martes 10 de noviembre de 2009

La masturbación (Perversiones 2)

El de hoy, hijos míos, es un asunto espinoso y lo es porque la complacencia de estos tiempos nuestros declara maliciosamente que no se trata de nada que deba preocuparnos, que, así llegan a decir algunos, es una práctica sana de la sexualidad. Me refiero, ya lo imaginaréis, a la masturbación, a la vergonzosa (que ya no avergonzada) búsqueda del placer solitario. También se la conoce como onanismo en errónea alusión al bíblico Onán, el hijo de Judá, quien desposado con la viuda de su hermano, cuando copulaba con ella vertía su simiente en la tierra, lo que desagradó a Dios tanto que le quitó la vida. Al onanismo lo llamaríamos hoy coitus interruptus y no masturbación pero, como sentaron con claridad meridiana los Padres de la Iglesia (os recomiendo a este respecto la lectura de San Clemente de Alejandría), en ambos casos radica un mal esencial, cual es el derramamiento del semen, negando culposamente la que es su sagrada misión. Si bien ese contrariar los propósitos de la Naturaleza (que son también los designios de Dios, nuestro creador) es un argumento fundamental para calificar la masturbación, como siempre ha hecho la Iglesia, de acto pecaminoso, no voy yo a encaminar esta reflexión por esa senda, sino más bien a descubrir ante vuestros ojos su carácter intrínsecamente perverso, tanto en sí mismo como en cuanto raíz generadora de ulteriores y más graves perversiones.

Os decía que en estos tiempos no sólo se rechaza la maldad del vicio solitario (incluso esta denominación contraviene las hipócritas convenciones de lo políticamente correcto), sino que se ensalza y fomenta como actividad integrante de lo que se ha dado en llamar una sexualidad sana. No hace muchos años yo mismo comprobé como una desvergonzada presentadora televisiva, en un programa de "educación sexual", explicaba las mejores formas de masturbarse y de hacérselo a la pareja. Me dicen algunos padres preocupados que en los colegios a sus niños de pubertades recién estrenadas casi llegan a animarles a estas prácticas con el falaz argumento de la importancia de conocer el propio cuerpo y su "erotismo personal". Y, para no extenderme en tantos penosos ejemplos, muchos maridos me han confesado atribulados que en los coitos conyugales sus esposas recurren a tocamientos individuales en flagrante ruptura individualista de la comunión íntima que representa el sexo matrimonial. ¿Qué ponen de relieve estas y muchas más muestras? Sin ninguna duda, la prevalencia de la búsqueda del placer ante la del amor, la del egoísmo frente a la generosidad. Me podréis decir, quizá, que ambas metas, el placer y el amor, no son incompatibles, que una no quita la otra. Pues os digo en voz clara y rotunda: estáis equivocados, erráis gravemente. El placer y el amor, ciertamente, no son incompatibles; es más, el amor trae consigo, cuando se expresa a través de la relación sexual conyugal, placer, un placer físico tanto más intenso y profundo cuanto que su fuente es espiritual, divina, me atrevería a decir. Pero, en cambio, buscar el placer sí obstaculiza el amor; he ahí la incompatibilidad a la que me refiero.

Masturbándose, el niño, el adolescente, el joven y hasta el adulto, exacerba su sexualidad animal, la meramente corporal. Y esa exacerbación, necesariamente volcada hacia uno mismo, embota las potencialidades de trascendencia del ser humano, lo ciega ante el camino de "angelización" al que me referí en mi anterior charla y, por el contrario, lo enfanga en la sima de animalidad. Siempre, a cualquier edad, masturbarse es retroceder en la senda de nuestra salvación, siempre es conceder una victoria a nuestro lado oscuro, a ese que el diablo aguijonea insistentemente. Pero, siendo así, mucho más peligroso lo es cuando se produce en un púber, en quien está dejando de ser un niño y asomándose irremediablemente a los abismos de perdición que Satanás abre a su naciente concupiscencia. Porque ese niño o, peor todavía, esa niña que caen en ese vicio nefando todavía no han aprendido a templar su carácter y de tal modo están debilitando sus propias potencialidades para coronar este valle de lágrimas con la salvación eterna. Esos infantes que encerrados en sus habitaciones o en el cuarto de baño se desbordan en sacudidas orgásmicas vacías de significado han de convertir el placer en su única meta y, consiguientemente, crecerán en esa maligna espiral, cada vez más incapacitados para encontrar el amor, para hallar a Dios. No exagero pues cuando afirmo que, al margen de su maldad intrínseca, la masturbación en los adolescentes es el brote germinal de futuras y mayores perversiones. Me diréis que no es nada nuevo que los chicos caigan en estas prácticas, que las conmociones hormonales han producido las han producido desde siempre. Sin embargo, en épocas en que la Serpiente no se había enseñoreado de nuestras conciencia con la extensión que hoy lo hace, el niño sabía que su acto era un pecado; caía, es cierto, pero sentía la culpa, esa tan erróneamente denostada en la actualidad. Y sobre esa santa culpa, sobre ese dolor íntimo por haber cedido, por haber infringido el deber moral, se sustentaba como en tierra fértil el propósito de enmienda que les permitiría tras duras batallas interiores avanzar en sus caminos de superación personal. En nuestros días, no lo olvidéis, la tolerancia complaciente ante la masturbación (la negación de su carácter pecaminoso, en suma) es irremisiblemente empujar a nuestros hijos hacia sucesivas y mayores perversiones.

Nos dicen ahora, en irresponsables declaraciones, que la masturbación no es ese monstruo que se pintaba en siglos anteriores. Nos dicen que no es verdad que los adolescentes onanistas vayan a acabar ciegos, aquejados de migrañas crónicas, calvos, impotentes o neuróticos. Pero aunque tales asertos emitidos desde la soberbia sean veraces, ello no reivindica en absoluto la bondad del acto. Como si decirles a los niños que no va a venir el coco cuando son desobedientes significara legitimar la desobediencia. Los mismos que la califican de saludable callan ignominiosamente sus nefandas consecuencias porque sólo saben hablar de nuestro cuerpo animal. Puede que no produzca ceguera, pero sí nos oscurece la conciencia moral; puede que no nos haga impotentes para fecundar, pero sí para el amor verdadero; puede que no nos vuelva neuróticos, pero sí nos conduce a la peor locura que acecha al hombre que no es otra que la despreciar nuestra salvación eterna. La masturbación, como las peores drogas, nos esclaviza, debilitando la fuerza de voluntad, la confianza en uno mismo y el desarrollo de la personalidad. A estas conclusiones, unánimemente consensuadas por los más rigurosos psiquiatras (no, desde luego, por tanto charlatán de feria que se autotitula de sexólogo) habían llegado ya desde hace muchos años todos quienes observaban con rigor y honestidad el comportamiento humano. En base a ellas, la Iglesia ha ido a lo largo de los siglos aportándonos su magisterio moral que es urgente e imperativo que recuperemos y nos esforcemos en poner en práctica. Conviene pues repasar ahora esas enseñanzas, tanto los principios morales como las normas de conducta y, en cuanto a éstas, muy especialmente las instrucciones que vosotros que sois padres debéis observar para atajar y corregir esos comportamientos entre vuestros hijos. Si os parece, abordaré esta segunda parte de la charla en el salón parroquial, ayudándome del proyector. Seguidme, por favor.


CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

lunes 9 de noviembre de 2009

Los ladrones de tiempo

Este fin de semana he leído El pibe que arruinaba las fotos, la reciente novela de Hernán Casciari; me la bajé de su blog, por el cual transito de vez en cuando. El libro, como él cuenta en su último post, es una recopilación de los relatos "autobiográficos" que había ido publicando en su blog, dándoles, claro, una cierta continuidad. Así que muchos ya me eran conocidos, pero eso no quita para que leyera la novela con gusto; el tipo escribe bien y, sobre todo, resulta tremendamente ameno. Una de las historias me sorprendió especialmente; el tataranieto llega del futuro y le habla de esa sociedad:

—En el futuro no hay dinero —me dice Woung—. El valor más preciado es el tiempo. Todos nacemos ricos, digamos. Cada chico que nace, tiene unos cien años de crédito. Después crecés y vas gastando tiempo. ¿Querés comprarte una moto? Te cuesta seis meses. ¿Una casa? Un año y pico. Todo lo que comprás se te va debitando. Y todo lo que vendés, se te acumula.
—No entiendo.
—Imaginate que te vas con una puta —me dice Woung—. Una puta cobra 30 minutos un servicio completo. Cuando terminás de cogerte a la puta, vos tenés media hora menos de vida, y la puta media hora más. Es fácil.
—¿Y entonces quiénes son los ricos en el futuro?
—El concepto de riqueza varía según los intereses de cada quién. Por ejemplo, yo tengo veintitrés años, es decir, tengo un capital suficiente para tener siete coches, dos chalets, y darme la gran vida durante cinco años más y morir. O también tengo la posibilidad de vivir sin lujos hasta que cumpla los ochenta o los noventa. Cada uno hace lo que quiere.
...
—¿Y el trabajo, entonces? —quiero saber— ¿Cómo funciona, cuánto gana la gente en el futuro?
—La gente gana exactamente lo que trabaja —me dice Woung—. El que trabaja seis horas al día, gana seis horas al día. El que trabaja cuarenta horas a la semana, gana eso. Y se puede vivir sin trabajar, pero claro, vivís menos.

—Entonces el trabajo cualificado no cuenta —digo—. Un carpintero que tarda dos horas en hacer una silla, y un poeta que tarda dos horas en componer un poema ganan lo mismo.

—Exacto: cada uno gana dos horas.
—¿Pero si el poema es maravilloso?
—Esa es una gran tara de tu sociedad... Creer que un poema puede ser más maravilloso que una silla.


Sugerente, ¿verdad? Pero no me sorprendió por el tema sino porque yo, hace unos treinta años, escribí un cuento cuyo argumento era casi calcado del que ahora publica Casciari. Debió ser hacia finales de los setenta, a mediados de mi carrera universitaria. Recuerdo perfectamente que la inspiración, absolutamente obvia, fue la lectura de Momo, la novela de Michael Ende sobre los hombres de gris que roban el tiempo a los hombres. Pensé entonces que si el tiempo pudiera ser aprehensible, intercambiable, lo lógico es que se convirtiera en la unidad económica. E imaginé una sociedad en la que, igual que en la futura de Casciari, la gente nacía con un crédito determinado y disponía de él como moneda de cambio, gastándolo pero también adquiriéndolo. El cuento, que era bastante largo (tendría como treinta páginas mecanografiadas) desarrollaba una trama de intriga en la que había unos especuladores que fraudulentamente hacían bajar la cotización del tiempo de una comuna hippie para, adquiriéndolo a la baja, revenderlo a unos ancianos poderosísimos de Londres. La cosa iba empeorando, y pese a los esfuerzos de los "buenos", al final, no como en Momo, esa sociedad derivaba hacia una cruel dictadura en la que se obligaba a una mayoría esclavizada a tener hijos para, al poco de nacer, despojarles de su crédito temporal (obviamente morían) en beneficio de la cruel gerontocracia dirigente.

El relato quedó bastante resultón, tanto que tuvo cierto éxito circulando entre los compañeros de mi facultad e incluso me ayudó a enrollarme con una de las chicas más guapas de la nueva promoción. Se llamaba Lourdes y lo nuestro no duró mucho; al final del cuatrimestre ya se había aburrido de mí y puso sus ojos (no sólo) en mi amigo Alberto, quien inmediatamente dejó de serlo. Lo curioso es que a esta Lourdes no volví a verla hasta principios de los noventa. Habíamos ido a Nueva York y nos alojábamos en casa de una amiga peruana, Francesca. Un día quedamos con otra peruana que también vivía en Manhattan y era Lourdes. Ni la reconocí; estaba gorda y fea. Pero ella sí se acordaba de mí y, sobre todo, de mi cuento del tiempo-moneda. Esa tarde me hizo recordar cuánto se había empeñado en que redactara una segunda versión con final feliz. Y, en efecto, cambié el final (las mañas femeninas y el hambre adolescente), aunque no cedí del todo y rematé el cuento de forma abierta, con un guiño de esperanza al lector, insinuando que en una futura continuación a lo mejor los buenos restauraban la justicia y acababan con la dictadura de los ladrones de tiempo. Pero nunca hubo siguiente entrega.

Esta tarde he estado revolviendo toda la casa a ver si encontraba ese viejo cuento. No he tenido éxito. Puede que esté por algún lado (guardo multitud de papeles añosos) pero mi casa parece un almacén de libros, revistas, carpetas y folios y, aunque siempre me prometo dedicarle tiempo y esfuerzo a ordenarlos, la verdad es que sigo acumulando y cada vez el desbarajuste es mayor. Así que, de momento, no dispongo de la prueba de mi autoría original (que tampoco era nada original) en una fecha en la que Casciari no era más que un pibito de siete u ocho años. Pero eso no quita para que esta tarde, leyendo su novela, me haya sacudido un fogonazo de recuerdos.


CATEGORÍA: Recuerdos

domingo 8 de noviembre de 2009

De vuelta a los sudokus

Advertencia previa: Este post, coda del publicado el pasado 31 de octubre, es todavía más aburrido que aquél. Pero es una deuda de gratitud que cumplo con Números quien, imagino, será el único que lo lea.

En un comentario a mi post del pasado sábado (sí, ése que era un tostón de cifras), Números aportó la solución a la primera de mis preguntas. La solución es 6.670.903.752.021.072.936.960 (o sea, más de 6.670 trillones) de sudokus completos distintos y esta cifra es el resultado de un producto un poco esotérico (9! x 72˄2 x 2˄7 x 27.704.267.971). Claro que, como le dije, ese dato no me explicaba demasiado, así que Números, muy gentilmente, me hizo llegar dos artículos de sendas revistas en las que es explicaba el procedimiento por el cuál se había llegado a la solución. Haré un brevísimo resumen del mismo y a continuación anotaré algunas reflexiones al respecto.

El razonamiento se basa en calcular sucesivamente las combinaciones válidas de las cajas (cuadrados de 3x3 con las nueve cifras). Empezando por la caja del ángulo superior izquierdo, es fácil ver que el número de combinaciones equivale a las permutaciones de nueve elementos (9!). A cada una de las 362.880 posibles primeras cajas ya no le corresponden otras tantas segundas (la situada arriba en el centro); combinando primero todas las formas posibles de disponer las filas (sin importar el orden de las tres cifras) de la segunda caja para que no repitan cifras de las filas correspondientes de la primera, se comprueba enseguida que hay 56 opciones de colocar las cifras sin atender a su orden horizontal. En cada una de esas 56 posibilidades se pueden permutar las tres cifras de cada fila. Como cada fila da 3! permutaciones (6), hay 6˄3 combinaciones para cada una de las 56 opciones; o sea, 12.096 posibles segundas cajas para cada una de las 362.880 primeras. A continuación se pasa a la tercera caja (la del ángulo superior derecha) cuyas posibilidades son muchas menos y más sencillas de ver. Dada cualquier combinación de las dos primeras cajas, las filas correspondientes de la tercera son obligadas, con lo cual sólo se trata de permutar las tres cifras de cada una de ellas y hacer el producto. Resulta pues que hay 216 (3!˄3) terceras cajas por cada una de las 4.389.396.480 combinaciones posibles de cajas 1 y 2. De esta forma, mediante el razonamiento sabemos con certeza que hay 948.109.639.680 distintas combinaciones (casi un billón) de las tres cajas superiores para los sudokus de 9x9.

Y llegados a este punto, según cuenta la revista, se acabó la razón y se pasó a la "fuerza bruta." Fuerza bruta significa poner a los ordenadores a hacer todas las combinaciones posibles para cada una de las tres cajas anteriores. El proceso de cálculo es tan descomunal que parece que no es viable y había que reducirlo a partir de agrupaciones de los posibles sudokus en "clases" (sudokus que son equivalentes a estos efectos). Este asunto fue desarrollado durante 2005 por unos cuantos frikis matemáticos que discutían apasionadamente en un foro de internet y finalmente dos de ellos, Bertram Felgenhauer, un alemán de Dresde, y Frazer Jarvis, un británico de Sheffield, obtuvieron la solución final.

Hasta aquí un resumen del artículo de Juan MR Parrondo en la revista Investigación y Ciencia de diciembre de 2005. Lo primero que me llamó la atención es que la explicación sobre cómo calcular el número de combinaciones distintas de las tres primeras cajas no cuadra con el producto "mágico" que es la solución del número total de sudokus completos. El primer factor de la revista (9!) sí es, en efecto, el total de primeras cajas, pero el segundo (72˄2) y el tercero (2˄7) no coinciden con los respectivos de las siguientes cajas según el método descrito (216 y 6˄2). Como tampoco los productos son iguales (663.352 y 12.096), hay que concluir que el último factor (27.704.267.971) tampoco es el número de combinaciones válidas de las seis últimas cajas. Lo curioso es que Parrondo dice que cada uno de los tres primeros factores "puede explicarse razonablemente, salvo el último de ellos, un número primo de tamaño considerable obtenido por Felgenhauer el 23 de mayo de 2005 tras seis horas de computación en dos ordenadores personales"; y como inmediatamente cuenta lo que he resumido, el lector supone que que los tres primeros factores corresponderían a los resultados de las sucesivas tres primeras cajas del sudoku y el último al de las restantes (al obtenido tras proceso de computación) y no es así. No digo que la solución esté mal, pero sí que la explicación, muy didáctica, no está del todo lograda.

El número total de sudokus completos, además, no es divisible por el número total de combinaciones distintas de las tres primeras cajas, lo cual quiere decir que cada una de estas combinaciones distintas no se repite el mismo número de veces en el catálogo de sudokus posibles. Eso implica que no todas las combinaciones de las tres cajas superiores son compatibles con todas las combinaciones de las seis inferiores o, dicho de otra forma, que si juntamos cada combinación válida de las tres cajas de arriba con cada combinación válida de las seis de abajo obtendremos unos cuantos sudokus incorrectos (con cifras repetidas en alguna columna). Este hecho "estropea" algo más la explicación que aparece en la revista.

Tras leer el artículo se me vino la ocurrencia obvia de que por el mismo método se podría calcular el número total de combinaciones válidas no sólo de las tres primeras cajas, sino también con la cuarta y séptima (completando las cinco cajas que forman los bordes superior e izquierdo). Nótese que estas dos cajas sólo dependen de la primera, así que debe haber el mismo número de combinaciones para la cuarta que de para segunda (12.096) y el mismo número para la séptima que para la tercera (216). De esta forma, la cifra derivada del razonamiento (sin fuerza bruta) subiría de 948.109.639.680 hasta casi dos millones y medio de trillones. Ciertamente, no todas estas combinaciones de las cinco cajas son compatibles con todas las combinaciones de las cuatro restantes y hasta podría ser, conjeturo, que alguna de las primeras no tenga ninguna combinación válida entre las segundas. Pero, puestos a explicar un método que no cuadra con la fórmula, también podría el autor haber dado a entender que el proceso de computación se aplicó "sólo" a cuatro cajas restantes, en vez de a seis.

La segunda reflexión que me vino a la cabeza es que es una pena que la solución no derive de un proceso deductivo y haya que haber recurrido a la "fuerza bruta". Me gusta cómo se razona el número posible de tres (o cinco) primeras cajas y me habría encantado que, con similares armas, se hubiera llegado hasta el final. Poner al ordenador a hacer combinaciones para las seis cajas inferiores me parece una rendición intelectual y, desde luego, muy poco elegante. Digamos que aunque el ordenador nos pueda dar la solución, no nos descubre el "secreto", no nos informa de la lógica que subyace en la generación de sudokus válidos. Por eso, estamos muy lejos todavía de poder determinar, como ingenuamente me planteaba en mi post anterior, el número de sudokus válidos para cualquier rejilla de nxn celdas.

En tercer lugar, me hizo sonreír (una vez más) el comprobar que cualquier duda que a uno se le ocurra ya se le ha ocurrido antes a muchísimas más personas y que cualquier tanteo de solución que uno haya pensado ha sido más que dado la vuelta y ampliado por otras tantas. Me considero bien servido de curiosidad pero hay muchos otros que tienen tanta o más que yo y, desde luego, bastante más tenacidad y conocimientos (amén de medios). Pretender ser originales, aparte de ser un mal enfoque, está condenado al fracaso.

También me ha admirado el empleo de internet en esta aventura colectiva de indagación intelectual. He pasado algunos ratos ojeando los debates en distintos "forums" sobre el tema y, aunque muchas veces me pierdo, llama la atención el grado de entusiasmo y colaboración de los participantes. Todo para calcular el número de soluciones de un simple juego, algo que parecería irrelevante. No lo es, sin embargo, porque refleja una de las potencias más nobles de nuestra especie, la de enfrentarse a los retos intelectuales, la de buscar respuestas que hagan inteligible la realidad. Esa constante del ser humano (en la que la curiosidad es factor imprescindible) encuentra hoy en internet un instrumento valiosísimo para fomentar la colaboración. Frente a tantas otras "cualidades" nuestras que no son precisamente loables y en las que siempre tendemos a fijarnos, alegra ver que el espíritu de colaboración y la curiosidad intelectual siguen vigentes. No siempre hemos de fustigarnos con críticas pesimistas.

Por último, la lectura de estas revistas me ha permitido ver mi duda inicial en un marco mucho más general, atisbar al menos otros temas relacionados que, si tuviera tiempo, son un terreno feracísimo para el entretenimiento intelectual. También (y con esto ya acabo) para comprobar que hay muchas dudas aún no resueltas y, entre ellas, la que motivó mi post: ¿cuántos sudokus hay? Me refería a cuántos sudokus incompletos válidos, con una única solución, podían plantearse. Evidentemente, tienen que ser muchos más que los 6.670.903.752.021.072.936.960 sudokus completos posibles, pero no he encontrado, ni en las revistas ni en las webs consultadas, ya no la solución (que seguro que no se sabe) sino ni siquiera la enunciación del problema. Al fin y al cabo, ello no es más que una muestra de otra constante de la inquietud intelectual humana: cada duda que se resuelve genera nuevas dudas a resolver. Como ya dije en un antiguo post, cuesta entender que podamos aburrirnos.

CATEGORÍA: Curiosidades dispersas

jueves 5 de noviembre de 2009

La postura del misionero (perversiones 1)

Os quiero hablar hoy, hijos míos, de las perversiones. ¿Y qué son las perversiones sino aquellos actos que, perturbando el orden moral, degradan nuestra naturaleza, nos hacen retroceder en el camino de la santidad a la que todos estamos llamados? Los hombres (y también las mujeres, hijas mías) somos de naturaleza animal, es cierto, pero por la Gracia estamos impelidos a trascenderla, a "angelizarla", para finalmente alcanzar el estado de pureza inmaculada en el cual gozar de la bienaventurada vida eterna. Pero este camino, bien lo sabéis, es arduo, está lleno de impedimentos diabólicos. Porque el demonio, la más perversa de las criaturas pues siendo la más amada de nuestro Señor en su inconcebible soberbia se volvió contra Él, amargado por un odio infinito a la humanidad se empeña incansablemente en desviarnos de nuestra meta. Satán ansía apoderarse de nuestras almas, frustrar nuestros anhelos de purificación, conseguir que, por el contrario, nos enfanguemos en lo más abyecto de nuestras naturalezas imperfectas. Y es que es en ella, en nuestra naturaleza humana, donde radican las tentaciones que Belcebú nos presenta incansablemente. Pervertirse, hijos míos, es caer en la atracción de nuestro lado oscuro y, consiguientemente, hacernos cada vez más animales y menos ángeles.

¿Cuál es el ámbito en el que más abundan las perversiones? No os equivocáis, no, es en efecto en el sexo, en la desenfrenada actividad sexual, donde el diablo acecha a cada rato. Prueba de ello es el interminable catálogo de prácticas pecaminosas y aberrantes que ha exhibido la perversión del ser humano a lo largo de la historia. Actos sexuales que no nacen sólo de cerebros enfermos; los pensamientos, las fantasías, las pulsiones íntimas que los provocan son propias de nuestra naturaleza, de ese lado oscuro que la Serpiente acicatea. Todos tenemos, pues, la perversión anidada en nuestras mentes, como saben quienes desde ya hace siglos la han estudiado. Sin embargo, en estos tiempos laxos, pareciera que lo hemos olvidado y, no os engañéis, éste es uno de los mayores triunfos que jamás se había anotado el Maligno. Nos hemos convencido de que tantas y tantas de esas prácticas sexuales son normales, hasta buenas, llegan a decir algunos. Se habla de "vida sexual plena" para justificar un todo vale en el que se meten, indiscernibles, una pléyade de perversiones. En estas charlas, hijos míos, quiero referirme a algunas de ellas, a esas que erróneamente podríais considerar inofensivas, que incluso algunos de vosotros practicáis sin ninguna sensación de culpa.

El acto sexual en el matrimonio no es en sí mismo perverso. No voy a sostener ahora argumentos medievales que lo consideraban un "mal necesario" de lo que derivaba que sólo era lícito si encaminado a la procreación. No, el acto sexual no es malo ni tampoco lo es el placer que de él nace. No sólo eso, el placer sexual que se regalan mutuamente los esposos es un instrumento para fortalecer su amor y, por tanto, para hacer del matrimonio un más eficaz vehículo para la santificación. Recordad que es el amor conyugal lo que da vigor y santifica al sacramento y, entre los medios para lograrlo que Dios ha concedido a quienes lo eligen, está sin duda la práctica sexual. Ahora bien, no cualquier práctica sexual, sino sólo aquéllas a través de las cuales se expresa el amor dulce y respetuoso al cónyuge y, en ningún caso, las que provienen de las fantasías morbosas que albergamos, esas que Asmodeo nos agita, esas que son lastres en nuestros esfuerzos de superación moral. Porque las prácticas sexuales que nacen de esos recovecos de nuestros lados oscuros son siempre perversiones.

Como no quiero cansaros más con prólogos, os diré directamente que el único modo para la consumación del acto sexual que nos da garantías de eludir las prácticas sexuales es la que se suele llamar postura del misionero. Los esposos, abrazados, expresándose su amor con besos y caricias, pasan tras estos preliminares a la penetración, a la introducción del miembro viril en la vagina femenina, que es también, qué duda cabe, una ritualización de la unidad de la pareja, una fusión corpórea que refleja y a la vez refuerza el entrelazamiento de las almas. Y ese acto ha de llevarse a cabo situándose el marido sobre la mujer. No es la razón principal, como he oído en ocasiones, que de esta forma se simboliza el papel protector del hombre, ni mucho menos ninguna prevalencia opresiva. Niego, desde luego, que esta postura responda a una cultura machista como proclaman insensatas ideologías feministas. Sí es cierto, en cambio, que armoniza con una de las obligaciones del marido, cual es la de proteger a su compañera; pero no hay en ello ni la menor brizna de degradación de la mujer. El esposo cubre a su esposa y el verbo cubrir nos trae a la mente la idea de una manta protectora, cálida, acogedora.

Pero el motivo fundamental de que sea en la postura del misionero como han de culminar las relaciones sexuales estriba en que los cónyuges han de hacer el amor mirándose a los ojos. No se hace el amor sólo con los órganos genitales sino también, y a la vez, con las miradas. Mientras el cuerpo varonil penetra al de la fémina, ambos ojos se intercambian el amor que sienten y, así, lo que de otra forma no sería más que placer animal, contribuye a intensificar el amor de la pareja, a reforzar el sagrado vínculo que los une, a contribuir, en suma, a ese camino de santidad al que todos estamos llamados. Comparad brevemente (no os recreéis) a esos dos amantes esposos con una pareja entregada al coito a tergo. Éstos fornican como perros, degradándose en su más abyecta animalidad. Los animales nada saben de amor y por eso, comportándonos como ellos, nos pervertimos. No es casual que desde siempre las más frecuentes representaciones del Príncipe de las tinieblas, sobre todo cuando nos tienta en el terreno de la sexualidad, hayan sido en forma de animal. Pues hacia esos rumbos envilecidos de perversión nos encaminan muchas otras formas de coito de las que, ingenuos de vosotros, habéis dejado de notar su peligrosidad moral, los riesgos que implican para vuestra salvación.

¿Sabéis por qué se llama postura del misionero? Pues porque en los tiempos en que los europeos cristianos llevaban nuestra cultura a los salvajes descubrieron abrumados que esos infelices, tan cercanos a los propios animales, copulaban como ellos. Quienes heroicamente asumieron la misión de civilizarlos (y estos misioneros no eran sólo los sacerdotes) entendieron que formaba parte de la misma erradicar esas prácticas sexuales aberrantes y enseñarles el coito frontal, un requisito básico de dignidad. Se trató de hacer más humanos a aquellos seres, de apartarlos de una sexualidad basada en el bestialismo. Así, en aquellas tierras y en aquellos tiempos, la postura del misionero, haciendo honor a ese nombre, se erigió en una verdadera innovación moral, casi metafísica, diría yo, en la medida que permitía a esas personas ser conscientes de la vocación divina (no animal) de su naturaleza humana y, además, de reconocerla en la compañera o en el compañero. Cuesta entender, si no es porque conocemos la profunda ignorancia de esas feministas, cómo pueden tildar a una postura que eleva a la mujer al rango de persona, de igual a su compañero, de ser al que no se fornica sino que, a través de esta cópula, se ama.

Mi ministerio me impide explayarme en torno a los detalles, pero no creo que os sea imprescindible. Meditad ahora, hijos míos, sobre este asunto. Revisad, en íntimo examen de conciencia, vuestros propios comportamientos sexuales. Descubrid vosotros mismos cómo los más limpios y hermosos intercambios amorosos con vuestra mujer, con vuestro marido, se han producido en esta postura. Advertid, por el contrario, cómo esos sentimientos suelen ensuciarse con emociones bajas, animales, diabólicas, cuando vuestras relaciones sexuales recurren a otras posturas. Conoceos, no os engañéis, conoced cómo el sexo puede ser tanto un instrumento de salvación como una fuente de infinitos chorros de perversión. Y elegid y actuad en consecuencia.

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

lunes 2 de noviembre de 2009

El señor Burns (escenas chipunas)

El señor Burns entra silencioso en la redacción; todos nos callamos en el acto. Sus rabietas son famosas en toda Chipunia y hoy, sabidos los acontecimientos, toca una. El señor Burns pasea entre las mesas y entre los ordenadores, silencioso. Su silencio parece algo distinto al silencio nuestro. El suyo es acre, vidriado; el nuestro, muelle, difuso. El silencio del señor Burns lacera el nuestro, lo raja dolorosamente, en silencio. Nuestro silencio está hecho de miedo, el suyo de amenazas, preñado de agravios.

Hace un rato, en el parlamento chipuno, Pi de la Rosa, el portavoz del FLiPa, presentó una dura moción de condena contra la línea editorial de nuestro periódico que fue aprobada por unanimidad. ¡Hasta el PICHi votó a favor! La cosa llevaba meses gestándose y el señor Burns no era ajeno. Muchos jerifaltes del PICHi han desfilado en las últimas semanas por el despacho de dirección, esforzándose en suavizar las diatribas editoriales de Burns. Gracias a Malena conocemos la apasionada defensa de la moderación hecha por el mismo Aquilino Jambón, el adalid más entusiasta de la soberanía chipuna. En estos momentos no nos conviene forzar la mano, –dice Male que dijo Jambón– y además ese tono tuyo nos desprestigia. Esa entrevista la finalizó el señor Burns con una cita latina (Tu quoque, fili mi) dicha entre dientes para inmediatamente despedir al ideólogo del PICHi a cajas destempladas. No volváis por aquí, ni tú ni nadie de tu panda de traidores y cobardes, así le gritó delante de toda la redacción.

El señor Burns no se llama así, claro está. El mote simpsoniano circuló soterrado entre los escritorios de la casa hasta que salió a rondar por otras redacciones y a estas alturas se ha popularizado en los mentideros de San Trifón del Río, con tanto éxito que ya casi ha desplazado al anterior apelativo, "la momia". Pero cuidadito con que se te escape delante de don Gobelio Gil, director del rotativo de mayor tirada de Chipunia, garante de las esencias eternas de nuestra identidad, defensor de la independencia chipuna y azote de los políticos (especialmente los de la Chipunia oriental) al servicio de los intereses cascaterranos. Cuidadito con que Gil sospeche que le faltas al respeto, porque a sus ochenta y cinco años mantiene abundantes reservas de rencor venenoso y un eficaz arsenal de represalias. El rencor que empapa las páginas de opinión de Hoy no es más que una pequeña muestra del que anida en el alma del señor Burns.

Antes de ser la momia o el señor Burns, antes de ser tan inmutablemente viejo, don Gobelio no era tan desaforado. En los tiempos de la Ominosa (yo no había nacido, así que digo lo que me han contado), el joven (¿o no tanto?) Gobelio parecía sentirse a gusto bajo el yugo (y las flechas) cascaterrano y todavía circulan subrepticiamente algunos artículos suyos publicados en Mañana (la anterior cabecera de Hoy; se diría que el tiempo es un cangrejo) en los que loaba las viejas glorias imperiales de Cascaterra y la contribución a tales empresas de los chipunos. Por cierto, pocos meses después de que Gil se hiciera con la propiedad del periódico y lo cambiara de nombre, el archivo se quemó completamente en un incendio nunca aclarado; oportunas cenizas que le permitieron renacer cual ave fénix del independentismo chipuno. Pero esa conversión fue gradual, nada de caídas del caballo ni experiencias místicas. De hecho, cuando entré en Hoy, la línea editorial se caracterizaba por su moderación, anclada en la más ortodoxa tradición conservadora y cristiana. Verdad es que ya gustaba de los sabores "chipunistas", pero sobre todo en el estilo de un folclorismo light, muy lejos de cualquier veleidad soberanista. Acordémonos de las duras condenas que hizo en los ochenta de los minúsculos partidos independentistas, de las mismas personas que ahora ensalza y entonces calificaba de terroristas.

El señor Burns se ha detenido frente a mi mesa. Por unos momentos siento que su silencio acre se derrama sobre mi cuerpo, es una sustancia gaseosa con textura de sudor pegajoso en la que levitan cristalitos ínfimos. El asco araña mi piel y penetra por los poros. Me mira con lo que quiere ser ternura pero esconde lascivia. Me roza la cabeza con su mano apergaminada, esquelética. Ven a mi despacho, Silvia, tengo que darte unas instrucciones. Sí, don Gobelio, y lo sigo, sigo la estela que su silencio va abriendo entre el silencio de mis compañeros, intuyo, casi puedo ver, lo que piensan, lo que imaginan. Por fin me tocó, estaba cantado.

Pese a las presiones, durante los últimos meses la línea editorial no sólo no se ha moderado sino que ha intensificado sus proclamas independentistas en un creciente tono ofensivo. Nosotros no insultamos, Silvia, simplemente llamamos a las cosas por su nombre, no nos plegamos al lenguaje servil de estos políticos que traicionan al pueblo chipuno. En su despacho, el señor Burns me explica detalladamente (demasiado detalladamente, pienso) su estrategia reciente, me argumenta que se aproximan fechas claves para el devenir de Chipunia en las que se jugarán nuestras opciones de futuro. Sin embargo, no termino de creerle; detrás de esa jerga sobre la descolonización inminente adivino intereses de poder y, sobre todo, económicos. Intuyo que Hoy se ha radicalizado con la complacencia del PICHi, a pesar del voto condenatorio de sus parlamentarios y, por supuesto, de la embajada de Aquilino Jambón; el famoso "ideólogo" no se entera de lo que de verdad se cuece en su partido. En todo caso, contra lo que suponíamos en la redacción, el señor Burns no está molesto por la resolución del Parlamento; me quedo con la impresión, muy al contrario, de que le agrada que se haya producido.

Pues ahora resulta que he de ser yo quien escriba el editorial de mañana, quien estructure la respuesta "institucional" del periódico a la condena "institucional" de la clase política vendida al colonialismo cascaterrano. Un honor envenenado el que me otorga el señor Burns porque, de alguna manera, equivale a vender parte de mi alma. Una tarea incómoda, además. ¿A quién le gusta escoger entre las palabras más rencorosas, seleccionar los adjetivos más capaces de activar las pulsiones oscuras de los ciudadanos? Pero don Gobelio, quizá adivinando mis reticencias, me tranquiliza: no ha de ser un texto agresivo, Silvia, céntrate en el ataque a la libertad de expresión, eso es lo que nos interesa, que quede claro que somos víctimas del talante facistoide de esos diputados y que lo somos, justamente, por defender la libertad de Chipunia. No lo dice, pero entiendo la estrategia que persigue, a qué se refiere con lo del salto cualitativo para el periódico. Pretende que Hoy empiece a considerarse casi como un órgano institucional, con derecho privilegiado de interlocución en tanto vocero oficial de la nación chipuna. Lo de menos es que se llegue o no a la independencia; para él, casi mejor que ni ocurra, para poder consolidar las prebendas del contrapoder.

Esta tarde, a las siete, tengo que llevarle el artículo a su casa para que lo corrija y, son sus palabras, le dé un "toque personal". Malena, su secretaria, me ha invitado a almorzar. Malena tiene unos treinta y mucho y un cuerpo espectacularmente voluptuoso (que, además, se afana en resaltar con ropas entalladas). Todos dicen que se acuesta con el señor Burns y no sólo con él. Antes trabajaba para Amando Kalinas, el famoso empresario turístico tan metido en la política chipuna; dicen que también se acostaba con él y que fue él quien la puso en Hoy. Durante la comida, Malena me insinúa con muchos rodeos que le gusto al señor Burns, que debería aprovecharme de esa inclinación. Me río intentando tomarme a broma sus palabras. Pero si es un anciano (estoy a punto de decir "un viejo repugnante", pero me muerdo la lengua a tiempo), ¿cómo va a querer, a poder ...? Hay pastillas, Silvia, y te aseguro que funcionan. Su mirada es amistosa, con un leve atisbo de reto en el fondo de sus ojos. Me acaricia una mano, apenas un sutil esbozo, como si lo hiciera distraídamente. Sé que te parece asqueroso, pero no lo es tanto, es casi hasta tierno. Pero tú sabrás lo que te conviene, y retira su mano. Al despedirnos me dice que ella estará esta tarde en la casa del señor Burns (así que no has de preocuparte, habrá una amiga contigo). Además, allí podré conocer a Kalinas (ya verás que hombre más interesante; ha sido él quien le ha sugerido a Gobelio que te encargue este artículo tan importante).

Ahora estoy en casa, inquieta y desconcertada. El texto está escrito, me he duchado, perfumado y vestido con ropas que no son las de la redacción. Dentro de unos minutos arrancaré el coche y en poco tiempo habré llegado a la casa del señor Burns. Me gustaría saber qué es lo que me estoy jugando.


CATEGORÍA: Ficciones

sábado 31 de octubre de 2009

¿Cuántos sudokus hay?

Al poco de popularizarse los sudokus me aficioné a ellos y, a la fecha, he adquirido bastante destreza resolviéndolos. Un amigo, viendo que dedicaba cualquier rato muerto a este pasatiempo, me dijo que pareciera que quería hacer todos los sudokus existentes. Es obvio que esa tarea es inalcanzable y además, aunque lo fuera, uno ni se daría cuenta. Al ser sólo combinaciones de cifras, se puede hacer varias veces el mismo sudoku sin percatarse de la repetición. Pero me intrigó el enigma que titula este post. Porque, evidentemente, hay un número finito de sudokus y dicho número tiene que poder ser calculable. ¿Cómo?

En el sudoku canónico (un cuadrado de 9x9 dividido en nueve "cajas" de 3x3) se usan todos los dígitos a excepción del cero y, una vez resuelto, cada uno de ellos aparece nueve veces. El sudoku más sencillo sería el que solo usa las cuatro primeras cifras, conformado por cuatro cajas de 2x2. Los sudokus "normales" (los que son cuadrados) crecen exponencialmente en tamaño. En términos generales, un sudoku en el que se juegue con n cifras (n tiene que ser el cuadrado de un número natural) tendría n2 casillas, n filas, n columnas y n cajas. En el sudoku canónico, si nos quedamos con una cualquiera de las cajas (o, si se prefiere, una única fila o una única columna del cuadrado completo) es evidente que el número total de "soluciones" distintas es el total de permutaciones de las nueve cifras; o sea, 9! que es 362.880. Como la cantidad es muy grande, vayamos al sudoku n=4. Obviamente, existen 4! (24) posibles cajas; las siguientes:

Identificando con un código cada una de las cajas posibles, un sudoku de n cifras se puede denominar como una sucesión de n códigos. Por tanto, el número total de sudokus posibles sería todas las combinaciones de las n! cajas tomadas de n en n. En el caso de los sudokus de 9 cifras, se trata de C(362.880, 9) que equivale a 362.879 x 362.878 x 362.877 x 362.876 x 362.875 x 362.874 x 362.873 x 362.872, lo que da la astronómica cifra de más de 300 septillones (3,0065E44). Descendiendo al modestísimo sudoku de cuatro cifras resulta un total de 10.626 combinaciones, cantidad que al menos nos es inteligible.

Claro está que de todas esas combinaciones la inmensa mayoría no son sudokus válidos. Para verlo con facilidad volvamos al sudoku más elemental de 4 cifras con 24 posibles cajas. Tomemos la caja 1 para el ángulo superior izquierdo. En el ángulo superior derecho podríamos colocar, en teoría, cualquiera de las restantes 23 cajas, pero (como se ve en el siguiente dibujo) sólo valen 4 de ellas, las coloreadas de verde. Si ponemos cualquiera de las otras 19 cajas a la derecha de la primera en alguna de las dos filas resultantes (o en las dos) se repiten cifras. Así que de todas las posibles combinaciones cuya primera caja es la 1 sólo son válidas aquellas cuya segunda caja es la 17, la 18, la 23 o la 24.

Si ahora ponemos la tercera caja (la que iría en el ángulo inferior izquierda) es fácil comprobar que, para cada combinación válida de las dos primeras cajas, sólo cumplen cuatro cajas. Así pues, tenemos dieciséis combinaciones válidas de tres cajas (que son las que se muestran en la siguiente figuras agrupadas en columnas por cada una de las cuatro combinaciones válidas de las dos primeras cajas). Como sabe quienquiera que sea aficionado a los sudokus, resueltas (n-1) cajas de un sudoku la restante es única; por tanto, la cuarta caja de nuestro sudoku elemental es sólo una posible. Ahora bien, por la misma razón, esas dieciséis combinaciones posibles de tres cajas (recordemos que la primera de momento es siempre fija) no son todas válidas. En el dibujo siguiente se ve que las cuatro combinaciones centrales no permiten una cuarta caja válida. Nos quedan pues, 12 combinaciones de las cajas superior derecha e inferior izquierda para cada caja superior izquierda. Como hay 24 cajas que podemos poner en el ángulo superior izquierda, es inmediato concluir que existen 288 sudokus de cuatro cifras y no las 10.626 combinaciones posibles si no se tuvieran en cuenta las reglas del juego.

Si ahora ponemos la tercera caja (la que iría en el ángulo inferior izquierda) es fácil comprobar que, para cada combinación válida de las dos primeras cajas, sólo cumplen cuatro cajas. Así pues, tenemos dieciséis combinaciones válidas de tres cajas (que son las que se muestran en la siguiente figuras agrupadas en columnas por cada una de las cuatro combinaciones válidas de las dos primeras cajas). Como sabe quienquiera que sea aficionado a los sudokus, resueltas (n-1) cajas de un sudoku la restante es única; por tanto, la cuarta caja de nuestro sudoku elemental es sólo una posible. Ahora bien, por la misma razón, esas dieciséis combinaciones posibles de tres cajas (recordemos que la primera de momento es siempre fija) no son todas válidas. En el dibujo siguiente se ve que las cuatro combinaciones centrales no permiten una cuarta caja válida. Nos quedan pues, 12 combinaciones de las cajas superior derecha e inferior izquierda para cada caja superior izquierda. Como hay 24 cajas que podemos poner en el ángulo superior izquierda, es inmediato concluir que existen 288 sudokus de cuatro cifras y no las 10.626 combinaciones posibles si no se tuvieran en cuenta las reglas del juego.
Naturalmente, con lo expuesto hasta aquí no he hecho más que tantear el terreno sin avanzar apenas nada en el problema. Sólo he "contado" las combinaciones válidas entre muy pocas posibles pero sin llegar a entender todavía los mecanismos que subyacen en la selección de aquéllas, paso indispensable para poder establecer la fórmula de la que resultara el número de sudokus de n cifras. Como el número de cajas posibles si es conocido (n!) y, en el caso n=4, resultan 12 combinaciones válidas por caja y 12 es (¿casualmente?) 4!/2, podría aventurar que la solución sería n! x n!/2. De ser cierto, habría 65.840.947.200 sudokus canónicos válidos. Pero no es más que una conjetura con escasísima base que intuyo errónea.

Así que seguiré dándole vueltas al asunto en algún otro rato libre. Pero la respuesta que busco no es la que he descrito. Hasta ahora he elucubrado sobre el número total de sudokus posibles completos. Pero un sudoku es un cuadrado de nxn casillas en las que en algunas aparece una cifra y otras están vacías. ¿Cuántos sudokus incompletos existen? Esta es la pregunta que de verdad me intriga. Naturalmente para que cualquiera de esos cuadrados incompletos sea válido ha de cumplir la condición de que en cada una de sus casillas vacías sólo pueda ponerse una de las n cifras disponibles. Es decir, que pueda solucionarse llegando a uno de los sudokus completos válidos y sólo a uno. Está claro que para cada uno de todos los posibles sudokus completos hay un número determinado de sudokus incompletos cuya solución nos lleva a él.

Generar todos los sudokus incompletos posibles de un sudoku dado es, en teoría, bastante sencillo: basta con ir borrando de forma ordenada cifras de las casillas. Así, en un sudoku de cifras (y n2 celdas) generamos primero todos los sudokus incompletos con una casilla en blanco (salen obviamente n2 sudokus cuyas soluciones son evidentes); luego pondremos dos casillas en blanco en todas las combinaciones posibles; después tres, también en todas las combinaciones; y así sucesivamente hasta tener de nuevo n2 sudokus en los que sólo hay una celda con cifra (éstos son irresolubles, claro está). Generalizar esta mecánica en una fórmula también es simple: se trata de la sumatoria de todas las combinaciones de n2 elementos tomadas de k en k, donde k varía desde 0 hasta n2 (están incluyéndose el sudoku completo y el sudoku vacío). Ahora bien, esta sumatoria es igual a 2 elevado a n2 (a lo que habría que restar 2 si no queremos incluir ni el sudoku completo ni el vacío). Así que, para cada sudoku completo de 4 cifras, resulta que hay un total de 65.534 sudokus incompletos (no cuento los dos singulares). Como ya calculé que había 288 sudokus válidos de 4 cifras, en teoría podría haber 18.873.792 sudokus incompletos de 4x4. En el caso del sudoku canónico las cantidades, lógicamente, se nos disparan. Por cada sudoku válido habría 2,417 cuatrillones de sudokus incompletos y, suponiendo que mi anterior conjetura es válida (que seguro que no) tendríamos un total de 159.193,642 quintillones de sudokus incompletos de 9x9.

Por supuesto, las cifras anteriores son erróneas porque muchísimos de esos sudokus incompletos derivados de uno completo se repiten entre los derivados de otro también completo. Justamente los sudokus incompletos repetidos son aquéllos no válidos ya que pueden tener más de una solución; es decir, son derivados de más de un sudoku completo. Nótese que, con el método propuesto, no se pueden generar sudokus sin solución (los que a veces me he encontrado cuando en una casilla no va ninguna de las nueve cifras disponibles) ya que todos derivan de sudokus completos válidos. Por tanto, calculando el número de repeticiones y restándoselo al total de sudokus completos se llegaría a la respuesta de mi enigma. ¿Cómo se calculan las repeticiones? Pues de momento no lo sé y ya es la hora de almorzar.

PS: Supongo que este post bate el record entre los tantos aburridos que he escrito. En consecuencia, quien haya llegado hasta aquí sepa que cuenta con mi rendida admiración.


CATEGORÍA: Curiosidades dispersas

viernes 30 de octubre de 2009

El teléfono cuando era niño

Un personaje de un relato de Margaret Atwood (ahora no me acuerdo del título) comenta que siempre se siente incómodo hablando por teléfono y lo imputa al respeto reverencial que en su infancia sus padres atribuían al aparato. El personaje, trasunto biográfico de la autora, vivió la niñez en Canadá veinte años antes que yo la mía. Pese a las distancias geográficas y, sobre todo, temporales, a mí me ocurre lo mismo. El teléfono es para dar recados, no para charlar, decía mi padre; y se cabreaba en cuanto la conversación pasaba del par de minutos. Hablo de finales de los sesenta, cuando la tele (en blanco y negro) era una adquisición reciente y mágica y el teléfono, el único teléfono de la casa, un armatoste negro y pesado de baquelita, estaba en la repisa de la cómoda-aparador color crema que había en la sala de estar, a mano izquierda según venías de la puerta de entrada a nuestra casa.

Ninguno de nosotros podía telefonear sin pedir previamente permiso y, para obtenerlo, había que justificar la necesidad de la llamada. Por aquella época, que yo sepa, no se pinchaban las líneas, pero mucho más me cuidaba de lo que decía pues rara vez podía hablar sin que hubiera nadie en la habitación y, desde luego, recurrir a subterfugios para disfrazar la conversación (susurrar, colocarse con el auricular al otro lado de la puerta) suponía arriesgarse a represalias paternas. Cuando me llamaban, antes de avisarme, cualquiera de mis padres exigía la identificación previa (¿de parte de quien?) y, si no era conocido por ellos, había luego de dar, a regañadientes, el reporte pertinente. Si se trataba de un compañero de colegio (la práctica totalidad de quienes me telefoneaban) casi nunca faltaba el corolario irritado de mi padre: ¿y tan importante era lo que tenía que decirte que no podía esperar a hacerlo mañana en el colegio? Pregunta retórica que, dicho sea de paso, también me soltaba cuando era yo quien quería llamar.

A mi padre ya no se lo puedo preguntar y a mi madre no tendría sentido que lo hiciera (cuando se refiere a nuestra infancia y al comportamiento de ellos hacia nosotros me quedo con la impresión de que habla de otra familia), pero, cuarenta años después, me gustaría entender por qué tanta y tan severa sacralización del teléfono. El argumento de entonces era que costaba dinero y, en cierto modo, eso ya para ellos, niños de la guerra y de la inmediata posguerra, marcaba mucho; tanto que nos transmitieron como uno de los mayores pecados el gastarlo si no era estrictamente necesario (o sea, derrocharlo). Así, hablar por teléfono era siempre un agobio (también para ellos), como si a la vez que la voz del interlocutor estuviésemos oyendo el tintineo permanente de un flujo de monedas cayendo de nuestros bolsillos. No digamos si se trataba de una "conferencia", por ejemplo a los abuelos de San Sebastián, que previamente había que solicitar a una operadora para que, al cabo de unos minutos, cuando se había establecido la conexión, ella nos llamara. Cómo iba uno a hablar relajadamente en esas condiciones.

Pero no basta el motivo económico para explicarlo. Creo yo que el teléfono no era sino un símbolo –entre otros, si bien uno de los más potentes– en el cual cristalizaba el carácter represivo de mis padres. Quizá estarían convencidos de que educarnos requería controlarnos y, por eso, las posibilidades liberadoras de comunicación del teléfono tenían que ser subvertidas. (Me es inconcebible imaginar siquiera que hubiera existido internet durante mi infancia). Porque la cicatería para usarlo en casa se convertía en todo lo contrario cuando estábamos fuera; entonces, a nuestra vuelta después de una tarde sin haber estado bajo su control, los reproches eran por no haber llamado: ¿es que no había ningún teléfono? A medida que crecía (e iba progresando en las transgresiones de los mandamientos familiares) el teléfono fue pasando de objeto prohibido a obligatorio.

Con mis antecedentes es natural que el teléfono no me sea especialmente preciado. Y, aunque me gustaría pensar que me he liberado de los condicionantes paternos, me estaría engañando si creyese que no han calado muy hondo y explican en alto grado muchos de mis rasgos. Por más que en la etapa adolescente, alguna vez, me colgué largos ratos del auricular, esos amagos de rebeldía no removieron los posos y siempre me he sentido incómodo si una conversación telefónica se alargaba demasiado, si se iba convirtiendo en una charla. Pasada ya la rabia hacia mis padres, una vez que, adulto ya, me creí a mí mismo con mi autonomía personal a salvo de sus intromisiones (aunque dudo todavía que esa liberación haya llegado a ser completa), me sorprendo al comprobar que los mantras infantiles forman parte y moldean mis esquemas mentales. De forma que no sólo tiendo a usar el teléfono sólo para dar recados, sino que, ya hace años, me ponía nervioso cuando mi hijo pasaba demasiado tiempo con la oreja pegada (ay si hubiera sido niña) y le increpaba el mismo reproche: el teléfono es para quedar, para decirse cosas concretas, no para enrollarse. Y es que llevamos a nuestros padres dentro; somos, al fin y al cabo, nuestros padres.


CATEGORÍA: Recuerdos

sábado 24 de octubre de 2009

Los Seis Días de Berlín

En la resbaladiza pista los ciclistas van dando vueltas -la espalda paralela al suelo- y vueltas y vueltas y más vueltas. Hora tras hora, kilómetro tras kilómetro. Hacer girar los pedales, el derecho y el izquierdo, tratar de escaparse, quedarse atrás, chupar rueda del que va delante, goma y acero, un maillot, sudor que gotea, la multitud alrededor, al final de los Seis Días un premio, un baño, un largo sueño, un fotógrafo, un flash, una crónica deportiva, una mujer, champaña, un viaje. Más allá de los Seis Días está la vida, que uno vive porque ha corrido durante seis días y para volver a correr otra vez durante seis días. Uno no ha muerto todavía, pero tampoco vive aún.

Eso ocurría en Berlín, en el Sportpalast, el fantástico edificio de la Postdamerstrasse. Yo estaba ahí, no era más que un niño de siete años y me aburría de tantas horas apretado entre multitudes vociferantes. Mi padre era uno de ellos, uno de los que más gritaba porque tenía más motivos que todos. Su hermano pequeño, el tío Klaus, pedaleaba frenético en ese óvalo absurdo de doscientos metros por vuelta. No puedes imaginarte el entusiasmo de los berlineses de 1925 por esa carrera. Seis días, ciento cuarenta y cuatro horas, sin que las bicicletas cesaran sus circunvalaciones eternas.

Alemania se había vuelto loca, eso decía mi padre, que apenas llegaría a entrever la verdadera locura de la siguiente década. Yo sólo guardo recuerdos dispersos, era muy niño, aunque sí, eran los locos años veinte, pero Berlín no era París y la alegría, el desenfreno, era la máscara de la desesperación, del desgarro más salvaje. Ya estábamos saliendo de la montaña rusa hiperinflacionaria pero los desastres de los últimos diez años habían hecho añicos las almas de los alemanes. La de mi padre, entre muchos.

Los berlineses ansiaban gritar, fundirse en masas exaltadas que se apasionaban ante un mismo espectáculo. Supongo que quienes me rodeaban esa tarde de sábado vivían las mismas emociones que los romanos de hace dos milenios en el circo. O mejor, no eran ellos los que vivían sino esas emociones inmortales que los parasitaban, que vienen pasando de cuerpo en cuerpo a lo largo de los siglos de nuestra especie. Ya no había gladiadores intentando matarse ni cristianos a la espera de ser devorados. Eran hombres jóvenes pedaleando frenéticamente y los espectadores paladeaban su esfuerzo, los animaban para que les dieran más, deseando aún sin saberlo que cayeran exhaustos. Porque nada más que el sacrificio definitivo podía colmar, si bien sólo transitoriamente, esa criminal pasión de las masas.

Esa carrera a la que asistí era la decimotercera edición de los famosos Seis Días de Berlín; todavía hoy se sigue celebrando. La prueba provenía de los Estados Unidos, de finales del siglo XIX. Al principio corría un único corredor y paraba cuando no podía más, echaba un sueño y volvía a la pista. Luego se impuso que fueran en pareja y así uno podía descansar mientras el otro pedaleaba. Mi padre había querido ser el compañero del tío Klaus, pero mi madre se lo prohibió; tenía miedo de que perdiera el empleo y, además, ya no era tan joven. Pero no le pudo impedir que todos los días de esa semana acudiera al Sportpalast en alguno de los abarrotadísimo autobuses de entonces y pasara allí largas horas.

Para mi tío los Seis Días lo eran todo. Y 1925 era su año; así nos lo había dicho la semana anterior. Quería ganar, ni siquiera le bastaba el podio. Sin embargo, ese sábado ya podía apostarse a que se equivocaba. Iban en cuarta posición, a muchas vueltas de distancia de los líderes, una pareja de Bremen. Mi padre nos había contado en la cena de la víspera que la culpa era del compañero de Klaus. Lo que mi hermano gana lo pierde luego ese pánfilo de Rudi; soy mucho mejor ciclista que él. Mi madre callaba pero sus ojos emitían señales de amenaza, suficientes para que no siguiera por ese camino. Pero era cierto, si Klaus tuviera un compañero de su nivel podría estar más cercano al triunfo. Sin duda que por ese motivo, pedaleaba más tiempo que el otro, intentaba prolongar hasta el máximo su mejor ritmo en un inútil afán de recortar las diferencias.

Serían las ocho y pico de la tarde. Klaus llevaba desde antes del amanecer, muchas más horas de las que le correspondían, pedaleando vertiginosamente, a más revoluciones, muchas más, que sus competidores, o al menos eso nos parecía. Estábamos abajo, casi a pie de pista. Cuando pasaba ante nosotros casi ni tiempo teníamos de distinguir su rostro blanco, cadavérico, los ojos hundidos con la mirada fija, alucinada. De pronto, en la contrarecta, su bici giró hacia la parte más peraltada, como si de la serpiente giratoria se desprendiese, por su propia fuerza centrífuga, una escama rojinegra. Por un instante, en el borde superior de la pista, pareció que se detenía, que mi tío quedaba suspenso en el tiempo. Y enseguida, como si se quebrara algún hechizo, la bicicleta cayó lateralmente y, con Klaus aferrado a ella, se deslizó hasta la valla inferior.

En el centro del velódromo, además de público, se disponía el personal de asistencia. Enseguida corrieron a recogerlo y lo llevaron a la enfermería del Sportpalast. Mi padre, conmigo a rastras corrió como un poseso, aullando el nombre de su hermano. Ya estaba muerto cuando llegamos. Tenía veintisiete años y para él los Seis Días lo fueron todo. Para mí, aquella fue la primera escena de mi personal maldición de las bicicletas. Habría muchas más, ya sabes que en casi todas las tragedias de mi vida ha estado presente ese artefacto diabólico. Y sabiéndolo, ¿cómo te atreves siquiera a plantearme esos planes?

Notas: El primer párrafo proviene del texto de Joseph Roth "La XIII edición de los Seis Días de Berlín", publicado en el Fankfurter Zeitung el 20 de enero de 1925. La foto del Sportpalast, demolido en 1973, es de 1960 (no he encontrado ninguna contemporánea). La segunda ilustración reproduce un óleo de Kurd Albrecht de 1925 titulado "Erstes Sechstagerennen im Sportpalast".

CATEGORÍA: Ficciones

domingo 18 de octubre de 2009

Sed de catecismo

Porque, en realidad, el comunismo nació para saciar un tipo de sed. Este fenómeno era inevitable, porque en las sociedades contemporáneas se propagó una sed enorme. Por ejemplo, había sed de catecismo, de un catecismo sencillo. Una sed así quema mucho más a un intelectual refinado que a un hombre de la calle. El hombre de la calle siempre dispone de algún catecismo, sustituye uno por otro. Aquello fue algo muy elemental, un simple cálculo matemático. De pronto, empezó a haber de todo en demasía. Había demasiada gente, demasiadas ideas, demasiados libros, demasiados sistemas. Demasiado de todo. Y lo que según los antropólogos de hoy hace al hombre, lo que hace que una sociedad sea humana, es la necesidad de poner orden en esta variedad. Esta variedad es tan horrorosa, se ha vuelto tan horrorosamente grande, que una mente refinada no es capaz de dominarla. No creo que hoy en día nadie sea capaz de proponer un sistema con una mínima honradez intelectual. Es decir, no hay nadie que no sea consciente de la existencia de contraargumentos potentes, básicos e irrefutables, que ponen su sistema en tela de juicio. Hoy en día, para proponer ya no digo un sistema, sino solamente un ciclo coherente de ideas, hay que hacer trampa. Hay que silenciar los argumentos que la inteligencia, la memoria y la lectura nos sugieren. Hay que hacer una elección basada en una trampa intelectual. Hoy, a no ser que alguien posea talento para autoengañarse, sólo un simplón puede ser honrado intelectualmente en el sentido más profundo del término. Y, como ha demostrado la historia del estalinismo, entre los intelectuales, en particular entre los occidentales, el talento para engañarse es monstruosamente grande.

Sin duda la polarización de las sociedades europeas, que empezó a principios de los años treinta, sembró por doquier grupos facistoides, si no directamente fascistas, y trazó una frontera neta entre la izquierda y la derecha. Bien mirado, en la novela
Le mur, de Sartre, se pone de manifiesto la situación de una sociedad partida por el medio, como de un cuchillazo, en esas dos fracciones. Y la necesidad de pronunciarse a favor de unos o de otros. De ahí que defender la posición neutral del pensador resultara tan difícil; esta posición era prácticamente indefendible.

Entonces todavía nadie creía en la victoria del nazismo (1928). ¡Pero si existía un poderoso ejército comunista formado por comunistas incorruptibles y armado hasta los dientes! Mi hipótesis es que, en un momento dado, Stalin paralizó conscientemente el partido. Porque alguien lo paralizó. ¡La política de buscar enemigos entre la izquierda y de organizar huelgas contra el gobierno socialdemócrata de Prusia! El Partido Comunista Alemán organizaba huelgas mano a mano con el partido de Hitler. Pero en toda aquella locura había un método. Tras la llegada de Hitler al poder, en la portada de Inprekor (revista del Komintern), a bombo y platillo un articulazo trinfal del pobre Lenski, que iba a tener un final trágico. Por aquel entonces Lenski estaba en Moscú, pero probablemente viajaba arriba y abajo. E, imagínate, un artículo triunfal para decir que, gracias a Dios, los nazis habían tomado el poder. Que el panorama se había despejado. Que, naturalmente, aquello no iba a durar mucho pero que al menos el engaño de las masas por parte de la socialdemocracia había terminado, que por fin a las masas les había caído la venda de los ojos. Y que llegaba nuestro turno. Y, mirándolo bien, fue lo que ocurrió. El sojuzgamiento de cien millones de habitantes de la Europa del Este, incluidos los dieciocho millones de alemanes, se produjo gracias a Hitler. Sobre los escombros del nazismo. De modo que, al fin y al cabo, Stalin no era tonto.

Los anteriores son fragmentos del libro Mi siglo, confesiones de un intelectual europeo. Se trata de la transcripción de unas largas entrevistas que Czeslaw Milosz hizo a Aleksander Wat en 1965, primero en Berkeley y luego en París. Wat (1900-1967) fue un poeta polaco, simpatizante comunista durante su juventud, represaliado por los soviéticos en la década de los cuarenta, y desencantado de sus compromisos en sus últimos años. Para Wat el comunismo no sólo constituye la diferencia específica del siglo XX, sino que representa la cristalización de lo demoníaco del hombre (en cierto modo, como se ve en uno de los párrafos que he transcrito, el nazismo no fue más que una fase previa necesaria del mismo Mal.) Pero, como acertadamente señala Milosz en el prefacio, lo interesante del libro no es tanto la condena al estalinismo (por más que la abundancia de recuerdos personales aporte una fuerza testimonial de la que carecen los textos de historiadores profesionales), sino la indagación en los factores que hicieron del comunismo un fortísimo imán atractor entre los intelectuales durante todo el siglo pasado y, muy especialmente, entre los occidentales. A estas alturas podría pensarse, ingenuamente, que es un asunto superado, intrascendente. No lo creo. De hecho, es la realidad de los acontecimientos históricos (la caída del comunismo como sistema político) la que lo ha condenado al olvido, al rechazo, pero siguen vigentes los mecanismos intelectuales que, en palabras de Wat, hacen surgir nuestros demonios. La sed de catecismo, dice él, la sed de la simplificación intelectual (incompatible con la honestidad intelectual), que siempre conduce a la polarización, al rechazo de las gamas de grises. En eso no me parece que hayamos cambiado casi nada, no tengo la sensación de que hayamos aprendido la lección (acaso sólo las partes más anecdóticas, por más que atroces, de la historia reciente).

CATEGORÍA: Política y Sociedad

viernes 16 de octubre de 2009

Weekends convalecientes

Hace dos fines de semana tuve un dolor de cabeza continuado. Me cogía toda la parte izquierda de la cabeza: pinchazos agudos en el cráneo y una sensación de irritación superficial, el oído izquierdo, ese lado de la mandíbula, como si tuviera una infección de muelas, y hasta la garganta. El lunes se había ido y toda la semana pasada estuve currando al agotador ritmo habitual.

Este último fin de semana se reprodujo el mismo dolor de cabeza, pero en el otro lado, el derecho. Además, el sábado pasado me dolía tremendamente el pecho y la espalda, casi al menor movimiento (me tenía que estar muy quieto respirando despacito). Llegó el martes (el lunes fue fiesta) y volví a sentirme aceptablemente bien (no cuento los achaques ya asumidos); lo suficientemente bien, al menos, para volver a aguantar otra semana laboral intensa pese a ser un día más corta de lo habitual.

Ayer por la noche se me taponaron las vías respiratorias y me costó mucho dormir. Esta mañana, a la obstrucción nasal se le sumó un moqueo persistente. Hacia el mediodía me pesaban los párpados y empezaba un nuevo dolor de cabeza, esta vez en el área frontal. He vuelto de almorzar y estoy con una sensación generalizada de agotamiento, aunque no creo que tenga fiebre. Así que, pese a que tendría que dejar redactadas un par de cosas, creo que me voy a ir a mi casa y meterme en la cama.

Me temo que este fin de semana toca gripe o, más probablemente, resfriado (aunque hace un calor tremendo). Los otros dos fines de semana, según coinciden todos, se explican con el estrés en el que ando y el agotamiento acumulado que me pasa factura en cuanto aflojo la tensión laboral. Sea como sea, tampoco es plan eso de estar razonablemente sano durante la semana y enfermo el sábado y el domingo. Lo que debería hacer ya lo sé, pero de la teoría a la práctica ...

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

lunes 12 de octubre de 2009

Apendicitis

Tenía doce años cuando mis padres, exasperados por mi incorregible rebeldía, me exiliaron a un internado de Baeza. El colegio pertenecía a alguna orden religiosa; no me acuerdo a cuál pero sí guardo en la memoria las imágenes de unos curas largos y escuálidos, negros palos secos, duros y ásperos como todas las muestras de su comportamiento. Las jornadas se sucedían con la monotonía disciplinaria de un régimen militar o penitenciario. A las cinco y media una de esas sombras maléficas pasaba por cada uno de los tres grandes dormitorios quebrando a campanillazos estridentes nuestros sueños. Venía enseguida (todo se hacía deprisa; la ansiedad de aquella premura es el recuerdo más intenso de aquellas semanas) el tiempo de la ducha. Todos en fila, cada uno con nuestra esponja, desfilábamos entre las pocas cabinas del único y enorme gran baño-vestuario del edificio. Así, en orden estricto, nos colocábamos bajo el chorro lacerante de agua fría (pero no helada, como conocí en ocasiones punitivas o cuando el renqueante calentador central se declaraba en huelga) y nos frotábamos rápida pero escrupulosamente, empapada la esponja de un líquido jabonoso de olor acre, bajo la inexpresiva mirada de uno de los "padres" apoyado en el lavabo central de esa sala embaldosada de losetas blancas. Luego, una vez embutidos en el uniforme gris, el desayuno (la colación, se llamaba) en el comedor de mesas alargadas flanqueadas por bancos corridos, simples tablones de madera basta. Nos ponían a cada uno un inmenso tazón de leche con chocolate (nunca supe la marca de esos polvos oscuros cuyos grumos pastosos se resistían a disolverse) y, distribuidos por el centro de la mesa, unos cuantos platos con rebanadas mal tostadas de pan con mantequilla. Mientras comíamos, uno de los curas paseaba a grandes zancadas leyéndonos en voz atronadora y monocorde algún pasaje del Nuevo Testamento; nosotros, por supuesto, debíamos guardar el más absoluto silencio. Hacia las seis y media nos daban la suelta para que fuéramos a nuestros dormitorios y entonces, por primera vez en el día, teníamos permiso para hablar e incluso alborotar sin demasiados excesos, libres de la presencia vigilante de las figuras negras. Después, cuando todavía apenas había luz, salíamos al desolado patio a formar en tres o cuatro largas filas, cada uno en su sitio fijo, ordenados por el apellido, el brazo derecho estirado horizontalmente hasta tocar el hombro del niño que nos precedía y sentir la mano del que estaba detrás. Formadas las filas, todas perfectamente paralelas, cada peón firme a la misma distancia de sus adyacentes, entonábamos dos cánticos consecutivos. El primero, variable según el día, era algún himno falangista de caras al sol, montañas nevadas o camisas azules, pero el segundo siempre era la Salve, en latín, por supuesto. La versión que destrozábamos bajo la impertérrita batuta del padre director, quien aparentaba estar ante el más afinado de los coros gregorianos, era la tradicional castellana, aunque esto lo he sabido mucho después, cuando conocí las versiones de Tomás Luís de Victoria, Pergolesi, Haydn o Schubert. La ininteligibilidad de sus estrofas permitía a los más audaces sustituir los versos latinos por frases ligeramente obscenas, un juego arriesgado ya que si los curas advertían el sacrilegio las funestas consecuencias recaían implacables sobre todo el grupo. Por fin, cumplidos los fervores patrióticos y marianos, teníamos la hora de "educación física" que, para nuestro contento, consistía en partidos de fútbol sobre el cemento, sometidos a un caótico sistema de rotaciones (unos jugaban y otros esperaban su turno). El juego se practicaba con los uniformes, incluidos los pesados zapatos negros "gorila", de modo que al silbato final entrábamos a las aulas bastante sudados y sucios. Nunca he podido entender por qué las duchas eran a primera hora y no después de la educación física.


Tampoco es cuestión ahora de detallar cómo seguía el horario de todos los días, con su monotonía asfixiante, la opresión de sentirse casi siempre vigilado y la dureza de lo cotidiano, incluyendo en este rubro los diversos castigos de tan frecuentes e indiscriminados que eran. Yo era consciente, desde luego, que mi estancia en ese colegio era la justa consecuencia de mi desobediencia continuada y chulesca. Porque era la soberbia la que principalmente me impulsaba a transgredir las normas de mi infancia; bastaba que algo estuviese prohibido para que quisiera hacerlo y los consiguientes castigos, en vez de enmendarme, reforzaban la decisión de perseverar en mi rebeldías. Me veo boca abajo sobre las rodillas de mi padre, las nalgas al aire recibiendo uno tras otro sus zapatillazos y antes de cada uno la orden conminatoria: di que no lo vas a hacer más; y yo gritaba un no orgulloso o, como mucho, callaba apretando los dientes hasta que mi padre, cansado o asustado por la rojez del culo, cesaba el castigo. Así que sabía bien que me había ganado a pulso ese internado pero ni siquiera cuando se dictó la sentencia (fui convocado al despacho del psicólogo de mi antiguo colegio, allí estaban mis padres, todas eran caras serias) dejé asomar la mínima muestra de debilidad. Pues vale, dije, si creéis que me importa. Sí me importaba, claro, pero pensaba que saldría victorioso, que lo soportaría, que impondría como siempre mi real gana. Sin embargo, no había necesitado ni dos semanas en Baeza para descubrir que no era tan duro, que no era capaz de aguantar ese régimen, que tenía que salir de allí. La cuestión era cómo.

La idea se me ocurrió una mañana dominical de aburrimiento infinito. Más de las tres cuartas partes de los alumnos salían del colegio los fines de semana, sus familias los liberaban por dos días y dos noches. Únicamente unos pocos permanecíamos recluidos, seguramente quienes éramos culpables de peores crímenes o acaso quienes habíamos colmado las paciencias de nuestros padres. Seguía habiendo disciplina carcelaria esos dos días pero algo más relajada (los viernes y sábados podíamos ver un par de horas de televisión y levantarnos a las ocho los días siguientes). Esa mañana vagaba solo por la terraza que quedaba en la parte alta de la escuela, alzada sobre un terraplén de hormigón. Miraba el paisaje, campos de olivos que se extendían hasta agotar la vista y al fondo, cerrando la vega, unas montañas azuladas que mordían las nubes. Entonces me acordé de los dolores de tripa del pequeño Agustín, un compañero pelirrojo del año anterior. Ocurrió dos o tres veces, siempre en medio de la clase de latín, el chaval lanzaba un grito y se encogía apretándose la barriga. El profesor pensaba que fingía (también nosotros) y le obligaba a permanecer en su sitio, mientras él palidecía, aguantando el dolor. Una semana después nos enteramos de que había tenido que ser operado de urgencia de apendicitis aguda. Por lo visto, si hubieran esperado más, el pequeño Agustín la habría palmado. El profe de latín fue reprendido y, una vez Agustín se reincorporó, entonó sus disculpas ante toda la clase. Prometió que nunca volvería a repetirse y nos rogó que cualquiera que se sintiese indispuesto no tuviera el menor reparo en advertírselo. Fue, claro está, su condena, perdió toda autoridad y yo estaba seguro, mientras miraba el panorama de La Loma, de que habría abandonado mi antiguo colegio. Pero lo importante es que todos los adultos, incluyendo mis propios padres, habían coincidido en la gravedad del caso; una apendicitis no es algo para tomarse a broma, menos mal que al chico lo cogieron a tiempo, dijo mi padre.

Se trataba pues de fingir una apendicitis y que, asustados, mis padres me sacaran de esa cárcel. No dudaba de que podría hacerlo; imitar los pinchazos estomacales de Agustín y sus posteriores molestias se me antojaba fácil. Así que empecé esa misma noche, mientras cenábamos. Lo hice bien, tanto que el cura de turno me vio pálido y pese a su escepticismo crónico, acostumbrado a tantas mentiras adolescentes, llegó a dudar. La escena sirvió para que me excusaran del asqueroso guiso de carne (tendones, más bien) y me prepararan una infusión antes de mandarme a la cama. Al día siguiente, cuando el mismo cura me preguntó cómo me sentía, no quise forzar la suerte y le dije que mejor, que ya no me dolía pero seguía con una sensación vaga de incomodidad. Quizá haya que ponerte a régimen, me contestó, pero sin darle demasiada importancia. Fue pasando así el día y en la meditación de media tarde (el sermón diario que nos soltaban en la capilla) decidí escenificar el segundo acto. El oficiante nos hablaba sobre la castidad, me acuerdo perfectamente, y aproveché la mención de la Virgen para desgarrar un grito que casi parecía de parto y en perfecta sincronía doblarme sobre mí mismo tan violentamente que di un sonoro cabezazo al respaldo del banco delantero abriéndome una pequeña brecha en la frente. El efecto satisfizo plenamente mis anhelos histriónicos; todos los ojos se volvieron hacia mí, el cura detuvo su perorata y otro de los "padres" se acercó y me levantó despacio la cara ensangrentada, provocando un murmullo inquieto en la iglesia. ¿Qué te pasa? Me duele mucho la tripa, dije mientras las lágrimas me corrían (y me dolía el golpe, lo que hizo mucho más fácil el teatro). Entonces el cura me levantó en brazos y me llevó acurrucado hasta el dormitorio; al poco rato entró otro con la consabida manzanilla y me dijo que me desvistiera y me quedara quieto en la cama, mejor boca abajo para que te duela menos. Esa tarde no volví a clases, la pasé dormitando, preguntándome qué estarían maquinando mis carceleros, si llamarían o no a mis padres, cómo y cuándo habría de representar el siguiente acto. Poco antes de la hora habitual de acostarse regresó el cura del día anterior acompañado por el que se ocupaba de la enfermería, uno bajito y obeso. ¿Cómo sigues? Mejor, contesté, ya casi no me duele. Será una indigestión, dijo el gordo. Pero si casi no ha comido desde ayer, le contestó el otro. El gordo empezó a palparme el abdomen y pensé "toquetea para ver si el apéndice está inflamado"; así que cuando presionó por debajo del ombligo hacia la derecha (sabía bien dónde estaba el apéndice) solté un quejido no demasiado exagerado pero lo suficiente para que retirase la mano y ambos se cruzaran una significativa mirada para retirarse recomendándome que procurara dormir y ya veríamos mañana cómo estaba.

Convencido del éxito de mi engaño, decidí descartar más dilaciones y rematar la faena lo antes posible. Con esa idea me dormí, antes incluso de que se llenara la habitación, pero afortunadamente me desperté en mitad de la noche y sin dudarlo rompí el silencio con dos aullidos agónicos que despertaron a mis compañeros. Encogido en la cama y simulando calambres sucesivos, pedí a uno de ellos que avisara a los curas, que les dijera que me dolía mucho. Enseguida aparecieron cuatro sotanas negras cuyos rostros mostraban una mezcla de irritación y sospecha. Me llevaron en vilo hasta la enfermería y me dieron dos pastillas con la obligada infusión. No tardé mucho en caer dormido, sumergiéndome en sueños angustiosos de torturas quirúrgicas que me infligían entre risas sardónicas los propios curas; me veía con las tripas abiertas en las que éstos clavaban pinchos diciéndome "así que nos querías hacer creer que tenías apendicitis, eh mentiroso, pues toma apendicitis, toma, toma ..." Las pesadillas, sin embargo, no impidieron que durmiera muchas horas, porque cuando desperté era ya mediodía. A mi lado, el enfermero gordo me preguntó cómo me sentía. Opté por no tentar la suerte y le dije que mejor, que casi no me molestaba el estómago. Me pareció notarle un gesto de suspicacia irónica pero enseguida recobró la expresión impávida que les distinguía a todos ellos. Puede que tengas apendicitis y haya que operarte, me dijo. Ayer avisamos a tus padres, llegarán a primera hora de la tarde. Hasta entonces permanecerás aquí solo, en la enfermería, para que medites. No entendí sobre qué esperaban los curas que meditase; en todo caso, pensé que mi plan estaba funcionando perfectamente.

Mis padres, efectivamente, llegaron esa tarde. La puerta de la enfermería se abrió y entró sólo él (luego pensaría que mi madre no se habría sentido capaz de mantener la compostura). Estaba serio y me miró sin dejar asomar ningún sentimiento reconfortante. No te creo, hijo, ya no puedo creerte. No obstante, vas a volver a Madrid, quizá no haya sido la mejor idea encerrarte en este internado. En cuanto a tu apendicitis (silabeó marcadamente la palabra), tú decidirás si hay que operarte. Seguro que te acuerdas de Agustín y sabes que los ataques agudos, si no se extirpa a tiempo el apéndice, son mortales. Así que, repito, tú decides. Te doy hasta mañana por la mañana. Tu madre y yo pasearemos esta tarde por esta preciosa ciudad, dormiremos en un hotel estupendo que ya hemos reservado y mañana vendremos a recogerte. Entonces me dirás si te ingresamos en La Paz o vamos directamente a casa. Intenté contestarle algo, cualquier cosa, protestar ante esa actitud suya tan fría y escéptica, pero un gesto impaciente de su mano me detuvo. No añadió nada más y salió de la sala, dejándome en un estado de confusión que nunca había sentido hasta entonces. Al fin y al cabo, pensé, he ganado, mi artimaña ha logrado su objetivo, me van a sacar de este colegio. Había un precio, claro: reconocer mi mentira o pasar por el quirófano. No me hacía ninguna gracia que me rajaran y me extirparan el apéndice; hasta he de reconocer que me asustaba. Pero más podía el orgullo; ni siquiera podía concebir reconocer ante mis padres y los curas que todo había sido una patraña. Por eso, aunque hasta la mañana siguiente pasé todo el tiempo zarandeado por sentimientos confusos y siempre poco agradables, no tenía en realidad opciones; lo que había de decir se me imponía con la seguridad de lo necesario.

Hacia las siete de la mañana dos curas aparecieron en la enfermería. Ni siquiera me preguntaron cómo me sentía, aunque yo amagué algunos gestos tímidos de dolor. Vamos, me dijeron, has de ir a la habitación, recoger tus cosas y vestirte. Un par de horas después se presentaron mis padres, esta vez juntos. ¿Y bien? –inquirió él– ¿han sido reales esos dolores de apendicitis? Sí, papá, contesté, pero en un tono que distaba mucho del soberbio de los "viejos tiempos", como si le mendigara una salida honrosa, una rebaja en el precio. Pero no la hubo: Pues en ese caso, no hay más que hablar. Debemos darnos prisa para que te operen lo antes posible; no hay que correr riesgos. Salimos del internado sin ninguna despedida e hicimos todo el viaje hasta Madrid casi en silencio, ellos dos delante y yo en el asiento trasero maquinando lo que podía pasar, tranquilizándome pensando que mi padre estaba simplemente sosteniendo el farol, que en todo caso, antes de operar me harían pruebas que descartarían la intervención y dejarían a salvo mi orgullo. Y llegamos a la capital y, para mi sorpresa y mi miedo, seguimos toda la avenida del Generalísimo, pasamos la plaza de Castilla y nos metimos en el complejo de La Paz, con su pomposo nombre de ciudad sanitaria. Entramos por urgencias y mi padre pidió que avisaran a un doctor concreto (ya me he olvidado el nombre). Mientras esperábamos entre camillas y gente fumando, comencé a convencerme de que la cosa iba en serio, de que mi padre ya lo tenía preparado de antemano. Justo entonces me miró y, apretándome la mano, me sonrió: bueno, pues ya no falta casi nada, ¿no tendrás miedo? No, bueno un poquito, y mis ojos le hicieron la misma petición muda del internado. Pero ni se inmutó: no te preocupes, todo irá bien; hombre, ahí está quien te va a operar. Un tipo alto, con bata verde, caminaba hacia nosotros. Así que éste es el joven paciente, ¿verdad? Y me di cuenta de que ya no había marcha atrás.

Poco puedo contar de lo que sucedió a continuación, salvo que me subieron a una habitación, me dijeron que me desnudara y me metiera en una cama, y empezaron a ponerme tubitos por todas partes. Me debieron dormir enseguida porque mi siguiente recuerdo es ya después de la intervención, despertándome en la misma habitación con mis padres al lado. Aunque me notaba atontado por la anestesia, sentía una tirantez extrañamente dolorosa en el abdomen; mi mano palpó una cicatriz punteada de la que todavía hoy queda una ligera huella. Todo ha ido bien, cariño, fueron las primeras palabras de mi madre. Menos mal que te han operado, añadió mi padre, la inflamación era ya muy grande, unos días más y habrías tenido una peritonitis. Aunque su mirada era seria, me pareció detectar, muy al fondo de sus pupilas, un sutil destello irónico. La cosa es que, pasados casi cuarenta años, sigo sin saber si tengo o no apéndice. Pero lo que se fue a partir de ahí fue esa rebeldía absurda adolescente y también, aunque más lentamente, mi ridícula soberbia de entonces.

Notas: Este relato es ficticio. La historia de la apendicitis fingida (¿o no?) está inspirada, casi plagiada, de "Flores en la Nieve", novela autobiográfica de Gregor Von Rezzori. La ubicación del internado en Baeza, en la época de mis propios doce años, obedece a que un compañero de colegio fue efectivamente allí desterrado en castigo de sus "crímenes" adolescentes (algún día habré de narrarlos). En cuanto a las fotos, la del valle del Guadalquivir desde las murallas de Baeza, ha sido tomada de la colección de MaDuGa en Flickr; la panorámica de la plaza de Santa María de la misma ciudad procede de Panoramio y ha sido subida por Francisco Criado Alonso.

CATEGORÍA: Ficciones

miércoles 7 de octubre de 2009

Tijeretazos que faltan a la verdad

Para impulsar la innovación y el conocimiento, volveremos a utilizar las herramientas más poderosas de las que disponen los poderes públicos en este terreno: desarrollaremos una política de fuerte inversión en infraestructuras y en I+D+i ...

Ha llegado el momento en el que podemos y debemos plantearnos una nueva meta plenamente alcanzable: situar a España, en el año 2015, entre los diez países más avanzados del mundo en ciencia y tecnología. Para conseguirlo, los socialistas nos comprometemos a poner en marcha tres grandes pilares de acción, que constituirán los ejes de un nuevo Pacto por la Ciencia. Estos tres grandes ejes de acción serán: ... Un incremento sustancial de los recursos de la Administración General del Estado en I+D+i.

Programa Electoral del PSOE 2008

A lo largo de este año, en dos ocasiones, el gobierno de Zapatero ha recortado 2.500 millones de euros de las partidas de gastos ministeriales (1.500 en febrero y 1.000 más en mayo). Estas medidas se justificaron en razón de la crisis y tenían por objeto, muy especialmente, ampliar las partidas para pagar el paro. El Ministerio de Ciencia de Innovación fue el que sufrió el mayor recorte (450 millones de euros). Pero lo curioso es que, pese a este significativo recorte (casi del 7%), según las previsiones del Gobierno, este Ministerio va a acabar el ejercicio 2009 habiendo utilizado poco más de las dos terceras partes de su presupuesto inicial. De todos los departamentos del Gobierno, el de Cristina Garmendia va a ser el que presente el menor grado de ejecución presupuestaria.

Según leo en algunos medios, esta ineficacia en la administración pública de los recursos para la "ciencia e innovación" reside en gran medida en la falta de estabilidad del Ministerio, donde parece que viven en un desbarajuste permanente. No da la impresión de que las bonitas palabras electoralistas del PSOE se estén traduciendo en la práctica o, al menos, no tanto como se desprende de las declaraciones triunfalistas del Gobierno, siempre reacio a cualquier actitud mínimamente autocrítica.

El otro día, Javi Peláez, a través de su blog La Aldea Irreductible, propuso que todo aquel que tenga un blog y crea que la Ciencia en España no está para recortes presupuestarios, publique un post con alguna razón en contra del tijeretazo a la Ciencia en España. Yo tengo un blog y creo que la Ciencia en España no está para recortes, así que me adherí a la iniciativa. Lo malo es que muy poco tengo que ver con el mundo de la investigación científica y, consecuentemente, poco sé sobre el asunto como para aportar una razón mínimamente válida en contra del tijeretazo (por supuesto, las genéricas son completamente válidas). Así que, aunque me había comprometido a publicar hoy un post andaba dándole vueltas a qué decir.

Ayer sin embargo, poco antes de acostarme, se me apareció la musa encarnada en la persona de la ministra Garmendia en rueda de prensa televisiva. La verdad es que no tenía yo mala imagen de esta señora. Claro que no soy para nada un observador atento de la actualidad mediática y no me entero demasiado. Seguramente por eso, el que no me cayera mal tenía mucho que ver con su aparente discreción, bastante alejada de las alharacas de otros miembros y miembras del circo político. Pero, sus declaraciones de ayer temo que me han hecho cambiar de opinión; tras reconocer implícitamente y a regañadientes, el tijeretazo, afirmó que quienes dicen que la investigación en España está riesgo simplemente faltan a la verdad.

Como hay muchas personas que, con conocimiento de causa, dicen eso (y seguramente usando términos algo más dramáticos que los de la ministra), va a resultar que son unos mentirosos o, en el mejor de los casos, ignorantes. Claro que la injuriosa imputación de la ministra no la sostuvo con argumentos, sino que reveló el recurso tan hispano a la autoridad por encima de los hechos más tozudos. Que los organismos públicos de investigación vayan a contar con un 22% menos de presupuesto en el 2009 no supone ningún riesgo para la investigación española ... ¿No? ¿Por qué? Porque lo digo yo, que soy ministra.

Quiero creer que en una sociedad donde se investigue más y mejor, los principios básicos de la actividad científica irán calando progresivamente entre la población; y, entre éstos, me refiero al rigor, al pensamiento crítico. Quiero pues creer que un apoyo a la investigación tiene también como efecto una mejora de la racionalidad de la sociedad en su conjunto de modo que ésta rechace cada vez más los argumentos simplones de autoridad. Si avanzamos en esa línea, dificultaremos progresivamente las manipulaciones burdas de la verdad (como por ejemplo, ejercicios malabares con términos contables para disfrazar de incremento lo que es una reducción) a las que con toda impunidad están tan acostumbrados nuestros políticos. Que contribuyamos a eso es para mí una razón definitiva contra el tijeretazo.


CATEGORÍA: Política y Sociedad

lunes 5 de octubre de 2009

Enamorarse en Panonia

Sus pestañas aleteaban brisas que me acercaban aromas de sándalo. Sus ojos, pozos negros, imantaban mi hálito hacia su quietud absorta. Sus labios, pulpas de la fruta más codiciada, vibraban sutiles, casi imperceptibles. Su voz, contorsionándose entre palabras, acrecentaba a cada segundo el paroxismo de mi impaciencia. Ella leía:

A nyelv az emberi beszédtevékenység eszközrendszere, a tevékenység maga. A tevékenység során születő eredmény már nem a nyelv, hanem a beszéd, illetőleg annak egységnyi megjelenési formájaként: a szöveg. Minthogy azonban minden emberi beszéd valamilyen nyelv anyagából és törvényei szerint épül fel, az emberi beszéd formája és megformáltsága felől tekintve nyelvhasználat, funkciója felől nézve pedig kommunikáció. Hogy az emberi társadalmak a kommunikációs képességnek ezen a fokán állnak, ilyen eszközével bírnak, s egyedeiket ennek segítségével kapcsolják magukhoz, azt a nyelviség kifejezéssel jelölhetjük. Ezek szerint a nyelviség – mint tény és adottság – arra épül, hogy az emberi nem egységei – az együttélés alapját jelentő mikrotársadalmak – olyan eszközt fejlesztettek ki és használnak fel, amely a felhalmozódott tapasztalatokat mentális úton átadhatóvá-átvehetővé teszi.

Entonces la besé y el universo todo cobró sentido.


CATEGORÍA: Ficciones

domingo 4 de octubre de 2009

Polanski, el violador de niñas

La reciente detención de Roman Polanski en Suiza está generando un intenso debate del que me llaman la atención dos aspectos distintos pero interrelacionados. En primer lugar la confusión de los argumentos y los datos; resulta difícil, leyendo las "noticias" sobre el caso y sus antecedentes, hacerse una idea clara de lo que pasó o, al menos, suficiente como para contar con elementos de "juicio". De otra parte, que la gran mayoría de quienes expresan su opinión manifiestan un posicionamiento extremo, sea defendiendo o condenando al director franco-polaco. Parece que nos gusta juzgar y, sobre todo, condenar, muy especialmente si el "acusado" es alguien que descolla, una persona célebre por el motivo que sea. Ante esa apetencia, consciente o no, lo de menos son los matices que podrían estropear la contundencia de nuestras condenas. No nos interesa conocer la verdad, con toda su complejidad poliédrica, sino tan solo caricaturizar aquellos aspectos de los hechos que propician un posicionamiento nítido. Las cosas son blancas o negras, y para eso hay que recurrir a las palabras apisonadoras, incuestionables: Polanski es un violador de niñas.

Segun leo en El País de hoy, Polanski conoció a Samantha Gailey, una chica de 13 años, en un restaurante californiano y "prometió endiosarla artísticamente con una serie de fotografías para la revista Vogue". El 13 de febrero el director visitó a la cría y a su madre en su domicilio y ambas dieron su consentimiento a la propuesta. La primera sesión fotográfica se desarrolló en una colina cercana a la residencia de Samantha y no pasó nada delictivo salvo, en todo caso, que la chica accedió a quitarse la parte arriba de la ropa en los últimos posados. En su testimonio judicial dijo que no sabía que iban a tomar ese tipo de fotos y que no le gustó, de modo que pensó en no repetir una segunda sesión. Sin embargo, por lo que ella misma declaró, no da la impresión de que tuviera demasiados reparos en cambiarse continuamente de ropa delante del director y cuesta creer que le sorprendiera la petición de que posara parcialmente desnuda. También uno tiende a pensar (por comentarios ulteriores de su declaración) que la madre lo imaginaba.

Dieciocho días después (el 10 de marzo), Polanski vuelve a la casa de Samantha para llevarla a otra sesión fotográfica. Ella no sólo no se opuso, sino que le apetecía ir; más tarde, hablaría con su madre por teléfono ya desde la casa de Jack Nicholson para decirle que estaba bien y que no quería que fuera a recogerla. Imagino que la niña (y la madre) estaría ilusionada de que un famoso director la introdujera en el mundo del star-system hollywoodiense, una gran oportunidad para entrar en el mundo del cine y hacerse famosa. Fueron primero a una casa donde había más gente y en la que Polanski le tomó varias fotos. Pero luego, con el pretexto de que allí la luz no era buena, el director le propuso desplazarse a la cercana residencia de Nicholson (estaban en la zona de Mulholland Drive, famosa por la película de David Lynch). Leyendo su declaración, no parece que Samantha pusiera reparos, aunque es difícil colegir lo que le estaría rondando por su cabecita.

Al llegar a la casa del actor sólo había una mujer que les abre la puerta y luego les dice que se tiene que ir a trabajar. Antes, los tres toman champán que ofrece Polanski después de que la chica dijera que estaba sedienta. En ningún momento la niña se niega a beber alcohol y en el juicio reconoció que ya lo había hecho varias veces y que sabía lo que era estar borracha. Fuera por nervios o porque le gustaba, la cosa es que durante casi todo el tiempo que estuvieron en esa casa Samantha tuvo una copa de champán en la mano (lo cual no justifica el mal proceder de Polanski, quien vería con complacencia que la chica se estaba embriagando). Hubo unas cuantas fotos en el patio de la casa que enseguida fueron de semidesnudos (sólo con pantis), sin que parezca que esta vez se sintiera incómoda por esas poses. Luego Polanski la llevó a ver el jacuzzi de Nicholson y le dijo que le gustaría fotografiarla allí dentro. Fue entonces cuando Polanski le propuso que llamaran a su madre y ambos hablaron con ella. Hasta ese momento me da la impresión de que la chica no estaba incómoda con la situación; cabe suponer que se sentía halagada por la atención del director y seguro de que ya era consciente de que se sentia atraído por ella. ¿Era entonces Samantha una Lolita nabokoviana coqueteando con el cuarentón segura de que controlaba la situación o una cría inocente que empezaba a asustarse al pensar que podía verse en apuros?

Después de la conversación telefónica, Polanski le enseña una pastilla de qualude partida en tres y le pregunta si cree que podrá conducir después de tomarse una porción. El qualude es un sedante que durante los setenta era bastante popular en los Estados Unidos como droga recreativa, usada especialmente durante las relaciones sexuales porque aumentaba la sensibilidad, la relajación y la euforia y tenía ciertos efectos afrodisíacos. De hecho, Samantha lo conocía e incluso ya lo había probado (con apenas once años). Polanski se tomó su trocito de pastilla y le ofreció otra a la chica, que aceptó. Cuando el ayudante del fiscal le pregunta que por qué lo hizo, ella dice que no sabe, que a lo mejor porque ya estaba un poquito borracha. Las intenciones de Polanski parecen evidentes; las de ella, en cambio, no me quedan tan claras. Todavía a esas alturas de la tarde no debía estar asustada (no insinúa siquiera que el director la presionara); quizá algo confusa pero quizá también curiosa. En todo caso, si es verdad su declaración (sobre cómo se sintió luego) no parece que los efectos de la droga fueran en ella los que cabría haber esperado.

La historia (siempre según la declaración de Samantha ante el Gran Jurado de Los Ángeles) continua con fotos de ella desnuda en el jacuzzi, Polanski desnudándose y metiéndose en el otro extremo de la bañera, ella que, a petición suya, se coloca a su lado y él la rodea con los brazos ... Ahí ya debió sentirse a disgusto y, con la mentira de que sufría asma, sale del jacuzzi. Luego, siempre a instancias de Polanski y sin que a ella le apeteciera, se zambulle en la piscina y nada un largo, sale del agua, se pone su ropa interior, se enrolla en una toalla y pide al director que la lleve a su casa. Pero éste le dijo que se fuera al dormitorio principal de la casa y así lo hizo, esperándolo sentada en un sofá. Según declaró, obedeció porque estaba muy asustada y no se le ocurría qué hacer para volver a su casa. A partir de ese momento, según sus palabras, lo único que quería era acabar con eso, pero, salvo unas débiles protestas, apenas se opuso a todo lo que ocurrió a continuación. "Quería decirle que no, que parase, pero estaba tan asustada que no me salían las palabras". Es creíble, pero también es creíble la declaración de Polanski de que ella se dejaba hacer, de que era "sexo consentido". Naturalmente, con todas las reservas que hay que tener respecto al consentimiento que puede dar una niña de trece años.

Así que llega Polanski y se sienta a su lado y la besa. Luego se agacha delante de ella, le quita las bragas y le practica un cunilingus. Pasados unos minutos, sin que ella se mueva, le abre las piernas y la penetra vaginalmente. Con el pene ya en la vagina, le pregunta si toma la píldora y ella responde que no; entonces quiere saber cuándo ha tenido la última regla y ella dice que no lo recuerda. Oh, exclama el director, pues entonces tendré que correrme en tu culo, ¿te parece bien? Así que le levantó más las piernas y la penetró analmente. Mientras estaban en esas, tocaron a la puerta y él se detuvo y fue a abrir. Samantha aprovechó para ponerse la ropa interior, levantarse y empezar a caminar hacia la puerta. Pero Polanski ya regresaba (después de haber dejado pasar a una mujer, lo que Samantha sabía) y le dijo que volviera a sentarse. La chica se colocó en la misma postura y él recuperó el coito anal hasta que eyaculó, derramándose el semen por las nalgas de ella y sus bragas. Entonces se apartó y Samantha se levantó, fue al baño, se puso su vestido azul y salió al exterior de la casa (antes pasó por la sala e intercambió saludos con la mujer que había llegado) para meterse en el coche del director y ponerse a llorar. Al poco rato salió Polanski quien, con toda normalidad, le dijo que esperara un poco que tenía que hablar con la mujer. A los diez minutos regresó y la llevó a su casa.

Toda la historia proviene, como ya he dicho, de la declaración de la chica ante el Tribunal. A mí, la verdad, no deja de parecerme extraña, llena de pequeñas contradicciones e incongruencias. Desde luego, muchas de estas últimas pueden deberse al sistema dirigido del interrogatorio por el fiscal que intenta probar la culpabilidad de Polanski. Pero, ya se sabe, son los detalles los que dan la verosimilitud y, en este relato, los detalles en muchas ocasiones o faltan o chirrían. Sin ir más lejos, si nos esforzamos por apartar las naturales reacciones emocionales de rechazo ante el comportamiento sexual de Polanski con la cría en el sillón, la escena se nos presenta demasiado absurda como para corresponderse con una violación. ¿Es creíble que el tipo, en ese momento, se preocupe por la posibilidad de que la chica se quede embarazada? Y si lo es, ¿resulta verosímil que opte por el sexo anal y encima le pregunte a ella su opinión? Y lo que me creo menos: ¿cómo logra con tanta facilidad, simplemente alzándole algo más las piernas, penetrar analmente a una niña de trece años, para el coito, y volver sin más a repetir la penetración? No puedo evitar pensar que la descripción de ese episodio algo tuvo que ver con que la sodomía fuera un delito en California. Y no digo que no hubiera sexo anal (ni me creo ni me dejo de creer nada), pero me da que, de haberlo, no fue como lo describió Samantha.

De vuelta en casa, Samantha le contó lo sucedido a su madre quien inmediatamente denunció al director. Al día siguiente la policía lo detuvo bajo la acusación de sodomía, abuso de menor y proveer drogas peligrosas a un menor. Quedó libre bajo una fianza de 2.500 dólares a la espera del juicio. Pocos días después, el 24 de marzo, el juez Rittenband le imputó los siguientes seis crímenes: proveer de sustancias ilegales a una menor, comisión de actos lascivos con una niña de menos de catorce años, mantener relaciones sexuales ilícitas, violación mediante el uso de drogas, perversión y sodomía. Como ya he dicho, Polanski reconoció que había tenido sexo con la niña pero que había sido una relación agradable y delicada, con pleno consentimiento de la menor. En base a una institución corriente en el sistema judicial norteamericano (plea bargain), la fiscalía accedió a retirar los cargos y evitar el juicio a cambio de que Polanski se reconociera culpable del segundo de los delitos que le imputaban. Este acuerdo fue propiciado también por la madre de Samantha quien, según declaró a la prensa por entonces, quería eludir la publicidad de un juicio y los efectos negativos de ésta sobre su hija. Así que, en septiembre de 1977, una vez declarado culpable del cargo de relaciones sexuales ilícitas con una menor, Polanski fue internado en un centro penitenciario por noventa días con la orden de que se le sometiera a un examen psiquiátrico previo a la sentencia. En efecto, al director le sometieron durante 42 días a intensas pruebas psiquiátricas que, según dijo luego en París, le dejaron exhausto.

Legalmente, el asunto debería haber acabado poco después con una sentencia punitiva acorde al delito confesado (que probablemente habría implicado la extradición). Sin embargo, aparece en escena un fiscal de distrito que no intervenía en el caso quien convence al juez Rittenband de que había que castigar al director con una dura condena de cárcel. Parece que le muestra unas fotos de Polanski abrazando a una menor, tomadas en Munich unos meses antes. Es más que probable que esa menor fuera la entonces desconocida Nastassja Kinski quien, con quince años, había participado en un menage a trois con el franco-polaco (y tres años después protagonizaría la estupenda película Tess). La cosa es que los abogados de Polanski le dicen que el juez va a saltarse el acuerdo (contra todos los principios deontológicos de la jurisprudencia norteamericana) condenándole a varios años de cárcel. Como es natural, el tipo se acojona y decide largarse lo antes que pueda. Aprovechando que le habían concedido un permiso, vuela a Londres y de ahí a París, a donde llega el 2 de Febrero de 1978. Ese mismo mes, el Gran Jurado de Los Ángeles decidió posponer indefinidamente la sentencia sobre Roman Polanski.

Para acabar quiero dejar claro que no justifico en absoluto (ni me hace la menor gracia) el comportamiento de Polanski. Incluso aunque Samantha fuera de Lolita seductora dispuesta a todo para conseguir sus anhelos "artísticos", el director no deja de ser un repugnante pervertido dispuesto a aprovecharse de su situación privilegiada. Pero no iba de eso el post (lo obvio no requiere gastar palabras) sino de las verdades a medias (y falsedades) en que vivios por mor de la corrección política. Así, por ejemplo, lo cierto es que si bien fue imputado por varios cargos, sólo se admitió uno de ellos (actos sexuales con una menor). No es verdad como he leído en varios sitios (incluso en periódicos de los llamados "serios") que se haya "probado" que es un violador. Su proceso fue, como reconocen los propios americanos, bastante anómalo y con irregularidades, muy probablemente por deseos de notoriedad de los intervinientes dada la relevancia del protagonista. Dudo mucho que tengamos todos los elementos necesarios para poder pronunciarnos y, sobre todo, para ser capaces de condenar tan alegremente (mucho menos para defenderlo por el simple hecho de ser un señor mayor y excelente director cinematográfico). Pero, en el fondo, ¿nos interesa saber la verdad? ¿Nos interesa conocer el alma humana, con sus miserias y contradicciones? ¿O, por el contrario, pasamos de esforzarnos en entender nada para lanzarnos gozosos a despreciar y condenar y, así, creernos mejores?


Mercedes Sosa, la Negra, ha muerto hoy en Buenos Aires a los setenta y cuatro años. Ha sido una de las más grandes intérpretes de la mejor música hispanoamericana. Me entristece que se haya ido, pese a que este final llevaba ya algún tiempo anunciado. Como homenaje y contrapunto al sórdido asunto de este post pongo la maravillosa canción de Violeta Parra (¿alguién la cantó mejor que la Negra?) aunque, después de un buen rato escuchando la voz de Mercedes, siento la tentación de subir muchas más.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

lunes 28 de septiembre de 2009

Calumnia, que algo queda

Sala de espera del dentista, mujer de mediana edad en su papel de maruja enterada. No para de hablar la señora, muy segura de lo que dice, para distraer a los pacientes que esperan la entrada al gabinete de torturas bucales. El tema, los políticos locales; más precisamente, las chorizadas de los políticos locales. Por ejemplo, dice que, cuando se retiraron los adoquines "históricos" de una calle lagunera, éstos fueron apropiados por un conocido cargo público para adoquinar la terraza de su jardín. Los pacientes asienten, claro, ya se sabe, para eso están, para aprovecharse. Y usted cómo lo sabe, pregunta uno. Uuuy, mi niño, de muy buena fuente, te aseguro que es cierto, pero se dice el pecado y se calla el pecador. Y tan pecador porque la calumnia es un pecado, piensa el imprudente preguntón, que conoce al político aludido y su casa, un piso en Santa Cruz, sin terraza ni jardín. La doña repasa a algunos más, sin preferencias partidistas. Así su auditorio se entera de la existencia de un hijo ilegítimo de un parlamentario regional, de la finca que se agenció un concejal del sur de la Isla a cambio de favores recalificadores y de alguna que otra perla por el estilo.

Sorprende la aquiescencia de todos los oyentes. Los únicos comentarios son confirmatorios del tipo "sí, algo de eso ya sabía" o "es que son todos unos desvergonzados". Acallado el que se atrevió a preguntar, a nadie parece importarle un ápice la fiabilidad de lo que cuenta la mujer. "Calumnia, que algo queda", dice el refranero, y también "cuando el río suena, agua lleva" o "piensa mal y acertarás". Supongo que estas frases hechas deben bastar a la mayoría para sustentar la "presunción de culpabilidad" de personas concretas, sin sentir ni la mínima brizna de pudor. Daban ganas de interrumpir a la deslenguada y decirle, con muy buena educación, por supuesto, que su marido, según uno sabía de muy buena fuente, tenía una aventura con su mejor amiga. O preguntarle, para no llegar tan lejos, que pensaría ella si supiera que en la sala de espera de algún otro dentista alguien estaba contando ese chisme.

La maledicencia, que al fin y al cabo no es sino una cara más de la envidia y mala leche tan hispánicas, goza de estupenda salud entre nosotros. Desde las consultas de los dentistas hasta la programación televisiva. Nos encanta saber que el otro, especialmente si ha descollado en cualquier aspecto, es un miserable y, consiguientemente, estas ganas de enfangarlo hacen que no tengamos ningún reparo en dar crédito a cualquier calumnia. Es más, resulta hasta de mala educación interrumpir al "informador" para pedirle cualquier mínima prueba de lo que está diciendo. Lo menos que puede ocurrir es que te diga, como la señora, que lo sabe de muy buena fuente; lo más que se ofenda porque estás insinuando que es un mentiroso. Esta complacencia cómplice tan española va produciendo una degradación ética insidiosa y una subversión surrealista de valores (no hay más que ver a esos "periodistas" de pacotilla que se autoproclaman defensores del derecho a la información). Pero también nos va embruteciendo mediante la anulación de cualquier atisbo de sentido crítico.

Imagino que el escaso sentido crítico de los españoles debe estar relacionado con el autoritarismo tan omnipresente en nuestra historia. Nos encantan los argumentos de autoridad y, de hecho, prestamos más atención a quién lo dice que a lo que dice. Y así nos va, como al idiota del cuento que en vez de mirar la luna, mira el dedo que la señala. Esta tendencia al borreguismo es por supuesto terreno fértil para los manipuladores, especialmente los políticos y los periodistas, con lo cual se refuerza el círculo vicioso de la estupidez nacional. Súmale nuestra mala leche envidiosa y resulta que no nos creemos más que lo que queremos creer de antemano y en vez de dialogar nos insultamos. Pero me estoy saliendo del tema.

Hace ya muchos años, estaba al inicio de la universidad, mi padre me pilló en una afirmación a la ligera con cierto matiz calumnioso. Tras demostrarme que lo que había dicho carecía de fundamento, concluyó con una de esas máximas paternas de vieja escuela que, aunque en ese momento desprecié (maldita adolescencia), he recordado después con frecuencia. No hables si no estás seguro y, además, piénsatelo dos veces si lo que dices se refiere a alguien. Si tal consejo fuera la norma muy distinta sería nuestra sociedad, desde luego.


La canción quizá no sea la más adecuada al post (aunque no chirría demasiado), pero me trae recuerdos de mis trece-catorce años, incluyendo los crujidos de la aguja de mi pick-up de entonces. Cuando la oía todavía no había llegado Pinochet, pero ya faltaba muy poco.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

sábado 26 de septiembre de 2009

Mi finca es mía y en ella hago lo que quiero

Decía en mi aburrido post anterior (éste lo va a seguir siendo, advierto) que en España predomina una concepción privatista de la propiedad inmueble. O sea que hay mucha gente, yo diría que la mayoría, que piensa que todos los incrementos de valor económico de su finca, independientemente de los factores que los produzcan, le pertenecen legítimamente y que quienes sostienen lo contrario son rojos diabólicos que quieren demoler los pilares básicos de nuestra sacrosanta civilización. Esta manera de entender el derecho de propiedad viene avalada por muchos siglos de historia, tantos que es comprensible que casi la tengamos inscrita entre nuestros "dogmas" inconscientes. Al fin y al cabo, la institución de la propiedad privada es, ciertamente, uno de los pilares básicos de nuestras sociedades y ha condicionado fortísimamente (para bien y para mal) el desarrollo de la historia occidental. Los tres modelos clásicos de civilización de acuerdo al clásico análisis marxista (esclavista, feudal y capitalista) no son sino estadios evolutivos que se engarzan sobre el alcance real de la propiedad privada, y también ésta es el meollo en el que se sintetizan y resuelven las relaciones de clase y las consiguientes luchas por el poder. Los defensores de la primacía de la propiedad privada sostienen que sin ella no habríamos evolucionado (culturalmente) para llegar a ser lo que somos y tienen razón; de lo cual, sin embargo, no se desprende cómo habría sido nuestra sociedad sin esta institución jurídica.

Pero no nos elevemos a los planos más abstractos y centremos la discusión teórica (o ideológica, si se prefiere) en relación a la propiedad del suelo y su valor derivado del mercado inmobiliario. Como no puede negarse lo evidente, todos admitimos que el precio de los terrenos (de la propiedad inmueble) depende de lo que se pueda hacer (construir y luego vender) en ellos. Los fieles de la diosa Propiedad defenderían el derecho sacrosanto de que en mi finca yo puedo hacer lo que quiera (por ejemplo, construir un rascacielos con cien viviendas) y, por supuesto, venderlas a quien me dé la gana y al precio que los compradores estén dispuestos a pagarme. Como esa potestad (la de hacer con y en mi finca lo que desee) es intrínseca a mi derecho, el valor económico de mi propiedad depende del grado de mi ambición e iniciativa. Como el precio de mi finca será el resultado de restar de los ingresos de las ventas de las viviendas los costes de construirlas (incluyendo en éstos los beneficios de promoción y demás), está claro que cuantas más viviendas construya más valen mis terrenos. De otra parte, los límites a las avaricias pecaminosas vienen impuestos por otro de los dioses ideológicos, el Mercado. El Mercado, con su mano invisible en la metáfora de Adam Smith, garantiza que en mi finca haga el número justo de viviendas y no más, porque en caso contrario me penaliza obligándome a bajar el precio de éstas o impidiendo que se vendan; en cualquier caso, el límite económico de mi propiedad (cuánto vale) lo fija el Mercado. Por eso, partiendo del principio de que mi potestad como propietario es absoluta, el ejercicio del derecho se desenvuelve en unas condiciones específicas de mercado; dado que el mercado es un "orden natural", ajeno como cualquier dios a las miserias humanas, la riqueza que obtenga de mi patrimonio depende únicamente de mi ambición y de mis aptitudes para desenvolverme en el marcado (saber cuánto puedo construir, cuándo debo vender, etc).

De más está aclarar que ni el mercado es un Dios ajeno e independiente de los intereses humanos (sino, quizá como todos los dioses, un constructo de éstos que algunos saben manipular en su provecho) ni que, incluso los más creyentes en los presupuestos de la economía liberal reconocen que el suelo (especialmente el suelo destinado al mercado inmobiliario) admiten que tiene un comportamiento que no responde a sus sacrosantas leyes de oferta y demanda (se denomina rigidez). Pero no nos desviemos hacia esas argumentaciones y bástenos establecer que, con mayor o menor rigor conceptual, existe una concepción mayoritaria del derecho de propiedad que entiende que la potestad del propietario es absoluta y su ejercicio (pasar de la potencia al acto) y consiguiente realización económica (el cuánto vale la propiedad) se resuelve en las condiciones concretas del mercado en cada momento.

Desde su concepción, los privatistas liberales entienden que el planeamiento urbanístico, cuya función esencial es decir si en unos terrenos se puede edificar y cuánto, es una interferencia dañina en el "libre" ejercicio de su potestad absoluta, hasta el punto de que los más radicales (de esos quedan pocos) llegan a afirmar que debería dejarse a cada uno que pudiera edificar cuando, como y cuanto quisiera en sus terrenos porque ya se ocupa el mercado de regular y ordenar las eventuales distorsiones. Claro que no todos los terrenos son igualmente edificables, pues nos hemos acostumbrado a que las viviendas (y los demás productos inmobiliarios) dispongan de unos servicios mínimos que, por su propia naturaleza, son de carácter comunitario. Mi finca tiene que tener un viario que le de acceso y por el que se canalicen una serie de infraestructuras que abastezcan a los futuros edificios de tales servicios (agua, saneamiento, electricidad, etc); además, no estaría mal que en el entorno haya algún que otro parque, colegios, un centro de salud y otras dotaciones similares. Pues que las haga el Estado (el ayuntamiento, para ser más precisos), piensan muchos, que para eso pagamos impuestos. Pero los impuestos los pagamos todos lo que equivale a que somos todos los que estamos dando a los terrenos privados la potencialidad de ser edificables que se traduce en un mayor valor económico de éstos que se pertenece, por principio, a sus propietarios. Ante la evidencia de este hecho, y aunque sea a regañadientes, los privatistas liberales en la actualidad admiten, si bien con algunas reservas, que estas "externalidades" deben imputarse como cargas a su derecho. Esta concesión (los tiempos cambian y ya no estamos en el feudalismo) no menoscaba un ápice su convencimiento sobre el carácter absoluto de su derecho sino que más bien lo refuerza. Por supuesto que puedo hacer en mi finca lo que quiera, máxime cuando estoy dispuesto a gastar dinero para dotarla de los servicios que legalmente se exigen. Salvado el principio, se dedican luego a discutir la cuantía de esos servicios (siempre a la baja) y a distinguir situaciones en las que deben quedar libres de tales cargas. Por ejemplo, bien está que urbanice mis terrenos rústicos, pero no tengo por qué pagar nada por edificar en mi solar que está en una ciudad con todos los servicios que, como son de todos, también son míos.

Lo que pasa es que hasta quienes así piensan se ven obligados a admitir que, por más que la propiedad privada deba entenderse intrínsecamente plena, hay que limitar su ejercicio, aunque sólo sea porque somos muchos, los recursos escasos y hace falta un poquillo de orden. O sea que, de nuevo a regañadientes, han de aceptar el planeamiento como mal necesario. Pero, fieles a su postura "filosófica" plantean un órdago a los principios sobre los que hasta entonces se basaba el régimen de derechos y deberes de la propiedad inmueble y en 1998 aprueban una Ley que declara que todo terreno rústico sobre el que no concurran razones "objetivas" para su preservación ha de considerarse urbanizable. No se les puede negar coherencia y hasta un cierto grado de audacia (por fin hemos tenido cojones para imponernos a los rojos en el terreno de las ideas urbanísticas). Fieles a su concepción, trataron de que todo propietario de fincas rústicas pudiera obtener todo el valor que le pertenece que sólo le podría ser denegado en el planeamiento si éste demostraba (harto difícil) que esos suelos debían ser protegidos de la urbanización. Que yo sepa, pocos municipios aplicaron este precepto con todas sus consecuencias y supongo que el daño que haya producido sobre el sufrido territorio español no habrá sido demasiado. Sin embargo, aunque los ayuntamientos no lo pusieran en práctica, de no haberse derogado esa Ley, sus efectos dañinos habrían podido manifestarse acumulativamente por la vía jurisdiccional. Apunto sólo dos posibles líneas contenciosas: cualquier propietario que quedara en rústico podría obtener de un Tribunal la reclasificación de sus terrenos argumentando la más que probable identidad de éstos con algunos otros que hubieran sido clasificados en el Plan. Pero la segunda posibilidad es más peligrosa, si el derecho de propiedad lleva intrínseco el poder edificar (y patrimonializar las plusvalías derivadas de la clasificación de suelo urbanizable), un propietario cuya finca hubiera sido mantenida en suelo rústico tendría el derecho de exigir la indemnización por esa "expropiación parcial", en la medida en que el plan le ha "desposeído" de parte del valor intrínseco de su propiedad.

Hay que decir que los urbanistas peperos que parieron esa Ley, entusiasmados supongo con la esplendorosa dinámica inmobiliaria española, argumentaron que gracias a ellos se aumentaría la oferta de suelo edificable con lo cual, por la idolatrada y mal entendida Ley de la oferta y la demanda, bajarían los precios de los terrenos y, consiguientemente, la vivienda sería más barata. Pese a lo rudimentario de esta tesis, cuya falsedad está más que sentada tanto en la teoría como en la práctica, durante aquellos años yo alucinaba oyendo a tamaños zopencos encorbatados defendiendo esos peregrinos argumentos y dudaba si se trataba de subnormales o de cínicos.

La Ley, como ya he dicho, ha sido derogada pero ni mucho menos la concepción privatista de la propiedad que subyacía en ella y que persiste en la mentalidad de una gran mayoría de los españoles. Esa concepción (para que luego digan que las ideas son inofensivas) es la que justifica y explica la voracidad de nuestro urbanismo, el destrozo de nuestro territorio, la cutrez miserable y fea de nuestras ciudades. Y también, claro está, la corrupción y los pelotazos.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

viernes 25 de septiembre de 2009

Pelotazos urbanísticos

El término pelotazo se ha ido generalizando en los medios de comunicación durante los últimos años, tanto que, según me entero, hay una propuesta en la RAE de añadir una cuarta acepción en el diccionario (el vocablo ya existe con significados que apenas se usan) que lo definiría como "operación económica que produce una gran ganancia fácil y rápida". Esta definición, que responde adecuadamente al uso habitual que se hace del término, es en principio independiente de la naturaleza de la operación. Por ejemplo, una compra de acciones bursátiles a bajo precio justo antes de una fuerte alza de la bolsa y la inmediata venta posterior sería un ejemplo perfecto de pelotazo. Sin embargo, el pelotazo por antonomasia, o al menos el más popular en los periódicos, es el urbanístico que, en este lenguaje de escaso rigor técnico, vendría a ser la compra de un terreno rústico (no urbanizable) a muy bajo precio que enseguida se "recalifica" en urbanizable por el ayuntamiento correspondiente y aumenta sustancialmente de valor. La operación económica es, como en el caso de las acciones, una compra y una posterior venta; la diferencia (muy relevante) es que la subida de precio es en el primer caso debido a las escasamente controlables dinámicas bursátiles mientras que en el segundo obedece a la acción concreta de unos pocos que tienen la capacidad de cambiar el planeamiento vigente: reclasificar (que no recalificar, como suele decirse) unos terrenos con el régimen de suelo no urbanizable al del suelo urbanizable.

Pelotazo, como denota su desinencia, es un término peyorativo y, efectivamente, lo consideramos algo malo porque no nos parece ético que se gane mucho dinero de forma fácil y rápida. Supongo que en nuestras "estructuras ideológicas" debemos tener inscrito el mantra de que el dinero ha de ser proporcional al esfuerzo empleado en ganarlo y, por más que asistamos continuamente a realidades que lo niegan y hasta que se dignifiquen los modelos de conducta que cabría considerar propios de la "cultura del pelotazo", pienso que la mayoría seguimos teniendo en nuestras mentes un núcleo que se resiste a aceptarlas como éticamente correctas. Como ejemplo pertinente a tal respecto, comentaré que, en mi opinión, unos de los factores más importantes del desencanto de muchos con el primer o segundo gobierno socialista pudo haber sido el elogio "oficial" hacia el enriquecimiento rápido por parte del Ministerio Solchaga, animándonos a aprovechar el boom económico de los ochenta. Ahora bien, el pelotazo urbanístico (el pelotazo por excelencia) se ha convertido en el más denostado de todos. Los artífices de ello han sido fundamentalmente los periodistas y sus motivos distan mucho de ser loables; si les gusta tanto cebarse con las "recalificaciones" no es sino porque en estas operaciones andan siempre liados políticos, cargos públicos municipales y/o autonómicos que son los que tienen que dictar resoluciones mediante las cuales se aprueban las correspondientes modificaciones del planeamiento.

Ahora bien, hay algo que nunca cuentan los periodistas, sea porque lo ignoran o porque explicarlo devaluaría el componente "escandaloso" de la noticia reduciendo su interés mediático (y ambas explicaciones dejan en mal lugar a los "profesionales de la información"). Eso que no se explica es que el sistema legal urbanístico español (el de todas las comunidades autónomas) se basa en el pelotazo. Para ser más preciso, el crecimiento de las ciudades españolas (al menos el crecimiento ortodoxo, según el modelo derivado del marco legal) se basa en convertir terrenos rústicos en suelo urbanizable, reconociendo a los propietarios de dichos terrenos el derecho al aumento de precio de los mismos. Se supone que ese incremento de valor se concede a los propietarios a cambio de que urbanicen (y cedan los viarios y espacios destinados a dotaciones públicas, además de un 10% de ese aprovechamiento urbanístico). Todas las legislaciones urbanísticas del Estado, al definir el régimen jurídico del derecho de propiedad de los suelos urbanizables, reconocen el derecho de los propietarios de tales terrenos a patrimonializar esos aumentos de valor derivados directamente de la clasificación urbanística (una vez cumplidos sus deberes de urbanización y cesión). Sólo se exige que esos aumentos de precio (aprovechamiento urbanístico) sean aproximadamente iguales para todos los propietarios que queden en el mismo régimen jurídico dentro del municipio. Dicho en términos periodísticos: que el derecho al pelotazo sea más o menos el mismo para cualquier propietario que tenga la suerte de que sus terrenos rústicos se clasifiquen como urbanizables. Los que no tienen esa "suerte", pues se joden.

En un lenguaje algo más técnico el incremento de precio, esa ganancia fácil y rápida a que se refiere la definición de pelotazo, se denomina plusvalía. Plusvalía, según el DRAE, significa "acrecentamiento del valor de una cosa por causas extrínsecas a ella". La cosa es el suelo, la finca rústica que pasa a ser urbanizable. Su incremento de valor se debe ciertamente a una causa extrínseca; mientras el suelo es rústico y sólo puede dedicarse a aprovechamientos de naturaleza primaria (a veces ni a esos), su precio depende de factores intrínsecos (el rendimiento agrícola de los terrenos, por ejemplo) o de inversiones realizadas por el propietario para mejorar aquéllos. El valor del terreno así calculado es el que reconoce la Ley como cuantía económica del derecho de propiedad inmueble y, en teoría, es el básico que se utiliza para expropiar terrenos no urbanizados destinados a usos públicos (carreteras, por ejemplo). En cambio, el valor de esos mismos terrenos, exactamente en la misma situación física, inmediatamente clasificados como urbanizables por un plan municipal aumenta (y mucho). ¿Por qué? Pues simplemente porque el precio ya no se calcula en función de los rendimientos agrícolas (intrínsecos) sino como componente residual del valor de venta de los productos inmobiliarios (viviendas, oficinas, comercios) que podrán construirse una vez urbanizados (a veces incluso antes de urbanizarse). Creo que es bastante obvio que la causa de ese incremento de valor es extrínseca, no depende del terreno en sí (ni tampoco de los esfuerzos "legítimos" de su propietario) sino de una decisión administrativa que, en teoría, pretende resolver necesidades públicas, y, por tanto, ha de calificarse con todo rigor de plusvalía.

Como ya he dicho, estrictamente hablando, en nuestro marco jurídico las plusvalías no forman parte "intrínseca" del derecho de propiedad. Sin embargo, una vez creadas (gracias a la acción pública del planeamiento, insisto), la misma Ley reconoce el derecho de los propietarios a incorporarlas a su patrimonio, como "compensación" del cumplimiento de una serie de deberes. Estos deberes suponen, claro está, coste económico pero, en la práctica totalidad de los casos, estos costes son enormemente inferiores a la cuantía de las plusvalías. Importa aclarar, por si alguien puede confundirse, que estas plusvalías nada tienen que ver con los beneficios de las actividades económicas de la promoción inmobiliaria. Una vez clasificado el suelo como urbanizable, sin que el propietario haya gastado un duro, aumenta su precio. Luego aumentará más todavía, pero esos siguientes incrementos obedecen (al menos en teoría) a los beneficios de las actividades de urbanizar o construir. Si alguien se mete a promover un edificio de viviendas lo hace obviamente porque espera ganar dinero y ese margen de rendimiento es el motor de esta actividad productiva, como de cualquier otra. La plusvalía urbanística, en cambio, no está vinculada a ninguna actividad productiva y, de hecho, es una rémora para el promotor ya que le incrementa los costes de adquisición del insumo básico de su negocio, el suelo que ha de urbanizar y construir. Ya puestos, a nadie se le ocultará que el alto precio de las viviendas (o cualesquiera productos inmobiliarios) tiene mucho que ver con estas plusvalías, con la existencia del pelotazo institucionalizado; pero ese es otro asunto en el que ahora prefiero no entrar.

Así pues, las plusvalías existen y son intrínsecas a un sistema legal que reconoce que se las apropien los dueños de los terrenos que han pasado a ser urbanizables. Si a ello le sumamos que la cuantía de las plusvalías, especialmente en ámbitos geográficos de fuerte dinámica inmobiliaria, es muy alta, mucho mayor que los márgenes de beneficio de la actividad promotora inmobiliaria, es fácil entender que el sistema en sí mismo ha de propiciar necesariamente las apetencias de los propietarios de terrenos rústicos para que se les clasifiquen sus terrenos. Y, por la misma lógica, también la proliferación de "personajes" dispuestos a "invertir" en la compra de terrenos rústicos (a precios más altos que los que corresponden a sus rendimientos pero mucho menores a los que alcanzarán una vez urbanizables) y en la compra de voluntades políticas que se traduzcan en las convenientes modificaciones de los planes. Todo ello ocurre, quede claro, no porque los seres humanos seamos muy codiciosos o malvados (que también, pero esos son los datos de partida), sino por las dos razones ya expuestas: que se reconoce el derecho a privatizar las plusvalías generadas por una acción pública y que esas plusvalías son muy altas, tanto como para ser capaces de movilizar muchos intereses.

Por tanto, y es lo que quería establecer con este post, no nos escandalicemos demasiado por las actuaciones de los protagonistas de los pelotazos urbanísticos, sino entendamos primero que el pelotazo está inscrito en la propia lógica del sistema. Sólo entonces podremos plantearnos líneas de actuación para resolver este asunto que, desde luego, no es nada bueno ni desde el punto de visto ético ni desde el económico (salvo, claro está, para el beneficiario del pelotazo). Pero antes de referirme a esas posibles líneas de actuación anti-pelotazo (que ni siquiera requerirían alteraciones legales significativas), es necesario tocar algunos otros aspectos que complican el problema. Por citar un par de ellos a modo de tareas de reflexión para mis lectores, diré en primer lugar que se piense hasta qué punto los españoles, tan apegados históricamente a la propiedad inmueble, asumen de verdad que las plusvalías no forman parte intrínseca de su derecho. Esta cuestión no es baladí y de hecho, por mucho que digan las leyes, uno de los dos principales partidos de nuestro país, aunque con medias palabras, defiende una concepción privatista de las plusvalías inmobiliarias. Otro asunto interesante para preguntarse es por qué nunca se cuantifican (en euros) las plusvalías, cuando es algo relativamente sencillo; en mi opinión, esta actitud oscurantista respecto al dinero (tan característica de la cultura castellana) contribuye poderosamente a la cultura del pelotazo. En fin, podría apuntar algunas cuestiones más pero, como siempre, ya me he alargado demasiado y, para colmo, con un tema que sé que es aburrido para la mayoría (a mí es que me toca en mis quehaceres profesionales y en estas últimas semanas ando justamente montando algunos mecanismos que inciden en estas cuestiones en el Plan que dirijo).

CATEGORÍA: Política y Sociedad

miércoles 23 de septiembre de 2009

Hablar con chasquidos

Según la wikipedia, en el mundo se hablan unas 460 lenguas nativas. La conocida publicación The Ethnologue, por su parte, contabiliza en su decimosexta edición (2009) hasta 7.358 idiomas distribuidas en 99 familias; además, para cada una de estas lenguas indica los lugares en donde se habla y el número de hablantes. Obviamente, las cifras son tan diferentes que no valen para mucho, aunque sin duda parece más fiable la segunda, máxime cuando en la mayoría de textos que he leído que se referían a este asunto cifraban el número de idiomas hablados en torno a los cinco mil.

En todo caso, "contar" lenguas no debe ser nada fácil porque de entrada implica individualizarlas, trazar la elástica frontera entre lengua y dialecto. Luca Cavalli-Sforza decía en 1993 que dos lenguas son distintas cuando sus hablantes no pueden entenderse; si en cambio hay diferencias que no afectan sustancialmente a la comprensión mutua, entonces serían dialectos. El mismo autor usa una analogía con la definición tradicional de "especie biológica"; así, de la misma manera que dos animales son de la misma especie cuando pueden reproducirse entre si (y sus crías son fértiles) o, lo que es lo mismo, cuando pueden transmitir información genética, dos hablas son la misma lengua cuando permiten la transmisión de ideas entre sus usuarios. Las diferencias "dialectales" entre las hablas serían, siguiendo la analogía, variaciones menores (como la raza, por muy impreciso y erróneo que sea el término) que reflejan la "biodiversidad" de la especie.

Naturalmente, si bien la anterior me parece una buena definición conceptual, adolece de graves problemas para su aplicación práctica. Porque, claro, lo de entenderse mutuamente es bastante ambiguo; entenderse, sí, pero ¿hasta qué punto? Por ejemplo, no creo que sea discutible que el habla canaria y la de Valladolid sea la misma lengua, por más que en Canarias haya abundantes palabras que no se usan en Pucela y también algunas diferencias fonéticas significativas. Y el castellano de Perú, por referirme a mi experiencia personal, seguimos considerándolo castellano, aunque cuando con dieciséis años desembarqué en Lima y me costaba un mundo entender lo que me decían llegué a ponerlo en duda. Asimismo, mal que les pese a algunos valencianos, su habla es el mismo idioma que el catalán, si aceptamos el criterio de la inteligibilidad mutua. Pero, ¿son el portugués y el castellano idiomas distintos cuando los hablantes de cada uno de ellos pueden entenderse "suficientemente"? Y así podríamos hacer una lista de lenguas "distintas" con relativa inteligibilidad mutua. Al final, supongo, a partir de esa definición conceptual necesariamente ambigua, lo que harán los taxonomistas del lenguaje es llegar a acuerdos (con mayor o menor facilidad) sobre a qué hablas atribuyen el título (parece que más honorífico) de lenguas y a cuáles otras las relegan a la categoría subordinada de dialectos.

Algo parecido ocurre con las agrupaciones de las lenguas en familias y superfamilias, aunque en este caso aparecen ya criterios algo más objetivables que tienen que ver con la evolución de nuestra especie y sus avatares prehistóricos. El estudio de la evolución de las lenguas y sus diferenciaciones a lo largo del tiempo, desde que hace unos 100.000 años unos pocos individuos empezaron a hablarse y a expandirse y separarse entre sí, es una de las herramientas más fructíferas para comprender cómo hemos llegado a ser lo que somos. De hecho, la diferenciación lingüística va muy emparejada a la diferenciación genética de los humanos, y así ha sido considerado desde los inicios científicos de la evolución (contemporáneamente a Darwin, August Schleicher planteó por primera vez teorías muy similares a las biológicas referidas al lenguaje). Tanto es así que, como muy amenamente cuenta Cavalli-Sforza, en la investigación de nuestra evolución, junto con la arqueología, las investigaciones lingüísticas y genéticas se van corroborando mutuamente como, por otra parte, era de esperar.

Pero a lo que iba con este rollo introductorio (supongo que es fácil adivinar que acabo de leerme un libro sobre el tema, el "¿Quiénes somos?" de Cavalli-Sforza) es a que me he quedado admirado tanto con la "homogeneidad estructural" de los muchísimos lenguajes humanos como con la diversidad de éstos (y no es contradictorio). Una de las lenguas más curiosas, en realidad una familia de lenguas, es el khoisan (en español se denominan joisanas), hablada en Africa suroccidental (en Sudáfrica, Namibia, Botswana y Angola). Son habladas por dos grupos étnicos que en mi adolescencia (libros de viajes y aventuras) se llamaban bosquímanos y hotentotes y que se caracterizaban hasta hace poco (y creo que todavía) por ser predominantemente cazadores-recolectores. Las lenguas khoisan, habladas todavía por unas trescientas mil personas, son sin duda muy antiguas y han conservado, como vestigios, algunas características fonéticas singulares. De todas éstas, las más extrañas (creo que son únicas) son unas "consonantes" que se pronuncian como chasquidos (clicks en inglés). Según leo en la wiki, en algunas de las lenguas de esta familia, existen hasta treinta "chasquidos" distintos, lo cual hace que el sonido de las mismas resulte absolutamente peculiar (y a la vez inconfundible), tanto que nos cuesta creer que estén hablando un idioma "codificado" porque más parece un ejercicio de inventiva fonética.

Cuando me enteré de la existencia de este idioma, la descripción de sus singularidades no me bastó y, como es natural, quise "oírlo". Gracias a internet es facilísimo encontrar archivos sonoros (además de cuanta información se quiera al respecto) y basta teclear khoisan en Youtube para acceder a numerosos videos en este idioma. Entre ellos, hay unos muy entretenidos en los que unos profesores de Namibia explican las rudimentarias bases de su idioma (el Khoekhoe o Nàmá) que es la más popular de esta familia lingüística, con más de un cuarto de millón de hablantes. Acompaño a este post el primer video de este curso (recomendable para quienes vayan a viajar a Namibia) en el que justamente enseñan los sonidos de las cuatro consonantes click (no son treinta, afortunadamente). A quién le interese no tiene más que ver en Youtube el resto de lecciones.


martes 22 de septiembre de 2009

Muertes

Hoy ha sido día de funeral. Ayer por la tarde, en medio de una reunión de trabajo en Madrid, me telefoneó mi ex para decirme que acababa de morir el abuelo de su hijo (al que considero también como mío). Me quedé de piedra porque no sabía nada. Hará poco más de un mes, en una revisión rutinaria, le dijeron que convendría ponerle un by-pass y casi enseguida le operaron. Era un hombre de setenta y cinco años, del sur de la isla, que nunca había estado en un hospital. La intervención fue bien, aunque él se quejaba de dolores al respirar y le costaba mucho dormir. De hecho, la vez que fui a visitarlo se había quedado dormido viendo la tele, de tan cansado que estaba. Le dieron el alta y volvió para casa, con algunas molestias leves. La última vez que hablé con mi hijo, la mañana del sábado 5, me contó que había tenido una leve taquicardia pero que ya estaba bastante bien y parecía que se iba recuperando.

Pues resulta que esa misma noche sufrió un ictus. Estuvo ingresado dos semanas durante las cuales empezaron a fallarle progresivamente el sistema vascular, el respiratorio y el cerebro. Yo no supe nada; nadie me llamó ni yo, la verdad, volví a interesarme por su estado, convencido de que estaba en su casa y, por otro lado, inmerso en la vorágine de trabajo de la que no tengo modo de escapar. La noticia, como ye he dicho, me impactó. Era un hombre bueno, muy tranquilo y generoso, en cuya casa he estado multitud de veces como un hijo más. Esta mañana, después de un madrugón para coger el primer avión a Tenerife, llegué a mi casa para bajar con mi ex a Granadilla, el pueblo donde ha sido el velatorio, el funeral y el entierro. Acabo de regresar hace un rato, muy impresionado por el dolor de todos (su viuda está absolutamente destrozada) y por la enorme cantidad de gente que lo quería.

Pero además hoy me he enterado de otra muerte ocurrida hace unos meses que también me ha descolocado. Se trata de una persona a la que conocí profesionalmente y con la que llegué a tener gran amistad, Enrique Copeiro, ingeniero de caminos. Enrique era un ingeniero singular, además de una bellísima e interesantísima persona. Se dedicaba al estudio de las dinámicas marinas litorales y a las obras costeras. Su cualificación técnica estaba fuera de dudas y todos sus colegas, por más que lo denostaran, le reconocían la máxima autoridad profesional. Pese a su valía apenas pudo llevar a la práctica la multitud de propuestas y proyectos de intervención en numerosos tramos litorales. ¿Por qué? Pues porque el litoral español es "propiedad" de la Dirección General de Costas y Enrique disentía de la forma de hacer de este organismo, de las directrices de "ingeniería dura" (espigones con escolleras ciclópeas con mínimas adaptaciones al lugar) que imponía a quienes querían conseguir un proyecto oficial. Los responsables de costas le tenían tal inquina que negaban cualquier propuesta de ayuntamientos u otras administraciones públicas si estaba elaborada por él. El caso más escandaloso fue un concurso de proyectos para el malecón de La Habana que hacia mediados de los noventa, con excusa de la celebración del centenario de la independencia cubana (y con la verdadera intención de ir situando al capital español con vistas al futuro de la Isla), fue apoyado financieramente por nuestro gobierno. Ganó el proyecto de Enrique con un equipo de urbanistas tinerfeños, pero el Ministerio se empeñó en condicionar la financiación española a que, en vez de ése, se hiciera otro alternativo (bastante peor) redactado por ellos. Al final la cosa quedó en nada porque llegó Aznar y a Cuba "ni agua".

Yo conocí a Enrique a principios de la década pasada, cuando se desplazó a Canarias para colaborar con nosotros en el Plan del Cabildo de mejoras en la costa tinerfeña. Pretendíamos presentar a Costas un repertorio de muchas actuaciones "blandas" para mejorar la accesibilidad al mar, siempre buscando alterar lo mínimo el morfología litoral, los ecosistemas y la dinámica marina y sedimentaria. Por supuesto, todas las propuestas de Copeiro, por más que las peleamos, chocaron con la intransigente negativa del Ministerio. Aun así, muchos de sus trabajos se han convertido en directrices de intervención que pasaron a recogerse en documentos normativos que están vigentes (cuestión distinta es que se respeten como debieran). Hacia finales de los noventa, Enrique se mudó a Gran Canaria y allí desarrolló una intensa actividad de apoyo y asesoramiento en casi todas las broncas de defensa de la costa de esa isla; si se busca en internet, su nombre aparece en varias páginas de grupos ecologistas y asociaciones ciudadanas preocupadas por el litoral.

Mientras estuvo en Tenerife, como ya he dicho, mantuvimos una relación bastante intensa que, de lo profesional pasó rápidamente a la amistad, tanto que durante un par de años estuvo viviendo en un apartamento que yo tenía en una urbanización cercana a Santa Cruz. Nos veíamos frecuentemente y gastábamos muchas horas en largas conversaciones. Tanto mi mujer como yo le teníamos un gran aprecio y disfrutábamos con su actitud ácrata y apasionada. Luego le visitamos un par de veces en su casa rural de Firgas, en el norte de Gran Canaria, donde vivía con su compañera. Le teníamos mucho cariño, aunque cada vez nos viéramos menos.

La última vez que hablé con él fue hacia 2004. Mi ex acababa de salir de una mastectomía por un cáncer de mama y le tocaba empezar con la quimio. Enrique tenía un cáncer desde hacía muchísimos años (era por la zona abdominal, pero no recuerdo con precisión los órganos afectados). En su momento, los médicos lo habían desahuciado dándole como única alternativa, con pocas probabilidades de curación, un tratamiento agresivísimo de quimio y radio. Él se negó y no quiso saber nada más de médicos. Nos dijo que se curó él mismo ordenando a sus células que dejaran de reproducirse patológicamente. Siguió siempre con problemas y molestias, de intensidad variable, pero cuando nos lo contaba llevaba casi treinta años sin haberse muerto como habían asegurado los médicos. Cuando supo que mi mujer tenía cáncer nos llamó para insistir en que no se sometiera a la quimio, pero lo hizo con su apasionamiento habitual y, lo que me dolió mucho, acusándome de que yo la estaba forzando contra su voluntad a recibir ese tratamiento. Fue muy agresivo conmigo en esa conversación y aunque traté de reconducirla no quiso escucharme. Ahora, enterado de su muerte, me quedo con la tristeza de que esa haya sido la última vez que hablé con él. Y es que, aunque a lo largo de estos últimos cinco años a veces lo he recordado, lo cierto es que no he hecho ningún intento de contactar, seguramente porque todavía me quedaban posos de esa conversación. Ya no habrá una nueva ocasión.

La noticia de su muerte me la ha dado mi ex mientras bajábamos en coche al funeral. Lo curioso es que ella lo ha sabido buscando en internet para comprobar una intuición que le había asaltado hace unos meses. Estaba en Gijón, me ha dicho, viendo unas obras en la costa que le recordaron algún proyecto de Enrique y al querer comentárselo a los amigos con los que estaba, sin pensarlo, le salió hablar de él en pasado porque sintió que había muerto. Yo, hace un rato, he hecho el mismo ejercicio de verificación y también he buscado información en la red sobre Copeiro, sin encontrar nada personal, ninguna reseña de su vida y obra, sólo referencias indirectas. Luego he llamado a un amigo que trabajó con él quien me ha contado que murió hace ya unos siete meses, con un tumor que lo estaba ahogando. También me ha dicho que, pese a lo mucho que se desvivió por tanta gente y en tantas guerras, a su funeral fueron poquísimas personas. Yo desde luego habría ido.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

lunes 21 de septiembre de 2009

Paréntesis dilatorio

Sueñan los tropezones de la sopa, mis ojos entrecerrados con el dulce escozor del letargo. Son ya las once de un lunes de paréntesis forastero, sólo restan dos horas para acabar la espera. Escarbo en las quejas doloridas de mis músculos, los repaso en deleite que podría ser morboso, y así, casi sin quererlo, se acallan los pensamientos. Tras la puerta sigue el mundo, ruidos de órdenes cotidianos, de los empeños siempre repetidos y siempre inútiles; buscar sentidos y no son más que tintineos de cucharas.

Hace casi quinientos años llegó el primer clavel, regalo de amor en Granada. Y a Granada en triste procesión volvió demasiado pronto la bella y prudente reina, ¿taparían los claveles con su aroma el hedor progresivo del cadáver? Inspiro con fuerza para desatascar mi olfato, el aire está cargado, se apelmaza todo en la perezosa desgana de esta espera. Sin embargo, al otro lado de la ventana, la pared refleja un sol alegre.

Necesito de todos mis reflejos, activar la atención al máximo, y la memoria, y el sentido común, y la lógica, y la previsión, y la paciencia, y la sagacidad. Tengo que no meter la pata y ser capaz de establecer conclusiones precisas, no dejar cabos sueltos por los que, inevitablemente, se colarán los errores inminentes. Dios está en los detalles, dicen, pero también el diablo. Así que, despierto, vigilante, tenso por dentro y relajado por fuera.

Mientras escribo estas nonsenses el sopor va cediendo. Se retira resentido a ese espacio secreto detrás de los ojos, agazapándose para volver en cuanto le deje. Cuesta tanto no aceptar sus tentaciones. Pero no podrá a ser hasta la noche. Ahora he de deshacer el paréntesis y ponerme en marcha.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

jueves 17 de septiembre de 2009

La calle San Agustín en La Laguna

Peatonalizar una calle suele tener como uno de sus efectos la revalorización visual de su arquitectura y esto es especialmente notorio en los centros históricos. Terminadas las obras y sus insufribles molestias, pareciera que de pronto los viejos edificios ganan en presencia, se nos muestran de nuevo en toda su belleza. Es sorprendente la capacidad del asfalto y del tráfico para afear el entorno; el plano negro del suelo lleno de vehículos aparcados y moviéndose se nos impone abusivamente sobre la percepción de los paramentos verticales que, en teoría, son los definidores básicos de la "escena urbana". Tan acostumbrados estamos a la dictadura cotidiana del automóvil en nuestras ciudades que ya ni nos damos cuenta y sólo cuando los coches han desaparecido descubrimos que esas calles son mucho más que canales de movilidad, sólo entonces oímos con la vista tanto que nos dicen, si es que nuestra sensibilidad no ha quedado ya definitivamente embotada. Me atrevería a decir que la ciudad, en su más noble concepción de espacio de socialización, es incompatible con los coches en muchos aspectos y el funcional no es el mayor de ellos. Claro que en la actualidad, desde hace ya demasiadas décadas, esta oposición se ha decantado del lado del tráfico (con nuestro generalizado beneplácito, no vayamos a echarle toda la culpa a nuestros ediles) con el resultado inevitable, entre otros, de apagar en un ominoso enmudecimiento el alma de las calles y, consecuentemente, empobrecer las nuestras.

La Laguna, fundada a finales del siglo XV, posee un centro histórico de notable belleza y valor cultural (patrimonio de la humanidad desde 1999, por más que este título esté demasiado teñido de politiquería). Esta ciudad concentra seguramente la mayor densidad de historia del archipiélago que, sedimentada en sus espacios públicos y edificios, es la que insufla su alma. Durante la segunda mitad del siglo pasado, el negocio inmobiliario y el "progreso" se han ocupado de ir matando ese alma. Demoliciones de casas viejas para ser sustituidas por anodinos, cuando no espantosos, edificios ajenos a las más elementales pautas de la morfotipología lagunera han destrozado irremediablemente gran parte de la arquitectura. Simultáneamente, las calles se iban adecuando para servir al nuevo dueño y señor, rompiéndose las relaciones vivificadoras, el diálogo a través del cual se manifiesta ese alma de la ciudad, entre los planos horizontales y verticales. Por fortuna, no se demolió tanto como en otros sitios; o al menos quedan suficientes edificios para poder recuperar la esencia lagunera.

En julio de 2005 se aprobó definitivamente el Plan Especial de ordenación del Conjunto Histórico. No pretendo hacer una valoración sobre su calidad técnica; en su momento fue muy contestado, principalmente por quienes se arrogan títulos de defensores de los valores culturales de la ciudad y que, desde sus pequeños feudos (la universidad y departamentos de la Administración competentes para "velar" sobre el patrimonio), protestan y se escandalizan ante casi todo pero casi nunca proponen acciones positivas. Hay, por supuesto, luces y sombras, pero lo que no creo que nadie mínimamente honesto pueda negar es que el Plan y, sobre todo, la actividad de la oficina de gestión que se constituyó, hayan contribuido notablemente a que en estos últimos años el casco lagunero haya mejorado muy significativamente. El corazón de la ciudad ha empezado a despertarse y eso no sólo se ha manifestado en la recuperación física y estética de su cuerpo material (edificios, calles, plazas) sino también en la revitalización de sus actividades (han aparecido nuevos comercios, aumento de la residencia) con el consiguiente incremento de la apreciación de los laguneros y visitantes por su ciudad. Es, perdóneseme la insistencia, como si ese alma agonizante fuera reviviendo.

El último ejemplo, todavía sin acabar, ha sido la peatonalización de la calle San Agustín (antigua calle Real). Se han levantado las estrechas y cutres aceras y el horrible asfalto para sustituirlo por un pavimento de losas pétreas. En mi opinión, una obra muy poco ambiciosa y de escasa calidad estética; podría haberse hecho un proyecto mucho mejor. Ahora bien, ha bastado tan elemental actuación para cambiar radicalmente la imagen de estos escasos seiscientos metros y hacer "aparecer" la maravillosa arquitectura que flanquea esta calle. Mi oficina está justamente en una calle paralela a San Agustín y el tramo que delimita la cara opuesta de mi manzana es el primero que se ha abierto al tránsito, que no tráfico. De repente, el Palacio Lercaro, la Casa Montañés o la de los Jesuitas, por citar sólo los "monumentos" más relevantes de ese tramo, se nos muestran como si antes no estuvieran ahí, nos empiezan a hablar, contentos de haber recuperado la voz tantos años amordazada. Es verdaderamente sorprendente cuánto puede transformarse (para bien) un pequeño espacio, apenas un tramo de 75 metros, con el simple hecho de suprimir los coches y quitar el asfalto.

Pero, como no todo van a ser elogios, tengo que dejar constancia de la mala leche que me ha producido un aspecto concreto de la intervención. Me refiero a las tapas de registro de las infraestructuras de servicio (tuberías de agua, de desagüe, cables telefónicos, eléctricos, etc). Esas espantosas tapas metálicas de la más heterogénea variedad de formas y dimensiones que se van colocando sin ningún concierto por toda la superficie de la calle. Es más que evidente que, pese a que se hizo una tremenda excavación y se removieron todas estas "tripas", a nadie se le ocurrió poner un poquillo de orden al respecto. El resultado es impresionante: en el pequeño tramo que describo hay la friolera de 113 tapas de registro, una cada 5 m2 de superficie. Es una barbaridad horrible, que desmerece estúpidamente la obra y resalta obscenamente mucho más de lo que lo haría en la fealdad habitual de las calles con tráfico (supongo que antes el mismo número de tapas y uno ni se fijaba en ellas). El otro día, mientras me dolía la vista al contarlas, se me ocurrió que habría que hacer de la necesidad virtud y, ya puestos, pintarlas de colores primarios distintos de modo que el pavimento quedara salpicado por una desordenada lluvia de manchas de policromías chillonas. A lo mejor, se lograba dignificar, mediante el recurso al contraste, el infame impuesto que hemos de pagar a la torpeza (que no a las exigencias de la calidad de vida porque hay soluciones técnicas de sobra para hacer las cosas bien). Me habría gustado entretenerme un rato con el photoshop en colorear las tapas en las fotos que he tomado para ver los efectos de mi idea, pero no ando nada sobrado de tiempo; si más adelante lo hago ya sustituiré las imágenes que ahora cuelgo.


lunes 14 de septiembre de 2009

Fin de semana en El Hierro

Este largo fin de semana (hoy lunes es la fiesta del Cristo de La Laguna y no me tocaba curre) hemos aprovechado para darnos un salto a El Hierro, la más pequeña y occidental isla del archipiélago. Pese a su pequeña superficie (menos de 270 km2), su tremenda orografía la hace parecer mayor y recorrérsela lleva bastante tiempo; de hecho, en estos tres días, nos hemos dejado unos cuantos lugares sin ver. A que aparente más tamaño contribuyen sus viarios, estrechos, de fuertes pendientes y repletitos de curvas. Hay que decir que, desde la última vez que estuve, hará unos diez años, las carreteras han "mejorado" muchísimo. Sin duda, la obra más espectacular ha sido el túnel que une Valverde, la capital, con El Golfo, la vertiente noroccidental de la isla. Antes ese trayecto llevaba más de una hora y actualmente se hace en quince minutos, gracias a un túnel que baja por el acantilado. También he notado que varias de las antiguas carreteras han sido ensanchadas y repavimentadas, pero aun así siguen quedando bastantes pistas sin asfalto, en especial en el interior.

Hasta que se descubrió América se pensaba que El Hierro era el extremo occidental del mundo, más allá del cual se abría el tenebroso océano. En 1634, los franceses situaron en Orchilla el meridiano cero, recuperando nada menos que el antiquísimo criterio de Ptolomeo. Sin embargo, durante los dos siglos y medio siguientes, hubo otros lugares que disputaron a la pequeña isla atlántica es honor y no fue hasta 1884 cuando, en la conferencia de Washington, se adoptó a Greenwich como el punto por el que oficialmente pasa la línea que divide los hemisferios. Hay algunas anécdotas divertidas sobre los avatares del meridiano cero que quizá cuente en alguna otra ocasión. En todo caso, no creo que nadie pueda discutir que habría sido mucho más adecuado mantener El Hierro como línea de referencia, que separa limpiamente Europa y África de América. Si me apuran, quizá fuera mejor la isla de San Antonio en el archipiélago de Cabo Verde (a 25º oeste, en vez de los 18º de Orchilla). Pero no Londres, que deja a casi todas las islas británicas, la costa atlántica francesa, la mayor parte de la península ibérica y al África occidental en un hemisferio distinto al del resto de ambos continentes. Así que a modo de desagravio nos hemos acercado este mediodía hasta el faro de Orchilla, cambiando desde la vertiente del Golfo hasta la del mar de las Calmas por un paisaje de coladas lávicas de una espectacularidad grandiosa.

Y ya que hablo de paisajes, qué decir de El Hierro sino que merece muchísimo la pena para maravillarse ante ese territorio todavía tan poco destrozado. El negro volcánico se contrasta con los pinares de las laderas y el mar de una limpidez extraordinaria. Mi ex mujer la llamaba la isla surrealista (tenía un adjetivo para cada una de las siete) y, ciertamente, algo de onírica tiene. Quien busque playas que vaya a Fuerteventura, porque aquí lo que hay son "charcos", someramente adaptados para acceder al mar (Costas, al menos en esta isla, ha actuado con buenos criterios). Después de todo, para qué se necesitan playas inmensas si afortunadamente hay poco turismo (y nada masificado) y apenas una población de diez mil habitantes. Por ejemplo, la cala de Tacorón, donde pudimos darnos un chapuzón que nos supo a gloria. Un par de horas antes habíamos almorzado camarones, sopa de marisco y viejas, todo delicioso y fresquísimo, en las mesas puestas en una callecita peatonal de La Restinga (el paraíso del submarinismo).

En fin, que me lo he pasado estupendamente; he podido desconectar (lo necesitaba) y espero que cargar pilas. La verdad que a veces me pregunto que por qué no haré escapadas más frecuentes a las otras islas, apenas a cuarenta minutos de avión. En ésta he vuelto a fantasear con pasar temporadas más o menos largas, disfrutando de la tranquilidad y aprovechando para leer y escribir (lástima que la conexión a internet no sea demasiado estable). Pero no me enrollo más que este post era sólo para aprovechar y colgar algunas fotitos (no demasiado buenas pero es que no termino de cogerle el tranquillo a mi maquinita nueva).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

jueves 10 de septiembre de 2009

Los congresistas y las putas

Con motivo de las recientes polémicas sobre la regularización de la prostitución, después de oír las joyas demagógicas de nuestros preclaros líderes, acabo de leer el Informe de la ponencia de las Cortes Generales sobre la prostitución en nuestro país, aprobado el 13 de marzo de 2007. El encargo que se le hizo a esta ponencia era elaborar "un diagnóstico sobre la situación actual de la prostitución en nuestro país, concretando orientaciones y propuestas transversales que se deban desarrollar en todos los ámbitos". En mi opinión, el informe está plagado de imprecisiones y de un fortísimo sesgo apriorístico que se manifiesta principalmente en premisas que se asumen como verdades evidentes sin ninguna justificación y en confusiones interesadas entre cosas que, si bien muy relacionadas, no son intrínsecamente lo mismo. De otra parte, se percibe una preocupante falta de datos sobre la realidad que quieren diagnosticar y, además, los datos (cuyas fuentes no se aportan) son cuando menos de fiabilidad bastante sospechosa.

La confusión (¿interesada?) más repetida es la equivalencia entre prostitución y tráfico de mujeres. Importa aclarar que esta última actividad, a diferencia de la primera, está penada en nuestro país, si bien parece que a la policía le resulta muy difícil conseguir pruebas incriminatorias. Sin ninguna duda, traficar y explotar económicamente a las mujeres, como cualquier otra actividad contra la libertad de los seres humanos, debe perseguirse. También puedo creerme que la gran mayoría de las 400.000 mujeres que en España se dedican a la prostitución (una por cada 38 varones en edad de ser clientes potenciales) lo hacen "forzadas" (los datos, por supuesto, provienen del informe y ya digo que me resultan sospechosos, máxime tras pasarme un ratito "jugando" con ellos). Ahora bien, de esta grave situación no es lícito asimilar prostitución y tráfico de mujeres, que es el tenor del mensaje que insidiosamente va destilando el informe. Conscientes de que la insistencia en alto porcentaje de mujeres que son forzadas a prostituirse (porcentaje que, por cierto, nunca cuantifican) no bastaría para que todos nos convenzamos de la equivalencia "conceptual" entre ambos fenómenos, en un momento de la redacción deciden coger el toro por los cuernos y, sin ningún pudor, afirman que "como consecuencia de todo ello (es decir, de la gran cantidad de prostitutas que lo son por explotación criminal... , a los efectos de la intervención del Estado nada aporta la distinción entre prostitución libre o forzada". O sea, que como es irrelevante distinguir si la prostituta ejerce coaccionada o libremente (porque lo decimos nosotros) hay que considerar la prostitución en sí misma y en todas sus modalidades como algo malo.

Y, tras las confusiones interesadas, aparecen las verdades axiomáticas que, por evidentes, no requieren ser justificadas; son legión. La más importante es que ejercer la prostitución atenta contra la dignidad de las personas que la ejercen y conculca sus derechos humanos fundamentales. ¿Por qué? Porque la sexualidad "requiere de una relación de igualdad y voluntariedad, una expresión de libertad compartida y en la que no puede caber la relación comercial que constituye en sí misma una situación de abuso, de poder". Así que una relación comercial supone una situación de abuso y/o de poder (se supone que el abusador es el cliente). Supongo que esa frase no la generalizarán a todas las relaciones comerciales o ¿es que acaso los parlamentarios se han vuelto unos ácratas anticapitalistas que están en contra de la violencia implícita que entre los seres humanos generan los intercambios comerciales? No, imagino que me dirían, sólo hay relación de poder cuando se mete en el mercado algo que no cabe en él (la sexualidad); o sea, razonamiento circular. Y, para colmo, basado en una edulcorada declaración sobre la sexualidad que no se creen ni ellos y, en todo caso, no significa nada, por muy bonito y políticamente correcto que suene.

Yo no creo que la dignidad de una persona se vea menoscabada por prestar "servicios sexuales". Lo gracioso es que nuestros políticos dirían lo mismo (porque, en caso contrario, cometerían el "pecado" de calificar a las prostitutas de poco dignas) sin que eso sea obstáculo para decir que la actividad atenta contra la dignidad. Pero, si una puta sigue siendo igual de digna que cualquier persona, ¿en qué consiste el atentado? Da igual, el lenguaje políticamente correcto lo soporta todo. Si una mujer decide libremente ejercer la prostitución, ¿no tiene acaso derecho? No se le cuestiona ese derecho en el informe (en realidad, ni se alude); simplemente se establece que, incluso en esos supuestos (aunque sea irrelevante distinguir entre prostitución libre y forzada), la mujer es una víctima de explotación. Por muy libérrima que ella crea que es su decisión, en realidad está siendo "forzada" a adoptarla por un sistema (capitalista y machista que ha convertido el sexo en mercancía) que, consiguientemente, la explota. Para luchar contra esta explotación (tan insidiosa por oculta) la ponencia propone al gobierno que acometa campañas de sensibilización que propicien "una repulsa social generalizada hacia el comercio sexual como una vulneración de los derechos fundamentales de las mujeres en situación de prostitución" (por cierto, nunca dicen prostitutas, sino eso tan bonito de "mujeres en situación de prostitución"). Así creen nuestros próceres que se puede lograr la "reducción de la demanda"; pues lo llevan claro.

Hay una pirueta argumental en el informe que, por más que la usen de pasada, me ha hecho gracia y vuelve a poner en evidencia el marcado carácter sofista de la argumentación. Se trae a colación que "es un principio general de todo el Ordenamiento Jurídico español, el de la indisponibilidad del cuerpo humano, en virtud del cual está, por ejemplo, penada la venta de órganos humanos – aun con consentimiento -, o su alquiler – por ejemplo, de úteros, en las llamadas madres de alquiler, aun con el consentimiento de las mismas -". Al margen de que este principio puede resultar contradictorio con la famosa proclama feminista de "mi cuerpo es mío" y plantear reflexiones interesantes en el asunto del aborto (que, por cierto, no he escuchado), aplicarlo a la prostitución me parece descaradamente abusivo. Porque, por la misma regla de tres, toda actividad comercial del rubro de los llamados "servicios personales" podría entenderse que implica la "disponibilidad" del cuerpo de quien la ejerce; sin ir demasiado lejos tratemos de distinguir, desde ese punto de vista, entre lo que hace un masajista y varias de las actividades de una prostituta.

No me enrollo más. Deduzco que este informe es el antecedente más obvio de la posición de algunos grupos políticos en el reciente debate sobre las iniciativas de regular la actividad de la prostitución. De hecho, la ponencia opina que regular la prostitución significaría dar un paso atrás en el esfuerzo en pos de la igualdad además de mandar un mensaje de tolerancia social hacia estas prácticas atentatorias contra los derechos humanos. Por supuesto, es una opinión, pero no basada en argumentos sólidos sino derivada directamente de un punto de partida apriorístico que no se cuestiona. En todo caso, aunque todavía no se atrevan, esta línea argumental lleva necesariamente a penalizar la actividad en sí, independientemente de que sea libre o forzada, castigando bien a la prostituta, bien al cliente o bien a ambos. Desde luego, no por eso dejará de existir la prostitución. ¿A nadie le parece que hay muchas similitudes con el debate sobre la legalización las drogas?


CATEGORÍA: Política y Sociedad

domingo 6 de septiembre de 2009

500

¿Qué hago aquí? Así empecé (la respuesta ya no es la misma), viendo nubes rojas al amanecer, recuperando un poemita antiguo, practicando reiki y prometiéndote, a ti estrella fugaz, que te llegará una rosa cada día. Eran días de Alma y Karma, de inseguridades y pensamiento negativo; casi cualquiera, en fin, era un día tonto, mi ánimo secuestrado por la mujer justa y, aún así, ansiando un encuentro mágico que no llegó. Entre tanto, pasaba el tiempo probando a insertar archivos de audio y fijándome en mi estado de salud; a veces dudaba si lo que sentía era confianza, magia ... qué sé yo. Y recordaba antiguas vivencias dialogadas porque este lugar está vacío sin ti, precisamente cuando Jesús Rollán cayó al vacío desde una terraza. Mucha introspección terapéutica y muy poco eros, no con Natalia, desde luego. Pero, poco a poco, la philia fue sanando el corazón mío y me atreví a escribir sobre Miroslav Panciutti los primeros apuntes biográficos.

Evoqué a Adela, otra de mis relaciones frustradas, casi al mismo tiempo que leía a Eduardo Galeano. Pero volví a comprobar lo difícil que es no hacer daño, evitar cualquier tarde de dolores. Mucho ayudan en ese afán los besos de chocolate, recrear una fantasía erótica o extasiarse con la belleza de tu rostro (de tu alma). Cuántas diferencias entre lo que estaba viviendo y el sexo en mi crisis de pareja. Y aunque llevaba poco tiempo, ya quise hacer un primer balance del blog. La muñeca viajera de Kafka me emocionó en un momento en que estaba algo apático (no escribo en el blog); pero recibí un impúdico y enternecedor correo de K y me volvieron las ganas. La astrología es una superstición, me dije, y la adicción emocional nada recomendable. Enseguida imaginé oír esa voz irónica que siempre llevo: intelectuales, pobres ciegos. Pero qué voy a hacer, si cada uno es como es y, en mi caso, Tintín fue mi magdalena de Proust. Pienso entonces en lo complicado que resulta enamorarse de alguien con pareja y hago mi declaración, renegando de toda identidad colectiva porque, al fin y al cabo, caminante, no hay camino y, por más que esté cayéndome de sueño, sigo con el asunto de los caminos mientras me maravillo ante la cambiante belleza de los rostros.

Un amigo me preguntó: ¿la abstención deslegitima los resultados electorales? Una conversación con P en la que acabamos mojándolo todo y ocultándonos mutuamente tras nuestras máscaras masculinas; ¿pudorosos con la intimidad? Y en libros que disfruto y olvido (o casi) brotan más preguntas: ¿compartir el amor? Pero el agobio laboral no da pausa lo que nos obliga a escapar de viaje (ce ne andiamo) para contabilizar tatuajes y ensayar nuevas relaciones amorosas, un poco al estilo Osho, porque es bonito que lo necesiten a uno, pero con alguna infidelidad ocasional. Luego, acallar la mente, y qué mejor que a través del sexo y su dimensión espiritual, pese a que a alguno le saco de quicio por muy fuerte y seguro que se crea. Me tengo que comprar un coche o, quizá, alojarme en una suite francesa. Pero cometo errores de cálculo (más bien trampas del coco), confundo ciencia y creencia (por cierto, riman) y acabo como acabo: ¿escribiendo para uno mismo? Desconfío de mis palabras y suplico: escucha lo que NO te digo, mientras suena Frank Zappa, y me acuerdo de Maricarmen, la tercera de mis relaciones frustradas, colmada de lógica paradójica (una historieta absurda). Y entonces un amigo se despide y, claro, me embarga un cierto desánimo (nada grave, no obstante) que me lleva a perder el tiempo desbarrando sobre el tiempo.

Genes, emociones y comportamiento explican cualquier selección de frases para una ruptura de pareja, la necesidad autodestructiva de ser enemigos, el enfado y la tristeza. Luego, más calmado, reflexiono retomando las frases de hace un par de días desde la teoría de juegos; amor y teoría de juegos, puede ser pero ... ¿Juegos de suma cero? No, gracias, aunque para ello sea necesario distinguir entre términos y conceptos o esperar la caída de un ángel (la chute de l'ange). Definitivamente hay buenos y malos. Luís ha muerto; la noticia me golpea inmisericorde. Aguafuertes y claroscuros en un concierto de órgano. ¿Estoy algo asustado en el fondo? Me indigno con un debate televisivo, me machaco en el gimnasio, asisto a un concierto de Joaquín Sabina, paseo en mi recuerdo por Lima. Me narran fantasías de infidelidades que me traen asombros personales y días después, sin ninguna culpa, sufro un accidente.

Amar y necesidad de ser amado, no es lo mismo; así lo estoy learning from Laura, aprendiendo, también entre las criadas, si mezclo orientación sexual y aversión sexual. Lo pongo a prueba con una princesita en plena rabieta de domingo mientras la corrupción urbanística (y, ya de paso, el problema de la vivienda) me acosa a través de insistentes llamadas telefónicas antes de dormirme. Lali y Lolo (y Tato) me advierten de que ya viene la Navidad (y yo con estos pelos); una muestra más de las infidelidades conyugales (estadísticamente hablando). Qué otra cosa cabía con tantos cuerpos desnudos en la playa en una época que mezcla religiosidad y laicismo. Una casada infiel se regocija en sus pecados capitales abrumada de certezas contradictorias. No son más que las cosas de nuestras vidas, las cosas de nuestra vida revisited mientras canto la zamba de mi esperanza en una reunión con ocho mujeres y escribo una carta a mi ex-mujer a modo de balance de 2006.

Ira Hayes, don't shoot your gun, stand by; así que me calmé e hicimos un viaje a Madrid. Pero como las mujeres cobran menos, se enredan entre histeria femenina, orgasmos terapéuticos y vibradores. Reclamemos la educación de la mujer desde una mejor sexualidad masculina y desintegraciones. Y a cambio desmontemos el falso dilema: ¿un hijoputa que parezca buena persona o una buena persona que parezca un hijoputa? Entre tanto, relaciono los buscadores y mi blog porque se presentan nubes negras, cielos despejados. Por si te roban el móvil,Lilith te susurra seductoramente que estamos huecos y vibramos, azar mágico que te regala la confianza e intimidad de sus palabras. Pero se enfada cuando, en postergadas apostillas postreras al pastoso post pasado, le explicas que hay que empezar a practicar desde pequeñitas. Y te vas, y en el mar dormido me asalta tu recuerdo, recordando pérdidas, los números perfectos de la boda que no fue (Aznar me cae mal). Me pregunto cómo satisfacer a una mujer, recelando de crispación y seguridades. ¿Lo sabes? Pues si aciertas pierdes 8.000 euros, lo han dicho en las noticias del domingo. No existen las almas gemelas por más que hoy mi padre habría cumplido 79 años.

Aparece Ludovico (presentación) acompañado de Iñaki de Juana Chaos. Ambos están contando manifestantes, verificando la presencia equilibrada de hombres y mujeres y dolidos por los sueldos éticamente discutibles. Ehhhh ... que también nosotros reformamos el Estatuto, aclara el primero. Y en el fondo no saben si es niño o niña (ya llegó el primer post del nuevo blog) pues así de equívoca es la narración de nuestro pasado. Poner archivos de audio en el blog es como soplar burbujas personales, diría Julio Cortázar, cuando explota el universo. Tras unas notas desordenadas y confusas sobre nuestra relación concluyo que nadie da duros a cuatro pesetas pero me niego a luchar por el amor, a convertirla en un Viernes Santo. Buscamos más que palabras (more than words), huímos de las relaciones jerárquicas de derechas e izquierdas y nos empantanamos en recuerdos de emociones viejas, siguiendo la cadena hasta el infinito. En eso unos monjes lógicos que parecían articulistas dominicales me enseñan el reloj mágico e intrigados me preguntan ¿cuántos Agapitos hay por ahí? Me han abordado en un país vecino (París, je t'aime) para censurar mis escritos porque, es sabido, la buena literatura se escribe a mano. Sus candorosas admoniciones evocan preocupaciones maternales por el rapto de la poesía.

Libre te quiero, pero no mía, exclamo mientras doy esquinazo veraniego a la vieja dama. Pero no, este post no lo he escrito yo, sino esa a quien quiero, pese a las colisiones tectónicas entre nuestras estructuras ideológicas. Me planteo tácticas electoralistas basadas en el azar y la necesidad que confronto con mis impresiones post-electorales. Soy, a esas alturas, un viandante entre funcionarios, con la desgracia de estar falto de serotonina, alcohol y agresividad y de que le encarguen, sobre la fidelidad, un muestreo de opiniones. La ira me embarga porque va a caer la Real a segunda, me temo. Y entonces asisto pasmado a una triste historia de sexo, mentiras y messenger, sin que a la protagonista la pueda ayudar ni Bob Dylan. La historia sigue con un capítulo II y luego un III y por fin un IV. Acaba con el orgullo perdido, como una aguja en el pajar, en un cúmulo de heces virtuales.

Es de mañana (aunque amaneció hace rato) y a estas horas qué asquito de cerebros tenemos. Celebro el santo del día dopo far l'amore pero antes de probar la escala de Dawkins y escribir mis comentarios a los comentarios del post anterior. Huyo de espectáculos banales y estupidez generalizada para enfrascarme en conversaciones teológicas, alguna anécdota trivial y más conversaciones teológicas con Medea y Jasón sobre el derecho al honor e injurias a la corona. Mas me corroe la duda: ¿Mató Medea a sus hijos? Llevo a cabo sesudas estadísticas de nombres y apellidos y descubro sorprendido que la culpa es de Kotinussa. Todo se origina por confundir salchichas y leyes (error en el que Cani jamás habría incurrido) y basta eso para que pedantes anacoretas en la tele proclamen que éste es el siglo de las luces y pontifiquen sobre mi vida y la vida de quienes quiero. Por suerte, de los muertos no se habla mal.

La dignidad ficticia abunda más que la dignidad, sobre todo en los crossroads (Don McLean) y también prima di partire per un lungo viaggio. Pero un catálogo personal de comportamientos urbanos que anegan mi corazón de ternura abre la brecha generacional que me distancia de Antonino Jaramillo en cantidad y calidad. Fue una decisión equivocada hacer la mili en África con el loco Tito, a quien encontré en nuestra escapada a la Gomera. La pasión, ansia de certidumbre, me abandonó mientras estuve desintoxicándome hasta que tropecé con Ludovico en el burdel. Me recomendó dos culebrones para este sábado atrabiliario; para que no te aburras, me dijo, y dejes de darme la murga con los pronombres personales.

Se discutió mucho sobre el carné de identidad chipuno, hubo opiniones tajantes con música de rancheras (y yo con estos pelos hallando en el reiki su sugestión). Quiero aprender mexicano, me dije mientras esos diputados blogueros peroraban sobre hojas de ruta y consultas habilitantes, disimulando su amor pasional al dinero (m'an premiaó) y provocando un escándalo parlamentario similar al de las tragedias griegas. Identifico almas y mariposas porque estoy orgulloso de ser chipuno y porque así es la pasión según J.Winterson, desaparecida en esta pasividad ciudadana rebosante de incongruencias (yo me entiendo), que calla ante un vecino que putea pero protesta el premio de Mario Bengoechea. En la intimidad del sábado, lectura de El País y los dibujos de Syd Barrett, retirado en Hedonia Park, tan lejos del tráfico.

Tengo que dar una conferencia explicando la receta para cocinar pastel de sueño de muertos; es compleja así que habrá una segunda antes de una charla, Palacio Real y unos días de descanso. Luego seguirá una tercera en mi club de fans, con reparto de libros incluido. Me preguntarán, lo sé, si es bueno alejarse (o no) tras la separación y anunciaré una buena noticia: que habrá una cuarta y última charla sobre la receta. No diré en cambio que el sexo es sucio según afirma Sergei Gennadiyevich Nechayev pero, como ZP censura internet, nunca nos enteraremos de que hay orgasmos feraces y argumentos falaces. Decidió morir sin avisarme y no pude sino recordar fragmentos de conversaciones el día que um arquiteto apaga cem velinhas en pleno calentamiento global. Habla Gabriela al otro lado del espejo de felicidad e inconsciencia, personal y colectiva, busco en los diarios de Fabián Weacock sus críticas a la doctrina del shock y cambio climático y me sorpende así el fin de año (leyendo una entrada en los diarios de Fabian Weacock) ... Al final, creemos lo que queremos creer.

Comienzo entonces una historia verdadera de amor y sexo, y la sigo, y la sigo. Pero muere Ángel González y un aroma de ácido sulfúrico tiñe la cuarta entrega de la historia y también, probre Dorothy, la quinta. Falto de recursos morales y homenajes, no me queda sino zanjar el erotismo (à propos de Bataille) de la historia de amor y sexo aunque la atracción entre los dos hermanos me haga confundir personas y personajes. Ya parece una manía esto de las estadísticas, primero las de sucidio (que tengo que estar justificando) y luego sobre sobre la homosexualidad. Y vienen las preguntas: ¿Cuántos contactos tienes en la agenda del móvil? ¿Se puede educar al cerebro para ser feliz? No sé contestar y me siguen interrogando: que qué opino sobre la adopción por homosexuales, si acaso es que soy anticlericalista, por qué escribí aquella historia verdadera de amor y sexo. Acorralado, me veo desbarrando sobre la evolución de las palabras en vano intento de enseñar al que no sabe, pero son como autómatas medievales sin ningún respeto a las opiniones ajenas empeñados en ridiculizar una de mis muchas virtudes. Afortunadamente, después de las elecciones, salgo de viaje pronosticándoles que también a ellos les llegará la tormenta por más que se refugien en la plaza de Sigüenza.

La herencia de los Papas está repleta de peleas de gallos, una cultura de la crueldad que hace incompatibles la Iglesia y la búsqueda de la verdad. Por ejemplo, las Nullitatis Matrimonii (una historia Calabresa) que, como otras, transcurre en varias escenas: una primera, segunda, tercera, un paréntesis, la cuarta, la quinta (ay, vanitas vanitatis et omnia vanitas) y por fin la sexta. Son las hordas de las noches que ignoran que sólo hay dos tipos de personas: las que saben binario y las que no; son los que claman patriotismo, ¿refugio de canallas o basura incombustible? Si hay que construir en Ronchamp solo callarse es sincero, lo que no obsta para que aboguemos por la creación del instituto volcanológico de Canarias y despotriquemos de los curas en la sanidad pública. Llega así un cierre de etapa pero no el fin porque ¿querrías conocer la fecha de tu muerte? (No respondas, te lo pregunto otra vez: ¿querrías conocer la fecha de tu muerte?) Se trata más bien de una encrucijada (crossroads, by Robert Johnson) de telarañas que se me presenta mientras los chipunos legislan contra el cambio climático.

El robo de la Mona Lisa, por dos o tres días, me sumió en una crisis de negatividad. Para superarla, vi una película y su arquitectura la hizo añicos como un aborto (aunque para ello hube de verla una segunda vez) retrotrayéndome a aquél viaje a Italia de mi juventud. Apareció entonces el intransigente (el que no está conmigo, está contra mi) para exigirme pasar por el aro respetando el orden de las calles. Algo así le tocó a Adriana Milá en primero de bachiller (más o menos) cuando John Templeton, para probar su resiliencia, le asestó una patada en la boca y nos dejó a todos con el silencio del miedo, asustados de que por una desconocida regla combinatoria se desminitiera eso de que lo bueno si breve, dos veces bueno. En todo caso, siempre queda el sexo de pago.

Vas a hacer que me sienta solo cuando te vayas, que escuche incesantemente canciones tristes de amor, que desenvuelva las geometrías de la ignorancia, esas que ni con el Corominas se entienden. Me empujarás al sexo con el diablo; sí, aunque sólo sea para olvidar el odio de las masas en un breve paréntesis vacacional, caeré en el sexo con el diablo. Te dije que la felicidad es materialista y además peca de impuntualidad, pero no me creíste y te encomendaste al Santo Niño de La Guardia dos veces y solicitaste la baja de Canal Satélite Digital, harta de transitar los universos paralelos de tus antepasados. No habrá ya eros y anarquía ni ensaladas amorosas; pasarán éstas a ser pirámides y ensaladas. No me preocuparé más por el origen del café ni te quitaré delicadamente tus anillos de plata. Ignoraré definitivamente quién es y qué quiere Andreas Gursky y no volveremos a tener un día perfecto en Roma. Quizá huya a Auvers-sur-Oise para practicar mis egzersis de ladino y allí tome un tren a Munster de ida y vuelta.

Walther Hirsch sueña un sueño asesino; Walther Hirsch canta el huevo de Colón con tangos, lunfardo y la Chicana, enseña el huevo de Juanelo a Roldán en Telecinco. Al mismo tiempo, hermafroditas y andróginos, entre plataneras, juegan un partido de fútbol para los marcianos. Les Luthiers me siguen apasionando aunque empiezo ya a no tener edad para soportar a universitarios cuya verborrea de palabras afónicas no respeto y tiendo a juzgar y condenar. La parábola de los ciegos se predica entre las castas coloniales, de forma que las coincidencias entre mi vida y una novela se repiten hasta tres veces. Feliz año nuevo, me desean (chi scopa a capo d'anno...), me llegan regalos navideños con los que pretenden disimular intrigas electorales. Pero no pasan el test de parafilia y, desengañado, me uno a Beckmann, Dix, Grosz ... y la guerra. Adios, Cani; por cada una de las tres puertas vinieron a despedirte la bella, el músico y el arquitecto recitando las confesiones de un italiano. No, miento, fueron la bella, el arquitecto y el pintor.

Gerhard Kretschmar estuvo presente el segundo y tercer día de los debates preliminares entre colegas, aunque se molestó cuando mi cumpleaños bloguero fue publicado en las noticias del domingo provocando los consiguientes llantos laborales. Estuvieron los Beatles en Madrid y en Canarias y debido a algunas recientes e irrelevantes peripecias personales pasé esa primera noche con Brian, cuya peculiar idiosincrasia lo asemejaba al primer hombre encarcelado a causa de la marihuana. Una mujer joven y su hijo fueron a un concierto de los Beatles y la marihuana corrió en abundancia. Los Beatles, Dylan y la marihuana: difícil equilibrio entre el ser y el olvido. Desde Aguascalientes, en cambio, se expandía el universo elegante, tan opuesto al purgatorio en el que transcurrió la aventura de Owein y de Tristan da Cunha. Oigo un diálogo en el tranvía sobre piratería internáutica después de haber jugado al beer-pong que me ha machacado los pies, los pies que casi ni siento bajo el peso de las consecuencias. Fazal Sheikh y Sophie Zelmani alquilan una pensión por horas para celebrar su reconciliación resolviendo un acertijo literario; acertijo literario cuyas soluciones resultan tan inquietantes como la espiritualidad nazi.

Vivo nuevas aventuras en el tranvía y, como si de un acertijo cinematográfico se tratara, me ofrecen una sesión de jazz y cine en París (if it be your will, me dicen). Pero no estoy educado para matar y por eso el espejo y el gorrión me desasosiegan. ¿Me das un par de plátanos? Así se inicia una cita accidentada en la que aprendo a amar desde nuestro punto de vista a cuatro mujeres. Tomo apuntes recordatorios para no olvidar que puede ser más barato matar a una persona que desvirgar a una chica a la vez que recreo el viaje imaginario de un preso del que Trini nunca supo nada. Entonces surgen nuevas aventuras con Canal Satélite Digital y me refugio en la terraza para huir del cansancio de tantos empalamientos y del calor, como si fuera the simple lover ensayando distintas opciones para un insomnio. Viene María y dudo pues, cuando todo da lo mismo, ¿por qué no submarinismo? Mientras, Lansky versus Kotinussa discuten en un tren plateado acerca de una ley virginiana que, para entenderla, hay que remontarse hasta Galton. Y aburrida con su inútil lector de e-books, sigue Penélope en el pueblo blanco. Yo, en cambio, me maldigo por haber dejado pasar el mayor negocio de la historia y me dedico a echarte de menos.

Y con éste son quinientos.

CATEGORÍA: Blogs e Internet

miércoles 2 de septiembre de 2009

Echarte de menos

Lars no tendría que haberse ido así. Lo sé. No tendría que haberse ido. En fin, es raro. Lo más raro de su muerte es que ahora ya no puedo contarle cosas. Todavía me pasa que, si salgo a algún lado y converso con alguien, de inmediato pienso: «Ah, tengo que ir corriendo a contárselo a Lars» o «Cuando Lars escuche esto le va a encantar». Y entonces me acuerdo de que ya no está y de que no puedo contárselo. —Mi madre sonrió apenas. Su mirada se había vuelto hacia su interior.
(Elegía para un americano; Siri Hustvedt; Anagrama 2009, página 118).


Lo mismo que dicen estas líneas me lo han contado varias personas cuyas parejas de muchos años han muerto. Pasado los primeros tiempos del dolor que desgarra, en un estado de tristeza algo anémica, como si la pena nos hubiera absorbido las fuerzas, se empieza a echar en falta a la persona amada en tantísimos y frecuentes acontecimientos nimios acontecimientos cotidianos. Ves algo que te llama la atención y quisieras que él (o ella) lo viera, descubres un libro, una música, una película y piensas en cuánto que le gustaría, quedas con un amigo común y esperas que te acompañe ...

Pienso en especial en mi madre y en su proceso (nada bueno; en su caso no se cumple eso de que las viudas florecen) desde la muerte de mi padre. No lo dice expresamente, porque es muy seca y no le gustan las concesiones a la emotividad. Pero estoy convencido de que su hartazgo de vivir proviene de no tener al compañero con quien estaba acostumbrada a compartir las irrelevantes peripecias cotidianas que son, al cabo, las que dan contenido al 99% del tiempo de casi todos.

Ocurre también cuando acaba una relación, no hace falta que el otro se muera. Ya han pasado cuatro años de mi ruptura con R y cuántas veces me sorprendo pensando en que me gustaría comentarle tal o cual cosa, recomendarle una película o un libro que sé que le gustaría, hablarle de cosas que me han ocurrido y que enlazan con historias comunes de hace ya muchos años. No lo hago, sin embargo, y me pregunto por qué. Sé la respuesta, claro, pero no es suficiente para justificar nada. En fin.

Si eso me ocurre con R, cuánto más con K. Y sin embargo también se van creando las grietas que dificultan la espontaneidad comunicativa. Es como si, sin necesidad de acabar la relación, vayamos dejando que una especie de muerte empiece a instalarse entre nosotros. Empiezo a vivir, pese a mi empeño en no anticipar sentimientos futuros, la tristeza melancólica de que me invadan las ganas de contarle algo a K (cualquier tontería, qué más da) y me percate de ya no está, de que ya no puedo contárselo.

Supongo que esta necesidad de poder compartir nuestras boberías, de saber que tenemos con quien hacerlo, no deja de ser, como todas las necesidades, una carencia. Supongo también que tiene que ver con miedos propios, con pulsiones instintivas de dar sentido o contenido real a nuestras vidas, como si requiriésemos testigos ajenos que sostuvieran nuestras identidades. De otra parte, también es verdad, al menos en mi caso, que la intimidad interactiva con otros es el mejor medio para el propio conocimiento y maduración personal.

Da igual. Lo cierto es que ese "echar en falta" es seguramente la nota más distintiva y duradera de las pérdidas de las personas amadas. Y saberlo, anticiparlo incluso, no basta las más de las veces para que resulte inevitable.


What I Miss about You. Katie Melua (Pictures, 2007)

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones