martes, 15 de marzo de 2016

Dylan en romance (6)

La Francia de esos primeros años sesenta se debatía entre sentimientos contradictorios y simultáneos hacia los Estados Unidos. Por un lado, de desconfianza y rechazo hacia un país poderoso en exceso, que amenazaba con controlar e imponerse sobre Francia y Europa en su conjunto (recuérdese el antiamericanismo de De Gaulle). De otra parte, los franceses, especialmente los más jóvenes, sentían una intensa fascinación hacia la sociedad estadounidense, y muy en particular hacia el mundo de la cultura alternativa. La pujante música popular americana fue el ejemplo más claro, y aunque no sea más que una anécdota banal, la fascinación que ésta generaba puede comprobarse en el gran número de jóvenes e irreverentes cantantes franceses que adoptaban nombres anglófonos (Richard Anthony, Eddy Mitchell, Johnny Halliday, Dick Rivers). Este equilibrio inestable fascinación-rechazo explica también algo completamente opuesto: la incorporación como propias de canciones de los precursores rockeros (Paul Anka, Buddy Holly, Bobby Darin, Elvis Presley ...) pero traduciéndolas al francés. Hay que decir que, sobre todo para la por entonces prestigiosa izquierda francesa, ciertos sectores de la cultura norteamericana "redimían" los graves pecados del satánico núcleo del capitalismo. Era esa idea de la "otra América" la que permitió el consolidar pacífico de la influencia yanqui en Francia. Y, desde luego, Bob Dylan era uno de los iconos representativos de esos Estados Unidos "buenos".

 
La fille du nord - Hugues Aufray (Aufray Chante Dylan, 1965)

A principios de los sesenta, Hugues Aufray no era uno de los jovencitos rockeros que hacían furor en la naciente Quinta República Francesa. Nacido en 1929 (y, por tanto, ya entrado en la treintena), había vivido en Madrid con su padre al acabar la 2GM; frustrados sus deseos de ingresar en Bellas Artes y casado muy joven, había empezado a ganarse la vida cantando temas folk por los cabarets de Saint-Germain-des-Près. En 1959 se presenta a un concurso radiofónico de la emisora Europa 1 cantando Le Poinçonneur des Lilas, el tema que el año anterior había compuesto un todavía poco conocido Serge Gainsbourg. Queda finalista, lo que le abre el acceso al business de la música ligera francesa: graba su primer 45 y se suma como telonero en una gira de Charles Aznavour; su nombre empieza a sonar. En el 61 es invitado, nada menos que por Maurice Chevalier, a actuar en Nueva York y, según cuenta el propio Aufray en su web, quedó epatado por los USA y decidió que tenía que pasar una buena temporada. Hacia finales de ese 1961 graba Santiano, una adaptación al francés de una canción marinera inglesa, y obtiene un gran éxito; parece que el destino lo va orientando hacia las adaptaciones de temas anglosajones. Vuelve a Nueva York contratado en el club Blue Angel de Nueva York, un cabaret del Midtown de renombre en el que actuaban con frecuencia estrellas de Broadway (debió coincidir, por ejemplo, con una jovencita Barbra Streisand). Pasa unos cuantos meses en la Gran Manzana y traba relación con muchos de los folkies del Greenwich, entre ellos con Bob Dylan, de quien dice que, pese a ser todavía un completo desconocido, enseguida se dio cuenta de que llegaría a ser una gran estrella. Hacia inicios del 62 Bobby no era tan desconocido: ya había sido la célebre actuación del Gerde's Folk City (septiembre del 61) reseñada por Robert Shelton en el New York Times y a consecuencia de la cual John Hammond le contrataría en Columbia. Ya habría grabado su primer disco, que estuvo en las tiendas antes de que Aufray regresara a Francia; incluso cabe la posibilidad de que Hugues asistiera a la actuación de Dylan en el Gerde's del 16 de abril en la que primera vez cantó en público Blowin' in the wind.


 
Ce n'était pas moi - Hugues Aufray (Aufray Chante Dylan, 1965)

La verdad es que esta narración del encuentro y temprana amistad con Dylan del francés (bastante mayor que el de Minnesota) proveniente de la web de Aufray la leí con cierto escepticismo, sospechando que exageraba un poquillo a toro pasado. Sin embargo, he encontrado un breve texto de Bob que acompaña a una foto de ambos cantautores juntos y sonrientes que parece que acompañaba al primer disco dedicado por entero a versiones de Dylan en francés que Aufray publicó en 1965. El primer párrafo dice literalmente: "Recuerdo cuando estaba con Hugues en la oficina de mi manager. Hugues había grabado Céline que había sido un éxito en Francia, y la estaba tocando para Peter, Paul & Mary. Cuando éstos salieron, empezamos a hablar. Le pregunté quién era y qué le interesaba. Parecía que teníamos muchas cosas en común, incluyendo nuestro interés en la pintura, así que estrechamos una amistad que ha durado hasta hoy". Bien, el manager al que Bob se refiere es Albert Grossman que también lo era del trío Peter, Paul & Mary (de hecho, él los había "inventado"). El fallo es que Grossman no fue manager de Dylan hasta agosto del 62 tres meses después de que Aufray volviera a Francia. Pero no sólo eso; resulta que Celine fue efectivamente un éxito de Aufray, pero de 1966, posterior incluso a la grabación del álbum de versiones de Dylan. Conclusión: este texto firmado por Dylan no pudo aparecer en el vinilo original (probablemente sea de la reedición en CD) ya que hubo de escribirse años después; de hecho, el último párrafo reza: "Hugo ha traducido y grabado varias de mis canciones en el pasado y a veces me parece que hubieran sido compuestas en francés y yo quien las hubiese traducido al inglés. Es un querido amigo". Y, en segundo lugar, aunque me crea que para cuando escribiera esas líneas Dylan y Aufray fueran amigos, no parece verosímil que lo fueran desde esa primera estancia del francés en Nueva York. Hay que recordar que Dylan no es precisamente un modelo de fiabilidad en lo que cuenta.

 
Les temps changent - Hugues Aufray (Aufray Chante Dylan, 1965)

La historia probablemente haya sido distinta. Sabemos que a principios de mayo de 1964 Dylan, ya un héroe reconocido del folk, vuela a Inglaterra donde actúa el día 17 en el Royal Festival Hall y, tras algunas apariciones en la tele británica, decide tomarse unos días de vacaciones por Europa con sus amigos Víctor Maymudes y Ben Carruthers. La primera parada, el 21 de mayo, fue en París, y en esta su primera estancia en la capital francesa sí nos consta que estuvo con Aufray. Howard Sounes, uno de los biógrafos de Bob, sostiene que fue entonces cuando se conocieron y a mí me parece lo más verosímil. Quizá, como asegura Hugues, se habían conocido tres años antes en Nueva York, pero dudo que Dylan se acordase y, a lo mejor, apelar a ese breve encuentro fuera la excusa a que recurriera Aufray para, ahora sí, estrechar la amistad con el que probablemente ya era su ídolo. Lo cierto es que pasaron unos días juntos y Hugues le hizo de guía, enseñándole la ciudad y epatándole con historias de muchos de los mitos de Bobby (empezando, desde luego, por Rimbaud). Luego, Dylan y sus amigos alquilaron un coche para acercarse hasta Berlín –querían ver el muro– y acabaron sus vacaciones visitando Grecia. Si consideramos que el 9 de junio ya estaba grabando en Nueva York el Another Side (su cuarto LP), hay que concluir que ese que fue realmente el primer encuentro con Aufray no debió durar muchos días. Pero yo imagino que los suficientes para que el francés le contara su idea de grabar un disco de versiones de sus canciones en francés y que el de Minnesota le diera el visto bueno.


Hay que decir que en febrero de ese 1964, uno de los ídolos del pop francés del momento que ya he citado, Richard Anthony, había grabado un sencillo con la versión francesa de Blowin' in the wind (Écoute dans le vent), la primera traducción al francés –que yo sepa- de un tema de Dylan. Imagino que para Hugues sería como recibir una puñalada: que ese oportunista populachero incluyera el sacrosanto himno folk en su repertorio de versiones del pop americano, una más entre tantas que hacía ... Para colmo, él había pasado al francés el Don't think twice antes de la publicación del sencillo de Anthony, pero no había conseguido que se lo grabaran. Sin embargo, los meses previos a la llegada de Dylan a París la carrera de Aufray recibe importantes impulsos: actúa en febrero en el Olympia, participa en marzo en Eurovisión en representación de Luxemburgo (quedó 4º con Des que le printemps revient , en la edición que se llevó con Non ho l'età Gigliola Cinquetti, little sweet sixteen por entonces), graba un álbum en directo ... En fin, que se siente más seguro y más avalado –mucho más cuando obtiene el placet de Bob– para aventurarse en un proyecto bastante ambicioso: grabar un larga duración completo de canciones de Dylan en francés. Para ello, llama a Pierre Delanoë, uno de los más importantes letristas franceses, y al músico Jean-Pierre Sabard para que lo ayudara con los arreglos. El resultado es una lista de once canciones, un álbum –Aufray Chante Dylan– que supondría un notable impacto en el panorama musical francés y marcaría una referencia fundamental para la difusión de Dylan en el país vecino pero también en los de alrededor, en especial en Italia, e incluso en España. Obviamente, por la fecha en que se publica el disco (1965) todas las canciones provienen de los álbumes segundo, tercero y cuarto de Dylan. Curiosamente no incluye ni el Don't think twice que fue su primer ensayo, ni tampoco el Blowin' in the wind que le había pisado Richard Anthony; ambas canciones las interpretaría en varias ocasiones con posterioridad. He subido a este post unas cuantas de estas versiones.

 
Corrina, Corrina - Hugues Aufray (Aufray Chante Dylan, 1965)

Aunque siempre hay que desconfiar de la sinceridad de las alabanzas que se piden para vender un disco (o un libro o cualquier otro producto), lo cierto es que lo que Dylan dice de estas versiones de sus canciones no me parece demasiado exagerado. En efecto, Aufray logra que parezcan compuestas originalmente en francés. Supongo que además del mérito de los "transponedores" también algo hay que reconocerle a la lengua de destino; o sea, que me parece que el francés funciona mejor que el italiano o el español (y no digamos que el rumano) con los temas de Bob. Como sea, este disco marca el canon del "Dylan francés", al que volverá el propio Aufray pero también otros nombres ilustres. Pero de ello seguiré hablando en próximos posts.

lunes, 14 de marzo de 2016

Confesión (4)

— ¿Mi padre? — Lo miré asustada, el miedo, el pánico, se reflejaba en mi mirada, seguro. Traté de ganar tiempo, de serenarme, pero me daba perfecta cuenta de que era una batalla perdida, me había pillado con la guardia absolutamente baja, ni por asomo había previsto esa pregunta. — ¿Mi padre?

— Sí, está claro, es tu padre. Y ahora, dime, ¿vas a contarme por qué quieres que reciba una paliza? Lo odias, eso es incuestionable, pero no lo suficiente como para matarlo. Lo odias, creo, de forma indirecta. ¿A través de tu madre, acaso?

— Basta ya — de pronto me sentía ardiendo, notaba que la sangre se me había subido a la cabeza, debía tener roja la cara. — Todo esto ha sido un error, ahora me doy cuenta, no quiero hacer nada, y tampoco, mucho menos, hablar contigo de asuntos que no tienen por qué interesarte. Ni de esos ni de nada — me iba exaltando; — no quiero hablar contigo de nada, no quiero volverte a ver, lárgate, coge el avión de vuelta que tienes pagado y olvídame.

Me levanté de golpe, esforzándome por calmar el frenético traqueteo de mis latidos, esforzándome por mantener la mirada fija en Lansky que me observaba en silencio, arrellanado en su sillón, una posición que parecía elegida para absorber los impactos de mis frases airadas. Me agaché un instante para alargar el brazo y asir el bolsón que estaba junto al brazo del sofá, casi al lado de ese hombre que había conseguido sacarme de mis casillas, que había conseguido asustarme. Por un momento creí que Lansky iba a alargar su mano hacia el bolso, a llevarla sobre la mía, y una bola de pánico me agarrotó el estómago. Pero no, siguió inmóvil y callado, hablándome sólo desde los ojos pero sin que yo quisiera entender esos mensajes. Con el bolsón colgado del hombro, apretado contra mi cuerpo con el brazo izquierdo, pasé delante de él, entre su sillón y la mesa baja, caminé rauda los cuatro pasos que había hasta la puerta, la abrí, salí al pasillo enmoquetado y solitario de la cuarta planta del edificio Gante, sin girar la cabeza tiré hacia mí de la puerta y el portazo, violentamente ruidoso, se me antojó como un punto final a la pesadilla, como el arribo a un refugio conocido, tierra firme bajo mis pies. Un cuarto de hora después estaba en mi casa, derrengada sobre la cama, concentrada en ejercicios de respiración, intentando limpiar la mente de las recientes sacudidas emocionales.

Lo que restó del día solo fue mudo correr de las horas. Era jueves, a las siete y media habría debido ir a clase de yoga, probablemente habría quedado luego a picar algo con Nieves. Hacia las diez sonó el móvil; primero una llamada de voz, luego tres o cuatro timbrazos de whatsapps. Ni siquiera abrí el bolso para ver quién era. Traté de interesarme sin éxito por algún programa de la televisión. Cogí la novela que el día anterior había empezado —la primera de una joven escritora mexicana— y que me había absorbido intensamente, esa sensación, tan poco frecuente, de que el autor te está interpelando, que lo que narra te atañe de verdad. Sin embargo, mis neuronas seguían demasiado arremolinadas y fui incapaz de centrarme en la historia de esa atormentada chica del DF. Desganada, me obligué a comer una ensalada que preparé juntando en aleatoria suma los escasos ingredientes que encontré en la cocina; mañana tengo que hacer la compra, apunté mentalmente, queriendo que las necesidades cotidianas enderezaran el errático rumbo de mis pensamientos. Al día siguiente curraba, claro, y la noche iba avanzando sin que llegara el sueño. Con rabia me tomé un orfidal (otro daño que imputar al maldito Lansky) y me metí en la cama a esperar que la droga hiciera sus efectos. Las escasas horas que dormí estuvieron pobladas de pesadillas en el más ortodoxo estilo de la psicodelia lisérgica. Fondos de policromías chillonas que vibraban en espirales de geometrías enloquecidas. Sobre éstos, siempre en blanco y negro, se superponían figuras planas que parecían recortes de periódicos. Muchas eran personas que conocía, solas o acompañadas, en escenarios de lo más diverso, pero a otras no creía haberlas visto nunca. Se me aparecieron, varias veces, mi padre y mi madre, también Lansky. Tan extraño pase de diapositivas estaba acompañado de fragmentos musicales sin ningún orden ni compás; tan pronto sonaba alguno de mis temas favoritos como se interrumpía por alguna música que me era especialmente odiosa. En resumen, el espectáculo que esa noche me brindó el subconsciente fue un canto al caos y, si llevaba consigo algún mensaje, no fui capaz de descifrarlo, más allá de que, como me era absolutamente obvio, tenía que poner en orden mis pensamientos y también mis decisiones.

Al día siguiente me dolía la cabeza como si tuviera resaca. A duras penas superé la jornada laboral que, para colmo, estuvo cargada de incidencias desagradables, pareciera que todos los pacientes se hubiesen puesto de acuerdo en molestar más de lo normal al personal de planta. Poco antes de salir del hospital, justo cuando estaba cambiándome, recibí un mensaje de Tano. Cayetano era un antiguo novio, o mejor debería decir el antiguo novio, el único que había merecido ese título. Toda la etapa universitaria juntos y tres años más hasta que, de pronto, se acabó. Se acabó –lo acabé yo- sin motivos muy claros, sólo porque me pareció que nuestro emparejamiento no tenía sentido. Para entonces mi madre estaba recién casada y aún así me propuso que volviera a casa, que viviera con ellos. Tonta de mí, le hice caso; tonta de mí, me enrollé pocos meses después con el cretino de Carlos. Tras un largo periodo alejados, casi sin saber nada el uno del otro, después de haberme vuelto a independizar, Tano volvió a aparecer en mi vida, contratado por el hospital en el que yo trabajaba para reforzar el personal de urgencias. Su whatsapp era conminatorio: “ven la cafetería; se trata de tu padre”. Sobra decir que Tano era de los muy pocos que conocía la identidad de mi padre. Así que, inquieta, bajé a la carrera las siete plantas hasta llegar a la inmensa y como siempre abarrotada cafetería del hospital.

— Hace media hora lo ha traído una ambulancia. Un accidente de moto. Por lo visto, según él mismo ha dicho, se le bloqueó la dirección o los frenos, no sé; el caso es que bajaba por una calle y sin causa aparente se le quedó clavada en seco. Salió volando, cree que hasta dio un mortal en el aire y cayó de pié en el asfalto. No parece que tenga nada, aunque le duele la columna y sobre todo las cervicales, pero es normal, el impacto, la tensión del susto. De momento está en observación, le han hecho radiografías, un tac, alguna que otra prueba. Supongo que no quieren sorpresas con un cargo importante del gobierno.

No hablamos casi nada más. La noticia fue un mazazo, tanto que no me sentía capaz de mantener un diálogo natural con Tano. Vaya, me dijo, no esperaba que te afectara tanto. No es eso, le contesté, pero es que últimamente están ocurriendo cosas muy raras, ya te contaré. Azar y/o necesidad, pensaba tontamente mientras conducía autopista abajo. Yo planeando que le dieran una buena paliza y casi la palma sin tener que hacer nada. ¿O sí? La duda me asaltó como un fulgor, con la cara de Lansky, sus ojos inquisitivos cuando salía del apartamento. Pero no, no llegamos a formalizar ningún encargo y además se había negado a hacer lo que le quería contratar. Sólo ha sido una casualidad; me lo iba repitiendo mientras dirigía el coche hacia el edificio Gante, como si alguien ajeno lo condujera. Aparqué a una manzana y caminé a paso rápido; toqué en el interfono del portal exterior, igual que había hecho el día anterior. El timbrazo sonó largo y chirriante, acabando en los puntos suspensivos del silencio. Volví a tocar, aún más tiempo, aún más chirriante, tampoco hubo respuesta. Dudé si llamar a la oficina de administración, si preguntar si el inquilino del 411 había dejado ya el apartamento. No, no merecía la pena llamar la atención; seguramente, Lansky ya no estaría en la isla, ya habría cogido el avión de vuelta.

Horas después, antes de acostarme, me acordé del expediente, así llamaba al tocho tan minuciosamente elaborado durante los últimos meses, que había previsto entregarle a Lansky al cerrar el encargo. Ahora me alegraba de no haberlo hecho: no habría tenido ningún sentido (sospeché que más que a la lógica esa idea era debida a mi vanidad) y, en cambio, sería una posible prueba en mi contra. En ese momento pensaba que todo había sido una locura, resultado de una obsesión enfermiza y absurda. En el fondo, tenía que estarle agradecida a ese inquietante asesino a sueldo. Lo mejor, olvidarse del plan, recuperar la rutina de antes, cortar las citas con los contactos del la web, volver con Tano quizá ... Lo primero, deshacerse del expediente, que seguiría en el bolsón, el bolsón en el sofá de la sala donde lo había dejado nada más regresar de la entrevista con Lansky. Lo abrí, saqué el tocho encuadernado con anillado espiral y entonces lo vi, al fondo del bolso, junto a un llavero viejo y un monedero hippy de tela que ya no usaba. Era un teléfono móvil, un modelo viejo de Nokia. Sólo Lansky podía haberlo puesto allí; antes de reunirme con él había revisado el bolsón. Lo cogí con prevención, pulsé el botón de encendido sin resultado; obviamente se había quedado sin batería. ¿Y ahora? Podrías haberme dejado también el cargador, capullo, le increpé mentalmente. No, cariño, me contestó el interlocutor que mi cerebro se estaba inventando, quiero que te lo curres un poquito. Bueno, yo tuve ese mismo móvil, a lo mejor aún está el cargador en casa de mi madre, ventajas de padecer un moderado síndrome de Diógenes. Claro que, ¿para qué demonios quería saber lo que había ocultado Lansky en ese teléfono? Lo que había de hacer era deshacerme de él, como del expediente; borrar los incómodos testigos de mi locura transitoria.

sábado, 12 de marzo de 2016

Dylan en romance (5)

The Freewheelin' Bob Dylan se publicó el 27 de mayo de 1963. El LP fue un éxito (sobre todo comparado con su primer disco, que pasó casi inadvertido) pero la explosión se produjo con el sencillo de Peter, Paul & Mary que contenía la primera versión de Blowin’ in the wind y que se publicó con la vista puesta en la famosa marcha sobre Washington de finales de agosto (sí, en la que Luther King contó que había tenido un sueño). Para entonces, la canción había alcanzado el número 1 en las listas y se vendía como rosquillas. Era el banderazo oficial para que otros intérpretes grabaran sus versiones de temas de Dylan y por supuesto, la respuesta en el viento fue la que abrió el fuego y más de medio siglo después la que probablemente tenga el record (no hay ningún dato totalmente fiable, pero se habla de más de mil versiones grabadas por otros cantantes). En el mismo 1963 la canción se grabó por unos quince intérpretes, la gran mayoría norteamericanos, pero con algunas excepciones notables. La primera, dos sencillos suecos -de un trío llamado “Otto, Berndt & Beppo” y de una tal Inger Jacobsen- en los que el tema de Dylan lo cantaban en sueco (Vinden Ger Svar, se llamaba), sin duda la primera traducción a otro idioma. El otro caso al que quiero referirme y que me vale para introducir este primer post sobre Francia es el EP de Marie Laforet en el que, la inevitable Blowin’ in the wind venía acompañada por tres clásicas del folk norteamericano (Lili of the West, House of the rising sun y Banks of Ohio). Es la primera grabación de un tema de Dylan por un intérprete francés, aunque todavía cantada en inglés.



Marie Laforet nació en octubre de 1939 y por tanto, en 1963, tenía veinticuatro añitos y ya era una estrella en Francia, tanto en la canción como en el cine. Piénsese que al poco un concurso radiofónico en 1959, fue seleccionada por Louis Malle para una película en la que no llegó a actuar, pero al año siguiente protagonizó A pleno sol de René Clemént, y en el 61, con sólo 22 añitos, se casa con otro realizador cinematográfico, Jean-Gabriel Albicocco, con el que filma La chica de los ojos dorados. Marie, desde luego, era una preciosidad, pero es que las francesas de esa generación, al menos las que destacaban mediáticamente, eran todas verdaderas monadas. Me estoy refiriendo a las actrices de finales de los cincuenta y primeros sesenta, encabezadas en plan sex-symbol por la inefable Brigitte Bardot, pero también Sophie Daumier, Mireille Darc, Romy Schneider (y no cito a la decana de todas ellas, Jeanne Moreau, porque se salía del rango de edad). Todas éstas nacen avanzada la década de los treinta y eran algunos años mayores que Marie. Laforet, la hermana menor de estas actrices, pasa en el ámbito musical a ser la mayor de las famosísimas y también preciosas cantantes que nacerían inmediatamente después de la guerra, en la segunda mitad de los cuarenta: Sylvie Vartan, Francois Hardy, Mireille Mathieu, Jane Birkin, France Gall. Así que a nuestra protagonista la veo como un enlace entre dos generaciones de mujeres excepcionales, de una época (los sesenta) en la que los españolitos miraban al país vecino con envidia. A mí es que me cogió muy niño; si hubiese nacido quince años antes, seguro que antes de los dieciocho me hubiese escapado a París en busca de esa femme mítica, mágica, imposible.

Queda pues sentado que fue Marie la primera que cantó a Dylan entre sus paisanos y, consiguientemente, la pionera en las labores de difusión de la entonces estrella emergente del folk gringo en el entonces centro cultural de la Europa no anglófona. Aún así, el dato no pasaría de una mera anécdota, irrelevante a los efectos de esta serie de posts, si no fuera porque años más tarde, en su séptimo LP, graba el I want you de Bobby ahora ya sí en francés, aunque con el sorprendente título D’être à vous. Pero ya para entonces (1970) habían aparecido bastantes versiones en francés del repertorio dylaniano y, por tanto, hay que volver hacia atrás y perder de vista a esta belleza (con gran dolor porque se me acaban las excusas para seguir poniendo fotos suyas). Despidámonos escuchándola cantar el "te quiero".


 
D'etre à vous - Marie Laforet (Tu Es Laid, 1970)

*****     *****     *****

Antes de centrarnos en quien merece considerarse el padre del cancionero dylaniano francés, conviene mencionar una figura relevante, el introductor del folk norteamericano (y la canción protesta) en el país vecino; me refiero a Graeme Allwright. Nació en 1926 en Nueva Zelanda, así que este año cumple nada menos que noventa tacos. Muy joven le dan una beca teatral para Londres, allí conoce a Catherine Dasté, de una familia estrechamente vinculada al mundo del teatro, y con ella pasa a Francia en 1948, donde se instala definitivamente. Durante los cincuenta alterna la participación en diversas obras con los más variados oficios para sobrevivir en esos duros años. Sus raíces anglófonas le llevan a relacionarse con los artistas que pasan por el centro americano de París y a aficionarse a los cantautores izquierdosos que habían adquirido cierto prestigio entre las tropas yanquis durante la pasada guerra mundial, como Woody Guthrie o Pete Seeger. Puedo suponer pues que en los primeros sesenta Graeme, en París, salvando las muchas distancias, estaría en un estado anímico parecido al de los tantos jóvenes americanos desconcertados y esperanzados por unos nuevos tiempos (aunque él ya no era tan joven) y saludaría como ellos la aparición de los nuevos trovadores, Dylan en primer lugar, pero también, algo después, al quebequés Leonard Cohen. El caso es que Allwright merece un lugar en esta panorámica porque su segundo LP – Joue, joue, joue, 1966)– contiene la versión en francés de Who Killed Davey Moore?, la demoledora crítica al boxeo que Dylan escribió en 1963 pero que no había sido publicada en ningún disco oficial. Bob la había interpretado en varias actuaciones y en particular en el famoso concierto del 64 en el Philarmonic Hall de Nueva York. Pero a lo mejor Allwright conoció la canción por la versión de Pete Seeger de su disco en vivo del 63 (At Carnegie Hall) o por la grabación que por ese mismo año más o menos había hecho Phil Ochs. Aquí tienen la versión francesa:

 
Qui a tué Davy Moore - Graeme Allwright (Joue, joue, joue, 1966)

Graeme Alwright siguió viviendo en Francia, desarrollando una activa carrera musical y acumulando, ahora que ya está viejito, una buena discografía, con temas de composición propia pero también muchas adaptaciones al francés de cantautores norteamericanos e incluso un disco con versiones de Brassens. Desde un pensamiento pacifista, se ha involucrado a lo largo de su vida en varias batallas. Una de las últimas, ya en este siglo veintiuno, ha sido la campaña para cambiar la belicista letra de La Marsellesa; por lo vista, la que ha sido llamada Marsellesa de la paz tuvo un buen empujón popular a resultas de los atentados en París de hace unos meses. Para acabar el post ofrezco la versión, también en francés, del conocido (y parodiado) Man gave name to the all animals del álbum Slow Train cominig de 1979. No dispongo de más versiones interpretadas por Allwright, pero no descarto que las haya.

 
L'homme donna des noms aux animaux- Graeme Allwright (Demain sera bien - ses plus grands succès en concert, 2010)

jueves, 10 de marzo de 2016

Dylan en romance (4)

Hace unos meses cayó en mis manos uno de los muchos discos recopilatorios de temas de Bob Dylan, en plan tributo/homenaje al gran hombre. La nota curiosa es que las trece canciones que se recogen no sólo no están en inglés sino que se adscriben a idiomas y músicas ajenas a occidente. Así, hay gente de la India, de Egipto, de Irán, de Birmania, de Taiwan, aborígenes australianos ... Cuando salió –a principios de 2014– The Guardian lo saludó encomiásticamente como el álbum más valiente y extraño en su género, para acabar con un tajante ¡Glorioso! No comparto tanto entusiasmo. Tendré que admitir que mi oído está demasiado occidentalizado pero la verdad es que casi todos los temas me resultan bastante coñazo, amén de excesivamente alejados del original. Por salvar un par: un curioso All along the watchtower interpretado por Eliades Ochoa, guitarrista vinculado al Buena Vista Social Club; y una simpática y envolvente versión del Corinna, Corinna (que, en sentido estricto, no es composición de Dylan) a cargo de un grupo folklórico rumano llamado Taraf De Haïdouks. Esta gente se supone que cantan en romaní (en la variedad cárpata) y, por tanto, no es rumano. Tampoco es que haya apenas letra en la canción. Pero, si empiezo con esta introducción, es porque fueron ellos los primeros que me hicieron dirigir mi atención "dylanesca" hacia Rumanía.


 
Corinna, Corinna - Taraf De Haïdouks (From the Another World, 2014)

Y el caso es que sí he encontrado músicos rumanos que han probado a adaptar a su idioma (la limba română) parte del repertorio de Dylan. Lo primero que pensé al escuchar las canciones es que esa lengua no estaba emparentada en absoluto con la mía porque no entendía nada más que palabras sueltas muy obvias. ¿No tenía acaso yo estudiado desde pequeño que el rumano es romance? Imagino que la influencia de las lenguas eslavas del entorno (y puede que hasta del exótico húngaro) sea la causa de que me suene tan extraño, sobre todo por la existencia de muchos fonemas ásperos, ajenos a nuestra pronunciación. Sin embargo, cuando he buscado videos de televisiones rumanas, he comprobado que el hablar de los presentadores se me asemeja mucho al italiano, como debería ser pues ambos idiomas pertenecen al mismo grupo de la primera gran división de los idiomas herederos del latín: los romances orientales. Pero, que cada uno escuche cualquiera de las canciones que subo este post y se forme su propia opinión sobre la cercanía familiar del rumano con el castellano.

 
Nu-i nimic, asta e!- Pasărea Colibri (In cautarea cuibului pierdut, 1995)

Parece que el padre del "dylanismo" en rumano fue Florian Pittiș (1943-2007), actor y director de teatro, intérprete de música popular, trabajó en radio y televisión, hasta presidente de un equipo de fútbol. Tradujo al rumano unas cuantas canciones de Dylan, de quien era rendido admirador y las cantó él mismo o con el grupo folk más importante de Rumanía, Pasărea Colibri que el mismo formó en 1992. Tengo dos discos de este conjunto, uno del 95 y otro del 96, y en ambos hay temas de Dylan traducidos y adaptados por Pittis. Sobre este párrafo he colocado la versión del Don't think twice, it's alright; y a quí debajo, a continuación, la de She belongs to me.

 
Alo! Ea-i a mea - Pasărea Colibri (Ciripituri, 1996)

Diez años más joven que Pittiș es Alexandru Andrieș, otro cantautor rumano pero originario éste de Braşov, una ciudad con un bonito centro histórico y que era de las más industrializadas durante la era de Ceaușescu. De hecho, en la historia reciente esta localidad tiene relevancia porque en ella se desarrolló, en 1987, una importante revuelta contra las políticas económicas del dictador rumano que suele señalarse como el antecedente inmediato de la revolución popular que condujo dos años después al derrocamiento del comunismo en ese país. Alexandru se graduó de arquitecto en Bucarest (a sólo tres horas de distancia), supongo que para contar con un título que amparara su multifacética vocación artística, porque desde antes de la universidad se volcaba hacia la música y la expresión gráfica (en su página web pueden verse varias de sus obras pictóricas desde su temprana juventud). La cosa es que el muchacho debutó como cantante apenas acabada la secundaria, orientándose hacia el blues, jazz y folk. En el 84 graba su primer disco y desde entonces lleva más de cincuenta, que no es poco. Probablemente, Dylan sería una de las referencias obligadas desde sus inicios y en la década de los noventa se embarca en el análisis y traducción al rumano de varias de sus canciones, lo que culmina con la publicación en 1999 del álbum Alb-negru (Blanco y negro), monográfico sobre el de Minnesota con diecisiete de sus canciones. No está mal, aunque para mi gusto se queda corto tanto en los arreglos como en la fuerza interpretativa. Y luego, claro, las letras ... Definitivamente, tras escuchar de seguido varios temas tan conocidos y tan extrañamente recitados, uno se queda con la impresión de que el rumano no es una buena lengua para el cancionero de Dylan. La canción que subo es la versión del I want you; compárese con la versión en italiano de Schipa que puse en el segundo post de esta serie: no hay duda, ¿verdad?

 
Te vreau - Alexandru Andrieș (Alb-Negru, 1999)

El último rumano que traigo a colación es un guitarrista y compositor (con ínfulas poéticas) de Bucarest, llamado Marius Roşiu. Calculo que andará por los treinta y pocos y, aunque parece que aún no tiene discos publicados, lleva ya su tiempito en los círculos musicales más vanguardistas de la capital rumana. Por supuesto todo esto es información de segunda mano porque últimamente no voy muchos por los locales marchosos de Bucarest. Pero para suplir mis carencias viajeras está internet, y del amigo Marius hay unos cuantos videos que permiten comprobar que no es un guitarrista bastante competente. Además, sus inclinaciones e influencias musicales me son muy cercanas (en una entrevista en la radio cita nombres como Fleetwood Mac, Frank Zappa, Rory Gallagher ...). Aparte de temas que supongo que serán de composición personal, gusta de traducir canciones icónicas del rock. Parece que ha tenido mucho éxito con la versión del Purple rain de Prince (que en rumano se dice "ploaia de rubin"). Pero la adaptación por la que merece cerrar este post es la del Knockin' on heaven's door, uno de los temas más populares y versionados de Dylan. En ésta que nos ofrece, Roşiu no asume excesivos riesgos y el resultado es aceptablemente correcto. Eso sí, el título (O fereastra in Paradis) significa "una ventana en el paraíso" que poco tiene que ver con "llamando a la puerta del cielo". Y, aunque no he conseguido la letra de esta traducción, sí dispongo de la canónica del inglés al rumano y lo que canta Marius no coincide en nada. Bueno, no nos pondremos quisquillosos.

 
O fereastra in paradis - Marius Roșiu (2013)

Y dejamos aquí esta breve escapada a Rumanía en pos de Dylan. Tornamos en dirección oeste y en el próximo post entraremos en Francia, que ya son palabras mayores. Pero antes tocaré otros asuntos, que admito que est manía mía con el de Minnesota debe hacérsele muy pesada a los más de quienes por aquí pasan.

lunes, 7 de marzo de 2016

Dylan en romance (3)

Dije en el post anterior que De Gregori casi no había grabado versiones de Dylan hasta el que es su último disco; sin embargo, la influencia del de Minnesota en su forma de componer es manifiesta. Uno de los mejores ejemplos probablemente sea la preciosa Buonanotte fiorellino (buenas noches, florecilla), de 1975, que el propio Francesco ha declarado que está inspirada en el Winterlude de 1970. En fin, que lo comento para darme el gusto de poner las dos canciones y que cada uno se forme su opinión, porque estrictamente no es el objeto de estos posts.

 
Winterlude - Bob Dylan (New Morning, 1970)

 
Buonanotte fiorellino - Francesco De Gregori (Rimmel, 1975)

Reseñemos pues que por fin, hace apenas cuatro meses, salió a la venta el último disco del cantautor romano que está íntegramente ocupado por versiones de temas de Dylan en italiano. El título –Amore e furto– es el del LP que Bob publicó en 2001 y, según dice el propio De Gregori, viene a cuento porque lleva muchos años robando a Dylan, a quien ama. Lo cierto es que el disco me ha gustado mucho. No es innovador, los arreglos tienden a respetar las versiones originales, lo que el italiano justifica en el reverente respeto por aquéllas, y para evitar excesivas divergencias toda vez que las letras ya cambian. Desde luego, el disco de Tito Schipa al que me referí en el post anterior es bastante más arriesgado. Dice la Wikipedia italiana que es el segundo disco completo de traducciones al italiano de canciones de Dylan; el dato es correcto en sentido estricto (contaríamos sólo Dylaniato), pero me parece un poco injusto olvidar el Caro Bob Dylan … de Pieretti, que incluye cinco temas. Bueno, de las once canciones de este disco de De Gregori, he seleccionado Acido seminterrato porque me parece un excelente ejercicio de traducción de un tema de letra muy complicada (Subterranean homesick blues). Recuerden el original de 1965 y compárenlo con su trasposición al italiano medio siglo después.

 
Acido seminterrato - Francesco De Gregori (Amore e Furto, 2015)

Haciendo esta panorámica sobre Dylan en italiano (no se piense que pretendo ser exhaustivo), me interesó averiguar si había alguna versión interpretada por alguno de los muchos grupos de rock progresivo que ha habido y sigue habiendo en ese país. Desde hace tiempo me intriga por qué en Italia han surgido tantas y tan buenas bandas en este subgénero, empezando por la que ha sido calificada como la “gran triada” (Premiata Forneria Marconi, Banco del Mutuo Soccorso y Le Orme). Naturalmente, el progrock italiano tiene su origen en los grupos británicos de mediados-finales de los sesenta, pero enseguida desarrolla un estilo característico, en el que fusiona desde la música clásica hasta temas tradicionales pasando por el jazz más experimental. Pues bien, parece que todos los importantes han pasado de Bob, pero al menos he encontrado un ejemplo, aunque sea menor. Se trata de la versión traducida por Mogol de Blowin’ in the wind (a la que ya me referí en el primer post de esta serie), interpretada en 1975 por los Dalton, un grupo que no tuvo demasiado éxito (se disolvieron en el 79); hela aquí:


 
La risposta - Dalton (Argitari, 1975)

Y ya para acabar con los dylanitas italianos, no me resisto a subir uno de los géneros que, salvo contadas excepciones, más me repatea, el hip-hop. Es la versión de Like a rolling stone grabada por el grupo Articolo 31 para la banda sonora de Masked and Anonymous, que también ya he citado. Aún a pesar de mis reparos, he de reconocer que el resultado de este montaje con el tema original me convence; además, el recitado en italiano tiene excelente ritmo y se corresponde bastante bien con el sentido del texto original. Aprovecho el comentario de Lansky en el post anterior para transcribir el estribillo: Dimmi come ci sente. A stare sempre da sola. Nè direzione nè casa. Una completa sconosciuta. Come una pietra scalciata. O sea, que el “rolling stone” original lo traducen estos chicos algo así como “piedra pateada”, algo sin ningún valor que apartas de tu vida de una patada; no está mal.


 
Come una pietra scalciata - Articolo 31 (Masked and Anonymous, 2003)


En el mapa de arriba se recoge la extensión (en Europa) de las distintas lenguas romances. Cuando en estos tres posts he estado hablando del italiano, me refería obviamente a la que en ese país se considera la lengua franca común (el toscano), diferenciada de los dialetti regionales (los llaman así). Ahora bien, ya puestos, podría ampliar esta serie para referirme a canciones de Dylan cantadas en ladino, friuliano o romanche (del grupo retoromance), o en piamontés, lombardo, ligur, emiliano-romagnolo o véneto  (del grupo galo italiano), o en romanesco, napolitano, siciliano o corso gallurés (del grupo italorromance) o en sardo, que tiene su propia liga lingüística. No lo haré, de momento, por la sencilla razón de que no tengo ningún tema de Dylan en ninguna de esas lenguas y tampoco conozco si las hay. Pero, vista la profusión de ejemplos en las lenguas españolas distintas del castellano, estaría por apostar a que, al menos los temas más famosos, tienen versión en varios de estos idiomas; ya lo investigaré con calma. Así que, en el siguiente post que continue esta serie, saldremos de Italia y daremos un salto hasta Rumanía. ¿Dylan traducido al rumano? Sí, claro, cómo no ... Y hasta tiene su gracia.

viernes, 4 de marzo de 2016

Dylan en romance (2)

Sigo aún en Milán porque en el anterior post me olvidé de citar otra de las primeras traducciones italianas del repertorio de Dylan. Es también obra de Mogol, pero esta vez no se la pasó a Luigi Tenco sino a un toscano llamado Aldo Caponi, que estaba siendo promocionado por el Clan Celentano, después de cambiarle el nombre a Don Backy. Durante casi tres años (entre el 62 y el 65) el chaval saca unos cuantos sencillos en la discográfica de Adriano y sus amigos y participa en diversos concursos, a los que tan aficionados son los italianos. Sus primeros éxitos los debe a sus intervenciones en el primer y segundo Cantagiro (1962 y 63) un concurso que, imitando la vuelta ciclista a Italia, se celebraba mediante etapas itinerantes. En 1965 ya tiene material para grabar un LP con el original título de L'amore. De los doce temas, nada menos que siete son covers de canciones norteamericanas más o menos rockeras (de Elvis, Chuck Berry, Randy Newman). Entre ellas aparece el Mr. Tambourine man, que había sido publicada sólo unos pocos meses antes. La versión es, musicalmente, bastante fiel a la original, aunque un poco "blandita", un poco al estilo de lo que hacían por la misma época The Byrds. Y en cuanto a la letra, sin ser una traducción literal, mantiene el sentido del texto dylaniano y encaja bastante bien con la melodía. No es para tirar cohetes, pero aprueba sin problemas. Que yo sepa, Backy, que sigue en activo a sus setenta y seis años, no ha vuelto a interpretar canciones de Dylan y, si no fuera por esta temprana grabación, es probable que ni hubiera sabido de su existencia.

 
Mister Tamburino - Don Backley (L''amore, 1965)

Y vamos ya a Roma para encontrar un personaje extravagante, Tito Schipa Jr. El junior obedece a que su padre se llamaba igual y era un divo de la ópera, el mejor tenor lírico ligero (tenore di grazia) del siglo pasado, según dicen los que saben, porque yo de ópera no entiendo nada. Tito el joven fue hijo de la segunda mujer de Tito el grande, y nació –en Lisboa en 1946– cuando éste rondaba la sesentena, pero aún mantenía una activa vida profesional, actuando de ciudad en ciudad. Por eso, durante su infancia vivió entre Los Ángeles y París, para finalmente, hacia los diez años, instalarse en Roma. El padre moriría cuando el chico tenía diecinueve años, demasiado pronto, pero parece que la ausencia definitiva no resultó singularmente dramática para el hijo, sobradamente habituado a las ausencias intermitentes; como Tito Schipa Jr. cuenta en su web, que su padre se marchase o volviese era para él indiferente. Pero sin duda ser hiho del gran Schipa tenía consecuencias, y desde muy joven Tito supo que su destino estaba en la música, en el teatro, en el mundo del espectáculo. Estudia piano y canto, historia de la música ... Con veinte años, se convierte en asistente de dirección de Lina Wertmuller en dos películas musicales protagonizadas por una jovencita pero ya famosa Rita Pavone. Es 1966, le apasiona Verdi, empieza a dar sus primeros pasos profesionales, presenta las veladas vespertinas en el Piper, un famoso club romano que será el trampolín para muchos nombres del pop italiano, y un día, de casualidad, escucha una canción de Dylan (no he logrado descubrir qué tema en concreto). Caída del caballo camino de Damasco, le cambia la vida.

Así que inmediatamente le surge la necesidad de conjugar su amor por la ópera con el reciente deslumbramiento dylaniano y se dedica intensamente a componer Then an Alley, que se considera la primera ópera rock. Hay otras candidatas a ese título, tales como The Story of Simon Simopath (1967), del grupo británico Nirvana (no confundir con el de Kurt Cobain), o S.F.Sorrow (1968) de los también ingleses The Pretty Things (y que influyó en la composición de la famosa Tommy de Pete Townshend, un año después). Pero lo cierto es que, a diferencia de esas otras precursoras que se quedaron en sendos discos, la que compuso Schipa fue llevada a los escenarios. La obra, escrita en inglés, se estructuraba enlazando dieciocho canciones de Dylan e intercalando arias y diálogos, para contar una historia de jóvenes descolocados, rebeldes ante el sistema (el libreto puede leerse en la página de Schipa Jr). El 17 de mayo del 67 se estrenó en el Piper, con Penny Brown, una norteamericana instalada en Roma, Giuliano Ferrara, entonces comunista que siguió una larga y tortuosa carrera política que le ha llevado a ser ministro con Berlusconi y uno de los más firmes neoconservadores italianos, y el propio Tito entre otros. El espectáculo tuvo bastante éxito, tanto que se enteran los representantes de Bob Dylan quienes se ocupan de que se paralice el espectáculo. Ello no fue sino un acicate para Tito, que se puso a escribir otra ópera rock, ésta ya totalmente original, pariendo en 1970 Orfeo 9, que sería convertida en película tres años después. Pero ésta, aunque muy interesante, es otra historia.

 
Amore via zero / Illimitato - Tito Schipa Jr. (Dylaniato, 1987)

Bueno, dirá alguien, menudo rollo el tuyo, ¿no se supone que estabas hablando sobre las versiones en italiano del repertorio de Dylan? Pues sí, y ciertamente el primer experimento operístico de Tito se basó en canciones de Dylan pero tomándolas directamente de sus discos, sin reinterpretarlas ni mucho menos traducirlas. Pero, aún así, me parecía interesante dejar constancia del antecedente porque, años después, Schipa Jr volvería a Dylan y esta vez sí se pondría a trabajar sobre los textos y las músicas desde un enfoque marcadamente personal. El resultado es un álbum publicado en 1988 –Dylaniato– con ocho canciones del maestro que, a mi modo de ver (o mejor, de escuchar) no son meras “versiones”, sino interpretaciones francamente originales e interesantes (algunas incluso se tarda en identificarlas). He de confesar que este disco me gusta mucho; subo al post dos de sus canciones, ambas de amor: el Amore via zero / Illimitato (Love minus zero / No limit) y el Ti voglio (I want you), pero podría haber elegido cualquiera de las otras seis (la versión del hilarante y surrealista Bob Dylan's 115th dream es alucinante, pero dura demasiado). Que yo sepa, es el primer disco italiano dedicado a Dylan, aunque a la fecha en la que se publica ya hubiera un buen número de versiones dispersas de otros intérpretes. 

 
Ti voglio - Tito Schipa Jr. (Dylaniato, 1987)

El Piper Club en el cual empezó su carrera profesional Tito Schipa fue inaugurado en 1965 al rebufo de las vanguardias musicales y artísticas estadounidenses (pop art, Waehol) y enseguida se convirtió en un referente de la generación joven y sirvió para consagrar a unos cuantos artistas icónicos de la música ligera italiana. Estaba (y sigue estando) en Via Tagliamento, frente al estrambótico quartiere Coppedè, unas pocas manzanas que fueron promovidas y construidas en las dos primeras décadas del siglo pasado bajo la dirección del arquitecto que le da nombre (visita recomendable cuando se va a Roma, aunque no esté en la zona más turística). Pero ahora, debemos caminar unos cinco kilómetros en dirección suroeste, dejar a nuestra derecha Villa Borghese, detenernos un momento en la Fontana di Trevi, pasar por el Panteón de Agripa, cruzar el Tíber por el Ponte Sisto y, ya en el Trastevere, enseguida llegaríamos a otro local mítico, el Folkstudio, que estuvo situado primero en via Garibaldi aunque posteriormente pasó por distintas ubicaciones hasta cerrar en 1998. En su primera época, cuando todavía era el estudio del pintor y músico norteamericano Harold Bradley al que invitaba a jóvenes inquietos e interesados en la llamada contracultura de los sesenta, estuvo nada menos que Bob Dylan, por entonces un desconocido (pero esa historia, que conocí a través de un “casi-testigo” y en el propio local, ya la contaré en otro momento). Para lo que ahora nos interesa, hemos de irnos a finales de los sesenta y primeros setenta, cuando en el club dirigido entonces por Giancarlo Cesaroni se juntaban unos veinteañeros llamados Antonello Venditti, Francesco De Gregori, Giorgio Lo Cascio, Ernesto Bassignano, Edoardo De Angelis, Renzo Zenobi, Stefano Rosso, Luigi Grechi, Grazia Di Michele, Rino Gaetano … Nombres que cualquiera a quien interese la “música de autor” italiana les resultan sobradamente conocidos. Allí escuchaban música popular de diversos orígenes (por ejemplo, a los grupos de la nueva canción chilena), con un espíritu de compromiso social, casi revolucionario; pero también estos chicos empezaban a actuar, a coger seguridad en el escenario, presentando sus propias composiciones.

 
Via della Povertà - Fabrizio De Andrè (Canzoni, 1974)

En el 69, tres de los nombrados –Venditti, De Gregori y Lo Cascio– forman un grupo al que llaman, sin mucha originalidad, “Los jóvenes del Folkstudio”. Tocaban los domingos , desde primeras horas de la tarde hasta bien avanzada la noche. Francesco De Gregori, que se convertiría en uno de los más grandes de los cantautores italianos (y uno de mis preferidos) al principio no tenía temas propios e interpretaba canciones de Bob Dylan, Leonard Cohen y el que era su ídolo entre los italianos, el genovés Fabrizio De André. Pasan los años y Fabrizio conoce a Francesco en el Folkstudio, cuando el romano acababa de publicar su primer álbum en solitario (Alice non lo sa). La cosa es que le propone trabajar juntos y como adelanto, en el disco Canzoni de De André, publicado en 1984, aparece Via Della Povertà, versión italiana traducida por ambos del Desolation Row de Dylan. A Francesco De Gregori se lo conoce como el “Dylan italiano” y, desde luego, él ha reconocido muchas veces que es un enamorado del cantautor de Minnesota y que el estilo de éste, tanto compositivo como en su forma de tocar, le ha influido notablemente. Supongo que Bob y Francesco se conocerán; a lo mejor en alguno de los conciertos de Dylan en Italia, que empezaron tardíamente, en 1984, en la misma gira que lo trajo por primera vez a España, con Carlos Santana de telonero. Pero aparte del tema ya citado, tan sólo conozco otra canción de Dylan italianizada e interpretada por De Gregori, y es el If you see her, say hello que, bajo el nombre Non dirle che non è così aparece en la soundtrack de Masked and Anonymous, la interesante peli de 2003 en cuyo guión participó el propio Dylan (quien también tiene uno de los papeles protagonistas). ¿Fue idea del propio Bob que Francesco aportara un tema a la banda sonora? ¿Lo escribió el italiano expresamente para la ocasión?

 
Non dirle che non è così - Francesco De Gregori (Masked and Anonymous, 2003)

Así que pese a su rendida admiración por Dylan, De Gregori casi no había grabado versiones de canciones de su ídolo en italiano, pero esta abstención que imagino entre respetuosa y miedosa se quebró en octubre del año pasado, cuando el cantautor romano publica su De Gregori canta Bob Dylan - Amore e furto, con once canciones del maestro, todas en italiano. Pero de ese disco y de alguna canción más hablaré en el siguiente post de la serie, en el que pretendo acabar con el "Dylan italiano".

miércoles, 2 de marzo de 2016

Dylan en romance (1)

No descubro nada afirmando que Dylan es uno de los cantautores más versionados del mundo mundial y también de los que más han influido en el devenir de la música de los últimos cincuenta años. Tampoco para los que me siguen es nuevo que una de mis inofensivas manías es coleccionar no sólo música interpretada por Dylan (sus discos oficiales pero también múltiples grabaciones piratas de muy variable calidad de sonido), sino también versiones de sus temas interpretadas por otros. Guardo un buen mogollón de ejemplos en mis discos duros, todavía pendientes de ordenar y clasificar. Mientras tanto, gracias a que los frikis dylanianos (o dylanitas) son legión, hay no pocas webs en las que pueden encontrarse largas listas de intérpretes de prácticamente cada una de las más de seiscientas composiciones del de Minnesota. Naturalmente, la gran mayoría de esas numerosísimas versiones están en inglés, que en ese idioma las compuso Don Roberto Zimmerman, independientemente de que el intérprete tenga esa lengua por nativa.

Pero, como no podía ser de otra manera, también hay una minoría que no es precisamente pequeña de versiones traducidas a otros idiomas. Traducir una canción es jodido, y más las de Dylan, tan densas muchas de ellas. Porque no sólo hay que conservar en grado suficiente el contenido del texto y, a ser posible, emular su calidad literaria sino que, además, luego hay que ... ¡cantarla! Vamos, que tiene mérito conseguir resultados decentes y la verdad es que los hay. El caso es que me propongo dedicar una serie de posts a las canciones de Dylan en lenguas romances. Como todos estos idiomas provienen del latín, parece justo empezar por el actual más directamente heredero del de los romanos, aunque solo sea por coincidencia geográfica: el italiano, claro. Tiene la ventaja, además, de ser una lengua que chapurreo con cierta soltura y cuya música me interesa y conozco medianamente.

Que yo sepa, la primera versión de una canción de Dylan en italiano fue grabada por Luigi Tenco en 1964 y traducida por Mogol, probablemente el letrista –paroliere– más importante de ese país. Para esa fecha, aunque todavía veinteañero, Mogol ya era un nombre consolidado en la industria musical y, aprovechando su prestigio, se empeñaba en introducir en la península los temas destacados del rock (y folk), si bien traduciendo las letras, debido al rechazo mayoritario del público al inglés. Tenco era dos años más joven que Mogol –en el 64 cumplió 26 años– y también era ya sobradamente famoso (por ejemplo, ya había publicado el mi sono innamorato di te). Dylan le gustaba mucho, era una de sus referencias "de cabecera", así que no es de extrañar que él y Mogol acordaran grabar la versión del Blowin' in the wind; sin embargo no llegó a publicarse. Dos años y pico después se pega un tiro en la cabeza en el hotel de San Remo donde se alojaba durante el conocido festival de esa ciudad ligur. En 1972 sale un álbum de inéditos llamado Luigi Tenco canta Tenco, De André, Jannacci, Bob Dylan, en el que se recoge la versión que hizo Mogol del primer gran éxito de Bobby; hela aquí:

 
La risposta è caduta nel vento - Luigi Tenco (Luigi Tenco canta Tenco, De André, Jannacci, Bob Dylan, 1972)

No es ninguna maravilla y me recuerda más a la de los Byrds (que fueron quienes la popularizaron) que a la grabada en el grandioso Freewheelin' de 1963. Bastante peor vino a ser la siguiente, perpetrada por Jonathan (en realidad se llamaba Maurizio) & Michelle, un dúo italo-francés que se conoce en París y deciden interpretar temas de Donovan, Sonny&Cher y del propio Dylan, entre otros ídolos de los primeros beats europeos. En el 67 publican su único vinilo de 33 y entre las restantes joyas se encuentra la canción traducida por Mogol que ahora se llama nada más que La risposta. Supongo que ese disco es hoy una absoluta rareza, merecidamente descatalogado y nunca remasterizado. Aún así, como hay gente para todo, algún nostálgico del italian beat de los sesenta lo ha subido a internet para que yo pueda documentar mejor este post. De un meloso intragable, pero perfecto para ser el modelo de la que se convirtió algún año después en canción de misa, gracias a los aires renovados del Vaticano II.

 
La risposta - Jonathan & Michelle (Jonathan & Michelle, 1967)

Vayamos ahora al Milán de finales de los cincuenta, adonde llega en 1959 Gian Pieretti, un chaval de Pistoia (Toscana) apasionado por los primeros rockers americanos. Desde mediados de esa década en la capital lombarda se habían ido juntando los que se convertirían en precursores del rock italiano, tales como Ghigo Agosti, Giorgio Gaber y el eterno Celentano. También por esas fechas ronda un crío aún más joven llamado Ricky Gianco, que comienza a sonar fuerte en los clubs de la ciudad y a juntarse con otros músicos de renombre (como Enzo Jannacci, Gino Paoli y el ya citado Luigi Tenco). A instancias de Gianni, los dos chicos se conocen y se convierten en inseparables. De orbitar en el universo rockero (rockabilly diríamos) milanés, Pieretti se va interesando a principios de los sesenta por el folk americano, que llega en primera instancia a través de voces inglesas, como la del escocés Donovan, a quien los amigos conocen en un viaje a Londres en el 66. Poco después, influidos por el Catch the wind de Donovan, componen Il vento dell'est, que publicada como sencillo se convierte en el primer gran éxito de Pieretti. Al año siguiente escriben Pietre para presentarlo al Festival de San Remo (la edición funesta del suicidio de Tenco); sin ser propiamente una versión en italiano de Rainy day woman #13&35 publicada solos unos meses antes en el maravilloso Blonde on Blonde, está descaradamente influida en la letra y en la música por ese hilarante tema de Dylan. En entrevistas posteriores Pieretti asegura que la canción nació de la conciencia de que todo estaba mal y a partir de la lectura, tiempo atrás, de un poema napolitano del diecinueve que venía a decir lo mismo. Tajantemente, reivindica la autonomía de su composición, reconociendo nada más que una cierta atmósfera común con la de Dylan. No me termina de convencer, pero juzguen ustedes mismos.

 
Pietre - Gian Pieretti (single, 1967)

En todo caso, tras ser uno de los padres de la canción protesta italiana, Pieretti va poco a poco desapareciendo del primer plano, y dedicándose más a trabajos de composición y producción (para otros artistas). Sin embargo, a los efectos de este post nos interesa que terinta años después, en 1997, publica un álbum en vivo titulado Caro Bob Dylan... en el que incluye cinco versiones en italiano de canciones del genio norteamericano. Entre ellas su adaptación al idioma de Dante del citado Rainy day women #13&35, puede que para demostrar que sus piedras de juventud no eran un plagio. Pero hemos dado un largo salto temporal; antes deben reseñarse otros nombres relevantes en cuanto a la italianización de Bob Dylan y ello nos obliga a bajar del Milán norteño a la caótica Roma.

 
C'è una pioggia- Gian Pieretti (Caro Bob Dylan, 1997)