jueves 26 de noviembre de 2009

Dos textos sobre Franco

Desde 1936 Franco ha sido objeto de furiosas polémicas fuera de su país. Parece un militar reaccionario, un cómplice fascista de los nazis e italianos, parece un vasallo de los capitalistas "yanquees"; pero al lado de este Franco hay otro visto por la derecha: un San Jorge venciendo al dragón del comunismo. Este trabajo se basa en el libro de Claude Martin, Franco, soldado y estadista. Yo podía hacer una historia contemporánea de España, pero en esa historia el gran protagonista sería Franco. Como el título sobre el que había que hacer el trabajo era "Comentario exaltado a la figura del Caudillo", yo exalto y subrayo varios aspectos dignos de elogio en esta biografía.

El párrafo anterior es el prologo del trabajo que a finales de 1971 presentó un chaval de doce años en la asignatura de FEN de tercero de bachillerato. Son veintiuna páginas manuscritas con dibujos y algunas ilustraciones pegadas de soldaditos de los años treinta. Al chaval le dieron a leer el libro que cita que (lo compruebo en internet) se había publicado con gran éxito en España en 1965, diez años después de su versión original en francés. Obviamente, por aquellos años no se conseguirían en este país las abundantes obras sobre el franquismo que se venían produciendo en Europa, y mucho menos las escritas por los historiadores de tendencia marxistas (escuela predominante en Francia por entonces). Al chaval le dieron a leer ese libro, supongo, como un ejemplo de ecuanimidad puesto que lo había escrito un extranjero, para que, a partir de él, erigiera el ensalzamiento elogioso del biografiado. En eso consistía, en gran medida, la formación del espíritu nacional, en primar la exaltación sobre la información, en abortar el pensamiento crítico apenas embrionario a esas edades y sustituirlo por clichés dogmáticos y maniqueos. (La citada formación del espíritu nacional se completaba, por mi época sólo en días contados, con cánticos corales como el que a continuación reproduzco).


El chaval ese, desde aquellos años finales del franquismo, ha leído muchos libros sobre la España del siglo pasado y sobre Franco, incluyendo varias biografías del caudillo de España por la gracia de Dios. Tantas, o las suficientes, como para ser capaz de recrear en su imaginación escenas de acontecimientos pasados, de darles "realidad" a lo que entonces no eran más que textos demasiado ajenos a su sentir, como si se tratara de cuentos o leyendas. Aunque me cuesta mucho reconocer a aquel chaval, sí me consta que creía sin las menores dudas críticas en lo que entonces escribió; estaban todavía lejos los tiempos de sus desconciertos. Ahora, treinta y cuatro años después de la muerte de aquel señor bajito y con bigotillo (acaba de pasar el 20N sin pena ni gloria, afortunadamente), para los niños de doce años Franco será alguien tan lejano como lo era para mí Felipe II e imagino que, desde el extremo opuesto, su figura se contempla con idéntico adoctrinamiento acrítico.

Era un hombre menudo, atiplado, que se pirraba por los honores; se había casado con una mujer más alta y de mejor rango que el suyo, que se pirraba por las joyas, y de ella había tenido una hija, bastante agraciada, que con el tiempo se pirraría por los títulos; o sea, que entre los tres cubrían todo el mercado de la gloria. Había hecho en el teatro de África una carrera brillante, a lo largo de la cual había demostrado tanto un cierto arrojo como una innata capacidad para la crueldad. Sabía arriesgarse pero no era temerario. No se sumó a los conjurados mientras el invierno republicano les obligó a llevar la existencia larvada de la conspiración, y cuando por fin tomaron vuelo, en pleno verano, condicionó la prestación de sus servicios al pronunciamiento (no sin que mediaran interminables vacilaciones e insólitos acontecimientos que ayudaron a mover su voluntad hacia el lado de la rebelión) a un depósito en un banco extranjero a nombre de su mujer, para garantizar su futuro en el caso de que su traición terminara en el fracaso. Era un hombre receloso, nada sobrado de luces, sobre quien nunca nadie logró depositar su confianza. De tal manera reunía en su persona todos los caracteres del traidor que sólo sabía apreciar la fidelidad hacia él, aun cuando estuviera unida a la más obtusa inteligencia. Ni las creencias, ni la fidelidad a la depuesta Monarquía, ni la defensa de ideales mancillados por la República, ni la amistad (que no tenía) con algunos conjurados, ni el esprit de corps que pudiera unirle a buen número de cabecillas, lo movieron a sumarse a la rebelión. Lo hizo por lucro.

Este otro párrafo proviene de las primeras páginas de la novela Herrumbrosas Lanzas, de Juan Benet, publicada en 1983 y que estoy leyendo estos días. Un texto bastante más jugoso que el del chaval, ¿verdad? Claro que lo escribió un hombre de cincuenta y seis años y el niño aquél, por mucho que haya mejorado sus redacciones, dista mucho de tener las dotes literarias de un Benet. La descripción de la forma de ser de Franco que con pocas pinceladas queda trazada en el párrafo anterior me parece magnífica, aunque no me resulte nueva. Hay un "dato", sin embargo, que desconocía y cuya veracidad dejo en suspenso hasta que la corrobore en otras fuentes. Me refiero a que el general exigiera un ingreso en el extranjero antes de sumarse al golpe de estado. Cuadra con su "legendaria" prudencia (o, si se prefiere, cobardía) y también con las ansias codiciosas de doña Carmen, pero ... ¿Se produjo efectivamente dicho ingreso? ¿Qué cantidad? ¿En qué banco? ¿De dónde vinieron los fondos? Tema a investigar, ¿alguien me aporta pistas? (Compenso el tema musical anterior con una canción del otro bando, también muy popular durante nuestra ya olvidada guerra).


CATEGORÍA: Personas y personajes

martes 24 de noviembre de 2009

Fechas capicúas

–Pensaba hace un rato que vivimos el 2002 y el 1991 sin casi darnos ni cuenta de que eran años capicúas. ¡Hemos vividos dos años capicúas! Eso no le ha tocado a muchas generaciones. El anterior fue el 1881. ¿Cuántos de los que en esa fecha eran conscientes de que se trataba de un año capicúa han repetido la experiencia en el 91? Seguro que ninguno, o menos de diez a lo sumo. Y hasta el 2112 no viene el siguiente. Para entonces, todos muertos. Somos una generación con suerte.

–¡Qué chorrada! Durante el siglo primero, cualquiera podría vivir la tira de años capicúas. Por ejemplo, uno que hubiera nacido en el año 11 y muriera en el 101, con 90 años, habría vivido diez capicúas. ¡Oh, qué excepcionales esas generaciones! Hasta el año mil, cada siglo tenía diez capicúas, ¿qué te parece? ¿Que eran seres extraordinarios?

–No es lo mismo, es demasiado fácil con años de dos o tres cifras. Pero a partir de las cuatro, la distancia entre dos capicúas son demasiados años ...

–Sí, 110, para ser exactos.

–Pues eso, ciento diez años, más que una vida humana. Sólo uno por siglo. En cambio, sólo once años entre los dos últimos.

–¿Y qué? Once es la diferencia entre dos capicúas en los cambios de siglo hasta el año mil, y once es también la diferencia que habrá entre los dos capicúas consecutivos en los cambios de milenio hasta el año 10.000. Y no vayas a creer que es un valor mínimo; el primer año del pasado milenio, el 1001 (no el mil como creyeron los apocalípticos de entonces) era capicúa y sólo habían pasado dos años desde el anterior. E igual tiempo pasará cuando lleguemos al primer capicúa de cinco cifras.

–Jo, ya me has chafado. Yo que pensaba qué éramos especiales ...

–Si lo que buscas es ser especial, podrías fijarte en las cifras ordinales de los días en vez de en las de los años. Por ejemplo, hoy 24 de noviembre de 2009 sería el día 733.750, en la convención de que el primero es el 1 de enero del año 1.

–No se me había ocurrido. Pero es que, claro, normalmente no sabemos el ordinal en días de una fecha. Es complicado.

–Bueno, no tanto. Basta con prepararse un algoritmo que te convierta la fecha de nuestro sistema habitual de notación al ordinal "absoluto". Hay que tener en cuenta los años bisiestos y los distintos días de cada mes. Con una excel se hace en poco rato; mírala.

–¿Y te dedicas a buscar curiosidades numéricas?

–De vez en cuando lo hago. Por ejemplo, algunas relativas a los capicúas que tanto te llaman la atención y que nos conciernen. Tu madre, por ejemplo, nació el 5 de junio del 65 que es el día 717.507. Pues resulta que la fecha de su capicúa, el 705.717, corresponde al 23 de febrero de 1933 y ... ¿a que no sabes que pasó ese día?

–Nació el abuelo. ¡Qué casualidad! Es increíble, eso tiene que significar algo ...

–Bueno, ha habido muchos que han buscado significados más o menos esotéricos en los números. De hecho, la numerología, entendida como la disciplina que establece relaciones entre los números y la realidad, fue muy popular en la antigüedad y todavía hoy existen bastantes que se la toman en serio. Pero no creo que sea más que un divertimento; se trata de encontrar relaciones curiosas en las que basar explicaciones significativas. A ese respecto, son llamativas las aplicaciones a las teorías espiritualistas de almas que se reencarnan y similares. Por ejemplo, un alma se encarna en una persona en su fecha de nacimiento y vuelve a reencarnarse en la fecha capicúa para vivir una especie de vida complementaria.

–En el caso de mi madre y mi abuelo, no funcionaría porque ella no puede ser su padre reencarnado.

–No, claro. No sé que cómo lo explicarían los zumbados de los capicúas. Pero fíjate en mi caso, que también resulta muy curioso. Nací el 3 de diciembre del 57 que es el día 714.766. Pues bien, el 667.417 corresponde al 15 de abril de 1828 que, tachán, es la fecha de la muerte de Francisco de Goya. ¿Qué te parece?

–Los numerólogos dirían que eres la reencarnación de Goya y que tu vida ha de complementar la suya. Tiene así más lógica, ¿no? El nacimiento es también el complementario a la muerte.

–Bueno, bueno ... Con esa teoría, Goya sería a su vez la reencarnación de alguien que hubiera muerto en el capicúa de la fecha de su nacimiento. Déjame que vea ... Nació el 30 de marzo de 1746 que es el día 637.450, cuyo capicúa es el 54.736. Pues habrá que buscar a alguien que haya muerto el 10 de noviembre del año 150. Fíjate, el siglo II, el año, según dice la wiki, en que Ptolomeo completó su atlas.

–Pues es divertido ... Podemos ir enlazando muertes con nuevas vidas en una especie de cadena de los seres humanos a lo largo de la historia. Tu cadena, desde luego, tiene un eslabón de lo más brillante con Goya.

–Sí, es divertido, pero cuidado ... Porque los enlaces no son en un mismo sentido temporal. El jueguecito de los capicúas te lleva de adelante hacia atrás y viceversa. El tipo que antecedería a Goya sería también el complementario de otro, ¿verdad? Venga, vamos a inventarnos una fecha de nacimiento para este desconocido.

–A ver, digamos que tenía 57 años cuando murió. Nacería, por tanto, en el año 93; pongamos el 12 de septiembre. Según tu excel esa fecha corresponde al 33.858.

–Cuyo capicúa es el 85.833 o, para usar seis cifras, el 858.330. Nos vamos a la nochevieja del año 235 o a la nochebuena del año 2350 (curiosas coincidencias festivas). En cualquiera de ambas posibilidades, el antecedente de nuestro hombre muere después de que nazca en quien ha de reencarnarse.

–A lo mejor es que esa fecha que nos hemos inventado es incorrecta.

–Que no, hombre, que no. Que los capicúas te hacen pendular en el tiempo. Baste un solo ejemplo para que lo veas. Quien haya muerto hoy tendría que reencarnarse el 24 de diciembre del año 157 (vaya, otra vez el siglo 2 y otra vez nochebuena).

–Es que el tiempo es circular; no hay ni antes ni después ...

–Sí, puedes elucubrar desde esa hipótesis. Ya puestos, busca convergencias en las alternancias de fechas capicúas. A lo mejor descubres algunas leyes ocultas que explican los arcanos de la historia.

–El mito del eterno retorno, ¿no? Pues lo voy a hacer. Voy a jugar un rato con tu excel, a ver si descubro más curiosidades. Empezaré conmigo mismo. ¿En qué fecha murió (o morirá) del quien soy reencarnación?

–Pues vas a llevarte una sorpresa. Naciste el 25 de mayo del 90 que, atención, es el día 726.627. Eres ejemplar único, hijo.

CATEGORÍA: Ficciones

lunes 23 de noviembre de 2009

Ventajas e inconvenientes del autoestop (Epílogo)

Los cuatro posts anteriores son la traducción (excesivamente libre) de los doce temas que conforman el excelente album Pros and Cons of Hitchhicking, publicado por Roger Waters en 1984. Pese a que me encanta desde siempre Pink Floyd y he escuchado infinidad de veces todos sus discos, poco he seguido las carreras en solitario de sus miembros. De Roger Waters, de quien pide disfrutar en vivo en un maravilloso concierto en el Palau Sant Jordi, conocía un solo disco de rock y no era éste que he descubierto hace unas pocas semanas.

En 1978, Waters se presentó ante sus compañeros de Pink Floyd con las demos de dos posibles albumes para que eligieran el próximo
que había de sacar el grupo. Optaron por los temas que en 1979 serían The Wall, de modo que la otra alternativa quedaría guardada unos años, hasta que los conflictos entre Waters y los restantes pinkfloydianos forzaron al primero a separarse e iniciar su carrera en solitario. Por eso Pros and Cons of Hitchhicking aparecería cinco años después que El Muro, aunque se aprecia fácilmente el parentesco compositivo entre ambas maravillas.

Instrumentalmente, en Pros and Cons no están los restantes Pink Floyd pero eso no hace que se pierda el sonido característico y que, en algunos momentos, hasta parezca mejorado. Yo destacaría el saxofón de David Sanborn (que compite más que dignamente con los fabulosos solos de Dick Parry en Dark Side of the Moon), pero sobre todo la excepcional guitarra de Eric Clapton. No tengo ni idea de cómo "ficharía" Waters a Slow Hand, pero desde luego fue un acierto (cabe suponer que Gilmour se quedaría de piedra viendo quien le sustituía).

Al igual que The Wall, Pros and Cons es un disco de los que se han dado en llamar conceptuales; es decir, que cuenta una historia. La historia consiste en la mezcla de sueños y realidad que vive un hombre de mediana edad en su dormitorio de los suburbios londinenses entre las cuatro y media y cinco y once de la madrugada. El tío fantasea con engañar a su mujer norteamericana con jovencitas autoestopistas, luego con abandonar la ciudad y mudarse toda la familia a la granja familiar de ella, luego con que ésta lo abandona y se convierte él en el autoestopista, para finalmente arrepentirse y despertarse aliviado al ver que su mujer sigue a su lado. La influencia del Ulises de Joyce en los textos es meridiana, tanto en el esquema temporal como en el recurso al famosísimo "flujo de conciencia", así como al empleo de imágenes y alusiones que resultan muchas veces enrevesadas.

Ya he dicho que los posts son una traducción demasiado libre. La razón fundamental de mis libertades es que no soy capaz de traducir las letras; en muchas frases el sentido completo se me oculta y he optado por lanzarme al vacío con mis propias interpretaciones. El segundo motivo viene a ser hacer de la necesidad virtud; como no tenía forma de conseguir una traducción decente pues cuento la historia a mi modo apoyándome en las palabras de Waters las más de las veces pero inventando otras (o suprimiendo las suyas) cuando me ha venido en gana. En todo caso, quien quiera y se atreva, puede conseguir fácilmente las letras en internet. Finalmente, como no podía ser de otra forma, he aprovechado para acompañar cada "capítulo" del tema correspondiente. Disfruten de la música.

CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

domingo 22 de noviembre de 2009

Ventajas e inconvenientes del autoestop (10, 11 y 12)

5:01

Un ángel del infierno en su Harley frena derrapando. La moto queda cruzada junto al arcén, la apoya tras sacar el soporte, se inclina hacia atrás sobre el sillín, luego se despereza, y me extiende una mano grasienta y llena de cicatrices. –¿Cómo estás, hermano? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? Me estrecha la mano con extrañas sacudidas, seguramente algún código californiano. Siento crujir los huesos. –Que tengas un buen día.

Una ama de casa de Encino, cuyo marido está en el golf con su libro de reglas, frena y da media vuelta para echarte una segunda mirada. Lanzas el sedal y el pez muerde el anzuelo. Aliento dulce a vodka y tabaco; otro número en tu pequeña agenda negra.

Son las ventajas y los inconvenientes de hacer autoestop. Oh, cariño, debo estar soñando.

Estoy de pie en el borde más extremo. La costa este se despliega ante mis ojos. Salta, me dice Yoko Ono. Tengo demasiado miedo y además soy demasiado guapo, contesto. Vamos, insiste ella, ¿por qué no te atreves? ¿Por qué prolongar la agonía si todos hemos de morir?

¿Recuerdas Dick Tracy? ¿Te acuerdas de Shane? Mi madre me quería. Shane, ¿puedes verle vendiendo boletos mientras los buitres sobrevuelan en círculos? Esos sí eran ... Las cosas claras, directas. ¿Alguna vez entendiste la música, Yoko, o todo fue en vano? La muy zorra me contesta algo místico. ¿Héroe? No soy un héroe, así que aquí estoy de vuelta en la acera?

Son las ventajas y los inconvenientes de hacer autoestop. Oh, cariño, debo estar soñando. Estas son las ventajas e inconvenientes de hacer autoestop.



5:06

En un bar de carretera, la camarera se inclina sobre el hombre. Hola, ¿quiere una taza de café? Él está absorto, la mirada perdida. Disculpe, ¿desearía una taza de café? De acuerdo, ¿le pongo crema y azúcar? El hombre piensa, sueña ...

En paradas de camiones y en hamburgueserías, en limusinas acompañado de viejas glorias y acurrucado para dormir en los peldaños de las bocas de metro. En bibliotecas y estaciones de tren, en libros y en bancos, en las páginas de historia, en ataques suicidas de la caballería ... Me reconozco en los ojos de cada extraño.

También en las sillas de ruedas que pasean por los monumentos, en lo vagones del metro o del tren de cercanías, en las oficinas municipales o en los tribunales del condado, en las verbenas de Pascua y en los parques de atracciones, en las salas de dibujo y en los depósitos de cadáveres, en una exposición de fotografías sobre balsas en los mares de China, en campos de refugiados bajo la luz de arcos voltaicos y en rampas de desembarco, incluso en las caras borrosas como estampadas por sellos de goma ... Me reconozco en los ojos de cada extraño.

Y ahora, desde donde estoy, desde lo alto de esta colina que he saqueado desde el pozo más profundo, miro a mi alrededor, busco los cielos y protejo mis ojos casi cegados. Y veo señales de días casi olvidados, oigo campanas que tañen sonidos familiares y reconozco la esperanza que enciendes en tus ojos.

Qué sencillo me parece ahora. Nada interfiere, claro. Cómo duelen las lágrimas que amenazan con extinguir la chispa de nuestro amor.



5:11

El momento de lucidez se abre paso titubeante como a veces hace la caridad. Abro un ojo y acerco mi mano hasta acariciar tus cabellos suaves, para asegurarme de que todavía estás a mi lado. Y tengo que admitir que tenía algo de miedo, sí. Pero tengo suerte porque estás despierta. No podría soportar seguir solo ni un momento más.


sábado 21 de noviembre de 2009

Ventajas e inconvenientes del autoestop (7, 8 y 9)

4:50

Trinos de pajarillos, los coches rasgan veloces el aire campestre. Mientras pasan dirijo mi ojo mental por encima de los bultos del portaequipajes más allá del horizonte, hacia donde los fabricantes de sueños tientan a los incautos con pasteles en el cielo. ¡Vete a pescar, muchacho!

Nos mudamos en la primavera con el maletero lleno de libros; libros sobre mecanismos solares y sobre lo bello que es el parto natural. Talamos algunos árboles y rastreamos nuestros ideales; represamos el torrente. Y construimos un estanque de pesca en el que los niños chapoteaban. Cogidos de las manos hicimos nuevas amistades; prácticamente, vivíamos de la tierra. Adoptaste un cachorro de zorro (su madre sería el abrigo de alguien); lo alimentabas en tu propia mano y lo apretabas estrechamente en la que fue la cama del abuelo mientras yo escribía. Cultivábamos nuestro propio maíz. Y sólo de vez en cuando bajaba hasta el pueblo a conseguir antibióticos y munición para la escopeta. Cuando el sol se ponía, cada día más temprano, les contaba historias a los niños mientras trabajabas en el telar.

–Capítulo seis; Eeyore tiene el cumpleaños y le hacen dos regalos ...–Vamos, papi, cuéntalo.–Eeyore, el viejo burrito gris, se para a la orilla de un arroyo y se ve reflejado en el agua – (patético, esto es lo que hay)– Buenos días Eeyore, dice Winnie-the-Pooh. Vaya, piensa el osito, ha estado pensando demasiado tiempo.

Todas las hojas cayeron, las cosechas se oscurecieron, llegaron los primeros copos de nieve. Se acabó, me di cuenta de que no todo era bueno en nuestro paraíso. Los niños cogieron bronquitis, la calefacción se quedó sin diesel. Un fin de semana un amigo del Este de alma podrida robó tu corazón. Dije: a la mierda, llévate a los niños de vuelta a la ciudad, tal vez nos veamos por ahí.

Así que arrojamos todas nuestras esperanzas y nuestros sueños al viento y la lluvia. Cogimos sólo nuestros ahorros y dejamos todo lo demás, desperdicios y basuras. Y de nuevo en la carretera, de nuevo en la carretera.

(Adios, papi. Puedes traer a Pearl, es una chica muy agradable, pero no traigas a Liza).


4:56

Hoy por primera vez siento que todo se ha acabado. Tú eras la excusa cotidiana en mi actuar mudo, sordo y ciego. Quién habría pensado que así sería nuestro final. Arrastro mi propia carga más allá de los árboles y tengo que admitir que no me gusta nada. Aquí, caminando por el borde de esta solitaria carretera, esta solitaria carretera.



4:58

–Eh, tío, ¿quieres que te lleve? Venga, sube. ¿Qué? ¿Cómo va todo?
–He alicatado paredes con azulejos de patitos mientras mi corazón se convertía en ruinas oscuras, he construido bungalows en las colinas, he dejado de vagabundear, de interesarme, de vivir. Llevé a mi chica al campo para empezar una nueva vida, para que durmiéramos bajo la luna. La mantuve entre algodones; ¡Cristo, cuántos vestidos tenía! Y luego va y se vuelve loca.
–Sí, las mujeres son como críos. ¿Quién las entiende? No hay nada que hacer con ellas.
–Esperan a que llegue el hombre especial, ese que les acune el corazón con gentilezas, que les prometa una comunicación profunda ...
–Vi un programa sobre eso en la tele.
–Y uno en cambio siempre pagando los platos rotos, llevándola al cine, al teatro, construyendo la casa de invitados para sus padres, jodiéndose por ella. Algo me merezco, carajo, podrías animarme, maldita sea, no dejar que me hunda ...
–Olvídala, tío.
–Ese tipo, con sus pies tan cuidados, sus uñas tan limpias. Cree que es una roca en medio del océano de dudas. Soy un condenado marica, qué coño hago aquí, lloriqueando. Muévete, imbécil, vete a buscarlos. Suéltale a ese idiota lo que piensas de él. Comprométete, recupérala. ¡Dios, cuánto me gustaría! Pero creo que voy a vomitar.
–Eh, muchacho, aquí no. ¡No, joder! ¡Fuera del camión!


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

jueves 19 de noviembre de 2009

Ventajas e inconvenientes del autoestop (4, 5 y 6)

4:39

Hoy por primera vez he tenido su cuerpo desnudo junto al mío en este hotel sobre el Rin. La he hecho mía. Oh, cariño, cariño. Acércate, permanece conmigo; por favor, quédate conmigo.

El hombre suplica, cada vez más alto. Ehhh, ¿qué pasa? –refunfuña su mujer. Y él intenta abrazarla, atraer su cuerpo, mientras en sueños grita cada vez más fuerte: quédate conmigo, quédate conmigo, quédate conmigo ...

¡No, déjame! No es un hotel junto al Rin, pero él no quiere abandonar el sueño. Un hombre maduro, en su casa de los suburbios, manosea ansioso a la mujer que yace a su lado, su mujer. Quédate conmigo, insiste con su último grito agónico. Olvídalo, zanja ella.


4:41

La mujer se da la vuelta, quiere seguir durmiendo. Maldita sea, piensa él, estoy cachondo. Incómodo en la cama, el cabreo hacia su mujer desborda sus ensoñaciones. Coño, tía, aparta ya el puñal y hagamos la revolución sexual. Venga, mujer, liberémonos de nuestras broncas con esta llamada a la unidad. Ya mañana decidiremos, pero ahora juntémonos para que pueda saquear tu dulce gruta. Recuerda que sólo los pobres podrán salvarse.

La mujer refunfuña, molesta por el parloteo del hombre (duérmete, pesado). Éste, más exaltado, continua sus desvaríos. Oye, chica –le sigue diciendo-, siempre he preferido tus labios más rojos, no como los que te ha dado Dios. Eh, no me señales, no soy más que una rata en el laberinto que tú eres y sólo muertos podremos liberarnos. Así que, por favor, cojámonos las manos mientras damos tumbos por el laberinto. Y recuerda, nada puede crecer sin lluvia. Pero no me señales, aparta ese dedo de mí.

Fuera una tormenta atruena. Los rayos deslumbran intermitentes las habitación. El hombre abre los ojos. Debo tener fiebre, dice, las sábanas las he empapado en sudor. Has tenido una pesadilla, le dice ella, y parece que no se ha terminado todavía; supongo que tendrás que aprender algo. Entonces, la mujer sale de la cama y coge, de la mesita junto a la ventana, el perrito que él guardaba para el desayuno y se lo lleva a la cama para comérselo. Y él, en la cama, se siente como un perrito, emparedado entre dos piezas de pan, asumiendo su castigo.


4:47

Asustado, se acurruca en una esquina de la cama, la chaqueta del pijama sobre la cabeza. Ella sonríe mientras termina su sandwich con una mirada fría que disecciona su oscura historia, como si barriera los restos de ese amor de la cama. Y cuando vuelve a extender la colcha, cuando ya el hombre ha agotado las plegarias, la mujer dice: Ven aquí, chico tonto, antes de que cojas una pulmonía; sólo estaba bromeando. Dejemos atrás la porquería de la ciudad, no nos peleemos, podría estar bien vivir en el campo, ¿no lo crees? Venga, animémonos. Y él contesta: vale, de acuerdo.

Cierra los ojos, el sueño vuelve a abrazarlo.

–¿Nos vamos ya? –¿Adónde te gustaría ir, querida? –Mmm... Vermont... Wyoming, sí. –¿Wyoming? Vale, vale. Los niños gritan en el asiento trasero: vamos a Wyoming. –Querida, ¿en qué dirección está Wyoming? –Gira a la derecha. Los niños siguen gritando: te has equivocado. –Querido, los niños tienen razon. –Sí, ya sé. Mira cuantos ... cuantos Volvos estamos pasando mientras nos dirigimos a nuestra nueva vida en el campo. –Jade, cariño, eso está muy mal, no lo hagas.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

miércoles 18 de noviembre de 2009

Ventajas e inconvenientes del autoestop (1, 2 y 3)

4:30 AM

– Parece que están viajando por el extranjero y que han cogido a un par de autoestopistas.
– Taladro –ordena el cirujano.

El hombre se revuelve en la cama, forcejeando con su pesadilla. –Despierta, estás soñando; su mujer le sacude suavemente por los hombros. ¿Qué pasa? Nada, estabas soñando. Los ojos entrecerrados, todavía a medias en el sueño, la boca pastosa, el hombre balbucea: nos estamos alejando de la frontera. ¿Qué frontera? Venga, vuélvete a dormir. Un motero les dice: que tengan un buen día. ¿Qué? –pregunta la mujer. Que tengan un buen día.

Nos estamos alejando de la frontera, buscando un lugar donde dormir. Nos turnamos en la conducción y en el asiento de atrás, desparramados, dos autoestopistas les saludan.

Estoy conduciendo, sigue soñando el hombre, y mi mujer no me quita ojo. Pero una mirada furtiva por el retrovisor, la chica me sonríe. ¡Qué joven es! Pregunto si alguien tiene hambre, si alguien quiere que paremos un rato. Aparco en un área de servicio y vuelvo a mirar por el espejo. Por un momento me parece que el vestido se le escapa por la cabeza, por un momento la visión maravillosa de su cuerpo veinteañero me colma de lujuria. ¿Te gustaría venir conmigo? –le pregunto. Ni mi mujer ni su acompañante parecen existir, son ahora meros comparsas silenciosos. Siento que somos nosotros, sólo nosotros, los dueños de la historia.

Me contesta extrañas palabras balbuceantes y el sol reluce en sus preciosas piernas. Una chica así es demasiado para ese chaval. Salgo del coche, abro la portezuela trasera y me tiendo a su lado, emocionado, con lágrimas en los ojos. Pero, ¿por qué? ¿Acaso soy débil, acaso tengo miedo?



4:33 AM

De pie al borde de la carretera, las suelas de mis zapatillas de deporte adheridas al asfalto son como imanes metálicos. En su cara de chica Fassbinder hay esa clase de sonrisa que podría haber dibujada un niño aburrido atormentándose a la luz de la luna. Sin embargo, veo que está impresionada. Le parezco atractivo y me trata con dulzura. ¿A mí? No, lo que pasa es que ha visto mi Lamborghini verde. ¿Quién tiene miedo ahora? Fuerte y seguro, sin dudas.

Así que fuimos a dar una vuelta por el campo. A sentir el viento en el pelo, la potencia del motor, el estremecimiento del deseo ...

Pero entonces oí el chasquido de una rama, luces de alarma centellearon en mi mapa. Abrí los ojos y ante mi sorpresa ...

Hay árabes con cuchillos a los pies de la cama, armados hasta los dientes justo a los pies de mi cama. (–No rajes a la mujer, Mohamed, la quiero para mí). Dios mío, ¿cómo han llegado hasta aquí? Pensaba que nuestros hogares en Inglaterra eran seguros.

Mientras el terror lo atenaza, una voz femenina (¿de su mujer, de la autoestopista?) le susurra: estaba mal lo que hacías, admítelo, chico.


4:37 AM

Dormir, dormir; sé que estoy soñando. (¡Dejadme solo, largaos, largaos de mi casa!) A través de mis ojos cerrados veo los cielos de Alemania más allá del techo. Y quiero volver. Volver a la chica con la mochila, a sentir sus cabellos rubios. Quiero estar allí, ver el sol descender cerca de las acerías de Krupps en los alrededores de algún pueblo alemán.

El hombre está en una hostería germana. El posadero, un gordo jocoso, los saluda en una especie de deutschenglish entre carcajadas con regusto amenazador. –Buenas noches, queridos dama y caballero, bienvenidos a Königsberg. ¿Quieren bailar conmigo o prefieren beber cerveza? Ja, ja, ja ...

–Gracias, pero (el hombre duda, no termina de sentirse seguro, a salvo) ... Esta joven señorita y yo justamente acabamos de bebernos esta botella de vino. Es muy amable de su parte, pero ... Pero creo que debemos despedirnos, buenas noches. (¡Dejadnos solos, largaos!) ¿Puede darme la llave de la uno-cuatro-tres, por favor? Aquí la tiene, señor. Gracias, buenas noches. (¡Dejadnos solos!) Buenas noches. Ah, perdone, quisiera encargar el desayuno; café para dos y tostadas con mermelada.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

martes 17 de noviembre de 2009

Lágrimas inaprensibles

No sabe por qué se emociona, por qué esa amenaza de llanto. Si ni siquiera había llegado a conocerlo, aunque sentía que sí, como si hubiera sido en otra vida, pensaba. Y el caso es que sí, pero no en otra vida pues no la hay, sólo hay la nada, antes, después, ahora, porque el tiempo engaña, el tiempo es la farsa con la que se disfraza la nada.

Tampoco hay palabras para poder contarlo; el lenguaje está atado al tiempo. Si digo que fue quince años antes de que él naciera (la diferencia de edad) vale tanto como decir que está siendo ahora o que será o que nunca ha sido. Al fin y al cabo, no tiene objeto entenderlo, vale todo porque en el fondo sólo hay nada. Por eso, hablemos de un déjà vu, una emoción paramnésica de la que brotan lágrimas.

Las almas pululamos erráticas ansiosas de tiempo. Encarnarse viene a ser escoger una combinación de cromosomas entre infinitas, un sueño aleatorio, anhelando que esos signos adquieran algún significado, por más que sepamos que sólo son (¿son?) borbotones efímeros en el hervor magmático de la nada. ¡Mierda de metáforas!

Ese cuerpo del que la televisión anuncia su muerte fue (es, será, sigue siendo, no ha sido) una de las combinaciones genéticas elegidas, pero las almas también sufrimos mitosis o acaso todas somos la misma aunque distinguirnos sea nuestra ansia de ser. Como sea, las lágrimas que él no entiende son ecos de mis recuerdos sin tiempo, aunque saberlo no ayuda.

Entre tanto, suena música, rasguños furiosos al lienzo indiferenciado. ¿Nos vamos convertidos en notas? ¿Por qué no? Y en imágenes, olores, texturas, movimientos, cualquiera de los experimentos combinatorios de este universo que no es, que desespera por ser a través de la frenética espiral que hace y deshace combinaciones, como si pudiera redimirse a sí mismo.

Sin embargo, nada más que lágrimas inaprensibles.


CATEGORÍA: Ficciones

sábado 14 de noviembre de 2009

Los detractores de Kinsey

El Informe Kinsey, consistente en realidad en dos investigaciones sobre el comportamiento sexual de los varones (1948) y de las mujeres (1953), supuso desde su publicación un impacto considerable en el modo de ver nuestra sexualidad, primero en los Estados Unidos y luego en todo el mundo. Tanto es así que a Alfred Charles Kinsey (1894-1956) se la ha considerado el padre de la sexología y hay muchos que entienden que sin sus trabajos no se habría producido la llamada revolución sexual y el consiguiente cambio de valores que la sociedad ha experimentado en el último medio siglo. La gran innovación en su momento de Kinsey fue simplemente preguntar, sin prejuicios morales, a las personas sobre sus prácticas sexuales. El escándalo derivó de que muchos comportamientos considerados desviaciones desordenadas (y, por tanto, minoritarios) resultaron no serlo tanto. Asuntos como la homosexualidad, la frecuencia de las relaciones sexuales, tanto en el matrimonio como fuera de él o la masturbación, eran tabulados a partir de entrevistas y presentados cuantitativamente.

A mi modo de ver, lo importante no son los resultados, sino el hecho de que, por primera vez, alguien se planteara el objetivo obvio de que el mejor modo de saber sobre el comportamiento sexual es preguntando directamente a los actores (todos nosotros). A partir de Kinsey, las encuestas se consolidaron como uno de los instrumentos imprescindibles para conocer la realidad de la sexualidad humana y han venido muchos más informes (los más conocidos el de Masters y Johnson y el de Hite). Justamente por las pesadas connotaciones morales que tiene la sexualidad, cualquiera de estos trabajos viene lastrado metodológicamente por muchas dificultades para lograr resultados suficientemente válidos. No obstante, a estas alturas, supongo que cuentan con fiabilidad bastante para que sea lícito afirmar que una gran variedad de comportamientos sexuales se dan con frecuencias y extensión que distan mucho de ser minoritarias.

Lo que está claro es que los trabajos de Kinsey fueron una de las piezas clave para iniciar el proceso de "despojamiento ético" de los comportamientos sexuales, al que algunos comentaristas de mi anterior post se han referido. Que, en contra de los que predica el cura que ha empezado a colaborar en este blog (ya volverá, Números), gran parte de la sociedad haya ido entendiendo que las prácticas, deseos y orientaciones sexuales (entre adultos y con libre consentimiento, claro está) están al margen de la moral y por tanto no proceden ni las prescripciones ni las condenas (ni tampoco las discriminaciones) tiene mucho que ver con esos ya viejos informes. Lo que también está claro es que a otra gran parte de la sociedad no le hace ninguna gracia este cambio de concepción del sexo y piensan (supongo que muchos bienintencionadamente) que ello no ha traído sino efectos nefastos. Así, hay una corriente de opinión compartida por bastantes voces que viene a sostener que el desmoronamiento de los valores morales tradicionales sobre el sexo ha traído como consecuencias la crisis de la identidad sexual, la destrucción de la familia y el debilitamiento de la paternidad, entre otras. Dado que, siempre según esas tesis, tales son valores fundamentales para la cohesión social, la pérdida de los mismos nos lleva a una sociedad desestructurada y abocada a multitud de riesgos y catástrofes. Es natural que, desde esta perspectiva, se consideren los trabajos de Kinsey como uno de los hitos más dañinos contra la humanidad.

Estos grupos encontraron en los noventa un arma fundamental en sus campañas: los trabajos de Kinsey fueron un fraude científico, falsearon los datos con la intención maligna de socavar el orden moral. Esta afirmación se basa en la revisión que Judith Reisman realizó sobre las investigaciones del sexólogo a partir de finales de los setenta y en su libro de 1990, Kinsey, sexo y Fraude. Judith Reisman es una mujer judía nacida en 1935 en Newark. Según ella misma cuenta tuvo una infancia muy feliz y familiar y debió casarse muy joven (no después de los veinte). Ese paraíso hogareño se quebró cuando en 1966 su hija de 10 años fue "molestada" sexualmente por un amiguito de 13 años, un niño del vecindario a quien todos querían; no queda claro en su relato en qué consistió la agresión pero supuso que la niña cayera en una fuerte depresión (moriría dieciséis años después a causa de un súbito aneurisma cerebral que Reisman sugiere que podría estar relacionado con la violación sufrida en la infancia). A esa joven madre destrozada, que por esos años se dedicaba a producir videos musicales infantiles para la televisión, la escandalizan entonces diciéndole que puede que su propia hija lo hubiera buscado porque los niños son activos sexualmente desde el nacimiento. Sin saber todavía nada de Kinsey (a quien imputa la paternidad de una "ideología pedófila"), se va convenciendo de que la nueva "inmoralidad" sexual, difundida y reforzada por las revistas pornográficas, es la causante del daño sufrido por su hija y de tantos otros males que golpean la sociedad. Desde esta toma de postura previa (más propia de un apóstol que de un científico) inicia lo que ella llama su "odisea personal hacia la verdad". Tal búsqueda la inicia matriculándose, ya madurita, en la universidad Case de Cleveland en Ciencias de La Comunicación, donde obtendría su grado en 1976 y el doctorado en 1980. Durante sus años universitarios focalizó su atención en los efectos de la pornografía y de la ideología subyacente sobre las estructuras psicológicas, conyugales y sociales. Cuando descubre la obra de Kinsey le impactan sobre todo sus descripciones sobre la sexualidad infantil y las entrevistas que realizó a pedófilos. En 1981 saltó a la fama en el V Congreso Internacional de Sexología celebrado en Jerusalén gracias a su ponencia "El científico como agente que contribuye al abuso sexual infantil; consideraciones preliminares sobre posibles violaciones éticas". A partir de entonces, avalada por diversas instituciones privadas y estatales (incluyendo al FBI), Reisman ha venido seguido incansablemente trabajando con el objetivo de demostrar la falta de rigor de las investigaciones de Kinsey y la consecuente falsedad de sus conclusiones.

Tecleando en Google "informe Kinsey+falsedad" inmediatamente encontramos multitud de páginas que lo denuestan. Casi la totalidad de las que he ojeado se remiten a los trabajos de Reisman (muchísimas de esas páginas copian un mismo texto), lo que deja claro dos cosas: en primer lugar la relevancia de esta señora y en segundo la escasez de autoridades que se sumen a estas posiciones (los pocos otros profesionales que se alinean a favor de las tesis del "fraude científico" provienen muy mayoritariamente de ámbitos vinculados a instituciones religiosas o "defensoras de los valores morales tradicionales"). Como cabía esperar, estas personas justifican que la débil difusión de sus planteamientos se debe a las presiones de muchos grupos interesados en promover una moral sexual laxa; entre ellos, citan a los productores de pornografía, la industria farmacéutica (que obtienen enormes beneficios de las ventas de anticonceptivos) y el movimiento gay. Para ellos, los trabajos de Kinsey y todos los que siguen su línea (prácticamente la totalidad de la sexología actual) son parte del bagaje ideológico (que no científico) de quienes se esfuerzan por instaurar el Mal en el mundo, en evidente y maniquea traslación al mundo de la guerra eterna entre Dios y el Diablo. De más está decir que ellos son los buenos; también de más está preguntarse quiénes son ellos (basta comprobar las webs que defienden estas tesis).

Coincidiendo con estas personas en que el trabajo de Kinsey supuso un banderazo de salida para el cambio de actitud hacia el sexo (aunque no creo que fuera la causa principal), y entendiendo que desde sus creencias consideren que dicho cambio ha sido nefasto para la humanidad, no acabo de ver por qué creen que "demostrando" errores científicos en aquellas investigaciones podrían dar más peso a sus valores morales. Admitamos que los resultados de Kinsey no se obtuvieron con toda la corrección metodológica que cabría exigir; entonces, no estamos seguros, por ejemplo, de que hasta un 46% de los varones norteamericanos en los años cuarenta ha sentido en cierto grado pulsiones homosexuales o de que el 11% de los casados ha practicado alguna vez el sexo anal. Pero, ¿acaso tiene alguna importancia que estas cifras fueran las correctas (porque, evidentemente, las de ahora son otras)? Independientemente de su cuantificación precisa (y sin duda errónea), lo relevante es que Kinsey desvelara públicamente que todos esos comportamientos sexuales ocurrían, con distintas frecuencias, en todos los estratos sociales, que no eran cosa de degenerados pervertidos o enfermos mentales, lo que, por otra parte, han ido corroborando los trabajos que siguieron a los suyos. Es tremendamente infantil pensar que mostrar que esas prácticas sexuales eran "corrientes" (no siéndolo, según sus detractores) ha generado que la gente se haya animado a hacer lo que antes no hacía. Lo que sí puede haber propiciado Kinsey es la progresiva erosión del sentimiento de culpa personal ante el sexo y, consiguientemente, una visión del sexo más libre de connotaciones morales.

Y ahí radica, en mi opinión, el rechazo principal de todos estos movimientos anti-Kinsey. El sexo debe seguir siendo pecado. No les molesta que la gente peque sino que no consideren esos actos como pecado porque, entonces, se vienen abajo los pilares que sostienen su entramado ideológico. Por eso, interesa mantener la idea de que tales comportamientos son minoritarios (es difícil defender como pecado algo demasiado frecuente) y de ahí los esfuerzos incesantes en cuestionar la validez de casi todas las investigaciones sobre los hábitos sexuales. Si realmente quisieran conocer la verdad (como sostiene Judith Reisman) no se limitarían a señalar los fallos metodológicos de las investigaciones de las que abominan sino que la abordarían corrigiendo los fallos de rigor científico que han denunciado. Pero eso nunca ocurre; lo que ocurre, por el contrario, es que los progresos metodológicos aplicados a nuevos estudios van corroborando (y ampliando) los resultados de Kinsey.

En cambio, lo que sí hacen estas personas, a través de muchas instituciones, es abundar incansablemente, con multitud de ejemplos concretos, en los graves daños psíquicos y físicos que derivan de los "nuevos" valores sexuales, a fin de mostrar como los cambios sociales iniciados a partir de Kinsey nos llevan irremisiblemente a la catástrofe. Este asunto daría para mucho, pero de momento sólo quiero destacar un par de factores al respecto. En primer lugar el tremendo peso del juicio previo (prejuicio) en la conclusiones, lo que en muchos casos, las invalida. Ciertamente, por ejemplo, los cambios en la sexualidad influyen en la estabilidad de la familia tradicional y como ésta es imprescindible para que la sociedad no se vaya al carajo (prejuicio), tales cambios son desastrosos. En segundo lugar el reduccionismo implícito en los diagnósticos (también derivado de los prejuicios morales). Descubren, por ejemplo, que hay muchos hombres que entran en una crisis de identidad en cuanto a su rol con graves repercusiones para su estabilidad psíquica y no son capaces de ver cuánto influye en esa incapacidad adaptativa interna el condicionamiento formativo que ha sufrido esa persona justamente por los valores morales tradicionales.

En fin, esos intensos esfuerzos por oponerse, por frenar, el cambio de actitud ante el sexo desde hace tiempo me parecen condenados al fracaso, pero no nos engañemos pensando que hoy carecen de notable influencia y peso en muchas conciencias (y, en mi opinión, siguen haciendo bastante daño). Pienso que mejor harían los defensores de la "moral sexual tradicional" en abandonar tales batallas u optar por otras estrategias, pero sé que, de momento, eso es una utopía. Lo que nos lleva a un tema mucho más interesante: ¿por qué el sexo es algo tan fundamental para estas personas? Como "víctima" de dicha obsesión sexual durante mi formación escolar (a cargo del Opus Dei), he dedicado a este asunto no pocos pensamientos durante mi vida. Pero ya me he enrollado demasiado.


PS: En un comentario a mi post anterior, Lansky dice que estuvo realizando encuestas para el informe Kinsey para contextualizar un chiste muy viejo. Imagino que todo el comentario será falso (no sólo la respuesta a la hipotética pregunta) porque, además, Lansky era un niño en esa época y no conozco que se haya hecho un informe Kinsey posterior en España. Pero si fuera en algo verdad, si has participado en alguna investigación sexológica, aprovecho para pedirte un post al respecto.

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

martes 10 de noviembre de 2009

La masturbación (Perversiones 2)

El de hoy, hijos míos, es un asunto espinoso y lo es porque la complacencia de estos tiempos nuestros declara maliciosamente que no se trata de nada que deba preocuparnos, que, así llegan a decir algunos, es una práctica sana de la sexualidad. Me refiero, ya lo imaginaréis, a la masturbación, a la vergonzosa (que ya no avergonzada) búsqueda del placer solitario. También se la conoce como onanismo en errónea alusión al bíblico Onán, el hijo de Judá, quien desposado con la viuda de su hermano, cuando copulaba con ella vertía su simiente en la tierra, lo que desagradó a Dios tanto que le quitó la vida. Al onanismo lo llamaríamos hoy coitus interruptus y no masturbación pero, como sentaron con claridad meridiana los Padres de la Iglesia (os recomiendo a este respecto la lectura de San Clemente de Alejandría), en ambos casos radica un mal esencial, cual es el derramamiento del semen, negando culposamente la que es su sagrada misión. Si bien ese contrariar los propósitos de la Naturaleza (que son también los designios de Dios, nuestro creador) es un argumento fundamental para calificar la masturbación, como siempre ha hecho la Iglesia, de acto pecaminoso, no voy yo a encaminar esta reflexión por esa senda, sino más bien a descubrir ante vuestros ojos su carácter intrínsecamente perverso, tanto en sí mismo como en cuanto raíz generadora de ulteriores y más graves perversiones.

Os decía que en estos tiempos no sólo se rechaza la maldad del vicio solitario (incluso esta denominación contraviene las hipócritas convenciones de lo políticamente correcto), sino que se ensalza y fomenta como actividad integrante de lo que se ha dado en llamar una sexualidad sana. No hace muchos años yo mismo comprobé como una desvergonzada presentadora televisiva, en un programa de "educación sexual", explicaba las mejores formas de masturbarse y de hacérselo a la pareja. Me dicen algunos padres preocupados que en los colegios a sus niños de pubertades recién estrenadas casi llegan a animarles a estas prácticas con el falaz argumento de la importancia de conocer el propio cuerpo y su "erotismo personal". Y, para no extenderme en tantos penosos ejemplos, muchos maridos me han confesado atribulados que en los coitos conyugales sus esposas recurren a tocamientos individuales en flagrante ruptura individualista de la comunión íntima que representa el sexo matrimonial. ¿Qué ponen de relieve estas y muchas más muestras? Sin ninguna duda, la prevalencia de la búsqueda del placer ante la del amor, la del egoísmo frente a la generosidad. Me podréis decir, quizá, que ambas metas, el placer y el amor, no son incompatibles, que una no quita la otra. Pues os digo en voz clara y rotunda: estáis equivocados, erráis gravemente. El placer y el amor, ciertamente, no son incompatibles; es más, el amor trae consigo, cuando se expresa a través de la relación sexual conyugal, placer, un placer físico tanto más intenso y profundo cuanto que su fuente es espiritual, divina, me atrevería a decir. Pero, en cambio, buscar el placer sí obstaculiza el amor; he ahí la incompatibilidad a la que me refiero.

Masturbándose, el niño, el adolescente, el joven y hasta el adulto, exacerba su sexualidad animal, la meramente corporal. Y esa exacerbación, necesariamente volcada hacia uno mismo, embota las potencialidades de trascendencia del ser humano, lo ciega ante el camino de "angelización" al que me referí en mi anterior charla y, por el contrario, lo enfanga en la sima de animalidad. Siempre, a cualquier edad, masturbarse es retroceder en la senda de nuestra salvación, siempre es conceder una victoria a nuestro lado oscuro, a ese que el diablo aguijonea insistentemente. Pero, siendo así, mucho más peligroso lo es cuando se produce en un púber, en quien está dejando de ser un niño y asomándose irremediablemente a los abismos de perdición que Satanás abre a su naciente concupiscencia. Porque ese niño o, peor todavía, esa niña que caen en ese vicio nefando todavía no han aprendido a templar su carácter y de tal modo están debilitando sus propias potencialidades para coronar este valle de lágrimas con la salvación eterna. Esos infantes que encerrados en sus habitaciones o en el cuarto de baño se desbordan en sacudidas orgásmicas vacías de significado han de convertir el placer en su única meta y, consiguientemente, crecerán en esa maligna espiral, cada vez más incapacitados para encontrar el amor, para hallar a Dios. No exagero pues cuando afirmo que, al margen de su maldad intrínseca, la masturbación en los adolescentes es el brote germinal de futuras y mayores perversiones. Me diréis que no es nada nuevo que los chicos caigan en estas prácticas, que las conmociones hormonales han producido las han producido desde siempre. Sin embargo, en épocas en que la Serpiente no se había enseñoreado de nuestras conciencia con la extensión que hoy lo hace, el niño sabía que su acto era un pecado; caía, es cierto, pero sentía la culpa, esa tan erróneamente denostada en la actualidad. Y sobre esa santa culpa, sobre ese dolor íntimo por haber cedido, por haber infringido el deber moral, se sustentaba como en tierra fértil el propósito de enmienda que les permitiría tras duras batallas interiores avanzar en sus caminos de superación personal. En nuestros días, no lo olvidéis, la tolerancia complaciente ante la masturbación (la negación de su carácter pecaminoso, en suma) es irremisiblemente empujar a nuestros hijos hacia sucesivas y mayores perversiones.

Nos dicen ahora, en irresponsables declaraciones, que la masturbación no es ese monstruo que se pintaba en siglos anteriores. Nos dicen que no es verdad que los adolescentes onanistas vayan a acabar ciegos, aquejados de migrañas crónicas, calvos, impotentes o neuróticos. Pero aunque tales asertos emitidos desde la soberbia sean veraces, ello no reivindica en absoluto la bondad del acto. Como si decirles a los niños que no va a venir el coco cuando son desobedientes significara legitimar la desobediencia. Los mismos que la califican de saludable callan ignominiosamente sus nefandas consecuencias porque sólo saben hablar de nuestro cuerpo animal. Puede que no produzca ceguera, pero sí nos oscurece la conciencia moral; puede que no nos haga impotentes para fecundar, pero sí para el amor verdadero; puede que no nos vuelva neuróticos, pero sí nos conduce a la peor locura que acecha al hombre que no es otra que la despreciar nuestra salvación eterna. La masturbación, como las peores drogas, nos esclaviza, debilitando la fuerza de voluntad, la confianza en uno mismo y el desarrollo de la personalidad. A estas conclusiones, unánimemente consensuadas por los más rigurosos psiquiatras (no, desde luego, por tanto charlatán de feria que se autotitula de sexólogo) habían llegado ya desde hace muchos años todos quienes observaban con rigor y honestidad el comportamiento humano. En base a ellas, la Iglesia ha ido a lo largo de los siglos aportándonos su magisterio moral que es urgente e imperativo que recuperemos y nos esforcemos en poner en práctica. Conviene pues repasar ahora esas enseñanzas, tanto los principios morales como las normas de conducta y, en cuanto a éstas, muy especialmente las instrucciones que vosotros que sois padres debéis observar para atajar y corregir esos comportamientos entre vuestros hijos. Si os parece, abordaré esta segunda parte de la charla en el salón parroquial, ayudándome del proyector. Seguidme, por favor.


CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

lunes 9 de noviembre de 2009

Los ladrones de tiempo

Este fin de semana he leído El pibe que arruinaba las fotos, la reciente novela de Hernán Casciari; me la bajé de su blog, por el cual transito de vez en cuando. El libro, como él cuenta en su último post, es una recopilación de los relatos "autobiográficos" que había ido publicando en su blog, dándoles, claro, una cierta continuidad. Así que muchos ya me eran conocidos, pero eso no quita para que leyera la novela con gusto; el tipo escribe bien y, sobre todo, resulta tremendamente ameno. Una de las historias me sorprendió especialmente; el tataranieto llega del futuro y le habla de esa sociedad:

—En el futuro no hay dinero —me dice Woung—. El valor más preciado es el tiempo. Todos nacemos ricos, digamos. Cada chico que nace, tiene unos cien años de crédito. Después crecés y vas gastando tiempo. ¿Querés comprarte una moto? Te cuesta seis meses. ¿Una casa? Un año y pico. Todo lo que comprás se te va debitando. Y todo lo que vendés, se te acumula.
—No entiendo.
—Imaginate que te vas con una puta —me dice Woung—. Una puta cobra 30 minutos un servicio completo. Cuando terminás de cogerte a la puta, vos tenés media hora menos de vida, y la puta media hora más. Es fácil.
—¿Y entonces quiénes son los ricos en el futuro?
—El concepto de riqueza varía según los intereses de cada quién. Por ejemplo, yo tengo veintitrés años, es decir, tengo un capital suficiente para tener siete coches, dos chalets, y darme la gran vida durante cinco años más y morir. O también tengo la posibilidad de vivir sin lujos hasta que cumpla los ochenta o los noventa. Cada uno hace lo que quiere.
...
—¿Y el trabajo, entonces? —quiero saber— ¿Cómo funciona, cuánto gana la gente en el futuro?
—La gente gana exactamente lo que trabaja —me dice Woung—. El que trabaja seis horas al día, gana seis horas al día. El que trabaja cuarenta horas a la semana, gana eso. Y se puede vivir sin trabajar, pero claro, vivís menos.

—Entonces el trabajo cualificado no cuenta —digo—. Un carpintero que tarda dos horas en hacer una silla, y un poeta que tarda dos horas en componer un poema ganan lo mismo.

—Exacto: cada uno gana dos horas.
—¿Pero si el poema es maravilloso?
—Esa es una gran tara de tu sociedad... Creer que un poema puede ser más maravilloso que una silla.


Sugerente, ¿verdad? Pero no me sorprendió por el tema sino porque yo, hace unos treinta años, escribí un cuento cuyo argumento era casi calcado del que ahora publica Casciari. Debió ser hacia finales de los setenta, a mediados de mi carrera universitaria. Recuerdo perfectamente que la inspiración, absolutamente obvia, fue la lectura de Momo, la novela de Michael Ende sobre los hombres de gris que roban el tiempo a los hombres. Pensé entonces que si el tiempo pudiera ser aprehensible, intercambiable, lo lógico es que se convirtiera en la unidad económica. E imaginé una sociedad en la que, igual que en la futura de Casciari, la gente nacía con un crédito determinado y disponía de él como moneda de cambio, gastándolo pero también adquiriéndolo. El cuento, que era bastante largo (tendría como treinta páginas mecanografiadas) desarrollaba una trama de intriga en la que había unos especuladores que fraudulentamente hacían bajar la cotización del tiempo de una comuna hippie para, adquiriéndolo a la baja, revenderlo a unos ancianos poderosísimos de Londres. La cosa iba empeorando, y pese a los esfuerzos de los "buenos", al final, no como en Momo, esa sociedad derivaba hacia una cruel dictadura en la que se obligaba a una mayoría esclavizada a tener hijos para, al poco de nacer, despojarles de su crédito temporal (obviamente morían) en beneficio de la cruel gerontocracia dirigente.

El relato quedó bastante resultón, tanto que tuvo cierto éxito circulando entre los compañeros de mi facultad e incluso me ayudó a enrollarme con una de las chicas más guapas de la nueva promoción. Se llamaba Lourdes y lo nuestro no duró mucho; al final del cuatrimestre ya se había aburrido de mí y puso sus ojos (no sólo) en mi amigo Alberto, quien inmediatamente dejó de serlo. Lo curioso es que a esta Lourdes no volví a verla hasta principios de los noventa. Habíamos ido a Nueva York y nos alojábamos en casa de una amiga peruana, Francesca. Un día quedamos con otra peruana que también vivía en Manhattan y era Lourdes. Ni la reconocí; estaba gorda y fea. Pero ella sí se acordaba de mí y, sobre todo, de mi cuento del tiempo-moneda. Esa tarde me hizo recordar cuánto se había empeñado en que redactara una segunda versión con final feliz. Y, en efecto, cambié el final (las mañas femeninas y el hambre adolescente), aunque no cedí del todo y rematé el cuento de forma abierta, con un guiño de esperanza al lector, insinuando que en una futura continuación a lo mejor los buenos restauraban la justicia y acababan con la dictadura de los ladrones de tiempo. Pero nunca hubo siguiente entrega.

Esta tarde he estado revolviendo toda la casa a ver si encontraba ese viejo cuento. No he tenido éxito. Puede que esté por algún lado (guardo multitud de papeles añosos) pero mi casa parece un almacén de libros, revistas, carpetas y folios y, aunque siempre me prometo dedicarle tiempo y esfuerzo a ordenarlos, la verdad es que sigo acumulando y cada vez el desbarajuste es mayor. Así que, de momento, no dispongo de la prueba de mi autoría original (que tampoco era nada original) en una fecha en la que Casciari no era más que un pibito de siete u ocho años. Pero eso no quita para que esta tarde, leyendo su novela, me haya sacudido un fogonazo de recuerdos.


CATEGORÍA: Recuerdos

domingo 8 de noviembre de 2009

De vuelta a los sudokus

Advertencia previa: Este post, coda del publicado el pasado 31 de octubre, es todavía más aburrido que aquél. Pero es una deuda de gratitud que cumplo con Números quien, imagino, será el único que lo lea.

En un comentario a mi post del pasado sábado (sí, ése que era un tostón de cifras), Números aportó la solución a la primera de mis preguntas. La solución es 6.670.903.752.021.072.936.960 (o sea, más de 6.670 trillones) de sudokus completos distintos y esta cifra es el resultado de un producto un poco esotérico (9! x 72˄2 x 2˄7 x 27.704.267.971). Claro que, como le dije, ese dato no me explicaba demasiado, así que Números, muy gentilmente, me hizo llegar dos artículos de sendas revistas en las que es explicaba el procedimiento por el cuál se había llegado a la solución. Haré un brevísimo resumen del mismo y a continuación anotaré algunas reflexiones al respecto.

El razonamiento se basa en calcular sucesivamente las combinaciones válidas de las cajas (cuadrados de 3x3 con las nueve cifras). Empezando por la caja del ángulo superior izquierdo, es fácil ver que el número de combinaciones equivale a las permutaciones de nueve elementos (9!). A cada una de las 362.880 posibles primeras cajas ya no le corresponden otras tantas segundas (la situada arriba en el centro); combinando primero todas las formas posibles de disponer las filas (sin importar el orden de las tres cifras) de la segunda caja para que no repitan cifras de las filas correspondientes de la primera, se comprueba enseguida que hay 56 opciones de colocar las cifras sin atender a su orden horizontal. En cada una de esas 56 posibilidades se pueden permutar las tres cifras de cada fila. Como cada fila da 3! permutaciones (6), hay 6˄3 combinaciones para cada una de las 56 opciones; o sea, 12.096 posibles segundas cajas para cada una de las 362.880 primeras. A continuación se pasa a la tercera caja (la del ángulo superior derecha) cuyas posibilidades son muchas menos y más sencillas de ver. Dada cualquier combinación de las dos primeras cajas, las filas correspondientes de la tercera son obligadas, con lo cual sólo se trata de permutar las tres cifras de cada una de ellas y hacer el producto. Resulta pues que hay 216 (3!˄3) terceras cajas por cada una de las 4.389.396.480 combinaciones posibles de cajas 1 y 2. De esta forma, mediante el razonamiento sabemos con certeza que hay 948.109.639.680 distintas combinaciones (casi un billón) de las tres cajas superiores para los sudokus de 9x9.

Y llegados a este punto, según cuenta la revista, se acabó la razón y se pasó a la "fuerza bruta." Fuerza bruta significa poner a los ordenadores a hacer todas las combinaciones posibles para cada una de las tres cajas anteriores. El proceso de cálculo es tan descomunal que parece que no es viable y había que reducirlo a partir de agrupaciones de los posibles sudokus en "clases" (sudokus que son equivalentes a estos efectos). Este asunto fue desarrollado durante 2005 por unos cuantos frikis matemáticos que discutían apasionadamente en un foro de internet y finalmente dos de ellos, Bertram Felgenhauer, un alemán de Dresde, y Frazer Jarvis, un británico de Sheffield, obtuvieron la solución final.

Hasta aquí un resumen del artículo de Juan MR Parrondo en la revista Investigación y Ciencia de diciembre de 2005. Lo primero que me llamó la atención es que la explicación sobre cómo calcular el número de combinaciones distintas de las tres primeras cajas no cuadra con el producto "mágico" que es la solución del número total de sudokus completos. El primer factor de la revista (9!) sí es, en efecto, el total de primeras cajas, pero el segundo (72˄2) y el tercero (2˄7) no coinciden con los respectivos de las siguientes cajas según el método descrito (216 y 6˄2). Como tampoco los productos son iguales (663.352 y 12.096), hay que concluir que el último factor (27.704.267.971) tampoco es el número de combinaciones válidas de las seis últimas cajas. Lo curioso es que Parrondo dice que cada uno de los tres primeros factores "puede explicarse razonablemente, salvo el último de ellos, un número primo de tamaño considerable obtenido por Felgenhauer el 23 de mayo de 2005 tras seis horas de computación en dos ordenadores personales"; y como inmediatamente cuenta lo que he resumido, el lector supone que que los tres primeros factores corresponderían a los resultados de las sucesivas tres primeras cajas del sudoku y el último al de las restantes (al obtenido tras proceso de computación) y no es así. No digo que la solución esté mal, pero sí que la explicación, muy didáctica, no está del todo lograda.

El número total de sudokus completos, además, no es divisible por el número total de combinaciones distintas de las tres primeras cajas, lo cual quiere decir que cada una de estas combinaciones distintas no se repite el mismo número de veces en el catálogo de sudokus posibles. Eso implica que no todas las combinaciones de las tres cajas superiores son compatibles con todas las combinaciones de las seis inferiores o, dicho de otra forma, que si juntamos cada combinación válida de las tres cajas de arriba con cada combinación válida de las seis de abajo obtendremos unos cuantos sudokus incorrectos (con cifras repetidas en alguna columna). Este hecho "estropea" algo más la explicación que aparece en la revista.

Tras leer el artículo se me vino la ocurrencia obvia de que por el mismo método se podría calcular el número total de combinaciones válidas no sólo de las tres primeras cajas, sino también con la cuarta y séptima (completando las cinco cajas que forman los bordes superior e izquierdo). Nótese que estas dos cajas sólo dependen de la primera, así que debe haber el mismo número de combinaciones para la cuarta que de para segunda (12.096) y el mismo número para la séptima que para la tercera (216). De esta forma, la cifra derivada del razonamiento (sin fuerza bruta) subiría de 948.109.639.680 hasta casi dos millones y medio de trillones. Ciertamente, no todas estas combinaciones de las cinco cajas son compatibles con todas las combinaciones de las cuatro restantes y hasta podría ser, conjeturo, que alguna de las primeras no tenga ninguna combinación válida entre las segundas. Pero, puestos a explicar un método que no cuadra con la fórmula, también podría el autor haber dado a entender que el proceso de computación se aplicó "sólo" a cuatro cajas restantes, en vez de a seis.

La segunda reflexión que me vino a la cabeza es que es una pena que la solución no derive de un proceso deductivo y haya que haber recurrido a la "fuerza bruta". Me gusta cómo se razona el número posible de tres (o cinco) primeras cajas y me habría encantado que, con similares armas, se hubiera llegado hasta el final. Poner al ordenador a hacer combinaciones para las seis cajas inferiores me parece una rendición intelectual y, desde luego, muy poco elegante. Digamos que aunque el ordenador nos pueda dar la solución, no nos descubre el "secreto", no nos informa de la lógica que subyace en la generación de sudokus válidos. Por eso, estamos muy lejos todavía de poder determinar, como ingenuamente me planteaba en mi post anterior, el número de sudokus válidos para cualquier rejilla de nxn celdas.

En tercer lugar, me hizo sonreír (una vez más) el comprobar que cualquier duda que a uno se le ocurra ya se le ha ocurrido antes a muchísimas más personas y que cualquier tanteo de solución que uno haya pensado ha sido más que dado la vuelta y ampliado por otras tantas. Me considero bien servido de curiosidad pero hay muchos otros que tienen tanta o más que yo y, desde luego, bastante más tenacidad y conocimientos (amén de medios). Pretender ser originales, aparte de ser un mal enfoque, está condenado al fracaso.

También me ha admirado el empleo de internet en esta aventura colectiva de indagación intelectual. He pasado algunos ratos ojeando los debates en distintos "forums" sobre el tema y, aunque muchas veces me pierdo, llama la atención el grado de entusiasmo y colaboración de los participantes. Todo para calcular el número de soluciones de un simple juego, algo que parecería irrelevante. No lo es, sin embargo, porque refleja una de las potencias más nobles de nuestra especie, la de enfrentarse a los retos intelectuales, la de buscar respuestas que hagan inteligible la realidad. Esa constante del ser humano (en la que la curiosidad es factor imprescindible) encuentra hoy en internet un instrumento valiosísimo para fomentar la colaboración. Frente a tantas otras "cualidades" nuestras que no son precisamente loables y en las que siempre tendemos a fijarnos, alegra ver que el espíritu de colaboración y la curiosidad intelectual siguen vigentes. No siempre hemos de fustigarnos con críticas pesimistas.

Por último, la lectura de estas revistas me ha permitido ver mi duda inicial en un marco mucho más general, atisbar al menos otros temas relacionados que, si tuviera tiempo, son un terreno feracísimo para el entretenimiento intelectual. También (y con esto ya acabo) para comprobar que hay muchas dudas aún no resueltas y, entre ellas, la que motivó mi post: ¿cuántos sudokus hay? Me refería a cuántos sudokus incompletos válidos, con una única solución, podían plantearse. Evidentemente, tienen que ser muchos más que los 6.670.903.752.021.072.936.960 sudokus completos posibles, pero no he encontrado, ni en las revistas ni en las webs consultadas, ya no la solución (que seguro que no se sabe) sino ni siquiera la enunciación del problema. Al fin y al cabo, ello no es más que una muestra de otra constante de la inquietud intelectual humana: cada duda que se resuelve genera nuevas dudas a resolver. Como ya dije en un antiguo post, cuesta entender que podamos aburrirnos.

CATEGORÍA: Curiosidades dispersas

jueves 5 de noviembre de 2009

La postura del misionero (perversiones 1)

Os quiero hablar hoy, hijos míos, de las perversiones. ¿Y qué son las perversiones sino aquellos actos que, perturbando el orden moral, degradan nuestra naturaleza, nos hacen retroceder en el camino de la santidad a la que todos estamos llamados? Los hombres (y también las mujeres, hijas mías) somos de naturaleza animal, es cierto, pero por la Gracia estamos impelidos a trascenderla, a "angelizarla", para finalmente alcanzar el estado de pureza inmaculada en el cual gozar de la bienaventurada vida eterna. Pero este camino, bien lo sabéis, es arduo, está lleno de impedimentos diabólicos. Porque el demonio, la más perversa de las criaturas pues siendo la más amada de nuestro Señor en su inconcebible soberbia se volvió contra Él, amargado por un odio infinito a la humanidad se empeña incansablemente en desviarnos de nuestra meta. Satán ansía apoderarse de nuestras almas, frustrar nuestros anhelos de purificación, conseguir que, por el contrario, nos enfanguemos en lo más abyecto de nuestras naturalezas imperfectas. Y es que es en ella, en nuestra naturaleza humana, donde radican las tentaciones que Belcebú nos presenta incansablemente. Pervertirse, hijos míos, es caer en la atracción de nuestro lado oscuro y, consiguientemente, hacernos cada vez más animales y menos ángeles.

¿Cuál es el ámbito en el que más abundan las perversiones? No os equivocáis, no, es en efecto en el sexo, en la desenfrenada actividad sexual, donde el diablo acecha a cada rato. Prueba de ello es el interminable catálogo de prácticas pecaminosas y aberrantes que ha exhibido la perversión del ser humano a lo largo de la historia. Actos sexuales que no nacen sólo de cerebros enfermos; los pensamientos, las fantasías, las pulsiones íntimas que los provocan son propias de nuestra naturaleza, de ese lado oscuro que la Serpiente acicatea. Todos tenemos, pues, la perversión anidada en nuestras mentes, como saben quienes desde ya hace siglos la han estudiado. Sin embargo, en estos tiempos laxos, pareciera que lo hemos olvidado y, no os engañéis, éste es uno de los mayores triunfos que jamás se había anotado el Maligno. Nos hemos convencido de que tantas y tantas de esas prácticas sexuales son normales, hasta buenas, llegan a decir algunos. Se habla de "vida sexual plena" para justificar un todo vale en el que se meten, indiscernibles, una pléyade de perversiones. En estas charlas, hijos míos, quiero referirme a algunas de ellas, a esas que erróneamente podríais considerar inofensivas, que incluso algunos de vosotros practicáis sin ninguna sensación de culpa.

El acto sexual en el matrimonio no es en sí mismo perverso. No voy a sostener ahora argumentos medievales que lo consideraban un "mal necesario" de lo que derivaba que sólo era lícito si encaminado a la procreación. No, el acto sexual no es malo ni tampoco lo es el placer que de él nace. No sólo eso, el placer sexual que se regalan mutuamente los esposos es un instrumento para fortalecer su amor y, por tanto, para hacer del matrimonio un más eficaz vehículo para la santificación. Recordad que es el amor conyugal lo que da vigor y santifica al sacramento y, entre los medios para lograrlo que Dios ha concedido a quienes lo eligen, está sin duda la práctica sexual. Ahora bien, no cualquier práctica sexual, sino sólo aquéllas a través de las cuales se expresa el amor dulce y respetuoso al cónyuge y, en ningún caso, las que provienen de las fantasías morbosas que albergamos, esas que Asmodeo nos agita, esas que son lastres en nuestros esfuerzos de superación moral. Porque las prácticas sexuales que nacen de esos recovecos de nuestros lados oscuros son siempre perversiones.

Como no quiero cansaros más con prólogos, os diré directamente que el único modo para la consumación del acto sexual que nos da garantías de eludir las prácticas sexuales es la que se suele llamar postura del misionero. Los esposos, abrazados, expresándose su amor con besos y caricias, pasan tras estos preliminares a la penetración, a la introducción del miembro viril en la vagina femenina, que es también, qué duda cabe, una ritualización de la unidad de la pareja, una fusión corpórea que refleja y a la vez refuerza el entrelazamiento de las almas. Y ese acto ha de llevarse a cabo situándose el marido sobre la mujer. No es la razón principal, como he oído en ocasiones, que de esta forma se simboliza el papel protector del hombre, ni mucho menos ninguna prevalencia opresiva. Niego, desde luego, que esta postura responda a una cultura machista como proclaman insensatas ideologías feministas. Sí es cierto, en cambio, que armoniza con una de las obligaciones del marido, cual es la de proteger a su compañera; pero no hay en ello ni la menor brizna de degradación de la mujer. El esposo cubre a su esposa y el verbo cubrir nos trae a la mente la idea de una manta protectora, cálida, acogedora.

Pero el motivo fundamental de que sea en la postura del misionero como han de culminar las relaciones sexuales estriba en que los cónyuges han de hacer el amor mirándose a los ojos. No se hace el amor sólo con los órganos genitales sino también, y a la vez, con las miradas. Mientras el cuerpo varonil penetra al de la fémina, ambos ojos se intercambian el amor que sienten y, así, lo que de otra forma no sería más que placer animal, contribuye a intensificar el amor de la pareja, a reforzar el sagrado vínculo que los une, a contribuir, en suma, a ese camino de santidad al que todos estamos llamados. Comparad brevemente (no os recreéis) a esos dos amantes esposos con una pareja entregada al coito a tergo. Éstos fornican como perros, degradándose en su más abyecta animalidad. Los animales nada saben de amor y por eso, comportándonos como ellos, nos pervertimos. No es casual que desde siempre las más frecuentes representaciones del Príncipe de las tinieblas, sobre todo cuando nos tienta en el terreno de la sexualidad, hayan sido en forma de animal. Pues hacia esos rumbos envilecidos de perversión nos encaminan muchas otras formas de coito de las que, ingenuos de vosotros, habéis dejado de notar su peligrosidad moral, los riesgos que implican para vuestra salvación.

¿Sabéis por qué se llama postura del misionero? Pues porque en los tiempos en que los europeos cristianos llevaban nuestra cultura a los salvajes descubrieron abrumados que esos infelices, tan cercanos a los propios animales, copulaban como ellos. Quienes heroicamente asumieron la misión de civilizarlos (y estos misioneros no eran sólo los sacerdotes) entendieron que formaba parte de la misma erradicar esas prácticas sexuales aberrantes y enseñarles el coito frontal, un requisito básico de dignidad. Se trató de hacer más humanos a aquellos seres, de apartarlos de una sexualidad basada en el bestialismo. Así, en aquellas tierras y en aquellos tiempos, la postura del misionero, haciendo honor a ese nombre, se erigió en una verdadera innovación moral, casi metafísica, diría yo, en la medida que permitía a esas personas ser conscientes de la vocación divina (no animal) de su naturaleza humana y, además, de reconocerla en la compañera o en el compañero. Cuesta entender, si no es porque conocemos la profunda ignorancia de esas feministas, cómo pueden tildar a una postura que eleva a la mujer al rango de persona, de igual a su compañero, de ser al que no se fornica sino que, a través de esta cópula, se ama.

Mi ministerio me impide explayarme en torno a los detalles, pero no creo que os sea imprescindible. Meditad ahora, hijos míos, sobre este asunto. Revisad, en íntimo examen de conciencia, vuestros propios comportamientos sexuales. Descubrid vosotros mismos cómo los más limpios y hermosos intercambios amorosos con vuestra mujer, con vuestro marido, se han producido en esta postura. Advertid, por el contrario, cómo esos sentimientos suelen ensuciarse con emociones bajas, animales, diabólicas, cuando vuestras relaciones sexuales recurren a otras posturas. Conoceos, no os engañéis, conoced cómo el sexo puede ser tanto un instrumento de salvación como una fuente de infinitos chorros de perversión. Y elegid y actuad en consecuencia.

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

lunes 2 de noviembre de 2009

El señor Burns (escenas chipunas)

El señor Burns entra silencioso en la redacción; todos nos callamos en el acto. Sus rabietas son famosas en toda Chipunia y hoy, sabidos los acontecimientos, toca una. El señor Burns pasea entre las mesas y entre los ordenadores, silencioso. Su silencio parece algo distinto al silencio nuestro. El suyo es acre, vidriado; el nuestro, muelle, difuso. El silencio del señor Burns lacera el nuestro, lo raja dolorosamente, en silencio. Nuestro silencio está hecho de miedo, el suyo de amenazas, preñado de agravios.

Hace un rato, en el parlamento chipuno, Pi de la Rosa, el portavoz del FLiPa, presentó una dura moción de condena contra la línea editorial de nuestro periódico que fue aprobada por unanimidad. ¡Hasta el PICHi votó a favor! La cosa llevaba meses gestándose y el señor Burns no era ajeno. Muchos jerifaltes del PICHi han desfilado en las últimas semanas por el despacho de dirección, esforzándose en suavizar las diatribas editoriales de Burns. Gracias a Malena conocemos la apasionada defensa de la moderación hecha por el mismo Aquilino Jambón, el adalid más entusiasta de la soberanía chipuna. En estos momentos no nos conviene forzar la mano, –dice Male que dijo Jambón– y además ese tono tuyo nos desprestigia. Esa entrevista la finalizó el señor Burns con una cita latina (Tu quoque, fili mi) dicha entre dientes para inmediatamente despedir al ideólogo del PICHi a cajas destempladas. No volváis por aquí, ni tú ni nadie de tu panda de traidores y cobardes, así le gritó delante de toda la redacción.

El señor Burns no se llama así, claro está. El mote simpsoniano circuló soterrado entre los escritorios de la casa hasta que salió a rondar por otras redacciones y a estas alturas se ha popularizado en los mentideros de San Trifón del Río, con tanto éxito que ya casi ha desplazado al anterior apelativo, "la momia". Pero cuidadito con que se te escape delante de don Gobelio Gil, director del rotativo de mayor tirada de Chipunia, garante de las esencias eternas de nuestra identidad, defensor de la independencia chipuna y azote de los políticos (especialmente los de la Chipunia oriental) al servicio de los intereses cascaterranos. Cuidadito con que Gil sospeche que le faltas al respeto, porque a sus ochenta y cinco años mantiene abundantes reservas de rencor venenoso y un eficaz arsenal de represalias. El rencor que empapa las páginas de opinión de Hoy no es más que una pequeña muestra del que anida en el alma del señor Burns.

Antes de ser la momia o el señor Burns, antes de ser tan inmutablemente viejo, don Gobelio no era tan desaforado. En los tiempos de la Ominosa (yo no había nacido, así que digo lo que me han contado), el joven (¿o no tanto?) Gobelio parecía sentirse a gusto bajo el yugo (y las flechas) cascaterrano y todavía circulan subrepticiamente algunos artículos suyos publicados en Mañana (la anterior cabecera de Hoy; se diría que el tiempo es un cangrejo) en los que loaba las viejas glorias imperiales de Cascaterra y la contribución a tales empresas de los chipunos. Por cierto, pocos meses después de que Gil se hiciera con la propiedad del periódico y lo cambiara de nombre, el archivo se quemó completamente en un incendio nunca aclarado; oportunas cenizas que le permitieron renacer cual ave fénix del independentismo chipuno. Pero esa conversión fue gradual, nada de caídas del caballo ni experiencias místicas. De hecho, cuando entré en Hoy, la línea editorial se caracterizaba por su moderación, anclada en la más ortodoxa tradición conservadora y cristiana. Verdad es que ya gustaba de los sabores "chipunistas", pero sobre todo en el estilo de un folclorismo light, muy lejos de cualquier veleidad soberanista. Acordémonos de las duras condenas que hizo en los ochenta de los minúsculos partidos independentistas, de las mismas personas que ahora ensalza y entonces calificaba de terroristas.

El señor Burns se ha detenido frente a mi mesa. Por unos momentos siento que su silencio acre se derrama sobre mi cuerpo, es una sustancia gaseosa con textura de sudor pegajoso en la que levitan cristalitos ínfimos. El asco araña mi piel y penetra por los poros. Me mira con lo que quiere ser ternura pero esconde lascivia. Me roza la cabeza con su mano apergaminada, esquelética. Ven a mi despacho, Silvia, tengo que darte unas instrucciones. Sí, don Gobelio, y lo sigo, sigo la estela que su silencio va abriendo entre el silencio de mis compañeros, intuyo, casi puedo ver, lo que piensan, lo que imaginan. Por fin me tocó, estaba cantado.

Pese a las presiones, durante los últimos meses la línea editorial no sólo no se ha moderado sino que ha intensificado sus proclamas independentistas en un creciente tono ofensivo. Nosotros no insultamos, Silvia, simplemente llamamos a las cosas por su nombre, no nos plegamos al lenguaje servil de estos políticos que traicionan al pueblo chipuno. En su despacho, el señor Burns me explica detalladamente (demasiado detalladamente, pienso) su estrategia reciente, me argumenta que se aproximan fechas claves para el devenir de Chipunia en las que se jugarán nuestras opciones de futuro. Sin embargo, no termino de creerle; detrás de esa jerga sobre la descolonización inminente adivino intereses de poder y, sobre todo, económicos. Intuyo que Hoy se ha radicalizado con la complacencia del PICHi, a pesar del voto condenatorio de sus parlamentarios y, por supuesto, de la embajada de Aquilino Jambón; el famoso "ideólogo" no se entera de lo que de verdad se cuece en su partido. En todo caso, contra lo que suponíamos en la redacción, el señor Burns no está molesto por la resolución del Parlamento; me quedo con la impresión, muy al contrario, de que le agrada que se haya producido.

Pues ahora resulta que he de ser yo quien escriba el editorial de mañana, quien estructure la respuesta "institucional" del periódico a la condena "institucional" de la clase política vendida al colonialismo cascaterrano. Un honor envenenado el que me otorga el señor Burns porque, de alguna manera, equivale a vender parte de mi alma. Una tarea incómoda, además. ¿A quién le gusta escoger entre las palabras más rencorosas, seleccionar los adjetivos más capaces de activar las pulsiones oscuras de los ciudadanos? Pero don Gobelio, quizá adivinando mis reticencias, me tranquiliza: no ha de ser un texto agresivo, Silvia, céntrate en el ataque a la libertad de expresión, eso es lo que nos interesa, que quede claro que somos víctimas del talante facistoide de esos diputados y que lo somos, justamente, por defender la libertad de Chipunia. No lo dice, pero entiendo la estrategia que persigue, a qué se refiere con lo del salto cualitativo para el periódico. Pretende que Hoy empiece a considerarse casi como un órgano institucional, con derecho privilegiado de interlocución en tanto vocero oficial de la nación chipuna. Lo de menos es que se llegue o no a la independencia; para él, casi mejor que ni ocurra, para poder consolidar las prebendas del contrapoder.

Esta tarde, a las siete, tengo que llevarle el artículo a su casa para que lo corrija y, son sus palabras, le dé un "toque personal". Malena, su secretaria, me ha invitado a almorzar. Malena tiene unos treinta y mucho y un cuerpo espectacularmente voluptuoso (que, además, se afana en resaltar con ropas entalladas). Todos dicen que se acuesta con el señor Burns y no sólo con él. Antes trabajaba para Amando Kalinas, el famoso empresario turístico tan metido en la política chipuna; dicen que también se acostaba con él y que fue él quien la puso en Hoy. Durante la comida, Malena me insinúa con muchos rodeos que le gusto al señor Burns, que debería aprovecharme de esa inclinación. Me río intentando tomarme a broma sus palabras. Pero si es un anciano (estoy a punto de decir "un viejo repugnante", pero me muerdo la lengua a tiempo), ¿cómo va a querer, a poder ...? Hay pastillas, Silvia, y te aseguro que funcionan. Su mirada es amistosa, con un leve atisbo de reto en el fondo de sus ojos. Me acaricia una mano, apenas un sutil esbozo, como si lo hiciera distraídamente. Sé que te parece asqueroso, pero no lo es tanto, es casi hasta tierno. Pero tú sabrás lo que te conviene, y retira su mano. Al despedirnos me dice que ella estará esta tarde en la casa del señor Burns (así que no has de preocuparte, habrá una amiga contigo). Además, allí podré conocer a Kalinas (ya verás que hombre más interesante; ha sido él quien le ha sugerido a Gobelio que te encargue este artículo tan importante).

Ahora estoy en casa, inquieta y desconcertada. El texto está escrito, me he duchado, perfumado y vestido con ropas que no son las de la redacción. Dentro de unos minutos arrancaré el coche y en poco tiempo habré llegado a la casa del señor Burns. Me gustaría saber qué es lo que me estoy jugando.


CATEGORÍA: Ficciones

sábado 31 de octubre de 2009

¿Cuántos sudokus hay?

Al poco de popularizarse los sudokus me aficioné a ellos y, a la fecha, he adquirido bastante destreza resolviéndolos. Un amigo, viendo que dedicaba cualquier rato muerto a este pasatiempo, me dijo que pareciera que quería hacer todos los sudokus existentes. Es obvio que esa tarea es inalcanzable y además, aunque lo fuera, uno ni se daría cuenta. Al ser sólo combinaciones de cifras, se puede hacer varias veces el mismo sudoku sin percatarse de la repetición. Pero me intrigó el enigma que titula este post. Porque, evidentemente, hay un número finito de sudokus y dicho número tiene que poder ser calculable. ¿Cómo?

En el sudoku canónico (un cuadrado de 9x9 dividido en nueve "cajas" de 3x3) se usan todos los dígitos a excepción del cero y, una vez resuelto, cada uno de ellos aparece nueve veces. El sudoku más sencillo sería el que solo usa las cuatro primeras cifras, conformado por cuatro cajas de 2x2. Los sudokus "normales" (los que son cuadrados) crecen exponencialmente en tamaño. En términos generales, un sudoku en el que se juegue con n cifras (n tiene que ser el cuadrado de un número natural) tendría n2 casillas, n filas, n columnas y n cajas. En el sudoku canónico, si nos quedamos con una cualquiera de las cajas (o, si se prefiere, una única fila o una única columna del cuadrado completo) es evidente que el número total de "soluciones" distintas es el total de permutaciones de las nueve cifras; o sea, 9! que es 362.880. Como la cantidad es muy grande, vayamos al sudoku n=4. Obviamente, existen 4! (24) posibles cajas; las siguientes:

Identificando con un código cada una de las cajas posibles, un sudoku de n cifras se puede denominar como una sucesión de n códigos. Por tanto, el número total de sudokus posibles sería todas las combinaciones de las n! cajas tomadas de n en n. En el caso de los sudokus de 9 cifras, se trata de C(362.880, 9) que equivale a 362.879 x 362.878 x 362.877 x 362.876 x 362.875 x 362.874 x 362.873 x 362.872, lo que da la astronómica cifra de más de 300 septillones (3,0065E44). Descendiendo al modestísimo sudoku de cuatro cifras resulta un total de 10.626 combinaciones, cantidad que al menos nos es inteligible.

Claro está que de todas esas combinaciones la inmensa mayoría no son sudokus válidos. Para verlo con facilidad volvamos al sudoku más elemental de 4 cifras con 24 posibles cajas. Tomemos la caja 1 para el ángulo superior izquierdo. En el ángulo superior derecho podríamos colocar, en teoría, cualquiera de las restantes 23 cajas, pero (como se ve en el siguiente dibujo) sólo valen 4 de ellas, las coloreadas de verde. Si ponemos cualquiera de las otras 19 cajas a la derecha de la primera en alguna de las dos filas resultantes (o en las dos) se repiten cifras. Así que de todas las posibles combinaciones cuya primera caja es la 1 sólo son válidas aquellas cuya segunda caja es la 17, la 18, la 23 o la 24.

Si ahora ponemos la tercera caja (la que iría en el ángulo inferior izquierda) es fácil comprobar que, para cada combinación válida de las dos primeras cajas, sólo cumplen cuatro cajas. Así pues, tenemos dieciséis combinaciones válidas de tres cajas (que son las que se muestran en la siguiente figuras agrupadas en columnas por cada una de las cuatro combinaciones válidas de las dos primeras cajas). Como sabe quienquiera que sea aficionado a los sudokus, resueltas (n-1) cajas de un sudoku la restante es única; por tanto, la cuarta caja de nuestro sudoku elemental es sólo una posible. Ahora bien, por la misma razón, esas dieciséis combinaciones posibles de tres cajas (recordemos que la primera de momento es siempre fija) no son todas válidas. En el dibujo siguiente se ve que las cuatro combinaciones centrales no permiten una cuarta caja válida. Nos quedan pues, 12 combinaciones de las cajas superior derecha e inferior izquierda para cada caja superior izquierda. Como hay 24 cajas que podemos poner en el ángulo superior izquierda, es inmediato concluir que existen 288 sudokus de cuatro cifras y no las 10.626 combinaciones posibles si no se tuvieran en cuenta las reglas del juego.

Si ahora ponemos la tercera caja (la que iría en el ángulo inferior izquierda) es fácil comprobar que, para cada combinación válida de las dos primeras cajas, sólo cumplen cuatro cajas. Así pues, tenemos dieciséis combinaciones válidas de tres cajas (que son las que se muestran en la siguiente figuras agrupadas en columnas por cada una de las cuatro combinaciones válidas de las dos primeras cajas). Como sabe quienquiera que sea aficionado a los sudokus, resueltas (n-1) cajas de un sudoku la restante es única; por tanto, la cuarta caja de nuestro sudoku elemental es sólo una posible. Ahora bien, por la misma razón, esas dieciséis combinaciones posibles de tres cajas (recordemos que la primera de momento es siempre fija) no son todas válidas. En el dibujo siguiente se ve que las cuatro combinaciones centrales no permiten una cuarta caja válida. Nos quedan pues, 12 combinaciones de las cajas superior derecha e inferior izquierda para cada caja superior izquierda. Como hay 24 cajas que podemos poner en el ángulo superior izquierda, es inmediato concluir que existen 288 sudokus de cuatro cifras y no las 10.626 combinaciones posibles si no se tuvieran en cuenta las reglas del juego.
Naturalmente, con lo expuesto hasta aquí no he hecho más que tantear el terreno sin avanzar apenas nada en el problema. Sólo he "contado" las combinaciones válidas entre muy pocas posibles pero sin llegar a entender todavía los mecanismos que subyacen en la selección de aquéllas, paso indispensable para poder establecer la fórmula de la que resultara el número de sudokus de n cifras. Como el número de cajas posibles si es conocido (n!) y, en el caso n=4, resultan 12 combinaciones válidas por caja y 12 es (¿casualmente?) 4!/2, podría aventurar que la solución sería n! x n!/2. De ser cierto, habría 65.840.947.200 sudokus canónicos válidos. Pero no es más que una conjetura con escasísima base que intuyo errónea.

Así que seguiré dándole vueltas al asunto en algún otro rato libre. Pero la respuesta que busco no es la que he descrito. Hasta ahora he elucubrado sobre el número total de sudokus posibles completos. Pero un sudoku es un cuadrado de nxn casillas en las que en algunas aparece una cifra y otras están vacías. ¿Cuántos sudokus incompletos existen? Esta es la pregunta que de verdad me intriga. Naturalmente para que cualquiera de esos cuadrados incompletos sea válido ha de cumplir la condición de que en cada una de sus casillas vacías sólo pueda ponerse una de las n cifras disponibles. Es decir, que pueda solucionarse llegando a uno de los sudokus completos válidos y sólo a uno. Está claro que para cada uno de todos los posibles sudokus completos hay un número determinado de sudokus incompletos cuya solución nos lleva a él.

Generar todos los sudokus incompletos posibles de un sudoku dado es, en teoría, bastante sencillo: basta con ir borrando de forma ordenada cifras de las casillas. Así, en un sudoku de cifras (y n2 celdas) generamos primero todos los sudokus incompletos con una casilla en blanco (salen obviamente n2 sudokus cuyas soluciones son evidentes); luego pondremos dos casillas en blanco en todas las combinaciones posibles; después tres, también en todas las combinaciones; y así sucesivamente hasta tener de nuevo n2 sudokus en los que sólo hay una celda con cifra (éstos son irresolubles, claro está). Generalizar esta mecánica en una fórmula también es simple: se trata de la sumatoria de todas las combinaciones de n2 elementos tomadas de k en k, donde k varía desde 0 hasta n2 (están incluyéndose el sudoku completo y el sudoku vacío). Ahora bien, esta sumatoria es igual a 2 elevado a n2 (a lo que habría que restar 2 si no queremos incluir ni el sudoku completo ni el vacío). Así que, para cada sudoku completo de 4 cifras, resulta que hay un total de 65.534 sudokus incompletos (no cuento los dos singulares). Como ya calculé que había 288 sudokus válidos de 4 cifras, en teoría podría haber 18.873.792 sudokus incompletos de 4x4. En el caso del sudoku canónico las cantidades, lógicamente, se nos disparan. Por cada sudoku válido habría 2,417 cuatrillones de sudokus incompletos y, suponiendo que mi anterior conjetura es válida (que seguro que no) tendríamos un total de 159.193,642 quintillones de sudokus incompletos de 9x9.

Por supuesto, las cifras anteriores son erróneas porque muchísimos de esos sudokus incompletos derivados de uno completo se repiten entre los derivados de otro también completo. Justamente los sudokus incompletos repetidos son aquéllos no válidos ya que pueden tener más de una solución; es decir, son derivados de más de un sudoku completo. Nótese que, con el método propuesto, no se pueden generar sudokus sin solución (los que a veces me he encontrado cuando en una casilla no va ninguna de las nueve cifras disponibles) ya que todos derivan de sudokus completos válidos. Por tanto, calculando el número de repeticiones y restándoselo al total de sudokus completos se llegaría a la respuesta de mi enigma. ¿Cómo se calculan las repeticiones? Pues de momento no lo sé y ya es la hora de almorzar.

PS: Supongo que este post bate el record entre los tantos aburridos que he escrito. En consecuencia, quien haya llegado hasta aquí sepa que cuenta con mi rendida admiración.


CATEGORÍA: Curiosidades dispersas

viernes 30 de octubre de 2009

El teléfono cuando era niño

Un personaje de un relato de Margaret Atwood (ahora no me acuerdo del título) comenta que siempre se siente incómodo hablando por teléfono y lo imputa al respeto reverencial que en su infancia sus padres atribuían al aparato. El personaje, trasunto biográfico de la autora, vivió la niñez en Canadá veinte años antes que yo la mía. Pese a las distancias geográficas y, sobre todo, temporales, a mí me ocurre lo mismo. El teléfono es para dar recados, no para charlar, decía mi padre; y se cabreaba en cuanto la conversación pasaba del par de minutos. Hablo de finales de los sesenta, cuando la tele (en blanco y negro) era una adquisición reciente y mágica y el teléfono, el único teléfono de la casa, un armatoste negro y pesado de baquelita, estaba en la repisa de la cómoda-aparador color crema que había en la sala de estar, a mano izquierda según venías de la puerta de entrada a nuestra casa.

Ninguno de nosotros podía telefonear sin pedir previamente permiso y, para obtenerlo, había que justificar la necesidad de la llamada. Por aquella época, que yo sepa, no se pinchaban las líneas, pero mucho más me cuidaba de lo que decía pues rara vez podía hablar sin que hubiera nadie en la habitación y, desde luego, recurrir a subterfugios para disfrazar la conversación (susurrar, colocarse con el auricular al otro lado de la puerta) suponía arriesgarse a represalias paternas. Cuando me llamaban, antes de avisarme, cualquiera de mis padres exigía la identificación previa (¿de parte de quien?) y, si no era conocido por ellos, había luego de dar, a regañadientes, el reporte pertinente. Si se trataba de un compañero de colegio (la práctica totalidad de quienes me telefoneaban) casi nunca faltaba el corolario irritado de mi padre: ¿y tan importante era lo que tenía que decirte que no podía esperar a hacerlo mañana en el colegio? Pregunta retórica que, dicho sea de paso, también me soltaba cuando era yo quien quería llamar.

A mi padre ya no se lo puedo preguntar y a mi madre no tendría sentido que lo hiciera (cuando se refiere a nuestra infancia y al comportamiento de ellos hacia nosotros me quedo con la impresión de que habla de otra familia), pero, cuarenta años después, me gustaría entender por qué tanta y tan severa sacralización del teléfono. El argumento de entonces era que costaba dinero y, en cierto modo, eso ya para ellos, niños de la guerra y de la inmediata posguerra, marcaba mucho; tanto que nos transmitieron como uno de los mayores pecados el gastarlo si no era estrictamente necesario (o sea, derrocharlo). Así, hablar por teléfono era siempre un agobio (también para ellos), como si a la vez que la voz del interlocutor estuviésemos oyendo el tintineo permanente de un flujo de monedas cayendo de nuestros bolsillos. No digamos si se trataba de una "conferencia", por ejemplo a los abuelos de San Sebastián, que previamente había que solicitar a una operadora para que, al cabo de unos minutos, cuando se había establecido la conexión, ella nos llamara. Cómo iba uno a hablar relajadamente en esas condiciones.

Pero no basta el motivo económico para explicarlo. Creo yo que el teléfono no era sino un símbolo –entre otros, si bien uno de los más potentes– en el cual cristalizaba el carácter represivo de mis padres. Quizá estarían convencidos de que educarnos requería controlarnos y, por eso, las posibilidades liberadoras de comunicación del teléfono tenían que ser subvertidas. (Me es inconcebible imaginar siquiera que hubiera existido internet durante mi infancia). Porque la cicatería para usarlo en casa se convertía en todo lo contrario cuando estábamos fuera; entonces, a nuestra vuelta después de una tarde sin haber estado bajo su control, los reproches eran por no haber llamado: ¿es que no había ningún teléfono? A medida que crecía (e iba progresando en las transgresiones de los mandamientos familiares) el teléfono fue pasando de objeto prohibido a obligatorio.

Con mis antecedentes es natural que el teléfono no me sea especialmente preciado. Y, aunque me gustaría pensar que me he liberado de los condicionantes paternos, me estaría engañando si creyese que no han calado muy hondo y explican en alto grado muchos de mis rasgos. Por más que en la etapa adolescente, alguna vez, me colgué largos ratos del auricular, esos amagos de rebeldía no removieron los posos y siempre me he sentido incómodo si una conversación telefónica se alargaba demasiado, si se iba convirtiendo en una charla. Pasada ya la rabia hacia mis padres, una vez que, adulto ya, me creí a mí mismo con mi autonomía personal a salvo de sus intromisiones (aunque dudo todavía que esa liberación haya llegado a ser completa), me sorprendo al comprobar que los mantras infantiles forman parte y moldean mis esquemas mentales. De forma que no sólo tiendo a usar el teléfono sólo para dar recados, sino que, ya hace años, me ponía nervioso cuando mi hijo pasaba demasiado tiempo con la oreja pegada (ay si hubiera sido niña) y le increpaba el mismo reproche: el teléfono es para quedar, para decirse cosas concretas, no para enrollarse. Y es que llevamos a nuestros padres dentro; somos, al fin y al cabo, nuestros padres.


CATEGORÍA: Recuerdos

sábado 24 de octubre de 2009

Los Seis Días de Berlín

En la resbaladiza pista los ciclistas van dando vueltas -la espalda paralela al suelo- y vueltas y vueltas y más vueltas. Hora tras hora, kilómetro tras kilómetro. Hacer girar los pedales, el derecho y el izquierdo, tratar de escaparse, quedarse atrás, chupar rueda del que va delante, goma y acero, un maillot, sudor que gotea, la multitud alrededor, al final de los Seis Días un premio, un baño, un largo sueño, un fotógrafo, un flash, una crónica deportiva, una mujer, champaña, un viaje. Más allá de los Seis Días está la vida, que uno vive porque ha corrido durante seis días y para volver a correr otra vez durante seis días. Uno no ha muerto todavía, pero tampoco vive aún.

Eso ocurría en Berlín, en el Sportpalast, el fantástico edificio de la Postdamerstrasse. Yo estaba ahí, no era más que un niño de siete años y me aburría de tantas horas apretado entre multitudes vociferantes. Mi padre era uno de ellos, uno de los que más gritaba porque tenía más motivos que todos. Su hermano pequeño, el tío Klaus, pedaleaba frenético en ese óvalo absurdo de doscientos metros por vuelta. No puedes imaginarte el entusiasmo de los berlineses de 1925 por esa carrera. Seis días, ciento cuarenta y cuatro horas, sin que las bicicletas cesaran sus circunvalaciones eternas.

Alemania se había vuelto loca, eso decía mi padre, que apenas llegaría a entrever la verdadera locura de la siguiente década. Yo sólo guardo recuerdos dispersos, era muy niño, aunque sí, eran los locos años veinte, pero Berlín no era París y la alegría, el desenfreno, era la máscara de la desesperación, del desgarro más salvaje. Ya estábamos saliendo de la montaña rusa hiperinflacionaria pero los desastres de los últimos diez años habían hecho añicos las almas de los alemanes. La de mi padre, entre muchos.

Los berlineses ansiaban gritar, fundirse en masas exaltadas que se apasionaban ante un mismo espectáculo. Supongo que quienes me rodeaban esa tarde de sábado vivían las mismas emociones que los romanos de hace dos milenios en el circo. O mejor, no eran ellos los que vivían sino esas emociones inmortales que los parasitaban, que vienen pasando de cuerpo en cuerpo a lo largo de los siglos de nuestra especie. Ya no había gladiadores intentando matarse ni cristianos a la espera de ser devorados. Eran hombres jóvenes pedaleando frenéticamente y los espectadores paladeaban su esfuerzo, los animaban para que les dieran más, deseando aún sin saberlo que cayeran exhaustos. Porque nada más que el sacrificio definitivo podía colmar, si bien sólo transitoriamente, esa criminal pasión de las masas.

Esa carrera a la que asistí era la decimotercera edición de los famosos Seis Días de Berlín; todavía hoy se sigue celebrando. La prueba provenía de los Estados Unidos, de finales del siglo XIX. Al principio corría un único corredor y paraba cuando no podía más, echaba un sueño y volvía a la pista. Luego se impuso que fueran en pareja y así uno podía descansar mientras el otro pedaleaba. Mi padre había querido ser el compañero del tío Klaus, pero mi madre se lo prohibió; tenía miedo de que perdiera el empleo y, además, ya no era tan joven. Pero no le pudo impedir que todos los días de esa semana acudiera al Sportpalast en alguno de los abarrotadísimo autobuses de entonces y pasara allí largas horas.

Para mi tío los Seis Días lo eran todo. Y 1925 era su año; así nos lo había dicho la semana anterior. Quería ganar, ni siquiera le bastaba el podio. Sin embargo, ese sábado ya podía apostarse a que se equivocaba. Iban en cuarta posición, a muchas vueltas de distancia de los líderes, una pareja de Bremen. Mi padre nos había contado en la cena de la víspera que la culpa era del compañero de Klaus. Lo que mi hermano gana lo pierde luego ese pánfilo de Rudi; soy mucho mejor ciclista que él. Mi madre callaba pero sus ojos emitían señales de amenaza, suficientes para que no siguiera por ese camino. Pero era cierto, si Klaus tuviera un compañero de su nivel podría estar más cercano al triunfo. Sin duda que por ese motivo, pedaleaba más tiempo que el otro, intentaba prolongar hasta el máximo su mejor ritmo en un inútil afán de recortar las diferencias.

Serían las ocho y pico de la tarde. Klaus llevaba desde antes del amanecer, muchas más horas de las que le correspondían, pedaleando vertiginosamente, a más revoluciones, muchas más, que sus competidores, o al menos eso nos parecía. Estábamos abajo, casi a pie de pista. Cuando pasaba ante nosotros casi ni tiempo teníamos de distinguir su rostro blanco, cadavérico, los ojos hundidos con la mirada fija, alucinada. De pronto, en la contrarecta, su bici giró hacia la parte más peraltada, como si de la serpiente giratoria se desprendiese, por su propia fuerza centrífuga, una escama rojinegra. Por un instante, en el borde superior de la pista, pareció que se detenía, que mi tío quedaba suspenso en el tiempo. Y enseguida, como si se quebrara algún hechizo, la bicicleta cayó lateralmente y, con Klaus aferrado a ella, se deslizó hasta la valla inferior.

En el centro del velódromo, además de público, se disponía el personal de asistencia. Enseguida corrieron a recogerlo y lo llevaron a la enfermería del Sportpalast. Mi padre, conmigo a rastras corrió como un poseso, aullando el nombre de su hermano. Ya estaba muerto cuando llegamos. Tenía veintisiete años y para él los Seis Días lo fueron todo. Para mí, aquella fue la primera escena de mi personal maldición de las bicicletas. Habría muchas más, ya sabes que en casi todas las tragedias de mi vida ha estado presente ese artefacto diabólico. Y sabiéndolo, ¿cómo te atreves siquiera a plantearme esos planes?

Notas: El primer párrafo proviene del texto de Joseph Roth "La XIII edición de los Seis Días de Berlín", publicado en el Fankfurter Zeitung el 20 de enero de 1925. La foto del Sportpalast, demolido en 1973, es de 1960 (no he encontrado ninguna contemporánea). La segunda ilustración reproduce un óleo de Kurd Albrecht de 1925 titulado "Erstes Sechstagerennen im Sportpalast".

CATEGORÍA: Ficciones

domingo 18 de octubre de 2009

Sed de catecismo

Porque, en realidad, el comunismo nació para saciar un tipo de sed. Este fenómeno era inevitable, porque en las sociedades contemporáneas se propagó una sed enorme. Por ejemplo, había sed de catecismo, de un catecismo sencillo. Una sed así quema mucho más a un intelectual refinado que a un hombre de la calle. El hombre de la calle siempre dispone de algún catecismo, sustituye uno por otro. Aquello fue algo muy elemental, un simple cálculo matemático. De pronto, empezó a haber de todo en demasía. Había demasiada gente, demasiadas ideas, demasiados libros, demasiados sistemas. Demasiado de todo. Y lo que según los antropólogos de hoy hace al hombre, lo que hace que una sociedad sea humana, es la necesidad de poner orden en esta variedad. Esta variedad es tan horrorosa, se ha vuelto tan horrorosamente grande, que una mente refinada no es capaz de dominarla. No creo que hoy en día nadie sea capaz de proponer un sistema con una mínima honradez intelectual. Es decir, no hay nadie que no sea consciente de la existencia de contraargumentos potentes, básicos e irrefutables, que ponen su sistema en tela de juicio. Hoy en día, para proponer ya no digo un sistema, sino solamente un ciclo coherente de ideas, hay que hacer trampa. Hay que silenciar los argumentos que la inteligencia, la memoria y la lectura nos sugieren. Hay que hacer una elección basada en una trampa intelectual. Hoy, a no ser que alguien posea talento para autoengañarse, sólo un simplón puede ser honrado intelectualmente en el sentido más profundo del término. Y, como ha demostrado la historia del estalinismo, entre los intelectuales, en particular entre los occidentales, el talento para engañarse es monstruosamente grande.

Sin duda la polarización de las sociedades europeas, que empezó a principios de los años treinta, sembró por doquier grupos facistoides, si no directamente fascistas, y trazó una frontera neta entre la izquierda y la derecha. Bien mirado, en la novela
Le mur, de Sartre, se pone de manifiesto la situación de una sociedad partida por el medio, como de un cuchillazo, en esas dos fracciones. Y la necesidad de pronunciarse a favor de unos o de otros. De ahí que defender la posición neutral del pensador resultara tan difícil; esta posición era prácticamente indefendible.

Entonces todavía nadie creía en la victoria del nazismo (1928). ¡Pero si existía un poderoso ejército comunista formado por comunistas incorruptibles y armado hasta los dientes! Mi hipótesis es que, en un momento dado, Stalin paralizó conscientemente el partido. Porque alguien lo paralizó. ¡La política de buscar enemigos entre la izquierda y de organizar huelgas contra el gobierno socialdemócrata de Prusia! El Partido Comunista Alemán organizaba huelgas mano a mano con el partido de Hitler. Pero en toda aquella locura había un método. Tras la llegada de Hitler al poder, en la portada de Inprekor (revista del Komintern), a bombo y platillo un articulazo trinfal del pobre Lenski, que iba a tener un final trágico. Por aquel entonces Lenski estaba en Moscú, pero probablemente viajaba arriba y abajo. E, imagínate, un artículo triunfal para decir que, gracias a Dios, los nazis habían tomado el poder. Que el panorama se había despejado. Que, naturalmente, aquello no iba a durar mucho pero que al menos el engaño de las masas por parte de la socialdemocracia había terminado, que por fin a las masas les había caído la venda de los ojos. Y que llegaba nuestro turno. Y, mirándolo bien, fue lo que ocurrió. El sojuzgamiento de cien millones de habitantes de la Europa del Este, incluidos los dieciocho millones de alemanes, se produjo gracias a Hitler. Sobre los escombros del nazismo. De modo que, al fin y al cabo, Stalin no era tonto.

Los anteriores son fragmentos del libro Mi siglo, confesiones de un intelectual europeo. Se trata de la transcripción de unas largas entrevistas que Czeslaw Milosz hizo a Aleksander Wat en 1965, primero en Berkeley y luego en París. Wat (1900-1967) fue un poeta polaco, simpatizante comunista durante su juventud, represaliado por los soviéticos en la década de los cuarenta, y desencantado de sus compromisos en sus últimos años. Para Wat el comunismo no sólo constituye la diferencia específica del siglo XX, sino que representa la cristalización de lo demoníaco del hombre (en cierto modo, como se ve en uno de los párrafos que he transcrito, el nazismo no fue más que una fase previa necesaria del mismo Mal.) Pero, como acertadamente señala Milosz en el prefacio, lo interesante del libro no es tanto la condena al estalinismo (por más que la abundancia de recuerdos personales aporte una fuerza testimonial de la que carecen los textos de historiadores profesionales), sino la indagación en los factores que hicieron del comunismo un fortísimo imán atractor entre los intelectuales durante todo el siglo pasado y, muy especialmente, entre los occidentales. A estas alturas podría pensarse, ingenuamente, que es un asunto superado, intrascendente. No lo creo. De hecho, es la realidad de los acontecimientos históricos (la caída del comunismo como sistema político) la que lo ha condenado al olvido, al rechazo, pero siguen vigentes los mecanismos intelectuales que, en palabras de Wat, hacen surgir nuestros demonios. La sed de catecismo, dice él, la sed de la simplificación intelectual (incompatible con la honestidad intelectual), que siempre conduce a la polarización, al rechazo de las gamas de grises. En eso no me parece que hayamos cambiado casi nada, no tengo la sensación de que hayamos aprendido la lección (acaso sólo las partes más anecdóticas, por más que atroces, de la historia reciente).

CATEGORÍA: Política y Sociedad

viernes 16 de octubre de 2009

Weekends convalecientes

Hace dos fines de semana tuve un dolor de cabeza continuado. Me cogía toda la parte izquierda de la cabeza: pinchazos agudos en el cráneo y una sensación de irritación superficial, el oído izquierdo, ese lado de la mandíbula, como si tuviera una infección de muelas, y hasta la garganta. El lunes se había ido y toda la semana pasada estuve currando al agotador ritmo habitual.

Este último fin de semana se reprodujo el mismo dolor de cabeza, pero en el otro lado, el derecho. Además, el sábado pasado me dolía tremendamente el pecho y la espalda, casi al menor movimiento (me tenía que estar muy quieto respirando despacito). Llegó el martes (el lunes fue fiesta) y volví a sentirme aceptablemente bien (no cuento los achaques ya asumidos); lo suficientemente bien, al menos, para volver a aguantar otra semana laboral intensa pese a ser un día más corta de lo habitual.

Ayer por la noche se me taponaron las vías respiratorias y me costó mucho dormir. Esta mañana, a la obstrucción nasal se le sumó un moqueo persistente. Hacia el mediodía me pesaban los párpados y empezaba un nuevo dolor de cabeza, esta vez en el área frontal. He vuelto de almorzar y estoy con una sensación generalizada de agotamiento, aunque no creo que tenga fiebre. Así que, pese a que tendría que dejar redactadas un par de cosas, creo que me voy a ir a mi casa y meterme en la cama.

Me temo que este fin de semana toca gripe o, más probablemente, resfriado (aunque hace un calor tremendo). Los otros dos fines de semana, según coinciden todos, se explican con el estrés en el que ando y el agotamiento acumulado que me pasa factura en cuanto aflojo la tensión laboral. Sea como sea, tampoco es plan eso de estar razonablemente sano durante la semana y enfermo el sábado y el domingo. Lo que debería hacer ya lo sé, pero de la teoría a la práctica ...

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

lunes 12 de octubre de 2009

Apendicitis

Tenía doce años cuando mis padres, exasperados por mi incorregible rebeldía, me exiliaron a un internado de Baeza. El colegio pertenecía a alguna orden religiosa; no me acuerdo a cuál pero sí guardo en la memoria las imágenes de unos curas largos y escuálidos, negros palos secos, duros y ásperos como todas las muestras de su comportamiento. Las jornadas se sucedían con la monotonía disciplinaria de un régimen militar o penitenciario. A las cinco y media una de esas sombras maléficas pasaba por cada uno de los tres grandes dormitorios quebrando a campanillazos estridentes nuestros sueños. Venía enseguida (todo se hacía deprisa; la ansiedad de aquella premura es el recuerdo más intenso de aquellas semanas) el tiempo de la ducha. Todos en fila, cada uno con nuestra esponja, desfilábamos entre las pocas cabinas del único y enorme gran baño-vestuario del edificio. Así, en orden estricto, nos colocábamos bajo el chorro lacerante de agua fría (pero no helada, como conocí en ocasiones punitivas o cuando el renqueante calentador central se declaraba en huelga) y nos frotábamos rápida pero escrupulosamente, empapada la esponja de un líquido jabonoso de olor acre, bajo la inexpresiva mirada de uno de los "padres" apoyado en el lavabo central de esa sala embaldosada de losetas blancas. Luego, una vez embutidos en el uniforme gris, el desayuno (la colación, se llamaba) en el comedor de mesas alargadas flanqueadas por bancos corridos, simples tablones de madera basta. Nos ponían a cada uno un inmenso tazón de leche con chocolate (nunca supe la marca de esos polvos oscuros cuyos grumos pastosos se resistían a disolverse) y, distribuidos por el centro de la mesa, unos cuantos platos con rebanadas mal tostadas de pan con mantequilla. Mientras comíamos, uno de los curas paseaba a grandes zancadas leyéndonos en voz atronadora y monocorde algún pasaje del Nuevo Testamento; nosotros, por supuesto, debíamos guardar el más absoluto silencio. Hacia las seis y media nos daban la suelta para que fuéramos a nuestros dormitorios y entonces, por primera vez en el día, teníamos permiso para hablar e incluso alborotar sin demasiados excesos, libres de la presencia vigilante de las figuras negras. Después, cuando todavía apenas había luz, salíamos al desolado patio a formar en tres o cuatro largas filas, cada uno en su sitio fijo, ordenados por el apellido, el brazo derecho estirado horizontalmente hasta tocar el hombro del niño que nos precedía y sentir la mano del que estaba detrás. Formadas las filas, todas perfectamente paralelas, cada peón firme a la misma distancia de sus adyacentes, entonábamos dos cánticos consecutivos. El primero, variable según el día, era algún himno falangista de caras al sol, montañas nevadas o camisas azules, pero el segundo siempre era la Salve, en latín, por supuesto. La versión que destrozábamos bajo la impertérrita batuta del padre director, quien aparentaba estar ante el más afinado de los coros gregorianos, era la tradicional castellana, aunque esto lo he sabido mucho después, cuando conocí las versiones de Tomás Luís de Victoria, Pergolesi, Haydn o Schubert. La ininteligibilidad de sus estrofas permitía a los más audaces sustituir los versos latinos por frases ligeramente obscenas, un juego arriesgado ya que si los curas advertían el sacrilegio las funestas consecuencias recaían implacables sobre todo el grupo. Por fin, cumplidos los fervores patrióticos y marianos, teníamos la hora de "educación física" que, para nuestro contento, consistía en partidos de fútbol sobre el cemento, sometidos a un caótico sistema de rotaciones (unos jugaban y otros esperaban su turno). El juego se practicaba con los uniformes, incluidos los pesados zapatos negros "gorila", de modo que al silbato final entrábamos a las aulas bastante sudados y sucios. Nunca he podido entender por qué las duchas eran a primera hora y no después de la educación física.


Tampoco es cuestión ahora de detallar cómo seguía el horario de todos los días, con su monotonía asfixiante, la opresión de sentirse casi siempre vigilado y la dureza de lo cotidiano, incluyendo en este rubro los diversos castigos de tan frecuentes e indiscriminados que eran. Yo era consciente, desde luego, que mi estancia en ese colegio era la justa consecuencia de mi desobediencia continuada y chulesca. Porque era la soberbia la que principalmente me impulsaba a transgredir las normas de mi infancia; bastaba que algo estuviese prohibido para que quisiera hacerlo y los consiguientes castigos, en vez de enmendarme, reforzaban la decisión de perseverar en mi rebeldías. Me veo boca abajo sobre las rodillas de mi padre, las nalgas al aire recibiendo uno tras otro sus zapatillazos y antes de cada uno la orden conminatoria: di que no lo vas a hacer más; y yo gritaba un no orgulloso o, como mucho, callaba apretando los dientes hasta que mi padre, cansado o asustado por la rojez del culo, cesaba el castigo. Así que sabía bien que me había ganado a pulso ese internado pero ni siquiera cuando se dictó la sentencia (fui convocado al despacho del psicólogo de mi antiguo colegio, allí estaban mis padres, todas eran caras serias) dejé asomar la mínima muestra de debilidad. Pues vale, dije, si creéis que me importa. Sí me importaba, claro, pero pensaba que saldría victorioso, que lo soportaría, que impondría como siempre mi real gana. Sin embargo, no había necesitado ni dos semanas en Baeza para descubrir que no era tan duro, que no era capaz de aguantar ese régimen, que tenía que salir de allí. La cuestión era cómo.

La idea se me ocurrió una mañana dominical de aburrimiento infinito. Más de las tres cuartas partes de los alumnos salían del colegio los fines de semana, sus familias los liberaban por dos días y dos noches. Únicamente unos pocos permanecíamos recluidos, seguramente quienes éramos culpables de peores crímenes o acaso quienes habíamos colmado las paciencias de nuestros padres. Seguía habiendo disciplina carcelaria esos dos días pero algo más relajada (los viernes y sábados podíamos ver un par de horas de televisión y levantarnos a las ocho los días siguientes). Esa mañana vagaba solo por la terraza que quedaba en la parte alta de la escuela, alzada sobre un terraplén de hormigón. Miraba el paisaje, campos de olivos que se extendían hasta agotar la vista y al fondo, cerrando la vega, unas montañas azuladas que mordían las nubes. Entonces me acordé de los dolores de tripa del pequeño Agustín, un compañero pelirrojo del año anterior. Ocurrió dos o tres veces, siempre en medio de la clase de latín, el chaval lanzaba un grito y se encogía apretándose la barriga. El profesor pensaba que fingía (también nosotros) y le obligaba a permanecer en su sitio, mientras él palidecía, aguantando el dolor. Una semana después nos enteramos de que había tenido que ser operado de urgencia de apendicitis aguda. Por lo visto, si hubieran esperado más, el pequeño Agustín la habría palmado. El profe de latín fue reprendido y, una vez Agustín se reincorporó, entonó sus disculpas ante toda la clase. Prometió que nunca volvería a repetirse y nos rogó que cualquiera que se sintiese indispuesto no tuviera el menor reparo en advertírselo. Fue, claro está, su condena, perdió toda autoridad y yo estaba seguro, mientras miraba el panorama de La Loma, de que habría abandonado mi antiguo colegio. Pero lo importante es que todos los adultos, incluyendo mis propios padres, habían coincidido en la gravedad del caso; una apendicitis no es algo para tomarse a broma, menos mal que al chico lo cogieron a tiempo, dijo mi padre.

Se trataba pues de fingir una apendicitis y que, asustados, mis padres me sacaran de esa cárcel. No dudaba de que podría hacerlo; imitar los pinchazos estomacales de Agustín y sus posteriores molestias se me antojaba fácil. Así que empecé esa misma noche, mientras cenábamos. Lo hice bien, tanto que el cura de turno me vio pálido y pese a su escepticismo crónico, acostumbrado a tantas mentiras adolescentes, llegó a dudar. La escena sirvió para que me excusaran del asqueroso guiso de carne (tendones, más bien) y me prepararan una infusión antes de mandarme a la cama. Al día siguiente, cuando el mismo cura me preguntó cómo me sentía, no quise forzar la suerte y le dije que mejor, que ya no me dolía pero seguía con una sensación vaga de incomodidad. Quizá haya que ponerte a régimen, me contestó, pero sin darle demasiada importancia. Fue pasando así el día y en la meditación de media tarde (el sermón diario que nos soltaban en la capilla) decidí escenificar el segundo acto. El oficiante nos hablaba sobre la castidad, me acuerdo perfectamente, y aproveché la mención de la Virgen para desgarrar un grito que casi parecía de parto y en perfecta sincronía doblarme sobre mí mismo tan violentamente que di un sonoro cabezazo al respaldo del banco delantero abriéndome una pequeña brecha en la frente. El efecto satisfizo plenamente mis anhelos histriónicos; todos los ojos se volvieron hacia mí, el cura detuvo su perorata y otro de los "padres" se acercó y me levantó despacio la cara ensangrentada, provocando un murmullo inquieto en la iglesia. ¿Qué te pasa? Me duele mucho la tripa, dije mientras las lágrimas me corrían (y me dolía el golpe, lo que hizo mucho más fácil el teatro). Entonces el cura me levantó en brazos y me llevó acurrucado hasta el dormitorio; al poco rato entró otro con la consabida manzanilla y me dijo que me desvistiera y me quedara quieto en la cama, mejor boca abajo para que te duela menos. Esa tarde no volví a clases, la pasé dormitando, preguntándome qué estarían maquinando mis carceleros, si llamarían o no a mis padres, cómo y cuándo habría de representar el siguiente acto. Poco antes de la hora habitual de acostarse regresó el cura del día anterior acompañado por el que se ocupaba de la enfermería, uno bajito y obeso. ¿Cómo sigues? Mejor, contesté, ya casi no me duele. Será una indigestión, dijo el gordo. Pero si casi no ha comido desde ayer, le contestó el otro. El gordo empezó a palparme el abdomen y pensé "toquetea para ver si el apéndice está inflamado"; así que cuando presionó por debajo del ombligo hacia la derecha (sabía bien dónde estaba el apéndice) solté un quejido no demasiado exagerado pero lo suficiente para que retirase la mano y ambos se cruzaran una significativa mirada para retirarse recomendándome que procurara dormir y ya veríamos mañana cómo estaba.

Convencido del éxito de mi engaño, decidí descartar más dilaciones y rematar la faena lo antes posible. Con esa idea me dormí, antes incluso de que se llenara la habitación, pero afortunadamente me desperté en mitad de la noche y sin dudarlo rompí el silencio con dos aullidos agónicos que despertaron a mis compañeros. Encogido en la cama y simulando calambres sucesivos, pedí a uno de ellos que avisara a los curas, que les dijera que me dolía mucho. Enseguida aparecieron cuatro sotanas negras cuyos rostros mostraban una mezcla de irritación y sospecha. Me llevaron en vilo hasta la enfermería y me dieron dos pastillas con la obligada infusión. No tardé mucho en caer dormido, sumergiéndome en sueños angustiosos de torturas quirúrgicas que me infligían entre risas sardónicas los propios curas; me veía con las tripas abiertas en las que éstos clavaban pinchos diciéndome "así que nos querías hacer creer que tenías apendicitis, eh mentiroso, pues toma apendicitis, toma, toma ..." Las pesadillas, sin embargo, no impidieron que durmiera muchas horas, porque cuando desperté era ya mediodía. A mi lado, el enfermero gordo me preguntó cómo me sentía. Opté por no tentar la suerte y le dije que mejor, que casi no me molestaba el estómago. Me pareció notarle un gesto de suspicacia irónica pero enseguida recobró la expresión impávida que les distinguía a todos ellos. Puede que tengas apendicitis y haya que operarte, me dijo. Ayer avisamos a tus padres, llegarán a primera hora de la tarde. Hasta entonces permanecerás aquí solo, en la enfermería, para que medites. No entendí sobre qué esperaban los curas que meditase; en todo caso, pensé que mi plan estaba funcionando perfectamente.

Mis padres, efectivamente, llegaron esa tarde. La puerta de la enfermería se abrió y entró sólo él (luego pensaría que mi madre no se habría sentido capaz de mantener la compostura). Estaba serio y me miró sin dejar asomar ningún sentimiento reconfortante. No te creo, hijo, ya no puedo creerte. No obstante, vas a volver a Madrid, quizá no haya sido la mejor idea encerrarte en este internado. En cuanto a tu apendicitis (silabeó marcadamente la palabra), tú decidirás si hay que operarte. Seguro que te acuerdas de Agustín y sabes que los ataques agudos, si no se extirpa a tiempo el apéndice, son mortales. Así que, repito, tú decides. Te doy hasta mañana por la mañana. Tu madre y yo pasearemos esta tarde por esta preciosa ciudad, dormiremos en un hotel estupendo que ya hemos reservado y mañana vendremos a recogerte. Entonces me dirás si te ingresamos en La Paz o vamos directamente a casa. Intenté contestarle algo, cualquier cosa, protestar ante esa actitud suya tan fría y escéptica, pero un gesto impaciente de su mano me detuvo. No añadió nada más y salió de la sala, dejándome en un estado de confusión que nunca había sentido hasta entonces. Al fin y al cabo, pensé, he ganado, mi artimaña ha logrado su objetivo, me van a sacar de este colegio. Había un precio, claro: reconocer mi mentira o pasar por el quirófano. No me hacía ninguna gracia que me rajaran y me extirparan el apéndice; hasta he de reconocer que me asustaba. Pero más podía el orgullo; ni siquiera podía concebir reconocer ante mis padres y los curas que todo había sido una patraña. Por eso, aunque hasta la mañana siguiente pasé todo el tiempo zarandeado por sentimientos confusos y siempre poco agradables, no tenía en realidad opciones; lo que había de decir se me imponía con la seguridad de lo necesario.

Hacia las siete de la mañana dos curas aparecieron en la enfermería. Ni siquiera me preguntaron cómo me sentía, aunque yo amagué algunos gestos tímidos de dolor. Vamos, me dijeron, has de ir a la habitación, recoger tus cosas y vestirte. Un par de horas después se presentaron mis padres, esta vez juntos. ¿Y bien? –inquirió él– ¿han sido reales esos dolores de apendicitis? Sí, papá, contesté, pero en un tono que distaba mucho del soberbio de los "viejos tiempos", como si le mendigara una salida honrosa, una rebaja en el precio. Pero no la hubo: Pues en ese caso, no hay más que hablar. Debemos darnos prisa para que te operen lo antes posible; no hay que correr riesgos. Salimos del internado sin ninguna despedida e hicimos todo el viaje hasta Madrid casi en silencio, ellos dos delante y yo en el asiento trasero maquinando lo que podía pasar, tranquilizándome pensando que mi padre estaba simplemente sosteniendo el farol, que en todo caso, antes de operar me harían pruebas que descartarían la intervención y dejarían a salvo mi orgullo. Y llegamos a la capital y, para mi sorpresa y mi miedo, seguimos toda la avenida del Generalísimo, pasamos la plaza de Castilla y nos metimos en el complejo de La Paz, con su pomposo nombre de ciudad sanitaria. Entramos por urgencias y mi padre pidió que avisaran a un doctor concreto (ya me he olvidado el nombre). Mientras esperábamos entre camillas y gente fumando, comencé a convencerme de que la cosa iba en serio, de que mi padre ya lo tenía preparado de antemano. Justo entonces me miró y, apretándome la mano, me sonrió: bueno, pues ya no falta casi nada, ¿no tendrás miedo? No, bueno un poquito, y mis ojos le hicieron la misma petición muda del internado. Pero ni se inmutó: no te preocupes, todo irá bien; hombre, ahí está quien te va a operar. Un tipo alto, con bata verde, caminaba hacia nosotros. Así que éste es el joven paciente, ¿verdad? Y me di cuenta de que ya no había marcha atrás.

Poco puedo contar de lo que sucedió a continuación, salvo que me subieron a una habitación, me dijeron que me desnudara y me metiera en una cama, y empezaron a ponerme tubitos por todas partes. Me debieron dormir enseguida porque mi siguiente recuerdo es ya después de la intervención, despertándome en la misma habitación con mis padres al lado. Aunque me notaba atontado por la anestesia, sentía una tirantez extrañamente dolorosa en el abdomen; mi mano palpó una cicatriz punteada de la que todavía hoy queda una ligera huella. Todo ha ido bien, cariño, fueron las primeras palabras de mi madre. Menos mal que te han operado, añadió mi padre, la inflamación era ya muy grande, unos días más y habrías tenido una peritonitis. Aunque su mirada era seria, me pareció detectar, muy al fondo de sus pupilas, un sutil destello irónico. La cosa es que, pasados casi cuarenta años, sigo sin saber si tengo o no apéndice. Pero lo que se fue a partir de ahí fue esa rebeldía absurda adolescente y también, aunque más lentamente, mi ridícula soberbia de entonces.

Notas: Este relato es ficticio. La historia de la apendicitis fingida (¿o no?) está inspirada, casi plagiada, de "Flores en la Nieve", novela autobiográfica de Gregor Von Rezzori. La ubicación del internado en Baeza, en la época de mis propios doce años, obedece a que un compañero de colegio fue efectivamente allí desterrado en castigo de sus "crímenes" adolescentes (algún día habré de narrarlos). En cuanto a las fotos, la del valle del Guadalquivir desde las murallas de Baeza, ha sido tomada de la colección de MaDuGa en Flickr; la panorámica de la plaza de Santa María de la misma ciudad procede de Panoramio y ha sido subida por Francisco Criado Alonso.

CATEGORÍA: Ficciones

miércoles 7 de octubre de 2009

Tijeretazos que faltan a la verdad

Para impulsar la innovación y el conocimiento, volveremos a utilizar las herramientas más poderosas de las que disponen los poderes públicos en este terreno: desarrollaremos una política de fuerte inversión en infraestructuras y en I+D+i ...

Ha llegado el momento en el que podemos y debemos plantearnos una nueva meta plenamente alcanzable: situar a España, en el año 2015, entre los diez países más avanzados del mundo en ciencia y tecnología. Para conseguirlo, los socialistas nos comprometemos a poner en marcha tres grandes pilares de acción, que constituirán los ejes de un nuevo Pacto por la Ciencia. Estos tres grandes ejes de acción serán: ... Un incremento sustancial de los recursos de la Administración General del Estado en I+D+i.

Programa Electoral del PSOE 2008

A lo largo de este año, en dos ocasiones, el gobierno de Zapatero ha recortado 2.500 millones de euros de las partidas de gastos ministeriales (1.500 en febrero y 1.000 más en mayo). Estas medidas se justificaron en razón de la crisis y tenían por objeto, muy especialmente, ampliar las partidas para pagar el paro. El Ministerio de Ciencia de Innovación fue el que sufrió el mayor recorte (450 millones de euros). Pero lo curioso es que, pese a este significativo recorte (casi del 7%), según las previsiones del Gobierno, este Ministerio va a acabar el ejercicio 2009 habiendo utilizado poco más de las dos terceras partes de su presupuesto inicial. De todos los departamentos del Gobierno, el de Cristina Garmendia va a ser el que presente el menor grado de ejecución presupuestaria.

Según leo en algunos medios, esta ineficacia en la administración pública de los recursos para la "ciencia e innovación" reside en gran medida en la falta de estabilidad del Ministerio, donde parece que viven en un desbarajuste permanente. No da la impresión de que las bonitas palabras electoralistas del PSOE se estén traduciendo en la práctica o, al menos, no tanto como se desprende de las declaraciones triunfalistas del Gobierno, siempre reacio a cualquier actitud mínimamente autocrítica.

El otro día, Javi Peláez, a través de su blog La Aldea Irreductible, propuso que todo aquel que tenga un blog y crea que la Ciencia en España no está para recortes presupuestarios, publique un post con alguna razón en contra del tijeretazo a la Ciencia en España. Yo tengo un blog y creo que la Ciencia en España no está para recortes, así que me adherí a la iniciativa. Lo malo es que muy poco tengo que ver con el mundo de la investigación científica y, consecuentemente, poco sé sobre el asunto como para aportar una razón mínimamente válida en contra del tijeretazo (por supuesto, las genéricas son completamente válidas). Así que, aunque me había comprometido a publicar hoy un post andaba dándole vueltas a qué decir.

Ayer sin embargo, poco antes de acostarme, se me apareció la musa encarnada en la persona de la ministra Garmendia en rueda de prensa televisiva. La verdad es que no tenía yo mala imagen de esta señora. Claro que no soy para nada un observador atento de la actualidad mediática y no me entero demasiado. Seguramente por eso, el que no me cayera mal tenía mucho que ver con su aparente discreción, bastante alejada de las alharacas de otros miembros y miembras del circo político. Pero, sus declaraciones de ayer temo que me han hecho cambiar de opinión; tras reconocer implícitamente y a regañadientes, el tijeretazo, afirmó que quienes dicen que la investigación en España está riesgo simplemente faltan a la verdad.

Como hay muchas personas que, con conocimiento de causa, dicen eso (y seguramente usando términos algo más dramáticos que los de la ministra), va a resultar que son unos mentirosos o, en el mejor de los casos, ignorantes. Claro que la injuriosa imputación de la ministra no la sostuvo con argumentos, sino que reveló el recurso tan hispano a la autoridad por encima de los hechos más tozudos. Que los organismos públicos de investigación vayan a contar con un 22% menos de presupuesto en el 2009 no supone ningún riesgo para la investigación española ... ¿No? ¿Por qué? Porque lo digo yo, que soy ministra.

Quiero creer que en una sociedad donde se investigue más y mejor, los principios básicos de la actividad científica irán calando progresivamente entre la población; y, entre éstos, me refiero al rigor, al pensamiento crítico. Quiero pues creer que un apoyo a la investigación tiene también como efecto una mejora de la racionalidad de la sociedad en su conjunto de modo que ésta rechace cada vez más los argumentos simplones de autoridad. Si avanzamos en esa línea, dificultaremos progresivamente las manipulaciones burdas de la verdad (como por ejemplo, ejercicios malabares con términos contables para disfrazar de incremento lo que es una reducción) a las que con toda impunidad están tan acostumbrados nuestros políticos. Que contribuyamos a eso es para mí una razón definitiva contra el tijeretazo.


CATEGORÍA: Política y Sociedad

lunes 5 de octubre de 2009

Enamorarse en Panonia

Sus pestañas aleteaban brisas que me acercaban aromas de sándalo. Sus ojos, pozos negros, imantaban mi hálito hacia su quietud absorta. Sus labios, pulpas de la fruta más codiciada, vibraban sutiles, casi imperceptibles. Su voz, contorsionándose entre palabras, acrecentaba a cada segundo el paroxismo de mi impaciencia. Ella leía:

A nyelv az emberi beszédtevékenység eszközrendszere, a tevékenység maga. A tevékenység során születő eredmény már nem a nyelv, hanem a beszéd, illetőleg annak egységnyi megjelenési formájaként: a szöveg. Minthogy azonban minden emberi beszéd valamilyen nyelv anyagából és törvényei szerint épül fel, az emberi beszéd formája és megformáltsága felől tekintve nyelvhasználat, funkciója felől nézve pedig kommunikáció. Hogy az emberi társadalmak a kommunikációs képességnek ezen a fokán állnak, ilyen eszközével bírnak, s egyedeiket ennek segítségével kapcsolják magukhoz, azt a nyelviség kifejezéssel jelölhetjük. Ezek szerint a nyelviség – mint tény és adottság – arra épül, hogy az emberi nem egységei – az együttélés alapját jelentő mikrotársadalmak – olyan eszközt fejlesztettek ki és használnak fel, amely a felhalmozódott tapasztalatokat mentális úton átadhatóvá-átvehetővé teszi.

Entonces la besé y el universo todo cobró sentido.


CATEGORÍA: Ficciones

domingo 4 de octubre de 2009

Polanski, el violador de niñas

La reciente detención de Roman Polanski en Suiza está generando un intenso debate del que me llaman la atención dos aspectos distintos pero interrelacionados. En primer lugar la confusión de los argumentos y los datos; resulta difícil, leyendo las "noticias" sobre el caso y sus antecedentes, hacerse una idea clara de lo que pasó o, al menos, suficiente como para contar con elementos de "juicio". De otra parte, que la gran mayoría de quienes expresan su opinión manifiestan un posicionamiento extremo, sea defendiendo o condenando al director franco-polaco. Parece que nos gusta juzgar y, sobre todo, condenar, muy especialmente si el "acusado" es alguien que descolla, una persona célebre por el motivo que sea. Ante esa apetencia, consciente o no, lo de menos son los matices que podrían estropear la contundencia de nuestras condenas. No nos interesa conocer la verdad, con toda su complejidad poliédrica, sino tan solo caricaturizar aquellos aspectos de los hechos que propician un posicionamiento nítido. Las cosas son blancas o negras, y para eso hay que recurrir a las palabras apisonadoras, incuestionables: Polanski es un violador de niñas.

Segun leo en El País de hoy, Polanski conoció a Samantha Gailey, una chica de 13 años, en un restaurante californiano y "prometió endiosarla artísticamente con una serie de fotografías para la revista Vogue". El 13 de febrero el director visitó a la cría y a su madre en su domicilio y ambas dieron su consentimiento a la propuesta. La primera sesión fotográfica se desarrolló en una colina cercana a la residencia de Samantha y no pasó nada delictivo salvo, en todo caso, que la chica accedió a quitarse la parte arriba de la ropa en los últimos posados. En su testimonio judicial dijo que no sabía que iban a tomar ese tipo de fotos y que no le gustó, de modo que pensó en no repetir una segunda sesión. Sin embargo, por lo que ella misma declaró, no da la impresión de que tuviera demasiados reparos en cambiarse continuamente de ropa delante del director y cuesta creer que le sorprendiera la petición de que posara parcialmente desnuda. También uno tiende a pensar (por comentarios ulteriores de su declaración) que la madre lo imaginaba.

Dieciocho días después (el 10 de marzo), Polanski vuelve a la casa de Samantha para llevarla a otra sesión fotográfica. Ella no sólo no se opuso, sino que le apetecía ir; más tarde, hablaría con su madre por teléfono ya desde la casa de Jack Nicholson para decirle que estaba bien y que no quería que fuera a recogerla. Imagino que la niña (y la madre) estaría ilusionada de que un famoso director la introdujera en el mundo del star-system hollywoodiense, una gran oportunidad para entrar en el mundo del cine y hacerse famosa. Fueron primero a una casa donde había más gente y en la que Polanski le tomó varias fotos. Pero luego, con el pretexto de que allí la luz no era buena, el director le propuso desplazarse a la cercana residencia de Nicholson (estaban en la zona de Mulholland Drive, famosa por la película de David Lynch). Leyendo su declaración, no parece que Samantha pusiera reparos, aunque es difícil colegir lo que le estaría rondando por su cabecita.

Al llegar a la casa del actor sólo había una mujer que les abre la puerta y luego les dice que se tiene que ir a trabajar. Antes, los tres toman champán que ofrece Polanski después de que la chica dijera que estaba sedienta. En ningún momento la niña se niega a beber alcohol y en el juicio reconoció que ya lo había hecho varias veces y que sabía lo que era estar borracha. Fuera por nervios o porque le gustaba, la cosa es que durante casi todo el tiempo que estuvieron en esa casa Samantha tuvo una copa de champán en la mano (lo cual no justifica el mal proceder de Polanski, quien vería con complacencia que la chica se estaba embriagando). Hubo unas cuantas fotos en el patio de la casa que enseguida fueron de semidesnudos (sólo con pantis), sin que parezca que esta vez se sintiera incómoda por esas poses. Luego Polanski la llevó a ver el jacuzzi de Nicholson y le dijo que le gustaría fotografiarla allí dentro. Fue entonces cuando Polanski le propuso que llamaran a su madre y ambos hablaron con ella. Hasta ese momento me da la impresión de que la chica no estaba incómoda con la situación; cabe suponer que se sentía halagada por la atención del director y seguro de que ya era consciente de que se sentia atraído por ella. ¿Era entonces Samantha una Lolita nabokoviana coqueteando con el cuarentón segura de que controlaba la situación o una cría inocente que empezaba a asustarse al pensar que podía verse en apuros?

Después de la conversación telefónica, Polanski le enseña una pastilla de qualude partida en tres y le pregunta si cree que podrá conducir después de tomarse una porción. El qualude es un sedante que durante los setenta era bastante popular en los Estados Unidos como droga recreativa, usada especialmente durante las relaciones sexuales porque aumentaba la sensibilidad, la relajación y la euforia y tenía ciertos efectos afrodisíacos. De hecho, Samantha lo conocía e incluso ya lo había probado (con apenas once años). Polanski se tomó su trocito de pastilla y le ofreció otra a la chica, que aceptó. Cuando el ayudante del fiscal le pregunta que por qué lo hizo, ella dice que no sabe, que a lo mejor porque ya estaba un poquito borracha. Las intenciones de Polanski parecen evidentes; las de ella, en cambio, no me quedan tan claras. Todavía a esas alturas de la tarde no debía estar asustada (no insinúa siquiera que el director la presionara); quizá algo confusa pero quizá también curiosa. En todo caso, si es verdad su declaración (sobre cómo se sintió luego) no parece que los efectos de la droga fueran en ella los que cabría haber esperado.

La historia (siempre según la declaración de Samantha ante el Gran Jurado de Los Ángeles) continua con fotos de ella desnuda en el jacuzzi, Polanski desnudándose y metiéndose en el otro extremo de la bañera, ella que, a petición suya, se coloca a su lado y él la rodea con los brazos ... Ahí ya debió sentirse a disgusto y, con la mentira de que sufría asma, sale del jacuzzi. Luego, siempre a instancias de Polanski y sin que a ella le apeteciera, se zambulle en la piscina y nada un largo, sale del agua, se pone su ropa interior, se enrolla en una toalla y pide al director que la lleve a su casa. Pero éste le dijo que se fuera al dormitorio principal de la casa y así lo hizo, esperándolo sentada en un sofá. Según declaró, obedeció porque estaba muy asustada y no se le ocurría qué hacer para volver a su casa. A partir de ese momento, según sus palabras, lo único que quería era acabar con eso, pero, salvo unas débiles protestas, apenas se opuso a todo lo que ocurrió a continuación. "Quería decirle que no, que parase, pero estaba tan asustada que no me salían las palabras". Es creíble, pero también es creíble la declaración de Polanski de que ella se dejaba hacer, de que era "sexo consentido". Naturalmente, con todas las reservas que hay que tener respecto al consentimiento que puede dar una niña de trece años.

Así que llega Polanski y se sienta a su lado y la besa. Luego se agacha delante de ella, le quita las bragas y le practica un cunilingus. Pasados unos minutos, sin que ella se mueva, le abre las piernas y la penetra vaginalmente. Con el pene ya en la vagina, le pregunta si toma la píldora y ella responde que no; entonces quiere saber cuándo ha tenido la última regla y ella dice que no lo recuerda. Oh, exclama el director, pues entonces tendré que correrme en tu culo, ¿te parece bien? Así que le levantó más las piernas y la penetró analmente. Mientras estaban en esas, tocaron a la puerta y él se detuvo y fue a abrir. Samantha aprovechó para ponerse la ropa interior, levantarse y empezar a caminar hacia la puerta. Pero Polanski ya regresaba (después de haber dejado pasar a una mujer, lo que Samantha sabía) y le dijo que volviera a sentarse. La chica se colocó en la misma postura y él recuperó el coito anal hasta que eyaculó, derramándose el semen por las nalgas de ella y sus bragas. Entonces se apartó y Samantha se levantó, fue al baño, se puso su vestido azul y salió al exterior de la casa (antes pasó por la sala e intercambió saludos con la mujer que había llegado) para meterse en el coche del director y ponerse a llorar. Al poco rato salió Polanski quien, con toda normalidad, le dijo que esperara un poco que tenía que hablar con la mujer. A los diez minutos regresó y la llevó a su casa.

Toda la historia proviene, como ya he dicho, de la declaración de la chica ante el Tribunal. A mí, la verdad, no deja de parecerme extraña, llena de pequeñas contradicciones e incongruencias. Desde luego, muchas de estas últimas pueden deberse al sistema dirigido del interrogatorio por el fiscal que intenta probar la culpabilidad de Polanski. Pero, ya se sabe, son los detalles los que dan la verosimilitud y, en este relato, los detalles en muchas ocasiones o faltan o chirrían. Sin ir más lejos, si nos esforzamos por apartar las naturales reacciones emocionales de rechazo ante el comportamiento sexual de Polanski con la cría en el sillón, la escena se nos presenta demasiado absurda como para corresponderse con una violación. ¿Es creíble que el tipo, en ese momento, se preocupe por la posibilidad de que la chica se quede embarazada? Y si lo es, ¿resulta verosímil que opte por el sexo anal y encima le pregunte a ella su opinión? Y lo que me creo menos: ¿cómo logra con tanta facilidad, simplemente alzándole algo más las piernas, penetrar analmente a una niña de trece años, para el coito, y volver sin más a repetir la penetración? No puedo evitar pensar que la descripción de ese episodio algo tuvo que ver con que la sodomía fuera un delito en California. Y no digo que no hubiera sexo anal (ni me creo ni me dejo de creer nada), pero me da que, de haberlo, no fue como lo describió Samantha.

De vuelta en casa, Samantha le contó lo sucedido a su madre quien inmediatamente denunció al director. Al día siguiente la policía lo detuvo bajo la acusación de sodomía, abuso de menor y proveer drogas peligrosas a un menor. Quedó libre bajo una fianza de 2.500 dólares a la espera del juicio. Pocos días después, el 24 de marzo, el juez Rittenband le imputó los siguientes seis crímenes: proveer de sustancias ilegales a una menor, comisión de actos lascivos con una niña de menos de catorce años, mantener relaciones sexuales ilícitas, violación mediante el uso de drogas, perversión y sodomía. Como ya he dicho, Polanski reconoció que había tenido sexo con la niña pero que había sido una relación agradable y delicada, con pleno consentimiento de la menor. En base a una institución corriente en el sistema judicial norteamericano (plea bargain), la fiscalía accedió a retirar los cargos y evitar el juicio a cambio de que Polanski se reconociera culpable del segundo de los delitos que le imputaban. Este acuerdo fue propiciado también por la madre de Samantha quien, según declaró a la prensa por entonces, quería eludir la publicidad de un juicio y los efectos negativos de ésta sobre su hija. Así que, en septiembre de 1977, una vez declarado culpable del cargo de relaciones sexuales ilícitas con una menor, Polanski fue internado en un centro penitenciario por noventa días con la orden de que se le sometiera a un examen psiquiátrico previo a la sentencia. En efecto, al director le sometieron durante 42 días a intensas pruebas psiquiátricas que, según dijo luego en París, le dejaron exhausto.

Legalmente, el asunto debería haber acabado poco después con una sentencia punitiva acorde al delito confesado (que probablemente habría implicado la extradición). Sin embargo, aparece en escena un fiscal de distrito que no intervenía en el caso quien convence al juez Rittenband de que había que castigar al director con una dura condena de cárcel. Parece que le muestra unas fotos de Polanski abrazando a una menor, tomadas en Munich unos meses antes. Es más que probable que esa menor fuera la entonces desconocida Nastassja Kinski quien, con quince años, había participado en un menage a trois con el franco-polaco (y tres años después protagonizaría la estupenda película Tess). La cosa es que los abogados de Polanski le dicen que el juez va a saltarse el acuerdo (contra todos los principios deontológicos de la jurisprudencia norteamericana) condenándole a varios años de cárcel. Como es natural, el tipo se acojona y decide largarse lo antes que pueda. Aprovechando que le habían concedido un permiso, vuela a Londres y de ahí a París, a donde llega el 2 de Febrero de 1978. Ese mismo mes, el Gran Jurado de Los Ángeles decidió posponer indefinidamente la sentencia sobre Roman Polanski.

Para acabar quiero dejar claro que no justifico en absoluto (ni me hace la menor gracia) el comportamiento de Polanski. Incluso aunque Samantha fuera de Lolita seductora dispuesta a todo para conseguir sus anhelos "artísticos", el director no deja de ser un repugnante pervertido dispuesto a aprovecharse de su situación privilegiada. Pero no iba de eso el post (lo obvio no requiere gastar palabras) sino de las verdades a medias (y falsedades) en que vivios por mor de la corrección política. Así, por ejemplo, lo cierto es que si bien fue imputado por varios cargos, sólo se admitió uno de ellos (actos sexuales con una menor). No es verdad como he leído en varios sitios (incluso en periódicos de los llamados "serios") que se haya "probado" que es un violador. Su proceso fue, como reconocen los propios americanos, bastante anómalo y con irregularidades, muy probablemente por deseos de notoriedad de los intervinientes dada la relevancia del protagonista. Dudo mucho que tengamos todos los elementos necesarios para poder pronunciarnos y, sobre todo, para ser capaces de condenar tan alegremente (mucho menos para defenderlo por el simple hecho de ser un señor mayor y excelente director cinematográfico). Pero, en el fondo, ¿nos interesa saber la verdad? ¿Nos interesa conocer el alma humana, con sus miserias y contradicciones? ¿O, por el contrario, pasamos de esforzarnos en entender nada para lanzarnos gozosos a despreciar y condenar y, así, creernos mejores?


Mercedes Sosa, la Negra, ha muerto hoy en Buenos Aires a los setenta y cuatro años. Ha sido una de las más grandes intérpretes de la mejor música hispanoamericana. Me entristece que se haya ido, pese a que este final llevaba ya algún tiempo anunciado. Como homenaje y contrapunto al sórdido asunto de este post pongo la maravillosa canción de Violeta Parra (¿alguién la cantó mejor que la Negra?) aunque, después de un buen rato escuchando la voz de Mercedes, siento la tentación de subir muchas más.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

lunes 28 de septiembre de 2009

Calumnia, que algo queda

Sala de espera del dentista, mujer de mediana edad en su papel de maruja enterada. No para de hablar la señora, muy segura de lo que dice, para distraer a los pacientes que esperan la entrada al gabinete de torturas bucales. El tema, los políticos locales; más precisamente, las chorizadas de los políticos locales. Por ejemplo, dice que, cuando se retiraron los adoquines "históricos" de una calle lagunera, éstos fueron apropiados por un conocido cargo público para adoquinar la terraza de su jardín. Los pacientes asienten, claro, ya se sabe, para eso están, para aprovecharse. Y usted cómo lo sabe, pregunta uno. Uuuy, mi niño, de muy buena fuente, te aseguro que es cierto, pero se dice el pecado y se calla el pecador. Y tan pecador porque la calumnia es un pecado, piensa el imprudente preguntón, que conoce al político aludido y su casa, un piso en Santa Cruz, sin terraza ni jardín. La doña repasa a algunos más, sin preferencias partidistas. Así su auditorio se entera de la existencia de un hijo ilegítimo de un parlamentario regional, de la finca que se agenció un concejal del sur de la Isla a cambio de favores recalificadores y de alguna que otra perla por el estilo.

Sorprende la aquiescencia de todos los oyentes. Los únicos comentarios son confirmatorios del tipo "sí, algo de eso ya sabía" o "es que son todos unos desvergonzados". Acallado el que se atrevió a preguntar, a nadie parece importarle un ápice la fiabilidad de lo que cuenta la mujer. "Calumnia, que algo queda", dice el refranero, y también "cuando el río suena, agua lleva" o "piensa mal y acertarás". Supongo que estas frases hechas deben bastar a la mayoría para sustentar la "presunción de culpabilidad" de personas concretas, sin sentir ni la mínima brizna de pudor. Daban ganas de interrumpir a la deslenguada y decirle, con muy buena educación, por supuesto, que su marido, según uno sabía de muy buena fuente, tenía una aventura con su mejor amiga. O preguntarle, para no llegar tan lejos, que pensaría ella si supiera que en la sala de espera de algún otro dentista alguien estaba contando ese chisme.

La maledicencia, que al fin y al cabo no es sino una cara más de la envidia y mala leche tan hispánicas, goza de estupenda salud entre nosotros. Desde las consultas de los dentistas hasta la programación televisiva. Nos encanta saber que el otro, especialmente si ha descollado en cualquier aspecto, es un miserable y, consiguientemente, estas ganas de enfangarlo hacen que no tengamos ningún reparo en dar crédito a cualquier calumnia. Es más, resulta hasta de mala educación interrumpir al "informador" para pedirle cualquier mínima prueba de lo que está diciendo. Lo menos que puede ocurrir es que te diga, como la señora, que lo sabe de muy buena fuente; lo más que se ofenda porque estás insinuando que es un mentiroso. Esta complacencia cómplice tan española va produciendo una degradación ética insidiosa y una subversión surrealista de valores (no hay más que ver a esos "periodistas" de pacotilla que se autoproclaman defensores del derecho a la información). Pero también nos va embruteciendo mediante la anulación de cualquier atisbo de sentido crítico.

Imagino que el escaso sentido crítico de los españoles debe estar relacionado con el autoritarismo tan omnipresente en nuestra historia. Nos encantan los argumentos de autoridad y, de hecho, prestamos más atención a quién lo dice que a lo que dice. Y así nos va, como al idiota del cuento que en vez de mirar la luna, mira el dedo que la señala. Esta tendencia al borreguismo es por supuesto terreno fértil para los manipuladores, especialmente los políticos y los periodistas, con lo cual se refuerza el círculo vicioso de la estupidez nacional. Súmale nuestra mala leche envidiosa y resulta que no nos creemos más que lo que queremos creer de antemano y en vez de dialogar nos insultamos. Pero me estoy saliendo del tema.

Hace ya muchos años, estaba al inicio de la universidad, mi padre me pilló en una afirmación a la ligera con cierto matiz calumnioso. Tras demostrarme que lo que había dicho carecía de fundamento, concluyó con una de esas máximas paternas de vieja escuela que, aunque en ese momento desprecié (maldita adolescencia), he recordado después con frecuencia. No hables si no estás seguro y, además, piénsatelo dos veces si lo que dices se refiere a alguien. Si tal consejo fuera la norma muy distinta sería nuestra sociedad, desde luego.


La canción quizá no sea la más adecuada al post (aunque no chirría demasiado), pero me trae recuerdos de mis trece-catorce años, incluyendo los crujidos de la aguja de mi pick-up de entonces. Cuando la oía todavía no había llegado Pinochet, pero ya faltaba muy poco.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

sábado 26 de septiembre de 2009

Mi finca es mía y en ella hago lo que quiero

Decía en mi aburrido post anterior (éste lo va a seguir siendo, advierto) que en España predomina una concepción privatista de la propiedad inmueble. O sea que hay mucha gente, yo diría que la mayoría, que piensa que todos los incrementos de valor económico de su finca, independientemente de los factores que los produzcan, le pertenecen legítimamente y que quienes sostienen lo contrario son rojos diabólicos que quieren demoler los pilares básicos de nuestra sacrosanta civilización. Esta manera de entender el derecho de propiedad viene avalada por muchos siglos de historia, tantos que es comprensible que casi la tengamos inscrita entre nuestros "dogmas" inconscientes. Al fin y al cabo, la institución de la propiedad privada es, ciertamente, uno de los pilares básicos de nuestras sociedades y ha condicionado fortísimamente (para bien y para mal) el desarrollo de la historia occidental. Los tres modelos clásicos de civilización de acuerdo al clásico análisis marxista (esclavista, feudal y capitalista) no son sino estadios evolutivos que se engarzan sobre el alcance real de la propiedad privada, y también ésta es el meollo en el que se sintetizan y resuelven las relaciones de clase y las consiguientes luchas por el poder. Los defensores de la primacía de la propiedad privada sostienen que sin ella no habríamos evolucionado (culturalmente) para llegar a ser lo que somos y tienen razón; de lo cual, sin embargo, no se desprende cómo habría sido nuestra sociedad sin esta institución jurídica.

Pero no nos elevemos a los planos más abstractos y centremos la discusión teórica (o ideológica, si se prefiere) en relación a la propiedad del suelo y su valor derivado del mercado inmobiliario. Como no puede negarse lo evidente, todos admitimos que el precio de los terrenos (de la propiedad inmueble) depende de lo que se pueda hacer (construir y luego vender) en ellos. Los fieles de la diosa Propiedad defenderían el derecho sacrosanto de que en mi finca yo puedo hacer lo que quiera (por ejemplo, construir un rascacielos con cien viviendas) y, por supuesto, venderlas a quien me dé la gana y al precio que los compradores estén dispuestos a pagarme. Como esa potestad (la de hacer con y en mi finca lo que desee) es intrínseca a mi derecho, el valor económico de mi propiedad depende del grado de mi ambición e iniciativa. Como el precio de mi finca será el resultado de restar de los ingresos de las ventas de las viviendas los costes de construirlas (incluyendo en éstos los beneficios de promoción y demás), está claro que cuantas más viviendas construya más valen mis terrenos. De otra parte, los límites a las avaricias pecaminosas vienen impuestos por otro de los dioses ideológicos, el Mercado. El Mercado, con su mano invisible en la metáfora de Adam Smith, garantiza que en mi finca haga el número justo de viviendas y no más, porque en caso contrario me penaliza obligándome a bajar el precio de éstas o impidiendo que se vendan; en cualquier caso, el límite económico de mi propiedad (cuánto vale) lo fija el Mercado. Por eso, partiendo del principio de que mi potestad como propietario es absoluta, el ejercicio del derecho se desenvuelve en unas condiciones específicas de mercado; dado que el mercado es un "orden natural", ajeno como cualquier dios a las miserias humanas, la riqueza que obtenga de mi patrimonio depende únicamente de mi ambición y de mis aptitudes para desenvolverme en el marcado (saber cuánto puedo construir, cuándo debo vender, etc).

De más está aclarar que ni el mercado es un Dios ajeno e independiente de los intereses humanos (sino, quizá como todos los dioses, un constructo de éstos que algunos saben manipular en su provecho) ni que, incluso los más creyentes en los presupuestos de la economía liberal reconocen que el suelo (especialmente el suelo destinado al mercado inmobiliario) admiten que tiene un comportamiento que no responde a sus sacrosantas leyes de oferta y demanda (se denomina rigidez). Pero no nos desviemos hacia esas argumentaciones y bástenos establecer que, con mayor o menor rigor conceptual, existe una concepción mayoritaria del derecho de propiedad que entiende que la potestad del propietario es absoluta y su ejercicio (pasar de la potencia al acto) y consiguiente realización económica (el cuánto vale la propiedad) se resuelve en las condiciones concretas del mercado en cada momento.

Desde su concepción, los privatistas liberales entienden que el planeamiento urbanístico, cuya función esencial es decir si en unos terrenos se puede edificar y cuánto, es una interferencia dañina en el "libre" ejercicio de su potestad absoluta, hasta el punto de que los más radicales (de esos quedan pocos) llegan a afirmar que debería dejarse a cada uno que pudiera edificar cuando, como y cuanto quisiera en sus terrenos porque ya se ocupa el mercado de regular y ordenar las eventuales distorsiones. Claro que no todos los terrenos son igualmente edificables, pues nos hemos acostumbrado a que las viviendas (y los demás productos inmobiliarios) dispongan de unos servicios mínimos que, por su propia naturaleza, son de carácter comunitario. Mi finca tiene que tener un viario que le de acceso y por el que se canalicen una serie de infraestructuras que abastezcan a los futuros edificios de tales servicios (agua, saneamiento, electricidad, etc); además, no estaría mal que en el entorno haya algún que otro parque, colegios, un centro de salud y otras dotaciones similares. Pues que las haga el Estado (el ayuntamiento, para ser más precisos), piensan muchos, que para eso pagamos impuestos. Pero los impuestos los pagamos todos lo que equivale a que somos todos los que estamos dando a los terrenos privados la potencialidad de ser edificables que se traduce en un mayor valor económico de éstos que se pertenece, por principio, a sus propietarios. Ante la evidencia de este hecho, y aunque sea a regañadientes, los privatistas liberales en la actualidad admiten, si bien con algunas reservas, que estas "externalidades" deben imputarse como cargas a su derecho. Esta concesión (los tiempos cambian y ya no estamos en el feudalismo) no menoscaba un ápice su convencimiento sobre el carácter absoluto de su derecho sino que más bien lo refuerza. Por supuesto que puedo hacer en mi finca lo que quiera, máxime cuando estoy dispuesto a gastar dinero para dotarla de los servicios que legalmente se exigen. Salvado el principio, se dedican luego a discutir la cuantía de esos servicios (siempre a la baja) y a distinguir situaciones en las que deben quedar libres de tales cargas. Por ejemplo, bien está que urbanice mis terrenos rústicos, pero no tengo por qué pagar nada por edificar en mi solar que está en una ciudad con todos los servicios que, como son de todos, también son míos.

Lo que pasa es que hasta quienes así piensan se ven obligados a admitir que, por más que la propiedad privada deba entenderse intrínsecamente plena, hay que limitar su ejercicio, aunque sólo sea porque somos muchos, los recursos escasos y hace falta un poquillo de orden. O sea que, de nuevo a regañadientes, han de aceptar el planeamiento como mal necesario. Pero, fieles a su postura "filosófica" plantean un órdago a los principios sobre los que hasta entonces se basaba el régimen de derechos y deberes de la propiedad inmueble y en 1998 aprueban una Ley que declara que todo terreno rústico sobre el que no concurran razones "objetivas" para su preservación ha de considerarse urbanizable. No se les puede negar coherencia y hasta un cierto grado de audacia (por fin hemos tenido cojones para imponernos a los rojos en el terreno de las ideas urbanísticas). Fieles a su concepción, trataron de que todo propietario de fincas rústicas pudiera obtener todo el valor que le pertenece que sólo le podría ser denegado en el planeamiento si éste demostraba (harto difícil) que esos suelos debían ser protegidos de la urbanización. Que yo sepa, pocos municipios aplicaron este precepto con todas sus consecuencias y supongo que el daño que haya producido sobre el sufrido territorio español no habrá sido demasiado. Sin embargo, aunque los ayuntamientos no lo pusieran en práctica, de no haberse derogado esa Ley, sus efectos dañinos habrían podido manifestarse acumulativamente por la vía jurisdiccional. Apunto sólo dos posibles líneas contenciosas: cualquier propietario que quedara en rústico podría obtener de un Tribunal la reclasificación de sus terrenos argumentando la más que probable identidad de éstos con algunos otros que hubieran sido clasificados en el Plan. Pero la segunda posibilidad es más peligrosa, si el derecho de propiedad lleva intrínseco el poder edificar (y patrimonializar las plusvalías derivadas de la clasificación de suelo urbanizable), un propietario cuya finca hubiera sido mantenida en suelo rústico tendría el derecho de exigir la indemnización por esa "expropiación parcial", en la medida en que el plan le ha "desposeído" de parte del valor intrínseco de su propiedad.

Hay que decir que los urbanistas peperos que parieron esa Ley, entusiasmados supongo con la esplendorosa dinámica inmobiliaria española, argumentaron que gracias a ellos se aumentaría la oferta de suelo edificable con lo cual, por la idolatrada y mal entendida Ley de la oferta y la demanda, bajarían los precios de los terrenos y, consiguientemente, la vivienda sería más barata. Pese a lo rudimentario de esta tesis, cuya falsedad está más que sentada tanto en la teoría como en la práctica, durante aquellos años yo alucinaba oyendo a tamaños zopencos encorbatados defendiendo esos peregrinos argumentos y dudaba si se trataba de subnormales o de cínicos.

La Ley, como ya he dicho, ha sido derogada pero ni mucho menos la concepción privatista de la propiedad que subyacía en ella y que persiste en la mentalidad de una gran mayoría de los españoles. Esa concepción (para que luego digan que las ideas son inofensivas) es la que justifica y explica la voracidad de nuestro urbanismo, el destrozo de nuestro territorio, la cutrez miserable y fea de nuestras ciudades. Y también, claro está, la corrupción y los pelotazos.

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