domingo, 18 de septiembre de 2016

Verificar trabajos pagados con dinero público

Una Administración Pública encarga un trabajo. Para no hablar en abstracto, lo haré sobre casos reales que conozco. Por ejemplo, encarga un inventario de las edificaciones existentes en un Parque Rural. A partir de la cartografía se estima que hay unos tres mil edificios. El adjudicatario del contrato debe recorrer el Espacio Natural y llegarse a cada uno de ellos, sacar una o dos fotos y rellenar una ficha con algunos datos básicos (estado de conservación, uso, ocupación, etc). Luego, en su oficina, ha de pasar la información a una base de datos geográfica (GIS) y completarla con algunos datos a obtener de la cartografía digitalizada mediante el ordenador. Es un encargo específico, que se integra dentro de los trabajos de formulación del Plan Rector de Uso y Gestión. La redacción de ese Plan la lleva a cabo la Administración Pública de la que hablo, los funcionarios; no obstante, algunas tareas específicas, como el inventario que he descrito, se externalizan.

Otro ejemplo, ahora de otra Administración, un Ayuntamiento, que está haciendo el Plan General de su municipio. Contratan a un equipo de seis personas para que digitalice y sistematice las alineaciones de la ordenación urbanística vigente. Para los profanos, la alineación es la línea que define el límite entre el espacio viario (público) y las manzanas urbanas, y por tanto, también el lindero frontal de las parcelas privadas. Es un trabajo pesado, porque se trata de delinear (a ordenador, claro) los trazos de un plan en papel y pasarlos sobre una nueva cartografía. El operador debe identificar cada tramo de alineación e interpretar el trazado vigente para decidir cómo lo dibuja sobre la cartografía más reciente. Esa decisión, además, debe hacerse constar en el GIS, rellenando dos o tres campos asociados a cada tramo (por ejemplo, si se afecta suelo privado, si la línea coincide con elementos reales, etc). También este trabajo es uno externalizado del conjunto de tareas de redacción del Plan General, cuya autoría corresponde a los funcionarios municipales.

En estas dos administraciones distintas hay dos jefas de servicio, ambas juristas, que opinan lo mismo sobre lo que deben hacer con los trabajos que contratan: una vez que los profesionales externos los entreguen deben verificarlos. Nada extraño, desde luego; los funcionarios deben garantizar que se hace bien el trabajo pagado con dinero público. El problema estriba en que ambas entienden que la verificación ha de ser exhaustiva y, en trabajos como los descritos, ello equivale prácticamente a volver a hacerlos, pero esta vez con personal funcionario. De hecho, eso es lo que ha hecho la jefa de servicio del Ayuntamiento: ha puesto a cuatro aparejadores a revisar todos los tramos de alineación digitalizados, uno a uno. Cuando no están conformes (o tienen dudas) con la solución adoptada por los profesionales externos hacen una observación que queda registrada en un nuevo campo de la base de datos. Los funcionarios municipales tienen bastante menos capacitación en el manejo de los programas GIS y también menos dominio del Plan General que los profesionales externos a quienes se encargó la digitalización. De hecho, aunque todavía no está acabado el proceso, estimo que las horas-persona que dedicará el Ayuntamiento a la revisión del trabajo serán aproximadamente el 150% de las que emplearon los profesionales. Como, de otra parte, el precio por hora que se paga a los funcionarios es aproximadamente un tercio más que el que resulta del contrato adjudicado, el coste de la “verificación” es el doble del de ejecución. Y esto, sin hablar del tiempo empleado y de otras “disfunciones” menores. Del primer ejemplo que he puesto no puedo decir gran cosa porque el encargo aún no se ha adjudicado. Pero es que, si se adjudica y luego hay que seguir el criterio de esta jefa de servicio, lo mejor sería que lo hicieran directamente los funcionarios. Naturalmente, como son bastante menor productivos (y más caros) que profesionales de la calle, saldría más caro, pero en términos globales se ahorraría dinero al evitarse la “verificación” concebida tal como lo he descrito.

Llevo toda mi vida profesional trabajando para o desde la Administración Pública (soy funcionario) y hasta hace los dos o tres últimos años nunca me había encontrado con personas que mantuvieran este criterio. Lo curioso es que estas dos funcionarias son absolutamente inmunes a cualquier argumentación que demuestra que, si las verificaciones han de ser exhaustivas, en vez de defender el dinero público se está aumentando desmesuradamente el coste de los trabajos. Y lo son, me explican, porque también lo son algunas recientes sentencias judiciales, que imputan a los funcionarios la responsabilidad personal de los trabajos externos que han validado. Por tanto, me dicen, para que la Administración dé el visto bueno a un encargo externo, un funcionario tiene que asegurar que todo su contenido, cada parte que lo constituya, es correcto. Una absoluta locura, un panegírico a la ineficiencia y, sobre todo, un motivo más para reafirmar a quienes están convencidos de que la administración pública no es más que una rémora y que, por tanto, lo mejor sería que no existiese o que tuviera la más mínima dimensión posible. Algunos de quienes así piensan, además, tienen motivos más que justificados, cuando han sido adjudicatarios de encargos públicos, los han realizado y, para cobrar sus trabajos, han tenido que esperar a que los funcionarios los “verificasen” y, tras un plazo superior incluso al que ello tuvieron, les exijan correcciones abusivas.

jueves, 15 de septiembre de 2016

El Pris y el Porís, ambas localidades tinerfeñas

Hace tres años y pico publiqué en este blog una entrada sobre el número de términos de que disponen los esquimales para denominar a la nieve, a raíz de la ruptura de una pareja amiga. En realidad, según averigüé, no es que las varias palabras de los idiomas inuit referidas a la nieve sean sinónimos, sino que cada una expresa matices diferentes de aquélla. Hay obviamente dos motivos para esta abundancia terminológica: que el objeto real que se designa es muy importante para los hablantes (la nieve es omnipresente entre los esquimales) y, contrariamente, que su universo es relativamente escaso. Podemos imaginar que todo hablante tiene un límite aproximado de palabras; si necesita designar muchas cosas no podrá tener demasiados términos para lo mismo. Lo cierto es que, quizá porque en la actualidad tenemos muchas más cosas que designar, hemos ido perdiendo un montón enorme de palabras que eran bastante específicas lo que creo que supone un notable empobrecimiento del idioma y, consiguientemente, de nuestra capacidad pensante. También es verdad que bastantes de esas palabras, como la que hoy traigo, han podido desaparecer por falta de uso, por obsolescencia, incluso en el entorno específico en que se usaba.

Y es que lo de los entornos o ámbitos léxicos es fenómeno curioso. Me refiero a palabras que se usan entre quienes se dedican a una actividad, por ejemplo. Sin duda, una de las más fecundas en cuanto a producción terminológica es la náutica, a la que soy ajeno y, por tanto, me pierdo cuando escucho ese cúmulo de palabras con aroma marinero. Resulta que gran número de esos vocablos nos han llegado, a través del latín, desde el griego. No se olvide que los griegos, mucho más que los romanos, eran pueblo de navegantes. Lo demuestran sus dos grandes epopeyas míticas (que me están sirviendo de apoyo para mi narración sobre Casandra). Recuérdese que van a Troya con mogollón de naves y que esa guerra (que con toda probabilidad existió) se debió a un conflicto para eludir los derechos de paso a través de los Dardanelos que les exigían los troyanos; para los helenos, la navegación y el comercio con otros pueblos era fundamental. Y no hace falta explicar nada sobre La Odisea que no es sino la crónica de una expedición náutica. No es pues nada extraño que muchas de esos curiosos y específicos vocablos marineros provengan de la antigua lengua de Homero.


Esta introducción obedece a que el pasado fin de semana satisfice una curiosidad personal relacionada con la toponimia y la etimología, materias que desde siempre me entretienen. El sábado nos acercamos hasta El Pris, un poblado de cierta tradición pesquera y marinera en la costa del municipio tinerfeño de Tacoronte. Como en ocasiones anteriores, me pregunté de dónde vendría el nombre, pero esta vez no lo dejé pasar. Así que descubro que El Pris es deformación fonética de prois, que es “piedra u otra cosa en tierra, en que se amarra la embarcación”, según dice el DRAE. La 3ª Edición del Diccionario dice que “hoy –en 1791– se llama noray”, palabra que sí conocía aunque ignoro su origen etimológico. Pero a lo que voy: ya a finales del XVIII proís no se usaba en castellano, pese a que ha seguido registrado en el Diccionario hasta nuestros días. En cambio, el Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias no incluye el vocablo, quizá por su excesiva especificidad marinera o tal vez simplemente porque a principios del XVII aún no se había incorporado a nuestro idioma. Si este segundo supuesto es el verdadero, podríamos elucubrar que proís fue un préstamo desde otra lengua que tuvo poca fortuna en el castellano, que no llegó a cuajar. El DRAE nos dice que ese otro idioma fue el catalán y, en efecto, el Diccionari català-valencià-balear nos dice que proís significa “amarra que subjectava una nau a la costa”. Ha de notarse que en catalán la palabra se refiere a la cuerda o cadena, no a la piedra u otra cosa en que aquella se amarraba. También este significado lo registra el DRAE pero en segunda acepción, lo que parece indicar que el más usado (aún siéndolo poco y por poco tiempo) era la primera acepción que ya mencioné.


Recurro, cómo no, a mi estimadísimo Corominas para comprobar que, como ya sospechaba, proís se adscribe a la familia de proa y proviene del vocablo latino prodesium, derivado a su vez, del helenismo prymnesium. Corominas niega la tesis de que proís proviniera de projicere (arrojar), que habría tenido bastante sentido: el marinero acerca la nave a tierra y arroja la soga para que la amarren. Supongo, aunque mi incultura marinera es casi absoluta, que llamar así a la cuerda sería porque se identificaba como la que se llevaba en la proa. Indago un poco en el italiano (aprovechando que he localizado un interesante diccionario náutico en varios volúmenes publicado al inicio del pasado siglo por un tal Francesco Corazzini) y encuentro dos palabras, una para cada uno de los dos significados. Así prorese es “canapo minore della guminetta che parte di prua e si lega in terra", mientras que primnesius es “il palo o la colonna alla quale si legano le navi”. A la vista de esto, se me ocurre que puede que el castellano adoptara el vocablo catalán pero le diera los dos significados, fundiendo en una sola palabra las que en italiano eran dos. También pudo ser que proís primero solo se refiriera a la cuerda para ampliar su campo semántico al objeto al cual se amarraba y finalmente prevaleciera sólo este significado. En todo caso, estas evoluciones lingüísticas se produjeron en una parcela minoritaria del idioma e igual debió ser en otras lenguas romances. Por ejemplo, las dos palabras italianas no se encuentran en diccionarios “normales”.

Así que habré de suponer que entre los siglos XVI y XVIII, algunos vecinos de Tacoronte bajarían con grandes dificultades hasta el borde de una costa acantilada y encontrarían un pequeño promontorio de rocas al que se podían amarrar las tres o cuatro barcas de pesca y cabotaje, y que era eso, un proís. Ese acento que da a la palabra tan peculiar sonoridad facilita también su deformación fonética, y no nos cuesta nada entender que pasara a convertirse en pris, de más natural pronunciación. Pero si hacemos el ejercicio de repetir muchas veces el vocablo original nos daremos cuenta de que, además de decir a veces pris, otras pronunciaremos porís ya que, en efecto, es fenómeno habitual, trastocar la r antevocálica a detrás. Pues es que resulta que en Tenerife hay otra localidad, ésta en la costa Sureste y en el municipio de Arico, que se llama el Porís (de Abona). Algunas fuentes locales señalan que el topónimo viene ciertamente de proís, aunque en este caso se trata de una núcleo bastante mayor y en el que, a diferencia del Pris, hay una pequeña rada (desembocadura de un barranco) que permitía un desembarco más fácil, sin necesidad de amarrar la barca a ninguna roca o palo; quizá en sus primeros tiempos de historia esa costa fuera muy distinta a como hoy la vemos. Y doy por acabada mi búsqueda toponímica tras verificar que el término proís, sin deformación, se ha conservado en la isla de La Palma, donde designa al menos cinco lugares (El Proís de Don Pedro, El Proís de la Galga, El Proís de Martín Luis, El Proís de Tinizara y El Proís de Candelaria). Localizados en el mapa se ve que, como es lógico, todos ellos están en la costa, y además en el arco norte de la Isla.

Bueno, curiosidad satisfecha y, de paso, aprendo una palabra nueva que me temo que no usaré en mi habla cotidiana. Proís, aunque perviva en el Diccionario, está moribunda si no muerta del todo. Pero ha dejado su impronta en los nombres de sitios isleños, en La Palma sobre todo, pero también en Tenerife (menos lugares pero más conocidos). No la encuentro en otras islas de este archipiélago y esa carencia (frente a la abundancia palmera) abre a su vez nuevos interrogantes. Tampoco sé si en la Península o en Baleares aparece la palabra en algún topónimo costero. ¿Algún interesado en resolver esas dudas?

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Los acantilados de Acentejo, Tenerife

Acantilado es, primordialmente, adjetivo que califica terrenos costeros cortados verticalmente o a plomo. Deriva del sustantivo cantil que significa lugar que forma escalón en la costa (o en el fondo del mar, pero este segundo caso no me interesa por el momento). Pero casi no usamos ya el término cantil sino que hemos convertido el adjetivo en sustantivo, de modo que llamamos acantilado al terreno escarpado, casi vertical dice el DRAE. El casi no es baladí, porque terrenos verticales, que formen ángulo de 90º respecto de la superficie del mar, hay muy pocos. En ellos, la distancia horizontal entre la cornisa superior del cantil y el mar sería nula. La famosa Quebrada de Acapulco, por ejemplo, desde la que los clavadistas se precipitan diariamente no es completamente vertical; los saltadores han de impulsarse hacia delante porque si cayeran totalmente “a plomo” se estrellarían contra la superficie casi vertical (pero no del todo) del acantilado. Obviamente, establecer qué inclinación mínima deben tener unos terrenos costeros para considerarse acantilados es asunto de consenso. En el marco jurídico español, la referencia necesaria es la Ley de Costas que, en su artículo 4.4, establece que pertenecen al dominio público marítimo-terrestre “los acantilados sensiblemente verticales, que estén en contacto con el mar o con espacios de dominio público marítimo-terrestre, hasta su coronación”. Lamentablemente la Ley no cuantifica a partir de que pendiente entiende que unos terrenos con “sensiblemente verticales” ni tampoco cómo se mide esta pendiente (porque al respecto puede haber muy varios criterios con muy diferentes resultados). Después de curiosear un poco por internet, me entero de que la jurisprudencia ha fijado como criterio para considerar acantilados unos terrenos que tengan una pendiente media (para el conjunto) igual a superior a 60º (173%). De otra parte, descubro por la Wikipedia que esta cifra es la misma que usa el Guinness World Records para hacer sus listas de los acantilados más altos o más lo que sea. En fin, como no trato de defender ninguna tesis al respecto quedémonos con los 60º como pendiente a partir de la cual los terrenos costeros son sensiblemente verticales y, por tanto, el litoral es acantilado.

Una buena parte del perímetro litoral de la Isla de Tenerife lo constituyen terrenos que caen con fuerte pendiente hasta el mar. En el visor de información territorial de la empresa pública GRAFCAN puede verse un mapa clinométrico en el que en distintos tonos de sepia se representan las pendientes del territorio insular. Si a un zoom adecuado (recomiendo entre el 1:32.000 y el 1:16.000) vamos recorriendo la costa se identifican con bastante nitidez aquellos tramos que, con tonos más fuertes, corresponden a los terrenos de mayor inclinación. Los macizos de Anaga (al Noreste) y de Teno , en especial su cara Oeste, que la forman los llamados precisamente Acantilados de Los Gigantes. Como se ve en la foto, éstos son “bastante” verticales; de hecho, los tramos más contundentes caen unos trescientos metros en apenas 30 de anchura, lo que equivale a un ángulo promedio de 84º, que no está nada mal. Otra franja que suele calificarse de acantilada es la que delimita el borde costero de la comarca de Acentejo, en la vertiente Norte de la Isla. Se trata de un ámbito que tiene la consideración de Espacio Natural Protegido (ENP) con la denominación de Paisaje Protegido de la Costa de Acentejo, si bien en la primera declaración se llamó precisamente “Acantilados de El Sauzal y Tacoronte”. De hecho, la finalidad de protección establecida en la Ley para este ENP es “el carácter acantilado del paisaje”. Este paisaje protegido ocupa una franja estrecha (de un ancho muy irregular con un valor medio en torno a 200 metros) y una longitud costera de algo más de 20 kilómetros. Si vamos por la autopista del Norte (en dirección hacia El Puerto de la Cruz), veremos a nuestra derecha un terreno altamente ocupado por asentamientos urbanos, urbanizaciones y edificaciones dispersas en suave inclinación descendente; cuando se acerca al litoral hay un cambio brusco de pendiente, conformándose el acantilado. Aunque, si nos ponemos exigentes, en muchos tramos la pendiente no llega a los 60º. En todo caso, desde la orilla del mar se nos ofrece un paisaje espectacularmente majestuoso, que aceptamos sin dudar como acantilado.

Uno se asombra que terrenos con estas orografías hayan sido objeto de antropización, que el ser humano se haya empeñado y logrado hollarlos con sendas, caminos y hasta carreteras para hacerlos accesibles, aterrazarlos para poner la poco profunda capa edáfica en cultivo, disponer sobre ellos edificaciones, adecuar entradas y salidas al mar que permitieran el aprovechamiento de éste. Lo que a primera vista es una pared casi vertical cuyos ciento cincuenta metros de altura separan la Isla del Océano, observado en detalle está formado por varias unidades fisiográficas: superficies acantiladas constituidas por afloramientos de coladas basálticas; laderas y deltas de lava que, aún elevadas, sus pendientes son menores y han permitido acoger accesos, cultivos e incluso pequeños asentamientos; barrancos encajados con vegetación bien conservada; y finalmente, plataformas poco inclinadas casi al nivel del mar que forman playas (de callaos y dos de arena negra) y charcos pedregosos. Desde siempre, estos espacios litorales han sido soporte de actividades humanas. Naturalmente, en relación con el resto de la costa tinerfeña, su nivel de antropización es bastante menor y, cuando uno está ahí abajo, disfruta de sensaciones que cuesta vivir en otros tramos litorales. Pero tampoco vayamos a creer que puedes olvida donde estás. Por ejemplo, si miras hacia arriba te cabreas al ver el borde del cantil jalonado de edificaciones de las urbanizaciones superiores, con lo fácil que habría sido en su momento exigir que se echaran unos metros hacia atrás, lo suficiente para que la propia pared los invisibilizara. Aclaro que la gran mayoría de estos edificios son chalets unifamiliares, pero no faltan algunos volúmenes de varias alturas, incluyendo un mamotreto de dos cuerpos que quedó en estructura y lleva décadas abandonado ahí colgado. Y a pie de costa abundan las actuaciones constructivas, la gran mayoría de pésima factura y peor gusto, aunque pese a todo, uno se admira de los esfuerzos e inmensas dificultades que tuvo que suponer construir en emplazamientos tan complicados, casi imposibles.

El caso es que nos ha tocado empezar la formulación del Plan Especial que ha de ordenar este Paisaje Protegido, un documento que prevalece sobre los planes generales de cada uno de los seis municipios en cuyos términos está este Espacio Natural. Por esta razón, llevo ya unos cuantos fines de semana dirigiendo mis caminatas de sábado y domingo a este ámbito que, aunque ya conocía superficialmente, es ahora cuando, al patearlo, estoy de verdad descubriéndolo. Así que no se extrañen lo pocos que por aquí se pasan si, de vez en cuando, dedico un post a algunos de sus parajes. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Diario de Casandra (5)

Ha pasado ya una semana desde el trance último, el que yo misma busqué dejando de tomar el clozaril, la pastilla que hace ya varios años me prescribió el psiquiatra para, según sus palabras, mantenerme en este lado de la realidad. Nunca como esta vez había sido la experiencia tan densa, tan abigarrada de premoniciones, tan omnicomprensiva. Se me ha anunciado un panorama terrible, de absoluta destrucción, crueldades salvajes, ríos de sangres, muertes incontables. Llevo desde el martes recluida en mi apartamento, meditando y queriendo traducir esas imágenes de tragedia griega a signos que se vinculen a mi entorno, a mi realidad personal y familiar. He procurado reproducir por escrito, con la mayor fidelidad de que es capaz mi memoria, los detalles del trance; trocearlo en escenas secuenciales para intentar interpretarlas individualmente y en su conjunto. Tengo ya un grueso fajo de páginas emborronadas de apuntes, muchas con dibujos que asemejan pinturas del expresionismo alemán, rostros desfigurados en muescas salaces, predominio de violentos manchones rojos y negros. Debería redactar un texto ordenado que diera sentido a lo que parecen delirios sin sentido, un texto que pasar a este diario empezado hace pocas fechas y que pretendo que me sobreviva y me explique. Sin embargo, no encuentro el ánimo necesario para emprender esta tarea. Supongo que la experiencia de la noche del lunes me ha dejado exhausta. Quizá también, pese a haber reanudado inmediatamente la toma del clozaril, mi cerebro no ha logrado aún levantar el dique tras el cual represa las aguas augures, impidiéndolas anegar el espacio de la consciencia. Espacio este, por cierto, que llevo esforzándome en secar durante toda la semana, tras la copiosa inundación. No, de momento prefiero aplazar la narración de mi último y más intenso trance, ganar tiempo para que sus lecciones maduren y pueda revelármelas con todo su sentido y alcance. Entre tanto se me ocurre que podría ayudarme dejar aquí constancia de hechos antiguos. Por ejemplo, contar cómo recibí este poder maldito, evocar aquellos días en que empecé a ser la que estaba destinada a ser.

Tenía 13 años y estudiaba segundo de ESO en las Teresianas de la calle Ganduxer. Ese curso, en la primavera, nos tocaba la confirmación católica y por eso el colegio había formado varios grupos de catequesis, cada uno a cargo de un sacerdote; a mí me tocó en el que dirigía el Padre Apolo. Le pongo por delante el tratamiento que le correspondía aunque desde el primer día nos pidió que lo llamáramos Apolo a secas, que quería que entre él y nosotras no hubiera ninguna barrera, que fluyera la confianza más abierta. Era joven, probablemente no llegaría a los treinta, y también muy guapo, o al menos así nos los parecía a unas adolescentes con las hormonas revueltas. De hecho, yo fui la menos encandilada por los encantos, aunque he de reconocer que tampoco quedé del todo indemne. Pero mientras mis compañeras coqueteaban vergonzosamente con el curilla yo desde el principio me mostré desagradablemente altanera, haciéndole ver que me caía mal. Pensándolo desde mi actual edad, tengo la impresión de que la mía era una reacción de autodefensa intuitiva; sentía que si cedía a la atracción que podía sentir por ese hombre me debilitaba. El caso es que enseguida me di cuenta de que Apolo, en cambio, se sentía atraído por mí y se le daba fatal disimularlo. Bien es verdad, modestia aparte, que no me costó demasiado sobresalir en los debates religiosos que proponía en las sesiones de los martes después del horario escolar. Las otras chicas ni siquiera se planteaban cuestionar los tópicos de la ortodoxia católica que nos venían repitiendo desde primaria y las pocas veces que se les ocurría alguna objeción se daban por satisfechas con el primer argumento que les ofrecía el sacerdote. Así que, aunque no tenía demasiado interés en ser la estrella de esas reuniones, lo cierto es que Apolo sabía cómo hacerme entrar al trapo, cómo aprovechar mi tonta vanidad de entonces, de modo que cada vez más se convirtieron en diálogos casi exclusivos entre nosotros dos.

Una tarde, a punto de acabar la hora de catequesis, apareció en el aula la directora del Colegio, a la que llamábamos Sor Matusalén, para pedirme que la acompañara a su despacho que quería hablar un rato conmigo. Resultó que Apolo le había dicho que pensaba que mis convicciones católicas no eran lo fuertes que deberían. El Padre Apolo me ha mostrado gran preocupación por ti, Casandra, algo que debes agradecerle. Me dice que eres una chica muy inteligente y de gran bondad pero te has dejado llevar por dudas insidiosas que pueden resquebrajar tu fe. Cree que, además de la catequesis grupal, necesitas una atención personal, una dirección espiritual intensiva, al menos durante estos pocos meses que faltan para recibir la confirmación. Sé que tu confesor, el de toda tu familia, es el párroco de Santa María de Vallvidrera, un santo, lo conozco bien. Lo que pasa, Casandra, es que ahora tu alma necesita una especie de entrenador personal, ¿me entiendes? Claro que la entendía, Apolo se servía de la vieja bruja para atraerme a sus fauces. Mi primera reacción fue de rabia –¿quién se creía el curita que era?–, pero supe disimularla. Si declinaba la “sugerencia”, por muy educada y convincentemente que lo hiciera, llegaría un aviso a mis padres, la monja les haría partícipes de sus dudas sobre mi formación religiosa, sobre la conveniencia de que fuera confirmada. Imaginé que a mi padre no le importaría demasiado pero Hécuba no estaría dispuesta a permitir lo que consideraría un desaire inadmisible, un insulto público ante las mejores familias barcelonesas. Ya por entonces existía una guerra sorda entre mi madre y yo, la hija adolescente y rebelde que disfrutaba contradiciendo y poniendo en entredicho todo lo que hacía y representaba la matrona. Bien es verdad que me sabía protegida por el cariño especial, la predilección, de Príamo, pero no me convenía forzar las cosas más allá de lo razonable. Al fin y al cabo me sentía más que capaz de manejar al que no pasaba de ser –eso creía yo– un curilla rijoso al que le ponía cachondo una chavala de trece años. Así que acepté; con la más humilde y recatada de mis sonrisas le aseguré a Sor Matusalén que por encima de todo deseaba ser confirmada, que agradecía de corazón los desvelos del Padre Apolo y que, por supuesto, estaba más que dispuesta a recibir su guía espiritual.

De modo que a partir de la semana siguiente a esa charla con la directora, los miércoles me quedaba una hora más en el colegio, a solas con el sacerdote, para recibir el reforzamiento doctrinal que mi alma requería. Casi enseguida descubrí dos cosas: la primera, que, en efecto, la dirección espiritual no era lo que motivaba a Apolo, sino su interés personal en mí; la segunda, que en contra de lo que había supuesto, esas charlas me entretenían, las disfrutaba mucho. No descarté nunca que lo que en el fondo perseguía era sexual (tampoco me lo concretaba demasiado, al fin y al cabo por entonces mis conocimientos sobre la materia no eran obviamente precisos), pero desplacé esa sospecha ante la halagadora sensación de que ese cura joven y atractivo, mucho mayor que yo, se sentía impresionado por mi carácter e inteligencia. Y así, poco a poco y sin apenas esfuerzo, me fui soltando, abriendo mis barreras para dejarle ver algunos de mis sentimientos secretos. Le conté, por ejemplo, el recurrente sueño –lo tenía desde siempre– de las serpientes que reptaban a la cuna doble en que dormíamos Héleno y yo y nos chupaban las orejas. Él me explicó que la serpiente ha sido siempre uno de los animales con más carga simbólica y pasó largo rato narrándome varios relatos de la mitología griega protagonizados por serpientes. Tu sueño me sugiere que siendo muy pequeñitos recibisteis algún tipo de don profético, una capacidad especial para entender las cosas más allá de sus apariencias, que es lo que hacemos la mayoría de los mortales; yo diría que los dioses os han escogido para que escuchéis sus palabras, compartáis su sabiduría. ¿Los dioses? ¿Qué es eso de los dioses en boca de un sacerdote católico? Se rió. Hablo figuradamente, Casandra, claro que no existen los dioses mitológicos, pero todos provenimos de esas raíces, forman parte de lo que somos y nos ayudan a comprender tantos misterios. ¿Sabes qué era una pitonisa? Sí, en efecto, la sacerdotisa que en Delfos, el más famoso oráculo de la Antigüedad, respondía las consultas de los fieles. Pero, ¿te has preguntado alguna vez la razón de ese nombre? Viene de Pitón, la gran serpiente hija de Gea, nacida del barro del Gran Diluvio y que fue la primitiva guardiana del Oráculo. Quizá las serpientes de tu sueño, a través del lenguaje simbólico, signifiquen que estás destinada a ser una pitonisa moderna. Es gracioso, seguro que sabes cuál era el Dios que otorgaba el don profético a esas mujeres.

Sí lo sabía, sí, pero hasta que lo mencionó ni me había percatado de la coincidencia. El caso es que me epató, tanto que no supe bien qué decir pero, sobre todo, qué pensar. Por suerte eso ocurría al final de una de nuestras sesiones privadas y prácticamente ahí lo dejamos. Yo no lo dejé, claro, la duda se me había instalado con un martilleo constante (desde luego, estaba reaccionando tal como quería Apolo, aunque entonces no caí en la cuenta). Entendámonos, no creía para nada en la existencia real de dioses mitológicos; diría incluso que ya entonces tenía mis reservas sobre el Dios que me habían enseñado desde niña. Sin embargo, ese rollo del simbolismo sí me había tocado. Me parecía verosímil que determinadas vías de conocimiento, inexplicables desde lo que hoy sabemos, estuvieran accesibles para algunas personas, las que en la Antigüedad fueron pitonisas de Delfos pero tuvieron otros nombres en distintas épocas y lugares. También veía razonable que esas capacidades requirieran de otro para activarse, llámese el Dios Apolo de los griegos o cualquier gurú o maestro espiritual. Y entonces aparecía en mi vida un tipo que se postulaba a sí mismo como mi director espiritual, que aseguraba haber reconocido en mí a alguien con ese don singular, que se ofrecía –sutilmente, claro, no fuera a tomarle por loco– a “activarlo”. ¿Era una coincidencia que se llamase Apolo? Tal vez no, tal vez era una pista, una señal para que lo identificase. A estas ideas no paré de darle vueltas esa tarde y los días siguientes. Por un lado, las conclusiones hacia las que apuntaban esos indicios me parecían absurdas, alejadas del sentido común. Sin embargo, ¿y si fuera verdad? Además, ¿qué perdía por dejarme enseñar, por dejarme abrir a nuevas experiencias? El riesgo me parecía minúsculo y, en todo caso, manejable (cada vez le atribuía al sacerdote menos intenciones lujuriosas). Pero, sobre todo, ya en esa época me sentía especial y quería descubrir a toda cosa y lo antes posible en qué consistía mi singularidad. ¿Será verdad que puedo ser una pitonisa moderna? Como no podía ser de otra manera (ya he contado que creo en el destino), decidí que dejaría que Apolo me educara, me revelara mi don profético. A ver qué pasaba.

  
The prophet's song - Queen (A Night at the Opera, 1975)

viernes, 9 de septiembre de 2016

Adanismo funcionarial

Yendo por la carretera litoral (TF-11) desde Santa Cruz hacia la playa de Las Teresitas, a unos 8 kilómetros del final de la Rambla, a mano izquierda, puede verse una antigua cantera que lleva bastantes años parada. Esa parte de la Isla, la punta Noreste, corresponde al Macizo de Anaga, un espacio de muy alto valor natural y en el que es una maravilla caminar. El macizo cae en acantilado hasta la línea de costa en casi todo su perímetro (en ese tramo se han ganado terrenos para hacer el puerto y más adelante la playa) de modo que la cantera en lo que consistió fue en ir mordiendo la montaña, dejando a la vista las espantosas huellas de las dentelladas. En el Plan Insular de Ordenación de Tenerife (PIOT) delimitamos esta cantera abandonada como ámbito extractivo, limitando el aprovechamiento del material (áridos) a las cuantías necesarias para llevar a cabo la restauración geomorfológica y paisajística. Se entendió que la mera restauración ya permitía un cierto aprovechamiento del recurso minero y se confiaba en que fuera suficiente para hacerla viable económicamente. No acertamos en su día (la decisión data de mediados de los noventa) porque pasó mucho tiempo sin que a nadie pareciera interesarle la explotación. Por fin, hará unos ocho años, y gracias a que el Puerto de Santa Cruz necesitaba material para obras en la dársena que está pegadita a la cantera, se presenta una iniciativa para restaurar la cantera.

Al conocerse la noticia algunos colectivos vecinales del entorno manifiestaron su oposición con el demagógico apoyo de algún que otro partido político que gusta de menospreciar las normas vigentes. Aún así, el promotor encarga el correspondiente proyecto de restauración de la cantera e inicia el engorroso procedimiento de la declaración de impacto ambiental. El Servicio de Impacto del Gobierno de Canarias es uno de los más, sino el más, temido por cualquiera que pretenda hacer cualquier cosa en este Archipiélago. Durante el último cuarto de siglo ha venido acumulando un anecdotario de informes y exigencias que, de recopilarse y sistematizarse adecuadamente, supondrían una excelente “antología del disparate” de la administración pública, amén de un arsenal de argumentos para esos liberales que defienden que hay que cargarse (o reducir al mínimo) la actividad de lo público (del Estado) pues sólo vale para entorpecer. De hecho, en este caso es difícil contrarrestar esas acusaciones: en una enorme multitud de ejemplos, la declaración de impacto ambiental sólo ha valido para imponer unas exigencias absurdas y carísimas a los proyectos que en nada suelen mejorar sus efectos sobre el medio; y todo ello con unos tiempos medios de tramitación de varios años. Y téngase en cuenta que la declaración de impacto no es más que un trámite previo; a partir de su obtención hay que empezar a tramitar la correspondiente autorización administrativa para la ejecución.

Hago ahora una breve síntesis del procedimiento seguido. Presentación de un primer proyecto de restauración en 2006; un año después declaración desfavorable de impacto ambiental que obligaba a modificaciones sustanciales. Se hace un nuevo proyecto (siguiendo las instrucciones de los funcionarios) que se presenta en 2009 y en 2013 se emite declaración favorable de impacto ambiental. Solo cuatro meses después, la Dirección General de Industria autoriza la ejecución, pero todavía falta la autorización urbanística. Ahí se monta una bronca entre el Gobierno de Canarias y el Ayuntamiento de Santa Cruz, porque no tienen claros los requisitos procedimentales. Entre medias, sale una sentencia judicial que complica más el asunto y obliga a suspender en el ámbito de la cantera nada menos que tres instrumentos de planeamiento vigentes (el PIOT, el PRUG y el Plan General) y dictar unas normas transitorias. Con ese lío se llega a mediados de 2015 y entonces se abre una nueva discusión sobre si la autorización la debe tramitar o no el Cabildo Insular. Finalmente, hacia finales del año pasado se acuerda que sí, que le toca al Cabildo conceder (o no) la autorización mediante el instrumento (legislación canaria) de la calificación territorial; a principios de este 2016 los funcionarios de la Corporación Insular empiezan a estudiar el asunto. A principios de julio el Consejero del Área a la que estoy adscrito envía un correo exigiendo que de manera inmediata (a más tardar en el plazo de una semana) y sin excusas, se resuelva el expediente de la calificación territorial. Obviamente, los promotores habían ido a llorar a los políticos desesperados por la tardanza. Los entiendo perfectamente: a esas alturas llevaban diez años intentando poner en marcha una iniciativa que estaba prevista desde hacía veinte (es decir, lo que querían hacer es lo que había que hacer).

El caso es que quienes se ocupan de la tramitación de las calificaciones territoriales me piden que haga un informe técnico del proyecto de restauración en el que verifique si se cumplen las condiciones de las normas transitorias. Esas normas se refieren a aspectos tales como las alturas de los abancalamientos, las pendientes de los taludes y demás aspectos de la configuración definitiva de los terrenos una vez se culminen las obras de restauración orográfica. Verificar todos esos extremos es un trabajo, además de tedioso, largo y pesado, no tanto por su dificultad sino porque exige repasar meticulosamente y en detalle el proyecto. Pero resulta que el proyecto que es objeto de calificación coincide plenamente con el que recibió la declaración ambiental favorable y sobre éste, a su vez, un compañero de esta Área había informado favorablemente el cumplimiento de las condiciones del Plan Insular (las mismas que se aprobaron luego como normas transitorias). Bien es verdad que habían pasado cuatro años desde ese informe, pero seguía teniendo la misma validez porque el proyecto era el mismo y también las normas cuyo cumplimiento había que verificar. En consecuencia, propuse a los responsables del expediente limitarme a acreditar estos dos extremos y por tanto concluir informando favorablemente el proyecto, sin necesidad de verificarlo personalmente.

Pues bien, a más de uno le pareció mal mi propuesta porque se supone que si yo firmo que el proyecto cumple, lo tengo que haber comprobado, no debo fiarme de lo que ha certificado un compañero cuatro años antes. Aunque finalmente triunfó mi tesis, no se crea que las posiciones de quienes no estaban de acuerdo conmigo son anómalas en la administración pública. Muchísimos funcionarios padecen lo que podríamos denominar adanismo, es decir, considerar que con ellos empieza la historia y que nada anterior les vincula, que ni siquiera hace falta considerarlo. Estas personas ni se inmutan cuando se les dice que el ciudadano para el cual trabajan lleva diez años esperando, ni que por mor de nuestra compleja tramitación se está repitiendo un informe que ya ha sido evacuado. Ese no es mi problema, suele ser la respuesta habitual; a mí me han pedido que informe esto y eso es lo que voy a hacer. Y claro, como con los funcionarios no valen los plazos (o, para ser más precisos, el incumplimiento de los plazos no acarrea ninguna consecuencia), tardará su tiempo en volver a estudiarse el proyecto. Además, es bastante probable si a las estadísticas nos remitimos que su informe sea desfavorable porque también muchos funcionarios piensan que si no encuentran defectos en lo que están informando no están haciendo bien su trabajo (aunque sean cosas tan nimias que no justifican en absoluto el tiempo y dinero que hacen perder). Lo cierto es que mi informe salió tres días después del correo del Consejero; hoy, pasados dos meses más, todavía no se ha resuelto el expediente. Hace falta un cambio radical de mentalidad en la función pública pero no parece que a nadie le interese de verdad (me refiero a los políticos, a quienes ni se les ocurre criticar a los funcionarios, no vayan a perder votos).

  
Poem for the people - Chicago (Chicago II, 1970)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Sobre Casandra (2)

En el Canto XIII de la Iliada, se nos cuenta la tremenda batalla que se desata junto a las naves aqueas, con la participación de Zeus y Poseidón, a favor de troyanos y griegos, respectivamente. Idomeneo, rey de Creta, destaca entre los aqueos matando troyanos a diestro y siniestro. El primero que se carga es un tal Otrioneo de quien Homero nos informa lo siguiente: “Éste había acudido de Cabeso a Ilio cuando tuvo noticia de la guerra y pedido en matrimonio a Casandra, la más hermosa de las hijas de Príamo, sin obligación de dotarla; pero ofreciendo una gran cosa: que echaría de Troya a los aqueos. El anciano Príamo accedió y consintió en dársela; y el héroe combatía, confiando en la promesa”. Cabeso, dicho sea entre paréntesis, era una pequeña ciudad de la Troade, la región en la que se situaba Troya. No es extraño pues que los vecinos de esa localidad acudieran a defender a Ilio de los invasores lejanos (al menos, del otro lado del Egeo), pero por lo que parece no se sentían obligados. Si Otrioneo acude a la guerra es porque estaba enamorado de Casandra y quería casarse con ella. Homero, en la primera mención que hace de nuestro personaje, nos asegura que era la más hermosa de las hijas de Príamo; o sea, nos informa de su filiación y de su belleza, nada más por el momento. Añade, eso sí, que el rey accede a dársela como esposa. Naturalmente, por muy bella y valiosa que fuera para las estrategias matrimoniales de Príamo, el precio que ofrecía pagar el joven pretendiente era más que suficiente. Lamentablemente, como ya hemos visto, Idomeneo, “aunque ya semicano”, acabó con las esperanzas del chaval clavándole la lanza en el vientre. De Otrioneo nada más sabemos; el personaje no ha inspirado a posteriores autores. Puestos a ello, nada nos impide fantasear con las breves horas, o quizá días, que pasaría en Troya a su llegada de Cabeso. ¿Venía atraído por la fama de la belleza de Casandra y al verla se enamoró perdidamente de nuestra protagonista? Cuando se conocieron, ¿hubo algo entre ellos, algo más que las simples presentaciones formales?

  
Obertura - Wolfgang Amadeus Mozart (Idomeneo, Re di Creta, 1781)

El segundo y último párrafo de la Iliada en el que se menciona a Casandra se encuentra en el Canto XXIV, donde se nos cuenta cómo Príamo, destrozado por el dolor, se llega hasta la tienda de Aquiles para suplicar al cruel héroe griego que le entregue el cadáver de Héctor. El viejo rey logra su objetivo y torna en la madrugada hacia Troya. La aurora estaba esparciendo su azafranado velo por la tierra cuando Casandra, “subiendo a Pérgamo, distinguió el carro y en él a su padre y al heraldo, pregonero de la ciudad, y vio detrás a Héctor, tendido en un lecho que las mulas conducían”. Pérgamo, en el interior de Troya, era la ciudadela sagrada que obviamente estaba en lo más alto para desde ahí poder otear el panorama al exterior de las imponentes murallas que circundaban la ciudad. Este Pérgamo de la Iliada no es la ciudad del mismo nombre (está a algo más de 200 kilómetros por carretera hacia el Sur) pero, según la Leyenda, fue fundada por uno de los hijos que Andrómaca, la mujer de Héctor, tuvo con Neoptólemo, el hijo de Aquiles, a quien fue concedida como botín de guerra. Pero lo que nos importa es que en este segundo pasaje Casandra adquiere voz, en cierto modo Homero nos la presenta viva, actuando. Su actuación consiste en prorrumpir en sollozos y clamar por toda la ciudad convocando a los troyanos a que se junten para recibir el cadáver de Héctor. No es un papel muy vistoso, ni tampoco nos aporta gran cosa sobre el personaje. Una hermana destrozada por la tristeza que grita a sus vecinos, nada más; no hay alusión a sus vaticinios, a sus dotes proféticas. ¿O sí? Leyendo ese párrafo podríamos preguntarnos por qué precisamente ella es la única que advierte la llegada de Príamo, ¿acaso había anticipado esa escena? ¿Bastó tan breve presentación del personaje para que posteriormente se la caracterizara como profetisa? Quizá aventuro demasiado, condicionado desde el conocimiento; lo cierto es que de la sola lectura de la Iliada no obtenemos una imagen definida de Casandra, tan solo la mera noticia de su existencia: hija de Príamo y hermana de Héctor, joven y muy bella.

En La Odisea sólo una vez puede leerse el nombre de Casandra. Es en el terrible Canto XI, en el que Ulises y sus compañeros arriban a los confines del Océano, al sitio indicado por Circe, y convocan las almas de los muertos. Después de que se le aparecieran y le hablaran Elpénor, su madre Anticlea, Tiresias y numerosas mujeres, lo hace el angustiado espíritu de Agamenón, derramando copiosas lágrimas. Ulises le pregunta cómo ha muerto y el átrida contesta: “Egisto fue quien me preparó la muerte y el hado, pues, de acuerdo con mi funesta esposa, me llamó a su casa, me dio de comer y me quitó la vida como se mata a un buey junto a un pesebre. Morí de este modo, padeciendo deplorable muerte; y a mi alrededor fueron asesinados mis compañeros, unos en pos de otros, como en la casa de un hombre rico y poderosísimo son degollados los puercos de albos dientes para una comida de bodas, un festín a escote, o un banquete espléndido. …. Oí la misérrima voz de Casandra, hija de Príamo, a la cual estaba matando, junto a mi, la dolosa Clitemnestra; y yo, en tierra y moribundo, alzaba los brazos para asirle la espada. Mas la descarada fuese luego, sin que se dignara bajarme los párpados ni cerrarme la boca, aunque me veía descender a la morada de Hades”. O sea, que Homero nos informa de que Agamenón había regresado a Micenas con Casandra, aunque no nos dice que de ésta se había apoderado como botín de guerra, si bien es fácil deducirlo. También nos hace saber que ambos fueron asesinados muerto por Egisto y Clitemnestra, conjurados, aunque no se extiende en explicarnos lo que había pasado ni lo que pasaría a continuación (habrá que esperar a Esquilo y luego a Eurípides para saber de Ifigenia y de Orestes, entre muchos otros personajes). Así pues, tampoco en la Odisea Homero aporta apenas noticias sobre Casandra, salvo las nada menores de su vínculo (en principio forzado) con Agamenón y su muerte en Micenas.

Tan escasa información en las dos grandes epopeyas griegas, las más antiguas que nos han llegado, no hace sino confirmar que el carácter y avatares de Casandra, como los de los demás personajes de la mitología helena, eran suficientemente conocidos por los contemporáneos, el público que acudía a escuchar los cantos de los aedos. Estos griegos del siglo VIII aC, cuando escuchaban embelesados en la Iliada el nombre de Casandra, sabían de sobra que esa mujer era una adivina, sacerdotisa de Apolo, y que advertiría a sus conciudadanos de los peligros del gran caballo de madera que habían dejado los aqueos, aunque ninguna de estas historias las narrara Homero. Del mismo modo, cuando oían los lamentos de Agamenón por su traicionera muerta, pensarían en la compleja conjura micénica, en el posterior asesinato de Clitemnestra, etc, etc. Las dos grandes obras homéricas no eran los únicos poemas que circulaban en aquella época arcaica. Se conocen los nombres de otros autores (Estasino de Chipre, Arctino de Mileto, Eumelo de Corinto, Lesques de Lesbos, Agias de Trezén, Pisandro de Camiros, Eugamón de Cirene) que escribieron poemas, cuyo conjunto se ha dado en denominar el ciclo troyano. Todos ellos se han perdido pero contamos con los resúmenes que de varias de esas obras hace Procio en su Crestomanía (no está claro si este Procio fue un importante filósofo neoplatónico del siglo V dC o un gramático del siglo II dC). Yo, la verdad, no he leído ninguno de estos resúmenes, en concreto de seis obras, y me he conformado con revisar los resúmenes de los resúmenes que se pueden encontrar en varias páginas de internet. En ellos he indagado en busca de Casandra, para completar el más antiguo estrato de sus orígenes literarios (si dispusiéramos de grabaciones, podríamos irnos más hacia atrás en el tiempo, siguiendo la tradición oral).

En Ciprias, once libros que se atribuyen a Estásino de Chipre o a Hegesias de Salamis se narran los hechos anteriores a la Iliada, desde la boda de Peleo y Tetis (en la que aparecería Éride para arrojar la famosa manzana que causaría la disputa de las tres diosas y la perdición de Paris) hasta el cabreo de Aquiles y su apartamiento del bando aqueo, que es como comienza Homero (“Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles …”). Parece que a propósito del viaje de Paris a Esparta (donde seducirá y raptará a Helena) se mencionan las dotes proféticas de Casandra. En La Etiópida se nos cuenta la llegada de las amazonas para luchar al lado de los troyanos (con poca fortuna porque enseguida Aquiles se carga a Pentesilea) y acaba con la muerte de Aquiles por Paris y la posterior disputa entre Odiseo y Ayax por sus armas; no parece que se aparezca Casandra. La llamada Pequeña Iliada –cuatro libros– se centra en los episodios finales de la guerra, desde donde la dejó Homero, que conducen a la victoria aquea: la muerte de Paris, la boda de Helena y Deífobo después de que Héleno no lo consiguiera, las últimas escaramuzas y, por fin, el protagonismo de Ulises, que entra como espía en la ciudad y por fin el caballo de madera. Aquí sí aparece Casandra, justamente advirtiendo a los troyanos que el caballo no es un regalo sino una trampa e intentando “destrozar todas aquellas maderas o prenderles ardiente fuego: para eso cogió de su hogar un tizón de pino todavía encendido... en la otra mano llevaba un hacha de doble filo.... Pero en un momento le quitaron de las manos el fuego y el hierro aniquilador.." La cuarta obra (en el orden cronológico del relato, no de su escritura) es La Iliupersis o el Saqueo de Ilión; en ella se debía narrar con detalle la violación de Casandra por Áyax y su posterior entrega a Agamenón como botín de guerra. Seguirían cinco libros atribuidos a Agías de Trezén o a Eumolpo que contaban los regresos de los principales caudillos aqueos (menos el de Odiseo, claro) y, entre ellos, la llegada de Agamenón a Micenas y su muerte a manos de Egisto y Clitemnestra; cabe suponer que también se informaría del asesinato de Casandra. La última obra del ciclo troyano es la Telegonía, que cuenta un nuevo viaje de Ulises que se va de Ítaca debido a la infidelidad de Penélope (sorpresa, sorpresa); pero Casandra no aparece, lo cual es lógico porque se supone que ya está muerta.

Concluyo: desde que acabó la supuesta guerra de Troya y durante cuatro siglos se fue construyendo a través de la tradición oral el gran relato mitológico en torno a ese acontecimiento. Con la adopción del alfabeto fenicio (que evolucionaría para convertirse en el griego) se pone por escrito esta epopeya en el periodo arcaico, entre los siglos VIII y VI aC. A nosotros sólo nos han llegado las dos grandes obras atribuidas a Homero, pero sabemos que había al menos seis más. Por tanto, hay que suponer que antes de la época clásica, los griegos contaban con el relato sobre Troya y asuntos relacionados completamente fijado por escrito. Los datos básicos sobre Casandra, uno de los personajes de la epopeya troyana, también estaban claros. Luego, a partir del siglo V aC, vendrán los Esquilo y compañía a enriquecer a nuestro personaje (y a los restantes). Y después los romanos, y así hasta nuestras fechas.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Diario de Casandra (4)

Hace una semana que dejé de tomar el clozaril. No le he dicho nada a nadie, claro, ni siquiera a mi mellizo Héleno a quien hasta no hace mucho nada le escondía. Si alguno de mi familia, mi padre especialmente, se enterara lo más probable es que volvieran a recluirme en el sanatorio. Tienen pánico a mis trances, a los que llaman crisis esquizofrénicas. Y supongo que ahora, en estos momento en que –pobres ingenuos– creen que van a alcanzar la victoria definitiva, menos que nunca les apetece que Casandra, la agorera, vuelva a la andadas. Todavía, sin embargo, no ha llegado ningún trance. Supongo que los efectos de la clozapina tardan en desaparecer. Aún así, enseguida, desde el primer día en que no tomé la pastilla, noté una mayor claridad mental, que empezaba a disiparse ese abotargamiento casi continuado. Y hoy, al levantarme, he percibido por fin los signos con que mi cuerpo anuncia la inminencia del trance. En distintas partes del cuerpo se activan los músculos en palpitaciones involuntarias, fasciculaciones creo que es el término preciso. Son espasmos breves y apenas dolorosos; en el brazo, luego en el muslo, después en el abdomen … Al principio se presentan espaciados, pero a medida que se acerca el trance se van juntando y, cuando faltan unas dos horas, se convierten en calambres, principalmente en los gemelos y en los pies, éstos sí tremendamente dolorosos. Hace un momento ha pasado el que sé que es el último de los calambres; ahora dispongo de unos noventa minutos para prepararme. Me he encerrado en mi apartamento tras despedir a mi cuñada Andrómaca con la excusa de que quería escribir (Andrómaca pasa casi todas las tardes conmigo; se supone que he de ayudarla a sobrellevar la muerte de Héctor aunque a veces pienso que viene aquí para vigilarme, por encargo de mis padres).

Así que aquí estoy, sentada frente a mi ordenador, recordando. Me remonto al principio, antes de que el desastre empezara. Pero más cierto sería decir antes de que yo supiera, de que nadie supiera. Porque los hechos se anudan unos a otros, de modo que aunque aún no hayan sucedido es sólo cuestión de tiempo –de tiempo, justamente de tiempo– que nos golpeen los eslabones predestinados. Mi dolorosa experiencia me ha convencido de que todos y todo estamos sujetos a Ananké, la más poderosa de las diosas (démosle esa naturaleza, para entendernos), la que impulsa a Chronos, su compañero, a pautar la inevitabilidad de las horas, de los días, de nuestras vidas. Y en éstas no nos cabe sino la triste encomienda de representar el guión escrito. Ni la más poderosa voluntad humana es capaz de burlar los designios de las Moiras. Yo, que soy fuerte, la más fuerte de una poderosa estirpe, lo he intentado, he puesto todo mi empeño en alterar el texto colmado de desgracias que para mi familia guarda el Destino. Desgracias que me anticipaban mis malditas voces premonitorias y, por tanto, sufría desde mucho antes, con un dolor multiplicado por la impotencia. A lo largo de estos casi diez años he ido confirmando la inutilidad de nuestros esfuerzos en mis propios fracasos. Ni siquiera Dios, los dioses, si es que existen, podrían contradecir esta fuerza fundamental del Universo, la Necesidad que es el núcleo del Ser, la esencia de todas las cosas. No obstante, para mí hubo un antes, un tiempo en que no conocía los trances ni imaginaba todavía nada de lo que había de ocurrir. Fue la infancia, años de felicidad, una niña a la que el mundo se le ofrece como fuente infinita de placeres, de alegrías. Pero también la adolescencia y el inicio de la juventud. Y la llegada del primer deslumbramiento amoroso: Agamenón

Rememoro mayo de 2005. Estaba acabando el segundo año de ingeniería informática en la Universidad de Barcelona, si bien también llevaba asignaturas de matemáticas con la intención de obtener ambas licenciaturas. Por aquel entonces yo era la mujer perfecta: joven, bella, rica y muy inteligente. Siguiendo la tradición familiar (que casi se remontaba a la Edad Media catalana), era Héctor quien, sin ninguna discusión, estaba llamado a suceder a nuestro padre al frente de la empresa; tanto por primogénito como, sobre todo, por ser varón. Sin embargo, Príamo daba por supuesto que sería yo quien realmente daría continuidad a su obra, actuando a la sombra de mi hermano mayor, aconsejándolo y protegiéndolo. No sólo por mi muy superior clarividencia sino también por ser la que más amaba entre sus muchos hijos. Esa situación cambiaría mucho y muy deprisa en los siguientes meses pero, en aquellas fechas, las cosas estaban muy claras para todos, empezando por mí misma, que asumía con ilusión mi destino como alma de Troya y me preparaba intensamente para ello. De hecho, ya por entonces, con apenas diecinueve años, trabajaba a tiempo parcial en la empresa por voluntad de mi padre, a fin de familiarizarme con los negocios que abordábamos, con nuestras peculiaridades (fortalezas y debilidades), conocer las estrategias, la evolución del sector, las oportunidades y riesgos … Ese verano tenía previsto cursar un seminario introductorio de MBA en Berkeley, que de paso contribuiría a mejorar mi ya bastante correcto inglés. En resumen, era una joya de chica, con un futuro que no era prometedor porque se consideraba seguro.

Una tarde, como tantas anteriores, después unas horas revisando los últimos movimientos contables, me dirigí al Templo; quería saludar a mi padre y, de paso, preguntarle por unas cuantiosas transferencias que recientemente se habían dirigido a una compañía griega de software, Hellas Digital. Herófila –todavía trabajaba para nosotros– me advirtió que estaba reunido con unos extranjeros importantes, no se le podía interrumpir. Pensé en retirarme pero justo entonces se abrió la gran puerta de la Sala del Consejo y salió Príamo acompañado de tres o cuatro hombres. He reconstruido esa escena tantas veces que ahora sé perfectamente que estaban Ulises, Áyax y Menelao, pero en ese momento mi mirada, mis sentidos todos, quedaron imantados con brutal potencia por uno solo de ellos, por Agamenón. Por un instante eterno el universo se detuvo, el aire se escapó de mi cuerpo, cesaron los pensamientos, cualquier movimiento orgánico. Agamenón, enfrente de mí, también me miraba extático, sosteniendo con sus ojos la extraordinaria intensidad de esa ligazón mística que nos enlazaba. Sé de sobra que suena fantasioso, hasta cursi, lo admito, pero no alcanzo a encontrar palabras con las que describir la singularidad mágica de esa sensación compartida. Y digo compartida porque, sin necesidad de pensarlo, desde el primer momento se me hizo evidente, con la rotundidad de lo inevitable, que esa violenta, implacable atracción que padecía era mutua. Si de mí hubiera dependido jamás habría encontrado el modo de romper ese hechizo paralizante. Pero Agamenón, hombre experimentado, entrenado ya en el disimulo, supo quebrarlo, fue capaz de apartar la mirada al tiempo que apoyaba la mano sobre la espalda de mi padre, empujándolo muy sutilmente hacia mí.

Mi padre, sin aparentemente percatarse de mi turbación, sonrió ampliamente al verme y se apresuró a hacer las presentaciones, elogiándome desmedidamente ante los visitantes. Cuando, después de saludar a sus acompañantes, estiré la mano hacia Agamenón, cogiéndomela, me atrajo hacia sí y con tono burlón me pidió permiso para darme un beso, pues quería ser como mi segundo padre. Debí enrojecer intensamente porque, mientras sentía la ardiente quemazón de sus labios en mi mejilla, escuché reír a mi padre y decir que era la primera vez que veía a su hija, siempre tan segura, comportarse como una tímida muchachita. Lo cierto es que sentía un confuso torbellino de emociones que me impedía comportarme como usualmente lo hacía. Por primera vez en mi vida, asistía impotente a un vertiginoso fluir de acontecimientos respecto del cual no tenía ningún control, pese a desear con toda mi alma poder controlarlos, entenderlos al menos. Como en una película a cámara rápida, los griegos se despidieron y siguieron hacia la salida escoltados por Príamo, Héctor y algún otro ejecutivo de Troya. Yo me quedé clavada en el sitio, como una estatua. La voz irónica de Herófila me volvió a la realidad: huy, huy, huy, canturreó, la doncella se nos ha enamorado, y lo ha hecho de quien menos le conviene. Herófila dejó la empresa pocos meses después, contratada por Agamenón; fue probablemente uno de los primeros “actos bélicos”. Entonces yo casi ni me fijaba en ella, de hecho lo que me dijo aquel día me sorprendió, entre otros motivos, por provenir de quien se me antojaba una mosquita muerta. Sin embargo, meditando con posterioridad, me he convencido de que Herófila era mucho más de lo que aparentaba, que podía ver y anticipar lo que los demás no podían, y que Agamenón se dio cuenta, como poco después se daría cuenta de mis propias capacidades, casi antes que yo misma. Ahora bien, entonces no pensé nada de esto; simplemente me ruboricé y no supe que contestar. Yo, la hija favorita del presidente todopoderoso, siempre tan segura, salí corriendo hacia mi apartamento.

Me apetecería seguir recordando aquellos tiempos pero se me ha acabado el tiempo. Siento ya que el trance se apodera de mí.

  
Shot of love - Bob Dylan (Shot of Love, 1981)

viernes, 2 de septiembre de 2016

Un gobierno sin el PP es razonable y posible

A los políticos electos les encanta traducir los fríos resultados electorales en mensajes imperativos de los españoles. Así, por ejemplo, los del PP nos aseguran que los españoles han querido que el presidente del gobierno sea Mariano Rajoy; por el contrario, los de otros partidos suelen hacer notar que una mayoría de españoles no ha querido que el presidente de Gobierno sea Rajoy. Desde luego no es posible obtener, con una mínima seriedad, ningún mensaje claro de los votos, y eso justamente permite a cada partido arrimar el ascua a su sardina. El ciudadano lo único que hace es dar su voto a un candidato que (salvo en Madrid) no pretende ser presidente de Gobierno. Lo más que podemos aventurar es que, si vota a uno de los “cuatro grandes”, es bastante probable que desee que el correspondiente cabeza de lista sea presidente de gobierno o, al menos, participe en éste, pero ni eso es seguro. Al final, lo único cierto, es que los ciudadanos otorgan su representación (le prestan su voz) a unos señores concretos que se presentan en el Congreso. Como además todos los miembros de cada partido votan lo mismo (disciplina), podemos concluir que todos los votantes de cada partido han cedido su representación al órgano (o persona) de máxima autoridad de dicho partido. En otras palabras, cuando los 137 diputados del PP votan que Rajoy sea presidente, hemos de asumir por respeto a las reglas de este juego que los 7,9 millones de españoles que han votado al PP quieren que Rajoy sea presidente. Del mismo modo, cuando los 85 diputados del PSOE votan unánimemente que Rajoy no sea presidente, hay que suponer que los 5,5 millones de españoles que los han puesto en el Congreso quieren que Rajoy no sea presidente.

En este marco, el de la democracia representativa, lo que han dejado claro las dos sesiones parlamentarias del primer intento (frustrado) de investidura es que hay 11.108.034 españoles que quieren que Rajoy sea presidente, 12.055.883 que quieren que no lo sea, y 11.433.121 que no tienen quien los represente. Es decir, que a la vista de los resultados electorales, a la pregunta “¿quiere usted que Rajoy sea presidente? “, de cada 100 españoles 32 dicen que sí, 35 dicen que no y 33 no saben/no contestan. Pero es más, si atendemos no al escueto voto final sino a las argumentaciones de los portavoces, mientras que todos los que votaron no manifestaron con rotundidad su oposición a que Rajoy sea presidente, de los que le dieron su apoyo sólo el de los del PP fue entusiasta. Creo que estaremos de acuerdo en que tanto los de Ciudadanos como la de Coalición Canaria votaron como podrían haber votado no o abstenerse. Con esta apreciación, habría que dividir los 32 españoles de cada centena que antes decíamos que quieren que Rajoy sea presidente en dos grupos: 23 que sí quieren que Rajoy sea presidente y 9 que, por simplificar, les viene a dar un poco lo mismo. Contados así los resultados electorales (y no creo estar distorsionando su interpretación) no está tan claro que un gobierno de Rajoy sea lo que mejor expresa la voluntad de los españoles. Sin duda es la persona que más españoles quieren que sea presidente pero, a la vez, no me parece aventurado asegurar que hay todavía muchos más españoles que quieren que no lo sea, que quieren al PP fuera del gobierno.

Me da la impresión que, al menos en estos momentos, es más decisivo (y hasta más democrático) que el gobierno que se constituya sea el que menos rechazo genere. Y es que ése es el drama de Rajoy y del PP, que no parece ser capaz de reducir el número de rechazos por debajo de la mitad del número de congresistas. Dicho de otra forma, de momento Mariano es el candidato a presidente que más apoyos tiene pero a la vez es el que cuenta con más apoyos para ser el jefe de la oposición. Dicho de otra forma, son más los diputados que quieren echar al PP del gobierno que quienes quieren que esté o estén dispuestos a que esté (180 – 137 – 33, en concreto). Así las cosas, en contra de lo que afirmó Rajoy apelando a la manida táctica del miedo, es perfectamente viable alguna posibilidad de gobierno minoritario que garantice que el PP se quede en la oposición. Que exista ese gobierno pasa, obviamente, porque el PSOE deje de repetir la interpretación que hace de los resultados electorales (tan errónea como la del PP): que los españoles han querido que sea el principal partido de la oposición. No, más correcto sería afirmar que es el PP el partido que más españoles quieren que esté en la oposición y, por tanto, Pedrito estaría obligado a proponer una alternativa de gobierno, como bastante explícitamente se la han pedido casi todos los portavoces, mientras él miraba para otro lado y a veces esbozaba unas sonrisas bastante tontas.

Para que esa alternativa sea viable, la aritmética obliga a que voten , además de los diputados socialistas, los de Podemos. Habría así 156 apoyos, más que los 137 seguros votos negativos de los peperos. Sé de sobra que Sánchez no quiere pactar nada con Iglesias, que en el PSOE prefieren terceras elecciones (¿y hundirse más?) a asociarse. Bien, que Podemos renuncie a entrar en ese gobierno, que rebaje al mínimo indispensable, casi simbólico, el precio de sus 71 votos afirmativos. En mi opinión, Iglesias y los suyos tienen que saber que aún no ha llegado su momento y, en las actuales circunstancias, el máximo rendimiento que pueden obtener es aparecer ante la ciudadanía como quienes propician el cambio de gobierno y el fin de las políticas de recortes del PP. Han de hacerle a Pedro Sánchez una oferta que no puedan rechazar, no darle ninguna excusa para escaquearse. Si a esos 156 síes se suman los de Ciudadanos, Sánchez sería inevitablemente investido, porque alcanzaría los 188 apoyos, cifra impensable para el PP. No me parece que sea muy difícil conseguir un acuerdo de investidura entre PSOE y C’s, pues al fin y al cabo ya lo alcanzaron hace unos meses. Pero, si Albert(ito) no estuviera dispuesto a decir que sí, por lo menos debería podérsele convencer (apelando a su sentido de Estado como hizo el otro día el portavoz de Compromís) de que se abstuviera, ya que Podemos que es su bestia negra no iba a estar en el Gobierno. Absteniéndose Ciudadanos, incluso con los votos en contra de los catalanes “rupturistas” y EH Bildu (que votarían lo mismo que el PP), sólo necesitaría un apoyo y cinco abstenciones de los seis escaños que restan. Coalición Canaria votaría a favor a cambio de los elementales compromisos de lo que aquí se llama la “agenda canaria”. En cuanto al PNV no me parece nada difícil conseguir la abstención y hasta veo bastante sencillo el apoyo en positivo.

En resumen, que siempre que Pedro Sánchez asuma que sí dan las cifras y que debe intentar un gobierno alternativo y los de Pablito se conformen con estar fuera de ese gobierno y pasar esta legislatura legislando y no gobernando, creo que es relativamente sencillo conformar un gobierno en minoría del PSOE. En el pero de los casos, Sánchez saldría investido en segunda ronda con 157 votos a favor (PSOE, Podemos y Coalición Canarias), 156 en contra (PP, Esquerra, Convergencia y HB Bildu) y 37 abstenciones (Ciudadanos y PNV). En una hipótesis más optimista (y no demasiado improbable) podría salir en primera ronda con 189 votos a favor (sumamos a los anteriores los de C’s) o incluso 194 (también los del PNV), 137 en contra (los del PP) y 19 abstenciones (los catalanes y Bildu). Así pues, a la vista de la absoluta oposición mayoritaria de todos los grupos (salvo PP, C’s y CCa) a que Rajoy sea presidente, Pedro Sánchez debería rectificar dos de las frases que viene repitiendo desde que conoció los resultados del 26J: ni es claro que la voluntad mayoritaria de los españoles sea que el PSOE pase a la oposición ni tampoco es verdad que no den las cifras para presentar una candidatura alternativa a Rajoy (incluso sin contar con los catalanes). Que logre obtener en una próxima votación de investidura resultados como los calculados depende de su habilidad negociadora y, sobre todo, de la responsabilidad de Podemos y de Ciudadanos. Pero, lo que me parece evidente es que eso, no siendo sencillo, le es al PSOE infinitamente más fácil que al PP. Por tanto, si de verdad no quieren que haya terceras elecciones, he aquí la tarea, sobradamente posible.

  
Everybody's got to change sometime - Taj Mahal (Taj Mahal, 1968)

jueves, 1 de septiembre de 2016

Propuesta de cambio express de la Constitución

La palabra no sería sorprender porque no podemos decir que nos sorprenden cuando repiten hasta la náusea los mismos rollos inmutables. Pero, así, entre el tedio y la impotencia, pareciera cada vez más posible lo que hace dos meses consideraba (yo y casi todos) altísimamente improbable: que se convoquen terceras elecciones generales. Bien es verdad que tampoco en la breve legislatura anterior creí, hasta casi el último momento, en segundas elecciones, y ya se vio. A fecha de hoy, y pese al deprimente show de estas dos jornadas parlamentarias, sigo pensando que no, que no habrá terceras elecciones, que a última hora (es decir poco antes del 31 de octubre) el PSOE permitirá que algunos de sus diputados se abstengan, los suficientes para que los 170 síes a Mariano sean más que los noes. Mejor sería que los del PP contaran con los 5 votos del PNV (por ejemplo, apoyándoles para que formen gobierno en Euskadi después de las elecciones vascas), pero incluso en ese supuesto se necesita la abstención de algún socialista (o de Pedro Quevedo, de Nueva Canarias). Claro que como Pedro Sánchez ha sido tan tajante en su negativa a facilitar la investidura de Rajoy, uno piensa que para que ocurra lo que el sentido común dice que tiene que ocurrir (evitar la convocatoria de elecciones) debe previamente suceder algo suficientemente importante que permita al PSOE justificar su cambio de postura; por ejemplo, la desaparición de Mariano y, como efecto obligado, la del propio Pedro (nada me disgusta ese escenario, por cierto). Pero a lo peor no pasa nada de eso y la inercia de las tozudeces y arrogancias nos conduce irremisiblemente, como si se tratara de una tragedia griega en que el destino se empeña en hacer real lo que todos dicen querer evitar a toda costa. Y si hay terceras elecciones, ¿qué?

Pues que con casi toda seguridad tendremos un escenario que con ligeras variaciones seguirá siendo muy similar al actual a efectos de lograr una investidura. Y entonces todos dirán (como dijeron también después del 26 de junio) que en ningún caso habrá cuartas elecciones, pero nadie estará dispuesto a hacer lo que esté de su mano para evitarlas. Porque, por ejemplo, ¿qué razón habría que no haya ahora para que el PSOE en la eventual próxima legislatura se abstuviera? Más bien, cabe incluso pensar que la postura mantenida se reforzaría para no deslegitimarla. Entonces, ¿nos vamos a unas cuartas elecciones para el principio del verano de 2017? Imposible no es, desde luego. ¿Y luego a unas quintas? Y así, ¿por qué no imaginar un bucle infinito, con un gobierno eternamente en funciones, mientras los españoles somos convocados dos veces al año a emitir votos que nunca dan mayoría suficiente a un partido para que pueda ser investido? Esta situación no fue prevista en la Constitución, desde luego, que en un solo artículo (el 99) establece el procedimiento vigente: si en dos meses desde la primera votación de investidura ésta no se logra, se disuelven las Cámaras y se convocan nuevas elecciones. Supongo que los constituyentes pensarían que si esa situación se daba (ya la debían considerar muy poco probable) los nuevos diputados estarían tan escarmentados que sería inconcebible repetir las elecciones. Bueno, pues tan inconcebible no es.

Si es verdad, como aseguran sin excepción nuestros políticos, que  consideran algo malísimo repetir las elecciones, tendrían también que coincidir en que hay que cambiar las reglas actuales para evitar que esta situación vuelva a repetirse. Yo incluso me atrevería a afirmar que no sólo se debería evitar la posibilidad de unas terceras elecciones, sino incluso de las segundas. Parece razonable que no se admita convocar al electorado sin que haya habido una actuación de los políticos que permita revisar el voto previo ni tiempo suficiente para esperar cambios suficientemente significativos de los resultados. En otras palabras: si las elecciones generales tienen por objeto conformar las dos cámaras representativas y que éstas decidan el gobierno de la legislatura correspondiente, refórmese la Constitución para que necesariamente el Congreso electo haya de investir un nuevo Presidente de Gobierno. Esa es la premisa que habrían de aceptar todos los diputados si de verdad fueran coherentes (y honestos) con sus declaraciones de que han de evitarse nuevas elecciones. He escuchado por ahí que una forma de solucionar el problema sería, sencillamente, declarando por Ley ineligibles para las siguientes elecciones a los diputados electos en la legislatura fracasada. Ciertamente, esa amenaza de perder el escaño sería un buen acicate para que llegaran a los acuerdos necesarios para la investidura, pero no los garantiza, ni tampoco que los nuevos diputados –obedientes a las instrucciones de sus partidos– repitan los comportamientos obstruccionistas de sus predecesores. Aún así, votaría por implantar esta norma como una medida de acompañamiento de mi propuesta que, además, parece un castigo justo para quienes han sido incapaces de cumplir con su obligación. Pero creo que sería de muy discutible viabilidad jurídica.

Mi propuesta es más sencilla. Mantendría los cuatro primeros números del artículo 99 de la Constitución tal como están pero modificaría el quinto que pasaría a rezar lo siguiente: “Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey nombrará Presidente al candidato que durante las votaciones de investidura hubiera obtenido más votos favorables”. Con esta regla después de unas elecciones y de un periodo acotado para que los partidos intentaran alcanzar acuerdos, siempre habría gobierno (probablemente en minoría). A mi modo de ver, los efectos serían positivos para los diputados, porque al perder la capacidad de obstruir, se verían mucho más obligados a pactar y, al mismo tiempo, les resultaría bastante más difícil mantener la hipocresía de sus discursos. En la situación en que estamos, por ejemplo, los acontecimientos se habrían sucedido con más claridad, porque todos sabrían que, si no se hace nada en positivo, Rajoy sería necesariamente Presidente de un gobierno en minoría. Pedro Sánchez se plantearía de otra manera si se presenta de candidato, porque podría ocurrir que lo votaran independentistas y Podemos. A su vez, éstos podrían no ser tan exigentes con las condiciones para que sea investido Sánchez, si saben que la alternativa es irremisiblemente la investidura de Rajoy. En fin, no digo que fueran así las cosas, pero lo que es seguro es que se aclararía mucho el panorama, los diputados y los partidos tendrían menos margen para el escaqueo (y la hipocresía) y, en todo caso, habría gobierno, que es de lo que se trata.

Que el gobierno fuera en minoría no me parece nada muy malo. Es, al fin y al cabo, el resultado de la voluntad democrática: los españoles no han dado la confianza mayoritaria a ningún partido. Lo digo para adelantarme a las propuestas del PP de reforma del sistema electoral para primar las mayorías y, por tanto, en sentido contrario a mejorar la representatividad. Pero, en todo caso, la reforma electoral, siendo necesaria, no es la solución para resolver el problema actual (salvo que fuéramos a fórmulas descaradamente anti-proporcionales), por lo que no procede ahora esa discusión. En resumen, que si fueran mínimamente serios sus señorías, en los dos meses que quedan, además de negociar para intentar formar gobierno, deberían tramitar la reforma constitucional que propongo. Los antecedentes de la famosa modificación del artículo 135 (que se resolvió en 34 días) demuestran que es factible.

  
Wasted on the way - Crosby, Stills & Nash (Daylight Again, 1982)