martes, 18 de octubre de 2011

Rosa es una rosa es una rosa

En 1913 Gertrude Stein escupió escrutó escudriñó y hasta escriñó trescientas-sesenta-y-ocho ringleras de letras que hacen palabras pero no frases pero sí versos, cada uno es cada uno, genéticos fonéticos sintéticos estéticos herméticos. Algunos largos mas casi todos cortos, muy cortos. Palabras repetidas, dilas una y otra vez, Alice (play it again, Sam), silabéalas paladéalas mastícalas deglútelas digiérelas vomítalas. Despojadas de adherencias contextuales, desnudas, sólo así alcanzan a ser, tanto son que deslumbran y anonadan. Recítales mis versos, Alice, clava tus pupilas en Braque y Picasso y Gris para que inhalen cubismo. Era una tarde de sábado en el veintisiete de la rue des Fleurus, (ay, Francia revolucionaria y victoriosa), tan cerquita del Jardín de Luxemburgo, y tú decías junto al barbero / junto al barbero enterrar / junto al barbero enterrar China / junto al barbero enterrar el jarrón de China / junto al barbero y a China / junto al barbero y deprisa / junto a la prisa / junto a la prisa y al jarrón y a la prisa / junto a la prisa deprisa / junto a la prisa deprisa. Claro que lo decías en inglés, salmodiando hurry hurry hurry, que reverberaba el Henry Henry Henry de medio-minuto antes. ¿Quién es Hurry, digo Henry? ¿Y Willie? Rousseau y Apollinaire, claro, pintor y poeta, mano y mano, a hand is Willie / Henry Henry Henry / a hand is Henry / Henry Henry Henry / a hand is Willie. Sí, vale, Picasso bosteza y Eva Gouel le da pataditas, oui ma jolie, mais je ne comprends pas l'anglais. Luego, esa noche, Matisse y Pablo, borrachos, se acordaron de Hemingway sin conocerlo (ay Ernesto, mamporrero del instituto con ínfulas de boxeador) y se dijeron que bueno no estaba tan mal pero tendría que pulirlo, un buen título quizá, a ver si Guillaume ... Sagrada Emilia se llamará (So great so great Emily / Sew grate sew grate Emily), ésa es de Gaudí, contestó Picasso. Apollinaire, en cambio, estaba entusiasmado (una mentira es una mentira es una mentira). No, Apollinaire se defendió con otro poema –perdonadme mi ignorancia, perdonadme que desconozca el antiguo juego de los gusanos–, lo escribió esa noche, entre caladas a la pipa de opio.

Pasan los años, pasa la guerra, vuelve de Mallorca Gertrudis (hoy suena de chacha pero es nombre de poetisas y monjas cistercienses) y publica el poema, que ya no pasa, que se queda y pasa a ser la Biblia de la vanguardia, el rien ne va plus, le dicen en Oxford y en Cambridge entre regata y regata. Es bueno, es bueno, es excelso, aclaman los jóvenes poetas de la generación perdida, pero si no entiendes nada, por eso, por eso, por eso es tan grande, Emily, por eso se hunde en tus entrañas. Como siempre hay escépticos, Gertrudis les explicará (aula magna de venerable universidad gótico-florida) que el artista crea nuevas referencias y éstas resultan impenetrables para el lector profano. Se apiada de sus jóvenes admiradores y les dedica, ya en el 35, su ensayo de elocuente título: ¿Qué son obras maestras y porqué hay tan pocas? Una de ellas es, por-supuesto-desde-luego, Sacred Emily. No en vano, su trescientos-decimo-séptimo verso destila la esencia de la poesía-filosofía-mística-semiótica: Rose is a rose is a rose (no, no es de Mecano). Hemingway, pero qué se podía esperar de ese gañán, ya lejos de París, olvidados los favores que le debía a Gertrudis, olvidados sus innobles coqueteos de gigoló hacia la dama madura, parodiaría esta joya con un chiste fácil: una rosa es una rosa es una cebolla. Ladran, luego cabalgamos (no, no es del Quijote), le dijo Alice Toklas, apretándole amorosa las manos, y Gertrude Stein pensó aquello de cría cuervos ...

Es el principio de identidad, lo saben los estudiantes de primer año de filosofía, o sea, Sócrates es Sócrates, y ese es es la forma inmutable eterna inamovible del ser, o sea, Dios, que es el que es porque sólo se puede ser en toda la plenitud metafísica en la más absoluta permanencia, no hay tiempo ni espacio, o sea, que lo que existe no es, salvo Sócrates que es idéntico a Sócrates pues, al fin y al cabo, existió nada más que para ser, para dar sentido a los principios de la lógica aristotélica y que los matemáticos pudieran añadir una tercera rayita al signo igual. Entonces va Gerturdis, no había leído a Hegel, y dice una rosa es una rosa es una rosa, tautología identitaria que seguiría hasta el infinito, por qué no escribirlo setenta veces siete en ortodoxo talionismo, que para eso era judía. O por qué no una roca es una roca es una roca, ein Stein ist ein Stein ist ein Stein, que para eso era su apellido y además la roca es más que la rosa. El estudiante de filosofía, pasado el primer año, ya sabe semiótica, o sea, se sitúa en la hipertextualidad posmoderna y pilla la ironía, porque: qué es menos que una rosa, ergo Gertrudis lo sabía y la poética repetición es el tiempo que niega la esencia y el principio de identidad se niega a sí mismo, ya lo argumentaría Wittgen-stein que estuvo entre los oyentes del recital-conferencia-ensayo de Gertrude-stein en el Trinity. Así que sí, la rosa, no la roca, va desnudándose de roseidad esencial a cada predicado, mas ese marchitar metafísico deviene, ave fénix, en esencia. O sea, que el ser está en el nombre, es el principio de la sabiduría, mantra cabalístico contemporáneo que Alice grabaría en círculos de plata, pisapapeles místicos en la cotidianeidad del matrimonio lesbiano.

Nos queda sin embargo la terrible duda del número de repeticiones, tres rosas recordaba yo, cuatro leo en otras ediciones. Paul Bowles insiste en que tres, y él a sus veinte añitos fue niño mimado de la Stein, el prometedor jovenzuelo –qué distinto a Ernest, éste sí no nos saldrá rana– al que la sesentona susurraba Freddy Freddy Freddy, así, tres veces, que ya eran manía los tríos, pero ahora, una década después, sin despertar los celos de la Toklas, quizá porque sacaba a pasear a Basket, el poodle filósofo. Muchos años después, desde Tánger, evoca Bowles la explicación del verso (¿se la inventa o se la contó la autora?), la casa de veraneo de las dos mujeres en Bilignin, cerca del Ródano al pie de los Alpes, allí conocían a la hija de unos granjeros, una preciosa muchacha llamada Rose, Rosa es una rosa, le dijo una a la otra, "Rosa es una rosa" es (la frase) una rosa, contestó la otra. Prosaico tal vez, pero así son todos los eurekas, démosle otra vuelta de tuerca al verso quizá y helo en su belleza extrema (loveliness extreme) para que lo repitan críticos poetas músicos semiólogos per saecula saeculorum amen. Malditas rosas, tan recurrentes desde los latinismos hasta las vanguardias (pasando por Shakespeare, of course), tan preñado de referencias que el nombre de la rosa se vacía de significado, y así deja de ser para ser o puede que ni una cosa ni la otra, pero le vale a un italiano para trocar sus estructuras ausentes por una novela de crímenes abaciales también plagada de intertextualidades y homenajes borgianos. Y anche a una cantautrice italiana de voz excelsa para componer una canción de amor: Baciami ancora e ancora sulle labbra / E ancora e ancora mi baciò mi baciò e mi baciò / Una rosa è una rosa / E' una rosa, è una rosa, è una rosa ...


Una rosa è una rosa
- Giuni Russo (Morirò d'amore, 2003)

jueves, 13 de octubre de 2011

Los guitarristas nos quitan las novias

A Lansky y Vanbrugh

Pues sí, que basta que a tu chica se le acerque uno con guitarra, la rasguee medianamente, y ya está la muy poniéndole ojitos de lánguidas miradas, y tú (me cago en los guitarristas) maldiciendo tu torpeza digital y esas orejotas que no son oídos y que te resistieras tanto a tu madre a los doce años en lo de las clases aquellas (que es por tu bien, hijo). Fobia les tengo, carajo. Y no te digo si además es poeta, o va de idem, o sea, soltando metáforas e imágenes extravagantes. Peores todavía cuando van de cultos o crípticos, como el capullo que me birló a Azucena (qué ojos negros tenía) con el rollo de una canción que acababa de componer (aún no la tengo clara del todo, dijo con falsa modestia), iba de que en el laberinto de sus arrayanes faltaba un lirio florecido y más chorradas botánicas similares que a mí me dejaban frío, entre otras cosas porque ignoraba que Azucena y lirio son la misma flor, pero claro, mi chica sí lo sabía, y se le quedó mirando arrobada, qué bonito y qué bien tocas, que para nada, tú, que los versos encajaban a patadas y las rimas forzadas en un compás de lo más simplón y además el capullo desafinaba. Pero me quitó la novia (qué tetas tenía), aunque creo que no duraron mucho, sería porque al músico poeta se le acabó la inspiración o, peor, Azucena descubriría que plagiaba malamente a Machado y para eso se compraba el LP de Serrat y santas pascuas. Tampoco es que me traumatizara, pero sí es verdad que se me quedó la prevención y desde entonces, cuando voy emparejado, eludo a los guitarristas y también, pero menos, a los poetas. Es que éstos, siempre que no toquen, no me dan tanto miedo, porque vale que sean capaces de emocionar a las pibas con palabritas rebuscadas, que me acuerdo de una novieta mía que a uno le dijo que sus versos eran rosarios de perlas, menuda cursi también ella, que le cosquilleaban en el oído y le hacían temblar el corazón (y pensé, pero es que soy muy bestia, que con una sarta de otro tipo de perlas la iba yo a hacer temblar más fuerte, y no por el oído). Pero fíjate que casi todos los poetas son feos (y hasta dicen que la tienen pequeña); seguro que es por eso que se ponen a acumular metáforas y adoptar poses de seres dolientes, tan intensa es su vida interior. Pero quia, ni por esas mojan o lo hacen de higos a brevas (o sea, cada ochos meses por término medio, según mi amigo el botánico, el mismo que me dijo lo de los lirios y azucenas). Hasta incluso nos pueden ser útiles, en dosis calculadas claro. Al menos a mí me han valido, como aquella vez que Violeta (qué culo tenía) hizo una fiestita en su piso con los coleguitas de Filología Hispánica y todos a recitar sus poemillas, muy de vanguardia experimental, o sea que no se entendían una mierda, menos uno que iba más de romanticismo tardío pero se defendía con que lo suyo era un aggiornamento de los prerrafaelistas y que el amor era un símbolo de su visión crítica y comprometida de la sociedad. Vale, vale, pero no creo que nadie se lo tragara; los compañeritos con ínfulas literarias porque cada uno iba a lo suyo y no veían un palmo más allá de sus burbujas vanidosas y yo porque era evidente que el gafotas andaba colgado de Violeta (qué preciosidad de naricita respingona tenía) y desesperado por conseguir conmoverla. Y lo logró el infeliz, aunque como soy muy bestia (ya lo he dicho) al cómo se puso mi chica yo lo llamo estar cachonda y desde luego no fue el poeta quien cosechó los frutos, sino quien les habla, que empecé a besarla incluso antes de que se fuera el vate (ya lo sé, ya, no estuvo nada bien) y luego las caricias y arrumacos fueron descontrolándose, tanto que hasta improvisé un pareado, que a más no llegan mis dotes compositivas: cómo me pones siendo tan zorra, cómo me pones dura la porra. Qué bestia eres, me dijo (en eso estábamos de acuerdo), pero fue un polvazo. No obstante, no vayan a pensar que todos los poetas son tan inofensivos como aquel universitario, que los hay que no son tan feos y se saben metáforas más eficaces, e incluso algunos, arteros ellos, hasta aprenden a rasguear la guitarra. Ahí sí, ahí échense a temblar y considérense definitivamente jodidos.


Poema 15 - Víctor Jara (El Derecho de Vivir en Paz - Antología, 2003)

domingo, 9 de octubre de 2011

Cantautrici italiane (5): Alice

Es una de esas personas que, sin apenas alharacas, ha ido construyendo a lo largo de una carrera ya larga una obra consistente y atractiva. Hasta hace relativamente poco apenas la conocía, identificándola como una cantante a la sombra de Franco Battiato, dedicada a cantar sus temas. Es, por supuesto, mucho más, lo que no quita que su pertenencia al singular círculo de Battiato, sea una clave imprescindible para entender su evolución musical y hasta su estilo compositivo. Pero aún así, incluso cuando todavía no la apreciaba individualmente, me daba cuenta de que sus versiones del compositor siciliano tenían un toque personal que, quizá porque suavizaban ese toque a mi juicio algo grandilocuente, me gustaban más. Es el caso, por ejemplo, de la muy conocida Prospettiva Nevsky (escúchese la original al final de mi post El telegrama largo (3) y compárese con la que pongo a continuación).


Prospettiva Nevsky - Alice (Gioelli rubati, 1985)

Nacida en Forlì, la capital del dialetto romagnolo, en 1954, es otro caso más de "niña prodigio" a la que llevan de festival en festival. Así, en el 71, con dieciséis añitos, gana el Festival de Castrocaro, muy cerca de su ciudad, uno de los más importantes dedicado a descubrir talentos jóvenes (Iva Zanichi, Gigliola Cinquetti, Fiorella Mannoia, Caterina Caselli) cantando, Tanta voglia di lei, el tema que ese mismo año había sido el primer número uno de los Pooh. Por cierto, este grupo es uno de los más longevos e importantes de Italia (¡cuarenta y cinco años en activo!) y entre su treintena larga de albumes hay algunos francamente buenos; algún día les dedicaré un post. Pero volviendo a Alice, que en realidad se llama Carla Bissi, la cosa es que la chica se mete en el circuito de la musica leggera y empieza a grabar discos. La década de los setenta es todavía la de formación y búsqueda de sí misma (musicalmente hablando). No compone aún, dependiendo de parolieri, entre los que destaca Stefano D'Orazio, protagonista absoluto de su primer disco bajo el pseudónimo de Alice Visconti (La mia poca grande età, 1975) y con dos temas en el siguiente (Cosa resta ... un fiore, 1978). D'Orazio era por entonces el batería de los Pooh (llegaría a ser bastante más con los años). A propósito, como no tengo la versión que cantó Carla Bissi en Castrocaro, pongo la original de los Pooh (D'Orazio todavía no había entrado al grupo, pero estaba a punto).


Tanta voglia di lei - I Pooh (La Nostra Storia, 1990)

El 80 puede considerarse el punto de inflexión en la carrera de esta mujer. Ficha por la EMI y adopta ya su nombre definitivo, borrando el falso apellido Visconti, que estaba harta de que se la emparentase con el director de cine. Pero, sobre todo, conoce a Battiato, probablemente a través de la nueva casa discográfica con la que el siciliano había fichado el año anterior. Por esas fechas Battiato empezaba a desencasillarse de su particular estilo experimental vinculado al rock progresivo (ya he dicho otra vez cuánto me asombra la cantidad y calidad de música de este género que hubo en Italia), gracias al cual había obtenido un reconocido prestigio pero no demasiado éxito comercial. Se me ocurre que si bien está clara la importancia de la influencia de Franco sobre Alice, el feed-back también debió tener su peso, toda vez que el despegue de ambos cantantes discurre paralelo a lo largo de la década de los ochenta. En todo caso, en el primer disco de la nueva Alice (Capo Nord, 1980) la mayoría de los temas son resultado de la participación de Battiato (y también del excelente violinista Giusto Pio, otro personaje singular de la música italiana) y esta colaboración continuará en el siguiente álbum (Alice, 1981) y será consagrada por la propia cantante en 1985 y 1997 dedicando dos discos completos a la música de su mentor (Gioielli Rubati y Alice canta Battiato). Pero lo que es relevante a los efectos de esta serie de posts, es que a partir de entonces nuestra protagonista pasa a convertirse en cantautrice.

En el 81 Alice vence en Sanremo con Per Elisa, una canción compuesta con Battiato y Pio. El título alude a la famosa bagatela de Beethoven, planteándose como una antítesis de la misma. La letra es la queja agresiva de una mujer al hombre amado a quien Elisa ha sorbido el seso: por ella haces cualquier cosa, soportas que te deje y vuelves corriendo cuando te llama; por ella te has convertido en un zombi, has perdido la dignidad y me perderás a mí; sin ella te falta el aire, ni siquiera sabes vivir; ella sólo te hace daño, te destruye. En su momento se dijo que Elisa era una personificación de la heroína y, pese a que Alice lo ha negado, la verdad es que el texto encaja demasiado bien con esta interpretación. Como fuere, el tema supuso el despegue comercial de la cantante, tanto en Italia como fuera, muy en especial en Alemania, donde los italianos, cantando en su idioma, suelen tener bastante éxito (no así entre nosotros, que sólo los admitimos, salvo excepciones, cuando traducen sus letras, como fue el caso de Battiato, por citar al que viene a cuento, pero no así de Alice ni de la mayoría de cantautrici que son objeto de esta serie).


Per Elisa - Alice (Alice, 1981)

A partir de ahí Alice va sacando discos con regularidad, pudiéndose apreciar en su evolución hasta la fecha, una voluntad experimental más que elogiable. No puede catalogarse de cantautora en el sentido que solemos dar a este término, ya que si bien en sus quince o dieciséis albumes suelen aparecer temas propios, con mucha frecuencia son compuestos en colaboración y también abundan las versiones de otros autores. En este último caso, es fácil adivinar que la elección del compositor es fruto de una intimidad artística; Alice no canta temas conocidos y mil veces versionados sino canciones casi siempre hechas para ella y que siempre ella hace suyas. Así, aparte de Battiato, a lo largo de su carrera hay que relacionarla compositivamente con nombres como Matteo Fasolini, Francesco Messina o Juri Camisasca (un tipo de lo más curioso), entre otros. La verdad es que me parece una mujer de una trayectoria muy interesante y con una música difícil de encajar en moldes reconocibles, lo que me la hace más atrayente. Pongo para acabar el post una canción del 82 (de esa década son casi todos los discos que tengo de ella, completados con un box de tres CDs de este mismo año, Platinum Collection), compuesto en colaboración con Messina y que me gusta mucho (¿En qué piensan los comerciantes cuando venden? ¿En qué piensan los novelistas cuando escriben? ¿En qué sueñan los enamorados cuando se besan?)


A cosa pensano - Alice (Azimut, 1982)

miércoles, 5 de octubre de 2011

Limitemos la libre publicación en internet

Basta tener dos dedos de frente para darse cuenta de la gravedad que implica que cualquiera, gracias a internet, pueda publicar lo que le dé la gana. En los medios de comunicación tradicionales, quienes informan al público son profesionales formados a quienes, además, supervisa un consejo de redacción, personas con experiencia y responsabilidad, atentas a garantizar la veracidad de las noticias así como que no se conculca el derecho al honor de terceros. Ahora, sin embargo, es suficiente un acceso a la red para decir lo que se quiera y que esa opinión sea leída en todo el mundo. Bajo la excusa de la libertad de expresión (que no es tal, sino libertinaje) personas respetables, pueden ver agredida su imagen, asistir indefensos al escandaloso espectáculo de ser expuestos a los ojos de todos por algún miserable de baja estofa que en otros tiempos más morales habría merecido una ristra de latigazos por su atrevimiento.

Se me dirá que vivimos en un Estado de Derecho y que ya el código penal prevé la represión y castigo de las ofensas al honor, pero la verdad es, no nos engañemos, que los mecanismos legales existentes son demasiado poco efectivos. De entrada, la progresiva degradación moral que sufrimos viene erosionando cada vez más lo que siempre se ha entendido como el honor, y así nos encontramos con que se cuestiona con el mayor descaro, incluso hasta por magistrados, que declaraciones evidentemente lesivas de la imagen de personas de rango sean constitutivas de delito. Pareciéramos haber olvidado que una colectividad que no respeta la inviolabilidad de quienes son sus pilares fundamentales se dirige irremisiblemente hacia su descomposición, hacia su suicidio. Que se acepte como normal hacer chistes sobre la familia real o cuestionar irrespetuosamente el comportamiento del Papa o los cardenales, por ejemplo, muestra elocuentemente el deplorable estado en que nos hallamos.

Pero, sobre todo, reparar la dignidad ofendida en el ámbito judicial es una tarea ardua, muy lenta y las más de las veces contraproducente. Hay en el sistema penal una injusticia básica que lo vicia de partida: ¿por qué he de molestarme yo, que he sido ofendido, en iniciar un procedimiento para demostrar el daño y exigir su reparación? En una sociedad que se basara en el más elemental respeto al honor debería estar prohibido la publicación de nada que pudiera afectar a la imagen de una persona, salvo autorización expresa del susodicho. No se entienda (malintencionadamente) que defendemos la impunidad de nadie evitando la que demagógicamente algunos llaman denuncia pública. Si alguien, incluso uno de nuestros próceres, se comporta delictivamente hay que acusarlo e imputarlo penalmente, desde luego, pero a través de los mecanismos jurisdiccionales correspondientes, con la discreción necesaria para garantizar tanto su honor como, sobre todo, la eficacia de la investigación fiscal, a la que no contribuye, sino todo lo contrario, la difusión mediática. Todo ello en bien de la justicia, pública y privada.

Sabemos, no somos tan ingenuos, la inutilidad de esta reclamación nuestra en los tiempos que corren. No obstante a veces surgen atisbos de esperanza. Así está ocurriendo en Italia, un país donde históricamente se ha valorado siempre el respeto a la honorabilidad personal y que parece que estar reaccionando honrosamente contra la alevosa corriente de degradación que domina el mundo contemporáneo. El gobierno del honorable Silvio Berlusconi lleva tramitando una iniciativa de Ley que, sin alcanzar el deseable objetivo que propugnamos en el párrafo supra, progresa en esa dirección. Desde hace algún tiempo (demasiado a nuestro juicio) se está discutiendo en el parlamento unas "normas sobre las interceptaciones telefónicas, telemáticas y ambientales", cuyo texto aprovecha para modificar otros preceptos del entramado jurídico vigente. Por primera vez se afronta directamente la defensa real de los particulares no sólo en los medios de comunicación masiva sino, sobre todo, en esa hidra policefála que es internet. Y se hace de la única forma que puede ser efectiva, dándole al ofendido la completa autonomía, al margen del inoperante sistema judicial, para reparar el daño que le han cometido.

El artículo 29 de esta Ley que en breve habrá de ser aprobada establece que toda persona que se sienta ofendida por la publicación de cualquier información, opinión o lo que sea, podrá requerir al medio que ésta se rectifique y, lo más importante, cuando se trate de una publicación en internet dicha rectificación debe producirse obligatoriamente en el plazo máximo de cuarenta y ocho horas. Además, el medio electrónico habrá de publicar la corrección del ofendido textualmente, con la misma relevancia que la "información" original, y sin que se le permita hacer ningún comentario. Si bien seríamos partidarios de que la persona ofendida tuviera el derecho de exigir en ese mismo plazo la retirada de internet de la causa del daño, reconocemos que es un paso positivo: al menos, hacemos efectivo el derecho de réplica. Naturalmente, si en el plazo legal el medio electrónico no publica la rectificación, lo que procede es el bloqueo o borrado de la página web correspondiente. Como debe ser. Que comiencen a sopesar todos esos blogueros y demás ralea las opiniones que alegremente difunden en la red.

Aunque las perspectivas son bastante halagüeñas no seamos tan confiados para cantar victoria prematuramente. Por lo pronto, ayer mismo la popular wikipedia ha cerrado de forma indefinida su edición en italiano en protesta contra estas razonables medidas. Se trata sin ninguna duda de una presión intolerable que nos ofrece palmarios indicios de lo que se esconde tras ese proyecto demagógico de "enciclopedia libre y abierta a todos". Nosotros no nos dejamos embaucar por tantas voces hipócritas, ni aceptamos esa cínica acusación de que se pretenda imponer ninguna mordaza. Por el contrario, confiamos en que la valentía moral del honorable Berlusconi arraigue más allá de sus fronteras. Ojala que su ejemplo cunda entre nosotros, ojala que medidas similares sean llevadas a cabo por el próximo gobierno que, sin duda, habrá de intentar rescatarnos del pozo de podredumbre moral en el que nos han sumido.


Nella mia ora di libertà - Fabrizio De André (Storia di un impiegato, 1973)

domingo, 2 de octubre de 2011

La democracia progresa y los súbditos a lo nuestro

A principios de este año, nuestros diputados modificaron varios artículos de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General vigente desde 1985. Según me entero después de pasar varias horas repasando la web del Congreso y leyendo los correspondientes diarios de sesiones, esta nueva Ley es el fruto de los trabajos de una subcomisión creada el 5 de septiembre de 2008 para que examinara posibles cambios en el régimen electoral a fin de mejorarlo en cuanto a su representatividad; sin embargo, el resultado dista mucho de avanzar hacia ese objetivo, más bien al contrario. En tal sentido se manifestaron algunos diputados de grupos minoritarios (porque el PSOE y el PP la habían pactado, con el apoyo de convergentes y peneuveros), tales como Rosa Díez ("... estamos ante una ceremonia en la que se santifica el fraude de ley, la chapuza y la burla. Quiero recordar que estamos ante una propuesta de reforma del sistema electoral que ha llevado dos años y medio de trabajo en una subcomisión creada al efecto, que tenía como objetivo reformar el sistema electoral para garantizar una mayor proporcionalidad y, por tanto, una mayor igualdad de los ciudadanos ante la ley. Aquí lo que se perpetra, insisto, es un acto burlesco de fraude democrático ..."), Llamazares ("no estamos ante una reforma electoral, estamos ante la legitimación en la tradición política de este país del denominado pucherazo. El pucherazo era un puchero del cual se restaban unos votos para añadirlos a los votos de la mayoría. De eso se trata, de arrebatar votos a las minorías para lograr incrementar de seis a diez diputados la representación de las mayorías, la representación bipartidista de este país") o Ridao i Martin, de Esquerra ("nuestra más profunda decepción por el desenlace fallido y vergonzoso de una subcomisión que después de algo más de dos años nos trae una propuesta de reforma electoral que no sirve a ninguno de los objetivos que se habían propuesto: no corrige la altísima desproporcionalidad del sistema electoral y ni siquiera incorpora algunos mecanismos para incentivar la participación, por cierto en un contexto de inquietante y pavorosa desafección y de progresivo alejamiento de la gente de la vida pública y también de la política").

Uno de los artículos modificados que en los últimos días fue el 169, a cuyo tercer párrafo se le añadió que "los partidos, federaciones o coaliciones que no hubieran obtenido representación en ninguna de las Cámaras en la anterior convocatoria de elecciones necesitarán la firma, al menos, del 0,1 % de los electores inscritos en el censo electoral de la circunscripción por la que pretendan su elección. Ningún elector podrá prestar su firma a más de una candidatura". La única justificación que aparece en la exposición de motivos desde su primera redacción hasta la entrada en vigor es que esta evidente limitación al derecho elemental de ser elegible obedece a "salir al paso de prácticas no admisibles desde la perspectiva de la seriedad del procedimiento electoral". Nada se nos aclara sobre en qué menoscaba la seriedad del procedimiento el que cualquier partido pueda presentarse a las elecciones sin necesidad de una acreditación previa de avales. Y mucho menos, claro, por qué una persona sólo puede avalar a un único partido, cuando lo único que está haciendo es manifestar su voluntad de que participe en el proceso electoral. Como alegan los afectados, más bien parece que los partidos ya asentados, en uno de los momentos en los que su prestigio está más por los suelos, pretenden poner el máximo de dificultades a que aparezcan otros que les meneen un poquito las poltronas.

Después de leer todos los discursos parlamentarios de la tramitación de esta Ley (hecha urgentemente, supongo que para que llegara antes de las autonómicas y municipales, aunque entonces no se habló de ella), lo que más me llama la atención es que nadie se refiriera expresamente a este asunto. Hubo críticas y defensas globales y, cuando se bajaba a cuestiones algo más concretas, sólo se referían al sistema de conversión de los votos en escaños (la famosa Ley d'Hont) y a las limitaciones que se imponen a los españoles en el extranjero (gallegos y canarios). La única excepción fue una enmienda del senador José María Mur, del Partido Aragonés, que proponía limitar la exigencia de aval a aquellos partidos que no hubieran obtenido representación parlamentaria en las anteriores elecciones pero se hubieran presentado. Aunque la justifica como una simple mejora técnica, lo cierto es que no carece de calado, porque eximiría del requisito a los nuevos partidos. Vendría a decir: todos se pueden presentar, pero si no consigues escaños y quieres volver a hacerlo, entonces debes avalarlo. Muy discutible, claro, pero al menos suavizaba la exigencia inicial. No obstante, como todas las demás, esta enmienda fue rechazada.

Conviene señalar que a esta iniciativa legislativa, ya desde su génesis, se le veía el plumero. Leyendo las intervenciones de la sesión de la Comisión Constitucional en la que se propone encargar a un grupito de diputados el examen y propuestas de cambios, se observan dos hechos significativos: que todos los partidos están de acuerdo en que hay que reformar la Ley Orgánica pero que las pretensiones de cada uno son muy distintas entre sí. A riesgo de simplificar, parece bastante claro que lo que quiere cada formación es que el régimen reformado mejore sus expectativas de obtención de escaños. Así, el PSOE y el PP tratan de evitar que aumente la diversidad de grupos políticos con representación a fin de barrer para casa los votos minoritarios, los nacionalistas que el peso territorial (la circunscripción provincial) no se cuestione, aunque se traduzca en un desequilibrio enorme respecto a la proporcionalidad, Izquierda Unida, por el contrario, que se cuenten los votos en conjunto, para evitar su exagerada desproporción entre sufragios y escaños, y así sucesivamente. Que la iniciativa nacía muerta, como digo, se intuye claramente de esa primera sesión, cuando todos los oradores declaman beatíficamente la necesidad del consenso para reformar un texto básico de la democracia y, al mismo tiempo, insinúan que, como hay ambiente de consenso, de lo que se trata es de conseguir algunas "mejoras" técnicas. Luego los miembros de la flamante subcomisión se pasarán dos añitos trabajando (no parece que se esforzaran mucho) y el bodrio que les salió se aprobó en el escaso plazo de menos de tres meses, con unos debates al respecto a los que el nombre les queda excesivamente grande. Basta hurgar un poco en un asunto concreto como éste, para quedarse con una pobrísima impresión sobre la cantidad y calidad del trabajo de nuestros parlamentarios. Si se les pagara por su producción, me temo que la casi totalidad se iría al paro; pero, claro, no están ahí para currar sino para "representarnos".

Lo lamentable es que de todo esto la mayoría de nosotros no nos enteramos. He estado revisando las hemerotecas de los tres principales periódicos nacionales y no he encontrado ninguna reseña al respecto durante el periodo comprendido entre la creación de la subcomisión y la aprobación de la Ley (desde septiembre de 2008 hasta enero de 2011). ¡Y eso que el Congreso estaba trabajando en la modificación de uno de los pilares de la democracia! Luego, una vez entrada en vigor, aparecen algunas escasas notas pero básicamente sobre las nuevas limitaciones de voto a los "residentes ausentes" (incluso una carta de un lector que vive en China y al que se le priva de votar), nunca en relación a la nueva imposición de los avales a los nuevos partidos. De hecho, es sorprendente que hayamos vivido unas elecciones con este nuevo régimen legal y la noticia no haya saltado. Hasta finales de agosto no aparecen las primeras referencias en los medios de comunicación y es a raíz de la iniciativa de Pirates de Catalunya de crear una web para recoger apoyos a los partidos minoritarios. Según declaraciones de este grupo, la idea les viene del movimiento de los "indignados" y es (ciertamente lo es) un paso más hacia una democracia más real. Sin embargo, la iniciativa apenas tiene eco en la prensa y ni siquiera provoca la reflexión de nuestros sesudos articulistas cuando, en mi opinión, la discusión (e incluso movilización) acerca de los límites a la participación electoral es un asunto con más que suficiente chicha porque, en efecto, guarda mucha relación con el contenido real de la democracia. Pero qué va, nuestros mass media deciden (¿también obedeciendo a los "mercados"?) que los súbditos no tenemos que pensar sobre las reglas del juego sino simplemente hacer lo que éstas nos marcan, o sea, depositar una de las papeletas de los de siempre.

A partir de la aparición mediática de EQUO en los primeros días de septiembre anunciando que iba a presentarse a las generales de noviembre (la plataforma tenía ya un año de vida, pero con muy escasa repercusión popular), el asunto de la necesidad de avales comienza a adquirir una cierta notoriedad. De pronto muchos "descubrimos" que se ha aprobado una Ley para limitar la participación de los nuevos partidos y, erróneamente, la datamos el pasado día 15, cuando la Junta Electoral Central publica su instrucción relativa al procedimiento de acreditación de firmas de apoyo a las candidaturas sin representación parlamentaria. Nos enteramos pues ocho meses tarde y me temo que tampoco lo sabemos demasiados; estoy convencido que un porcentaje muy mayoritario de los españoles no tiene ni idea de este requisito. Porque, además, aunque ya sí la noticia cuenta con varias reseñas en prensa (e imagino que la habrán dicho en la tele, pero no la sigo), se sigue sin propiciar el más mínimo debate sobre la misma y sus consecuencias. Lo más que he encontrado en algún periódico es que era preocupante que hubiera tantas candidaturas porque se sospechaba que muchas se presentaban con meros fines de marketing: habrase visto desfachatez intelectual, ni que fuéramos tontos (sí, sí lo somos).

La web de recogida de avales montada por los piratas catalanes y abierta a todas las formaciones que han querido apuntarse va consiguiendo hasta la fecha pocos frutos, en mi opinión. Por poner mi ejemplo local (provincia de Santa Cruz de Tenerife), un nuevo partido tiene que presentar 789 avales. Sólo 329 personas han "avalado" a alguno de los siete partidos que aparecen en la web, y de éstos el que más tiene, EQUO, ni siquiera llega al 30% de los avales necesarios (230 personas). De otra parte, estos avales por internet no valen según las instrucciones de la Junta Electoral Central. Lo que pretenden los organizadores es contar con los nombres de las personas dispuestas para luego contactar con ellas. El plazo de que disponen los partidos (abierto el pasado 27 de septiembre) acaba el 17 de este mes (apenas 20 días).

La verdad es que todo esto me parece deprimente, aunque sólo sea un botón de muestra del sistema político. Dice Harazem en su último post que los partidos minoritarios, en vez de haberse sometido a la cuasi-humillante ceremonia de mendigar avales para poder ejercer el derecho básico de ser elegibles, tenían que haberse negado a jugar, haber dicho NO, boicoteado las elecciones. Aunque eso sea, ciertamente, lo que te pide el cuerpo, no estoy muy convencido de que valiera para algo y mucho menos si las iniciativas al margen de los cauces obligatorios se siguen silenciando metódicamente. Tal como están las cosas, en este momento yo soy partidario de que avalemos a estos partidos (pese a que injustamente sólo podamos avalar a uno), de que entremos en el juego que nos han impuesto los señores a quienes votamos para decirles que estamos a favor de que haya más pluralidad, de que no se pongan cortapisas a la participación política. Porque, lo que esos señores esperaban (y siguen esperando) cuando hicieron la Ley (y la trampa) es que los súbditos no nos molestemos y sigamos tranquilos a lo nuestro. Pero, además de avalar, sobre todo hay que hacer ruido, mucho ruido. Un ruido articulado en propuestas concretas, la única forma de romper el silencio cómplice de los grandes medios de comunicación. No basta con indignarse en manifestaciones multitudinarias, sino que hay que organizar medidas inteligentes para obtener resultados tangibles, aunque parezcan, cada uno de ellos, poca cosa. Se trata de poner en entredicho esa impunidad descarada de los políticos, esa seguridad (fundada) de que pueden hacer lo que quieran (siempre bajo la égida de los mercados) porque somos buenos y obedientes súbditos. Por ejemplo, no volvamos a dejar pasar modificaciones legales como la que es objeto de este post. Por ejemplo, movilicémonos y empleemos todos los medios disponibles (en primer lugar los procedimientos previstos en el marco legal vigente) para que se derogue este injusto requisito.


La Democracia - Angel Parra (Canciones Funcionales, 1969)

jueves, 29 de septiembre de 2011

Las ciencias adelantan que es una barbaridad

Hace treinta años, a causa de un accidente de coche, me rompí el tabique nasal y hube de sufrir una intervención quirúrgica en el Piramidón de Madrid. Guardo una imagen, después de la operación, en la que estoy sentado a una mesa jugando a las cartas con otros tres inquilinos de la planta de cirugía plástica: éramos todos monstruos feísimos de una película de terror de serie B. Yo, con una escayola que me cubría media cara y la descubierta completamente deformada, era probablemente el que menos asustaba, porque los otros desgraciados tenían espantosas quemaduras en el rostro y el cuerpo. La intervención se hacía bajo anestesia general, por supuesto, y consistía básicamente en que el cirujano, a modo de escultor, se dedicaba a machacar a golpes y raspados los huesecillos nasales hasta que el tabique quedara más o menos enderezado. Uno despertaba tremendamente dolorido y con la sensación de haber servido de sparring pasivo a un Cassius Clay entusiasta, de lo cual daban sobradas pruebas los pómulos hinchados, ojos completamente achinados y multitud de moratones. Estuve casi una semana internado y luego un mes más en mi casa con el yeso, a cuya incomodidad se sumaban dolores de cabeza y de los músculos faciales. Para colmo, no me dejaron demasiado bien y desde entonces nunca he respirado todo lo limpiamente que desearía. En muy raras ocasiones he sentido que el aire me entraba despejado por ambas fosas, porque lo normal ha sido que una o incluso ambas las tuviera taponadas. Nada grave, en todo caso, pues siempre he respirado por la nariz y ni siquiera ronco, pero añoraba poder inspirar bocanadas (narigadas) de aire y que me atravesaran sin obstáculos, refrescantes, los túneles nasales hasta los pulmones.

Así que hace algo más de un mes me animé a ir a un otorrino que me habían recomendado, un tipo algo más joven que yo y que, efectivamente, me produjo muy buena impresión (no suele ocurrirme con los médicos). Después de hurgarme y escudriñarme detenidamente las fosas nasales (y mostrármelas en una pantalla: mira que son feas por dentro), me diagnosticó que, además de la leve desviación de tabique nunca bien corregida, tenía los cornetes algo mayores de lo conveniente y probablemente éstos eran los causantes de mis dificultades respiratorias. Tras hacerme estar durante dos breves periodos sucesivos probando unos sprays nasales, me recomendó someterme a una sesión de radiofrecuencia mediante la cual se disminuye el tamaño de los cornetes, aumentando consiguientemente el pasaje de tránsito aéreo y, en teoría, aliviando la insuficiencia respiratoria. La técnica que este hombre usa se llama coblation y consiste en abrir canales mediante la extirpación de tejido, lo que se realiza insertando una vara en el cornete nasal que crea una lesión necrótica submucosa alrededor del canal tisular; ¿queda claro? Sin entrar en detalles técnicos que ni siquiera pretendo entender, la cosa es que te lo hacen en la propia consulta y con anestesia local. Primero me metió dos algodones empapados en anestésico en cada agujero, empujándolos fuertemente hacia arriba (fue quizá la única parte desagradable, aunque tampoco propiamente dolorosa). Tras esperar con las narices tapadas durante un cuarto de hora, me pinchó una segunda anestesia a través de los algodones, que ni siquiera sentí. Con la sensibilidad nasal a cero, me metió una finísima varilla metálica y se dedicó a darme unos toques en los cornetes que sólo percibía porque el zumbido del aparato que activaba y desactivaba (imagino que el generador de la radiofrecuencia). La intervención duró unos veinte minutos, aunque luego hube de esperar otra media hora en la sala, bien pertrechado de pañuelos de papel, porque moqueaba abundantemente sangre con restos mucosos.

Salí de la consulta perfectamente, salvo una sensación de congestión nasal idéntica a la de un resfriado en su etapa final. Según me dijo el médico, es normal y la mantendré unos días, mientras se terminan de limpiar las fosas y cicatrizar las pequeñas hemorragias. Durante una semana debo hacerme tres lavados diarios con suero fisiológico y aplicarme una pomada. A 15 horas de la operación, y pasada la primera noche sin ninguna incidencia, noto una cierta mejoría, pero sigo obviamente con mucosidades y sensación de cosquilleo. Ya veremos si la técnica funciona; no es que confíe en lograr una perfecta inspiración pero sí una mejora apreciable. Pero, en todo caso, al comparar la experiencia con la que sufrí hace treinta años (y la que se sigue practicando hoy en día, según me comentó un amigo que hace apenas unos dos meses le hicieron "a golpes" una reducción de cornetes en quirófano), me viene inevitablemente a la cabeza la frase de La Verbena de la Paloma con la que titulo este post.

martes, 27 de septiembre de 2011

El reparador

Hace un par de semanas Lansky nos aconsejaba la lectura de un escritor judío norteamericano, Bernard Malamud, a quien calificaba como el mejor escritor de cuentos que conoce (por encima de Borges y Cortázar y a la altura de Rulfo, de Poe y de Kafka). Como tengo en buen aprecio las recomendaciones de este gangster ilustrado (judío también él, por cierto) no tardé en hacerme con sus Cuentos Reunidos, así como con dos novelas. En cuanto a los primeros, coincido en que se trata de un hacedor de excelentes relatos, aunque yo no me atrevería a situarlo sobre ninguno de los que Lansky cita, quizá algo hiperbólicamente, pero, al fin y al cabo, no es más que la modesta opinión de alguien con menos lecturas (reconozco, en todo caso, que por Cortázar siento una particular devoción). Pero el objeto de este post es referirme a una de las dos novelas (la otra aún no la he leído), El Reparador (Sextopiso, 2007), que he devorado entre la ida y vuelta a Madrid de este fin de semana.

El libro cuenta las atroces penalidades de un judío ucraniano, Yakov Bok, que en 1911 fue detenido en Kiev acusado del asesinato ritual de un chaval ruso de doce años. Bok se había marchado de su pequeño pueblo a la capital ucraniana uno meses antes, tras ser abandonado por su mujer. Era un hombre amargado, nada religioso, casi renegado del judaísmo y de escasa cultura, aunque se esforzaba en entender la filosofía de Spinoza. Al llegar a Kiev, por una casualidad, auxilia a un hombre rico, miembro de las Centurias Negras, organización reaccionaria antisemita, quien agradecido se empeña en nombrarle director de su fábrica de ladrillos. Llevado un poco por el miedo y otro por la ambición, sin premeditarlo, Yakov oculta su filiación hebrea y se hace pasar por ruso, ocupando el cargo que ejerce con lealtad a su benefactor y ganándose la antipatía del capataz y otros trabajadores, quienes venían cometiendo diversos trapicheos y hurtos, aprovechándose de la ausencia de vigilancia patronal. Cuando se descubre el cuerpo desangrado del chico, oculto en una cueva, la prensa y la propia policía declaran que se trata de un crimen religioso con el fin de usar la sangre cristiana para preparar panes ácimos para la Pascua (massot). A partir de su detención, Yakov vive un verdadero calvario durante más de dos años y, a la vez que asistimos a los infinitos sufrimientos que se le inflingen, se nos pinta un estremecedor cuadro de la tremenda estupidez y crueldad del antisemitismo ruso de principios del siglo pasado. No cuento más porque lo que merece la pena es leer la novela, altamente recomendable para acercarse a ese lado tenebroso, para nada extinguido, de nuestra especie. Por cierto, el libro es de 1966; en 1967 ganó el Pulitzer Pulitzer Prize for Fiction y el National Book Award; y en 1968 se hizo la inevitable adaptación cinematográfica, dirigida por John Frankenheimer, y protagonizada por Alan Bates y Dirk Bogarde (a ver si me la consigo).

La novela ofrece, pese a su enfoque microcósmico, un panorama extremadamente realista de lo que era la Rusia del final del zarismo, durante esa última década larga que transcurrió entre las revoluciones de 1905 y 1917. Un sistema autocrático y corrupto que daba sus últimos coletazos con la furia asesina del agonizante, resistiéndose a las ansias liberales que, frustradas, impulsaron y justificaron los movimientos revolucionarios. En ese caldo de cultivo prevalecen las personalidades más despreciables: los sádicos, los ignorantes y supersticiosos, los cínicos e hipócritas, los cobardes ... Todos fruto y semilla a la vez de ese Mal impersonal que se nos antoja una marea gigantesca contra la que pareciera que no hay más opción que dejarse arrastrar, como si fuera el único destino posible. El propio Yakov enseguida entiende que sólo es una víctima propiciatoria y sin embargo, no tanto desde la voluntad consciente sino probablemente a través de una fuerza más profunda, más instintiva diría, resiste, aguanta casi sin querer. De alguna forma, esta pertinacia en seguir vivo me recuerda la famosa voluntad de ser de Spinoza, cualidad ontológica de todo ser en tanto es, que no por casualidad es la única lectura de referencia del protagonista. Pero también me hace pensar (y seguro que así lo pretendía el autor) que, entre los seres humanos. la misma encuentra su mayor expresión en los judíos. Y de hecho, Yakov Bok es castigado por ser judío y por ser judío es capaz de resistir, aunque él como individuo en numerosas ocasiones habría querido abandonar.

Naturalmente, como toda buena literatura, son muchos los asuntos sobre los que la novela nos obliga a reflexionar, sobre los que nos increpa. Por ejemplo, la relación de Dios con el hombre, con la humanidad, con la Historia; Yakov es ateo desde la religiosidad, tanto como para que su mayor acusación a Dios es que no exista. También por ejemplo, la transformación interior de un hombre a través del sufrimiento y, a la vez, la inutilidad del sufrimiento, que lleva a enlazar con la famosa banalidad del mal que acuñara Hanna Arendt, otra judía, pocos años antes de la publicación de esta obra. En fin, que se trata de una lectura casi dolorosa, que nos creemos y consecuentemente nos sacude, nos hace sentirnos acusados porque, nos guste o no, somos, cada uno, todos esos malvados. Pero también somos, cada uno, el miserable judío sufriente, el pelele que el Mal zarandea a su antojo (aquí viene a cuento la frase de Malamud que cita Lansky en su post: todos somos judíos; y de más está añadir que todos los judíos de los relatos de Malamud son siempre desgraciados, receptáculos de una infelicidad casi metafísica).

Diré para acabar que a poco que avanzaba en la lectura me convencía de que la historia tenía que ser real. No me refiero a la constatación obvia de que el entorno geográfico e histórico fuera verídico, sino a que los mismos hechos tenían que haber ocurrido, por más que Malamud los recreara con las técnicas de la ficción, mucho más eficaces que los de la crónica para traernos la experiencia vivencial de lo sucedido (tesis que repite insistente y acertadamente Vargas Llosa). Anoche comprobé que así era. El verdadero protagonista de la historia se llamó Menahem Mendel Beilis (1874–1934) y fue la víctima en Kiev del último caso en la Rusia zarista del tristemente repetido libelo de sangre, la ridícula acusación cristiana (y musulmana) de que los judíos cometían asesinatos para usar la sangre en la preparación de alimentos rituales. Se trata de una de las tantas muestras del eterno antisemitismo, omnipresente a lo largo de la historia de Europa; en este mismo blog narré la historia del Santo Niño de La Guardia, acaecida a finales del siglo XV. Por supuesto, el autor cambia los nombres (por cierto, le adjudica al protagonista el apellido del famoso poeta ruso Aleksandr Blok quien fue uno de los muchos intelectuales que denunciaron la falsedad de las acusaciones) así como algunos detalles biográficos. Pues nada, que un libro altamente recomendable que, además, me ha tocado leer en unos momentos en que ando interesado en asuntos rusos, tierra en la que nunca he estado.


Porque lloras - Ana Alcaide (Viola de Teclas, 2006)

El tema que acompaña este post es una preciosa versión de dos melodías sefardíes, interpretado a la viola de teclas por Ana Alcaide, una brillante instrumentista que vive en Toledo (creo que ya subí otra pieza de este album, pero ahora no me acuerdo). Los judíos de Kiev serían askenazis (hablan yiddish), pero no tengo música suya.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Marx y la dictadura del proletariado


Cuando Marx y Engels publicaron, en febrero de 1848, El Manifiesto Comunista tenían veintinueve y veintisiete años respectivamente; unos críos, si los miramos desde las referencias actuales. Sin embargo, sobre todo el primero, acumulaba ya abundantes experiencias y lecturas además de agudo razonamiento dialéctico, admirable capacidad de trabajo, radicalismo intelectual (traducido en la tendencia a desnudar de matices las cuestiones y apresurarse hacia conclusiones demasiado rotundas) y, desde luego, una voluntad de acción irrenunciable que guiaba su actividad teórica. Con poco más de veinte años ya se había desesperado leyendo los ladrillazos de Hegel (por más que su filosofía le sea absolutamente deudora) y estaba convencido de que el estudio y análisis de la realidad sólo se justificaban para transformarla. Desde sus primeras obras se aprecia la intención crítica; despojar de artificios los conceptos y tópicos burgueses a fin de aportar armas racionales para su desmantelamiento. Esa actitud tocapelotas y valiente caracteriza el ejercicio periodístico de sus primeros años, nada más egresar de la universidad de Berlín, primero en Colonia, luego en París, después en Bruselas y finalmente en Londres. De las tres ciudades continentales le fueron expulsando tras cerrar las autoridades las publicaciones en las que escribía. Obviamente, no se cortaba un pelo atacando con dureza las políticas de los gobiernos de toda Europa y, cada vez con la puntería más afinada, focalizaba sus críticas en el sistema económico capitalista y las relaciones (intrínsecamente conflictivas) entre las clases sociales. Durante la década de sus tiernos veinte años, este muchacho, casado desde los veinticinco, no sólo vivió a salto de mata entre lecturas y escrituras, sino que comenzó a involucrarse en agrupaciones sociales que querían cambiar las cosas. Cuando estaba en París trabó contacto con la llamada Liga de los Justos, una sociedad con ciertos tintes de secreta (al estilo de los carbonarios italianos), mayoritariamente formada por alemanes exiliados y que buscaba la fraternidad del ser humano, desde postulados heredados del pensamiento socialista utópico (Owens, Fourier). Tal buenismo seguro que irritaba a Karl y, secundado en todo por su fiel Fiedrich (se habían conocido pocos años antes en la capital francesa), se empeñó, con éxito, en derivar esa ideología algo blandengue hacia sus tesis, bastante más aceradas, y reorganizarla hasta incluso cambiar el nombre por el de Liga Comunista, en junio de 1847, recién llegado a Londres. Justamente el Manifiesto se escribió para constituirse en el catecismo doctrinal de la Liga, estableciendo sus principios fundamentales y con la muy específica intención de distinguirse de los diversos grupos que se denominaban socialistas.

El Manifiesto es pues un obra panfletaria, necesariamente simplificadora, con los inconvenientes y ventajas que ello implica, pero por lo mismo suficientemente expresiva de las ideas fundamentales de Marx y Engels que no variarían. Lo primero que debe destacarse es que para esos años ambos socios (y más Karl que Friedrich, creo yo) se podían calificar con toda propiedad de revolucionarios radicales. Negaban, salvo por motivos tácticos coyunturales, cualquier opción de transformación socioeconómica reformista, de ahí sus enfrentamiento con los varios grupos socialistas y su opción por distinguirse incluso nominalmente de ellos. Sin embargo, de la lectura de esta obra, no puede todavía deducirse cómo pensaban sus autores que había de llegarse, en la práctica, a la sociedad sin clases comunista. En el párrafo más elocuente se nos dice que “que el primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la conquista de la democracia”, frase que permitiría admitir que no descartaban un acceso “legal” a las posiciones de poder del Estado previo. Una vez en el Poder el proletariado irá “ despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas”. Los autores se apresuran a aclarar que este “despojo” sólo puede llevarse a cabo mediante acciones despóticas, medidas que han de aplicarse con absoluta dureza y constancia, y a modo de listado no exhaustivo, citan hasta diez de ellas, la gran mayoría encaminadas a socavar la propiedad, pero sin llegar a su completa extinción. Con un gobierno proletario poniendo en práctica medidas como las que se esbozan se iría demoliendo el régimen capitalista de producción y, por el mero transcurso del tiempo, desaparecerían las condiciones que determinan el antagonismo de clases y, por tanto, las clases mismas. En ese momento hasta el Estado habría de extinguirse o, al menos, perdería todo carácter político y seríamos una sociedad de seres humanos libres y, añado yo, felices.

Casi inmediatamente después de la publicación del Manifiesto, se sucedieron en muchos de los países europeos las variadas revoluciones del convulso 1848. Marx vio en ellas que por primera vez en la historia era la clase proletaria la que iniciaba el levantamiento, si bien mal organizada, lo que permitió la traición final de sus intereses a favor de la burguesía, la verdadera triunfante de todos los movimientos. Pero gracias a estas revueltas, en las que se involucraron activamente (especialmente en la francesa) miembros de la Liga de los Comunistas, las proclamas ideológicas del Manifiesto (y en menor medida otros aspectos más elaborados de la teoría marxista todavía en fase embrionaria) empezaron a divulgarse entre los obreros y estudiantes europeos. En marzo de 1850, Marx redacta una circular del Comité Central advirtiendo del peligro que suponía el creciente robustecimiento de los socialdemócratas que redundaba en la pérdida de cohesión de los comunistas y su progresiva asimilación hacia la ideología pequeño-burguesa de éstos. Marx rechaza tajantemente cualquier contemporización con los socialistas burgueses (y mucho menos la unión que éstos reclaman). En particular se opone a las tácticas de lucha “moderadas”, para evitar que la excitación revolucionaria desaparezca después de la victoria. Está sin duda escarmentado de cómo fueron traicionadas las aspiraciones revolucionarias proletarias dos años antes y esa lección le lleva a avanzar un paso más en su convencimiento de la necesidad de la violencia para alcanzar el poder proletario. Así escribe: “Lejos de oponerse a los llamados excesos, deben emprenderse actos de odio ejemplar contra edificios individuales o públicos a los cuales acompaña odiosa memoria, sacrificándolos a la venganza popular; tales actos, no sólo deben ser tolerados, sino que ha de tomarse su dirección. Durante la lucha y después de ella, los trabajadores necesitan utilizar todas las oportunidades para presentar sus propias demandas separadas de las de los demócratas burgueses”. Y también: “El armamento de todo el proletariado con fusiles, cañones y municiones debe ser realizado en el acto; necesitamos prevenir el resurgimiento de la vieja milicia burguesa, cosa que ha sido siempre hecha contra los trabajadores”. Y acaba pronunciando uno de tantos de sus afortunados eslóganes: “Su grito de guerra (el de los proletarios) debe ser: ¡La Revolución permanente!” Karl tiene 32 años recién cumplidos. Está convencido de que, en las circunstancias políticas de los países europeos, al proletariado no le cabe otra salida que el conflicto violento e independiente.

Sin embargo, repasando la actividad de Marx durante los siguientes veinte años y sus escritos, me quedo con la sensación de que dos eran sus motivaciones fundamentales. De un lado la de profundizar en el análisis detallado de los distintos factores económicos de la vida social (muy en especial desmenuzando y contradiciendo las tesis de Ricardo), lo que le permitiría publicar el primer tomo de su obra magna, El Capital, a punto de cumplir los cincuenta. De otra parte, una activa labor organizativa y didáctica hacia el proletariado, cuya culminación sería la fundación en 1864 de la Asociación Internacional de los Trabajadores, también conocida como la Primera Internacional. De su correspondencia con Engels, saco la impresión de que ambos amigos no veían viable la revolución proletaria que había de conducir a la sociedad sin clases. Previamente, pensaban, tenía que triunfar la revolución pequeño-burguesa, representada por los partidos socialdemócratas; entendían que hasta que no se cubriera esa etapa que consideraban históricamente necesaria (erraban, claro) no tocaba el último y definitivo enfrentamiento que llevaría al proletariado al poder. Por eso sus machaconas insistencias para evitar que sus acólitos fueran seducidos por los cantos de sirena de las izquierdas burguesas, a las que consideraba los verdaderos enemigos (Lenin hizo suya esta apreciación del maestro y no le tembló el pulso para deshacerse de los socialdemócratas y mencheviques). Quiero decir que, pese a que Marx fuera un revolucionario radical y luchara por llevar a la sociedad hacia su modelo de comunismo, dudo mucho que creyera que su revolución, y menos aún su sociedad, comunistas eran viables a corto o medio plazo y probablemente por ello no se preocupara demasiado de teorizar sobre el régimen futuro deseado, sobre cómo había de ser esa sociedad sin clases, por el momento poco menos que utópica.

Ahora bien, en 1870 estalla la guerra franco-prusiana que acaba con la entrada triunfal de Guillermo I en París para proclamarse emperador nada menos que en Versalles (restregándoles a los franceses la derrota). El vacío de poder subsiguiente fue ocupado en la capital por un gobierno popular sostenido por la Guardia Nacional y muy influido por las doctrinas de la Primera Internacional. La Comuna de París duró apenas dos meses, pero pleno de sorprendentes innovaciones en la forma de gestionar la vida colectiva, durante el cual se pusieron en práctica varias de las medidas propias del programa comunista. Marx quedó impresionado y admirado con el arrojo de los parisinos y con la implicación de tantos de sus correligionarios, aunque, cuando ya se podía prever que las cosas iban a acabar mal (y muy mal acabaron para los insurrectos contra el orden burgués: más de cincuenta mil ejecutados, ley marcial durante los siguientes cinco años), se quejó de los “excesos” democráticos de los comunistas, que debieran haber centralizado el poder para acabar por la fuerza con el ejército de Versalles. En dos cartas a Ludwig Kugelman (un amigo socialista de Hannover) de abril de 1871 escribe textos muy expresivos de su opinión sobre lo que estaba sucediendo en la capital francesa. De la primera: “¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, originadas más bien por la traición interior que por el enemigo exterior, se rebelan bajo las bayonetas prusianas, ¡como si no hubiera guerra entre Francia y Alemania, como si el enemigo no se hallara a las puertas de París! ¡La historia no conocía hasta ahora semejante ejemplo de heroísmo! Si son vencidos, la culpa será, exclusivamente, de su «buen corazón» … El segundo error consiste en que el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes, para ceder su puesto a la Comuna. De nuevo ese escrupuloso «pundonor» llevado al colmo. De cualquier manera, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, los cerdos y los viles perros de la vieja sociedad, constituye la proeza más heroica de nuestro partido desde la época de la insurrección de junio”. Y de la segunda: “ Gracias a la Comuna de París, la lucha de la clase obrera contra la clase de los capitalistas y contra el Estado que representa los intereses de ésta ha entrado en una nueva fase. Sea cual fuere el desenlace inmediato esta vez, se ha conquistado un nuevo punto de partida que tiene importancia para la historia de todo el mundo”. No creo que sea muy descabellado pensar que, a los cincuenta años y gracias a la experiencia de la Comuna, Karl Marx se planteara por primera vez en serio la posibilidad real (y no demasiado lejana) de la revolución proletaria victoriosa.

Como era de esperar, tras el aplastamiento del experimento revolucionario, vino una durísima reacción represiva que obligó a la Primera Internacional a volcarse en la asistencia a perseguidos y exiliados así como a reorganizarse internamente a la defensiva. Pero también se produjeron las disensiones, la más importante la encabezada por Bakunin y Blanqui, derivadas justamente de las formas de llevar la actividad revolucionaria. La última década de su vida la pasaría Marx combatiendo los que para él eran desviaciones peligrosas, no tanto respecto de las bases teóricas de su interpretación económica del devenir histórico (unánimente aceptadas), sino sobre cómo había de comportarse el proletariado. La discusión (y posterior ruptura) con Bakunin se centró en si la dirección del movimiento revolucionario debía ser centralizada y autoritaria (Marx) o atomizada y coordinada (Bakunin). Luego vendrían los enfrentamientos dialécticos con Lassalle, muy en especial cuando sus tesis, parcialmente asumidas por los dirigentes de la sección alemana de la Primera Internacional, llevaron en el Congreso de Gotha de 1875 a la fundación del Partido Socialista de los Trabajadores Alemanes (SAPD). Me imagino la rabieta del viejo Marx (57 años) que quizá, en algún momento de lucidez autocrítica, le llevara a darse cuenta de que la parte más débil de su impresionante edificio intelectual era justamente lo que él mismo definía como el único objetivo legítimo de la filosofía: la definición de esa paradisíaca sociedad futura. En uno de sus últimos escritos, Crítica del Programa de Gotha, se dedica a desmontar casi todos los principios programáticos del nuevo partido y hacia el final aborda, brevísimamente, cuestiones sobre el el futuro comunista. Es en este escrito, que yo sepa, donde Marx acuña por primera vez el término dictadura (revolucionaria) del proletariado, que aparece en el siguiente contexto: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”. Nada más, pero lo suficiente para que haya que atribuir a don Carlos la autoría del término que tantos rechazos teóricos suscitaría y tantas perversiones criminales justificaría. En mi opinión, Marx lo único que hacía era poner nombre a la etapa durante la cual el proletariado accede al poder y pone en marcha, decidida y hasta despóticamente, las medidas necesarias para la abolición de las clases, algo escrito treinta años antes.

Pero, como demostrarían los acontecimientos, la elección de la palabreja fue muy desafortunada. De hecho, la Crítica del Programa de Gotha se publicó póstumamente y no tuvo demasiada repercusión ya que se refería a unos acontecimientos con quince años de antigüedad. Como bien dice Lansky en un comentario a mi anterior post, sería Lenin quien desarrollaría ad nauseam el neologismo marxiano y le daría el contenido que más le convenía para sus intereses específicos de conquista del poder. La teoría leninista al respecto se puede encontrar en El Estado y la Revolución, escrito en 1917, justo antes de que Vladimir llegara a Rusia para tomar las riendas del poder. Pero hablar de ello sería objeto de otro post.


Fe de errata (12 de septiembre de 2012): Como puede comprobarse en los Comentarios, hace dos días un anónimo lector me hace saber que el término Dictadura del Proletariado fue empleado por Marx en textos muy anteriores a la Crítica del Programa de Gotha. Lamento mi falta de rigor y hago propósito de enmienda: intentaré ser más cuidadoso en el futuro.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El telegrama largo (3)

Mientras leía descripciones del famoso baile del plenilunio de primavera intentaba imaginarme lo que sentirían los rusos que asistieron. Era 1935, habían pasado más de diecisiete años desde la revolución y, para entonces, en Rusia no debían quedar apenas representantes de los poderosos de antaño. Nada de aristocracia zarista, seguro; muchísimos andaban por París ejerciendo de taxistas o profesores de música; pero tampoco habría aquellos viejos e inmensamente ricos terratenientes y ni siquiera los burgueses vinculados al comercio o a la industria que habían hecho grandes fortunas en el medio siglo anterior a la Gran Guerra. Para entonces, ya se había culminado la masiva expropiación a los kulaks y había concluido el primer plan quinquenal para la industrialización del país, pero todo ello desde el férreo control del partido comunista. La gran masa de la población rusa seguía en la pobreza (cuando no muriendo de hambre) y, en cambio, se iba consolidando una nueva elite en torno a los resortes del aparato del Estado y, desde luego, a la fidelidad a Stalin. Pero hay que pensar que casi todos los bolcheviques provenían de grupos muy ajenos a los que, antes de la revolución, accederían a los suntuosos actos sociales del Petersburgo o Moscú zaristas. El embajador Bullit, por su extracción social, poco tenía que ver con los dirigentes soviéticos; provenía de una de las viejas y orgullosas familias de Philadelphia y había estudiado en Harvard y en Yale. Por más que tuviera simpatías socialistas, me imagino que arrugaría la nariz desdeñosamente ante los comportamientos zafios de los bolcheviques y consta que consideraba la vida social del régimen rayana en lo cutre. De ahí que optara por deslumbrarlos con sus magníficas fiestas, buena táctica sin duda para exhibir la magnificencia y poderío norteamericanos, aunque no sé si la mejor para fomentar la amistad entre ambos gobiernos. Quizá esperaba atraer hacia su esfera a personajes concretos del Partido, pero si tal era su intención fracasó de plano, pues, tal como estaba el clima, mostrar inclinaciones hacia el boato capitalista era alimentar la desconfianza de los perros de presa de Stalin y desaparecer del panorama (y del mundo de los vivos en no pocas ocasiones), como habría de demostrarse en los siguientes meses a la famosa fiesta. Pero en ese mes de abril aún no había empezado la Gran Purga (aunque sí suprimidos hace tiempo los más destacados oponentes al poder omnímodo de Stalin) y podían verse varios bolcheviques ilustres paseando sus trajes de gala por los salones de la Spaso House y disfrutando del lujo ostentoso, síntoma claro de la decadencia del capitalismo.

Entre ellos estaba, por ejemplo, Karl Radek, admirador y servidor de Lenin durante los días de Zurich (aunque éste lo consideraba un necio insoportablemente pesado) y uno más de los viajeros del famoso tren precintado que atravesaría Alemania (en la lista de pasajeros cambió su nombre, que ya era un seudónimo, por el de Pripevski, una broma irónica de Lenin alusiva a sus aficiones cantarinas, pues pripev quiere decir estribillo en ruso). Radek, que hasta la Revolución era súbdito austro-húngaro, fue uno de los más activos bolcheviques durante los primeros años, tanto en Rusia como en Alemania, donde intentó organizar el movimiento comunista al acabar la guerra. Después de la muerte de Lenin, su influencia en el Comintern empezó a decaer e incluso llegó a ser expulsado del partido, pero lo volvieron a admitir en el 30. De hecho, cuando se celebró la fiesta de la embajada, el casi cincuentón Karl debía pasar por una etapa de reconocimiento, pues era uno de los encargados de la redacción de la Constitución de la Unión Soviética. Lejos estaría de imaginar, digo yo, que en menos de dos años iba a ser juzgado, condenado y poco después asesinado. Pero, de momento, seguro que se lo pasaba en grande codeándose con los burgueses capitalistas y charlando sin freno, quizá hasta imprudentemente. Se hizo notar empeñándose en que el osezno bebiera champán hasta que dejarlo completamente borracho, imagen simbólica muy poco conveniente para la dignidad rusa, y mucho menos en la casa del que ya empezaba a ser el archienemigo.

Otro de los capitostes que estuvo esa noche en el palacete de la plaza Spasopeskovskaya fue Nikolai Bujarin, desde muy joven volcado en las actividades revolucionarias. Cuando lo conoció en 1912 en Cracovia, a Lenin le gustó aquel tipo entusiasta y radical, devorador de libros en media docena de lenguas y orador entretenido e ingenioso. Luego, tras la victoria de la revolución, Bujarin fue poco a poco haciéndose notar, aunque todavía desde una segunda fila; de esos primeros años son algunos enfrentamientos táctico-ideológicos con Lenin en relación a la forma del Estado y a qué hacer con la guerra contra Alemania, pero sus principales disensos fueron con Trostki (a quien, por cierto, le era profundamente antipático). Es posible que esas rencillas contribuyesen a dejarse seducir por Stalin en los momentos de la sucesión; de hecho, en 1924 entra en el Politburó y se convierte en el contrapeso del ala izquierda (Trotski) y en uno de los ideólogos de la oportunista (y necesaria) tesis del "socialismo en un solo país". De lo poco que conozco a Bujarin me da la impresión de que durante la segunda mitad de los años veinte se creía, con ingenuidad suicida, que las batallas dialécticas de la cúpula bolchevique eran ideológicas y no alcanzó a ver (o al menos no lo valoró adecuadamente) que simplemente disfrazaban las salvajes cuchilladas por la apropiación del poder. A la muerte de Lenin se había convertido en el más firme portavoz de la continuidad de la Nueva Política Económica (NEP), que dejaba un cierto margen al pequeño capitalismo, especialmente en el sector agrario, consiguiendo alcanzar los puestos más relevantes como herramienta de Stalin para socavar las posiciones de Trotski. Pero en el 28 el artero georgiano, una vez expulsados Zinoviev y Trotski del partido comunista (éste confinado en Kazajastán y pendiente de ser deportado), decidió cortar de raíz las limitadas concesiones a la iniciativa privada cuyo eventual florecimiento no podía beneficiar en nada sus intereses autocráticos. El grave error de Bujarin fue hacerse demasiado popular y sus teorías, que tanto habían servido a Stalin para deshacerse de los líderes bolcheviques de un lado, iban a ser vueltas en su contra. Lo de animar a los campesinos a enriquecerse y defender una vía lenta hacia el socialismo (a paso de tortuga) pasó a convertirse en centro de los ataques, sólo aparentemente ideológicos, de Stalin que culminaron con su expulsión del Politburó a finales del 29. Probablemente, lo mejor que podría haber hecho Bujarin hubiese sido estarse calladito y pasar desapercibido pero, en cambio, se dedicó a buscar aliados (incluso entre los ex-dirigentes bolcheviques a cuya degradación él mismo había contribuido) y a chismorrear contra Stalin (lo calificó de un nuevo Gengis Khan), pero al mismo tiempo pidiéndole perdón y que volviera a admitirle en el cotarro. La colectivización e industrialización forzadas que siguieron al abandono de la NEP no resultaron buenas políticas y el descontento entre los bolcheviques empezó a extenderse. Stalin, que nunca dejó de estar atentísimo a las más mínimas oscilaciones de los sentires de los comunistas (gracias a su cada vez más eficaz policía secreta), entendió que convenía aflojar aparentemente las tensiones y así, después del 17 Congreso del Partido, vinieron dos añitos que se llaman del deshielo, casualmente (¿o no?) justo en los cuales se establecieron relaciones diplomáticas con los USA, se abrió la nueva embajada en Moscú y se celebró la famosa fiesta primaveral. Bujarin fue rehabilitado y puesto al frente de Izvestia, desde donde se dedicó a denunciar y advertir sobre el peligro de los fascismos europeos. Supongo que para las fechas de la fiesta de la embajada ya no quedaría nada de su antigua ingenuidad y era bien consciente de que su posición e incluso su vida peligraban. Consta que durante los meses anteriores a su detención (27/2/37) a varias personas les habló de su odio y miedo a Stalin, a quien ahora ya consideraba el mismísimo diablo; así que no es difícil pensar que, conocida su natural locuacidad probablemente avivada por el alcohol, también él se explayara contra el régimen delante de los anfitriones norteamericanos.

Traigo a colación a estas dos personalidades del comunismo soviético porque en cierto modo me parecen buenos ejemplos de lo que se cocía en el enrarecido ambiente de la política rusa mientras el embajador Bullit los acogía en la fiesta más esplendorosa que había visto y vería el régimen. Supongo que la declarada intención de obnubilar a los zopencos rusos se completaba con la de conseguir, de esa manera, llegar a conocer mejor sus secretos a fin de evaluar la futura evolución de la URSS y plantear al gobierno de Roosevelt las tácticas más adecuadas. Presiento que en gran medida esos objetivos se lograron y que, pasadas la resacas, Bullit discutiría largamente con sus asesores, entre ellos Kennan, sobre las tensiones que sin duda habrían detectado entre sus prominentes invitados. No creo que se dejaran engañar por la retórica oficial, preñada de triunfalismo, que había caracterizado los discursos del reciente 17 Congreso del PCUS, mientras sottovoce se propagaba el descontento. Hay que recordar que apenas cuatro meses antes de la fiesta, Kirov, la figura más llamativa de ese Congreso, había sido misteriosamente asesinado en Leningrado y por más que recibiera un funeral de estado y el propio Stalin cargara el féretro, a pocos debía ocultársele que su mano estaba detrás del crimen. Faltaba poco más de un año para que empezaran los juicios de Moscú y el aparente clima de distensión no era más que la calma antes de la tormenta, la tormenta que acabaría con los dos personajes a cuyas semblanzas he dedicado los párrafos anteriores. Esta situación tuvo que ser percibida por Kennan, ya predispuesto a la desconfianza respecto a los para él crueles e intrigantes soviéticos, pero también por Bullit, pese a sus simpatías. De hecho, el embajador en los meses que siguieron tuvo suficientes pruebas de la criminalidad del régimen y, cuando cesó en el cargo (antes de los juicios) ya había visto lo suficiente para convertirse en un combativo anticomunista hasta el final de sus días. Me pregunto, de otra parte, qué efectos tuvo la fiesta de la embajada en los hechos posteriores. No creo que sea muy descabellado suponer que los agentes de la NKVD presentes en la embajada recopilaran buena cantidad de palabras de los figurones bolcheviques que se usarían unos meses después para condenarlos. Bajo esa óptica, el mismo Bullit, que tanto se horrorizaría con las atrocidades de Stalin, pudo convertirse en uno más de sus tontos útiles.


Prospettiva Nevski - Franco Battiato (The Platinum Collection, 2004)