miércoles, 6 de agosto de 2014

Renovando el carné de conducir

Arribado mi quincuagésimo quinto aniversario cayó también la caducidad del carné de conducir (del brevete, como dicen en Perú), un lustro después de su última caducidad. Entonces, al cumplir cincuenta años, pensé que Tráfico sospechaba que mi decrepitud podía impedirme manejar un vehículo motorizado y que ya sólo me permitiría hacerlo previa comprobación de mis facultades cada cinco años. Pasados cinco años (en un plis plas) había pues de repetir el examen, pero sorpresivamente descubro que ahora los de la DGT me han doblado el margen de confianza: podré seguir guiando automóviles hasta los 65, edad a la que espero contar ya en plantilla con una choferesa profesional de espectacular belleza a cargo de mi futura limusina. O quizá no.

Total que el lunes, fecha última de validez de mi permiso, me presenté en uno de esos establecimientos reconocidos por Tráfico para las renovaciones, con la fortuna de que no había ningún cliente. Tras pagar unos sesenta euros me invitaron a realizar el examen psicomotriz, dos ejercicios muy inteligentemente diseñados para comprobar las imprescindibles aptitudes de todo conductor. Por cierto, la normativa que regula estas pruebas es el Real Decreto 818/2009 que, en su anexo IV, detalla las "aptitudes psicofísicas" requeridas (todas referidas a aspectos médicos); pues bien, no se me alcanza cuál de esas aptitudes se verifica a través de los dos tests que me hicieron y paso a describir.

Las dos pruebas se hacían con un aparatito tal como el de la imagen. La primera (que tras investigar un poquito se llama test de velocidad de anticipación). En la pantalla aparece una bolita roja que se va desplazando linealmente hasta que llega a un cuadrado negro y deja de verse. Hay que suponer que sigue a la misma velocidad y se trata de apretar un botón para detenerla cuando uno cree que está al final del cuadrado. Se supone que el objetivo es evaluar las posibles desviaciones perceptivas que de la velocidad tenga un sujeto. Según mi examinadora yo paraba la bolita demasiado pronto y me hizo repetir la prueba. En la segunda vez hice trampa: estimé que la distancia a ciegas era la mitad de la visible y fui contando mentalmente. Aún así, seguí deteniendo la bolita demasiado pronto, pero me dio el aprobado raspado. Hay que reconocer que esta prueba simula muy bien varias situaciones que se presentan a los conductores con harta frecuencia. Cuántas veces yendo por una autopista a 120 nos hemos encontrado con un coche delante a 80 y de pronto nos metemos en un túnel, ambos coches sin luces. Los que aprueban con nota este test mantendrán sin miedo la velocidad para frenar a oscuras justo antes de empotrarse con el lentorro de delante.

La segunda prueba tiene por finalidad evaluar la coordinación "viso-perceptivo-motriz" del sujeto para llevar simultáneamente el control de una tarea diferente con cada mano de forma independiente, procurando que las acciones realizadas con una no influyan sobre la otra. Dos bolitas en paralelo se desplazan sobre unas bandas que simulan la carretera y se van curvando de distintas formas y distintas entre sí; con cada mano se puede desplazar en horizontal cada una de las bolitas a fin de que ambas se mantengan siempre en las bandas. Puñetero y estresante ejercicio, y más porque cada vez que se rozaba el margen de una banda el ordenador soltaba un irritante pitido. Aunque me quedé con la impresión de que lo había hecho bastante peor que el otro, parece que no, que mis errores (y la rapidez con que los corregía) estaban dentro de los niveles aceptables. En este caso resulta más difícil imaginar que supuesto real simula, como no sea la interesante situación de conducir dos coches a la vez por carreteras paralelas pero de distintos trazados. He de confesar que todavía no me he visto en tal embrollo.

En fin, que pasé las dos pruebas psicomotrices pero con la autoestima muy baja; y menos mal que no me sometieron a otras más que ahora descubro que guarda ese maldito software para reconocimientos de conductores. Imagino que los chavales acostumbrados a las consolas lo tendrán bastante más fácil, pero es que a mí nunca me atrajo ese tipo de jueguecitos. Si lo hubiera sabido, habría entrenado; seguro que en internet se pueden encontrar simulaciones online de esos tests (aunque en un primer rastreo no lo he logrado; me habría gustado ponerlos en este post). Bueno, menos mal que el concienzudo examen médico que siguió a tan frustrante experiencia (detectar un pitido con unos auriculares, leer las letras del típico cartel de oculista y toma de tensión) reveló que gozo de una excelente salud. Bueno, conseguí lo que quería: ahora tengo una década para hacer los castings para choferesa.

 
Drive my car - Memphis All-Stars (Fried Glass Onions, 2005)

viernes, 13 de junio de 2014

Compartir coche

En el verano del 84 tres amigas compañeras del segundo curso de italiano en la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid y yo decidimos irnos a pasar un mes a la famosa (para quienes estudiábamos italiano) Università per stranieri de Perugia. Iríamos en mi flamante R5 amarillo chillón, pagando entre todos la gasolina. Sin embargo, cuando apenas faltaban unos días, dos de las chicas (entre ellas, la que me gustaba) se rajaron dejándonos a Ángeles y yo con el papelón poco asumible por nuestras maltrechas economías veinteañeras de cargar con unos costes demasiado altos. Así que, tal como era habitual en aquellos tiempos, fuimos a la TIVE en Moncloa y en el tablón de anuncio pinchamos un papel en el que contamos nuestro planes ofreciendo dos plazas a quienes quisieran venir con nosotros compartiendo gastos. A los dos o tres días me llamó (al fijo claro, que en esa época no había móviles) un tal Nando que, casualidades de la vida, tenía la intención de ir con otro amigo, Paco, justamente a pasar un mes a Perugia, no tanto para aprender italiano, sino porque sabían que la capital de l'Umbria en verano se llenaba de jóvenes de toda Europa con ganas de pasárselo de maravilla (de hecho, fue aquél uno de los mejores veranos que he pasado nunca).

Quedamos para conocernos los cuatro y enseguida nos caímos bien (demasiado, porque Ángeles y Paco se hicieron tilín y nada más empezar el viaje se enrollaron), así que a los pocos días salimos de Madrid y en dos jornadas nos plantamos en Perugia. La noche intermedia, dicho sea de paso, la pasamos en Barcelona, alojados por unos amigos de Nando y yo cometí la estupidez de dejar el coche en el Borne sin sacar mi bolsa del maletero que, cuando fui a recogerla, ya no estaba; o sea, que me fui hasta Perugia con lo puesto y no me arruiné gracias a una estupenda tienda de abbigliamento usato. En esos dos días de viaje terminamos de hacernos grandes amigos y ya fuimos inseparables durante todo el verano, alquilando juntos un apartamento en una casona medieval que habitaba –durante el invierno– una alemana y que realquilaba a muy bajo precio mientras estaba en su tierra. Esto ocurrió hace más de 30 años, y aunque a Ángeles hace ya mucho que le tengo perdida la pista y a Nando lo veo de higos a brevas, Paco se convirtió en uno de mis mejores amigos, con el que años después, ya en Tenerife, montamos estudio juntos, y a fecha de hoy (él de vuelta en Madrid, casado y con tres niñas) seguimos manteniendo la relación.

El otro día, con motivo de los cabreos de los taxistas, me he enterado de que en las grandes ciudades se ha popularizado una aplicación para el móvil llamada Uber que permite al usuario localizar vehículos particulares en su entorno que se ofrecen a llevarlo a cambio de una remuneración. Me imagino (no me la he bajado) que el programita combinará un GPS dinámico que muestre sobre un plano de la ciudad dónde están los coches inscritos en la base de datos, de modos que seleccionas el que más cerca te quede y el conductor recibe un aviso para acercarse a recogerte. Si es así es perfectamente explicable que los taxis sientan que les están haciendo competencia desleal. Pero veo complicado que se pueda prohibir (y más que, aún prohibiéndolo, se pueda impedir) porque no me parece ilegal que dos particulares se pongan de acuerdo para compartir coche. Me da la impresión de que los esfuerzos para cargarse este sistema serán baldíos, como todo intento de poner puertas al campo. Como he leído en algún lado, los taxistas y análogos tendrán, les guste o no, que ponerse las pilas ante este nuevo reto derivado de internet, en el fondo no muy distinto del fenómeno de la piratería y el enrocamiento consiguiente en cuanto a los derechos de autor.

Cuestión distinta es la acusación de que estos usuarios no pagan impuestos, porque eso llevaría a debatir si en estas operaciones hay lucro o simplemente reducción de gastos. El asunto me parece de lo más sugerente, porque abre al debate el tratamiento fiscal de las transacciones no comerciales o, al menos, no claramente comerciales. Pongo como ejemplo otro fenómeno que ya lleva tiempo aunque no ha alcanzado la intensidad suficiente como para preocupar al sector correspondiente de la "economía oficial". Me refiero al intercambio de viviendas, que es una opción muy interesante –sobre todo para familias con niños– para irse a pasar las vacaciones sin pagar alojamiento. Mi hermana, que es usuaria de este modelo, está encantada porque gracias a él ha viajado a varias localidades europeas. Pero imagínense que se popularizara lo suficiente como para que los hoteleros sintieran en carne propia descensos significativos de la demanda. Podrían decir que quienes prestan su casa por quince días están ingresando el equivalente de lo que cobraría un hotel por alojar a una familia ese tiempo (ingreso que luego se gastarían en el pago a los que a su vez les dejan su casa), lo cual no es incorrecto en términos económicos. Por tanto realizan una actividad lucrativa (aunque no cobren) por la que deben tributar. Este tipo de actividades económicas pero al margen del monetarismo (cuyo paradigma es, sin duda, las tradicionales "sus labores") son profundamente incómodas para el sistema, que trata de mantenerlas en posiciones marginales, cuando no puede integrarlas. Y justamente por eso a mí me parecen un ámbito enormemente esperanzador, donde cada vez más van a ocurrir cosas que quizá comiencen a erosionar la opresiva dictadura del sistema económico. Hay muchísimos ejemplos y desde luego internet se está revelando como una herramienta utilísima para propiciarlos.

Pero volviendo al motivo de este post, una vez que me enteré de lo que era Uber, descubrí que hay una empresa llamada BlaBlaCar que es exactamente el tablón de anuncios de la TIVE al que recurrí en el 83, sólo que ahora mediante internet. Te das de alta en la web de la empresa y anuncias el trayecto que vas a hacer y la fecha (está pensado para viajes interurbanos); además dices qué coche tienes, el tipo de música que piensas poner, si admites fumadores, de qué asuntos te gusta charlar, y cuanta información te parezca relevante. Al publicar el aviso, el sistema te dice el tope de dinero que puedes cobrar, calculado según el trayecto, a fin de evitar que se use con fines lucrativos (se supone que la finalidad es sólo repartir gastos). Quien quiera compartir tu coche, después de un rato de comparar las ofertas, simplemente te selecciona y paga mediante tarjeta, recibiendo a cambio un código para que el día de la salida el conductor lo identifique. Éste no recibe el dinero hasta unos días después del viaje mediante transferencia bancaria y la empresa se queda con una comisión que paga el pasajero. Hay muchas más reglas, todas muy bien pensadas para ofrecer suficientes garantías de seguridad y seriedad. A la vista de la mucha oferta que hay en la web (dicen que tienen más de un millón de usuarios al mes), me da la impresión de que el sistema debe funcionar de maravilla y, consiguientemente, los dueños deben estar forrándose con la comisión que cobren (no sé su cuantía) a los usuarios simplemente por disponer de la infraestructura para permitirles ponerse en contacto.

Nada original el invento, que como prueba mi propia experiencia, es bastante anterior a internet. Pero claro, no es lo mismo acercarse a Moncloa para buscar entre el necesariamente limitado número de anuncios de aquel tablón que organizar un tablón equivalente en la red. Lo sorprendente es que la idea de crear en internet una web para compartir vehículo no se le ocurriera a nadie hasta 2004, año en que un francesito que vivía en París y quería ir a pasar las navidades a su pueblo, no encontró ningún billete de tren, y pensó en buscar a alguien que fuera a hacer el mismo trayecto y ofrecerle compartir gastos. Tras un rato de navegar por internet no encontró nada y se dijo que por qué no ofrecer él mismo ese servicio que tan bien le habría venido. Supongo que, antes que a él, a mucha más gente se le habría ocurrido lo que me parece una idea obvia, nada genial. Pero en internet el que da primero se lleva el gato al agua. Lástima que a mí, en 2004, no me preocupaba ya lo de encontrar con quien compartir coche y que cuando podía habérseme ocurrido no existiera internet.

 
Drive - R.E.M. (Auomatic for the people, 1992)

domingo, 8 de junio de 2014

Ni lógico ni razonable

En el anterior post me preguntaba si no era motivo para hacer un referéndum sobre la forma del Estado el que la gran mayoría de los actuales españoles no se haya pronunciado sobre ella. Números opina que no, que ese argumento no lo ve ni lógico ni razonable porque, de serlo, tendríamos que refrendar la Constitución cada generación y, además, porque si la elección entre monarquía y república fuese tan importante para los españoles, ya habría salido por la derecha un partido conservador de tendencias claramente republicanas (y, de momento, ni está, ni se le espera).

Me ha llamado la atención que considere que el motivo que apunto no sea lógico ni razonable. Diré, de entrada, que ambos adjetivos me parecen sinónimos: lógico es lo que lo que ajusta a la lógica y razonable lo que se ajusta a la razón; no se me ocurre que algo pueda ser conforme a razón y a la vez ilógico, o viceversa. Así que habría bastado que Números calificara de ilógico el motivo. Convirtámoslo pues en un silogismo para discutir si respeta las reglas de esta disciplina.

  • La forma de un estado democrático (monarquía / república) es una decisión que –como muchas otras– debe expresar la voluntad mayoritaria de sus habitantes.
  • La gran mayoría de los habitantes de España no ha expresado su voluntad sobre la forma del estado español.
  • Ergo: Para saber si la monarquía es la forma de estado que quiere la mayoría de los españoles hay que preguntárselo.

La premisa menor es, como demostré en el post anterior, matemáticamente incuestionable. La mayor puede no serlo tanto si alguien me dice que una decisión democrática tomada por un grupo vincula per saecula saeculorum a los futuros individuos de ese grupo, algo que no me parece de recibo. Así que, a mi modesto entender, la conclusión es irreprochablemente lógica. Y también su corolorario: desde el momento en que hubo en España más personas que no se habían pronunciado favorablemente sobre la Constitución (sumando a los que estaban vivos y habían votado no o no habían votado con los que tienen más de dieciocho años pero eran menores o no habían nacido en 1978) que personas que votaron afirmativamente, se puede afirmar en estricta lógica que no sabemos si la monarquía (y el resto de preceptos constitucionales) expresa la voluntad mayoritaria de los españoles.

Así pues, decidir someter a referéndum la forma del estado español se ajustaría perfectamente a las reglas de la lógica y, por lo tanto, sería razonable. Lo cual no significa que haya que hacerlo, ni siquiera que tal sea la mejor decisión, porque ciertamente en la vida humana no siempre las decisiones más acertadas son las que se ajustan a los fríos razonamientos lógicos. De hecho, en el post anterior, no me pronuncié a favor del referéndum; tan sólo apunté un motivo –lógico– que creo que es relevante en la discusión al respecto. Desde luego, hay muchos más, y quizá de la consideración ponderada de todos ellos se llegue a la conclusión de que no es conveniente preguntar a los españoles si quieren seguir siendo una monarquía. Podría haberme dicho Números, por ejemplo, que no ve práctico el argumento que cité, pero que no es ni lógico ni razonable ...

Sí coincido con Números en que un corolario que se sigue del argumento lógico que expuse es que habría que refrendar la monarquía cada generación, lo cual no aminora en nada la lógica del razonamiento; simplemente hace que una consecuencia lógica pueda parecerle a algunos poco práctica. Obviamente, abrir el melón del debate sobre la forma del estado puede suponer un nivel de embrollo que quizá se juzgue poco adecuado en estos momentos, que distraiga la acción pública de acciones más importantes o más urgentes. Son éstas consideraciones de índole práctica que admito que pueden prevalecer sobre las consecuencias lógicas enunciadas, siempre en un plano más teórico. Lo que no admito es que se diga (como implícitamente hacen muchos) que la monarquía se legitimó democráticamente de una vez para siempre. Porque ninguna decisión, por muy democrática que sea, queda legitimada eternamente, salvo aquéllas que son consustanciales con el propio concepto de democracia (por ejemplo, que todos los españoles son iguales ante la Ley). Y desde luego que la jefatura del estado sea un derecho de nacimiento no sólo no es consustancial con la democracia sino que contradice sus fundamentos. Cuestión ésta de la que no llego a derivar, como ha dicho Cayo Lara, que sea necesariamente incompatible con la democracia, pero sí convierte a la monarquía en una de las cuestiones que, por muy democráticamente que se haya decidido (y en nuestro caso no lo ha sido tanto), más requiere ser refrendada con cierta periodicidad, por ejemplo con motivo del cambio de monarca.

En una conferencia dictada el 11 de marzo de 1882 en la Sorbona, Ernest Renan expuso su famosa frase sobre lo que es una nación, base de una concepción democrática tan opuesta a la esencialista del romanticismo que todavía hoy goza de excelente salud entre los nacionalistas. "Una nación es, pues, una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer. Supone un pasado; sin embargo, se resume en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida común. La existencia de una nación es (perdonadme esta metáfora) un plebiscito cotidiano, como la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida". Yo comparto esta filosofía, por más que peque de excesivamente idealista, que haya de mantenerse en el plano teórico. Es decir, creo que las "reglas de juego" que se da un grupo humano (llámese nación o como se quiera) para organizar su convivencia –y entre ellas, desde luego, el acceso a la jefatura del estado– deben ser mayoritariamente consentidas por los miembros del mismo.

No es necesario consultar continuamente a la población para saber si está de acuerdo o no con la reglas vigentes. Eso, en efecto, sería muy poco práctico, llevaría a la paralización de la vida pública y a la postre tendría un efecto contraproducente sobre el propio ejercicio democrático. Sin embargo, hay suficientes indicadores para sospechar si alguna de las reglas vigentes pudiera haber perdido ese consentimiento mayoritario que reclama Renan; también hay determinados momentos en que parece oportuno que reglas concretas se debatan. Cuando se dan esas circunstancias es cuando la conclusión lógica a la que me refería encuentra plena justificación práctica para llevarse a cabo. Y creo que, en el asunto de la forma del estado español, nos encontramos ahora en esa situación.

Por tanto, en mi opinión, que los partidos mayoritarios en el Congreso (PP y PSOE) nieguen hasta la posibilidad de abrir el debate me parece profundamente antidemocrático. Nótese que no llego a afirmar que haya de hacerse el referéndum; tan sólo digo que las circunstancias actuales exigen abordar políticamente la conveniencia de mantener o no la monarquía (y ello sin necesidad de postergar la proclamación de Felipe VI) y hacerlo de manera pública y transparente. Que se hable de las ventajas y desventajas que para los intereses de los españoles (que tan frecuentemente son distintos de los que los políticos consideran intereses de España) tiene que seamos un reino o una república. Y que como conclusión de ese debate se decida si procede o no consultar a la población (no se me ocurre qué motivos habría para concluir que no ha de consultarse). No me vale, desde luego, que los partidos principales, con la excusa de que están avalados por la mayoría de los españoles, decidan sin preguntar a sus votantes que tenemos que seguir siendo una monarquía. Aunque, me temo, eso es lo que va a ocurrir.

martes, 3 de junio de 2014

Monarquía y Constitución

Constitución española (selección)

3.1. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.

14. Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

23.1. Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes, libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal.

23.2. Asimismo, tienen derecho a acceder en condiciones de igualdad a las funciones y cargos públicos, con los requisitos que señalen las leyes.

56.1. El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.

56.3. La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65, 2.

57.1. La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos.

64.2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden.

Es llamativo que se vuelva ahora (se lo he escuchado a una catedrática de Derecho Constitucional en uno de los muchísimos debates que florecen con esto de la abdicación) a decir que hay que cambiar la Constitución para suprimir la discriminación a favor del varón en la sucesión real. Por cierto, también es discriminación anticonstitucional que prevalezca el mayor antes que el menor. No sé por qué no se insiste en la discriminación por razón de nacimiento que es intrínseca a la monarquía hereditaria, prohibida en el artículo 14. No sé por qué tampoco se señala que los ciudadanos no tenemos, no ya derecho, sino ni siquiera posibilidad de acceder al cargo público de Jefe de Estado. Es de una evidencia meridiana que la monarquía es constitucional contra los principios de la propia Constitución.

Por supuesto que no hay que hacer un referéndum para saber si queremos monarquía o república. Ya está establecida la forma política del Estado en la Constitución y como ya la votamos, votamos que queríamos monarquía (otro "argumento" repetido en varios debates televisivos). En primer lugar, es mucho suponer que los 15.706.078 españoles que dijeron sí (apenas el 59% del censo electoral en diciembre de 1978) estuvieran a favor de la monarquía. Muchos había que querían la república, pero prefirieron que se aprobara la Constitución, aún con monarquía, a que saliera rechazada. De otra parte, téngase en cuenta que de los que pudieron votar entonces casi la mitad ya ha muerto; así que si aplicamos a los que quedamos–algo más de catorce millones– el porcentaje del voto afirmativo, resulta que sólo hay unos 8,3 millones de españoles vivos que avalaron la Constitución y (forzando mucho las cosas) la monarquía. Frente a esa cifra colóquense los más de veinte millones de españoles que hoy son mayores de dieciocho años pero que en 1978 no llegaban a esas edad o ni siquiera habían nacido. O sea, que aún admitiendo (que no) que la monarquía fue votada por la mayoría de los españoles, lo que es matemáticamente incuestionable es que la gran mayoría de los actuales españoles no se ha pronunciado sobre ella. ¿No basta este argumento para sostener que sí hay al menos un motivo para un referéndum, aprovechando el cambio sucesorio?

Quizá convenga realizarlo inmediatamente después de organizar un intento de golpe militar que frustre con ejemplar firmeza democrática Felipe VI. O, para no ser tan truculento, inmediatamente después de que ganemos el inminente Mundial y el nuevo Rey salga en todas las teles feliz y orgulloso y arropado por todos los jugadores de la selección, el más efectivo símbolo de la unidad patria.

 
A farewell to kings - Rush (A farewell to Kings, 1977)

lunes, 2 de junio de 2014

Periodismo rastrero

He de reconocer que no me caen demasiado bien los periodistas. Es un prejuicio y, como todos los prejuicios, injusto. Naturalmente, hay periodistas excelentes y el oficio -qué duda cabe- no sólo es tan honorable como cualquier otro sino que, además, su ejercicio es absolutamente necesario. Lo que pasa es que los periodistas son profesionales de la comunicación y ésta se mide en la actualidad en unidades muy pequeñas, así que ellos no tienen más remedio que condensar extremadamente el mensaje y presentarlo del modo más llamativo posible. El riesgo, claro, es equivocarse, ya sea por las prisas, por la falta de comprensión global de los datos, por dejarse llevar por el sensacionalismo o, sencillamente, porque hacer un buen resumen es desde luego tarea muy difícil que pocos resuelven correctamente. Pero estos defectos que apunto digo yo que son los gajes de ese oficio y, por tanto, mi susceptibilidad ante ellos no me parece una actitud ponderada. He de procurar desactivarla y atemperar mis prejuicios; ser más tolerante, en suma, que en todos los ámbitos hay mejores y peores profesionales.

Ahora bien, una cosa es tu calidad profesional y otra muy distinta que seas un mal bicho. Supongo que entre los periodistas el porcentaje de malos bichos no será significativamente distinto al de cualquier otro grupo corporativo pero, para su desgracia, se notan más. Y no digamos cuando esos plumillas malos bichos participan en los circos mediáticos (en la televisión, especialmente), juntos y revueltos con políticos, que son la otra fauna que ahí más abunda. Los llamados debates políticos en la tele son espectáculos que me irritan sobremanera; salvo rarísimas excepciones los que intervienen jamás argumentan (en la acepción de respetar las más elementales reglas de la lógica), sino que se limitan a espetar sus manoseados mensajes, recurriendo continuamente a descalificaciones personales y tópicos de lo más cutre. El sábado pasado, animado por K que quería ver lo que se hablaba sobre el sorprendente resultado de Podemos en ‘La Sexta Noche’, me tragué el debate que tenía como protagonista a Pablo Iglesias (advierto, para que se vea mi autismo informativo de los últimos meses, que ni siquiera me había enterado de la existencia de este nuevo grupo político, al que obviamente no voté).

Lo peor del rato que estuve frente al televisor fue tener que ver y escuchar a uno de los mejores ejemplos que hay en la actualidad de periodista mal bicho; me refiero, desde luego, al ruin reportero de El Mundo Eduardo Inda. El hombre, aparentemente molesto con las loas generalizadas que recibía Podemos se había preparado su intervención para, cual ángel vengador y martillo de herejes, desenmascarar a Pablo Iglesias, desvelando ante sus ingenuos votantes y admiradores su verdadera faz, miserable y diabólica. Inda, al cual he tenido la desgracia de escuchar en algunas otras ocasiones, es un analfabeto lógico, no le interesan para nada los argumentos y sólo sabe emplear técnicas sofistas, siendo sus preferidas la manipulación y falseamiento de las palabras del oponente, deducir interesadamente conclusiones erróneas y, sobre todo, los ataques personales (los famosos argumentos ad hominem). Supongamos que Pablo Iglesias sea tan malo como nos lo quiso presentar este individuo tan pagado de sí mismo, ¿restaría eso algún valor a las tesis que expone? La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero; lo que significa que la primera exigencia de honestidad intelectual es discutir sobre lo que se dice, no valorarlo en función de quien lo dice. Pero Inda será cualquier cosa menos intelectualmente honesto (y, por lo visto, probablemente habría que añadir otros adverbios); lo que dejó claro es que a él el qué se dice le importa un carajo. Transcribo a continuación, para la posteridad, los dos minutos y veinte segundos de la primera intervención del “periodista”, para que quienes hayan tenido la suerte de no verlo puedan ahora leerlo evitándose soportar la visión de su cara y los gestos hipócritas con los que la adornaba.
      
Teniendo en cuenta lo que habla Pablo Iglesias, te felicito, porque parece que has ganado las elecciones. Yo pensaba que habías sido el cuarto, pero veo que las has ganado. Tú dices que no insultas ... pero tú a mí en este programa me has llamado tonto e impresentable en dos o tres ocasiones y no me parece la forma más correcta de hacer democracia. Yo respeto a la gente que votó el pasado domingo a Podemos porque es gente desesperada que ha perdido toda esperanza y los respeto. Respeto a la formación Podemos; yo he estado estos días con otros dirigentes de Podemos y son gente tolerante, gente que debate, pero a Pablo también le respeto pero hay que precisarle varias cosas. Él dice que no apoya el régimen bolivariano, pues aquí está el documento que demuestra que percibió él y la asociación en la que él estaba, el centro de estudios políticos y sociales, trescientos veinte mil euros del régimen bolivariano, de la dictadura bolivariana, que en las últimas semanas ha matado, ha asesinado en las calles a cuarenta y cinco personas por manifestarse libremente. Trescientos veinticinco mil euros de un régimen, ha recibido Pablo Iglesias y sus compañeros de fundación, de un régimen que tiene a dos mil personas en la cárcel por discrepar. Por no hablar de los elogios que ha dedicado, que dedicó en una conferencia que compartió con dos personas del entorno de ETA, de ETA, según el Supremo Euskal Herritarrok y Gara son ETA, elogios que dedicó a los cuales les llamó patriotas, los diputados del pueblo, dijo que eran las personas que de manera más contundente (eso es verdad: han matado a 900, han asesinado a novecientas personas y herido a miles) expresaban las reivindicaciones ante un estado opresor. Hay que decir que Pablo Iglesias es una persona que se jacta en internet –hay un video en internet colgado- de agredir a gente de clase inferior a la suya, lo de clase inferior a la suya lo dice en ese video. Videos por cierto que yo voy a poner a disposición de la directora del programa, de doña Sandra Fernández, por si considera oportuno emitirlos. El de ETA, el video en el cual llama gentuza a gente, abro comillas, lo dice él no lo digo yo, de clase inferior a la mía, cierro comillas, y le facilito si quiere el documento que prueba que han recibido dinero de la dictadura bolivariana que asesina a sus ciudadanos en la calle.
     
Tres acusaciones con la única intención de ensuciar a la persona y, a través suya, al partido político que representa. Sólo eso pone de manifiesto la bajeza intelectual del personaje, coloca su estilo periodístico en las coordenadas del repugnante amarillismo. Pero además, cada una de esas imputaciones refleja la torticera actitud de ese pretendido desenmascarador desenmascarado, si no fuera porque no desvela nada: ni a Pablo Iglesias al que simplemente calumnia, ni a sí mismo cuya bajeza moral es palmaria para quien le escucha sólo por un rato. Lo de estar financiado por la dictadura bolivariana, lo desmontó con suma facilidad Pablo Iglesias en su respuesta. El documento probatorio que exhibía tan sólo probaba que el gobierno de Maduro había pagado unos servicios de consultoría a la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), no a él. Al margen de lo tremendamente discutible que es condenar sin paliativos el régimen venezolano, roza el absurdo concluir que todo aquél que trabaja para el gobierno de ese país es culpable de complicidad en sus presuntos crímenes (a ese respecto, Iglesias señaló que España vende un porcentaje significativo del material militar de que dispone Venezuela). El propio Inda admitió inmediatamente que él no decía (sí lo dijo, véase supra) que quien había cobrado fuera la persona sino la Fundación, pero mientras Iglesias lo puntualizaba y dejaba claro que Podemos no estaba financiado por Venezuela, el "periodista" no cesaba de sonreír con suficiencia burlona como si las palabras del chaval le estuvieran dando la razón. Concluyó Iglesias su respuesta a esta primera imputación diciendo lo siguiente, que es objetiva y completamente verdad: Que alguien que se autodenomina periodista infiera de eso que a Pablo Iglesias le financia no se qué Gobierno revela el nivel a que ha llegado cierto tipo de periodismo en este país. Yo no sé si eres consciente, Eduardo, de la vergüenza que sienten algunos trabajadores de tu periódico cuando se habla de ti, porque hay una cosa que es muy importante y que es el periodismo. Los periodistas trabajan con fuentes ; pueden criticar, pueden incluso dar caña, pero lo que tú haces, Eduardo, es algo rastrero. Y no es la primera vez que lo haces, además, y revela algo que es triste: la condición a la que os habéis convertido algunos en este país.
      
Por supuesto, sin perder su sonrisita desdeñosa, Inda hizo inmediatamente hincapié en que le había llamado rastrero, a lo que Iglesias se disculpó precisando que había dicho que el calificativo lo había aplicado al comportamiento. Desde luego que esa manera de hacer periodismo es rastrera en la tercera acepción del DRAE: es baja, vil y despreciable. Pero es que los rastreros como Inda disfrutan como cochinos en sus chiqueros en cuanto se les da la más mínima oportunidad de sentir ofendido un honor que tanto invocan sin poseer. Así que no desaprovechó la ocasión para sentenciar que "utilizar el insulto como argumento es propio de regímenes fascistas, pero yo no le voy a llamar fascista" (ja, ja ,ja). No, Lalito, dos precisiones: utilizar el insulto como argumento es propio de idiotas de cualquier ideología y calificar a las cosas con adjetivos adecuados (y rastrero lo es para el tipo de periodismo que ejerces) es una elemental práctica de higiene intelectual. Lamentablemente, encuentro en la red varias reacciones a ese debate que alaban la "lección de periodismo" que ofreció Inda y el "baño" que dio al líder de Podemos, lo cual hace pensar que este forma de ejercer la profesión cuenta con amplias aprobaciones y que los varios Indas pululan en los medios cuentan con apoyos de sobra para perseverar en sus torticerías. Nada bueno dice esto sobre el nivel intelectual de nuestro país.
       
No merece la pena entrar en detalle a las otras acusaciones: la de proetarra y la de violento y clasista. He visto los dos videos a que se refería Inda y, por muy desafortunados que puedan parecerles a algunos (por ejemplo, a quienes piensan que la unidad de la Patria es sagrada o a los obsesionados por lo políticamente correcto), de ellos no se infiere en absoluto la descalificación personal que pretende el periodista de El Mundo. Tan sólo apunto que en la conferencia que pronunció en una herriko taberna de Pamplona ante un público obviamente abertzale, estuvo acompañado de un diputado nacional de Amaiur, que no es –por más que no cesara de repetirlo– Euskal Herritarrok, y de un periodista de Gara, que, por muy independentista que sea y por mucho que haya sido "vocero" de ETA, es un medio de comunicación legal. Lo que queda claro en ese video es que Pablo Iglesias apoya el derecho de autodeterminación de los pueblos (yo, ya lo he escrito más de una vez, no creo en derechos colectivos) y que simpatiza con la ideología de la izquierda abertzale, no en absoluto con los métodos criminales con la que la llevó a la práctica ETA. Eso puede gustar o no, pero no deja de ser tremendamente hipócrita que los mismos que condenaban la violencia de ETA con el argumento de que en nuestro país se pueden defender todas las posturas ideológicas de forma democrática, descalifiquen ahora a quienes lo hacen, negándoles la voz porque piensan lo mismo ETA (y, consiguientemente, son ETA). Buena muestra de tolerancia democrática, sin duda, pero también de exquisita finura lógica que me ha llevado a descubrir que yo soy de ETA porque, como muchos de la banda, soy seguidor de la Real Sociedad).
     
   
En fin, para qué seguir ... Añadir nada más que no ha sido el objeto de este post defender a Pablo Iglesias o a Podemos (ya en otro momento me referiré a lo que pienso de este tipo de corrientes antisistema), de quienes poco sé. Lo que pretendo es resaltar el comportamiento de estos periodistas carroñeros que, en la medida en que encuentra aplausos y hasta eco en las mentes de quienes lo escuchan, tan dañino es para la salud mental de los españoles. Confío –quizá ingenuamente– que cada vez sean más los que se indignen con esta forma de hacer periodismo, único camino para erradicar a estos miserables. Y usar este verbo no es fascismo (como me imputaría Inda) sino benevolente deseo de que los sofistas no prevalezcan en la sociedad en la que habito.

viernes, 30 de mayo de 2014

Ana Popovic (los orígenes)

Ana Popovic con su grupo en 1998
El 13 de mayo de 1976 Milutin y Vesna Popovic tuvieron su primera hija, a la que llamaron Ana. Residían en la parte vieja de Belgrado, la ciudad blanca, todavía vivía un tal Josip Broz y el país se llamaba Yugoslavia. Milutin era un enamorado del blues y el soul americanos, al que se aficionaría a caballo entre los sesenta y los setenta, a través de las transmisiones de Radio Luxemburgo sintonizadas por los serbios. Para esas fechas Tito ya había roto con la URSS y abierto con cautelas las fronteras yugoslavas; aún así supongo que los discos de rock serían escasos en las tiendas del país. Me imagino a Milutin en la universidad de Belgrado juntándose con otros jóvenes para emular a su adorado Ray Charles, practicando con guitarras y bajos hasta dominar la técnica, acumulando vinilos hasta formar una nada desdeñable colección ... Luego, ya casado, los coleguillas se empezaron a juntar los domingos en casa de los Popovic para divertirse en nocturnas jam sessions. Y ahí, entre ellos, correteaba la pequeña Ana, fascinada por los ritmos sincopados del blues y los lloros de las guitarras eléctricas. Parece que hay una foto de la cría con dos añitos y cara de felicidad abrazando un guitarrón más grande que ella. Fue amor a primera vista, ha dicho la Popovic en alguna entrevista. Una niña que creció oyendo a los grandes del Delta, de Chicago, de Texas –Elmore James, Sonny Landreth, B.B. King, Buddy Guy, Junior Wells, Stevie Ray Vaughan ...– en una familia de clase media (ambos padres profesionales: él diseñador gráfico, ella arquitecta; una hermana cinco años menor) en un lugar y una época difíciles.

La infancia y adolescencia de Ana transcurrió durante los años convulsos del desmembramiento yugoslavo, aunque la guerra no llegó a Belgrado. En la biografía de su web alude a su rebeldía adolescente durante el régimen nacionalista de Milosevic, un simple guiño poco creíble. Sería una chica normal de instituto, seguro que de las más populares –guapa y virguera con la guitarra–. Milutin se entusiasma con las dotes de su niña a la que en poco tiempo ya no es capaz de enseñarle nada y le pone un profesor particular: la chiquilla apunta maneras, va haciéndose su propio estilo. A los dieciocho entra a estudiar diseño gráfico (como su padre), cuando el país en que nació ya prácticamente no existe. Y en la universidad se vuelca hacia la música. Con 19 añitos se junta con tres amigos (otro guitarrista, bajo y batería) para formar un grupo de rhythm&blues. La llamaron Hush, me pregunto por qué. Hush es una canción de finales de los sesenta, con reminiscencias gospel evolucionadas hacia un estilo flower power de los años dorados hippies, o sea que no les pegaba nada. Los Deep Purple la interpretaron en su primer disco (1968) en una versión bastante más potente, pero tampoco creo que los británicos fueran el modelo para estos chavales de Belgrado (aunque quizá, porque me entero de que en la segunda mitad de los noventa entre los jóvenes serbios arrasaban los Whitesnake, la banda de Coverdale, que fue vocalista de los Purple). También descubro ahora que durante los setenta hubo una banda australiana que también se llamó así: estética y sonido glam, no suenan mal, pero un rock bastante elemental y del que hay demasiados ejemplos mucho mejores; apostaría a que nuestros serbios en el 95 tampoco conocían de su existencia.


En fin, que ni idea de por qué el nombrecito, pero el caso es que los chicos se lo toman en serio y se van haciendo conocidos en los antros rockeros de Belgrado apareciendo con cierta frecuencia en la televisión serbia. Al principio Ana es segunda guitarra y segunda voz, detrás del que ejerce de líder, Rade Popovic (no, no es familiar, se trata de un apellido habitual en esas tierras), pero enseguida sobresale como la mejor de los cuatro. Tras mucho buscar, he encontrado un video, mal filmado y de pobre sonido, de una actuación del grupo en Velika Plana (una pequeña ciudad a unos noventa kilómetros de Belgrado): dejan mucho que desear pero la chica ya destaca claramente, aunque la voz la tiene aún poco educada . Graban sus maquetas, claro, y en el 98 el cuarteto consigue que el sello discográfico de la radiotelevisión serbia les publique su primer (y único) LP, Hometown, que me ha costado bastante esfuerzo conseguir. El grueso del contenido consiste en clásicos del blues eléctrico (de Ike&Tina, Buddy Guy, Albert King, Magic Sam), pero hasta se atreven a versionar nada menos que el Statesboro Blues del gran Blind Willie McTell (que después de la maravilla que hicieron con él los Allman Brothers hay que tener valor). Pero además este álbum de debut incluye tres canciones compuestas por Ana y Rade, la primera de ellas la que da título al disco y que será interpretada de nuevo por la Popovic en su primera grabación en solitario tres años después (justamente llamada Hush!, en homenaje a su grupo serbio). Durante ese periodo, los muchachos se convierten en referentes del rock balcánico, actúan como teloneros en un concierto en Belgrado del mítico Junior Wells poco antes de su muerte e incluso cruzan las fronteras yugoslavas para actuar en festivales en Grecia y en Hungría, pero lo que sonara por esos rincones de Europa no trascendía mucho más allá.

Ana Popovic en 2000
Entonces viene el salto, Ana quiere salir de Serbia, y pide el traslado a la Universidad de Utrecht para seguir allí sus estudios de diseño gráfico. ¿Va a centrarse en los estudios y abandonar las veleidades rockeras? No, poco antes de que empiece el curso 98-99, envía una cinta al Conservatorio de Utrecht y la admiten en la carrera de guitarra de jazz y world music. Así que en Holanda desembarca una jovencita tímida de 22 añitos, todavía insegura e imagino que algo asustada en un entorno desconocido, sin su familia, sin amigos. Haría sus primeros contactos; digo yo que sus habilidades guitarreras, unido al relativo exotismo de sus orígenes, sorprenderían a algunos del mundillo musical holandés. Lo cierto es que, unos seis meses después de su llegada, la invitan a asistir a una actuación de Bernard Allison, en la cercana ciudad alemana de Rheinberg, apenas a hora y media de Utrecht. Bernard es el hijo de Luther Allison, uno de los nombres destacables entre los bluesmen de Chicago en los 50 y 60 y que, ya en los setenta, decidió instalarse en Francia. Así que Bernard se hizo profesional en Europa, como miembro de la banda de su padre hasta que éste murió en 1997. Para esas fechas, en los primeros años de la treintena, el tipo ya se había ganado su prestigio como bluesman de la nueva generación –a caballo entre Estados Unidos y el viejo continente– y entre sus fans estaba la Popovic, así que cabe imaginar que estaría encantada e ilusionada de poder conocerlo en persona. Una noche del 99, de la que no he podido averiguar la fecha exacta, se produce el encuentro en el Schwarzer Adler de Rheinberg, una de las salas de más caché en los circuitos de blues centroeuropeos. Ana pasa al backstage y conversa con Allison y algo le haría tilín de la serbia porque la invita a tocar con él sobre la marcha: come on, let's jam together on stage. Tocan dos o tres temas, un duelo de slide guitar en el que ambos y el público disfrutan de lo lindo. Bernard se queda impresionado, tenemos que hacer cosas juntos, le dice, déjame tu CD que ya pensaré algo. Una semana después recibe un mail de Thomas Ruf, el propietario de Ruf Records, sello discográfico independiente creado por ese alemán cinco años antes para promover a Luther Allison y el blues. De ahí saldría un contrato para tres discos y en 2000 se publica su primer álbum solista (Hush!): la chica ya ha pasado al siguiente nivel.

 
Learn to treat me right - Hush (Hometown, 1998)

PS: Que yo sepa, Ana Popovic es casi desconocida en nuestro país. Repasando su web compruebo que no ha actuado en España (el verano pasado lo hizo en Azores; habría sido una buena oportunidad y de paso conocer esas islas que hace tiempo que les tengo ganas) y tampoco he escuchado su música en la radio. La he descubierto gracias a un amigo, gran aficionado al blues rock y que no lo hace nada mal cuando se pone a ello con su guitarra eléctrica. Confieso que en las últimas dos semanas es su música la que llevo mientras camino y ya me he repasado toda su discografía. Me parece muy buena y por eso la recomiendo.

domingo, 25 de mayo de 2014

Error arbitral

Ayer el Madrid consiguió su décima copa de Europa ganando al Atlético la final de la Champions League en el Estadio de la Luz lisboeta por nada menos que 4 a 1. En las 59 finales que se han jugado hasta ésta, sólo en tres ocasiones ha habido marcadores más abultados –el más el 7-3 del Real Madrid de Di Stéfano al Eintracht de Frankfurt–, así que cuando pasen los años y sólo quede el registro del resultado habrá quien piense que fue un paseo madridista. Y lo fue, pero sólo en la prórroga, a la que los atléticos llegaron rotos, prácticamente sin fuerzas ni para sostenerse sobre la hierba, y mucho menos mantener la disciplina táctica que tan bien les había funcionado durante las tres cuartas partes del tiempo reglamentario. A la postre, en contra de algunos comentarios que había escuchado a presuntuosos expertos, en forma física ganó claramente el Madrid. También es justo reconocer que en juego, sobre todo a medida que avanzaba la segunda parte y sentían los agobios de que se les escapara la copa. Aún así, erró gravemente el Atleti echándose cada vez más atrás y concediendo la posesión al rival con demasiadas facilidades. Cierto que los blancos empujaban pero ... ¿no se daban cuenta de que el gol en contra se veía cada vez más inminente? ¿o acaso confiaban en que su excelencia defensiva les permitiría aguantar hasta el minuto noventa? Aguantaron, pero no los cinco minutos añadidos, y a falta de dos Ramos logró un fantástico cabezazo que fue junto al poste derecho de Courtois, inalcanzable. ¿Cuánto influyó el mazazo moral de que se les apartara la copa que ya estaban casi acariciando?

El 15 de mayo de 1974, en el estadio Heysel de Bruselas, en la otra final que han jugado los rojiblancos, ya en la segunda parte de la prórroga (el tiempo reglamentario había acabado sin goles) a cinco minutos del final, Luis Aragonés dispara un libre directo magistral y pone por delante al Atletico frente al Bayern de Beckenbauer. Sin embargo, apenas tres minutos después, un patadón desde fuera del área de Schwarzenbeck (creo recordar que era central, como Ramos) se le cuela inexorablemente a Miguel Reina, quien sería padre de Pepe el suplente de Casillas en la actual selección. En esa época no se resolvían los empates con penaltis, sino que se jugaba un segundo partido y dos días después, probablemente sin haber digerido el mal trago, los bávaros le metieron un contundente cuatro cero a los del Manzanares (dos de Müller y dos de Hoeness, los delanteros que llevaría la selección de la entonces República Federal al Mundial que ese verano organizaban en su país y que ganarían frente a la Naranja Mecánica de Cruyff). Me acuerdo de esos días –tenía yo quince años–, probablemente son mis recuerdos futboleros más antiguos con suficiente nitidez. También me acuerdo de aquel Atleti, de los mejores equipos que ha tenido: Reina, Melo, Eusebio, el argentino Heredia, Adelardo, el gran Gárate y el propio Luis, que por entonces andaba ya de suplente a punto de jubilarse (en la temporada 74-75 pasó a ser el entrenador). Me imagino que los más veteranos seguidores atléticos estarán doblemente amargados: se repite la historia, por algo nos llaman "el pupas". Si Godín o Miranda hubieran despejado el córner de Modric antes de que lo cabeceara Ramos ... Seguro que así habrá sido en algún universo paralelo en el que los hinchas atléticos están ahora con una monumental resaca, después de haber festejado su primera Copa de Europa.

En éste de dirty realism en el que parece que seguimos ocurrió lo que ocurrió. Que vino la prórroga con el Madrid al ataque y el Atlético derrengado, sin fuerzas y por ende sin ideas, sin orden defensivo siquiera. Que en el minuto cinco de la segunda parte Di María –que hizo un partidazo y aún así seguía pudiendo correr– se escapa de tres defensores por la banda derecha, se mete por la esquina al área, tira a gol, Courtois hace un paradón con la pierna izquierda, pero con tan mala fortuna que el balón se eleva hacia el otro ángulo de la portería y ahí lo remata de cabeza Bale (2-1). Y que luego, en el minuto 117, tras una inicial contra del Madrid poco efectiva pero en la que los atléticos ya ni bajaron a defender, con la línea de zaga abierta y apática, coge la pelota Marcelo y chuta a gol casi sin oposición desde la frontal del área. A falta de tres minutos, este tercer gol cierra definitivamente el partido, si es que no lo estuvo desde el cabezazo de Ramos. Ahí tenía que haber acabado, habernos ahorrado el patetismo casi trágico de los pobres jugadores atléticos. Pero aún hubo que ver otra jugada que mejor nos hubiéramos ahorrado. En el minuto 119 Cristiano Ronaldo, que apenas había hecho nada destacable durante las dos horas previas, entra con su clásico regate en el área y Gaby le pisa por detrás el pie derecho: penalty. Hay que mirar unas cuantas veces las repeticiones para convencerse de que, efectivamente, la falta existió; quiero decir que no fue para nada un penalty evidente, de esos escandalosos que nadie discute. Con la sola imagen del directo, más de uno sostendría que el portugués se tiró al cesped. Pero el arbitro, el holandés Björn Kuipers, debió verlo muy claro y lo pitó sin dudar.

Se equivocó. No en que fuera, efectivamente, falta dentro del área, sino en sancionarla. Ya el Madrid había ganado la copa (hasta los jugadores estaban celebrándolo en el campo), ya el resultado era más que suficientemente amplio para expresar la diferencia que había existido entre ambos equipos. ¿Qué sentido tenía que se aumentara aún más, salvo cebarse innecesariamente en el dolor de los perdedores? Algunas veces, pocas, la mejor manera de ser justo es no aplicar la norma y ayer fue una de ellas. Si quien hubiera lanzado el penal hubiese sido alguien con una concepción honorable de la justicia (¿existen individuos así entre los jugadores del fútbol actual?) lo habría chutado fuera, habría corregido con generosidad el error arbitral. Esperar algo así de Ronaldo es, por supuesto, de una ingenuidad rayana en la tontería. El portugués quería meter gol, quería dejar claro que ningún otro goleador le hace sombra, ni Messi, ni Luis Suárez, ni Ibrahimovic ... Para colmo, tras llevar el balón al fondo de la red, no se cortó en celebrarlo como si fuera un logro trabajadísimo: se quitó la camiseta (para mostrar su esculpido torso, que remarcó aún más con poses de culturista) y corrió jubiloso hacia el público. Si ya se me hacía odioso, con lo de ayer no ha hecho sino confirmarme que carece de la más mínima empatía, del mínimo sentido de lo que debe ser, de lo que toca hacer en momentos como esos. Es, sin duda, un gran futbolista, pero nada más; dudo mucho que, acabada su carrera, llegue a ser un gran hombre.

Como se debe notar en este post, me habría gustado que ganara el Atleti, aunque no sea hincha de ninguno de los dos equipos. Reconozco, no obstante, que el Madrid mereció ganar, pero no por 4-1. Lástima de ese postrero error arbitral que, sumado al comportamiento de un Cristiano que no supo estar a la altura de las circunstancias, estropeó el final de la final. Qué se le va a hacer.

 
Himno de la Champions League - Tony Britten (1992)

miércoles, 21 de mayo de 2014

Twitteros antisemitas

Hace tres días, el 18 de mayo, el Maccabi de Tel Aviv ganó al Real Madrid la final de la Euroliga de baloncesto. Me entero ahora de que, durante el partido y sobre todo al consumarse la derrota, mogollón de aficionados se dedicaron a escribir airados mensajes en twitter insultando a los judíos, y el hashtag #putos judíos fue trending topic en España con un alcance aproximado de 17.692 usuarios. A resultas de estos vergonzosos comportamientos una serie de asociaciones pro-semitas de Cataluña han presentado ante la fiscalía una denuncia, pidiendo la imputación individual de cinco twitteros (todos chavales que andan por los veinte años) y que el ministerio público investigue los hechos para proceder al enjuiciamiento de éstos y otros sin identificar. Argumentan que estos descerebrados han incurrido en delitos de injurias graves con publicidad (artículos 208 y 209 del Código Penal), contra las libertades públicas e incitación al odio (artículo 510) y de enaltecimiento del terrorismo (artículo 548). Los comentarios que he podido leer de estos descerebrados no brillan desde luego por su originalidad: muchos "judíos a la cámara de gas", "con Hitler esto no pasaba" y similares referencias al holocausto nazi. A raíz del incidente, Uriel Benguigui, presidente de la Comunidad Israelí en Barcelona, ha declarado que España es el tercer país más antisemita del mundo, según unos presuntos estudios internacionales.

Yo no estoy nada convencido de que España sea tan antisemita como dice este señor avalado por sus estudios internacionales. Sí tengo la impresión de que en nuestro país debe haber una significativa corriente de anti-israelismo que no es lo mismo, aunque a veces pareciera que no pocos grupos sionistas pretenden hacer equivalente. Pero, incluso aunque sea verdad que hay numerosos ciudadanos que no simpatizan con Israel (y ese Estado ha dado sobrados motivos para no resultar simpático), en mi opinión la avalancha de twitters no demuestra en absoluto que seamos antisemitas, sino simplemente gilipollas. Que los protagonistas de este bochorno sean mayoritariamente chavalillos, para colmo fanáticos madridistas para quienes ver un partido no tiene por objeto disfrutar del espectáculo sino autoestimularse las bajas pasiones, me lleva a concluir que desde su absoluta incultura no han hecho otra cosa que recurrir al tópico nazi para descargar su deleznable resentimiento. En esos momentos de rabia porque su equipo pierde buscan, sin apenas imaginación, el insulto obvio. Lo habrían tenido mucho más difícil si el vencedor del Madrid hubiese sido cualquier otro, no digamos, por ejemplo, Bulgaria. ¿De qué fuente iban a sacar estos críos insultos a los búlgaros? Pero no tengo ninguna duda de que la rabia contra ellos sería la misma, pero habrían de limitarse a llamarles "búlgaros cabrones hijos de puta" u otras joyas por el estilo, sin que probablemente hubiese pasado nada ni nuestro brillante ministro del interior (el mismo que justificó en el Congreso lo de disparar pelotas de goma contra negros que estaban en el mar intentando llegar a la costa melillense) habría dicho que "es necesaria la actuación policial para erradicar de la red todos los comentarios que inciten al odio y a la xenofobia".

Veremos adónde lleva esta denuncia. De entrada, no veo el delito de injuria porque ésta existe cuando, mediante acción o expresión, se lesiona la dignidad de otra persona. La injuria es un delito "contra el honor" y el honor (que es patrimonio del alma, será por eso que yo no termino de entenderlo del todo) compete a los individuos. Admitir que se puede injuriar a un pueblo o etnia –los judíos en este caso– llevaría a reconocer que estos colectivos tienen honor, tesis que sin duda a muchos hoy no les parecerá ridícula, pero que a mí sí y, además, me pone los pelos de punta porque ya son más que conocidos los derroteros por los que se transita con esa forma de pensar (entre otros, paradójicamente, los de los propios nazis). Más pertinente parece el artículo 510.1 del Código Penal que castiga a "los que provocaren a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones, por motivos racistas, antisemitas u otros ..." Claro que cabe preguntarse si a alguien los comentarios de estos niñatos imbéciles pueden inducirle a sentir odio contra los judíos (yo diría que casi generan lo contrario). Además, aún admitiendo que esos cretinos querían (que no es igual a que lo lograran) provocar odio y violencia contra los judíos, habría que demostrar que sus motivos eran antisemitas. Y apuesto cualquier cosa a que la mayor parte de ellos carece en condiciones normales de todo sentimiento antisemita o, dicho de otra forma, es tan antisemita como habría sido antibúlgaro si el equipo que ganaba a su Madrid hubiese tenido esa nacionalidad. Por último, me parece muy traído por los pelos acusar a estos subnormales de enaltecimiento o justificación del terrorismo (que, por cierto, es el artículo 578 y no el 548 como escriben en la denuncia). En resumen que, desde mi ignorancia jurídica, tiendo a pensar que difícilmente pueda siquiera juzgarse a estos cretinos.

Pero es que creo que tampoco sería bueno que eso ocurriera. No sé si España es un país antisemita (ya he dicho que no lo creo, si bien tal vez me equivoque), pero si lo fuera nada se conseguirá penalizando la expresión de ese sentimiento; más bien se animará a extenderlo e intensificarlo. Ya puestos, he oído –y leído en la red– con mucha mayor frecuencia comentarios que reflejan un descarado sentimiento anticatalán, sin que de momento el molt honorable senyor Mas haya ordenado a los servicios jurídicos de la Generalitat presentar las denuncias equivalentes (considerando que las asociaciones denunciantes radican en Cataluña, se echa en falta que su sionismo esté matizado por el seny local). Además, he de reconocer que me preocupan las palabras de nuestro ministro, a quien estoy seguro de que los judíos le importan un ardite, pero puede venirle muy bien el incidente para justificar medidas destinadas a "erradicar de la red ... " ¡lo que moleste al Poder! Que unos niñatos apenas salidos de la adolescencia escriban obscenidades soeces de pésimo gusto no va a ningún lado. Que legitimemos al Poder para cercenar y hasta condenar con cárcel lo que se dice, por muy perturbador que pueda resultar, sí que me parece muy peligroso. Porque la gran potencialidad de internet a la que sin duda tienen miedo los dueños del chiringuito y sus serviles lameculos es su altísima capacidad de difusión. No pueden permitir que se use eficazmente para que la ciudadanía se movilice contra el sistema. De hecho, en vez de perder tiempo discutiendo si es de aplicación el delito de injurias contra el pueblo judío, deberíamos preocuparnos por lo fácil que puede resultarles desactivar la rebeldía cívica a través de internet recurriendo a los artículos del Código Penal sobre la sedición (544 y siguientes).


Nota: Las fotos que acompañan este post son las de cuatro de los muchachitos denunciados a título individual, brillantes gemas de nuestra elogiada juventud. Confío en que sus papás les hayan echado una bronca o que ellos solitos se hayan dado cuenta de lo bajo que se cae cuando uno se pone a teclear en el móvil gilipolleces para descargar sus rabietas infantiles y de paso aborregarse.   

lunes, 19 de mayo de 2014

10.- Carlos V con perro (Diálogo imaginado)

– Micer Giacomo, si me permitís que os llame en mi lengua, mucho me place haberos conocido, que tanto bueno de vos me habían hablado.

– Me halagáis, maestro Tiziano, que es vuestra fama, extendida a toda la cristiandad, la causa mayor de que pidiera venia a mi señor el Rey de Romanos para acompañar a su majestad imperial a la Italia, anhelando encontraros. He admirado en el palacio del duque de Mantua algunas obras de vuestra mano y me declaro rendido ante vuestro arte, cuya suprema factura tan lejos estoy de emular. Frente a vos, soy un torpe aprendiz tudesco, un bárbaro del norte deslumbrado.

– Exageráis, caro amigo, y faltáis con asaz injusticia a la verdad. Sois un gran artista y sobradamente merecéis el favor que os dispensa el emperador. Sabed –os lo digo sin la menor reserva ni doblez– que esta pintura de su majestad en toda su planta es uno de los mejores y más atinados retratos que nunca he visto.

– Sumo contento me traen vuestras palabras. Cierto, mucho lo han elogiado y os confieso que buen orgullo siento por haber sido el primero en retratar al César de cuerpo entero, más aún cuando tanto ha gustado la novedad y no pocos beneficios me ha reportado. Pero a fuer de honesto, no es mía la invención, que sólo seguí el modelo de algunas pinturas que conocí en la ciudad de Augusta, cuando mi señor Fernando y el emperador trataban los graves asuntos de religión con los príncipes que tienen revuelta Alemania. Allí hice el primero de los retratos, que mucho plació a su majestad imperial y a sus consejeros. Puedo mostrároslo si así lo deseáis, pues en mi cámara lo tengo, ya que el comendador mayor me pidió que a él me atuviera en este nuevo.

– No dudéis que lo deseo, mas también querría solicitaros una gracia que mitigue el ansia que me corroe desde que he visto vuestra pintura. Me atrevo animado por la amable disposición con que me habéis acogido, pero os ruego que no os sintáis obligado.

– Decidme, maestro, en qué os puedo servir.

– No, aquí sois vos el maestro y yo el aprendiz, y justamente por eso mi demanda. Anhelo copiar tan magnífico retrato, rehacer vuestra obras con mis manos, a la manera veneciana. Perdonad mi audacia, pues casi os estoy pidiendo que me dejéis robaros vuestro arte, hacerla mía, que es como el buen discípulo aprende las nuevas enseñanzas.

– Micer Tiziano, si mi venia os concediera, no tengo ninguna duda de que vuestra copia opacaría mi original, y a fe mía –disculpad la franqueza–, que vos lo sabéis igualmente. No, no protestéis, no es menester. He visto vuestras obras, ya os lo he dicho, y sobradamente sé que estáis tocado por los dioses. Yo, en cambio, no soy sino un pintor de corte que ha llegado a dominar su oficio y que no ambiciona más que seguir gozando del favor de mi señor en Viena. Valoro mi obra, sí, y ansío mejorar mi arte, pero más prefiero mi tranquilidad cotidiana con remuneraciones suficientes que la vorágine de la gloria, en la que os confieso que no termino de acomodarme. En estos días he estado ante el Papa y el emperador, ante los más grandes nobles de Italia y de España, y creedme que, más que regocijarme con sus halagos, algo parecido al miedo ha anidado en mis vísceras. Copiad mi retrato, maestro, hacedlo como sólo vos sois capaz, y enseñad al mundo –y a mí el primero– en lo que puede convertirse este hijo de mis pinceles. No seré yo quien os haga la gracia, sino vos a mí. Porque no estando llamado a merecer vuestra gloria, creando una obra de arte de mi retrato me haréis partícipe de ella.

– Hace ya muchos años que me alaban, amigo mío, que me dicen que soy el mejor pintor de Italia, por cima incluso del gran Miguel Ángel. Desarmado por vuestra franqueza, no puedo ya con vos recurrir a los artificios de palabras engañosas, así que os diré que colmada mi vanidad con tantas loas y llevado de la que ha de ser mi soberbia, sí tengo mi arte en el más alto aprecio. Miro vuestro cuadro y veo en él una gema que requiere pulimiento. Mas sois vos, micer Seisenegger, quien ha creado esa gema, no yo. Hace algo más de dos años, en esta misma ciudad, conocí al emperador, antes que vos por consiguiente. Y lo retraté, de medio cuerpo, con espada. No fue mi mejor obra, desde luego, pero –me dije– era un Tiziano, suficiente para que el amo de Europa la admirara agradecido. Apenas le dedicó atención y a mí tan sólo unas breves palabras corteses, masculladas en su balbuceante italiano, para hacerme luego llegar un ducado como todo pago, lo mismo –maldita sea– que paga a las rameras que lo entretienen por las noches. Acaso sabréis que el duque de Mantua reclamó mis servicios para preparar los festejos de homenaje al emperador en esta última estancia en su ciudad. Pese a lo mucho que le debó, desatendí su llamado y por eso, caro, no nos hemos conocido el mes pasado. ¿Contribuir yo a glorificar a Carlos? No había olvidado todavía la afrenta. Entonces, os preguntaréis, por qué venir ahora a Bolonia. La respuesta, supongo, es que yo sí ambiciono esa gloria a la que os habéis referido y el ansia de ella no se me colma por más que tenga. Además, en estos tiempos un artista no puede impunemente despreciar a los poderosos, y muchos son quienes me han instado a que aquí me presentase. Y, abriéndoos el corazón, añadiré que también me ha impulsado el ánimo de reparar mi fracaso de entonces, vencer con mi arte sobre la soberbia del emperador. Mas ahora, tras escucharos, comprendo que mis ruines motivos han sido instrumento de Dios, los renglones torcidos que llevaban al verdadero destino, que no era otro que conoceros. Carísimo amigo, soy mejor pintor que vos, es cierto, pero vos sois un hombre mucho más grande. Cuan verdadero era llamaros maestro porque me habéis concedido una importante enseñanza.

– Asaz honor me hacéis, micer Tiziano, que lejos estoy de merecer. Os ruego que ceséis en ese parlamento que, por más que os lo agradezca, me ruboriza y encoge mi corazón. Conocidos vuestros pensamientos, no puedo sino reiterarme en lo que ya os he dicho. Poneos manos a la obra sin demora, transfigurad mi retrato en uno vuestro y sorprended con él a todos los nobles, al Papa y al propio emperador. No habrá ninguna dificultad en que dispongáis del cuadro sin que nadie conozca que lo estáis copiando. Tengo entendido que aún ha de permanecer el César varias jornadas en Bolonia, así que tiempo hay para que culminéis vuestro empeño. Si me lo permitís, desearía acompañaros algunas ocasiones mientras laboráis, aprender cómo el gran Tiziano rehace mi retrato. Y también quisiera estar a vuestro lado cuando mostréis la nueva pintura, ser testigo de la admiración que ha de despertar. Luego vuestro cuadro –no me cabe ninguna duda– se embarcará con el emperador hacia las Españas y el mío lo portaré a Viena para mi señor quien, ansioso siempre por contar con retratos de su hermano, me lo retribuirá generosamente. Pero antes, vos y yo nos despediremos, quizá para no volver a vernos, y de esta breve amistad boloñesa estad seguro que soy yo quien más beneficios habrá obtenido.



Palazzo d'Accursio, hoy sede del Ayuntamiento, en la preciosísima Plaza Mayor de Bolonia. En él estuvo alojado Carlos V durante su primera estancia, sin que me conste que repitiera en los días en los que se ambienta en este post. Pero no estaría nada mal que en una de sus habitaciones hubiera tenido lugar la conversación que me imagino entre los dos pintores del retrato con perro.

jueves, 15 de mayo de 2014

9.- Carlos V con perro (el alma del emperador)

Juana I, la loca (Juan de Flandes)
Me faltó en la entrada anterior describir el tercer grupo de correcciones que el gran maestro veneciano hizo al cuadro de Seisenegger, las que di en llamar cosméticas o de embellecimiento de los rasgos de Carlos V. Así, la nariz aparece mejor delineada, atributo muy valorado en el canon de belleza que remitía a la antigüedad clásica; los párpados algo más levantados, restándole a la mirada ese cierto aire de alucinamiento del que no termina de despojarle el austriaco; atempera los contrastes cromáticos del rostro, propios de un tipo blanquiñoso (cruce de las dinastías Trastámara y Habsburgo, ambas tan poco "mediterráneas"), transmitiendo de ese modo una serena madurez. Pero, sobre todo, Tiziano hace casi desaparecer el que era el gran defecto de Carlos, su exagerado prognatismo. En la descripción arriba citada, Contarini no puede evitar hacer mención de ese rasgo tan desagradable: "en él ninguna parte del cuerpo se puede afear, excepto el mentón, o sea todo el maxilar inferior, el cual es tan ancho y tan largo que no parece natural de aquel cuerpo, sino postizo, donde sucede que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores, antes los separa un espacio del grosor de un diente, de donde en el hablar, máxime al terminar la cláusula, balbucea alguna palabra, lo cual frecuentemente no se entiende muy bien". Esta deformación del maxilar no era sólo un problema estético sino que le traía graves inconvenientes a su salud; Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, muerto ya el emperador lo recuerda en una semblaza en la que dice: "Su mayor fealdad era la boca, porque tenía la dentadura tan desproporcionada con la de arriba que los dientes no se encontraban nunca; de lo cual se seguían dos daños: el uno el tener el habla en gran manera dura, sus palabras eran como belfo, y lo otro, tener en el comer mucho trabajo; por no encontrarse los dientes no podía mascar lo que comía ni bien digerir, de lo cual venía muchas veces a enfermar…" (uno de los males que tendría que ver con la mala digestión fueron las hemorroides de las que padeció durante toda su vida adulta). Por supuesto, el prognatismo le venía de herencia, paterna sobre todo y del lado borgoñón y no austriaco, aunque puede que también su madre lo portara (véase su retrato junto a este párrafo) pero no tan acusadamente como el abuelo Maximiliano o el padre Felipe, quien de hermoso no tenía mucho. Pero ciertamente en Carlos la tara se presento mucho más patente que en sus ancestros.

Carlos a los 16 años (Bernhard Strige-Detalle)
Para hacerse una idea de la gravedad de su afección, no hay más que mirar los retratos que le hicieron de joven (de adolescente casi) o leer los testimonios al respecto. Por ejemplo, cuando llegó a Castilla para hacerse cargo de la corona, apenas con diecisiete años, causó muy mala impresión, y no sólo porque no supiera una palabra de español y estuviera rodeado por rapaces flamencos, sino también a causa de su fea mandíbula que le hacía estar siempre con la boca abierta y mantener una expresión de idiota. Para colmo, como suele ser habitual en los prognatismos exagerados, tenía el labio superior hundido y el inferior más abultado, lo que contribuía al afeamiento del rostro y a esa imagen de retardo mental. Idea que tuvo que ser frecuente entre quienes lo conocieron de niño, porque su defecto le dificultaba el habla. Puede que por esta causa nunca gustara de muchos parlamentos ni tampoco se esforzara demasiado en dominar las muchas lenguas de sus territorios. De hecho, en contra de lo que yo creía, Carlos solo hablaba con soltura el francés de Borgoña (la que consideraba su patria, como escribió en su testamento político de 1548) y el español, que fue el que llegó a preferir ya de adulto; el alemán, el italiano y –lo que era más grave en aquella época– el latín nada más que los chapurreaba. Añado de mi cosecha que el peinado a la moda flamenca que luce en los retratos de infancia y juventud –esa media melena lacia geométricamente recortada con flequillo– agravaba esa imagen de bobo de solemnidad (admito que es una opinión subjetiva, seguramente demasiado teñida de mis prejuicios estéticos). Lo cierto es que durante la década de los veinte, el emperador lleva a cabo un proceso consciente de alteración de su apariencia física para que ésta pueda ser compatible con la imagen de majestad que él mismo cree merecer. El cambio más significativo es, sin duda, dejarse crecer la barba, lo que probablemente ocurre hacia la fecha de su boda con Isabel de Portugal, en marzo de 1526; puestos a elucubrar podemos imaginar que las motivaciones principales de vanidad política pudieron reforzarse con otras de índole romántica, la de parecerle algo más agraciado a su joven esposa, una de las mujeres más bellas de entonces. También pronto cambió de peinado (afortunadamente) y fue progresivamente recortándoselo hasta dejarlo por encima de la oreja (como se ve en el cuadro con el perro) más o menos justo antes de la primera llegada a Italia en 1529. Esta evolución de su apariencia facial puede esquematizarse en tres influencias geográficas: Flandes - España _ Italia, siendo esta última, con sus referencias renacentistas a la antigüedad romana, las que finalmente se impusieron en su esfuerzo de adaptarse a un modelo de majestad convincente. Faltaba, claro, que esa transformación física real se canonizase mediante el arte, mediante un retrato que fijara las claves iconográficas de la imagen imperial. Tal fue el genial y astuto logro de Tiziano.

Ferrante Gonzaga
Ya he dicho cuando Carlos y sus cortesanos vieron el retrato de Tiziano quedaron admirados y en un post anterior cité una carta de Ferrante Gonzaga a su hermano el duque de Mantua en el que, resumiendo el júbilo general, decía que "Tiziano ha pintado al emperador tan natural que todos lo han visto divino". Es curioso como, a través de tanta paradoja, esta frase transmite una verdad que sin duda sintió también el César. Resulta contradictorio que si el retrato es extremadamente naturalista el retratado parezca un dios; pero es que, con toda seguridad, el de Tiziano era menos realista que el de Seisenegger: gracias a su dominio pictórico y a leves distorsiones compositivas y certeros retoques, el cadorino se había apartado de las exigencias de fidelidad que se impuso el austriaco. Y sin embargo –paradójicamente, repito– el Carlos V de Tiziano era más natural que el de Seisenegger. Hay que concluir que, con esos trucos maestros, el pintor de la Serenísima desvelaba ante todos la verdadera naturaleza del emperador, suprimiendo los "accidentes" anatómicos que dificultaban verla. En cierto sentido, lo que hizo Tiziano fue una operación de decodificación semántica de modo que, como un descifrador de cartas en clave, permitió la lectura del verdadero significado de Carlos. Se ha escrito con frecuencia que Tiziano fue uno de los primeros que logró retratos de profundidad psicológica, evitando los recursos simbólicos o alegóricos (recuérdese el hortera cuadro del Parmiginiano al que me refiero en el cuarto post). Es lícito decir que logró mostrar el alma del emperador y, desde luego, al emperador le gustó esa alma (fuera realmente la suya o no es, en el fondo, irrelevante). Piénsese que el veneciano, después de llegar a Bolonia y ver el cuadro de Seisenegger, sin duda comprendió que ése era el modelo que agradaba a Carlos y no el de tres cuartos de su retrato de dos años antes, pero que, a partir de esa premisa, él podría haber pintado un cuadro distinto; es más, eso habría sido lo normal. Que decidiera copiar el del austriaco es otra muestra más de su genialidad, aunque en este caso no tanto artística cuanto empresarial. Sagazmente se dio cuenta de que el impacto del desvelamiento de la verdadera naturaleza del emperador sería mucho mayor si veían su obra junto a la original. Se trató de un perfecto golpe de estado, de ejecución incruenta y fulminante. Desde luego, sentimientos como la piedad hacia el austriaco no debían pesar nada en el ánimo del cadorino, pero es sabido que la empatía no suele formar parte de la psicología de los genios.

Ippolito de Medici (Tiziano)
Quiero imaginar que en la primera recepción que le concediera Carlos al pintor a su llegada a Bolonia lo habría atendido en un gabinete donde descansaría el cuadro de Seisenegger. Es verosímil porque el retrato era muy reciente y el emperador estaría muy satisfecho del resultado (al fin y al cabo, le había gustado mucho el de Augsburgo y éste, con la misma estructura de aquél, lo mejoraba ostensiblemente). Incluso, puestos a elucubrar, hasta es posible que todavía Seisenegger estuviera dando los últimos retoques a su obra y que Carlos recibiera a Tiziano mientras posaba para el austriaco. Ciertamente ambos artistas se conocieron y, como no tenemos ninguna noticia sobre su relación, es muy tentador fantasear sobre la misma. ¿Qué referencias tendrían el uno del otro? Sin duda muchas más Seisenegger de Tiziano que a la inversa, pues es bastante posible que el veneciano no conociera nada de aquél hasta ese momento. Recelaría Seisenegger ante la aparición de Tiziano, temiendo quizá por su futuro con los Habsburgo; no lo creo porque parece que no era tan ambicioso y se contentaba con seguir en Viena al servicio de Fernando. ¿Trabarían una cierta amistad, en tanto colegas, durante esa estancia en Bolonia, al menos hasta que el cadorino sorprendiera a todos con su copia? En fin, no tenemos ni idea, como tampoco sabemos si Carlos tenía ya decidido encargarle un retrato a Tiziano, aunque pienso que sí, pero que es probable que al pintor no se le hubiera prometido nada en firme. Aunque así fuera, no por ello habría dejado de acudir a la ciudad emiliana, donde le habían requerido varios de los nobles que lo admiraban y donde estaban el Papa y el emperador; digamos que, aún sin encargo comprometido, la oportunidad era demasiado jugosa como para desdeñarla. Por eso me apetece más suponer que en esa primera entrevista el emperador no le pidió que lo retratase y simplemente sería un encuentro cortesano de un pintor con el poderoso, un encuentro en que Carlos no hablaría mucho –entre otras cosas porque, como ya he dicho, no dominaba ni el italiano ni el latín– y dejaría el peso de la conversación a sus acompañantes habituales, a De los Cobos o quizá al cardenal Ippolito de Medici, tipo curioso, sobrino del Papa y al servicio del emperador, quien al año siguiente sería a su vez retratado por el cadorino. Pero también me imagino que el pintor permanecería callado la mayor parte de ese rato, diciendo sólo lo mínimo para evitar la descortesía. Sus nobles valedores es probable que se desesperaran de la que era aparentemente una táctica poco conveniente para conseguir el favor del César. Se equivocaban, claro, porque Tiziano sabia (la casi insultante seguridad en sí mismos de los genios) que no necesitaba otro recurso que hacer la copia que, al poco de llegar, ya había decidido hacer. Así que, en vez de darle a la lengua para hacerse el simpático, se dedicaría a observar a Carlos, a fijarse en sus proporciones, en sus gestos, en cómo miraba, cómo movía las manos, cómo inclinaba su cuerpo ... incluso intentaría penetrar en cómo pensaba y sentía. A lo mejor, condescendiendo a las miradas exasperadas de los que le habían recomendado con tanto ahínco, haría algún comentario galante; quizá, comprobando el cariño que parecía mostrar el emperador hacia su perro, le preguntara por su nombre. Pero poco más. Acabada la entrevista de alguna forma habría de arreglárselas para que le permitieran disponer de tiempo junto al cuadro de Seisenegger (otro enigma para fantasear) sin que, para lograrlo, hubiera de confesar sus intenciones (puede que a algún cómplice necesario, requiriéndole que guardara el secreto). Todo esto no son más que meras figuraciones, por supuesto, y ni siquiera de mi invención. Lo que acabo de contar proviene de una novela de Javier González Rodríguez, La quinta corona (2006), que no trata sobre Tiziano o Carlos V (la historia se la cuenta un padre a su hijo viendo los dos cuadros juntos en el Museo del Prado con motivo de la exposición Carolus, si bien dicha exposición no fue en Madrid sino en Toledo: licencias de novelista).