jueves, 2 de abril de 2015

Un judío soriano paga el segundo viaje de Colón

En el siglo XV, la gran riqueza del reino de Castilla era la producción de lana. Las mayores rentas se obtenían con la exportación de la lana virgen a Flandes, negocios acaparados por grandes mercaderes burgaleses y también genoveses. Éstos adquirían el producto a los propietarios de grandes rebaños de la meseta norte, mientras que dejaban en manos de comerciantes judíos las relaciones con los ganaderos más modestos. Así, los judíos –especialmente los de las aljamas de Soria y Cornago– desempeñaban una función intermediaria entre los pequeños productores y los grandes mercaderes, actividad que les dejaba buenos rendimientos pero moviéndose en una escala limitada, que les evitaba las enemistades de los cristianos viejos que controlaban el negocio. Los contratos entre los comerciantes judíos y los pastores solían hacerse pagando los primeros anticipadamente la mercancía, lo que facilitaba recursos monetarios a los productores. Naturalmente, a cambio de este adelanto, el precio se fijaba en cifras ventajosas, lo que permitía a los judíos obtener beneficios significativos. En el fondo se trataba de un préstamo pagadero en mercancía, y es habitual encontrar acusaciones de usura en la fijación de los precios.

Uno de estos judíos de Soria dedicado al comercio de la lana se llamaba Abraham Bienveniste de Calahorra, del cual se sabe que ejerció intensa actividad durante al menos dos decenios. Bienveniste mantuvo estrechas relaciones mercantiles con los mayoristas burgaleses Juan Alonso de Sahagún y su hijo Andrés de Escobar. En el mes de mayo de 1492, ya vigente el decreto de expulsión de los judíos de 31 de marzo, los burgaleses acusaron al soriano de estafa continuada durante veinte años. Durante ese periodo, la cuantía de los contratos pactados entre ambas partes ascendía a unos cuarenta y cinco millones de maravedíes, lo que da una idea del importante volumen de negocio que había alcanzado en el sector de la lana el judío (1). Pues bien, los demandantes sostuvieron que durante todo ese tiempo el judío les había vendido la lana a 50 maravedíes cuando sólo le había costado 30 y, además, de peor calidad que la contratada. Los de Burgos requerían a la justicia que se embargasen los bienes del judío y se estudiaran sus libros de cuentas. No parece casual que, después de tanto tiempo de fluidas relaciones, justo entonces, cuando Abraham había de resolver sus finanzas lo mejor posible antes de dejar Castilla, se presentara la denuncia. No es sino una muestra más de que la expulsión de los judíos españoles –resultado de muchos y complejos factores– fue ocasión bien aprovechada por algunos avispados para obtener sustanciosos bocados. Dicen los estudiosos que es muy probable que Andrés de Escobar llegara a una componenda bajo cuerda con Calahorra para hacerse con la propiedad de los títulos de deuda, cuyo monto total estaría en torno a 2.800.000 maravedíes. Pero los burgaleses no pudieron culminar su operación porque en marzo de 1493 el Consejo Real ordenó el embargo de todos lo bienes de Bienveniste de Calahorra, incluyendo las cartas de obligación que poseían aquéllos (la razón del embargo era la acusación de que el judío había sacado a Portugal oro, plata y otras cosas vedadas).

No he encontrado más noticias de este judío español, uno de los ilustres de la comunidad sefardí soriana (aunque calificarla de sefardí sea anacrónico). La familia Bienveniste (o Benvenist) constituye uno de los linajes judíos más importantes en Castilla y Aragón, con diversas ramas, establecidas principalmente en las ciudades de Burgos, Soria, Guadalajara y Zaragoza (no ha de confundirse a este Abraham comerciante de lanas que hubo de exiliarse en Portugal, con otro homónimo, quizá su abuelo, quien, en la primera mitad del siglo XV, fue tesorero real, arrendador de rentas de la Hacienda regia y Rab mayor de los judíos de Castilla). En todo caso, aunque al hombre se le pierde la pista, su capital –ése que quedó en Castilla La Vieja enredado en pleitos– adquirió un singular destino: nada menos que contribuir a la financiación del segundo viaje colombino, aquél que, entre otras muchas cosas, trajo la fundación de la primera ciudad americana a la que dediqué el post anterior. Es sabido el entusiasmo de los Católicos –en especial de Isabel– cuando, en marzo de 1493, reciben en Barcelona la noticia del regreso de su expedición descubridora. Tanto que enseguida urgen a Colón a que prepare un nuevo viaje y se implican con brío en la organización de la empresa (sobre todo, para ganarle la mano a las pretensiones portuguesas mientras se desarrollan las negociaciones diplomáticas que culminarían con el Tratado de Tordesillas). Este segundo viaje, a diferencia del primero, se plantea con gran ambición y clara voluntad de tomar posesión y poblar los nuevos territorios. Se fletarán diecisiete navíos y embarcarán unas mil quinientas personas: hombres de mar y de armas, eclesiásticos, y también trabajadores de diversos oficios (incluso con mujeres y niños), resultando una muestra significativa de la sociedad española de la época.

En su tesis doctoral dedicada a este viaje (Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, 2000), Mª Monserrat León Guerrero calcula que la financiación ascendió a un total de unos diecisiete millones y medio de maravedíes. La Corona puso unos 5,625, mientras que tres particulares (el Duque de Medinasidonia, Juanoto Berardi y Hernando de Talavera) sumaron unos 6,2 millones más. El resto, más o menos equivalente a lo aportado por los reyes, provino del secuestro de los bienes que los judíos no pudieron llevar consigo tras la expulsión. La idea de pasar a la Hacienda real tan suculentas ganancias era anterior y, de hecho, se habían iniciado los pasos burocráticos en tal dirección en noviembre del 92, pero ante la urgencia de financiar el nuevo viaje se aceleró en extremo el proceso recaudatorio para disponer en pocos meses de esa gran suma. Por esta razón se levantó el embargo sobre los bienes de Bienveniste de Calahorra y, en nombre de sus católicas majestades, el corregidor de Burgos, García de Cotes, liquidó las cartas de deuda del judío expulsado y consiguió del orden de dos millones de maravedíes. O sea, que este segundo y trascendental viaje colombino debe su viabilidad económica al patrimonio requisado a un judío soriano (y casi una tercera parte al conjunto de los judíos expulsados de España). No conocía yo esta aportación involuntaria en los inicios de la empresa americana; otra contribución más de los judíos españoles al Estado que tan mal los trató.


(1): No estoy seguro, en términos de poder adquisitivo, de la equivalencia entre maravedíes de finales del XV y euros actuales. Basándome en los sueldos de quienes fueron a Indias en el segundo viaje colombino, yo diría que un maravedí debe andar por 1,5 a 2 euros. Ahora bien, si así fuera, el coste de la vida en tiempos de los Reyes Católicos sería bastante mayor que hoy (por ejemplo, una gallina costaría en 1492 entre 25 y 30 euros, el triple de su precio actual), lo que, de otra parte, cuadra con el hecho de que la capacidad adquisitiva de Occidente ha aumentado muchísimo desde la Revolución Industrial. En fin, el tema es complejo y, además, me cuesta encontrar referencias fiables. Pero seguiré intentándolo.

4 comentarios:

  1. Pues es un dato muy interesante. Lástima que, como se puede comprobar en los comentarios de esta noticia, todavía exista bastante antisemitismo:

    http://www.abc.es/cultura/libros/20150403/abci-antonio-pinero-jesucristo-figura-201503280418.html

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    1. Me temo que hay antis para cualquier cosa o grupo. Piñero es seguramente el mejor especialista español en los orígenes del cristianismo; lleva ya bastante tiempo manteniendo blogs en internet muy interesantes (aparte de sus obras publicadas).

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  2. Paralelismos históricos siglos después. Los bienes judíos requisados por la Alemania nazi en los años treinta del pasado siglo sirvieron para financiar gran parte del esfuerzo de guerra inminente (aparte de enriquecer a sus jerarcas). O sea, que parte del mal llamado antisemitismo (antihebraismo sería más justo) es menos ideológico que interesado.

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    1. Casi todos los ismos, incluyendo los antis, lo son, en efecto.

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