jueves, 6 de octubre de 2016

Bob Dylan en el show de Ed Sullivan

A principios del 62, cuando un jovencito Dylan hacía pocos meses que había firmado con Columbia y aún ni siquiera había publicado su primer disco, le hicieron una prueba para el show de Sullivan. Imagino que como se trataba de la misma compañía, Hammond o algún otro le habría hablado a Sullivan del prometedor cantautor folkie. Pero la cosa no cuajó y Bobby ya se había olvidado cuando le convocan de nuevo para actuar el 12 de mayo de 1963. Ya tenía un disco en el mercado y estaba a punto de salir el segundo, el más que notable The Freewheelin’. Sin embargo, todavía Dylan no era casi conocido fuera del ambiente folk del Greenwich o del entorno de los activistas pro derechos civiles. Obviamente, aparecer en el programa de Sullivan significaría una proyección nacional tremenda y Bob estaba dispuesto a aprovecharla (como ya he comentado en más de una ocasión, pese a su extremada juventud –a punto de cumplir veintidós años– tenía muy claro que quería tener éxito a cualquier precio).

El 11 de mayo, en un ensayo ante Sullivan y el productor Bob Precht, interpretó Talkin’ John Birch Paranoid blues, una canción satírica que se burla de una organización de extrema derecha anticomunista. ¿Por qué eligió ese tema? Lo había compuesto en febrero de 1962 (a raíz del anuncio del embargo comercial de los Estados Unidos a Cuba y a Rusia) y la había grabado en Columbia durante la primera sesión de The Freewheelin’, el 24 de abril de 1962; no era pues reciente. De otra parte, si bien en sus muchas actuaciones de los últimos meses había interpretado varias de las canciones del Freewheelin’, este tema solo lo había cantado una vez (el 12 de abril en el Town Hall neoyorkino y no volvería a cantarlo hasta el 26 de octubre de ese año en el Carnegie Hall). Es decir, parece licito suponer que la elección del tema no era inocente ni respondía a motivaciones artísticas (varias de las otras canciones de que disponía tienen bastante más calidad). Estoy convencido de que el chaval quería provocar.

A Sullivan y Precht, sin embargo, el tema les gustó y dieron su visto bueno. Algo tuvo que pasar en las horas posteriores porque cuando a la tarde del día siguiente, el domingo 12 de mayo en que se iba a emitir la actuación de Bob en directo, al cantautor se le informa de que no puede interpretar ese tema debido al “riesgo de ofender a los miembros de la venerable John Birch Society”. Para más inri, le dicen que se ha ordenado excluir la canción del álbum, que ya estaba prácticamente en prensa. Dylan se negó a cantar otro tema y prefirió no aparecer en el programa. En los días siguientes se desató casi una controversia nacional y el astuto Bobby consiguió probablemente más publicidad que si hubiera aparecido ese domingo en los hogares de las familias de clase media americana. Según el testimonio de Sullivan, Dylan fue muy educado; Suze Rotolo, la que por entonces era su novia, contó por el contrario que la llamó desde el propio teatro y que estaba tremendamente cabreado. Yo tiendo a pensar que había no poco de impostura en el enfado, formaba parte del atrezzo.

El primer libro que leí sobre Dylan, allá por la primavera del 74, cuando hacía pocos meses que había “descubierto” al de Minnesota, es la biografía de Jesús Ordovás publicada por Ediciones Júcar en 1972. Ahí me enteré de la existencia de esta canción y del escándalo que supuso la doble censura de la misma. Transcribo lo que cuenta Ordovás: “… Pero unos momentos antes de retransmitirse el programa en directo, le dijeron que no podría cantar esa canción porque iba a llover y los sonidos se podían mojar. Dylan miró al cielo y se dio cuenta de que no era nada más que una imposición de alguien. Rompió entonces el contrato y se negó a cantar ninguna otra canción”. Ordovás se permite algunas licencias –añade, por ejemplo, que “John Wayne, el célebre cazador de indios comunistas, bebió champán esa noche mientras planeaba hacer una película contra los cantantes rojos”– y probablemente la suya no sea una narración demasiado fiel. Pero bastó y sobró para despertarme las ganas de escuchar esa canción prohibida. Lo logré cinco o seis años después, a principios de los ochenta cuando, en mi primer viaje a Italia compré tres elepés piratas de Dylan, en uno de lo cuales estaba grabada la Talkin’ John Birch Paranoid blues.

Visto desde estos días, tan alejados de la paranoia anticomunista y del miedo a la amenaza nuclear en el contexto de la guerra fría, la canción se nos antoja inocente. Aprovecho para transcribir la letra traducida y también la ya citada interpretación de Dylan en el Town Hall en abril de ese 1963.



Me sentía triste y preocupado / no sabía qué podía hacer / los comunistas me rodeaban / estaban por el aire / estaban por el suelo / no me dejaban en paz.

Así que fui a toda velocidad / a afiliarme a la John Birch Society / me dieron un carnet de miembro secreto / y empecé a patearme las carreteras / Jajaja, ahora soy un auténtico johnbirchero / Preparaos comunistas.

Nosotros estamos de acuerdo con las ideas de Hitler / aunque matara a seis millones de judíos / tampoco importa mucho que fuera un fascista / porque al menos no puedes acusarlo de comunista .

Miraba por todas partes para descubrir a esos malditos comunistas / al levantarme por las mañanas miraba bajo mi cama / miraba en el fregadero, detrás de la puerta / miraba en la guantera de mi coche / no podía encontrarlos.

Miraba arriba y abajo buscando rojos / miraba en el lavabo y debajo de la silla / miraba en el agujero de la chimenea / incluso miré hacia el interior más profundo de la taza del váter / se habían escapado …

Estaba sentado solo en casa y empecé a sudar / comprendí que estaban en mi equipo de TV / se asomaban por detrás del marco de la pantalla / sentí un calambrazo que desde los pies me llegó hasta el cerebro / ellos, los rojos, lo causaban / sé que fueron ellos.

Me despedí de mi empleo así puedo trabajar solo / Me he cambiado el nombre por el de Sherlock Holmes / Segui algunas pistas con mi bolsa de detective / y descubrí que había bandas rojas en la bandera americana / vaya con la vieja Betsy Ross.

He investigado todos los libros de la biblioteca / El noventa por ciento deben ser quemados / he investigado a toda la gente que conozco / el noventa y ocho por ciento deben ser expulsados / el otro dos por ciento son socios de la John Birch / como yo.

Eisenhower es un espía ruso / Lincoln, Jefferson y ese Roosevelt / para mí que eran un solo tipo / por lo que sé sólo hay un hombre / que sea realmente un verdadero americano: George Lincoln Rockwell / lo sé porque odia a los comunistas.

Bueno, por fin estoy pensando correctamente / desde que me dedicó a esta investigación / no puedo imaginarme haciendo otra cosa /así que ahora estoy sentado en casa investigándome a mí mismo / espero que no encuentre nada, Dios mío.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Charla con un militante socialista

Hablaba ayer con un militante socialista, llamémosle Ramón. Ramón aún no llega a los cuarenta pero ya lleva años en el partido, desde antes de los dieciocho. Su adhesión al PSOE es completa y absolutamente emocional, lo que le imposibilita el mínimo distanciamiento crítico; me recordaba al fanático de un equipo de fútbol, por ejemplo. De otra parte, tiene profundamente arraigado el respeto casi religioso a los órganos jerárquicos así como la adoración a las figuras de un santoral laico al que le atribuye los más grandes milagros. Este hombre, supongo que como muchos militantes, odia visceralmente a los de Podemos no tanto porque su irrupción haya quitado votos al PSOE, sino fundamentalmente porque estos chicos han pisoteado sacrílegamente sus preciados ídolos. Hasta hace apenas un par de semanas, Ramón defendía con fe ciega la actuación del Secretario General, modelo a la vez de honestidad y sagacidad política. Pero desde el pasado sábado el pobre está desconcertado, hundido anímicamente. Han sido los propios compañeros, los más ilustres de los militantes, quienes se han acuchillado entre sí, desgarrando internamente el Partido. Ramón lleva unos días muy triste, sin poder disimular su abatimiento –se le ve cabizbajo y callado, él que eran muy dichacharero–, la verdad es que da pena. Ayer, como he dicho, hablé con él; salimos juntos al desayuno de media mañana. Por primera vez quería escucharme, no oponía un rechazo frontal a toda opinión que cuestionara la sacralidad de sus dogmas o de sus santones. Se me ocurre que como Ramón deben sentirse muchos militantes del PSOE. Al igual que su propio partido, están sufriendo una “crisis de identidad”, les han derrumbado pilares importantes de sus estructuras ideológicas, de sus convicciones más caras. Estas crisis, como cualesquiera, aunque dolorosas son oportunidades de maduración, de regeneración, de fortalecimiento interno. Sin embargo, la experiencia demuestra que muchos de quienes las viven (a casi todos nos toca más de una durante nuestras vidas) no saben aprovecharlas, prefieren sustituir lo antes posible las convicciones demolidas por otras nuevas, prestadas por otros y asumidas acríticamente. Veremos cómo sale de ésta Ramón, veremos cómo sale el propio Partido Socialista. Ahora resumo las que fueron mis opiniones a las cuestiones que me planteó ayer.

¿Volverá el PSOE a ser lo que ha sido? Se refiere, claro, a lo que él ha conocido, al partido de su niñez con Felipe González al frente, a la que era la única opción “útil” de los votantes de izquierda. Yo creo que no, pienso que el modelo de tan marcada alternancia bipartidista que ha primado en España desde la disolución de UCD no va a mantenerse a medio plazo. De otra parte, es natural que se derrumbe; lo forzado es aguantar a una mayoría muy relevante del electorado en solo dos bloques. Lo que no creo (quizá porque me cuesta imaginarlo) es que la desaparición de lo que se ha mal llamado bipartidismo suponga el derrumbamiento del régimen como siguió al hundimiento de los cutres partidos de la monarquía Alfonsina. Por cierto, por esos años (hace ya un siglo), el PSOE y otros más, podrían haberse calificado en terminología de hoy como “antisistemas”. El PSOE, por tanto, tendrá que acostumbrarse a que por su izquierda se vaya consolidando otra formación que le dispute la primacía. En cambio, no parece que vaya a ocurrir lo mismo por la derecha. Así que, a corto-medio plazo, es fácil prever la consolidación de tres grandes fuerzas de ámbito estatal más los nacionalistas. En ese marco, la supervivencia y fortalecimiento relativo del PSOE dependerá, a mi modo de ver, de su capacidad para redefinir su identidad ideológica. Parece que lo que ya tienen claro es que se llama socialdemocracia, aunque los nombres no me dicen demasiado, dada la flexibilidad con que albergan los más diversos contenidos. En esa redefinición tendrán enfrente, tratando de quitarles espacio, a los de Podemos y los socialistas tendrán que saber conjugar el necesario marketing electoralista para no perder comba ante los de Iglesias, sin caer en la tentación de supeditara aquél las discusiones ideológicas. Tarea que requiere gente con buenas cabezas y dotes de liderazgo, que no es fácil señalar en estos momentos en el PSOE. Yo intuyo que aparecerán, lo que no sé es cuándo. Y del cuándo depende en gran medida lo que dure la recuperación, incluso que ésta pueda iniciarse (no vaya a ser que se muera el paciente).

¿Felipe González? Ramón fue uno de los indignados con las alusiones a la cal viva de Pablo Iglesias, aunque ni él ni la gran mayoría de las caras del PSOE de esta última etapa vivieron (como adultos) aquellos años. Pero ahora lo ha visto como el demiurgo que de pronto activa las fuerzas del mal en el interior del partido. Felipe hace mucho tiempo –yo diría que desde el famoso vigésimo séptimo congreso– que tiene muy asumido cómo funciona el Poder y dónde está él. Desde luego, lo mejor que podría hacer el PSOE es librarse de él, pero me temo que ni van a atreverse ni él se va a dejar. Y mientras siga sobrevolando el partido, éste vivirá en régimen de libertad vigilada.

¿Abstención o terceras elecciones? A estas alturas y con los plazos constitucionales, si yo fuera militante (incluyendo a los dirigentes) del PSOE no lo dudaría: abstención y evitar a toda costa las terceras elecciones. Mientras que, a diferencia del discurso oficial de los socialistas, yo no comparto que Podemos fuera culpable de que en la pasada legislatura no se formara el gobierno de Pedro Sánchez (el PSOE no quería el pacto), ahora sí les achaco una gran cuota de responsabilidad en el más que probable inminente gobierno del PP; estaba en su mano impedirlo y demostrar generosidad y largueza de miras, peor no ha sido así. En todo caso, entrar en una nueva contienda electoral es lo peor que puede ocurrirle al PSOE; y no tanto por los previsibles nefastos resultados electorales, sino porque imposibilitaría la urgente y necesaria labor de recuperación. Creo que hay que ser muy miope para no darse cuenta de que ir a terceras elecciones es poner al PSOE al borde del precipicio, si no empujarlo directamente al vacío. Por eso no logro entender que tantos líderes sigan manifestando que hay que mantenerse en el “no es no” o, al menos, consultar a la militancia. Como no dudo de que quieran al PSOE, de que sean leales militantes, he de concluir que son tontos.

¿Volverá Pedro Sánchez? Es que Ramón es “pedrista”; primero lo fue por su ciego respeto al cargo, pero tras los incidentes recientes su adhesión la ha personalizado al identificarse con el icono del secretario general elegido por las bases y traicionado por los barones. Yo lo tengo clarísimo: no, no volverá. Dice que quiere presentarse de nuevo a las primarias, en la confianza de que la mayoría de los militantes (Ramón entre ellos) lo apoyará. Pues estoy seguro de que no habrá primarias hasta que quienes mandan tengan claro que Pedrito no se va a presentar, por las buenas o por las menos buenas. Es más, por su propio bien, más le conviene saber cuáles son sus límites, aceptar lo que hay y ponerse al servicio del Partido, contribuir justamente a hacer (al menos a corto plazo) todo lo contrario de lo que ha venido haciendo en los últimos meses.

Para media horita en el bar, la conversación dio de sí. Por cierto, a cambio de mis opiniones, Ramón me confesó algunos chismes preocupantes del PSOE isleño; tampoco en el ámbito regional tienen un futuro demasiado prometedor.

  
Everything is broken - Ben Sidran (Dylan Different, 2009)

lunes, 3 de octubre de 2016

El show de Ed Sullivan

Ed Sullivan tenía cuarenta y seis años, era un tipo elegante y atlético (había sido boxeador) y uno de los más leídos periodistas especializados en el mundo del espectáculo y las celebridades. Tres veces a la semana publicaba en el New York Daily News una columna titulada Toast of the Town que se reproducía en más de otros doscientos periódicos por todo el país. Sullivan y su esposa Sylvia vivían en una inmensa suite de la undécima planta del Hotel Delmonico de Park Avenue (en ese hotel, el 28 de agosto de 1964, los Beatles probaron la marihuana por primera vez, ofrecida por Bob Dylan), una pareja influyente sobre los más influyentes de Nueva York y el país. Estamos en 1948, años de posguerra eufórica en los USA. La televisión lleva ya casi una década emitiendo, pero aún es muy minoritaria. Una de las compañías radiofónicas más importantes, la CBS, intenta impulsar su sección televisiva, superar a la por entonces más poderosa RCA. Uno de los ejecutivos de la Columbia es Marlo Lewis, con experiencia en la producción de shows para la radio. Lewis le propone a Sullivan presentar un programa de una hora con el mismo título y temática que su columna de prensa. Así, en junio de 1948, se graba en directo el primer programa desde el Maxine Elliott Theatre de Nueva York (luego rebautizado Ed Sullivan Theatre).

En ese primer domingo por la noche, Sullivan recibió nada menos que a los compositores Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, en la cúspide de su fama por esos años; y también a Dean Martin y Jerry Lewis, por entonces un dúo cómico con éxito creciente en los locales nocturnos de Atlantic City. Hubo algunos invitados más cuyos nombres no me dicen nada, pero descubro que una tal Monica Lewis, cantante, era la hermana de Marlo, el productor del show. El caso es que, desde los primeros programas, Sullivan recibió muy malas críticas en la prensa escrita de sus propios colegas. Se ha dicho que pudieron estar motivadas en parte por la envidia (uno de ellos que se convierte en estrella) o por rechazo al nuevo medio de comunicación del que temerían, con razón, que eclipsara el protagonismo de los periódicos. Pero también es verdad que Sullivan era todo lo contrario de que lo que se esperaba de un presentador: carecía de gracia, era muy soso en sus presentaciones y se movía torpemente por el escenario en el que actuaban los distintos protagonistas de cada show. Sin embargo, lo cierto es que el programa se consolidó con magníficas audiencias desde muy pronto lo que le permitió mantenerse casi veintitrés años consecutivos (última emisión el 6 de junio de 1971).


¿Cuál fue, entonces, el secreto del éxito? Gracias a Internet he podido ver algunos de los programas, sobre todos de los dos primeros años (todavía en la década de los cuarenta), y, al menos desde el gusto actual, uno no diría que la clave fuera el formato. Como ya he dicho, se grababan en un teatro (de vez en cuando, sobre todo en los aplausos, se enfocaba al público) y el programa consistía en la sucesión de “variedades”: cantantes, monologuistas cómicos, imitadores, artistas circenses, guiñolistas, músicos, etc. Entre actuación y actuación salía Ed Sullivan para aplaudir la que acababa y presentar la que iba a continuación. El show se interrumpía dos o tres veces para proyectar anuncios de nuevos modelos de coches de la marca Lincoln-Mercury (marca de la Ford), principal patrocinador desde el 48 hasta el 62. Al principio y al final salían unas bailarinas con la melodía del programa, una coreografía un tanto patética. No, no me parece que el diseño del programa fuera nada innovador. Dicen los entendidos que lo que hizo del programa una referencia televisiva y tremendamente influenciable en el show-bussiness entendido en su más amplia acepción, fue la extrema habilidad de Sullivan en seleccionar a sus invitados, tanta que se aseguraba que quien aparecía en The Ed Sullivan Show era catapultado a la fama.

Si se repasan los nombres de los personajes que pasaron por el programa, en especial los de artistas del rock que son los que más me interesan, uno se asombra ante la cantidad de músicos relevantes. Cuando actuaron en el show no eran, ciertamente, tan conocidos como llegaron a serlo, y es verdad que su paso por el programa contribuyo popularmente a que se difundieran sus famas. Naturalmente, Elvis Presley, Bob Dylan, los Beatles, los Rolling Stones o los Doors habrían alcanzado el Olimpo musical aunque, al principio de sus carreras, no hubiesen sido presentados un domingo por la noche a la audiencia estadounidense por Ed Sullivan. Pero fueron presentados y eso, sin duda, influyó muy positivamente en sus éxitos comerciales, además de dejarnos no pocas anécdotas. Revisemos algunas, con las actuaciones correspondientes.

Elvis Presley
Parece que Sullivan no quería que Elvis fuera a su show. En junio, tras la aparición de Presley en el Milton Berle Show, comentó públicamente que sus actuaciones eran incompatibles con un público familiar (por sus provocativos movimientos de piernas y cadera). Sin embargo, el 1 de julio Elvis actuó en el Steve Allen Show de la NBC, el programa rival del de Sullivan. A pesar de que Allen se empeñó en menospreciar al de Memphis, la audiencia de su show superó a la de Sullivan, lo que no era habitual. Así que Ed tuvo que tragarse sus palabras y contratarlo para tres apariciones en su show por 50.000 dólares, record hasta la fecha. La primera actuación (9 de septiembre de 1956) alcanzó un 82,6% de share con más de 60 millones de espectadores. Curiosamente ese día Ed no fue el anfitrión de su propio espectáculo porque estaba en el hospital recuperándose de un accidente de coche; quien presentó el show fue el actor Charles Laughton. Pero Sullivan había dado instrucciones para que las cámaras evitaran enfocar al cantante de cintura hacia abajo. En el video adjunto pueden verse y escucharse Ready Teddy y una corta versión de Hound dog; ese día, además, cantó Don’t be cruel y Love me tender. Como he leído en la Red, el 9 de septiembre de 1956 es la fecha en la que el rock’n’roll pasó a ser el género musical dominante en los Estados Unidos.


Buddy Holly & The Crickets
Hasta mayo de 1957, publicación de That’ll be the day, Buddy y sus crickets no se comían una rosca, por más que se lo curraban actuando en cuantos locales les dejaran de Texas y alrededores. En noviembre de ese año publican su primer álbum y enseguida son llamados al programa de Sullivan. El todopoderoso y arrogante presentador les dice que no quiere que toquen Oh Boy porque le parece demasiado ruidosa, lo cual está a punto de que Buddy se largue. Al final, sin embargo, aunque a disgusto, entra por el aro e interpreta, además de su reciente gran éxito, la conocida Peggy Sue. Los chicos tuvieron tan buena acogida, en el teatro y en los niveles de audiencia, que Sullivan los invitó dos meses después y entonces sí interpretaron el tema vetado. Cuenta la leyenda que Ed les propuso volver una tercera vez y Buddy le contestó que no tenía dinero suficiente para contratarle. No era aún tan importante para despreciar el poder publicitario del programa pero se ve que el chico quiso desquitarse. Un año después de esa segunda actuación, el 3 de febrero de 1959, Buddy se mató en el más célebre accidente de avión de la historia del rock (the day the music died). El video que sigue corresponde a la primera actuación, la del 1 de diciembre de 1957, y a Peggy Sue (no he encontrado la interpretación completa de That’ll be the day). Buddy tenía 21 añitos y sus Crickets rondarían edades parecidas, no hay más que ver las pintas de niños embutidos en trajes con corbatas; a medio camino entre lo tierno y lo patético. Merece la pena verlo.


Seguiré con más rockeros y sus actuaciones en el show de Sullivan ...

domingo, 2 de octubre de 2016

Sobre los viajes en el tiempo (2)

En el primer Diccionario de la RAE (1780) la primera acepción de tiempo es “medida de la duración de las cosas” y me gusta porque remite a la magnitud física de la mecánica clásica. Ahora bien, no deja de ser una definición tautológica pues la duración es el tiempo que pasa entre dos fenómenos. Y es que, por más que todos sabemos de sobra lo que es el tiempo, no es fácil definirlo. Para intentar entenderlo (me refiero al tiempo de Newton, con los de la relatividad y la cuántica ni me lo planteo) yo tengo que introducir la idea de movimiento o de cambios, si se prefiere. Si imaginamos el universo, el conjunto de todas los elementos que lo conforman de forma estática, como una foto fija en la que absolutamente nada cambia, no tiene sentido hablar de tiempo. De hecho, cuando trato de comprender otra idea incomprensible como es la de eternidad me figuro una dimensión exterior al universo desde donde se ven estáticas todas las infinitas fotos fijas, cada una uno de los estados del universo en uno de los infinitos momentos temporales. Pues bien, el tiempo es lo que ordena y enlaza en movimiento cada una de estas escenas estáticas, lo que hace que a una le siga otra, y a esta otra otra más y así en una sucesión lineal y, en principio, interminable.

Como sabemos bien, en los muchísimos cambios de estado que hay entre cada escena estática, es fácil identificar regularidades y, a partir de éstas, establecer convencionalmente las unidades de referencia para medir el tiempo. Por ejemplo, el isótopo 133 del átomo de Cesio emite oscilaciones de radiación con extrema regularidad, tanta que desde 1967 se define el segundo como la duración de 9.192.631.770 de esas oscilaciones. A mí en cambio, me enseñaron en el colegio que las unidades del tiempo derivaban de la duración de los movimientos de nuestro planeta (y ya no era así; está visto que la educación franquista era un desastre). A lo que voy, que gracias a estas regularidades podemos medir el tiempo que transcurre entre dos estados distintos, sucedidos en dos fechas distintas. De tal modo, cada ente del universo –un átomo en la uña del dedo pulgar de mi pie derecho, por ejemplo– queda definido no sólo por su posición en el espacio (las famosas coordenadas x, y, z en un sistema acotado al planeta) sino también por un momento concreto en el tiempo; para ser más precisos, en una escala convencional del tiempo (nuestro calendario, por ejemplo).

Creo que necesito aclarar lo que entiendo por “cambios de estado”, los necesarios para que haya tiempo. Digamos que el estado del universo en un momento dado t1 puede definirse con absoluta precisión mediante la identificación de las coordenadas espaciales de todas las partículas elementales que lo constituyen (prescindo en esta discusión de la distinción entre materia y energía, y eso que me aferro obcecadamente al marco de la mecánica clásica). Simplifiquemos al máximo e imaginemos que el universo estuviera conformado por solo dos partículas elementales sobre un plano finito (veámoslo como una mesa de billar con solo dos bolas). El cambio de estado entre dos momentos temporales se puede definir con absoluta precisión como el cambio en las coordenadas x-y de cada una de las dos bolas. En el dibujo adjunto, por ejemplo, la bola roja pasa de (5-3) a (7-7), mientras que la negra de (15-10) a (10-7) en el intervalo temporal (el número de segundos que sea) que transcurre entre el momento t1 y el momento t2. Imaginémonos ahora un número casi infinito de elementos (todos los que en su conjunto conforman el universo en cada momento), todos ellos moviéndose continuamente: esos son los cambios de estado del universo, eso es el tiempo.


En la concepción tradicional del tiempo, todos los estados del universo desde su origen (a estos efectos es irrelevante cuál sea éste, incluso que no lo haya habido) se ordenan en una sucesión inmutable. Es decir, el estado correspondiente al momento t1 (el inicial en que empezamos a contar) es la concreta relación de partículas existentes en ese momento, cada una con sus precisas coordenadas de posición en el espacio; luego va la “foto fija” del momento 2 y así sucesivamente hasta este instante presente y efímero (ya estamos en otro). Acépteseme una visión radicalmente materialista; o sea, que todo –y cuando digo todo quiero decir todo– puede descomponerse en partículas elementales todas ellas iguales, cuyas agrupaciones y combinaciones dan como resultado cualquier ente de los casi infinitos que hay en el universo, desde una flor hasta su fragancia, desde una persona hasta el distraido pensamiento que cruza su cerebro (tampoco me es estrictamente necesaria esta concepción, pero simplifica el asunto y me ayuda a entenderlo). Así que, cualquier cosa queda definida con absoluta precisión por sus cuatro coordenadas t, x, y, z. Y para cada t dado, hay un único e inmutable conjunto (cuasi infinito) de ternas de coordenadas espaciales. Dicho de otra manera, un ente concreto tiene una posición inmutable en el espacio en cada momento temporal, al menos en todo aquel anterior al presente. Esta, entiendo yo, vendría a ser la concepción lineal e inmutable del tiempo.

Ahora bien, el cómo se pasa de una de nuestras fotos fijas a la del instante siguiente está sometido a unas reglas, a una especie de leyes de funcionamiento del tiempo. A lo que me refiero tiene bastante que ver con el concepto de flecha del tiempo, propuesto en 1927 por Arthur Eddington, y con la idea de irreversibilidad. Por ejemplo, se nos cae un objeto cerámico al suelo y se rompe. Si dividiéramos la secuencia en todos los estados sucesivos referidos solo a las muchísimas partículas elementales que componen ese objeto, comprobaríamos que sus coordenadas se van separando hasta quedar en reposo. A ninguna de esas “fotos fijas” podría seguirle otra en la que las partículas que se han venido distanciando acercaran sus posiciones, lo que equivaldría a que los trozos resultantes de la ruptura se volvieran a juntar para recomponer el objeto, algo así como si pasáramos una filmación marcha atrás. O sea en la concepción clásica del tiempo, dado un estado del universo no cabe que el que siga (en el orden temporal) sea cualquiera de las casi infinitas combinaciones de coordenadas, ya que la gran mayoría de éstas contravendrían esas reglas a las que me refiero. Conviene advertir que, para la mecánica cuántica, esas leyes no operan en el plano microscópico (y evocamos al manido gato de Schrödinger que en realidad era un electrón), pero evidentemente no estamos en ese entorno.

Apunto además que también el matrimonio causa-efecto, tan esencial en la lógica, tiene mucho que ver con estos de las leyes (o restricciones, si se prefiere) que gobiernan el fluir del tiempo, el cambio sucesivo y ordenado de estados del universo. Y es que la propia estructura de la lógica está muy estrechamente ligada a esta concepción tradicional del tiempo: un tiempo en el que lo que ha ocurrido ya ha ocurrido y ha ocurrido como ha ocurrido para siempre, es inmutable, y además ha ocurrido porque era posible que ocurriera (y no todo es posible que ocurra). Bajo esta concepción, entiendo yo, hay que cuestionarse la compatibilidad con la lógica de los viajes en el tiempo. Vanbrugh, en su planteamiento que creo que encaja en la que llamo concepción tradicional, propuso una ley para los viajes en el tiempo: que cualquier cosa que haga un viajero en una época anterior, la ha hecho ya en el momento de emprender el viaje. Me parece congruente con la concepción tradicional del tiempo pero, al contrario de lo que él sostiene, creo que de la misma se deduce justamente la incompatibilidad lógica de los viajes temporales (al menos hacia el pasado). Pero ya seguiremos hablando, que se me ha acabado el tiempo.

  
Counting out time - Genesis (The Lamb Lies Down on Broadway, 1974)

sábado, 1 de octubre de 2016

Shake, Rattle and Roll

1956 es el año de la explosión de Elvis Presley, cuando definitivamente se convierte en ídolo de la juventud norteamericana, y eso ocurre sobre todo gracias a la televisión. Su primera aparición en difusión nacional fue en el 28 de enero en el Stage Show de los hermanos Dorsey. Tommy y Jimmy Dorsey eran dos de los más afamados músicos de la época de las big bands; entre el 54 y el 56 la CBS los contrató para dirigir un programa de variedades los sábados por la noche. En esa primera actuación, interpretó, en primer lugar, Shake, rattle and roll, tema de rhytm and blues compuesto en 1954 por Jesse Stone y grabado por Big Joe Turner aquel mismo año. En el siguiente video puede verse al grandote de Joe interpretando la canción en el mítico Apollo de Harlem, acompañado por la orquesta de Paul Williams. Música negra, desde luego, aceptada y hasta gustada por los blancos, pero sin pasarse.


Shake, rattle and roll se traduciría algo así como agita, traquetea y rueda, lo que describe fielmente la acción de tirar los dados y de hecho ya había una canción al respecto grabada en 1919 por un tal Al Bernard. Pero en el tema de Stone las tres palabras que se repiten tienen clara alusión sexual y la letra fue considerada demasiado atrevida en su época. Aún así –o precisamente por eso– el tema alcanzó el número 1 en las listas de R&B, justo por las fechas (junio del 54) que un blanquito decidió grabar su propia versión. Me refiero a Bill Haley & His Comets, quienes poco antes habían dado el bombazo con su famoso Rock around the clock. Para entonces Haley no era un crío –rondaba la treintena– y a sus espaldas tenía una ya larga carrera haciendo country. Pero en el 52 cambió el nombre de su anterior banda y empezó a mirar hacia el rhytm & blues de los negros, lo que le permitió convertirse en uno de los fundadores del rock and roll. La versión que hace el hombre del ricito en la frente parece que fue dulcificada, tanto en las letras como en el ritmo, ya de clara orientación rockabilly. Yo me quedo con el estilo de Turner, pero lo cierto es que Los Cometas popularizaron este tema mucho más allá de las fronteras del rythm&blues. El video que he encontrado corresponde a una actuación de Haley en Bélgica en 1958, cuatro años después de la grabación del single.


En enero de 1955, cuando ya el tema era un éxito radiofónico, un joven Elvis de veinte añitos recién cumplidos grabó una demo de Shake, rattle and roll en una emisora de la KDAV en Lubbock, Texas. Por entonces, Presley tenía contrato con Sun Records y llevaba unos meses dando tumbos por los Estados del Sur acompañado de Winfield «Scotty» Moore, guitarrista, y Bill Black al contrabajo. El chaval se estaba ganando cierta fama y adquiriendo su propio estilo, incluyendo los espasmódicos movimientos de cadera que, por lo visto, nacieron tanto como respuesta al ritmo que marcaba Black como a una forma de descargar el nerviosismo en sus primeras actuaciones. La versión que hace Elvis fusiona las dos anteriores, en cierto modo marca la línea convergente de los dos principales ríos que desembocarían en el rock, el de las aguas negras del blues y el de las blancas del country. Esa demo alguien la ha montado con imágenes de la época y subido a Youtube


Ha pasado un año desde esa grabación y Elvis ya es otro. Ha actuado con estrellas sureñas del country, ha aparecido en una televisión local (de Louisiana) y hasta hizo de telonero para el entonces mucho más famoso Bill Haley. En noviembre del 95, la Convención de disc-jockeys acuerda declarar a Presley como el artista masculino más prometedor y le llueven ofertas de discográficas. Firma finalmente con RCA Victor y su nueva compañía empieza a promocionarlo. Graba Heartbreak Hotel en Nashville (en esa sesión participó el gran Chet Atkins) y viaja a Nueva York para aparecer en el programa de los Dorsey que menciono al principio del post. Puede verse su interpretación en el video siguiente: el primer tema es, en efecto, Shake, rattle and roll pero lo mezcla con otra canción también compuesta por Jesse Stone y también grabada originalmente por Big Joe Turner, Flip, flop and fly (la verdad es que es muy muy parecida; si no se está atento ni se nota que se trata de dos temas). Por cierto, la segunda canción es I got a woman, del maravilloso Ray Charles.


Muchos otros han interpretado Shake, rattle and roll, pero en mi opinión el trío que reseño en el post consolida el estándar de uno de los primeras temas del rock. No obstante, no me resisto a poner la versión casi “jazzística” que hizo un tipo que me gustaba mucho (ya murió el pobre) en Berlín en 2001, Willy DeVille. Y lo dejo aquí, pero volveré con Elvis Presley y otra aparición televisiva de ese mismo 1956, la más importante de todas (en el show de Ed Sullivan) entre otras razones porque despertó la vocación de no pocos muchachitos estadounidenses que unos años después contribuirían al desarrollo del rock.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Comunicado de Podemos

Transcribo a continuación el texto de un comunicado que se está discutiendo en estos momentos entre los principales dirigentes de Unidos Podemos antes de hacerse público. Espectacular primicia informativa.

Ante los acontecimientos que se están viviendo en el seno del Partido Socialista, el Área de Análisis social y político de Podemos ha elaborado una valoración de la actual situación política del país y una propuesta concreta y, a nuestro juicio, especialmente urgente. Tanto el análisis como la propuesta serán presentados por el Secretario General a la consideración y aprobación del Consejo Ciudadano Estatal que ha sido convocado para el próximo sábado 8 de octubre.

En las elecciones del pasado veintiséis de junio el Partido Popular fue el que obtuvo más votos. Pero eso no significa, como incansablemente se obstinan en repetirnos, que la ciudadanía quiera que este país sea presidido por Mariano Rajoy, ni mucho menos que cualquier otra opción de gobierno contradiga las reglas democráticas. Nosotros interpretamos, en cambio, que una gran mayoría de españoles, el 75% de quienes depositaron su voto en las urnas, manifestaron su oposición a un nuevo gobierno del PP.

Esta conclusión ha quedado patentemente clara tras los dos intentos de investidura del señor Rajoy. La mayoría de los representantes legítimos de los ciudadanos, quienes en nuestra democracia expresan la voz de los votantes, han rechazado contundentemente al Partido Popular. Tan solo Ciudadanos, justificándose en la necesidad de que haya Gobierno pero a disgusto, apoyó la investidura, aunque infructuosamente.

Unidos Podemos ha manifestado siempre con absoluta nitidez que su primer y principal objetivo es acabar con las nefastas políticas de Rajoy, que tanto daño han hecho a la mayoría social de este país. Los resultados electorales y sus consecuencias parlamentarias refrendan la legitimidad democrática de nuestras intenciones que comparte mayoritariamente la ciudadanía española. Sin embargo, ni en la breve legislatura pasada ni en ésta, los restantes partidos hemos sabido o podido ofrecer una alternativa viable para desalojar al PP del gobierno.

Somos conscientes de que nuestra formación, que asusta a quienes llevan tanto tiempo controlando los resortes del Poder político y económico, se ha convertido en un obstáculo más que en un apoyo para conformar la necesaria alternativa de gobierno. Hemos de reconocer que el injusto y demagógico discurso del miedo, alentado con entusiasmo desde casi todos los medios de comunicación, ha calado en gran parte de la ciudadanía. Pero además, esos poderes no tienen reparo en sobrepasar cualquier barrera democrática antes que permitir que Unidos Podemos participe en la gobernación de este país.

Lo ocurrido recientemente en el PSOE es muestra meridiana de la férrea negativa a nuestra coalición. No nos cabe duda de que los poderes fácticos a quienes sirven no pocos de la ejecutiva socialista han querido abortar la posibilidad real de un pacto progresista que intentaba viabilizar Pedro Sánchez. Independientemente de cómo los socialistas resuelvan a medio plazo su grave crisis de identidad, nos parece evidente que los recientes acontecimientos nos abocan a la investidura en pocos días de Mariano Rajoy, con la abstención cómplice de suficientes diputados del PSOE.

Si, como siempre hemos mantenido, el primer objetivo de Unidos Podemos es expulsar al PP y, de otra parte, en estos momentos somos el mayor impedimento para que se permita un gobierno alternativo, la conclusión es evidente. Para lograr que el Partido Popular pase a la oposición, Unidos Podemos está dispuesto a votar afirmativamente la investidura de Pedro Sánchez sin reclamar a cambio ninguna contrapartida, ningún puesto en el futuro gobierno ni ninguna otra concesión, admitiendo el programa electoral del PSOE. Incluso votaremos afirmativamente aún cuando, como consecuencia de un pacto de investidura con Ciudadanos, se recupere el acuerdo que esos dos partidos suscribieron en la pasada legislatura.

Con esta decisión que obviamente no es de nuestro gusto, Unidos Podemos quiere demostrar, frente a las insidiosas calumnias a las que ya estamos habituados, que sabe sacrificarse por el bien de la mayoría social. Ciertamente, mucho mejor para los intereses populares sería un verdadero pacto progresista pero, convencidos de que éste no es posible en las actuales circunstancias, entendemos que debemos remover cualquier obstáculo para posibilitar lo más importante: deshacernos de las políticas salvajes del Partido Popular.

Unidos Podemos, naturalmente, ejercerá una leal oposición al nuevo gobierno durante esta legislatura, apoyando las medidas que beneficien a la mayoría social de este país (aún cuando no vayan tan lejos como quisiéramos) y combatiendo las que la perjudiquen. Ciertamente, un gobierno minoritario de Pedro Sánchez tendrá ante sí una tarea difícil, que le obligará a negociar y pactar con las restantes fuerzas, pero ésta es una de las reglas de los nuevos tiempos, de la que tampoco habría de escapar el PP.

La suma de nuestros votos no permite alcanzar la mayoría suficiente para la investidura de Pedro Sánchez. Por eso, en primer lugar, queremos hacer un llamamiento a los diputados nacionalistas, en especial a los catalanes. Si la presencia de Unidos Podemos es uno de los argumentos que imposibilita la alternativa al PP, las exigencias nacionalistas (en particular la del referéndum) es el otro principal. Por tanto, sin renunciar en nada a sus idearios, como tampoco nosotros lo hacemos, les pedimos que no condicionen a éstas el apoyo a Pedro Sánchez, o al menos la abstención, evitando así ser cómplices de la reelección de Mariano Rajoy.

Un mensaje, en segundo lugar, a Ciudadanos: que demuestren ese sentido de Estado del que tanto alardean y, una vez suprimido cualquier compromiso del PSOE con nosotros o con los nacionalismos (las dos que para ellos sí son líneas rojas), faciliten la investidura de Pedro Sánchez. Que se den cuenta de que un gobierno del PSOE, aunque haya sido votado directamente por menos españoles que uno del PP, contaría con muchísimo menos rechazo de la ciudadanía. El mal menor, como justificaron en su momento, no es el gobierno de Rajoy.

Por último queremos dirigirnos, como no podía ser de otra manera, a los dirigentes y militantes del Partido Socialista Obrero Español. Mantuvimos durante la campaña electoral que nosotros no éramos el enemigo, sino Rajoy. Pese a todo, algunos de vosotros, influidos por voces interesadas, creéis que buscamos destruir al partido. Pues bien, con este anuncio esperamos convenceros de que no es así, de que queremos ser vuestros aliados en el objetivo compartido de acabar con las políticas del PP. Confiamos en que, libres de las engañosas excusas que se han esgrimido durante las últimas semanas, el PSOE asuma decididamente su obligación.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

El decimoséptimo hombre

Un whatsapp de Susana hace dos días. Me sorprende, claro, ¿cuántas veces hemos hablado? Ninguna confianza y me contacta, necesitamos tu apoyo, dice, no se puede seguir así. No son asuntos para el teléfono, ya hablaremos, contesto. Mañana te llama J. Tardo un poco en caer, ah, vale, fin de la conversación.

Anteayer casi no dormí, daba vueltas repitiéndome la misma pregunta: ¿qué pretende ésta? O los que están detrás de ella. La respuesta era obvia: cargarse a Pedro. Ya, sí, pero ¿cómo? Y a mí, ¿para qué me necesitan? No soy ni de los que lo apoyan ciegamente ni de los que están en su contra. ¿Querrán que medie?

Ayer, en efecto, me telefoneó J. Quedamos en el quiosco junto al parque. Lo vi muy viejo y muy gordo, muy aletargado además. Uno de los políticos más astutos, más maquiavélicos de la edad dorada, en los inicios de la autonomía, yo estaba en la universidad cuando lo conocí, cómo me impresionó su viveza, su inteligencia, a los pocos días de ese encuentro en la Facultad me afilié, el año que viene se cumplirán cuatro décadas.

J. me habla de parte de Felipe, la autoridad moral, lo acepto aunque a veces dude de a quién sirven. Pedro ha perdido el juicio, me dice, va a hundir al país y al Partido. Es capaz de aliarse con Podemos sólo por no dar su brazo a torcer, por instalarse a toda costa en Moncloa. Pero, cuestiono, tiene el deber de intentarlo, el rechazo a Rajoy es muy mayoritario. No seas ingenuo, a estas alturas ya da igual cualquier alternativa, Pedro está quemado y ya no ofrece confianza. Su única oportunidad era recuperar el liderazgo propio y algo del prestigio del PSOE desde la oposición; y la ha desperdiciado.

No quieren que medie, ya no tiene sentido, piensan que el Secretario General y su círculo íntimo están enrocados, ajenos a la realidad. La única solución es que más de la mitad de la Ejecutiva dimita y así, según los Estatutos, queda cesado de su cargo y se constituye una gestora. Los estatutos no dicen eso exactamente, pero J. no me ha dejado argumentarlo, pareciera como si, en el fondo, todo este asunto no le importara. Has de poner tu firma junto a los otros dieciséis compañeros que ya lo han hecho; la necesitamos porque contigo las vacantes serían la mitad más uno.

Maldita la hora en que acepté formar parte de esta Ejecutiva. Nunca en la historia del Partido un Secretario General ha sido expulsado por su propia Ejecutiva, y para colmo, Pedro ha sido elegido en primarias. Sí, es verdad que está llevando al PSOE a la ruina, que es imposible que forme gobierno y que será culpable de unas nuevas elecciones y de que perdamos todavía más votos. Pero, ¿no hay otra forma de cambiar el rumbo? Ya imagino a los de Podemos (y no solo) acusándonos hasta de golpistas, de contradecir a nuestras propias bases. ¿Y las heridas que dejará este acto? ¿Cuánto tardaremos en recuperarnos?

Otra noche sin dormir. Sudaba a ríos en la cama, picores por todo el cuerpo, hasta que a la cuatro me levanté definitivamente. Demasiada ambición, demasiada soberbia. Llevo ya demasiados años en política como para no saber que son notas características, casi omnipresentes. Sin embargo, aún me cuesta entender que impulsen a algunos, a casi todos, a sobrepasar cualesquiera límites, quizá porque yo no soy así. Renuncié a pelear por la primera línea en la región pese a que podía exhibir mas méritos que el resto. Pensé que desde la Ejecutiva podría colaborar discretamente a recuperar al Partido. Y ahora esto.

Haga lo que haga, traicionaré. Traiciono las reglas no escritas del PSOE, de la democracia, de mi compromiso personal implícito. O traiciono mi lealtad al Partido, a España incluso. Y haga lo que haga, se interpretará que obedece a un cálculo ventajista. Siempre he sido indeciso, odio que me fuercen a decidir. A los tibios Dios los vomitará de su boca, eso está en el Apocalipsis, creo; muy adecuado, vivimos los socialistas un apocalipsis. Son las diez de la mañana, estoy a punto de salir para el aeropuerto, voy a Madrid, les he dicho que sí, ya tienen su decimoséptimo hombre.

  
Little acts of treason - Carlene Carter (Little Acts of Treason, 1995)

martes, 27 de septiembre de 2016

Sobre los viajes en el tiempo (1)

Con la excusa del post que publiqué hace una semana, Vanbrugh y yo hemos mantenido un largo intercambio de comentarios sobre la posibilidad de viajar en el tiempo que, aparte de entretenerme, ma ha dejado pensando. De modo que voy a intentar aclararme, aunque ello me obligue a ir despacito. ¿Se puede viajar en el tiempo? Primero tratemos de entender qué significa esto, fijémonos detalladamente en el proceso del viaje temporal. Antes de nada, cuando hablamos de viajar suponemos que quien viaja es una (o varias) persona(s). Podríamos hablar del “viaje” de un objeto inanimado, o de una planta o de un animal, pero el verbo viajar parece reservado para los humanos, y así nos ha acostumbrado la ciencia ficción cuando hablas de viajes en el tiempo: quienes viajan son las personas. Personas, además, que son conscientes (en distinto grados) de que viajan en el tiempo; si no, dicho sea de paso, no tendría demasiada gracia o interés literario, por más que sí científicamente. Por tanto, un viajero en el tiempo es un individuo que pasa del presente a otra fecha más o menos separada en el tiempo, sea del pasado o del futuro.

Por muy obvio que sea, conviene advertir que todos viajamos en el tiempo. Estamos continua e ininterrumpidamente pasando de un presente al futuro inmediato, que pasa a ser presente. Naturalmente, ése no es el viaje en el tiempo que nos interesa. Pero en cambio, si desde nuestro presente llegamos a un futuro en menos tiempo que la diferencia entre las dos fechas, ya sí podríamos hablar de viaje en el tiempo. Aquí viene a cuento la magnitud que introdujo Vanbrugh en sus comentarios, que podríamos llamar velocidad de desplazamiento temporal y que se expresa en unidades de tiempo entre unidades de tiempo (la velocidad, como todos sabemos, corresponde a unidades de longitud entre unidades de tiempo). Ahora bien, para que esta magnitud tenga sentido hay que dividir dos magnitudes distintas de tiempo que, para entendernos, voy a llamar el tiempo interno y el tiempo externo. Ambas se expresan en segundos (o minutos, horas, etc) pero la primera mide la duración de un suceso para quien lo vive mientras que la segunda para el resto del universo.

Supongamos que yo tengo un máquina del tiempo, me meto en ella, programo la fecha a la que quiero viajar (pongamos en el futuro, por ejemplo mañana a esta misma hora, para no ser muy ambicioso) y aprieto el botón que da inicio al viaje. Vibra el cacharro, veo lucecitas de colores, siento vértigos y náuseas y, al cabo de un rato, apenas un minuto, estoy en el mismo lugar pero veinticuatro horas después, como compruebo inmediatamente por la fecha y hora que muestra mi móvil y que está recibiendo del satélite. He viajado en el tiempo (hacia el futuro) a la velocidad de 24 horas (de tiempo exterior)/minuto (de tiempo interior). El tiempo mío se ha “dilatado” para ser 1.440 veces más “lento” que el exterior. De acuerdo a la relatividad de Einstein, esto es posible a velocidades cercanas a la de la luz. No es objeto de este post explicar cómo nuestra máquina del tiempo puede ponernos a esas velocidades tan brutales y que salgamos indemnes en el futuro; nos creeremos que la tecnología ha resuelto esa dificultad trivial.

Antes de seguir hay que concretar cómo medimos el tiempo interno. Tenemos que adoptar algún método fiable, que no dependa solo de nuestra percepción subjetiva. Téngase en cuenta que una patología cerebral en la percepción del tiempo puede hacer que un individuo crea haber viajado en el tiempo cuando lo único que le ha ocurrido es que crea que ha pasado un ratito y en realidad han sido horas. También la ingesta de ciertas drogas distorsiona la percepción del tiempo. O –otro ejemplo– si uno cae en coma y despierta diez años después con la sensación de que ha pasado un segundo desde su último recuerdo. De hecho, en mi modesto viaje a mañana, es muy probable que, antes de creer que he viajado en el tiempo, pensaría que he tenido un desvanecimiento de veinticuatro horas.

Aceptando que la medida del tiempo es la de los cambios en los objetos (seres) que existen en el espacio-tiempo, para medir el tiempo interno habríamos de medir los cambios de estados orgánicos propios. Por ejemplo, nos conectamos un pulsómetro que nos dice cuantas veces ha latido nuestro corazón durante el viaje y dividiéndolo por nuestro ritmo cardíaco habitual (suponiendo que no se altera durante el viaje) sabemos la duración de éste en unidades de tiempo interno. O nos enchufamos un medidor de la actividad cerebral (ni idea de si existe y de si ésta es regular) y tres cuartos de lo mismo. O un sensor extremadamente preciso que es capaz de medir lo que ha crecido un cabello testigo; en el viaje descrito al futuro cercano ese pelo se habría alargado en 300 nanómetros y, por tanto, sabría que había transcurrido un minuto de mi tiempo interno.

Viajar al futuro plantea bastantes menos complicaciones que hacerlo al pasado. En primer lugar, es teóricamente posible según la Física, al menos en el marco de la teoría de la relatividad. Viajar al pasado, en cambio, plantea mayores complejidades para la física teórica. Pero no se trata ahora de discutir de física (entre otras cosas porque no estoy ni remotamente capacitado para hacerlo), sino en elucubrar sobre el grado de consistencia lógica que supone moverse en el tiempo, ya sea con una velocidad de desplazamiento temporal mayor que la de la corriente del tiempo exterior (1 s/s) o con una negativa (viajes al pasado). Para discutir en esos términos es necesario primero establecer cómo concebimos el tiempo que, en el caso de los viajes de la ciencia ficción, suele ser unidimensional, una línea si queremos “representarlo” geométricamente. Bajo esa concepción, yo creo –en principio, pero pretendo justamente cuestionármelo– que todos los viajes, tanto al pasado como al futuro, son inconsistentes desde la lógica. Pero también intuyo que esas inconsistencias son mucho mayores para los viajes al pasado que al futuro.

  
Road to forever - Don Felder (Road to Forever, 2012)

sábado, 24 de septiembre de 2016

Diario de Casandra (6)

El tiempo, Casandra, es la regla, la instrucción, que pone en orden la secuencia de los elementos del universo. Imagínate infinitas escenas fijas, cada una conteniendo la totalidad de lo existente. Pero esas escenas se siguen una a otra, sin cesar el movimiento, en un orden determinado: eso es el tiempo. Nosotros, con todo el universo, pertenecemos al dominio del tiempo; Dios, en cambio, al de la Eternidad, está fuera del tiempo, como estaremos nosotros, nuestras almas, cuando acabemos la vida, cuando llegue la escena en la que morimos. Yo creo que algunas personas son capaces –por voluntad de Dios, desde luego– de trasladar su alma a esa dimensión de la Eternidad, de escapar, siquiera parcialmente, del fluir temporal en el que estamos atrapados y entonces ver desde fuera esas escenas, el orden en que están dispuestas, en suma, conocer las que aún no han ocurrido, el futuro. Más o menos y muy resumido, de este estilo fue el rollo que me largó Apolo cuando le pedí que me ayudara a desarrollar esas aptitudes proféticas que el mismo creía que poseía. Por supuesto, en aquellos días su explicación ni la entendí ni me interesó especialmente. Hoy, entrada en la treintena y con demasiada experiencia y sufrimientos a cuestas, me asombra que aquel curita tuviera una intuición que, pese a su tosquedad elemental, no andaba tan desencaminada, no divergía tanto de la concepción que me ido formando de lo que es el tiempo. Y, sobre todo, de nuestra incapacidad esencial de alterarlo, porque somos sus criaturas, estamos hechos de tiempo y necesariamente el tiempo nos arrastra con él, porque somos él. Está muy manida pero no se me ocurre una metáfora mejor que la del río. Y no, a nosotros no nos arrastra la corriente, somos ella, el agua que fluye. Salirse del río, que nuestra alma, conciencia o como queramos llamarlo, se suspenda fuera de la corriente para otear unos metros más allá, intentar percibir cómo es el paisaje al que llegaremos en unos días, unas semanas, unos meses. Algo así son mis trances: percepciones, en todo caso, excesivamente breves, incompletas, confusas. Porque nadie puede salir del río más que unos instantes pues si no, imagino, corres el riesgo de no poder regresar. Miedo recurrente de mis últimos años, no volver de mis crisis, quedarme para siempre en otra realidad, instalarme definitivamente en la locura que tantos me atribuyen.

Pero en este diario prefiero narrar hechos en vez de perderme en mis reflexiones, aunque solo sea porque las conclusiones que me he construido sobre el tiempo son mucho más difíciles de explicar. Y eso que, sin tontas falsas modestias, pocas personas se han imbricado tan íntimamente con ese tirano del que somos parte, pocas se han esforzado tanto como yo en liberarse de su dominio. Incluso, en algunos instantes de presuntuoso éxtasis, he creído encontrar escapatorias pero nunca me he atrevido a intentarlas. En otro momento, quizá, hable de ello, pero no ahora; ahora quiero seguir rememorando a aquella treceañera inquieta que todavía era feliz y no lo sabía; a esa muchacha que, obedeciendo a su maldito destino, se empeñó en ser desgraciada, en condenarse. La mujer que ahora soy la mira con sentimientos encontrados: amo a esa chiquilla que fui yo con ternura de madre, y al mismo tiempo la repudio con odio por ser la muñidora de mi infelicidad. Podría en su descargo alegar su bobería adolescente, creerse tan única, tan especial, tan predilecta de los dioses. Diría que, pobre ingenua, no sabía lo que hacía, no sabía lo que quería. Sería verdad, pero una verdad a medias. Porque esa chica sabía en el fondo, aunque fuera de forma vaga, que estaba eligiendo un camino peligroso, que quería algo prohibido. Y además –he de ser justa con él– el propio Apolo se lo advirtió, el sacerdote, cuando intuyó a lo que podía llegar, quiso dar marcha atrás, convencerme para que me detuviera. Creo que se asustó, hasta la lujuria que lo dominaba, su obsesivo deseo por mí, dejó de tener importancia. Pero no quise atenerme a lo que, en el fondo de mi mente, sabía que era lo correcto, lo que me convenía. Al fin y al cabo, la que cometí fue la transgresión más sublime de la naturaleza humana: querer lo que no es propio de ésta sino de los dioses. Adán –acuciado por Eva, no se olvide– quiso el conocimiento divino. Yo no pude resistirme a la misma tentación, por más que presintiera que conllevaría una penitencia excesiva. Aunque no sé, tal vez desde mi doliente sabiduría actual esté siendo demasiado severa con aquella niña. Tal vez debamos perdonar la inconsciencia adolescente; ya he dicho que siento también la ternura de una madre …

Apolo, por favor, ayúdame a desarrollar mi clarividencia. Lo llamé por su nombre, lo tuteé por primera vez, concediéndole lo que llevaba días pidiéndome (los amigos se tutean, Casandra, y querría que a mí, más que como sacerdote, me vieses como amigo). Has de conseguir abrir los sentidos que tienes cerrados, los que acceden a otras vías de percepción. Esos sentidos están reprimidos por la consciencia; por eso, para que se abran, tienes que dejar la mente en blanco, no pensar. Probablemente, el curilla no tenía demasiada idea de lo que hablaba; sus instrucciones eran un potpurrí de lecturas new wave y las prácticas de diversos orientalismos a los que había sido aficionado antes de ordenarse (y seguía siéndolo en secreto, porque esos rollos no eran bien vistos por la jerarquía eclesial). O sea, que me había buscado un mentor que no disponía de más bagaje que “palos de ciego”, pero era lo que había y lo cierto es que sus ejercicios, mal que bien, funcionaron. De ello deduzco que, en el fondo, dan un poco igual las fórmulas y ritos, por muy vistosa que pueda ser cualquier parafernalia esotérica; al final lo que importa es una cierta combinación de voluntad y aptitud y, sobre todo, que suene la flauta. Los primeros ejercicios que me propuso Apolo fueron simples técnicas de relajación, al estilo de las típicas meditaciones de yoga. Olvidaba anotar que ya para entonces quedábamos en mi casa, en esta misma desde la que ahora escribo; obviamente, las aulas del colegio no eran lugar seguro para que un sacerdote y una adolescente practicaran ese tipo de actividades. Por entonces aún no tenía mi propio apartamento, pero ya Troya era un gran complejo donde mis hermanos y yo teníamos fácil escapar del control de los adultos, quienes, por otra parte, tampoco se esforzaban mucho en ejercerlo, siempre tan ocupados con muchas y urgentes tareas. El lugar que escogí fue, desde luego, la habitación de la atalaya, que en aquellos días Héctor había convertido en su refugio privado, donde se reunía con sus amigos a escuchar música y (esto lo supe después) fumar marihuana. Aprovechándome del favoritismo que despertaba en mi hermano mayor –al cual yo correspondía con un amor ciego– conseguí que lunes, miércoles y viernes, de cinco a siete de la tarde, me cediese el usufructo de tan acogedor escondite.

Recuerdo nítidamente la primera sesión de lo que Apolo denominó “entrenamiento espiritual”. Para excusar su heterodoxia me soltó un rollo sobre los éxtasis de los místicos –con Santa Teresa de prima donna, claro– y cuánto le había interesado el fenómeno, motivándole a buscar sus propias vías de acceso al ámbito espiritual. Después de la “teoría”, y notando mi expresión escéptica y un tanto burlona, abrió un maletón con el que había llegado a Troya que resultó ser una camilla portátil y me pidió que me echara bocarriba sobre ella. Ahora cierra los ojos y concéntrate en la repiración, inspira por la nariz, percibe el flujo de aire que entra, nota su frescura, observa cómo se desliza por la laringe, cómo te infla los pulmones. Retén unos segundos el aire, visualiza las múltiples moléculas que lo componen, son como burbujas de un azul muy claro, ¿las ves? La voz de Apolo era muy agradable, acariciadora, casi hipnótica. Pese a mi ironía desafiante, no me costó casi nada abandonarme a la cadencia de su fraseo; enseguida empecé a sentir sus palabras como entes vaporosos que se colaban en mi respiración. Y, en efecto, dejé que me guiaran y sentí el frescor del aire que inhalaba como nunca antes y también, al poco rato, creí ver las burbujas azuladas del oxígeno revoloteando juguetonas entre los alvéolos pulmonares. Apolo seguía hablando y yo, lentamente, me iba deslizando hacia un estado de sopor en el que los pensamientos se diluían y mi mente se limitaba a obedecer las instrucciones del cura. Al cabo de un rato, todas mis facultades se centraban en el fluir del aire, entrando, distribuyéndose por mi cuerpo (llegué a verlo flotando en las arterias, las bolitas azuladas empapándose de sangre), saliendo por la boca en tonos grisáceos. Apolo no paraba de hablar, pero también, tímidamente, ensayó breves caricias, apenas esbozos, sobre mi cabeza. El sutil escarbar de sus dedos en mi pelo tuvo el mismo efecto que una descarga eléctrica, una vibración aguda que recorrió como un rayo las mismas vías interiores de mi cuerpo por las que percibía mi respiración. Inmediatamente, los músculos del abdomen se desmadraron en rápidas y cortas palpitaciones.

Nunca había experimentado esos espasmos a los que en el futuro me acostumbraría de sobra. De pronto se rompió el ensalmo, se quebró la maravillosa relajación de mi cuerpo y mente. Me alcé de golpe y me quedé sentada en la camilla, asustada, con expresión de desconcierto. También Apolo parecía impresionado por la reacción que había sufrido. Eres muy sensitiva, Casandra, muchísimo. Tienes una capacidad inmensa para absorber energía, debes aprender a encauzar ese poder. Si te parece, el próximo día podemos probar con el Reiki, una técnica mediante la cual puedo intentar reequilibrar tus nodos energéticos fundamentales, tus chakras, y al mismo tiempo, abrirlos al universo. Sólo tenía trece años pero esa palabrería no me impresionó en absoluto. Sin embargo, aunque Apolo me pareciera bastante fantasmón, era de momento todo lo que tenía y lo cierto es que, aunque fuera por casualidad, me había servido de catalizador para despertar en mí unas sensaciones en cuya experimentación quería profundizar. Eso era lo fundamental, y nada me importaba dejarle a cambio que me manosease. Así acabó ése que luego consideré mi primer paso para adquirir la capacidad profética, para condenarme definitivamente a una vida de sufrimientos.

  
Tomorrow never knows - The Beatles (Revolver, 1966)

martes, 20 de septiembre de 2016

Sobre Casandra (3)

En un post anterior resumí la imagen que nos deja de Casandra la épica de la época arcaica, tanto en las dos grandes obras de Homero como en las perdidas que forman el ciclo troyano. Si bien quiero creer que el personaje queda ya definido en todos sus rasgos fundamentales en esos tiempos, lo cierto es que hay aspectos fundamentales de su biografía que no son mencionados, entre ellos las singularidades de sus dotes proféticas: cómo las obtuvo y la maldición añadida. De hecho, hasta el Agamenón de Esquilo no sabremos a ciencia cierta de su vinculación a Apolo. En el resumen de Proclo de la Iliupersis (Saco de Troya) se nos informa de que tras la caída de la ciudad se refugia en el altar de Atenea de donde es arrancada por Ayax Oileo (aunque no hay referencias sexuales, que son posteriores). Hago notar que Atenea, durante la guerra de Troya, siempre estuvo del lado de los griegos (se supone que ofendida por el desplante que le hizo Paris con la famosa manzana). Ahora bien, eso no quita para que fuera adorada en casi todo el entorno cultural heleno y también, claro está, en Troya. Eustacio de Tesalónica, un obispo bizantino del siglo XII y recopilador de comentarios sobre las dos grandes epopeyas homéricas, nos cuenta que el culto a Palas existía en Ilión desde antes de la guerra y siguió después reforzado con el sacrificio de niños locrios porque Locria era la patria de ese Ayax que, violentando a Casandra, había ofendido a la Diosa. Pero las hipotéticas relaciones de Casandra con la hija favorita de Zeus no son ahora lo que nos interesa, sino las de la profetisa con Apolo; y a este respecto, nada relevante dicen las obras arcaicas.

Vayamos pues a la primera Tragedia de La Orestiada y recordemos extractos del discurso de Casandra ante el Coro, antes de entrar en el palacio donde ya están Agamenón y Clitemnestra: “Corifeo: me admiro de que tú, criada al otro lado del mar, en una lengua extranjera, hables con acierto en todo, como sí hubieras vivido entre nosotros. / Casandra: Apolo, el adivino, me encargó esta tarea. / Corifeo: ¿Cómo siendo un dios estaba herido por un deseo? / Casandra: En otro tiempo se avergonzaba de hablar de ello. / Corifeo: Todo el mundo es más delicado en la prosperidad. / Casandra: Era un luchador que respiraba un completo amor por mí. / Corifeo: ¿Y llegasteis, como es costumbre, a la hora de los hijos? / Casandra: Tras consentir, engañé a Loxias. / Corifeo: ¿Estabas ya en posesión del arte adivino? / Casandra: Sí, ya vaticinaba a mis conciudadanos todas sus desgracias. / Corifeo: ¿Cómo, pues, te quedaste impasible a la ira de Loxias? / Casandra: A nadie convencía en nada, después de esta falta”. O sea, Apolo (Loxias era uno de sus epítetos como Dios de las profecías) quiere follar con Casandra (ésta dice que respiraba un completo amor por ella, pero el Corifeo es menos pudoroso: estaba herido por el deseo). El Dios le propone concederle el don profético a cambio de un buen revolcón, de llegar a la “hora de los hijos” (cada coito, y más con un Dios, traía siempre esa consecuencia) pero, tras consentir, Casandra le engaña. Pero ya había obtenido lo que quería que, sin embargo, no le iba a aprovechar porque como castigo por su falta, a nadie convencían en nada sus vaticinios.

Apolo, a diferencia de su padre Zeus, por ejemplo, era bastante delicado con las que deseaba como amantes; nada de tomarlas por la fuerza. A Casandra le ofrece algo que sin duda ella quería: conocer el futuro. De la lectura de Esquilo se deduce que entre la concesión del don y la culminación del engaño pasa un tiempo, el suficiente para que Casandra comprobara que, en efecto, lo poseía (“ya vaticinaba a mis conciudadanos todas sus desgracias”). Ello sugiere un proceso de aprendizaje, probablemente en el propio templo de Apolo que hubiera en Troya, arropada por sus sacerdotes. Ahora bien, tampoco pudo pasar demasiado tiempo porque, en tal caso, bastantes troyanos, empezando por la familia real, habrían escuchado sus reiterados vaticinios y la habrían creído, al no haber sido aún castigada con la maldición. Aunque, de otra parte, me llama la atención que en el Agamenón declare que sus anuncios eran siempre funestos. Casandra verifica que ha recibido el don que tanto ansiaba pero, al mismo tiempo, que ese don es parcial, sólo le vale para anticipar desgracias, no alcanza a ver ninguna buenaventura en el porvenir. Una de dos: o el futuro no ha de traerles más que desgracias o Apolo ha cumplido el pacto sólo a medias. A la vista de lo que ocurrió, Febo no había hecho ninguna trampa, pero es comprensible que la joven prefiriera creer la segunda opción. En cualquier caso, sus premoniciones tuvieron que aterrarla; es seguro que cuando vio lo que significaba conocer el futuro se arrepintió de haberlo deseado. Hay pues varios argumentos para entender que Casandra se negara a acostarse con Apolo, afrontando incluso el grave pecado de impiedad que suponía engañar a un Dios. A lo mejor, desesperada, buscaba justamente un castigo que, por muy terrible que fuera, llevara consigo también perder ese don que ya rechazaba.

Es habitual en la mitología griega que las acciones de los Dioses sean irreversibles. Si uno hace algo, otro no puede deshacerlo; incluso el mismo que lo ha hecho se ve incapacitado para rectificar. Por eso, las incesantes peleas entre los olímpicos es un continuo juego de ingenio: tienen que aceptar la putadita que les ha hecho su rival y devolverles otra que, de alguna manera, le dé a la vuelta. En el relato de Casandra, siguiendo esta regla general, la interpretación habitual es que Apolo, cabreado por el engaño de la troyana, y no pudiendo despojarla del don que ya le había entregado, la castiga con la maldición de que sus profecías nunca sean creídas. Ahora bien, yo creo que, aunque hubiera podido arrebatarle la mántica, no lo habría hecho. El Dios tuvo que ver sobradamente que Casandra ya sentía haber recibido no un regalo sino una maldición. Por más que no conste en ninguna de las fuentes, yo imagino una escena final entre Apolo y la reciente pitonisa, en la que ésta le ruega que la limpie de esas visiones adivinatorias, que llorando le diga que se equivocó al pedírselas, que le prometa a cambio que se acostará con él cuantas veces quiera, que hará todo lo que le pida (hay algunas tradiciones que refieren las habilidades sexuales de nuestra protagonista). Pero el hijo de Zeus le contesta que no puede, que por una absurda ley cósmica lo que se da no se quita. Y entonces es Casandra la que, en arrebato adolescente, incapaz de asumir la responsabilidad de la que había sido su decisión, se enrabieta y le da calabazas nada menos que a uno de los más poderosos dioses del Olimpo.

Si no fuera así, como elucubro, carecería de sentido que la joven se negara a acostarse con Apolo. Tener relaciones sexuales con un dios era un honor, algo sumamente deseable para cualquier mujer (y para cualquier varón hacerlo con una diosa) y, además, las troyanas no eran precisamente pacatas en cuanto al folleteo, y mucho menos si éste se revestía de ceremoniales religiosos. La única explicación pausible para entender que Casandra declinara la cópula con Febo no es otra que la voluntad de ofender al Dios, de vengarse en él por haber sido dañada, porque se niega a quitarle el don profético una vez que ella se ha dado cuenta de que es una maldición. Así pues, al menos hacia la mitad del siglo V aC (época del Agamenón de Esquilo), yo diría que el personaje de Casandra está caracterizado como alguien maldito, condenado por tanto al sufrimiento hasta el final de sus días. Y la maldición no es que nadie crea sus vaticinios; ésta es una maldición añadida a la primigenia, que la agrava (habría sido consolador haber podido compartir sus funestas premoniciones). Pero el mal de partida es ser adivina de un futuro terrible, sufrir la tragedia común con sus conciudadanos desde mucho antes que estos y por eso durante mucho más tiempo. Quienes no somos Casandra hemos de dar gracias a los dioses por no habernos “agraciado” con el terrible don de la profecía; ignorar el futuro es requisito indispensable –aunque no baste– para ser felices.

  
Witchy woman - Eagles (Eagles, 1972)