María
Encontró el bar sin dificultad; faltaba media hora así que se sentó y pidió una clara. María, como siempre, llegó tarde. Apareció en bikini, muy bronceada, guapísima … y sonriente. Lo abrazó muy alegre (¿qué pasaba con sus angustias?) y tomándole la mano, lo arrastró riendo hacia el pueblo. Ven, quiero que conozcas a mis tíos; además, no he terminado de preparar la maleta. Un breve callejeo y entraron en una casa de dos plantas, saludos a los tíos y a un primo de ocho o nueve años, tomarse un café con leche con un bollo demasiado dulce, esperar a que María se arreglara … Serían las ocho cuando por fin se vieron solos en el R5 amarillo e iniciaron la marcha hacia Torremolinos.La carretera costera en una tarde de agosto recordaba a cualquier calle madrileña en horario laboral. Los apenas cien kilómetros de distancia duraron casi tres horas. Tres horas en las que María descartó su aparente alegría del recibimiento para encerrarse en un mutismo hosco, sin casi participar en la conversación que él intentaba mantener, salvo con monosílabos secos y tristes. Ese silencio era hostil, acusador. Tú eres el culpable de lo que me pasa, decía sin decir. Si no te pasa nada, habría querido contestar él al reproche mudo, pero ya no se atrevía, ya el miedo se lo había contagiado.
Al llegar al apartamento de su madre, por un rato, María recobró el buen humor. Dejaron las cosas y ella se quitó la ropa, quedándose en bragas y sujetador. Lo abrazó, apretándose mucho, le buscó la boca y se hundió en un beso que sabía a lujuria, pero también a angustia. Él, esforzándose, la apartó. Tenemos que hablar, le dijo. Y hablaron, o mejor dicho, habló sobre todo él. Le explicó que no podía pasar nada, que sólo había sido una vez y ni siquiera había llegado hasta el final, que tenía que tranquilizarse porque seguramente era su ansiedad la culpable del retraso, que él la quería y que pasara lo que pasara estaría con ella. Entonces, preguntó ella, ¿te casarías conmigo?
A él ni se le había ocurrido pensar en esa opción. Sin embargo, sólo titubeó un segundo. No, eso no lo haría. Acababa de cumplir veintitrés años, María sólo tenía diecinueve. La quería, estaba enamorado de ella, pero eso no le bastaba. Si ocurría lo que era imposible que ocurriese, estaba dispuesto a afrontarlo, a hacer lo que ella quisiese, eso le dijo, pero no se casaría. Estaban sentados en el sofá; mientras le decía estas palabras trató de acariciarle la cara; ella le apartó la mano bruscamente. Enseguida, de pronto, estalló en sollozos, todo el cuerpo se le convulsionaba casi como si tuviera un ataque epiléptico. Él quiso abrazarla, calmarla, pero de nuevo el rechazo, esta vez aun más airado. Luego empezó a gritar, a tirarse de los pelos, a insultarle. Pasó así un buen rato hasta que, ya sin fuerzas, María pareció tranquilizarse.
Voy a por agua, dijo pasados unos momentos de silencio denso. Él estaba de pie, mirando por la ventana. Se sentía muy triste, como si una desesperación líquida lo estuviera anegando por dentro. Querría llorar también él, pero sabía que los dispositivos necesarios los tenía bloqueados. Sin pensar en nada, se dio la vuelta. Ahí estaba María, el brazo derecho en alto y en el puño cerrado unas tijeras de cocina que se precipitaban hacia él. Los reflejos decidieron solos con un brusco movimiento hacia un lado. Inmediatamente la sujetó y le quitó las tijeras. ¿Estás loca? Quiero matarte, gritó ella, y se desplomó boca abajo, llorando y golpeando el suelo con los puños.
Poco a poco consiguió calmarla. En la mesilla de noche encontró unos somníferos de su madre y la convenció de que se tomara media pastilla. Por fin, serían las tres de la madrugada, pudo arroparla entre las sábanas. No se te ocurra acostarte conmigo, fueron sus últimas palabras antes de dormirse. Él dispuso unos cojines al pie de la cama y se echó sobre ellos. Durmió a ratos, despertándose sobresaltado muchas veces temiendo alguna nueva locura. Cuando el sol ya estaba alto se levantó y preparó unos cafés con leche. María, en la cama, recibió la taza con una mirada de odio que él no le conocía. Vete, le dijo, no quiero volver a verte. Él sabía que debía irse pero le daba miedo dejarla sola. Le ofreció llevarla de vuelta a Almuñécar. ¿No me has entendido? No soporto verte ni un instante más, vete inmediatamente.
Y eso hizo. Volvió a conducir como un autómata, sin prestar atención al paisaje (tampoco esta vez entró en Granada cuando pasó junto a la ciudad) ni ser capaz de pensar en nada. Llegó a Madrid ya acabándose ese domingo de agosto. Al día siguiente, para sorpresa de sus jefes, se presentó a trabajar. No volvió a hablar con María hasta septiembre y ella se negó a verlo. Pasó tres meses de duelo intenso, como corresponde a un enamoramiento veinteañero. Supo por amigos comunes que María seguía como siempre, alegre, dicharachera y, por supuesto, muy guapa. Ese otoño empezó tercero de farmacia y enseguida empezó a salir con alguien de la universidad. Él encontraría el clavo que desclava en Paloma, una compañera de la oficina, la noche festiva de finales de octubre del 82. A María volvería a verla casi diez años después, pero esa es ya otra historia.
Heaven Stood Still. Willy Deville (Live, 1993)
Este viernes ha fallecido, con sólo 55 años, Willy Deville. Desde que lo descubrí, hacia mediados de los ochenta, es uno de los músicos que he seguido. No tuvo grandes éxitos (salvo quizá su canción más famosa, Demasiado Corazón) pero siempre me pareció que mantenía una línea inquieta y creativa. En fin, que me gustaba y me apena que ya no vaya a darnos nuevos temas. He elegido esta canción suya como homenaje porque tiene el tono melancólico adecuado, pero aseguro a quienes no lo conozcan que la mayoría de su obra es bastante más animada.CATEGORÍA: Recuerdos
Las vastas achicorias de la noche
Los enternecidos escarabajos de Australia













