martes, 6 de agosto de 2013

Aristóteles y Phyllis (y 2)

La historieta del post precedente viene narrada en el Lay de Aristóteles, escrito a principios del siglo XIII. El lay es un poema narrativo en octosílabos que se desarrolla principalmente en el norte de Francia (Bretaña, Normandía y aledaños, llegando hasta Inglaterra y Alemania) entre los siglos XII y XIV y que se recitaba cantando. Se emparenta estrechamente con la fabliau, pero mientras los poemas del primer género suelen referirse a leyendas heroicas y amores galantes, aderezados con el idealismo y sensibilidad tan del gusto de los estratos nobiliarios de la época, los fabliaux, dirigidos a las clases populares, se centran en historias grotescas y obscenas con la intención de hacer reír. De hecho, pese a su título, el de Aristóteles parece más una fabliau que un lay.

Tradicionalmente se atribuía el poema a Henri d'Andeli, un clérigo de origen normando que escribió en París durante el primer tercio del XIII. Sin embargo, en 2004, François Zufferey, un profesor de literatura francesa medieval, convenció al mundo académico de que el autor del lay fue Henri de Valenciennes, otro clérigo, pero éste del condado de Hainaut y que ejerció de escribano en la cuarta Cruzada. De otra parte, los alemanes reclaman que la versión francesa, escrita en franco-picardo, deriva de otra algo anterior compuesta en Renania-Franconia. En fin, son disquisiciones eruditas que me quedan muy grandes. Me basta con saber que la historieta se inspira, adaptada a las referencias históricas de Occidente, en el cuentito árabe El visir ensillado y embridado que, a su vez, parece provenir de alguna de las narraciones del Panchatantra, la colección hindú (en sánscrito) de fábulas del siglo III aC, que tantísima influencia ha tenido en el género. Nada nuevo bajo el sol, la historia de la literatura de los últimos dos mil años no cesa de reinterpretar los mismos asuntos.

Por descontado, no es casual que el protagonista ridiculizado fuera Aristóteles. Estamos en los albores del periodo glorioso de la escolástica y Aristóteles, no hacía demasiado tiempo introducido en las primeras universidades europeas, se convertía en el máximo referente de la sabiduría grecolatina. Este lay sea probablemente anterior a los trabajos compilatorios y clasificatorios que realizó Alberto Magno en París y, desde luego, también a las obras de Tomás de Aquino. Pero no cabe duda de que ya a inicios del XIII el filósofo macedonio era conocido entre los "intelectuales" (valga decir clérigos) centroeuropeos gracias a las traducciones de la Escuela de Toledo. Así que, puestos a ridiculizar a alguien, ¿quién mejor que el más grande? La eficacia de la sátira es tanto mayor cuanto más digno es el satirizado, lo cual –digo yo– obedece a la tan humana envidia de la que todos parece que estamos provistos. Si no, cómo explicar el molesto escozor que nos generan esas personas que, aparentemente, son tan buenas en cualquier faceta (y no digamos si lo son en varias). Escozor que sólo se calma cuando nos enteramos de cualquier noticia (cuya veracidad tendemos a no cuestionar) que empaña esa fama impoluta. En vez de admirar a los mejores y tomarlos como ejemplos a emular, nos reconforta más enfangar sus méritos. No ha cambiado apenas nuestra naturaleza desde la Edad Media y bien sabía el autor del lay, como hoy lo saben los editores de los mass media, que a su público, fueran nobles o plebeyos, le encantaría enterarse de la depravación del modelo de filósofos. Por ello no se corta en asegurar que lo que cuenta es veraz, calumnia post-mortem que debió considerar lícita para sus fines.

Muchos de los contemporáneos y posteriores tomaron el cuento por histórico, lo que contribuiría a la enorme difusión de que gozó (me pregunto si Santo Tomás, tan admirador de Aristóteles que casi nos lo presenta como un antecesor del cristianismo, se lo creería; no es incompatible con el respeto por su filosofía aunque algo habría de incomodarle). Pero, sobre todo, la historieta pasó a ser un tema recurrente en la iconografía profana de esos siglos que llegó hasta bien avanzado el Renacimiento. El post anterior lo ilustré con unos cuantas muestras y lo mismo hago en éste. Existen relieves en piedra, piezas de orfebrería, pequeñas esculturas, capiteles en piedra en muros de catedrales, relieves en cofres de marfil y otros suntuosos bienes muebles, cerámicas, tapices, grabados, xilografías, dibujos, lienzos al óleo ... Quien tenga curiosidad que investigue un poco por la red y podrá descubrir multitud de estos ejemplos, tantos que un viaje para visitarlos equivaldría a una exhaustiva tournée por el universo cultural de la Baja Edad Media. Naturalmente, en la casi totalidad de estas representaciones artísticas, centradas siempre en Phiyllis cabalgando al filósofo, ambos aparecen vestidos, lo que palía significativamente el ridículo de la escena; pero, claro está, los espectadores tenían que estar más que acostumbrados a la censura de la época y no creo que les costara demasiado imaginarse al venerable anciano (que no lo era tanto) con las chichas colgando y el trasero enrojecido.

Pero lo sorprendente no es que el vulgo (y no tan vulgo) de esos tiempos diera por verdadera la anécdota, sino que aún hoy uno se topa con referencias a la misma como si fuera un hecho histórico. Hace unos días leía un libro de Giorgio Nardone, un psicoterapeuta italiano de cierto renombre (adscrito a la Escuela de Palo Alto de clara influencia gestalt) en el cual narra el cuentito para ejemplificar uno de sus capítulos. El autor hace honor a su condición de italiano aplicando el famoso dicho se non è vero, è ben trovato. A mí, sin embargo, este tipo de prácticas descalifican a quien las ejerce: o el tipo es un ignorante (lo cual no es pecado, pero sí el no molestarse en verificar la fiabilidad de lo que dice) o un tramposo (lo cual sí es pecado sin atenuantes). Y lo grave es que, en este último supuesto, no le habría costado nada mantener el ejemplo pero informando de que se trata de una fábula medieval; en vez de ello, logra que sus lectores retengan la sabrosa historieta para soltarla, dándoselas de cultos, en la primera reunión de amiguetes en la que tengan ocasión. Si alguno de ellos queda luego ridiculizado (lo que no debe ser muy probable) tendría que reclamar la consiguiente indemnización a esa eminencia, nada menos que director de la Escuela de Postgrado de Psicoterapia breve estratégica, ubicada en Arezzo (le recomiendo que se haga un viajecito a esa ciudad toscana, que es preciosa).

El psicólogo italiano no sólo da por buena la humillación de Aristóteles sino que la concluye con la reanudación de los amores de Alejandro y Phyllis con los favores de la corte y la retirada del avergonzado filósofo a una isla del Egeo. Lo primero no sólo no es fiel al texto medieval sino que resulta absolutamente incongruente. En cuanto a lo segundo, aunque añade una nueva incorrección histórica (de Macedonia Aristóteles fue a Atenas; sólo al final de su vida se retiraría a la isla de Eubea) se me ocurre que puede provenir de alguna de las posteriores versiones literarias del lay (por ejemplo, la de Jacques de Vitry o la de Étienne de Bourbon) mucho más orientadas en sentido moralizante y con la intención de recalcar la incuestionable maldad de las mujeres, esos seres que en la Edad Media (y durante los siglos siguientes) eran las aliadas favoritas del demonio. Quizá por eso nos "informa" el italiano de que en su exilio insular Aristóteles se dedicó a componer un ensayo contra las féminas; de más está decir que tal obra no existe (aunque siempre se puede aventurar que se ha perdido, claro).

En resumen, que las "leyendas urbanas" no son un invento reciente, que la malediciencia es muy mala consejera (aunque nos complazca prestarle oídos) y que, como decían los latinos, la estulticia es la madre y nodriza de la especie humana.

Nota: Como en el anterior, todas las ilustraciones de este post provienen de la página de Flickr de petrus.agricola, que contiene una abundante colección de muestras artísticas sobre este asunto. 

   
Non vergognarsi mai - Lucio Dalla (Ciao, 1999)

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