sábado, 11 de agosto de 2018

Etapa 5: Santa Úrsula - La Orotava

El día está muy nublado y la temperatura en torno a los veinte grados (¡y es agosto!), clima perfecto para caminar, así que salgo poco después de almorzar. Dejo el coche junto a la parada de guagua del jueves, en el Calvario de Santa Úrsula. Hoy llegaré a La Orotava, pero no quiero ir por la carretera general, sino subir a la parte alta y entrar a la Villa desde arriba. Así que, después de ver con agrado que el Cabildo está rehabilitando para equipamiento público una bonita casa verde que desde siempre me ha gustado, camino unos cuatrocientos metros hasta el inicio de la carretera nueva de La Corujera: venga, a gastar fuerzas cuesta arriba. Poco hay que reseñar en este tramo de kilómetros y medio y un desnivel de 150 metros: a mano derecha se ha desarrollado una urbanización de viviendas unifamiliares con calles sensiblemente horizontales que enlazan esta carretera con otro eje paralelo hacia el Suroeste (Camino Los Morales); hay también, en una curva del trazado, un parque público cuya frondosa vegetación le da un aspecto muy agradable. A partir justamente de ese parque, la carretera cambia su orientación y disminuye la pendiente, discurriendo casi paralela a la costa y, al estar mucho menos edificada, ofreciendo unas panorámicas magníficas hacia el mar. Paso por un centro sociosanitario municipal (debe ser un club de día para ancianos) y luego, tras una curva cerrada típica de carretera de montaña, me encuentro con un acceso a la calle Tamaide lo que, a costa de aumentar la pendiente, me permite acortar la distancia y salir directamente a la calle del Pino Alto, ya por encima de los 500 metros sobre el mar. La calle del Pino Alto sigue subiendo, sin que tampoco merezca regalarle elogio alguno: un paisaje muy bello estropeado por edificaciones de pésima calidad y gusto. Al cruzar el barranco del Pino se entra en el municipio de La Orotava y cambia el nombre de la vía para llamarse José Valladares Yumar. Este hombre sufrió en 1936 un juicio sumarísimo por hablar mal del ejército rebelde, aunque no he podido averiguar nada más sobre él. La calle sigue subiendo todavía un poco máshasta alcanzar la cumbre hacia donde nace la Cuesta Bacalao, en la que se erige la ermita de este núcleo de Pino Alto, una edificación reciente con frente a una espantosa plaza perimetrada con la horrible y omnipresente balaustrada blanca de hormigón. Llevo una hora caminando para recorrer poco más de tres kilómetros y medio, pero es que he subido 325 metros. Lo que me resta de ruta es prácticamente todo de bajada.


Una vez que se pasa el caserío y se despeja la vista de la ladera hacia el mar (más o menos en la confluencia con el callejón Los Dátiles) la calle Valladares Yumar se torna en un recorrido precioso, magnífico. Serpenteando en un acusado descenso, a mano izquierda se ve la falda empinada y arbolada y a mano derecha, protegida la marcha por un quitamiedos de poste cilíndrico de madera, se abre el Valle de La Orotava: los cultivos, el mar y, cómo no, la mancha de aceite de la edificación desparramada. Un recorrido del que disfruto durante algo más de un kilómetro (la parte última es casi llana, con los accesos a algunas fincas con casonas agrarias), felicitándome de haberlo descubierto, pues no recuerdo haber pasado nunca por aquí. Acaba este camino en una curva para cruzar el barranco de Los Barbuzanos y a partir de ahí, al entrar en el núcleo de La Florida, pasa a llamarse Camino de los Guanches. Paso este feo núcleo de población, cruzo en pronunciada curva el barranco de la Quiquira o de Los Frontones y llego a una glorieta donde el Camino de los Guanches desemboca en la carretera TF-21, que es la que va desde La Orotava al Teide. Durante 1.200 metros sigo esta carretera hasta llegar a otra glorieta donde empieza la TF-324 (carretera a Los Realejos). Los primeros 300 metros de esta carretera, con el nombre de avenida la Torrita, es una vía de borde urbano, pero al llegar a la calle León –y cambiar el nombre a calle Pescote– pasa a ser un eje que atraviesa la población, en concreto la parte del Centro Histórico que corresponde a la Villa de Arriba, un segundo núcleo que se desarrollaría durante el siglo XVII. Ya estoy en La Orotava, dentro del perímetro declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1976; un casco de altísimo valor patrimonial, de lo mejorcito que hay en Canarias.


Visitar el Centro Histórico de La Orotava con un mínimo detalle requiere echarle unas cuantas horas y no es éste el objeto de mi visita de hoy (aparte que lo tengo bastante pateado). No obstante, aprovechando que estoy aquí hago un recorrido zigzagueante para pasar por los principales hitos urbanos y arquitectónicos de esta preciosa ciudad. Empiezo así por la Iglesia de San Juan Bautista, que empezó siendo una ermita a principios del XVII para dar servicios de culto a los vecinos de esta Villa de Arriba y evitarles bajar hasta La Concepción. En 1681 se convirtió en parroquia y ya en el XVIII se empezó la construcción de la actual iglesia, cuyas obras, incluyendo ampliaciones y reformas, se prolongarían hasta el XIX. Es un templo de una sola nave con planta de cruz latina y un estilo de marcada influencia portuguesa. No es precisamente un monumento que me guste demasiado, pero no está mal como acceso al centro histórico. Justo pegada a la plaza de la Iglesia, frente a la misma calle San Juan, hay un coqueto jardín cercado al que le han bautizado como plaza (que no lo es) de Fernando Fuentes. No sé quién fue este señor, pero dentro del jardín, además de una fuente, hay una estatua de un señor con gafas y los brazos cruzados que resulta ser Rómulo Betancourt, el que fuera dos veces presidente de Venezuela (entre el 45 y el 48 y entre el 59 y el 64). En junio de 1981, solo tres meses antes de morir, Betancourt vino a La Orotava a conocer el pueblo natal de su padre, quien había emigrado a principios de siglo. Justo enfrente de la placita está la “Casa de la Cultura Rómulo Betancourt”, corroborando el homenaje de la ciudad a uno de sus “nietos” ilustres, que tal alto llegó en el país al que más estrechamente vinculados se sienten los tinerfeños.

Pero no bajo por la calle San Juan sino que vuelvo a Pescote para entrar, tres manzanas más adelante, por la calle Doctor Domingo González García. Esta calle es el eje principal de los molinos de agua de La Orotava; hubo trece de estas máquinas hidráulicas que aprovechaban la fuerza del agua proveniente de los manantiales de los altos Aguamansa, para diversas funciones, la principal la molienda del gofio. Mientras camino paso por delante de dos de los sobrevivientes, con sus características estructuras en arco (creo que son el octavo y el noveno, contando desde arriba). Un poco más abajo aparece la plaza de San Francisco, enfrente de la cual está el complejo de la Iglesia del mismo nombre con el Hospital de la Santísima Trinidad, hoy reconvertido en asilo y residencia de ancianos. El edificio fue construido en el siglo XIX sobre los restos del antiguo convento de San Lorenzo (conocido como el Escorial de Canarias por su monumentalidad), que fue destruido por un incendio. En su construcción se reutilizaron las partes salvadas de este incendio, como la portada barroca de cantería de la iglesia, la escalera de acceso a la zona de clausura o las galerías del patio interior.

Doblo a continuación por la calle Hermano Apolinar, que hace honor a un religioso nacido en Lorena que fue el primer Director del Colegio San Isidro de la Villa de La Orotava entre 1909 y 1937 (hay otro hermano Apolinar, también lasallista y contemporáneo de éste, pero de Alsacia, que emigrado a Colombia creó allí el Museo de Ciencias Naturales). Esta calle era el límite entre las dos Villas, la de Abajo y la de Arriba. Allí, en el número 8, está el Hotel Rural Victoria (que tenga la calificación de rural un inmueble innegablemente urbano es una muestra de la pésima clasificación turística que tenemos en Canarias), que es una casona que data cuando menos del XVII y que fue reformada en profundidad a mediados del XX en estilo neocanario. Pero voy a dejar de dar noticias de los inmuebles por los que voy pasando porque si sigo haciéndolo no acabaré nunca este post, de modo que me limitaré a dejar constancia del recorrido. Giro a la izquierda por la calle Nicolás de Ponte dejando a mi derecha los jardines de la Hijuela del Botánico, trasera del Ayuntamiento. Ahora entro por la calle Rodapalla, un callejón estrecho e irregular, adoquinado (un espacio urbano muy sugerente) que me lleva casi enfrente de la famosa Casa de los Balcones, construida por la familia Fonseca a principios del XVIII y que hoy es un centro de venta de artesanía.


Tomo la Carrera del Escultor Estévez, uno de los grandes del Neoclásico en Canarias (natural de La Orotava, claro, y autor de la imagen de la Virgen de la Candelaria que se exhibe en la Basílica del mismo nombre) y me detengo frente al imponente edificio del Ayuntamiento, construido sobre el solar del derruido convento de San José por los arquitectos Maffiotte y Manuel de Oraá a mediados del XIX; en tamaño y majestuosidad supera largamente cualquier otra casa consistorial de la Isla, incluyendo la de Santa Cruz. Doblo por la calle León y enseguida a la izquierda por San Agustín hasta salir a la plaza de la Constitución. Entro al edificio del Liceo Taoro (palacete que fue construido en 1925 para ser la vivienda de la familia Ascanio) y desde su terraza miro hacia los jardines del marquesado de la Quinta Roja, terrazas ascendentes que culminan en el mausoleo (con aire sezession vienesa) que mandó erigir la marquesa para albergar los restos de su hijo Diego de Ponte al que, por masón confeso, la Iglesia negó sepultura en sagrado. La esquina de la plaza la cierra el exconvento de los agustinos (hoy casa de la cultura) y la Iglesia (de San Agustín, obviamente), de fachada tardobarroca con elementos mudéjares. El kiosko central da a la plaza un simpático aire retro.


Bajo por la calle Calvario hasta la de San Sebastián, por la que giro para cambiar de rumbo por la de Juan Padrón; luego un tramito de Araujo para seguir por Ascanio, Tomás Zerolo y luego Inocencio García (me gustaría dar unas mínimas noticias de cada uno de estos personajes, pero quiero acabar de una vez el post). Esta última calle desemboca frente a la iglesia matriz de la Villa (de la de Abajo), que es la de La Concepción (como en La Laguna y en Santa Cruz). Este templo es el tercero que se erige en ese emplazamiento, inaugurado en 1788. En su diseño participó el arquitecto madrileño Ventura Rodríguez. Tiene tres naves y una de las portadas barrocas más interesantes de Canarias; también destaca una elegante cúpula sobre tambor ubicada en el crucero así como la curiosa torre con remate curvilíneo. Añadiré que es una de las iglesias preferidas para las bodas de las niñas bien tinerfeñas, aunque no sean de La Orotava (ya he asistido a algunas). Y visto este último monumento (así fue declarado en 1948) doy por cerrada la visita al Conjunto Histórico y bajo por la calle Cólogan hasta Sabino Berthelot; sigo por ésta y su prolongación, avenida de la Comunidad Iberoamericana (pasando por delante del Museo de Artesanía Iberoamericana que ocupa el antiguo convento de Santo Domingo, anexo a la iglesia del mismo nombre), que es el límite del casco con la urbanización del Mayorazgo, el ensanche residencial de finales del XX. Luego cojo la avenida Venezuela y enseguida hacia la izquierda por la de María Auxiliadora que me conduce hasta el Ramal, justo al lado del enlace con la autopista, donde espero la guagua. La etapa ha durado tres horas y media para un recorrido de 10.700 metros; la fuerte subida del primer tramo y el paseo turístico por La Orotava han bajado significativamente la velocidad media.


jueves, 9 de agosto de 2018

Etapa 4: La Matanza de Acentejo - Santa Úrsula

Aparco junto al Ayuntamiento de La Matanza y subo por la Av. Tinguaro hasta la Calle Real, el camino tradicional de medianías; es cuesta arriba pero no excesiva pendiente y sólo unos doscientos metros. Doblo a la derecha por la Calle Real, a cuyos bordes van disponiéndose anodinas viviendas de reciente construcción intercaladas entre grupos de edificaciones más antiguas con el cutre aspecto de estas medianías; lo único destacable, el Teide que se yergue enfrente. A unos quinientos metros me encuentro una glorieta en la que confluye con la carretera general del Norte. La sigo por un breve trecho hasta la calle Guía, por la que bajo hasta la de Acentejo. Sigo descendiendo por esta última y atravieso la autopista TF5 por un túnel; una vez al otro lado, cojo la vía de servicio en sentido suroeste, hacia La Victoria. A mi derecha ladera abancalada –antiguos cultivos en su mayoría abandonados–, lo acantilados y el mar. A i izquierda aparece una casona amarilla de origen claramente agrario que ha sido reconvertida en restaurante; justo al lado la desembocadura del barranco de Acentejo, que da nombre a los dos municipios cuyo límite define. En este barranco se libraron dos de las batallas fundamentales de la conquista castellana de la Isla. La primera, probablemente en mayo de 1494, fue en la parte alta; un ataque de los guanches que, a pedradas y bastonazos, derrotaron a los españoles causándoles fuertes pérdidas; de ahí que uno de los municipios se denomine La Matanza. La segunda, en diciembre de 1495, con mucha mejor organización de las tropas de Fernández de Lugo que aprovecharon sus ventajas “tecnológicas”, acabó con la derrota de los aborígenes y el sometimiento de final de la Isla. Eufórico, el Adelantado hizo construir una ermita en honor a Nuestra Señora de la Victoria que se convierte en el germen de la población de su mismo nombre. Paso el barranco, cruzo de nuevo la autopista (esta vez por encima) y me dispongo a entrar en el pueblo de la Victoria de Acentejo.

Nada más salir del nudo de la autopista empieza la calle Santo Domingo: a mano derecha está la zona recreativa del Palmeral, en la que un ruidoso grupo está de sobremesa. A la izquierda, un conjunto de tres viviendas rurales tradicionales que ha sido rehabilitadas por el Ayuntamiento para conformar el Museo Etnográfico que, cómo no, está cerrado. Vuelvo a la calle Santo Domingo y llego a la ermita y exconvento de ese Santo. El conjunto fue construido en la segunda mitad del XVII por don Pedro de Ponte y Molina, de la famosa familia genovesa que tan poderosa fue en la Isla. Que la ermita se pusiese bajo la advocación del santo burgalés se debe, según dicen las crónicas oficiales, a la devoción que hacia él sentía Ponte pero a mí me parece más probable que fuera para hacer la pelota a los dominicos que, desde el principio de la conquista, eran la orden de más influencia en el archipiélago. Lo que está claro es la propia casona solariega serviría después como parada y fonda de esos frailes en sus desplazamientos hacia las villas norteñas, La Orotava y, sobre todo, Garachico. Justo al lado, el Ayuntamiento ha hecho una plaza con equipamientos culturales que es un verdadero horror, otro ejemplo más de falta de sensibilidad estética. Retrocedo unos metros para subir por la calle Sanabria, una fortísima cuesta en dos tramos: 300 metros hasta la carretera general a más del 20% de pendiente y otros 100 metros hasta la calle Pérez Díaz con un poquito menos (pero solo un poquito) de inclinación. Llegó agotado, zigzagueando los últimos metros como los ciclistas en los puertos alpinos.


Estoy ya frente a la Iglesia, que se localiza en el mismo lugar donde el Adelantado erigió la ermita de la victoria e incluso, según dicen algunos, casi donde fue la batalla. En todo caso, si creemos las crónicas, aquí se celebró la primera misa, con tañer de campanas que se colgaron del pino que aún subsiste en la parte trasera del templo. Se empezó a construir la actual iglesia (que se llama de Nuestra Señora de la Encarnación y no de la Victoria, como creía) en 1537 pero, tras un incendió en 1589, se reconstruyó, mejoró y amplió hasta el siglo XVIII. Me senté delante de la fachada principal, a recobrar fuerzas y disfrutarla; hacía por lo menos veinticinco años que no venía por esta plaza y, la verdad, merece la pena, no está nada mal. Del interior del templo, aparte de las numerosas imágenes marianas, debe destacarse el excelente artesonado mudéjar. Sigo caminando por la cara Sur del templo y me encuentro con el cementerio, cuya entrada –primero una escalera coronada por dos cipreses y luego un pórtico de hormigón visto que deja ver una estructura metálica con claraboya– me llama la atención. Descubro que recientemente, para mejorar y ampliar la instalación, el Cabildo financió unas obras que, en lo fundamental, consistieron en techar los feos bloques de nichos. El resultado me sorprende muy agradablemente. Bajo de la plaza justo junto al Ayuntamiento del pueblo (una edificación reciente de “estilo canario”; esto es, ventanas de guillotina y balconada corrida de imitación). Camino por la calle Pérez Díaz en sentido contrario a la meta de esta etapa (es decir, hacia La Matanza) para llegarme hasta la ermita del Calvario. Se trata de una pequeña edificación con techo a dos aguas, espadaña, puerta central y dos ventanas, todos los vanos en arco de medio punto. No tiene demasiado valor (parece que sustituyó a un templo de estilo clásico) pero en este núcleo urbano cualquier cosita que no sea horrorosa se agradece.

Doblo a la derecha por la calle Los Cercados, otra cuesta empinada pero esta vez es un tramo corto (80 metros) porque se trata solo de llegar a la paralela por arriba, la calle Vista Alegre, para cambiar el sentido de la marcha. Recorro la calle Vista Alegre en toda su longitud (unos 500 metros) y, tras cruzar la del Pino, sigo por Horno de la Teja. Nada interesante que reseñar: se trata de calles mal urbanizadas y flanqueadas de edificaciones de mínima calidad constructiva y pésimo gusto. Baste como ejemplo la que acompaña este párrafo: planta baja revestida en cerámica brillante, puerta de garaje para dar acceso a lo que aquí se llama el “salón” (un espacio de mucha altura libre que vale para cualquier uso), puerta de acceso a la vivienda en madera con columnillas labradas y un tejadillo sobre el umbral; y lo mejor, sin duda, el audaz voladizo en zigzag diagonal de la planta alta, que se ha quedado sin revestir (práctica frecuente) aunque ya hayan puesto el banderín del bar. Pues eso, bebamos pepsicola a ver si adormecemos cualquier conato de sensibilidad estética. A continuación voy por la calle Arrayanero, otro medio kilómetro cuesta abajo, hasta desembocar en Domingo Salazar. Sigo por ésta hacia la izquierda que enseguida se convierte en Los Bajos y, tras algo menos de 300 metros, acabo en la carretera general. Otros 500 metros más y me sitúo en el puente de Alfonso XIII, conocido popularmente como el puente de Hierro, que cruza el barranco Hondo, que es el que separa los municipios de La Victoria y de Santa Úrsula. Según cuenta la web de La Victoria, este viaducto se ejecutó entre 1908 y 1909 con las entonces modernas técnicas del hormigón y el hierro. Un par de años antes, en marzo de 1906, Alfonso XIII había visitado Tenerife y los ayuntamientos de estos dos municipios, llevados de la mano por una niña vestida de ángel, demandaron al rey un puente que los uniera.


Cruzado Barranco Hondo ya estoy en el término municipal de Santa Úrsula, pero también en su núcleo urbano que, a su vez, no tiene solución de continuidad con el de La Victoria como se prolongará también hacia el vecino de La Orotava. Se trata de un poblamiento continuo, edificaciones adosadas frente a los escasos viarios, que en ciertas áreas se densifican dando origen a algo que tiende a ser, sin conseguirlo del todo, lo que llamamos malla urbana. En todo caso, en estos gradientes aleatorios de urbanidad, se aprecia enseguida que Santa Úrsula es menos rural que los dos municipios de Acentejo: una mayor calidad de la urbanización, predominio de las tipologías colectivas. Sin duda se debe a la influencia del turismo, irradiada desde el casi vecino Puerto de la Cruz; pero aun así el paisaje urbano es feo, carente de todo interés. A unos 600 metros del puente de Hierro nace una pequeña calle en pendiente descendente que se llama de La Vera. Bajo por ella hasta la calle Capitán, por la que doblo a la izquierda. Ahí, haciendo esquina, se alza la casa de la Vera o de los Capitanes. Se trata de una hacienda de campo construida en 1860 por Diego González Martín, capitán del destacamento militar, y tiene como singularidad más relevante que la fachada está decorada con un esgrafiado de gran detallismo, una técnica muy poco frecuente en la isla de Tenerife. Cabe destacar, además, la carpintería, tanto de las ventanas como del balcón. Ahora bien, pese a estar reconocida como uno de los inmuebles de mayor valor patrimonial del municipio, se encuentra en un lamentable estado de abandono.


La calle Capitán, muy cortita, desemboca en la Carretera Vieja, por la que camino algo más de trescientos metros para doblar a la derecha por la rambla del Doctor Pérez, así llamada (supongo) porque tiene una mínima mediana en la que han plantado unos todavía raquíticos árboles; tal vez pretendían emular en versión local la rambla santacrucera. El primer tramo, como no está edificado en su margen norte, permite una buena panorámica hacia el mar y, en primer plano, a un centro comercial de reciente implantación (Lidl). Esta calle remata contra el pequeño núcleo fundacional del pueblo: la plaza en torno a la cual se erige la Iglesia y, al otro lado, el Ayuntamiento viejo. Opto por bordear este conjunto por la calle Calvo Sotelo que, en su punto más bajo da acceso al cementerio municipal, que está cerrado. Luego, de subida, me detengo a ver el edificio viejo del Ayuntamiento que exhibe coronando su fachada el escudo en piedra del régimen anterior. Pero es que la plaza se llama del General Franco, así que por lo que se ve en Santa Úrsula no tienen demasiadas ganas de actualizar símbolos y callejero. La Iglesia y la plaza datan de finales del XVI, cuando el alcalde Alejo Pérez cedió los terrenos a condición de que el templo se advocara a Santa Úrsula, que era el nombre de su hija. Este de una sola nave en forma de cruz latina con capilla mayor y dos laterales, separados por arcos de cantería azul de Acentejo; la fachada es de piedra molinera, a excepción de la portada, y la parte superior de cantería más depurada y rematada en una cornisa pétrea a dos aguas y espadaña lateral. Una iglesia bastante más pequeña y discreta que la de La Victoria.

Aunque en principio había pensado hacer las etapas con los puntos inicial y final en los ayuntamientos, como todavía no ha anochecido y no estoy cansado, decido seguir la carretera general para acercarme al barrio del Calvario. En el camino antiguo del Calvario, a unos ochocientos metros de la iglesia parroquial, está la ermita de San Luis, de construcción simple y planta rectangular, con un arco de medio punto de cantería en la puerta de acceso, artesonado de madera cubierto con teja árabe y una espadaña con su campana en la izquierda de la fachada; fue erigida a finales del XVII. Al lado está la Casona de San Luis, una edificación de dos plantas, con grandes ventanales y tejado a cuatro aguas. Ha sido rehabilitada recientemente por el Cabildo y actualmente, se utiliza como equipamiento cultural del municipio. En estos días están en fiestas y en el pequeño auditorio del jardín va a haber en breve un concierto de música folklórica. Salgo del complejo a la carretera general hasta la parada de guagua. La etapa está cubierta, ha sido una longitud de 9,3 kilómetros, algo más de lo que ayer pensaba recorrer.


martes, 7 de agosto de 2018

Etapa 3: Tacoronte - La Matanza de Acentejo


Estoy de nuevo en la plaza del Cristo de Tacoronte, con la Iglesia del Santísimo Cristo de los Dolores enfrente y el Ayuntamiento (edificio de 1950 con posteriores ampliaciones y carente de interés), son las 6 de la tarde. Este templo forma parte de un conjunto conventual –el del Santo Cristo de Tacoronte de los Agustinos Calzados– que ocupa la manzana completa. El convento lo fundó en 1662 Tomás Pereira de Castro Ayala, uno de los más ilustres personajes de Tenerife en su época. Este Tomás era el hijo mayor del primer Pereira de Castro, también llamado Tomás y conocido como “el Viejo”, perteneciente a las nobles casas gallegas de Castro y de Pereira (la rama de Allariz, en la actual provincia de Orense) y que se asentó en la Isla hacia 1610, como Gobernador del Adelantamiento de las Canarias, destacándose en varias acciones militares (sobre todo contra la piratería extranjera) y alcanzando grandes honores y rentas (su casa solariega, en la calle lagunera de La Carrera, destacaba entre las más suntuosas). Siendo ya cuarentón casó en la parroquia de la Concepción con doña Bárbara Carrasco de Ayala, nieta de Guillén Peraza de Ayala, Conde de la Gomera. De modo que el segundo Tomás vino al mundo con todas las cartas a su favor y empeñado, como era normal en aquellos tiempos, en perdurar su nombre mediante grandes obras, entre ellas las de naturaleza religiosa como la fundación monástica tacorontera (había que ganarse el Cielo). La Iglesia es la construcción sobresaliente del complejo: la fachada principal, manierista, está labrada en su totalidad en piedra oscura; la planta es basilical, de tres naves divididas por columnas pseudodóricas enlazadas mediante arcos de medio punto. La obra principal, a cargo del maestro Domingo Rodríguez, data de 1664. En su interior hay no pocos objetos artísticos entre los que destaca de lejos la talla del Cristo de los Dolores, patrón del municipio. Esta escultura, atribuida al portugués Manuel Pereira (algunas fuentes asignan erróneamente su autoría a Domingo de la Rioja), fue traída a la Isla en 1661 pero, debido a las novedades iconográficas que suponía, la Inquisición no autorizó su exposición al público hasta el año siguiente. Desde entonces y hasta hoy es la segunda advocación de Cristo más venerada del archipiélago (después de la del Cristo de La Laguna).

Al abrir la puerta para salir de la iglesia, justo va a entrar una señora con una niña, así que me quedo sujetándola para dejarlas pasar; pero inmediatamente viene un hombre que también pasa, y luego otra persona, y otra y otra más. Y así, ininterrumpidamente una procesión de devotos ciudadanos que van entrando ordenadamente al templo viendo como lo más natural que yo les mantenga sujeta la puerta para dejarlos pasar; fueron por lo menos veintipico hasta que logré escabullirme con complejo de portero. Bordeo a continuación el antiguo convento, construido hacia mediados del siglo XVII. Es de planta cuadrada en torno a un patio central, alzado de dos pisos con gruesos muros encalados, y claustro interior de doble galería columnada en sus cuatro frentes. En 1837, como resultado de la desamortización, el edificio pasó a titularidad pública, convirtiéndose en Casa Consistorial; en la actualidad alberga la Casa de la Cultura del municipio. Doy la vuelta al complejo en el sentido contrario al reloj (pasaje de Antonio Abreu Expósito, carretera a Tejina y calle San Agustín) y me planto al inicio del precioso y estrecho callejón adoquinado José Izquierdo, quien fue, al principio del siglo XX, el fundador y primer director de la banda musical de Tacoronte, además de secretario del Ayuntamiento. Me quedo un rato mirando esta pequeña calle y preguntándome, como siempre hago cada vez que tropiezo con alguna que me gusta especialmente, cuáles son los elementos que la hacen tan bella. En este caso se trata de un viario en pendiente, de un solo tramo de algo más de trescientos metros de largo por algo menos de 6 de ancho; parece recta y de sección uniforme, pero no lo es: ligeros quiebros en su trazado con ensanchamientos y estrechamientos le confieren una dosificada irregularidad que contribuye a hacerla más armónica. La arquitectura –casonas tradicionales de dos o tres plantas– completa de forma muy correcta la tercera dimensión. Súmese el pavimento adoquinado y, sobre todo, la abundante vegetación tanto arbustos como árboles. En definitiva, una más para guardar en mi colección de calles, un catálogo que debería ser de frecuente consulta en mi oficio.

De la bonita calle José Rodríguez paso al parque municipal adyacente, conocido como Jardines de Hamilton. Fue una obra de principios de los dos mil, hecha por el Cabildo en el marco del programa Tenerife Verde (en el que algo participé), urbanizando y equipando el espacio vacante a ambos márgenes del barranco de Guayonge. El nombre obedece a que el actual parque se asienta sobre terrenos que fueron propiedad de los Hamilton, una familia de origen británico cuyo primer miembro, Lewis Gellie Hamilton, se asentó en la Isla a principios del XIX para fundar una saga empresarial de gran importancia en la historia económica de Tenerife. El parque, de casi una hectárea, es alargado, dividido longitudinalmente en dos sectores por el barranco. Se recuperó el bosque de laurisilva y, además, tiene una parte dedicada a la vid con paneles didácticos que explican las diversas variedades de este cultivo en Canarias (recuérdese que Tacoronte es municipio de orgullosa tradición vinatera). Salgo del parque por su extremo Norte (la parte más baja) y en esa acera de la calle del Calvario, a mano derecha, me encuentro con una casona en cuya fachada una placa informa que en ella vivió el pintor surrealista Óscar Domínguez. No es la casa natal (nació en la calle Herradores de La Laguna), sino en la que, con su padre y hermanas, pasaba los veranos antes de trasladarse a vivir a París en 1927. Ahora parece cerrada, con un cartel en una ventana dando cuenta de que tiene una licencia de obra menor (lo que sugiere que es privada y que el dueño la está arreglando).


Cruzo la calle y enfrente, en la esquina con La Herrería, está la Alhóndiga, edificio de piedra de composición austera que se construyó a finales del XVII como granero público en el que se almacenaban las contribuciones en trigo que hacían los vecinos para garantizar el bien común en tiempos de carestía. El Pósito se creó en 1618 y puede considerarse la primera institución comunal del pueblo, predecesora en cierto modo del ayuntamiento porque no sólo fue una entidad piadosa y de crédito sino que también cumplió funciones de administración pública, emitiendo órdenes para el buen gobierno. Parece que en la actualidad se destina a actividades culturales pero siempre que paso por delante del edificio lo veo cerrado. Vuelvo a cruzar la calle del Calvario para ver, precisamente, el Calvario, una placita murada en la que, protegida en una hornacina, se representa la última escena del Via Crucis: Cristo en la Cruz junto a San Juan, la Virgen y María Magdalena. Este Calvario data del XVIII y se localiza en el eje que tradicionalmente ha enlazado Tacoronte con La Laguna (la calle del Calvario hoy queda interrumpida en Los Naranjeros con el trazado de la autopista, pero supongo que en tiempos continuaría, más o menos, por el trazado de las calles Laurel, Piedra de Torres, Vereda del Medio y Alfredo Hernández Canino, para enlazar, cuando no estaba el Aeropuerto del Norte, con el camino de la Villa hasta llegar a la plaza de la Concepción). De modo que en esta placita, como en las otras que habría a lo largo del recorrido hacia la capital de la Isla, se detendrían los devotos caminantes para, arrodillados en el suelo de piedra y bajo la sombra de los pinos canarios, rezar unas oraciones. Yo, que voy en dirección contraria, no lo hago.


Sigo pues por la calle Calvario en sentido Oeste y a unos cuatrocientos metros, tras pasar el muro del cementerio municipal (está cerrado) llego al conjunto de la Iglesia de Santa Catalina y su entorno. Entro a la plaza por la parte trasera, de forma sensiblemente triangular delimitada por la calle El Durazno, el testero y fachada lateral del templo y “la Casona”, construida por Juan Pérez, párroco, para alojar en ella la capellanía. El inmueble es, desde luego, de gran tamaño (de ahí el nombre con que se la conoce) y bella factura de arquitectura rural tinerfeña, destacando la balconada corrida en madera de la planta principal. Según informa un panel de la oficina de turismo municipal, una vez que dejó de ser capellanía, la planta baja se dedicó al juzgado del pueblo, después pasó a manos privadas hasta que finalmente el Cabildo la adquirió. La Iglesia, que es la matriz de la localidad, se erige en donde estuvo la primitiva ermita de Santa Catalina, erigida en 1505 por Sebastián Machado, un portugués de Guimaraes, que fue el fundador del Tacoronte castellano. Es un templo de tres naves, con capilla mayor sobreelevada mediante un arco de medio punto en cantería apoyado sobre columnas adosadas de capitelesl jónicos. La fachada principal -Oeste- presenta dos contrafuertes que la dividen en tres paños, sendas portadas de medio punto en cantería se disponen en los paños extremos y sobre ellas ventanas acristaladas, mientras que en el central sólo se abre otra ventana semejante pero de mayores dimensiones. Los paramentos son de mampuesto revocado, destacando el balcón de madera de la sacristía en la fachada Norte, junto con otro de menores dimensiones que da entrada a la torre. La torre prismática se realza con sillares de cantería en sus aristas, así como los que remarcan los vanos. Como dice la declaración del inmueble como Bien de Interés Cultural (1986) constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura religiosa de la isla.


Dejada atrás Santa Catalina, puede decirse que acaba el área de interés del núcleo de Tacoronte. No así el suelo urbano, ya que este municipio se caracteriza por sus estructuras lineales, edificaciones compactadas al borde de las vías de comunicación, sin llegar a conformar una verdadera trama urbana. A partir de aquí, en dirección Oeste, la calle del Calvario pasa a llamarse de Las Toscas y discurre sin pena ni gloria (más bien pena, si juzgamos por las edificaciones que la flanquean) durante unos novecientos metros hasta llegar al barranco Martiño, límite con el vecino municipio de El Sauza, donde vuelve a llamarse del Calvario. Ese tramo sauzalero tampoco merece ninguna reseña pues sigue la misma tónica de una urbanización tirando a cutre y una arquitectura que más que fea es anodina. Otro kilómetro más de ruta poco gratificante y llego a la avenida Las Palmeras que puede considerarse el eje principal del pueblo. El mercado municipal y al lado un centro comercial, ejemplo urbanístico de convivencia armónica del terciario público y privado. Enseguida aparece una terraza mirado abierta hacia el mar, desde la que se disfruta de una fantástica panorámica sobre la costa de la Garañona, una playa inaccesible por tierra que forma parte del Paisaje Protegido de los Acantilados de Acentejo (cuyo plan de ordenación estamos elaborando en el Cabildo). Otros pasitos más y estoy ante el meollo cívico-religioso del Sauzal: el Ayuntamiento (con sus recientes dotaciones culturales anexas) en la parte alta y la Iglesia parroquial de San Pedro más abajo. El Ayuntamiento no vale gran cosa; mucho más interés tiene el complejo cultural (museo, auditorio, biblioteca, etc) diseñado por el estudio GPY en 2002.



La iglesia de San Pedro del Sauzal fue la cuarta iglesia que se erigió en Tenerife, después de las dos de La Concepción (La Laguna y Santa Cruz) y la de Santiago en Los Realejos; se empezó en 1515 aunque lo principal de su apariencia actual data de los siglos XVIII y XIX. Durante muchos años, al principio de la colonia, prevalecía sobre la de Santa Catalina, para indignación de los tacoronteros. Es un templo de planta en cruz latina , con la sacristía rectangular (pequeño cuerpo adosado con tejado a cuatro aguas). Sobre el crucero se alza la vistosa cúpula blanca, nota de originalidad en la arquitectura religiosa isleña. La fachada principal (Oeste) tiene una portada dintelada y un remate en forma de frontón de bordes curvos en cantería; por encima se dispone un lucernario orlado. La torre, del XVIII, es de planta cuadrangular, fuertes esquinazos de piedra negra y de cuatro niveles, cada uno con amplios huecos rectangulares; se remata en chapitel de madera con pináculo central y uno en cada esquina. Desde la plaza que hay frente a su portada se tienen unas magníficas vistas sobre el acantilado y el mar, al occidente. Son las siete y media de la tarde, el sol está bajo y semioculto en la niebla pero su estela brilla sobre el océano.


Enfilo la carretera de Los Ángeles, el eje a media ladera que sirvió de apoyo para las varias urbanizaciones de parcelas unifamiliares que se desarrollaron durante los setenta colgando de ella. Durante casi un kilómetro, la carretera es de pendiente descendente (en torno al 7%) hasta llegar al barranco Hoya de las Limeras. Justo antes de éste nace la desviación hacia la primera de estas urbanizaciones que se extienden hasta la cornisa de los acantilados, la de los Ángeles. Hoy no entro, pero informo de que, antes de llegar a los chalés, está la Ermita de los Ángeles, mandada construir por el propio Adelantado en 1505. Al cruzar el barranco –y empezar la cuesta arriba– el viario pasa a llamarse carretera de las Breñas, que dará acceso a cuatro urbanizaciones más (Primavera, El Puertito, Los Naranjos y Puntillo del Sol, ésta a caballo con el vecino municipio de La Matanza) y, además, a la estrecha y peligrosa bajada a la costa de Rojas, el único tramo accesible del litoral sauzalero. Me pongo pues a subir y, aunque la pendiente no es mucha (también en tono al 7%), la ausencia de arcén y la mucha longitud del tramo (kilómetro y medio) hacen el recorrido fatigoso. El paisaje, por otra parte, causa una impresión ambivalente: por un lado la potencia orográfica de la ladera, los acantilados y la recortada línea costera, la vegetación, hablan rotundamente de la belleza del lugar; por otro, el tapizado de chalés demuestra la poca sensibilidad de nuestra especie ante el territorio.


Pero la ambivalencia del Sauzal desaparece en La Matanza. Aquí la fealdad ya campa por sus fueros, desprovista de todo pudor o decoro. Para que no haya dudas, justo pasado el límite municipal se alza una espantosa edificación industrial (fábrica de aluminios) y un poco más allá una espantosa estructura de cuatro plantas sin acabar a excepción de la superior en la que funciona un restaurante (se llama “Buena Suerte”, que es la que tiene el propietario al haber eludido una merecidísima orden de demolición). Estoy a la altura del enlace de la TF-5; cruzo pues la autopista y subo para coger la carretera general del Norte que, a partir de aquí, discurre por las medianías y da la vuelta a la Isla hasta llegar a Taco, en Santa Cruz. El Ayuntamiento de la Matanza de Acentejo, fin de esta etapa, está sobre esta misma carretera a unos 1.700 metros. Así que los veinte minutos últimos de la ruta de hoy los hago “disfrutando” de uno de los mejores ejemplos de fealdad urbana de la Isla (la verdad es que los municipios que siguen de esta comarca de Acentejo responden al mismo patrón). Hacia las nueve menos cuarto, después de dos horas y media caminando, alcanzo la Casa Consistorial matancera, guardada por la estatua gigante de un guerrero guanche, me imagino que Acaymo, el último Mencey de Tacoronte que señoreaba estos parajes. Me tomo un cortado mientras espero la guagua. Hoy han sido ocho kilómetros setecientos metros, menos que la etapa segunda pero algo más que la que haré el jueves (mañana no puedo salir a caminar).

domingo, 5 de agosto de 2018

Etapa 2: Tegueste - Tacoronte

Me he despistado y salgo tarde de cada, lo que me pasará factura. A las seis y cuarto estoy aparcando junto a la plaza de San Marcos de Tegueste, la meta de ayer y la salida de hoy. Una neblina cubre el valle y el aire está fresco, condiciones idóneas. Camino en dirección Sur por la calle del Prebendado Pacheco. Esta calle peatonal honra a uno de los más ilustres próceres de la villa. Su nombre completo era Antonio Pereira-Pacheco y Ruiz y vivió entre 1790 y 1858. Nació en La Laguna, hijo del contador general de Tenerife y notario mayor del Tribunal del Santo Oficio. Desde muy pequeño lo encauzaron en la carrera eclesiástica bajo el amparo de don Luis de la Encina. Cuando a éste lo nombran Obispo de Arequipa en 1809, se lleva consigo al joven Antonio, quien residirá en el Perú hasta los veintiséis años. Vuelve a Tenerife y le otorgan la parroquia de Tegueste que ya no abandonaría hasta su muerte (sin perjuicio de ocupar otros cargos vinculados a la catedral lagunera que, además, le aportarían rentas económicas y de ahí el título de prebendado). Mas sobre todo fue un escritor prolífico, con cantidad de obras descriptivas y también muchas de carácter panegírico. Un personaje importante de la historia local –fundó la primera escuela pública del pueblo, participó en la creación de la casa consistorial e impulsó el cementerio de la localidad–, pero hasta hoy, que me he fijado en el nombre de la calle, no conocía de la existencia de este buen señor.

La calle acaba en la reciente glorieta oval sobre la TF-13 –la carretera general de La Laguna a Punta del Hidalgo– adaptada (absurdamente) como plaza pública con grupo escultórico incluido: por lo visto hay otros ejemplos de esculturas en las vías públicas del municipio, que responden a un proyecto denominado “Museo al Aire Libre” que inició hace unos años el Ayuntamiento. Sigo por la calle el Baldío, cruzo el Camino Viejo y afronto la calle Bellavista que, tras 350 metros de subida, desemboca en el cementerio municipal. Se trata de un recinto de planta aproximadamente cuadrada (unos 60 metros de lado) con un eje central que va desde la verja a una capilla adosada al muro testero; a ambos lados de esa calle, bloques de cuatro filas de nichos. Éste no es el cementerio que impulsó el Prebendado hacia mitad del XIX; aquél estaba en el centro del pueblo, en una calle cerca de la Iglesia Parroquial de San Marcos, y hasta tenía número postal en su puerta. A ése camposanto, demolido en los sesenta, alude la letra de la folía: “Cementerio de Tegueste / cuatro muros y un ciprés / tan pequeño y sin embargo / ¡cuánta gente duerme en él”. En el que estoy fue inaugurado en 1953 y ampliado en 2012; la verdad, no vale gran cosa (hablo con conocimiento de causa, que tengo vistos muchísimos cementerios); lo mejor, la vista panorámica sobre el pueblo, el valle, la línea de costa y las montañas de Anaga.

Bordeo el cementerio y sigo por el camino del Valle (según la cartografía de Grafcan), un sendero de tierra apisonada trazado ascendente a media ladera y ancho suficiente para que circulen vehículos (de hecho, en la ladera de enfrente veo unas construcciones horadadas en la ladera, coches aparcados y un grupo de personas hablando alto y con música; llegaré en un rato para comprobar que es una cueva adaptada como local privado para hacer fiestecillas de amigos). Aprovecho para decir que previamente, en casa, había dibujado el itinerario para guardarla en el móvil (wikiloc), de modo que al caminar el GPS me permite saber si me salgo o no de la ruta prevista. Una ayuda casi imprescindible, como comprobé al dejar atrás el cementerio y elegir, en una bifurcación de tres caminos, uno erróneo; al cabo de pocos pasos la aplicación me advertía que me estaba desviando. Poco puedo decir de este tramo del camino: los primeros novecientos metros son ascendentes con una pendiente en torno al 8%, que para Tenerife es muy aceptable. Luego, durante algo más de dos kilómetros es hacia abajo, en cuesta algo más pronunciada. La mayor parte del paisaje es montañosa con vegetación arbustiva silvestre, pero a veces aparecen fincas bien trabajadas, todas de viñedos; una en especial me admira, en la hoya de la Sardina, con las vides ocupando ordenadamente el fondo y las laderas de esa especie de anfiteatro. Más adelante, después de bordear la montaña de la Calderilla –otro de los muchos pequeños conos volcánicos con el cráter en su cumbre que hay dispersos en esta Isla– llego al pequeño asentamiento de El Lomo. Se trata de uno más de tantísimos núcleos que se distribuyen dispersos por todo Tenerife. Alguna casa de arquitectura tradicional da fe de que, en su origen, serían las propias de una explotación agrícola; pero la mayoría de los inmuebles (no más de treinta, en todo caso) son producto del crecimiento espontáneo y explosivo de las últimas décadas. Pese a su escaso tamaño, cuento unos cuantos guachinches (restaurantes que sirven vino de producción propia) y alguna casa rural; de hecho, he cenado en uno de ellos.

Del caserío El Lomo tomo, en dirección Sur, el camino Barranco del Infierno, una pista asfaltada, que a solo unos 200 metros gira en ángulo recto hacia el Este. Este barranco del Infierno viene desde la montaña de la Atalaya, en el escarpe que separa los términos municipales de Tegueste y de La Laguna, y desemboca, a la altura de la urbanización San Gonzalo, en el de las Cuevas que, más adelante, cruza Tejina y llega hasta el océano junto al barrio de Jóver. Según compruebo en el mapa, tuve que cruzarlo, pero ni me di cuenta. En todo caso, nada tiene que ver con el homónimo mucho más famoso que discurre en el término municipal de Adeje (y que está declarado como espacio natural protegido). Total, que tras cubrir el kilómetro aproximado de este camino Barranco del infierno, llego a la carretera del Portezuelo a Las Toscas (TF-154), una de las entradas naturales al Valle de Tegueste (como ya comenté en el post anterior, sigue el trazado de uno de los caminos reales históricos). Caminar por una carretera como ésta, con tráfico y casi sin arcenes, es bastante incómodo, máxime cuando voy cuesta arriba; pero no hay alternativa y tengo que ir por ella durante unos novecientos metros, hasta encontrar, a mano derecha, el camino Valle Molina.


Este camino es un sendero hormigonado de suave pendiente, pero apenas lo sigo cien metros cuando he de girar hacia la izquierda para coger el de la Padilla Alta. Estoy en el tramo
estrella de la etapa: mil trescientos metros por un sendero de tierra y piedras sueltas que sube desde los 400 a los 600 metros sobre el nivel del mar; un 15% de pendiente media que seguro que es mucho mayor puntualmente. Al principio lo llevo con ánimo, mirando hacia el valle de Molina y la enorme balsa de más de seiscientos mil metros cúbicos de agua que da servicio a más de dos mil agricultores de la comarca. Pero a medida que me introduzco en el bosque, el esfuerzo va pasando factura: bichos varios que se me pegan en el cuello sudoroso, telarañas en la cara, arañazos de los zarzales … Casi media hora me costó llegar al caserío de la Padilla Alta (perteneciente a Tegueste pero con acceso desde el municipio de La Laguna) y de allí enlazar con la calle Tabares, el eje longitudinal que articula el barrio de Guamasa por su parte alta.


Estoy en Guamasa, un barrio que conozco bastante bien (casi estuve a punto de comprar una casa aquí); una urbanización en el borde del municipio de La Laguna con Tacoronte, que es el destino final de esta etapa. Hasta ahora llevo recorridos unos seis kilómetros y medio en algo más de dos horas. Según la wikiloc me quedan algo más de seis kilómetros. Bien es verdad que lo que queda de ruta es siempre a través de viarios asfaltados por suelo urbano (el suelo urbano de este sprawl del Norte tinerfeño) y con suave pendiente descendente. Pero por muy bien que vaya, una hora más de caminata no me la quita nadie, por lo que me anochecerá antes de llegar. Estas circunstancias (consecuencia de mi falta de previsión) hicieron que esta segunda parte de la etapa fuera menos entretenida. Me limito pues a dejar constancia del itinerario: la calle Tabares hasta el final, cruzo la carretera del Boquerón y sigo por la Ñamera para doblar hacia la derecha por el Camino Garimba; lo sigo durante un kilómetro (va paralelo al límite municipal) hasta llegar al Camino Cruz de Caridad que, girando hacia el Oeste, me entra por fin en el municipio de Tacoronte; este camino, 650 metros más adelante, desemboca en el de La Caridad, que sigo unos cuatrocientos metros (paso por delante de la residencia canina donde dejábamos hace ya tantos años a Cani) hasta el bivio que forma con las calles Miranda y del Adelantado; tomo esta última que discurre hacia el Sur (ya es de noche) y que, después de casi kilómetro y medio, acaba en la del Calvario; por esta sigo apenas quinientos metros y ya estoy en el núcleo central de Tacoronte; subo por Valerio Padrón, El Cantillo, doblo por La Candelaria y continuo por Santa Rita, giro por Pérez Reyes y enseguida por San Agustín para entrar por un lateral a la plaza del Cristo, espacio abierto entre la Iglesia y el Ayuntamiento (el mismo esquema urbano que en Tegueste). En la plaza han puesto una pantalla gigante y están proyectando una película de dibujos animados. Como es de noche no puedo describir el pequeño centro histórico de este pueblo; lo haré aprovechando que aquí he de comenzar la tercera etapa (que no será mañana lunes, que tengo el día ocupado). Espero a que llegue K. a recogerme.

sábado, 4 de agosto de 2018

Etapa 1: La Laguna ─ Tegueste

Llego a La Laguna hacia las cinco y cuarto de la tarde. Aparco en la calle Santo Domingo, casi enfrente de la ermita del mismo nombre, erigida a principios del XVI (declarada monumento en 1986). Camino hasta la plaza del Adelantado, construida también por las mismas fechas como plaza mayor y polo central de la Villa de Abajo. Estoy frente al Ayuntamiento lagunero, el edificio mandado erigir por Alonso Fernández de Lugo para albergar el Cabildo de la Isla: he decidido que el principio y fin de cada etapa sea en la casa consistorial del núcleo urbano correspondiente. Tomo la calle de La Carrera, cuyo primer tramo estaría en cualquier catálogo de las calles más bellas del mundo: a mano derecha el muro encalado y ciego del convento de Santa Catalina y a mano izquierda un conjunto de magníficas casonas que ahora forman el complejo consistorial. Por cierto, el nombre oficial de este eje principal del Centro Histórico es el de Obispo Rey Redondo (1834-1917), un burgalés que ocupó la diócesis tinerfeña desde finales del XIX hasta su muerte; pero casi nadie lo conoce por ese nombre. El nombre anterior de La Carrera se debe a las muy populares “carreras de sortijas” (o de cintas de caballo), un ejercicio de destreza en el que el jinete debía ensartar en una vara corta (de unos 20 cm.) una anilla o sortija pendiente de una cinta enrollada en un carrete anclado a un poste horizontal a unos tres metros de altura. En esta calle se celebraron estos concursos hasta el siglo XVIII, cuando se adoquinó.

Recorro en unos diez minutos, a paso calmo –es sábado y los laguneros pasean por La Carrera– los ochocientos metros que separan la plaza del Adelantado de la más antigua de La Concepción, foco original del poblamiento de la ciudad (la Villa de Arriba). Doblo a la derecha por la calle Los Bolos y de nuevo a la derecha por San Agustín. Estoy en la plaza de la Junta Suprema de Canarias, en homenaje a la que se constituyó en 1808 en reacción contra la abdicación de Carlos IV en José Bonaparte (por cierto, hay quienes opinan que la primera manifestación del nefasto y aún presente pleito insular fue con motivo de la creación de esa Junta). Enseguida doblo a la izquierda por Rodríguez Moure (sacerdote e historiador lagunero, 1855-1936) y tras dos cortas cuadras llego a otra de mis calles preferidas en esta ciudad: el Camino Largo, aunque su nombre oficial sea avenida de la Universidad. Este bonito viario, con un paseo central flanqueado por espectaculares palmeras centenarias y dos vías laterales, fue urbanizado en la segunda década del siglo pasado siguiendo el trazado de uno de los antiguos senderos que conectaban la ciudad con los terrenos agrícolas de La Vega lagunera. Recorro el primer tramo, hasta la calle Concepción Salazar, justo antes de la parcela en la que se disponen las cuatro viviendas proyectadas en 1962 por Rubens Henríquez, una de las mejores muestras de la arquitectura del Movimiento Moderno en Tenerife.

La calle Concepción Salazar también es muy agradable, aunque lleva ya muchos años pidiendo a gritos que la reurbanicen (yo la peatonalizaría pues es muy estrecha); tiene unos árboles magníficos y también unos estupendos chalés en sus márgenes; estamos en dominio de los laguneros pudientes. María Concepción Salazar y Chirino, por cierto, fue la viuda de unos de los próceres del XIX, Fernando Nava y Grimón, y la Laguna la ha honrado con esta calle porque a su muerte, en 1911, donó a la ciudad la casa de Mesa, en el número 7 de la calle de La Carrera a fin de dedicarla a colegio para niños pobres. Cubiertos los trescientos cincuenta metros de esa calle salgo al estadio municipal Francisco Peraza, más conocido como La Manzanilla. Francisco Peraza fue uno de los futbolistas pioneros en Tenerife, a principios del siglo pasado; al llegar la República perteneció a la Unión Republicana e, integrado en el Frente Popular, formó parte del último Ayuntamiento lagunero antes de la Guerra Civil. Tras el triunfo del levantamiento militar en Canarias, Peraza sufrió cárcel y represalias, y finalmente se exilió en Venezuela. Curiosamente, fue el Ayuntamiento franquista de 1969 el que le dio al estadio lagunero su nombre actual (ya había pasado suficientemente tiempo, supongo). 

Sigo por otra de mis calles favoritas, el Camino Fuente Cañizares, que también merecería ser liberada de los funestos coches. La Fuente Cañizares era originariamente un manantial que desaguaba las escorrentías de la montaña de San Diego y que el capitán Fernando Cañizares, gobernador de la Isla, ordenó cerrar y limpiar para destinarlo al abastecimiento urbano. En 1776 se reedificó, cerrándose con el muro que aún se mantiene. En esta calle está la casa del pintor Pedro González, uno de los grandes del española. Además fue el primer alcalde de La Laguna en la Democracia, con el partido socialista. Yo estuve en su casa poco después de que dejara el cargo, a finales de los ochenta, acompañando a un amigo periodista que, en aquellos tiempos estaba muy implicado en conspiraciones políticas. Más o menos por la misma época, a través de la que entonces era mi mujer, conocí a su hijo, Pedro Zerolo. Lo gracioso es que pasaron unos cuantos años antes de que me enterara de que eran padre e hijo. Los dos están muertos.

Llego a la Avenida de San Diego, a la que el título le viene demasiado grande. Se trata de un eje recto que nace en San Agustín (a la altura de la plaza de la Junta Suprema, por donde antes pasé) que era uno de los puntos desde los que salía de la ciudad. El entonces llamado Camino de San Diego daba acceso a las fincas agrícolas de esa parte de la fértil vega lagunera y llevaba ese nombre porque en su extremo Norte, al final de sus mil cuatrocientos metros de longitud, se había erigido a mediados del XVII el convento de San Diego del Monte, gracias a la herencia de las tierras de Juan de Ayala a favor de los franciscanos descalzos. Recorro los 600 metros del último tramo de la “avenida” entre chalés de distintas calidades y facturas (uno de ellos, ya hacia el final, “la casa del ganadero”, donde radica el Servicio Técnico de Ganadería y Pesca del Cabildo) hasta topar con el muro y reja del antiguo complejo monacal, del que en la actualidad solo resta la ermita. Fue a raíz de la Desamortización que impulsaron los gobiernos del Trienio Liberal que en la Isla se suprimieron los conventos. Este de San Diego se hallaba muy deteriorado y fue subastado; en 1839 toda la propiedad pasó a manos privadas y hasta hoy. Cuando, hace unos años, dirigía los trabajos del Plan General municipal, mantuve un par de reuniones con los propietarios, con la finalidad de alcanzar algún tipo de fórmula urbanística que permitiese convertir la ermita en dotación pública; no se llegó a nada. Aunque he visto fotos y leído descripciones del templo, lo cierto es que nunca he entrado.

A partir de aquí me dispongo a salir del perímetro urbano y entrar en suelo rústico (deformación profesional); según Wikiloc (estoy grabando la ruta en el móvil), llevo hechos 3.600 metros. Giro a la izquierda siguiendo el muro de la ermita y enseguida a la derecha, por un sendero de tierra muy estrecho (no llega a un metro) que discurre hacia el Noroeste, entre tuneras, zarzas y diversa vegetación silvestre. A mano derecha se supone que deberían estar los restos del muro del antiguo convento, pero no lo veo. Ese muro es objeto de una de las leyendas laguneras: dice la tradición que siempre lo reconstruían y siempre, al día siguiente, aparecía derruido. Parece que quien rompía las piedras empujándolas hacia fuera era el mismo Diablo, para permitir que las brujas, en las noches de aquelarre, entraran al convento a bailar en el conocido como “Llano de las Brujas”; no pocas de las mujeres que se supone que frecuentaron estos lugares fueron sentenciadas por la Inquisición. Pero, como ya he dicho, ni vi el muro, ni me adentré a buscar el Llano de las Brujas ni mucho menos se me apareció Satán. En cambio, lo que sí hice fue empezar a sudar porque el camino se empina cada vez más y a arañarme unas cuantas veces con las zarzas. Ese tramo es la subida al Monte de San Diego, uno de los promontorios de la estribación que desde Las Mercedes hasta Guamasa constituye la barrera montañosa que separa el término municipal de La Laguna del de Tegueste. Lo cierto es que en este primer municipal el sendero está en pésimo estado, aunque lo tienen en su catálogo de rutas municipales (da la impresión de que no se transita con frecuencia); en fin, otro tirón de orejas entre los muchos que mentalmente le tengo dados al Ayuntamiento de Aguere. Sigo subiendo y paso junto a una antigua cantera de toba roja para poco después alcanzar la cima (700 metros, según la wikiloc) y disfrutar de una magnífica vista de la vega lagunera y la ciudad detrás.


Empiezo el descenso. Durante unos doscientos metros el sendero discurre sobre rocas con bastante pendiente; hay que ir con cuidado para evitar torceduras de tobillo. Superado ese tramo se llega a un recodo donde el pavimento es de hormigón (para dar acceso a una vivienda): estamos en el camino de Peñuelas; un poste nos informa de las distancias a Tegueste y a La Laguna.Poco más adelante, el hormigón deja paso al asfalto y las casas en los márgenes son cada vez más frecuentes hasta desembocar en la carretera general a Punta del Hidalgo (la TF-13). Este de Peñuelas es uno de los tres caminos reales que conducían al valle de Tegueste a mediados del XIX, según nos cuenta Antonio Pereira Pacheco en su “Noticia Histórica de Tegueste” (1854). Mientras los otros dos –el de la Cantera y el del Portezuelo– se corresponden en la actualidad con sendas carreteras, éste que acabo de recorrer no debe ser muy distinto hoy de lo que escribía el cronista: “…es una bajada bastante pendiente, está empedrado como de causalidad, ya una piedra redonda grande, ya otra pequeña, ya se elevaba un risco agudo, ya aparece un chapatal de agua de las propiedades colindantes, en término que con sólo estar serenado es bastante para caer los caminantes, como caen, y es el camino frecuentado diariamente en verano e invierno, así de los vecinos de Tegueste el viejo y nuevo, como de los de Tejina”.Lo cierto es que hasta la aparición de los vehículos a motor (y las carreteras) el camino de las Peñuelas fue la comunicación más importante entre la antigua capital de la Isla y los núcleos de Tegueste, Tejina y Punta del Hidalgo.

Al cruzar la TF-13, el camino de Peñuelas se convierte en el de Los Laureles, que fue restaurado a principios de los noventa (me acuerdo del proyecto), sustituyendo el suelo de tierra del antiguo callejón de Don Marcos por un empedrado. Se trata de un muy agradable y breve paseo –apenas medio kilómetro – entre antiguas especies vegetales de Monteverde y laurisilva, además de estar flanqueado por algunas edificaciones notables (la antigua casa de los Tacoronte y la hacienda de los Zamorano). Desemboca este camino en la Placeta, oficialmente de Pedro Melián Díaz (un emigrante retornado de La Habana que, en 1909, donó al municipio una tubería de hierro galvanizado para traer el agua hasta la fuente de esa placeta). Además del chorro, del que se abastecían los vecinos y abrevaba el ganado, ha de destacarse la presencia de una antigua capilla mortuoria (el Calvario) que ha sido sustituida por la actual capilla, sin demasiado interés. De ahí sigo por la calle del Pino y en un momento estoy en la plaza de San Marcos, la principal de Tegueste, con la Iglesia del mismo nombre a la derecha y el Ayuntamiento, a la izquierda. El núcleo fundacional de la villa, sin embargo, no es éste sino la llamada plaza de la Araña, que he dejado a mi espalda, al otro lado del barranco de Tapias. Ese conjunto de casas originario se agrupaba en torno a la antigua ermita de San Marcos que, demolida en 1869, fue desplazada en 1700 a su ubicación actual. El templo, de estilo romántico mudéjar, dispone de tres naves con torre campanario y es el centro del BIC Conjunto Histórico declarado en 1986. El Ayuntamiento es una edificación reciente carente de interés. Me siento en un banco de la plaza a reponer fuerzas. Llevo caminando hora y cuarto más o menos y he recorrido según el móvil unos siete kilómetros. Ha sido una etapa corta, pero no está mal para empezar.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Sara

Son las dos de la madrugada y aquí estoy, frente a la pantalla, después de intentar infructuosamente volver al sueño. La bola del estómago me ha despertado cuando aun no llevaba una hora durmiendo. Bien sé la causa de esta ansiedad porque la sentía real, tan real como si estuviera acostada a mi lado. La noticia la recibí por whatsapp ayer después de cenar, uno de los amigos del grupo de la universidad: Sara ha muerto. Ni siquiera sabía que tenía un cáncer. Tampoco, me dice mi amigo, lo supimos nosotros casi hasta el final, como si así me consolara o me justificara o qué sé yo. Releo ahora mismo las breves frases de hace unas horas. Otra vez: Sara ha muerto. Y vuelvo a revivir esos instantes suspensos en los que los fonemas neutros van impregnándose de significado, en que ese significado va activando mis neuronas, en que lo comprendo, lo hago mío, e inmediatamente siento el desgarro lacerante, un dolor que quiero rechazar pero sé que no puedo, que está ahí. Corté la conversación con mi amigo negándome a pensar, negándome a sentir. Me fui a la cama y me sumergí en el libro que estoy leyendo estos días; y me dormí como cualquier otra noche, como si nada hubiera pasado. Poco tiempo, hasta que Sara, instalada en mi cerebro, acostada a mi flanco, me despertó llorando, sufriendo, aunque bien sé que soy yo quien llora, quien sufre.

Sara fue, hace ya tantísimos años, Lucía, la canción de Serrat. Nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí. Aunque, ¿se puede perder lo que no se ha tenido? Entonces, hace tantísimos años, me dijeron (uno de ellos fue el amigo que ayer me llamó) que Sara me quería. Sin embargo, yo me había prohibido quererla, aunque ahora, tantísimos años después, no puedo recordar qué motivos tuve –sospecho que no fueron muy nobles: ¿orgullo, celos?–. Vuelven a mí los recuerdos, con especial nitidez aquella tarde que, después de la entrega de Proyectos, después de noches sin dormir, pasamos escondidos de todos en el parque del Olivar de San Isidro, dejándonos envolver en la laxitud del cansancio, ensayando promesas que nunca se cumplieron. Si alguna vez fui bello y fui bueno, fue enredado en tu cuello y tus senos; si alguna vez fui sabio en amores, lo aprendí de tus labios cantores. Pero no, en realidad no. Lo mío con Sara fue lo que no llegó a ser, seguramente era demasiado joven. Pero, aun así, fue el anticipo de futuras bondades y ternuras, el atisbo fulgurante de una sabiduría que tardaría muchos años en adquirir, si es que acaso la tengo.

La vi por última vez el pasado 18 de octubre, en la fiesta de despedida que me organizaron los amigos en Lima. Había mucha gente y casi no tuvimos ocasión de hablar pero, desde luego, nada me alertó de que pudiera estar enferma. Cuando llegó a la casa de Alfonso (con retraso, nunca fue puntual) y me abrazó cariñosamente, sentí la extraña desazón que siempre me asaltaba cuando la veía, después de haber recuperado el contacto, tantísimos años después. En aquel primer regreso al Perú –junio de 2013– sí tuvimos ocasión de hablar, de repasar nuestras vidas, de evocar a los críos que fuimos. En algún momento, casi nos atrevimos a destapar los viejos agravios, las mutuas traiciones. Casi. Es gracioso y triste a la vez: dolores de adolescentes que dos adultos cincuentones no son capaces de mirar de frente, de enseñarse el uno al otro sin vergüenzas. Esa tarde, sentados en el malecón de Barranco frente al Pacífico, yo la miraba y veía a la chica de diecinueve o veinte años; y la amaba y a la vez sentía rabia, una rabia que ya no podía fechar.

Escribía en este blog hace unos años sobre la irreversibilidad de los hechos, sobre las funestas consecuencias de los actos triviales, de apretar un botón. Entre Sara y yo hubo un desencuentro. La relación de confianza que fluía armoniosa sin obstáculos, se quebró de pronto. La causa fue una nimiedad, desde luego, nada que objetivamente merezca ser tenido en cuenta. Pero entonces yo me sentí engañado y empecé a verla de otro modo. Conste que me di cuenta de lo que ocurría, conste que no quise que ocurriera, conste que me repetí mil veces que nada había pasado, deseé mil veces negar lo que había pasado. Pero cuando joven (quizá nunca) no se es capaz de embridar los sentimientos. Imagino que ella se sentiría, a su vez, también defraudada. En fin, cosas de chiquillos; piénsese que estoy hablando del 79. Año y pico después yo me fui del Perú y no volvería a verla hasta pasadas casi tres décadas y media. Dos vidas vividas, sin echarnos de menos salvo algún que otro recuerdo inoportuno. Ahora Sara se ha ido y compruebo que la herida nunca cerró del todo. De entrada, esta noche me ha echado de la cama y traído hasta aquí, a intentar exorcizarlas –a ella y a mi angustia– a golpes de teclado. No sé si ésta es una carta de amor que se lleva el viento, pintado en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón.


domingo, 29 de julio de 2018

Israel, el Estado-nación de los judíos

En 1972, Larry Collins y Dominique Lapierre publicaron Oh, Jerusalén. En mi casa (la de mis padres para ser precisos) la edición española entró en 1973 y en la actualidad ese viejo libro de Plaza & Janés está en mi biblioteca. Yo lo leí hacia final de ese año, en el primer trimestre de quinto de bachillerato, un tiempo en el que, a mis catorce años, ya me consideraba muy mayor. Han pasado casi cuarenta y cinco años de aquella lectura y, naturalmente, casi no me acuerdo de nada de la historia. Sí, desde luego, de que trata del nacimiento del Estado de Israel y también de que la historia y el modo con el que estaba contada me cautivaron; no en vano fue un best seller de la época y se ha reeditado repetidas veces desde entonces. Leo ahora en internet que los autores dedicaron tres años a investigar el asunto y entrevistaron a multitud de protagonistas; leo también que intentaron mantener una posición neutral, evitando caer en el maniqueísmo. No obstante, en mis desvaídos recuerdos predomina la idea de que el libro tomaba partido por la causa sionista. Sin perjuicio de que tanto tiempo después lo relea (me han entrado ganas), lo cierto es que ese libro fue el principal causante de que en mi adolescencia mis simpatías se dirigieran claramente hacia los judíos. También influiría con toda seguridad que en aquellos días aún debía durarme el impacto emocional de la masacre de las Olimpiadas de Munich. Después, claro está, han pasado muchas cosas, y casi todas malas, en ese doliente rincón del mundo, tantas que hoy me es muy difícil mirar con buenos ojos al Estado de Israel, especialmente cuando está dirigido por el Likud. Sin embargo, he de reconocer que esa simpatía adolescente no ha desaparecido completamente (quizá porque he tenido y tengo algunos judíos muy queridos).

Me acordé del Oh, Jerusalén de mi adolescencia a raíz de la aprobación por el Knesset en la madrugada del pasado jueves 19 de la llamada Ley del Estado Nación y, sobre todo, por la polémica mediática que inmediatamente desató. Algunos titulares dan idea de la divulgación de la noticia: “Israel se consagra como “Estado nación judío” y desata la protesta de la minoría árabe por discriminación” (El País), “Israel aprueba una controvertida ley que protege su carácter judío” (La Vanguardia), “Polémica ley define a Israel como ‘Estado nación del pueblo judío’ (La Razón). Titulares parecidos podían leerse ese día en periódicos extranjeros: “La Knesset adopte une loi controversée définissant Israël comme Etat juif” (Le Monde); “Israeli Law Declares the Country the ‘Nation-State of the Jewish People’” (The New York Times). Entiendo de sobra que la promulgación de una ley así por el parlamento israelí sea un motivo más de tensión en las imposibles relaciones entre palestinos y judíos. Ahora bien, lo que me sorprende es que se presente como si fuera algo nuevo; ¿acaso la creación del Estado de Israel no se hizo justamente para dar un Estado nación al pueblo judío?

La Ley recientemente aprobada tiene el carácter de básica que vendría a ser equivalente a una norma constitucional. Israel no tiene Constitución (los fundadores siguieron la tradición anglosajona) y, a lo largo de su historia estatal el Parlamento ha ido promulgando una serie de leyes calificadas como básicas y cuya modificación requiere mayorías cualificadas. El contenido de esta última (que es la décimo sexta) se corresponde con lo que sería el primer capítulo de cualquier Constitución, toda vez que se centra en definir el Estado y sus características y símbolos fundamentales. De hecho, lo sorprendente es que el objeto de la Ley no hubiera sido explícitamente promulgado en los setenta años de historia que ya tiene Israel. El primer artículo, denominado “Principios básicos”, contiene tres epígrafes que rezan lo que sigue: A) La Tierra de Israel es la patria histórica del pueblo judío en la que se estableció el Estado de Israel. B) El Estado de Israel es el hogar nacional del pueblo judío en el que ejerce su derecho natural, cultural, religioso e histórico a la autodeterminación. C) El derecho a ejercer la autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusivo del pueblo judío. Aunque hay 10 artículos más que tampoco han sido recibidos pacíficamente, este primero es sin duda el más polémico.

Ahora bien, dejando de lado la controversia, lo cierto es que no se trata de ninguna novedad. Theodor Herzl, el padre del sionismo político, publicó en 1896 Der Judenstaat, donde defendía la necesidad de crear un Estado judío. El Primer Congreso de la Organización Sionista Mundial (1897) acordó instar al establecimiento de un hogar para el pueblo judío en Palestina garantizado por el derecho público. A partir de ahí se intensificó la emigración judía a la Palestina otomana; se trata de la conocida como segunda aliyá (entre 1904 y 1014), protagonizada mayoritariamente por judíos polacos y rusos ante el recrudecimiento del antisemitismo en la Europa oriental (recuérdense los terribles pogromos de la época).Se calcula que hacia el final de la Primera Guerra Mundial, cuando se constituyó el Mandato Británico de la región, la población judía rondaría los cien mil habitantes (y seis veces más árabes).En el transcurso de la Gran Guerra, los líderes sionistas aprovecharon sus influencias para presionar a los británicos, logrando finalmente que el 2 de noviembre de 2017 Arthur James Balfour, ministro de Exteriores del Reino Unido, dirigiera al barón Lionel Walter Rothschild una carta en la que expresaba que “El Gobierno de Su Majestad contempla con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país”.

Durante las décadas de los veinte y de los treinta, los británicos comprobaron que el futuro Estado no sería nada fácil, debido a la animadversión entre palestinos y judíos. Cuando en 1922 la Sociedad de Naciones de 1922 legitimó el Mandato, ordenó dos cosas que se revelaron casi incompatibles: asegurar el establecimiento del hogar nacional judío y salvaguardar los derechos civiles y religiosos de todos los habitantes de Palestina. En 1937, la Comisión Peel propuso una partición del territorio entre zonas árabes y judías (ambas partes la rechazaron), y en 1939, el Gobierno de Chamberlain publicó el Libro Blanco en el que apostaba por un Estado único gobernado en común por ambas comunidades. La finalización de la Segunda Guerra Mundial y el horror generalizado ante las atrocidades nazis con los judíos, impulsó decididamente la urgencia del Estado judío. Gran Bretaña, por entonces, anunció su retirada de Palestina, lo que recrudeció la violencia entre árabes y judíos. El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 181 que recomendaba la partición de Palestina en un Estado judío, un Estado árabe y una zona bajo régimen internacional. El 14 de mayo de 1948, la fecha en que finalizaba el Mandato británico, las autoridades judías de la zona, reunidas en el Museo de Arte de Tel Aviv y presididas por David Ben Gurion, proclamaron “el establecimiento de un estado judío en Eretz Israel”.

Es decir, el Estado de Israel tiene su origen y su razón de ser en dotar de una estructura política (de un Estado) a los judíos, en ser el hogar nacional de los judíos. Por tanto, a nadie debería extrañar que cuente con una Ley de rango constitucional que diga esto mismo negro sobre blanco; más bien, lo que a mí me ha sorprendido es que dicha norma jurídica no existiera ya. Y digo esto porque quizá uno de los intereses de quienes disparan duras críticas contra la reciente Ley podría ser dar a entender que esta “nacionalización judía” del Estado de Israel es algo nuevo, que se está imponiendo ahora, ocultando o tergiversando la realidad de los acontecimientos históricos, nos guste o no. Cuestiones distintas son si el Estado de Israel, aún concebido como hogar nacional judío, está cumpliendo la orden de la ONU de garantizar los derechos de los no judíos, si el Estado de Israel debe ocupar todo el territorio de la antigua Palestina o debe coexistir con un Estado palestino, etc. Ciertamente, estos son los asuntos relevantes sobre los que, en principio, no parece que incida directamente el texto de la nueva Ley. Por tanto, la crítica no debería ir tanto contra el contenido de la misma (al menos no como si se estuviera diciendo algo nuevo) como contra su conveniencia en estos momentos, y el significado real que supone, más allá de su contenido textual (y, por ende, jurídico). Pero, claro, eso pertenece más a una valoración política que jurídica, que dejo para otra ocasión.