jueves, 28 de noviembre de 2013

Hitler y Kafka

Retrato (¿autorretrato? de Hitler hacia 1907
Entre octubre de 1909, un joven Hitler de veinte años que no había conseguido ingresar en la Academia de Bellas Artes desaparece de Viena durante diez meses, periodo que procura ocultar en su Mein Kampf. No obstante, un historiador antifascista alemán llamado Joachim Kluge, traductor al inglés en 1938 de ese libro, descubre tras una prolija investigación que el futuro dictador se había trasladado a Praga a fin de eludir el servicio militar. En la capital checa (integrada en aquellos años en el Imperio Austrohúngaro), Hitler frecuenta el café Arcos, lugar de encuentro habitual de intelectuales y artistas de habla alemana. No olvidemos que, aunque las ideas racistas ya estaban más que germinadas en su cabeza, todavía se consideraba un artista.

Kafka en 1910
Resulta que por esas fechas Kafka, animado por su gran amigo Max Brod, también asistía al café Arcos. En una carta de noviembre de 1909 a su amigo Rainer Jauss se refiere a un extraño tipo, fugado de Viene por algún oscuro motivo, que dice ser pintor y se llama Adolf. Alguna breve alusión en otra carta (a Brod) así como ciertas notas sueltas en su diario de mayo de 1910, permiten colegir que Kafka conversó en varias ocasiones con Hitler y que lo que esté le contó le impresionó, le asustó porque vio en sus palabras el anticipo de un terrible mundo por venir. El futuro Führer relató al enfermizo escritor judío sus sueños visionarios de un nuevo orden totalitario. Para esas fechas, Kafka, de apenas veintiséis años, no había publicado nada. Es lícito presumir que el aterrador universo kafkiano le deba no poco a los delirios de ese muchacho austriaco. Por fortuna para él, aunque en más de una de sus obras (por ejemplo, la inacabada El Proceso) los anticipara, Kafka no llegó a verlos hechos realidad.

Esta historia la cuenta por boca de uno de sus personajes (el polaco Tardewski, antiguo alumno de Wittgenstein en Cambridge, que escapando de la invasión nazi de su país había ido a caer en la ciudad fronteriza de Concordia, unos 400 kilómetros al norte de Buenos Aires) el escritor argentino Ricardo Piglia en su obra Respiración artificial (1980). Tardewsky se precia ante el narrador de haber hecho el descubrimiento de esa sorprendente relación en las vísperas de la guerra, gracias a asociar dos datos que habían llegado a su conocimiento casi por azar. Le asombra que nadie la hubiera puesto de manifiesto pero, dice, así son las cosas: no nos enteramos de muchos hechos simplemente porque no acertamos a mirar. Si a las alturas del presente novelístico (finales de los setenta) ese vínculo entre Hitler y Kafka seguía ignoto se debía, simplemente, a que el polaco era un hombre vocacionalmente empeñado en fracasar. Pero el relato está verosímilmente contado y cuando un lector (yo) lo lee tres décadas después de haber sido escrito no puede evitar que la duda se asiente en su cerebro: ¿será verdad? Porque, si lo fuera, la anécdota, sin necesidad de llegar a conclusiones tan radicales como las que insinúa el personaje de Piglia, es más que jugosa y debería haber dado pie a numerosos desarrollos literarios.

Pero no, no lo es. Lamentablemente, mi escepticismo ganó esta batalla al deseo infantil de creerme el cuento. Si retuviera mejor mis lecturas ni siquiera habría tenido que buscar las dos biografías de Hitler que poseo para comprobar que cuando Piglia lo sitúa en Praga el futuro führer seguía en Viena. Probablemente el argentino, para lograr la verosimilitud de su relato, sabía que hacia mediados de septiembre de 1909 Hitler había caído en la más extrema pobreza y hay pocas noticias de él hasta 1912. Sin embargo, Ian Kershaw nos cuenta que antes de la Navidad de 1909 estuvo unos meses alojado en el asilo para indigentes y alimentándose de la sopa que repartían las monjas de un convento cercano; y que a partir de febrero de 1910 se pasó al Albergue de Hombres. Durante esos meses en los que supuestamente habría estado en Praga, Hitler se dedicaba a interesarse por la política y pintar malas copias de cuadros para que un amigo las vendiera a los turistas de la capital de los Habsburgo. Así que no, Hitler no conoció a Kafka.

Piglia, en este relato y otros más que aparecen por la novela, mezcla ficción e historia en un estilo abiertamente deudor de la técnica borgiana (con explícitas referencias metaliterarias a la erudición –real o no– que tan bien manejaba don Jorge Luís). Así, el café Arco efectivamente existió en Praga y allí se reunían los intelectuales de esa época, incluyendo Kafka que asistía llevado casi a rastras por su amigo Brod. No parece, sin embargo, que haya existido ningún corresponsal del joven Kafka llamado Rainer Jauss (probablemente, este ficticio personaje histórico procede del filólogo alemán Hans-Robert Jauss), por lo que obviamente no pudo haber ninguna carta en que se diera cuenta del extraño austriaco que había conocido. En todo caso, el salpicado de datos, ciertos o inventados, sumado a una más que correcta "ambientación", tanto en la caracterización psicológica de los personajes (incluyendo a los históricos) como del entorno de la época, hacen, como ya he dicho, que el resultado sea muy verosímil.

A mí me encanta la historia y también dos géneros literarios que derivan de ésta: el que podríamos llamar "recreación histórica" y el de la novela histórica. Como en todo, hay buenos y malos ejemplos. En el caso de la novela histórica, entendida ésta como un relato de ficción que se enmarca explícitamente en unas referencias históricas (cuando digo explícitamente, quiero decir que esas referencias pasan a tener una función capital en la trama), al margen de la calidad literaria, tiendo a exigir como criba para mi aceptación que sean verosímiles. ¿Qué entiendo por verosímil? Pues sencillamente que el relato narrado, aunque sea inventado por el autor, pudiera haber sido posible. Para ello, una condición imprescindible (pero no la única) es que no haya contradicción con los hechos históricos conocidos. Las excelsas invenciones eruditas de Borges cumplen tal premisa; ésta de Piglia, no.


11 comentarios:

  1. Yo soy menos exigente que tú con las novelas históricas, me parece. Para "aceptarlas", como dices (o sea, para disfrutarlas), me basta, como con cualquier otra novela, que sean buenas novelas (o sea, que me lo parezcan a mí). Cuando me lo parecen tiendo, de modo más bien inconsciente, a considerar su posible falta de verosimilitud más como un defecto de la historia real que como uno suyo. Esta de Piglia tiene toda la pinta de ser de las que me gustan, asín que creo, tras leerte, que Hitler debería haber estado en Praga, ya haber conocido allí a Kafka. Si no lo hizo, ahí tenemos una nueva culpa que atribuirle, al muy cabrón.

    Habrá que leer a Piglia.

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  2. No la he leído, pero Piglia me gusta. En cuanto a la novela histórica suscribo de pe a pa el comentario de Vanbrugh, con una no salvedad sino addelenda: en mi experiencia es un género en el que prolifera la mala literatura, tanto o más que en las llamadas novelas rosas, por lo que procuro evitarlo

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  3. Vanbrugh (y Lansky): Quizá el verbo "aceptar" que he usado no sea el más idóneo. En todo caso, no lo he empleado como sinónimo de "disfrutar" porque, efectivamente, si una novela me parece buena la disfruto, incluso aunque esté plagada de dislates históricos. Aclarada la diferencia, sigo manteniendo que considero exigible a quien escribe una novela histórica que se atenga a unas reglas de verosimilitud. Que la falta de ésta sea un defecto de la historia real es un comentario ingenioso, pero nada más. En efecto habría estado bien que Hitler hubiese estado en Praga y seguro que Piglia habría podido sostener ese argumento con mayor solidez.

    En cuanto a la novela, no me ha terminado de gustar. Sin duda está bien escrita, pero tiene ciertas cualidades que a mí me enervan un tanto. Pero prefiero no explicarlas. Leedla y me dáis vuestra opinión.

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  4. "Leedla y me dáis vuestra opinión.", me temo que no, Miros, un cálculo optimista de los años por vivir y los libros que deseo leer (sin contar los incrementos anuales de los que siguen saliendo que parecen apetecibles), me hace ser muy riguroso con lo que programo para leer

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  5. A las novelas, como a las películas, les exijo lo mismo: O que sean coherentes desde el principio o que no lo sean. Por eso me gusta la Guerra de Galaxias, donde uno puede oír como estalla la Estrella de la Muerte o como esquiva los asteroides el Halcón Milenario en el vacío, pero no trago El Código da Vinci.

    Con las licencias históricas soy bastante condescendiente, siempre y cuando no me pongan a Julio César comiéndose un plato de patatas fritas con ketchup, y las disfruto, por lo de imaginativas, si son verosímiles, como estas que cuentas del H.P Adolf y Kafka. En resumen que soy de la cuerda del Sr. Vanbrugh.

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  6. Es cierto que los novelistas malos sienten, no sé por qué, predilección por las novelas históricas, por lo que abundan las malas. Pero las hay buenísimas. Yo siempre cito Los Idus de Marzo, de Thornton Wilder, en la que el propios autor advierte que hay unas cuantas inexactitudes. Siempre pensé que la Historía haría muy bien en corregirlas, para ajustar los hechos al magnífico relato de Wilder. Ya sé que no es más que una ingeniosidad, pero es que yo soy muy ingenioso...

    También cito mucho al Claudio de Graves, cuyas invenciones históricas me parecen mucho más verosímiles que las de los historiadores a través de los que nos ha llegado la versión habitual.

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  7. No me molesta que en una novela histórica haya inexactitudes si a cambio refleja bien el espíritu de la época en la que está situada (y ante todo partiendo de que sea una buena novela, claro). La coherencia y la verosimilitud me parecen importantes en cualquier relato no sólo histórico, por eso me dan ganas de cerrar el libro, o siento algo de vergüenza ajena, cuando en una novela negra española hay una trama criminal que se resuelve con un gran tiroteo, sacado no de la realidad que la novela pretende reflejar sino de los referentes norteamerocanos de los que ha partido el autor.
    (Hablando de Piglia, ¿alguien ha leído "Blanco nocturno"?)

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  8. Encuentro muy interesante el episodio fictíceo de las pláticas entre Kafka y Hitler. Ambos estaban muy preocupados por el concepto de la opresión. Cada cual lo planteó resolver a su manera. El polaco describiéndolo y el alemán efectuándolo. Ambos eran espíritus dañados por la presión de la naciente burocracia primordial de su época. En cierto modo Kafka escribió como un salvaje. Hitler tenía buena oratoria. Frases como " para brillar como el sol primero hay que arder como él". Empiezas a leer a Kafka y no parece gran cosa en su incoherencia. Hasta que descubres el sentido profundo de su imaginario. Resulta apasionante pensar como existen puntos de inflexión en los que un hombre, y por ende la propia Historia, puede pasar de lo muy malo a lo muy bueno o al revés por tan sólo una decisión acerca de cómo gestionar sus pesadillas interiores. Aunque tal vez no sea así. La musculatura de Hitler o la del carnicero progenitor de Kafka permitían prestaciones mundanas de las que éste último carecía. De cualquier modo da la sensación de que la novela Histórica es un laboratorio para el ensayo probabilístico. Como la psicohistoria de Asimov. Quizá la Historia-disciplina académica debiera emplear la ficción sobre el historial como herramienta de trabajo especulativa. Cosa que se deja en manos del artefacto literario.

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  9. Quizá un escritor revisionista sea un vago en lo tocante a la demiurgia de construcción de escenarios pero tenga un insight brillante como psicoanalista y planteador situacional. Novela de eventos habría que rebautizarla. Si el evento es imaginable, cuenta con cierta base, se convierte en otro modo de novum de ciencia ficción aplicado a la fantasía de una historia-ficción. No tendríamos consenso posible en un pacto ficcional sobre algo que no ocurrió. Pero plantearse su posibilidad es apasionante. ¿ Habría evolucionado Hitler de pintor a guerrero al descubrir en Kafka la figura de un ser vocacionalmente orientado al fracaso?.

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  10. Aplicado a la sociología, los pueblos que se suicidan con recurrentes escapadas al sol son reflejo del atractor de éstos seres que plantean ganar incluso a costa de la pérdida del significado. El significado puede ser recupero pero el evento de la inflexión, individual o grupal, no. Al final hay que concluir que los mayores logros en extracción de contenidos no tienen nada que ver con la ampliación de fronteras. Si la novela histórica sirve de algo no es, desde luego, como pedagogía sino más bien como solaz del alma encallecida e ineficaz en obtener satisfacción de una filopoética como la de un nietszche o un ciorán. Creo que la novela histórica es ingenieril, y por tanto herramienta para los que optan por la bruteidad de la ampliación contrafáctica antes que por el perfeccionismo en el presente. ¿ Género de resentidos quizá?.

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  11. el significado puede ser recuperado, dice así lo mismo

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