ha acabado la Segunda Guerra Mundial, los americanos querían divertirse) y estaba casi todo el tiempo de gira, con la familia a cuesta en una rulot, con base en Sacramento, la capital californiana, poco más de cien kilómetros hacia el interior. Cuando el crío no estaba dando tumbos por las carreteras del Estado, progresaba en sus aficiones artísticas (danza y música) y deportivas (gimnasia). Con tan solo quince añitos y dos coleguillas del insti (el Encina High School), Tom Phillips y Ron Floegal, formó su primer grupo, al que en un alarde de originalidad bautizaron como Tim, Tom & Ron. Era el año 62 y, como no podía ser de otra manera, se dedicaron a la música folk. No he escuchado ninguna grabación del grupito, ni siquiera ésas con el infame sonido de las cassettes portátiles de la época; pero he encontrado una foto de los tres críos (con un cuarto como acompañante ocasional), dispuestos de izquierda a derecha justo en el orden de sus nombres: qué tiernos ellos, los imagino con tantas ilusiones por llegar lejos.

Se lo tomaban en serio, lo de dedicarse a la música digo. De hecho, al año siguiente, puede que aburridos del folk, decidieron cambiar hacia la música surfera (los Beach Boys pegaban fuerte y eran paisanos) y ficharon a un batería, George Hullin. Ahora que eran cuatro y tenían nuevo estilo era obligado cambiar el nombre; eligieron The Contenders (los Contendientes), vaya usted a saber por qué. Y entonces, en febrero de 1964, los Beatles llegaron a Estados Unidos y el domingo 9, a las ocho de la noche, se emitió su primera actuación americana en el Show de Ed Sullivan. Tim quedó anonadado, como confesó años después en una entrevista: “Los Beatles subieron las apuestas en todos los niveles”. Unos meses después, en agosto, actuaron en San Francisco y allí estuvieron nuestros chicos. “No había ni una sola de las canciones de los Beatles que no me gustara; todas me parecían mucho más que alucinantes”, dijo también Timothy. Dado el impacto recibido, no es de extrañar que decidieran dar un nuevo giro a su carrera y volver a cambiar de nombre; el cuarteto pasó a llamarse The New Breed (vendría a ser “la nueva raza”), nombrecito algo ampuloso pero que declaraba a las claras su voluntad innovadora.



Modernizaron su imagen siguiendo la estética Beatle (o sea, se dejaron melenas) y, ya fuera del instituto, empezaron a buscarse la vida por los locales nocturnos de Sacramento. Los tíos no eran malos y en 1965 Diplomacy Records les publicó un sencillo, con un tema propio en la cara A (Green eyed woman) y en la B uno de Lennon y McCartney que los Beatles no habían grabado (I’m in love). El single tuvo un más que aceptable éxito local y sonó bastante en las emisoras del Norte de California. Animados, se pusieron a trabajar en la preparación de un álbum, además de ampliar su ámbito de influencia (hasta Los Ángeles) y cimentar una moderada fama con club de fans incluido. Finalmente grabaron un LP con 11 temas, la mayoría covers pero también algunas composiciones propias; sin embargo, problemas con la discográfica impidieron que el disco llegara a publicarse. En vez de desmoralizarse, montaron su propio sello, World United, y en el 66 publicaron un nuevo sencillo, dejándose llevar por la influencia psicodélica de sus ídolos. Luego otro single (éste de la discográfica de Hanna y Barnera, los de los dibujos animados) y en 1968 Terry Melcher, el productor de los Byrds, los ficha para su nueva discográfica, la independiente Equinox. Sería la excusa para finalizar la etapa Breed y volver a cambiarse el nombre. De ese primer grupo profesional, gracias a Youtube, he conseguido dos canciones para este post (el que canta es Timothy).


Los chicos pasaron a llamarse Glad (“alegre”, se ve que se sentían optimistas) y empezaron a pasar más tiempo en Los Ángeles, grabando en el verano del 68 un LP que se tituló Feelin’ Glad, también de marcada influencia Beatle y con la mayoría de las canciones compuestas por Floegel. El disco no era nada malo (me lo he conseguido con motivo de este post); sin embargo, nuestros amigos no quedaron satisfechos debido principalmente a los arreglos, demasiado recargados, que el productor hizo en la edición. Tampoco, todo hay que decirlo, se vendió bien. Con estas oscuras perspectivas se explica que Glad desapareciera poco después. Por otra parte, Timothy, que era sin duda el líder del grupo, se sentía cada vez más cómodo en la escena musical angelina, contactando de muy buen rollo con varios colegas de esos disparatados finales de la “década prodigiosa”; en cambio, los otros tres preferían volver al Norte, a su Sacramento donde ya contaban con público fiel. La muerte de Glad y, sobre todo, la separación de los tres amigos que lo eran desde la High School se pdoujo al año siguiente, en 1969, cuando Tim aceptó fichar como bajista en Poco, la banda que habían formado unos meses antes Richie Furay y Jim Messina tras la desaparición de Buffalo Springfield. A Schmit lo llamaron a raíz de la retirada de Randy Meisner del grupo después de la grabación del álbum de debut (Pickin’ up the pieces); esto no deja de tener su gracia porque en 1977 Schmit volvería a sustituir a Meisner, esta vez en The Eagles. Convendría hacer un diagrama en que se vieran los distintos grupos de los sesenta y primeros setenta señalando los movimientos de músicos de unos a otros. Pero, en fin, lo relevante es que Timothy deja a sus colegas y se integra en uno de los grupos que mucho contribuyó al apogeo del country rock, estilo en el que se sentiría cómodo y progresaría (nada menos que en los comercialísimos Eagles).

  
Silly girl - Glad (Feelin' Glad, 1968)

Así que Tom Phillips, Ron Floegal y George Hullin volvieron a Sacramento, ficharon un bajista, Andy Samuels (en realidad su instrumento era la guitarra pero se adaptó), y dieron de alta un nuevo grupo al que llamaron Redwing. A principios de 1971 publicaron su primer álbum, de título homónimo, al que siguieron cuatro más, el último en 1975. Para entonces los cuatro músicos habían perdido el entusiasmo y decidieron dar por cerrada la aventura. Durante ese primer lustro de los setenta alcanzaron una calidad aceptable, dedicados mayoritariamente al country rock. Sin embargo, su popularidad no traspasó los límites de Sacramento y el entorno más cercano, pese a que recibió entusiastas críticas, como ésta que he encontrado nada menos que de la revista Rolling Stone. Sus componentes, por lo que yo sé, dejaron el rock business, a diferencia del viejo amigo Timothy Schmit que ha tenido una larga carrera. Así que los discos de Redwing se convirtieron en reliquias, ejemplares raros en vinilo que nunca pasaron al CD (aunque sí se han digitalizado y distribuido a través de Internet). Lo cierto es que yo, hacia el 75 o el 76, tuve el LP primero de aquella banda –ése con los cuatro caretos a cual más singular e impactante– y lo escuché mucho y con mucho gusto, sin saber apenas nada de ellos. Hace unos meses lo descargué de Internet (junto con otros dos de la banda) y volvía a reencontrarme con sonidos de mi primera juventud. Y me picó la curiosidad por enterarme de quienes habían sido esos tipos; hoy, fiesta de la Patrona de Tenerife, he aprovechado para cubrir mínimamente esa carencia. De muestra ahí van dos temas del vinilo que poseí hace tanto tiempo que casi me parece otra vida: muy recomendable.

  
The underground railway - Redwing (Redwing, 1971)

  
I'm your lover man - Redwing (Redwing, 1971)

martes, 31 de enero de 2017

Presidenta

Hasta justo antes de navidades, el Gobierno de Canarias estaba formado por un pacto entre Coalición Canaria (CC) y el Partido Socialista Canario (PSC), de modo tal que la presidencia la ocupaba el que había sido candidato de CC, la vicepresidencia la cabeza de lista del PSC y las nueve consejerías se repartían entre ambos partidos. Pero la víspera de Nochebuena, Fernando Clavijo, el presidente, cesó a los cuatro socialistas de su gobierno, culminando varios meses de rumores, zancadillas internas y una creciente desconfianza entre los dos socios. Por supuesto, cada uno echa la culpa al otro, e incluso se arrojan imputaciones que afectan casi a la honorabilidad de las personas lo que, al margen de la veracidad o no de las mismas, no deja de ser de pésimo gusto (no parece de recibo que cuando sales del gobierno te pongas a contar lo que se dijo cuando eras miembro del mismo). En fin, lo cierto es que la crisis navideña no ha resuelto nada pues, al quedar Coalición Canaria en minoría, se multiplican las especulaciones sobre lo que ha de ocurrir a corto plazo: ¿habrá una moción de censura en la que se voten juntos PP y PSOE? ¿Entrará el PP en el gobierno de Clavijo para reforzarlo? ¿Logrará CC aguantar lo que resta de legislatura aprovechándose de la división entre el resto de fuerzas parlamentarias, que aunque parecen coincidir en su rechazo al actual gobierno son incapaces de ponerse de acuerdo para formar uno alternativo? En esas andamos por estas islas ultraperiféricas, leyendo o escuchando cada día un nuevo rumor que se vende como noticia segura que luego se diluye como un azucarillo. Ayer, por ejemplo, en la portada del periódico La Opinión de Tenerife venía entrecomillada la siguiente declaración de Patricia Hernández, quien ocupara la vicepresidencia: “Seré presidenta pronto”. Y claro, no pude evitar que el palabro me rayara la vista, que me saliera de sopetón el chiste fácil: “más valdría que antes que presidenta volvieras a ser estudianta”.


 Hace ya unos años circuló por Internet una pretendida carta de una profesora de instituto que, bajo el título “ignorantes e ignorantas”, denunciaba los errores gramaticales en el habla de quienes se esforzaban por ser políticamente correctos. Fundéu (Fundación del español urgente) publicó un artículo en 2011 en el que negaba la validez de los que calificaba argumentos pseudo-gramaticales de ese escrito (por ejemplo, que el participio activo del verbo ser fuera ente y que, por tanto, la terminación -nte denotara al ser) y concluía aseverando que “nada en la morfología histórica de nuestra lengua, ni en la de las lenguas de las que la nuestra procede, impide que las palabras que se forman con este componente tengan una forma para el género femenino”. Según Fundeu “para que una lengua tenga voces como presidenta, solo hacen falta dos cosas: que haya mujeres que presidan y que haya hablantes que quieran explícitamente expresar que las mujeres presiden”. Es verdad que el verbo ser no tiene nada que ver, pero sí que el sufijo -nte es el usado en español para construir a partir de la raíz verbal el que se denomina participio activo, forma que refiere quién (o qué) ejecuta la acción del verbo. Así, presidente es quien preside, y no hace falta que ponga más ejemplos porque es inmediato empezar a recitarlos de corrido. Pues bien, en la gran mayoría de los casos el sustantivo o adjetivo resultante es de género común, precisándose si la palabra es masculina o femenina mediante el artículo que la precede (el estudiante / la estudiante). Fundéu nos explica que en el latín lo que existía era el infijo <-nt- i=""> no el sufijo -nte, ya que las letras finales de la palabra variaban con el caso (declinaciones), género y número, lo que daba, para cada participio activo, un número potencial del 24 (6 casos x 2 géneros x 2 números) desinencias potenciales. No discuto que así pudiera ser en latín, pero eso no contradice que en el proceso de construcción de nuestro romance en estos adjetivos/sustantivos verbales no sólo se perdieran las declinaciones (como en el resto) sino también la diferenciación por género. De hecho, no hay más que remontarse a textos suficientemente antiguos para comprobar que en los participios activos la desinencia era siempre constante en el género común, es decir, siempre en -nte, nunca en -nta.

Ahora bien, aunque esté convencido de que en su origen el participio verbal valía indistintamente para ambos géneros, lo cierto es que desde hace ya siglos de algunos de ellos se segregó la forma femenina. He de reconocer que, cuando comprobé que presidenta aparece en el DRAE pensé que obedecía a una concesión (¿servil?) de la Academia a la corrección política, a las normas de estilo “no sexista”, en este caso. Sin embargo, para mi asombro y cura de humildad, tras la necesaria búsqueda descubro que el término en femenino aparece reconocido al menos desde la edición del Diccionario de 1803, e incluso encuentro en el Banco de Datos del CORDE ejemplos del uso en femenino desde finales del siglo XVI. Así que no, no puede sostenerse que estemos ante otro caso más de corrección política porque desde luego en esas épocas ya lejanas no creo que a los hablantes (y menos a los académicos) les preocupase el “maltrato lingüístico” de la mujer. De hecho, presidenta no es el único caso de feminización de un participio activo: sirvienta, dependienta, asistenta, regenta, gobernanta … Lo cual, aunque sigan siendo abrumadora mayoría los participios activos que no han engendrado forma femenina, confirma la afirmación de Fundéu de que para que una lengua feminice vocablos de género común basta con que los hablantes quieran explícitamente denotar que se están refiriendo a mujeres. Cabe contestar sin embargo que antes de la individualización del femenino no existía esa carencia, toda vez que se recurría al artículo si se quería especificar que se estaba hablando de una mujer, que de hecho es lo que se sigue haciendo con los participios activos que no se han desdoblado e incluso hasta con los que lo han hecho (la estudiante, desde luego, pero no creo que sea incorrecto o no lo era hasta hace poco, la presidente). Quizá, por tanto, el nacimiento de estos femeninos no obedezca tanto a la voluntad de los hablantes de especificar que son mujeres las que hacen la acción.

Si revisamos los diccionarios antiguos, veríamos que mayoritariamente estos femeninos tienen acepciones que configuran significados distintos al vocablo original. Si significan “la mujer que hace la acción” (que preside, que asiste, que sirve) es con connotaciones propias. Así, mientras assistente (Diccionario de Autoridades, 1726-1739) era quien asiste o está presente en algún acto o función (y desde luego podría ser hombre o mujer), assistenta era una mujer que trabajaba de criada, significado que ha llegado hasta nuestros días; es decir, la asistenta asiste, sí, pero es un asistir específico, distinto del genérico. Pero, en otros casos, la feminización del participio activo pierde incluso el significado original. Nos vale también el ejemplo de asistente que, en una acepción más específica que la genérica ya citada, significó primero el título de los corregidores de algunas ciudades y luego se extendió a diversos cargos (religiosos, militares, judiciales), desde luego con bastante más prestigio social que el oficio de asistenta. Pues bien, asistenta pasó a usarse para designar a la mujer del asistente, de la misma forma que generala, jueza o regenta (no olvidemos que en la famosa novela de Clarín, Ana Ozores no ocupaba el cargo de regenta sino que era la mujer del regente). En resumen, que me da la impresión que la feminización de algunos (no demasiados) participios activos no se produjo en español para designar que quien hacía la acción era una mujer, sino para dar un significado distinto (al menos no exactamente igual) al vocablo original. Una vez que se dispuso del término propio en femenino, también se usó con el mismo significado que el original cuando había la voluntad de especificar que quien ejercía la acción era una mujer (ya he dicho que hay ejemplos de presidenta con tal uso desde finales del XVI). Pero durante mucho tiempo esa acepción no era la principal, ni tampoco exclusiva. Quiero decir que el participio activo en -nte seguía manteniendo el género común y, por tanto, permitiendo su uso cuando las actuantes eran mujeres, como prueba que haya también hay abundantes ejemplos, probablemente más, de la presidente.

De modo que, creo yo, lo que puede haber ocurrido con los participios activos feminizados no ha sido, como dice Fundéu, que se ha creado el vocablo porque las mujeres han pasado a ejercer ciertos cargos o profesiones y, además, han querido explicitar que son ellas las que los ejercen, sino que, verificándose en efecto esas dos condiciones se ha cambiado la acepción de una forma femenina ya existente (porque no parece que se haya feminizado por estas causas –y recientemente, por tanto– ninguna de estas palabras; presidenta no, al menos). Lo cierto es que, al convertir en acepción predominante de presidenta la de “mujer que ocupa la presidencia” se produce el efecto de desplazar hasta casi la irrelevancia la que había dado origen a la feminización del participio activo, o sea, “mujer del presidente” (y lo mismo ocurre con todas las palabras de esa clase, como jueza, alcaldesa, generala, etc). Es decir, si hoy escuchamos presidenta a nadie se le ocurre pensar que nos referimos a la mujer del presidente; si queremos decir eso habremos de hacerlo con todas las palabras o recurrir a términos como primera dama, etc. Si mi conjetura es acertada, resultaría que la reciente feminización de estos participios activos (que ya estaban aceptados en femenino) no ha sido tanto explicitar que es una mujer la que ocupa el cargo sino más bien arramblar con una acepción en la que la mujer aparecía supeditada al varón (cuando lingüísticamente no se daba la situación simétrica). Intención feminista también, ciertamente, pero que no tengo reparos en compartir.

Porque la otra, que sería feminizar participios activos que hasta ahora no tienen forma femenina (ni masculina pues su género es común) para explicitar que quien ejerce la acción del verbo es mujer, lo siento pero me parece una estupidez. En primer lugar, no termino de entender por qué es más correcto (menos discriminatorio hacia las mujeres) dejar claro que quien ocupa el cargo es mujer cuando la palabra, como es el caso, tiene género común. ¿Porque si no lo especificáramos daríamos por sentado que se trata de un hombre? Pues errónea presunción que no demuestra sino la ignorancia de quien la hace. Pero, sobre todo, porque aún aceptando que se deba poder explicitar el género de quien hace la acción, esa posibilidad ya existe mediante el artículo que precede a cualquier participio activo. Y bueno, de momento parece que al menos en lo que se refiere a los participios activos esta razón basta ya que, que yo sepa, en las abundantes guías de estilo para escribir con “corrección de género” todavía no se reclaman nuevas feminizaciones; no parece que a corto plazo hayamos de escuchar agenta de policía o estudianta universitaria. Por último, he de suponer que, como consecuencia de la acepción dominante de presidenta, ya no procede decir la presidente. Bueno, a todo nos vamos acostumbrando y, la verdad, es que ya casi empieza a sonarnos hasta mal. En todo caso, lo cierto es que estaba equivocado en relación a presidenta: disculpa, Patricia.

domingo, 29 de enero de 2017

¿Deberían prohibirse las capillas en las universidades públicas?

Se trata ésta de una cuestión que salta al debate público con machacona frecuencia, disparada por cualquier incidente que, directa, indirecta o circunstancialmente, involucre religión (católica) y universidad. Por ejemplo –así enlazo con la larga serie de posts a propósito de Rita Maestre–, hubo muchos que pensaron que la performance de marras era contra la existencia de capillas en la universidad (y no, no tenía nada que ver con eso). Probablemente porque, inmediatamente después de la misma, se avivó la discusión, empezando por un “manifiesto por la laicidad en la universidad” firmado por 157 profesores en el que declaran que la “presencia de capillas y otros símbolos de poder religioso en las instituciones educativas públicas no responde a la satisfacción del derecho a la libertad de culto, sino a un privilegio de la Iglesia Católica que va siendo hora de superar en las universidades públicas”. Probablemente sea verdad que la Iglesia Católica mantiene aún privilegios en nuestra sociedad, pero a mi juicio, la discusión sobre la conveniencia de que haya espacios de culto (católicos o de otras confesiones) en la universidad poco tiene que ver con la denuncia de los privilegios de la Iglesia sino, justamente, con lo que niegan (aunque no justifican el porqué) los profesores que firmaron ese manifiesto: la satisfacción del derecho a la libertad de culto.

Lo primero que hay que dejar claro es que, en el marco legal vigente, que haya capillas en las universidades es absolutamente procedente. A estos efectos conviene recordar que el vigente II Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede sobre enseñanza y asuntos culturales establece en su artículo V que “el Estado garantiza que la Iglesia Católica pueda organizar cursos voluntarios de enseñanza y otras actividades religiosas en los Centros Universitarios públicos, utilizando los locales y medios de los mismos. La Jerarquía eclesiástica se pondrá de acuerdo con las autoridades de los Centros para el adecuado ejercicio de estas actividades en todos sus aspectos”. En base a esta Norma se explica que los rectores suscriban convenios con los respectivos obispados para dedicar locales de sus universidades a capillas, tal como hicieron en 1993 Gustavo Villapalos y Ángel Suquía, en el caso de la Complutense, por ejemplo, lo que explica la presencia en el campus de Somosaguas de la capilla que asaltaron Maestre & friends. Naturalmente, que la existencia de capillas en las universidades públicas sea completamente legal no resuelve el debate. De hecho, como ya comenté en un post de 2015 al que siguieron otros sobre el vigente Concordato, el PSOE (y también Podemos) proponen derogar y/o sustituirlo. Es decir, el ordenamiento jurídico que legitima las capillas en los recintos universitarios podría cambiarse e incluso promulgar una normativa que, por ejemplo, prohibiese los lugares de culto religioso en los centros docentes públicos (siempre y cuando ello no resultara inconstitucional), que es lo que reclaman no pocos.

Ahora bien, ¿por qué habría de prohibirse que en las universidades públicas haya locales en los que los creyentes puedan rezar, practicar sus ritos, meditar, etc? En una pintada de los días del incidente Maestre se leía: “no vengas a rezar a mi universidad y no iré a pensar a tu iglesia”; lo mismo que con menos gracia afirmaba Jesús Álvarez País, profesor de Prehistoria en laUCM, en un breve artículo publicado en El País el 17 de julio de 2014: Las universidades públicas son centros dedicados a la docencia y a la investigación, pero no al rezo. Cada día que pasa resulta más lamentable tener que traer a cuenta estas observaciones, pero no por dejar de ser obvias las cosas hay que dejar de decirlas”. En términos estrictamente lógicos, tal argumentación sería consistente si en los campus universitarios sólo hubiera locales destinados a la docencia y a la investigación (no es así); o también si ser creyente y/o practicar actividades de índole religioso, fuera incompatible con la cultura. Probablemente mucha gente piensa que el que Dios exista o que se preocupa de nosotros son falsedades completamente superadas por el progreso científico (con lo cual, convendría desde el Estado combatir esas creencias supersticiosas y, como primera medida, prohibir sus manifestaciones). Pero desde luego, no es así como se trata la religión en nuestro marco constitucional; ni siquiera (me atrevo a decir) sea ese planteamiento el mayoritario en nuestra sociedad. Más bien al contrario: consideramos qcomo uno de los derechos fundamentales de la persona la libertad religiosa y de culto. De todas formas, los argumentos citados, aún no siendo sólidos, pecan de una incongruencia añadida: si aceptáramos que en un centro dedicado a la docencia y a la investigación no deben haber locales dedicados a actividades religiosas, la prohibición consecuente no debería limitarse a las universidades públicas sino a todas. Pero no, las campañas contra la presencia de capillas van siempre enfocadas a la universidad pública.

Encuentro dos argumentos que esgrimen los detractores de las capillas en la universidad pública. El primero que el Estado debe ser “neutro” respecto de la religión y, por lo visto, que en los espacios públicos (como un campus) existan templos equivale a mostrar una inclinación positiva hacia la correspondiente confesión, incompatible con la obligada neutralidad. Pero tan público es un campus universitario (público) como las plazas de una ciudad en las que se permite que se erija una iglesia. Mas, sobre todo, esa neutralidad no implica a mi juicio prohibir las capillas, sino dar un trato igual a todas las religiones. Lo que, por cierto, viene a ser mucho más congruente con la exigencia del artículo 16.3 de la Constitución que ordena a los poderes públicos que tengan en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantengan las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones. Un segundo argumento es que en un Estado no confesional no debe financiarse con dinero público la dotación de servicios religiosos. Estoy de acuerdo, pero de ahí no deduzco que no pueda haber capillas en la universidad pública sino que éstas deben ser financiadas por la Iglesia Católica o por la confesión de que se trate; incluso que se les cobre el alquiler del correspondiente local.

En resumen, que no encuentro motivos sólidos para prohibir las capillas en las universidades públicas. Es más, creo que este planteamiento obedece más a un anticlericalismo militante que no conduce sino a exacerbar los ánimos, dificultando la convivencia pacífica (tarea a la que nos apasiona dedicar nuestros esfuerzos). Me parece que sería mucho más natural facilitar a cualquier religión que lo solicite el correspondiente espacio para ofrecer servicios religiosos, siempre que haya suficiente demanda de fieles. Normalizar el debate religioso en este punto (es decir, evitar el continuo recurso a la bronca) podría traducirse en tratar la dotación de servicios religiosos exactamente como la de cualesquiera otros servicios; dicho de otra manera, que la universidad facilite a la Iglesia Católica (o a cualquier otra confesión) un local con los mismos criterios con que lo alquila para instalar un bar, una papelería, una agencia bancaria, etc (que de todo eso hay dentro de un campus sin que nadie se escandalice).

viernes, 27 de enero de 2017

¿Jurisprudencia vinculante?

Puntualización de Vanbrugh al post anterior: “en el derecho español la jurisprudencia no es una fuente del derecho, como sí lo son la ley, la costumbre y los principios generales del derecho”. Para los que sepan poco de derecho (que es mi caso) o incluso le tengan manía, las fuentes del derecho son todas aquellas de las que nacen las normas, las reglas jurídicas que se aplican en un territorio. Lo que es importante resaltar es que en nuestro sistema jurídico sólo las fuentes del derecho tienen fuerza vinculante. Pues bien, hasta leer el comentario de Vanbrugh yo estaba convencido, como resultado de mis muchos años de trato con juristas en la Administración, que la jurisprudencia era una fuente del derecho español. Pues no, el artículo 1 del Código Civil deja claro que las fuentes del ordenamiento jurídico español son las tres que cita Vanbrugh. En el párrafo 6 de ese primer artículo se aclara que “la jurisprudencia complementará el ordenamiento jurídico con la doctrina que, de modo reiterado, establezca el Tribunal Supremo al interpretar y aplicar la ley, la costumbre y los principios generales del derecho”. Que esto sea así se lo debemos a los juristas de la Revolución Francesa que decidieron primar la Ley casi como única fuente normativa (un poco a regañadientes aceptaron la costumbre y esos abstractos principios generales, siempre supeditados ambos a las leyes) y se cargaron tanto la jurisprudencia como la doctrina. ¿Las razones? La principal, seguramente, de orden político: la eficacia de la Ley como instrumento del Estado para imponer su voluntad y ordenar la sociedad. Al mismo tiempo, se criticaron doctrina y jurisprudencia, la primera por la heterogeneidad en las opiniones de los juristas, la segunda por la arbitrariedad que se imputaba a los magistrados (se ve que la inquina de Vanbrugh hacia estos señores tiene ilustres antecedentes históricos).

Como es sabido, en el derecho anglosajón la cosa es sustancialmente diferente porque tanto la jurisprudencia como la doctrina son fuentes del derecho, del common law. Es más, puede afirmarse que el sistema anglosajón descansa mucho más en las sentencias de los Tribunales que en las mismas leyes. Así, se espera de los jueces que aclaren y acoten el alcance preciso de las leyes, algo que en el derecho continental heredero del francés está vetado. Y, claro está, las sentencias son tremendamente vinculantes; es lo que se llama la regla del precedente (rule of precedent que lleva al extremo de que algunos jueces (yo esto lo he leído de uno norteamericano) hayan dictado sentencias diciendo que no las consideran justas pero que vienen obligados porque así se lo exigen los precedentes. Los aficionados a las pelis judiciales de Hollywood se habrán dado cuenta de la importancia de la jurisprudencia cuando el abogado listillo saca a relucir lo que en una situación similar se dictó en un caso que nadie había tenido en cuenta. Así las cosas, ¿qué modelo es mejor, el continental o el anglosajón? Pues cada uno tiene sus ventajas e inconvenientes, pero ciertamente el nuestro resulta más rígido. Ahora bien, no deja de ser verdad que, a pesar de las relevantes diferencias teóricas, en la práctica se aprecia una tendencia a la convergencia. Quizá sea por la globalización y el dominio económico anglosajón, pero esa convergencia que apunto se refleja en nuestro ámbito, entre otras cosas, en el rol cada vez más importante que adquiere la jurisprudencia.

La jurisprudencia, en efecto, no es fuente del derecho, pero esta caracterización negativa parece más formal que real. No lo es porque, como ya he dicho, las que lo son se mencionan expresamente; pero lo cierto es que en el mismo primer artículo se señala que la jurisprudencia complementa el ordenamiento jurídico. Ahora bien, puede que la jurisprudencia no “produzca” normas, pero la interpretación de las misma puede tener tanta o más importancia práctica en la definición del ordenamiento jurídico que la labor legislativa (y no digamos si la comparamos con la costumbre, que será fuente pero su caudal actual es mínimo). Un criterio interpretativo mantenido de forma constante propicia que el propio ordenamiento jurídico se autoregule para adecuarse a la realidad de las cosas. Por eso muchos teóricos del derecho sostienen que, aunque la jurisprudencia no sea una fuente de Derecho en sentido formal, termina siéndolo en sentido material, al asignar a la ley su sentido y alcance práctico y concreto. Dice Vanbrugh: “la jurisprudencia no es vinculante directamente, y por tanto los "pobres magistrados" sí pueden apartarse de ella, sin que por ello su sentencia discrepante deje de ser válida. La discrepancia abriría tan solo la posibilidad de un recurso de casación”. En efecto, uno de los supuestos para que quepa el recurso de casación es que una sentencia se oponga a la doctrina jurisprudencial del Tribunal Supremo. Este hecho es bastante ilustrativo de la importancia de la jurisprudencia, de su carácter casi vinculante. Mucho y muy bien tendrá que argumentar su sentencia un magistrado para que, apartándose de la jurisprudencia, el mismo Tribunal que ha sentado ésta la cambie y admita el nuevo criterio. En teoría al menos, todo es posible.

No obstante, desde hace muchos años (encuentro una referencia a una sentencia del Supremo de 1891) los magistrados vienen resolviendo en el sentido de reforzar el la obligatoriedad de la jurisprudencia. Así, causó un explicable revuelo en los medios jurídicos la STS del 11 de diciembre de 2001 que, resolviendo un recurso de casación, confirmaba la condena por prevaricación dolosa a un juez de la Audiencia Provincial de Barcelona cuyo fallo se apartaba de la jurisprudencia constante del Tribunal Supremo. Es sabido que la prevaricación dolosa implica dos condiciones: dictar una resolución injusta y hacerlo a sabiendas. La sentencia del Supremo a que me refiero dice que la injusticia no depende de las convicciones del juez ya que éste “no puede erigirse en tribunal de la conciencia de la Ley … planteamiento incompatible con los postulados del Estado de Derecho”. La injusticia de una resolución debe establecerse objetivamente desde la perspectiva de la legalidad, cuando supone apartarse de los medios y métodos aceptables de interpretación del derecho. Ahora bien, los resultados materiales de la interpretación del ordenamiento se contienen justamente en la jurisprudencia, por lo que un juez cuyo fallo es contrario a un criterio jurisprudencial consolidado, como era el caso del condenado, está dictando una resolución injusta. Y, para rematar el argumento, como todo juez es un especialista en Derecho, lo hace “a sabiendas”.

Ciertamente, esta sentencia no se traduce matemáticamente en la prohibición a cualquier juez de separarse de las interpretaciones jurisprudenciales consolidadas. Téngase en cuenta que el artículo 117.1 de la Constitución establece que los jueces y magistrados están “sometidos únicamente al imperio de la ley”, lo cual parece incompatible con que las sentencias del Supremo les hayan de vincular. En efecto, la sentencia 37/2012 del Tribunal Constitucional deja claro que “incluso que los órganos judiciales de grado inferior no están necesariamente vinculados por la doctrina de los Tribunales superiores en grado, ni aun siquiera por la jurisprudencia del Tribunal Supremo, con la excepción, de la doctrina sentada en los recursos de casación en interés de ley”. Y añade que “la independencia judicial (art. 117.1 CE) permite que los órganos judiciales inferiores en grado discrepen, mediante un razonamiento fundado en Derecho, del criterio sostenido por Tribunales superiores e incluso de la jurisprudencia sentada por el Tribunal Supremo”. Pero, claro, ahí está la cuestión, en que la motivación de la sentencia discrepante cuente con un razonamiento suficientemente sólido. Si en el caso que se está juzgando hay sentado un criterio jurisprudencial, el magistrado discrepante debería desmontarlo detalladamente argumentando desde la Ley o desde la propia jurisprudencia. Un trabajo ímprobo para evitar que se le acuse de prevaricador. Así las cosas, parece muy poco probable que un juez se moleste en apartarse del criterio jurisprudencial. Así las cosas, la jurisprudencia no será formalmente fuente de derecho, ni vinculante para las decisiones judiciales, pero en la práctica es difícil negarle ese carácter. Quizá por ello el sumiso respeto a la jurisprudencia que he observado de siempre entre mis compañeros juristas y que me habían hecho formarme una idea errónea.