Universitarios
Hará de esto tres o cuatro meses. Entre los estudios monográficos que necesitábamos para el Plan General había uno que no sabíamos quién podría afrontarlo. Se trataba de evaluar la relevancia económica de una cierta concentración de lo que se ha dado en llamar "industria escaparate" y que, en realidad, de industria poco tiene; son negocios caracterizados por disponerse en naves de gran tamaño con frente a vías de bastante tráfico: concesionarias de automóviles, grandes almacenes de ferretería, de mobiliario, etc. El área en la que se localizan ha adquirido con los años una gran centralidad, poco acorde, en principio, con las actividades y la imagen de estas edificaciones. Pero, antes de plantear cualquier operación urbanística (de reconversión, erradicación o lo que fuera), convenía cuantificar los distintos efectos sobre la economía municipal.
Tras unos cuantos intentos infructuosos, uno de los compañeros de trabajo sugirió el nombre de uno de los catedráticos que, el año pasado, había participado en la elaboración del Plan estratégico de la capital tinerfeña; un documento que desconozco pero que, en palabras del preclaro alcalde de Santa Cruz, servirá de base al nuevo desarrollo de la ciudad. El caso es que, ante la ausencia de otras opciones, aparqué mis recelos hacia los universitarios y quedé con este compañero en que hiciera el contacto. Unos días después, me telefoneó para decirme que el ilustre catedrático le había citado ese día de fiesta en su despacho del departamento. Tal fue el primer error (tendríamos que haberle citado en nuestra oficina); la consecuencia: que no nos recibió solo, sino pertrechado por cinco colegas.
El caso es que con bastante retraso accedimos finalmente al despacho del departamento y tras las pertinentes cortesías de rigor me tocó explicar a mi académico auditorio lo que queríamos de ellos. Estuve hablando un rato largo, procurando concretar lo más posible el objeto del estudio, los plazos y las condiciones. Al acabar, uno a uno, los cinco ilustres profesores (todos menos el catedrático anfitrión con el que habíamos contactado) me brindaron educados rapapolvos, dándome a entender (o al menos así me lo pareció) que había demostrado una osadía inadmisible, atreviéndome siquiera a plantearles un trabajo así.
El primero me explicó que lo que nos interesaba no era lo que tenía que interesarnos; no habíamos de preocuparnos por un aspecto tan puntual y localizado de la economía municipal, sino indagar sobre la evolución general de ésta y afrontar un plan estratégico a partir de cuyas conclusiones tomar las pertinentes decisiones urbanísticas. Eso (el plan estratégico) sí que estarían dispuestos a hacerlo; en cambio no les parecía propio de sus saberes y experiencias dedicarse a un tema tan específico (no lo dijo así, pero dio a entender claramente que por ahí iban los tiros).
El segundo me hizo saber que el tiempo en el que yo necesitaba disponer del trabajo (apenas tres meses) era demasiado escaso. Ellos eran intelectuales y no podían trabajar bajo presión; lo que aportaban era, justamente, su capacidad reflexiva y la reflexión es sabido que no casa bien con las prisas. En todo caso, el plazo en que podrían acabar el trabajo (de aceptar el encargo, naturalmente), sería algo que ellos me dirían a mí después de cuantificar la información y recursos que tuvieran a su disposición (sospeché que estaba pensando en los alumnos a los que podría poner a currar).
Un tercero me contó que ellos estaban acostumbrados a tratar con políticos (como el alcalde de Santa Cruz, pensé) que tenían un estilo distinto al de los técnicos. Era una forma indirecta de decirme que les había molestado que hubiese sido excesivamente preciso al decir lo que quería. Parece ser que lo correcto al relacionarse con tan ilustres interlocutores es sugerirles vagamente lo que andamos buscando, para que sean ellos quienes decidan lo que van a hacer. Si uno sabe claramente lo que necesita, dirigirse a gente de tanta calidad intelectual era una falta de respeto, tal venía a ser el mensaje.
El cuarto, que por cierto era argentino, más que dirigirse a mí lo hizo al catedrático anfitrión al que, con muy buenas palabras, venía casi a recriminarle haberles puesto en esa situación tan incómoda. No se atrevía a descalificarme directamente (poco le faltó) pero, tras repetir brevemente casi todos los argumentos anteriores, insistió en que tenían que discutir entre ellos a solas, muy preocupado de que el jefe del departamento pudiera atreverse a contaminar su querida torre de marfil aceptando encargos tan inicuos como el que me había atrevido a presentarles.
El colofón lo puso el que había llegado más tarde porque había mucho tráfico (mentira cochina). Con un tonillo condescendiente nos confesó que ellos tenían la suerte de poder trabajar sólo en lo que les divertía y que ese privilegio era algo irrenunciable. Yo tenía que entender, me dijo, que para que colaborasen conmigo (para que me concediesen la impagable gracia de sus sabidurías) habían de estudiar bien lo que yo quería y revisarlo (cambiarlo) a fin de que el trabajo les divirtiese. Y no sólo en cuanto al tema, sino también en lo que se refería al plazo, precio y demás condiciones.
Entonces me tocó responder. Procuré mantener los modales más exquisitos aunque no daba crédito a lo que acababa de oír. Les dije que les agradecía que nos hubieran recibido, que entendía perfectamente sus posiciones y que yo, si estuviera en su lugar (es decir, bien apoltronado en mi cátedra e hinchado de vanidad), seguramente haría los mismo. Pero, lamentablemente (para mí) no estaba en su lugar sino en otro muy distinto: tenía la obligación de sacar un documento en un plazo determinado y, entre las cosas que necesitaba, estaba lo que les había pedido; no algo distinto que podría ser mucho más importante y divertido de hacer. Pero, en fin, que ya me dirían.
Pues sí, ya me dirían, concluyó el catedrático anfitrión; habían de discutirlo entre ellos y nos llamarían. Mi compañero y yo salimos del recinto universitario, sancta sanctorum del saber puro e inmaculado, y volvimos a la suciedad del mundo real. De más está añadir que ni siquiera llamaron para decir que no les interesaba el trabajo.
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