martes, 9 de febrero de 2016

Iquique, el salitre

Entre agosto de 1535 y febrero de 1537, Diego de Almagro dirigió la que se ha dado en llamar expedición a Chile. Gracias a los mapas de satélite que hoy disponemos en Internet es fácil –y entretenido– reproducir el recorrido de ese grupo de españoles (con numerosos nativos que usaban como porteadores) y maravillarse ante las dimensiones épicas del viajecito. Así, calculado por encima, se patearía la friolera de unos ocho mil kilómetros, saliendo desde Cuzco, llegando hasta bastante más al Sur de la actual Santiago (hasta el río Bío-bío) y regresando a Arequipa. Todo ello por los caminos de entonces donde los había, y con dos etapas penosísimas, como fueron cruzar Los Andes a la ida (probablemente por el actual de San Francisco, que conecta los Nortes argentino y chileno a casi cinco mil metros de altitud) y, a la vuelta, el desierto de Atacama. Por supuesto, lo que motivó esta aventura fue la conquista de esas tierras australes que los incas llamaban de Chile y que aseguraban abundantes en oro (mentían con la esperanza de alejar a los españoles del Cuzco para sacudirse su dominio). Pero también había razones estratégicas que aconsejaban el momentáneo apartamiento de Almagro del Perú, que ya andaba enfrentado con su socio Pizarro. El balance de la empresa fue un completo fracaso: no hubo conquista ni se obtuvieron riquezas. Además, los expedicionarios arribaron a Arequipa en tan lamentable estado físico que se les llamó los rotos de Chile. Hasta cuatro años después nadie se atrevería a internarse en esas que parecían unas tierras malditas.

No parece que Almagro, en su trayecto de regreso, pasara por Iquique ni que llegara a conocer a los habitantes de la zona, pescadores a los que los españoles llamarían changos. Lo cierto es que, por muy inhóspito que sea ese entorno desértico, allí ha habido asentamientos desde hace al menos seis mil años. En esos días del siglo XVI pertenecía al Collasuyu, el más austral de los cuatro reinos (suyos) del imperio incaico, y más o menos equivalente al antiguo Estado tiahuanacota, predominantemente aimara, hasta su conquista en tiempos de Pachacútec (1438-1471). Imagino, sin embargo, que los escasos habitantes de esa costa estarían bastante abandonados de la administración inca, viviendo más o menos a su aire, al margen de las convulsiones que en esos tiempos sufría un imperio que probablemente sentirían ajeno. Al fin y al cabo, ¿a quién iba a interesar el domino efectivo de esa franja desértica? De hecho, el desierto de Atacama –más o menos el territorio litoral de las actuales regiones chilenas de Arica y Paranicota, Tarapacá, Antofagasta y parte de la de Atacama– perteneció históricamente al Virreinato del Perú y sólo tras la guerra del Pacífico se integró en Chile. Supongo que la adscripción era un poco por indiferencia (no sería así en el XIX). Cuando Almagro salió de los Andes lo hizo por el valle del Copiapó, tierra fértil al Sur del desierto. Con esa referencia en la mente, se entiende que Valdivia, el 26 de octubre de 1540, después de cruzar el desierto y llegar al fértil valle, tomara allí posesión de las tierras de Chile, definiendo el límite septentrional de la nueva gobernación.

Hasta el auge del salitre pocas noticias hay de Iquique, sólo que era el embarcadero que servía a San Lorenzo de Tarapacá, villa situada en la quebrada que es uno de los accesos desde la Sierra hasta la costa, y uno de los valles más fértiles de esa zona. Parece que ahí, en San Lorenzo, sí se detuvieron tanto Almagro como Valdivia. Es curioso que hoy sea un pueblo mínimo, con poco más de una centena de vecinos, cuando en los siglos XVII y XVIII gozó de una economía floreciente, con apreciada producción vinícola e intenso comercio con Lima y Potosí. Propiamente, la historia de Iquique comienza a principios del XIX, en las últimas décadas del virreinato. En 1792, la gran fábrica de pólvora de El Callao, que surtía a toda la América española, quedó destruida por una explosión. Se decidió hacer una nueva, esta vez en Lima (unos kilómetros al interior), ya que la pólvora era imprescindible para defenderse de los ataques mayoritariamente ingleses. Hasta entonces, el material era abastecido directamente desde España pero las cosas empiezan a cambiar cuando se descubre, más o menos por esas fechas, el salitre de la pampa tarapaqueña. Cuenta la leyenda que fueron unos indios los que lo hicieron cuando la tierra sobre la que habían encendido una fogata empezó a arder. El cura del pueblo más cercano, recibida noticia del prodigio, se aprestó a sacramentar el lugar con agua bendita. El buen párroco debía ser de los que no veía reñidas ciencia y religión, así que tomó unas muestras de esa tierra y se la llevo a su casa para experimentar, comprobando que en ese sustrato las plantas crecían extraordinariamente. Pero lo que está documentado es que en 1811 se había constituido una aduana en Iquique, como punto de tránsito (y control) entre Lima y Valparaíso, y también para vigilar los embarques de minerales y los primeros envíos de Iquique hacia la capital virreinal. En esos últimos años de la época colonial, las cantidades serían modestas (comparadas con lo que había de venir) y su destino la fábrica de pólvora, porque el fertilizante preferido era el guano (que también habría de tener su fiebre en la venidera época republicana).

El salitre, mineral blanco, translúcido y brillante, es una mezcla de nitrato de sodio (NaNO3) y de nitrato de potasio (KNO3) que ocupa amplias extensiones del desierto de Atacama, formando costras con espesores desde 15 centímetros hasta los 3,6 metros, y asociado a depósitos de yeso, cloruro de sodio, otras sales y arena, un conjunto que se denomina "caliche". Aparte de su uso tradicional para la fabricación de explosivos, la demanda del salitre para abono agrícola por el mundo occidental se disparó hacia mediados del siglo XIX, creciendo en forma paralela al declive de la producción de guano. Las reservas de esta región sudamericana no sólo eran las mayores y mejores del mundo (creo que por entonces no se contaba con el salar de Uyuni), sino que su relativamente fácil extracción y bajos costes de producción las hacían tan competitivas que se convirtieron en oferta monopolística. Hasta la guerra del Pacífico, la explotación del mineral se repartía entre Perú (Tarapacá) y Bolivia junto con Chile (Antofagasta), a unos ritmos relativamente moderados para lo que había de venir y mediante dos modelos muy distintos. El Estado peruano, continuando la experiencia del guano, mostró tendencias bastante intervencionistas sobre el recurso; los chilenos, en cambio, preferían dejar mucha mayor libertad a los capitales salitreros –mayoritariamente británicos– y cobrarles impuestos a la exportación en los puertos de embarque. La pugna por el salitre –por más que se disfrazara de orgullos nacionalistas de las repúblicas adolescentes– subyace como una de las causas principales de la guerra, y no me cabe duda de que los capitalistas de la época preferían con mucho que el recurso fuera controlado por los chilenos. Antes del conflicto se venía observando un progresivo declive en las transacciones comerciales del salitre del puerto de El Callao a favor del de Valparaíso, donde cada vez se instalaban más compañías inglesas. En 1878, el gobierno boliviano, que ejercía la soberanía sobre Antofagasta aunque del control de la producción y exportación del salitre se ocupaba Chile, decidió romper un tratado entre ambos países e imponer nuevos impuestos, así como rematar la infraestructura salitrera chilena. Se habían creado las condiciones para la guerra, primero entre Chile y Bolivia, y enseguida la entrada de Perú apoyando a esta última. El resultado: victoria aplastante de los chilenos que incorporan a su país nada menos que 180.000 km2; Perú pierde Tarapacá (y Arica) y Bolivia Antofagasta (su añorada salida al mar). A partir de la década de los noventa del siglo XIX, Chile se convierte de hecho en el único productor del preciado recurso, y hasta la crisis de inicios de los treinta, el auge del salitre marca el desarrollo social y económico del país.

Esos cuarenta años son también la edad dorada de Iquique, que adquiere protagonismo como la capital comercial, en tanto centro de exportación, del salitre tarapaqueño. Hacia mitad de ese periodo, en 1907, en la ciudad se concentraron unos ocho mil quinientos obreros de las salitreras de la pampa circundante, reivindicando mejores condiciones laborales. La criminal masacre con la que el gobierno chileno zanjó la huelga es el asunto narrado en la Cantata de Santa María de Iquique, compuesta por Luis Advis e interpretada por Quilapayún. Pero, antes de referirse a este ominoso crimen y a sus consecuencias (entre otras, el nacimiento del movimiento obrero organizado en Chile), conviene conocer la forma en que se extraía y preparaba el salitre, asomarse a las condiciones de vida de esa pobre gente en las primeras décadas del siglo pasado.

jueves, 4 de febrero de 2016

Paisajes, desiertos

Hace ya varios años, un compañero y amigo al que llevo demasiado tiempo sin ver, biólogo él, me aseguró que los humanos estábamos predispuestos instintivamente a que nos gustaran los paisajes "verdes", de vegetaciones frondosas, porque ello era señal de la abundancia de agua, condición imprescindible para la supervivencia desde nuestros ancestros. No sé cuanto de verdad científica hay en esa aseveración pero, al menos en mí caso, se cumple. Desde pequeño me han atraído los montes y gusto mucho más de las medialuces húmedas que de los paisajes de rotundidad deslumbrante. De hecho, me cuesta imaginarme residiendo en un secarral. Ello no obstante no significa que no sea capaz de apreciar la belleza de los entornos áridos, de aquéllos en los que predomina la gea frente a la flora, lo mineral en majestuosa desnudez. Diría incluso que esos paisajes me parecen más bellos o, para expresar mejor lo que siento, su belleza me golpea con mucha mayor rotundidad, casi desgarrándome.


En Tenerife, donde vivo, hay muestras magníficas de estas dos categorías opuestas de paisajes. Si queremos uno verde, recomiendo internarse en el macizo de Anaga, la punta nororiental de la Isla, con formaciones de laurisilva sólo equivalentes en el también maravilloso Parque Nacional de Garajonay, en La Gomera. Cuando camino por sus senderos –en especial los de la vertiente Norte– siento que me invade una singular serenidad, como si el bosque me acogiera protectoramente, la sensación de estar en casa. El otro extremo es, obviamente, la altiplanicie de Las Cañadas presidida por el cono del Teide. Nada que ver, desde luego; aquí los caprichos minerales se imponen visualmente (aunque la flora autóctona, sobre todo en primavera, es espectacular) con su variedad de formas, dimensiones y colores. El cielo, tan límpido, libre de nubes que quedan más bajas, también contribuye sobremanera al espectáculo. La interiorización de esta belleza –que recomiendo gozar al amanecer– se me impone de un modo que sólo se me ocurre calificar de religioso, solemne. Si en el monte me siento en mi casa, en un entorno como el de Las Cañadas soy el minúsculo visitante en una catedral, en los dominios de la divinidad. 



Van estos comentarios previos porque unos días atrás he recibido una colección de fotos del viaje de otro amigo a uno de estos paisajes desérticos especialmente singulares, tanto que es el más árido del planeta. Me refiero, claro está, al desierto de Atacama, en la costa Norte de Chile, aunque, en sentido amplio, hay quienes entienden que se adentra en el Perú y sube por los Andes (puna de Atacama) hasta los 3.500 metros, pasando a Bolivia y Argentina. El viaje que ha hecho mi amigo –iniciándolo en Arequipa, serpenteando la franja chilena de Atacama hasta Antofagasta y subiendo luego al espectacular salar de Uyuni, en Bolivia– lo planificamos hace treinta y siete años, cuando ambos vivíamos en Lima y éramos estudiantes universitarios (aunque entonces no consideramos Uyuni, que era prácticamente desconocido). Viendo las magníficas fotografías, compruebo que, en efecto, este tipo de paisajes están dotados de una belleza superlativa, ajena a las dimensiones humanas, trascendente. Y también, claro, me entra una morriña algo envidiosa de ese viaje que no hice y me vienen recuerdos oxidados de aquel tiempo –finales de los setenta– y de los motivos que nos impulsaban, hoy tan anacrónicos.


Una de esas razones podría calificarse político-musical. En Chile gobernaba todavía la Junta Militar de Pinochet, mientras que en Perú salíamos del régimen castrense y se anunciaban elecciones generales (en todo caso, el gobierno militar peruano nada tuvo que ver con el chileno, ni ideológicamente ni en cuanto a los crímenes). El grupito de chavales que planeábamos el viaje éramos muy de izquierdas, con la radicalidad e ingenuidad de la veintena, y por supuesto nos sentíamos profundamente solidarizados con el pueblo chileno –así, en abstracto– pero también con no pocos amigos que habían venido llegando a Lima unos cuantos años antes. Era frecuente que enardeciéramos nuestros nobles sentimientos escuchando los elepés de los principales intérpretes de la nueva canción chilena, tales como los Parra (Violeta e hijos), Víctor Jara (vilmente asesinado), los Inti-Illimani o Quilapayún. De estos últimos había un disco, la Cantata Santa María de Iquique, que había consagrado a esa ciudad costera como lugar de peregrinación, uno de los hitos de los lugares santos de la historia de la izquierda latinoamericana. A ello se sumaba, sobre todo para los peruanos, que esas provincias del Norte de Chile habían sido parte de la patria peruana hasta menos de un siglo antes. En fin, nostalgias reverdecidas que me han llevado a volver a escuchar, después de bastante tiempo, la discografía de Quilapayún. También me han dado ganas de escribir sobre los hechos de Iquique rememorados en el disco citado (es una amenaza)

 
Soy obrero pampino y soy ... - Quilapayún (Santa María de Iquique, Catata Popular, 1970)

miércoles, 3 de febrero de 2016

Freud, Leonardo, el buitre y el milano

En un post reciente, Lansky reivindica el valor literario de Freud, centrándose en Totem y Tabú (1913-1914), pero también en sus ensayos biográficos sobre Leonardo (1910) y Moisés (1937-1938). Viene a decirnos que, pese al merecido desprestigio de las teorías freudianas –y, especialmente, de su aplicación terapéutica–, tanto en psicología como su generalización a la antropología, el austriaco fue un magnífico escritor que, por eso, conviene leer. Yo lo he leído poco, pese a que me lo he topado innumerables veces, dado que es referencia inevitable en todos cuanto les siguieron, varios de los cuales he frecuentado. De hecho, demasiado joven –aunque no tanto como Lansky– leí La interpretación de los sueños (1900) y recuerdo que me produjo sensaciones contrapuestas. Revisando ahora su extensa producción, compruebo que también he leído algún breve ensayo, pero desde luego mi conocimiento directo de su obra es muy escaso. Con Totem y Tabú me ocurre como con algunas ciudades que antes de visitarlas crees ya conocerlas de tanto que te han contado de ellas; quizás eso sea excusa para retardar el viaje, pero hay que hacerlo. Entre tanto, de las referencias que nos da Lansky me llamó la atención la que califica como "disparatada biografía de Leonardo" y me apresté a conseguirla (internet mediante) y disfrutarla aprovechando la jornada festiva de la Candelaria, patrona de esta Isla.

Más que una biografía, el libro es el estudio psicoanalítico de un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci para, a partir del mismo, explicar la enigmática personalidad del genio del Renacimiento. Calificar esta aproximación de disparatada implica considerar disparatadas –como efectivamente muchos hacen– la mayoría de las claves interpretativas de la psique humana que estableció Freud. Sin entrar a discutir la pertinencia de la libido como factor fundamental en la construcción de las personalidades o las asociaciones oníricas hacia pulsiones recurrentes, lo que no puede negarse es que este ensayo de la primera década del siglo pasado es un entretenidísimo ejercicio intelectual de extender hasta sus últimas consecuencias la interpretación de un recuerdo aparentemente baladí. Así, gracias a las claves psicoanalíticas, Freud ofrece una explicación que nos aclara la misteriosa personalidad del genio italiano. Su sexualidad (homosexual) reprimida y sublimada hacia la investigación deriva de su condición de hijo ilegítimo y una intensa exposición al amor maternal. Al leer la argumentación freudiana no podemos evitar la impresión de que los ladrillos con que la construye no son muy resistentes. Inevitablemente tendemos a rechazarlos como tópicos tantas veces escuchados, pero hay que ponerse en la época y apreciar la novedad que entonces suponían esas ideas. De otra parte, como con todos los tópicos, su defecto está en la pretensión de generalidad, incluso –como suelen hacer los discípulos acríticos– en entenderlos como recetas infalibles cuando no deberían ser más que criterios, tendencias básicas que necesariamente han de matizarse (y verificarse) en cada caso concreto. Pero, independientemente de su utilidad y eficacia interpretativa de realidades tan escurridizas como la psique humana, no se puede negar que el edificio resultante es de armoniosa arquitectura. Citando el dicho italiano, se non vero, ben trovato y, como reivindica Lansky, una buena muestra de la calidad literaria del vienés.

El recuerdo infantil sobre el que Freud que monta su análisis es el siguiente: "uno de los primeros recuerdos de mi infancia es el de que, hallándome en la cuna, se me acercó uno de estos animales (un buitre), me abrió la boca con su cola y me golpeó con ella, repetidamente, entre los labios". Freud nos dice que este recuerdo infantil lo narra Leonardo "en un lugar en el que trata del vuelo de los buitres se interrumpe de repente para seguir un recuerdo de sus más tempranos años infantiles que surge en su memoria". Según he podido descubrir, este relato se contiene en el Codex Atlanticus (folio 65 verso), 1.119 hojas que datan de 1478 a 1519, manuscritas por Leonardo y recopiladas por el escultor Pompeo Leoni (quien estuvo al servicio de la corte española) hacia finales del XVI. He tratado sin éxito de consultar este breve párrafo en el original, sobre todo para contextualizarlo (hay una edición del Codex en tres tomos de 2000, que cuesta más de cien euros). Se me ocurrió que es probable que el texto en el que inserta el recuerdo infantil estuviera relacionado con el Codice sul volo degli uccelli, escrito en 1505 en Florencia cuando el artista ya había entrado en la cincuentena, y me acordé de viejas lecturas sobre la máquina voladora propuesta por Leonardo inspirada, en efecto, en el estudio del vuelo de los pájaros. Pero en mi cenagosa memoria no casaban los buitres como los modelos del invento.

Pese a no poder acceder a la fuente original, gracias a internet sí he conseguido la transcripción del párrafo original (en el italiano dialectal de Leonardo) y confirmo con alborozo que el recelo de mi memoria estaba fundado. Reza así el manuscrito: "Questo scriver si distintamente del nibio par che siamio destino, perche nella mia prima ricordatione della mia infantia e' mi parea che, essendo io in culla, che un nibio venissi a me e mi aprissi la bocca colla sua coda e molte volte mi percuotesse con tal coda dentro alle labbra". Pues bien, nibbio (en el italiano actual se escribe con doble b) es milano, no buitre que se dice avvoltoio (en alemán, idioma en el que Freud escribió este ensayo, también hay dos palabras: milane y geier). Parece que Freud no leyó directamente la transcripción del códice que se custodia en la Ambrosiana milanesa, sino una traducción al alemán que yerra en esta palabra. En la mayoría de los casos se trataría de una errata irrelevante; al fin y al cabo, buitre y milano son rapaces de la misma familia (Accipitridae), bastante similares para un profano. Sin embargo, para la argumentación freudiana, el buitre –y no el milano– había de ser el animal que Leonardo recordaba (o fantaseaba) de su infancia, porque era el buitre –y no el milano– el que portaba un contenido simbólico sobre el que se basaba la argumentación psicoanalítica.

El buitre era, en el antiguo Egipto, el símbolo de la maternidad (su jeroglífico se pronunciaba mut, raíz indoeuropea de madre) y parece ser que los motivos para que se le hubiese atribuido tal función tenían su origen en que estos animales, cuando los egipcios todavía enterraban a sus muertos someramente en la arena, eran quienes transportaban el cadáver (bien es verdad que a cachitos) hacia el cielo para posibilitar el renacimiento. Pero además, en la Antigüedad se pensaba que sólo había buitres hembra y éstas quedaban fecundadas por el viento del Este a través del pico. Basándose en que la simbología maternal del buitre era muy conocida por los humanistas del Renacimiento (además había sido citada por los Padres de la Iglesia como símil de la concepción virginal de María), Freud considera más que verosímil que Leonardo la conociese y, subcoscientemente, la incorporase (como recreación adulta) a su recuerdo-fantasía infantil: también él había sido una cría de buitre pues había tenido madre pero no padre. Ahora bien, Freud no termina de concretar suficientemente la génesis de ese recuerdo y, de otra parte, el error en la especie plantea también otras debilidades.

En cuanto a mi primera duda, me parece relevante preguntarse si un milano se llegó realmente a la cuna del lactante que era Leonardo. Él dice recordarlo pero Freud da a entender que tal suceso no ocurrió, que fue un “invento” subconsciente. Es claro que si tal escena hubiera ocurrido “de verdad” la interpretación psicoanalítica carecería de sentido. Ahora bien, si es un recuerdo falso (como lo son casi todos los que poseemos de la infancia), tuvo que construirse a una edad lo suficientemente adulta como para que Leonardo conociese el simbolismo maternal del buitre y su subconsciente recrease la escena. Si es así, resulta difícil aceptar que con cincuenta y pico años –que es cuando lo relata–, el pintor creyese realmente que se trataba de un recuerdo de la infancia. En otras palabras, surge la tentación de pensar que Leonardo nos está engañando. ¿Por qué habría de hacerlo? Pues simplemente para dar mayor empaque a su interés por el vuelo del milano, haciendo intervenir al destino.

Sin embargo, al igual que Freud, me inclino a pensar que Leonardo no miente y que él, en efecto, creía que lo había visitado un milano cuando estaba en la cuna, lo cual obliga a suponer que ese recuerdo (verdadero o falso) era cuando lo relató ya muy lejano en el tiempo, por lo que resulta difícil admitir que conociera la divertida simbología del buitre. Si así fuera, se derrumbaría la base de la argumentación freudiana. Pero, como en el fondo tampoco importa demasiado, convengamos en que, por el proceso subconsciente que fuera, Leonardo se construyó el recuerdo de un ave que simbolizaba a su madre. ¿Habría mantenido Freud el mismo discurso de haber sabido que el pintor se refería a un milano y no a un buitre? Pues pienso que probablemente sí. El parecido entre ambos pájaros le habría bastado para justificar la traslación (siempre subconsciente) de la simbología del buitre a la del milano. Al fin y al cabo, me parece que en el psicoanálisis la belleza del relato es bastante más importante que la verdad, si es que ésta existe. Y el relato encandila; un escritor magnífico, sin duda.

domingo, 31 de enero de 2016

Criptonacionalista

Me sorprendió un tanto el tono de algunos comentarios a mi post sobre la existencia de España, como si preguntar tal cosa fuera una blasfemia o herejía de mucha mayor enjundia que cuestionar la de Dios. Estoy dispuesto a admitir que pueda ser una pérdida de tiempo, pero no pasa nada por perder el tiempo con ejercicios de este tipo, ya que al menos valen como gimnasia lógica. De hecho, en este blog me he enredado en discusiones tanto o más bizantinas, que fueron acogidas incluso con regocijo. También dos lectores habituales han tildado la pregunta de retórica, lo que implica que creen –pese a que lo he negado expresamente– que haciéndola no pretendo saber la respuesta, sino reforzar un pretendido argumento del que ya dispongo. De hecho, lo que quería era tratar de dilucidar si lo que llamamos España tenía una existencia mínimamente consistente y, en tal caso, qué era. Pues bien, no he recibido mucha ayuda de mis comentaristas. Tan sólo uno de ellos se ha pronunciado claramente en el sentido de que España es, en efecto, el Estado español (sobre cuya existencia nadie dudamos), añadiendo que no sabe si existe otro algo que sea España, pero ni le importa ni cree que convenga hacer esa pregunta. ¿Por qué?

A lo mejor porque piensa que este tipo de preguntas contribuye a fomentar el discurso nacionalista. Imagino que esta prevención se basa en la obviedad de que cualquier España que exista distinta de realidades concretas –sean institucionales (Estado), geográficas (territorio dentro de unas fronteras) o demográficas (conjunto de ciudadanos con ciertas características objetivas) – se convierte en un concepto vaporoso que enlaza con la tradición romántica del nacionalismo, ésa que viene del volksgeist alemán del XIX, y que más o menos visible, subyace en el fondo de tantos conceptos caros a los nacionalistas (por ejemplo, el derecho de los pueblos a la autodeterminación). Entiendo el recelo mas no lo comparto. Más bien diría que preguntar sobre la existencia de España como nación (lo cual implica preguntarse sobre la existencia de las naciones) es bastante probable que debilite el discurso nacionalista. Pero, en fin, por ir al grano: el caso es que el otro comentarista habitual, cerró irritado su serie de comentarios con la declaración de que el asunto no le interesa (sólo había participado por cortesía) y sorprendiéndose de que a mí me interesara porque le parecía un asunto criptonacionalista.

¡¡¡Criptonacionalista!!! Vive Dios que es la primera vez que me espetan tal calificativo. ¿Qué quiere decirme mi comentarista con este extraño término que no aparece en el diccionario? Cripto, como es bien sabido, es prefijo proveniente del griego cuyo significado es "oculto, poco manifiesto, menos ostensible que de ordinario". En nuestro idioma, todas las palabras que empiezan con cripto hacen referencia a la criptografía o arte de escribir con clave secreta o de modo enigmático. Si el sentido aún no queda claro, basta recordar otra palabra que, aunque ya perdida, tuvo frecuente uso en siglos pasados en nuestro país. Me refiero a criptojudío, que era como se denominaba de modo solemne a quienes, pese a estar bautizados y declararse cristianos, en secreto seguía manteniendo la fe judía y profesando sus ritos y costumbres (en forma más popular se les denominaba marranos). Así pues, un criptonacionalista sería aquél que, aparentando rechazar el nacionalismo, es en el fondo un nacionalista. Supongo que los criptonacionalistas escribimos textos que, como el post anterior, de forma velada e insidiosa fomentan el nacionalismo con mayor eficacia por provenir de alguien que oculta su verdadera ideología.


Si no me agrada que me tachen de nacionalista, mucho menos que digan que lo soy en secreto. Vamos, que me viene a decir que soy un nacionalista vergonzoso, que no se atreve a salir del armario. En otros tiempos tamaña insolencia exigiría una reparación y, probablemente, correría sangre. Hoy, por fortuna, nos tomamos más a chacota este tipo de comentarios pues no es cuestión de estar ofendiéndose a cada momento. Lo cierto es que, como ya he dicho , no pienso que mi anterior post tuviera nada de nacionalista y si algo tengo claro es que no soy nada (o casi nada) nacionalista. Así que la lamentable calificación que he recibido la considero completamente errada y, por tanto, no me doy por aludido. Aún así, no puedo sino alegrarme de que ya no estemos en los siglos XV o XVI y de que las consecuencias de que te llamen criptonacionalista no sean las mismas que cuando a uno lo acusaban de criptojudío. No obstante, cuidémonos de los Torquemadas.

domingo, 24 de enero de 2016

¿Cuál será el próximo gobierno?


Van los de Podemos el viernes y en conferencia de prensa le ofrecen un pacto de gobierno al PSOE, exigiendo la vicepresidencia y unos cuantos ministerios. Se monta la marimorena. Las formas, las formas: así no se hacen las cosas. El PSOE se siente insultado, humillado. Rajoy aprovecha para declinar la oferta del rey de someterse a la investidura (porque la perdería, nada tiene que ver con lo de Podemos). El PSOE entonces se indigna (porque quería que se escenificase la derrota de Rajoy para tener mejores justificaciones para la decisión pactista ulterior). Teatro, lo tuyo es puro teatro. Al menos habrá que agradecer que se esfuercen en hacer algo interesante la trama, en procurar entretenernos a los ingenuos espectadores, a quienes –se supone– los hemos puesto ahí. Yo intuyo que la decisión, si no tomada, se mueve entre pocas opciones. Pero para presentarla hay que preparar el montaje, y a ello han de colaborar los actores (los políticos), sea voluntaria o involuntariamente.

Supongamos –solo supongamos– que existe una élite minoritaria pero poderosa con capacidad para decidir (o influir decisivamente, si se prefiere) la formación del gobierno. Esa élite, a través del control de los medios de comunicación, ya influye en los votantes pero, claro, siempre es más difícil acertar con muchos que con pocos. En todo caso, tal como estaban las cosas (me refiero a la situación de tantos españolitos, la indignación generalizada, etc), los resultados electorales de diciembre no estuvieron nada mal, para la catástrofe que podría haber sido (menos mal que esto no es Grecia, diría más de uno). Pero, desde luego, gestionarlos no era tarea fácil.


En principio, el mensaje básico estaba claro: había que remarcar el esquema bipolar, simplificar todo en una alternativa entre dos opciones: blanco y negro. Más o menos lo de siempre que es lo que funciona; antes eran los dos grandes partidos domesticados, convenientemente etiquetados derecha e izquierda, pero eso no funciona. Así que ahora los bloques son el constitucionalista y el antisistema. Los primeros, los que respetan las leyes; los segundos, la “izquierda radical” y los separatistas. Como es natural, bajo ningún concepto se puede admitir que el gobierno esté controlado, siquiera parcialmente, por los de Podemos y sus confluencias. Pero, de otra parte, parece que de momento no es factible continuar tan descaradamente las políticas económicas del último cuatrienio. El modelo no está en cuestión –no nos engañemos–, pero hay que ralentizar su despliegue, en especial en sus efectos sobre los mecanismos de protección social. Al fin y al cabo, una gran mayoría (absoluta) de votantes lo ha hecho en contra del PP, por más que estos cuenten la película desde el otro lado (hemos sido el partido más votado). Por tanto, primera conclusión a la que imagino han llegado los poderosos muñidores de nuestro futuro político: el PP debe apartarse del gobierno.

Pero todavía no es el momento de declararla; ni siquiera me atrevería a decir que los dirigentes del PP la tengan ya asumida. Lo que conviene es abonar la propuesta “razonable” de la gran coalición, presidida como mandan los resultados por Rajoy. Ciudadanos (que no estoy muy seguro de si se entera de qué va la cosa), apoya la idea e incluso promete el sí, pero siempre que el PSOE al menos se abstenga en la investidura. Los socialistas, mientras tanto, juegan el papel que les toca: oponerse frontalmente a que el PP gobierne y prometer un cambio más radical del que harían en las políticas socioeconómicas; son, sin duda, la alternativa lampedusiana. Tampoco tengo muy claro en qué medida Pedrito Sánchez conoce los límites de su papel porque pareciera que su ambición personal le impulsa a veces a salirse del guión. Pero no preocuparse; siempre se le puede poner en su sitio o quitarlo si hace falta. Los de Podemos que no son nada tontos –creo yo– deben contar con las escasas posibilidades de la continuidad pepera, pero también que las de que ellos entren a cortar el bacalao son igualmente mínimas. ¿A qué apuestan, entonces? No estoy muy seguro; quizá a forzar el abandono del PP y a poner nervioso al PSOE, bien con el poco probable objetivo de alcanzar ese que llaman pacto de progreso, bien para debilitarlo e intentar el sorpasso en unas próximas (y cercanas) elecciones.

Este segundo acto está ahora más o menos hacia la mitad de su desarrollo. Todavía nos faltan algunas escenas que permitan madurar la trama para, bajando y volviendo a subir el telón, dar paso al acto final, al desenlace. No descartemos que la obra se quede sin conclusión y sean necesarias nuevas elecciones, pero de momento no lo creo (de hecho, el que tantos las prevean me parece un indicio más de que no se contemplan en el guión, aunque nunca el futuro inmediato está garantizado). Esas escenas pendientes son las que deben permitir justificar (vender) ante la ciudadanía las dos premisas sobre las que se ha de armar la conclusión: que el PP quede fuera y que los “radicales” también. El próximo gobierno habrá de responder, por tanto, a un pacto entre el PSOE y Ciudadanos. La investidura quedaría garantizada en segunda ronda con la abstención del PP (con toda probabilidad se abstendrían también PNV y Coalición Canaria), lo que daría un resultado de 130 síes y 90 noes. Ahora bien, las escenas que todavía faltan requieren de excelentes interpretaciones (y de buenos guionistas) porque no deja de ser difícil ejecutarlas convincentemente.

El PSOE, y Pedro Sánchez en particular, es quien lo tiene más difícil. Después de tildar a los de Ciudadanos de ser las nuevas generaciones del PP e insistir en que son la alternativa de izquierdas para revertir la política económica de estos cuatro últimos años y blindar el estado del bienestar, les va a costar justificar esa alianza. La estrategia no puede ser otra que exacerbar el carácter “antisistema” de Podemos y convencer de que las exigencias de éstos sobrepasaban “líneas rojas” que no pueden aceptarse pues nos conducen irremisiblemente al desastre. Es decir, no otra cosa que adherirse a la “línea oficial” de los mass media que –no es casualidad– ya viene siendo avalada por importantes voces del partido. Es verdad que, para conseguir la mejor verosimilitud, Pedro Sánchez no es el actor más indicado, así que ya veremos si le dejan seguir en la obra o hay algún cambio en el reparto (atentos a la ejecutiva federal del sábado y la evolución de los mensajes de los socialistas en los próximos días).

El papel que le tocaría al PP no es demasiado difícil de interpretar y, es más, les quedará de lo más lucido. Ante la manifiesta imposibilidad de formar gobierno, están dispuestos a renunciar y permitir otro “razonable”, bajo unos presupuestos mínimos de sentido común que garanticen la unidad de España y que no se vaya al traste la iniciada recuperación económica. En el fondo, no es otra cosa que mantener el mensaje que hasta ahora llevan repitiendo de la “gran coalición”, pero asumiendo que ellos son el obstáculo y, en consecuencia, haciendo gala de una gran generosidad y patriotismo, se retiran. Probablemente, la escena heroica final la protagonizaría Rajoy, quien además anunciaría su retiro de la política activa. Así, el PP pasaría a ser el principal partido de la oposición, desequilibrándola hacia la derecha y reduciendo la eficacia parlamentaria de los “radicales”. Supongo que esos presupuestos mínimos a los que antes me refería se plasmarían en un acuerdo público con el futuro gobierno de “líneas rojas”, pero tampoco es imprescindible. Lo que seguro que sí se producirá será un pacto secreto de no agresión; si os dejamos el gobierno, no vayáis a poner la maquinaria del Estado a revolver más de lo estrictamente inevitable en nuestra mierda. Un precio asumible para el PSOE y que Ciudadanos ni siquiera tiene que conocer.

¿Y qué pasa con los de Albert Rivera? Pues que estarán encantados de contribuir a esta solución en cuanto se la propongan. Son, al fin y al cabo, la pieza necesaria para completar el puzzle, pero ni pinchan ni cortan en el arreglo. Por supuesto, bastaría con que votaran sí y no entraran en el gobierno, pero dejar al PSOE en solitario no es aceptable para vender la solución: se requiere que, en aras de la gobernabilidad y del bien del país, otra fuerza con representatividad significativa se involucre. La presencia de Ciudadanos en el futuro gobierno, además, es un aval importante para garantizar la “razonabilidad” de las futuras políticas, máxime ante los guiños continuos que se han intercambiado en los últimos días entre Podemos y el PSOE. Con estos argumentos, al amigo Albert no le costará demasiado esfuerzo desdecirse de aquello tantas veces repetido de que Ciudadanos no entrará en ningún gobierno presidido por el PP o el PSOE.

Ya veremos si el sainete se desarrolla para llegar al desenlace que imagino (porque me parece el más lógico en el marco del equilibrio de fuerzas que de verdad influyen en la adopción de las decisiones últimas). Los de Podemos son, aparentemente, los que salen peor parados, pero intuyo que tienen este escenario previsto y sabrán sacar ventaja de la próxima (y quizá breve) legislatura. Hay que tener en cuenta que sería mucho pedir que en su primera aparición en el Congreso fueran a participar en el Ejecutivo; lo que yo creo que tienen ahora como su prioridad fundamental es acrecentar su apoyo electoral (básicamente a costa del PSOE). Por eso, en el fondo, no creo que se cabreen demasiado con el acuerdo que preveo, aunque desde luego atizarán al máximo contra él, denunciando la sumisión del PSOE a los intereses del gran capital. Justamente el coste electoral de esa táctica es lo que más debe asustar a algunos socialistas; aún así, sigo pensando que considerarán un mal menor el pacto con Ciudadanos (y el PP) y se esforzarán en defenderlo en los términos ya explicados.

Puedo equivocarme, desde luego, y que en un par de meses, al no haber habido acuerdo, tengamos elecciones. Sin embargo, es más que previsible que el Congreso resultante sea igual de complicado que el actual. Los únicos cambios significativos que de momento se prevén es aumentos del PP (a costa de Ciudadanos) y de Podemos (a costa del PSOE). En ese marco, manteniéndose el rechazo al PP y la inadmisibilidad de Podemos, el pacto de gobierno que ahora intuyo sería mucho más difícil de asumir (tanto para el PP como para el PSOE). Es decir, que mucho menos costoso (desde todo punto de vista) es adoptar el acuerdo en esta etapa. Pero, en fin, ya veremos …

miércoles, 20 de enero de 2016

¿Existe España?

O, si generalizamos la pregunta –que no es para nada retórica–, podríamos cambiar España por Francia, por Italia, por cualquier otro Estado actual. Incluso, podríamos interrogarnos si existe Cataluña o Kosovo. Naturalmente, la respuesta inmediata es afirmativa; menudo gilipollas, claro que existen, ¿no lo ves?

Vale, concedo a mi maleducado interlocutor, pero ese algo que llamas España y que existe, ¿qué es? Hay una respuesta fácil: el Estado español; es decir –como lo definía en un post anterior– la entidad con personalidad jurídica, conformada por una multitud de instituciones mejor o peor integradas entre sí, que ejerce la soberanía sobre un territorio concreto y unas personas caracterizadas por tener la ciudadanía española. Si España es el Estado español (y Francia el francés, y así sucesivamente) pues sí, parece incuestionable que España existe.

Cuestión distinta es que podamos concretar qué cosa es el Estado español, porque, en el fondo, no es más que una forma abstracta, imprecisa y, sobre todo, mutable en el tiempo. Estaremos todos de acuerdo que el actual Estado español es muy distinto del Estado español de la época franquista, y también del de la II República y así–aceptando la proclama de Rajoy de que la nuestra es la nación más antigua de Europa– podríamos compararlo con el de los Reyes Católicos (que, desde luego, por mucho anacronismo que ejerzamos difícilmente podríamos calificar de un Estado).

Pero entonces, si España es el Estado español, ha habido tantas Españas como Estados españoles y, a lo mejor, lo único que se mantiene es el nombre. ¿Un algo que cambia tanto sigue siendo el mismo algo? Pues sí, cretino, me espeta mi imaginario contrincante; exactamente igual que una persona a lo largo de su vida. ¿O acaso el niño que fuiste no es muy distinto del cincuentón botarate en que te has convertido? Y, sin embargo, ambos sois la misma persona. La verdad es que no tengo nada clara esa afirmación optimista, al menos en lo que a mí respecta, pero prefiero no rebatirla para que no me den por caso perdido.

De acuerdo, vuelvo a conceder, yo soy yo y existo desde que nazco (y, si lo prefieres, desde que un espermatozoide de mi padre fecundó un óvulo de mi madre) por mucho que cambie en los breves años que me toque estar en este mundo. De hecho, aunque cuando trato de recordar al niño que fui lo siento tan diferente que me cuesta aceptar que era yo, lo cierto es que durante cada uno de los días que han pasado desde entonces, algunas neuronas de mi cerebro guardaban la información sobre mi identidad que enlazaba con el día anterior, permitiéndome la conciencia de la continuidad de mi existencia.

Me gusta lo que tratas de explicar con tan poco acierto, se entusiasma mi pepito grillo. España, a lo largo de la historia, ha cambiado mucho, es verdad, pero cada cambio se iba haciendo sobre la conciencia de su propia existencia anterior. Ya, digo, pero la conciencia personal de ser el mismo algo que ayer y así sumando días no es prueba de que ese algo es el mismo, sino simplemente de que crees ser el mismo. Un enfermo de alzheimer pierde justamente esa identidad y, sin embargo, no diríamos que ha dejado de ser él. También podemos imaginar, aunque sea entrar en el terreno de la ciencia ficción, manipulaciones de los recuerdos, implantaciones de vivencias, cambios de personalidad. Además, el Estado, cualquier Estado, no tiene conciencia de sí mismo. O sea, estoy dispuesto a admitirte que el Estado español existe pero no que piensa o siente.

Coño, era una metáfora; claro que el Estado español no piensa ni siente, pero si acabas de admitir que existe y acordamos que el Estado español es España pues asunto zanjado: España existe. No tan rápido –contraataco– si dos Estados españoles sucesivos son distintos entre sí, si admitimos que son dos entes diferenciados, lo que existen son cosas distintas que tienen el mismo nombre –España– pero no existe España como entidad en sí misma, como un algo que existe ininterrumpidamente desde ¿los Reyes Católicos? ¿la Edad Media?, ¿los Romanos?

Mi colega parece momentáneamente desconcertado. A lo mejor, le digo, lo que pasa es que las personas que nos llamamos españoles, cada vez que un Estado español es sustituido por otro, cada vez que un algo que llamamos España deja de existir y pasa a existir otro algo distinto que también seguimos llamando España, creemos que como el nombre no ha cambiado el algo sigue siendo el mismo. Es como sí a una persona le implantaran los recuerdos de otra y le borraran los propios; ciertamente sería otra persona pero él no lo sabría.

Pues no –me refuta, un poco a la desesperada diría yo– en tu ejemplo imposible la persona seguiría existiendo porque lo que la define es justamente la información que, aunque cambiante en el tiempo, se enlaza con la previa para garantizar justamente la continuidad de la existencia. Ni de coña; eso sería ponernos ya en un plano excesivamente espiritualista para mi gusta y acabaremos enzarzándonos en discusiones bizantinas sobre el alma de España, tan del gusto de mi querido Unamuno. Además, a estas alturas, creo que no hace falta meterse en esos berenjenales: una persona es un algo que existe en sí mismo a pesar de sus cambios a lo largo de su vida porque tiene el mismo ADN. Por seguir con la metáfora, admitiría que el Estado español es uno que lleva varios siglos de existencia si encontramos una invariante que pueda definirlo (aunque haya muchos más cambios sus restantes cualidades).

En fin, que no, no encontramos el ADN inmutable del Estado español. Tampoco lo habríamos encontrado, supongo, en el Estado francés o en el futurible Estado catalán. Así que concluimos que sí, que el Estado español existe, pero uno que hay ahora (en concreto desde 1978) y que ha sido antecedido por otros que también existieron y han dejado de existir (igual que el actual dejará de existir). Así que mi amigo se retractó y aseveró que España no es lo mismo que el Estado español porque, "obviamente", España no ha dejado de existir desde que existe (hace tantos siglos); o sea, ese algo que es España, aunque haya tenido cambios (entre otros distintas organizaciones institucionales en forma de Estado), sí mantiene una continuidad de existencia como ente, no simplemente nominalista.

Y yo estuve de acuerdo en que España no es el Estado español. Entre otras razones, porque el Estado español se define en la Constitución (así como en la multitud de tratados de Derecho Constitucional o de teoría política) y ésta empieza diciéndonos que "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho". Es decir que los Padres fundadores de nuestro actual Estado asumieron que existía algo llamado España, previo y distinto al Estado que estaban constituyendo. ¿Quién soy yo para disentir de tan sabios próceres? Claro que la Constitución no da ninguna pista sobre qué es España, exigiéndonos un acto de fe para creer en su existencia. Acto de fe complicado, más incluso que el teológico, porque al menos el Dios en el que cada uno crea somos capaces de definírnoslo mínimamente como Ente, mientras que ... qué coño es ese ente que nos dicen que existe y que se llama España. Lo único claro es que no es el Estado. Bueno, exploremos otras posibilidades.

domingo, 17 de enero de 2016

Terapia de pareja

A Lansky, porque un comentario suyo en mi anterior post me sugirió éste.

Treinta años estuve atendiendo parejas en crisis, escuchando los reproches que se hacen el uno al otro, tratando de ayudarlos a gestionar sus sentimientos y sus comportamientos en esos trances. Como podrás imaginar, he visto de todo, multitud de casos diferentes y, sin embargo, casi siempre muy parecidos, repitiendo machaconamente los mismos patrones. Mi trabajo, en el fondo, cabría resumirlo en propiciar que vuelvan a abrirse los canales de comunicación entre los cónyuges (aludo a matrimonios por simplificar, pero vale para cualquier relación de pareja que ha sido estable). En la gran mayoría de las situaciones de deterioro de la convivencia, sencillamente se han roto esos cauces. No se trata de que no se hablen entre sí, sino de que los mensajes que se intercambian son, cada vez más, ajenos a la afectividad del receptor, sentidos como extraños –hostiles incluso– y, por tanto, no se deja que "penetren". Parafraseando el conocido poema de Guillén, cerramos la muralla como si lo que nos viniera fuera el veneno y el puñal y no ya el corazón del amigo, del amado.


Largas horas soportando el relato de sus cuitas, ya juntos o ya a cada uno por separado, abundantes en memoriales de agravios negados por el otro con argumentaciones que intentan demostrar su falsedad. Desde fuera, esos diálogos son más propios de contendientes ante un tribunal que de dos que se han amado, que quizá todavía se amen. Les queda poco de la necesaria alteridad que supone el amor –sentirte en el otro y al otro en ti– y, significativamente, ellos parecen no darse cuenta y se comportan como si hubieran de convencerme con sus pruebas para que les dicte sentencia favorable; querrían poder esgrimirme como argumento de autoridad que zanje desde sus respectivas percepciones la crisis: lo ves cómo el propio psicólogo me da la razón, eres tú quien lo hace mal, el/la culpable. Pero, como sabemos de sobra, en estas situaciones la "verdad" –suponiendo que fuera posible dilucidarla, lo cual dudo– no tiene ninguna importancia; lo único relevante es lo que siente cada cónyuge. Y, desde luego, la insistencia casi exclusiva en repartir culpas o responsabilidades, cuando el resentimiento ya ha anidado en los ánimos, no hace sino reforzar la muralla, impedir que vuelva a abrirse la forma de comunicación imprescindible para recuperar la relación de pareja, cerrar aun más la muralla.

Me viene ahora a la cabeza uno de mis últimos "casos" que, de tan exagerado rozaba un poco la caricatura pero, justamente por eso, es un buen ejemplo de lo que trato de explicar. Cuando vinieron a la consulta, ella quería divorciarse y él no. La mujer se sentía injustamente tratada, decía que él impedía que se "realizara", que no la entendía, etc. Naturalmente, a todas sus quejas el marido respondía que no eran ciertas, que provenían de una visión distorsionada –incluso malintencionada–, y contraatacaba exponiendo sus propias acusaciones. Enseguida comprendí que ninguno de los dos estaba en condiciones de dejar que fluyeran sentimientos amorosos (y entiéndase el adjetivo en el sentido más genérico posible). En ambos, al contrario, predominaba el rechazo hacia el otro, obstruyendo casi totalmente esos canales a que me refería antes. Las voluntades de cada uno, sin embargo, eran opuestas: ella quería romper la relación convencida de que no tenía solución, él continuar.

Siempre he pensado que mi función no es "salvar" matrimonios, ni siquiera influir en la decisión que han de tomar, sea separarse o intentar la reconciliación. Pero sí creo que debo (y con frecuencia puedo) ayudar a que esa decisión se tome con los canales "abiertos". Al fin y al cabo, en la mayoría de los casos, estoy frente a dos personas que se han amado (que tal vez se sigan amando aunque hayan taponado la expresión de ese amor) y es triste que las conclusiones nazcan desde el rencor. Aparte –dicho sea de paso– de que en ese marco todo son problemas prácticos por largo tiempo. Con esta pareja a la que me refiero tuve claro que era a solas con el marido con quien más tenía que tratar.

Así que le dije que, si quería reconstruir el matrimonio, lo que había de hacer era intentar desmontar los sentimientos de rechazo que había interiorizado su mujer, mostrarle que la quería para ver si lograba que ella volviera a enamorarse. Y para eso, la táctica no era ridiculizar sus argumentos, tampoco contribuir al clima de tensión que entre los dos se había ido agravando, porque de esa manera sólo conseguiría reforzar la decisión de ruptura de su esposa. Tienes que ganar tiempo, hablar despacio y cariñosamente. Ten en cuenta que, ahora que ella cree haber tomado su decisión –separarse– necesita verte como su enemigo a fin de legitimarse íntimamente. Por tanto, has de ser lo suficientemente inteligente para que se tambalee su convencimiento de que no la quieres; tienes que quitarle sus motivos, por mucho que tú creas que son falsos, que la razón es tuya.


Sin embargo, el marido no siguió mis consejos. Fuera por orgullo o porque no amaba a su esposa de verdad, hizo justamente todo lo contrario. También influyó, todo hay que decirlo, que en su entorno casi todos le animaban a no ceder un ápice ante esa "tipa que no es más que una aprovechada". Así que las discusiones se fueron enconando, le aseguró que iba a dificultar al máximo el divorcio y que le haría la vida imposible, le dijo que la casa no era suya y que ni soñara en quedarse en ella, empezó a quitarle dinero, etc. Naturalmente, pasado un tiempo, la mujer estaba mucho más convencida de que el matrimonio estaba absolutamente muerto, sin resurrección posible. De hecho, para entonces, ambos se odiaban y, aún así, el marido no estaba dispuesto a dejarla marchar.

En ese punto –que no era ni mucho menos en el que estaban cuando vinieron a mi consulta– las cosas podían haber acabado muy mal, incluso con sangre. Afortunadamente, ante la gravedad de la situación, intervinieron terceros y forzaron a la pareja a resolver el inevitable divorcio. Se separaron odiándose, claro. Hace pocos días, me encontré con el marido y, desde mi cómoda jubilación, no me privé de afearle que hubiera seguido una estrategia tan radicalmente equivocada. A pesar de que las cosas le iban bastante peor que cuando estaba casado, no asumió la mínima dosis de arrepentimiento. Desde su orgullo (y estupidez) me dijo que habría dado igual, que la muy puta no habría cambiado de opinión en ningún caso. Te equivocas, le dije, en aquellos días todavía estabais a tiempo. Por supuesto, que hubieras hecho lo que te aconsejé no garantizaba que ella cambiara sus sentimientos (lo que hiciste, en cambio, si garantizaba que iban a empeorar), pero incluso fracasando habrías mostrado la bondad de tus intenciones, que ponías de tu parte, que la amabas.

martes, 12 de enero de 2016

El Estado ante la Secesión

El Estado –todo Estado– es una forma, abstracta como todas las formas, que se conforma por instituciones y sirve para enmarcar y gobernar la vida colectiva de las personas que se adscriben a su soberanía (en la organización política actual, las que viven en el interior de sus fronteras, pero esto no tendría porque ser así). Naturalmente, como todos sabemos, el mundo está organizado en Estados que tienen, cada uno de ellos, personalidad jurídica y, sobre todo, soberanía, la cual, si evitamos meternos en sutilezas de filosofía política, no es otra cosa que la capacidad de ejercer el poder sobre sus ciudadanos y frente a los otros Estados (sí, ya sé que "la soberanía reside en el pueblo", pero en este post no quiero perderme en grandilocuentes principios vacíos de eficacia real para el consumo de ingenuos bienintencionados). En todo caso, frente a otros términos que siempre aparecen como pueblo o nación, e incluso al margen de las discusiones teóricas sobre la más adecuada definición del concepto, lo que nadie puede negar es que los Estados existen, que están ahí, independientemente de las personas, grupos o clases sociales que los "ocupan" en cada momento histórico. Y no sólo están sino que actúan, influyen muy significativamente sobre las vidas individuales de sus ciudadanos o ¿súbditos? ¿Alguien se siente capaz de imaginar nuestras vidas cotidianas sin Estado, sin Estados? ¿Cómo sería la humanidad?

Hay pues una relación de dominación del Estado sobre los ciudadanos. Dominación, ojo, necesaria para la pervivencia de la vida en sociedad, pero dominación sin duda. No hace falta ser tan crítico como Marx –concibiendo el Estado como la forma jurídica para que los poderosos obtengan su bienestar a costa de la gran mayoría de los explotados– para reconocer, con Weber, que el Estado es la coacción legítima y específica, el monopolio (legal) de la violencia. Un Estado no puede admitir, sino a regañadientes, que se niegue su soberanía por ninguna parte de sus ciudadanos. Por eso, las secesiones siempre son impuestas, normalmente a resultas de derrotas bélicas (salvo que el Estado se haya desintegrado). Pero, más importante aún, lo que nunca puede aceptar no ya un Estado sino la comunidad de Estados que entre todas dominan a la práctica totalidad de nuestra especie, es que se cuestionara el sistema organizativo del mundo en Estados.

Pero, frente a la clásica insistencia en la violencia como nota distintiva de los Estados y de sus génesis, auges y decadencias, se olvida otra característica que Maurice Godelier –uno de los grandes de la antropología social– ha dejado más que sentada en su importante producción. Y no es otra que el hecho de que el poder no basta por sí mismo para definir un Estado y garantizar su continuidad. Dice Godelier: "estimamos que todo poder de dominación se compone de dos elementos indisolublemente unidos que le confieren su fuerza y su eficacia: la violencia y el consentimiento. Y creemos que de estos dos componentes del poder, la fuerza más decisiva no es la violencia de los dominadores, sino el consentimiento de los dominados". En cierta modo, esta conclusión del antropólogo francés enlaza con la famosísima definición de Renan sobre el concepto de Nación (que, para el caso, me vale como sinónimo de Estado): que es un plebiscito diario. A medio plazo no puede subsistir un Estado si sus ciudadanos se sienten ajenos a él; de ahí los esfuerzos que todos los Estados mantienen desde siempre (al menos desde el XVIII en adelante) en el plano simbólico: eso es nacionalismo.

Los nacionalismos, entendidos como la construcción de imaginarios más o menos míticos, son ideologías imprescindibles para garantizar la adhesión emocional de los ciudadanos al Estado (que éste sea un "Estado-nación", en el fondo carece de importancia, es una mera instrumentalización). Naturalmente que tan nacionalista es el catalán que no se siente español sino catalán como el español que así se siente; todos somos necesariamente nacionalistas porque nos lo hemos mamado desde casi inmediatamente el destete. Y para el "sistema", en el que los Estados son pieza fundamental, el nacionalismo es necesario y, por ende, fomentado, aunque se llame de distintas maneras según las connotaciones de cada momento y lugar. Si Cataluña se escinde (para ser más precisos, si un grupo de políticos, con el apoyo de una parte muy importante de la población que hoy reside dentro de las fronteras de lo que damos en llamar Cataluña, consigue crear la República Catalana), nada fundamental cambiará, aunque se generen muchos problemas y conflictos a corto e incluso medio plazo. Simplemente, habrá otro Estado más en el concierto internacional (será la enésima vez que una parte del Estado español se segrega de éste).

A mí, en mi idealismo ingenuo, me gustaría que no hubiera Estados (como me gustaría no envejecer o que no hubiera maldad en el mundo). Y si los hay, como parece inevitable por bastante tiempo, que vayan uniéndose, borrando fronteras. De otra parte, como ya confesé en un post anterior, sufro de un moderado nacionalismo español, aunque procuro atemperarlo y, sobre todo, que no me obceque. Así que, desde luego, me parece mal, un error, que haya muchos catalanes que quieran segregarse de España y formar un Estado propio. De otra parte, ante las movidas rupturistas que todo indica que van a producirse a partir de la constitución del nuevo gobierno catalán, me da la impresión de que al Estado español –con casi total seguridad con el apoyo internacional– no le va a quedar más remedio que adoptar medidas claramente coercitivas, exhibiendo que, en efecto, tiene el legítimo monopolio de la violencia, en este caso para hacer cumplir las reglas de juego, la Ley. Ahora bien, todos podemos prever que estas medidas, probablemente inevitables, generen un aumento del sentimiento de rechazo hacia España entre los habitantes de Cataluña. Es más, tiendo a estar casi convencido de que provocarlas es la estrategia de los artífices del proces.

Y ante esto, creo que es fundamental que quienes tienen responsabilidades en el Estado (los políticos, pero no sólo ellos) relean a Godelier, interioricen su afirmación de que más importante que la violencia es el consentimiento. En lo que hay que centrar los esfuerzos es en intentar cambiar la tendencia de los últimos años entre los catalanes, que ese "consentimiento" hacia el Estado español deje de disminuir y pase a aumentar. Ello no significa renunciar a imponer el cumplimiento de la Ley, pero sí a ser muy prudente e inteligente en el cómo se hace. Y a ganar tiempo. Lamentablemente, las estrategias "tactistas" son, históricamente, más propias de los dirigentes de la antigua Corona de Aragón y, en cambio, han solido ser despreciadas por el tradicional "esencialismo" castellano (desde Olivares en adelante). Los españoles -mejor habría que decir los castellanos– preferimos llenarnos la boca de grandes principios (y saltárnoslos en cuanto podemos, que no otra cosa es la picaresca), como por ejemplo que lo que es España han de decidirlo todos los españoles, que no puede haber diferencias, etc. Todo eso está muy bien (en teoría), pero lo cierto es que la habilidad interesada de ciertos dirigentes catalanes y la torpeza de los del Estado han conducido a que prácticamente la mitad de la población de esa Comunidad quiera separarse. Desde luego que no es suficiente, pero como ese porcentaje siga creciendo llegará un momento en que será inevitable la secesión, por mucha proclamación constitucional de la unidad de España.

lunes, 11 de enero de 2016

Pobre niña rica (1)

En los Estados Unidos no hay aristocracia: Los artífices de la Independencia y de los principios políticos de las nuevas repúblicas se alzaban contra la monarquía y tenían bastante tirria a emular allende el Atlántico el catálogo de títulos nobiliarios británicos. No obstante, a falta de nobleza formal, no se puede negar que existen unas cuantas familias que conforman una aristocracia real norteamericana. Edie nació en el seno de una de las más importantes, los Sedgwick, descendiente directa de Robert Sedgwick, general mayor de la colonia de Massachusetts en el XVII. Además, por la rama materna, tampoco andaba coja de apellidos ilustres, pues provenía de Jessé de Forest, uno de los fundadores de la compañía holandesa de las Indias Occidentales e impulsor del asentamiento de lo que luego sería Nueva York. Edie, séptima de ocho hermanos, nació en Santa Bárbara, California, y como correspondía al estatus y riqueza de su familia, fue criada en enormes ranchos con institutrices y profesores privados. Sin embargo, los ricos también sufren (o la riqueza no da la felicidad) y en la infancia de Edie, plena de sinsabores, nacieron los traumas que arrastraría durante el resto de su corta y atormentada vida.

Seguramente, el principal culpable de la infelicidad de esa pobre niña rica fue su propio padre, Francis Minturn Sedgwick, Fuzzy, un maniaco-depresivo que ejerció, tanto sobre su mujer como sobre su numerosa prole, una disciplina dictatorial. Sin embargo, como no es inusual ante padres de este tipo, los hijos sentían hacia él una adoración reverencial combinada con el sempiterno temor a sus reacciones. Ya en su temprana adolescencia, Edie sufría compulsivos trastornos alimentarios: se daba atracones y enseguida se forzaba a vomitar lo comido. Por entonces no se había inventado el término bulimia, pero hasta Fuzzy tuvo que admitir que su niña tenía "problemas nerviosos". De hecho, cuando con quince años fue enviada a una prestigiosa escuela de Maryland tuvo que ser devuelta al opresivo aislamiento de la espaciosa cárcel familiar debido justamente a esos trastornos. Algún tiempo después viviría el incidente que probablemente la separaría afectivamente de su padre: lo sorprendió follando con una vecina y, cuando se lo contó a su madre, Fuzzy la abofeteó, tildándola de mentirosa y forzó a un médico a que la atiborrara de tranquilizantes. Su estado mental debió quedar muy tocado, tanto que en 1962 –ya tenía diecinueve años– fue internada por la familia en la clínica psiquiátrica privada de Silver Hill, en Connecticut. Para entonces sufría un cuadro anoréxico grave que empeoró en esa institución, de modo que la cambiaron a un centro de Bloomingdale dependiente del Hospital de Nueva York. Al salir de su larga reclusión psiquiátrica (casi un año), es una chica preciosa e inestable. Para mejorar las cosas, queda embarazada de un estudiante de Harvard y aborta con la ayuda de su madre.

En otoño del 63, Edie se traslada a Cambridge para estudiar arte en el Radcliffe College, bajo la tutela de una prima mayor, Lily, escultora de cierto prestigio que había estado casada con Eero Saarinen, uno de los grandes nombres de la arquitectura del siglo pasado (su obra más conocida es la terminal del TWA en el aeropuerto JFK de Nueva York). En la universidad, su belleza, su glamour de rica heredera, su excentricismo, la convierten en la chica más deseada, aunque, según testimonio de su prima, se muestra muy insegura con los hombres. Protegida y vigilada por su influyente familia, Edie se integra en los grupos más bohemios del campus y siempre, según cuentan, era el centro de atención, como si su presencia emanara un aura especial. Supongo que a su popularidad contribuía su evidente desorden emocional, manifestación de sus heridas anímicas, que se expresaba en comportamientos excesivos, desde la búsqueda histérica de diversión hasta los bajones depresivos. Con sus inconfundibles gafas oscuras conducía a toda velocidad su Mercedes 190 SL, tonteando con el desastre. Escandalizó a su familia cuando fue sorprendida enrollada con una de sus modelos de escultura, lo que sumaba a su gusto por juntarse con estudiantes gays. Durante su estadía en Cambridge, seguía bajo supervisión psiquiátrica con la constante amenaza de una nueva reclusión.

En Cambridge, Edie conoció a Chuck Wein, unos años mayor que ella y que por entonces, aunque ya se había graduado en Literatura, seguía viviendo en el campus manteniendo una afectada pose bohemia. Por lo que conozco de su comportamiento en esos años y durante el resto de su carrera, el tal Wein no me cae nada simpático; se me antoja el clásico arribista dispuesto a manipular al que le conviniera con tal de conseguir sus fines. De hecho, así parece que hizo con Edie, de quien se ganó su confianza porque probablemente vio en ella un pasaporte seguro para acceder al mundillo artístico neoyorkino. Desde luego, no sucumbió a sus encantos femeninos –era homosexual– sino que, por el contrario, supo encandilarla y ganarse plenamente su confianza, al menos hasta el desagradable rodaje de Beauty#2. En otoño del 64 la convence de que deben mudarse juntos a Nueva York para sumergirse en el mundillo artístico; hasta que Edie alcance el éxito que merece, puede compaginar su vocación con trabajos como modelo. Nuestra chica, en efecto, se entusiasma con residir en la Gran Manzana. A sus padres les cuenta que se traslada para enfrascarse en su carrera artística (no les gusta nada, pero mucho menos si les hubiera dicho que quería meterse en los mundos de la moda y el espectáculo) y pasa alojarse en un apartamento de la abuela materna, de la cual también recibe una sustanciosa herencia que se gasta casi totalmente en pocos meses. El apartamento, según contó una de las amigas de esa época, era un verdadero maremágnum, atiborrado de infinidad de cosas, especialmente ropa, en absoluto desorden. Sobre el suelo, enormes lienzos sobre los que Edie pintaba compulsivamente, a modo de justificación, incluso ante sí misma, que su vocación era el arte. La hiperactividad eufórica de esos primeros meses no era, sin embargo, más que el intento de escapar de sus demonios.

Hay que dejar ahora constancia de dos desgracias familiares que preceden, marcándola, a la chica que se convertiría en la mujer del año 1965 para la revista Vogue. Su hermano Minty (Francis), cinco años mayor que ella y al que adoraba, se había ahorcado a principios del 64 en el hospital psiquiátrico de Silver Hill. Minty era homosexual y cuando, adolescente, se lo confesó al despótico padre, éste lo insultó indignado. El caso es que ya a los quince años el chico era alcohólico y desde principios de los sesenta, siguiendo la que parece que era norma en esa familia empezó su peregrinaje por sucesivas instituciones, con intermitentes salidas que sólo valían para comprobar que su salud mental no mejoraba en absoluto. La noche antes de suicidarse, a un día de su vigesimosexto cumpleaños, llamó a Edie, la hermana a la que estaba más unido. Otro hermano mayor, Bobby, también arrastraba problemas psiquiátricos, al menos desde su estancia en Harvard, y también –cómo no– continuos enfrentamientos con el patriarca Sedgwick. En la noche vieja de 1964 conducía sin casco su Harley Davidson en Manhattan y se empotró contra un autobús, muriendo doce días después. Edie siempre pensó que no se trató de un accidente, sino de un suicidio. Casualmente, esa misma noche ella misma tuvo también un accidente de tráfico, pero salió ilesa. Éstas eran las circunstancias del alma de Edie Sedgwick al iniciarse el decisivo año de 1965, en el que conocería a Andy Warhol y saltaría vertiginosamente a la fama.

 
Femme fatale - Velvet Underground (The Velvet Underground & Nico, 1967)


Este tema fue compuesto por Lou Reed, a petición de Warhol, pensando en Edie (lo canta Nico, quien la sucedería en la nómina de las divas de The Factory).