lunes, 20 de octubre de 2014

Chelo Silva

A mí los boleros nunca me han gustado. Las melodías de sus canciones me resultan simplonas, muy ajenas al tipo de música que me emociona. Pero sobre todo eran las letras lo que me rebelaba cuando mis padres, en mis lejanos años adolescentes, hacían sonar en el destartalado tocadiscos de casa singles de Los Panchos, Lucho Gatica, Antonio Machín, Los Tres Sudamericanos y otros más. Las letras eran cursis a más no poder, cantos de amores almibarados que me generaban rechazo casi visceral. Seguramente este rechazo bastante debería a mi temprana oposición hacia los cánones estéticos (e incluso éticos) de mis padres, la cual se reforzaría cuando mis primeras preferencias musicales (rock anglosajón) fueron enseguida denostadas por ello: qué mejor estímulo para afianzarlas. En todo caso, aunque los gustos –como todo en la vida– se nos van formando por azarosas vías, lo cierto es que ni siquiera de mayor, ya bastante más tolerante y ecléctico, he tenido nunca motivos para reconsiderar mi fobia hacia el género. Por el contrario, a medida que he ido conociendo la historia de América Latina, he podido comprender la función que tuvieron los boleros como instrumentos de alienación conformista al servicio de las crueles dictaduras que fueron la norma durante su auge popular (de los años treinta a los cincuenta del pasado siglo).

Sin embargo, no es aconsejable despreciar ningún territorio sólo porque la impresión general que de él tengamos no nos guste. En todos lados se cuecen habas y hasta en donde menos te lo esperas te topas con hallazgos interesantes. Y más en la música, uno de los ámbitos artísticos más permeable al mestizaje, a las influencias y fusiones. También en el bolero, que en México, por ejemplo, incorporó mucho de las rancheras, género que, en cambio (porque también les gustaba a mi padres), siempre me ha atraído, especialmente por ese desgarro tan característico de sus letras e interpretación. No son canciones al amor de cuento de hadas ni a la felicidad arrobada y pánfila, sino al desamor de personajes enrabietados, que desnudan sus sentimientos con fuerza expresiva, siempre exagerando más de la cuenta. Puede que el compás y el ritmo de los llamados boleros rancheros siguiera ateniéndose al canon del bolero (le dejo a Vanbrugh que me lo confirme), pero la música adquiere bastante más fuerza, y mucho tiene que ver la incorporación de las trompetas "al estilo mariachi" (y también los violines), condimento fundamental para aliñar el soso rasgueo de las guitarras. Así que si resulta (hace poco que me he enterado) que muchos de los temas del gran José Alfredo deben calificarse de boleros, pues habré de cambiar de opinión sobre el género.

Valgan los párrafos anteriores como introducción a la mujer que motiva este post y que, en efecto, fue una intérprete de boleros muy influidos por la popular ranchera mexicana, aunque con sus peculiaridades propias. Chelo Silva fue una mujer de rompe y rasga, adorada o denostada sin fisuras, apasionadamente. Nació en 1922 en Brownsville, Texas, y murió a los 65 años, en 1988, en Corpus Christi, también en el Estado sureño estadounidense. Su carrera musical, iniciada desde muy jovencita, estuvo vinculada sobre todo al ámbito de la frontera, saltando continuamente a ambos lados del Rio Grande, referencia mayor de la vida nocturna en los treinta, cuarenta y hasta cincuenta del pasado siglo. Quienes estudian la música popular la encuadran en la segunda generación de boleristas, los que apartándose del primigenio romanticismo dulzón y alienante del género, lo derivaron hacia temas incómodos para los biempensantes. Con la marcada influencia de las rancheras, los boleros de Chelo hablan de las caras sucias del amor en historias ambientadas preferentemente en lugares poco decentes, lo que le mereció el apodo de reina del arrabal. Pero, sobre todo, sus letras reivindican un tipo de mujer que para nada responde a la figura pasiva y complaciente que era el modelo ideológico de aquellos años. Quizá por eso, además de por ser chicana, apenas accedió a los circuitos de la potente industria musical mexicana, lo que no impidió que sus temas sonaran sin cesar en las emisoras y gramolas de todos los locales nocturnos y que se la calificara de ángel de la guarda de las mujeres. No es de extrañar que en las últimas décadas su figura haya empezado a despertar interés en el ámbito académico de las universidades estadounidenses entre quienes combinan el estudio de la cultura chicana con la sociología de género (he encontrado un par de ensayos en internet sobre ella), como un exponente de un feminismo vital muy duro de ejercer en ambientes tan profundamente marcados por el machismo ideológico. Antecesora de Paquita la del Barrio, quien ha reconocido en más de una ocasión sus deudas con la tejana. En todo caso, merece la pena escuchar sus canciones; ahí van una docenita de las que en su tiempo fueron más populares.

 
Amor aventurero

 
Amor de la calle

 
Besos callejeros

 
Borracha

 
El cheque en blanco

 
Las cuentas claras

 
Un día con otro

 
Hipócrita

 
Miseria

 
Punto a mi favor

 
Ya me voy

 
Ya no me interesas

5 comentarios:

  1. No me entusiasma particularmente el bolero, pero tampoco me molesta. Y debo reconocer que hay intérpretes, Los Panchos, por ejemplo, a los que me gusta oir, por la perfección cuidadísima de su cursilería. Algunos de sus boleros -"Lo dudo"- me parecen verdaderas obras maestras en su género.

    Precisamente por eso me ha gustado menos esta Silva. Lo que canta -las cuatro primeras que has colgado: no he tenido tiempo ni ganas para más- a mí me parecen boleros por su ritmo (pero disto mucho de ser una autoridad en el género). Y los boleros tienen que ser dulzones y cursis. Me refiero, sobre todo, a los aspectos musicales, las letras me llaman siempre menos la atención y me dan un poco igual...

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  2. Vanbrugh: Hace unos días hablábamos un amigo y yo sobre la calidad en arquitectura, reconociéndola al margen de los "estilos"; es decir, incluso en aquellos "lenguajes" que nos horrorizaban distinguíamos entre las que eran buenas y malas obras. A mí con los boleros me ocurre algo así, y supongo que justamente es esa dulzonería cursi es el factor del "género" que me produce más rechazo, lo que no quita que sin duda haya mejores y peores boleristas y probablemente, entre éstos, sean Los Panchos de los más excelsos.

    En cambio, como cuento en el post, la ranchera (y otros géneros de la canción popular mexicana) me encanta en gran parte por no dar concesiones a la cursilería dulzona. La fusión que significa el "bolero ranchero" que, pese al ritmo, me parece más cercana a las rancheras me ha valido para reconciliarme con los boleros (incluso descubrir que canciones que conozco desde siempre eran "boleros").

    En otras ocasiones has comentado que a ti las letras de las canciones te llaman poco la atención. No es mi caso. Una canción para mí son ambas cosas y ambas a mí me resultan indisolubles. Como escribí hace tiempo en este blog, me encanta esa riqueza del mexicano, tan hiperbólica (pero en sentido muy distinto al de los andaluces), que abunda tanto en las canciones. No, no puedo dejar de disfrutar con las letras desgarradas de una ranchera, con ese desgarro exagerado que me maravilla como tiendo a rechazar la dulzonería de música y letra de un bolero. En fin, tenemos gustos distintos.

    Aparte de su interés estrictamente musical, Chelo Silva me ha resultado muy atractiva por ser una mujer de carácter en tiempos difíciles para éstas, por ser una buena representante de los que los yanquis llaman la "cultura de la frontera" y por algunas cosas más de su biografía. Fue bastante popular en su época y hoy está prácticamente olvidada.

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  3. "la perfección cuidadísima de su cursilería.". No puedo mejorar esa acertadísima y concisa frase de Vanbrugh referida al dulzón encanto de algunos boleros, que, en efecto, se pierde con la tal Chelo Silva (hasta el nom de guerre es poco eufónico). Como un pastel, a veces apetece el más empalagoso.

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  4. Es cierto que en una canción ambas cosas, letra y música, son importantes. Yo, que abomino de las coyundas entre música y literatura -óperas- porque me parece que se entorpecen y se empeoran mutuamente, reconozco que una buena canción es una excepción a este principio mío. Pero no puedo evitar que siempre me parezca más importante la música, y que sea en lo que primero me fijo. Si la música de una canción me parece mala, no hay letra que me la arregle. Y si me parece buena, una buena letra la perfecciona, pero una mala no me la estropea. Con cambiársela, o ignorarla...

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  5. Los boleros me emocionan únicamente porque me recuerdan a mi abuelo, pero he de reconocer que un día acompañé a una amiga que le encantan a la Cueva del Bolero (Madrid) y disfruté mucho del concierto, supongo que fue porque en directo la música te envuelve y te embelesa.
    No conocía a Chelo y la canción que más me gusta creo que es más ranchera que bolero, "Ya no me interesas".
    Un abrazo grande, :)

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