miércoles, 16 de enero de 2019

Magadán

Apuesto diez contra uno a que no sabes qué es Magadán. También yo lo ignoraba hasta hace unos días cuando el nombre apareció en Una saga moscovita, la monumental novela de Vasili Aksiónov que he terminado recientemente. “A doscientos kilómetros de Magadán, subiendo la carretera de Kolimá, el invierno ya se había presentado”: esta es la frase en la que por primera vez me topé con esta palabra, un topónimo, como obviamente se deducía. Es el inicio del cuarto capítulo del segundo libro, en el que vuelve a aparecer Nikita Grádov, detenido por la terrible NKVD hacia finales del primer libro. Así que es fácil comprender enseguida que estamos en la inmensa área geográfica de los campos de prisioneros de Stalin, el famoso Gulag, que fue revelado a Occidente en la tan tardía fecha de 1973 con la publicación del famoso libro de Aleksandr Solzhenitsyn. Además, la palabra Kolimá me suena vagamente, la asocio también a lo poco que sé de la historia soviética, a Siberia. Así que aventuro que Magadán debe ser una ciudad.

A estas alturas es probable que ya hayas buscado Magadán en Google y te hayas enterado de que, efectivamente “es una ciudad, centro administrativo del óblast de Magadán, Rusia, fundada en 1933. Tiene puerto en el mar de Ojotsk. Su población es de 92 782 habitantes, según el censo de 2018. La construcción y la pesca son las mayores industrias de la ciudad, cuyo puerto es accesible de mayo a diciembre. También posee un aeropuerto situado a 50 kilómetros al norte de la ciudad” (Wikipedia: has perdido la apuesta). Antes de Internet, lo más que habría sabido de Magadán sería lo que hubiera podido deducir de la lectura de la novela: poco, porque tampoco es función del autor darte la información sobre sus escenarios. Bien es verdad que siempre podría haber recurrido a alguna enciclopedia o rebuscar en bibliotecas, pero todo eso significaba demasiado esfuerzo de modo que, en la mayoría de los casos, no lo habría hecho. Ahora en cambio basta con teclear el nombre en el ordenador o el móvil; menos incluso si estás leyendo la novela en un dispositivo electrónico con conexión a la red ya que entonces basta con dar un golpecito con el dedo sobre la palabra ignorada.

De repente lo tenemos todo –todo no, pero mucho, muchísimo– al alcance de la mano. Es, desde luego, una maravilla pero, al mismo tiempo, la excesiva facilidad para conocer los datos pareciera banalizar ese conocimiento. Cuando antes escarbabas afanosamente para descubrir algo, los datos, una vez conocidos, se te enraizaban en la memoria. Ahora, se desvelan con tan suma facilidad y rapidez que no llegamos a interiorizarnos, se resbalan por la memoria hasta las cajas negras del olvido. Estás hablando con los amigos en un bar, la tele encendida y aparece un actor que todos conocemos; surge una discusión sobre si tal película la protagonizó él o no y el debate no dura más que el breve lapso que necesitas para consultar tu móvil. Claro que si dentro de un par de meses se repite la escena ya solo te acordarás de que buscaste la información pero no del resultado. No obstante, no reniego de la maravilla de esta cuasi-infinita enciclopedia virtual, al contrario. Como todo, sus bondades o perjuicios dependen de cómo la usemos. Por ejemplo, me alegra tenerla a mano cuando leo novelones como el de Aksiónov que me llevan a lugares remotos y desconocidos. Me ayuda a disfrutar más de la lectura y me atrevo a asegurar que no olvidaré Magadán.

Mencionaré otro efecto de complementar la lectura con Internet: que se me despierta la curiosidad, lo que me lleva a dejar por un rato la novela y ponerme a bucear. Así, voy a Google Maps y localizo Magadán: ¡está a casi quince mil kilómetros de Madrid! Fantaseo con lo que sería un viaje en coche: San Sebastián, Burdeos, Tours, París, Charleroi, Lieja, Colonia, Berlín, Poznán, Lodz, Varsovia, Bialystok, Minsk, Smolensko, Moscú. Esa sería la primera etapa, “solo” cuatro mil y pocos kilómetros, menos de un tercio de la distancia total que, para recorrerla, para cruzar toda Europa, me llevaría como mínimo quince días. Luego unos quinientos kilómetros hasta Nizni Nóvgorod y cuatrocientos más hasta Kazán, ambas ciudades en el Volga y las dos últimas cuyos nombres conozco. A partir de ahí aun nos quedarían casi diez mil kilómetros, cruzar los Urales e internarse en la inmensa Siberia, por unas carreteras que, según leo, son casi intransitables, y con una densidad de población ínfima, un desierto frío e inhóspito. Mientras me muevo por las fotos aéreas concluyo que no haré nunca ese viaje (tal vez llegara a Kazán o, como mucho, avanzaría un millar más de kilómetros hasta Ekaterimburgo, para visitar la casa Ipatiev, lugar de la ejecución de la familia imperial en 1918). Para compensar, me hago la lista de lecturas inminentes sobre esa atroz geografía soviética: Vida y Destino de Vasili Grossman, cuya lectura interrumpí hará unos cinco años, El Vértigo (1967) de Evgenia Ginzburg, madre de Aksiónov, y los seis volúmenes de Relatos de Kolymá (1966) de Varlam Shalámov; además me propongo releer dos novelas de mi juventud: El cero y el infinito (1940) de Arthur Koestler y El caso Tuláyev (de la década de los 40) de Victor Serge; y por último dos libros de investigación histórica: Gulag (2004) de Anne Applebaum, considerado el mejor estudio sobre los campos de concentración soviéticos y el más reciente Los que susurran (2007) del historiador británico Orlando Figes sobre la represión en la época de Stalin.

sábado, 5 de enero de 2019

Etapa 21: Fonsalía - Chirche

La primera caminata del año nos lleva a Fonsalía, donde habíamos acabado la etapa vigésima el domingo 16 de diciembre, antes del desbarajuste navideño (el pasado fin de semana recuperamos la que teníamos pendiente a través del Macizo de Teno). El punto de encuentro (y que será fin de etapa) es Chirche, caserío en la parte alta del municipio de Guía de Isora (en tono a los 900 msnm); allí dejamos mi coche y bajamos hasta Fonsalía en el de Jorge, que se queda aparcado en la vía que, desde la nueva glorieta de la TF-6237, entra hacia el litoral; son poco más de las nueve de la mañana del sábado cinco de enero, víspera de Reyes. Caminamos hasta la mencionada glorieta que es en la que remata –por el momento– la carretera de reciente ejecución que enlazará la autopista con lo que ha de ser el futuro puerto de conexión con las islas occidentales. El proyecto está acabado hace años pero aún no está nada claro cuándo se acometerán las obras; el problema principal es una discusión de competencias entre la Comunidad Autónoma y el gobierno central. Entre tanto en el Cabildo nos toca impulsar el Plan Territorial Parcial que ha de ordenar el ámbito de tierra comprendido entre los núcleos urbanos de Alcalá y Playa de San Juan; ya hemos empezado pero vamos lentos y dubitativos. Cruzamos la rotonda y enfilamos hacia el noreste por un camino de tierra que bordea la gasolinera de Disa. Son solo 300 metros hasta que doblamos a la izquierda por una pista asfaltada entre dos muros de explotaciones agrarias. Estamos en la parte de la Isla con mayor presencia de la agricultura de exportación con fincas de gran tamaño (para la escala tinerfeña) que se han construido sin apenas atención al paisaje: sorribas de tierra traídas del Norte (mucha de Teno), enormes desmontes y muros de contención, amplias superficies de invernadero. Pero, si bien es cierto que las actuaciones agrarias de los últimos cuarenta años no han sido por lo general nada modélicas, el principal factor de deterioro paisajístico se debe sobre todo al abandono de la actividad y a la aparición de usos residuales, todo ello sin el más mínimo control, generándose así una imagen sucia, propia de un basurero. No es casualidad que en toda esta amplia banda del municipio isorano, desde la carretera costera hasta el eje de medianías (la TF-82, ahora casi sin tráfico desde la puesta en servicio de la autopista TF-1) no haya ningún sendero; no es porque no puedan trazarse y ponerse en uso sino sencillamente porque no es éste un territorio que convenga mostrar a turistas. El primer ejemplo de fealdad nos lo encontramos nada más girar hacia la derecha por la pista de la Gambuesa: fincas abandonadas en las que ahora se depositan vehículos y otras chatarras; solo los muros de piedra atestiguan los cultivos que ya no están (La Gomera al fondo).



La pista asfaltada por la que subimos es una larga recta de un kilómetro. Luego el terreno se empina y el trazado se vuelve sinuoso y así seguirá durante los casi tres kilómetros siguientes, hasta que la pista desemboque en la carretera que viene desde Playa de San Juan, la TF-463. El paisaje no varía respecto de lo ya descrito: fincas de plátanos al aire libre y bajo invernaderos pero muchas, demasiadas, abandonadas, incluyendo las correspondientes construcciones. Pronto nos encontramos con una antigua vivienda, los muros sin vestir y los vanos tapiados, los bancales languideciendo. Frente a la fachada dos hermosos laureles; opina Jorge que debieron plantarlos cuando levantaron la edificación, tal vez en los sesenta. Luego más arriba nos topamos con una edificación ruinosa de mayor tamaño que debió ser la vivienda principal de una explotación importante; ahora está en venta. Un poco más adelante aparece otra edificación dividida en cuartos que debían ser los dormitorios de los peones agrarios. Al llegar a la carretera, en la zona llamada Lomo el Balo, la ruta prevista continuaba atravesando una finca privada para enlazar con otra pista que llegaba casi directamente al núcleo de Guía. Pero unos perros –estaban atados y ansiosos por ser acariciados– y un letrero de prohibido el paso nos aconsejaron desistir y seguir por la carretera (luego, en casa, pude comprobar que, si hubiéramos bajado por ella en vez de subir, a solo 250 metros habríamos encontrado ese camino público y la distancia habría sido bastante menor). En fin, que caminamos cuesta arriba por la carretera, mirando de vez en cuando a nuestras espaldas las panorámicas del paisaje ya descrito con el mar y La Gomera al fondo, y al cabo de dos kilómetros llegamos a la glorieta que han construido bajo la autopista; eran más o menos las once de la mañana, llevábamos recorridos unos siete kilómetros y habíamos subido hasta los 500 metros sobre el mar.


Los novecientos metros que nos quedan para llegar a la TF-82 ya en la capital municipal corresponden al tramo final de la carretera de Playa de San Juan, pero totalmente remozada con motivo de la prolongación de la autopista del Sur; ahora, más que una carretera local, se ha convertido en un ramal de conexión a aquélla y, por lo tanto, con bastante más tráfico. Sin ninguna incidencia entramos en el casco urbano por la carretera que, en ese tramo de travesía, se llama Avenida Isora y es el eje más comercial del núcleo. Giramos hacia el interior por la calle acertadamente bautizada como La Entrada, doblamos luego por la calle de Arriba, después hacia abajo por los callejones del Mentidero y del Pilón, volvemos a aparecer en la carretera general, giramos hacia adentro por la calle de la Cruz y nos detenemos un momento a ver el nuevo centro cultural y auditorio, por fuera nada más porque está cerrado. El edificio se inauguró en 2005 pero yo no lo conocía y eso que desde entonces he venido aquí más de una vez. El edificio no está mal aunque, para mi gusto, abusa de demasiados materiales en fachada (aplacados, piedras, hormigón visto, vidrio). Unos metros más arriba, cruzando la calle de Abajo, está la plaza del pueblo, con el Ayuntamiento en un lateral y la iglesia de Nuestra Señora de la Luz en el centro. El edificio del consistorio es un palacete urbano del XIX de muy digna factura y que ha sido restaurado no hace mucho; la fachada está pintada en un verde suave que queda muy bien con la piedra gris de las jambas de los vanos y de las cornisas. En cuanto a la iglesia, su apariencia no deja de ser curiosa, en especial la torre central, ecléctica con alusiones al neogótico y al neomudéjar; además, al estar pintada de blanco se refuerza su imagen de tarta de boda. En realidad, los inicios del templo se remontan a mediados del XVI, primero una sencilla ermita que a principios del XVIII se amplió para convertirse en iglesia de dos naves con espadaña. El famoso aluvión de 1879, que arrasó gran parte del casco urbano, dañó muy gravemente el edificio que empezó a reconstruirse a inicios del XX, erigiéndose la torre en la década de los veinte. Por cierto, esta advocación mariana está en el origen del nombre del municipio. Éste fue bautizado en su origen solo Isora, término de procedencia guanche, pero en el XVI apareció una imagen de la Virgen de la Luz y en su honor se decidió anteponer el nombre de Guía. Lo de que se aparezcan estatuas de la Madre de Cristo en esta Isla es casi costumbre (recuérdese la leyenda de la de Candelaria) pero me cuesta entender cómo sabían de cuál de las innumerables se trataba. Hay una leyenda que remonta la devoción a Nuestra Señora de la Luz a la época de los visigodos, así que puedo creer que ya en el XVI fuera bastante popular entre los castellanos. Y en cuanto a lo del término , supongo que será porque con su luz la Virgen nos guía por el buen camino, pero no he podido encontrar ninguna confirmación en tal sentido. Leo que la imagen original de la Virgen de Guía se encuentra en el convento de las Franciscanas Concepcionistas de Garachico; la que preside el interior del templo es de mediados del XIX, atribuida al escultor Fernando Estévez de Salas, artista orotavense y máximo exponente del neoclásico canario.



Dejamos atrás la plaza de Guía subiendo por la calle de Los Chorros, probablemente así llamada porque su trazado es adyacente y paralelo al barranco que aquí se llama de Aripe pero más arriba de Tágara, rico en manantiales que dieron el agua al pueblo. Llegamos al edificio de la policía local y doblamos a la derecha por Don Manuel Gorillo y luego de nuevo a la izquierda por Las Britas. La calle acaba frente a una casa junto a la cual nace el sendero PR TF-70 que va a Boca Tauce pasando por Aripe y Chirche; en cuanto avanzamos unos metros giramos la cabeza y vemos las fachadas traseras, una de las más horribles muestras de fealdad que cabe imaginar; cuesta entender que, siendo éste un sendero que promociona el propio Ayuntamiento no haya emitido una orden de ejecución para exigir a los propietarios unas mínimas condiciones de ornato. Superado el shock iniciamos esta última parte de la etapa, esta vez sí por un sendero rural, pavimentado con guijarros volcánicos, y no por pistas o carreteras asfaltadas. El paisaje cambia a mejor, por supuesto: matorrales y abundantes tuneras, bancales más pequeños y más adaptados a la orografía con cultivos para consumo interno (hortícolas, vid), las montañas boscosas en el horizonte (y hacia atrás el mar y La Gomera, claro) y lo más llamativo: la pléyade laberíntica de tuberías de agua que cruzan el territorio en diversas direcciones: una imagen alucinante. También nos encontramos con algunas eras de circular perfección perimetradas con piedras, vestigios de la cultura cerealística que tan importante fue en la comarca. Es solo un kilómetros y medio, y ciento treinta metros de desnivel (de los 610 a los 740 msnm), lo que separa el casco de Guía del pequeño núcleo de Aripe. Recorrerlo nos lleva media hora que, teniendo en cuenta la pendiente no está mal.


Hacia las doce y media llegamos a la primera casa de Aripe, una vivienda tradicional preciosa que con toda seguridad la han arreglado para alojamiento vacacional (me apunto buscarla en air b&b). El sendero a Chirche sigue por la derecha; es el llamado Camino Viejo por el que discurría la tradicional romería que llevaba la Virgen de la Luz a la vertiente norte de la Isla. Pero optamos por ir a la izquierda para pasear por el pequeño pueblo y subir por el camino nuevo, el que se abrió a principios del XX hacia las Cañadas y que hoy es la carretera que une Guía con Chirche. Tanto Aripe como Chirche están declarados conjuntos históricos desde 2008 debido a su arquitectura tradicional, caracterizada por gruesos muros de mampostería con cubiertas de teja árabe sobre estructura de madera de tea. Aripe tiene además fama porque aquí, en una zona aterrazada por antiguos bancales, se descubrió en 1980 un yacimiento guanche con grabados sobre las rocas: figuras de animales, signos geométricos y una media docena de figuras humanas, algunas ataviadas con vestimenta y armas, que constituyen la primera muestra de arte rupestre de la isla. El caserío no es muy grande pero se advierte que vivió mejores tiempos; hoy apenas llega a los cien residentes, aunque cada vez hay más casas arregladas para el turismo rural. Seguimos la ruta por la carretera para cubrir el kilómetro escaso que nos separa de Chirche (pero un desnivel de otros 130 metros). Al llegar a las primeras casas de este pueblo –hacia la una– nos metemos en un bar a tomar unos refrescos y una tapa de garbanzas que estaban ácidas. Media hora después nos montábamos en mi coche para bajar a Fonsalía, donde dejé a Jorge. Luego hora y cuarto de trayecto hasta casa; serían las tres cuando llegué. Fin de una etapa de once kilómetros y medio de caminata; será en la próxima cuando cuente algo de Chirche.


martes, 1 de enero de 2019

Una propuesta inviable en el asunto catalán

Por lo visto, las peticiones que Torra le hizo a Sánchez en la reunión del pasado día 20 en Pedralbes se basaban en la premisa de que Cataluña tiene derecho a la autodeterminación. No es ocioso recordar que ese presunto derecho, indisolublemente vinculado a la proclamación de Cataluña como sujeto del mismo, está en el inicio del proceso soberanista. Recuérdese aquella masiva manifestación que recorrió la Gran Vía barcelonesa el 18 de febrero de 2006 bajo el lema «Som una nació i tenim el dret de decidir» (ya hace casi 13 años: ¡qué barbaridad!). A partir de ahí, poco a poco, se ha ido construyendo el discurso tantas veces repetido e incluso se enuncia como si fuera un dato incontestable del derecho internacional que, por tanto, ha de imponerse a la propia Constitución. De hecho, éste fue el razonamiento que explícitamente se recoge en el preámbulo de la Ley 19/2017, de 6 de septiembre, del referéndum de autodeterminación: los pactos sobre Derechos Civiles y Políticos y sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de diciembre de 1966, ratificados y en vigor en el Reino de España desde 1977 –publicados en el BOE de 30 de Abril de 1977– reconocen el derecho de los pueblos a la autodeterminación como el primero de los derechos humanos; la Constitución española de 1978 determina en el artículo 96 que los tratados internacionales ratificados por España forman parte de su ordenamiento interno y, en el artículo 10.2, establece que las normas relativas a los derechos fundamentales y las libertades públicas se interpretarán de acuerdo con los tratados internacionales aplicables en esta materia. La conclusión para el Parlamento de Cataluña fue que el pueblo catalán tiene derecho a la autodeterminación.


 Naturalmente, esa Ley 19/2017 fue declarada inconstitucional y nula mediante sentencia de 17 de octubre de 2017. En dicha Sentencia, el Tribunal Constitucional aclara que diversas resoluciones de las Naciones Unidas han acotado el derecho a la libre determinación a los casos de «sujeción de pueblos a una subyugación, dominación y explotación extranjeras», añadiendo que no debe invocarse para «quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país». También los magistrados señalan la obviedad de que pretender que el derecho a la autodeterminación (entendido como lo hace el Parlament) haya sido incorporado al ordenamiento jurídico español habría supuesto el contrasentido de negar la propia soberanía del Estado en virtud de la cual se habrían asumido dichos pactos internacionales. Diré, aunque mi opinión sea irrelevante, que comparto plenamente la interpretación del Tribunal Constitucional y, por tanto, considero que ni Cataluña ni ningún otro de los presuntos pueblos del Estado español ostenta derecho alguno a la autodeterminación.

Sin embargo, hemos de pensar que no pocos catalanes están convencidos de que, en el marco del derecho internacional, Cataluña tiene derecho a decidir su futuro, incluyendo la opción de conformarse como estado independiente. Gracias a la hábil estrategia de los conductores del procés se ha ido asentando entre muchos catalanes la idea de que ese derecho reconocido les es negado por un Estado opresor, que carece de las mínimas garantías democráticas, entre ellas de la separación de poderes e independencia judicial. Por eso, claro está, no se reconoce al Tribunal Constitucional (o a cualquier otro) y sus sentencias no gozan de ninguna autoridad, no van a convencer a nadie, más bien refuerzan las convicciones previas. Para colmo, pese a que a mí me parece fuera de toda discusión inteligente que el derecho de autodeterminación acordado en 1966 no es aplicable a Cataluña, hay unas cuantas personas de prestigio que no lo ven tan claro; es más, incluso hay voces que consideran (nunca lo dicen con absoluta rotundidad) que los catalanes podrían tener derecho a autodeterminarse como Estado independiente. No seamos pues tan ingenuos de pensar que todo está muy claro; hay suficientes ambigüedades y matices como para que los independentistas puedan sostener sin caer en el ridículo –por el contrario, con credibilidad– que Cataluña tiene reconocido el derecho a la autodeterminación y el Estado español se lo niega.

Ante esta situación, se me ocurre que quizá no fuera mala estrategia que desde el Gobierno español se plantease a la Generalitat que, aun entendiendo que Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación, se estaría dispuesto a someter el asunto a un dictamen internacional, garantizándose el rigor jurídico y la imparcialidad. Es decir, que una comisión del más alto nivel jurídico se pronunciase sobre si el derecho de libre determinación de los pueblo, proclamado por la ONU en 1966, es de aplicación a Cataluña. Por supuesto, los dirigentes de los partidos que sostienen el gobierno catalán deberían comprometerse, así como el ejecutivo español, a respetar y acatar el dictamen.

A mi modo de ver, esta oferta desde el lado “español” sería tremendamente positiva en sí misma. De entrada, porque a cortísimo plazo tendría la bondad de desactivar el cansino discurso de que la única respuesta que da el Estado es la represión política y judicial; de pronto, los independentistas se quedarían en fuera de juego, desconcertados. Además, implicaría una especie de tregua, muy necesaria para posibilitar que en vez de las proclamas demagógicas e incitaciones a la violencia, empezaran a escucharse discusiones con un mínimo de sustancia argumental. Finalmente, estoy convencido de que el resultado de ese dictamen sería negativo, establecería que ese “derecho universal” no es aplicable a Cataluña. Ello, desde luego, no significaría que los independentistas renunciaran a sus anhelos, pero al menos habrían de renunciar a parte de las mentiras que alegremente exponen, perderían esa falsa pretensión de legitimidad y, probablemente, unos cuantos de sus acólitos abandonarían sus filas. Para mí, lo más importante es propiciar la disminución del porcentaje de independentistas como única vía para evitar la confrontación. Y, por cierto, si alguien me dijera que cabe la remota probabilidad de que ese comité de juristas concluyera reconociendo el derecho catalán a la autodeterminación, contestaría que habría de aceptarse y actuar en consecuencia (o sea, impulsar desde el Gobierno español los pasos legales procedentes, en el marco de la Constitución, para que los catalanes pudieran ejercer ese derecho). Para mí la unidad de España no está por encima del Derecho y, desde luego, me es mucho menos importante que evitar conflictos sangrientos (que parece que es lo que algunos desean).

Pero sé de sobra que hoy por hoy esta propuesta es absolutamente inviable. Y lo es desde los dos lados. La Generalitat nunca aceptaría vincularse a un dictamen jurídico neutral, por más que sus líderes cacarean reclamando la intervención internacional (mientras saben que el Estado no la acepta). No aceptarían porque saben de sobra que ello supondría deslegitimar su discurso. De otra parte, los dos principales partidos que claman por el 155 (a los que hay que sumar al nuevo) se precipitarían con salvaje entusiasmo a acusar al Gobierno de rendición humillante ante quienes quieren romper España y, lo más lamentable de todo, es que ese discurso encontraría un enorme apoyo entre los españoles (de modo que el Gobierno no se atrevería). Es muy triste comprobar cómo este país parece cada día más polarizado sin espacio para quienes buscan acuerdos, aparcar las emociones (emociones negativas, aclaro) frente a la razón. El otro día escuché que esta radicalización de las opiniones en relación a Cataluña no difiere demasiado de la que había en 1936. No comparto esa opinión, pero sí creo que el camino que llevamos es preocupante y que no conduce a nada bueno. En fin, ya pueden suponer cuál es uno de mis deseos para 2019.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Etapa 16: Punta de Teno - Las Portelas

Tras la interrupción navideña, reanudamos la Vuelta recuperando la etapa 16 que en su momento, un poco por las condiciones climatológicas y otro poco por falta de forma, habíamos pospuesto. Quedamos a las 8:30 en Las Portelas, donde Jorge, que ha venido acompañado de su hija Clara, deja aparcado el coche. Pasamos al mío y vamos hasta la Punta de Teno; son las nueve de la mañana y todavía no han cerrado la carretera. Nos sorprende que haya ya bastante gente en el lugar, probablemente por ser días de vacaciones y que el tiempo, aunque frío, esté magnífico. A modo de calentamiento, caminamos en sentido contrario, hacia el faro (el 21 de octubre, cuando llegamos aquí desde Buenavista, no tuvimos tiempo de pasear porque estaba a punto de salir la guagua de regreso). El primitivo faro es una pequeña torreta adosada a la fachada más exterior de una edificación cuadrada de una planta, de piedra traída de La Gomera, que albergaba dos viviendas para los respectivos fareros y sus familias. Todo el conjunto se construyó en la última década del XIX en el centro de la Punta de Teno, una mínima península rocosa que, prolongando la Isla, se convierte en el extremo más occidental de Tenerife. Por esas fechas no existía la carretera a Buenavista y llegar a la capital del municipio había de hacerse a pie por trochas que trepaban por los acantilados. La conexión habitual era por mar, arribando las falúas al pequeño embarcadero que no he logrado descubrir si estaba en el mismo sitio que el actual (al Este del istmo). Lo que sí sé es que con demasiada frecuencia el estado del mar impedía el atraco de las naves y los fareros quedaban varios días incomunicados. El faro actual, una torre cilíndrica de hormigón armado de 20 metros de altura pintada a franjas rojas y blancas se erigió en los setenta y su puesta en funcionamiento coincide, más o menos, con la apertura de la carretera, que haría accesible este extraordinario paraje. Hoy la instalación está completamente automatizada y telecontrolada. La vieja edificación, de momento sin uso, fue cedida por la Autoridad Portuaria al Ayuntamiento de Buenavista para destinarla a escuela taller pero, según me cuentan, los antiguos propietarios han reclamado la reversión de la propiedad y el asunto creo que todavía no ha sido resuelto. Lo cierto es que hoy la verja de entrada está cerrada, lo que nos impide llegar hasta el mirador que hay casi en el extremo de la Punta. Damos media vuelta y bajamos por la pasarela de traviesas de madera sobre el malpaís hasta la plaza de piedra situada en la cara Sur; de ahí, por un camino de tierra, llegamos al embarcadero que, a estas horas aun tempranas no muestra ninguna actividad. Luego subimos al borde de la carretera, a la explanada de aparcamiento.


Desde ahí giramos hacia el Este siguiendo una tenue trocha que se interna en el malpaís. A unos cuatrocientos metros se sitúa una vivienda unifamiliar que desde que la conozco me ha maravillado; no solo es una preciosidad arquitectónica sino que su emplazamiento aislado en medio de ese paisaje mágico le confiere una singularidad excepcional. El proyectista fue el madrileño Fernando Higueras (1930-2008), uno de los más relevantes de la arquitectura española de la segunda mitad del siglo pasado. Higueras conoció a César Manrique a principios de los sesenta haciendo cola en una tienda de pintura, se interesaron mutuamente y se hicieron amigos. Manrique, que entonces vivía en Madrid, llevó a su amigo a conocer Lanzarote en el 62 y ése fue un viaje iniciático: ambos se dieron cuenta de que la isla podía convertirse en un laboratorio que acogiera sus ideas creativas. La fama del proceso que transformó y revalorizó Lanzarote se la ha llevado el pintor canario pero hay bastantes indicios de que fue el arquitecto quien le hizo ver las inmensas posibilidades que se les abrían. Como fuera, lo cierto es que a partir de entonces se inicia una estrecha relación de Higueras con Canarias. Primero fue Lanzarote, pero enseguida dio el salto a Tenerife donde hizo bastantes proyectos aunque pocos han llegado a construirse. Tras exhaustivas búsquedas en internet no he encontrado ningún dato sobre esta vivienda, lo cual no deja de extrañarme. Sin embargo, un arquitecto que está trabajando para la familia propietaria de la casa (y de la casi totalidad de los terrenos de Teno Bajo) me asegura que le enseñaron los planos visados del proyecto con la firma de Higueras. Dice que le contaron que la vivienda era un piloto de una urbanización de lujo que se pretendía disponer en esa plataforma litoral. Sería interesantísimo encontrar documentación de ese proyecto que (afortunadamente) nunca llegó a realizarse. Supongo que todo eso –incluyendo la construcción del chalet– ocurriría a finales de los setenta o principios de los ochenta, poco después de que se abriera la carretera que comunica este paraje con Buenavista. Ciertamente, por esos años Higueras venía con frecuencia a Tenerife. En fin, pendiente de mayores investigaciones, lo cierto es que aquí está una maravillosa vivienda, que hasta hace poco era amarilla y recientemente han pintado de blanco (afeándola para mi gusto), como parte de unas obras de rehabilitación. Comprobamos que hay gente habitándola, sin duda turistas, ya que la casa está anunciada en airbnb al nada barato precio de 400 € diarios. La bordeamos y seguimos hacia el norte, tratando de llegar hasta el sendero PR-TF-51 que sube hacia Teno Alto.

Tras unos cuantos metros llegamos a una pequeña caseta (de instalaciones de servicio) y decidimos renunciar: hay demasiados arbustos que impiden el paso. De modo que retrocedemos hasta el camino de acceso a la vivienda y, a través de él, alcanzamos la carretera. Recorremos unos setecientos metros hasta unos antiguos invernaderos, hoy completamente desechos. Los bordeamos y en la esquina opuesta cogemos un camino que empieza a trepar la ladera. En realidad, el sendero oficial nace unos ochocientos metros más adelante, junto a la nave empaquetadora, y con él confluiremos tras los primeros cuatrocientos metros en los que subimos 120: ¡un 30% de pendiente media! Pero todavía nos queda el tramo peor: unos setecientos metros de tortuoso sendero que nos llevan desde los 180 metros sobre el nivel del mar a los 400, nada menos. Hemos de detenernos varias veces a recuperar fuerzas (y pausar el ritmo cardiaco), y aprovechar para mirar hacia la amplia meseta costera de Teno Bajo, apreciando ese espectacular paisaje en toda su grandiosidad. El camino es pedregoso, tintado de rojizo por la arenilla ferrosa; la ladera está colonizada por tabaibas, cardones, tuneras, verodes y otras plantas arbustivas. Abajo, haciendo abstracción de la espantosa mancha de los invernaderos, el terreno negro y ocre de la plataforma lávica y las rocas acantiladas de la costa (que se convierten en audaz punta que se adentra en el océano). Luego el mar y el horizonte y, sobre éste, la mole de La Gomera, nítida y majestuosa. El punto al que llegamos se dispone sobre la cornisa del macizo que enmarca la plataforma costera; el paraje se llama Las Azoteítas y tiene una especie de banco de piedra en el que descansamos un rato. A partir de aquí entramos en otro paisaje.


Este nuevo tramo del camino es bastante más descansado; seguimos ascendiendo pero con una pendiente suave (en torno al 10%). Recorridos los primeros 500 metros llegamos a una cancela con un cartel que pide que se mantenga cerrada para evitar que se escape el ganado (cabras) que pace libremente por estos prados. Abrimos y cerramos la puerta y seguimos adelante, cada vez con menos pendiente hasta que, a unos doscientos cincuenta metros de la cancela, el camino empieza a descender porque bajamos al cauce del barranco de las Cuevas, luego unas pocas viviendas con huertas y animales (unos gallos y gallinas hermosísimos) y el camino hormigonado de nuevo ascendente. Pero nos desviamos del mismo para seguir el sendero con un trazado más directo (y más en pendiente). Medio kilómetro más adelante y 110 metros más arriba volvemos a reintegrarnos al camino asfaltado (se llama de Las Cuevas), justo donde hay un pequeño grupito de casas rurales abandonadas y casi en ruinas. Seguimos unos cien metros por él para volverlo a abandonar. A partir de ahí, el sendero discurrirá durante mil ochocientos metros sin demasiada pendiente en dirección Este hasta llegar al núcleo de Teno Alto. Es éste un entorno de vegetación rala, casi pelado, donde aflora en varias partes la roca base; salvando las distancias, me recuerda el Pirineo en verano. Bordeamos la montaña del Vallado y me retraso para sentir el paisaje; me gusta mucho, casi diría que me emociona, esta soledad mágica, este silencio grandioso que de pronto rompen unas voces: turistas alemanes que están haciendo la misma ruta en sentido inverso. Aprovecho para decir que esta ha sido la etapa no urbana en la que más gente hemos encontrado. Sin duda el senderismo tiene cada vez más adeptos entre los visitantes de la Isla; no todo va a ser sol y playa.


Es la una menos cuarto cuando llegamos a Teno Alto. Llevamos tres horas y media de caminata para recorrer apenas siete kilómetros y medio; es decir, a una velocidad media de poco más de dos kilómetros a la hora. En nuestro descargo la dureza del recorrido: salimos desde el nivel del mar y estamos ahora en la cota de los 780 metros. Todavía subiremos unos doscientos metros más, pero las pendientes fuertes hace tiempo que pasaron (básicamente el primer tramo). Nos sentamos en la terracita del bar Los Bailaderos, abarrotada de turistas caminantes, la mayoría alemanes, y pedimos unas garbanzas y refrescos. Los Bailaderos es el nombre del caserío en el que estamos, el principal de Teno Alto que, en realidad, es el topónimos de toda el entorno. Era ésta tradicionalmente una zona de cereal, con abundantes eras que ya son solo vestigios etnográficos. El poblamiento se remonta a tiempos prehispánicos (hay una bonita leyenda sobre la nobleza de los guanches del lugar durante la Conquista). De hecho, parece que el nombre de “Bailadero” –repetido en otros lugares del Archipiélago– tiene su explicación en costumbres aborígenes, barajándose dos hipótesis al respecto. Según la primera, estos lugares corresponderían a antiguas plazas en las que los antiguos canarios celebraban sus fiestas con danzas vinculadas a ritos religiosos; la segunda opción hace derivar el término de “baladero”, por ser en estos espacios donde, mediante el ayuno, se forzaba a balar a las ovejas para que los dioses trajeran las lluvias. Cabras siguen quedando y el queso de Teno Alto goza de merecido prestigio. Mientras Jorge y Clara hablan por los móviles, me acerco a la adyacente plaza del caserío, acondicionada en el año 1986 por el Ayuntamiento de Buenavista, según reza en la inevitable placa sobre la fachada de la ermita. La ermita está bajo la advocación de San Jerónimo y data de principios del XVII aunque, de acuerdo a la documentación histórica, fue abandonada ya a mediados de ese siglo y se aprovecharon muchas de sus piedras para construir viviendas particulares del caserío. Actualmente presenta buen estado de conservación (imagino que sería restaurada en la fecha de la placa), respondiendo al aspecto tradicional de estos inmuebles religiosos en Tenerife. En fin, un caserío agradable, cuyo ancestral aislamiento –que llevó a que casi se despoblara en tiempos recientes– está siendo superado gracias a las visitas turísticas (hay unas cuantas casas de turismo rural).


Retomamos la marcha por el camino de La Mesita, una pista asfaltada que asciende sinuosamente en dirección Sur. A medidad que subimos, mirando al Oeste (hacia la Punta de Teno), se nos ofrece el espectacular paisaje por el que hemos caminado. Tras unos 850 metros de camino (y 80 metros de desnivel) abandonamos la pista para tomar a la izquierda un sendero cuyo primer tramo, de tierra rojiza y con escalones de piedras, sube la ladera para llevarnos hasta las cumbres que cierran por el Sur las laderas por las que discurre la carretera que sube a Teno Alto. Tras salvar unos cincuenta metros de desnivel, alcanzada más o menos la altitud de los 900 metros, el camino se adentra en un área boscosa de laurisilva, un paisaje de troncos delgados y retorcidos, cubiertos de musgo y empapados en niebla que evoca inevitablemente duendes y otros seres mágicos. Este recorrido apenas dura trescientos metros: de pronto acaban los árboles y se nos abre un paisaje abierto, de cumbre: rocas y matorral bajo y, sobre todo, majestuosas vistas a ambos flancos. Durante un buen trecho (hasta llegar al mirador de la carretera carretera de Masca, la TF-42), vamos a caminar por la principal arista cumbrera del Macizo de Teno, la que orientada Este-Oeste deja al Sur los impresionantes acantilados y al Norte la parte del Valle del Palmar y más allá la Isla Baja. Jorge me recuerda que en Canarias a las cimas lineales de las montañas, como éste por la que discurrimos, se las llama pericosas, término que también se usa para referirse a las copas de los árboles y por extensión a cualquier sitio alto. El vocablo lo recogen diversos diccionarios de canarismos (no así la RAE) pero no he logrado explicaciones sobre su origen. No cabe duda que proviene de alguna lengua romance, tal vez del italiano pericoloso,a, peligroso; tiene cierta lógica porque desde luego estar y moverse por sitios altos conlleva no pocos peligros.


Avanzamos unos dos kilómetros y medio por la cumbre del Carrizal, como señores de los magníficos paisajes que se extienden bajo nosotros con tentaciones al vértigo. Al poco de salir del bosque coronamos el punto más alto de la etapa (988 metros según la wikiloc) y, a partir de ahí, vamos descendiendo, mayoritariamente con pendientes suaves pero a veces los tramos se empinan presentando cierto riesgo. Me gustaría ser capaz de describir lo que vemos, pero no creo que se pueda con palabras y ni siquiera las fotos logran recoger las sensaciones “en vivo”: es lo que hay.




Aparece ante nosotros la carretera de Masca, la curva en la que cambia de vertiente y en la que, como es obvio, se ha dispuesto un mirador –Altos de Baracán, es su nombre– para que los automovilistas aparquen y por un ratito disfruten de parte de las vistas que nos llevan un buen rato acompañando. En este punto acaba el primer tramo del sendero PR-TF 51 (de dificultad alta, según el Cabildo, y es verdad pero solo en la primera parte) que sigue durante 14 kilómetros más hasta San José de los Llanos, pasando por las cumbres de Bolico y Erjos. Pero ese recorrido lo haremos otro día porque ahora hemos de descender hasta Las Portelas. El caserío lo vemos abajo en el valle pero tardamos un ratito en encontrar el sendero. Poco hay que contar de este último tramo de la etapa: en su primera parte el sendero es estrecho y de pendiente pronunciada, pero luego, al llegar a los terrenos cultivados, adopta un trazado más cómodo que acaba en una pista asfaltada (acceso Masapez, según la cartografía) y de la cual hemos de desviarnos para llegar al cauce del barranco (¿de las Lubes?) y, cruzado éste, hacer el último tramo casi a nivel que, convertido en calle del caserío, nos lleva al centro de Las Portelas; unos metros más allá está aparcado el coche de Jorge: fin de la caminata. Son las tres y media pasadas, de modo que llevamos seis horas y media en la ruta aunque hay que descontar la media hora larga del bar de Teno Alto; pero, aun así, es la etapa más larga, no en kilómetros (han sido algo más de trece) sino en tiempo. Y lo malo es que falta mucho para llegar a nuestras casas. Jorge y Clara me dejan en la estación de guaguas de Buenavista y tomo la que sale a las 16:10. Más o menos a las cuatro y medio estoy arrancando mi coche para recorrer los algo más de sesenta kilómetros que hay hasta mi casa. Normalmente se tarda una hora y diez pero a la altura de Buen Paso (Icod) me topo con un atasco descomunal que nos mantiene a paso de tortuga hasta llegar al municipio de Los Realejos. En resumen que llego a mi casa casi a las siete de la tarde, ya de noche, y muerto de hambre.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Lo que yo creo que hay que hacer con Cataluña

Hay algo que para mí es evidente: un Estado no se puede mantener a largo plazo con una parte geográfica del mismo cuyos habitantes mayoritariamente quieren independizarse. No digo que sea el caso actual de Cataluña; parece que su población está dividida más o menos a partes iguales, lo cual ya es bastante grave.

Sin embargo, tanto el PP como Cs (y VOX, por supuesto) parecen no compartir eso que yo considero evidente. A la vista de sus propuestas, parecen considerar que pueden mantener por la fuerza la sacrosanta unidad de España. Bien, lo cierto es que, a corto plazo, esas soluciones funcionarían pero la pregunta es si, a medio o largo plazo, no serían contraproducentes, no nos abocarían a una brecha insalvable entre los catalanes y el resto de los españoles.

Imaginemos una suspensión del régimen autónomo catalán, la ilegalización de los partidos que defiendan la independencia, el encarcelamiento de más políticos … Todas estas medidas han sido ya propuestas por quienes se llaman demócratas y constitucionalistas. No significan otra cosa que instaurar un régimen de excepción en la región más próspera y europea del Estado, poco menos que una “ocupación”

¿Creen los “españolistas” que así se acabará con el independentismo? Tenemos varios antecedentes de estas soluciones en la Historia de España (el último no hace demasiado: el franquismo) y lo que ésta nos enseña es que los sentimientos y deseos centrífugos se reprimen pero no se extinguen, más bien se refuerzan y, cuando cesa la represión, explotan con más fuerza (es decir, los comparten más personas).

Por tanto, la pregunta pragmática es: en estos tiempos que corren, ¿se pueden mantener durante mucho tiempo ese tipo de medidas represoras? Yo creo que no. Pero lo grave no es eso, sino que, de adoptarse, cuando hayan de retirarse se estará en una situación peor que antes, con menos posibilidades de reconstruir puentes. Y si al final no hay más remedio que aceptar la segregación, ésta será a las malas.

Así que me pregunto, ¿tan grave sería contemplar la posibilidad de que Cataluña se independice? Sí, es verdad que se “rompería” la unidad de España pero, en realidad, ¿qué significa eso para los españoles (e incluyo en este término a los propios catalanes)? Piénsese, ¿en qué cambiaría la vida de cualquier españolito el que Cataluña fuera un país independiente? Contesto: si las cosas se hacen por las buenas, en nada.

Y conste que yo prefiero que eso no ocurra. Pero creo que las propuestas de la derecha española no son las adecuadas para lograrlo sino más bien nos llevan a un callejón sin salida, a un aumento de la tensión que fácilmente derive en violencia y que, de seguro, genera un clima de conflicto incompatible con cualquier objetivo de bienestar social. Para mí, la única estrategia posible es desarmar de argumentos a los independentistas y hacerlo antes de que sea demasiado tarde (ya se ha perdido mucho tiempo).

Ello pasa por plantear explícitamente que la segregación de una parte de España no es algo inadmisible y dar pruebas de que se está dispuesto a dar cauces para que los catalanes puedan expresar su voluntad al respecto. Eso no significa reconocer el derecho a la autodeterminación, pero si el derecho a manifestar sus deseos respecto de su relación con el Estado. Ahora bien, una vez expresada con claridad esa posición, habría que obtener a cambio el compromiso de los líderes catalanes del respeto a esos cauces de expresión de voluntad popular y de las posteriores consecuencias.

Y aquí es donde aparece la necesidad de líderes de la talla de los Trudeau (padre) o instituciones como el Tribunal Supremo canadiense. Desde luego, yo ofrecería a los catalanes la posibilidad de manifestar en referéndum su voluntad, peor previamente habría pactado unas condiciones que garantizasen que el proceso no fuera demagógico sino serio y meditado. La pregunta o preguntas a hacer, el tiempo de campaña (suficientemente largo para que se pudieran sopesar serenamente los pros y los contras), los mínimos de participación y los porcentajes para que los resultados fueran relevantes, etc.

También dejaría claro desde el principio que el resultado del referéndum nunca sería vinculante, porque obviamente la Constitución no permite que una región se separe unilateralmente. Pero, al mismo tiempo, me comprometería a que me vinculara políticamente. Es decir, si los catalanes deciden por mayoría suficiente que quieren independizarse, instaría una reforma constitucional para posibilitar tal opción; reforma que obviamente debería ser votada en referéndum por todos los españoles, de modo que siempre sería perfectamente legítima.

Esta estrategia, desde luego, sería abrir un proceso largo, no menor de cinco o seis años. Durante ese tiempo lo que primaría sería la búsqueda del consenso, no del enfrentamiento. Me atrevería a apostar que, de hacerse así, los catalanes no votarían mayoritariamente por la independencia de modo que el conflicto quedaría resuelto para las próximas tres o cuatro décadas. Y si votan que sí, habría que dejar que el conjunto de los españoles decidiera.

Lamentablemente, que en este país se abra un proceso como el que describo se me antoja imposible. Por lo visto, lo que da más réditos es azuzar la bronca, exaltar los ánimos, el tradicional guerracivilismo de las dos Españas. Y, como ya he dicho, creo que esa estrategia solo puede conducir al desastre. Esos que tanto se llenan la boca con su defensa de la unidad de España son, a mi juicio, los verdaderos traidores.

martes, 11 de diciembre de 2018

Dancing in the street

Marvin Gaye, palabras mayores, qué duda cabe. Y, sin embargo, lo descubrí tardíamente, debió ser hacia el 82 porque el primer disco suyo que escuché con atención –obviamente había oído canciones suyas antes– fue Midnight Love, el último que publicó en vida. Más o menos cuando yo nacía, Marvin, con veinte años, se instalaba en Detroit para, en poco tiempo, vincularse a la familia Gordy –se casó con Anna, diecisite años mayor que él– y fichar por la Motown. De nuevo palabras mayores: el sonido motown, en especial durante esa década prodigiosa de los sesenta (yo, claro, era demasiado niño y estaba demasiado lejos para enterarme de nada). Esa discográfica era una fábrica de éxitos, canciones que ya están para siempre en la historia de la música popular. La fórmula no era difícil: contar con unos excelentes compositores y unos excelentes músicos, sencillo, ¿verdad? En el otoño de 1964, cuando Gaye ya era una de las estrellas de la casa (y yo un chiquillo de cinco añitos), contribuye, junto a William "Mickey" Stevenson y Ivy Jo Hunter, en la composición de una cancioncilla alegre y pegadiza que había de interpretar el trío vocal Martha and the Vandellas. La canción es Dancing in the Street y a continuación pueden ver a las tres chicas interpretándola.


Tiene marcha, ¿a que sí? Aunque las tres muchachas se mueven muy recatadamente, quizá para no escandalizar a los televidentes de la época. Pero eso no impidió que alcanzaran un éito tremendo, creo que el mayor de su carrera. La letra no es que fuera muy profunda; se limitaba a gritar a todo el mundo –con menciones específicas a ciudades concretas de los USA– que había que salir a bailar a las calles, sin importar nada, solo bailar, reír y cantar. No está mal la propuesta en años de guerra fría y conflictos raciales en Estados Unidos. En fin, quizá no en las calles, pero desde luego los yanquis bailaron el tema hasta la saciedad. Enseguida cruzó el charco y también triunfó en otros países, entre ellos el Reino Unido, donde se situó en el cuarto puesto de las listas. Y aquí aparece otra banda mítica que deciden hacer un cover en su segundo LP. Me refiero a The Kinks y el álbum es el Kinda Kinks, publicado en marzo de 1965. El grupo de los hermanos Davies ya tenía cierta fama gracias a su You really got me y formaba parte de la invasión británica (a los USA), siempre a la sombra, claro está, de los incuestionados Beatles.


Solo unos meses después de álbum de los Kinks, en noviembre de 1965, un trío de Los Ángeles sacó el primero de la que no iba a ser una larga carrera en el que incluyeron el Dancing in the Street. Me refiero a los Walker Brothers (que no eran hermanos) y de los cuales solo conocía el cover que hacen de la maravillosa Love minus zero / No limit de Dylan. No he podido encontrar ningún video en la que los chicos cantaran el tema (tampoco es que su versión aporte demasiado, la verdad) y, en vez de poner el audio a secas, he preferido poner una la grabación de un show televisivo en el que interpretan uno de los mayores éxitos de Wilson Pickett, The land of 1.000 dances con su inconfundible na nanananá nananá naná (tuve la tentación de incrustar la versión de la de Dylan pero la resistí).


Al año siguiente se nos ofrece la siguiente versión a cargo de otro grupo de culto, The Mamas and the Papas. El tema apareció en su segundo álbum de estudio, The Mamas and the Papas, publicado en septiembre de 1966. La interpretación no estuvo nada mal, con bastante más marcha de la habitual en el repertorio folkie del cuarteto neoyorkino. Una de las aportaciones del grupo a la composición original fue que mencionan unas cuantas ciudades más, entre ellas una canadiense, Halifax, donde había nacido Denny Doherty. La última vez que cantaron el tema en vivo fue nada menos que en el célebre festival de Monterey de junio de 1967; el video que pongo a continuación recoge esa actuación.


Más o menos por la misma época en que los chicos de Mama Cassidy bailaban en la calle, uno de los grandes grupos de la psicodelia gringa incluyeron comenzaron a interpretar la canción en sus conciertos. Me refiero a los locos de Grateful Dead que eran más famosos por sus actuaciones en vivo que por su discografía de estudio. De hecho, este tema no lo grabaron hasta 1977 en su álbum Terrapin Station. No obstante, para ser fiel al espíritu de la banda y aunque imagen y sonido dejan mucho que desear, he preferido poner una grabación de un concierto en el parque Golden Gate de San Francisco, en septiembre de 1967. La ciudad del Norte de California vivía en esos días su apogeo como capital de la contracultura hippy y los Dead eran unos de sus mejores exponentes musicales. La guitarra de García era, desde luego, una verdadera maravilla: sonido rock del bueno.


Dejamos los sesenta –no he encontrado más versiones en esa década– y pasamos a los setenta para toparnos con que esta canción aparece en The King of Rock and Roll, el disco que en 1971 publicó nada menos que Little Richard. Merece la pena disfrutar de la entrega vocal del señor Penniman y entender por qué había enamorado a los Beatles y a los Stones. Lamentablemente no parece haber videos en los que este pionero del rock interprete el bailando en la calle, y es una pena porque era fantástico sobre un escenario. Así que, imagínenselo mientras oyen el single de Reprise Recordings. Desde luego, a diferencia de las versiones anteriores, ésta es la primera en que el cantante se apropia de la canción, la llena con su personalidad dándole un plus inimitable.


En este recorrido por los intérpretes de Dancing in the Street aparece en 1974 una banda que había olvidado hace más de cuarenta años: los Black Oak Arkansas, unos locos contraculturales de rock sureño, cuyo primer LP –en vinilo, desde luego– era uno de los que tenía en mi escasa discoteca a los dieciséis años (se trataba del homónimo Black Oak Arkansas, de 1971). Pero creo que no he escuchado ningún otro y ahora descubro no solo que grabaron el tema que nos ocupa en 1974 en el álbum Street Party (la canción encaja bien con ese título, sin duda), sino que los tíos siguen en activo. Jim “Dandy” Mangrum, el cantante y líder del grupo, ahora un viejete de 70 tacos, sigue subiéndose a los escenarios con la chupa de cuero abierta sobre una camiseta que no disimula la barriga cervecera y la melena rubia de sus comienzos; no me queda claro si es patético o admirable (o ambas cosas). En todo caso, la versión de Dancing in the Street, con la voz rasposa de Dandy, el ritmo más acelerado de lo normal y las guitarras envolventes y un poquito enervantes típicas del rock sureño (aunque no sean las de Duane Allman) tiene no poco interés.


Dejemos los setenta (mi década preferida en lo musical) y pasemos a los ochenta. En 1982 Van Halen saca su quinto álbum, Diver Down, planteado inicialmente como un disco de descanso con versiones de canciones populares (la más famosa, Pretty Woman de Roy Orbison). Van Halen no es precisamente de mis favoritos pese a lo cual reconozco que tienen temas de muy buena calidad y que la guitarra de Eddie es fantástica. De hecho, en su versión, Dancing in the Street casi pierde el aire motown original para vestirse con los sonidos del heavy y he de confesar que no me disgusta para nada. Pongo un video de una actuación en vivo en 1983 en el que la imagen es bastante defectuosa, pero es lo que hay.


Y llegamos al 85, año en el que yo –como muchos, supongo–descubrí Dancing in the Street gracias a la versión que hicieron dos de mis cantantes favoritos: Mick Jagger y David Bowie. El plan original era interpretarla en vivo en el famoso megaconcierto Live Aide organizado por Bob Gedolf contra el hambre en Etiopía, cantando Bowie desde el estadio de Wembley en Londres y Jagger desde el JF Kennedy en Filadelfia. No obstante, hubo que abandonar la atrevida idea porque la conexión vía satélite impedía la perfecta sincronización (¿se acuerdan de ese concierto? ¿De la rutilante presencia de Freddy Mercury? ¿Del We are the world final? ¿De McCartney, Dylan y tantos otros músicos e primea línea? Fue un momento clave en la historia el rock). Descartada la grabación en vivo, los dos genios la hicieron en junio en los estudio londinenses de Abbey Road y la publicaron en un single (el disco tenía tres versiones distintas); años después (en 2002), la versión se incluiría en el doble CD recopilatorio Best of Bowie. La interpretación fue un éxito mundial y llegó al número uno en casi todas las listas (incluyendo España). Aun reconociendo que no soy objetivo –me trae muy buenos recuerdos– ésta es desde luego mi favorita. Ahí va el video oficial.


Y hasta aquí quería llegar; mostrar las versiones de una estupenda canción durante veinte años. A estas alturas han pasado treinta más y revisándolos encuentro algunas más, pero no tantas y, sobre todo, no tan relevantes como las que he reseñado en el post. La única que salvo es la de Phil Collins de su disco Going Back (2010), en el que pretendía hacer un homenaje al sonido Motown, de modo que viene muy bien para cerrar el post (el círculo) con una vuelta a los orígenes. Pues nada, a bailar en la calle porque all we need is music, sweet music.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Etapa 17: Las Portelas - Erjos

La vuelta a la Isla lleva cuatro fines de semanas interrumpida: tiempo muy lluvioso y un viaje de Jorge a Berlín. Hoy nos tocaría la décimo sexta etapa, la que va desde la Punta de Teno hasta el núcleo rural de Las Portelas, en el corazón del macizo de Teno. En su primer tramo se trata de un sendero muy empinado, la única conexión que existía antes de la carretera con la planicie de Teno Bajo, que sube casi 800 metros en menos de seis kilómetros. Entre que el terreno está muy mojado y nosotros hemos perdido la forma, decidimos saltárnosla; ya la haremos más adelante. De modo que quedamos a las 8:30 en Erjos, un núcleo rural del municipio del Tanque, situado casi en el cambio entre las vertientes Norte y Sur de la Isla. El día está frío y con niebla. Jorge aparca su coche y pasa al mío. Para ir en coche desde Erjos a Las Portelas, distantes cuatro kilómetros en línea recta, hay dos opciones: bajar hasta Santiago del Teide y atravesar el Parque Rural por Masca o bien seguir hasta El Tanque, bajar a Los Silos y de ahí a Buenavista y la carretera del valle del Palmar. Optamos por la segunda ruta porque, aunque es más larga (24 frente a 19 kms) tiene habitualmente menos tráfico; ya heremos la otra al regreso. El recorrido, por una carretera con infinitas curvas (sobre todo el tramo del Camino Real de Las Arenas) nos toma tres cuartos de hora, así que, entre una cosa y otra, empezamos la caminata pasadas las nueve y media de la mañana.

Aparcamos mi coche justo en el inicio del sendero de Monte del Agua, en el cruce con la carretera TF-436. En realidad, más que un sendero se trata de una pista, transitable por todoterrenos (aunque una vez avanzado un trecho comprobamos que hay una cadena para impedir el paso de vehículos). Durante los primeros dos kilómetros, el camino asciende entre un paisaje de monte bajo, hasta llegar a una curva cerrada desde la que se abre una fantástica panorámica sobre el valle del Palmar y las cumbres que lo enmarcan por poniente separándolo de la Isla Baja. A partir de ahí, el sendero, ya más estrecho, se introduce en el bosque de laurisilva propio de este espacio natural. La caminata es relajada, siempre en subida pero con pendiente suave. Cuando, hacia la izquierda, se abren las vistas contemplamos lomas interminables cubiertas de arbustos y bañadas por la húmeda niebla. Tras una hora y media caminando llegamos al punto en el que desemboca el sendero que sube desde Los Silos pasando por los caseríos de las Moradas (la Alta y la Baja). Mientras Jorge descansa un rato al pie de las señales, desciendo unos metros para descubrir una panorámica espectacular de colinas verdes en primer plano, cumbres de roca desnuda más atrás y, al fondo, la Isla Baja y el mar fundido con el cielo.


Reemprendemos la marcha y tras algo menos de una hora llegamos a un mirador que, mediante un puente de madera, se mete entre los árboles hacia el Oeste. Justo en este punto acaba (o empieza) el sendero accesible habilitado por el Cabildo hace unos pocos años; se trata de una actuación muy bien realizada, con un kilómetros y medio de longitud y una pendiente muy suave. A los quinientos metros se sale del bosque y ciento cincuenta metros más adelante aparecen unas antenas gigantescas, repetidores de televisión y móvil. En ese punto, el sendero “oficial” gira hacia el Sur, pero nosotros seguimos en dirección Este, una ruta bastante más directa hacia Erjos, un camino de tierra apisonada en bajada con travesaños de madera a modo de escalones. En unos diez minutos –la distancia no llega a 600 metros– estamos frente a la iglesita de Erjos y de ahí a la carretera, donde aparcó Jorge su coche. Como aún es temprano (las doce y media, más o menos), nos metemos en el bar Criseli a tomar unos cafés y unos dulces. Luego el regreso hasta Las Portelas, esta vez por la carretera de Masca, llena de turistas, lo que obliga a una velocidad de tortuga. La etapa ha sido corta, tanto en distancia (10,7 kms) como en tiempo (poco más de dos horas y media) y fácil, pero hay que sumar otra hora y media de desplazamiento en coche entre los dos puntos extremos más otras dos horas desde y hasta casa. En fin, que hemos echado toda la mañana.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Solicitud para alcanzar un sector público igualitario

Uno de los objetivos prioritarios de la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres es aumentar la participación de las mujeres en el mercado de trabajo y avanzar en la igualdad efectiva entre mujeres y hombres. En este sentido, la Ley entiende que una sociedad igualitaria implica, entre otras cosas, alcanzar el principio de presencia equilibrada de mujeres y hombres en los distintos ámbitos laborales, tanto privados como públicos. Ciertamente, en la esfera de la Administración Pública, las medidas específicas que concretan este principio general se limitan a determinados órganos o entidades sin que sean de aplicación con carácter general. Ello no obstante, del mismo modo que se impone la presencia equilibrada de mujeres y hombres en un órgano directivo de la Administración, es indudable que sería deseable y plenamente congruente con los principios y objetivos de la Ley que en toda la Administración se lograra el mismo equilibrio.

Sin embargo, las Administraciones Públicas, en sus procesos de selección de personal no prevén medidas para propiciar o incluso conseguir que las nuevas incorporaciones se produzcan con la presencia equilibrada de mujeres y hombres. Si, por el contrario, en una administración se introdujeran medidas con estos efectos, es evidente que a medio plazo –a medida que se fueran jubilando los funcionarios antiguos– se cumpliría el principio legal de la presencia equilibrada. Conseguir este objetivo, de otra parte, es de extrema sencillez: bastaría con establecer en cualquier convocatoria de procesos selectivos en la administración que la mitad de las plazas ofertadas han de ser ocupadas por mujeres y la otra mitad por hombres. Al resolver las pruebas selectivas se irían adjudicando las plazas en el orden resultante hasta el límite máximo de cada sexo.

Se objetará que esta propuesta podría implicar (de hecho, lo normal es que lo implicara) que los N que obtuvieran plaza en un proceso de selección no fueran los N mejores. Por ejemplo, si en una oposición para cubrir 12 plazas, los doce primeros fueran 8 hombres y 4 mujeres, sólo entrarían los 6 mejores de los hombres y se añadirían las 2 mejores mujeres que estarían por debajo del puesto 12 y que, obviamente, habrían obtenido peor calificación que los dos hombres descartados. De modo que los doce nuevos funcionarios no serían los doce mejores, aunque sí serían los seis mejores hombres y las seis mejores mujeres. Las eventuales y pequeñas “injusticias” que pudieran producirse quedan sobradamente compensadas con el significativo avance en el logro de una administración más igualitaria. Además, nadie podría llamarse a engaño porque cada uno/a sabría de antemano que el objeto no es quedar entre los primeros N aspirantes, sino entre los primeros N/2 aspirantes de su mismo sexo.

En consecuencia con lo expuesto, SOLICITO que se dicte la resolución procedente en la que se establezca que en todas las convocatorias de pruebas selectivas para el ingreso en la Administración Pública de esta Comunidad Autónoma se haga oferta diferenciada de plazas por sexo, de acuerdo a los siguientes criterios:
  1. Si el número de plazas ofertado N es par, la mitad será para mujeres y la otra mitad para hombres.
  2. Si se oferta una sola plaza será para el sexo que cuente en el momento de la convocatoria con menos representantes en la Administración convocante en el nivel al que corresponda la plaza.
  3. Si el número de plazas ofertado N es impar, se reservarán (N+1)/2 para el sexo que cuente en el momento de la convocatoria con menos representantes en la Administración convocante en el nivel al que correspondan las plazas.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Los independentistas estuvieron a punto de lograr la secesión de Cataluña

En el escrito de la Fiscalía del Tribunal Supremo presentado el pasado viernes 2 de noviembre en la Causa especial 3/20907/2017 se considera que Oriol Junqueras y diecisiete acusados más, en distintas formas, dirigieron, promovieron y/o participaron activamente en la ejecución de una estrategia previa y detalladamente planificada que, orillando la aplicación de la legalidad e impidiendo el cumplimiento de las resoluciones administrativas y judiciales, tenía como objetivo declarar la independencia de Cataluña y obligar al Estado a aceptar la separación del referido territorio, finalidad que estuvieron a punto de lograr.

Yo, como los cuatro fiscales que firman el escrito (y como casi todo el mundo, supongo), también creo que los actos sucedidos en Cataluña al menos desde 2013 responden a una estrategia previa y detalladamente planificada y también creo que orillaron manifiestamente la legalidad y desobedecieron descaradamente las resoluciones administrativas y judiciales que se dictaron. Lo que no tengo tan claro es que el objetivo fuera hacer efectiva la independencia de Cataluña, al menos para cuando se hizo su declaración formal. Creo más bien que los estrategas del procés lo que pretendían era ir consolidando entre los catalanes y resto de españoles una sensación de irreversibilidad en el enfrentamiento y, en paralelo, conseguir los máximos apoyos en los tres ámbitos relevantes (interno catalán, español e internacional principalmente europeo). Visto así, el procés no acabó con la aplicación de las medidas adoptadas por Rajoy al amparo del 155 sino que, simplemente, entró en la siguiente fase que, me temo, también estaba prevista por los estrategas catalanes.

Naturalmente, esta opinión mía puede no ser compartida por muchos y, desde luego, no lo es por los fiscales, que parecen pensar que con la declaración de independencia del 27 de octubre culminó el objetivo de la estrategia. No entraré a discutir esa apreciación pero sí quiero una contundente afirmación de la fiscalía: que esa declaración formal de independencia estuvo a punto de hacerse realidad; es decir, que el Estado español estuvo a punto de aceptar la separación real de Cataluña. Tal como se relatan los hechos (y también las intenciones) en el escrito de la fiscalía, lo que hicieron los acusados podemos calificarlo como un intento de secesión. Supongo que la severidad del castigo de todo intento de delito está relacionada con las probabilidades de éxito del mismo; no merece la misma pena quien intenta matar a alguien sin apenas posibilidad de lograrlo que quien, en cambio, ha estado a punto de lograrlo. Decir por tanto que la estrategia secesionista estuvo a punto de lograr la separación real de Cataluña, de lograr que el Estado la aceptara, sólo puede entenderse por el afán de la fiscalía de agravar el delito y consiguientemente endurecer las penas que merece.

En la página 43 de su escrito, la Fiscalía aclara porqué la intentona secesionista estuvo a punto de lograr sus objetivos, porqué la declaración de independencia “no era meramente simbólica”: “las autoridades de la Generalitat tenían preparado –para su aprobación inmediata– todo un paquete de normas que desarrollaban el nuevo marco jurídico de la República, el despliegue de las estructuras administrativas necesarias para el funcionamiento del nuevo estado, y un plan para garantizar que los Mossos d’Esquadra asumiesen la seguridad de todas las infraestructuras y el control efectivo de todo el territorio de la Comunidad Autónoma”. Es curioso que la fiscalía sostenga esto cuando en otros documentos de este procedimiento judicial se constata repetidas veces que para esas fechas los “golpistas” ni tenían “estructuras de estado”, ni el más mínimo apoyo internacional, ni ningún mecanismo (ni siquiera los mossos) para asumir el control real de la teórica República independiente; y eso lo reconocían entre ellos los propios acusados.

Y es que una cosa es declarar la independencia (acto evidentemente ilegal) y otra muy distinta ser independiente de facto. Imaginemos que el Estado no hubiese aplicado el 155; ¿alguien se cree en serio que al día siguiente la Generalitat habría realizado actos efectivos de ejercicio de su pretendida soberanía como, por ejemplo, mandar a los mossos a ocuparse del control de pasaportes en el aeropuerto del Prat? Por supuesto que, en las circunstancias de esos días, no se habría adoptado ni una sola medida de ejercicio real de la independencia. Simplemente, sabían de sobra que no podían y, además, así lo han declarado. Nadie puede creer de verdad lo contrario y mucho menos que nadie los fiscales del Supremo. Porque si lo creyeran, se habrían ocupado de aportar alguna prueba a esa afirmación fantasiosa de la página 43.

No obstante, hagamos un esfuerzo de ingenuidad (todo sea por la unidad de España) y creamos en la palabra de los fiscales, imaginemos que los “golpistas catalanes”, en un alarde de estupidez, estaban dispuestos a desplegar inmediatamente una batería de medidas que hicieran que la independencia de Cataluña fuera real y no una mera declaración simbólica. Ahora bien, en ese supuesto de acciones reales (como ocupar con fuerzas de seguridad propias instituciones públicas del Estado, por ejemplo) el Estado habría estado obligado a reaccionar por la vía de la fuerza. ¿Acaso alguien lo duda? Ahí sí habríamos estado ante actos golpistas de verdad, no retóricos. Ciertamente, la situación habría subido un nivel cualitativo de gravedad y los riesgos de desgracias personales (incluso muertes) habrían sido muy altos. Pero, insisto, al Estado en ese supuesto no le habría quedado más remedio que reconducir la situación por la fuerza. Y yo pregunto: ¿piensan los fiscales que las fuerzas de la nueva República podrían haber “vencido” a las del Estado español?

Pero hay más: si tan a punto estaban los independentistas de hacer efectiva la secesión, ¿cómo es posible que la mera destitución formal de gobierno y parlamento catalanes fuera acatada tan dócilmente y deshiciera en un instante cualquier acto efectivo de soberanía (que, según los fiscales, estaban ya preparados)? No, yo no creo en absoluto que se hubiera llegado a esa situación y, por lo tanto, tampoco creo que los catalanes hubiesen hecho ningún ejercicio real de soberanía después de la declaración (que, no se olvide, no fue el detonante del 155 sino consecuencia de que la aplicación de éste ya se había decidido, aunque el escrito de la fiscalía parece contarlo al revés). Tampoco creo que los fiscales lo crean. Y, sin embargo, para decir que los independentistas estuvieron a punto de obligar al Estado a aceptar la secesión de Cataluña hay que creerse que acontecimientos de ese cariz estaban a punto de ocurrir. Escritos como éste me parece que poco favor hacen a la credibilidad de nuestro Poder Judicial. Y, si no, al tiempo …

Nota: Las tres fotos posteriores a la de Junqueras son de los tres primeros firmantes del escrito de la fiscalía: Javier Zaragoza Aguado, Consuelo Madrigal Martínez-Pereda y Jaime Moreno Verdejo. Del cuarto, Fidel Cadena Serrano, no he encontrado ninguna fotografía.