sábado 4 de julio de 2009

Puede ser más barato matar a una persona que desvirgar a una chica

Me entero gracias a un reportaje televisivo que cuenta lo que hacen algunos para conseguir dinero. Parece ser que en España hay una amplia oferta de sicarios a los que se puede recurrir para que den una buena paliza a ese tipo que te molesta o te debe dinero e incluso para liquidarlo definitivamente. Están organizados empresarialmente y presumen de seriedad profesional; te garantizan que cometen el crimen con rapidez y eficacia, disfrazándolo de robo, violación o cualquier otro delito común, de modo que las sospechas no recaigan sobre el verdadero inductor. Los que gozan de mayor prestigio son los colombianos, con las “sedes sociales” en ese país pero sin ningún problema en coger un avión, presentarse aquí, matar y regresar o recurrir a sus “corresponsales” más o menos fijos en España. Según descubro curioseando en Internet (con cierta preocupación, no vaya a ser que esté alertando a los guardias civiles que hacen el seguimiento preventivo de estos tráficos en la red), las tarifas oscilan entre 10.000 y 20.000 euros. El asesinato de un ejecutivo barcelonés el pasado 9 de febrero, por ejemplo, costó 12.000 euros (aunque el criminal resultó no tener experiencia).

El asunto me dejó preocupado y con muy mal sabor de boca. Se presta, desde luego, a muchas reflexiones pero no son precisamente de las que te alegran el día, así que prefiero aparcarlo de momento. Distinta es, en cuanto a su gravedad, la cuestión de la subasta de “sus primeras veces” por jovencillas vírgenes. En el programa presentaban a una chica ecuatoriana de veintinueve años, residente en Valencia, que, debido a “necesidad económica acuciante”, ofrecía ser desvirgada por quien le pagase 300.000 €, ¡nada menos! Además detallaba cómo había de ser el encuentro. Acordada la transacción, acudiría con un amigo a un hotel; allí presentaría al comprador un certificado ginecológico de virginidad (¿se hacen?) y a su vez le exigiría a él otro de buena salud. Hecho el pago por adelantado (imagino que en efectivo), ambos subirían a la habitación en donde se llevaría a cabo la penetración, con preservativo y sin que admitiera caricias o besos. Sabía que lo iba a pasar muy mal porque para ella la virginidad es el mayor tesoro de una mujer y sólo se debe “entregar” por amor, pero es que estaba desesperada. Desde su ignorancia (y presunción) sexual, esta mujer debe pensar que un hombre (normal) puede bajarse los pantalones y meterla directamente, sin más, dar unas cuantas sacudidas e irse tan satisfecho por haber rasgado un himen. Pero, sobre todo, me maravilla que pretenda que le paguen tan exorbitante cantidad de dinero: lo que ganaría una oficinista durante veinte años en jornadas diarias de ocho horas. Visto desde la óptica del cliente, y consultada una página de anuncios sexuales en las que unas mujeres espectaculares cobran una media de 200 € la hora (tiempo suficiente para un polvo con bastantes más ingredientes que la mera penetración), la elección estaría entre gastarse 300.000 € en penetrar a “palo seco” a una inexperta muchacha, nada guapa y que, para colmo, tendría cara de sufrimiento (físico y moral) o repartir esa cantidad entre 1.500 putas (a una cada dos días, da para un maratón sexual de casi diez años) que seguro que saben hacérselo pasar bastante mejor en la cama, para eso son profesionales. Me parece increíble que haya hombres que, además de estar dispuestos a gastarse esa pasta en un ratito, prefieran la opción que ofrece la ecuatoriana.

En todo caso, esta muchacha no ha inventado nada. La “venta” de la virginidad es tan antigua como la ideología imperante desde siempre, esa que presupone unos valores y una concepción de la mujer (y del hombre) al servicio de la organización social en la que seguimos inmersos. En el fondo, el propio argumento del amor (a cambio del cual se entrega el preciado el tesoro) no es sino un disfraz perverso de la misma forma de pensar, por más bienintencionado que sea en cada chiquilla individual. Por eso, poner sobre la mesa, a las claras, la economía de la transacción tiene tanto efecto transgresor, ya que hace evidentes, sin disimulos, las falsedades del discurso moralista tradicional respecto a la virginidad. Al fin y al cabo, el matrimonio sigue siendo en muchos sitios (y lo era en todos hasta hace relativamente poco) la materialización del pago por la virginidad; en cuántos subconscientes masculinos, por muy modernos que se consideren, sigue presente el denigrante concepto de “mercancía usada”. Naturalmente, la ecuatoriana que vi en la tele el otro día no es ninguna transgresora, sino todo lo contrario: su argumentación se hunde hasta las raíces en la argumentación ideológica tradicional y de ella extrae la justificación económica de su sacrificio. Triste, por supuesto.

Sin perderme en discursos filosóficos baratos, e intentando en cambio que este blog mantenga un cierto contenido informativo, diré que la primera mujer que aprovechó Internet para ofrecer su virginidad fue una inglesita lesbiana de dieciocho años llamada Rosie Reid que dijo necesitar el dinero para costearse la universidad. Puso un anuncio en una web de subastas ("Estudiante universitaria de dieciocho años quiere vender su virginidad. No la ha perdido porque es lesbiana. Responderá si la oferta es buena. Fotografía disponible") y en los tres primeros días recibió más de cuatrocientas ofertas. Poco después, el 2 de marzo de 2004, a cambio de algo más de doce mil euros, Rosie se acostó en un hotel londinense con un ingeniero de 44 años; la experiencia, según relató, le resultó muy desagradable. Por cierto, la inglesa tuvo que hacer bastante más que dejarse penetrar y cobró veinticinco veces menos de lo que pretende la ecuatoriana de Valencia; aun así, me sigue pareciendo una pasada.

El revuelo mediático de esta historieta (difundida por uno de los más populares tabloides británicos), debió animar a Graciela Yataco, una limeña de dieciocho años, para publicar en 2005 un anuncio equivalente en un diario local. En este caso se trataba de una muchacha que llevaba trabajando como vendedora ambulante desde los ocho años y que era el único sostén económico de su familia ya que la madre estaba enferma; la motivación no eran los estudios sino escapar, al menos por un tiempo, de la pobreza. Inicialmente pidió unos 2.000 €, pero las pujas fueron subiendo rápidamente y enseguida declaró que el precio no sería inferior a 5.000 €. El escándalo en Perú fue mayúsculo, llegándose a convertir en una cuestión de dignidad nacional preservar la virginidad de esta chica. Al final las presiones (las más llamativas una popular presentadora de televisión y una congresista) lograron hacerla desistir, a cambio de una beca para estudiar computación y un carrito sanguchero, que es como se llaman los que usan los vendedores ambulantes en Lima. Renunció, según leo (y no creo), a la oferta de un canadiense que estaba dispuesto a pagar un millón y medio de dólares.

Pero en cuanto a precios desorbitados, la palma se la lleva una tal Natalie Dylan, seudónimo de una californiana de San Diego de 22 añitos que en septiembre pasado también inició mediante Internet la subasta por su virginidad. La chica está graduada en Estudios sobre la mujer por la universidad de Sacramento y quiere financiarse un master en terapias familiares y matrimoniales. Su formación le permite justificarse con argumentos “ideológicos” del tipo del carácter opresivo que históricamente conlleva la desfloración en nuestra sociedad machista y plantear su iniciativa como un “experimento sociológico”. Sin embargo, poco después declaró que la verdadera motivación era la pasta, pero al menos, en su caso, no parece haber ninguna excusa moralista. Tanto es así, que la chica no ha tenido reparo en usar como intermediario a una famoso burdel de Nevada, el Bunny Ranch, que se ocupa de publicitarla y donde presumiblemente se consumará el desvirgamiento. Así las cosas, las pujas iban subiendo hasta que en enero de 2009, un empresario australiano de 39 años, ofreció tres millones setecientos mil dólares. La cantidad debió parecerle suficiente a Natalie y proclamó que paraba la subasta (por cierto, me parece un poco tramposo eso de que el límite temporal no se sepa a priori). Pero, lamentablemente, la mujer del australiano se molestó (es que hay algunas) y el hombre hubo de retirar la oferta; Natalie, muy comprensiva, le devolvió los 250.000 $ que había depositado en reserva (requisito para aceptar la puja) y volvió a abrir la subasta. Por lo que he buscado, sigue abierta y no hay noticias de que haya aparecido una nueva oferta satisfactoria. Entre tanto, la chica ha adquirido mucha fama y supongo que habrá sabido rentabilizarla.

Ni que decir tiene que esas cantidades millonarias me resultan absolutamente inverosímiles; estamos hablando de diez veces más de lo que pretendía la ecuatoriana que vi en la tele. Sí es cierta, en cambio, la historia de Alina Percea, una rumana de 18 años residente en Alemania que hizo la misma oferta a través de Internet. La puja duró dos meses y aunque la chica pretendía conseguir 50.000 €, al final hubo de “concederse” por poco más de diez mil a un italiano de cuarenta y cinco años. El encuentro, por lo que ella misma cuenta, no estuvo nada mal: él le pagó un viaje a Venecia, pasearon por la ciudad y finalmente fueron a un hotel de lujo; allí se besaron y desnudaron mutuamente y consumaron la penetración (sin preservativo); luego durmieron y a la mañana siguiente, como una pareja feliz, desayunaron juntos. Alina, aunque sintió dolor, calificó la experiencia de muy agradable, si bien el dinero conseguido no alcanza para cubrir lo que pretendía. Los detalles de esta historia, en todo caso, me parecen más creíbles y, por tanto, relevantes como pautas de lo que puede llegar a ser un comportamiento repetido con cierta frecuencia. De entrada, el precio y el “servicio” entra dentro de los márgenes de la prostitución de lujo; digamos que puedo entender que haya a quien el morbo de desvirgar a una adolescente le compense lo mismo que acostarse con una modelo famosa, en unas condiciones suficientemente satisfactorias. Por el lado de la chica, se trata de una actitud desprovista de prejuicios moralistas pero, al mismo tiempo, asentada en el realismo, justo lo contrario de la ecuatoriana de Valencia. Es explicable que, en los términos descritos, ocurra en Europa y, en esa misma línea, que el fisco alemán le reclame a Alina el pago de impuestos por su transacción.

Naturalmente, que haya dicho que puedo entender el caso anterior no quiere decir que yo estuviera dispuesto a pagar diez mil euros por desvirgar a una cría. No sólo me parece demasiado dinero, sino que acostarme con una virgen no me atrae en absoluto. al contrario. Mientras me enteraba de todas estas historias me venían recuerdos de algunas experiencias personales que quizá reseñe en alguna otra ocasión (este post ya me ha salido muy largo). De lo que se trataba era de mostrar cómo funciona el mercado y de comparar los precios de dos tipos de servicios muy distintos entre sí; pienso que da para algunas reflexiones.


Distesa sull'erba come una che sogna, giacesti bambina, ti alzasti già donna

martes 30 de junio de 2009

Apuntes recordatorios

En la elaboración de los planes urbanísticos, al principio, hay que plantear los criterios y objetivos que se pretenden y presentar públicamente las distintas opciones generales que se contemplan para el desarrollo del municipio. Esta exigencia legal tiene por finalidad que la ciudadanía conozca las alternativas viables y participe en la toma de las decisiones básicas a partir de las cuales, posteriormente, se concretarán las determinaciones urbanísticas precisas. En la práctica, es muy poco habitual que esos procesos de participación pública sean otra cosa que un mero trámite que hay que cumplir; rara vez se busca involucrar de verdad a los ciudadanos (quienes sí "participan" son los que tienen intereses inmobiliarios concretos). En el proceso de planeamiento que me está tocando coordinar, sin embargo, hemos llevado a cabo unos cuantos "experimentos". Entre ellos, presentar respecto a ciertos temas (el crecimiento de los núcleos urbanos, los posibles usos y conformación volumétrica de ciertas áreas singulares, determinadas intervenciones viarias, etc) distintas alternativas, todas viables y compatibles con los criterios y objetivos del Plan. A costa de un esfuerzo agotador durante dos meses, estas alternativas se han presentado y explicado a la población con el compromiso de los responsables municipales de asumir lo que resulte de la participación ciudadana. El pasado sábado, el Pleno del Ayuntamiento (con un comportamiento vergonzoso de la oposición) aprobó, en cada uno de los más de cincuenta temas que se habían abierto al debate, la correspondiente alternativa en base a la cual se desarrollará la ordenación pormenorizada. Profesionalmente, la experiencia me ha parecido de lo más instructiva; de otra parte, con todas sus imperfecciones, creo honestamente que ha sido un ejercicio de profundización en llevar a la práctica unos principios de participación pública en las decisiones sobre el futuro urbano que no suelen pasar de lsu enunciación teórica. Por supuesto, habría mucho que discutir y el debate sería rico y fructífero. Sin embargo, lo que me ha dejado desagradablemente sorprendido, es que quienes más deberían entusiasmarse en este debate y exhibir mayores dosis de rigor, mis colegas profesionales que se dedican al urbanismo, son quienes, en una gran mayoría, han descalificado de plano la experiencia. Con el argumento de que no es admisible que "la gente" sea quien decida, se han dedicado (sotto voce, eso sí) a denigrar el proceso tildándolo de demagógico, sin siquiera querer conocer los detalles de cómo se ha llevado a cabo. ¿Temor, quizá, a la pérdida de poder o prestigio? Es un asunto sobre el que me gustaría reflexionar más extensamente.


Stash. Phish (A Picture of Nectar, 1992)


Con relativa frecuencia, tanto en blogs que leo como en conversaciones privadas (en ambos casos, con interlocutoras femeninas), me encuentro con una más o menos explícita reivindicación de la intensidad emocional, del apasionamiento. Recientemente, mi ex-mujer me escribió un correo en el que me recordaba esa "necesidad" suya de sentimientos intensos, que la arrastraran tumultuosamente, como un huracán. Mientras lo leía revivía viejas crisis, pasadas sensaciones de torbellinos emocionales de los que salía (salíamos) golpeados y, a mi modo de ver, sin avanzar un ápice en nuestro "crecimiento personal" (perdóneseme el término tópico, pero ahora mismo no se me ocurre otro). Tras mi crisis de pareja, en un proceso largo de sufrimiento (las heridas, cuatro años después, sé que no están completamente cerradas) tuve ocasión de pensar mucho sobre ello y, consecuentemente, aprender a reordenar en mi interior muchos de estos factores. A estas alturas, desconfío enormemente de las pasiones y, por el contrario, ansío la serenidad como uno de los valores supremos. Niego que el sentir (y piénsese en cualquier sentimiento, el amor incluido, por supuesto) sea mejor cuando es tumultuoso; al contrario, estoy convencido de que sólo la paz interior permite vivir las emociones con verdadera (y fructífera) intensidad. Cuestión distinta es la necesidad de "chutes" emocionales, subidones pasionales que suelen confundirse con "sentir". Pero lo que pienso (y siento) sobre estos asuntos nunca logro expresarlo adecuadamente ni convencer a mis interlocutoras; aun así, me gustaría volver a intentarlo con más calma.


Poor Heart. Phish (A Picture of Nectar, 1992)


Cuando oímos sobre la corrupción urbanística, jueces que "destapan" turbias operaciones inmobiliarias vinculadas a planes urbanísticos, desde nuestra ignorancia de los detalles tendemos a pensar que ése, el del urbanismo, es un mundo lleno de chorizos. En términos generales, el sistema legal de que disponemos propicia necesariamente las corruptelas, toda vez que se basa en atribuir a unos terrenos (las mal llamadas "recalificaciones") unas potencialidades económicas que suponen el enriquecimiento, con frecuencia exagerado, de sus propietarios. La cosa es que esta "moda" de "judicialización" del urbanismo, pasando rápidamente de la esfera contencioso-administrativa a la penal, está teniendo algunos efectos preocupantes, no siendo el menor de ellos la parálisis de las administraciones. A veces, ante iniciativas de algunos jueces, uno no puede evitar pensar que están motivadas por el afán de notoriedad y echa en falta que haya un mínimo sentido común que, ante situaciones carentes de fundamento, impida dilapidar dineros públicos y generar molestias y preocupaciones innecesarias a las personas. En una de esas situaciones me han envuelto, junto con casi cincuenta personas más, hará cosa de un mes. Resulta que estoy imputado por delitos contra la ordenación del territorio y prevaricación por haber pertenecido a un órgano colegiado que hace casi diez años (no me acuerdo de nada) aprobó un plan general de un pequeño municipio de la isla de La Palma. El tema es tan surrealista que, si no fuera porque estas cosas no pueden tomarse a chacota, no merecería la mínima atención. Pero me afecta, claro, y me gustaría contarlo.


Llama. Phish (A Picture of Nectar, 1992)


Hay una expresión que me retrotrae a mi infancia: "bajarse del burro". El burro es la terquedad, el orgullo, la ofuscación. Mientras uno está subido en el burro es incapaz de ver con una mínima objetividad la realidad y, mucho menos, si se refiere a sus propios comportamientos, actitudes. Bajarse del burro, por tanto, es condición necesaria para conocerse y entender los conflictos. Sin embargo, en la línea tan castellana del castizo mantenella y no enmendalla, solemos preferir seguir aupados en nuestros burros personales, con el lamentable resultado de que, por más hostias que nos llevemos, no terminamos de enterarnos de por dónde van los tiros y, menos todavía, aprendemos lo que la vida nos está enseñando. También en las relaciones de pareja es harto frecuente que uno o ambos se nieguen a bajar del burro y cuando dos personas que se aman se enfrentan subidos en sus respectivos burros no sólo no hay amor (en esos momentos) sino que contribuyen inevitablemente a erosionarlo. El diálogo (que no es tal) desde los burros sólo es un ejercicio dialéctico más propio de un tribunal que de una pareja que se quiere, en el que cada uno trata de "ganar", que quede a salvo su "posición", sin dejar que las palabras del otro entren de verdad en su interior; nos negamos a meditarlas, a admitirlas amorosamente para reflexionar sobre su verdad, para entender los sentimientos del otro que llevan consigo, y las rechazamos como una pared de frontón devuelve casi inmediatamente la pelota. En los últimos días también, a ratos sueltos, me han venido estas ideas a la cabeza.


The Landlady. Phish (A Picture of Nectar, 1992)


En fin, los cuatro anteriores (y alguno más del que ahora no me acuerdo) son temas de los que me gustaría escribir algo más pausadamente. Valgan de momento estas notas apresuradas a modo de recordatorio personal.

domingo 28 de junio de 2009

Cuatro mujeres

Piel negra, brazos largos, pelo crespo. La espalda fuerte, capaz de aguantar el dolor, tanto dolor infligido una y otra vez, y otra vez, y otra vez … Tía Sarah es mi nombre; así me llaman.

Azafrán tostado es mi piel, melena larga. Vengo de la frontera entre dos mundos. Mi padre era rico y blanco; una noche, ya muy tarde, violó a mi madre. Siffronia es mi nombre; así me llaman.

Mi piel es bronceada, mi cabello hermoso, mis caderas te seducen, mis labios saben mejor que el vino. ¿De quién va a ser esta preciosidad? Tuya, cariño, si es que tienes dinero. Mi nombre es Cosita Dulce; así me llaman.

Canela es mi piel y áspero mi carácter. Mataré a la primera madre con la que me cruce porque mi vida ha sido demasiado dura. Soy hija de esclavos y ya sólo me queda resentimiento. Mi nombre es Melocotones; así me llaman.


Four Women. Nina Simone (Wild is the Wind, 1966)

Desgarradora, tremenda canción de la grandísima Nina Simone. Poquísimas palabras para presentarnos cuatro mujeres negras de los Estados Unidos, cuatro personajes simbólicos que, en su voz, en su piano, se hacen angustiosamente, acusadoramente, reales. Nina, una joven cantante negra de éxito, ya se había comprometido en la llamada "lucha por los derechos civiles". El tema es de Wild is the Wind, album de 1966; sin embargo, si los datos consultados no son erróneos, ya lo había cantado antes del disco, el año anterior, al menos en el Festival de Jazz de Antibes. Arriba puede escucharse la versión de estudio; abajo un video del Festival de Antibes.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

sábado 27 de junio de 2009

Amar desde nuestro punto de vista

Casi nunca queremos saber de verdad cómo piensan, qué sienten, las personas que nos rodean. Incluso en el amor, aunque menos, es así. Amamos a alguien; es decir, deseamos su bien, su felicidad. Sin embargo, lo hacemos desde nuestro punto de vista, desde nuestros sentimientos, desde nuestra forma de ser. Supongo que no somos capaces de ponernos en el lugar del otro, de asumir de verdad (con las tripas, no con la cabeza) que los deseos, las necesidades, las ansias de la persona amada pueden ser distintas de las nuestras. No hay mala intención en absoluto; al contrario, amamos con toda nuestra mejor voluntad, queremos darle a esa persona, con todo nuestro amor, los actos y cosas que pensamos que han de hacerle feliz. Y lo pensamos porque son esos actos y cosas los que a nosotros nos harían feliz.

Naturalmente, la mayoría de esos actos y cosas que nacen de nuestro amor hacia la persona amada contribuyen a su felicidad. Si no fuera así, la relación no aguantaría casi nada: ¿cómo soportar a alguien (aunque sepa que me ama) cuyos actos de amor hacia mí me molestan? Los problemas aparecen de vez en cuando, en asuntos puntuales, pocos pero con tendencia a repetirse. Se trata de aspectos del otro que no entendemos, incluso parecería que no queremos entender. Por ejemplo, puede haber algo que al otro, si se lo diéramos, le haríamos feliz y que nosotros no consideremos importante, siempre juzgado desde nuestro punto de vista. Naturalmente, como amamos a esa persona, ni se nos ocurre plantearnos conscientemente que no le damos lo que le hace feliz; en un plano no consciente (sin hacernos explícitos los pensamientos subyacentes) damos por sentado que eso es una tontería.

Creo que la principal causa, como decía antes, es nuestra incapacidad de ponernos en el lugar de la persona que amamos, de no juzgar desde nosotros mismos. Un argumento usual que nos hacemos (insisto: no en el plano consciente) sería algo así como: ¿por qué desea ese algo para ser feliz cuando yo no lo necesito? Y, dando un paso más, ¿por qué me pide ese algo, cuando yo no se lo pido a él/ella? Esta línea argumental no explícita suele derivar hacia planteamiento compensatorios del tipo de "en cambio, le estoy dando tantas otras cosas que son las que le deberían hacer feliz". Claro está, consideramos que esas otras cosas son las que deben hacerle feliz porque son las que a nosotros nos harían felices o, simplemente, porque encajan con nuestra idea de lo que debemos (y queremos) dar al que amamos. Y las damos con amor, que quede claro. Pero es el amor tal como nosotros lo entendemos que puede no coincidir al 100% en cómo lo entiende el otro.

Por eso justamente, porque amamos a la persona amada y queremos hacerla feliz, es muy fácil que cuando se producen desajustes del tipo de los descritos, nos sintamos injustamente tratados. Si se nos hace notar que la persona amada quiere que le demos algo que no forma parte del repertorio de nuestro amor, nos sentimos dolidos. ¿Acaso no te basta con todo lo que te doy que me pides esa tontería que, además, no tendrías que quererla? Y el otro, sabiendo que le amas y amándote a su vez, se queda con esa pequeña espinita de la incomprensión, de no ser capaz, él/ella tampoco, de hacerte ver algo que le haría feliz, aunque no forme parte de cómo tu entiendes el amor; de hacerte ver que eso no quiere decir que tu amor no sea maravilloso. Y piensa que, en el fondo, ni siquiera en el amor, queremos de verdad saber cómo piensan, qué sienten los otros.

En todo caso, como bien dice Chrissie Hynde, el amor es un misterio (y dentro de diez días, en el Auditorio de Tenerife, oiré ésta y otras canciones).


Love's a Mistery. The Pretenders (Break Up the Concrete, 2008)

domingo 21 de junio de 2009

Una cita accidentada

En un blog que he leído recientemente preguntaban por la peor cita que se hubiera vivido. Me puse a recordar algunos de esos “primeros encuentros” que mantuve pasados unos meses de mi separación y me di cuenta de que, vistos con la distancia del tiempo, me tocaron unas cuentas situaciones que como poco cabe calificar de esperpénticas. No obstante, salvo en uno o dos casos, me lo pasé bien, fueron casi todas personas interesantes (incluyendo sus “rarezas”, pero quién no) que contribuyeron, cada una en su estilo, a que me fuera recuperando de mis heridas y aprendiendo a reconvertirlas en estímulos para cambiar muchas cosas de mí mismo que necesitaban ser cambiadas.

Una de esas citas especialmente “movidas” fue con una mujer llamada Elena, una profesora de primaria en un colegio del sur de la Isla. Nos conocimos a través de Internet, y tras unos cuantos correos y muy poco chateo (se me da fatal), acordamos tomarnos un aperitivo en la terraza de la plaza de El Médano. Llegué yo antes y me senté de modo que quedara bien visible el naranja chillón de mi camiseta, mientras me mantenía atento a ver si aparecía una morena de 1,65 con un bolso de playa muy grande y a rayas de todos los colores. No tardó demasiado, nos dimos los besos protocolarios y ambos pedimos cervezas. La conversación desde el principio fluyó con mucha naturalidad. Elena era parlanchina y de discurso ameno, pero también dejaba tiempos al interlocutor; además, tenía humor e ingenio y resultaba fácil sentirse relajado y a gusto con ella. Por eso, cuando llevábamos ya como una horita de agradable charla, le propuse que fuéramos a almorzar a un restaurante de unos amigos, a unos kilómetros de allí.

El Médano es un pueblo costero tremendamente ventoso. Cuando estábamos a punto de levantarnos, una ráfaga huracanada golpeó la enorme sombrilla que protegía nuestra mesa y la abatió. Tuve justo el tiempo (y los reflejos) de dar un tirón al brazo de Elena y atraerla hacia mí, un instante antes de que la barra de hierro cayera sobre la mesa, la volcara e hiciera añicos una de las copas, regando al aire multitud de cristalitos. Pasado el susto y la escandalera, a ambos nos vino la risa tonta, la que libera los nervios tras un momento de tensión. Por poco, le digo, y va ella y me contesta: sí, no sabes cuantas de éstas me ocurren; mis amigos dicen que soy un imán para las catástrofes. Bromeé para quitarle importancia (ya será menos) y nos fuimos a mi coche. Cinco minutos después, ya en la carretera de salida del pueblo, tuve que dar un frenazo para evitar que se me empotrara un salvaje que salió a toda velocidad de una calle lateral, haciendo caso omiso del stop. Ves, me dijo, tienes que tener cuidado conmigo, soy gafe.

Sin otros contratiempos llegamos al restaurante. Nos dan mesa, pedimos la comida y enseguida nos traen el vino y algo de picar. Elena habla alegremente, se la nota contenta, ambos nos reímos frecuentemente. De pronto, abre la boca y los ojos con expresión de angustia: se ha atragantado con una aceituna. Intenta desesperadamente tomar aire a la vez que empieza a dar golpes con las manos a la mesa y a hacer unos movimientos extraños, casi convulsiones. Me asusto y me levanto para ayudarla, pero no sé cómo; hago ademán de darle golpes en la espalda y ella me hace gestos negativos con la cabeza, mientras emite unos inquietantes ruidos guturales y su cara se va poniendo violácea. En ese momento, un señor que estaba sentado a la mesa vecina se levanta como un rayo, le pasa ambos brazos por detrás y le oprime violentamente la boca del estómago. Inmediatamente, con una especie de tos, Elena escupe la aceituna al plato y enseguida empieza a recuperar el color. El hombre nos explica que ante un atragantamiento hay que actuar rápido porque, si no, la persona se asfixia y puede morir o sufrir daños cerebrales irreparables. Es enfermero, nos dice, y lo que ha hecho se llama maniobra de Heimlich. Pues menos mal que estaba ahí; le agradecemos de corazón su ayuda y, acabado el espectáculo, el restaurante recupera la normalidad.

Superado el trance, Elena recupera el buen humor como si nada, e incluso se dedica a hacer bromas con lo que hubiera podido pasar. A ver qué hacías, me dice, si la hubiera palmado; te habría tocado localizar a mis padres (que vivían en Asturias), menudo papelón. A mí, la verdad, me había bajado el ánimo y no me hacían demasiada gracia esos chistes. Pese a mis burlas previas sobre sus cualidades cenizas, ya no las tenía todas conmigo; a ver si es verdad que hay personas que atraen los malos farios, pensaba. Así que, pese a su buen humor, el almuerzo no siguió tan bien como prometía, y eso que la comida fue excelente. Hacia las cinco de la tarde la llevé de vuelta al Médano, nos despedimos y regresé hacia mi casa. Mantuvimos todavía el contacto durante unos meses, tanto telefónicamente como a través de correo electrónico, pero no volví a quedar con ella. Era una mujer muy agradable pero, quita, por aquellos tiempos lo que yo menos necesitaba eran emociones fuertes.



If it wasn't for bad luck. Ray Charles

Buscaba alguna canción para acompañar este post y encuentro una que hacía bastante que no escuchaba: el viejo Ray quejándose de su mala suerte, algo que no logra entender. Así que la subo y aprovecho para dedicársela a Lansky.

CATEGORÍA: Recuerdos

viernes 19 de junio de 2009

¿Me das un par de plátanos?

Llevo ya casi la mitad de mi vida en Canarias, pese a lo cual sigo (y seguiré) siendo identificado como foráneo (godo). El motivo es, obviamente, mi acento que, por más que (influido por los muchos años aquí) ya no sea un peninsular normal, dista mucho de la forma de hablar de los nativos del archipiélago. Cuando voy a Madrid, por ejemplo, los viejos amigos me hacen notar unas cuantas de las influencias canarias en mi acento: la entonación, no tan cortada como la castellana; tiendo a aspirar la jota; no pronuncio del todo el fonema zeta (aunque tampoco digo "sapato") … Aun así, son más las diferencias que las aproximaciones, seguramente porque estos aspectos del habla de cada uno se consolidan en lo fundamental durante la adolescencia. Y eso que, inintencionadamente, tiende a adaptárseme la entonación a la que oigo en el entorno, sobre todo si se trata de acentos muy marcados. Me ocurre, por ejemplo, en mis estancias en Cataluña o en el País Vasco y cuando hace casi tres meses estuve una semana en México (casi todos los días en interminables reuniones con mexicanos) me sorprendía a cada rato con un parloteo cantarín, para cachondeo de mis compañeros españoles. Pero por mucho que se me peguen los acentos, sufro una incapacidad fonética que creo que es común a los peninsulares y que consiste en la imposibilidad de pronunciar la ese canaria (o la del castellano de América); no sé precisarlo en términos fonéticos, pero cualquier canario o hispanoamericano distingue inmediatamente que la forma de pronunciación de la s por los peninsulares (sobre todo los de Castilla) es netamente diferente y les encanta remedarla exagerando el sonido (algo así como sh).

Las peculiaridades léxicas del archipiélago, a diferencia del acento, las he asimilado de forma natural y para ello no he tenido ningún impedimento. Sustituyo sin ningún esfuerzo (sin pensarlo) el vosotros por el ustedes (conjugando, por supuesto, en tercera persona, no el desagradable ustedes qué hacéis de los andaluces). Uso habitualmente las palabras propias de aquí: no se me ocurre decir autobús (guagua), me sale antes decir botar que tirar, compro bubangos y no calabacines, y así con varios ejemplos más. Donde fueres haz lo que vieres, me decía mi madre de pequeño; y aunque no me esfuerzo conscientemente en emplear los vocablos canarios, ese consejo popular me parece de lo más acertado. Hay por supuesto quienes no comparten este criterio y, por el contrario, parece que se esfuerzan conscientemente en que no se les peguen palabras canarias. Pienso ahora, por ejemplo, en una amiga madrileña que lleva aquí unos cinco años y no sólo no usa el ustedes (que entiendo que cueste más habituarse), sino que se empeña en decir autobús, palabra que suena absolutamente forzada. Me dice que se siente incapaz de decir guagua (así como el resto de términos autóctonos), que se nota ridícula y que para ella es una "cuestión de principios" mantener su forma de hablar.

Hay, sin embargo, algunas expresiones canarias que me resisto a emplear. Sé perfectamente cómo usan, lo que significan pero … ¡Nada! Pongamos una que se me presenta con mucha frecuencia; hace un rato, por ejemplo. La oigo y siempre me la traduzco por el significado que para mí tiene y tardo un instante en darme cuenta de que quien la usa le está dando otro. La digo y quien me oye piensa que quiero decir algo ligeramente distinto. Se trata de "un par de …" que para mí son exactamente dos cosas, mientras que aquí quiere decir un conjunto de un número indeterminado (pequeño, eso sí) de cosas. Vas a la tienda y pides un par de plátanos y te dan tres o cuatro o, si les gusta la precisión, te preguntan cuántos. Y, en ese momento, me doy cuenta de que sigo sin asumir esta expresión. Algunas más hay. En fin.



Don't Think Twice, It's All Right. Barb Jungr (Every Grain of Sand)

Quien canta es Barb Jungr, una mujer inglesa de padres checos que he descubierto recientemente. El tema es de Dylan y la versión no está nada mal. Excusa decir que no tiene nada que ver con el post (pero me apetecía ponerla).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

miércoles 10 de junio de 2009

El espejo y el gorrión

Tendría yo seis o siete años, creo que fue antes de mi primera comunión porque para entonces ya mi padre nos había dejado. Era invierno, eso seguro, pues en mi recuerdo veo con claridad el paisaje de la calle nevada desde la habitación grande de la planta baja, esa en la que pasaba casi todo el tiempo entretenido con mis juegos y fantasías. Desde esta repugnante vejez que sufro sigo contemplando la majestuosidad de aquel salón, negándome a admitir que la percepción de un niño exagera las dimensiones. Hará dos veranos un viaje de trabajo me acercó a mi ciudad natal y en una tarde tonta me dejé arrastrar hasta mi barrio, hasta aquella casa, un chalecito anticuado de proporciones modestas con algunos detalles patéticos de pretencioso arribismo. Pero, claro, siéndolo, no era esa la casa de mi infancia. No hay más remedio que aceptar que ni la casa ni el niño existen ya, por más que la lógica adulta diga lo contrario.

Serían las cuatro, las cinco de la tarde a lo sumo. Yo estaba sentado en el suelo, con mis pantaloncitos cortos y ese odioso delantal que mi madre me obligaba a vestir, el babi lo llamaba, prenda que hería mi dignidad masculina. Jugaba a cuidar al gorrioncillo que esa misma mañana mi padre había recogido del jardín, un pajarito herido, con las alas rotas o quizá (ya no lo recuerdo) caído del nido. Lo acariciaba, intentaba que comiese, observaba maravillado sus breves saltitos titubeantes, lo vigilaba … De pronto oí un ruido fuerte, no, dos ruidos distintos pero tan seguidos que se fundieron en un único sonido: una voz humana mitad grito mitad gemido (¿la de mi madre?) y la explosión seca de un portazo. Y enseguida por las escaleras bajó mi padre; mi padre en calzoncillos y camiseta.

Debo aclarar que mi padre siempre, absolutamente siempre, vestía traje y corbata. Era un señor mayor, muy mayor (tendría poco más de treinta) muy serio e imperturbable. Nunca se reía, nunca hacía aspavientos, nunca gritaba o cambiaba el tono de la voz. Hablaba en un volumen suave y gestos pausados, en los breves intermedios entre sus idas y venidas. Porque siempre se estaba yendo o viniendo para volver a irse. Venía poco antes de la hora de la comida, al acabar de comer se iba al dormitorio de mi madre (luego ella, al acabar de fregar la loza, subía también), después volvía a salir (papá se va a trabajar, grumete, me decía), a veces, no siempre, aparecía antes de que mamá me diera la cena y entonces los tres nos sentábamos juntos a la mesa, pero otras muchas me había de ir a acostar sin verle regresar. Mi madre siempre venía a darme el beso del sueño y yo le preguntaba dónde dormiría papá esa noche; aquí, en casa, dónde si no, me decía, pero al día siguiente no estaba, es que ya se ha ido, cariño, me aseguraba mi madre. Lo que sí es verdad es que nunca me daba el beso del sueño, ni siquiera cuando cenaba con nosotros y era él, con su voz tan tranquila, tan neutra, el que me mandaba a la cama; entonces yo me levantaba e, ignorando a mamá (porque ella subiría enseguida), me acercaba hasta él e inclinaba la cabeza a su regazo para recibir una leve caricia en el pelo, algo así, pensé años después, como la unción de un rey a su súbdito.

O sea que yo apenas reconocí a mi padre en ese hombre semidesnudo que bajaba las escaleras, apenas pude hacer nada salvo sentir una opresión desconocida que me atenazaba por dentro, suspendiéndome todo movimiento, hasta el parpadeo, hasta la respiración. Mi padre pasó junto a mí, sin el mínimo gesto, como si no existiese, y se paró ante la mesita camilla del rincón, enfrente justo del espejo alto y alargado; así, quieto, ligeramente inclinado hacia delante, los brazos rígidos, los puños apoyados sobre la mesa, la mirada fija en su reflejo, como si quisiera perforarse, atravesarse, cruzar el espejo. De improviso, impulsándose con los brazos y flexionando el cuerpo, como una rana, saltó hasta la mesa y quedó allí subido, en cuclillas.

Y empezó a gesticular, a distorsionar exageradamente los rasgos de la cara. Abría los ojos y parecía proyectar hacia fuera las órbitas a la vez que bizqueaba, forzaba la boca alargando hasta límites inusitados la longitud de los labios, inflaba y desinflaba las mejillas como si unas bolas le bailaran por dentro, fruncía la nariz y dilataba las fosas que se convertían en agujeros vibrantes de apariencia tenebrosa, retorcía la alineación de las cejas, arrugaba y desarrugaba la frente ... La cara de ese hombre que había de ser mi padre era el escenario de rostros continuamente cambiantes, todos caricaturescos, distorsiones extremas que me producían un pavor creciente. Esa aterradora sucesión de monstruos diversos, ese catálogo de máscaras diabólicas que mi padre iba ensayando, duró unos cuantos minutos, un rato largo durante el cual mi cerebro, todo yo, quedó paralizado por el miedo más absoluto, más irracional. ¿Qué estaba pasando? Pero ese niño asustado ni siquiera acertaba a formularse la pregunta.

Acabó por fin su exhibición mímica y se bajó de la mesita. Sólo entonces me miró; una mirada fofa, inexpresiva, la de un ser sin alma. Luego la mirada cayó a mis manos, al pajarillo que en su hueco albergaba. Se acuclilló junto a mí y muy despacio, con la más completa suavidad, cogió el gorrión. Con la mano izquierda atrapó su cuerpecillo, mientras que la derecha, la palma hacia abajo, la cerraba sobre la cabeza. Entonces giró ambas manos en sentidos contrarios; sólo fue un instante, como si se tratara de un truco mágico. E inmediatamente las separó y abrió la izquierda: en la palma yacía el pajarito inerme. De nuevo muy despacio, con completa suavidad, depositó el gorrión en mis manos, se enderezó, me dio la espalda y subió las escaleras hasta el dormitorio de mi madre.

No guardo memoria de los minutos siguientes. El miedo tuvo que convertirse en angustia y mi cerebro ha debido borrar los siguientes recuerdos. Bastante después, esa misma tarde –mi padre o quien hubiera poseído su cuerpo ya no estaba en la casa– me veo acurrucado en la cama de mi madre, apretado contra ella y llorando en silencio, todavía con el gorrioncillo muerto entre mis manos. Horas después, ya anochecía, volvió mi padre, con su ropa de siempre, con sus gestos de siempre, con sus maneras de siempre. Traía una cajita de madera. Ven, me dijo con su voz suave, casi cariñosa. Y salimos de la mano al jardín trasero y escarbó en la nieve y luego en la tierra húmeda. Me pidió el pajarito y lo metió en la caja. Luego me la dio y con gesto solemne señaló el agujero. Deposité ahí el pequeño ataúd y él volvió a cubrirlo de tierra que compactó con los pies. Yo no hablé nada, el miedo permanecía dentro, apretándome el estómago. De la mano volvimos a la casa.

Poco después volvió a irse. Llevaba una maleta que, no sé como, había aparecido sobre la mesa camilla de la habitación grande. Nunca más volvió. Tampoco nunca más, ni mi madre ni yo, volvimos a mencionar su nombre. Muchos años después, en mis últimos meses del bachillerato, sentí la acuciante necesidad de saber qué había pasado esa tarde en el dormitorio de mi madre, qué era lo que explicaba la aparición de ese desconocido en ropa interior, que gesticuló ante un espejo y mató un gorrión inválido, qué había pasado con mi padre. Pero para entonces mi madre ya había muerto.


Lord, Protect my Child. Susan Tedeschi (Nokia Theater, NY, 2006)

CATEGORÍA: Ficciones

viernes 5 de junio de 2009

Educado para matar

La mayoría eran niños de la calle, aunque también podían aparecer muchachos de familia normal. Pero todos, desde luego, eran psicópatas; cómo, si no. Los captaban entre los catorce y los dieciséis, raras veces un poco más jóvenes o mayores. Había unos cuantos especialistas, no más de diez, oficiales enmedallados, expertos en descubrir almas de asesino en los caracteres infantiles. Estos eran quienes daban el visto bueno, el permiso de acceso a la academia. Pero la búsqueda de los futuros sicarios era tarea de todos los integrantes del ejército; en todos los cuarteles, bien distribuidos por el país, cada uno de los soldados sabía que parte de su deber era observar a esa población que merodeaba, de la que formó parte, pero ya no, ahora entre ellos estaba el enemigo, ellos eran el enemigo, seres de otra especie. En la paranoia de la guerra interna como forma de vida había que observar a los campesinos para detectar los actos del enemigo, a ser posible antes de que los hiciera; pero también a chicos que podían servir. Se fijaban y los señalaban, la cadena de mando funcionaba, no tardaba en aparecer por ese rincón de la selva o por ese valle perdido en la montaña uno de aquellos oficiales y entonces, si era que sí, el chaval dejaba esa aldea, para siempre.

El curso duraba seis meses. Medio año encerrados en unos bunkers subterráneos de los que casi no salían nunca. Ahí también había dependencias de la contrainsurgencia, las salas de tortura, inevitables en esa guerra, el enemigo no son personas, no entiende otro lenguaje. Los muchachos veían y oían, también olían; el hedor -heces, vómito, carne quemada- nunca cesaba. Pero era como música de fondo, se imponía por su propio peso, algo incuestionable; eso es lo que hay, estamos en guerra y tú estás de este lado, porque, si no, pasarías a estar de ese otro, serías de los que mueren entre aullidos. Pero no hacía falta hablarlo, no formaba parte -digámoslo así- del programa académico. O sí, porque quizá lo más característico de ese curso era lo que no se se incluía en las asignaturas pero las impregnaba todas; el ambiente del bunker, la música de fondo.

Tampoco es que hubiera establecido un programa de asignaturas, ni horarios o calendarios. Cada remesa de críos aprendía según los instructores que les tocaban. Claro que, mejor o peor, con más o menos lagunas, siempre estaban las materias básicas, en la teoría y en la práctica. Lecciones de anatomía para saber manipular los flujos que son la vida, y para saber sobre todo detenerlos con eficacia. Manualidades, hacer la soga de los dos nudos, por ejemplo, con la que en un momento se quiebra la tráquea, el hilo de pescar amarrado a un palo para el estrangulamiento instantáneo y silencioso; y más, tantos más. Armas, blancas y de fuego, cuánto les atraen a los chavales, qué rápido aprenden a montar y desmontar una ametralladora rusa, un fúsil semiautomático. Si hasta geografía e historia aprendían, hay que conocer la patria a la que van a servir, la que los necesita y les reclama sus sacrificios, convirtiéndolos en héroes, aunque hay que serlo en silencio, sin alardear, ya llegará nuestro día.

A los pocos días de la llegada cada chico recibía un perrito de uno o dos meses. Habían de cuidarlo, educarlo, lo que se hace con una mascota. Hacia la mitad del curso les pedían que trajeran los perros al aula, un salón grande de piso y muros de hormigón desnudo. Entonces el instructor, con voz calma pero inflexible, les ordenaba que cada uno degollase a su cachorro, que sacasen el machete y les rebanaran el pescuezo, sin dudar, de golpe. No todos obedecían, claro, pero sí la mayoría. El instructor se acercaba a los que se habían quedado congelados, incapaces de matar al animalito —algunos lo apretaban contra sus pechos, lloraban— y de un sopapo los aventaba al suelo a la vez que les arrebataba el perro. Sujetadle, decía, y ante los ojos del chiquillo reventaba la cabeza del animal contra el muro, y luego ordenaba a los compañeros que le dieran una tunda de golpes. Esos, los pusilánimes, eran expulsados; mientras siguieran vivos nunca hablarían de la academia.

El del perro podía considerarse el examen de medio curso, el de graduación era un asesinato. Lo cometían ya fuera del bunker, en el plazo de los tres primeros meses. Tenía que ser un crimen sin motivos, la víctima seleccionada al azar, que su muerte no diera demasiado que hablar y menos todavía que levantara sospechas sobre relaciones con el ejército. La mayoría de los muertos eran indigentes urbanos que a nadie importaban o vagabundos de los remotos confines rurales. Quien me contó esta historia, sin embargo, había preferido una pareja de enamorados que se besaban ajenos a todo en un parque. Le fue muy fácil, me dijo, acercarse por la espalda y rajar la yugular del tipo sin que se diera cuenta de nada. Le gustó que la sangre saltara hacia la chica, ver sus ojos desorbitarse, abrir la boca para el aullido del terror absoluto que el brutal puñetazo abortó. Le excitó su bautizo y no pudo resistirse a violarla, aun estando inconsciente. Empezó a despertar y le abrí las tripas mientras me venía, me dijo, para revolcarme también en su sangre. Allí dejé los cuerpos, todo duró muy poco.

Tenía diecisiete años y fue el alumno más aprovechado de su promoción. Con tan buenas notas, enseguida pasó a los comandos de élite, los vengadores de la sombra los llamaban. Era un secreto a voces que sus operaciones se vinculaban a la inteligencia militar, que el ejército estaba involucrado, pero nada se podía probar. La mayoría de los crímenes ocurrían en aldeas perdidas, sospechosas de amparar a los guerrilleros terroristas. Las cosas cambiaron hacia los últimos años de la guerra, cuando los remilgados izquierdosos de los derechos humanos se dedicaron a incordiar más de lo debido. También éstos empezaron a caer en emboscadas de mortales resultados, y no eran muertes cómodas, al fin y al cabo tenían que servir de advertencia, tenían que agravar el miedo para que esos comemierda no perdieran el respeto, no se salieran del tiesto.

En esos últimos años matamos a muchos que no debían haberse tocado, creo que los jefes se equivocaron, me dijo, se pasaron de la raya, ya ni siquiera los gringos podían hacer la vista gorda. El inhumano crimen de la cooperante danesa, la chica que trabajaba con las comunidades del interior, también fue obra suya. Se pensaban que tenía información de las actividades de la contrainsurgencia y que estaba en contacto con los de Amnesty; tenía que morir, eso no se discutía, pero los jefes querían que hablara antes, que contara todo lo que sabía. Fuimos tres, me dijo; interceptamos su camioneta en una trocha de la selva, en un momento matamos a los dos indios que la acompañaban, ella iba con su niño, un crío de dos años, lo improvisé sobre la marcha, qué mejor que torturar al hijo para que la madre hablase, total, también tenía que morir. Habló, sí, pero tampoco dijo demasiado, seguramente tampoco sabía casi nada, seguramente tampoco era tan peligrosa como los jefes pensaban. Al final, hizo más daño muerta que el que hubiera podido hacer viva.

Quien todo esto me contaba era un joven que no llegaría a los veinticinco. Estábamos en el confesionario de mi iglesia, en un suburbio de Los Ángeles. Me gustaría estar arrepentido, pero no lo estoy, me dijo. Sé que Dios no me puede perdonar, como tampoco me pueden perdonar quienes ya han decidido mi muerte. Es más que seguro que ya han llegado a esta ciudad, son de los míos, mis iguales. Me encontrarán y me matarán, pero no me harán sufrir, ese es el pacto, así era desde el principio. No creo que pase de esta semana que esté en el infierno. Se levantó y se fue, en silencio, como había llegado. Me quedé solo, rezando.


License to Kill. Maria Muldaur (Yes, We Can, 2008)

CATEGORÍA: Ficciones

viernes 29 de mayo de 2009

If it be your will

Plegarias como ésta, sólo por su belleza, hacen que añore la fe que tuve. Lástima que ningún Dios hará que salgamos del infierno, que acabe la noche; por más que recemos, esa es tarea que nos toca a nosotros.

Si es tu voluntad que no hable más, que mi voz sea silencio como antes era, no hablaré más y esperaré hasta que me digas; si es esa tu voluntad.

Si es tu voluntad que mi voz sea auténtica, cantaré para ti desde esta colina destrozada; desde esta colina destrozada resonarán todas tus alabanzas si es tu voluntad permitirme cantar.

Si es tu voluntad, si hubiera alguna oportunidad, deja que los ríos se llenen, deja que las colinas se regocijen, vierte tu compasión sobre todos los corazones que arden en este infierno; si es tu voluntad hacernos el bien.

Y acércanos y átanos fuerte a tus hijos de aquí, todos en harapos de luz, en nuestros harapos de luz, vestidos para matar. Y haz que acabe esta noche, si es tu voluntad. Si es tu voluntad.

video

Se trata de una canción de Leonard Cohen, publicada originalmente en el disco de 1984, Various Positions. No es el único tema de tintes teológicos de este poeta canadiense que anda ya cerca de los tres cuartos de siglo. De sangre y religión judías, profesa también el budismo, lo cual, según sus propias palabras, es perfectamente compatible. Se me ocurre que quizá el budismo le permita endulzar al severo Dios veterotestamentario. Como sea, el video que acompaña este post es un fragmento de un maravilloso concierto en Londres el 31 de marzo del año pasado. Quienes cantan esta preciosa canción son las hermanas Webb, dos inglesitas que se sumaron al equipo vocal de Leonard Cohen junto a su colaboradora de ya tantos años, Sharon Robinson.

Disfruten la canción.

PS: Este post es una excusa para dos experimentos que han requerido unos cuantos intentos fallidos. El primero, cortar un trocito de un video largo, en este caso, el concierto de Leonard Cohen. El segundo, subir directamente a blogger mi propio video (el extracto), lo que, por cierto, tarda un rato largo. Siempre hay una primera vez para todo.

CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

martes 26 de mayo de 2009

Una sesión de jazz y cine en París

Noviembre de 1957, un licenciado en medicina viaja a París, pretende rematar su tesis doctoral sobre Alexis Carell; pero eso es irrelevante para la historia. Allí, no sé cómo, en una reunión, conoce a Jeanne Moreau. Jeanne ya era una estrella en ascenso en la cinematografía francesa; ¿qué le vio a ese españolito gafotas y desgarbado? El caso es que algo hubo entre ambos, algo breve (no más de una semana) y que no puedo precisar con certeza. ¿Hubo o no hubo sexo? Ese joven médico sería unos meses después mi padre.

Unos cuarenta años después, un matrimonio mayor, mis padres, vienen a visitarme a la isla. Estamos sentados en la sala y en la tele emiten Ascensor para el cadalso. Mi padre dice: ¡vaya, la maldita película! Cuenta una historia con demasiadas elipsis: que conoció a Jeanne Moreau, que él estaba deslumbrado, la actriz famosa, rubia y bella y a la vez con esa mirada dura, distante, que a ella mi padre le gustó … Yo le gustaba y salimos juntos varias tardes. ¿Cuánto significa el verbo salir? Pero no concibo a mi padre siendo más explícito conmigo; además, estaba mi madre que bromeaba irónica: sí ya, la Moreau, ¿y cuántas más?

Pero mi padre no solía fanfarronear. Salí varias veces con ella, sí, la verdad es que me enamorisqué y eso que alguien me dijo que estaba casada. Una tarde me propuso acompañarla a una sesión de grabación; por lo visto se trataba de grabar la música que iba a conformar la banda sonora de la película que había rodado. El director, un tipo más joven que nosotros (ambos teníamos veintinueve), había insistido en que asistiera, había conseguido que un genio (así se lo dijo), el mejor trompetista de jazz del mundo, tocara para su película, la primera que él dirigía, normal que estuviera entusiasmado, aparte de que le apasionaba el jazz.

Yo le oía, a mi padre, y alucinaba. Estamos hablando de Miles Davis, pensé (su trompeta para entonces ya había invadido nuestra sala, además de haber leído su nombre al principio de la película), y … ¿mi padre? Si pensaba que ni siquiera conocía su nombre, como ignora casi todo del jazz. Pues resulta que la acompañó y fue a unos importantes estudios de radio, televisión y cine. Se trataba de los de Le Poste Parisien, pero eso él no lo dijo; se acordaba, en cambio, de que estaban en la avenida de los Campos Elíseos, muy cerca del Arco de Triunfo, y también de que le impresionaron, locales tan amplios, con tantas cosas que desconocía. Se sintió apocado, confesó, ¿qué hacía yo ahí, entre tanta gente que parecía tan importante o, al menos, tan segura de su importancia?

Avenue des Champs Elysees, Paris, 27 July 1955 (fotografía publicada en Flickr por allhails)

Había mucha gente, nos contó mi padre. Al principio, Jeanne me iba presentando, pero poco a poco ella iba dejándose absorber por un ambiente que a mí en cambio parecía rechazarme; así que notaba que me opacaba, casi haciéndome invisible. Había mucha gente y el que más se movía como si fuera un titiritero que sostuviera las cuerdas de todos nosotros, sus marionetas, era el director, Louis Malle, un chaval joven, el pelo revuelto, mal afeitado, en tirantes y fumando sin parar; bueno también yo fumaba sin parar, entonces todos fumábamos sin parar, siempre los horribles gauloises. Jeanne parecía la anfitriona consorte, se colocó detrás de una especie de barra y se puso a servir bebidas, y a beber ella, claro, enseguida me di cuenta de que se había achispado.

Era un caos, todos riendo y hablando a gritos, ya era tarde y de pronto se hizo el silencio y era que entraba el genio de la trompeta. ¿Miles Davis, papá? Sí, contestó como si el nombre no significara nada, así se llamaba, Miles Davis, un negro muy negro, flaco, con una mirada que daba miedo y a la vez te intrigaba. El tío casi no hablaba, pero todos le rodearon con reverencia, en especial Malle que parecía estar ante un Dios, pero también Jeanne, la respiración se le había entrecortado. Todos nos fuimos distribuyendo por las sillas, en la parte de delante se puso el trompetista con sus músicos, cuatro o cinco más, creo que eran franceses. Atenuaron las luces, casi las apagaron completamente, y empezaron a proyectar esta película que están dando en la televisión, pero sin sonido, porque eran los músicos quienes, viendo las escenas, tocaban.


Florence sur les Champs-Elysées. Miles Davis (Ascenseur Pour L'Échafaud)

La verdad es que la música era envolvente, hipnótica. Yo estaba sólo, abandonado por Jeanne y ajeno a todos los demás personajes que en nada me concernían. Por un buen rato perdí el sentido del tiempo y del espacio, me entregaba a esas melodías extrañas y dejaba que la trompeta del negro se enroscara a mi cerebro y lo llevara en una especie de danza mágica, irreal. Davis era el que iniciaba cada tema, improvisando a medida que veía las imágenes, y los otros le seguían, también en audaz improvisación. A veces el trompetista hacía un gesto con la mano y todo se detenía y entonces Malle mandaba volver a proyectar esa escena y la misma música, o casi, se repetía. El hechizo me duró más de dos horas y salir de él fue como despertar de un sueño profundo que te obliga a ir despegándote de adherencias resacosas. Me acerqué a Jeanne, pero ella seguía embelesada y apenas me prestó atención. Me sentí idiota y también el único lúcido entre toda esa gente alelada, absorta en la música; lo que se me hizo evidente es que estaba fuera de lugar, que allí no pintaba nada. Sin despedirme de nadie, me fui; serían casi las dos de la madrugada.

No contó mucho más mi padre, ni esa tarde ni nunca más. Yo luego me enteré de que esa sesión mítica duró hasta las cinco de la madrugada, que asistieron varios ilustres de aquellos años (Boris Vian, por ejemplo, uno de los escritores que devoré en mi veintena) y de que todos tuvieron la sensación de haber vivido una experiencia absolutamente singular (tanto Malle como Miles quedaron tremendamente satisfechos, aunque el músico dijo que no tenía intención de repetirlo). También me enteré de que, en contra de los rumores que circularon, la música no fue improvisada; cuando me compré el disco de la banda sonora leí el texto en el que Marcel Romano, el promotor del Club Saint-Germain que había contratado a Miles, cuenta que el trompetista estuvo unos quince días trabajando en su hotel en la composición de la música que había de acompañar a cada escena. Pero todo esto no se lo pude contar a mi padre y murió sin saberlo. Aunque quizá sí lo supiera y quizá sí sabía más de jazz de lo que decía. Esa tarde en mi casa me confesó que, a raíz de esa sesión, le cogió manía al jazz. Pudo más el malestar por sentirse rechazado que la magia de la trompeta de Davis. Lástima.

Por mi parte, me quedé sin saber los detalles de la relación entre mi padre y la Moreau. Todavía podría preguntárselo a ella, pero ni se acordaría ni yo creo que en realidad quiera saberlo.



CATEGORÍA: Ficciones / Recuerdos

lunes 25 de mayo de 2009

Acertijo cinematográfico

Dos amantes conjurados para el asesinato del marido de ella, un importante empresario para el cual él trabaja. Esa misma tarde, antes de salir de las oficinas, él ha de matarlo; ella le esperará en la terraza del café de costumbre, subirá a su gran coche descapotable y serán libres por fin. El crimen se cumple, pero un olvido que hay que corregir y el azar pasa a ser quien decide.

El coche descapotable, irresistible tentación, dos pilluelos y un nuevo crimen, esta vez doble. La mujer enamorada que lo busca toda la noche, la desesperación y casi la locura en su mirada. El policía de cara de boxeador e irónica inteligencia, genial siempre este actor. Y, claro, la caja suspendida e inmóvil, en la que queda encarcelado el asesino para permitir la trama.

Obediente a los cánones del cine negro americano, pero con un toque del nihilismo europeo de la posguerra. Blanco y negro, por supuesto. El director, entonces tan joven, será uno de los grandes. Y, por encima de todo, una trompeta prodigiosa.


Actualización a medianoche: Poco ha durado el enigma; Cacho de Pan acertó casi todo lo que había que acertar (sólo omitió el nombre del trompetista). Así que, quien quiera saber la respuesta que vea los comentarios; quien prefiera intentar averiguiarla por sí mismo, pues que no los mire (si es capaz). De todas formas, este post (y este acertijo) era una excusa introductoria para un breve relato que tengo a medias.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

viernes 22 de mayo de 2009

Nuevas aventuras en el tranvía

Voy caminando hacia la parada y veo que el tranvía ya está allí. Mi bono no tiene saldo suficiente así que me apuro en cambiarlo por uno nuevo (introducir el viejo, que la máquina me diga la diferencia que he de pagar, meter el dinero y confiar en que no rechace el billete arrugado de diez euros, recoger las monedas de la vuelta, el nuevo bono y el recibo). En ese momento suena la bocina que advierte de la salida del tranvía y con las justas logro colarme dentro. Pico el bono reciencito de 12 euros en la "canceladora", una máquina con una ranura en la parte superior por la que se traga el bono, lo lee y le descuenta el coste de un viaje imprimiendo una serie de códigos, y luego lo escupe para que el cliente se lo guarde para siguientes usos (o por si se lo pide un revisor).

El tranvía está bastante lleno, pese a ser la parada inicial. Voy cargado con un maletín, una bolsa con libros recién comprados y la chaqueta. Encuentro un asiento libre y, molestando a un par de señoras, lo ocupo. Coloco los bultos y chequeo que llevo todo conmigo. Echo en falta el bono nuevo; no está en el bolsillo de la camisa, ni en los de los pantalones, ni en el de la chaqueta, ni en la bolsa con los libros, ni en el maletín ... La única explicación es que se me olvidara recogerlo de la canceladora, descuido rarísimo que nunca antes me había sucedido. Pido permiso y vuelvo a molestar a las dos señoras para caminar hacia la canceladora en la que piqué el bono. En cuanto llego, un señor mayor, con voz casi susurrante me dice: usted es el que se dejó el bono en la máquina. Sí, contesto, ¿sabe que ha sido de él? Lo ha cogido esa mujer de allí, la que está con una camiseta negra.

Me acerco a la mujer que me da la espalda. Junto a ella hay un tipo muy alto y muy cachas; lleva una camiseta ajustada que deja adivinar pectorales de vigoréxico; los brazos, al descubierto, cubiertos de tatuajes y con un diámetro comparable al de mis muslos, no dejan espacio a la imaginación. Con un dedo rozo ligeramente la espalda de la mujer de negro, perdone, le digo. Se da la vuelta lentamente, pero antes de que me vea, el hombre con voz irritada me increpa, qué es lo que quiere. Perdone, repito mirando a ambos, ella ya se ha dado la vuelta y me mira intrigada, ¿ha encontrado un bono en la máquina? Sí, contesta, ¿por qué? Es que es mío, se me quedó, ¿me lo puede dar? Ella se queda callada, mirándome como si me estuviera tasando. Tres, cuatro, cinco segundos, nada. Habla el gigante musculado: ese bono estaba agotado, ya no vale. Y él también me mira, pero con otra mirada, nada tranquilizadora.

En fin, estamos en un tranvía lleno; noto que la gente de alrededor está pendiente de la escena. Ahora soy yo el que no hablo, limitándome a sentir las dos miradas. Paso del vigoréxico para esforzarme en aguantar la mirada de la mujer, creo descubrir un punto irónico en el fondo de unos ojos grandes y negros. No, no estaba agotado, lo acababa de comprar, le contesto a ella, ¿te importaría devolvérmelo? Cruz de Piedra, anuncia la voz femenina de la megafonía. Vamos, dice el gigantón. Ella amaga una ligera sonrisa, sí claro, tómalo, y en su mano, como de la nada, aparece el bono; me lo da y se gira, sigue al hombre, la puerta se abre, salen a la calle. El tranvía vuelve a ponerse en marcha.

El señor mayor que me había señalado a la mujer vuelve a hablarme, ahora en un tono bastante más alto: menos mal que se lo dieron, el bono, porque querían quedárselo. Sí, corrobora una chica joven, yo le dije a esa mujer que el bono se lo había olvidado usted. Otra entra en la conversación: claro que sabían que estaba lleno, si lo comentaron entre ellos, menudo par esos dos. Parece que, ahora que se han ido, se ha abierto la veda para el chismorreo; no me gusta ser el motivo del debate, les agradezco y retorno hacia mi antiguo asiento. Mientras camino echo un vistazo al bono: se trata de uno ya agotado.


Se Dejaba Llevar. Antonio Vega

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

jueves 21 de mayo de 2009

Espiritualidad nazi

En la Europa de entreguerras abundaron los movimientos "espiritualistas". Con distintas variantes, casi todos ellos se basaban en unos principios dualistas (y descaradamente maniqueos) entre el Bien y el Mal, así con mayúsculas. El Bien máximo, la perfección, no era otra cosa que Dios. Todos los entes, fueran seres vivos o no, tenían en su propia esencia la tendencia hacia la perfección; es decir, a fundirse en Dios. Habría pues una ley universal centrípeta que gobierna todos los entes, de modo que la dispersa multiplicidad vaya poco a poco reduciéndose por la progresiva fusión en su evolución hacia el Bien absoluto. Ese Dios vendría a ser la concentración de todo el universo que, antes de que existiera el espacio-tiempo, explotó originando el proceso centrífugo de la multiplicidad. Visto así todos los seres somos Dios y por eso tendemos a recuperar la unidad primigenia. Aunque (inevitable dualismo) siguen existiendo las fuerzas del mal que se oponen a esta evolución hacia la perfección divina.

De otra parte, esa dicotomía entre el Bien y el Mal encontraba su exacta equivalencia en la pareja del Espíritu y Materia. Como el Bien sólo estaba en lo espiritual, el progreso hacia la perfección equivalía a la progresiva desmaterialización. En este punto entraba en juego la reencarnación. Cuando uno moría, el alma se reencarnaba en un ser de menor o mayor densidad material en función del bien o el mal que hubiera cometido durante su vida. Este proceso afectaba, como ya he dicho, a todos los entes pero sólo los humanos, en tanto dotados de voluntad autónoma para hacer el bien o el mal, teníamos la capacidad de contribuir a la espiritualización del resto de seres. Por ejemplo, si cada vez había más personas que se avanzaban por caminos de perfección no sólo preparaban encarnaciones más espirituales para sus almas en futuras vidas sino que contribuían a que el propio planeta en su totalidad avanzara hacia una forma estelar superior, más espiritual, menos densa.

Estas gentes pensaban que, a lo largo de la historia, habían existido personajes muy singulares, rayanos en la perfección, si no plenamente perfectos, que antes de fundirse con la Divinidad quisieron enseñar a los humanos el Bien y el Mal a fin de ayudar a la Tierra a alcanzar un nivel superior de espiritualidad; personas, para que nos entendamos, como un Buda, Jesús, etc. En la década de los 30, a medida que el nazismo se iba consolidando, bastantes de estos movimientos en el área centroeuropea (incluyendo Alemania, por supuesto) entendieron que asistíamos a una nueva época de renovación espiritual, de predominio planetario del Bien, y que el Mesías que la iba a hacer posible, el que iba a propiciar la desmaterialización, era Adolf Hitler.

En la Viena de la primera y balbuceante república austriaca, estos grupos esotéricos que se reunían en misteriosas sesiones para consultar a través de médiums a almas en tránsito de reencarnación, solían juntar a personas de clase alta venidas a menos, añorantes del viejo imperio de los Habsburgo, imbuidas de vagas ideas pangermanistas (aunque despreciaban a los prusianos como vulgares advenedizos) y, por supuesto, antisemitas. Por eso, a pesar del inevitable desdén con que habían de ver a ese demagogo gritón de los primeros tiempos, saludaron como necesarias para aumentar la bondad del mundo (o, al menos, de la Mitteleuropa) las medidas destinadas a la expulsión de los judíos. Porque era sabido que ellos, los judíos, eran los portadores de todos los males, seres hundidos en lo material, inferiores. Da que pensar cómo se pueden compatibilizar teosofías etéreas sobre bondades místicas con las crueles prácticas, ya desde el inicio, del antisemitismo nazi.

A este asunto se refiere Gregor von Rizzori, entre otros muchos que salpican caótica y deslumbradoramente las páginas de la novela autobiográfica (?) Memorias de un antisemita. Recomendable (publicada por Anagrama en un libro, La Gran Trilogía, que tiene además Un armiño en Chernopol y Flores en la nieve).


Hitler in my Heart. Antony and the Johnsons

CATEGORÍA: Literaturas

lunes 18 de mayo de 2009

Soluciones al "acertijo literario"

Todo texto es un acertijo y también (o si se prefiere) contiene múltiples acertijos. El texto cuya primera parte publiqué el pasado 9 de mayo tenía pensado encabezarlo ¿Dónde vas? ¿Dónde has estado? que es justamente el título del relato de Joyce Carol Oates que, con quizá demasiada libertad, he traducido. Pero la verdad es que ese título no me gustaba demasiado —y sigue sin gustarme)— pese a las reminiscencias dylanianas (A Hard Rain's A-Gonna Fall). Entonces se me ocurrió no decir cuál era ese relato y proponer a mis lectores que lo averiguasen. El acertijo podría tener cierta dificultad si no existiera internet, ya que basta con teclear Arnold Friend en Google para enterarse inmediatamente de todo. Sopesé la posibilidad de cambiar los nombres propios, incluso ir más lejos y adaptar la historia a otro contexto, geográfico y temporal. Pero tampoco se trataba de desvirtuar demasiado mi interés inicial que no era otro que traducir(me) el texto de la Oates.

Así que pensé, pues digo que se trata de un acertijo pero no lo enuncio, de forma que el primer acertijo pasa a ser descubrir cuál es el acertijo; y eso hice, titulando el post Acertijo literario, de modo que el adjetivo aportara una pista añadida. Pasaron tres días hasta que alguien aludió en los comentarios al título del post; ¿por qué se titula acertijo literario? preguntó Casiopea. Me decidí a contestar y ya enseguida empezaron a caer las respuestas acertadas. Júbilo fue el primero en mencionar el título, aunque antes Reverendo advertía de otros acertijos (a los que luego me refiero). Luego Strika intuyó certeramente que Bob Dylan jugaba un papel en esta historia y, en un posterior comentario, precisó que la canción del de Minnesota que había inspirado a la Oates era It's All Over Now, Baby Blue. Este era justamente el tercer posible acertijo del post, abundantemente señalizado con cinco versiones de dicha canción que, en la segunda parte, he aumentado con seis más. Seguro que pocos conocían tantas versiones del mismo tema y ninguna cantada por su autor (para completar el exceso, aquí va una más esta del propio Dylan, pero también distinta de la original).


Bob Dylan, Live 1975-The Rolling Thunder Revue

Alguien podría entender (Júbilo, por ejemplo) que el acertijo consistía en descubrir el porqué se me había ocurrido traer este texto al blog y, siendo todavía más enrevesado, si había una intención oculta trayéndolo, si pretendía dar algún mensaje críptico (o no tanto). No, no se me ocurrió en absoluto que mis motivos fueran materia de la adivinanza y mucho menos quería decir nada pasando a mi blog la historia de la quinceañera Connie; no obstante, la jubilosa elucubración me sirve para contar la génesis personal del post. La cosa es que la Oates es una autora de la cual hasta hace poco no sólo no había leído nada sino que desconocía hasta su existencia. Las dos únicas novelas suyas que he leído (A media luz y La hija del sepulturero), me han gustado, sorprendido e interesado en muchos y diversos aspectos. Me sorprendió también que no supiera nada de esta autora, que no es precisamente una jovencita (cumplirá 71 en un mes) y tiene publicada una vastísima obra que toca casi todos los géneros (aclaro que a veces me sorprende que siga sorprendiéndome ante la enormidad de lo que desconozco, pero es así). Empecé pues a indagar sobre esta mujer y comprobé que ha sido poco traducida a nuestro idioma (aunque no tan poco como para excusar mi ignorancia) además de enterarme de curiosidades sobre su vida y obra que avivaron más mi interés. Entre éstas, por ejemplo, que es una apasionada del boxeo, asunto sobre el cual ha escrito abundantemente (si bien Lansky dice que no tiene ni idea, opinión que no puedo cuestionar porque ni he leído nada de la Oates al respecto ni tampoco sobre boxeo sé apenas nada); pero también que la música de Dylan y la propia personalidad del cantante ha sido muy significativa en su vida, lo cual sí me resultaba más relevante. De hecho, fue a través de esta conexión como llegué al relato que me he atrevido a traducir: Where Are You Going, Where Have You Been?

Este relato fue publicado en el número de otoño de 1966 de Epoch, la revista literaria de la universidad de Cornell y se inspiró en un hecho real acaecido en Tucson, Arizona, entre una chica adolescente y un carismático asesino en serie. Joyce Carol Oates admiraba a Dylan desde el 63 (a partir de la publicación de Freewheelin') y de ahí, supongo yo, que le apeteciera dedicarle un relato; y más éste porque, según su propia confesión, mientras lo escribía oía repetidamente la canción It's All Over Now, Baby Blue, cuya melodía le pareció que ambientaba perfectamente la atmósfera de su historia. Yo diría que no sólo la melodía, sino también, en alguna medida, la letra: el "todo se ha acabado ya, chica triste" de la canción enlaza con el hipnótico discurso de Arnold queriendo convencer a Connie de que la etapa de su vida familiar había acabado. En fin, para no darle más vueltas: descubrí este cuento porque, indagando sobre la Oates, descubrí su relación con Dylan y me interesó leer el relato que le había dedicado (además de sugerirme el tema del tercer acertijo).

Yo no domino el inglés y menos en textos con una mínima calidad literaria y suficiente acervo léxico. Pude hacer una primera lectura para pillar el argumento general de la historia pero, sobre todo, para darme cuenta de que había muchas cosas que me perdía. Así que me decidí a traducirlo, tarea para mí bastante trabajosa. A medida que iba leyendo los resultados literales (o lo más literales posibles) me daban ganas de reescribirlo con mis propias palabras, si bien intentando mantener el estilo de la autora. De éste quizá la nota más destacada es ese ritmo machacón, lento, repetitivo, basado en lo prolijo y minucioso de los detalles, que logra ir agobiando al lector, contribuyendo magníficamente a la sensación de ansiedad que se pretende transmitir, a que nos angustiemos empáticamente con lo que le puede suceder a Connie. Naturalmente, no he sido capaz de llegar al nivel de Oates; de hecho, mi "traducción" tiene una longitud apenas poco más de la mitad del original debido a las supresiones y condensaciones. Pero, como ya dije en un comentario, me apetecía darme cuantas libertades quisiera, aunque espero no haber traicionado demasiado el relato. Una última e importante razón para incorporar el cuento al blog fue que, pese a tener más de cuarenta años y haber sido abundantemente recogido en antologías estadounidenses, que yo sepa no está traducido al castellano (consulté el ISBN).

Antes de acabar este ya largo post debería referirme a los verdaderos acertijos que no son otros que los del propio relato de Oates. ¿Quién era Arnold Friend? El diablo, según las más de las interpretaciones críticas. ¿Qué le sucedió a Connie? Pues no se sabe, la autora prefirió dejar el final abierto; pero a mí me da que nada bueno. Pero sobre todos estos misterios, los que sí son propiamente literarios, hay abundantes escritos críticos (eso sí, en inglés).


CATEGORÍA: Literaturas

sábado 16 de mayo de 2009

Acertijo literario (y II)

Empleaba un tono cadencioso, como si recitara la letra de una canción; una sonrisa tranquilizadora, todo va bien, parecía decirle.
—¿Cómo te has enterado de todo eso? —preguntó Connie.
—Escucha: Betty Schultz, Tony Fitch, Jimmy Pettinger, Nancy Pettinger, Raymond Stanley, Bob Hutter …—encadenaba los nombres en una letanía. —Conozco a todos tus amigos.
—Pero … ¿cómo? Tú no eres de por aquí. No te hemos visto nunca.
—Claro que me has visto. Lo que pasa es que no te acuerdas.

Connie calló pensativa. Miró hacia el coche, tan lleno de frases sobre el dorado brillante, frases que leía con la sensación de que ocultaban algún significado vagamente familiar pero que no acertaba a comprender.

—¿Qué estás pensando? —le preguntó Arnold Friend. Supongo que no te preocupará despeinarte en el coche. ¿Piensas quizá que no conduzco bien? Ay, Connie, eres una chica difícil, ¿qué tengo que hacer para que te des cuenta de que soy tu amigo?

De pie al otro lado de la mosquitera cerrada, Connie se mantenía absolutamente quieta, oyendo la música que le llegaba a la vez desde la radio de Ellie y de la que estaba en su habitación, y mirando fijamente a Arnold Friend, apoyado contra la puerta del coche, rígido pero queriendo parecer relajado. Lo miraba y repasaba los detalles, los vaqueros apretados que marcaban sus muslos y nalgas, las grasientas botas de cuero, la camiseta ajustada; pero también esa sonrisita amigable, a la vez somnolienta y soñadora, que tantos chicos empleaban para sugerir lo que preferían no decir con palabras. Todos eran rasgos familiares pero, al mismo tiempo, algo no casaba. ¿Cuántos años tienes? —le preguntó de repente. Él esbozó una sonrisa desvaída y entonces ella se dio cuenta de que no era un muchacho sino mucho mayor, treinta, quizá más. El corazón se le aceleró.

—Qué pregunta más tonta. ¿No ves que tengo tu misma edad?
—De eso nada.
—Vale, un par de años más; tengo dieciocho.
—¿Dieciocho? —dudó Connie.


The Chocolate Watchband

Arnold asintió sonriente dejando ver unos dientes grades y muy blancos; sus ojos se hacían rendijas, bajo unas pestañas densas y muy negras, como si estuvieran teñidas con betún. De pronto se volvió hacia Ellie que seguía escuchando su música, ajeno a todo, las gafas de sol como una barrera que ocultara sus pensamientos. —Mira este tío —dijo —está loco, no te imaginas cuánto, monta unas broncas increíbles, es un tipo duro, todo un carácter. Aporreó el coche para llamar la atención de su amigo logrando que por primera vez levantara la vista hacia ellos. Tampoco era un muchacho. Tenía una cara limpia, sin pelos, las mejillas enrojecidas como si la piel fuera muy suave; era la cara de un bebé, pero de un bebé de cuarenta años. Un tipo raro, pensó Connie, y sintió una oleada de vértigo, como si ese rostro descolocara el orden de las cosas.

—Creo que es mejor que os vayáis ya -la voz le salió desmayada.
—¿Cómo dices? —gritó el chico. —Hemos venido para llevarte a dar una vuelta. Es domingo, todo el día es domingo, ¿acaso no lo sabes? Atiende preciosa, no me importa con quién estuvieses anoche; ahora estás con Arnold Friend, no lo olvides. Lo mejor será que salgas afuera, aquí, con nosotros. —Había suavizado la voz, ya no sonaba enojada sino halagüeña, mimosa.
—No. Tengo cosas que hacer. Marchaos.
—Connie, no te quedes conmigo, de verdad, no te quedes conmigo. —Movía la cabeza como si le costara creerlo, soltó unas cortas carcajadas, se quitó las gafas de sol y se las colocó muy cuidadosamente sobre la cabeza. Connie lo miraba anonadada, le volvió la sensación de vértigo, una oleada de vértigo y también de miedo empezó a crecer en su interior. Por un momento, la visión de Arnold se desenfocó, pasó a ser una figura borrosa contra el fondo dorado chillón del coche. De pronto nada parecía real, como si los chicos, incluso la música, proviniesen de la nada o de algún otro sitio desconocido.
—Como venga mi padre y os vea aquí …
—Tu padre no va a venir; está en una barbacoa.
—¿Cómo lo sabes?
—En casa de la tía Tillie. Ahora mismo están bebiendo, todos sentados en círculo —hablaba titubeante, como si estuviese esforzándose en ver el jardín de la casa de tía Tillie. De pronto, como si la visión se le aclarara, asintió enérgicamente, —Sí, están sentados todos juntos. Mira, ahí está tu hermana con un vestido azul y tacones; pobre y triste June, no se parece en nada a ti, preciosa. Y tu madre, mírala, ayudando a una mujer gorda a descascarillar el maiz.
—¿Qué mujer gorda? —Connie gritó, delatando su angustia.
—Cómo voy a saber quién es esa mujer gorda, no conozco a todas las malditas mujeres gordas —rió Arnold Friend. —Además, es demasiado gorda. No me gustan las gordas. Me gustan los cuerpos bien formados, como el tuyo, cariño.


Marianne Faithfull

Ambos se miraron fijamente por un rato a través de la rejilla de la puerta hasta que él, muy suavemente, rompió el silencio:
—Bien, ahora vas a hacer lo siguiente, vas a abrir esa puerta y a salir, te vas a sentar aquí delante conmigo y Ellie se va a ir a la parte de atrás, al diablo con Ellie, ésta no es la cita de Ellie, sino la mía. Porque yo soy tu amante, cariño.
—¿Qué? Estás loco.
—Sí, soy tu amante. No sabes lo que eso significa, pero lo vas a saber pronto. Hazme caso, lo sé todo sobre ti y también sé que vamos a ser amantes. Pero no te asustes, no podrías pedir que te tocara alguien mejor que yo, nadie más cuidadoso ni más encantador para tu primera vez. Te diré lo que va a ocurrir y puedes creerme porque yo siempre mantengo mi palabra. Te abrazaré muy fuerte, tan fuerte que ni se te pasará por la cabeza intentar soltarte, y entonces entraré dentro de ti, entraré en esa parte tuya que es secreta y tú me darás ese secreto y me amarás …
—¡Cállate! ¡Estás loco, eres un pervertido! —le interrumpió Connie, mientras retrocedía con las manos contra las orejas, como si hubiese oído algo terrible. —La gente no habla así, tú eres un loco —mascullaba asustada, sintiendo que el corazón, desbocado, no le cabía en el pecho, que sus latidos bombeaban chorros de sudor que se desparramaban por todo su cuerpo.

Arnold Friend dio un paso hacia el porche. Lo hizo tambaleante, como si estuviera borracho; casi se cayó pero, haciendo un extraño bamboleo de sus botas, se agarró a uno de los postes y recuperó el equilibrio.
—Cariño —dijo —¿Me sigues escuchando?
—¡Vete al infierno! ¡Largo de aquí! Voy a llamar a la policía.

Al oír estas palabras, Arnold masculló una maldición, pero enseguida volvió sonreír; una sonrisa, pensó Connie, desagradable, como si saliera de detrás de una máscara, como si su cara entera fuera una máscara.
—Cariño, atiéndeme y créeme, porque yo siempre digo la verdad, ¿vale? Te prometo que no entraré en esa casa a buscarte.
—Mejor que no lo hagas, porque si no llamaré a la policía.
—No, cariño, yo no voy a entrar, pero tú vas a venir aquí afuera.


Chris Farlowe

Connie jadeaba, sentía que le faltaba el aire. Miraba a su alrededor y no reconocía la cocina, la ventana sin cortina, los platos en el fregadero, la mesa pegajosa; le parecía que estaba en un lugar desconocido, en un lugar hostil.
—Voy a llamar a la policía—repitió, y ahora sonó menos convincente.
—Atiéndeme, preciosa, en cuanto toques el teléfono, dejaré de estar obligado a mantener mi promesa y entonces tendré que entrar a por ti. Seguro que no es eso lo que quieres, ¿verdad?

Connie se abalanzó hacia la puerta, para intentar bloquearla, pero sus dedos temblaban.
—No te molestes, cariño, ¿para qué? No es más que una puerta mosquitera, no es nada. Cualquiera puede romper una puerta mosquitera, o aunque sea de cristal o de madera o de hierro, cualquiera puede y mucho más Arnold Friend. Imagínate que tu casa empezara a arder, que hubiera un incendio; saldrías corriendo a refugiarte entre mis brazos, de una vez te darías cuenta de que soy tu amante, con quien te vas a sentir protegida más que en tu propio hogar, dejarías por fin de hacerte la tonta. No me molestan las chicas bonitas y tímidas, cariño, pero no me gustan cuando insisten en hacerse las tontas.

Hablaba con un ligero ritmillo que remedaba el eco de una canción del año anterior, una canción que trataba de una chica que se iba con su amante. Connie se sentía paralizada, ahí quieta, descalza sobre el suelo de linóleo de la cocina.
—¿Qué es lo que quieres?
—Te quiero a ti. Te vi la otra noche y pensé, esta es la chica, sí señor; si la consigo nunca necesitaría mirar a ninguna otra.
—Pero mi padre va a venir. Va a venir a buscarme. Seguro que ya está viniendo. Yo me quedé porque tenía que lavarme el pelo.
—No, tu papá no va a venir y sí, tenías que lavarte el pelo y te lo has lavado para mí. Me encanta tu pelo, precioso y brillante, y todo para mí. Te lo agradezco, corazón —e hizo una reverencia burlona, pero otra vez volvió a perder el equilibrio. Tuvo que enderezarse y ajustarse las botas. Algo le pasaba en los pies; las botas debían estar rellenas con algo que le hacía parecer más alto.


The Byrds

—Vete. Si llamo a la policía te arrestarán.
—Te he prometido que no entraré a por ti a menos que toques ese teléfono y mantendré mi promesa —impostaba la voz, como si fuera el héroe de una película y estuviera declarando algo importante. —No tengo ninguna intención de entrar en esa casa, a la que no pertenezco; eres tú la que has de salir aquí. ¿Acaso no sabes quién soy, no me reconoces?
—Estás loco —masculló ella; retrocedió un par de pasos, pero no se atrevía a alejarse de la puerta como si siguiendo ahí pudiera mantenerlo afuera. No sabía qué hacer, su mirada revoloteó desconcertada por la habitación, casi ni podía recordar dónde estaba.
—Mira, cariño, así es cómo están las cosas: tú sales y nos vamos en el coche a dar un bonito paseo. Pero si no sales, esperaremos aquí hasta que tu gente vuelva a casa y entonces … Yo soy tu chico, el que te está reservado; por eso tienes que salir aquí afuera, como toda una dama, y darme tu mano, y así todos estaremos contentos, a nadie le pasará nada malo, te lo aseguro, ni al simpático calvorota de tu padre ni a la gruñona de tu madre ni a tu hermana con sus zapatos de tacón. Mucho mejor, ¿verdad? ¿Para qué habríamos de meterlos a ellos en esto?
—¿Qué me vas a hacer?
—Sólo dos cosas, tres quizá. Pero te prometo que no durarán mucho y que te voy a gustar como te gusta la gente de la que te sientes cerca. Así será. Aquí ya no hay nada para ti, ha dejado de ser tu lugar, así que sal. ¿No quieres meter a tu gente en problemas, verdad?

Ella se dio la vuelta bruscamente y se golpeó contra una silla, haciéndose daño en la pierna; corrió asustada hacia la habitación de atrás y descolgó el teléfono. El tono de la línea le atronó en el oído y sintió que el pánico la invadía, tanto que no podía hacer otra cosa que escuchar ese ruido; el auricular lo notaba húmedo y muy pesado, sus dedos tantearon el disco pero parecían demasiado débiles para marcar. Empezó a gritar. Lloraba, lloraba por su madre, por su familia, y mientras, sentía las sacudidas de su respiración en los pulmones, hacia delante y hacia atrás, como si fueran puñaladas que le estuviera asestando Arnold Friend una y otra vez. Una inmensa aflicción crecía y la envolvía, la encerraba como si fuera una concha que la aislaba de todo. Pasado un rato, la voz de Arnold Friend la devolvió a la realidad; estaba sentada en el suelo, la espalda apoyada contra la pared.


Grateful Dead

—Eres una buena chica, no me decepciones y cuelga el teléfono. —Ella, como si fuera una autómata, lo colgó y volvió a colocar el aparato en su sitio— Muy bien, preciosa, así se porta una buena chica. Ahora vas a salir afuera.

Connie se sentía hueca, sentía que lo que antes era miedo ahora no era más que vacío, el llanto había sacado todo el miedo. Pero todavía quedaba una pequeña lucecita en lo profundo de su cerebro que mantenía unas mínimas señales de alerta. Pensó: no voy a ver nunca más a mi madre, no voy a dormir nunca más en mi cama. Su blusa verde estaba empapada. Oyó de nuevo la voz de Arnold Friend, una voz alta y educada, como si estuviera hablando en un escenario:

—El lugar del que procedes ya no existe para ti. Donde ahora estás, la casa de tus papás, no es más que una caja de cartón que ya no significa nada. Puedo arramblar con ella en cualquier momento; eso lo sabes y siempre lo has sabido. Te voy a llevar a un sitio maravilloso, un campo lleno de fragancias y siempre soleado. Te abrazaré tan fuerte que te sentirás en el mejor de los mundos y te enseñaré cómo es el amor. Pon la mano sobre tu corazón, cariño; siente cómo late. Venga, ahora sé buena conmigo, sé dulce como sé que sabes serlo. ¿Qué puede ser mejor para una chica como tú que ser dulce y buena conmigo, ceder para que podamos marcharnos antes de que tu gente vuelva?

Connie se dijo tengo que pensar, tengo que saber qué hacer. Pero no podía, sólo notaba los fortísimos latidos de su corazón, esa cosa que vivía en su interior y que ni siquiera parecía pertenecerle. Por primera vez en su vida pensó que no había nada que le perteneciera, nada que fuera suyo, ni su propio cuerpo.

—No quieres que ellos sufran daño, ¿a que no cariño? —Arnold Friend seguía hablando. —Así que, venga, levántate; levántate del todo por ti misma, tú solita.
Connie se enderezó.

—Muy bien, preciosa, ahora muévete. Así. Ven aquí, hacia mí.—Parecía una salmodia, las palabras de un hechizo amable. —Ahora cruza la cocina y ven hacia mí, cariño; déjame ver esa sonrisa tan preciosa, inténtalo, eres una chica valiente, dulce y encantadora. Ahora ellos están comiendo maíz y asando las salchichas en la parrilla del jardín. No saben nada de ti y nunca lo han sabido, cariño, porque no les importas. Tú eres mucho mejor que todos ellos, cariño; ninguno haría por ti lo que estás haciendo por ellos.

Bajo sus pies, Connie sintió el frío tacto del linóleo. Se apartó el pelo de la cara y miró hacia fuera. En una pose vacilante, algo teatral, Arnold Friend la esperaba con los brazos abiertos. Alargó la mano hacia la mosquitera. Se veía a si misma como en una película; una chica que empujaba la puerta, que la abría lentamente, que se movía hacia delante, su cuerpo y su cabeza de larga melena saliendo hacia la luz del sol, hacia los brazos de Arnold Friend.

—Mi dulce muchachita de ojos azules —dijo Arnold con un suspiro cantarín, y Connie pensó que sus ojos eran de color café, pero daba igual, y que él tenía muchas caras, tantas como paisajes todavía desconocidos y que, estaba convencida, iba a tener que conocer.


Manfred Mann

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sábado 9 de mayo de 2009

Acertijo literario (I)

Se llamaba Connie, tenía quince años y, muy coqueta, estaba siempre pendiente de su aspecto. Su madre la regañaba continuamente, pero Connie la miraba altanera y pasaba: sabía que era bonita y eso era lo único importante.

Una hermana, June; veinticuatro años y todavía en casa. June era todo lo contrario: formal, seria, sosa, aburrida; la hija perfecta cuyo ejemplo, tanto su madre como su tía, no paraban de restregárselo. El padre todo el día trabajando fuera y los pocos ratos que estaba en casa no era de hablar nada, cenar, leer el periódico y a la cama. En cambio su madre, siempre fastidiándola, no la dejaba en paz en su mundo de continuos fantaseos. Connie a veces, con exageración adolescente, se quejaba a sus amigas: "ojalá que se muriese, y que yo también estuviese muerta; así, al menos, acabaría este suplicio".


Brian Ferry

Sus mejores ratos los pasaba con sus amigas en el centro comercial. Las llevaba el padre de alguna de ellas y luego volvía a recogerlas. Durante ese tiempo, en el que curioseaban en las tiendas o se metían a ver una película, Connie mostraba su otro aspecto, el que reservaba para cuando se sentía liberada de su familia. Una larga melena rubia oscura, un suéter puesto de forma algo provocativa, un caminar lánguido como si fuera oyendo una música propia, una boca de un rosa brillante y una risa atiplada y nerviosa, como el cascabaleo de los colgantes de sus pulseras.

Enfrente del centro comercial, al otro lado de la carretera, había un restaurante drive-in al que acudían chicos mayores. Una noche de pleno verano, Connie y una amiga se animaron a cruzar hasta allí, sorteando el intenso tráfico. Entre el laberinto de coches aparcados caminaron hacia la luz brillante, el restaurante infestado de moscas; sus caras gozosas y expectantes, como si entraran en un edificio sagrado en donde se colmarían sus anhelos. Se sentaron a la barra, las piernas cruzadas por los tobillos y, nerviosas, se pusieron a escuchar la música. Siempre había música de fondo, eso tranquilizaba a Connie, le hacía sentirse confiada.

Se les acercó chico llamado Eddie. Al cabo de un rato le preguntó a Connie si le gustaría comer algo y ella accedió, al mismo tiempo que hacía una seña a su amiga para que les dejara solos: "nos vemos a las once en el otro lado". De pronto, mientras caminaban hacia el coche de Eddie, Connie se topó, a poca distancia, con una cara que la miraba fijamente y le sonreía. Era un chico de pelo negro enmarañado desde un viejo descapotable dorado. Sobresaltada entrecerró los ojos y apartó la vista, pero no pudo evitar voltear y ahí seguía él, todavía observándola. Meneó un dedo, se rió y dijo, "Te voy a conseguir, cariño".

Pasó tres horas con Eddie, comieron hamburguesas y bebieron cocacola en vasos de plástico, y luego caminaron una milla o así por el callejón, y cuando él la dejó a las once menos cinco en la plaza comercial su amiga estaba allí, hablando con un chico. El padre llegó puntual a recogerlas. Al día siguiente June le preguntó por la película y Connie le contestó que regular.


Shannon McNally

Ese verano, Connie y su amiga salieron varias veces al centro comercial. El resto del tiempo vagaba por la casa pensando -soñando- en los chicos que conocía. Todos se disolvían en una única cara que ni siquiera era una cara sino una idea, un sentimiento, mezclado con el insistente latido de la música y el aire húmedo de las noches de julio. Mientras, la madre de Connie se pasaba el día detrás de ella, persiguiéndola por toda la casa con sus viejas pantuflas, buscándole cosas que hacer. Connie pensaba que su madre era demasiado simple, tanto que casi sentía remordimientos por engañarla. A veces hacían las paces y parecían casi amigas, pero enseguida ocurría algo que, como un repentino zumbido de moscas, volvía a enfrentarlas y entonces sus caras se endurecían con gestos de desprecio.

Un domingo a media mañana. Connie estaba sola en casa; sus padres y June habían ido a una barbacoa a la casa de una tía. Permaneció un buen rato sentada en el porche, los ojos cerrados al sol, dejándose adormilar por el calor y fantaseando sobre chicos, inmersa en un sopor dulce. Al rato el profundo silencio la inquietó; entró en la casa y encendió la radio. Sonaba su programa favorito, el de Bobby King, una sucesión de canciones de moda que se puso a cantar a gritos, animada por las exclamaciones del locutor. Se sentía empapada por una alegría brillante que parecía crecer misteriosamente desde la propia música para desparramarse lánguidamente en el escaso aire de su dormitorio, de modo que la inspiraba y la espiraba con cada suave subida y bajada de su pecho.

De pronto, el crujido característico de la grava del largo camino de acceso a su casa. Connie corrió a la ventana —¿sus padres tan temprano?—. Un coche desconocido, un cacharro descapotable pintado de dorado chillón se había parado junto a la puerta lateral. Sonaron cuatro toques cortos de claxon, como si se tratara de una señal que Connie hubiera de reconocer. Con el corazón desbocado, fue la cocina y se asomó desde detrás de la puerta de mosquitera, los dedos descalzos del pie curvados hacia el borde del escalón. Había dos chicos en el coche y reconoció al conductor: era el del pelo enmarañado del restaurante.


Van Morrison

—¿No llego tarde, verdad? —gritó el chico.
—¿Quién diablos eres? —contestó Connie.
—Te dije que vendría, ¿no es cierto?
—No tengo ni idea de quién eres.

Connie mantenía una pose displicente, empeñada en no mostrar ningún interés; él, en cambio, hablaba en un tono animado, con frases rápidas. El otro chico parecía no estar interesado; tenía el pelo castaño claro, con un mechón sobre la frente, y unas patillas que le conferían un aire feroz. Ambos llevaban gafas de sol.

—¿Quieres venir a dar una vuelta?
Connie ni se molestó en contestar, sonrió maliciosamente y dejó que su pelo cayera suelto sobre uno de los hombros.
—¿No te gusta mi coche? Acabo de pintarlo. Oye, eres muy guapa.
Ella fingió que espantaba moscas.
—¿No me crees o qué?
—Mira, todavía no sé quién eres —dijo Connie con voz disgustada.

Entonces empezó a sonar música desde una pequeña radio que llevaba el otro chico. Era el mismo programa que estaba oyendo en el interior de la casa.
—¿Bobby King? —preguntó ella.
—Lo escucho todo el tiempo. Es genial.
—Sí, lo es; es un gran tipo —admitió Connie a regañadientes.

Connie se ruborizó. No terminaba de decidir si el chico le gustaba o no, así que dejaba pasar el tiempo sin moverse del umbral, sin bajar hacia ellos o meterse en la casa. Para ganar tiempo preguntó qué eran los garabatos que había pintados en la carrocería. Él entonces abrió la portezuela muy despacio, como si temiera que fuera a desprenderse, y plantó firmemente los pies en el suelo para levantarse.
—Mira, aquí está mi nombre, para empezar. ¿Puedes leerlo? Me llamo Arnold Friend y sí, es mi verdadero nombre, y quiero ser tu amigo, preciosa, y el de dentro del coche es Ellie Oscar, que es muy tímido. Ahora fíjate en estos números, son un código secreto, cariño, ¿qué opinas?


Steve Howe + Annie Haslam


En el parachoques trasero había una abolladura en la que aparecía escrito "hecho por una conductora chiflada". Connie se rió y Arnold Friend la miró contento.
—Por el otro lado hay mucho más, ¿quieres venir y verlo?"
—¿Por qué debería ir?"
—¿No quieres ver lo que hay en el coche? ¿No quieres dar un paseo?
—Tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas.

El chico se partió de risa, como si la respuesta de Connie hubiera sido tremendamente graciosa. No era alto, sólo una o dos pulgadas más que ella. A Connie le gustaba la forma en que iba vestido: jeans apretados y desteñidos embutidos en botas negras, un cinto que apretaba su cintura y dejaba ver lo flaco que estaba, y un pulóver blanco algo estropeado que mostraba los pequeños y duros músculos de sus brazos y hombros. Probablemente se dedicara a trabajos duros, levantando y acarreando cargas. Incluso su cuello estaba musculado. Y su cara de alguna manera parecía una cara familiar: mandíbula, barbilla y mejillas ligeramente oscurecidas porque llevaba uno o dos días sin afeitarse, nariz larga, de halcón, que parecía olfatearla como si ella fuese un manjar que se aprestara a devorar.

—No estás diciendo la verdad, Connie. Este es el día fijado para que des un paseo conmigo y lo sabes.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Conozco a mi Connie —dijo él, agitando su dedo. En ese momento a ella volvieron a embargarle las emociones que en el restaurante la sobresaltaron al pasar junto a él, las palabras que le murmuró. —Ellie y yo hemos venido hasta aquí sólo por ti, cariño. Venga, vamos. Ellie se sentará atrás, ¿de acuerdo?
—¿Dónde vamos a ir?

Él la miró. Se quitó las gafas de sol, la piel alrededor de los ojos era muy pálida, dando la sensación de que fueran agujeros con dos esquirlas brillantes de cristal que atrapaban la luz. Sonrió, como si la idea de ir con una dirección precisa, a un sitio concreto, le resultara extraña.
—A dar una vuelta, dulce Connie.
—No he dicho que mi nombre sea Connie.
—Pero yo sé que lo es. Conozco tu nombre y un montón de cosas más. —No se había movido, todavía permanecía apoyado contra el lateral del coche. —Me he tomado mucho interés, chica guapa, y lo he averiguado todo sobre ti, como que tus padres y hermana se han ido a algún sitio y sé dónde y cuánto tiempo van a estar fuera, y también con quién estuviste anoche, y que tu mejor amiga se llama Betty. ¿Acierto?


Richie Havens

CATEGORÍA: Literaturas

jueves 7 de mayo de 2009

Reconciliación

Me hablabas y, al principio, intentabas contener el llanto. Al poco, brotaron tus lágrimas, apenas hilos tenues, y los ojos te brillaban enrojecidos. Procurabas que la voz no se te quebrara, poder seguir tu argumentación sin enseñar tus emociones, tu vulnerabilidad.

Te oía, te veía y, cada vez más, te sentía. Se me iba desvaneciendo el resquemor de los últimos tiempos, como una manta que va apartándose despacio para dejar que salga un cariño viejo que ahí seguía. Me enternecía también tu torpeza para hacer los actos que removieran esas barreras entre nosotros.

Pero también, claro está, la misma torpeza por mi parte y quizá con menos excusas (la edad, el cómo se suponen que son las cosas y más). Tras una hora de charla, las palabras perdían su capacidad expresiva, sólo eran ya meras excusas, inútiles asideros para una eventual y cobarde retractación.

Sabía que tenía que haber otras palabras que decir y, sobre todo, otros gestos que hacer. Me habría gustado ser capaz (que hubiésemos sido capaces) de habernos abrazado de otra forma, de habernos permitido cada uno dejar que fluyera lo que sentíamos, disolviendo así en la irrelevancia absoluta los mosqueos ridículos.

No obstante, dos besos en la mejilla, un amago de caricia cariñosa y una broma tuya "al viejo estilo" no dejan de ser un pacto implícito de voluntad compartida de reconciliación. Al menos, que un motivo de pena desaparezca.


Sad Lisa. Marianne Faithfull

CATEGORÍA
: Reflexiones sobre emociones

martes 5 de mayo de 2009

Pensión por horas

Yo trabajo en el bar de una pensión por horas; llevo el café a quien hace el amor. Suben y bajan parejas siempre iguales; ya no las veo, ni siquiera con las gafas. Pero me quedé parado allí como un cretino viendo a aquellos dos llegar una mañana: limpios, elegantes, no parecían reales, parecían mismamente dos santos de un cuadro. Me pidieron una habitación, les enseñé la menos asquerosa, la numero tres. Les puse en la cama las sábanas más nuevas y luego, como San Pedro, les di las llaves, las llaves de aquel paraíso. Cerré la puerta sobre sus sonrisas.

Yo trabajo en el bar de una pensión por horas; llevo el café a quien hace el amor. Suben y bajan parejas siempre iguales; ya no las veo, ni siquiera con las gafas. Pero me quedé parado allí como un cretino, al abrir la puerta en aquella mañana gris. Se habían ido, en perfecto silencio, dejando solo dos cuerpos sobre el lecho. Ya sé que no es asunto mío, pero no es justo: morir a los veinte años y además aquí. Me los envolvieron en las sábanas blancas y el último viaje lo hicieron solos; sin flores, sin gente, sólo un furgón. Pero allá donde estén, estarán bastante bien.

Yo trabajo en el bar de una pensión por horas. Subo el café a quien hace el amor. Seré un cretino pero, quién sabe por qué, no me da la gana darle a nadie la llave de la número tres.


Albergo a Ore. Marcella Bella

Hoy he pasado unas horas conversando y almorzando con una persona que lo ha pasado y lo sigue pasando muy mal. Sabiendo lo que ha pasado y lo que le queda y, sobre todo, sabiendo que él lo sabe (todos en realidad lo sabemos, pero no la medida), no he podido sino admirar su entereza y su ánimo. Ha sido un rato muy agradable para los tres comensales pero al despedirnos y venir caminando hacia casa arrastraba conmigo un sentimiento agridulce, una especie de tristeza serena.

Me apetecía escribir un cuento melancólico y así andaba, tecleando bobadas en la pantalla, con la música de fondo en aleatorio. Y enseguida el azar decidió, entre las aproximadamente veintemil canciones que guardo en la biblioteca de iTunes, que sonara esta versión del Albergo a Ore, cuya letra es justamente el cuento que yo quería escribir, aunque se me adelantara en casi cuarenta años un tal Herbert Pagani. Me sentí tentado de transcribir la versión italiana que, a fin de cuentas, era la que deletreaban mis pensamientos, pero habría sido una impostura pues, a diferencia de Pierre Menard con su Quijote, yo no he alcanzado aún a interiorizar la erudición necesaria para tan arriesgadas aventuras intelectuales. Así que mi texto no es más que una pobre traducción a la lengua en la que menos mal me expreso, ejercicio que ni siquiera es original porque ya lo hizo (con mayores licencias) el propio Pagani al adaptar al italiano un tema francés, Les amants d'un jour, compuesto por Margueritte Monnot en 1956 y cantado por Edith Piaf.

Por cierto, resulta que ni yo mismo me acordaba de que este tema, cantado por Gino Paoli, ya lo he usado como banda sonora de un post anterior; entonces escribí un cuento que ahora me viene ya dado. Aparte de melancólico, desmemoriado. Qué se le va a hacer.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

sábado 2 de mayo de 2009

Sophie Zelmani

Sueca de 37 años, una voz íntimamente susurrante, canta en inglés sus propias composiciones en las que la guitarra siempre sobresale. Hará unos tres años la escuché por primera vez; su versión de Most of the Times se había incluido en la banda sonora de la película Masked and Anonymous. Me gustó mucho el estilo que le dio al tema de Dylan, casi más -me cuesta admitirlo- que la original (algo parecido me ocurrió cuando oí Heart of Mine en la voz de Norah Jones o varias de las de Maria Muldaur en su más reciente álbum de versiones dylanianas). Pero, la verdad, me olvidé de ella hasta hace unos días cuando, sorpresivamente, volví a escuchar esa canción (la que he puesto como acompañamiento del post anterior y que a algunos ha gustado) y me decidí a conocerla algo más, a descubrir la música que hace. Y la experiencia ha sido de lo más satisfactoria.

Resulta que el primer disco de esta chica data de 1995 y desde entonces ha publicado siete discos originales y un recopilatorio; más de ochenta canciones, todas buenas y algunas, en mi modesta opinión, realmente sobresalientes. Me entero de que la chica es bastante tímida y poco amiga del circo del famoseo que parece inevitable en ese mundo; quizá por eso por estos lares apenas sea conocida. Con su primer disco alcanzó bastante fama en Suecia (donde, por cierto, casi todos cantan en inglés; creo que ni a ellos mismos les gusta como suena el sueco) y también, fíjense que cosas, en Japón. Y desde entonces ha seguido, tranquila y discretamente, produciendo buenas canciones, sin dar que hablar, con su preciosa carita de niña buena que no rompe platos y, si lo hace, nadie se entera (no he encontrado nada en la web referido a su vida privada). Dicen quienes dicen saber que responde al prototipo de cantautora del sur de los USA, merodeando entre el folk, country y blues; quizá, no lo sé (a mí, algún tema me ha recordado vagamente a JJ Cale).

Por cierto y entre paréntesis, mi breve exploración internáutica me permite, entre otras cosas, saber que Sophie ha trabajado con Anton Corbijn (la foto anterior la tomó este holandés), uno de los fotógrafos (y directores de videos) míticos del rock y del cual conocía algunas cosas que me habían llamado bastante la atención. En otro momento haré un post sobre las sensacionales portadas de disco compuestas por este tipo (o sobre las portadas de los discos del rock, en general).

En fin, que como me gusta la música de esta mujer y como casi no es conocida por aquí, pues me permito recomendarla, confiando que sus canciones aporten a quien las oiga tan buenos momentos como a mí; aprovecho para dedicar este post a Semifusa, en insuficiente reciprocidad, ya que gracias a la acertada selección musical de su blog he descubierto últimamente otras estupendas cantantes. Como éste es un post publicitario, viene no con una sino con cinco canciones de Sophie Zelmani. Always You fue su primera canción popular (utilizada en 1997 en la banda sonora de la Boda de mi mejor amigo, peli de Julia Roberts), aunque aquí va una versión diez años posterior; la letra, un canto de amor a un Tú necesario, con el empalago justo. Luego he puesto Going Home, con una melodía más animada para el tono habitual de esta chica, el rasgueo optimista de la guitarra y la trompeta juguetona. En Precious Burden el piano introduce a la guitarra para hablarnos de un amor que parece haber acabado pero le ha dejado una preciosa carga. La cuarta canción, Our Love, es una melancólica melodía al amor que se acaba (que permanece en un hijo, o eso me ha parecido entender); ¿alusión a la precious burden de unos años antes?) Por último, To Know You: "conocerte significa un montón de cosas, un montón de amor, un montón de sueños". Todas las canciones provienen del álbum recopilatorio de 2005, A Decade of Dreams. Pues nada, que espero que guste.


Always You. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


Going Home. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


Precious Burden. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


Our Love. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)


To Know You. Sophie Zelmani (A Decade of Dreams, 2005)

CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

jueves 30 de abril de 2009

Fazal Sheikh

El domingo, al final del telediario, la televisión me sorprendió con unas fotografías impactantes; rostros en blanco y negro cuyas miradas me atravesaban clavándoseme por dentro, me desasosegaban intensamente. La noticia era la exposición en la sala de la Fundación Mapfre de Madrid de la obra de Fazal Sheikh, un fotógrafo nacido en Nueva York en 1965 de ascendencia afgana.

Dice este hombre en su web que "una cosa es fotografiar a un grupo de gente y otra muy distinta intentar comprenderlos. Para eso se necesita tiempo y paciencia y un respeto innato ante la diferencia, el abismo que hay entre tu propia religión, ideología política, estatus económico, lenguaje, y los de la persona que está enfrente". Dice también que él, antes de poder fotografiar a alguien, necesita sentir empatía con esa persona. Y estas cosas que dice, viendo sus retratos, me parecen verdad.

En la presentación de la exposición madrileña se afirma que Sheikh "da la voz al otro". Cuando veo sus fotos, siento, en efecto, que esas personas desconocidas me hablan con torrencial elocuencia. Aunque no por la boca, sino por los ojos. Ojos grandes que expresan tanto y tan doloroso, tan emotivo, tan desgarrador.

Fazal Sheikh lleva más de veinte años recorriendo el mundo, esas partes del mundo (las más abundantes) que no solemos recorrer, en las que se viven vidas muy duras. India, África Oriental, Pakistán, Afganistán, Brasil, Cuba ... Se considera, más que un fotógrafo, un activista de los derechos humanos. Así, sus trabajos son proyectos con unidad temática e intención política, que agrupan fotografías y textos, gran parte las historias de los "modelos" contadas por ellos mismos.

Esos proyectos se convierten en libros, algunos de los cuales están disponibles en su web (imagino que en papel tendrán las fotografías a mayor tamaño y calidad). En mis ratos libres de estos últimos días he ido viendo y leyendo un par de ellos. Moksha, dedicado a la ciudad sagrada de Vrindavan, en el norte de la India, donde van a refugiarse las viudas, la "casta" más despreciada en la sociedad hindú. El otro, Ladli, trata sobre los crueles prejuicios contra las niñas, también en la India; de éste libro provienen los impresionantes rostros infantiles que he montado a modo de mosaico en la ilustración adjunta (recomiendo que se abra para ver las caras a mayor tamaño).

La exposición, la primera que se hace en España, dura hasta final de mayo. Si tengo ocasión de darme un saltito a Madrid en este mes próximo, ver esas fotos será una de las cosas que haré. Con lo me han impresionado en la tele y en la pantalla del ordenador, cómo será "al natural".


Most of the Time. Sophie Zelmani (Masked and Anonymous, 2003)

CATEGORÍA: Personas y personajes

lunes 27 de abril de 2009

El peso de las consecuencias

La expresión es de Alice, la coprota de La soledad de los números primos (Paolo Giordano, Salamandra, 2009). El peso de las consecuencias, sí; porque las consecuencias son pesadas, tienen el abrumador peso de los pisapapeles, de las anclas, de tantas otras cosas hechas para impedir el movimiento.

Cualquier acto, el más nimio; lo inflas de ilusión, vocación de volatilidad. Pero no se puede evitar que tenga una argollita de la empiezan a colgar los eslabones, uno tras otro en peso creciente, de las consecuencias. Pronto la cadena es inamovible y ese acto alegre pasa a acotar los siguientes.

Hay que ser consecuentes, le decía su padre, o puede que fuera el profesor aquel del bachillerato o el cura del Opus que tanto le impresionó en un "retiro espiritual" cuando tenía trece años. O sea, llenarse la vida de pesos que jalonen nuestros trayectos, negar la posibilidad del vuelo. Madura ya de una vez.

Claro que tampoco hay que tomárselas demasiado en serio, las consecuencias. Si no, ¿cómo hacer nada? Profesar los principios aunque nos permitamos transgresiones hipócritas, todos saben mirar para otro lado cuando hace falta. La habilidad estriba en reconocer el intervalo de equilibrio. Es una habilidad social, dicen, necesaria para relacionarnos, para transitar por los complejos laberintos de la vida en comunidad.

El precio de la inconsecuencia ... ¿sería la soledad? ¿la de los números primos? Pero se es libre, se es capaz de volar. No siempre, qué va. Por algo la gran mayoría se atiene a las consecuencias, felicidad resignada, si se quiere, pero ya es algo. De todas formas, como los números, tampoco nadie elige ser indivisible (apechugar con el lugar que nos toca en esa espiral absurda).

Entonces, ¿habrá que legitimar el adoctrinamiento educativo? ¿Será verdad que lo hacen, lo hacemos, por nuestro, vuestro, bien? A lo mejor, aunque siempre sintamos el miedo. También la nostalgia de cuando sabíamos volar.


Moonlight. Maria Muldaur (Heart of Mine, Love Songs of Bob Dylan, 2008)

CATEGORÍA
: Reflexiones sobre emociones

viernes 24 de abril de 2009

Pies (II)

Fueron sueños pedios; en todos, sus pies eran los únicos protagonistas y en todos se trataba de alguna metamorfosis. La primera noche, por ejemplo, veía sus pies, sólo hasta poco más arriba de los tobillos, descalzos sobre un infinito suelo de mármol blanco y frío. De pronto, muy despacio, los pies iban perdiendo volumen y ampliando superficie, como si la materia de la que estaban hechos se fuera derritiendo y extendiendo, hasta convertirse en una especie de suela plana que, pese a ser de mucho mayor tamaño que la huella original, mantenía idénticas proporciones. Durante todo el proceso, que duraba un rato largo, ella veía siempre el mismo plano, como si presenciara una película filmada con una cámara fija. Luego, cuando ya los pies eran aletas casi bidimensionales, en su mente se hacía un fundido en negro y pasaba un tiempo sin imágenes, hasta que volvía a empezar la misma secuencia, pero ahora desde otro ángulo, también con la cámara fija. Al despertarse, tuvo la sensación de haber soñado el extraño sueño más de una docena de veces; como si la noche entera la hubiese pasado alternando visionados oníricos con letargos ciegos y sordos. Claro que, se dijo, nadie puede medir la duración de los sueños; lo que ahora me parece tan largo habrá ocurrido probablemente en los breves instantes antes de abrir los ojos.

Esa mañana, sin embargo, cuando todavía no había soñado más sueños que el descrito, sucedió la primera de las catástrofes, suficientemente drástica para no dejar dudas de la gravedad irreversible de lo que se avecinaba. Desde que ella tenía memoria, al levantarse de la cama siempre, absolutamente siempre, había apoyado primero el pie derecho en el suelo. Esa tonta superstición se había convertido en una especie de rito íntimo de aseguramiento metafísico, como si la continuidad de su ser y de las circunstancias que lo acotaban y definían (del mundo en su conjunto) dependiera de que ella, cada mañana, apoyara primero el pie derecho y sólo entonces bajara el izquierdo. La rutina la tenía tan interiorizada que, independientemente de por cual lado de la cama hubiera de levantarse, sin la más mínima atención, siempre descolgaba antes el pie derecho; así día tras día, con la misma constancia con la que el sol amanece. Inténtese imaginar entonces, si se es capaz, la violencia de la sacudida que le supuso ver atónita que, mientras ella movía lánguidamente la pierna derecha hacia afuera, su pie izquierdo se lanzaba vertiginosamente tras ella y alcanzaba el parquet antes que su par.

El mudo se le detuvo, terror mudo, parálisis del pensamiento. Sentada sobre la cama, los codos en las rodillas, las dos manos juntas tapándose la boca (¿para evitar que se le escapara el alma?), la mirada angustiada fija en los dos pies, ambos ahora sobre el suelo, paralelos, como si nada pasara. En la composición del aire siente que está la ironía victoriosa de sus pies, el anuncio irrevocable de un desastre que, aunque no sepa en qué consiste, sabe que será definitivo. En esa posición, quieta, transcurrió mucho tiempo. Poco a poco, los calambres de la espalda despertaron al cerebro que empezó a titubear pensamientos, torpes criaturas intentando recuperar la agilidad desenvuelta de los días pasados. Cuando logró reconocerse en su pensar, el pánico a mover los pies, esos enemigos terribles, todavía la inmovilizaba. Hubo de armarse con una estrategia de acercamiento, verificada con tanteos progresivos y muy lentos. Ligeras torsiones del tronco, breves movimientos de tijera con las piernas, evitando que las vibraciones llegasen hasta los pies, tensar y aflojar los cuadriceps ... Por fin, tras inspirar profundamente, apoyando las manos sobre la cama, se alzó muy despacio sin desplazar los pies un milímetro, sintiendo como a medida que su cuerpo se acercaba a la vertical el peso iba transmitiéndose hacia las plantas. Por un instante, notó el amago del aguijón plantar pero el dolor no llegó a concretarse. Me están dando una tregua, pensó ella, y animada por esa idea, pese al miedo, se atrevió a iniciar el primer paso. Y, en efecto, no pasó nada extraño, aunque quizá lo extraño empezaba a ser justamente eso.

Durante los siguientes días vivió la que luego ella misma denominaría etapa de negociación. Sentía que cada uno de los muchísimos actos que conformaban su vida cotidiana era objeto de ponderación entre ella (pero, ¿quién o qué era ella?) y sus pies y requería de un consenso para confirmar su continuidad futura. Sin poderse explicar los métodos de medida, intuía que los acuerdos que se iban pactando resultaban de precisos ajustes, traducidos en concesiones alternas de una y otra parte. El punto en que cada día habría de cruzarse la calle, seguramente por su simbolismo iniciático, fue reclamado como decisión de los pies; ella obtuvo, a cambio, garantías de inmovilidad mientras estuviera sentada a su mesa de trabajo con compañeros de la oficina presentes. Y así, a medida que se sucedían los actos cotidianos se iba completando un contrato de coexistencia que merecía, en grado sumo, ser calificado de prolijo en cualquiera de las tres acepciones que el diccionario atribuye a este adjetivo. De todas formas, se trataba de un proceso gradual, como si tras sus primeras demostraciones de fuerza, los pies no quisieran precipitar los acontecimientos, permitiendo que ella, poco a poco, fuera acostumbrándose. Y lo cierto es que así ocurría, debido principalmente a que ella, afectada seguramente por el brutal impacto de la primera mañana, procuraba no pensar demasiado en lo que pasaba, aprendía a distraer su atención dejando que los actos se sucedieran con la mínima exigencia posible de consciencia. En el fondo, era su miedo quien cada vez más la iba aletargando en la indiferencia.

Y mientras así iban pasando los días, cada noche se repetía varias veces un único sueño, una metamorfosis de los pies vista desde diversos ángulos, pero siempre en encuadres fijos. Sucesivamente, soñó que sus pies se convertían en copas de árboles invertidas infinitamente ramificadas, en aceradas cuchillas que remolineaban plateadas como las de Eduardo Manostijeras, en sendos manojos de cables agusanados en trepidantes vibraciones, en esferas compactas de densidad gomosa que rodaban, botaban y hasta palpitaban como globos que se hinchan y deshinchan espasmódicamente, en fluidos viscosos que adoptaban formas indefinibles de un azul muy oscuro con múltiples iridiscencias inquietantes, y en algunas otras cosas para las que ella no encontró palabras con que describirlas. Todas las mañanas, al despertarse, se sentaba en la cama y con los ojos cerrados rememoraba el sueño reciente buscando que la sustancia de esas imágenes delirantes, una especie de gas tóxico, la impregnara por dentro hasta llegar a las células más recónditas. Ella sabía que así cumplía algún designio que no alcanzaba a entender, que así contribuía a su derrota final. Pero era ese el único modo de evitar el sufrimiento: que cada mañana un poco más, los sueños narcotizaran sus emociones. Ese ritual acababa cuando se sorprendía en la cocina, sacando la cafetera, sin recordar cómo se había levantado ni, desde luego, cuál pie había sido el primero en tocar el suelo.


Foot of Pride. Bob Dylan (The Bootleg Series_ Rare And Unreleased, 1961-1991)

CATEGORÍA: Ficciones

jueves 23 de abril de 2009

Pies (I)

Empezó con el dolor en la planta y en el talón. Fascitis, le dijeron; compresas frías, masaje, reposo. Sí, esos tratamientos lo mejoraban, pero el dolor no se terminaba de ir; remitía sin desaparecer, como si se agazapara atento a una nueva oportunidad para revelarse. No obstante, nunca llegó a ser excesivo, molestia dolorosa más que un sufrimiento inaguantable, de esos que te inutilizan, que te impiden pensar en otra cosa que no sea el dolor en sí y cómo suprimirlo. No era el caso; se resentía cuando, tras un rato de estar sentado, se levantaba. Al apoyarse (mucho peso, pensaba, le sobraban demasiados kilos) sentía el pinchazo ardoroso desde las plantas, en sendos puntos centrales, como si se los atravesaran con agujas. Sólo un momento, ese instante exacto en el que el peso del cuerpo se transmitía al suelo. Luego, inmediatamente, el pinchazo se iba distribuyendo por la superficie de la planta del pie con precisión matemática. Entonces se movía y al caminar el apoyo del talón absorbía una dosis mayor pero soportable. Poco a poco, tras los primeros pasos algo dubitativos, el ritmo se iba acelerando, empeñado en negar el dolor, en no permitirle que impusiera condiciones. Cuanto más y más rápido andaba, más sentía que el dolor se acorralaba, próximo a la derrota. Pero, como con las distintas terapias, no terminaba de desaparecer. Al cabo de unos días, entendió que sus pies le estaban diciendo algo.

Sin embargo, no tenía tiempo de atender mensajes quejosos, y menos desde tan abajo. Ella seguía caminando rápido cuando caminaba y, entre medias, mucho tiempo sentada. Llevaría ya una semana cuando se dio cuenta de que eran sus pies quienes elegían el camino. No es que la llevaran por una ruta distinta a la que quería; digamos que su voluntad había marcado un recorrido que sería una banda dentro de la cual caben muchos itinerarios precisos y era la línea concreta entre todas las posibles la que sus pies decidían. A lo mejor llevaban tiempo practicando ese limitado ejercicio de autonomía y ella no se había dado cuenta, porque caminaba ensimismada en tantos y tontos pensamientos. La primera vez fue una mañana; como todas, hacía el recorrido desde la parada hacia la oficina, un paseo de tres cuadras por una única calle que, en algún momento, exigía cambiar de acera. Sin que ella prestara atención, los pies giraron para cruzar la calzada y de pronto, al notarse cambiando de orientación, pensó que quería seguir unos pasos más por ese lado. El cerebro, sin casi esfuerzo, como corresponde a un acto que se asume como natural, ordenó a los pies el cambio de rumbo, pero los pies, sorprendentemente, siguieron cruzando la calle y en un momento estaba caminando por la otra acera.

Desconcertada, se dio cuenta de que seguía caminando, a pesar de que no estaba queriendo caminar. Más bien, lo que sentía es que había dejado de ordenar a sus músculos que se movieran, concentrando su atención en el extraño incidente, pero éstos seguían a su ritmo, como si gozaran de voluntad propia o al menos les durara una inercia derivada del impulso inicial. Desde luego, no podía decirse que estuviera muy ágil de reflejos sino todo lo contrario. Pero mientras sus pensamientos se le presentaban aturullados, lo cierto es que seguía andando. De pronto, ya a pocos pasos de la oficina, ser consciente de eso le produjo una tremenda sensación de angustia y quiso pararse. Entonces, no es que dejara de ordenar a sus piernas que caminaran, sino que se concentró, con la voluntad de un desesperado, en exigirles que se pararan, transmitió desde sus neuronas mensajes de freno y sintió el esfuerzo de los músculos tensándose progresivamente hasta la máxima resistencia justo en los pies. Y al detenerse (porque sí, se detuvo) volvió de pronto el dolor intenso, de aguja atravesadora y ardiente desde el centro de ambas plantas. Se quedó quieta unos segundos, sin saber qué pensar, sin saber qué hacer. Luego se dijo que bueno, que qué cosa más rara, que ya tendría que estar en el trabajo. Y según lo pensaba, los pies se pusieron en movimiento sin que le quedara nada claro si era ella quien había decidido reanudar la marcha.

Pasó casi toda la mañana embargada por una incómoda sensación mezcla de un miedo difuso, torpeza mental (parecida a la del principio de una borrachera) e intriga. Trató de concentrarse en el trabajo y, aunque sus errores fueron bastantes más de los habituales, el esfuerzo autoimpuesto fue paulatinamente disolviendo la preocupación por el comportamiento de sus pies. De hecho, pese al desconcierto y sin necesidad de meditarlo mucho (tampoco es que ella fuera de largas reflexiones), había optado por tratar de olvidarse. Lo ocurrido no podía haber sido sino una especie de alucinación, llevaba una temporada con mucho estrés, estaba cansada. Procurar pues relajarse para que su cuerpo no volviera a gastarle nuevas bromas de tan poco gusto; ir al médico y hablarle de su agotamiento, del dolor de pies. Nada más, que tampoco es que se estuviera volviendo majara.

Hacia el final de esa jornada, sin embargo, los pies volvieron a hacer de las suyas y esta vez ni siquiera se dio cuenta hasta que Polo le pidió que parara ya, que hacía demasiado ruido. Llevaba, eso le dijo, un buen rato zapateando frenéticamente como si los pies se creyeran baquetas de un batería de rock entregado a un solo delirante. Se disculpó azorada y detuvo el bailoteo, ahora con mucho más esfuerzo, tanto que, por unas décimas de segundo, mientras percibía (casi como si lo estuviera viendo) el vertiginoso intercambio de mensajes, órdenes y réplicas, dudó de la capacidad de su cerebro para obligar a sus pies rebeldes a que se estuvieran quietos. Pero lo logró, a costa, eso sí, de un nuevo y más intenso pinchazo en las plantas y, sobre todo, del miedo que volvió a imponerse, a paralizar casi todos sus pensamientos. Entendió enseguida que ésta había sido una concesión de sus pies, quizá para no avergonzarla en público; sintió con la evidencia con que se sienten algunos procesos orgánicos que los pies reivindicaban su autonomía, que esta singular revolución no había hecho más que empezar. Asustada, le pidió a Polo que la llevara en coche hasta su casa; me duelen mucho los pies, le dijo.

La tarde, la que luego recordaría como la del primer día (si bien hay que insistir en que los primeros dolores, esos que pensó que eran fascitis, los tenía desde una semana antes), la pasó acostada. Casi todo el rato estuvo mirándose los pies, vigilándolos a la espera de que hicieran algo raro, de descubrir cualquier signo que le permitiera entender lo que pasaba. Pero sólo hubo ligeros balanceos como temblores de hojas, nada que pudiera distinguirse de movimientos reflejos; ¿o acaso eran guiños irónicos de los pies? Luego, esa misma noche, aparecieron los sueños.


Let Me Die in My Footsteps. Bob Dylan (The Bootleg Series_ Rare And Unreleased, 1961-1991)

CATEGORÍA: Ficciones

lunes 20 de abril de 2009

Beer-pong

Resulta que existe un juego, hasta hace pocas horas desconocido para mí, llamado beer-pong o beirut. Con ese nombre es fácil deducir que proviene de países anglosajones, en concreto de los Estados Unidos y Canada, donde por lo visto goza de mucha popularidad entre los chavales (salvando las distancias, correspondería a los grupos que, entre nosotros, ejercitan el botellón).

Si bien las reglas varían y carecen de la oficialidad que aportaría la institucionalización del juego (o sea, no existe una federación o algo similar), la idea básica del beer-pong sería la siguiente: dos equipos a ambos extremos de una mesa alargada en los que se disponen triangularmente seis o diez vasos mediados de cerveza; alternándose, cada equipo lanza una pelotita de ping-pong intentando meterla en alguno de los vasos y, cuando lo logra, el contrario ha de beberse la cerveza que contiene; obviamente, gana el equipo que logra que sus contrincantes se beban todos los vasos.

Como en cualquier otro ejercicio, jugar bien al beer-pong exige un dominio de las técnicas básicas así como desarrollar estrategias adecuadas al oponente. Descubro así, por ejemplo, que se han definido tres tipos de lanzamiento, llamados el tiro con arco, el de pelota rápida y el bote; el dibujo anexo es lo suficientemente ilustrativo como para ahorrar aclaraciones, salvo la de que no parece que el tipo de tiro condicione el desarrollo de una partida. De otra parte, como no podía ser de otra forma tratándose de los gringos, resulta que abundan los equipos estables y existen diversas ligas y torneos a lo largo de los USA, que culminarían en las World Series of Beer Pong, que se celebran en Las Vegas y en enero de este año han vivido su cuarta edición.

Naturalmente, la popularidad del juego ha aparejado que se oigan las habituales quejas de los protestones de siempre, el establishment que frunce el ceño en cuanto ve chavales divirtiéndose. La puritana sociedad yanqui se escandaliza porque implica consumo de cerveza (seguro que la versión con cocacola no tuvo el mismo éxito). Incluso se ha solicitado su prohibición con la excusa de que el beer-pong propicia el contagio de herpes. Pero estos agoreros no han impedido que los practicantes y fanáticos de este juego sigan creciendo ¿cuándo podremos verlo entre nosotros?

Hasta que llegue tan ansiado momento, lo que debemos hacer es practicar. Afortunadamente, se necesita bien poco: vasos y pelotas de pingpong. Provistos del material, en vez de perder el tiempo en otras actividades que difícilmente nos aportaran tantas satisfacciones como el beer-pong. Se trata de un ejercicio muy agradecido que, a la vez que nos permite desarrollar habilidades fundamentales (la paciencia, la puntería, la concentración, la imaginación, la estrategia, la visión espacial, y muchas más) contribuye, a medida que lenta pero inexorablemente mejoran nuestras habilidades, a reforzar la autoestima. Evidentemente, hay que dedicarle tiempo; ojalá que dispusiera de tanto (demasiado, como reconoce él mismo en su web) como este chaval, cuyo dominio del juego es extraordinario: una especie de globe-trotter del beer-pong, tan bueno que perfectamente podría ganar el torneo de Las Vegas manteniéndose abstemio.


CATEGORÍA
: Curiosidades dispersas

sábado 18 de abril de 2009

Piratería internáutica

En los últimos tiempos no paran de conocerse noticias relacionadas con el acoso y derribo a las descargas por internet. Parece que Francia (Sarkozy y madame) tiene a punto de aprobación una norma legal que, al modo de los puntos del carné, cortará la conexión a internet al usuario tras tres avisos de la Administración (que vigila a todos y cada uno para saber qué estamos haciendo a través de nuestros ordenador); en Suecia acaban de condenar a un portal (The Pirate Bay) como culpable de "intermediación" en infinidad de delitos contra la propiedad intelectual, al facilitar ficheros bit-torrents de películas, canciones, etc y permitir la búsqueda de los mismos; en España, la SGAE sigue presentando de forma incansable demandas civiles contra webs que ponen a disposición de los malvados internautas material protegido ...

Es evidente que la generalización de internet y la posibilidad tecnológica de digitalizar y transmitir los contenidos (separándolos de su soporte material) han puesto en gravísimo peligro el sistema tradicional mediante el cual todos los agentes involucrados en la producción (y no sólo producción) de esos contenidos cobraban dinero. La "cultura" generaba dinero proporcionalmente al número de soportes físicos que se vendían (o alquilaban). No obstante, siempre se ha podido consumir sin pagar, o casi sin pagar. Hay bibliotecas, la música se oía en la radio, la tele daba (con atraso, claro) las pelis. Además, siempre te podían prestar un libro, un disco, un video ... Y copiar: las fotocopias de textos universitarios, las cassettes variadas que grabábamos un grupo de amigos juntando los discos de todos, la colección de videos grabados de la tele (atento a dar a la pausa en los anuncios) que ya no me vale para nada.

Pero, antes de internet, el número de personas que por término medio "consumía" un soporte físico cultural era necesariamente limitado. Yo compraba un CD y lo podía compartir con mi grupo de amigos (y aprovecharme de los que ellos compraban, claro). Mientras mi grupo de amigo fuera de 10, 20 hasta cien personas, no pasaba nada. Pero internet hace que ese grupo (ya no de amigos) alcance los cientos de miles o millones de personas. Lógicamente, si puedo consumir gratuitamente el producto cultural que quiero casi con la misma calidad que obteniéndolo a través de los canales comerciales habituales, ¿por qué habría de pagar por ello? Sólo hay dos razones: la primera de índole ética (si no pagas, estás robando a los creadores y contribuyendo a que desaparezca la cultura); la segunda proviene del miedo (si no pagas te castigarán). Naturalmente, para posibilitar el castigo se ha criminalizado la "piratería informática", ya desde el propio nombre. Y así cada vez se consideran más cosas delictivas con el agravante de que la potencialidad de los delitos justifica la vigilancia de lo que hacemos en la red. Me parece que, en este afán, están llegando quizá demasiado lejos; porque es o será delito (que no lo sé) no sólo prestar un contenido informático, sino también guardarlo en servidores públicos y, por supuesto, indexar esos servidores para que, mediante buscadores, se pueda saber lo que hay en ellos (y luego, claro está, bajárselo).

El argumento ético seguramente tiene gran parte de verdad, pero desde luego que no toda. Esas razones, además, suenan bastante falsas en boca de "autores" cuyas obras no me da la sensación que sean de las más pirateadas (ni vendidas, naturalmente). De otra parte, me pregunto: ¿alguien dejará de producir "cultura" si no la comercializa tal como tradicionalmente se ha hecho? No lo creo; creo, más bien, que la "piratería" lo que amenaza de verdad, más que a la cultura, es al sistema de comercialización. En cuanto a la segunda razón, la del miedo, supongo que funcionará a saltos pero, como cualquier intento de tapar una olla a presión, todas estas medidas irán siendo desbordadas por la propia lógica del desarrollo y generalización de internet. Además, seguir por ese camino represivo, con la excusa de proteger la cultura (los derechos de propiedad de quienes dicen hacer la cultura), lleva inexorablemente a invadir terrenos muy peligrosos que no son nada recomendables para la libertad de una sociedad. Ya sé que suena muy ingenuo, pero me gustaría pensar (y pelear por ello) que internet va a seguir creciendo como un espacio de libertad, lo menos controlado posible. Aunque históricamente siempre las autoridades han intentado prohibir o limitar el acceso a todos los medios y ámbitos de libertad, de acracia.

A mí -ya lo he comentado en varias ocasiones- internet me parece una maravilla; un instrumento que nos abre posibilidades casi infinitas. Quizá porque me ha cogido con edad suficiente soy capaz de asombrarme ante lo que significa, no como tantos más jóvenes que lo ven como algo casi natural. Y, desde luego, una de las cosas que me entusiasma es tener a mi disposición casi la biblioteca borgiana (que es también filmoteca, discoteca, fototeca y cuantos tecas queramos añadir). Casi estamos ante el sueño de cualquier anarquista utópico de las primeras décadas del siglo pasada en lo que se refiere al acceso generalizado a la cultura. ¿Cómo no sentirse gozoso? Puedo entender que quienes viven de los "negocios culturales" se sientan robados porque por culpa de internet la gente compre menos (mucho menos, incluso) sus productos. Sin embargo, estos perjuicios individuales me parecen muy inferiores al beneficio público que supone este acceso generalizado a la cultura. Por eso, lo que me gustaría es que se busquen otras formas de remunerar a los productores de los contenidos; y hacia ahí imagino que irán los tiros, por muchos experimentos represivos que antes habremos de sufrir.


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