martes, 10 de abril de 2018

El jardinero imaginario

El pasado 2 de abril, gracias a Lansky, conocí a un personaje interesante, de esos que me gusta coleccionar, con vistas a volver sobre ellos. Era un tal Jorn de Précy, “un islandés nacido en 1835 en Reikiavik y muerto en Chipping Norton en 1916 después de haber vivido en plena Inglaterra victoriana, haber influido profundamente en los maravillosos jardines ingleses del siglo XX, haber estado ligado a movimientos artísticos e intelectuales como el Arts & Crafts y a personajes como William Morris y haber frecuentado los círculos radicales del socialismo utópico en plena Inglaterra victoriana. Jardinero y filósofo inglés, aunque nacido en la lejana y fría isla volcánica, ahí es nada, a eso lo llamo yo tener pedigrí. Su jardín se llamaba y estaba en un lugar llamado Greystone … y al decir de sus contemporáneos que lo conocieron era inquietante y maravilloso, tenía duendes y tenía duende. Claude Monet, que lo visitó en 1906 y que sabía mucho de jardines propios y ajenos y de cómo pintarlos y captar su luz sin aparatos de física avanzada, escribió: «el jardín del señor De Précy ofrece cuadros de un encanto intenso e indefinible que llega directo al corazón. Lo salvaje se mezcla constantemente con lo artificial, el sueño con la realidad»”. Da a entender Lansky que a este hombre lo descubrió por azar –como casi siempre ocurre–, topándose con un pequeño libro (un “opúsculo” de apenas ochenta páginas) escrito por él en un cajón al exterior de una librería de viejo de Charing Cross; se lo mercó por la módica suma de dos libras.

Ayer lunes, volvió Lansky a contarnos más sobre este jardinero filósofo; que quien primero le habló de ese jardín fue Bob Dylan. Resulta que el Nobel, cuando apenas era un veinteañero, compuso una balada folk que tituló Jorn’s wild flowers y que nunca llegó a grabar en disco oficial, pero cantó por primera (¿y única?) vez en una manifestación contra la guerra de Vietnam que tuvo lugar en Washington en 1964. Al leer estas líneas de golpe me saltaron dos alarmas. La primera fue del detector de posibles incongruencias: si la canción no se grabó, para haberla conocido Lansky tuvo que haber estado en esa manifestación de 1964; no era imposible pero … La segunda alarma tenía que ver con Dylan, de quien soy bastante fan. No voy a decir que conozca todas las canciones que ha escrito, y menos si no están grabadas, pero sí casi todas. Por eso que de repente me mencionen una nueva no puede sino excitarme la curiosidad. Pero me chocó también eso de que la hubiera cantado en Washington. En el 64 ya Bobby estaba tratando de desmarcarse de los folkies izquierdistas que querían apropiárselo como icono, así que me parecía raro que hubiese participado en un acto contra Vietnam. Un año antes, en el 63, sí había sido uno de los artistas –probablemente el más importante– que intervino en la Gran Marcha sobre Washington por los Derechos Civiles, ésa en la que Luther King dijo que tenía un sueño, ésa que se recrea en la peli Forrest Gump. Ciertamente, en esa manifestación había muchos que protestaban contra la guerra, así que a lo mejor Lansky se estaba equivocando de año. Pero son sobradamente conocidas las canciones que Dylan interpretó ese día y no, la Jorn’s wild flowers no estaba entre ellas.



Dylan es una de las personas que más frikis genera (lo mío no es nada); hay por el mundo miles de personas que se dedican obsesivamente a averiguar todo sobre él, de modo que es relativamente fácil comprobar si en 1964 estuvo en algún acto en Washington y no, no estuvo. Hay también webs que catalogan cualquier canción o poema que haya compuesto en cualquier momento de su vida y que no haya grabado; las consulto y no, no consta ningún tema denominado Jorn’s wild flowers (la de titulo más parecido es Wallflower, de 1971, que tampoco se grabó en su momento y hubo de esperar veinte años hasta la primera entrega de The Bootleg Series; por cierto, la banda de Jakob, el hijo menor de Dylan, se llama The Wallflowers). Tampoco encuentro entre la “internetgrafía” (porque no procede decir bibliografía) de Dylan los versos que cita Lansky del inicio de la canción. Ahora bien, cuando generalizo las búsquedas caigo siempre en referencias al libro de Jorn de Précy. La conclusión parece obvia: si en el único sitio que se menciona esa canción es en el libro, habrá que pensar que es una invención. Afortunadamente, la editorial Elba, que es la que ha publicado este mismo año la versión española de The Lost Garden, ofrece en la Red la lectura gratuita de la Introducción a cargo de un tal Marco Martella que la firma en 2011 y el Prefacio del propio De Précy, firmado en 1911, justo cien años antes. Ahí compruebo que, en efecto, entre las páginas 12 y 13 aparecen las referencias ya citadas a Bob Dylan y esa inexistente canción. Así que es Martella quien yerra. Pero tanto detalle no tiene pinta de error sino de mentira deliberada.

Martella es un italiano que andará en torno a la cincuentena; en algún sitio he leído que es arquitecto, pero lo que sí que es seguro es que es un historiador de parques y jardines que vive en Francia desde hace bastante tiempo y dirige una revista de excelente calidad llamada Jardins que él mismo fundó en 2010. He leído unas cuantas entrevistas suyas y lo he escuchados en tres o cuatro videos y me ha parecido un tipo muy interesante, con reflexiones atinadas y cultas sobre los espacios verdes en la historia y la sociedad humana; habré de estar atento a lo que vaya haciendo. Pero yendo al asunto: Martella publicó en 2012 el libro E il giardino creò l’uomo, en cuya introducción explicaba que se trataba de una reedición de un original de 1912 escrito por ese misterioso islandés afincado en Oxfordshire; si había querido volver a sacarlo a la luz, se justificaba, era tanto por el atractivo misterio que envolvía a ese enigmático autor como por la asombrosa actualidad de sus tesis en nuestra época (en cierto modo, presenta a De Précy como un antecesor del ecologismo). El libro italiano tuvo un notable éxito y fue comentado en varios medios de comunicación italianos. No pocos de quienes entrevistaron a Martella lamentaron la desaparición del jardín de Greystone y, a la vez, expresaron su admiración por ese excéntrico jardinero islandés que pasó inadvertido en su tiempo. En esos primeros meses, según he podido comprobar en varias páginas de esas fechas, nadie puso en duda la existencia real de De Précy. Pero finalmente se supo que todo era una invención. No sé si alguien lo descubrió o fue el propio Martella quien confesó su ardid, tan borgiano. La referencia más antigua que he encontrado a este respecto es una entrevista del 23 de abril de 2014; transcribo –traduciendo– lo que viene al caso:
  • ¿Cómo diablos se te ocurrió inventarte al esquivo Jorn de Précy?
  • Había comenzado a escribir un ensayo sobre el jardín y el genius loci y me estaba aburriendo mucho. Me pareció que sería más agradable –incluso para un hipotético lector– hacerle decir las mismas cosas a otro autor. Y que un aristocrático jardinero anglo-islandés del Ochocientos, solitario, excéntrico y un poco misántropo, las habría dicho mejor que yo. Al final, el que empezó siendo mi portavoz se convirtió en un verdadero personaje, con una biografía, un carácter nada fácil y sus gustos particulares.
Parece que, cuando se supo la verdad, hubo un cierto revuelo, con abundantes críticas aunque también no pocos elogios. Martella afirma que le sorprendió que se le diera tanta importancia a ese pequeño truco que considera un simple recurso narrativo, un modo como otro cualquiera de contar una historia; algo parecido viene a decir Lansky en los comentarios a su post, citando la serie Fargo (basada en la excelente película de los Coen) para reivindicar la “verdad de las mentiras”. Yo, ciertamente, estoy bastante de acuerdo con Martella y con Lansky; es más, me apasionan estos ejercicios narrativos (sean literarios o cinematográficos) de mezclar realidad y ficción y hasta he procurado practicarlos en algunas ocasiones. Como siempre he dicho, lo importante no es la escueta verdad, entendida como la coincidencia con unos hechos (además, ¿quién juzga esa coincidencia? ¿desde qué ángulo los está mirando?); mucho más atractivo y a veces hasta más “verdadero” son algunas ficciones verosímiles. Dicho en otras palabras: quizá Jorn de Précy no existió, pero eso es irrelevante, como irrelevantes seremos dentro de cien años todos nosotros, por más que nos creamos existentes. Lo importante es que Martella le dio tanta dosis de existencia que pudo haber existido; mejor aún, que existe.

PS: En España, el libro de Martella se ha publicado este año por la editorial Elba. Con ese motivo, el suplemento ICON/Design de El País le dedicó un largo y elogioso artículo firmado por Carlos Primo en el que se revela que Jorn de Précy es un heterónimo. A pesar de que, a diferencia de lo ocurrido en Italia hace ya más de cinco años, aquí se había de saber la trampa desde el principio, parece que no pocos han caído en ella. Quizá –como me hace notar Lansky– uno de ellos sea Enrique Vila-Matas, que hace solo una semana (el martes 3 de abril) publicó en El País una crítica elogiosa sobre un segundo libro de Martella –Giardini in tempo di guerra, 2015– en el que el italiano recurre al mismo truco: en este caso, el falso autor es un poeta bosnio llamado Teodor Ceric. Pues bien, Vila-Matas parece creer a pies juntillas la “mentira” que urde Martella: que le pidió que le escribiera una serie de artículos para su revista francesa (efectivamente, en varios números de la revista Jardins aparecen artículos firmados por ese otro autor ficticio). Si Vila-Matas ha sido engañado, El País debería recriminarle que no lo lea como debería ya que le pagan. Pero, claro, también podría ser que el barcelonés no quiera delatar al italiano.

4 comentarios:

  1. Y así se explica que no encontrara nada del personaje buscando por la Wikipedia. Tampoco le di demasiada importancia, pues puede ocurrir que un personaje conocido hace cien años sea virtualmente desconocido en la actualidad.

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    1. La ficción estaba bien urdida. Martella se cuidó de explicar que ni siqueira era bien conocido en su época y que justamente con su libro pretendía rescatarlo del olvido, aunque gran parte de su vida aún se mantuviera desconocida. Asñi le creaba un halo de misterio que lo hacía más atractivo.

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  2. No hay forma de fiarse de nadie que afirme que dice la verdad. En cambio los, digamos, mentirosos verosímiles, cuando no engañan para aprovecharse de nadie, sino para ilustrar, entretener y enseñar son la sal de la tierra.

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