domingo, 18 de diciembre de 2016

Cuento de Navidad

Hoy es al-yuma‘a, tercer día del mes de Muharram del año 1565, la fecha del centésimo segundo aniversario de Yusef. Ya es viejo, muy viejo, y además está cansado, demasiado cansado. Todavía no ha amanecido pero lleva ya un rato despierto, echado bocarriba en la cama, los ojos abiertos pero inmóviles, mirando sin ver el techo de su pequeño dormitorio. Dentro de unas horas vendrán las asistentas sociales con sus velos y sus uniformes blancos, salvo la diminuta medialuna roja bordada en el pecho. Para entonces Yusef ya habrá desayunado, habrá ordenado someramente el reducido espacio que llama apartamento, y se habrá duchado y vestido con la ropa para asistir a la mezquita a cumplir con el azalá del viernes. Quizá, piensa, pueda convencer a sus guardianas de que está enfermo de modo que le eximan de asistir a los rezos, mas lo duda. En cualquier caso, aunque todos sus movimientos son lentos, dispone todavía de mucho tiempo, más que suficiente para permitirse en este rato que antecede al alba dejar vagar la mente, perderse en recuerdos ya tan desvaídos que parecen ensoñaciones.

Yusef a sí mismo se llama Pepe, que era como lo llamaba su padre, o Josito, evocando la voz de su madre, sus caricias. Aún le queda memoria de los cumpleaños de su infancia, ningún otro niño los celebraba con tanto fasto. La víspera, tras una cena opípara, con manjares que solo se servían en esos días, cantaban villancicos y luego, a medianoche, todos, papá y mamá, los abuelos de Ávila que habían venido a casa, el tío Jorge y las tías Mariví y Laura, ésta acompañada de Nando, su novio, lo escoltaban en desfile solemne hasta el cuarto del fondo, el de los libros, donde se había colocado el árbol con los adornos y en torno a éste, mágicamente aparecidos, los regalos envueltos en papeles con dibujos de estrellas. Porque Yusef había nacido en la misma fecha que el Niño Jesús y por eso su cumpleaños era especial, y los regalos venían directamente del Cielo. Pepe había nacido el 25 de diciembre de 2037, un viernes como hoy, pero que no era fiesta por la oración semanal sino por ser la Navidad. Claro que en aquellos lejanos años, el país en que vivía no se llamaba Al-Andalus ni era musulmán sino cristiano. Bueno, la verdad es que tampoco demasiado cristiano, pero se celebraba la Navidad y él se sentía el niño más importante del mundo.

Trata de situar en el calendario la última de sus navidades infantiles. No lo sabe con certeza pero calcula que debió ser hacia 2045, cuando cumplió ocho años. Ese año no se puso el árbol en la habitación de los libros, tampoco la cena de la Nochebuena fue tan magnífica. No obstante, Josito tuvo sus regalos, pero se los entregaron, uno a uno, sus familiares. Su padre le explicó confusamente que unas personas malvadas habían prohibido la Navidad y que había que estar en silencio, no decir fuera de casa que la celebrábamos, ni siquiera debía Pepe contar en el colegio que le habían hecho regalos. Él no había entendido casi nada, pero recordaba el aire triste y pesado que oprimía a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos. A partir de esa fecha, las cosas empezaron a cambiar cada vez más deprisa, como una bola de nieve que cae por una pendiente, acelerando sin cesar su velocidad y tamaño. Recuerda la noche que su padre lo despertó para abrazarlo muy fuerte y mojarle la cara con sus lágrimas, le repetía que lo quería mucho, que fuera fuerte, y le daba besos y volvía a abrazarlo; después se fue y no volvió a verlo nunca más. Recuerda también los días de la guerra, cuando tenía prohibido ir solo por las calles del barrio porque caían bombas que derruían edificios y podían matarlo. Y por último recuerda una tarde en que estaba solo en casa –no sabe por qué, qué había pasado antes– y llegan unos señores con uniforme y se lo llevan a la residencia donde pasó los siguientes diez años. Toda su familia, le dijeron en algún momento de esa década, había fallecido durante la guerra.

El tiempo de la escuela fue también el de la consolidación del nuevo régimen y, para él, el de aprendizaje del árabe y del Islam, idioma y religión oficial. Después, su integración laboral y ciudadana en el nuevo Estado musulmán, uno más de la confederación islámica europea. Su vida, dentro de lo que cabe, no ha sido demasiado mala, incluso hay quien lo califica de privilegiado. Pero hace ya mucho tiempo que se jubiló, mucho tiempo también desde que murió la última y más joven de sus esposas, demasiado viviendo solo en este cuchitril, apartado de todos. Yusef piensa que se tenía que haber muerto hace años, cuando el sonido de su nombre árabe no le escocía en los oídos, cuando aún no soñaba en castellano, cuando los recuerdos de su infancia no se adueñaron de su mente. Todo eso había empezado la víspera de su centésimo cumpleaños, al despertarse con una frase golpeándole el cerebro, una frase que resucitaba desde un pasado remotísimo: esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. Así llevaba los dos últimos años, embargado por una nostalgia triste, por una abrumadora sensación de pérdida, que le había hecho caer en una especie de modorra anímica casi permanente. Lo peor, lo más doloroso, era que se le había alojado en el paladar el sabor del jamón ibérico, una sensación gustativa que lo retrotraía a los picoteos previos a las cenas de Nochebuena y almuerzos de Navidad, provocándole una ansiedad casi insoportable.

Unas horas más tarde llegaron al piso de Yusef las dos asistentas sociales. Entraron abriendo con su propia llave porque el anciano no había respondido al timbre. En la sala, pegado al vidrio de la única ventana exterior del apartamento, había adherido un papel de gran tamaño con el dibujo de un abeto con bolas de colores. Sobre el árbol, dos angelotes desplegaban un cartel en el que se leía “gloria a dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; al pie del papel otro texto: “hoy es Navidad”. Bashira y Hana se miraron en silencio, sin entender nada. Pasaron al dormitorio. Sobre la cama yacía Yusef, los ojos abiertos mirando sin ver, una sonrisa enajenada en el rostro. El cuerpo ya empezaba a enfriarse.

sábado, 10 de diciembre de 2016

El viejo putero (1)

Me prometes que te vas a ocupar de mí, dejo el currelo y ahora me sales con estas. Jesús la miró sin hablar. Carmen la tetas, la más veterana del Afrodita, ahí delante, plantándole cara. ¿Él le había prometido sacarla del oficio? ¿Le había ofrecido venirse a vivir a su casa? No lo recordaba, tampoco le cuadraba, pero no estaba seguro. Tengo setenta y dos años y esto es el comienzo del alzheimer, o tal vez algo más que el comienzo. Jesús no se engañaba, había estado casi cuarenta años de médico de familia, casi siempre en pueblos castellanos, y había conocido sinfín de viejos a los que se le iba la cabeza, poco al principio y al final del todo, hasta olvidar quiénes eran. Vale, se dijo, puedo no acordarme, a lo mejor sí, a lo mejor después del sexo, un poco borracho … Lo cierto es que en los últimos meses ha pensado no pocas veces en que estaba viejo y solo, mala combinación. Hace ya muchos años que dejó de tener ―¿cómo llamarlo? ― relaciones formales. La última fue Concha, divorciada con una hija adolescente, él aún no había cumplido los cincuenta, a punto estuvo de casarse, sin demasiado entusiasmo, casi fue una rendición. Pero no, al final decidió escaquearse, aprovechó la oportunidad de un nuevo destino, de un pueblo de Guadalajara a otro de Ciudad Real y adiós a Concha. Nunca se ha arrepentido, bueno, en los últimos meses alguna comezón pero es que la soledad cuando se va envejeciendo asusta un poco. Eso sí, la historia con Concha, el final sobre todo, lo dejó bastante escaldado, lo suficiente para quitarle las ganas de meterse en nuevas relaciones formales. Además, no era hombre que necesitara compañía fija y mucho menos dispuesto a renunciar a los hábitos, manías si se quiere, de tantos años de soltería. Cuestión distinta eran las necesidades de la carne que, en todo caso, ya no eran tan acuciantes como antes. Pero para eso estaban las putas.

De putas llevaba yendo desde siempre pero lo convirtió en una rutina metódica (higiénica, se decía) al poco de instalarse. Tras unos primeros tanteos de prueba, optó por convertirse en cliente fijo del Afrodita, a las afueras de la capital de provincia, y con un nivel de calidad más que aceptable, lo menos que él se merecía. Estaba algo lejos, a unos cien kilómetros y por carretera comarcal, pero eso más que un inconveniente era una ventaja: reducía las probabilidades de toparse con sus pacientes. Al principio, mientras estuvo en activo, se acercaba los viernes, después de cerrar la consulta. Luego, al jubilarse, se mudó al piso que había comprado en Ciudad Real y cambió las visitas a los miércoles, el día con menos clientela. Para entonces, ya era más que un habitual, casi uno de la pequeña familia estable, cuatro mujeres y Joaquín, el único y polifacético hombre del negocio. Estaban además, claro, las putas de tránsito, normalmente una semana en el local, en un circuito cuyos detalles Jesús prefería ignorar. Todas extranjeras: brasileñas, colombianas, rumanas, rusas … Casi todas unas hembras espectaculares, preciosas. De vez en cuando había contratado a alguna de ellas, urgido por ese absurdo anhelo de atrapar la belleza, y siempre había quedado insatisfecho, con la irritante frustración de haber sido engañado. En cambio, a medida que pasaban los meses y los años, prefería las fijas, las caricias precisas de quienes se habían aprendido las querencias de su cuerpo, el clima de casi intimidad, de casi cariño, que se establecía entre ellos, la serenidad, vacía de ansiedades, que le permitía abandonarse en una cama que casi no era ajena junto a una mujer que casi tampoco. Se había acostado con las cuatro mujeres; incluso Doña Adela, la regenta del burdel, pese a su larga edad, había querido enseñarle sus favores. Pero poco a poco, se había ido quedando con Carmen, aunque de vez en cuando, más para reivindicar su autonomía que por verdaderas ganas, ensayaba alguna nueva cata.

Carmen era la más joven de las fijas, también la última en sumarse a la singular familia. Había llegado al Afrodita haría unos siete u ocho años, más o menos cuando Jesús estaba a punto de retirarse o recién retirado. Por entonces no llegaba a los treinta y, salvo el detalle de un ligero estrabismo, era muy guapa o, mejor dicho, estaba muy buena, un cuerpazo tremendo y, sobre todo, unas tetazas de órdago, de ésas en las que se te clava la mirada y no hay manera de quitarla. Al menos, así le parecía a Jesús, que desde que la vio quedó prendado, sintió el mismo arrebato que, de cuando en cuando, le producía alguna de esas extranjeras del circuito, las mulatonas caribeñas especialmente. Por tanto, enseguida quiso encamarse con ella, pero durante los primeros meses no hubo muchas ocasiones y esas pocas, la verdad, resultaron un tanto decepcionantes. Pensó luego que fue porque la Carmen estaba empezando en el oficio y todavía le hacía ascos a según qué clientes; además, aún no se conocían, no había habido tiempo para el trato, para que lo fuera conociendo, habituándose a él. Durante esa etapa inicial, la mujer se mostraba altiva, orgullosa, poco dada a conversaciones. Doña Adela le fue informando de la vida y milagros de la Tetas: era de un pueblo de Jaén, cerca de Linares; se había quedado preñada a los diecisiete del novio de toda la vida pero al enterarse el chaval se había largado. Tuvo que dejar el instituto y empezar a trabajar, empezó a juntarse con mala gente, al final acabó con uno de muy mala catadura, camello, drogata y con vocación de chulo. Acabó yéndose del pueblo con él, dejando al crío con los abuelos. De eso hacía un par de años, el tiempo de un peregrinaje sin prisas por las villas de la parte sur de la provincia. Con los trapicheos del maromo vivían hasta las vacas flacas, en que a ella le tocaba prostituirse, recibiendo en el propio piso previo anuncio en las páginas de contactos. Y enseguida otra mudanza, hasta que se asentaron en Ciudad Real y el laja cayó en una redada con otros camellos. Lo enviaron al penal de Alcázar de San Juan y ella pidió un puesto en el Afrodita, para esperarlo.

Era cierto que desde hacía tiempo venía sintiéndose muy a gusto con Carmen. La chica sabía cómo tratarlo, cómo destilar placer desde sus debilitados deseos, aprovechándolos al máximo, incluso sorprendiéndole. Era capaz de reavivar la sensibilidad de sus poros apáticos, casi comatosos, colmando a Jesús de satisfacción. Y luego sabía acariciarlo, sus dedos sutiles iban cantando una nana por cada trozo de su piel arrugada, cansada, y él se iba adormilando hasta caer en un sueño profundo, del que no despertaba hasta el amanecer, siete horas seguidas, algo impensable en sus noches solitarias. Por eso, ahora, viéndola ahí, en el recibidor de su piso, con una maleta de flores en el suelo, callaba mientras pensaba, mientras dudaba. Él, un médico jubilado, ponerse a vivir a su edad con una puta treinta y pico años más joven, qué dirán quienes lo conocen, sus sobrinos (pero casi no tiene amigos y a sus sobrinos hace mucho que no los ve ni se preocupan de él). Jesús la mira y, a regañadientes, no puede evitar admirarla: tiene carácter, decisión, y qué guapa es la condenada, cuánto le brillan los ojos, y ese cuerpo … Carmen se da cuenta de las dudas del viejo, relaja la expresión, se acerca muy despacio, insinuante, alza las manos hacia su rostro, con lo bien que estás conmigo, le dice, a qué viene este recibimiento. Jesús siente el escalofrío del deseo, huele el aroma de la mujer, está muy cerca, casi pegada. Logra dominarse, ordenar sus pensamientos, dar a su voz el adecuado tono de autoridad. Sí, es verdad Carmen, te lo dije. Necesito una mujer que se ocupe de la casa, que me ayude, me estoy haciendo mayor, y a ti te tengo cariño, ya lo sabes. La cogió del brazo, sin dejar que hablara, y la llevo consigo: mira, había pensado que podríamos arreglar esta habitación para ti, ¿qué te parece?

jueves, 8 de diciembre de 2016

Leonard Cohen y Lorca

Es de sobra conocida la admiración de Leonard Cohen hacia Lorca. Él mismo, en el discurso que pronunció cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011, se refirió a su estrecha vinculación con el poeta granadino. Dijo que cuando era un adolescente ansiaba encontrar una voz propia. Estudió y se familiarizó con los poetas ingleses, los copió, pero no le dieron la voz que buscaba. Entonces leyó a Lorca, aún traducido, y comprendió que había una voz. No es que copiara su estilo –no se habría atrevido– sino que sintió que el poeta le daba permiso para encontrar su voz, para encontrar un yo. Con el paso de los años comprendió que esa voz incluía también unas instrucciones: nunca lamentarse, y si hay que expresar la derrota que a todos nos llega debe hacerse dentro de los estrictos límites de la dignidad y de la belleza. La verdad es que a uno le impresiona imaginar a un adolescente con esas inquietudes, con ese anhelo de una voz propia; eran emociones propias de una sensibilidad artística muy desarrollada que, sin duda, el joven Leonard guardaba para sí (no son de las que se comparten con los compañeros de instituto).


También es verdad que no se puede evitar la sospecha de que haya no poco de pose elaborada a posteriori. Todos construimos la narración de nuestras vidas, incluso de nuestros yoes, de lo que somos (o, al menos, nos gustaría creer o hacer creer que somos). Y procuramos que ese relato adquiera sentido, que los remotos acontecimientos del pasado, de cuando éramos críos, prefiguren nuestros presentes. En todo caso, tenía curiosidad por concretar algo más la génesis de esa relación de Cohen con Lorca. En la biografía del canadiense que en 2012 publicó Sylvie Simmons (I’m your man, the life of Leonard Cohen) se afirma que el “big-bang de Leonard, el momento en el cual poesía, música, sexo y anhelos espirituales colisionaron y se fusionaron en él por primera vez ocurrió en 1950, a los quince años. Leonard estaba al exterior de una librería de segunda mano curioseando en las cajas de libros que había colocadas en la calle y se encontró con un libro titulado The Selected Poems of Federico García Lorca, lo hojea y se detiene, al azar, en el poema “Gacela del mercado matutino”. Quiero imaginar ese momento lo más visualmente posible: un chaval de rictus serio, expresión triste (he visto fotos de su adolescencia), hacia finales de la primavera de 1950 o ya en el verano (no concibo que en los meses fríos las librerías de Montreal sacaran a la calle cajas de libros), que hurga entre volúmenes usados de poesía, encuentra ese con una selección de poemas, lo hojea y se siente golpeado, que se le erizan los pelos de la parte de atrás del cuello.

Busco información sobre ese libro en inglés de poemas escogidos de Lorca y en primera instancia pienso que se trata de la selección de la editorial estadounidense New Directions porque fue ésta la que popularizó a Lorca entre los lectores norteamericano. El problema es que esta edición es de 1955, cinco años después de la fecha en la que la biógrafa de Cohen data el “big-bang” particular. Reconozco que pensé que el canadiense nos había mentido, que su descubrimiento del poeta español fue muy posterior, cuando ya había acabado la universidad. Si así fuera, gran parte de su “mitología personal” quedaba muy tocada. Pero sigo buscando y descubro que otro libro de Selected Poems fue publicado en 1943 y 1947 por Hogarth Press, una casa británica, con las traducciones de Stephen Spender y J.L. Gili. Y en efecto, en esas ediciones consta el poema que cita la Simmons, lo que me sobra para creer en la veracidad de la anécdota. Así que imaginemos que en 1950, en efecto, Leonard estaba manoseando un libro que a lo mejor era parecido al de la imagen adjunta. Y ahí se encontraba con la undécima gacela del Diván del Tamarit que en la traducción inglesa sonaba así (al lado el original en nuestra lengua):
Through the arch of Elvira                  Por el arco de Elvira
 I want to see you pass,                     quiero verte pasar
to know your name                            para saber tu nombre
and begin weeping.                            y ponerme a llorar.
What grey moon at nine                    ¿Qué luna gris de las nueve
drew the blood from your cheek?       te desangró la mejilla?
Who gathers your seed                      ¿Quién recoge tu semilla
of sudden blazing in the snow?           de llamaradas en la nieve?
What brief cactus needle                    ¿Qué alfiler de cactus breve
murders your crystal?                         asesina tu cristal?

Through the arch of Elvira                   Por el arco de Elvira
I'm going to see you pass,                   voy a verte pasar,
to drink your eyes                               para beber tus ojos
and begin weeping.                             y ponerme a llorar.
What voice to chastise me                  ¡Qué voz para mi castigo
you raise through the market!              levantas por el mercado!
What enraptured carnation                 ¡Qué clavel enajenado
among the heaps of corn!                    en los montones de trigo!
How far away I am near you              ¡Qué lejos estoy contigo,
how near when you go away!             qué cerca cuando te vas!

Through the arch of Elvira                   Por el arco de Elvira
I'm going to see you pass,                   voy a verte pasar,
to feel your thighs                                para sentir tus muslos
and begin weeping.                             y ponerme a llorar.  
Proviene del poemario El Diván del Tamarit, que fue publicado en 1940, ya muerto Federico. Los poemas fueron escritos durante la primera mitad de los treinta, probablemente espoleado por la aparición de los Poemas arábigo-andaluces de Emilio García Gómez (quien, a su vez, prologaría el Diván). Federico concibió el libro como un homenaje a los poetas árabes de Granada y por eso era una colección de gacelas y casidas, dos de las formas más populares de la poesía árabe (y persa). Diván es una colección de poemas y Lorca lo llamó de Tamarit –que significa abundante en dátiles– porque ese era el nombre de una huerta familiar situada en el mismo borde de la vega granadina. El arco de Elvira es la puerta de la antigua muralla de la ciudad árabe, por la que entraban las sedas a la Alcaicería, el mercado árabe (aunque no sería ése el mercado que canta García Lorca) y también por donde entraron los Reyes Católicos para tomar posesión de la capital nazarí. Pero todas estas referencias más o menos cultas nada pudieron influir en la emoción que la lectura de este poema provocó en el adolescente Leonard Cohen. Tampoco pudo hacerlo la musicalidad original que desaparece casi por completo en inglés. Tuvieron que ser pues las palabras, los vocablos precisos que Federico escogió para crear unas imágenes plenas de fuerza, de significado, valores que no se pierden (al menos no del todo) en inglés.

No cabe duda, en todo caso, de que es un poema erótico de una intensidad extraordinaria. También creo descubrir en él no pocas semejanzas con el "enfoque" que preferiría Cohen en sus canciones de amor. Sin embargo, me sigo admirando de que esas dramáticas imágenes (la luna gris de las nueve que desangra la mejilla, la semilla de llamaradas en la nieve, el alfiler de cactus breve asesino del cristal), tan llenas a la vez de fuerza y de misterio, llegaran tan hondo a un chaval de una cultura tan distinta y lejana. Incluso los dos versos de más fácil inteligencia ("¡Qué lejos estoy contigo, qué cerca cuando te vas!) se me antojan demasiado ajenos para un muchacho de quince años. Pero, lo dicho, Leonard debió ser un claro ejemplo de sensibilidad precoz. Tanta que al leer ese poema (y supongo que otros más del mismo libro, ahí de pie en una calle de Montreal) sintió que Lorca lo estaba llamando, que exigía una repuesta. Y entonces supo que tenía que escribir, gracias a Federico encontraba su voz.


Para acabar, y sin que signifique cuestionar un ápice la extrema sensibilidad poética (ante la belleza, como él habría dicho) del Cohen adolescente, creo obligado citar otra motivación clave en la voluntad de ser poeta de ese chaval de de inicios de los cincuenta y no es otra que la más pedestre de ligar, de conseguir que las chicas se fijaran en él y, a partir de ahí, lo que cayera. No olvidemos que ese muchachito probablemente tímido llegaría a ser un gran seductor, un verdadero mujeriego (ladies's man). Él mismo lo confesó años más tarde que alguien que supiera alabar la belleza de una chica se le hacía a ésta muy atractivo y, en aquellos años, antes de la irrupción del rock'n'roll, esa actividad era monopolio de los poetas. Estábamos muy hambrientos, contó, no era como ahora que te acuestas con tu novia; yo simplemente quería que me abrazasen. Bueno, cada uno liga como puede. A continuación una canción de Cohen cuya letra es la versión en inglés del poema Pequeño vals vienés, escrito por Federico en 1929 y recogido en Poeta en Nueva York. Esta versión procede del magnífico concierto en Londres de 2009 (la original s epublicó en el disco I'm Your Man, de 1988) 

  
Take this waltz - Leonard Cohen (Live in London, 2009)

lunes, 5 de diciembre de 2016

Festival de la vendimia

Llegamos a Huacachina ya de noche. Era marzo de 1978 y, aunque casi no me acuerdo, puedo asegurar que en torno a la laguna no había tantas edificaciones como veo ahora en el Googlemaps. El viaje lo habíamos decidido esa misma tarde, después de almorzar los cuatro en el mercado de Barranco, frente a la Casona. Supongo que no sería época de entregas o simplemente que teníamos la edad y disposición para las locuras improvisadas y además la vendimia de Ica tenía su bien ganada fama, según se contaba la diversión era segura. Así que, bien cargaditos de chelas, nos metimos todos en el escarabajo de Vicen y agarramos la Panamericana Sur para hacernos más de trescientos kilómetros a través del desierto costero del centro del Perú. Íbamos –casi no hace falta decirlo– demasiado cortos de plata y la que teníamos no era para gastarla en alojamientos; cuando aún no has cumplido los veinte eso está muy atrás en la lista de prioridades (a estas alturas, en cambio, mi espalda impone muy distintas condiciones). Así que alguien, creo que fue Loren, propuso aparcar el carro junto a las dunas y, envueltos en las mantas que previsoramente habíamos traído, extendernos sobre éstas a pasar la noche para bien descansados poder a partir del día siguiente entregarnos a la esforzada tarea de emborracharnos (que a eso habíamos ido, al fin y al cabo).

Amanecimos bajo un sol vertical, empapados en sudor y apestando: los vapores sulfurosos de las aguas de Huacachina se nos habían adherido a las ropas. Al insoportable mal olor que portábamos se sumaba un desaliño exagerado, que nos hacía parecer una pandilla de vagabundos desahuciados. Como la noche anterior no habíamos cenado (pero sí fumado más maría de lo normal), a los cuatro nos acuciaba un hambre voraz. Pero era obvio que si no conseguíamos asearnos mínimamente no nos dejarían entrar en ningún local de comidas. Mientras discutíamos qué hacer, me vino a la cabeza el recuerdo de Marijose, una chica española a la que había conocido al poco de mi llegada a Lima (y con la que incluso había tonteado algunas semanas) y que se había ido a vivir con una tía a Ica. Estaba seguro, anuncié como si ofreciera la solución que nos redimía de la catástrofe, de que esa amiga mía estaría encantada de facilitarnos las necesarias duchas. El problema, claro, estribaba en que llevaba sin verla casi dos años y no tenía ni idea de cómo localizarla. En aquellos tiempos pre-móviles y pre-internet, sólo cabía recurrir a las guías telefónicas, pero desconocía también el apellido del tío de mi amiga (que era el marido de la hermana de su madre, o sea que fatal). En fin, que mi tabla de salvación se iba a pique antes incluso de habernos asido a ella.

Sucios, hediondos y hambrientos nos metimos en el coche y fuimos hacia el centro de Ica, confiando en que algo pasaría o se nos ocurriría. Y algo pasó, porque detenidos en un semáforo en rojo de una de las calles de la ciudad colonial, con asombro vi cruzar la calle a Marijose. ¡Coincidencia milagrosa! Mi amiga, una vez que me reconoció a pesar de las pintas que presentaba, se portó maravillosamente: nos dirigió a casa de sus tíos y nos ofreció dos cuartos de baño; mientras nos aseábamos, preparó unos zumos, cafés con leche y bollos, aunque ya había pasado el mediodía. Luego, nos propuso llamar a unas amigas y organizar un almuerzo todos juntos (sus tíos estaban de viaje en Europa), lo que aceptamos con entusiasmo. Durante la comida bebimos mosto, reservándonos para la ingesta alcohólica posterior, en la tarde noche. La idea era ir todos juntos a los puestos del Festival de la Vendimia y disfrutar del ambiente. Lo cierto es que nosotros cuatro planeábamos escaquearnos, perdernos de Marijose y sus amigas, no porque no fueran guapas sino porque nos parecían demasiado seriecitas, no acordes con el espíritu gamberro que nos embargaba. Bueno, la excepción era Óscar, el nica, que parecía haberse templado profundamente de Marilena, una rubita pecosa, de lejos la más pituca del cuarteto de muchachas. En fin, que pasara lo que tuviera que pasar.

Y a partir de esa tarde celebramos con ahínco los rituales de la embriaguez. Según progresaban los efectos de las incesantes catas de vinos fui perdiendo la capacidad de fijación de recuerdos, de modo que cuando recuperé mis facultades normales –treinta horas más tarde– apenas me acordaba de los primeros tragos en las casetas de la feria y de algunas escenas deshilvanadas posteriores. El caso es que, según me contaron, ya los tres mosqueteros nos habíamos desligado de nuestras amables anfitrionas (porque Óscar, en efecto, había preferido apostar todo a su única carta) cuando decidimos intentar colarnos en el baile que organizaba el Hotel de Turistas, reservado para la élite local y visitantes ilustres. Parece que, pese a mi timidez, me ligué a dos guapas hermanas norteamericanas que se alojaban en el hotel y con las cuales, muy ufano, entré sin problemas. Lo que ocurrió esa noche y durante todo el día siguiente ha desaparecido de mi memoria. El primer recuerdo posterior es de Vicen zarandeándome para que me despertara a altas horas de la noche siguiente. Estábamos de nuevo los cuatro juntos, de nuevo arropados en nuestras mantas durmiendo en las dunas al borde de Huacachina. ¿Cómo había llegado allí? Según Vicen, nos habíamos ido encontrando todos, uno a uno, a lo largo de esa tarde y, una vez juntos, todos bastante perjudicados, él nos había traído de nuevo a la laguna. Ahora, tras haber dormido unas pocas horas, quería que nos volviéramos a Lima.

Se me pasó la curda de inmediato. Óscar y Loren se acomodaron en la parte de atrás del Volkswagen y yo, de copiloto, me propuse darle conversación a Vicen durante todo el viaje, para evitar que se quedara dormido (pensaba que como estuviera la mitad de tocado que yo corríamos un grave riesgo saliendo a la carretera). Salvo un pinchazo a mitad de trayecto con el obligado cambio de rueda, no pasó nada que reseñar ni mucho menos que lamentar. Luego, durante los días siguientes, tratamos entre todos de reconstruir las lagunas de nuestros recuerdos, pero quedaron en empeños vanos. Fue aquella, sin duda, la mayor borrachera de mi vida y también el periodo de amnesia más largo de todos los que he tenido, pues alguno más he experimentado. En los años posteriores, varias veces intenté rascar en mi cerebro para recuperar imágenes mías con aquellas dos gringuitas; imagínese la rabia que da el no recordar nada de lo que quizá fue una magnífica experiencia erótica. Luego, a medida que pasa el tiempo y uno se va haciendo mayor, dejé de acordarme de lo que no recordaba; de hecho, puede decirse que llevaba muchos años, décadas probablemente, sin pensar en aquellas jornadas de Ica. Hasta anoche. Anoche mi puñetero subconsciente me proyectó una película en el que retozaba en una habitación del Hotel de Turistas con las dos pibitas yanquis. En plena felicidad onírica, sin embargo, me desperté y, como suele ocurrirme casi siempre, asistí desesperado al desvanecimiento de los detalles del sueño, del que solo he podido retener que iba de esa noche. ¿Significa acaso que los recuerdos siguen ahí grabados, que a lo mejor algún día podrán revelárseme?

viernes, 2 de diciembre de 2016

Chano (y Leonard Cohen y hasta Fidel Castro)

Chano murió anteayer. Vi su esquela en El Día en el bar de los uruguayos; un escalofrío fulminante primero, enseguida una dentellada en las tripas. Quise evocar la última vez que nos vimos, que conversamos; no pude acordarme. Pienso ahora, en frío, hará unos veinte años, hacia finales de los noventa. La revista ya había cerrado, un encuentro en la calle, creo que él estaba en el quiosco La Paz, tomando un cortadito, yo me detuve un rato, solo por educación, qué tal Chano. Pero no consigo rememorar casi nada más, me suena algún comentario sobre pintura, pero no estoy seguro, puede que mezcle escenas. Y en todo estos años nada, ni una sola vez, me digo, parece que me lo estuviera recriminando. Esa tarde fui al tanatorio, me sentí obligado. Allí, claro, estaba Milena. A ella llevaba aún más años sin verla y parecía, tanto tiempo después, la misma chica de veintipocos que conocí en el 87.

Mi historia (¿cómo etiquetarla?) con Milena fue breve. Tampoco intensa, no voy a mitificarla casi treinta años después. Quizá por eso la separación no fue ruptura y seguimos viéndonos, coincidiendo en entornos compartidos, hasta que poco a poco nuestros quehaceres nos divergieron. Supe por amigos comunes que se casó con un inglés y se fue a Londres. Dejé de verla pero para entonces había ya cimentado una relación con su padre que no me atrevo a calificar de amistad debido a la fuerte asimetría de la misma. Chano me sedujo prácticamente desde el principio pero era perfectamente consciente de mi dependencia emocional (no se me ocurre un término más adecuado) y en esas condiciones uno no puede calificarse de amigo. Por supuesto, su principal atractivo era el exuberante despliegue cultura; no sólo es que Chano supiera de todo sino que lo sabía “en primera persona”, como si la práctica totalidad de los acontecimientos que jalonaban la historia de la segunda mitad del siglo los hubiera vivido. Sus conocimientos parecían fruto de la experiencia directa.

No lo decía así, no se me entienda mal, pero tal era la impresión que uno sacaba tras pasar largas horas bebiendo y picoteando en el patio de su casa de la calle Numancia y, sobre todo, escuchándole arrobado, apabullado, admirado. Lo que sí declaraba como sucesos vividos eran los de la revolución cubana, con el entusiasmo de sus veintitantos. Hijo de un canario emigrado a la isla caribeña en la segunda década del XX (probablemente durante la dictadura de Machado) que casó con una mujercita de la élite habanera, Chano, a pesar de la situación acomodada de su familia, tuvo desde niño carácter rebelde que se politizó en la universidad; en los últimos cursos de sus estudios de Letras se enroló en el Movimiento 26 de julio y fue uno de los muchos que desde la capital colaboró para la victoria final de Castro y sus guerrilleros. Revolucionario apasionado de la primera hora, pues, que años después se desencantaría y de una isla grande acabó en otra mucho más chiquita, la misma de la que medio siglo antes había salido su padre.

Chano no quería hablar de su relación con la Revolución. Decía que Cuba era parte suya, como un órgano más de su cuerpo; se lo habían amputado pero le seguía doliendo, le dolía mucho. Aún así, a veces contaba alguna anécdota deshilvanada, muchas de ellas poco creíbles de tan exageradas, propias del exuberante realismo mágico de Gabo (de hecho, alguna historieta contó del colombiano a quien también conoció). Al principio, Milena me advertía a escondidas que no me creyera demasiado a su padre, que tenía demasiada imaginación y de un gatito hacía un tigre. Milena había dejado Cuba todavía muy niña, tampoco podía saber qué era verdad y qué mentira, pero sus palabras contribuyeron a mi escepticismo que, en cualquier caso, no impedía que la parla de Chano nunca cesara de embelesarme. Curiosamente, una de las historias que terminó de hacerme desconfiar de la veracidad de sus relatos tuvo a Leonard Cohen como protagonista. Y digo curiosamente porque ambos, Chano y Leo, como se refería al canadiense, han muerto con pocos días de diferencia. Y entre ellos, para mayor casualidad, el eterno Fidel.

  
Lover, lover, lover - Leonard Cohen (New Skin for the Old Ceremony, 1974)

Una tarde le llevé a Milena unos discos; me había pedido escuchar a algunos de los cantantes que me gustaban y que ella apenas conocía. Sonaba el New Skin for the Old Ceremony, casi aseguraría que Lover, lover, lover cuando apareció Chano. Coño, el viejo Leo, y curvó el bigote en lo que nunca tenía claro si era una sonrisa o un gesto de enigmático significado. ¿Lo conoces? ¿Qué si lo conozco? Claro que lo conozco, lo conocí en La Habana, estuvimos juntos cuando los yanquis intentaron la invasión de Bahía Cochinos. ¿Leonard Cohen en Cuba? No me lo creí. Pues sí, muchacho, te estoy hablando del 61, a él todavía no lo conocía nadie, no era famoso, un poeta de izquierdas, con la cabeza llena de pájaros, que venía a defender la Revolución, creyéndose una especie de voluntario de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española, como si quisiera vengar el asesinato de Lorca, al que adoraba. Pero creo que enseguida se desilusionó de nosotros. Luego publicó un poema sobre su breve estadía, calificándose como el único turista en La Habana.

Muchos años después, cuando ya no veía a Chano, me enteré de que Cohen sí que estuvo en Cuba en abril de 1961. Hay quienes han escrito que fue allí, en efecto, para apoyar a la Revolución frente al imperialismo estadounidense; puede que haya algo de verdad pero no creo que lo sea del todo (entre otras cosas, dudo que estuviera enterado de que se iba a producir la chapuza de playa Girón). En un documental de 1965 dijo que la razón profunda por la que visitó Cuba era su interés por la violencia, que quería morir o ser matado; frase ampulosa que suena a fanfarronada falaz ya que por esas fechas lo que más le motivaba era regresar con Marianne, con quien vivía la primera etapa del amor. Lo que sí parece contrastado es que Leonard se desilusionó de lo que vivió en La Habana. De entrada, descubrió enseguida que respondía exactamente a un típico perfil antirrevolucionario: un burgués individualista, un poeta autoindulgente. No pudo juntarse sino con gente sin trabajo, marginados del nuevo orden: proxenetas, putas, camellos. Por otra parte, tras el fracaso de la invasión, mezclado con los enfervorizados cubanos, asistió a la proclamación demagógica del triunfo sobre el imperialismo que hizo Fidel, declarando por primera vez la adopción del marxismo. Ahí culminó su decepción hacia la política que le inspiraría otro poema Death of a leader (Se publicó en Flowers for Hitler, libro que también contiene el que citó Chano, The only tourist in Havana turns his thoughts homeward).

Así que, quién sabe, tal vez Chano hubiera sido amigo de Leonard Cohen cuando ambos eran veinteañeros. Puede que también hubiera jugado un cierto papel protagonista en la naciente Revolución, que se hubiera codeado con Fidel y los demás líderes. En el bar del tanatorio, ante una taza de café, Milena me trazó breves pinceladas de su vida y de los últimos años de su padre. Alguna vez saliste tú en nuestras charlas, me dijo; le caías bien aunque, según él, pensabas que era un cuentista mentiroso. Me defendí ante su hija: fuiste tú la que sembraste mi prevención escéptica, el día aquél en que escuchábamos a Leonard Cohen, ¿no te acuerdas? No, no se acordaba, pero el nombre de Cohen sí le trajo a la memoria que hace unas semanas, su padre ya enfermo, estuvo ordenándole el despacho y entre los vinilos encontró el primero del canadiense con una dedicatoria autógrafa en la carátula: “para mi amigo from the old days of Havana”. No le dio mucha importancia, pero unos días después murió Leonard y Chano le comentó: vaya, ya la palmó el poeta, y eso que era más joven que yo. Entonces Milena le preguntó por el disco y él contestó que cuando él se fuera debería regalármelo, para que aprenda a fiarse un poco más de los amigos, dijo. Ya estaba en la últimas, pero llegó a enterarse de la muerte de Fidel; aguanté más, fue lo único que dijo con una ligera sonrisa. En fin, siento pena pero también una cierta rabia contra mí mismo, por no haber sabido “aprovechar” cuanto habría debido a alguien como Chano.

  
Field commander Cohen - Leonard Cohen (New Skin for the Old Ceremony, 1974)

Acompañan a este post dos canciones del cuarto disco de Cohen, el que escuchamos Milena y yo en su casa aquella tarde de 1987. El primer tema es el Lover, lover, lover que cito. El segundo, que probablemente sonó mientras estaba Chano con nosotros (porque es el siguiente en el vinilo), tiene reminiscencias de esa estancia de Leonard en La Habana: en su texto surrealista, el comandante de campo Cohen, "nuestro espía más imporrtante", instaba a Fidel castro a que abandonase campos y castillos. No recuerdo que Chano hiciera ningún comentario al respecto.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Rufián

Rufián significa persona sin honor, perversa, despreciable, pero también, en su segunda acepción, dedicada a la prostitución. En las primeras ediciones del diccionario (principios del XVIII) el término tenía un significado bastante más preciso, pues tan sólo se refería al hombre que trata y vive deshonestamente con mujeres, solicitándolas o consintiéndolas el trato con otros hombres. El vocablo estaba asentado en el castellano al menos desde la Baja Edad Media. En El Corbacho, escrita por Alfonso Martínez de Toledo en 1438, una mujer se queja a su amante de que le quita el dinero que ella gana tratándola como lo hace un rufián. A finales del XVI el vocablo lo recoge Cristóbal de Las Casas en su Vocabulario de las dos lenguas, toscana y castellana. Esta referencia es relevante porque la palabra entra en nuestro idioma procedente del italiano ruffiano, en donde aludía a quien por interés lucrativo hacía de mediador en los asuntos amorosos de otros. Es decir, lo que significaba en su origen rufián hoy sería proxeneta, chulo o incluso alcahuete. Por cierto, la etimología de la palabra nos lleva hasta el adjetivo latino rufus que significa rojo. ¿Por qué? Pues leo que debido a que las prostitutas romanas solían ponerse pelucas rojizas y de ahí que el que se ocupaba de las rufarum fuera un rufulanus o algo parecido. Que el significado del término evolucionara de gestor de lujurias ajenas a persona de catadura miserable no es nada sorprendente, pues desde siempre a quienes ejercían esos oficios se les imputan todos las depravaciones.

Lo que llama la atención es que un vocablo cuyo significado es moralmente negativo se adopte como apellido. Verdad es que Rufián no es el único caso, ni siquiera el más corriente. Por ejemplo, el apellido Ladrón (contándolo solo y compuesto con “de Guevara”) lo tienen, como primero o segundo, unas 3.800 personas en España, mientras que el de Rufián lo llevan en torno a 1.200, menos de la tercera parte. Parece que en su origen, el apellido Ladrón no se refería a quienes robaban, sino que provenía del término latino latro, -nis que significa “sirviente pagado” y que ya era usado como cognomen en la época romana para pasar al romance. De hecho, se conoce un tal Diego López Ladrón que acompañó al Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, en sus campañas contra los moros. El compuesto más abundante Ladrón de Guevara tiene su origen en la familia navarra de los Vela-Ladrón, señores de Guevara y de Oñate, que allá por el siglo XII asentaron su solar en la villa alavesa (hoy Guevara ha perdido la relevancia que tuvo durante la Edad Media y apenas alberga a cincuenta vecinos). Pues bien, cabe pensar que también el vocablo Rufián pudo tener alguna acepción positiva (o, al menos, neutra) para que fuese adoptado como apellido en su origen. Y parece que, en efecto, la figura del rufián adquirió connotaciones positivas hacia fines del XVI, asociándose en concreto con cualidades tales como la bravura, la valentía, el vigor, la fortaleza. O sea, el rufián del Siglo de Oro español sería una especie de Hércules, fuerte y valeroso, “echao palante” y dispuesto a meterse en cuanta riña y pendencia, arriesgando la vida incluso. En su discurso de ingreso a la Real Academia, Arturo Pérez Reverte explica quiénes eran (y sobre todo, cómo hablaban) esos bravos o valentones que vivían “mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada o su cuchillo” y a los que se llamaba rufianes (y también Jaques que, a su vez, es apellido aunque más raro, pero no me desviaré por ahí). No me resisto a transcribir parte del discurso que APR dedicó a los rufianes de aquellos tiempos.

El bravo, el valentón, se levanta tarde. La noche, que él llama sorna, es su territorio. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la ancha, la ciudad, cuando nuestro hombre se echa fuera de la piltra, carraspeando para aclararse la gorja. El caso es que nuestro jaque se lava un poco, y tras mirarse en el azogue la zanja que le santigua la cara (recuerdo de una cuchillada, o jiferazo, de seis puntos, porque a veces es uno quien madruga, y otras veces nos madrugan otros), se compone con parsimonia los bigotes, que son fieros, de guardamano, apuntándole mucho a los ojos. Que entre la gente de la carda, o de la hoja, la valentía se estima según el tamaño de los bigotes, la barba de gancho y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de reñir con el Dios que lo engendró. Se viste nuestro bravo, tintineándole al cuello el crucifijo de plata y las medallas de santos (que en la España del rey católico, paladín de la verdadera religión, una cosa no quita la otra). Se viste con aires de mílite, cosa a menuda propia de la gente de la hojarasca. Aunque no haya oído en su vida zurrear de veras un arcabuzazo, y al turco y al luterano no los conozca sino de los corrales de comedias, él y sus compadres suelen dárselas de veteranos de los tercios o de las galeras del rey. … Después de acabar las descripción de las prendas con que viste el rufián, APR nos lo muestra por las calles madrileñas de Lavapiés (barrio que con la Heria de Sevilla, el patio de los Naranjos y el corral de los Olmos de esa misma ciudad, el Potro de Córdoba y los Percheles de Málaga, entre otros sitios ilustres, ha dado a España y al mundo, lo mejor de cada casa en los siglos XVI y XVII: la nata de la chanfaina), hasta que se entra en una taberna y se sienta con dos colegas a conversar de sus asuntos … Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las coimas, o sea, las yeguas que cada cual tiene en su dehesa, las cosas tampoco van muy bien. Sus hembras, que responden a los ilustres nombres de Blasa Pizorra, Gananciosa y Marizápalos, apenas rinden resullo (dinero). Últimamente no trotan más que de baratillo, con balhurria, y el poco socorro que aportan con el trabajo de su broquel (o guzpátaro, pare entendernos, aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ahí), ese dinero se les va a ellos alijando la nao, o sea, gastándoselo en el garito, con la desencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y del oficio de valentía, para qué hablar. Fatal. O sea, agua y lana. Uno de los jaques, la cara persignada por varios araños, se queja de que ayer mismo un cabestro (un marido barbado, o sea, un cornudo o cartujo) pretendía una hurgonada (una estocada) al querido de su legítima por la fardía ledra de veinte míseros ducados. Una vergüenza, se lamenta otro compadre. A él le ofrecieron hace una semana, explica, veinticinco ducados por trincharle las asas (las orejas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un galán que ponía aljófar en alcatara ajena. Por vida de Roque, adónde vamos a parar, se lamentan los tres bravos. …

Desde luego, por la descripción de Pérez Reverte no se pensaría que fuera el de rufián oficio del que enorgullecerse hasta el punto de adoptarlo como apellido para sus descendientes. Sin embargo, no se me antoja extraño que entre los del gremio llegara a considerarse punto de distinción ser tildado de rufián (que era uno de los grados superiores de la profesión y además aludía a la bravura). Parece que incluso hubo un tiempo, por las primeras décadas del XVII calculo, en que se pretendió conferir cierta respetabilidad al rufián y algo de esto puede intuirse en la comedia de Lope de 1614, El galán Castrucho, que previamente se había denominado El rufián Castrucho. En fin, después de mucho hurgar no es que llegue a ninguna conclusión firme pero sí me quedo con la idea de que, por la época en que nació el apellido (por el siglo XVI), sin haber perdido el vocablo sus connotaciones negativas, éstas serían vistas con menos severidad e incluso se resaltarían otras positivas; es decir, habría un cierto clima de tolerancia hacia estos individuos, suficiente para que alguno de ellos aceptara ser identificado públicamente como “el rufián” y que tal apodo se convirtiera en apellido de su progenie. Como fuera, eso debió ocurrir con casi total seguridad en Andalucía, lo cual no sorprende pues era en esa tierra donde mayor era el censo de casas de mancebía y, por tanto, de rufianes. Sin duda, la palma se la llevaba Sevilla (gracias al monopolio del tráfico hacia las Indias), pero también otras capitales o pueblos grandes como Córdoba, Cádiz o Málaga. Ahora bien, ateniéndonos a la actual distribución geográfica del apellido, cabe suponer que el primer Rufián fuera de Andalucía Oriental, de las tierras entre Jaén y Granada.

Fernando González del Campo, en el artículo que ha dedicado a este apellido en el número 7 de Cuadernos de Genealogía (que es la fuente principal de este post), nos dice que un tal Juan Rufián figura como testigo el 26 de julio de 1533 en una visita a un pueblo de indios en el actual estado mexicano de Veracruz. También del XVI hay constancia de dos hombres distintos apellidados Rufián, ambos moriscos de la sierra granadina. Este dato, junto con el hecho de que en algunas poblaciones que fueron asiento de moriscos (Alcaudete y Alcalá la Real, las dos de Jaén) hay y hubo un número relativamente importante de personas así apellidadas, ha hecho pensar que en su origen fuera propio de esos musulmanes del conquistado reino nazarí convertidos a la fuerza, pero no es en absoluto seguro. Lo que sí es bastante probable es que por esas comarcas andaluza naciera el apellido que nos ocupa y desde ahí se extendiera al resto de la península. Ha habido y hay algunos “rufianes” de cierto renombre, aunque yo no había escuchado este apellido hasta el salto a la fama del actual diputado por Esquerra de Catalunya. Gabriel Rufián (o Juan Gabriel que es su nombre completo), nació en 1982 en Santa Coloma, pero su familia proviene de La Bobadilla, una pedanía del municipio jienense de Alcaudete, antes citado. Su abuelo, Juan Rufián Cano, emigró con su mujer y cuatro hijos a Cataluña, hacia principios de los sesenta, como tantos otros andaluces (la propia Bobadilla superaba los cuatro mil habitantes en los cincuenta y ahora está en torno al millar). Podría ser que Gabriel, quinientos años después, fuera descendiente de un Alonso Rufián, que luchó en la rebelión de los moriscos granadinos (1568-1571) contra el Estado opresor castellano, y heredera de aquél los genes independentistas. Hoy, afortunadamente, esas batallas se hacen con otras armas.

Como apunte final hago notar la a mi juicio desproporcionada abundancia relativa de términos con significado peyorativo entre las palabras de nuestra legua acabadas en –án. En una lista apresurada y sin duda incompleta hago constar, además de la mentada rufián, todas estas más: holgazán, jayán, patán, truhán, gañán, haragán, balandrán, ganapán, pelafustán, perillán, barbián, truchimán, carcamán, charrán, barbaján, bausán, camaján, cachanchán y cachicán. Y como curiosidad añadida diré que al menos tres de estos vocablos (patán, gañán y perillán) son también apellidos.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Leonard Cohen y Janis Joplin (2)

Como dije en el post anterior, llegué a sospechar que lo de que Leonard y Janis hubieran echado un polvete en el Chelsea no era sino una baladronada del canadiense, que se le ocurrió después de muerta la texana y cuando ya tenía un aura casi mítica de leyenda del rock. Eres poeta o cantautor, tienes un rollito de una noche y a lo mejor, si la experiencia te ha tocado mínimamente la sensibilidad, vas y compones una canción el día después o la semana siguiente; pero no la empiezas tres años después. Además, la letra de Chelsea hotel y las explicaciones que dio años después sobre esa noche, no cuadran con la realidad. En fin, a mi modo de ver, argumentos más que suficientes para poner en duda la veracidad de la historia, para maliciarse que Leonard pretendió subirse al carro de los no pocos que habían tenido un affaire con la dama blanca del blues. ¿Por qué? Pues tal vez por ese lado Mr. Hyde en lo referente a las mujeres que algunos críticos imputan a Cohen (y que a mí no termina de convencerme) o por un impulso aislado de hacer una pequeña gamberrada (de la que luego se arrepentiría pero sin atreverse a confesar la mentirijilla).

Pero no, parece que en efecto hubo rollito, y lo digo no porque se me haya aparecido el fantasma de Leonard para afearme mis dudas sino porque fue la propia Janis quien lo dijo. Ocurrió el 3 de septiembre de 1969, dos semanas después del mítico Festival de Woodstock, en el que Janis había actuado con su banda, los Kozmic Blues. Estaba a punto de salir al mercado su primer disco como solista (I Got Dem Ol' Kozmic Blues Again Mama!); es decir, que la chica no era ya la desconocida que año y medio antes había pasado una temporada en Nueva York. Tampoco podemos decir que era una diva, pero sí lo suficientemente representativa de la cultura sesentera (los hippies, paz y amor, drogas y psicodelia) como para que el fotógrafo Richard Avedon tuviera interés en fotografiarla. El famoso fotógrafo viajó acompañado de la que entonces era su colaboradora, Doon Arbus, periodista, que entrevistaba a los modelos. Así que de esa fecha provienen unas cuantas fotos en blanco y negro (entre ellas la que adjunto) y unas reflexiones y opiniones algo deshilvanadas de la que calificaron los autores del trabajo como “la joven heroína del rock-blues”. Fotos y textos fueron publicados nada menos que treinta años después en un libro que se títula The Sixties. Para entonces, hacía mucho que Cohen había desvelado su aventura con las blueswoman.

  
Chelsea hotel #2 - Lloyd Cole (I'm Your Fan: The Songs of Leonard Cohen, 1991)

"A veces estás con alguien convencida de que tiene algo que decirte. Puede que en realidad no haya nada pero estás ahí, pensando que algo importante va a pasar, como si hubiera una comunicación innata. Pero el tío está callado, casi parece de mal humor. No obstante, sigues allí, tirando, dando, golpeando. Y entonces, de pronto, hacia las cuatro de la madrugada, te das cuenta de que ese culo plano, ese hijo de puta, simplemente está echado a mi lado. Ni siquiera me está follando. Eso me ha ocurrido a mí y es duro, como un bofetón. Me ha ocurrido dos veces, con Jim Morrison y con Leonard Cohen. Es extraño porque los dos eran personas que me llamaban la atención, y aunque realmente no me gustaban, sabía quienes eran y quería conocerlos. Pero ninguno de ellos me dio nada. No sé que significa, tal vez nada, simplemente decepciones".  Así que si la propia Janis reconoce la aventura, pues ya sí me la creo. Ahora bien, añade unas cuantas cosas que amplían la perspectiva sobre la misma y, sobre todo, contribuyen a explicar el porqué de la letra de Chelsea hotel. Claro que para ello hay que admitir que Leonard conocía lo que opinaba Janis de su encuentro. Y eso no pudo ser porque lo leyera en el libro de Avedon, ya que se publicó bastante después de la composición del tema y de las posteriores explicaciones; pero podemos suponer que ella misma se lo dejó claro esa noche, o incluso que hizo alguna declaración al respecto que no he localizado.

Primera sorpresa de lo que dice Janis es que era ella la que, sabiendo quién era, tenía interés en conocer a Leonard Cohen (sin que le atrajera físicamente). Entonces, lo que contó el canadiense (“no me buscaba y yo no la buscaba”) no sería tan cierto, como tampoco la farsa esa de que ella perseguía a Kristofferson. Si como parece, el encuentro fue en la primavera del 68, es ciertamente más lógico que Janis estuviera interesada en Leonard y no al contrario, aunque solo fuera por la sencilla razón de que el cantautor ya había publicado su primer disco con muy buena acogida. No sería extraño, por tanto, que a la Joplin le hubieran impresionado las canciones de ese canadiense algo exótico entre la fauna folkie de la época (es sabido que a Janis le interesaba lo que se cocía en los ambientes musicales del Greenwich neoyorkino). Me atrevo pues a suponer que sería Janis quien al encontrarse a Cohen en el Chelsea, se le acercó para conocerlo mejor con la esperanza y el deseo de que le aportara, le transmitiera algo. Si así ocurrieron las cosas, no sólo no vienen a cuento algunas frases de la canción como “tú eras famosa, tu corazón era una leyenda” o “me dijiste que preferías hombres guapos pero que conmigo harías una excepción” (Leonard resultaba bastante atractivo a las mujeres), sino tampoco eso de que se habían encontrado luego y ella ironizó sobre sus “poemas para viejas”.

  
Chelsea hotel #2 - Rufus Wainwright (Leonard Cohen I'm Your Man (Motion Picture Soundtrack), 2006)

Me creo pues que fue Janis la que llevó la iniciativa. Probablemente habría algunos escarceos previos a la noche clave; a lo mejor la texana llamó la atención del canadiense con su estrafalario atuendo y éste se enteró de quién era y se dijo, mira tú, si se pone a tiro, ¿por qué no? Pero lo fundamental es que Leonard no estuvo a la altura de las expectativas de ella (lo cual no necesariamente implica un gatillazo) y, lo más importante, que él lo supo. De hecho, hay un par de versos en la canción que suenan descaradamente a excusas (“estábamos oprimidos por los cánones de belleza” y, sobre todo, “no pretendo decir que te amé de la mejor forma”). Pero ese aire justificativo de la canción se convierte en agresividad algo despectiva, como si el compositor pensara que la mejor defensa es un buen ataque y como si le guardara rencor y quisiera cobrárselo. Desde luego, parece muy poco caballeroso (e inédito en Cohen) la imagen de la felación en la cama sin hacer, como si quisiese situar la relación en el ámbito de la más estricta carnalidad sexual, sin admitir nada que no fuera sexo. A esa misma idea nos dirigen otros versos que suenan a reproche: “nunca te escuche que dijeras, te necesito o no te necesito”. Y la última frase a mi juicio despectiva es esa en la que, a modo de experimentado depredador erótico, dice que no lleva la cuenta de cada petirrojo que abate y, además, que ni siquiera piensa en ella a menudo. En fin, que pareciera que Leonard supo que Janis quería de él algo más que un polvete y no sólo no la satisfizo sino que quiso dejar claro (aunque ella ya hubiera muerto) que para él no había sido más que un rollo sexual nada relevante.

La verdad es que la canción a mí no me parece en absoluto una canción de amor (tampoco de desamor) sino casi un ajuste de cuentas. Y si mi impresión es acertada, llama la atención que Leonard Cohen tuviera guardada esa espina y que ni la muerte de Janis la hiciera desaparecer; al contrario, fue entonces, cuando ella ya no podía contestar, cuando decidió llevar a cabo su revancha e incluso siguió con ella durante los siguientes años mediante sus declaraciones aclaratorias. Quiero creer que luego (en los noventa) se arrepintió sinceramente, aunque sin penitencia o sin que ésta implicara contar toda la verdad. Esa verdad que imagino pero desconozco debería incluir qué fue lo que le dijo o le hizo Janis esa noche para llevarle a escribir esta canción, para guardarle tanto resentimiento. Acabo transcribiendo la letra traducida de Chelsea hotel.



Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, / hablabas tan segura y tan dulcemente / y me la mamabas en una cama sin hacer / mientras la limusina esperaba en la calle. / Era Nueva York y esas eran las razones, / perseguíamos el dinero y la carne / y a eso lo llamaban amor los de nuestro oficio; / probablemente aún lo sea para quienes queden.

Pero te fuiste, ¿verdad nena? / Simplemente diste la espalda a la multitud / y te alejaste. Nunca te oí decir / te necesito, no te necesito / te necesito, no te necesito / y todo ese rollo.

Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, / eras famosa, tu corazón era una leyenda / me volviste a decir que preferías tíos guapos / pero que conmigo harías una excepción. / Y apretando el puño por los que son como nosotros, / los oprimidos por los cánones de belleza, / te arreglaste un poco y dijiste no importa, / somos feo pero tenemos la música.

Pero te fuiste, ¿verdad nena? / Simplemente diste la espalda a la multitud / y te alejaste. Nunca te oí decir / te necesito, no te necesito / te necesito, no te necesito / y todo ese rollo.

No pretendo decir que te amara del mejor modo, / no puedo llevar la cuenta de los petirrojos abatidos, / pero te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, / eso es todo, tampoco es que piense en ti a menudo.

PS: En el anterior post sobre Cohen y Joplin puse la versión original de Chesea Hotel #2 cantada por Leonard. Este post lo acompaño de tres versiones (covers dicen los anglos) de la misma canción, las tres muy de mi agrado. La primera es del inmerecidamente poco conocido Lloyd Cole, un británico afincado en los USA a quien en sus inicios (por los ochenta) se le auguraba un futuro esplendoroso que nunca llegó (por cierto actuó hace poco en Madrid). La segunda corresponde al también canadiense Rufus Wainwright, quien podríamos casi considerar yerno de Cohen, toda vez que tiene un hijo con su hija Lorca (aunque no son pareja porque Wainwright es homosexual). La tercera, en video, es la versión que en 2013 hizo Lana del Rey; esta chica despierta pasiones pero a mí el estilo de música al que se dedica no me gusta; cuestión distinta sería si sus canciones fueran como esta maravillosa interpretación.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Lotario / Lothario

Leyendo sobre Leonard Cohen encuentro en la web de CBC, una radio canadiense, un artículo en inglés firmado por Andrea Warner sobre las mujeres que amó y las mujeres que lo amaron, en el cual se dice que “desde el principio se describió a Cohen a partes iguales como un chico solitario en constante sufrimiento y como un larguirucho Lotario”. Añade la autora que esa doble imagen fue alimentada por el propio Leonard, a modo de una especie de doctor Jekyll y mister Hyde. Cuando se revisa la biografía amorosa del cantautor canadiense es inevitable, en efecto, que a uno le sorprenda esa dualidad. Difiero, sin embargo, de la opinión anterior porque pienso que, aún siendo bastante mujeriego, procuraba que no trascendiera a su imagen pública. De hecho, procuraba que sus relaciones no trascendieran a los medios y, salvo la llamativa excepción de Janis Joplin, cuando eran fuente de inspiración no daba pistas, ni en las canciones ni fuera de ellas, sobre la identidad de sus musas. Pero aunque he de seguir hablando sobre este asunto y este personaje, ahora quiero comentar el descubrimiento léxico que me ha aportado la lectura de ese artículo; me refiero, claro, a la aparición en el texto del nombre propio lothario (con h intercalada y en minúsculas).

Para cualquier hispanohablante el nombre de Lotario remite directamente al Quijote, a uno de los protagonistas del relato intercalado en la primera parte, el que lee el cura mientras Alonso Quijano duerme. Me refiero, claro, al Curioso impertinente, esa novelita de corte boccacciano (aunque con final más en la onda barroca post-Trento) que narra la estúpida obsesión de un marido enamorado –Anselmo– por poner a prueba la fidelidad de su esposa Camila pidiéndole a su íntimo amigo Lotario que intente seducirla. Lotario, pese a sus intensas protestas iniciales, es forzado a aceptar y finalmente cae enamorado de la bella, traicionando la amistad. En nuestro idioma, sin embargo, el nombre de Lotario no ha pasado a describir un determinado carácter, al modo de, por ejemplo, Quijote o Don Juan. Por eso me sorprendió que así hubiera ocurrido en inglés. Lo que pasa es que lothario en la lengua de Shakespeare significa libertino, seductor sin escrúpulos, canalla cuyo único interés es deshonrar mujeres. Una acepción bastante dura que desde luego no cuadra con el personaje cervantino; al pobre Lotario, por el contrario, le sobraban remordimientos y la seducción de Camila no puede en absoluto calificarse de canallada sin escrúpulos.

Y es que el Lothario que ha calado en el inglés no es el nuestro sino el que creó Nicholas Rowe en su drama The fair penitent a principios del XVIII. No he leído la obra (en inglés esta aquí) pero parece que se trata de una adaptación de otra tragedia anterior –The fatal dowry– publicada en 1632 por Philip Massinger y Nathan Field. La historia solo tangencialmente evoca la del Curioso impertinente. Sciolto, un noble genovés, entrega su hija Calista a un joven heroico, Altamont. Pero Calista ha sido seducida por el infame Lothario, quien la conmina a reunirse con él el mismo día de la boda. Altamont los descubre juntos y mata al seductor. Luego aparece Sciolto y quiere matar a la hija aunque su futuro yerno se lo impide. Al final, Calista se presenta ante el cadáver de Lothario manifestando que quiere morir para reunirse con su amante. En fin, un dramón patético que tampoco apetece mucho leer, pese a que fue elogiado en su época por el mismísimo Samuel Johnson, que se pasaba de exigente.

Los personajes de The fair penitente están ya en The fatal dowry, aunque Rowe cambia los nombres, pasándolos del francés (la obra previa sucedía en Dijon) al italiano. No he podido confirmar si la elección del nombre de Lothario proviene directamente del personaje del Curioso impertinente, pero apostaría a que sí. En ambos casos se trata de un seductor (aunque con motivaciones muy distintas), lo que ya es una coincidencia sospechosa; además no ha de olvidarse que el Quijote fue una obra muy popular entre los británicos (el inglés es el primer idioma al que se traduce la novela, en la temprana fecha de 1612). Habría que preguntarse por qué Cervantes escogió este nombre que, aunque tiene reminiscencias italianas, creo que tiene un origen germánico (recuérdese Lotario, el nieto de Carlomagno). Como fuera, cabe suponer que del Quijote pasó a un drama inglés y el personaje se popularizo tanto como para convertirse en ese idioma en epónimo de un carácter concreto y poco halagüeño. No ocurrió lo mismo, en cambio, en nuestro idioma; el equivalente entre nosotros sería Don Juan o, en menor medida, Casanova.

Pues nada, una palabra nueva que aprendo en inglés. Compruebo en la Wikipedia que el término se ha usado abundantemente en la literatura en ese idioma (Faulkner, por ejemplo). Y yo sin tener ni idea.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Leonard Cohen y Janis Joplin (1)

Estaba en un bar de Miami bebiendo un cóctel letal de coco y me abordó su recuerdo, la escena de aquella habitación del hotel Chelsea, tan cutre, tan austera. Ahí estábamos los dos, en una cama destartalada, sin hacer, bajo una bombilla desnuda. Hablabas con entusiasmo, apasionadamente nos desnudamos, luego me la mamaste. Y mientras la veía, me veía, veía nuestros dos cuerpos enlazados, sentía la pena estéril de su marcha, las palabras me venían a la boca y las escribí en una servilleta.

Más o menos así contó Leonard Cohen cómo nació la canción que se titularía Chelsea Hotel #2, en la que narra su encuentro sexual con Janis Joplin. Años más tarde, en una entrevista para la BBC en 1994, diría que se arrepentía profundamente de haber asociado la canción con Janis. Incluso pidió perdón al espíritu de la rockera por haber sido indiscreto y grosero. La canción se publicó en agosto de 1974, en su disco New Skin for the Old Ceremony, cuando la Joplin llevaba casi cuatro años difunta. Pero, conociendo algo el carácter de Janis, no creo que de seguir viva se hubiese ofendido y lo mismo pensaba el propio Leonard, como confesó al año siguiente (lo que dudo es que en tal caso hubiese escrito y publicado la canción). Así que tengo para mí que esa petición de disculpas no era sincera; más bien intuyo que Cohen estaba preocupado por limpiar la que le parecía una mancha en su imagen, en convertirla incluso en algo positivo (pecador arrepentido).

De otra parte, la canción tampoco es indiscreta. De hecho, cuando por primera vez la escuché y me traduje la letra (sería hacia el 76 o 77) ni se me ocurrió pensar que aludía a Janis Joplin. Del texto solo cabe deducir que la mujer era famosa y probablemente música, y si me hubiera puesto a elucubrar sobre quién podría haber sido supongo que habría agotado el listado de las folkies de la época antes de siquiera pensar en la texana. ¿Cohen y Joplin? No pegaban ni con cola. De hecho, fue el propio Cohen quien descubrió la identidad de la amante del Hotel Chelsea. Empezó dando una pista en la nota de la contraportada de sus Greatest Hits del 75; allí dice: “La escribí para una cantante americana que murió hace un tiempo. Se alojaba en el Chelsea también”. Esa nota era, a mi juicio, para avivar la curiosidad, como diciendo “eh, que lo que cuento ocurrió de verdad, ¿os imagináis quién era ella? No he buscado prensa musical de la época, pero no es aventurado suponer que se mencionaría el nombre de la white lady of blues. No tardó demasiado Cohen en zanjar los rumores.

Fue durante la gira europea entre abril y julio de 1976. Antes de cantar el Chelsea Hotel hacía una breve introducción, cada vez más explícita, lo que revela que no fue nada improvisado. En Mainz, el 4 de mayo, dijo: “Este hotel era de los más veteranos de Nueva York. En aquellos días lejanos, una gran cantante solía alojarse en él, con muchos otros músicos muy buenos. Yo me la encontré una noche en el ascensor, muy tarde, alrededor de las tres de la mañana. No me buscaba y yo no la buscaba. Pero no había nadie más en ese momento. Creo que estaba buscando a Kris Kristofferson. Yo admiraba su actitud hacia el público, cantaba entregándose sin ambigüedades. Algo que pocos han logrado como ella, quien se entregó por completo hasta que decidió dejar de darse y entonces se acabó. Así que escribí esta canción para ella, para Janis Joplin”. Un mes después, el 6 de junio, contó más o menos la misma historia con algunos pequeños añadidos, que ya se había fijado en ella: solía verla en una hamburguesería enfrente del hotel, en el bar del Chelsea fijándose en si la gente ponía sus canciones en la gramola; repitió que admiraba su entrega al público pero que a quien él buscaba esa noche era a Brigitte Bardot (supongo que una broma fácil aprovechando que estaba en Francia); que otra vez se encontraron en la calle 24 y ella le preguntó si había ido a Nueva York para recitar poesía a las ancianas … En todo caso fue claramente explícito: “Ninguno de los dos buscaba al otro pero, por algún proceso de eliminación, caímos en brazos el uno del otro; me refiero a ese tipo de procesos mediante los cuales todo sucede”. Más o menos lo mismo dijo el 25 de junio en Montreaux, Suiza (aunque el encuentro en la calle fue esta vez en la 23). El discursito con sus variantes lo tuvo que repetir en varias ocasiones; una de ella es ésta que he encontrado en Youtube para quien entienda bien el inglés, aunque el sonido es pésimo.


Varias de las afirmaciones que hizo Cohen durante esa gira de 1976 no terminan de encajar, como tampoco algunas frases del texto de la canción. Parece bastante seguro que el encuentro de los dos cantantes tuvo que ser en la primavera de 1968, cuando los Big Brother and the Holding Company fueron a Nueva York a grabar su fantástico segundo álbum Cheap Thrills. No puede decirse que para entonces Janis fuera famosa y mucho menos en la Costa Este; tan solo la conocerían quienes siguieran el rock psicodélico californiano y hubieran escuchado el disco de una banda que tampoco es que estuviera en primera fila. Así que cuando en la canción se dice que “eras muy famosa y tu corazón una leyenda” o que “las limusinas esperaban en la calle” Cohen está exagerando. En realidad ambos eran dos músicos emergentes, promesas si se quiere; los dos con un único disco (el de Janis, además, ni siquiera a su nombre) con audiencias cuantitativamente no muy distintas (aunque de muy distintos tipos). Tampoco me resulta muy creíble que en esa madrugada neoyorkina Leonard ya hubiera desarrollado un gran admiración por la forma en que Janis se entregaba al público durante sus actuaciones, porque se me antoja muy poco probable que hubiera asistido a un concierto de los Big Brother; más me parece que eso ocurriría después y lo que hace ocho años después cuando da sus explicaciones (y también tres años después cuando escribe el tema) es retrotraer emociones posteriores.

Tampoco cuadra que la Joplin estuviera buscando a Kris Kristofferson. Se trata de una ocurrencia fácil para Cohen, dado que el mayor éxito de Janis fue Me and Bobby McGee, compuesta por Kris y, además, era sabido que ambos habían vivido un romance. El fallo es que los dos texanos se conocerían en la primavera de 1970, por lo que es poco probable que Janis lo estuviera buscando dos años antes en el Greenwich. En fin, que cuando hace unos veinte años más o menos me enteré (con bastante retraso) de que la mujer del Chelsea Hotel era Janis Joplin primero me sorprendí (ya he dicho antes que no me pegaban ni con cola, mero prejuicio por tener estilos musicales tan distintos), luego me admiré del éxito de Cohen como seductor (pura envidia, aunque he de confesar que la Joplin no me resultaba atractiva) y finalmente, cuando me fijé un poco más detalladamente en lo que él mismo había contado al respecto, empecé a desconfiar. ¿No se trataría de una fanfarronada del viejo Leonard, aprovechando que la interfecta no podía desautorizarlo? Ahora, con motivo de la muerte de Cohen, me he acordado de esas dudas mías y me he propuesto zanjarlas; pero será en el próximo post.

  
Chelsea hotel #2 - Leonard Cohen (New Skin for the Old Ceremony, 1974)