martes, 12 de julio de 2016

Alzheimer

— Acerquémonos a la mercería a ver si está Tina, vamos.
— ¿Tina? ¿Quién es Tina, Jesús?
— ¿Quién va a ser? Agustina, la hija de los Larrazábal, los dueños.
— ¿Y por qué tantas prisas ahora por verla? Sigamos paseando.
— No, no, quiero verla, tengo que verla, vamos, es aquí a la vuelta, en la esquina con Magallanes.

Jesús dobló decidido por Fernández de los Ríos, caminaba a paso rápido sin importarle si lo seguía, la mirada perdida hacia el frente y mascullando una especie de letanía. Me puse a su lado, agucé el oído; repetía: “tengo que hacerlo, tengo que hacerlo”.

— ¿Qué es lo que tienes que hacer, Jesús?.
— Hablar con Tina, ya te lo he dicho —parecía enfadado.
— Pero, ¿tiene que ser ahora? ¿Por qué no puedes esperar?
— Y que se me adelante Ángel, quia.
— Pero es que hoy Tina no va a estar, Jesús.

Ni me escuchó o, si lo hizo, le dio igual. De pronto frenó en seco sus veloces zancadas. Se detuvo delante de un bar de tapas, adyacente a un local de moda, una modesta boutique de barrio. Se le veía tenso, dubitativo, volvía a mascullar la misma letanía (“tengo que hacerlo, tengo que hacerlo”), pero no se movía.

— ¿Estás bien, Jesús?
— Sí, bueno, no sé … —le cogí de la mano (sudaba, temblaba).
— Vamos a pasear un ratito más, tienes que calmarte.
— Hazme un favor, necesito que me hagas un favor —me apretaba la mano, muy fuerte.
— Claro, Jesús, claro. Tranquilo. ¿Qué quieres?
— Asómate a la mercería y dime si la que atiende es una chica rubia muy mona, y si está sola.

Seguirle la corriente. Entré en el espacio de escaparate de la boutique que se empeñaba en llamar mercería. Un local pequeño con un mostrador al fondo; tras él una señora cincuentona larga que hojea una revista del corazón.

— ¿Desea algo?
— Buenos días. Verá, mi mujer estuvo aquí el otro día, me dijo que la atendió una chica rubia …
— Sería mi hija, que a veces me echa una mano; pero ahora no está.
— Agustina, se llama, ¿no es verdad?
— ¿Agustina? No, no, se llama Anabel. Pero tiene gracia porque Agustina es el nombre de mi madre. Pero, dígame, ¿qué le ha encargado su señora?
— Es que parece que su hija, Anabel (no sé de dónde saqué lo de Agustina), le habló de un vestido que iban a recibir y quería saber si ya lo tenían …
— Con solo eso no puedo ayudarle; Anabel no me dijo nada y, la verdad, me extraña. ¿Cómo se llama su señora?
— Yolanda. Pero no se preocupe, ya le diré yo que se pase ella misma y hable con usted; seguro que enseguida se aclaran.
— Estupendo. Le voy a dejar nuestra tarjeta por si quiere llamar antes —ponía: “Daira, moda” y debajo, en letra más pequeña, antigua mercería Larrázabal, desde 1942.

Jesús me esperaba con signos de ansiedad. Me preocupaba tanta excitación, lo mejor sería llevarlo lo antes posible a la Residencia.

— Cuánto has tardado. ¿Estaba Tina?
— No, la que atendía era una señora mayor.
— Su madre. Menos mal que no he entrado, la tía esa no puede ni verme. ¿Y te ha dicho cuándo estará Tina?
— Hasta mañana no vuelve, tenía cosas que hacer, me ha dicho.
— ¿Cosas que hacer? La bruja te ha engañado, para mí que se ha recelado algo. Seguro que en un rato viene su hija y la sustituye.
— Creo que no, Jesús, pero en todo caso, mejor sigamos paseando no vayan a verte aquí parado. Si quieres volvemos dentro de un rato a ver si ya está Tina.
— Vale, pero no te olvides, es que a veces me mareo. Tenemos que volver, es muy importante. No puedo irme a Sevilla sin decirle que la quiero, que me espere.
— ¿A Sevilla? ¿A qué vas a ir a Sevilla?
— ¿Cómo que a qué? ¿No eres el rector de la facultad de medicina? Tú mejor que nadie sabes que voy a estudiar, que voy a ser médico como mi hermano Eduardo, como quiere mi padre. ¿Por qué me lo preguntas?
— Perdona, Jesús, se me ha ido el santo al cielo.
— Tengo hablar con Tina, tengo que decirle que la quiero, que seré médico y me casaré con ella, que no se deje camelar por el puñetero de Ángel …

Parecía perder fuelle, desinflarse. Acabábamos de llegar a Bravo Murillo, a unos metros de la glorieta de Quevedo. Lo abracé, sujetándolo, porque me dio la impresión de que iba a desvanecerse.

— Jesús, te veo cansado, sentémonos en ese banco.
— Sí, me noto mareado. ¿No es ya la hora de comer?
— Falta poco, sí.
— Vamos a casa, almorzaremos con mis padres.
— Descansa un rato, no hables.

Se había quedado sin fuerzas, también sin recuerdos. Agustina Larrázabal, de momento, había vuelto al rincón perdido de su mente. Lo alcé suavemente; se dejaba hacer, casi sonámbulo. A unos metros estaba la parada de taxis.


6 comentarios:

  1. Mi abuelo sufrió Alzheimer y me ha tocado muy de cerca tu relato. Especialmente el final de que da la impresión de que va a desvanecerse, en sentido figurado es así. No conocía la canción.

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    1. El relato, con sus necesarias dosis de ficción, es real. Ya en las familias de todos aparece el alzheimer (es que vivimos demasiado).

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  2. Muy tierno a la vez que triste.

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    1. Me he apropiado de estas palabras tuyas para el epílogo de la historia.

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  3. El Alzheimer es caracterizado someramente por la pérdida de memoria, la desorientación temporal y espacial y el deterioro intelectual y personal, pero sobre todo, efectivamente, se pierde la memoria reciente mientras que la remota surge inesperadamente sin contexto temporal del momento actual, así que tu relato está muy correcto.

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    1. A ver si también te lo parece su culminación.

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