jueves, 10 de marzo de 2022

Lo que no me termina de convencer del liberalismo (1)

Acabo de leer el libro de Juan Ramón Rallo (Liberalismo, 2019) en el que explica –bastante didácticamente a mi juicio– los principios generales del liberalismo como filosofía política. Siguiendo su propio esquema expositiva, voy a comentar los aspectos que no terminan de convencerme. 
 
Los dos elementos que Rallo dice que están en la base de la doctrina son el individualismo político y la igualdad jurídica. El primer principio supone asumir que es el individuo el sujeto de derecho y nada está por encima de él, rechazándose por tanto filosofías colectivistas que anteponen grupos, instituciones o entidades a los derechos individuales (nacionalismos, fascismos, comunismos). Estoy plenamente de acuerdo, así como con la cita de Robert Nozick que aporta: “No existe ninguna entidad social por cuyo bien merezca sacrificarse. Sólo existen personas individuales, personas individuales diferentes, con sus propias vidas individuales. Instrumentar a alguna de estas personas para beneficiar a otras sólo supone usarlo a él y beneficiar a otros. Nada más. Lo que sucede es que se le hace algo a él en el interés de otros. Remitirse a un bien social general sólo encubre (¿intencionadamente?) este hecho”. 
 
El segundo principio básico –la igualdad jurídica– supone reconocer a todos los individuos los mismos derechos con independencia de sus características personales (no cabe la discriminación). Ciertamente también estoy de acuerdo y pareciera que nadie podría no estarlo. No obstante, hay que matizar un par de puntos. El primero, que esta igualdad de derechos es “de partida”; en el transcursos de sus vidas, los individuos van ampliando (o no) sus derechos y, consiguientemente, se van produciendo desigualdades en las capacidades de ejercicio de los mismos. En segundo lugar, el debate que a este respecto se abre es si cabe la “discriminación positiva” que se supone que tiene por objeto corregir situaciones de desigualdad en las que no se verifica que todos tienen los mismos derechos. 
 
El tercer principio es el derecho de todo ser humano a la libertad, entendiendo ésta como la capacidad a vivir como cada uno quiera (obviamente, sin que ese plan de vida suponga impedir o dificultar el plan de vida de cualquier otra persona). Para el liberalismo, este derecho básico es sobre todo “negativo”; es decir, se ejerce exigiendo a los demás (y a las instituciones, claro) que se abstengan de hacer nada que interfiera en su plan de vida. También estoy plenamente conforme con este principio en la esfera privada, pero no lo tengo tan claro en sus consecuencias cuando el ejercicio de esa libertad influye en los demás; es en ese ámbito –el económico– en el cual el liberalismo es más cuestionable. 
 
Rallo no elude el meollo del conflicto “ideológico” a este respecto que no es otro que la incompatibilidad entre las concepciones igualitarias de la justicia distributiva y el liberalismo. Las decisiones libres de los individuos dan lugar a distribuciones desiguales de los bienes y cualquier actuación que tenga por objeto “corregir” esas desigualdades implica necesariamente coaccionar la libertad individual. Así, en el liberalismo no cabe el famoso aforismo que Marx cita (no lo acuñó él) en su crítica al programa de Gotha (1875): “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades” porque ello convertiría a cada individuo en esclavo de la sociedad. A mí, sin embargo, esa vieja máxima (que, por cierto, entronca bastante con la tradición evangélica) me parece bastante razonable en un mundo en el que los recursos son escasos y los humanos no tenemos las mismas capacidades. No digo que haya que aplicarla radicalmente, aboliendo toda desigualdad. Pero ciertamente, el derecho de que te dejen vivir como quieras no es para mí sacrosanto aunque admito que cualquier coacción sobre el mismo debe estar justificada. 
 
Así, en el ámbito económico, no creo que hayan de respetarse las desigualdades derivadas del ejercicio de las libertades individuales sin imponerles límite. Y ello porque, desde punto de vista práctico, si esas desigualdades son muy grandes los efectos nocivos sobre la sociedad (sobre el conjunto de los individuos) son mayores que los beneficios de la libertad. Pero, además, en términos más teóricos, porque estoy convencido de que si se llega a tan exageradas desigualdades es porque esa libertad individual se está ejerciendo limitando el ejercicio de las libertades de muchísimos más, aunque esas coacciones no sean evidentes (entre otras cosas, porque están integradas en el sistema). 
 
Pero es que incluso fuera del ámbito económico, dudo mucho que se pueda sostener el ejercicio absoluto de este derecho a la libertad (a que me dejen actuar como quiero). Ejemplo muy reciente es el debate sobre la vacunación u otro ya largo pero sin zanjar, el derecho de los padres a decidir la educación que deben recibir sus hijos (como explica Rallo, los padres tutelen el derecho de sus hijos). De modo que, a este respecto, mi posición es que todos tenemos derecho absoluto a que nos dejen hacer lo que queramos siempre que esas acciones sean completamente inocuas para los demás. Ahora bien, a partir de que lo que queramos hacer tenga efectos en los demás, habrá en cada caso que dilucidar hasta dónde llega nuestro derecho a la libertad o, dicho a la inversa, hasta dónde está justificado que nos lo limiten.

1 comentario:

  1. Las veo como una guia de accion, algo asi como las cartas de navegacion lo son a a dirigir una nave o, quizas, principios morales al ejercicio del derecho civil.
    Si un Colectivista esgrimiera la conveniencia de una ley restrictiva de la libertad individual basándose en un principio general del tipo "el estado tiene los derechos agrupados de todos los connacionales, porque el estado es indistinguible de esos connacionales", un liberal le respondería que el derecho individual tiene prioridad.
    Asi como la existencia de asesinos no invalida el principio de no matar, incluso en los estados donde hubiera ejecuciones por orden judicial, el principio de igualdad ante la ley se mantiene aun cuando hay desigualdades entre los individuos.

    Chofer fantasma

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