Los amantes de Bausén
Durante los primeros años del siglo XX en Bausén había una pareja de jóvenes entregados al amor más profundo. Era un amor tan intenso el que se profesaban que los habitantes del pueblo eran felices de ser testigos de un sentimiento tan bonito y sonreían viéndolos pasar con sus dulces miradas por las calles, con los ojos brillantes que iluminaban los prados y las calles.
Cuentan que cuando decidieron casarse para perpetuar su amor, según la ley de la Iglesia, surgió un obstáculo que se lo impedía. Expusieron al capellán su deseo, pero éste descubrió que existía entre ellos una antigua relación de familia, lo cual, en aquellos tiempos, era un inconveniente para celebrar el matrimonio eclesiástico, no solo para la Iglesia, sino también para las propias familias. La única solución posible era comprar una dispensa eclesiástica que se había de solicitar a Roma. Pero la pareja, acostumbrada a los trabajos duros y a los trabajos escasos, no conseguiría nunca reunir la cantidad de dinero suficiente para satisfacer este requisito. Suplicaron mil veces y mil veces la respuesta fue negativa, inapelable. Entonces decidieron unirse igualmente, sin la bendición eclesiástica. La decisión supuso para ellos vivir su gran amor sabedores que serían condenados y castigados por su actitud, como así fue. Fueron expulsados para siempre de la Iglesia Católica por vivir en pecado.
Los jóvenes vivieron felices y tuvieron dos hijos, Cándido y Valerosa, que ampliaron la felicidad de ambos. Unos años más tarde Teresa se puso enferma. Su muerte inesperada trunca la plácida vida en común de la pareja y desencadena una gran tragedia familiar. Su amante, desconsolado, pide permiso al capellán para enterrarla en el cementerio de la iglesia, pero el sacerdote no lo permitió porque habían vivido en pecado y no podrían entrar en el Reino de Dios. Los habitantes de Bausén, conmovidos por la noticia, decidieron construir ellos mismos un cementerio solo para Teresa, el único cementerio civil del Valle de Arán, levantado en solo 24 horas, trabajando noche y dia. Hoy, la solitaria tumba de Teresa es uno de los rincones más emotivos y bellos del pueblo, una parte del recuerdo y legado de aquel gran amor que había roto todas las barreras.
Flores silvestres, hierbas y matorrales envuelven esta romántica tumba como queriendo preservarla de la intransigencia y la intolerancia. “A mi amada Teresa”, se puede leer sobre la piedra, donde a menudo se ven flores frescas que depositan, todavía hoy, sus bisnietos, orgullosos de esta historia familiar. Este es un lugar mágico que llena a los visitantes de buenos sentimientos. Sin duda será siempre símbolo indiscutible de este precioso pueblo aranés.
Cuentan que cuando decidieron casarse para perpetuar su amor, según la ley de la Iglesia, surgió un obstáculo que se lo impedía. Expusieron al capellán su deseo, pero éste descubrió que existía entre ellos una antigua relación de familia, lo cual, en aquellos tiempos, era un inconveniente para celebrar el matrimonio eclesiástico, no solo para la Iglesia, sino también para las propias familias. La única solución posible era comprar una dispensa eclesiástica que se había de solicitar a Roma. Pero la pareja, acostumbrada a los trabajos duros y a los trabajos escasos, no conseguiría nunca reunir la cantidad de dinero suficiente para satisfacer este requisito. Suplicaron mil veces y mil veces la respuesta fue negativa, inapelable. Entonces decidieron unirse igualmente, sin la bendición eclesiástica. La decisión supuso para ellos vivir su gran amor sabedores que serían condenados y castigados por su actitud, como así fue. Fueron expulsados para siempre de la Iglesia Católica por vivir en pecado.
Los jóvenes vivieron felices y tuvieron dos hijos, Cándido y Valerosa, que ampliaron la felicidad de ambos. Unos años más tarde Teresa se puso enferma. Su muerte inesperada trunca la plácida vida en común de la pareja y desencadena una gran tragedia familiar. Su amante, desconsolado, pide permiso al capellán para enterrarla en el cementerio de la iglesia, pero el sacerdote no lo permitió porque habían vivido en pecado y no podrían entrar en el Reino de Dios. Los habitantes de Bausén, conmovidos por la noticia, decidieron construir ellos mismos un cementerio solo para Teresa, el único cementerio civil del Valle de Arán, levantado en solo 24 horas, trabajando noche y dia. Hoy, la solitaria tumba de Teresa es uno de los rincones más emotivos y bellos del pueblo, una parte del recuerdo y legado de aquel gran amor que había roto todas las barreras.
Flores silvestres, hierbas y matorrales envuelven esta romántica tumba como queriendo preservarla de la intransigencia y la intolerancia. “A mi amada Teresa”, se puede leer sobre la piedra, donde a menudo se ven flores frescas que depositan, todavía hoy, sus bisnietos, orgullosos de esta historia familiar. Este es un lugar mágico que llena a los visitantes de buenos sentimientos. Sin duda será siempre símbolo indiscutible de este precioso pueblo aranés.
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No obstante, me llamaba la atención la escasez de datos concretos que aportaban casi todas las fuentes que referían esta historia. De modo que, buscando buscando, me topé con una memoria histórico artística de Bausén elaborada por la asociación cultural Es Sarnalhèrs dedicada a la defensa del patrimonio cultural del pueblo e impulsora de que el cementerio de Teresa haya sido declarado Bien Cultural de Interés Local en 2020 por el Consejo General de Arán. En ese documento se hace referencia a las investigaciones de Joan Carles Riera i Socasau que cuestionan la veracidad histórica de la leyenda de los amantes. Riera y Socasau es un médico especialista en ginecología y obstetricia y miembro de la Real Academia de Medicina de Catalunya, en la cual ingresó en 2017 con un discurso cobre la salud en el Valle de Arán a finales del siglo XVIII. Es además miembro de la sección de Historia del Instituto de Estudios Araneses y profesor de aranés. Se ve que, aparte de sus labores médicas, es un aficionado entusiasta de la historia local de esta singular comarca pirenaica. En internet se puede escuchar el audio de una conferencia que pronunció en aranés el 1 de junio de 2019 en Vielha sobre este asunto; debido a que no hablo el idioma la he entendido solo a medias. También parece que publicó un artículo al respecto en el número 17 (2020) de la revista Tèrra Aranesa, pero no he podido conseguirlo en la Red. Aun así, la memoria a la que me refiero ofrece un resumen suficiente de las investigaciones de este señor.
Los protagonistas del cuento, Francisco Bugat Bugat, conocido como Sisco, y Terèsa Estampa Medan eran primos, sí, pero muy lejanos. El bisabuelo paterno de Terèsa, José Estampa Sarriu, era hermano de la bisabuela paterna de Sisco, Francisca Estampa Sarriu. Es decir, los antepasados comunes de la pareja eran los tatarabuelos, cuatro generaciones atrás. Sisco y Teresa eran primos en cuarto grado. Hoy en día, tan lejano parentesco no requiere dispensa ni para el matrimonio eclesiástico ni para el civil. Sin embargo, parece que a finales del XIX las parejas que compartían tatarabuelos sí la necesitaban. En pueblos pequeños y remotos como era (y sigue siendo) Bausén, esta exigencia tenía que afectar a un buen número de sus cuatrocientos habitantes; de hecho, según cuenta Riera, este pueblo era uno de los que solicitaba y recibía más dispensas de todo el Valle. El caso de Sisco y Teresa no era pues nada raro; muchas otras parejas de primos habían obtenido sin problema la preceptiva licencia para casarse.
La leyenda nos cuenta que la dispensa había que solicitarla a Roma y era muy cara; no es verdad. La dispensa la tramitaba el cura de la localidad y la concedía directamente el obispo de la Seu de Urgell, proceso burocrático que se solventaba sin mayores incidencias en el plazo de una semana, más o menos. El coste era de veinticinco pesetas que, en términos de valor adquisitivo actual, equivaldría a unos cien euros, aproximadamente el jornal de dos días en la época. Ciertamente, no era barato, pero tampoco un precio inasequible y, además, como ya he dicho, una cantidad asumida por los araneses, habituados a pagarlo sin protestar. Pero es que ese precio era aproximadamente el mismo de los matrimonios civiles, opción ya entonces disponible para quienes no querían pasar por la sacristía. Pues lo que nos dice Riera es que Tèresa y Sisco se casaron por lo civil en 1907 y, por lo tanto, hubieron de apoquinar la licencia. No parece pues que fuera un problema de dinero; más bien los datos apuntan a la voluntad de los contrayentes de no casarse por la
Iglesia. O sea que serían anticlericales (barrunto que más Sisco que
Teresa), lo cual en un pueblo remoto como ese tenía su mérito, por más
que para aquellas fechas (1907), ya hubiera bastantes anticlericales,
pero principalmente en entornos urbanos.
El mismo año de la boda nació la primera hija de la pareja (¿estaría ya embarazada Tèresa?), a la que llamaron Valerosa. Dos años después, en 1909, nació Cándido. Constan ambas partidas de bautismo en las que se aprecian algunas particularidades, como la ausencia del adverbio “solemnemente” que se usaba en las ceremonias habituales y, por supuesto, de la expresión “hijo/a legítimo de”, sustituida por “hijo/a según voz pública”. Pero lo más llamativo es que no firman los padres, lo que parece apuntar a que no fueron estos quienes quisieron bautizarlos, sino que accedieron (si es que lo hicieron) por presiones familiares. De otra parte, me llama la atención los nombres que eligieron para sus hijos, ausente del santoral católico el primero y que recuerda a Voltaire el segundo. Más indicios que refuerzan la impresión del anticlericalismo de nuestros protagonistas.
Teresa murió el 10 de mayo de 1916, a los 33 años, nueve después de la boda civil. En el libro de defunciones del Registro Civil de Bausén consta que el juez ordenó que se le diera sepultura en el cementerio civil de la población. Pero en Bausén solo existía el parroquial, aunque en esas fechas ya regía la obligación legal de que los ayuntamientos contaran con un lugar destinado al enterramiento de los no católicos. En todo caso, lo llamativo no es tanto que el juez ignorase que no había cementerio civil (o se hiciese el ignorante), sino que con su orden sentara la acatolicidad de la fallecida. Así, frente a la leyenda que nos dice que el cura del pueblo, Joaquim Tellosa, negó el enterramiento de Teresa en el cementerio parroquial, resulta más plausible que simplemente fuera Sisco quien no quisiera que su mujer fuera allí inhumada. De hecho, no aparece en ningún sitio que el viudo (o la propia Teresa durante su enfermedad, que fue larga) lo solicitara.
Porque, además, si así hubiera sido, el cura tendría que haber aceptado, ya que las directrices del obispo en esa época establecían que “si dichos cristianos llamaran al Sacerdote a última hora aun cuando no fuera hacer posible la retractación y reconciliación, o bien el párroco hallase ya muerto al enfermo el párroco no deberá negarle la sepultura eclesiástica”. Por cierto, esta instrucción del obispo nos lleva a pensar que había no pocas personas apartadas de la Iglesia a las que, ante la carencia de cementerios civiles, tenían que enterrarse en los católicos. No parece que, al menos en la diócesis de Urgell, el comportamiento habitual de los párrocos fuera negar la sepultura de sus “hijos descarriados”. Aún más, en el supuesto de que mosén Tellosa hubiese desobedecido la orden de su obispo, el Juez habría dejado constancia de la negativa del rector, como sucedió en Vilac en 1902.
En resumen, todo apunta a que, simplemente, Francisco Bugat no quiso que su esposa fuera enterrada en el cementerio parroquial del pueblo, como probablemente tampoco quiso casarse por la iglesia ni bautizar a sus hijos. Si así fue, el pequeño y bonito cementerio a las afueras de Bausén no lo habrían construido los vecinos indignados por la negativa del cura, sino seguramente a petición del viudo. A la luz de estos datos, me imagino a Sisco como un anticlerical militante desde muy joven, tal vez imbuido de las ideas anarquistas. Que huyera con sus hijos a Francia dos décadas después, poco antes de que las tropas franquistas ocuparan el Valle de Arán, refuerza esta imagen; seguramente, ya con cincuenta y tantos tacos, sería uno de los vecinos más señalados de la población por sus ideas contrarias a las del bando faccioso.
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¿Cómo se creó la leyenda? Habría que indagar cuándo empezaron los primeros relatos, probablemente mucho después de los hechos, cuando ya todos los testigos habían muerto. Quizás Francisco Bugat, en el exilio francés, les contara esa historia a sus hijos para idealizar románticamente su matrimonio y, de paso, transmitirles la maldad de la Iglesia. Estos hijos o los nietos volverían pasados los años a Bausén y repetirían el cuento que sería aceptado acríticamente por los vecinos, encantados de, como dice el panel explicativo del cementerio, obtener para su localidad un símbolo tan preciado. Como haya sido, el bulo se ha consolidado y convertido en el capital intangible más valioso del pueblo. En la memoria histórica artística citada, la asociación Es Sarnalhèrs solicita que se suprima la leyenda del panel explicativo, sustituyéndola por otra más acorde con los datos históricos. Han pasado ya unos cuantos años desde que Riera desmontó con datos rigurosos la historia, pero sigue sin corregirse y mucho menos lo hará el ayuntamiento de Bausén, que perdería uno de sus más importantes atractivos turísticos.
En fin, que va a resultar que el cementerio de Tèresa, más que un símbolo del amor enfrentado a la intransigencia de la Iglesia, lo es de esta época de posverdad. Como dicen los italianos: non è vero, ma ben trovato.



