miércoles, 12 de febrero de 2014

Los episodios nacionales de Almudena Grandes

He seguido la producción literaria de Almudena Grandes desde que empezó, desde que ganó el premio de La Sonrisa Vertical con Las edades de Lulú allá en el 89, esa iniciativa de Tusquets y Berlanga durante la Transición con la loable intención de dignificar la narrativa erótica en unos tiempos en que los españolitos andaban salidos como verracos por tantos años de represión. A medida que la Grandes publicaba una novela, con no demasiada demora, me la mercaba y leía, y así han ido acumulándose todas en mis estantes, con algún otro libro de relatos cortos. He asistido pues a la evolución de su escritura, notando cómo ganaba aplomo y, también, constatando cuánto se dejaba ver el autor en la novela. No me refiero tanto a una homogeneidad estilística que hace reconocibles sus obras, sino a que leyendo una novela de Almudena Grandes se te hace demasiado presente Almudena Grandes, la persona, sus ideas, su carácter. No digo que esto sea bueno o malo y reconozco que es bastante posible que mi apreciación esté inevitablemente condicionada por la relativa notoriedad pública de la escritora, por más que me mantenga bastante al margen de su actividad. Pero aún así, tengo la impresión de que tanto peso del autor en la novela es una especie de limitación; no lo sé.

Lo cierto es que, sin que me llegaran a entusiasmar ni considerara estar leyendo grandes obras literarias, sus novelas me gustaban (¿por qué, si no, las habría seguido comprando?), unas más que otras, claro. La última que había leído hasta la semana pasada –El corazón helado– incluso me sorprendió: me di cuenta de que la escritora se atrevía con lo que podríamos llamar un asunto mayor que, en este país, obligadamente había de ser el de las dos españas machadianas, en forma de crónica bien narrada de dos protagonistas y dos familias. Ciertamente, es ésta una novela escrita desde las emociones de la autora que sabe transmitir (eso es técnica) buscando consciente y eficazmente emocionar al lector. Aún con la excesiva presencia de la autora, la trama engancha, la prosa es de alta calidad, brillante en algunos pasajes, los personajes –incluso pese a cierto hálito de "santidad laica"– creíbles y, sobre todo, provocadores de la respuesta emocional del lector. Pero, sobre todo, me llamó la atención la ambición "literaria-histórica", el ingente trabajo que había tenido que afrontar Almudena para construir un libraco de casi mil páginas. Cuenta en las últimas páginas (un postfacio cuya mera inclusión constata el singular significado de esta obra para la autora) que para escribirla buceó incesante y casi obsesivamente, mediante múltiples lecturas y conversaciones, en las aguas para nada cristalinas de la guerra civil y de las dos españas del franquismo, la vencedora y la vencida, esta última tanto dentro como fuera de sus fronteras. Y los resultados de ese esfuerzo han sido más que satisfactorios: la historia enmarca convincentemente el desarrollo de la trama de ficción, cualidad que–como ya he comentado alguna vez– valoro especialmente.

A riesgo de caer en el tópico simplificador, diría que con esa novela de 2007 Almudena se hizo mayor, encontró definitivamente su voz literaria (considerando que empezó con ella a los cuarenta y dos años, no parece desencaminado calificarla como la inicial de su madurez). Prueba de ello –y de que con lo hecho no le bastaba– la mujer se plantea una empresa quizá todavía más ambiciosa y en la que se ha embarcado –seguro– con su habitual apasionamiento y no menor disciplina investigadora: relatar seis episodios de la posguerra española que cubren desde octubre de 1944 hasta la celebración, en 1964, de los "25 años de paz". De momento lleva publicados tres (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas Manolita), en 2010, 2012 y hace un par de semanas. Como ella misma declara en el postfacio de la primera de estas novelas (como si acaso hiciera falta) la referencia conscientemente pretendida de esta serie –con el título común de Episodios de una guerra interminable– son los homónimos de Benito Perez Galdós, las cuarenta y seis novelitas históricas que abarcan desde 1808 (Trafalgar) hasta 1880 (Cánovas). Don Benito escribió los primeros veinte libros entre 1873 y 1875 (es sabido que Galdós era muy prolífico), en la primera mitad de su treintena. Prometió entonces que ahí acababa el ejercicio pero, tras el 98, impactado por el desastre o acuciado por la necesidad de tapar los crecientes agujeros de su economía, continuó la tarea, más o menos a la edad que yo tengo ahora y, a ritmo más pausado, la prolongó hasta poco antes de su muerte (de hecho, la última serie quedó interrumpida en el sexto volumen, sin llegar a los diez de que constaba cada una de las anteriores). No voy a comentar los Episodios que son sobradamente conocidos (y que, en mi opinión, deberían ser lectura obligatoria para todo chaval de instituto); baste decir que con ellos Don Benito consagra el canon de lo que, desde entonces, ha de considerarse la mejor novela histórica: narrar el devenir de acontecimientos documentados, con estricto respecto por los hechos, a partir de la inserción de los avatares de unos personajes ficticios, el relato de unas tramas privadas inventadas (mas plausibles) que son sacudidas y arrastradas por el fluir de la historia. Mediante tal recurso, la vemos y aprendemos desde las vivencias cotidianas –y por tanto cercanas– de unos protagonistas imaginarios que se nos hacen entrañables. De más está resaltar que se trata de una visión honestamente subjetiva, a lo cual nada hay que objetar sino todo lo contrario: sin subjetividad no habría literatura.

Dice Almudena que descubrió a Galdós en el verano de 1975, en las Obras Completas de tomos encuadernados en piel rojo por la editorial Aguilar que había en la casa de su abuelo. Me acuerdo de esas encuadernaciones en rojo, aunque yo los Episodios los leí en la colección de Librería y Casa Editorial Hernando (luego absorbida por Alianza, creo) que me regaló mi padrino a su vuelta de Colombia. Fue también un verano, pero el del 74, durante el cual me zampé los cuarenta y seis libritos cuando no estaba intentando ligar (con bastante poco éxito, dicho sea de paso). Adolescente como la Grandes, quedé asimismo entusiasmado por esa entretenida y apasionante inmersión en el XIX español. Unos meses antes había descubierto a don Benito leyendo a escondidas Fortunata y Jacinta; no me entusiasmó tanto, sin duda porque todavía era un crío. Volvería a Galdós ya en mi veintena, reconociendo a través suyo el Madrid gozoso de los primeros ochenta y convenciéndome –como también lo está Almudena– de que estaba ante el gran novelista de la literatura española si no mencionamos a Cervantes (las comparaciones son odiosas y, además, el Quijote es cosa aparte; sin embargo, permítaseme confesar que mis raíces emocionales se nutren de la novelística del XIX, educación literaria-sentimental que es la base de la posterior evolución de mis gustos). Volviendo a Almudena Grandes, nos asegura que ha sido Galdós uno de los escritores que más le ha influido y que piensa que si no hubiera empezado a leerle a los quince años jamás habría sido escritora. Estoy convencido de que no es la única que le debe su vocación a Don Benito, aunque temo que sus efectos sean bastante menores en los tiempos que corren. En todo caso, me imagino a la madrileña con la vaga idea desde hace tiempo de poder escribir algún día unos episodios actualizados y que de pronto –en febrero de 2005 según ella misma cuenta– se topa con la casi desconocida historia de la invasión del Valle de Arán y se dice "ya está, por fin tengo el primer episodio". Por cierto, entre 1963 y 1979, Susana March (1918-1991) y Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), matrimonio de escritores, se animó a continuar la saga galdosiana con unos Episodios nacionales contemporáneos que empezaban con la guerra de Cuba y acababan con la II República. Pese a que el todopoderoso José Manuel Lara apostó fuerte por esta secuela, no parece que consiguiera demasiado eco y dudo que hoy pueda conseguirse, salvo en librerías de viejo. Hará casi treinta años me conseguí en alguna tienda de libros usados tres de los once volúmenes que llegaron a publicarse (uno recuerdo que era El desastre de Annual) y sé que me los leí pero lo cierto es que no guardo ninguna huella en la memoria.

Los episodios de Almudena cubren un periodo de veinte años la historia de España, bastante menos que los galdosianos que abarcan setenta y dos (no en balde Galdós escribió 46 y la Grandes pretende darnos sólo seis). Curiosamente, sin embargo, el tiempo que dista entre la fecha de escritura y la del episodio narrado es más o menos similar (en torno a los 65 años para el inicio de cada saga). Ahora bien, la principal diferencia es que, con absoluta intencionalidad, la novelista madrileña se centra en una parte muy acotada del franquismo: selecciona episodios de la historia de los vencidos en la guerra civil y que, además, fueron ocultados por los medios oficiales contemporáneos. De esta forma, pretende la autora dar a conocer al público actual, que en una gran proporción no vivió esa época, lo que fue, especialmente para quienes llevaron la peor parte. Naturalmente, como ya he dicho, lo hace desde la explícita subjetividad, sin disimular en absoluto sus simpatías, pero no por ello cayendo en maniqueísmos ñoños de buenos y malos (al menos, no de completamente buenos o malos). En mi opinión, sólo esta finalidad que podemos llamar "didáctica" justificaría el interés por leer estas novelas. No hay que olvidar que la tan loada Transición (en los últimos años ya bastante menos) fue en gran medida una especie de pacto de silencio, un "tiremos p'alante olvidando el pasado, sin querer saber nada". Pero, como es sabido, los cadáveres mal enterrados, además de oler, terminan empeñándose en aparecer.

De momento sólo he leído el primero de estos episodios y ya digo que me ha gustado mucho (he devorado en una semana de trabajo sus algo más de 700 páginas). El hecho histórico central es la invasión del Valle de Arán que, entre el 19 y el 27 de octubre de 1944, llevaron a cabo unos cuatro mil combatientes de la Unión Nacional Española, en su gran mayoría exiliados españoles que habían luchado en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra. La protagonista de ficción, Inés, es una chica de buena familia madrileña que durante la guerra civil se había quedado sola en su piso del barrio de Salamanca, "convirtiéndose" al comunismo y colaborando activamente con el Socorro Rojo. Cuando cae Madrid, es encarcelada y rescatada unos años después por su hermano mayor, capitoste de Falange, quien tras ingresarla primero en un convento, luego la lleva consigo a su casa en Pont de Suert (Alta Ribagorza) casi en calidad de prisionera. Allí escucha una noche el anuncio de la invasión por la emisora La Pirenaica y a lomos de un caballo robado consigue escapar para presentarse ante los guerrilleros con cinco kilos de rosquillas en Bosost, pequeño pueblo junto al Garona en el borde occidental del Valle de Arán. Hay, por supuesto, una historia de amor que surge durante esa semana y que seguirá durante los siguientes años –una vez fracasada la que se dio en llamar Operación Reconquista– en Tolouse, capital en Francia del exilio republicano. Y durante el relato, la trama inventada se encaja rigurosamente en la cronología de los hechos, con la inserción en aquélla de personajes reales: Pasionaria, Jesús Monzón (un excepcional dirigente del PCE que acabó abominado por el comité central), Santiago Carrillo ...

En varias entrevistas Almudena afirma con razón que casi nadie conoce hoy esta audaz iniciativa que organizó el PCE de Tolouse (sin autorización previa de los dirigentes que estaban en Moscú) y que fiaba sus escasísimas probabilidades de éxito al apoyo de Stalin y de los gobiernos francés e inglés, además de a un levantamiento popular de los españoles contra la férrea dictadura de esos años. Ninguna de esas condiciones se hizo realidad. Aunque la guerra mundial ya estaba prácticamente ganada, los gobiernos aliados no estaban por la labor de remover a Franquito, por más que mostraran en público su desagrado. En cuanto a los españolitos lo que estaban era asustados, sus voluntades apagadas por el cansancio y el miedo. Sonará a fanfarronada, pero yo sí conocía este episodio desde hace ya unos cuantos años, si bien no recuerdo cómo lo descubrí. Pero apenas sabía que la invasión ocurrió y me extraña que no me picara la curiosidad para investigar sobre el asunto. Ahora, gracias a la lectura de esta novela, sí lo he hecho; algo que he de agradecer a la Grandes.

El libro está, en general, muy bien escrito. A pesar de algunas dosis de complacencia de la autora, los personajes quedan estupendamente retratados, los sientes cercanos, reales. La trama engancha, no quieres dejar de leer. Además, emociona, quizá con demasiada frecuencia o puede que el tema y la madurez hagan que se me rayen los ojos más de lo decoroso. En resumen, que lo recomiendo encarecidamente (y, por supuesto, leeré los siguientes episodios).


10 comentarios:

  1. ”leyendo una novela de Almudena Grandes se te hace demasiado presente Almudena Grandes, la persona, sus ideas, su carácter. No digo que esto sea bueno o malo”. Estoy tan absolutamente de acuerdo con este diagnóstico de Almudena Grandes como en desacuerdo, supongo, con tu conclusión. Yo sí creo que es malo cuando el autor se deja ver demasiado en su obra en lugar de camuflarse detrás de ella y dejar que esta se imponga, que es, insisto: a mi juicio, lo que hacen todos los grandes creadores (un solo ejemplo, tremendo: Cervantes está, claro, en El Quijote, pero muy tapado). El estilo es la persona, pero la persona no puede imponerse a la obra ni estar presente. Conclusión: valoro más la A.G. persona que la A.G. escritora. En ese sentido, y en la misma editorial me parece muy superior, con un empeño parecido, la saga/episodios nacionales (aunque muy centrado en el país Vasco) de Ramiro Pinilla. Y por supuesto, me parece muy superior el modelo invocado, el gran canario/madrileño don Benito, al que algunos mediocres lírico tontainas calificaron de ‘garbancero’

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  2. Leí hace casi diez años la primera de la trilogía de Pinilla a que te refieres (pero publicada por Círculo de Lectores) y me gustó, pero me emocionó bastante menos que esta de la Grandes. En todo caso, creo que el de Bilbao, del que solo conozco esa obra, es un autor muy sólido que merece que lo visite. Curiosamente, chequeando ahora en la wiki su obra al hilo de tu comentario, descubro que en el 77 publicó unas Primeras historias de una guerra interminable, casi coincidente con el subtítulo que ha elegido Almudena para su serie: Episodios de una guerra interminable.

    De otra parte, seguramente tienes razón y no es bueno que un autor se deje ver demasiado en su obra. Aún así, en el caso de AG esta visibilidad es tan "transparente" que me parece honesta y casi se interioriza como elemento estilístico. Como sea, a diferencia de ti, yo valoro más la obra de AG que a la persona, que no es que tenga nada contra ella pero no termina de hacérseme simpática (no la conozco, desde luego, así que no pasa de ser una sensación).

    Por último, coincidimos en la admiración por el gran don Benito, el mejor escritor madrileño que ha habido, por muy grancanario que fuera. Y acabo insistiendo en que, pese a tus reparos, leas –si no lo has hecho ya– este Inés y la alegría, a ver qué te parece.

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  3. Me pasa todo lo contrario que a Lansky: sin entusiasmarme A.G. como escritora, reconozco que se la lee bien, y algunas cosas suyas me han gustado bastante. (Como últimamente las amigas de mi mujer ya no le regalan libros -desde que tiene el ebook- las últimas, estos tres 'episodios nacionales', no las he leído). Como persona, en cambio, me carga considerablemente. Excesivamente ocupada en exhibir su irreprochable 'progrez', excesivamente bocazas, me parece. Quizás sean manías mías, pero si sus opiniones fueran un poquito menos voceadas, un poquito menos suficientes y agresivas y un poquito más fundadas, me caería mejor.

    En cuanto a Galdós, cuanto más lo releo, más me gusta. Proyecto una relectura de los Episodios, que leí hace ya demasiado tiempo, no tabn adolescente como Miroslav, pero casi.

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  4. Matizo, porque en realidad concuerdo con los dos la A.G. que valoro como persona es la que se transparenta en sus novelas, no en sus obvias y casi siempre poco matizadas proclamas, en ese último sentido me parece infinitamente mejor su marido Luis García Montero. Por otra parte de Galdós lo que más me ha gustado de siempre es su obra 'externa' o ajena a los Episodios, por ejemplo insigne: Fortunata y Jacinta, que me parece una de las mejores novelas española de todos los tiempos, junto a la Regenta de Clarín y El Quijote, nada menos y , en todo caso, esa miniatura, Niebla, de Unamuno.

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  5. "Sin subjetividad no habría literatura".

    Yo creo estar bastante de acuerdo con eso que has dicho. Creo que ocurre especialmente con la novela. La objetividad tal vez deba quedar para los historiadores y divulgadores científicos. Voy a repensarlo un poco porque en este Caso Almudena G. está contándonos una parte de nuestra Historia. Entiendo que ahora le ha metido mano a la etapa más 'crítica', la que va del 39 al 64.
    Lara, además de astuto y poderoso se conoce el mercado al dedillo y lo demuestra con una primera edición de 150.000 ejemplares. Eso no los vende de un tirón ni tomando a las mejores plumas del país.

    Almudena es GRANDE, si se me permite el simplón jueguecito de palabras.

    LA CHICA ESCRIBE MUY BIEN. Es obvio y me gusta mucho que ella escribe también con las tripas. No puede (no quiere) desinmiscuirse de lo que está contándonos.

    Como ya conté, para el lanzamiento en televisión de la colección 'La Sonrisa Vertical' Luis García Berlanga me pidió que produjera yo el spot porque nos obligaron a utilizar como ¿actriz? y/o presentadora a eso que aún enseña el cuerpo en la mar apenas entra el verano: la ridícula bióloga Ana Obregón, que no sabía andar ni caminar ni sentarse en un sofá sin hacer aspavientos. Pa matarla, oye. - Grillo, me dijo, dirígela tú. Haz lo que puedas. Luego en el montaje ya me encargo yo de que se la vea lo imprescindible. También a mí me puso de los nervios (ya le tenía manía de antiguo) y tuvimos que telefonear al hijo mayor de Berlanga (Jose Luis) para terminar un spot de ¡¡¡ VEINTE SEGUNDOS !!!

    Por entonces nos vimos un ratín con Almudena Grandes - con ese vozarrón de cazallera - y nos pareció asequible, inteligente y simpática aunque quizás, sí, un pelín habladora.

    Cierto 'Los episodios...' de Galdós deberían ser de obligada lectura en la enseñanza española - aunque en uno de mis posts arremetí con él porque se puso amante de la Pardo Bazán, de quien dije que debía tener las bragas como el papel de envolver churros... Uno, que si no gamberrea un poco no se queda tranquilo.

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  6. Y Miau, se me había olvidado Miau, también de Galdos

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  7. Lansky y Vanbrugh: Fortunata y Jacinta, como digo en el post, fue mi descubrimiento de Galdós. Pero fue bastantes años más tarde, cuando la releí y ya no era un crío, cuando aprecié de verdad su grandeza.

    Al final vamos a estar de acuerdo los tres: en que simpatizamos con la imagen de Almudena Grandes que percibimos a través de sus novelas, pero que nos termina de gustar la real (probablemente nos parezca demasiado "brutal", un poco como elefante en cahcarrería). Si es así, apunto que ello podría suponer una común valoración de su literatura, por más que la autora esté demasiado presente en ella. En todo caso, insisto en que –para mí– da un salto cualitativo a partir del Corazón Helado que consolida en esta primera novela su proyecto de episodios. Ah, y no se trata de compararla (o hacer un ranking estilo yanqui) con Galdós. Nos falta distancia temporal y nos sobra contaminación mediática para hacerlo. Pero es que tampoco ella lo pretende: su referencia galdosiana la plantea en forma de homenaje,no tanto estilístico como a la visión que de España tenía Don Benito, y sobre ésa si habría mucho que hablar (para bien, claro).

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  8. Grillo: Tus comentarios, como turs posts, son impagables incluso hasta en el cacao mental que te (y nos) generas. ¿Cómo no se me ocurrió que habrías de haber estado involucrado en la Sonrisa Vertical? En cuanto a la ambiciosa tirada editorial del libro al que dedico el post, como puedes escuchar en la entrevista que le hicieron en su día en La 2 al final de post, no fue decisión suya sino apuesta de Tusquets. Que, por cierto, nada tiene que ver –que yo sepa– con Lara.

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  9. ¡ Ups !! Miroslav, pido disculpas por lo de Lara. Ha sido un lapislázuli.

    Ahora mismo me voy al pizarrón y escribo 500 veces: "La editorial de A. Grandes es Tusquets", "la editorial de A. Grandes es Tusquets" " La editor..."

    A cambio, y ya que mencioné a la bióloga de las tetas, soy capaz de alegraros los ojirris buscando unas fotos que mi socio hizo a las dos hermanitas en pelota picada hace un montón de siglos; y los padres allí.

    Como entonces eran unas desconocidas (y muy jóvenes) no tenían tontunas y se limitaban a estar buenísimas.
    Se podrían cagar en mis mulas porque eso debe estar prohibido. Aparte de eso las tendrá mi socio, que a veces le dan fogonazos de sensatez y tal vez no las busque o crea que no se deben publicar.
    Recuerdo que la hermana era algo más joven, de portada de Playboy pero sin esas ubres que tanto encandilan a los hombres en general y mi nunca me han gustado. "More than a mouth ful is waste"

    "La editorial de A. Grandes es Tusquets" "la editorial de A, Grandes es Tusquets" " La ediorial de A, Granes es Tus...".

    Que se hicieron las fotos es cierto. Lo de que las publicaría es falso. Todo tiene un límite y hasta ahí no soy capaz de llegar, (a menos que por mano del diablo salieran a la luz algún día por capricho de ellas mismas.)

    "La editorial de A. Grandes es Tusquetes", etc. etc.

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  10. Y, a mes a mes, tengo en el viejo álbum familiar una foto tomada en la playa de Casteldefells donde están junto a una barca en la arena, muy colocaditos, el Tusquets flaco de la barba que fumaba en pipa, (¿Oscar?), Herralde, quizás Beatriz de Moura, otro que no me suena, y mi santa madre. Hacían pandilla.

    Me da apuro, porque todos llevaban aquellos bañadores de punto, de lana, que al salir del agua marcaban el paquete los caballeros y el botón de los pechos y la rajita las señoras. Impúdico a tope.
    En otras fotos llevan ya tod@s el albornoz blanco de reglamento. No olvidéis que la madre de mi madre, la del ojo de cristal, era una catalana de pro.

    Cuando las hermanas y hermanos las repasamos en casa nos de cierto apuro. Pero luego, una vez 'de calle' eran estrechos hasta límites increíbles.

    Dudo muy seriamente que las publique (y sé muy bien donde están), porque al principio del blog me prometí no mostrar fotos de mi padre ni de mi madre. Una cuestión de mero respeto.

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