sábado, 1 de septiembre de 2018

Etapa 9: San Juan de la Rambla - La Tabona

Esta vez quedé con un amigo. Nos dimos cita a las ocho de la mañana en el que habría de ser el punto de llegada: unos quinientos metros al Oeste de la balsa de la Tabona, en el término municipal de La Guancha (en concreto, en el cruce entre las vías Hoya de Los Pablos y Lugar el Convento). Allí dejé aparcado mi coche y fuimos ambos en el suyo hasta la plaza de la Iglesia de San Juan Bautista, donde había finalizado la etapa octava y, por tanto, había de iniciarse esta novena. Empezamos pues la ruta siguiendo la calle empedrada de la Alhóndiga, llamada así porque al final de la misma, a mano izquierda, se ubica la Casa de la Alhóndiga, edificio de dos plantas y paredes encaladas, construido a comienzos del XVII y cuya planta alta era granero y en la baja sala de juntas, cárcel, carnicería, despacho de pan y otras dependencias propias de los servicios vecinales. Estaba cerrado pero leo que del inmueble original solo quedan los muros exteriores; en la actualidad alberga dependencias administrativas en la planta baja y una salón de actos en la alta. Justo enfrente hay otra edificación de notable interés arquitectónico e histórico: la casa de los Delgado Oramas, construida en el tercer cuarto del siglo XVIII por don Antonio Lorenzo Delgado Oramas de Saá, de una las familias más principales de la localidad. Se trata de un edificio de dos plantas del que destaca un amplio balcón cubierto a tres aguas, con cuatro cuerpos y sustentado por dobles canes, que se abre a la calle por la que subimos. Doblamos a la derecha por la calle que precisamente lleva el nombre de Antonio Oramas y que define el límite Sur del casco urbano; es un paseo en subida, agradable por la calidad de las edificaciones, la mayoría de arquitectura tradicional. Doblamos hacia la izquierda por un pequeño ramal de la carretera a San José que sale al puente sobre la TF-5 y, nada más pasar ésta, hacia la izquierda hay una estrecha escalera que lleva al inicio del empinado sendero empedrado que, tras cruzar el barranquillo Poncio, trepa por la ladera hacia las medianías del municipio. Los primeros quinientos metros son los más duros; el camino, con trazado sinuoso y orientación Este, sube algo más de cien metros con una pendiente media en torno al 30%. En ese punto, miramos hacia abajo y se despliega una panorámica magnífica de San Juan de la Rambla y el litoral acantilado, la misma que si estuviéramos volando en parapente.


La segunda parte del camino tiene menos pendiente pero, por el contrario, no está tan bien acondicionada; de hecho no es más que una senda entre la maleza, con varios arbustos y abundantes telarañas que se nos pegan en la cara y cuerpo. Entre flora tan poco atractiva, encontramos no obstante una rezogante tunera (Opuntia ficus-indica) cargada de higopicos que ,i compañero, a quien le encantan, no se resiste a recolectar pagando el casi inevitable precio de unos cuantos pinchazos. Pasamos también por una finca reconvertida en hotel (hotel informal en una antigua granja reformada, dice Google). El acceso, claro, es por una pista asfaltada paralela a la trocha por la que estamos caminando; aún así, no deja de impresionar que hasta parajes tan remotos (en el contexto de la isla) esté llegando el turismo. Al cabo de unos quinientos metros llegamos a una pista asfaltada que se llama Orilla de la Vera que, aunque en ese momento no me doy cuenta, es la misma por la que anduve para pasar del primer al segundo tramo de la bajada del Barranco de Ruiz (el Mirador de Mazapé está a un kilómetro y medio hacia el Este). Doblamos justamente en esa dirección pero caminamos solo centenar y medio de metros y giramos de nuevo hacia arriba por un camino empinado con firme bastante deteriorado de hormigón que discurre entre bancales agrarios, la mayoría en cultivo. Tras unos cuatrocientos metros doblamos hacia la derecha, pasando a través del muro de un bancal, cuyo dueño está por ahí y se interesa por nuestra ruta. Otro poco de camino de tierra para salir a la calle Lomo La Palma, que no es tal, sino otra pista agrícola entre bancales, aunque ésta algo mejor conservada. Unos trescientos metros más y estamos en la carretera de la Vera baja, bien asfaltada y que discurre sensiblemente a nivel. Seguimos por ella en dirección Oeste, cruzamos el barranco de la Chaurera y entramos en el núcleo de Los Quevedos, prácticamente pegado al de San José, que es la capital municipal desde que hace unos años desplazaran aquí el ayuntamiento de San juan de la Rambla. Sin embargo, como para evitar la carretera, nos hemos desviado por una calle trasera que va directamente a la plaza de la Iglesia, no pasamos por delante de la Casa Consistorial (de hecho, pensamos erróneamente que era la fea edificación que hay enfrente de ésta) aunque no nos perdimos nada. La Iglesia de San José tampoco es gran cosa; más parece una ermita grande (con el estilo tradicional de las ermitas urbanas tinerfeñas) con mucha menor prestancia, desde luego que la de San Juan Bautista en el pueblo costero.

Poco más hay que ver en San José, del que salimos por la calle Diecinueve de Marzo y luego la TF-353 que cruza el barranco de la Guancha, límite entre los municipios de San Juan de la Rambla y La Guancha. Entramos en el barrio de La Guancha de Abajo por la calle de la Cruz Verde que corresponde con el trazado histórico del camino que unía el pequeño caserío con San José y en torno al cual, en años recientes, se ha llevado a cabo la expansión urbanizadora. Me pregunto si –como otras– el nombre de esta calle hace referencia a la cruz verde de la Inquisición, que era costumbre llevar en procesión antes de los autos de fe hasta el lugar de la ceremonia, colocándose en el mismo cadalso. Ese es el origen de la calle de la Cruz Verde que hay en el centro de Madrid; sin embargo, no he encontrado que así fuera en este caso ni tampoco en el de la calle que hay en el centro de Santa Cruz (de ésta se sabe que a mediados del XVIII había una cruz verde de tea que podría señalar una de las estaciones del Via Crucis entre las Iglesias de La Concepción y San Francisco). Dejando pues el asunto en el ámbito de las elucubraciones, doblamos a la izquierda por la calle San Antonio, el eje tradicional que une este barrio con el casco histórico. A mano derecha, ubicada en una plaza que es mirador sobre la ladera agraria hasta el mar, se erige la Capilla del Calvario, construcción del siglo XX sin excesivo interés, dedicada a Nuestra Señora del Coromoto. Esta advocación mariana es frecuente en Tenerife (no la había oído fuera) por los estrechos lazos de los isleños con Venezuela, país del cual es Patrona. La leyenda de esta Virgen, por cierto, guarda bastante parecido con la de la Candelaria, pues en ambos casos se trata de una aparición milagrosa ante aborígenes facilitando así la evangelización de éstos (y la consiguiente integración en el sistema colonial hispano). Algo más arriba giramos por la rambla Cristóbal Barrios Rodríguez, en donde se sitúa el edificio del Ayuntamiento (absolutamente anodino y prescindible) y seguimos subiendo por la tremenda cuesta de la calle Solítica. Entre la Guancha de Abajo (en la Cruz Verde) y el núcleo alto hay unos seiscientos metros de distancia y noventa de desnivel, que se salvan por estas calles directamente contra pendiente.

Llegamos a la Avenida Hipólito Sinforiano que, en realidad, es sino la carretera TF-342 que viene desde el Realejo Alto y llega hasta Buen Paso, en el vecino municipio de Icod (en ella está el mirador del lance, que visité en la etapa precedente). Pero me llama la atención este nombre o, mejor dicho, dos nombres propios, ambos de mártires de los primeros siglos del cristianismo y, desde luego, de uso muy infrecuente en nuestros días, especialmente el segundo. Luego, en mi casa, quise averiguar a quien honraba esta calle y con algún esfuerzo descubrí que a Don Hipólito Sinforiano González Mesa, un periodista de principios del siglo pasado que escribió abundantemente sobre La Guancha, contribuyendo a sacarla de su aislamiento cultural. Vemos a nuestra derecha un bar y, como ya es media mañana, nos premiamos con un tentempié merecido y un breve ratito de descanso. De nuevo en marcha, enfilamos por la calle de La Alhóndiga que va a dar a la Iglesia, puesta bajo la advocación del Dulce Nombre de Jesús. Estamos en el entorno del núcleo fundacional del pueblo, en las cercanías de donde, según la leyenda, una mujer guanche fue sorprendida por una avanzadilla de las tropas invasoras mientras despreocupadamente llenaba de agua de una fuente su gánigo (pequeño recipiente de arcilla que usaban los aborígenes canarios. El capitán español, prendado de la belleza de la chica, ordenó a sus soldados que la prendieran y ella, antes de dejarse atrapar, se lanzó al barranco (tendría que ser al de La Guancha, que está unos doscientos metros hacia el Este desde esta plaza). El caso es que, verdad o no, el pueblo se llamó Fuente de la Guancha en razón de este relato, aunque entre finales del XIX y principios del XX, se acortó la denominación a la actual. El actual templo tiene su origen en una ermita erigida en 1579 que fue objeto de sucesivas ampliaciones hasta avanzado el siglo XVIII (y aún hubo reformas posteriores, siendo la última la más llamativa, ya que en 2001-2002 se sustituyó la torre por una de nueva construcción). Por fuera es una construcción muy en el estilo tradicional de la arquitectura religiosa de la Isla; del interior (se estaba celebrando un bautismo) me llamó la atención que consta de dos naves, la primera de menor dimensión, de lo que resulta una planta asimétrica poco habitual. Llegamos a la Avenida Hipólito Sinforiano que, en realidad, es sino la carretera TF-342 que viene desde el Realejo Alto y llega hasta Buen Paso, en el vecino municipio de Icod (en ella está el mirador del lance, que visité en la etapa precedente). Pero me llama la atención este nombre o, mejor dicho, dos nombres propios, ambos de mártires de los primeros siglos del cristianismo y, desde luego, de uso muy infrecuente en nuestros días, especialmente el segundo. Luego, en mi casa, quise averiguar a quien honraba esta calle y con algún esfuerzo descubrí que a Don Hipólito Sinforiano González Mesa, un periodista de principios del siglo pasado que escribió abundantemente sobre La Guancha, contribuyendo a sacarla de su aislamiento cultural. Vemos a nuestra derecha un bar y, como ya es media mañana, nos premiamos con un tentempié merecido y un breve ratito de descanso.

De nuevo en marcha, enfilamos por la calle de La Alhóndiga que va a dar a la Iglesia, puesta bajo la advocación del Dulce Nombre de Jesús. Estamos en el entorno del núcleo fundacional del pueblo, en las cercanías de donde, según la leyenda, una mujer guanche fue sorprendida por una avanzadilla de las tropas invasoras mientras despreocupadamente llenaba de agua de una fuente su gánigo (pequeño recipiente de arcilla que usaban los aborígenes canarios. El capitán español, prendado de la belleza de la chica, ordenó a sus soldados que la prendieran y ella, antes de dejarse atrapar, se lanzó al barranco (tendría que ser al de La Guancha, que está unos doscientos metros hacia el Este desde esta plaza). El caso es que, verdad o no, el pueblo se llamó Fuente de la Guancha en razón de este relato, aunque entre finales del XIX y principios del XX, se acortó la denominación a la actual. El actual templo tiene su origen en una ermita erigida en 1579 que fue objeto de sucesivas ampliaciones hasta avanzado el siglo XVIII (y aún hubo reformas posteriores, siendo la última la más llamativa, ya que en 2001-2002 se sustituyó la torre por una de nueva construcción). Por fuera es una construcción muy en el estilo tradicional de la arquitectura religiosa de la Isla; del interior (se estaba celebrando un bautismo) me llamó la atención que consta de dos naves, la primera de menor dimensión, de lo que resulta una planta asimétrica poco habitual. Luego seguimos por las calles El Sol, Los Loros, Doctor Fleming y el Natero, donde está el cementerio y, nada más entrar, una cruz de piedra con una placa en mármol en la que honran a los guancheros “caídos por Dios y por España en la Guerra Civil (un médico, un sargento, un cabo y trece soldados, todos ellos por debajo del que “cayó” en todos los cementerios de España: José Antonio). Doblamos a la derecha por la calle Los Pinos y salimos del pueblo para adentrarnos, como indica el propio nombre de esta pista, en el pinar que aquí en La Guancha (como en Icod) llega bastante abajo (estamos sobre la cota 525 más o menos).

A unos quinientos metros del final del perímetro urbano, pasado el campo de fútbol de Montefrío, sale a mano derecha la denominada Ruta del Agua, que discurre por el pinar junto a numerosas canalizaciones (atarjeas cubiertas) provenientes de galerías de la zona alta del municipio. En años recientes el Ayuntamiento, con los alumnos del taller de empleo, ha llevado a cabo varias actuaciones de acondicionamiento del sendero, de modo que éste, en efecto, se encuentra en excelente estado de tránsito y seguridad para el caminante, incluyendo algunos paneles informativos sobre los recursos naturales y culturales del entorno. No hay mucho que decir de la primera parte de esta ruta, salvo que es cómoda y agradable, como siempre que se pasea dentro de un bosque. A unos novecientos metros aparece una pequeña ermita, sin ningún valor y llena de estampas en su interior. En ese punto, como comprobaría después en mi casa, deberíamos haber girado hacia la derecha; sin embargo, no vimos que el sendero continuara en esa dirección y optamos por el sentido contrario que nos bajó a una edificación con un claro de árboles frutales, desde la que proseguimos por un camino que, como comprobamos con el GPS, discurría paralelo al que debíamos haber tomado. A los pocos metros nos encontramos caminando sobre una atarjea que seguía la cumbrera de un lomo, con pronunciadas pendientes a ambos lados. De pronto, en un claro del pinar, a nuestra izquierda (hacia el Oeste) se abrió una espectacular vista sobre los terrenos agrícolas que se extendían muy debajo de nosotros, tanto que daba hasta vértigo. Unos cuantos pasos más adelante, la tubería sobre la que pisábamos se precipitaba en abrupta caída: era imposible seguir. Así que dimos la vuelta, buscando algún paso hacia el Este que nos permitiera llegar al camino del que nos habíamos separado y por suerte lo encontramos: una pequeña trocha que en curva bajaba hacia el barranco para volver a subir y situarnos en la ruta (reaparecieron la señales) que, tras unos setecientos metros casi todos en descenso, nos llevó a la ermita de San Antonio de Padua, en el barrio del Pinalete, junto a la boca de la galería del mismo nombre. Se trata de una edificación de los años sesenta que, por lo visto, se construyó en cumplimiento de una promesa hecha por el que era presidente de la Comunidad de Aguas de la recientemente abierta galería. Estamos de nuevo en la TF-342 (la que atravesaba el núcleo de La Guancha); la cruzamos y bajamos por el camino de la Tabona, saliendo de los últimos retazos del pinar para entrar en terreno agrícola, claramente de medianías de esta vertiente Norte de la Isla. Pasamos delante de la balsa de la Tabona, de Balten (entidad pública empresarial del Cabildo) y cinco minutos después ya estamos en la esquina con la calle Hoya de los Pablos, donde está aparcado mi coche. Etapa cumplida.

domingo, 26 de agosto de 2018

Etapa 8: Realejo Alto - San Juan de la Rambla

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Me pongo en marcha poco después del amanecer. Sin tráfico –domingo temprano– llego rápidamente a la Iglesia de Santiago Apóstol, pero me cuesta encontrar aparcamiento. Dejando a mi derecha la Biblioteca municipal tomo la calle Godínez que baja al barranco del mismo nombre y que es el antiguo límite municipal entre los dos Realejos. Este barrio al que paso carece en si mismo de todo interés pero queda enmarcado por el grandioso paisaje de la ladera de Tigaiga, el paredón que cierra por el Oeste el Valle de La Orotava. Calle Viera y Clavijo, calle Camino Nuevo y, al llegar al barranco Veloso, donde convergen varios caminos, tomo el del Caserío Los Pinitos que, con típico trazado sinuoso, asciende por la ladera. Me pongo en marcha poco después del amanecer. Sin tráfico –domingo temprano– llego rápidamente a la Iglesia de Santiago Apóstol, pero me cuesta encontrar aparcamiento. Dejando a mi derecha la Biblioteca municipal tomo la calle Godínez que baja al barranco del mismo nombre y que es el antiguo límite municipal entre los dos Realejos. Este barrio al que paso carece en si mismo de todo interés pero queda enmarcado por el grandioso paisaje de la ladera de Tigaiga, el paredón que cierra por el Oeste el Valle de La Orotava. Calle Viera y Clavijo, calle Camino Nuevo y, al llegar al barranco Veloso, donde convergen varios caminos, tomo el del Caserío Los Pinitos que, con típico trazado sinuoso, asciende por la ladera. Pasados los primeros cuatrocientos metros, el camino deja de ser asfaltado y se convierte en una senda de tierra aún más empinada: son ochocientos metros de trabajoso ascenso para salvar un desnivel de ciento cincuenta metros (casi un 20% de pendiente). Ya sudoroso salgo a la carretera general de Icod el Alto (TF-342), con un buen trazado de falda de montaña, recientemente dotada de una banda lateral protegida para los peatones (compruebo que muy usada por los lugareños) que permite al paseante disfrutar de unas maravillosas vistas hacia el Valle, la propia ladera de Tigaiga y el mar. De hecho, a unos seiscientos metros de distancia en suave ascenso, se encentra el Mirador del Lance, uno de los muchos que hay distribuidos por las carreteras isleñas (todos con unas panorámicas espectaculares). A modo de deidad protectora del lugar, una escultura gigante del Bentor, hijo y sucesor de Bencomo como mencey de Taoro. Tras la derrota guanche en la segunda batalla de Acentejo, Bentor y sus ya escasos guerreros se refugian en los altos de Tigaiga y allí (o sea, por aquí), perdida toda esperanza de impedir la conquista castellana, antes de rendirse decide suicidarse despeñándose por la ladera. Las vistas son ciertamente espléndidas pero ahora, a las nueve de la mañana, con el sol de frente, no puedo sacar ninguna fotografia (de todos modos, rara vez se consiguen fotos panorámicas que den fiel idea de lo que se ve en el sitio); aún así, el exceso de luminosidad chocando contra la neblina húmeda que viene del mar crea una atmosfera mágica, casi irreal.

Sigo caminando por la TF-342, bordeando por el Norte el barrio del Lance, hasta desviarme a la derecha por la calle del Calvario, una pista de tierra apisonada que va bajando hacia el cauce del barranco del Dornajo. El nombre antiguo de este barranco era del Agua, que se debería probablemente a que en su costado oeste había un afloramiento natural, aprovechado al menos desde los tiempos de la Conquista. Aún sigue la fuente (un banco y una pared, ambos de hormigón, y de ésta un caño del que mana un hilo de agua; un cartel que avisa que no está clorada), que abasteció a los pobladores del entorno hasta bien entrado el siglo XX; aquí venían a llenar los recipientes de agua y también a lavar. A propósito, pasar por aquí me vale para aprender que “dornajo”, en Canarias, se usa para designar un pesebre hecho de un tronco de árbol ahuecado, destinado a las vacas o cabras; ¿se deberá el cambio de nombre del barranco a su vinculación con actividades ganaderas? En todo caso, lo cierto es que definía el límite entre los menceyatos de Taoro y de Icod y, en efecto, al discurrir al pie de la ladera de Tigaiga, vale como frontera entre dos “comarcas” de la Isla; sigo en el municipio de Los Realejos pero ya no en el Valle de La Orotava. Pasada la fuente empieza la subida que lleva directamente al núcleo de Icod el Alto. La calle, que se sigue llamando del Calvario, empieza con una ermita y una pequeña plaza con vistas, y tras doscientos cincuenta metros remata en la iglesia principal del pueblo –hacia la mitad de la calle, en la pared de un inmueble, una plaza da noticia de que en esa casa nació el poeta Antonio Reyes, que falleció muy joven, en 1954, con solo veintisiete años; nada conozco de este hombre y por más que dediqué luego un tiempo a indagar sobre él, nada he encontrado en la Red. A través de unas estrechas escaleras subo a la plaza y entro en la Iglesia que está bajo la advocación de la Virgen del Buen Viaje, cuyas fiestas son justamente hoy. Se trata de la Patrona de los emigrantes (no de los aficionados al lisérgico como apuntó un amigo) y, por lo visto, es venerada en otras localidades de Canarias y del resto del mundo, aunque sea la primera vez que veo esta variante mariana (imagino que hacer el catálogo de vírgenes del santoral católico es una empresa inabarcable); como es obvio, a esta Virgen se le pedía protección en los viajes, aunque yo pensaba que ése era el cometido de San Cristóbal. En este lugar hubo antes una ermita que se amplió para convertirse en el actual templo a mediados del XVIII. En los años sesenta, gracias a las remesas enviadas por los tinerfeños de Cuba y de Venezuela, se sustituyó la antigua fachada por la actual (frontispicio en tonos rojizos que culmina con la torre campanario en piedra negra). El edificio es de una sola nave con cubierta a dos aguas; tiene cierto interés pero tampoco demasiado.


Protegido pues por esa Virgen, sigo por la calle Real, eje principal de este núcleo urbano, a cuyos márgenes se dispone el caserío más concentrado, edificaciones de escaso interés o calidad. La calle mide unos mil doscientos metros, aunque su tramo final, a partir del barranquillo Guanchero, ya no puede considerarse dentro del perímetro urbano. Justo en ese tramo, a mano derecha, hay una casona del XVIII en medio de una finca rústica, que ha sido restaurada y acondicionada como hotel rural (tiene veinte habitaciones). Un poco más adelante, la calle Real acaba en la carretera de la Fajana y en ese punto está la casa de la Hacienda la Pared, que formaba parte del Mayorazgo de Castro, del que ya hablé en la etapa anterior. Fue en estas tierras donde por primera vez se plantaron papas en Tenerife, las que Juan Bautista Bethencourt trajo en 1622 del Perú. La casona, además de contar con dependencias agrarias, fue posada para los muchos viajeros y comerciantes que recorrían las Isla por el camino real que acabo de dejar. Parece que hace unos quince años el Cabildo y el Ayuntamiento de Los Realejos se plantearon rehabilitar esta casona para convertirla en un centro educativo y de interpretación sobre el cultivo de la papa en las Islas así como museo de historia local. Pero la iniciativa no debió prosperar porque el inmueble se encuentra bastante deteriorado. En cambio, los terrenos agrícolas vinculados están en magnífico estado, muy cuidados, perfectamente abancalados, con los tubos de riego desplegados y arados en toda su superficie. Mientras camino por la carretera de la Fajana (que no sé por qué se llama así, pues ése es el topónimo de la playa de callaos a la que bajé en la etapa anterior y este viario no baja a la costa sino que acaba en uno de los barrios de Icod el Alto) me admiro ante esta finca que llevo a mi derecha; a mi izquierda tengo el barranco que todavía se llama de Castro pero que enseguida pasará a ser el de Ruiz y que es por el que pretendo descender hacia el litoral.

Entro a mi izquierda por la estrecha senda que da acceso al sendero del barranco de Ruiz. Si no la tuviera marcada en la wikiloc probablemente habría pasado de largo porque no hay ninguna señalización. La explicación es que este tramo superior está cerrado por el riesgo de desprendimientos (otra vez). Pero como quien peca una vez peca ciento, desobedezco la prohibición y franqueo la valla que han debido poner los agentes de Medio Ambiente del Cabildo (por cierto, ponen un primer cierre y unos metros después un segundo). Los primeros setecientos metros son de bajada, hacia el cauce del barranco y enseguida se entra en un bosque de laurisilva (Monteverde) muy bien conservado, con árboles de gran porte. El sendero, de tierra con zonas reforzadas con lajas de piedra y escalones y en varios tramos protegido con baranda de madera, debido a su falta de uso (y de mantenimiento) está siendo invadido por la maleza, en especial zarzas. Luego hay que empezar a subir por la pared del barranco (pero no es demasiada pendiente porque estamos yendo hacia el mar). Esta segunda parte del sendero cerrado tiene una longitud aproximada de mil doscientos metros, pero como hacia la mitad se emerge del interior del bosque y se abren las vistas hacia el mar y la colosal ladera del otro lado. La salida de este tramo superior del sendero (también doblemente vallada) en el cruce de las carreteras de las Veras (Baja y Alta) y la pista asfaltada llamada Orilla de la Vera. Sigo por esta última unos trescientos metros y llego al Mirador del Mazape que, además de ser una placita desde las que se abren unas espectaculares vistas hacia el barranco de Ruiz, es de donde parte el tramo inferior del sendero que, este sí, está abierto, si bien con la advertencia a los caminantes de que extremen las precauciones. Este tramo es completamente distinto del anterior. De entrada, la pendiente es mucho mayor; afortunadamente voy bajando (el esfuerzo sería mucho mayor en sentido contrario) pero, precisamente por eso, debo ir con mucho más cuidado, los ojos todo el tiempo pendientes de cada paso que doy. O sea, que para mirar el paisaje hay que detener momentáneamente la marcha y puedo asegurar que merece la pena hacerlo continuamente porque es absolutamente espectacular, una maravilla. Aquí no hay bosque, sino la colosal potencia visual de las laderas verdes de matorral y con abundantes partes de roca desnuda. En fin, que no tiene mucho sentido intentar con pobres palabras dar una idea de la magnificencia de este paisaje, así que me limitaré a decir que este tramo mide aproximadamente un kilómetro y medio y que en recorrerlo –fui muy despacio– tardé algo más de media hora. Acaba en un área recreativa con aparcamiento al borde de la carretera TF-5.

Por cierto, me olvidé decir que el barranco de Ruiz es el límite entre los municipios de Los Realejos y San Juan de la Rambla, de modo que desde que en el tramo superior del sendero pasé a la margen izquierda del cauce, he venido caminando por este segundo municipio. Una vez en la TF-5, la cruzo (lo que tiene su peligro) y camino por la calle de El Rosario –que no es calle sino carretera menor– en dirección al mar. Medio kilómetro hasta llegar a la Rambla de los Caballos que es el camino costero que articula el pequeño asentamiento del Rosario, poco más que una hilera de casas con una mínima concentración en torno a la ermita de la Virgen de ese nombre. Este pequeño templo, construido en el XVII, forma un conjunto muy simpático de arquitectura popular, integrado con otros inmuebles domésticos y situado frente al mar y la placita del barrio. Lo cierto es que el paseo por este camino de ribera resulta muy agradable, tanto por las estupendas vistas al mar como por las casitas que van salpicando el recorrido (varias de ellas convertidas en alojamientos turísticos). En algo menos de un kilómetro y medio se entra en la “plaza-aparcamiento-mirador al mar” del núcleo de Las Aguas. Aquí hay también una fea piscina en la zona de dominio público marítimo-terrestre, que está sin agua (me entero luego de que Costas ha decidido demolerla). Pero el pueblo de Las Aguas se dispone sobre el promontorio que cierra este tramo de litoral y es curioso que creo que nunca lo he pateado, a pesar de que he venido infinidad de veces a la parte baja a comer arroz. Así que subo las escaleras de la calle del cantito hasta la plaza en la que se erige la ermita de la Cruz y de San Pedro, que arquitectónicamente no vale nada y paisajísticamente rompe la panorámica hacia la costa. Luego callejeo por esta parte alta, buscando un camino lo más pegado a la costa (que es acantilada) que me permita llegar al núcleo de San Juan, final de la etapa. Salgo a la calle Nueva (paralela al campo de fútbol) y doblo a la derecha por la de la Manguita que muere contra fincas agrarias en su mayoría abandonadas. Caminando sobre muros de bancales y tramos de caminos agrícolas logro alcanzar la playa de la Caldereta, aunque llamar así a esta franja de callaos pueda considerarse exagerado. Estoy pues al nivel del mar, caminando sobre piedras de todos los tamaños, con la dificultad que ello supone si quieres evitar torceduras de tobillo; avanzo despacísimo, buscando afanosamente algún sendero que suba hacia el pueblo de San Juan de la Rambla. Lo encuentro, sí, pero ya al final de la playa, después de haberme hecho sus seiscientos metros de longitud en nada menos que tres cuartos de hora. La subidita, además, se las trae, máxime porque ya estoy cansado. En fin, que llego arriba: ya estoy en el núcleo en el que voy a acabar la etapa de hoy.


Para entonces, la batería de mi teléfono móvil se ha descargado y, por lo tanto, me he quedado sin el lioso auxilio del GPS. La consecuencia es que, en vez de coger a la izquierda por la rampa peatonal que sube a la avenida José Antonio (aquí tampoco han cambiado los nombres de las calles) y volver a girar a la izquierda para llegar a la plaza de la Iglesia –estoy a solo doscientos metros de ella–, me pongo a caminar en sentido contrario (hacia el Oeste) por las calles de la Malaya y el Cercado, para después girar a la derecha (hacia el mar) por la de los Sabandeños. Pero me congratulo del error porque acabo en una plaza situada en el extremo del promontorio sobre el que se extiende el pueblo y desde la que se baja al famoso Charco de San Juan de la Rambla, una piscina natural formada por la forma caprichosa de las rocas, que es la principal oferta de baño para los habitantes del municipio. Consciente ya de mi equivocación, subo por la calle Antonio Ruiz Cedrés y llego, ahora sí, a la avenida José Antonio, aunque bastante más lejos de meta, casi en su cruce con la TF-5; desde ahí camino unos trescientos cincuenta metros y estoy por fin en la bonita plaza de Rosario Oramas, enmarcada por la Iglesia de San Juan Bautista y tres caserones de arquitectura tradicional canaria de excelente factura. Es ya la una y media, llevo casi cinco horas de excursión y estoy cansado. Me tomo un café en el bar que hay al lado de la plaza donde me dicen que en el pueblo no hay parada de taxis, pero me llaman a uno que ha de venir desde Icod, así que el regreso hasta mi coche me costó la friolera de 27 € (tenía que haber cogido una guagua).


viernes, 24 de agosto de 2018

Etapa 7 completada al fin

He pasado unos días recuperándome de los dolores y agujetas de la aventura del lunes. Además, estaba solo en la finca y tenía que ocuparme de los animales, incluyendo dos perros “invitados”. Hoy viernes, con K de regreso y mi cuerpo suficientemente a punto, salgo temprano con la intención de hacer, esta vez sí, la séptima etapa y llegar al Realejo Alto. Había inicialmente pensado en repetir el breve tramo ya recorrido el lunes entre la estación de guaguas del Puerto y el hotel Maritim pero al final he decidido no pasarme de purista y comenzar la caminata de hoy en donde interrumpí el recorrido el otro día con tan casi funestas consecuencias; me digo que esta etapa la dividiré en la 7a (los primeros 3,400 km.) y la 7b que me dispongo a realizar. Aparco pues frente a una de las moles del Maritim y me acerco hasta el fondo de saco. Ahí siguen los obreros y las vallas que cierran el paso pero esta mañana resulta que han dejado entreabierto el acceso al sendero de la Rambla de Castro, si bien pocos metros más adelante, justo donde el camino se bifurca, otra valla bloquea el recorrido con un cartel del Cabildo indicando que hay peligro de desprendimientos. Me quedo dudando un rato que hacer cuando veo que una chica se acerca por el sendero con unos perros y que, sorteando la verja, llega con todo desparpajo hasta donde estoy. Le pregunto si el camino tiene algún problema y me asegura que no, que está como siempre; de modo que me decido a pasar al otro lado y hacer la ruta tal como la tenía prevista desde el inicio, diciéndome que no debo informar de la transgresión a mis compañeros de Medio Ambiente. A los pocos pasos me alegro de mi pequeña desobediencia porque el paisaje es magnífico: : la ladera rocosa a la izquierda (con algunos muros de piedra de bancales agrarios hoy abandonados) y a la derecha el acantilado que cae al mar, una costa preciosa (ya también peligrosa). Estoy dentro del Paisaje Protegido de la Rambla de Castro, por el cual transitaré en esta etapa siempre que me mantenga junto al litoral. Este primer tramo discurre entre el Maritim y la urbanización Romántica II. con un trazado sensiblemente a nivel (en torno a la cota de los 40 metros sobre el mar), a excepción de la parte final de ascenso al citado núcleo urbano. Es pues de cómodo recorrido y el peligro no radica en el sendero propiamente dicho sino en la inestabilidad de las paredes rocosas de la ladera, como lo prueba una enorme roca que, hacia la mitad del tramo, lo obstruye casi en todo su ancho. Pero, afortunadamente, durante el tiempo que tardé en recorrerlo no se produjo el más mínimo desprendimiento. Llegando ya al final, opté por desviarme hacia la punta rocosa que cierra la playa de Los Roques y, desde la seguridad de un piso firme, mirar hacia atrás, al acantilado del Maritim que, cuatro días antes, pudo haber sido el último trozo de tierra sobre el que habría estado.



Subo pues a la urbanización, la segunda Romántica (luego pasaré por la primera). Ambas son productos de los años sesenta, unos tiempos en que bastaba comprar unas tierras y elaborar un sencillo plan de urbanización que obtenía todas las bendiciones. En términos turísticos, el Sur aún no existía; en cambio, la potencia (a la escala cuantitativa de la época) del Puerto de la Cruz irradiaba expectativas urbanizadoras e inmobiliarias en ambas direcciones. El promotor de las Románticas fue un alemán, Paul –don Pablo– Odebrecht (nada que ver con la constructora brasileña involucrada en escándalos de corrupción en varios países latinoamericanos), quien por lo visto se había hecho rico en Berlín durante los cincuenta con negocios textiles y en el 63 recaló en la isla y decidió que tenía que ofrecer a sus paisanos el disfrute del sol y de la belleza paisajística de la costa septentrional tinerfeña. Ciertamente, los propietarios o inquilinos de los inmuebles de primera línea tienen unas vistas prodigiosas; lástimas que sus edificaciones sean a su vez lo que se ve desde el exterior, y esas vistas no son nada bonitas. Es ésta una urbanización de chalés, aunque también hay zonas de adosados de evidente menor calidad y, en primera línea algunos edificios de apartamentos en altura que e anclan a las rocas y van creciendo hacia abajo por el acantilado (uno se pregunta si algún día se desgajará esa pared llevándose al mar esas adherencias de hormigón; qué terrible tragedia sería). Me meto hacia el mar por la calle el Drago, para curiosear en las entrañas de uno de esos colosos; no parece que esté muy ocupado pero en uno de sus portales me encuentro con un matrimonio mayor que me invita a pasar para que vea desde un ventanal las vistas a la costa; al despedirme, les pregunto si no les da algo de aprensión vivir colgados al vacío. Vuelvo a la calle Las Palmeras y sigo hasta su extremo oeste donde cojo a la izquierda la de las Rosas; subo unos metros por ésta y enseguida giro a la derecha por el final de la calle de los Geranios donde acaba la urbanización y se vuelve al Paisaje Protegido, con su senderito bien acondicionado para el disfrute de los excursionistas.


Este segundo tramo del sendero que recorre la Rambla de Castro es parecido al anterior, también sensiblemente horizontal pero a mayor altura sobre el mar (calculo que discurre por la cota 100 poco más o menos); recorre los cuatrocientos metros que hay entre ambas Románticas pero al llegar a la primera, en vez de entrar en sus calles, la bordea por su límite norte. Enseguida, antes incluso de haberla dejado atrás, aparece ante la vista, abajo junto al mar, las ruinas del elevador de aguas de la Gordejuela; se trata de una antigua estación de bombeo, construida en 1903 por los Hamilton (familia a la que ya he mencionado en la etapa sexta) que tuvo el mérito, además de las dificultades de su construcción, de albergar la primera máquina de vapor que hubo en Tenerife. Ahí, donde está esa edificación (de indudable valor histórico y también arquitectónico pese a su deplorable estado) existió uno de los nacientes más caudalosos de la isla, que nos describió hacia la tercera década del XIX el naturalista Sabino Berthelot: “Retumba un fragor que se suma al bullir de las olas; son las cascadas de Gordejuela, que se precipitan, en una sucesión de saltos, desde lo alto de la ladera para derramarse en transparentes cortinas de agua al pie del acantilado”. Hamilton&Co constituyeron la Sociedad de Aguas de la Gordejuela para explotar los manantiales y regar las fincas de plataneras que estaban por encima. Sin embargo, tanto los altísimos costes de las obras como la mala coyuntura internacional en los precios fruteros puso a la empresa en una delicada situación económica que obligó a arrendar estas instalaciones a otra compañía agraria (la más potente Elder & Fyffes) y finalmente vendérselas. Poco a poco el sistema de elevación fue haciéndose obsoleto y hasta innecesario, lo que llevó al progresivo abandono y consiguiente deterioro material. Compruebo que en el Plan Especial de Protección de la Rambla de Castro (aprobado por el Gobierno de Canarias en 2000) se planteaba la rehabilitación del inmueble para dedicarlo a fines vinculados a la conservación del Espacio Natural pero, como es más que evidente, nada se ha hecho. Después de recorrer unos doscientos cincuenta metros contemplándolo, y tras cruzar el barranco del Patrimonio por un liviano puente metálico, llego al punto desde el que se baja al elevador de aguas; como me temía está cerrado. Como ahora llevo el planeamiento de los espacios naturales de la Isla, quizá en no mucho tiempo hayamos de revisar el Plan de la Rambla de Castro y me toque visitar por dentro este inmueble.


Los últimos metros han sido de subida y el sendero es ahora una pista –camino La Merina– que discurre más alto (hacia los 135 metros) y más separado del mar. Al cabo de un rato recupera sus características de sendero y empieza a descender la ladera del barranco del Moral. Cruzado éste (hacia la curva de nivel de los 80 metros) el camino se bifurca; el ramal secundario gira hacia el Norte para bajar hasta la playa de la Fajana; aunque no lo tenía previsto en la ruta, me dejo tentar y tomo el desvío. La primera parada es en una caseta de máquinas hidroeléctricas, con bastante pinta de abandono. A partir de ahí, la bajada se hace más empinada, la mayor parte con escaleras en piedra. Llego a otras ruinas casi a pie de playa, que albergaban las máquinas de extracción de agua del pozo de la Fajana. En un par de saltos más me planto en las rocas que forman esta “playa” aunque con marea baja se supone que hay una buena extensión de arena negra. Se trata, en todo caso, de uno de esos lugares casi secretos de la Isla, a los que pocos vienen y los que lo hacen no quieren que se conozcan. Hoy, pese a que hace calor, no hay nadie. Tras un ratito de embelesamiento marino, emprendo la esforzada subida (yo me lo he buscado), pero ahora no vuelvo al sendero principal, el que discurre por el borde de la urbanización La Tropicana, sino que desde la caseta de media ladera giro a la derecha para seguir un recorrido en cota algo más baja que me llevará directamente a la Casona de Castro. Pero antes paso por encima del Fortín San Fernando, un pequeño baluarte construido a finales del siglo XVIII para vigilar y defender la costa realejera de los ataques piratas. Un poco más adelante nace la bifurcación del sendero que lleva hasta ese curioso enclave, mas también está cerrado el paso.


Entro en la hacienda de los Castro o del Mayorazgo, la principal y más antigua de las de la costa del municipio. El origen de la propiedad se remonta casi a los primeros repartimientos (datas) posteriores a la Conquista, en este caso a favor del portugués Fernando de Castro y de su hijo Luis, fundador del mayorazgo en 1541. También la visitó Berthelot quien de ella dice que “en un rincón del terreno que desciende hacia el mar descubrimos una estancia deliciosa: la Rambla de Castro. Es una quinta bonita, completamente rodeada de palmeras y cuyos jardines, regados por las fuentes que manan de los bosques vecinos, siguen las mil vueltas de las cavidades en las que están en alguna manera suspendidos. Las terrazas unidas por desfiladeros estrechos que bordean los contornos del acantilado, dominan el precipicio; los manantiales brotan por todas partes, uniendo su dulce murmullo al ruido de las olas que vienen a morir a nuestros pies.” Hoy es de propiedad municipal y ha sido rehabilitada con exquisito cuidado para dedicarla a aulas ambientales; una arquitectura magnífica en un entorno paradisiaco. Vagabundeo un rato por los jardines y luego cojo el camino del Guindaste y, tras pasar un pequeño grupito de casas, giro a la derecha para bajar al borde del acantilado y camino siguiendo la línea costera (hay una bajada que no tomo a las rocas marinas sobre las que algunos bañistas toman el sol desnudos). Un poquito más adelante el sendero atraviesa un túnel y da acceso a la calle principal de la pequeña urbanización Rambla del Mar. Saliendo de ésta me encuentro en un área totalmente cubierta por plataneras que he de atravesar cuesta arriba (no demasiada pendiente) por esa misma vía asfaltada. Justo antes de llegar al enlace con la TF-5 (donde también confluye la que viene de la playa del Socorro), nace un camino empedrado que, en paralelo al trazado de la carretera general, va subiendo hasta alcanzar su cota. A medida que subo contemplo en toda su extensión el espectacular doble mar: de plátanos en primer plano, el océano detrás.


El camino acaba en el mirador de San Pedro, un apartadero de la carretera general en el que los turistas suelen detener sus coches de alquiler para disfrutar del paisaje mientras toman unas cañas. Pero antes está la ermita del mismo nombre, construida a principios del XVII gracias al Castro de la época; es una edificación sencilla encalada que, según informa un panel municipal, tiene cenefas pintadas en las paredes, la techumbre con decoración mudéjar y una imagen del primer apóstol que recuerda las obras de los talleres sevillanos de finales del XVi; pero está cerrada y no puedo comprobar estos datos. Empieza ahora la parte final y más “costosa” de la etapa ya que he de subir hasta el Realejo Alto. Primero camino por el lateral de la TF-5, afortunadamente acondicionado para el tránsito peatonal. A poco más de doscientos metros llego al barrio de San Vicente; giro a la izquierda y enseguida cruzo la calle para subir por una zigzagueante escalera al viario que con un trazado bastante recto y una pendiente bastante empinada me obligará a sudar durante casi un kilómetro hasta llegar a la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, proa hacia el mar de la almendra que conforma el casco histórico del Realejo Bajo. Como ya llevo bastante escrito, me abstendré de describir más monumentos arquitectónicos; además, el templo estaba cerrado. Lo circunvalo completamente y bajo por las escaleras de la calle Nueva a la de la Alhóndiga, que cruza al otro lado del barranco del Moral. Sigo hasta la plaza de San Agustín en donde se erige la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, un templo neoclásico proyectado en los años cincuenta por el arquitecto orotavense Tomás Machado, uno de los impulsores del "neocanario". . Luego me toca un kilómetros de dura ascensión por la calles San Agustín, Las Canillas y Avenida Canarias (de la que un amigo mío dice que al nombre le quitaron el texto que le precedía: “más fea de”), donde está el Ayuntamiento, edificación cuya calidad arquitectónica armoniza perfectamente con la del entorno. Luego giré a la derecha por el callejón peatonal Atlántida y desemboqué frente a la Iglesia de Santiago Apóstol, que se supone que es la primera que se erigió en la Isla ordenada por el propio conquistador. Naturalmente el inmueble actual es más tardío (del XVII en su mayor parte). En todo caso, una obra de excelente factura que fue declarada Monumento Nacional en 1983. Doy la vuelta a la plaza, bautizada de Viera y Clavijo en honor al más ilustre de los nacidos en el municipio y, siendo las trece treinta horas, cojo un taxi que me lleva hasta el Maritim donde recupero mi coche y a casita. Etapa concluida.

En el mapa aparece la etapa 7 en su conjunto (Puerto de la Cruz - El realejo Alto), aunque debido al incidente del lunes 20 la he hecho en dos jornadas. Su longitud completa es de 13,60 Km (3,40 el lunes y 10,20 hoy) y el primer tramo discurre muy cerca de la costa para luego, en la parte final, subir hasta los 350 metros de altitud.

lunes, 20 de agosto de 2018

Etapa 7 frustrada (casi no la cuento)

Salgo a las nueve de la mañana con la intención de estar en marcha a las 9:30. Pero me lío buscando aparcamiento cerca de las paradas de guagua del Puerto de la Cruz y al final la etapa caminera comienza casi a las diez. Bajo hacia la costa por las calles Guirres, Doctor Madán y Maquinez, previo paso por el Peñón del Fraile, una gran roca eruptada por el volcán Taoro en 1430. El nombre se lo debe a un fraile penitente que en el siglo XVIII subía frecuentemente al Peñón para concentrarse en sus meditaciones y plegarias. Luego, a mediados del XIX, se construyó el templete que actualmente lo corona (y que fue reconstruido en 2002). Sigo bordeando el litoral por la parte de atrás del campo de fútbol municipal, sede del CD Puerto Cruz que actualmente juega en la Interinsular Preferente de Tenerife. Se trata de un tramo de tierra de unos trescientos metros que acaba contra el espigón que limita Playa Jardín por el Norte. No entiendo por qué este tramo no cuenta con paseo marítimo; mientras caminaba pensé que podía estar afectado por el proyecto (eterno) del puerto deportivo, pero al llegar a casa comprobé que el ámbito de esa actuación es justo al Este del campo de fútbol. Ya averiguaré la respuesta en cuanto me reincorpore al trabajo.


Giré a la izquierda y me detuve un ratito a contemplar el castillo de San Felipe, que da nombre a esta parte de la ciudad. Se trata de un fortín de planta pentagonal construido en mampostería vista a principios del XVII para defender la ciudad de los ataques piratas; en la actualidad es un equipamiento cultural del Ayuntamiento. Entre el castillo y el barrio de Punta Brava hay setecientos metros de costa que eran prácticamente inaccesibles, a pesar de las reclamaciones desde hacía bastantes años de los vecinos para que se acondicionaran. Por fin, en los años noventa, y con un proyecto en el que participó César Manrique (debió ser de los últimos en los que intervino pues murió en septiembre del 92), Costas acometió la creación de las playas artificiales (pero de arena negra volcánica) y la urbanización y ajardinamiento de todo el espacio posterior hasta la avenida Francisco Afonso Carrillo. El resultado son tres playas sucesivas separadas por rocas (la del Castillo, El Charcón y la de Punta Brava), bien equipadas, y un área ajardinada muy agradable para el paseo y la estancia. Desde luego, la ejecución de esta obra supuso un importante impulso para la revitalización turística del Puerto de la Cruz (pionera en Canarias), esfuerzo en el que se sigue empeñado. Lo cierto es que se ha convertido en una de la splayas más populares de la Isla.


El paseo marítimo acaba convirtiéndose en la calle Guayafanta, interior al núcleo urbano de Punta Brava, caserío edificado sobre un promontorio de lava (de la erupción de la montaña del Fraile) que se mete en el mar. Por cierto, Guayafanta fue (o no) una mujer awarita (aborigen de La Palma) de gran estatura y fortaleza que se enfrentó con bravura a los conquistadores españoles. En cuanto al barrio, las primeras referencias son del XIX: primero hubo un depósito y luego se construyó un lazareto que subsistió hasta entrado el XX, si bien en los últimos años dedicado a almacén de frutas para la exportación. Para los años veinte ya había un pequeño asentamiento residencial permanente y siguió creciendo hasta urbanizarse completamente hacia los años sesenta. De la calle Guayafanta sigo por la estrecha Guajara, en su primer tramo un callejón que se asoma a la playa y luego, tras doblar a la izquierda, encajonado entre edificaciones. Después regreso un breve tramo por la calle Acaimo (éste es mucho más conocido: el mencey de Tacoronte a la llegada de los conquistadores) y entro en la plaza del pueblo, llamada de Manuel Ballesteros, que fue el gobernador civil que la hizo, en 1963. Camino por Beneharo (el mencey de Anaga) y aparezco en la entrada del barrio, presidida por la espantosa iglesia de Santa Rita; luego giro en U por Víctor Machado (en honor de un ingeniero agrónomo perteneciente a una de las familias de grandes propietarios de tierras dedicadas a la exportación de plátanos), a la izquierda por Dr. Fleming (éste no necesita aclaración) y salgo a la calle Tegueste, un paseo de borde apoyado sobre el acantilado (véase la foto y apréciese el acantilado; ya se entenderá por qué más adelante).


Salgo de Punta Brava al último tramo del camino Burgado (o también la prolongación de la calle Bencomo), que va paralelo a la costa durante poco más de doscientos metros para luego girar hacia la izquierda, contra pendiente, y definir el límite con el municipio de Los Realejos. No estoy seguro, pero me atrevería a asegurar que este camino es de muy antiguo trazado. Actualmente, con ese topónimo, muere en la montaña de Los Frailes, pero es más que probable que por encima de la autopista tuviera su continuación hasta Las Cañadas y fuera una más de las muchas rutas de trashumancia prehispánicas. En todo caso, hoy es una carretera asfaltada (la TF-316), cuyo único interés en este primer tramo es la panorámica hacia el mar y el tremendo impacto de la mole del Hotel Maritim, en el que hace unos veinte años pasé un fin de semana en un retiro de yoga. Entro por la calle en fondo de saco que da acceso al complejo turístico-alojativo y aprovecho para comprarme una gorra en la tiendita del hotel; me había olvidado de coger algo para mi calva cabeza y el sol estaba pegando fuerte (por cierto, la dependienta una chica preciosa y muy agradable; luego pensé que podría haber sido la última persona con la que hubiera hablado). Al final de esa pequeña calle interior se inicia un sendero que lleva al adyacente Espacio Natural Protegido de la Rambla de Castro y recorrerlo era lo que tenía previsto en la ruta de esta etapa. Pero resulta que me encuentro con que han vallado todo el fondo de saco porque están realizando unas obras y el acceso está por tanto inaccesible.

Desconcertado, intento con el móvil buscar una ruta alternativa que me desvíe lo menos posible (la idea era recorrer un buen trecho de costa, hasta la Punta del Guindaste, para luego retroceder hasta San Vicente y desde ahí subir a los dos Realejos). Doy la vuelta y subo hasta la curva del camino Burgado, una escueta trocha parece adentrarse hacia el acantilado. Me asomo y veo que en una roca que se adentra en el mar hay dos pescadores, por lo que pienso que quizá sea posible recorrer esa ladera rocosa, justo bajo el hotel, hasta llegar a la playa de Los Roques y, una vez allí, recuperar la ruta prevista. De modo que, cometiendo uno de los más graves errores de mi vida, comienzo a avanzar por la pared acantilada. Los primeros metros son fáciles; la senda es muy estrecha, el suelo es de piedrillas sueltas lo que obliga a ir con mucho cuidado, pero se puede caminar. Pero enseguida, cuando dejo el desvío que toman los pescadores para bajar casi a ras de mar, la cosa se complica: ya no hay nada que pueda llamarse camino. Aun así, haciendo gala de una imprudencia impropia de un señor de casi sesenta años, sigo hacia adelante. Cada tramito que avanzo debo estudiarlo con cuidado, ver dónde puedo apoyar un pie, a qué roca puedo agarrarme, cómo debo disponer el cuerpo. Para colmo, las paredes son rocas que a poco que tires de ellas se desgajan, el suelo es arena y lascas volcánicas. No cada paso, sino cada movimiento he de meditarlo mucho y hacerlo muy despacio. Progreso más tiempo en cuclillas o sentado (arrastrando el culo) que andando de pie. Pero, estúpidamente, sigo progresando. Hay una antigua atarjea que, en viaducto, discurre a lo largo de la pared; durante un tramo me agarro a ella, pero luego se rompe. Naturalmente, moverse así es agotador, tengo en tensión todos los músculos (las agujetas al día siguiente me pasarán la factura). Cada cierto rato he de detenerme, bebo un poco de agua, como algunas nueces que llevo en la riñonera. Abajo, a unos veinticinco o treinta metros, el mar ruge amenazadoramente. A medida que avanzo el recorrido es cada vez más difícil; llego a un punto en que el acantilado se dobla y ya no veo ningún modo de pasar. Habré recorrido unos doscientos metros y la playa (o el camino que accede a ella) debe estar a menos de esa distancia. Durante un rato insisto en encontrar alguna ruta pero al final he de rendirme. Viéndolo a toro pasado me asombro de cómo pude ser tan suicida; de hecho ya había llegado demasiado lejos, ya había arriesgado mucho más de lo que habría debido, y sin embargo seguía queriendo llegar al otro lado. Di la vuelta, moviéndome muy despacio, con la espalda pegada al acantilado, arrastrando el culo. No sé si es que me equivoqué pero de repente, al pasar la atarjea ruinosa, me encontré sobre un terreno muy deleznable, todo resbalaba por la pendiente y caía al mar, a las rocas de la costa. Hice hasta dos intentos que hube de abortar y, en esos momentos, me di cuenta con absoluta claridad de que lo más probable era que me despeñara. Vaya muerte ridícula, me dije, estallándome contra las rocas al pie del hotel Maritim, en el término municipal de Los Realejos. Pensé en llamar al 112 para que me rescataran, pero pudo más la vergüenza que el miedo. Así que, tras descansar un rato para serenarme y recuperar fuerzas (mirando un mar que en ese momento no me parecía bello sino terrible), me puse en marcha a intentar una nueva ruta. Hice dos o tres movimientos lo más controlados posibles y de pronto la roca que había asido y que parecía bien anclada se desgajó de la pared y yo con ella. En un instante empecé a caer por la pendiente de arena y lascas cortantes; me aplasté cuanto pude contra el resbaladizo suelo hundiendo las manos como garras y buscando cualquier sujeción. Me salvó un arbusto medio seco pero suficientemente enraizado; al menos detuvo el deslizamiento de mi cuerpo y así, echado contra el suelo, sin ver nada porque tenía la cara hundida en la arena, me quedé un rato respirando, recobrando el resuello. Me sentía como si me hubieran chupado hasta el último gramo de energía. Poco a poco, despacísimo, empecé a enderezarme; primero me puse de rodillas y agarré con el brazo izquierdo una roca firme. Apoyado en ella y buscando fuerzas que no tenía, logré pasar una pierna y girarme para quedar sentado de cara al mar. Estaba al final de la zona peligrosa, solo tenía que dar un salto hacia debajo de un metro y medio para llegar a un terreno más estable. Claro que al saltar, si me desequilibraba, rodaría hasta el mar, pero no había otra; al fin y al cabo, me dije, si logré evitar el despeñamiento cuando ya lo había iniciado, no va a ser para matarme ahora. Así que salté y logré sujetarme a la pared: prueba superada. Ya lo que quedaba no presentó dificultades, una vez pasado lo pasado. Salí a la carretera y rehice el camino de ida con parada en el puesto de socorro de Playa Jardín para que me desinfectaran las múltiples heriditas de manos y piernas. Luego, a medida que la adrenalina volvía a sus niveles normales, empecé a notar una doloras opresión en el lado derecho del pecho.

A lo largo de mi vida, en seis ocasiones he estado muy cerca de palmarla. Bien es verdad, que la última fue hacia mediados de los ochenta, así que ya llevaba bastantes años sin sobresaltos mortales … hasta esta excursión. En dos de esas anteriores ocasiones tuve la conciencia de que iba a morir, el convencimiento absoluto. Y lo cierto es que en ninguna de ellas tuve miedo, sino una especie de frialdad fatalista (a pesar de que morirme es lo único que siempre me ha dado miedo). Cuando estaba colgado sobre el mar, rechazando la atracción vertiginosa (de vértigo) de esas mandíbulas rocosas del océano, no llegué a estar de todo convencido de que había llegado al final, pero sí pensé en varios momentos en que lo más probable es que no acabaría vivo esa aventura. Y tampoco tuve miedo, la verdad. Pero después, en mi casa, a medida que me iba serenando y los dolores se apoderaban de todo mi cuerpo, sí que empecé a sentir un nerviosismo que tendía a parecerse a un ataque de pánico. En fin, prometo que nunca más volveré a hacer gilipolleces de esta guisa.

jueves, 16 de agosto de 2018

Etapa 6: La Orotava - Puerto de la Cruz

Hoy salgo temprano por la mañana; a las ocho estoy aparcando a unos metros por encima de la parada del Ramal y echo a andar hacia abajo. Llego al nudo de la TF5 y enfilo por el camino del Torreón en dirección Norte (hacia el mar). Estoy en la gran pieza de suelo rústico costero que comparten los municipios del Puerto de la Cruz y de La Orotava, en la margen izquierda del barranco de La Arena que es el que, algo más adelante, marca la divisoria entre ambos (o sea que de momento sigo en La Orotava). Tras aproximadamente un kilómetro cruzo la carretera TF-31 (la entrada principal a El Puerto por el Oeste) y sigo por el camino Los Rechazos, con un caserío en su primer tramo y unas casonas unifamiliares de alto nivel en la parte final; entre medias, la embotelladora de agua mineral Fonteide. Al llegar al enlace de la autopista a la altura del ya citado barranco de la Arena, el camino pasa a convertirse en el del Rincón que, bastante mejor pavimentado, discurre hacia el norte como el eje principal de este ámbito de suelo agrario (en gran parte abandonado) de La Orotava. Esta zona del Valle fue, en los años ochenta, una de las más apetecidas por los intereses urbanizadores-inmobiliarios. Para oponerse a esas perspectivas nació una Coordinadora Popular que consiguió que, en 1992, el Parlamento canario aprobase una Ley para su ordenación como área rural protegida. En 1997 se aprobó un polémico Plan Especial de Ordenación (en cuya redacción algo participé) y se constituyó un Consorcio. Ciertamente, un cuarto de siglo después el área no se ha urbanizado, pero tampoco parece que se haya conseguido revitalizar la actividad agraria. En los últimos tiempos, y en particular a partir de la aprobación en Canarias de un nuevo marco legal en materia de urbanismo y ordenación del territorio, vuelven a oírse voces que reclaman una revisión de los criterios de protección de la zona. Ya veremos.


Bajo pues por el camino del Rincón, entre plataneras, mirando al mar, y tras mil cuatrocientos metros llegó a su final; muere en una senda horizontal que hacia la derecha lleva a las playas de Los Patos y del Ancón y hacia la izquierda a la del Bollullo. Son estas tres playas naturales de arena negra, muy populares entre la población local pero de difícil acceso y con frecuencia con peligrosas condiciones para el baño. Yo, que no soy nada de playa, hace muchos años que no las uso pero ahora, mirando el litoral desde lo alto, me viene al recuerdo una aventura que viví en Los Patos hace ya más de dos décadas (algún día habré de contarla). Doblo a la izquierda (hacia el Oeste) por el camino del Bollullo. Se trata de una pista estrecha hormigonada que discurre en suave descenso, abriendo hacia la derecha unas magníficas vistas a las laderas –plantaciones de plataneras o bancales abandonados–, a los imponentes acantilados que quedan a mi espalda y, por supuesto, al océano. Me cruzo con algún coche (si dos coinciden no pasan ambos) y algunos caminantes extranjeros (alemanes probablemente) que vienen desde el Puerto. Compruebo que algunas edificaciones preexistentes se han habilitado como alojamientos turísticos, lo que se supone que es una de las técnicas para aportar rentas complementarias a los agricultores (mucho hay que discutir al respecto). Después de unos seiscientos metros, el camino gira al Norte (hacia el mar) por el borde superior del barranco de la Arena; lo sigo unos trescientos metros más y, justo antes de que doble hacia la derecha, topa contra una construcción que, según Google es el resort Playa El Bollullo. Ahí mismo, a la izquierda, nace una senda en escaleras que baja hasta el cauce del barranco para luego subir entre unos espectaculares bancales abandonados y entrar en el municipio vecino de El Puerto de la Cruz. La contemplación de tan imponentes terrazas hace meditar sobre los ingentes esfuerzos que supuso el modelado de esta difícil orografía para lograr espacios de cultivo; y es inevitable sentir tristeza al ver su estado actual. Pero, al mismo tiempo, no deja de asombrarme que todavía, en este Norte tinerfeño, sigan existiendo plataneras.


Bajado y subido el barranco estoy en el Camino de la Costa. Son unos seiscientos metros de paseo muy agradable entre plataneras y el cielo y el mar abrazados hasta llegar a un túnel que pasa bajo la TF-31, la carretera que entra el Puerto por Martiánez. Trescientos metros más adelante entro en el núcleo urbanizado, en la zona de La Paz. El camino de la Costa pasa a denominarse calle Leopoldo Cólogan Zulueta. Se trata naturalmente de un miembro de la famosa familia de origen irlandés que tan importante ha sido en la historia de la isla y, en especial, del Puerto de la Cruz. Este Cólogan en concreto fue el que, a partir de los años veinte del pasado siglo, impulsó la producción platanera de la finca familiar de La Paz (fue su abuela Laura en realidad la que en la última década del XIX inició la sustitución de los cultivos de nopal por las bananas). Mientras vivió, La Paz se mantendría como área de cultivos, pese a que ya se planteaban operaciones urbanizadoras para expandir el todavía pequeño núcleo; de hecho, la única edificación de importancia sería la casa familiar, que aún subsiste en el número 14 de esta calle. Luego, tras su muerte (1953), la viuda Cristina Ponte y su hijo mayor decidieron convertir la finca en suelo urbanizable y así se fue conformando el entramado inmobiliario ya casi completamente consolidado. Poco antes de dejar esta calle me encuentro la ermita de San Amaro, cuyo origen se remonta a finales del XVI cuando los vecinos de la localidad portuense, ante la lejanía de la parroquia de La Orotava, habían construido un pequeño templo bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz (de ahí el topónimo de la zona). Cuando a principios del XVIII, Bernardo Walsh (o Valois), el primer antepasado “canario” de los Cólogan adquirió todos esos terrenos al borde de los acantilados de Martiánez, la ermita estaba ruinosa y los vecinos se la ceden al gran propietario a cambio de su compromiso de restaurarla. Supongo (no he tenido tiempo de investigarlo) que serían los Cólogan quienes la dedicarían a San Amaro, romano del siglo VI que fue discípulo de San Benito. La ermita es de una sola nave, con dos cuerpos claramente diferenciados, una destinado a la capilla, que es el de mayor altura, con un tejado a cuatro aguas, cubierto con tejas y otro tejado para la nave, el cual sólo tiene tres aguas. Su apariencia exterior, encalada y con piedra remarcadando la entrada y las esquinas de la fachada principal, sigue la misma apariencia estilística de muchas otras de la isla. Cruzo a continuación la calle y me asomo al mirador de La Paz, desde donde se abre una vista magnífica sobre el área de Martiánez y los salvajes rascacielos de los setenta.


Sigo por la calle San Amaro, peatonalizada y con escaleras descendentes, y antes de que ésta desemboque en la calzada Martiánez, giro a la derecha por el camino Las Cabras, un estrecho y simpático callejón también descendente y con escaleras. Al llegar abajo recorro el parque junto al cauce del barranco Martiánez y salgo al camino Sitio Litre, una empinada cuesta así llamada porque conduce a la finca que en el siglo XVIII adquirió Archibald Little (Little Palce que, en castellano, derivó a Sitio Litre). En la actualidad es un jardín abierto al público (previo pago) que cuenta con una importante colección de plantas tropicales y, sobre todo, de orquídeas. Solo he visitado el jardín una vez, hará unos quince años, pero hoy no es el mejor momento para repetir. De modo que sigo, cruzo la carretera del Botánico (TF-312) y continúo la ascensión, esta vez por la calle Bélgica. Tras algo más de cuatrocientos metros cuesta arriba doblo a la derecha por la calle Suiza que discurre más o menos horizontal y que a unos doscientos metros llega hasta el inicio del camino de la Sortija, el eje central del Parque Taoro. Estamos en la cumbre de la montañita del mismo nombre, en los que fueron los jardines del Gran Hotel portuense, uno de los más importantes del circuito turístico europeo desde la última década del XIX hasta los años veinte (en 1929 sufrió un devastador incendio que marcó el inicio de su declive hasta cerrar definitivamente en 1975; luego el Cabildo lo convirtió en casino de juego y desde 2006 está cerrado a la espera de encontrarle un destino viable económicamente). En aquel Gran Hotel Taoro se alojaban los visitantes ilustres y pudientes –sobre todo británicos– que venían a Tenerife, entre ellos, por ejemplo, la famosa Agatha Christie en febrero de 1927, en plena crisis emocional. Tenía previsto bajar hacia el casco de la ciudad siguiendo el sinuoso trazado de la carretera del Taoro pero, tras bordear el edificio del antiguo hotel, descubro que puede acortarse la ruta a través del parque que se ha creado en la ladera interior (y que no conocía) aprovechando las fuertes pendientes para disponer una bonita cascada con laguitos artificiales.


Cruzo de nuevo la carretera del Botánico y paso por la gasolinera de la DISA con cubierta de estrella de seis puntas, proyectada a principios de los años sesenta por Luis Cabrera Sánchez-real, uno de los grandes arquitectos tinerfeños en clara relación con los paraboloides hiperbólicos que por esos mismos años construía en México el genial Félix Candela (quien, por cierto, fue compañero de estudios y amigo de Cabrera). Sigo hacia el centro por la calle Cólogan (ésta, me imagino, que en honor de alguno de los primeros de la familia, antepasado del que ya he citado) y doblo a la derecha por la de Iriarte, en honor de Tomás de Iriarte y Nieves Ravelo, poeta neoclásico natural de esta villa. Luego, doblando otra vez a la derecha, tomo la calle de la Hoya, calle peatonal y muy comercial que corre paralela a la de San Telmo (paseo litoral). Salgo a la avenida Aguilar y Quesada, en honor de un antiguo concejal del Ayuntamiento hacia principios del XX que, desde el área de plazas y paseos, se preocupó por las condiciones higiénico-sanitarias, así como de dotar a la ciudad de jardines. La avenida acaba contra la playa Martiánez, formada por la desembocadura del barranco del mismo nombre; aunque el día está nublado (panza de burro), no pocos veraneantes están en la arena negra. Me asomo y miro, hacia la derecha, la carretera de acceso a la ciudad en falso túnel y el acantilado y las moles edificadas que se le adosan; hacia la derecha el espigón que cierra la playa y delimita el inicio del Lago Martiánez, el área recreativa acuática que diseñó César Manrique a principios de los setenta y que tanto contribuyó a la actividad turística del municipio.


Recorro toda la avenida Cristóbal Colón hasta la ermita de San Telmo, de finales del XVII. Prosigo bordeando el litoral por el paseo de San Telmo que desemboca en la fea plaza de Europa desde la que se accede al también feo edificio del Ayuntamiento. Luego me asomo al muelle costero y entro en la Casa de la Real Aduana, uno de los mejores inmuebles de la ciudad, que en la planta baja alberga una tienda de productos típicos y la oficina municipal de turismo, y en la planta alta el Museo de arte contemporáneo Eduardo Westerdahl que, para variar, está cerrado. En el patio de la casona hay un busto de Matías de Gálvez y Gallardo, el que llegó a virrey de la Nueva España (y del cual he hablado en posts anteriores); no sabía que este hombre había vivido varios años en Tenerife. Salgo de la Aduana y sigo hacia el Este por la calle de las Lonjas y enseguida, a mano izquierda, me encuentro con la pequeña capilla de la Cruz de las Lonjas. Justo enfrente está el estrecho callejón Pacheco, el cual me lleva a la calle Santo Domingo; por esta giro a la izquierda para luego coger a la derecha por la calle Punto Fijo (supongo que en honor a la ciudad venezolana con ese gracioso nombre) y salir a la plaza de la Iglesia, donde se erige la parroquia matriz de la ciudad, de Nuestra Señora de la Peña de Francia. . La Iglesia, construida a finales del XVII (aunque la torre es de 1898), consta de tres naves, con un interior bastante recargado y barroco, con multitud de imágenes sacras que, por lo visto, son muy veneradas. Por cierto, en la plaza hay también un busto de Agustín de Betancourt y Molina, notable ingeniero cuyos últimos años los pasó al servicio del zar Alejandro I, y uno de los más ilustres hijos –si no el más– del Puerto de la Cruz.


Tomo la peatonal calle Quintana en dirección Oeste y desemboco en la plaza del Charco, uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Subo la empinada cuesta de Nieves Ravelo hasta llegar a la calle Cupido; doblo por ella a la derecha y camino unos trescientos metros hasta encontrar la parada de la guagua que me ha de llevar de vuelta al Ramal de La Orotava. La sexta etapa está finalizada. Han sido poco más de 12 kilómetros recorridos en algo menos de tres horas.

sábado, 11 de agosto de 2018

Etapa 5: Santa Úrsula - La Orotava

El día está muy nublado y la temperatura en torno a los veinte grados (¡y es agosto!), clima perfecto para caminar, así que salgo poco después de almorzar. Dejo el coche junto a la parada de guagua del jueves, en el Calvario de Santa Úrsula. Hoy llegaré a La Orotava, pero no quiero ir por la carretera general, sino subir a la parte alta y entrar a la Villa desde arriba. Así que, después de ver con agrado que el Cabildo está rehabilitando para equipamiento público una bonita casa verde que desde siempre me ha gustado, camino unos cuatrocientos metros hasta el inicio de la carretera nueva de La Corujera: venga, a gastar fuerzas cuesta arriba. Poco hay que reseñar en este tramo de kilómetros y medio y un desnivel de 150 metros: a mano derecha se ha desarrollado una urbanización de viviendas unifamiliares con calles sensiblemente horizontales que enlazan esta carretera con otro eje paralelo hacia el Suroeste (Camino Los Morales); hay también, en una curva del trazado, un parque público cuya frondosa vegetación le da un aspecto muy agradable. A partir justamente de ese parque, la carretera cambia su orientación y disminuye la pendiente, discurriendo casi paralela a la costa y, al estar mucho menos edificada, ofreciendo unas panorámicas magníficas hacia el mar. Paso por un centro sociosanitario municipal (debe ser un club de día para ancianos) y luego, tras una curva cerrada típica de carretera de montaña, me encuentro con un acceso a la calle Tamaide lo que, a costa de aumentar la pendiente, me permite acortar la distancia y salir directamente a la calle del Pino Alto, ya por encima de los 500 metros sobre el mar. La calle del Pino Alto sigue subiendo, sin que tampoco merezca regalarle elogio alguno: un paisaje muy bello estropeado por edificaciones de pésima calidad y gusto. Al cruzar el barranco del Pino se entra en el municipio de La Orotava y cambia el nombre de la vía para llamarse José Valladares Yumar. Este hombre sufrió en 1936 un juicio sumarísimo por hablar mal del ejército rebelde, aunque no he podido averiguar nada más sobre él. La calle sigue subiendo todavía un poco máshasta alcanzar la cumbre hacia donde nace la Cuesta Bacalao, en la que se erige la ermita de este núcleo de Pino Alto, una edificación reciente con frente a una espantosa plaza perimetrada con la horrible y omnipresente balaustrada blanca de hormigón. Llevo una hora caminando para recorrer poco más de tres kilómetros y medio, pero es que he subido 325 metros. Lo que me resta de ruta es prácticamente todo de bajada.


Una vez que se pasa el caserío y se despeja la vista de la ladera hacia el mar (más o menos en la confluencia con el callejón Los Dátiles) la calle Valladares Yumar se torna en un recorrido precioso, magnífico. Serpenteando en un acusado descenso, a mano izquierda se ve la falda empinada y arbolada y a mano derecha, protegida la marcha por un quitamiedos de poste cilíndrico de madera, se abre el Valle de La Orotava: los cultivos, el mar y, cómo no, la mancha de aceite de la edificación desparramada. Un recorrido del que disfruto durante algo más de un kilómetro (la parte última es casi llana, con los accesos a algunas fincas con casonas agrarias), felicitándome de haberlo descubierto, pues no recuerdo haber pasado nunca por aquí. Acaba este camino en una curva para cruzar el barranco de Los Barbuzanos y a partir de ahí, al entrar en el núcleo de La Florida, pasa a llamarse Camino de los Guanches. Paso este feo núcleo de población, cruzo en pronunciada curva el barranco de la Quiquira o de Los Frontones y llego a una glorieta donde el Camino de los Guanches desemboca en la carretera TF-21, que es la que va desde La Orotava al Teide. Durante 1.200 metros sigo esta carretera hasta llegar a otra glorieta donde empieza la TF-324 (carretera a Los Realejos). Los primeros 300 metros de esta carretera, con el nombre de avenida la Torrita, es una vía de borde urbano, pero al llegar a la calle León –y cambiar el nombre a calle Pescote– pasa a ser un eje que atraviesa la población, en concreto la parte del Centro Histórico que corresponde a la Villa de Arriba, un segundo núcleo que se desarrollaría durante el siglo XVII. Ya estoy en La Orotava, dentro del perímetro declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1976; un casco de altísimo valor patrimonial, de lo mejorcito que hay en Canarias.


Visitar el Centro Histórico de La Orotava con un mínimo detalle requiere echarle unas cuantas horas y no es éste el objeto de mi visita de hoy (aparte que lo tengo bastante pateado). No obstante, aprovechando que estoy aquí hago un recorrido zigzagueante para pasar por los principales hitos urbanos y arquitectónicos de esta preciosa ciudad. Empiezo así por la Iglesia de San Juan Bautista, que empezó siendo una ermita a principios del XVII para dar servicios de culto a los vecinos de esta Villa de Arriba y evitarles bajar hasta La Concepción. En 1681 se convirtió en parroquia y ya en el XVIII se empezó la construcción de la actual iglesia, cuyas obras, incluyendo ampliaciones y reformas, se prolongarían hasta el XIX. Es un templo de una sola nave con planta de cruz latina y un estilo de marcada influencia portuguesa. No es precisamente un monumento que me guste demasiado, pero no está mal como acceso al centro histórico. Justo pegada a la plaza de la Iglesia, frente a la misma calle San Juan, hay un coqueto jardín cercado al que le han bautizado como plaza (que no lo es) de Fernando Fuentes. No sé quién fue este señor, pero dentro del jardín, además de una fuente, hay una estatua de un señor con gafas y los brazos cruzados que resulta ser Rómulo Betancourt, el que fuera dos veces presidente de Venezuela (entre el 45 y el 48 y entre el 59 y el 64). En junio de 1981, solo tres meses antes de morir, Betancourt vino a La Orotava a conocer el pueblo natal de su padre, quien había emigrado a principios de siglo. Justo enfrente de la placita está la “Casa de la Cultura Rómulo Betancourt”, corroborando el homenaje de la ciudad a uno de sus “nietos” ilustres, que tal alto llegó en el país al que más estrechamente vinculados se sienten los tinerfeños.

Pero no bajo por la calle San Juan sino que vuelvo a Pescote para entrar, tres manzanas más adelante, por la calle Doctor Domingo González García. Esta calle es el eje principal de los molinos de agua de La Orotava; hubo trece de estas máquinas hidráulicas que aprovechaban la fuerza del agua proveniente de los manantiales de los altos Aguamansa, para diversas funciones, la principal la molienda del gofio. Mientras camino paso por delante de dos de los sobrevivientes, con sus características estructuras en arco (creo que son el octavo y el noveno, contando desde arriba). Un poco más abajo aparece la plaza de San Francisco, enfrente de la cual está el complejo de la Iglesia del mismo nombre con el Hospital de la Santísima Trinidad, hoy reconvertido en asilo y residencia de ancianos. El edificio fue construido en el siglo XIX sobre los restos del antiguo convento de San Lorenzo (conocido como el Escorial de Canarias por su monumentalidad), que fue destruido por un incendio. En su construcción se reutilizaron las partes salvadas de este incendio, como la portada barroca de cantería de la iglesia, la escalera de acceso a la zona de clausura o las galerías del patio interior.

Doblo a continuación por la calle Hermano Apolinar, que hace honor a un religioso nacido en Lorena que fue el primer Director del Colegio San Isidro de la Villa de La Orotava entre 1909 y 1937 (hay otro hermano Apolinar, también lasallista y contemporáneo de éste, pero de Alsacia, que emigrado a Colombia creó allí el Museo de Ciencias Naturales). Esta calle era el límite entre las dos Villas, la de Abajo y la de Arriba. Allí, en el número 8, está el Hotel Rural Victoria (que tenga la calificación de rural un inmueble innegablemente urbano es una muestra de la pésima clasificación turística que tenemos en Canarias), que es una casona que data cuando menos del XVII y que fue reformada en profundidad a mediados del XX en estilo neocanario. Pero voy a dejar de dar noticias de los inmuebles por los que voy pasando porque si sigo haciéndolo no acabaré nunca este post, de modo que me limitaré a dejar constancia del recorrido. Giro a la izquierda por la calle Nicolás de Ponte dejando a mi derecha los jardines de la Hijuela del Botánico, trasera del Ayuntamiento. Ahora entro por la calle Rodapalla, un callejón estrecho e irregular, adoquinado (un espacio urbano muy sugerente) que me lleva casi enfrente de la famosa Casa de los Balcones, construida por la familia Fonseca a principios del XVIII y que hoy es un centro de venta de artesanía.


Tomo la Carrera del Escultor Estévez, uno de los grandes del Neoclásico en Canarias (natural de La Orotava, claro, y autor de la imagen de la Virgen de la Candelaria que se exhibe en la Basílica del mismo nombre) y me detengo frente al imponente edificio del Ayuntamiento, construido sobre el solar del derruido convento de San José por los arquitectos Maffiotte y Manuel de Oraá a mediados del XIX; en tamaño y majestuosidad supera largamente cualquier otra casa consistorial de la Isla, incluyendo la de Santa Cruz. Doblo por la calle León y enseguida a la izquierda por San Agustín hasta salir a la plaza de la Constitución. Entro al edificio del Liceo Taoro (palacete que fue construido en 1925 para ser la vivienda de la familia Ascanio) y desde su terraza miro hacia los jardines del marquesado de la Quinta Roja, terrazas ascendentes que culminan en el mausoleo (con aire sezession vienesa) que mandó erigir la marquesa para albergar los restos de su hijo Diego de Ponte al que, por masón confeso, la Iglesia negó sepultura en sagrado. La esquina de la plaza la cierra el exconvento de los agustinos (hoy casa de la cultura) y la Iglesia (de San Agustín, obviamente), de fachada tardobarroca con elementos mudéjares. El kiosko central da a la plaza un simpático aire retro.


Bajo por la calle Calvario hasta la de San Sebastián, por la que giro para cambiar de rumbo por la de Juan Padrón; luego un tramito de Araujo para seguir por Ascanio, Tomás Zerolo y luego Inocencio García (me gustaría dar unas mínimas noticias de cada uno de estos personajes, pero quiero acabar de una vez el post). Esta última calle desemboca frente a la iglesia matriz de la Villa (de la de Abajo), que es la de La Concepción (como en La Laguna y en Santa Cruz). Este templo es el tercero que se erige en ese emplazamiento, inaugurado en 1788. En su diseño participó el arquitecto madrileño Ventura Rodríguez. Tiene tres naves y una de las portadas barrocas más interesantes de Canarias; también destaca una elegante cúpula sobre tambor ubicada en el crucero así como la curiosa torre con remate curvilíneo. Añadiré que es una de las iglesias preferidas para las bodas de las niñas bien tinerfeñas, aunque no sean de La Orotava (ya he asistido a algunas). Y visto este último monumento (así fue declarado en 1948) doy por cerrada la visita al Conjunto Histórico y bajo por la calle Cólogan hasta Sabino Berthelot; sigo por ésta y su prolongación, avenida de la Comunidad Iberoamericana (pasando por delante del Museo de Artesanía Iberoamericana que ocupa el antiguo convento de Santo Domingo, anexo a la iglesia del mismo nombre), que es el límite del casco con la urbanización del Mayorazgo, el ensanche residencial de finales del XX. Luego cojo la avenida Venezuela y enseguida hacia la izquierda por la de María Auxiliadora que me conduce hasta el Ramal, justo al lado del enlace con la autopista, donde espero la guagua. La etapa ha durado tres horas y media para un recorrido de 10.700 metros; la fuerte subida del primer tramo y el paseo turístico por La Orotava han bajado significativamente la velocidad media.