lunes, 10 de septiembre de 2007

Atrabiliario

El sábado, curioseando en una librería, vi, en edición de bolsillo, dos novelas de César Aira: Canto Castrato (1984) y Las noches de Flores (2003). No había leído nada de este escritor argentino nacido en 1949 y, sin embargo, me había topado numerosas veces con referencias suyas. Era uno de esos autores cuyo nombre se te aloja en algún rinconcillo del cerebro, a la espera de que le dediques tu atención. Pues la ocasión ha llegado; en esta semanita septembrera me leeré esas dos novelas y descubriré si me gusta o no cómo escribe. Apenas llevo los primeros cuatro capítulos de la primera citada y, de momento, la lectura se hace agradable: sin ningún esfuerzo me ha sumergido en los paisajes napolitanos del siglo XVIII, en un argumento de melomanías operísticas y pasiones por las voces celestiales dei castrati. Ya veremos; lo que está claro es que, si me gusta, tengo materia disponible pues el señor Aira tiene obra abundante.

En el segundo capítulo de esta novela me encuentro una de esas palabras poco frecuentes que, aunque leída anteriormente, uno no está seguro de dominar completamente su significado: atrabiliario. Indago sobre éste y, ya de paso, me pongo un ratito a elucubrar, excusa suficiente para escribir un post que engrose mi categoría de entretenimientos gramaticales, creada a petición de Amy a pesar de lo poco que la cultivo. Dice el DRAE que atrabiliario es alguien de genio destemplado y violento. La frase de Aira en que aparece este vocablo es: “... no puedo sino detenerme como usted en lo atrabiliario de la belleza del mundo”. Cuesta entender a cuento de qué viene el adjetivo en esta frase.

La palabreja me parece fonéticamente fea, amén de bastante trabalengüera. Atrabiliario es, estrictamente hablando, lo perteneciente o relativo a la atrabilis. Y atrabilis significa exactamente lo que sus dos palabras latinas constitutivas: bilis negra. Así que una persona atrabiliaria sería alguien en cuya personalidad predominara la bilis negra, uno de los cuatro humores principales del organismo de acuerdo a las viejas doctrinas de Hipócrates y Galeno.

La Teoría de los cuatro humores sostenía que la salud consistía en mantener el adecuado equilibrio entre los cuatro líquidos corporales, cada uno de ellos vinculado a los cuatro elementos cosmogónicos:

  • La sangre, asociada al hígado y vinculada al elemento aire; el temperamento sanguíneo era optimista, animoso.
  • La flema, en el pulmón y el cerebro, vinculada al elemento agua; el temperamento flemático es calmado e indiferente.
  • La bilis amarilla, de la vesícula biliar, generadora de un temperamento colérico.
  • La bilis negra (nuestra atrabilis), en el bazo, vinculada al elemento tierra; el carácter es el melancólico (abatido, somnoliento, irritable).
A la vista del origen del palabro, quizás la definición del DRAE debiera ser de carácter melancólico. Los genios destemplados parecen obedecer más a los desbordamientos de la bilis amarilla por lo que, entonces, en vez de atrabiliario podría ser mejor flavabiliario, para ajustarse fielmente a la etimología latina. Por cierto, siguiendo con los entretenimientos etimológicos, atrabilis, en latín, significa exactamente lo mismo que melancolía, en griego ('melan kholé'). Desde esta otra perspectiva, ya sí se entiende bien la frase de Aira porque, efectivamente, el personaje, mirando el paisaje de la Campania, sentía “su espíritu hundiéndose poco a poco en una inexplicable melancolía”. Compruebo, tras una búsqueda en internet, que en la mayoría de los contextos en los que la he encontrado, el significado de atrabiliario casa mejor con la tristeza y el pesimismo que con la ira violenta.

Sigamos mareando la perdiz: la Escuela de Escritores de Madrid y la Escola d'Escriptura del Ateneo Barcelonés han propuesto la iniciativa “Apadrina una palabra en peligro de extinción". En el breve periodo de tres semanas (desde el 30 de marzo hasta el 21 de abril de 2007) 21.632 personas de 69 países diferentes apadrinaron algo más de siete mil palabras castellanas. Atrabiliario es una de esas palabras, aunque sólo tenga un solitario voto. Tiene su gracia leer las palabras propuestas; la verdad, muchas de ellas (con bastantes más votos que atrabiliario) tampoco es que me parezcan en peligro de extinción; mucho me temo que las que realmente lo estén no son ni siquiera advertidas.

Sin embargo, tampoco atrabiliario es un vocablo tan inusual. Voy y lo leo esta mañana en la novela de Aira y me pongo a juguetear con la palabra, pensando vanidosamente que estoy haciendo algo muy original. Pero, a través de San Google, voy descubriendo a otros tempodilapidadores que, antes que yo, han recurrido a la misma excusa para publicar sus desvaríos en internet. Así, en el ámbito de los blogs encuentro, por ejemplo, dos chicas muy graciosas que desbarran con las etimologías, alguien que gusta hablar de sí mismo en tercera persona y que busca y ofrece las claves para sobrevivir a la vida moderna, un rebelde que dice escribir un libro de arena (los borgianos son legión) ...

Curioso también descubrir quienes, en internet, son adornados con este calificativo. Por ejemplo, si repasamos la pila de artículos que ha provocado la reciente muerte de Paco Umbral, en muchos de ellos hablan de su “carácter atrabiliario”. Pero es que va a ser que lo del carácter atrabiliario es denominador común de los escritores, ya que descubro que se lo atribuyen, entre bastantes más, a Unamuno, Cela, Pío Baroja. Será que para ser escritor hay que estar en malhumor constante o cultivar el ánimo melancólico (no tengo claro cuál de las dos posibles acepciones vale).

Pero no puedo acabar este post sin referirme al más ilustre espacio ocupado por nuestra palabrita; aparece en el título de una de las más famosas obras del gran Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por Molière: El misántropo o el atrabiliario enamorado (Le Misanthrope ou l'Atrabilaire amoureux, 1666). Molière usa atrabiliario como sinónimo de misántropo; así pues, para el francés, una persona atrabiliara sería quien, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano. Esta acepción parece enlazar más con la etimología original: nos imaginamos a alguien hosco, antipático, pero no tanto a causa de un carácter violento y destemplado sino más por pesimismo existencial.

Bueno, tampoco es que me haya aclarado mucho; a lo mejor es que tampoco tiene mucho sentido deslindar demasiado el significado de la palabreja. Después de todo, ambos temperamentos biliosos (los amarillos y los negros) tienen amplias zonas comunes y eso seguramente explica la deriva semántica del término. Pero, en todo caso, ya me he enrollado bastante para no decir más que sandeces.

PS: Sigo haciendo pruebas con la plantilla del blog. Lo que quiero va más o menos en la línea del aspecto actual. Gracias públicas a Ana C.

CATEGORÍA: Entretenimientos gramaticales

sábado, 8 de septiembre de 2007

Dos culebrones para este sábado

La policía judicial portuguesa, tras sendos largos interrogatorios, ha declarado a Kate y Gerry, los padres de Madeleine McCann, sospechosos de la muerte accidental de su hija y, consecuentemente, de montar la falsa historia del secuestro, con tan altísima repercusión en todo el mundo. La tesis de la policía es que Madeleine murió la noche del 3 de mayo en el apartamento del Ocean Club, probablemente a causa de una sobredosis de somníferos que les habrían administrado los padres para poderse ir tranquilamente a cenar a un restaurante con otras parejas británicas. Cuando volvieron al apartamento habrían descubierto la muerte de su hijita y entonces decidieron fingir un rapto para ganar tiempo y hacer desaparecer el cuerpo.

Deseo que la policía portuguesa esté equivocada, porque es terrible que unos padres hayan sido tan irresponsables para drogar a sus hijos y luego, vistas las consecuencias, montar la que han montado. Pero haya sido así o no, la verdad es que no me parece nada insólito; no me sorprende demasiado que una pareja joven de vacaciones tenga la ocurrencia de adormecer un poquillo a sus niños pequeños para irse de marcha. De hecho, conozco dos casos de padres que me han hablado de que, a veces, les dan a sus hijos "pastillitas" suaves, para que pasen buena noche; también conozco a alguno que, justamente estando de vacaciones, suelen salir a cenar cuando sus dos niños se han dormido (son sólo dos o tres horitas).

Reconozco que más me sorprendería que se confirmase que, al descubrir que la niña había muerto, los padres habían decidido montar la historia del secuestro. Hay que tener mucha sangre fría para no derrumbarse ante la muerte de tu hija por tu culpa; supongo que cualquiera entenderíamos más a la madre llorando y gritando en desesperada autoacusación. Pero no es imposible la reacción que la policía sospecha que tuvieron los McCann. Pensándolo bien, podría resultar la más analgésica, psicológicamente hablando. Si al final se confirma esta tesis, por las razones que fueran (probablemente de una crueldad tan pragmática que apunta a alguna psicopatología), los McCann han montado un culebrón que pasará a la historia y que, desde luego, no nos deja (a los humanos) en muy buen lugar.

El otro culebrón de hoy es mucho más frívolo; se trata del supuesto espionaje de McLaren a Ferrari. Parece ser que el pasado marzo, uno de los jefes de mecánicos de Ferrari, despechado con la escudería italiana porque no le habían dado un ascenso que él creía merecer, pasó al jefe de diseño de McLaren, amigo suyo, abundante información confidencial sobre el bólido rival. Como es sabido, Fernandito Alonso, a petición de la FIA, ha contado a este organismo lo que sabía del asunto. El español justifica su comportamiento por razones morales, pero también porque "no puedo esconder elementos que pueden ser desvelados por otros y correr el riesgo de que la FIA me acuse de haber escondido información y me sancione". Desde luego, con esta última explicación sobran las razones morales; pero tampoco se trata de ponernos puntillosos con la ética de los pilotos, por muy españolitos (y asturianos) que sean ... ¿o sí?

Pero a lo que voy es a los motivos que han puesto en marcha este segundo culebrón. No se trata de la ambición, de la codicia ... No, parece que la causa es el despecho, el orgullo (o la vanidad) herido. Naturalmente, han tenido que darse luego otras virtudes/vicios para que la semillita que lanza un mecánico inglés de Ferrari prenda en McLaren; pero esto último era absolutamente predecible. ¿Acaso, en la situación inversa, no habrían hecho lo mismo en Marinello? Pues nada, otra historieta que no deja tampoco en demasiado buen lugar a la naturaleza humana.

Ciertamente, si los humanos no fuéramos tan miserables sería difícil que abundaran los culebrones. Me temo que incluso no habrían existido la mayoría de las grandes obras de la literatura. Y, sin duda, muchísimos episodios históricos se habrían resuelto de forma muy distinta. Aun así ... el interés narrativo de nuestra historia, ¿basta para justificar estos rasgos tan humanos?

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

jueves, 6 de septiembre de 2007

Ludovico en el burdel

Tendría dieciséis años, diecisiete a lo sumo; lo que es seguro es que aun estaba en el instituto. Ludovico era todavía virgen. Había salido con algunas chicas, claro, e incluso había culminado diversas fases de esa “guerra de posiciones” librada a través de sucesivas batallas en espacios angostos y con tiempos escasos. Los objetivos eran siempre los mismos, aunque cambiara la geografía de los cuerpos; pero lo que variaba era el paisaje indiferente a los ojos de un adolescente ajeno a los detalles. Así, en esos meses de agitaciones bélicas, habían sido sometidos labios y lenguas, lóbulos y cuellos. Pese a esporádicas resistencias, se habían conquistado los feraces territorios de los pechos, que tanto tiempo de exploración pedían. Pero no se habían derribado todavía las trincheras de los cuarteles centrales; las audaces incursiones más allá de la cintura se topaban con rechazos contundentes. Así que, esa noche iniciática, Ludovico desconocía casi todo de la vagina.

La idea fue de Clodoveo, el mayor de los cuatro amigos que esa noche de viernes despotricaban solidariamente contra el portero de discoteca que les había negado el acceso. Clodoveo repetía curso y ejercía sobre sus condiscípulos el tentador magnetismo del chico malo que se ha atrevido a desvelar los misterios prohibidos. También había ido ya de putas, harto como estaba (eso decía) de los estériles forcejeos con las crías frígidas del instituto. Conocía un local perfecto para ellos; al final del recorrido del 14, en un polígono industrial de las afueras; vamos pa’llá. Los chavales, cada uno de ellos, dudaron; miles de prevenciones les vinieron a la mente. Pero esas dudas no pueden exteriorizarse; tres voces viriles afirmaron con entusiasmo.

Un viaje en autobús hasta los confines de la ciudad; un trecho a pie por calles mal urbanizadas y peor iluminadas. Caminaban en silencio, agobiados por el silencio mayor de la noche desconocida. Camiones inmensos aparcados junto a naves de siluetas tenebrosas. Al doblar una esquina aparece la luz desvaída de unos tubos de neón mal adosados a la fachada de una edificación baja con puerta de garaje y dos ventanas enrejadas. Ahí es, dice Clodoveo, y sus palabras aplacan ansiedades. Entran a una sala apenumbrada, con sillas y mesas dispersas hacia las paredes, una barra en el otro lado y, en el centro, una tarima sobre la que dos parejas bailan casi inmóviles. Suenan los Bee Gees (Ludovico no lo olvidará nunca), pero es irrelevante.

Una mujer se le acerca. Le alcanza primero el olor fuertemente dulzón de su perfume, siente un tentáculo gaseoso que por la nariz le penetra hasta enroscarse en su cerebro, orpimiéndolo y mareándole. Ludovico se nota ido, atontado, falto de referencias cuando, casi sin aviso, ve frente a sí, muy cerca, labios y ojos de ella junto a los suyos, a esa mujer extraña. Busca a sus amigos, a modo de asidero mental, como si pidiera tiempo muerto; pero no los ve. La mujer hunde en los suyos la mirada oscura de sus ojos negros, grandes y profundos. Maquillaje exagerado que exagera hasta la caricatura cada uno de los rasgos de esa rostro chocante. Labios rojos muy rojos, de lasciva protuberancia, que se entreabren para que asome una lengua que amenaza.

La mujer echa sus brazos al cuello de Ludovico y aprieta su cara contra la del chico. Ludovico nota entonces cómo, desde los labios sobre su mentón, el cuerpo femenino se va progresivamente adhiriendo al suyo, a modo de una cremallera que se cierra. Las tetas, inmensos almohadones esféricos, se desparraman presionando sobre su pecho, la barriga de ella busca aplanarse sobre la suya, las ingles parecen atornillarse, los muslos que se pegan al interior de los suyos ... La mujer es pequeña de estatura pero de formas desmesuradas; entre sus brazos, junto a su cuerpo, siente Ludovico todos y cada uno de los que eran sus objetivos militares expuestos en procaz exuberancia, sin apenas paisaje neutro que los circunde. Las desproporciones anatómicas anulan cualquier discurso que no sea el del sexo; sólo eso, has venido a follar, sin misterios ni preámbulos, sólo eso.

Están balanceándose en la pista de baile. Ludovico no sabe cómo ese ser amorfo del que ahora es parte se ha desplazado hasta la tarima central. Sus manos aprietan las nalgas carnosas de la mujer (me llamo yoli susurra en su oreja; sus palabras le mojan la piel). Yoli le acaricia tenue el dorso del cuello; son como descargas continuadas que bajan por su columna electrizándole para acabar concentradas en la polla. La polla dura, extendida más allá de sus límites normales, a punto de reventar, presionando y presionada por, hacia, desde, contra la vagina ignota. Yoli es carne para follar y, sobre todo, es una vagina que le grita a él, una vagina que le llama.

Creo que este muchachito necesita que la Yoli se ocupe de él. Y el ser amorfo de cuatro piernas se desplaza bamboleante hacia una puerta al fondo de la sala. Un hueco discreto que se abre a la oscuridad de un patio trasero y allí otras puertas, cinco o séis, cada una de un color vivo. Llegan hasta la puerta amarilla y entonces Yoli se separa, se desprende del cuerpo de Ludovico como si abriera la misma cremallera que antes cerró. Abre la puerta y hace pasar al chico a la vez que le dice: son quinientas, déjalas sobre la mesita. Ludovico tarda un momento en reaccionar; claro, la pasta. Le parece caro, pero no sabe qué va a hacer; saca el billete, lo deja, se queda quieto mirando en derredor, reconociendo el cuartucho. Paredes empapeladas, un par de cuadros con motivos tópicos, un bidé, un lavabo y un espejo en una equina, una cama que ocupa casi toda la superficie de la habitación. Desde la colcha floreada, la Yoli sonríe al muchacho con expresión divertida. ¿A qué esperas? ¿Te desnudas o no? ¿Quieres lavarte antes?

Ludovico la observa: formas exageradas expuestas, toda ella es lascivia que provoca avaricia de lujuria que es casi gula. El chaval se acerca hacia la cama mientras se afloja los botones de la camisa; se la quita antes de llegar junto a la mujer. Yoli se endereza; déjame a mí; el cinturón se afloja, el tejano resbala hasta las rodillas; la verga tumefacta es liberada del slip. Yoli la sostiene con ambas manos, la acaricia con suaves roces de las yemas de los dedos, la sopesa pensativa, con la constante sonrisa divertida. Ludovico mira desde arriba; la vista es un sueño acolchado en el que se van amoldando sus sensaciones. Ve las tetas inmensas que quieren salirse del top ceñido y escaso; ve la boca entreabierta de abultados labios rojos que se acerca a su polla y la engulle; ve los cabellos largos que ocultan sus genitales. Y todo lo que ve enmarca y se confunde con lo que siente, con el placer convulso y debilitante que le invade, que le conquista célula a célula, rendición total de su cuerpo.

Entonces la Yoli se endereza, cesa la succión apenas iniciada. Échate en la cama y espera, ahora vengo. Ludovico termina de desnudarse y se extiende boca arriba, los brazos ligeramente abiertos, los ojos cerrados. Su cuerpo, a la vez relajado y expectante, anticipando las descargas de placer que han de convulsionarlo, que han de enseñarle las reglas que intuye pero aun no conoce. Oye el rumor apagado del agua del bidé, oye los zapatos de tacón infinito que caen al suelo, oye el rasgueante deslizar del vestido, oye el crujir carrasposo del somier cuando se sube Yoli. Oye todo eso y siente calor y nervios, pero no ve; mantiene cerrados los ojos, concentrado en tantas sensaciones intensas que quiere digerir, atesorar. Y nota entonces que la mujer se agacha junto a su cara, cada rodilla hincada junto a cada oreja del chico; nota un perfume acre e intenso que le repele y le atrae a la vez. En ese momento, la voz de Yoli, autoritaria: Chupa.

Ludovico abre los ojos y ve ante él, pegada a su cara, una inmensa vagina abierta. Sabe que es una vagina y, no obstante, lo que ve es un monstruo amenazante, pliegues carnosos que aletean frente a sus ojos, desvelando una llaga sonrosada y de negritud profunda; Ludovico querría lamer, pero siente asco, un asco tremendo ante lo que se le antoja una ventosa agresiva que le succionará la lengua, que se la arrancará de cuajo y con ella arrastrará sus vísceras, engulléndolas hasta el interior de ese ser diabólico que habita entre las piernas de esta mujer. Ya ha olvidado ese cuerpo de carnes tentadoras; ahora sólo puede sentir terror y asco, ansiedad por librarse, por escapar de ahí. Yoli, ajena a esas angustias, le toma la cabeza con ambas manos, para acercársela a la vulva. En ese instante, una tremenda arcada golpea al chaval; el vómito explota sin aviso, salpicando todo. La mujer grita y se aparta, Ludovico grita y se aparta, la puerta se abre y más gritos ...

Poco rato después Ludovico está en la calle, esperando el autobús. No verá a sus amigos hasta el día siguiente, cuando se contarán sus respectivas aventuras, sus viriles y exitosos bautizos coitales. También Ludovico narrará su experiencia, mintiendo como los otros y evitando, eso sí, los detalles más gráficos. Tiene miedo de evocar la imagen de ese monstruo castrador recién descubierto. A partir de ahora, habrá de aprender a dominar su fobia; en ese camino rozará el virtuosismo.

PS
: De más está decir (espero) que no comparto las fobias de Ludovico; no todos los relatos han de ser autobiográficos. Para compensar, y porque viene a propósito, recomiendo un paseillo por la web de una mujer enamorada de la belleza de las vaginas, el motivo principal de su expersión artística. Tiene, ciertamente, cosas bonitas, como la última imagen con que he ilustrado este post.

CATEGORÍA: Personas y personajes

martes, 4 de septiembre de 2007

Desintoxicándome

Domingo 2 de septiembre hacia las diez y media de la noche: fumo el cigarrillo posterior a la cena. Me despido para ir a mi casa. No tengo tabaco; decido no comprar. Llegado a casa publico un post y curioseo un poco algunos blogs. Hora de acostarse, tengo ganas de fumar, pero no tengo cigarros: a dormir.

Paso buena noche, pero cuando me levanto, tras el café con leche, intensísimos deseos de fumar. Bebo agua, respiro hondo. Voy a trabajar con una sensación de mareo, como si estuviera ido. A media mañana la ansiedad es tremenda: ¡necesito fumar! Pero no lo hago. Me encierro en mi despacho y prácticamente no hago nada productivo: el cerebro es incapaz de concentrarse. Estoy en pleno síndrome de abstinencia.

A la hora de salida no me muevo. Sigo quieto en el despacho, leyendo casi sin enterarme expedientes y, cada cierto rato, conectándome a internet. Chupo caramelos de regaliz y hago muecas con la cara (menos mal que estoy solo). Siento palpitaciones en la cabeza, la vista se me desenfoca, la garganta seca. Apenas dieciocho horas sin fumar y todas las células de mi cuerpo me reclaman la dosis.

Las seis de la tarde: llego a mi casa y me pongo a prepararme un almuerzo-merienda-cena; comida abundante que devoro. Luego veo el eurobasket y como pipas y bebo agua y más agua. Suspiros frecuentes (inhalaciones profundas) que pautan la ansiedad. Me acuesto antes de lo habitual, leo un poco y me duermo.

A la una de la madrugada me despierto con sueños extraños; al poco vuelvo a dormirme. Así va a pasar toda la noche, despertándome con puñetera regularidad a las horas en punto (a las dos, a las tres, a las cuatro, a las cinco y a las seis) en medio de sueños muy raros y sensaciones de ansiedad. A las seis y cuarto salto de la cama, café con leche y ganas de echarme un cigarrito, pero me parece que la ansiedad es algo menor. Me visto y a las siete estoy en el gimnasio. A ver si machacándome durante hora y media calmo este nerviosismo nicotínico.

Dos reuniones seguidas. La primera con dos políticos; menos mal que en el centro de la mesa tiene pastitas: me las devoro (soy el único que las come; paso de lo que puedan pensar los otros). Segunda reunión para discutir la ordenación del futuro parque tecnológico. Oigo lo que me cuentan (sólo problemas) y, aunque se me ocurren soluciones, prefiero pedir que me dejen los planos para “darles unas vueltas” y que ya les llamo en un par de días. Me cuesta mantener la compostura.

Treinta y seis horas –día y medio- sin fumar. Bajo con dos compañeros a comerme el bocata de media mañana. En la mesa de al lado, una chica enciende un pitillo; se me van los ojos. Logro participar en la conversación (sobre lo preocupado que está el Papa con el matrimonio homosexual, ya que “sin duda” afecta a la estabilidad del matrimonio “como debe ser”). Las chanzas y el sarcasmo tienen ligeras propiedades analgésicas. Volvemos al curre y soy capaz de echar un buen rato dibujando unas correcciones al plano del futuro parque tecnológico. Falta poco para que se acabe la jornada laboral; creo que, como ayer, me quedaré por aquí, entreteniéndome con cualquier cosa. Me pongo a escribir este post.

Se trata de hacer que pase el tiempo. Cada minuto que pasa el síndrome de abstinencia es un minuto menos intenso. Ya he dejado anteriormente de fumar en dos ocasiones. El primer periodo duró cuatro años; el segundo ocho meses. La primera vez lo dejé con homeopatía, la segunda fue en dos etapas, primero parches y luego ultrasonidos. Esta vez está siendo a pelo. Al fin y al cabo, me da la impresión de que se pasa igual de mal recurras a lo que recurras. Tres días muy muy jodido, casi físicamente inutilizado; una semana más con bastante ansiedad, manteniendo la dependencia física. Ese es mi caso; pasados diez días me ha desaparecido casi totalmente la “necesidad” orgánica de fumar. La “psicológica” no desaparece nunca.

Llevaba varios meses diciendo que tenía que (volver a) dejar de fumar. En los últimos días notaba especialmente el daño que me hacía el tabaco; era dolorosamente consciente de que el fumar es la principal causa de mis malestares físicos (y mejor no libero mi hipocondría). Pero aun así sigo, porque estoy colgado, soy un drogadicto. Es increíble lo que cuesta negarse a inhalar la nicotina; que esa mierda sea más fuerte que uno. Y, en el fondo, es muy sencillo: simplemente no encender un cigarro. Se pasa mal, pero ya lo sabes y también sabes que cada vez lo vas a pasar menos mal hasta empezar a pasarlo bien y, sobre todo, a sentirte mucho mejor. ¿Cómo es posible que uno no sea capaz de negarse a encender un cigarrillo?

Publico este post a las cuarenta horas aproximadas de abstinencia. Me siento como el heroinómano que encierran en una celda a pasar el mono en soledad. Y mejor que esté en soledad, porque no creo que mi estado de nervios, ansiedad y mala leche me conviertan en estos momentos en buena compañía. ¿Lograré limpiarme? De momento a ver si supero el fin de semana sin dar una calada; si eso ocurre empezaré a ser optimista.

PS: Publicar este post contribuye en cierta medida a sentirme más obligado. Si no soy capaz de pasar de la nicotina, habré de reconocerlo en público. Por el contrario, para aguantar sin fumar el haberlo contado se convierte en un estímulo. En esta ocasión ya no necesito concienciarme ni planificar nada; de hecho, he tomado la decisión sin pensarlo dos veces, harto de mi propia procastinación (vaya con el palabro). Otro día contaré (o mejor, no) historias terribles de lo malísimo que es el tabaco. Pues eso, que fumar mata; véase, por ejemplo, esta animación tan chorra (espero que durante este periodo no provoque similares catástrofes que el que en el video intenta dejar de fumar).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

lunes, 3 de septiembre de 2007

Pasión, ansia de certidumbre

No es de extrañar que se opte por una vida de tipo pasional antes que por una de tipo racional. [...] Desconfiamos de los razonamientos pasionales, que tienden a querer demostrar a cualquier precio opiniones nacidas del amor, de los celos o del odio. Desconfiamos de los extravíos pasionales y de lo que se ha llamado monoideísmo. [...] ¿Pero cómo se puede elegir razonar mal? Pues porque se tiene nostalgia de la impermeabilidad. El hombre sensato indaga entre titubeos, sabe que sus razonamientos son sólo probables, que otras consideraciones terminarán por transformarlos en dudas; no sabe nunca con absoluta certeza adónde va; es «abierto» y puede pasar por dubitativo. Pero hay gentes a quienes atrae la perennidad de la piedra. Quieren ser macizos e impenetrables, no desean cambiar, ¿adónde les conduciría el cambio? Se trata de un miedo de sí primigenio y de un miedo a la verdad. Y lo que les aterra no es el contenido, que ni siquiera imaginan, de la verdad, sino la forma misma de lo verdadero, ese objeto de aproximación indefinida. Es como si su propia existencia se hallara perpetuamente aplazada. Pero ellos quieren existir de inmediato y por completo. No quieren opiniones adquiridas, las anhelan innatas; como le temen al pensamiento, desean adoptar un modo de vida donde el raciocinio y el análisis desempeñen tan sólo un papel subordinado, donde no se busque jamás nada excepto aquello que ya fue hallado, donde uno solo pueda convertirse en aquel que ya era antes. No otra cosa es la pasión. Sólo una gran prevención sentimental puede ofrecer una certidumbre fulgurante, sólo ella puede mantener amordazado al pensamiento, sólo ella puede permanecer impermeable a la experiencia y subsistir durante toda una vida.

Jean-Paul SartreReflexiones sobre la cuestión judía” (1946)

Me he preguntado muchas veces por qué tantas personas son adictas a la pasión, tal como aquí la describe Sartre. Siempre he pensado que el motivo radica en su potencia estimulante y en nuestra tendencia a “colgarnos” de esos chutes de emotividad; así “sentimos” que estamos vivos. El mecanismo, intuyo, es parecido al de cualquier dependencia; a medida que progresamos en ella, más dosis necesitamos para sentirnos así (tolerancia) y más violentos son sus paréntesis (síndrome de abstinencia). Sea como fuere, de lo que estoy convencido es de que el camino de esa pasión es incompatible con la razón.

Ahora leo una explicación más filosófica: la pasión como forma de vida responde al ansia existencial de certeza, al rechazo de la indefinición primigenia y, con ella, a la débil contingencia de lo que somos, de nuestra propia naturaleza. Es un motivo más de fondo, complementario del que he apuntado. Al fin y al cabo, la evolución biológica se ha ocupado de mitigar la ansiedad existencial del ser consciente (enfrentado a la nada) mediante las endorfinas y diversos mecanismos análogos. Quizás estemos predispuestos biológicamente a vivir pasionalmente, negándonos el uso racional de la inteligencia.

Puede que así sea, pero no es sólo así. También desde la biología nos proviene la capacidad de pensar, de buscar en nosotros mismos el valor necesario para no estar seguros de nada y, por tanto, renunciar a toda impermeabilidad, a toda inmutabilidad. ¿Acaso, entonces, ha de renunciar uno a la pasión? Mi respuesta (mía porque es para mí para quien vale) es afirmativa. Como la pasión tiene muy buena prensa (piénsese, por ejemplo, en el enamoramiento), me resultaría muy costoso (y probablemente inútil) argumentar mi tesis; dejémosla pues simplemente enunciada.

Digamos, sin embargo, que hay otra pasión, pero conviene, para evitar confusiones, no darle ese nombre. Consistiría en vivir intensamente desde las sorpresas e incertidumbres de nuestra contingencia (obviamente, asumiéndola). Este sentir, al no ser “totalitario”, no nos sacude, no nos invade hasta el tuétano negándonos cualquier otro interés. Hablo de sentimientos más calmos, pero no por ello menos intensos. Es más, me atrevo a decir que son éstos los verdaderamente profundos, frente a los vendavales de la pasión. Pero seimpre se seguirá confundiendo el enamoramiento (¡qué desastre!) con el amor.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones

domingo, 2 de septiembre de 2007

Escapada a La Gomera

Acabo de volver de La Gomera. Nada, apenas cuarenta y ocho horas de escapadita; dos días de desconexión y descanso. Aunque, no sé por qué, estas minivacaciones hacen que me dé cuenta de lo que cansado que estoy. He pasado los dos días agotado, notando todo el cuerpo baldado. Claro que, cuando se está así, nada mejor que pasarlo en un hotel estupendo, con la habitación al borde de una costa acantilada, mirando al mar e intuyendo, a lo lejos, la isla de El Hierro. Levantarse a las diez menos cuarto, sólo porque a las diez cerraban el buffet. Desayuno pantagruélico: huevos revueltos, bacon, tomate asado y zumo de naranja, de primero; café con leche y bollería variada, de segundo; tablita de quesos, un par de yogures y macedonia de frutas con un plátano de ahí mismito, para acabar). Volver a la cama hasta las doce. Hamaca en la piscina: lectura, sudokus, chapuzones. Así pasaron las dos mañanas; tras los almuerzos, pequeñas salidas con el coche: parte de la cara sur de la Isla y Garajonay, el sábado; San Sebastián, Hermigua y Agulo, el domingo.

Hubo ocasión hasta para perderse por el centro de Garajonay. Nos metimos con un Ibiza desde Laguna Grande por una pista asfaltada, en bastante buen estado que discurría hacia el norte. Atravesamos así el Parque Nacional disfrutando de la exuberancia de la laurisilva, la maravilla de esa vegetación frondosa tan poco habitual, tan "prehistórica". Poco después del mirador sobre Vallehermoso, llegamos a la carretera general en la cara norte de la Isla. Había que dar la vuelta y, para no repetir camino, se nos ocurrió probar por otra vía que aparecía casi a trazos discontinuos en el mapa turístico. Los dos o tres primeros kilómetros todo iba bien, pero de pronto empezó a desaparecer el asfalto y angostarse a un camino fangoso y lleno de badenes. Conducía una amiga que poco a poco empezó a ponerse nerviosa. En eso llegamos a un caserío, pero en ninguna casa parecía haber nadie. La trocha se bifurcó; elegimos fiándonos de una orientación que empezaba a estar mareada. Se empezaba a hacer de noche y más en medio de esa jungla cerrada. Vueltas y más vueltas y al final encontramos una pista asfaltada. Ya no teníamos idea ni de dónde estábamos ni en que sentido nos movíamos. Sin saber explicárnoslo, al cabo de una media hora, aparecimos en la carretera general, pero en el lado norte: no habíamos hecho sino un circuito retorcido que nos había devuelto a la casilla de salida. Eran las nueve de la noche y teníamos reserva para la cena a las nueve y media; llegamos un cuarto de hora tarde, pero no pasó nada.

En fin, que muy cortita la escapada. Pero, por breve que sea la visita, siempre es maravilloso, mágico, volver a disfrutar de la Gomera, de las siete, mi favorita. En pocos sitios puede uno encontrar paisajes tan alucinantes como los de esta isla tan pequeña pero, a la vez, con una orografía tremenda, llena de fuerza, de embrujo, de misterio ... A quien no la conozca no puedo sino recomendarla muy encarecidamente. Y si quien esto lee es aficionado a caminar, sepa que no hay otro destino igual. Por cierto, que conste que no trabajo para la oficina de turismo insular (es que me encanta).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

martes, 28 de agosto de 2007

El Loco Tito

Alfredo y Jaime pasean por las calles de Miraflores. ¿A dónde iban? Ya no me acuerdo; han pasado muchos años. Es por la mañana, casi hacia el mediodía; calculo que sería febrero, un día de verano limeño con el cielo inusitadamente despejado. Jaime y Alfredo son dos chicos españoles de dieciséis años; apenas llevan unos meses en Perú. Todavía no controlan este nuevo mundo, esta ciudad inmensa y pequeña a la vez, tan distinta del Madrid del franquismo agónico en el que vivían. Su condición de extranjeros es patente, incluso antes de que el cerrado acento castellano les delate. Pero ellos pasean ajenos e ingenuos, contentos de sentirse libres, casi adultos, con afanes descubridores.

Han tomado unos refrescos en el Óvalo Gutiérrez y luego siguen bajando por la avenida Santa Cruz en dirección a la costa acantilada. Al llegar a la avenida Mariscal La Mar, Alfredo sugiere visitar a Mañuco, un reciente amigo peruano. Su casa creo que es por ahí, dice señalando hacia la derecha. Pero la casa no aparece o aparece mil veces repetida entre muchas edificaciones de dos o tres plantas, de modesta arquitectura racionalista. Es difícil perderse con la referencia del mar tan cercano y, sin embargo, de pronto los dos chicos no saben bien dónde están. Se ven a mitad de cuadra, en una calle desierta, por la que apenas pasan coches y mucho menos peatones ... y a unos metros, sentado en el poyo que delimita el jardín delantero de una de esas casitas de la acera de enfrente, un hombre les mira.

Eh, flaquitos, les grita a la vez que mueve los brazos para que se le acerquen. Vamos, dice Jaime, así le preguntamos por la dirección de Mañuco. Es un cholo cuadradote, con tejanos y una camiseta ajustada, gafas de sol tipo rayban, pelo muy negro engominado. ¿Qué pasó patitas? ¿Andan perdidos? Enseguida les ha cachado y más en cuanto Alfredo habla. ¿Qué son? ¿Españoles? Y a la respuesta afirmativa: ¡Qué lindo! De la Madre Patria. Y comienza a interesarse por los chavales; que qué hacen en Perú, que si van a quedarse mucho tiempo, que por dónde viven ... Habla y habla, tanto que los chicos apenas son capaces de seguirle con parcos monosílabos, sin atreverse a preguntarle por la dirección del amigo. De pronto, sin previo aviso, se levanta y de frente a ambos les pasa a cada uno un brazo por el hombro. No se me asusten, compadres, protesta ante los instintivos sobresaltos de los muchachos, que soy su pata, soy buena gente. Les tengo que pedir un favorcito.

Les cuenta entonces que su hembrita vive ahí mismo, en la quinta a la que se accede por la serventía lateral de esa casa. Efectivamente, los chavales se dan cuenta de que frente a ellos se abre un callejón hacia el interior de la manzana; se trata de una quinta, una serie de edificaciones en hilera, una tras otra, de las que sólo la primera da a la vía pública. Miren, ahí, en la última puerta, es la casa de mi enamorada, pero es que no puedo tocarle porque sus viejos me odian, no quieren que salga conmigo. ¿Por qué? Pregunta de buena fe Alfredo, que empieza a perder las reservas ante ese cholo tan locuaz. Y bueno, es que he estado en Lurigancho, ya saben, la cárcel. Pero fue por culpa de una pendejada que me hicieron. Yo soy buena gente, pregunten no más por ahí por el Loco Tito, todos me respetan.Vayan pues, toquen a la puerta de la casa de mi hembrita y si les abre ella le dicen que estoy acá fuera, que salga; si les abre el viejo conchasumadre, pues se quitan no más, le dicen que se equivocaron. Alfredo y Jaime se miran, no saben qué hacer. Buscando una excusa, Alfredo se remanga la camisa para mirar el reloj ostensiblemente; el gesto llama la atención del Loco Tito. ¡Qué paja tu reloj! Déjame que lo vea. Alfredo, cortado, le acerca la muñeca. No pues compadre, sácatelo, déjame que lo vea de cerca, yo entiendo de relojes, ¿sabes? Tensión; los muchachos dudan: ¿decirle, bueno lo sentimos, estamos apurados y darse la vuelta a paso rápido? Alfredo deja caer lentamente el brazo, pero antes de que hable el Loco dispara: Ya pues, ¿no se fían de Tito? No sean cojudos, flaquitos; si quisiera atracarles, ¿qué me costaría? Y ante el asombro de los chicos saca una navaja descomunal, la muestra sonriente y la vuelve a guardar. No, el Loco Tito no es un pendejo, no les quiero hacer daño. Sólo les he pedido que me ayuden, que avisen a mi hembrita. Pensaba que eran buena gente, españoles de la madre patria; pero si no se fían, váyanse pues.

Pero no se van. Entre el estupor y el miedo, ganas de demostrarse que afrontan las cosas. Bueno, vale, dice Jaime, perdona es que no te conocemos. Gracias patita, eres un buen tipo, ¿a que tú sí que me enseñas tu reloj? Desconcertado Jaime se lo muestra; no es tan bueno como el de Alfredo, pero ... Tito le hace un gesto y Jaime se lo saca y se lo entrega. El cholo lo observa, lo manosea, ceño fruncido, pensativo. No está mal, dice devolviéndoselo, pero creo que es mejor el del otro flaco, el que no se atreve a dejármelo. Picado, Alfredo, ahora sí, se lo pasa. De nuevo los mismos gestos pero esta vez no hace el ademán de devolverlo sino que pregunta ¿Y, pues? ¿Van a avisar a mi enamorada? Sí, dice Alfredo, ¿me das el reloj? Claro flaquito, toma ... pero, espera, mejor déjamelo así mido lo que tardan. ¿Ya te fías de mí, verdad? Alfredo mira a Jaime, derrotado. Sin palabras entran por al callejón pero, a medio camino dan la vuelta: somos gilipollas, el tío ya se ha largado con mi reloj, coño que es un rolex.

Pues no, el Loco Tito sigue ahí, tranquilo, mirando el reloj que se ha ajustado en su muñeca derecha. ¿Ya regresan? ¿Qué pasó? No, es que ... ¿cuál era la puerta? Ah, la última, es amarilla. Oye flaco, estas letritas de aquí son el calendario, ¿verdad? Se acercan y entonces, con la mayor naturalidad, el Loco le dice a Jaime. Déjame también el tuyo, quiero mostrarles una cosa. Maldiciendo para sí, Jaime se lo pasa (Alfredo siente un consuelo interior, ya no es el único). El Loco se lo ata en la otra muñeca y pomposamente alza ambos brazos hacia el cielo y los acerca entre sí. Esto me lo enseñó un colega muy rayado en la cárcel; si uno se concentra puedes sincronizar los segunderos de dos relojes. Fíjense. Baja los brazos y enseña las esferas; para nada, cada aguja va por su lado. Pone cara triste, luego pensativa, luego sonríe. Se necesita más tiempo y fuerza mental. Vayan a avisar a mi hembrita, ya verán cuando vuelvan cómo los he sincronizado.

Los chavales entran de nuevo al callejón y, ahora sí, caminan hasta el fondo. Hay, efectivamente, una puerta amarilla; tocan el timbre; esperan; no se oye nada; golpean la madera, nada tampoco ... Entonces se abre la puerta de al lado y asoma una señora. ¿A quién buscan? Ahí no vive nadie. Se miran entre ellos y ambos a la vez empiezan a correr hacia la calle: el Loco Tito no está. Gilipollas, gilipollas, gilipollas ... Somos gilipollas. Alfredo añade: de esto ni una palabra a nadie. Supongo que ya, pasados más de treinta años, se puede confesar.


CATEGORÍA: Recuerdos

domingo, 26 de agosto de 2007

La mili en África (I)

En un post anterior conté que mi tía me había facilitado una carpeta con papeles de mi abuelo materno. Transcribo ahora las dos primeras de seis cuartillas mecanografiadas escritas en abril de 1927, al cumplirse un año de su mili en Tetuán. Mi abuelo tenía 21 años cuando partió de Bilbao hacia África; en el otoño del año anterior, 1925, se había producido el desembarco español de Alhucemas y la posterior victoria sobre las cábilas rifeñas. Con esta acción bélica, la dictadura de Primo de Rivera acababa, al menos provisionalmente, con el agobiante problema del protectorado español, que así dejó de ser uno de los asuntos candentes de la política interior. Por tanto, mi abuelo vivió su mili en un territorio "pacificado"; por apenas unos meses evitó los riesgos de una permanente situación de guerra no declarada.Leo lo que escribió ese chico que treinta y dos años después sería mi abuelo y me cuesta reconocer al hombre que conocí. El lenguaje es cursi y sensiblero; no podía ser de otra forma, me dice mi madre, cuando su autor favorito era el santanderino novecentista José María de Pereda. Mi abuelo dejó la escuela con ocho años y a esa edad entró a trabajar; con esos condicionantes se le puede disculpar (e incluso admirar) el lenguaje de que disponía. Pienso, en todo caso, que tiene cierto interés descubrir cómo eran las cosas hace ochenta años; por eso, con mínimas correcciones, aquí va esta primera parte.

Después de los reconocimientos y demás preliminares de reglamento, fui avisado a concentración para el día 15 de marzo de 1926, siendo el sorteo de África el 19 del mismo mes. En ese sorteo, de 82 soldados de infantería que pedían Marruecos, me tocó en suerte el número 35. En el destino a Cuerpo, que se efectuó tres días después, lo fui al Batallón de Cazadores de África nº 6, que tiene su Plana Mayor en Tetuán, capital de nuestro Protectorado.

Para incorporarnos fuimos llamados el día 30 del citado mes de marzo, a las cinco de la tarde, al cuartel bilbaíno de Reina Victoria. A las siete de la mañana del día siguiente nos pusimos en marcha hacia la estación de ferrocarril, adonde llegamos en un cuarto de hora. Allí nos acomodaron en los coches que para tal efecto había puesto la Compañía y poco después partió el convoy entre los últimos adioses y lágrimas de los deudos y amigos que había ido a despedirnos.

Las cuatro horas que el tren tarda en recorrer los ciento y pico de kilómetros que separan a la capital de Vizcaya de la Montañesa las pasamos demostrándonos una alegría que no sentíamos, pero que parecía que quisiéramos comunicarnos unos a otros para animarnos ante la mala estrella que en el sorteo tuvimos. ¡Qué pena me daba dejar atrás los deliciosos y alegres pueblecitos que íbamos pasando sin saber cuándo podríamos volver a verlos, si es que esto llegaba! Mas la obligación nos llamaba a otra parte y sólo un adiós podíamos dedicarles ...

Son las doce del día cuando el tren entra en agujas , parando pocos segundos después en la estación santanderina: ya nos queda poca tierra de nuestra querida patria que pisar. En la estación somos esperados por un Oficial que nos manda formar fuera de la misma, para seguidamente dirigirnos al Cuartel del Regimiento de Infantería Valencia nº 23. Una vez llegados, pasan lista, tras la cual tenían preparado el rancho (que seguramente no probó ni la décima parte de nosotros). Por mi parte, tuve la suerte que me estuviera esperando en la estación mi tío Adolfo, quien pidió permiso para que me dejaran pasar el día y la noche con él, a lo cual accedió el Oficial. Así, marchamos inmediatamente a comer y a visitar a la familia que tenemos en Santander, tras lo cual, a las cuatro de la tarde, salimos en el tren del Norte para Reinosa, villa a la que llegamos cinco horas después.

Pasada la noche en compañía de mis tíos, volvimos de nuevo para Santander, Adolfo y yo, en el tren que pasa por Reinosa a las 6 de la mañana y llega a la Capital a las 11. Con nuestra llegada coincidió la del vapor Barceló, que entró en el muelle con tropas repatriadas, y que era el que nos había de transportar a las tierras africanas. Después de comer con mi tío, fui al Cuartel a presentarme, mejor dicho, a quedarme, pues ya no salí de él hasta que a las ocho de la tarde nos formaron y llevaron al muelle para embarcarnos. Pero el vapor no estaba todavía bien desinfectado, por lo que intentaron volvernos al Cuartel, adonde no llegó ni la mitad, pues todos los que pudimos nos escapamos y, dejando la célebre manta y plato donde no estorbara, paseamos un buen rato por la calle de San Francisco y La Blanca, con las simpáticas montañesucas que encontramos quienes, con sus gracias, procuraban alegrarnos los últimos momentos que nos quedaban en España.

¡Viernes Santo! Son las ocho de la mañana cuando empiezan a llegar en grupos, que quieren ser formaciones, los reclutas que conmigo tuvieron la "suerte" de ser destinados a tierras marroquíes. Viéndoles llegar estoy en el muelle, donde coincidí con los primeros grupos aparentando ser uno de tantos curiosos que allí se congregaban y no un futuro soldado que al fin había de embarcar en aquel vapor que se mecía tranquilo en el hermoso muelle santanderino. Por fin llegan los compañeros que lo habíamos sido desde Bilbao, entre los cuales quise ver si alguno se decidía a "perder el barco", pues le tenía mucho miedo a tan largo viaje por mar metido en vapor de cabotaje; mas ninguno quiso decidirse, ante lo cual, y para no aburrirme solo en viaje por tierra, opté por marchar en compañía de los demás, cosa que más de una vez me pesó durante el trayecto.

A las nueve levó anclas nuestro barco, entre los acordes de un castizo y español pasodoble con que nos despedía la Banda del Regimiento Valencia y los atronadores y tristes adioses que las familias y el noble pueblo de Santander nos dedicaban, Pronto fuimos dejando atrás aquellos muelles donde se seguían agitando pañuelos y pronto La Magdalena, residencia veraniega de nuestros Reyes, nos privó de verlos. Mas entonces se presentó a nuestra vista otra belleza que nos hizo olvidar lo que atrás quedaba; a un lado la playa del Sardinero con sus innumerables y preciosas "villas", y al otro ... ¡al otro la inmensa llanura del mar!

Ese día todo marchó bien hasta el anochecer, momento en que sentí los primeros síntomas del mareo; pero bien pronto se me pasó y pude seguir admirando lo que hasta entonces nunca había tenido ocasión de hacer: un anochecer tranquilo en alta mar. Después de cuatro días de navegación, el último de los cuales tuvimos un fuerte temporal a la altura de Cádiz, del que no creíamos salir bien parados, llegamos al puerto de Ceuta el día 5 a las nueve de la noche, pero no nos permitieron salir del vapor por más que estuviésemos deseando saltar a tierra. ¡Qué raro se me hacía el oír las bocinas de los automóviles y ver la iluminación de la población! Y es que tantas horas viendo solamente mar y cielo (aunque algunas veces alcanzábamos a ver las costas) y solo escuchando el rumor del agua o la sirena de algún otro vapor que por casualidad se cruzaba con nosotros, parece que transporta a uno a otro mundo desconocido, otro mundo más pequeño, del cual al volver al nuestro quedamos aturdidos ...

A las nueve de la mañana del día siguiente, el martes 6 de abril, desembarcamos, tomamos café y seguidamente fueron formando por grupos de distintas Armas y Cuerpos. Se quedaron en la Plaza los que a ellos habían sido destinados así como los de la Zona de Larache, que seguirían el viaje en barco. Los de la Zona de Tetuán fuimos llevados a la estación para embarcar, a las 12 del mediodía, en un tren que nos condujese a dicha Plaza; llegamos allí dos horas después.

En la estación de Tetuán, nueva formación, y salida para el Campamento en que tenían enclavados los barracones y cuarteles el Batallón de África 6. Ese día no pudo ser más aprovechado ya que, además de todo lo que queda dicho, fuimos destinados a compañías, nos cortaron el pelo (que fue una de las cosas que más sentí), nos equiparon con prendas y armamento de soldado y nos hicieron vestirnos (más bien disfrazarnos) con aquellas ropas que a nadie le venían a la medida ni por aproximación, dejándonos después libres por el campamento, pues a la Plaza no dejaba llegar la vigilancia que en ella había, si no era con cinto y machete.

Así empezó mi suerte en la nueva vida que he de llevar, si Dios no dispone otra cosa, durante 24 meses. Como nunca faltan, a nuestra llegada nos encontramos con varios veteranos de la provincia de Vizcaya, que desde el primer momento se pusieron de nuestra parte, consiguiendo gracias a ellos sacar nuestra ropa de paisano y después gastarnos juntos unas pesetas en la cantina. Entre los congregados que bebiendo vino nos encontrábamos di con un muchacho de Valmaseda que conocía donde se encontraba la Oficina de la Inspección General de Intervención y Tropas Jalifianas, que era donde yo tenía que ir. Fui acompañado por él, por cuya mediación me prestaron también cinto y machete, a visitar a un señor Comandante, en casa del cual trabajaba una tía mía. No le encontramos en la Oficina, mas nos dieron las señas de su casa y allí nos dirigimos. La encontramos al primer intento y fuimos acogidos amablemente, teniendo la satisfacción de abrazar a mi tía. Después de pasar un rato agradabilísimo en compañía de aquella buena gente, y de haber dejado mi ropa de paisano en su casa, regresamos mi amigo y yo al campamento. No tardé, sin embargo, en volver, esta vez solo, a casa del señor Comandante para despedirme, pues a la mañana siguiente teníamos que salir para Rincón de Medik, donde estaban los demás quintos del Batallón haciendo instrucción. El resto del día, mejor dicho, de la noche, lo pasé con mis nuevos amigos en la cantina, marchándonos a dormir a la una de la mañana; tuvimos que hacerlo en el suelo, sin colchón y sin poder pegar el ojo, pues los ratones, algunos bastante creciditos ya, pasaban por nuestras cabezas "como Pedro por su casa".

CATEGORÍA
: Todavía no la he decidido

jueves, 23 de agosto de 2007

Decisión equivocada

El urbanismo es una disciplina que no se corresponde con una titulación universitaria; no hay ninguna carrera de urbanismo, por más que, como asignatura y desde distintos enfoques, se imparta (desastrosamente) en unas cuantas. Así que los profesionales que nos dedicamos al urbanismo tenemos titulaciones universitarias diversas. La especie mayoritaria en esta fauna son los arquitectos (es mi caso), pero también hay ingenieros, geógrafos, sociólogos, licenciados en derecho ... Incluso he conocido a alguno, nada malo, de formación autodidacta. Lo cierto es que, cuanto más te metes en este mundo (como en cualquier otro), menos importa tu origen universitario y más el proceso de profundización en la disciplina. Ejercer de urbanista requiere una mínima base técnica, capacidad espacial, comprensión jurídica, cierta cultura humanista, sensibilidad social, percepción política y, sobre todo, sentido común. Los arquitectos, por ejemplo, suelen acercarse al urbanismo desde una ingenua visión del “diseño urbano”, como si algún Napoleón III fuera a encargarnos la remodelación de París; solemos despreciar el marco legal y, afortunada o desafortunadamente (afortunadamente), el urbanismo es también una disciplina jurídica, un marco de reglas de juego, de derechos y deberes, en cuyo seno deben operar los procesos de transformación de la ciudad y el territorio. Los abogados, al contrario, suelen quedarse en esta concepción del urbanismo, no queriendo ver que detrás de las leyes hay actos reales, que las decisiones urbanísticas no se adoptan simplemente para cumplir formalmente unas normas, que son éstas las que se promulgan para lograr objetivos urbanísticos.

En fin, no me voy a enrollar por esos lares porque no creo que a nadie le interese (y a mí al que menos). A lo que voy es que en el mundillo profesional en el que me desenvuelvo hay una especie de cuerpo doctrinal común que está hecho de muchas materias sectoriales. Uno se va haciendo tanto mejor urbanista cuanto más va cubriendo sus carencias. Por múltiples causas, hay una escasez notable de buenos urbanistas en estos parajes y, lo que es más grave, dicha escasez es mucho mayor entre las generaciones jóvenes (aprovecho, en el caso improbabilísimo de que me lea alguien atraído por el urbanismo, para animarle a que se venga aCanarias: hay demanda de profesionales). Esta carencia de buenos urbanistas se da entre todas las titulaciones vinculadas a la disciplina, pero muy especialmente entre los jurídicos. Hay aquí poquísimos licenciados en derecho que se especialicen en elurbanístico y que, sobre todo, superen la visión formalista tan común entre ellos.

Como ya he contado en ocasiones anteriores, trabajo en la Administración Pública (el urbanismo es una actividad pública, para quien no lo sepa), en donde abundan los licenciados en derecho. Lamentablemente, apenas hay de todos ellos quienes tienen las aptitudes y actitudes para ser considerados urbanistas. La mayoría de los que caen por mi área están aquí como podrían estar en Hacienda o en Servicios Sociales, y no pasan de ser meros tramitadores administrativos, muy preocupados (eso sí) por su carrera funcionarial y llegar lo antes posible a jefe de servicio (en esto, curiosamente, no noto diferencias entre los sexos; si acaso, ganan las mujeres). El resultado, como se podrá imaginar, es un grave déficit en la que debe ser una de las funciones del sector público: dirigir desde el interés general la ordenación del territorio y de las ciudades.

En este desolador panorama destacan, por contraste, algunas excepciones. En nuestra área hay, por ejemplo, un jurídico joven, Sergio, que ya lleva unos cuantos años trabajando con nosotros. Ahora, sin embargo, ha decidido buscarse que le trasladen y parece que ha conseguido un hueco en otro departamento de esta institución. No se va porque no le interese el urbanismo; al contrario, la disciplina le gusta mucho y en este tiempo ha demostrado las actitudes y aptitudes a que antes aludía. Hay, en su decisión, motivaciones debidas al desencanto (el principal virus de esta ocupación) pero la causa principal radica en el hostigamiento de una compañera de trabajo, la Alicia de quien hablé en otro post. Esta chica, debido seguramente a su combinación de mediocridad profesional y ambiciones trepadoras, lleva una temporadilla haciéndole puñetitas; en realidad, por lo que sé, se las hace a todo el servicio administrativo. Pero con quien más se ensaña es, casualmente, con Ana, la mujer de este compañero, que también trabaja en el mismo departamento y a las órdenes de Alicia. La situación, por lo visto, ha llegado a un punto en el cual Ana no aguanta más, en el que su equilibrio emocional queda afectado.

El mínimo sentido común lleva a concluir que es imprescindible que Ana se traslade de su actual puesto. Así lo entendió Sergio y, por lo que me contó el otro día, parece que ya se ha encontrado un nuevo destino a su mujer dentro de la misma Institución. Trasladada Ana, la mayor parte del problema real desaparece, porque Alicia, por más que quiera, no puede afectar demasiado a Sergio. Sin embargo, éste ha decidido que de todas maneras se va y no quiere atender a razones que le hagan reconsiderar su decisión. A mi modo de ver se equivoca, y así traté, infructuosamente, de hacérselo ver.

Ciertamente, el panorama que vivimos en estos momentos en nuestra Área no es muy alentador, pero también es verdad que en los próximos meses pueden aparecer factores nuevos. Lo lógico sería esperar, ver cómo evolucionan los próximos acontecimientos y, a la vista de ellos, tomar la decisión más conveniente para su futuro profesional. Sin embargo, si ahora se pasa al departamento en el que le han ofrecido un puesto, deja el urbanismo (que le gusta y en cuyo ámbito puede desarrollar un buen trabajo profesional) y, lo que es peor, pierde a medio plazo (por un par de años, al menos) la posibilidad de volver, ya que adquiere un compromiso con la persona que le ha ofrecido el traslado. Persona ésta, por otra parte, que es humanamente excelente, pero que dudo que sea lo que a Sergio le conviene para su desarrollo profesional. Como último dato “objetivo” en este repaso sintético, hay que decir que Sergio cuenta a su favor, frente a Alicia, con el apoyo de casi todos los que tenemos cierta “autoridad moral” en el área; es decir que no estaría nunca falto del arropamiento que pudiera necesitar.

Pero Sergio anda empeñado en mantener una decisión, que sin ser de vida y muerte tampoco es nada irrelevante, tomada desde su emotividad. Me da la impresión de que quiere, como Hernán Cortés, quemar los barcos para quedarse sin opciones, sin marcha atrás. No diré que nunca haya que hacer esos gestos, pero en mi opinión, no es ésta una de esas ocasiones. Me gustaría (y no soy el único) que la razón se impusiera a la emoción, máxime cuando es relativamente fácil paliar los conflictos más graves. Pero me temo que, por motivos en absoluto proporcionadamente justificados, Sergio va a tomar la decisión errónea, tanto para él como para la institución y la actividad profesional a la que llevo dedicado veinticinco años. ¡Qué pena! A lo mejor cae por este blog, lee este post y rectifica (que dicen que es de sabios). Que sea lo que Dios y el Diablo decidan en sus frívolas partidas de dados.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

martes, 21 de agosto de 2007

Cantidad y calidad

Hay gente de una fecundidad pasmosa, y no me estoy refiriendo al número de hijos. Por ejemplo, hará unos diez años, necesitábamos fichar a un profesional para que me ayudara en la dirección técnica de un trabajo especialmente complicado. Uno de los que se presentó era un arquitecto urbanista de unos 40 años con un currículum espectacular. La mayoría de su trabajo lo había desarrollado en Madrid, así que desconocíamos la veracidad de sus afirmaciones. Pero llamaba la atención que en un periodo de 15 años (desde que acabó la carrera) había participado en unos veinte planes generales, multitud de proyectos urbanísticos menores y no sé cuantas otras cosas más; todo ello, además, contratado sucesivamente por varias empresas, de modo que salía a una media de seis meses en cada puesto. Pero no todo había sido trabajar durante esos años, ya que nos enteramos de que le había dado tiempo a casarse, tener dos hijas, divorciarse, conseguir la custodia de las niñas, volverse a casar y tener una tercera hija. A mí ese currículum (quince folios recuerdo que tenía) me dio muy mala espina, simplemente no me salían las cuentas. Pese a mis reparos, el caballero fue contratado. Duró apenas seis meses (era de esperar) y ese tiempo me tocó tenerlo al lado, en el mismo despacho. ¿Qué puedo decir? Pedante hasta la náusea, muy poco productivo, estirado y maleducado y, desde luego, para nada el gran urbanista que se preciaba de ser. Sigue por aquí, trabajando por libre con los resultados previsibles: donde toca, la lía.

Calidad y cantidad no suelen ir muy de la mano y, sin embargo, hay muchos que toman la segunda como indicador de la primera. Hacer algo bien requiere trabajo y el trabajo consume tiempo. Pensemos, por ejemplo, en la obra escrita. Imaginemos dos escritores de igual capacidad creativa que dedican el mismo tiempo a su trabajo, pero distribuyéndolo de forma muy distinta. Uno de ellos, pongamos, dedica el 90% de ese tiempo a labores no directamente productivas, tales como documentarse, revisar, etc; el otro, en cambio, ocupa el 90% del mismo tiempo en escribir el producto final. Ciertamente, la cantidad producida en ese periodo temporal constante por el segundo escritor será nueve veces mayor que la del otro; análogamente, cabe esperar que la calidad de la obra del primero sea nueve veces mayor que la del segundo.

Viene esto a cuento de ciertos “escritores” prolíficos que, además, presumen de autoridad en diversos campos del saber (no me refiero ahora a escritores de ficción). Uno de ellos es César Vidal, un señor un año mayor que yo y que, sin embargo, ha alcanzado ya la cumbre máxima de la erudición que exhibe en una cuantiosa obra publicada (libros y artículos). Desde esa cúspide del conocimiento puede, y así lo hace, pontificar sobre los más diversos temas, alcanzando, gracias a un programa radiofónico (de la COPE), el envidiable estatus de referente intelectual. Parece ser que don César Vidal es doctor en Historia, Teología y Filosofía y licenciado en Derecho (no he logrado descubrir por cuáles universidades) y que ha ejercido la docencia en distintas universidades de Europa y América (tampoco he podido identificarlas). Según la reseña de una librería online, en la actualidad es catedrático de Historia en la Logos University de los USA (merece la pena visitar la página web de esa “universidad”). Es capaz de traducir dieciseis idiomas y siete los habla con soltura. Multiestudiante (etapa ya superada, supongo), docente, articulista, hombre de radio, comentarista político, escritor ... ¿Cuál es su secreto? Él mismo nos lo descubre en una entrevista: “Creo que hay dos factores importantes que me ayudan. Uno, que hago lo que me gusta, y cuando haces lo que te gusta la calidad y la cantidad de lo que haces se dispara tremendamente. Pero el segundo factor es que yo soy una persona extraordinariamente disciplinada, y a la vez flexible. Esto me permite trabajar desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, haciendo pausas para tomar un té, abrir la correspondencia, comer o dormir la siesta. Yo creo que es cuestión de ser trapero del propio tiempo, de no tirar el tiempo nunca”.

Cuento en la base de datos del ISBN y me salen 114 títulos (he suprimido los repetidos, aunque seguro que habría debido quitar más). En la web de La Casa del Libro constan 102 libros, aunque me imagino que habrá también repetidos. Hago una muestra y obtengo que el número medio de páginas de sus libros ronda las 240. De otra parte, compruebo que nuestro autor lleva publicando desde 1987 (tenía 29 años el angelito), así que podemos estimar que en estos 20 años habrá producido (en forma de libros) unas 24.000 páginas, lo que equivale a una media de 3,3 páginas al día de forma ininterrumpida. Por más que don César trabaje de seis de la mañana a diez de la noche, él mismo reconoce que intercala el curre con otras actividades; suponiendo que no tiene compromisos familiares (¿está soltero y sin hijos?), admitamos una dedicación neta al trabajo cultural de diez horas diarias, si bien dejemos que descanse los domingos. Ahora bien, su producción industrializada de libros no es sino una faceta de su ingente quehacer intelectual; siendo generosos atribuyamos a la misma el 50% de su tiempo laboral, o sea, 30 horas semanales que, en 20 años, equivalen a unas 30.000 horas. Y ahora viene la pregunta del millón: ¿cuánto es el tiempo, expresado en horas, que el autor ha dedicado por término medio a cada página de su libro publicado? Piénsese que este tiempo suma, al de escribir directamente las palabras que la llenan, los ratos dedicados a documentarse, a revisar, a reflexionar, etc ... Pues bien, en el caso de César Vidal este valor mágico debe andar por una hora y cuarto; dicho de otra forma, “producir” un libro al señor Vidal le cuesta por término medio unas 300 horas de dedicación. Con las hipótesis antes planteadas, eso quiere decir un ritmo de un libro cada 10 semanas (dos meses y medio). Pero, atención, no nos confundamos: ese es el promedio de sus veinte años en la brecha editorial; a medida que va cogiendo el tranquillo, su fecundidad se dispara, a juzgar por el progresivo incremento de títulos año a año. En 2005 publicó 17 libros, lo que supone reducir el coste temporal por página (manteniendo las anteriores hipótesis) a la asombrosa cifra de 22 minutos. Esto es afán de superación, sí señor (a propósito, encuentro en internet alusión a unas declaraciones suyas en las que reconocía, efectivamente, que pretende mejorar este record de productividad).

La “especialidad” de don César es la Historia. No una época determinada, sino prácticamente todas; lo suyo es el saber enciclopédico. Nos habla del Antiguo Egipto, de los orígenes del cristianismo, de los masones, de la España medieval, de los romanos, de Lincoln, de Cervantes y de Lepanto y, por supuesto, de la Guerra Civil y la ominosa República (muy en la línea de otro “historiador” célebre, Pío Moa). Hemos de reconocer que tan amplio panorama temático otorga mucho más mérito a su soberbia productividad. Sería más fácil escribir una página en veinte minutos si la materia estuviera más acotada ya que requeriría dedicar menos tiempo a las necesarias tareas de documentación. Y no digamos cuánto más sencillo si, a diferencia de nuestro autor, escribimos ficción, libres de las exigencias del rigor científico. García Márquez, por ejemplo; si aplicamos a su obra novelística cálculos análogos (el hombre publica desde hace unos cincuenta años), su índice de productividad se sitúa en torno a 10 horas por página. Gabo tarda 30 veces más que Vidal en “producir” una página, y para colmo no es más que ficción.

¿Simplificaré y diré que la obra de García Márquez tiene treinta veces más calidad que la César Vidal? No, la calidad no es cuestión sólo de horas. Intuyo que aunque Vidal le dedicara a cada una de sus páginas las mismas horas que Gabo, sus textos no alcanzarían la calidad de los del colombiano. El tiempo dedicado no es condición suficiente para producir una obra de calidad, pero sí es condición necesaria. Así que, como las cifras no me cuadran, sin necesidad de leerle, estoy convencido de que la obra de César Vidal no tiene calidad. Y este señor es, según muchos, una referencia señera de nuestro panorama intelectual (Millán Astray estaría encantado); poz qué bien. Parece ser que su último libro (El camino hacia la Cultura. Lo que hay que leer, ver y escuchar) nos ofrece una inmersión apasionante en la historia, la literatura, el arte y la ciencia de la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. Supongo que en la línea tan apreciada entre los anglosajones, Vidal nos aporta las pertinentes listas, sus top-ten culturales. Según la editorial (Planeta), nadie mejor que César Vidal, hombre de extrema erudición, para conducirnos en esta aventura del saber. Esta obra, la más ambiciosa de cuantas ha emprendido hasta la fecha, está destinada a convertirse en todo un clásico.

Como cualquiera puede darse cuenta, este post es fruto de la más ruin envidia.


PS
: Hace un par de años, cuando aun no conocía al señor Vidal, compré un librito suyo sobre los masones. Fatal y confusamente escrito, apenas me aportó nada que no supiera, amén de estar plagado de imprecisiones cuando no falacias descaradas. No he leído ninguna otra cosa suya.

CATEGORÍA: Personas y personajes

viernes, 17 de agosto de 2007

Antonino Jaramillo (I)

Me llamo Antonino Jaramillo y acabo de matar a mi mujer.

Como frase inicial no está mal, cumple su cometido: impactar al lector, forzarle a seguir leyendo. Pero, claro, es un recurso fácil, nada original. Me imagino que serán centenares las novelas que empiezan con estas o muy parecidas palabras. Además, pensándolo mejor, este comienzo más que literario suena a confesión oral, la del típico asesino doméstico que llama a la policía inmediatamente perpetrado su crimen. Escribes en Google “acabo de matar a mi mujer”, así, entre comillas, y en 0,39 segundos te ofrece aproximadamente 1.130 páginas web en las que aparece esta frase y la gran mayoría se corresponde, efectivamente, con declaraciones reales de crónica negra. ¡Qué vulgar!

Pero, de otra parte, ¿qué, sino algo vulgar, puede provenir de mí? Me llamo Antonino Jaramillo, Nino para los colegas; ¡hay que joderse con el nombre y con el apodo! Desde luego no me ha ayudado nada a cimentar mi autoestima. ¡Antonino! ¿Por qué no Antonio? ¿Por qué ese diminutivo ridículo? Son preguntas retóricas, pero las respuestas son todavía más deprimentes. Me llamo Antonino en recuerdo del hermano menor de mi madre, enfermo de poliomielitis y muerto con apenas doce años. Su corta vida fue dolor y tristeza para mi familia materna como si Antonino Salgado hubiese venido al mundo sólo para amargar a todos, incluyendo a los que aun no habíamos nacido. ¿Parezco poco compasivo? Pues lo parezco porque es verdad, porque no siento sino rencor hacia ese Antonino de cuyo recuerdo provengo, porque estoy hasta los mismísimos de respirar este aire hipócrita de santurronería resignada, de tristeza metafísica, de opresivo aplanamiento. Además, ya finjo más que suficiente ante mis familiares; déjenme que aquí me desahogue un poco.

Si fuera justo, no obstante, debiera enfocar el odio hacia mi madre, la principal responsable de mi vulgar mediocridad; pero no se odia a una madre. Mi madre se llamaba Loli hasta sus trece años, hasta el momento en que su hermanito menor manifestó la enfermedad y ella decidió consagrar su vida a cuidarle y, sobre todo, a compartir su sufrimiento. A partir de entonces pasó a ser Dolores, con todas sus letras, sin admitir variación alguna. Muerto Antonino, hizo que Juan, mi padre, fuera su novio y, dos años después, su marido. Mi padre era y siguió siendo un calzonazos y, además, otra víctima de mi madre. Lo primero que le hizo, al poco de casarse, fue cambiarle el nombre; de Juan a secas pasó a ser Juan Crisóstomo, así, completito, bien silabeado. Es verdad que ese era su nombre oficial, pero hasta que mi madre no lo aireó no lo sabía nadie, ni siquiera creo que mis abuelos se acordasen. Mira que es mucho más difícil decir Juan Crisóstomo que Juan, ¿a que sí? Pues oye, pleno al quince; bastó que mi madre empezara a llamarle así delante de todo el mundo con tenaz insistencia para que el Juan se olvidara en un plis plas. El director del banco, por ejemplo, acogió el nuevo apelativo de su empleado inmediatamente después de contestar una llamada telefónica y oír a mi madre declamar (sí, porque no habla, declama con voz de tragedia griega): “por favor, ¿sería usted tan amable de ponerme con mi marido don Juan Crisóstomo Jaramillo?” En el trabajo, en el bar, en el club, en todos sitios mi padre pasó a ser en apenas unos días el portador de un nuevo nombre que, parece que todos coincidían, le sentaba mucho mejor que el antiguo. Esto llegó a decírselo su compañero de dominó una tarde en el club, con tan poco tino que, por más que se empeñaba en cínicos argumentos sobre la personalidad que le confería el vocativo esdrújulo, no podía evitar que se notase que estaba a punto de estallar en carcajadas de absoluto cachondeo.

Yo creo que a mi madre le gustó lo de Crisóstomo porque le evocaba cristianismo arcaico, martirios, santos sacrificios. Me da que nunca debió enterarse de que Crisóstomo significa “boca de oro” y fue el apelativo que, por su gran elocuencia, le dieron a ese Juan que en el siglo IV llegó a obispo de Constantinopla. ¿Elocuente mi padre? ¡Ja! Si el pobre cabrón no abría apenas la boca, ni siquiera para defenderse. Él mismo, poco antes de morir, me contó con voz resignada la patética escena de un almuerzo en casa de sus padres, dos o tres meses después de la boda. Ya para entonces el Juan estaba en franco proceso de extinción, pero el virus destructivo no había prendido en la casa de los Jaramillo. Así que mi madre, esa tarde, decidió coger el toro por los cuernos y forzar lo que no ocurría espontáneamente. En un momento, como sin darle importancia, se dirigió a su suegra y le dijo que “preferiríamos que a mi marido, a partir de ahora, le llamarais Juan Crisóstomo; así, su nombre completo; coincidiréis en que le sienta mucho mejor”. Notad como, en la misma frase, mi madre declaraba que el deseo era mutuo (mentira cochina) y que el marido era suyo (ya no el hijo de sus padres); así es doña Dolores Salgado de Jaramillo. Su suegra, sin embargo, pasado el eterno instante de estupor, miró a su hijo, al calzonazos de su Juanito, y le preguntó si a él le parecía bien (“a ti te parece bien, Juan”, enfatizando el pronombre de segunda persona singular y el nombre familiar). Pero fue un pobre desafío a la nuera; mi padre contestó que sí, que creían (ambos) que ese nombre le sentaba mejor. Y desde entonces, ni sus padres volvieron a llamarle Juan.

Si mi padre no fue capaz de defenderse a sí mismo, ¿cómo habría podido evitar mi Antonino? Antonino Jaramillo, para colmo dos diminutivos seguidos. Si uno se apellida Jaramillo, al hijo se le ha de poner delante un nombre contundente; Ramón Jaramillo, por ejemplo, nunca Antonino, por Dios. De más estaría contar mis vanos intentos, al inicio de mi etapa escolar, de presentarme como Antonio ante los compañeros; poco necesitó mi madre para abortarlos. Y así crecí, como el mediocre Antonino Jaramillo que era y sigo siendo, al que nadie hacía caso, salvo como blanco de ocasionales pullas. Así dejé de ser un niño y conseguí (no sé bien cómo) ir a estudiar a la universidad, en la capital de mi provincia. Pero allí tampoco pude ser Antonio y seguí siendo Antonino, aunque mi madre ya no estuviera al quite. La novedad de esos años fue el Nino, que se le ocurrió a un gracioso de la facultad y no precisamente con intenciones amistosas. Nino Jaramillo, el perfecto pardillo; éste era el pareado con el que me identificaban, la clave para sacarme de mi habitual invisibilidad en las escasas conversaciones en las que se me mencionaba: “... llegó Nino Jaramillo -¿Quién? –Sí, hombre, el perfecto pardillo”.

Por supuesto si ni amigos tenía imaginaos mi éxito con las mujeres. Ni una rosca me comía. Hasta que conocí a Trini y me enamoré. ¿Cómo no iba a enamorarme de alguien tan dulce, alguien que me veía, que no me consideraba el pardillo mediocre que hasta yo sabía que era? Trini además era bellísima; su belleza mezclaba rasgos angélicos y formas diabólicas, una cara de serena armonía y un cuerpo voluptuoso que excitaba los deseos más salvajes. ¿Por qué, entonces, amándonos como nos amábamos, la he matado?

Podría pintaros un cuadro de violencia doméstica, la descripción minuciosa de ese deslizamiento peligroso e imperceptible en que va poco a poco dejándose ir la vida conyugal. Os hablaría de cómo ni el amor más grande resiste las múltiples excusas cotidianas del hastío, de cómo hasta lo sagrado se vuelve irrelevante y profanarlo deja de revelársenos sacrílego. Intentaría justificar los primeros golpes como explosiones incontroladas de la tensión que soportaba, protestas airadas a la continua humillación que vivía en mi trabajo, al insuficiente apoyo que encontraba en Trini. Tendrías así una historia conocida de malos tratos, tan cutre como son todas y, al mismo tiempo, tan tranquilizadora para vuestras hipócritas conciencias porque os permite mantener las distancias condenatorias. ¿Qué hay que entender de un pobre diablo cobarde que agrede a su mujer? Pues lo siento, no hubo violencia doméstica, nunca dejé de considerarla el amor de mi vida, lo más sagrado y caro de mi existencia.

Puedo a cambio inventaros una historia de celos, pintar un crimen pasional, a ser posible con ribetes de tragedia clásica. La he matado porque me traicionaba, porque era ella quien profanaba nuestro amor sagrado. A lo mejor, si me afano lo suficiente, lograría que muchos (hombres, sobre todo) justificaran mi acto porque en su atávico interior sentirían la complicidad necesaria. Pero tampoco es verdad; Trini no me engañaba porque no había nada sobre lo que mentir.

¿La he matado entonces para ser fiel al destino intrínseco de mi propia mediocre naturaleza? ¿Había acaso yo, cual Judas, de destruir a quien me redimía? Confieso que me agrada esta explicación mística, seguramente porque me exime de culpa en tanto me arrebata mi responsabilidad. Y no sólo de este crimen horrendo, sino de todos los actos de mi vida, de mi propia personalidad. Sólo soy una víctima, puedo dejar de atormentarme.

Lo que pasa es que, aunque quiero creer que hay algo de verdad en el anterior párrafo, tampoco vale del todo para aclarar lo ocurrido. Empecé diciendo que había matado a mi mujer, pero ya advertí que sólo pretendía un inicio epatante, retener vuestra atención. Se trataba de un recurso literario o, si lo preferís porque no os gusten las florituras, de una simple mentira. Yo, Antonino Jaramillo, estoy soltero (¿quién querría casarse conmigo?) y, por tanto, no he podido matar a mi mujer. Pero entonces, diréis, ¿has matado a una que no es tu mujer o no has matado a nadie y simplemente te estás cachondeando? ¿Y esa que has matado, si lo has hecho, es Trini? Y, si es Trini, ¿por qué las has matado? No es fácil responder ninguna de esas preguntas y, además, tampoco estoy seguro de querer hacerlo; ya lo meditaré. Las cosas con mucha frecuencia no son lo que parecen, eso sí os lo puedo asegurar. Entre tanto, pensad lo que os dé la gana; al fin y al cabo no me conocéis y mejor es que así sea. Prefiero caeros mal, incluso que me odiéis, a seguir invisible a vuestros ojos. Hasta otra.

PD: Me gustan los Talking Heads.

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