miércoles, 4 de octubre de 2017

Cómo desmontar un régimen

La desobediencia civil tiene a estas alturas una larga trayectoria y suele ser vista con simpatía, en gran medida porque la han predicado y practicado ilustres personajes históricos. Henry David Thoreau es probablemente el primero que teorizó al respecto en su obra llamada justamente así (“Desobediencia Civil”, 1849). Pero también Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Desmond Tutu son nombres importantes. En el marco del conflicto catalán en el que estamos inmersos un independentista pintaba con spray en un muro una conocida frase de Gandhi: “Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecerla”. Pues bien, si ponemos en práctica esta premisa –que casi todos compartimos– estaríamos ejerciendo la desobediencia activa. Se trata (me remito a la wiki) de una forma de disidencia política consistente “en una quiebra consciente de la legalidad vigente con la finalidad, no tanto de buscar una dispensa personal a un deber general de todos los ciudadanos, sino de suplantar la norma transgredida por otra que es postulada como más acorde con los intereses generales”. Como la legalidad española es injusta, dicen muchos independentistas, no sólo es legítimo sino casi una obligación ética, transgredirla.

En buena lógica, lo primero y fundamental a tener claro es que la norma a transgredir ha de ser injusta y, por tanto, esa cuestión debería estar lo suficientemente argumentada sin dejar lugar a dudas. Cuando, por el contrario, se da por hecha tal injusticia de la norma, queda claramente manifiesto que la intencionalidad de los desobedientes es cambiar la norma que no les gusta, al margen de que sea o no justa. Quienes han reflexionado y teorizado sobre la desobediencia civil aportan varios criterios y condiciones que han de observarse en su ejercicio para que sea legítima. Basta simplemente chequear el artículo de la wiki para comprobar que la desobediencia que viene desarrollando de forma contumaz y planificada la Generalitat de Cataluña no encaja en absoluto, no puede calificarse con un mínimo rigor como desobediencia civil.

Traigo a colación esto de la desobediencia civil a propósito, claro está, del conflicto catalán, pero más específicamente a que ayer me señalaron un tipo del que no había oído hablar y que en los cincuenta, reaccionando contra la Guerra de Corea, empezó a estudiar la teoría y práctica de la desobediencia civil y de la resistencia no violenta en Gandhi (y otros más) como instrumentos de ejercer el poder (y derrotar a otros poderes establecidos). Hablo de Gene Sharp, nacido en 1928 en North Baltimore, y fundador en 1983 de la Albert Einstein Institution, una organización sin ánimo de lucro dedicada al estudio de la acción no violenta. Según su propia web la institución se compromete defender las libertades e instituciones democráticas, a oponerse a la opresión, la dictadura y el genocidio, y a reducir la dependencia de la violencia como instrumento de política. Para contribuir a estos fines fomenta la investigación y los estudios de políticas sobre los métodos de acción no violenta y su uso pasado en conflictos diversos, comparte los resultados de esta investigación a través de publicaciones, conferencias y medios de comunicación y asesora a grupos en conflicto sobre el potencial estratégico de la acción no violenta.

Por lo visto, la obra de Sharp ha tenido una considerable influencia en diversos movimientos sociales activistas, sobre todo en situaciones de tránsito desde dictaduras a regímenes democráticos (por ejemplo, las de los países bálticos exrepúblicas soviéticas). En 1993 publicó un manual titulado “De la Dictadura a la Democracia”, que diez años después se tradujo al castellano (es de dominio público y puede descargarse aquí). En sus primeras páginas Sharp nos dice que ha estudiado muchas dictaduras y ha llegado a la conclusión de que se podían destruir sin provocar una carnicería masiva; que ha pensado minuciosamente sobre los métodos más efectivos para desintegrarlas con éxito y con el menor coste. Y el resultado es este libro que, según varios testimonios, ha sido un manual utilísimo para lograr recuperar las libertades de forma no violenta en sociedades opresivas.

No he hecho más que empezar a leer el libro, así que aún no puedo emitir ninguna valoración. Pero si he dirigido mi atención hacia el mismo ha sido a causa de un artículo de El Confidencial en el que se sostiene (con referencias concretas a lo que viene ocurriendo desde ya hace bastantes meses) que la CUP y el Gobierno catalán han montado su estrategia hacia la independencia siguiendo el manual de Sharp, lo que se revela con la disciplinada desobediencia sistematica y continuada de la legalidad del Estado para deslegitimar su poder y, a la postre, suprimirlo. La tesis tiene su lógica (desde luego, yo estoy convencido de que la actuación del independentismo está muy bien planificada, a diferencia de la actuación del gobierno español, siempre reactiva y con frecuencia contraproducente). Si fuera verdad quedaría demostrado que los mismos métodos, técnicas y recursos que valen para destruir una dictadura valen también para destruir un régimen que es democrático (o tanto como cualquier otro). Lo cual, por otro lado, no es nada sorprendente; es más, probablemente esos métodos contra el poder serán más eficaces contra un régimen democrático que contra otro dictatorial.

6 comentarios:

  1. Sobre eso límites de quién puede controlar cuando la ley es injusta (que puede ser hasta una Constitución inamovible, ¡vaya ud a saber por qué!) ha hablado mucho y bien Elías Díaz (creo que hay conferencias grabadas en la Fundación Juan March)diciendo (muy resumidamente) quién o qué controla una ley no acorde con los tiempos.
    Parece ser que Sharp aboga por la revoluciones tipo a las de los Claveles en Portugal. Lo contrario a lo que decía Mao "que no pueden existir revoluciones sin violencia".
    Por enrollarme un poco estaba leyendo a J. M. Ripalda (que parece un visionario) La nación dividida, y en su epílogo a la segunda edición, nos viene a decir (resumiendo de pelotas) que los sistemas políticos ahogan toda posibilidad de expresar voluntades que no estén reducidas a las "jaulas de hierro". Porque en definitiva ya no se habla de satisfacer necesidades que son lo que constituyen realmente a los ciudadanos (educación sanidad...) eso pasa a lugar secundario; lo que encomiendan es a los negocios (privados). Ahora mismo se están invocando a lo militar y eclesiástico (no sé porque van unidos casi siempre).
    Mientras tanto el gran capital mientras parece que están asustados (que lo estarán por si esto se infla más de lo previsto y roban en sus tiendas) ya no somos: somos redundancia, sobramos políticamente y por tanto no somos.
    Puede que Ripalda esté algo flipado (¡Qué Kant me disculpe!)aunque creo que atina en su hipótesis que yo la veo muy plausible.
    P.D.: A todo esto el Consejo de Estado se podría mojar en mediar o mirar posibles soluciones (lo mismo lo hacen ya).

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    1. Para comentar tu comentario necesito dos o tres posts. Me apunto a Elías Díaz (no lo conozco). En cuanto a Sharp, parece que el tipo es de los que más ha influido en los movimientos "revolucionarios" de los 90 y primera década de este siglo. A ver si este fin de semana leo su manual.

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  2. Hay otra forma de destruir un régimen y es, obviamente, a partir de la violencia. Es el caso de la Revolución francesa (que fue un proceso mixto, con dos partes) o el caso de la China de Mao, la propia independencia de la India (esa sí, un caso de autodeterminación de su metrópoli) fue mixta de desobediencia civil y violencia. El caso más de libro, que este año hemos celebrado su centenario, fue la de la URSS: la estrategia leninista fue introducirse en las instituciones y luego ir eliminado a los compañeros de viaje, y hay quien opina que la mejor forma de destruir un sistema es desde dentro, una estrategia que yo veo calcada en la acyual CUP catalana.

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    1. Sí, ese es el método clásico. De hecho, las técnicas no-violentas dudo que puedan mantenerse sin caer en la violencia. Ya lo veremos en Cataluña, si es que es verdad que los estrategas siguen el manual de Sharp. Señalar eso era el objeto de este post y te aseguro que me gustaría verificarlo.

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  3. Es que si el libro de Sharp (no lo he leído, así que quizás me equivoque) es un manual de impedir la normalidad política, no me extraña ni un pelo que su uso pueda afectar a regímenes democráticos. También las técnicas de guerrilla pueden servir para causar disturbios, por ejemplo, sin importar que pueda usarse legítimamente esta táctica contra un invasor superior militarmente.

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    1. Eso mismo pienso yo. En el post indico el enlace para descargarlo. Por lo que he leído (apenas he empezado) creo que merece la pena leerlo.

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