domingo, 17 de enero de 2016

Terapia de pareja

A Lansky, porque un comentario suyo en mi anterior post me sugirió éste.

Treinta años estuve atendiendo parejas en crisis, escuchando los reproches que se hacen el uno al otro, tratando de ayudarlos a gestionar sus sentimientos y sus comportamientos en esos trances. Como podrás imaginar, he visto de todo, multitud de casos diferentes y, sin embargo, casi siempre muy parecidos, repitiendo machaconamente los mismos patrones. Mi trabajo, en el fondo, cabría resumirlo en propiciar que vuelvan a abrirse los canales de comunicación entre los cónyuges (aludo a matrimonios por simplificar, pero vale para cualquier relación de pareja que ha sido estable). En la gran mayoría de las situaciones de deterioro de la convivencia, sencillamente se han roto esos cauces. No se trata de que no se hablen entre sí, sino de que los mensajes que se intercambian son, cada vez más, ajenos a la afectividad del receptor, sentidos como extraños –hostiles incluso– y, por tanto, no se deja que "penetren". Parafraseando el conocido poema de Guillén, cerramos la muralla como si lo que nos viniera fuera el veneno y el puñal y no ya el corazón del amigo, del amado.


Largas horas soportando el relato de sus cuitas, ya juntos o ya a cada uno por separado, abundantes en memoriales de agravios negados por el otro con argumentaciones que intentan demostrar su falsedad. Desde fuera, esos diálogos son más propios de contendientes ante un tribunal que de dos que se han amado, que quizá todavía se amen. Les queda poco de la necesaria alteridad que supone el amor –sentirte en el otro y al otro en ti– y, significativamente, ellos parecen no darse cuenta y se comportan como si hubieran de convencerme con sus pruebas para que les dicte sentencia favorable; querrían poder esgrimirme como argumento de autoridad que zanje desde sus respectivas percepciones la crisis: lo ves cómo el propio psicólogo me da la razón, eres tú quien lo hace mal, el/la culpable. Pero, como sabemos de sobra, en estas situaciones la "verdad" –suponiendo que fuera posible dilucidarla, lo cual dudo– no tiene ninguna importancia; lo único relevante es lo que siente cada cónyuge. Y, desde luego, la insistencia casi exclusiva en repartir culpas o responsabilidades, cuando el resentimiento ya ha anidado en los ánimos, no hace sino reforzar la muralla, impedir que vuelva a abrirse la forma de comunicación imprescindible para recuperar la relación de pareja, cerrar aun más la muralla.

Me viene ahora a la cabeza uno de mis últimos "casos" que, de tan exagerado rozaba un poco la caricatura pero, justamente por eso, es un buen ejemplo de lo que trato de explicar. Cuando vinieron a la consulta, ella quería divorciarse y él no. La mujer se sentía injustamente tratada, decía que él impedía que se "realizara", que no la entendía, etc. Naturalmente, a todas sus quejas el marido respondía que no eran ciertas, que provenían de una visión distorsionada –incluso malintencionada–, y contraatacaba exponiendo sus propias acusaciones. Enseguida comprendí que ninguno de los dos estaba en condiciones de dejar que fluyeran sentimientos amorosos (y entiéndase el adjetivo en el sentido más genérico posible). En ambos, al contrario, predominaba el rechazo hacia el otro, obstruyendo casi totalmente esos canales a que me refería antes. Las voluntades de cada uno, sin embargo, eran opuestas: ella quería romper la relación convencida de que no tenía solución, él continuar.

Siempre he pensado que mi función no es "salvar" matrimonios, ni siquiera influir en la decisión que han de tomar, sea separarse o intentar la reconciliación. Pero sí creo que debo (y con frecuencia puedo) ayudar a que esa decisión se tome con los canales "abiertos". Al fin y al cabo, en la mayoría de los casos, estoy frente a dos personas que se han amado (que tal vez se sigan amando aunque hayan taponado la expresión de ese amor) y es triste que las conclusiones nazcan desde el rencor. Aparte –dicho sea de paso– de que en ese marco todo son problemas prácticos por largo tiempo. Con esta pareja a la que me refiero tuve claro que era a solas con el marido con quien más tenía que tratar.

Así que le dije que, si quería reconstruir el matrimonio, lo que había de hacer era intentar desmontar los sentimientos de rechazo que había interiorizado su mujer, mostrarle que la quería para ver si lograba que ella volviera a enamorarse. Y para eso, la táctica no era ridiculizar sus argumentos, tampoco contribuir al clima de tensión que entre los dos se había ido agravando, porque de esa manera sólo conseguiría reforzar la decisión de ruptura de su esposa. Tienes que ganar tiempo, hablar despacio y cariñosamente. Ten en cuenta que, ahora que ella cree haber tomado su decisión –separarse– necesita verte como su enemigo a fin de legitimarse íntimamente. Por tanto, has de ser lo suficientemente inteligente para que se tambalee su convencimiento de que no la quieres; tienes que quitarle sus motivos, por mucho que tú creas que son falsos, que la razón es tuya.


Sin embargo, el marido no siguió mis consejos. Fuera por orgullo o porque no amaba a su esposa de verdad, hizo justamente todo lo contrario. También influyó, todo hay que decirlo, que en su entorno casi todos le animaban a no ceder un ápice ante esa "tipa que no es más que una aprovechada". Así que las discusiones se fueron enconando, le aseguró que iba a dificultar al máximo el divorcio y que le haría la vida imposible, le dijo que la casa no era suya y que ni soñara en quedarse en ella, empezó a quitarle dinero, etc. Naturalmente, pasado un tiempo, la mujer estaba mucho más convencida de que el matrimonio estaba absolutamente muerto, sin resurrección posible. De hecho, para entonces, ambos se odiaban y, aún así, el marido no estaba dispuesto a dejarla marchar.

En ese punto –que no era ni mucho menos en el que estaban cuando vinieron a mi consulta– las cosas podían haber acabado muy mal, incluso con sangre. Afortunadamente, ante la gravedad de la situación, intervinieron terceros y forzaron a la pareja a resolver el inevitable divorcio. Se separaron odiándose, claro. Hace pocos días, me encontré con el marido y, desde mi cómoda jubilación, no me privé de afearle que hubiera seguido una estrategia tan radicalmente equivocada. A pesar de que las cosas le iban bastante peor que cuando estaba casado, no asumió la mínima dosis de arrepentimiento. Desde su orgullo (y estupidez) me dijo que habría dado igual, que la muy puta no habría cambiado de opinión en ningún caso. Te equivocas, le dije, en aquellos días todavía estabais a tiempo. Por supuesto, que hubieras hecho lo que te aconsejé no garantizaba que ella cambiara sus sentimientos (lo que hiciste, en cambio, si garantizaba que iban a empeorar), pero incluso fracasando habrías mostrado la bondad de tus intenciones, que ponías de tu parte, que la amabas.

15 comentarios:

  1. Dos no se aman si uno no quiere, la monogamia es un equilibrio inestable que siempre hay que recomponer. Gracias por la dedicatoria

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    1. "Dos no se aman si uno no quiere": es verdad, sin duda. Lo que pasa es que amar y querer son dos "acciones" que pertenecen al ámbito emocional y, por tanto, están muy relacionadas entre sí (por algo una acepción de querer es sinónimo de amar). Pensamos a veces que el amar es subsiguiente a la voluntad (queremos o no queremos amar) y puede que sea simultáneo. En todo caso, sólo en escasa medida ese querer amar es consciente, "voluntario" en el sentido que solemos usar el término. En fin, no sé.

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  2. El orgullo es un lastre para las relaciones personales en general, el exceso de estimación propia nos hace entrar frecuentemente en una guerra por demostrar que nuestra verdad vale más que la del contrario. En el fondo el orgullo o la estupidez es el resultado de una falta de confianza en uno mismo. El amor de verdad te hace más libre porque se basa en querer por lo que eres y no por lo que vales a los ojos de los demás.

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    1. El orgullo, el orgullo ... Uno de los problemas con él es que nos negamos a desprendernos, a rechazarlo, diría que estamos orgullosos de nuestro orgullo. Y, sin embargo, estoy convencido de que es nuestro principal enemigo, el "mal bicho" que llevamos dentro y que se empeña en boicotear nuestra felicidad, que se afana en construir barreras que impiden dar y recibir amor.

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  3. Por cierto, es una coincidencia que plantees este tema, porque ahora mismo estoy leyendo una excelente y breve novela de Ian McEwan, uno de mis novelistas ingleses favoritos, La ley del menor, cuya protagonista es una magistrada del Tribunal Supremo de asuntos de familia.

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  4. Pues precisamente en un blog que sigo están hablando de estas cosas:

    https://elblogdelemperador.wordpress.com/2016/01/07/por-que-tu-relacion-va-a-fracasar-2-el-amor-si-se-puede-medir/

    El primero es una simple introducción.

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    1. Interesante el post, con su dosis de provocación.

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  5. Me ha gustado mucho lo que has escrito,fruto de la experiencia.Prefiero no opinar,
    estoy casado desde hace 50 años,con la misma mujer,jajajaja.
    Saludos. "ben"

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    1. Por si acaso, no soy terapeuta de parejas; la historia es ficción.

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    2. Bueno no he estado en onda,jajaja,creía que eras sicólogo o algo así.Lo
      he vuelto a leer y lo siento no estoy de acuerdo con la similitud que
      haces,es una forma muy simplista de abordar el hecho.
      Se trata de un problema político,mal llevado por políticos desde Madrid,
      sin ningún sentido real de lo que pasa en Cataluña.Para colmo con un
      Rajoy inmovilista,que no quiere salirse de la legalidad española,sin
      considerar la legalidad catalana.Todo,con la desinformación que le llega
      al español medio.Cosas como:"en Cataluña,no puede un español estudiar
      en español",que es una mentira,calienta al personal.
      Para colmo,se está utilizando el "separatismo"(?),como moneda para com
      rar votos para una posible investidura.Y ya el colmo,de que alguien
      quiera hacer diferenciar a los partidos por propartidos separatistas o
      españolistas,jó que cosas hay que ver.Espero que al final,los políticos,
      con el rey,pongan un poco de cordura en el asunto.
      Saludos."ben"

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  6. ¿Soy yo el único que ha visto en este post una metáfora de la relación Resto de España - Cataluña?

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    1. No, Números, no eres tú el único.

      Precisamente porque yo también la he visto es por lo que no me he animado a comentar. Las consideraciones del post que referidas de veras a una relación de pareja me parecen excelentes -inútiles, a mi juicio, porque cuando una pareja llega a solicitar ayuda externa para recomponerse suele ser porque ya no tiene posible recomposición; pero excelentes en cuanto a su fundamento e intención-, referidas a la relación Cataluña-resto de España me parecen por completo improcedentes. Y ello porque, como cualquier otra metáfora, esta tiene su ámbito, en el que funciona, pero hay siempre aspectos de lo metaforizado que caen fuera de ese ámbito y para los que ya no funciona. Y por eso la metáfora que me pareció muy iluminadora en sus rasgos generales, para un planteamiento grosso modo de la relación, cuando empieza a descender a detalles prácticos y concretos empieza a parecerme inaplicable. Caso de este post.

      Así por ejemplo -a mi juicio, claro- el orgullo, muy desaconsejable cuando se trata de que un cónyuge se plantee las quejas del otro, es totalmente imprescindible cuando es un estado el que recibe reivindicaciones de una de sus regiones. Porque, claro cuando se trata de un estado y no de un particular el orgullo es inseparable de la justicia, que puede y debe ser sacrificada por un marido o una esposa amantes en aras de su relación, pero no puede ni debe serlo por un estado en aras de la "satisfacción" de unos cuantos ciudadanos a los que les haya dado, injustamente, por sentirse insatisfechos.

      Y muchas otras cuestiones anejas y paralelas a estas, que me parecen tan evidentes que no creo necesario pormenorizarlas.

      Por todo ello es por lo que, a pesar de que pueda parecer otra cosa, he decidido no comentar este post.

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    2. Sí, Números, es una metáfora del conflicto Cataluña - Estado español. Como digo en la dedicatoria, la idea la planteó Lansky en los comentarios a mi anterior post.

      Las metáforas, Vanbrugh, siempre valen parcialmente, ilustran un aspecto de la realidad, siempre más compleja. En el post anterior, si no recuerdo mal, tú mismo dijiste que la metáfora era muy apropiadea en relación a la componente emocional (muy predominante) del desapego de gran parte de los catalanes respecto de España. En ese sentido, difiero contigo porque sí creo que es adecuada.

      De otra parte, orgullo y justicia no me parecen inseparables; al revés, creo que es muy conveniente que se separen y que, por el contrario, hacerlos indisolubles va en detrimento de la justicia. En todo caso, la justicia poco tiene que ver con en esta emoción, sobre todo a estas alturas, cuando no creo que la gran mayoría de catalanes (ni del resto de España) pueda decir con mínima objetividad cuáles son sus reivindicaciones o sus agravios.

      Aún así, me da la impresión que tú también, desde la emoción, das por sentado que no hay ningún motivo para que los catalanes se sientan insatisfechos con el trato recibido por el Estado. Yo no creo que tengan motivos suficientes, pero no diría que no los tienen en absoluto (y justificados). Pero eso, a estas alturas (repito), ya da igual: estamos condenados a un diálogo de sordos entre las dos partes: exactamente igual que en la pareja de mi metáfora.

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    3. Yo no pretendía con mi metáfora de la pareja mal avenida ir más allá que de ese superficial parecido. Las diferencias, obvias, son las que tú señalas, desde luego. Sin embargo, cuestiones emocionales incluidas, la Historia nos enseña que antiguos enemigos se convierten en aliados y viceversa, no hay más que observar la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, y ante casos así, 'divorcios' como el de Cataluña con el resto de España son 'pecata minuta'

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    4. Pues no, no creo que los catalanes tengan más motivos que el resto de sus conciudadanos españoles para sentirse insatisfechos por el trato que les ha dado el estado español. Y desde luego no creo que tengan niguno específico suyo, no creo que el estado los haya tratado peor en cuanto que catalanes, por serlo. Me refiero al actual estado, del que ahora casi la mitad de ellos parece que se quiere separar. El franquismo, cuyo mal trato se extendió a todos los españoles bastante homogéneamente (desde el punto de vista territorial, digo), sí tuvo modalidades específicas de mal trato hacia los catalanes, aunque creo que se limitaron a las restricciones e imposiciones lingüísticas: en el resto de cuestiones no me parece que los maltratara de modo diferente que al resto. Al revés, la burguesía y la industria catalana resultaron notablemente favorecidas por él, aunque entre los actuales "soberanistas" haya una grandísima parte de directos herederos de esta burguesía industrial que medró y se enriqueció bajo el franquismo y que ahora no solo se presenta como su víctima, sino que pretende que ese supuesto maltrato del estado español hacia ella ha seguido después de Franco. Yo lo niego categóricamente, y como tantas otras veces en que niegas o matizas mis afirmaciones ("pero no diría que no los tienen en absoluto (y justificados)") me gustaría mucho que descendieras a detalles concretos y me nombraras aunque solo fuera un motivo justificado por el que los catalanes pueden sentirse especíalmente maltratados por el Estado desde 1975 hasta ahora mismo.

      Probablemente me he expresado mal al declarar inseparables el orgullo y la justicia. Probablemente he confundido el orgullo, feo pecado, con la dignidad, que me parece irrenunciable y que sufre inevitablemente cuando se renuncia a la justicia. Acceder a las pretensiones soberanistas me parece absolutamente injusto para con el resto de los españoles, y atentatorio contra su dignidad, la de cada uno de los ciudadanos y la del estado en que se integran. Y esta cuestión, la justicia, puede ser ignorada o minimizada en las relaciones personales, en las que es más importante el componente afectivo y en la que cada individuo decide libremente sobre su propia dignidad y renuncia, si quiere, a la justicia que le corresponda; pero en mi opinión no puede ni debe ignorarse ni minimizarse en esta otra relación entre ciudadanos que es un estado, en la que el componente afectivo es secundario y en el que el colectivo no está legitimado para decidir sobre la dignidad de cada uno de sus miembros, ni para renunciar en su nombre a la justicia que a cada uno corresponda. Por eso entiendo que la metáfora, útil en líneas generales para aclarar los aspectos afectivos comunes a ambas cosas, deja de serlo cuando se entra en un nivel de detalle en el que estas diferencias a que me he referido pasan a ser relevantes.

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