martes, 7 de agosto de 2018

Etapa 3: Tacoronte - La Matanza de Acentejo


Estoy de nuevo en la plaza del Cristo de Tacoronte, con la Iglesia del Santísimo Cristo de los Dolores enfrente y el Ayuntamiento (edificio de 1950 con posteriores ampliaciones y carente de interés), son las 6 de la tarde. Este templo forma parte de un conjunto conventual –el del Santo Cristo de Tacoronte de los Agustinos Calzados– que ocupa la manzana completa. El convento lo fundó en 1662 Tomás Pereira de Castro Ayala, uno de los más ilustres personajes de Tenerife en su época. Este Tomás era el hijo mayor del primer Pereira de Castro, también llamado Tomás y conocido como “el Viejo”, perteneciente a las nobles casas gallegas de Castro y de Pereira (la rama de Allariz, en la actual provincia de Orense) y que se asentó en la Isla hacia 1610, como Gobernador del Adelantamiento de las Canarias, destacándose en varias acciones militares (sobre todo contra la piratería extranjera) y alcanzando grandes honores y rentas (su casa solariega, en la calle lagunera de La Carrera, destacaba entre las más suntuosas). Siendo ya cuarentón casó en la parroquia de la Concepción con doña Bárbara Carrasco de Ayala, nieta de Guillén Peraza de Ayala, Conde de la Gomera. De modo que el segundo Tomás vino al mundo con todas las cartas a su favor y empeñado, como era normal en aquellos tiempos, en perdurar su nombre mediante grandes obras, entre ellas las de naturaleza religiosa como la fundación monástica tacorontera (había que ganarse el Cielo). La Iglesia es la construcción sobresaliente del complejo: la fachada principal, manierista, está labrada en su totalidad en piedra oscura; la planta es basilical, de tres naves divididas por columnas pseudodóricas enlazadas mediante arcos de medio punto. La obra principal, a cargo del maestro Domingo Rodríguez, data de 1664. En su interior hay no pocos objetos artísticos entre los que destaca de lejos la talla del Cristo de los Dolores, patrón del municipio. Esta escultura, atribuida al portugués Manuel Pereira (algunas fuentes asignan erróneamente su autoría a Domingo de la Rioja), fue traída a la Isla en 1661 pero, debido a las novedades iconográficas que suponía, la Inquisición no autorizó su exposición al público hasta el año siguiente. Desde entonces y hasta hoy es la segunda advocación de Cristo más venerada del archipiélago (después de la del Cristo de La Laguna).

Al abrir la puerta para salir de la iglesia, justo va a entrar una señora con una niña, así que me quedo sujetándola para dejarlas pasar; pero inmediatamente viene un hombre que también pasa, y luego otra persona, y otra y otra más. Y así, ininterrumpidamente una procesión de devotos ciudadanos que van entrando ordenadamente al templo viendo como lo más natural que yo les mantenga sujeta la puerta para dejarlos pasar; fueron por lo menos veintipico hasta que logré escabullirme con complejo de portero. Bordeo a continuación el antiguo convento, construido hacia mediados del siglo XVII. Es de planta cuadrada en torno a un patio central, alzado de dos pisos con gruesos muros encalados, y claustro interior de doble galería columnada en sus cuatro frentes. En 1837, como resultado de la desamortización, el edificio pasó a titularidad pública, convirtiéndose en Casa Consistorial; en la actualidad alberga la Casa de la Cultura del municipio. Doy la vuelta al complejo en el sentido contrario al reloj (pasaje de Antonio Abreu Expósito, carretera a Tejina y calle San Agustín) y me planto al inicio del precioso y estrecho callejón adoquinado José Izquierdo, quien fue, al principio del siglo XX, el fundador y primer director de la banda musical de Tacoronte, además de secretario del Ayuntamiento. Me quedo un rato mirando esta pequeña calle y preguntándome, como siempre hago cada vez que tropiezo con alguna que me gusta especialmente, cuáles son los elementos que la hacen tan bella. En este caso se trata de un viario en pendiente, de un solo tramo de algo más de trescientos metros de largo por algo menos de 6 de ancho; parece recta y de sección uniforme, pero no lo es: ligeros quiebros en su trazado con ensanchamientos y estrechamientos le confieren una dosificada irregularidad que contribuye a hacerla más armónica. La arquitectura –casonas tradicionales de dos o tres plantas– completa de forma muy correcta la tercera dimensión. Súmese el pavimento adoquinado y, sobre todo, la abundante vegetación tanto arbustos como árboles. En definitiva, una más para guardar en mi colección de calles, un catálogo que debería ser de frecuente consulta en mi oficio.

De la bonita calle José Rodríguez paso al parque municipal adyacente, conocido como Jardines de Hamilton. Fue una obra de principios de los dos mil, hecha por el Cabildo en el marco del programa Tenerife Verde (en el que algo participé), urbanizando y equipando el espacio vacante a ambos márgenes del barranco de Guayonge. El nombre obedece a que el actual parque se asienta sobre terrenos que fueron propiedad de los Hamilton, una familia de origen británico cuyo primer miembro, Lewis Gellie Hamilton, se asentó en la Isla a principios del XIX para fundar una saga empresarial de gran importancia en la historia económica de Tenerife. El parque, de casi una hectárea, es alargado, dividido longitudinalmente en dos sectores por el barranco. Se recuperó el bosque de laurisilva y, además, tiene una parte dedicada a la vid con paneles didácticos que explican las diversas variedades de este cultivo en Canarias (recuérdese que Tacoronte es municipio de orgullosa tradición vinatera). Salgo del parque por su extremo Norte (la parte más baja) y en esa acera de la calle del Calvario, a mano derecha, me encuentro con una casona en cuya fachada una placa informa que en ella vivió el pintor surrealista Óscar Domínguez. No es la casa natal (nació en la calle Herradores de La Laguna), sino en la que, con su padre y hermanas, pasaba los veranos antes de trasladarse a vivir a París en 1927. Ahora parece cerrada, con un cartel en una ventana dando cuenta de que tiene una licencia de obra menor (lo que sugiere que es privada y que el dueño la está arreglando).


Cruzo la calle y enfrente, en la esquina con La Herrería, está la Alhóndiga, edificio de piedra de composición austera que se construyó a finales del XVII como granero público en el que se almacenaban las contribuciones en trigo que hacían los vecinos para garantizar el bien común en tiempos de carestía. El Pósito se creó en 1618 y puede considerarse la primera institución comunal del pueblo, predecesora en cierto modo del ayuntamiento porque no sólo fue una entidad piadosa y de crédito sino que también cumplió funciones de administración pública, emitiendo órdenes para el buen gobierno. Parece que en la actualidad se destina a actividades culturales pero siempre que paso por delante del edificio lo veo cerrado. Vuelvo a cruzar la calle del Calvario para ver, precisamente, el Calvario, una placita murada en la que, protegida en una hornacina, se representa la última escena del Via Crucis: Cristo en la Cruz junto a San Juan, la Virgen y María Magdalena. Este Calvario data del XVIII y se localiza en el eje que tradicionalmente ha enlazado Tacoronte con La Laguna (la calle del Calvario hoy queda interrumpida en Los Naranjeros con el trazado de la autopista, pero supongo que en tiempos continuaría, más o menos, por el trazado de las calles Laurel, Piedra de Torres, Vereda del Medio y Alfredo Hernández Canino, para enlazar, cuando no estaba el Aeropuerto del Norte, con el camino de la Villa hasta llegar a la plaza de la Concepción). De modo que en esta placita, como en las otras que habría a lo largo del recorrido hacia la capital de la Isla, se detendrían los devotos caminantes para, arrodillados en el suelo de piedra y bajo la sombra de los pinos canarios, rezar unas oraciones. Yo, que voy en dirección contraria, no lo hago.


Sigo pues por la calle Calvario en sentido Oeste y a unos cuatrocientos metros, tras pasar el muro del cementerio municipal (está cerrado) llego al conjunto de la Iglesia de Santa Catalina y su entorno. Entro a la plaza por la parte trasera, de forma sensiblemente triangular delimitada por la calle El Durazno, el testero y fachada lateral del templo y “la Casona”, construida por Juan Pérez, párroco, para alojar en ella la capellanía. El inmueble es, desde luego, de gran tamaño (de ahí el nombre con que se la conoce) y bella factura de arquitectura rural tinerfeña, destacando la balconada corrida en madera de la planta principal. Según informa un panel de la oficina de turismo municipal, una vez que dejó de ser capellanía, la planta baja se dedicó al juzgado del pueblo, después pasó a manos privadas hasta que finalmente el Cabildo la adquirió. La Iglesia, que es la matriz de la localidad, se erige en donde estuvo la primitiva ermita de Santa Catalina, erigida en 1505 por Sebastián Machado, un portugués de Guimaraes, que fue el fundador del Tacoronte castellano. Es un templo de tres naves, con capilla mayor sobreelevada mediante un arco de medio punto en cantería apoyado sobre columnas adosadas de capitelesl jónicos. La fachada principal -Oeste- presenta dos contrafuertes que la dividen en tres paños, sendas portadas de medio punto en cantería se disponen en los paños extremos y sobre ellas ventanas acristaladas, mientras que en el central sólo se abre otra ventana semejante pero de mayores dimensiones. Los paramentos son de mampuesto revocado, destacando el balcón de madera de la sacristía en la fachada Norte, junto con otro de menores dimensiones que da entrada a la torre. La torre prismática se realza con sillares de cantería en sus aristas, así como los que remarcan los vanos. Como dice la declaración del inmueble como Bien de Interés Cultural (1986) constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura religiosa de la isla.


Dejada atrás Santa Catalina, puede decirse que acaba el área de interés del núcleo de Tacoronte. No así el suelo urbano, ya que este municipio se caracteriza por sus estructuras lineales, edificaciones compactadas al borde de las vías de comunicación, sin llegar a conformar una verdadera trama urbana. A partir de aquí, en dirección Oeste, la calle del Calvario pasa a llamarse de Las Toscas y discurre sin pena ni gloria (más bien pena, si juzgamos por las edificaciones que la flanquean) durante unos novecientos metros hasta llegar al barranco Martiño, límite con el vecino municipio de El Sauza, donde vuelve a llamarse del Calvario. Ese tramo sauzalero tampoco merece ninguna reseña pues sigue la misma tónica de una urbanización tirando a cutre y una arquitectura que más que fea es anodina. Otro kilómetro más de ruta poco gratificante y llego a la avenida Las Palmeras que puede considerarse el eje principal del pueblo. El mercado municipal y al lado un centro comercial, ejemplo urbanístico de convivencia armónica del terciario público y privado. Enseguida aparece una terraza mirado abierta hacia el mar, desde la que se disfruta de una fantástica panorámica sobre la costa de la Garañona, una playa inaccesible por tierra que forma parte del Paisaje Protegido de los Acantilados de Acentejo (cuyo plan de ordenación estamos elaborando en el Cabildo). Otros pasitos más y estoy ante el meollo cívico-religioso del Sauzal: el Ayuntamiento (con sus recientes dotaciones culturales anexas) en la parte alta y la Iglesia parroquial de San Pedro más abajo. El Ayuntamiento no vale gran cosa; mucho más interés tiene el complejo cultural (museo, auditorio, biblioteca, etc) diseñado por el estudio GPY en 2002.



La iglesia de San Pedro del Sauzal fue la cuarta iglesia que se erigió en Tenerife, después de las dos de La Concepción (La Laguna y Santa Cruz) y la de Santiago en Los Realejos; se empezó en 1515 aunque lo principal de su apariencia actual data de los siglos XVIII y XIX. Durante muchos años, al principio de la colonia, prevalecía sobre la de Santa Catalina, para indignación de los tacoronteros. Es un templo de planta en cruz latina , con la sacristía rectangular (pequeño cuerpo adosado con tejado a cuatro aguas). Sobre el crucero se alza la vistosa cúpula blanca, nota de originalidad en la arquitectura religiosa isleña. La fachada principal (Oeste) tiene una portada dintelada y un remate en forma de frontón de bordes curvos en cantería; por encima se dispone un lucernario orlado. La torre, del XVIII, es de planta cuadrangular, fuertes esquinazos de piedra negra y de cuatro niveles, cada uno con amplios huecos rectangulares; se remata en chapitel de madera con pináculo central y uno en cada esquina. Desde la plaza que hay frente a su portada se tienen unas magníficas vistas sobre el acantilado y el mar, al occidente. Son las siete y media de la tarde, el sol está bajo y semioculto en la niebla pero su estela brilla sobre el océano.


Enfilo la carretera de Los Ángeles, el eje a media ladera que sirvió de apoyo para las varias urbanizaciones de parcelas unifamiliares que se desarrollaron durante los setenta colgando de ella. Durante casi un kilómetro, la carretera es de pendiente descendente (en torno al 7%) hasta llegar al barranco Hoya de las Limeras. Justo antes de éste nace la desviación hacia la primera de estas urbanizaciones que se extienden hasta la cornisa de los acantilados, la de los Ángeles. Hoy no entro, pero informo de que, antes de llegar a los chalés, está la Ermita de los Ángeles, mandada construir por el propio Adelantado en 1505. Al cruzar el barranco –y empezar la cuesta arriba– el viario pasa a llamarse carretera de las Breñas, que dará acceso a cuatro urbanizaciones más (Primavera, El Puertito, Los Naranjos y Puntillo del Sol, ésta a caballo con el vecino municipio de La Matanza) y, además, a la estrecha y peligrosa bajada a la costa de Rojas, el único tramo accesible del litoral sauzalero. Me pongo pues a subir y, aunque la pendiente no es mucha (también en tono al 7%), la ausencia de arcén y la mucha longitud del tramo (kilómetro y medio) hacen el recorrido fatigoso. El paisaje, por otra parte, causa una impresión ambivalente: por un lado la potencia orográfica de la ladera, los acantilados y la recortada línea costera, la vegetación, hablan rotundamente de la belleza del lugar; por otro, el tapizado de chalés demuestra la poca sensibilidad de nuestra especie ante el territorio.


Pero la ambivalencia del Sauzal desaparece en La Matanza. Aquí la fealdad ya campa por sus fueros, desprovista de todo pudor o decoro. Para que no haya dudas, justo pasado el límite municipal se alza una espantosa edificación industrial (fábrica de aluminios) y un poco más allá una espantosa estructura de cuatro plantas sin acabar a excepción de la superior en la que funciona un restaurante (se llama “Buena Suerte”, que es la que tiene el propietario al haber eludido una merecidísima orden de demolición). Estoy a la altura del enlace de la TF-5; cruzo pues la autopista y subo para coger la carretera general del Norte que, a partir de aquí, discurre por las medianías y da la vuelta a la Isla hasta llegar a Taco, en Santa Cruz. El Ayuntamiento de la Matanza de Acentejo, fin de esta etapa, está sobre esta misma carretera a unos 1.700 metros. Así que los veinte minutos últimos de la ruta de hoy los hago “disfrutando” de uno de los mejores ejemplos de fealdad urbana de la Isla (la verdad es que los municipios que siguen de esta comarca de Acentejo responden al mismo patrón). Hacia las nueve menos cuarto, después de dos horas y media caminando, alcanzo la Casa Consistorial matancera, guardada por la estatua gigante de un guerrero guanche, me imagino que Acaymo, el último Mencey de Tacoronte que señoreaba estos parajes. Me tomo un cortado mientras espero la guagua. Hoy han sido ocho kilómetros setecientos metros, menos que la etapa segunda pero algo más que la que haré el jueves (mañana no puedo salir a caminar).

2 comentarios:

  1. Desde luego, bien podrías haberlo llamado "Viaje del cielo al infierno".

    ResponderEliminar
  2. Ni tanto ni tan calvo, pero es verdad que los municipios que siguen son de los más feos de la Isla.

    ResponderEliminar