lunes, 30 de abril de 2018

Final de la Copa del Rey (y 2)

El resto del partido transcurrió bajo una ensordecedora pitada. Pese a su manifiesta inferioridad numérica, el Barça, sobre todo en los primeros minutos, siguió atacando hasta que, poco a poco, empezó a acusar el tremendo esfuerzo. Curiosamente, como si se sintieran culpables, los sevillistas parecían no desear la victoria; en tres ocasiones, tras robar la pelota a unos rivales defensivamente desarbolados, armaron unos contraataques que ni adrede habrían sido más torpes. En el 88’:50”, Jesús Navas, el único que aparentaba tomarse el partido en serio, corrió la banda derecha con balón y, casi llegando a la línea de fondo, centró bombeado hacia la portería; en el segundo palo cabeceó Sarabia y, superado el guardameta, Piqué despejó en la línea de gol ante la presencia de Muriel, el delantero sevillista. No había pasado nada (la jugada fue exactamente la misma que la del 74’:30” en nuestro universo) y, sin embargo, Gil Manzano pitó penalti por mano del defensa culé. Nuevo escándalo: avalancha de hinchas intentando saltar al campo y la policía convertida en muralla de escudos y porras frente a ellos; esta vez fueron Piqué y Suárez quienes se tiraron a por el árbitro y, como antes Iniesta y Messi, fueron también expulsados. En un ambiente tremendamente tenso, Benegas chutó la falta máxima y marcó el 1-0. Los siete jugadores del Barça que quedaban sobre la cancha caminaron lentamente hacia el centro del campo. Hacía ya un rato que había pasado el minuto 90 pero obviamente el partido –si a esas alturas cabía llamarlo así– debería prolongarse más de veinte. Sin embargo, no pasaron más que unos segundos después de haberse reiniciado el juego cuando Gil Manzano dio los tres pitidos finales, se apropió del balón y salió corriendo del campo, perdiéndose por el túnel de vestuarios. Tras él, también a toda velocidad, se refugiaron jugadores y técnicos, asustados al ver que muchísimos aficionados habían saltado al césped y se enzarzaban en batalla abierta contra los policías.

El zafarrancho que se montó en el campo se desbocó. Fue más de media hora de riña tumultuosa que acabó con casi cincuenta heridos –cuatro de ellos en estado muy grave– y un muerto, un chaval de diecisiete años residente en San Cugat. Pero la desgracia, con ser ya terrible, no acabó en el estadio. Esa noche, una turba rabiosa se desbordó por las calles de Canillejas destrozando todo lo que iban encontrando a su paso –contenedores, escaparates, coches aparcados– y tirando piedras y botellas (también algún improvisado cóctel molotov) a las ventanas de las viviendas, tras las cuales se escondían los aterrorizados vecinos. Un primer destacamento de policías nacionales a la altura de la calle Circe, junto al parque fue arrasado. Finalmente esa fiera multitudinaria fue detenida al llegar a la calle Alcalá, donde se había parapetado un fuerte contingente de antidisturbios, mientras de las calles laterales (Dédalo y Diana) salían muchos más agentes para acogotar en un círculo cerrado a los indignados. Los policías se abalanzaron sobre éstos aporreándolos indiscriminadamente. En medio de la espantosa algazara sonaron, secos y terribles, dos disparos (luego se dijo que provenían de alguno de los barcelonistas que se había apropiado antes de la pistola de un policía caído); por un instante pareció detenerse el tiempo, pero enseguida, con más furia aún, se reanudó la golpiza. Al cabo de un rato se hizo el silencio, cesó la lucha; en el suelo yacían numerosas personas (esta vez, más de un centenar de heridos y tres muertos: una mujer de cuarenta y pico y dos hombres de mediana edad), muchas otras eran empujadas por los guardias contra las fachadas de los edificios y no pocas, aprovechando el desorden, corrían Alcalá abajo hacia la boca del metro (Torre Arias). Enseguida, la noche volvió a poblarse de actividad y sonidos, sobre todo los de las sirenas de muchos vehículos: policía, ambulancias, bomberos …

Eso que ocurría en Madrid no era nada con la que se montaba en Barcelona y en muchas otras ciudades catalanas. Una inmensa multitud, ondeando esteladas y enarbolando distintos tipos de garrotes, se reunió en Plaza de Cataluña y obedeciendo a consignas espontaneas subió por Paseo de Gracia gritando enfurecida y destrozando también coches, vidrieras y mobiliario urbano. Al llegar a la calle Mallorca giraron a la derecha con la intención de asaltar el edificio de la Delegación del Gobierno de España. La muchedumbre era tan inmensa que los responsables del orden público prefirieron, en primera instancia, evitar enfrentarles con la policía. Así que, hacia medianoche, una masa enfurecida se agolpó ante el palacio Montaner y, tras rendir a los policías de guardia, derribó la puerta y entró como un tsunami al edificio, rompiendo muebles, desparramando papeles, arrancando cuadros y decorados … Habría pasado algo más de un cuarto de hora cuando se empezaron a oír sirenas. La multitud que estaba en la calle corrió hacia los ruidos dispuesta a enfrentarse con las fuerzas del orden, mientras que de la Delegación del Gobierno, completamente arrasada, salían a toda prisa los bárbaros, a la vez que estallaban las ventanas del tercer piso y se dejaban ver grandes llamas que, en poco tiempo, envolvieron enteramente el edificio. Poco después, el primer grupo de agentes que había sido enviado (eran mossos) fue encerrado por todos sus flancos y fulminado sin piedad (tres muertos entre ellos). Poco a poco, multitud de incendios surgían en distintos puntos del Ensanche, hasta que aparecieron las tanquetas por la Diagonal. Infinidad de enfrentamientos entre grupos enfurecidos y agentes que duraron hasta bien avanzada la madrugada. Hubo no pocos disparos y el balance fue trágico sin paliativos: treinta muertos (seis de ellos policías) y casi mil heridos, algunos en estado muy grave (tres más murieron en los hospitales en los siguientes días). Al amanecer del domingo 22, Barcelona mostraba el paisaje después de la batalla: un silencio que sonaba a muerte.

La situación era, desde luego, gravísima. El gobierno de la Nación se reunió a primera hora del domingo en Consejo de Ministros urgente, mientras los rumores hablaban de que se iba a decretar el estado de sitio en Cataluña y se enviarían allí urgentemente fuerzas militares. Pero antes de que hubiera ningún comunicado oficial, una cadena privada anunció que había recibido un mensaje de un autodenominado Guerrilleros por la Unidad de España, en el que aseguraban que el nefasto arbitraje de la Final había sido obra suya para impedir que un equipo separatista se erigiera con la Copa y, al mismo tiempo, castigar el orgullo de sus seguidores. Acababa indicando una dirección del barrio madrileño de Ventas; en un trastero de ese inmueble decían que estaba encerrado Jesús Gil Manzano. La policía fue de inmediato y liberó al árbitro que efectivamente allí estaba; según su declaración, había sido secuestrado y narcotizado el día anterior, despertó horas después en esa habitación sin saber nada. Así que quien había pitado la final había sido un impostor, alguien a quien habían caracterizado con suma perfección para tener una imagen idéntica a la del colegiado extremeño. Como es natural, la sorpresa y el desconcierto fueron desmesurados. El presidente del Parlament convocó una reunión urgente de la Mesa y, acabada la reunión, hizo una declaración institucional denunciando una descarada agresión al pueblo de Cataluña e insinuando que ese neonato grupo anticatalán podría provenir de las cloacas del Estado. La respuesta del portavoz del Gobierno no se hizo esperar: no sólo ridiculizó esa hipótesis sino que aportó la suya propia: más razonable sería pensar que la operación hubiera sido organizada por separatistas con la intención de provocar tumultos que ahondaran la brecha entre los catalanes y el resto de españoles. Pero el Gobierno no caería en la trampa y se mantendría fiel a sus obligaciones: investigar y detener a los ejecutores del vergonzoso tongo del Estadio Metropolitano y, al mismo tiempo, garantizar el mantenimiento del orden público.

Ahora bien, una semana después, en ese universo paralelo, el misterio sigue sin aclararse y la situación social y política se ha convertido en un polvorín. Seguiremos informando.

4 comentarios:

  1. Me gustado esta crónica a medio camino entre Norman Mailer y Philip K. Dick.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Antonio. Me alegro de verte pasar por aquí.

      Eliminar
  2. Desde luego, la continuación es escalofriante. Da miedo pensar que hasta cierto punto pudiera ocurrir, pues en el Barça confluyen nacionalismo y hooliganismo, en especial si uno piensa las batallas campales que el fútbol ha protagonizado en otros países...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Para mí que se trata de un complor organizado por Puigdemont y sus secuaces :)

      Eliminar