viernes, 6 de diciembre de 2013

¿Que no se pueda repetir en el cargo?

Uno de los asuntos recurrentes del debate político en América es el de los límites a los cargos públicos, la discusión sobre cuántas veces puede presentarse una misma persona a las elecciones, algo que parece no generar apenas interés entre nosotros. En realidad, la discusión se centra en el cargo de presidente de la república (o jefe de gobierno en el caso de las monarquías) o al menos no la he visto generalizada a cualquier cargo público. Así, Estados Unidos (ya saben: el modelo democrático por excelencia) aprobó en 1922 su vigésimo segunda enmienda constitucional que prohíbe que una persona sea elegida dos veces como presidente. En todos los países americanos (con la reciente excepción de Venezuela) existen límites a la reelección presidencial: desde los que la prohíben absolutamente (México, por ejemplo), los que la permiten pero no sucesiva (Perú, entre ellos) y los que la limitan normalmente a dos periodos (la mayoría). En Europa, en cambio, la mayoría de los países no imponen límites a la repetición en el más alto cargo y los que lo hacen (Austria, Bulgaria, Hungría, Irlanda, Lituania, Polonia, R. Checa y alguno más) permiten una reelección. Así, en los tiempos recientes, hemos conocido personajes que han permanecido largos periodos como jefes de gobierno democráticos: Helmut Kohl (16 años), Felipe González (14 años), Jacques Chirac (12 años) ...

Por supuesto, cualquier regulación sobre límites a la permanencia en cargos públicos influye significativamente sobre las características de lo que, desde Mosca, se ha dado en llamar la clase política. A estas alturas, no creo que haya ninguna duda sobre que la política se ha convertido en un oficio y, por tanto, quienes lo ejercen son profesionales de ella. Ejercer de político consiste básicamente en tomar decisiones (o, al menos, ser la cara visible de quien toma las decisiones). Por lo visto, dado el apego que le tienen casi todos los que conozco (que son muchos), esta profesión engancha, casi diría que produce una alta adicción. Tanta que no creo que sea exagerado afirmar que la principal –por no decir casi única– motivación de un político sea alcanzar un cargo público y, cuando ya lo ha logrado, mantenerse en él o cambiarlo por otro más relumbrante. Claro que, para posibilitar tan naturales anhelos profesionales, conviene que no haya límites a la ocupación de cargos o, de haberlos, no sean demasiado restrictivos, de modo que siempre haya suficientes opciones (léase cargos públicos) para seguir en la profesión. El resultado, claro está, es la creación de una elite más o menos cerrada y controlada por los mecanismos internos de los partidos políticos (no muy democráticos, dicho sea de paso) que imponen sus propias reglas a los profesionales para seguir ejerciendo el oficio, e incluso para incorporarse, como cualquier otro joven que inicia su vida laboral.

¿Sería bueno prohibir la excesiva permanencia en política? Yo tiendo a opinar que sí. Aún consciente de que la cuestión no es sencilla, creo que la profesionalización de la política presenta, comparando ventajas e inconvenientes, un saldo global negativo. Pero si se entiende que merece la pena mantener este oficio, por lo menos debería prohibirse la repetición en el cargo, lo que probablemente redundaría en un mejor ejercicio de éste. Pensemos, por ejemplo, en el ámbito local, que es seguramente el que mejor conozco. La continuidad en el puesto de un alcalde, sobre todo en municipios no demasiado grandes, depende mucho de si agrada o no a concretos intereses. Por ello, las decisiones que van constituyendo el ejercicio del gobierno durante cuatro años están en muy alta medida motivadas por esos intereses particulares y condicionadas fuertemente por el corto plazo. Es el conocido fenómeno del clientelismo. Muy distintas serían probablemente las decisiones del alcalde (o del concejal de urbanismo, por arrimar el ascua a mi sardina) si supiera que, acabado su mandato, no iba a seguir. A lo mejor entonces mostraban algo más de rigor en sus comportamientos, desarrollaban una visión más a lago plazo y procuraban que lo que primara fuera el interés general.

Hablábamos ayer de estos asuntos en relación a cómo se elaboran los planes de urbanismo, una de las actividades de gobierno municipal que, en principio, debería ser de las más relevantes (si no la más) dado que se supone que es la expresión de la ordenación física de la ciudad y el territorio circundante, así como de su desarrollo futuro (cuestión distinta, eternamente debatida pero nunca afrontada con seriedad, es si los municipios deberían tener esta competencia). Lo lamentable es que el ansia generalizada de continuar en el sillón anula en la gran mayoría de los munícipes la imprescindible capacidad de tomar decisiones que no sean esencialmente rastreras (es decir, a ras de suelo, carentes de la más mínima visión general y de largo plazo). De este modo, incluso vendiéndose como planes realizados desde la "participación pública", la mayoría de ellos no son más que componendas chapuceras para no molestar los intereses particulares /y la suma de intereses particulares no es igual al interés público) renunciando, gradual pero inexorablemente, a cualquier ordenación de futuro mínimamente congruente y condenando consecuentemente a que los problemas urbanísticos del municipio se agraven. Podría dar innumerables ejemplos, pero no hay aquí espacio para ello ni tampoco es el sitio adecuado.

Habrá quien diga que justamente la mucho más fuerte dependencia de los políticos locales de su electorado, en comparación con la de los diputados nacionales por ejemplo, es algo bueno, un factor que contribuye a fortalecer su legitimidad democrática. No digo que no haya algo de verdad, pero tampoco olvidemos que el populismo demagógico es mucho más frecuente en la esfera local. En todo caso, al final, las decisiones políticas, sean del alcalde de un pueblo o del presidente de la nación, vienen condicionadas por los intereses de quienes verdaderamente mandan. En lo que a mí me atañe, resulta que los intereses locales son enormemente dispersos y cutres. No estoy hablando de promotores de fuerte poder económico que presionan para obtener sus pelotazos urbanísticos (que obviamente haylos), sino de la tenaz resistencia de los pequeños propietarios a mantener su situación, evitando a toda costa que les impongan el cumplimiento de los deberes que les corresponden (lo de la función social de la propiedad) en actuaciones necesarias para resolver problemas urbanísticos. En multitud de casos asombra que nimios intereses privados prevalezcan (e impidan) sobre decisiones de ordenación que a todas luces son necesarias. Y es entonces cuando uno se pregunta si el alcalde no habría optado por hacer lo correcto de saber que, acabado el periodo, no iba a seguir en el cargo.

martes, 3 de diciembre de 2013

San Francisco de Javier

a Vanbrugh y a Grillo

 Hoy se celebra San Francisco de Javier. Los más jóvenes, con notables carencias educativas en historia religiosa (católica, of course), desconocen casi todo de este santo del XVI. De hecho, en la actualidad, bastantes personas que se llaman Javier ignoran incluso que su nombre no es de persona sino de lugar, de una villa navarra de la antigua merindad de Sangüesa junto a la histórica frontera con el reino aragonés. Por eso, todos los javieres de mi generación (y anteriores), cuando el nombre que te imponían había de constar en el santoral, se llaman Francisco de Javier. Desde hace un tiempo, sin embargo, el Javier se usa solo o incluso unido a otros nombres absolutamente ajenos (conozco a un Pedro Javier y a un Javier Antonio, entre otros). Se trata de una evolución normal y que no censuro, aunque no estaría mal que los afectados supieran que portan la denominación de una villa, lo cual –que yo sepa– no es frecuente entre los nombres españoles masculinos (así, de pronto, se me ocurre el de Borja, también Francisco de, que se refiere a una localidad zaragozana y era el patronímico de otro santo, también jesuita y contemporáneo del de Javier). Mucho más habituales, en cambio, son los nombres de mujer que se refieren a lugares pero la explicación es evidente: se corresponden en su inmensa mayoría con sedes de apariciones marianas que son numerosísimas (cabe pensar que esa inagotable afición de la Virgen a mostrarse en cualquier rincón del mundo tenga por motivo justamente el ampliar el elenco de nombres femeninos en el santoral católico, aunque algunos resulten muy poco afortunados, como Pilar, por ejemplo, pues mira que llamar columna a una niña).

San Francisco de Javier se llamaba pues Francisco (Francisco Jasso Azpilicueta Atondo y Aznares), aunque rara vez habría firmado con tantos apellidos ni tampoco usando en su nombre el de su lugar de origen. De hecho, al menos desde que se hizo jesuita (fue del reducido grupo fundador de la Orden, bajo la férula de Iñigo de Loyola), firmaba simplemente como Francisco, tal como se ve en las imágenes que adjunto. El nombre Francisco ya era bastante popular por el siglo XVI (el de Javier nace en 1506), gracias a la devoción al de Asís. Viene a cuento advertir que San Francisco, el original, había sido bautizado como Giovanni (Juan) y que el nombre por el que fue conocido en vida y con el que se le santificó apenas dos años después de su muerte, no era más que un apodo que significaba "el francesito", debido a los frecuentes viajes de su padre, comerciante, a las ferias francesas. Así que el Santo que hoy se conmemora fue bautizado bajo la advocación del que había nacido en Asís tres siglos antes, mientras que distinto es el protector de quienes se llaman Javier. El desconocimiento de esta diferencia lleva a algunos a dirigirse a javieres que no conocen más que de leer su nombre completo en el DNI como franciscos (situación frecuente en llamadas telefónicas de índole comercial en las que el pesado de turno dice que desea hablar con don Francisco). Pero más grave me parece la ignorancia de algunos que, llamándose Francisco de Javier, creen tener dos nombres y optan por el apelativo de Paco (que parece derivar de PAter COmunitatis, como era conocido San Francisco cuando fundó los franciscanos).

Otra cuestión curiosa relacionada con los javieres es la grafía del nombre. Actualmente en castellano es, de forma generalizada, Javier, por lo que cuando nos encontramos con alguno que escribe Xavier o Xabier deducimos enseguida que se trata de un catalán o de un vasco respectivamente. Sin embargo, por la época del Santo la grafía castellana era con X y con V y conozco algún Xavier que de esa forma escribe su nombre no para reivindicar adscripciones lingüísticas (y de paso nacionalistas) ajenas al castellano –que es su idioma propio– sino, simplemente, porque así, en homenaje al santo original, le bautizaron e inscribieron en el Registro Civil sus padres. Es más que sabido que el fonema /x/ se representa en nuestra lengua con la letra J, pero eso no ocurrió hasta el siglo XVIII. Antes, a este fonema correspondía la letra X y algunos residuos quedan en el idioma, como México o Texas, que confío que mis lectores pronuncien con J y escriban con X. Pues lo mismo este Xavier citado, que no empieza la dicción de su nombre con el fonema /ʃ/. Aunque lo cierto es que parece ser que en el español medieval la X se pronunciaba como fricativa postalveolar sorda (como el sonido "sh" del inglés) y el fonema evolucionó hacia la fricativa velar sorda de la actual J. Es decir, que aunque tengo claro que Javier se escribía Xavier en el XVI, no tanto que lo pronunciaran con nuestro sonido J; quizá lo hicieran parecido a como lo hacen los catalanes o vascos (en una gama que va desde la ch hasta la sh).

Ya que las he aludido, paso a las connotaciones nacionalistas de la grafía (y pronunciación) del nombre Javier. San Francisco de Javier es patrono (junto con San Fermín) de Navarra y figura muy querida de muchos nacionalistas vascos (yo diría que más de los peneuvistas que de la izquierda abertzale, que éstos, a diferencia de los primeros, no comulgan demasiado con las devociones católicas). Así, por ejemplo, el padre de Francisco, Juan de Jaso, era un navarro de San Juan de Pie de Puerto (Donibani Garazi, en euskera), bonita villa –en el Camino Francés de Santiago– de la Baja Navarra, parte del antiguo Reyno que no llegó a ser conquistada por Castilla. Jaso casó con María de Azpilicueta, de familia originaria del Valle de Baztán. Es decir, cabe suponer que euskaldunes y que el vasco debió ser la lengua materna del futuro santo, como así lo refiere él mismo en alguna de sus cartas; incluso, según testimonio del fraile portugués que lo veló en su agonía, sus últimos rezos fueron en una lengua desconocida que se ha querido suponer que era el euskera. En todo caso, que Francisco hablara vascuence en sus primeros balbuceos (y últimos) tampoco quiere decir gran cosa, a mi juicio, salvo para quienes pretenden lecturas interesadas. Lo cierto es que los idiomas que usó de adulto, aparte de las lenguas asiáticas que hubo de aprender, fueron sobre todo el castellano, el latín y el portugués.

Desde escritos nacionalistas se le suele pintar como un ferviente antiespañol por tradición familiar. Es verdad que su padre era presidente del Consejo Real de Navarra y perteneciente a los agramonteses que se oponían a Castilla y miraban más hacia Francia. Pero también lo es que tras la invasión de los castellanos (con tropas levadas mayoritariamente en las vecinas provincias vascas) reconoció a Fernando el Católico, aunque luego se volviera en su contra, pero no parece que debido tanto a motivos "patrióticos" como al resentimiento por las medidas de aquél que lo privaban de muchos de sus derechos feudales. Y es que –no nos engañemos– es un tremendo error trasponer simplonamente los "sentimientos nacionales" como ahora los entendemos a los de los hombres del XVI, preocupados los nobles, como es el caso, en la preservación de sus privilegios, y los del "pueblo llano" en subsistir como fuera, sin importarles mucho la corona de la cual pasaban a ser súbditos.

También se cuenta que cuando conoció en París a San Ignacio le manifestó inicialmente gran antipatía, lo cual es explicable porque el de Loyola había guerreado en las tropas castellanas contra sus hermanos mayores, enrolados en los ejércitos franco-navarros que desde el otro lado de los Pirineos pretendieron sin éxito la reconquista. Pero, si esto es cierto, no deja de ser una reacción natural, más de apegos familiares que patrióticos y que, en todo caso, tampoco tendría hondas raíces dada la rápida amistad y profunda devoción que pronto sintió hacia el guipuzcoano. Por último, otro argumento que se esgrime en cuanto a la hispanofobia del de Javier era que se negó a hacer sus viajes evangelizadores bajo bandera española (habría que aclarar que, para entonces, no existía tal bandera, sino la castellana y la aragonesa). Sin embargo, lo cierto es que si, en efecto, la misión apostólica estuvo patrocinada por la corona lusa fue, sencillamente, porque Juan III (que bajo la visión actual sería considerado un fanático religioso) tenía mucho interés en enviar jesuitas a las Indias Orientales y así se lo pidió a San Ignacio; éste decidió mandar a dos correligionarios portugueses, pero uno de ellos enfermó y fue sustituido por Francisco.

En fin, que hasta aquí. Felicidades a los Javieres, Xavieres y Xabieres.

 
Yo no me llamo Javier - Los Toreros Muertos (30 años de éxitos, 1986)

sábado, 30 de noviembre de 2013

Un país de leyes

Había una vez un país cuyos gobernantes eran apasionados hacedores de leyes. Todo, pensaban, había de regularse hasta el máximo detalle, con la más absoluta exhaustividad. Creían que si algo no se contemplaba en alguna norma carecía de existencia y, desde esa profunda convicción, sentían –como declaró uno de sus más célebres juristas– que tenían la sagrada misión de conservar la realidad, garantizar su existencia, mediante la proliferación legislativa. En consecuencia, cada nuevo gobierno se esforzaba laboriosamente en elaborar nuevos textos normativos, midiéndose su eficacia en el número de artículos producidos. La inevitable competencia política convertía el Parlamento en sede de una encarnizada lucha entre los partidos gubernamentales y los de oposición. Los primeros trataban a toda costa de que sus proposiciones se aprobaran, los otros de impedirlo, pero en el fondo a nadie le importaba el contenido de la futura disposición y, desde luego, mucho menos si era conveniente o necesaria. Esto es el Estado de Derecho, decían, regirnos por normas, normativizar todas nuestras actividades; cuantas más leyes haya, más Estado de Derecho seremos. Y en ese país, que gran parte de su historia había transcurrido bajo regímenes dictatoriales, lo del Estado de Derecho era el mantra máximo.

Consecuentemente, en pocos años de democracia parlamentaria ese país había acumulado un inmenso cúmulo de textos normativos. Por supuesto, tanta exhaustividad suponía que existieran incontables contradicciones entre disposiciones. Un profesor de matemáticas, a partir de verificaciones empíricas y cálculos probabilísticos, estableció una expresión que aproximaba el número de contradicciones que cabía esperar en función del total de preceptos. Como según sus cálculos el orden de magnitud de preceptos vigentes en el país rondaba el millón (contando sólo los incluidos en Leyes y los del enorme número de disposiciones de otro rango) podía suponerse que las contradicciones totales serían de casi catorce millones. En otras palabras, cada norma del sistema legal se contradecía una media de catorce veces con otra u otras también vigentes. La conclusión era que el profuso bosque de normas convertía cualquier acto de los habitantes y de la administración pública de ese país en ilegal, salvo los escasos que todavía no hubieran sido objeto de ninguna regulación legal.

El artículo de ese matemático causó un cierto revuelo tras airearse en los periódicos sensacionalistas. Enseguida hubo reacciones indignadas de los paladines democráticos que lo tacharon de ejercicio ridículo carente de todo ajuste a la realidad. Sin embargo, unas cuantas pruebas sobre muestras reducidas de leyes al azar pusieron de manifiesto que los resultados eran bastante correctos. Fueron entonces los legisladores quienes quedaron en entredicho y se les exigió que observaran un mayor rigor en su producción normativa, pero sin cuestionar en ningún caso el volumen de ésta. Así que se creó una comisión de prestigiosos juristas encargados de revisar el inabarcable cuerpo normativo para detectar las contradicciones que albergaba y corregirlas. Pero se trataba de una tarea inmensa que obligaba a revisar todas las combinaciones de preceptos y que se complicaba porque las contradicciones podían aparecer al comparar dos disposiciones pero también dos compatibles entre sí dejaban de serlo al confrontarlas con una tercera, y así sucesivamente. Pronto se dieron cuenta de que culminar este encargo de forma sistemática les llevaría demasiado tiempo, de modo que empezaron a presentar propuestas parciales de corrección por temas.

Fieles al espíritu patrio, estas propuestas de corrección nunca se concretaban en la derogación de ninguno de los preceptos incompatibles, sino en su modificación. Ello, claro está, se materializaba mediante la aprobación de la correspondiente nueva Ley, de modo que el resultado fue que el ya altísimo ritmo de producción legislativa se dobló pues a estas incesantes normas correctoras se sumaban las que seguía promulgando el gobierno, atento a cubrir los cada vez más escasos aspectos de la realidad que no contaran con regulación (o ésta fuera insuficiente, que a su juicio siempre lo era). Pasados unos meses, el aficionado a las matemáticas volvió a publicar un artículo en el que sostenía que su expresión, pese a los esfuerzos de los legisladores, continuaba siendo aplicable y que, por tanto, como había aumentado el número total de preceptos, también lo había hecho el de contradicciones que estimaba que ya deberían rondar los dieciséis millones. De nuevo, unos rápidos muestreos hicieron ver que tampoco ahora se había equivocado.

Asumida pues la imposibilidad de que el preciado sistema normativo fuera congruente, las máximas autoridades del país se negaron no obstante a abdicar del objetivo incuestionable de regularlo todo con el máximo detalle. Prestigiosos juristas aclararon a la perpleja ciudadanía que, por definición, el sistema no contenía contradicciones y que las que había –por más que fueran tantísimas– lo eran tan sólo aparentes; es decir, no lo eran. Correspondía a los aplicadores de las normas interpretarlas adecuadamente para encontrar en cada caso su correcto sentido, empleando para ello los métodos consagrados del Derecho. En última instancia, dijeron, tenemos los Tribunales, de forma que la Jurisprudencia se convierte en un elemento fundamental para garantizar a posteriori la congruencia del sistema normativo. Alguien sugirió que se debería pedir al matemático que determinara el número de contradicciones entre las también numerosísimas sentencias, así como entre éstas y el conjunto de preceptos, pero el hombre había dejado el país, según las malas lenguas debido a que su situación laboral había empeorado desde que publicara sus artículos.


Poco a poco, este curioso revuelo se mitigó sin dejar rastros y las cosas siguieron como siempre. El cuerpo normativo crecía incesantemente y, por supuesto, nadie era capaz de conocer ni un ínfimo porcentaje de las normas que directa o indirectamente podían aplicarse sobre su actividad. A la mayoría de los ciudadanos el asunto no les importaba en absoluto en sus vidas cotidianas que, en todo caso, adaptaban para evitar lo más posible la injerencia en ellas de la administración. Había pues un país real que procuraba vivir al margen de la leyes asumiendo que de vez en cuando alguna había de tocarte, accidentes inevitables de la vida. Y había también otro país, el oficial, conformado por todos los individuos que trabajaban para la administración y cuya función era aplicar las leyes sobre las actividades de los ciudadanos que caían bajo sus respectivas competencias. Como en su mayoría estos señores no tenían la altísima formación jurídica que era necesaria para convertir las contradicciones normativas en preceptos congruentes, se encontraban siempre en la tesitura de tener que denegar lo que les era solicitado. Afortunadamente, no se llegaba a la completa parálisis administrativa gracias a que siempre, en cada departamento, podía encontrarse algún responsable (normalmente designado por el partido del gobierno) que se atrevía a prevaricar para desatascar los asuntos de importancia.

Este cuento podría seguir, pero me aburre y hasta deprime narrarlo. Diré en todo caso que, contra lo que uno pensaría desde el sentido común, el cuento no acaba con el derrocamiento del sistema.

 
The Law - Leonard Cohen (Various Positions, 1984)

jueves, 28 de noviembre de 2013

Hitler y Kafka

Retrato (¿autorretrato? de Hitler hacia 1907
Entre octubre de 1909, un joven Hitler de veinte años que no había conseguido ingresar en la Academia de Bellas Artes desaparece de Viena durante diez meses, periodo que procura ocultar en su Mein Kampf. No obstante, un historiador antifascista alemán llamado Joachim Kluge, traductor al inglés en 1938 de ese libro, descubre tras una prolija investigación que el futuro dictador se había trasladado a Praga a fin de eludir el servicio militar. En la capital checa (integrada en aquellos años en el Imperio Austrohúngaro), Hitler frecuenta el café Arcos, lugar de encuentro habitual de intelectuales y artistas de habla alemana. No olvidemos que, aunque las ideas racistas ya estaban más que germinadas en su cabeza, todavía se consideraba un artista.

Kafka en 1910
Resulta que por esas fechas Kafka, animado por su gran amigo Max Brod, también asistía al café Arcos. En una carta de noviembre de 1909 a su amigo Rainer Jauss se refiere a un extraño tipo, fugado de Viene por algún oscuro motivo, que dice ser pintor y se llama Adolf. Alguna breve alusión en otra carta (a Brod) así como ciertas notas sueltas en su diario de mayo de 1910, permiten colegir que Kafka conversó en varias ocasiones con Hitler y que lo que esté le contó le impresionó, le asustó porque vio en sus palabras el anticipo de un terrible mundo por venir. El futuro Führer relató al enfermizo escritor judío sus sueños visionarios de un nuevo orden totalitario. Para esas fechas, Kafka, de apenas veintiséis años, no había publicado nada. Es lícito presumir que el aterrador universo kafkiano le deba no poco a los delirios de ese muchacho austriaco. Por fortuna para él, aunque en más de una de sus obras (por ejemplo, la inacabada El Proceso) los anticipara, Kafka no llegó a verlos hechos realidad.

Esta historia la cuenta por boca de uno de sus personajes (el polaco Tardewski, antiguo alumno de Wittgenstein en Cambridge, que escapando de la invasión nazi de su país había ido a caer en la ciudad fronteriza de Concordia, unos 400 kilómetros al norte de Buenos Aires) el escritor argentino Ricardo Piglia en su obra Respiración artificial (1980). Tardewsky se precia ante el narrador de haber hecho el descubrimiento de esa sorprendente relación en las vísperas de la guerra, gracias a asociar dos datos que habían llegado a su conocimiento casi por azar. Le asombra que nadie la hubiera puesto de manifiesto pero, dice, así son las cosas: no nos enteramos de muchos hechos simplemente porque no acertamos a mirar. Si a las alturas del presente novelístico (finales de los setenta) ese vínculo entre Hitler y Kafka seguía ignoto se debía, simplemente, a que el polaco era un hombre vocacionalmente empeñado en fracasar. Pero el relato está verosímilmente contado y cuando un lector (yo) lo lee tres décadas después de haber sido escrito no puede evitar que la duda se asiente en su cerebro: ¿será verdad? Porque, si lo fuera, la anécdota, sin necesidad de llegar a conclusiones tan radicales como las que insinúa el personaje de Piglia, es más que jugosa y debería haber dado pie a numerosos desarrollos literarios.

Pero no, no lo es. Lamentablemente, mi escepticismo ganó esta batalla al deseo infantil de creerme el cuento. Si retuviera mejor mis lecturas ni siquiera habría tenido que buscar las dos biografías de Hitler que poseo para comprobar que cuando Piglia lo sitúa en Praga el futuro führer seguía en Viena. Probablemente el argentino, para lograr la verosimilitud de su relato, sabía que hacia mediados de septiembre de 1909 Hitler había caído en la más extrema pobreza y hay pocas noticias de él hasta 1912. Sin embargo, Ian Kershaw nos cuenta que antes de la Navidad de 1909 estuvo unos meses alojado en el asilo para indigentes y alimentándose de la sopa que repartían las monjas de un convento cercano; y que a partir de febrero de 1910 se pasó al Albergue de Hombres. Durante esos meses en los que supuestamente habría estado en Praga, Hitler se dedicaba a interesarse por la política y pintar malas copias de cuadros para que un amigo las vendiera a los turistas de la capital de los Habsburgo. Así que no, Hitler no conoció a Kafka.

Piglia, en este relato y otros más que aparecen por la novela, mezcla ficción e historia en un estilo abiertamente deudor de la técnica borgiana (con explícitas referencias metaliterarias a la erudición –real o no– que tan bien manejaba don Jorge Luís). Así, el café Arco efectivamente existió en Praga y allí se reunían los intelectuales de esa época, incluyendo Kafka que asistía llevado casi a rastras por su amigo Brod. No parece, sin embargo, que haya existido ningún corresponsal del joven Kafka llamado Rainer Jauss (probablemente, este ficticio personaje histórico procede del filólogo alemán Hans-Robert Jauss), por lo que obviamente no pudo haber ninguna carta en que se diera cuenta del extraño austriaco que había conocido. En todo caso, el salpicado de datos, ciertos o inventados, sumado a una más que correcta "ambientación", tanto en la caracterización psicológica de los personajes (incluyendo a los históricos) como del entorno de la época, hacen, como ya he dicho, que el resultado sea muy verosímil.

A mí me encanta la historia y también dos géneros literarios que derivan de ésta: el que podríamos llamar "recreación histórica" y el de la novela histórica. Como en todo, hay buenos y malos ejemplos. En el caso de la novela histórica, entendida ésta como un relato de ficción que se enmarca explícitamente en unas referencias históricas (cuando digo explícitamente, quiero decir que esas referencias pasan a tener una función capital en la trama), al margen de la calidad literaria, tiendo a exigir como criba para mi aceptación que sean verosímiles. ¿Qué entiendo por verosímil? Pues sencillamente que el relato narrado, aunque sea inventado por el autor, pudiera haber sido posible. Para ello, una condición imprescindible (pero no la única) es que no haya contradicción con los hechos históricos conocidos. Las excelsas invenciones eruditas de Borges cumplen tal premisa; ésta de Piglia, no.


domingo, 24 de noviembre de 2013

Al cruzar el charco resbaló y quedó embarrado

Hace muchos años me contó mi padre un chascarrillo del parlamento español de finales del XIX, durante la regencia de María Cristina (he tratado de confirmarlo, pero tras largo rato de búsqueda no he encontrado nada). Parece que, a propósito de los problemas en las posesiones antillanas, un diputado pronunciaba un ampuloso discurso y, para dejar claro que conocía bien la realidad americana, afirmó muy ufano: "... porque yo, que he cruzado nueve veces el charco ..." Inmediatamente desde algún escaño se escuchó una voz que acotaba: "entonces su señoría sigue aún allí". (No recuerdo el número de veces que ese diputado dijo haber cruzado el Atlántico, salvo que obviamente era impar).

El pasado jueves 21, en una larga entrevista en "Las mañanas de RNE", nuestro ínclito presidente de gobierno emuló a aquel ignoto diputado (imagino que inconscientemente). Para dejarnos claro cuánto prioriza la relación de España con Hispanoamérica, aseguró textualmente: "yo ya he cruzado el charco nueve veces desde que soy presidente del gobierno". Lamentablemente, el periodista de la cadena pública (Alfredo Martínez, creo) no tuvo la misma rapidez de reflejos que aquel congresista de hace más de un siglo. Me pregunto cómo habría reaccionado don Mariano si el entrevistador le hubiese dicho: entonces, señor presidente, usted todavía está en América.

Escuché en directo esa parte de la entrevista (mientras conducía) y este fin de semana la he vuelto a oír para confirmar que no me había engañado, inducido de una injustificada animadversión que reconozco sentir hacia este gobierno. Pero no, decía la tontería tal cual. Ya de paso, terminé de escuchar las palabras del presidente (ciertamente podía dedicar el tiempo a tareas más gratas o provechosas) y comprobé que esta joya que aquí traigo no era ni mucho menos la más refulgente. En la hora escasa que dura la entrevista nos regala varios ejemplos más de estupidez y cinismo, algunos de los cuales merecerían sus correspondientes comentarios (a lo mejor en próximas entradas). Sin embargo, esa misma tarde-noche, en una tertulia también de RNE, escuchaba a algunos intervinientes loando las palabras presidenciales. Sigo asombrándome de que traguemos de modo tan servil con la mediocridad intelectual (y probablemente también ruindad personal) de nuestros dirigentes políticos. Naturalmente –como decía Lansky en un post reciente– los comportamientos de los políticos, incluyendo sus jugosas declaraciones, demuestran el absoluto desprecio que sienten hacia los ciudadanos, la falta de respeto con que nos tratan. Claro que mucha culpa tenemos nosotros cuando nos dejamos tratar como si fuéramos tontos (y, a lo peor, hasta lo somos).

Pero vuelvo a las nueve veces que ha cruzado el charco don Mariano. Si, como parece lógico, se refería al número de visitas que a la fecha ha realizado a Hispanoamérica, resulta que miente, porque desde que es presidente ha ido en seis ocasiones. A saber: en abril de 2012 a México y Colombia, en junio de 2012 a México (de nuevo) y Brasil, en enero de 2013 a Perú y Chile, en mayo de 2013 a la Cumbre de la Alianza del Pacífico en Cali, en septiembre de 2013 a Buenos Aires (para apoyar la candidatura olímpica de Madrid) y en octubre de 2013 a la Cumbre Iberoamericana de Panamá. 6 viajes (12 cruces del charco) para un total de unos cuarenta y pico desde que ocupa el cargo, no parece que sea un potente argumento a favor de la importancia que nuestro gobierno le da a las relaciones con América. Y no es que yo piense que la relevancia de Hispanoamérica en la política exterior española haya de medirse por el número de viajes oficiales, sino que ha sido el propio Rajoy quien esgrime ese dato (mintiendo, as usual).

Como supongo que nuestro presidente preferirá que le tilde de tonto ("tonto es el que dice tonterías", Forrest Gump) antes que de mentiroso, diré que a lo mejor sí ha cruzado el charco nueve veces (entendiendo, claro está, que ir a América y volver es un único cruce de charco) si anotamos los viajes a los Estados Unidos. En realidad, sólo he encontrado dos viajes del presidente a ese país (en mayo de 2012 a Chicago y en septiembre de 2013 a Nueva York), pero quizá haya otro más para sumar nueve visitas al continente americano. Y sin son ocho en vez de nueve, tampoco hay que ser pejigueros, tengamos en cuenta que Rajoy es de letras.

 
Mentira - Manu Chao (Clandestino - Esperando la última ola, 1998)

jueves, 21 de noviembre de 2013

Espionaje

Los espías, las personas que mediante cualesquiera artimañas intentan enterarse de secretos, existen desde siempre. Basta que no queramos que algo que se sepa para que haya otros que quieran saberlo; o sea, que hay espionaje porque hay secretos, dos caras de la misma moneda. En estos tiempos en que tanto nos gusta hablar de derechos, pretendemos disociar ambas actividades, defendiendo una y condenando la otra. Nos reconocemos ingenuamente el derecho a tener secretos, a que ciertas partes de nuestra vida sean confidenciales y, por tanto, exigimos que se nos garantice que no nos van a espiar. Ahora bien, ese derecho alcanza a lo que se da en llamar la intimidad, la vida privada. El problema es que estamos ante un enunciado circular: tenemos derecho a que no espíen nuestra vida privada que comprende todo aquello que no debe ser espiado. De otra parte, también pedimos que se desvelen secretos, al menos aquéllos que nos hacen o pueden hacernos daños, ¿qué otra cosa es la investigación criminal? La cuestión, en el plano abstracto, parece irresoluble y tan sólo admite respuestas para cada caso concreto que son además, con mucha frecuencia, bastante polémicas. En ese marco, nos inventamos un marco de garantías jurídicas que tiene mucho de discurso hipócrita o de actitud bobalicona.

Porque lo cierto es que todos aprendemos desde pequeñitos que si algo que he hecho no quiero que se sepa he de tomar precauciones para mantenerlo en secreto y también que es muy difícil, casi imposible, que los secretos estén ocultos mucho tiempo. Desde el colegio aprendemos que existen los chivatos (luego nos enteraremos que es una profesión) y nos preocupamos de eludirlos. Un niño a quien le descubren un secreto puede que se enfade con quien lo ha desvelado pero enseguida asume que la culpa ha sido suya por no haber adoptado las precauciones necesarias. Es decir, que, salvo los que nunca maduran y tienden a echar las culpas de sus desgracias a los demás, llegamos a adultos convencidos de que si queremos tener secretos (o si se prefiere, vida privada) nos compete a nosotros mismos poner los medios para que personas ajenas no se enteren de ellos. Y, naturalmente, también deberíamos ponderar los riesgos que corremos en cada caso (en función del valor que le demos a cada secreto). Por eso, desde los inicios de las civilizaciones, hemos inventado sistemas para ocultar nuestros secretos. Y simultáneamente, conscientes de que otros tienen secretos que nos interesa conocer, hemos desarrollado métodos para descubrirlos.

Que esto es así y ha sido así al menos desde los griegos no ha escandalizado nunca a nadie. Por supuesto, la justificación ética para hurgar en los secretos ajenos siempre se ha situado en motivos de seguridad y por eso la criptografía ha evolucionado predominantemente en los ámbitos político y militar. Pero naturalmente, los límites de lo que afecta a la seguridad común nunca han estado claros y desde luego nunca han existido a priori; al fin y al cabo, tal como hoy siguen diciendo los defensores del espionaje, cómo saber antes de escucharla si una conversación de alguien es relevante para la seguridad pública o pertenece a su inofensiva vida privada. La tesis histórica, aceptada unánimemente sin aspavientos, ha sido siempre que cualquiera puede ser espiado. En la práctica, sin embargo, el espionaje había de limitarse a determinadas personas sobre las que había indicios suficientes de que producían información relevante y los ciudadanos anónimos estábamos casi siempre al margen del interés de los espías. La diferencia de nuestra época es que ese espionaje puede hacerse de forma extensiva, exhaustiva. Eso ocurre, obviamente, porque disponemos de los instrumentos (barridos electrónicos y análisis por ordenador) pero también y sobre todo porque nos hemos (nos han) engañado haciéndonos crear que los medios a través de los que nos comunicamos (teléfonos, internet) son privados. Y en ese engaño bastante ha contribuido la ficción jurídica del "derecho a la intimidad".

Sería recomendable que cuando habláramos por teléfono tuviéramos siempre presente que puede haber una tercera persona escuchando (o una máquina grabándonos). Si así fuera, nos comportaríamos igual que lo hacemos cuando estamos conversando con un amigo en un sitio público y queremos evitar que el de la mesa de al lado pegue la oreja. ¿Verdad que sería ridículo que en esa situación reveláramos secretos e inmediatamente acusáramos ofendidos al vecino por haber escuchado lo que decíamos? No es lo mismo, me diréis, en ese supuesto estoy en un ámbito público y el teléfono es privado; ya, esa es la mentira que nos han hecho creer. Reclamemos, por supuesto, que se cumplan las garantías de confidencialidad que prometen las leyes para las comunicaciones electrónicas y no dejemos de tomar las escasas medidas de que disponemos para denunciar las constantes violaciones. Pero sin escandalizarnos, porque así son y han sido siempre las cosas y, lo que es peor, seguirán siéndolo. Porque el poder (y cualquiera) no va a dejar de hacer algo que puede y quiere hacer; y que además, me atrevo a decir, tiene la obligación de hacer de acuerdo a su propia lógica. ¿Acaso alguien ignora que las recientes "indignadas" protestas de los gobiernos europeos al "descubrir" que los servicios de espionaje de los Estados Unidos escuchaban masivamente conversaciones de sus ciudadanos no son más que un paripé hipócrita ante la opinión pública que no va a tener absolutamente ninguna consecuencia real?

El primer requisito para poder cambiar las cosas es saber cómo son. Corolario: la obligación de quienes no quieren que las cosas cambien (porque les favorecen, claro) es mantenernos en la ignorancia a base de ficciones.

 
The spy - The Doors (Morrison Hotel, 1970)

sábado, 16 de noviembre de 2013

La espada de Damocles

Siempre me han jeringado los filósofos, hipócritas y pedantes que pareciera que sólo obtienen placer aguándonos las alegrías. Y para mi desgracia me ha tocado vivir en una ciudad de filósofos que pese a estar tan lejos de la Hélade se precia de poder competir con la misma Atenas en ingenio y sabiduría. Cuento entre mis súbditos no pocos que así se titulan, aunque yo prefiero tildarlos de aguafiestas charlatanes. Muchos, os lo aseguro, pero como sospeché en vida sus famas han sido efímeras, no han legado sus vanas y plúmbeas sabidurías a la posteridad y sus nombres están borrados de toda memoria. ¿O acaso alguno de vosotros me puede citar a algún filósofo de la poderosa Siracusa, la joya de la Magna Grecia? Sí, de acuerdo, Arquímedes nació en mi ciudad, pero no llegué a conocerlo; más de medio siglo llevaba mi cuerpo criando malvas en una miserable fosa de Corinto cuando vio la luz tan ilustre siracusano. A él si lo habría respetado porque era un tipo práctico, no un aburrido vendedor de humo como tantos de mis cortesanos embelesados con sus aburridos sofismas. Bien habría sabido sacar provecho de sus invenciones, como lo hizo Hierón, en sus batallitas con cartagineses y romanos; seguramente mejor me habría ido. Pero basta ya de Arquímedes que no quiero ser anacrónico por más que el tiempo ya no signifique nada.

A quien sí conocí fue al pesado de Platón; insoportable, os lo aseguro. Tendría unos cuarenta años cuando mi tío Dión me lo trajo a palacio. Mi tío era filósofo, por si no lo sabéis, así que imaginaos su entusiasmo cuando se enteró de que el que se proclamaba discípulo portavoz de Sócrates estaba en la isla. Para entonces hacía ya muchos años que el gran maestro había sido acicutado, pero su fama continuaba. Curioso, ¿verdad? Un hombre que no escribió nada y que todavía sigue en el pedestal para que le admiréis. Quizá ahí estribe el secreto de la posteridad, ahora que lo pienso y me viene a la mente ese Jesús de Nazaret, tal para cual. No dejar rastros materiales de nuestra existencia, que ya se encargarán otros de reinventarnos, no es mala idea. Aunque, qué me importan Sócrates o Jesús (mucho menos éste, tan ajeno a mí). Ya puestos, os diré que no termino de creer que hayan sido tal como nos lo cuentan. Del judío nada puedo decir, pero desconfío de todos los cuentos de Platón sobre el ateniense, que no os podéis ni imaginar la de mentiras que soltaba el capullo ese. Y tened por seguro que un rey, y más un tirano como fui yo, sabe está bien entrenado para detectar los embustes.

Tenía treinta tacos cuando sucedí a mi padre, después de la calamitosa derrota ante los cartagineses. Ya era mayorcito, leches, como para que me pusieran a mi tío como consejero plenipotenciario, pero hube de aguantarme durante siete largos años. Y el viejo, día sí, día también, reconviniéndome, afeándome la conducta sin cortarse un pelo. Se le había metido en la cabeza que Siracusa tenía que ensayar el modelo perfecto de sociedad y yo (en realidad él, claro) estaba llamado a ser el gobernante modélico, el perfecto rey filósofo. En cuanto se juntó con Platón ni os imagináis el desbarre; no cabían de gozo mientras planificaban el estado ideal en interminables caminatas por los jardines de palacio. Hasta ahí hubiera podido pasar, aún soportando sus discursos somníferos e indigestos durante los almuerzos. Pero no, los señores querían poner en práctica sus benéficas ideas y hasta se atrevían a proponer acuerdos legales en los consejos que habrían de vincularme a mí, al rey. Me acusan de iracundo y no voy a negarlo, pero en este caso mi cólera estaba más que justificada y, según pienso ahora, en el fondo mi reacción fue de lo más moderada. Lo que tenía que haber hecho era matar a ese gordo redicho y de paso evitar a la humanidad sus excrementos literarios, entre ellos el aburrido libraco en el que desarrolló las utopías políticas que había elaborado junto con mi tío. Pero en el fondo soy un blando y me limité a venderlo como esclavo; lástima que lo rescatara un admirador. Estos filósofos, con su hipócrita actitud de desapego benevolente, suelen tener suerte. Poco después logré deshacerme de Dión y no creáis que fue fácil; el hideputa controlaba ya casi todos los resortes del poder. También tendría que haber matado a mi tío, pero la familia es la familia y además, ya os lo he dicho, en el fondo soy un blando. Así que me contenté con exiliarle, grave error que me costaría el trono.

Bueno, espero haberos convencido de que me caen muy mal los filósofos. Sin embargo, hasta de lo que a uno repugna algo se le pega. No, no vayáis a pensar que sin Platón y Dión moderé mi gobierno respetando sus rectas doctrinas. Para nada, a partir de ahí pude por fin convertirme en lo que realmente quería, en el tirano omnipotente de Siracusa, con carta blanca para hacer lo que me viniera en gana, que no era precisamente dedicarme al estudio o a los debates filosóficos. Menudos tiempos aquéllos, que derroche de placeres me permití. Me consta que mis súbditos no estaban nada contentos con su rey, aunque entonces no le di importancia (otro error); el más mínimo amago de rebeldía lo cortaba por lo sano, literalmente. Así que abundaban los aduladores, preocupados patéticamente por hacérseme simpáticos, recibir el premio de mi aprobación (y, ya de paso, algo más tangible, si era de oro, mejor). Lo cierto es que, después del periodo gris de las regañinas de mi tío, no me incomodaba en absoluto que todos se afanaran en darme coba. Hasta los animaba a que compitieran entre ellos superándose en loas al más grande rey de todos los tiempos, al más sutil y suspicaz de los gobernantes, al mejor amante, al favorito de los dioses. Desde luego que no me creía una palabra pero, qué queréis, me daba gustito escuchar sus graznidos, incitarlos a gestos de adoración humillantes, jugar con sus miedos y avaricias, los dos sentimientos entre los que oscilaban sus ánimos, siempre inquietos. Pues bien, entre todos estos deleznables cortesanos, el peor (o mejor, según se mire) era Damocles.

Muchos conoceréis su historia y seguro que todos su nombre, que a la postre ha perdurado más que el mío; manda cojones que un don nadie alcance la fama casi eterna y de mí sólo sepan los historiadores. La culpa la tiene un tal Timeo, un tipo de Taormina, nido infestado de sículos que tantos problemas causaron a mi padre. La verdad es que durante mi reinado no me dieron apenas problemas, vivían a lo suyo, sin meterse con nadie, lo cual ya era difícil en aquellos tiempos. Me jodía un poco, para qué voy a mentiros, el prestigio que gozaba Andrómaco, ejemplo de gobernante democrático y justo (cuánta tontería). Alguna vez fantaseé con recuperar para Siracusa el dominio de la plaza, pero al fin y al cabo, había sido mi propio padre quien se la había vendido a Andrómaco por una jugosa fortuna; habría sido una fea jugada sin contar con una buena excusa (y, además, enseguida hube de enfrentarme a problemas más acuciantes por culpa del rencoroso de mi tío Dión). En fin, que no ataqué a esos santurrones pero no pasó mucho tiempo sin que llevaran su merecido, aunque yo no lo vería. Fue mi sucesor Agatocles quien la conquistó y, ya de paso, expulsó al joven Timeo. A la vista de lo que escribió luego en el exilio, está claro que la medida fue equivocada; Agatocles cometió el mismo error que yo con Platón: no matarlo. No creáis que, ni en su caso ni en el mío, esa dolosa omisión obedecía a alguna clase de escrúpulos morales; al fin y al cabo, era prerrogativa de los conquistadores (como siempre lo ha sido) cepillarse a quienes les molestaban. Sin embargo, matar a ciertos tipos resultaba complicado a causa de nuestras supersticiones religiosas; me refiero a los dioses con sus manías de tener favoritos entre los mortales y vengarse cuando se les dañaba. Ni yo ni ningún gobernante de la época creíamos en esas patrañas, desde luego, pero había que tenerlas en cuenta; después de todo, los dioses sirven fundamentalmente para legitimarnos.

En fin, que Timeo tuvo que mudarse a Atenas y allí, cómo no, se juntó con filósofos. Bajo tan nefasta influencia, el niño mimado (me olvidé deciros que era hijo de Andrómaco) decidió que también el quería rampar en el sacrosanto olimpo de la cultura y decidió hacerse historiador y escribir él solito toda la historia helenística en el Mediterráneo occidental; o sea, básicamente en Sicilia. Claro que llamar historia a lo que emborronó ese patán es como ... (hay tantos ejemplos que dejo a la elección del lector acabar la frase). Por ser honesto he de reconocer que la cronología al menos guarda cierta fiabilidad, pero casi todos los hechos que narra (y no digamos sus infantiles juicios) son pura invención, distorsiones tan exageradas de lo que realmente pasó. Leed los textos que me dedica y no acertaréis a aproximaros lo más mínimo a mi personalidad ni a conocer los avatares de mi reinado. Pero de nada valen mis protestas póstumas, la imagen que ha quedado de Dionisio II es en su mayor parte la que creó ese inútil, que nunca llegó a conocerme. Y no penséis que mis descalificaciones son motivadas por el rencor, que ya entonces sus colegas de la "intelectualidad" lo tacharon de poco serio, de que distorsionaba la verdad histórica para acomadarla a sus opiniones. Qué más da, la mentira tiene largo recorrido. En este caso, la historieta de Damocles, que luego copiaría deformándola otro tanto mi paisano Diodoro Sículo, cuando nuestra isla estaba ya bajo dominación romana. Y a éste lo leerían Horacio y, sobre todo, Cicerón ... Ya tenemos asegurada la consagración de la anécdota de la espadita por los siglos de los siglos (amén).

Damocles era el estereotipo del pelota, del trepa, del untuoso sobón de la vanidad del poderoso de turno. Siempre hay que respetar a quien manda, humillarse ante él y regalarle los oídos con alabanzas; es una norma elemental de las sociedades humanas. Ahora bien, como en todo, hay que saber hacerlo, ni quedarse corto ni pasarse. He de reconocer que a los poderosos el exceso de vanidad con frecuencia nos ofusca el ingenio convirtiendo en verosímiles las loas más desmesuradas. Pero muy atontado habría de haber estado para no discernir la flagrante falsedad del comportamiento de Damocles, que superaba cualquier límite del decoro llegando incluso a ofenderme. Una tarde inclemente, con gran parte de la corte recluida en palacio, hilaba un interminable discurso sobre los favores que Tyche me había concedido, calificándome sin rubor como el más afortunado de los hombres y favorito de los dioses, dones que eran más que merecidos (no fuera a parecer que me estaba criticando). Le dejé hablar un buen rato hasta que tanto empalago comenzó a hartarme. ¿Qué te parecería, amigo mío, disfrutar tú de mi poder y de mis riquezas, ser por un día el rey de Siracusa? Una sombra de duda arrugó enseguida su frente (todos sabían que no pocas veces mis dádivas eran el disfraz de algún cruel castigo) pero, preso de sus palabras, de las expectativas del auditorio y, sobre todo, del miedo a ofenderme, no le quedó otra que aceptar el juego con ostentosos aspavientos de gratitud. Así que ordené que lo llevaran los más bellos esclavos a mis aposentos y allí primero lo bañaron y perfumaron con los más ricos ungüentos y luego lo vistieron con ropajes de gala, le ciñeron la diadema real y lo adornaron con joyas preciosas. De vuelta a la gran sala, lo invité a sentarse en mi trono (temblaba de emoción y de miedo) y mandé que trajeran de las cocinas la gran mesa repleta de las más deliciosas viandas, un banquete extraordinario, de los reservados para las ocasiones solemnes. Se inició el festín de Damocles, con todos los comensales, incitados por mi ejemplo, dirigiéndole alabanzas, mientras los tañedores de cítara le dedicaban sus más melodiosos acordes y gráciles efebos y hermosas vírgenes le acariciaban y besaban. Embelesados sus sentidos de placer, ebrio de gozo, era más que obvio que el adulador cortesano disfrutaba infinitamente de su nuevo estado. Veo ahora que no exageraba al referir lo afortunado que sois y el amor que los dioses os profesan, exclamó con alegría y confianza el desvergonzado sicofante.

Mientras Damocles estuvo acicalándose en mis aposentos había ordenado a mi palafrenero mayor que cortara un pelo de gran longitud de la crin de mi mejor caballo y a mi armero personal que afilara al máximo la hoja de mi espada favorita. Hice amarrar el pelo a una viga de la techumbre justo por encima del trono y en su otro extremo que anudaran la empuñadura del arma. De este modo, desde que se sentó en su efímero rol de monarca, la aguda punta del xifos pendía a pocas pulgadas sobre la coronilla de Damocles, oculta entre las sombras. Veo que te place ser yo, le dije, mas quizá no te percatas de los peligros que te acechan en ese trono. Entonces, a una seña mía, cinco pajes elevaron sus antorchas y de golpe la espada quedó iluminada, refulgiendo su hoja con amenazadores destellos. Alzó la vista Damocles y aterrado descubrió la inminente amenaza. Al punto se le demudó el rostro, perdió el apetito y todo interés en los placeres que hasta un instante le deleitaban. Intentó zafarse de los abrazos de los efebos, quienes siguiendo mis instrucciones lo atenazaban con firmeza. Señor, rogó con temblorosa voz, dejadme abandonar vuestro trono que ya no deseo disfrutar más de los favores de los dioses. No, amigo, le respondí, un rey no puede renunciar a los deberes de su cargo; seguirás siéndolo durante lo que resta de jornada, tal como hemos acordado. No podéis figuraros cuánto el pánico había transformado la apariencia y el ánimo del miserable, todavía al recordarlo soy incapaz de reprimir una sonrisa. Los comensales, divertidos, reían y seguían con sus loas bufas al efímero monarca mientras, con miradas rápidas, calculaban cuanto faltaba para que el pelo de crin se quebrase. Damocles intentaba preservar una mínima pose de dignidad, resignado a su destino, pero el miedo sacudía su cuerpo en patéticas convulsiones. Fue ese miedo el que lo salvó, pues al poco rato se rompió en efecto el hilo y la espada cayó vertical pero sin hendirse en su cráneo como me habría gustado, sino a causa de sus movimiento temblorosos, rajándole el hombro y parte de la espalda. Cómo gritó el cobarde y cuánta sangre vertió sobre mi trono. Pero lo mejor fue el salto que pegó, desembarazándose de los efebos y corriendo sobre la tabla del banquete hasta alcanzar la puerta. No supimos más de Damocles en Siracusa; por más que indagué su paradero, nadie pudo darme noticias fiables.

Con esta bufonada sólo pretendía pasar un buen rato (y a fe que lo conseguí) pero enseguida mis cortesanos vieron en ella una muestra de mi sagacidad. Dionisio ha querido, decían, enseñarnos los riesgos del poder, advertirnos que en todo puesto de aparente seguridad puede acecharnos un grave peligro. Es, sin duda, una máxima de profunda sabiduría, digna del mejor de los filósofos. Lo mismo opinaron Timeo, Diodoro, Horacio, Cicerón y todos los que recogieron la banal anécdota y he aquí que yo, enemigo declarado de los filósofos, pasé a la historia como uno de ellos, aunque sólo sea en tan poca cosa. Será, digo yo, que todo se pega y algo me quedaría de las molestas amonestaciones de Platón y mi tío. En los últimos años de mi vida, triste y arruinado en Corinto, alguna vez pensé que esa espada que colgué sobre mi trono anticipaba mis propios riesgos que, en efecto, cayeron fulminantes sobre mi cabeza. Ideas filosóficas, me diréis, y puede que lo fueran. Pero no motivadas por ningún aprecio hacia tan odiosa disciplina, sino fruto de la melancolía de una vejez prematura. En todo caso, la historieta que os he contado apenas ocupó mi cabeza mientras viví. No conocí pues la popularidad de la anécdota sino desde este averno atemporal en que moro. Y desde el primer momento me indignó la injusticia de su fama pues nada justo es que pase a la historia con el título de espada de Damocles cuando mía era el arma y la autoría de la escena. La espada de Dionisio debería llamarse y quizá así mi nombre no estaría tan olvidado y algunos curiosos indagarían sobre mi vida en vez de buscar la identidad del miserable Damocles. Porque ese cretino, de pasar a la historia, sólo lo merecería como sinónimo de adulador ruin carente de dignidad y escrúpulos. Ese es un Damocles, tal debería ser la frase con la que se calificara a cualquiera de los innumerables individuos que durante todos los siglos se han afanado en lamer las vanidades de los poderosos como único medio para medrar. Además, ¿sabéis lo humillante que es para un rey que su nombre sea conocido gracias al más cobarde se sus cortesanos? Lo dicho, malditos sean los filósofos.

 
Sword of Damocles - Lou Reed (Magic and Loss, 1992)

He visto la espada de Damocles justo sobre tu cabeza.
Están probando un nuevo tratamiento para sacarte de la cama,
pero la radiación mata ambas, buenas y malas sin distinción
Así que para curarte deben matarte: la espada de Damocles pende sobre tu cabeza

Ahora veo montones de gente morir en accidentes de coche o por las drogas.
Anoche en la calle 33 vi a un chaval atropellado por un autobús.
Pero esta interminable tortura sobre tu parte viva es dura de soportar.
Para curarte han de matarte: la espada de Damocles sobre tu cabeza

Esa mezcla de morfina y dexedrina la usábamos en la calle,
mata el dolor y te mantiene arriba el alma.
Pero este juego de adivinanzas tiene sus propias reglas, los buenos no siempre ganan.
Podría salir bien, la espada de Damocles colgando sobre tu cabeza.

Parece que se ha hecho lo que había que hacer, aunque desde aquí el panorama no se vea muy alentador.
Pero hay cosas que no podemos conocer; tal vez haya algo más allá,
algún otro mundo del que no sepamos nada. Sé que odias esa mierda mística,
no es más que otra forma de verlo. La espada de Damocles sobre tu cabeza.

martes, 29 de octubre de 2013

Curiosidad

Uno de los asuntos laborales en que participo consiste en la elaboración de un plan para la renovación y mejora de la principal área turística de la Isla. Con este motivo, esta mañana he asistido a una reunión con la empresa pública del Cabildo Turismo Tenerife, a fin de intercambiar ideas sobre qué medidas podrían ocurrírsenos para incentivar (e incluso forzar) actuaciones de rehabilitación de los centros comerciales de Las Américas, muchos de los cuales presentan un estado de deterioro que perturba seriamente el entorno y desvaloriza la oferta turística del área, cuyo estado de salud es básico para nuestra supervivencia económica. Mientras esperaba a que llegaran todos los convocados, la arquitecta responsable de los proyectos que impulsa el Cabildo me ha enseñado el que ahora están desarrollando. Se trata de la mejora y acondicionamiento de un largo tramo de paseo marítimo, resolviendo entre otras cosas, algunas discontinuidades en el trazado actual y recuperando plenamente la que debe ser su función básica: un espacio público de paseo agradable que se abra en toda su longitud al océano. El proyecto está muy bien, pero no voy a hablar sobre paseos marítimos, ni renovaciones de áreas turísticas ni nada que tenga que ver con mi trabajo, que escribo este blog en gran medida para evadirme.

Lo traigo a colación porque me llamó la atención que una pequeña calle en fondo de saco que el proyecto integra en el futuro paseo marítimo tiene por nombre Unterhaching (o la impronunciable, como me contó esta chica que la llaman ellos). ¿Unterhaching? Me dijo que es un municipio alemán. ¿Y por qué tiene una calle? Ni idea, me contestó, supongo que porque muchas de las calles de esa urbanización de Costa Adeje llevan nombres de ciudades. Ya de vuelta en casa, compruebo que, en efecto, en ese entorno están las calles de Londres, Moscú, Helsinki, Bruselas y alguna más, pero se trata de capitales, mientras que Unterhaching es un pequeño municipio de veintipico mil habitantes junto a Munich. Pero es que mirando en el callejero descubro otra calle, también pequeña, dedicada a Bischofshofen, igual de impronunciable y desconocida hasta hace un momento en que me entero de que un municipio austriaco muy cercano a Salzburgo. Averiguar porqué estas dos poblaciones de parla tedesca merecen constar en el callejero de un área turística del sur de Tenerife no me ha resultado muy difícil: los tres municipios están "hermanados" entre sí.

Aprovecho para explicar a despistados (por si alguno hay) que esto del hermanamiento es uno de estos inventos tan del gusto de los políticos que se supone que tiene por objeto crear lazos de amistad y cooperación en proyectos comunes entre las ciudades hermanadas y, de paso, fomentar el conocimiento de otras realidades a los locales y contribuir al amor y fraternidad universal. Muy bonito, ¿verdad? No es por casualidad que la idea surgiera tras la Segunda Guerra Mundial para propiciar el acercamiento a los foráneos y reducir así los riesgos de nuevas guerras. También, si hacemos caso a Baroja ("el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando") contribuiría a relativizar esos orgullos ridículos de ser ... (escríbase la nacionalidad que se quiera). Pese a que ciertamente lo de hermanarse es una costumbre muy extendida (no hay más que buscar cualquier localidad en la wikipedia para enterarse de cuáles son las otras con la que lo está), dudo que tan loable práctica haya resultado muy eficaz en cuanto a los objetivos que pretendían. Supongo que no pasa mucho más allá de actos protocolarios y viajes de políticos de uno a otro lado, para luego quedar en los rótulos de los callejeros municipales. Pero no voy a criticar porque la verdad es que no tengo apenas datos sobre el asunto.

Así que misterio resuelto en cuanto a Unterhaching (y añadiendo Bischofhofen). O no, porque como comentó recientemente Lansky, lo único que he hecho es responder a la primera pregunta: ¿Por qué dos calles de Adeje tienen los nombres de esas ciudades? Porque están hermanadas con este municipio tinerfeño. Pero la respuesta aabre inmediatamente el siguiente interrogante: ¿Por qué se han hermanado estos municipios? Se supone que se hermanan ciudades que comparten características comunes y así, desde mi conocimiento de Adeje (bueno) y de Baviera y la región de Salzburgo (regular pero no nulo), no encuentro demasiados parecidos. Pero, sin duda alguna razón habrá, aunque sea tan peregrina como que esas dos localidades fueran los lugares de residencia de sendos turistas que hacían algún número redondo en la cuenta de visitantes al municipio (seguro que ésta no es). En todo caso, tampoco es que me interese el tema particularmente y, desde luego, es absolutamente irrelevante.

Sin embargo lo que a mi juicio no es tan baladí es el hecho de que a nadie de los que estaban esta mañana en la reunión, a pesar de haber visto el nombre de esa calle innumerables veces (y tener dificultades para pronunciarlo), se le hubiera pasado por la cabeza preguntarse el por qué de su presencia en el callejero municipal. Por mantenerme en el ámbito de los nombres de las calles y plazas, es significativo cuánta gente no sabe quién es el prócer que da dirección postal a su domicilio (a propósito, hace más de dos años dediqué un post al "titular" de mi calle, un capitán de cruceros turísticos de principios del siglo pasado). A mí, en cambio, este tipo de tonterías y muchas otras me llaman la atención, me despiertan la curiosidad, y tengo el hábito de preguntar en mi entorno sobre la multitud de dudas que se me ocurren para ver si alguien me aclara estos nimios misterios cotidianos. Lo normal es que nadie sepa la respuesta, pero lo que me asombra es que se asombren de que me plantee esa duda. Tienes una mente muy rara, me dijo hace un tiempo una amiga, qué cosas se te ocurren.

Yo, claro está, no me considero raro a este respecto o, si lo soy, no me parece nada mal tener esta tendencia a preguntarme por las inagotables nimiedades que continuamente me salen al paso. Pienso que eso significa simplemente que tengo la curiosidad adecuadamente engrasada, y esta cualidad –que no defecto– se me antoja casi imprescindible para disfrutar de la vida, casi casi para mantenerse vivo, al menos como yo lo entiendo. Y, naturalmente, que no se me diga que debería dedicar mi curiosidad a asuntos más importantes, porque la curiosidad es una capacidad que te hace tener la mente activa y despierta, acostumbrada a preguntarse por cualquier cosa. O sea, que no me creo a los que dicen que sí que tienen curiosidad, pero sólo sobre los temas que les interesan (o que les parecen importantes). Porque la curiosidad es una disposición apriorística de la inteligencia y, consecuentemente, a los curiosos nos interesa todo, al menos de entrada.

 
Curiousity - Iggy Pop (New Values, 1979)

sábado, 26 de octubre de 2013

La erección: atenuante o agravante

La erección se produce por la afluencia y retención de sangre al pene que llena sus cuerpos cavernosos y hace que aumente de tamaño y rigidez. Mantener el pene en erección, por tanto, implica que el hombre tenga menos sangre circulando por su cuerpo o, lo que es lo mismo, aportar menos nutrientes a las células y recoger menos desechos metabólicos. Un hombre empalmado, pues, se encuentra mermado en sus facultades salvo, precisamente, en la de ejercitar el coito. Naturalmente, esta merma no es en general significativa y, desde luego, no tanta como para afectar la funcionalidad metabólica básica. Pero sí adquiere importancia en cuanto a la reducción de la capacidad pensante y, más específicamente, en el comportamiento de la corteza prefrontal ventromedial, donde se elaboran los "juicios morales". De ahí el famoso chiste de que los hombres piensan con el pito.

Lo anterior viene a ser la premisa básica sobre la que se sostuvo la argumentación de la defensa en el cacareado proceso judicial del Estado de Kentucky contra Richard Maddock (enseguida conocido como Dick Madcock). Maddock acumulaba una larga ristra de faltas y delitos menores desde la adolescencia. Detenido en mayo de 2016 bajo la acusación de acoso sexual, abusos deshonestos e intento de violación, ya en las primeras vistas quedó claro que su comportamiento respondía a una pauta constante: la urgencia de satisfacer sus apetitos carnales por encima de cualquier freno moral, incluyendo el consentimiento del objeto de sus deseos. El famoso penalista Robert Lyar, recurriendo a farragosos estudios médicos, consiguió que el jurado admitiera como atenuante cualificado la falta de riego cerebral que el chico sufría en estado de excitación sexual y el consiguientemente debilitamiento de los mecanismos represores del comportamiento. Desde ese planteamiento, el Tribunal de Kentucky impuso al chico de dieciocho años una condena menor que ni siquiera le obligó a ingresar en prisión, tan sólo trabajos para la comunidad durante seis meses y una indemnización a la víctima.

Como cabía prever, el caso adquirió gran difusión desde que Lyar enfocó la defensa desde esa perspectiva. La polémica estaba servida y alcanzó extraordinaria ebullición al conocerse la sentencia. Por supuesto, la mayoría de los ciudadanos se sintieron escandalizados y hubo no pocas manifestaciones a lo largo del país de rechazo a la decisión judicial. Pero también pronto aparecieron voces que no sólo entendían sino que hasta justificaban el atenuante sosteniendo que, en efecto, un hombre excitado no era completamente responsables de los actos sexuales que su ofuscación le impulsaba a cometer. Animado por esta repercusión mediática y con la intención de incrementarla en su beneficio, Lyar decidió recurrir la sentencia de Kentucky hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos, declarando que debía sentarse jurisprudencia nacional que consagrara la tesis de la responsabilidad penal limitada en los delitos sexuales.

En las largas sesiones de Washington, tras interminables debates sobre estudios andrológicos, se acabó admitiendo que existía una correlación probada entre la falta de riego cerebral y el comportamiento sexual agresivo, así como que esa disminución en la afluencia de sangre al encéfalo generaba ciertamente dos efectos aditivos: de un lado relajaba la capacidad moral del individuo y, de otro, priorizaba extremadamente los pensamientos (entiéndase con este término cualquier "producto" de la actividad cerebral) enfocados hacia la satisfacción del deseo carnal. Establecidas tales premisas, las cuestiones eran fundamentalmente cuantitativas: ¿en cuánta cantidad de sangre debía reducirse el flujo cerebral para que tales efectos fueran relevantes a efectos de limitación –o incluso desaparición– de la responsabilidad penal?

Lamentablemente, tales valores no pudieron concretarse con una mínima fiabilidad científica. El ya para entonces famosísimo Dick Madcock (reclamado por todas las televisiones y la industria pornográfica) fue sometido a múltiples experimentos en el prestigioso Institute for Andrology Research de Annapolis, Maryland, sin que los médicos pudieran llegar a resultados concluyentes. De hecho, si bien quedó más que demostrado que en estado de excitación el muchacho exhibía siempre unas pautas de agresividad sexual, las variaciones en los fujos sanguíneos, medidos tanto en cerebro y pene como en otras partes del cuerpo, no guardaban ni la estabilidad ni la congruencia necesarias para obtener conclusiones. Para complicar más las cosas, la ampliación de los ensayos con una muestra bastante importante de sujetos (todos ellos voluntarios) aumentó la confusión, poniendo de manifiesto múltiples factores que parecían intervenir en la presumible correlación entre la cantidad de riego sanguíneo y la conducta sexual, desde parámetros cerebrales hasta experiencias anteriores. Incluso se apuntó que influía el tamaño del miembro viril (más concretamente la diferencia de volumen entre el estado de reposo y de erección), toda vez que cuanto mayor fuera ésta más sangre se requería. De más está decir, que esta tesis fue una de las que mayor difusión e hilaridad pública generó, pero también algún incidente desagradable como el escrache al que grupos feministas sometieron al un popular actor porno, acusándole de violador y amenazándole con un recorte tajante de su apéndice, cuyas descomunales dimensiones eran la base de su éxito.

El fallo del Supremo, con el voto particular en contra de la única magistrada, declaró la no culpabilidad de Richard Maddock e impuso al Estado de Kentucky una indemnización millonaria a su favor. Sin embargo, la jurisprudencia que sentó no satisfizo a ninguna de las dos corrientes de opinión que a esas alturas se habían radicalizado hasta extremos opuestos e irreconciliables. Así, reconoció que la erección podía afectar a la capacidad del varón de mantener un juicio moral y, consiguientemente, la admitía como atenuante penal. Ahora bien, el grado en que tal estado atenuaba la responsabilidad del sujeto (admitiendo incluso hasta su extinción) era algo que debía ser valorado en cada caso concreto, correspondiendo la carga de las pruebas al acusado.

El contraataque jurídico vino enseguida, a principios del siguiente año (2019), mediante un recurso de constitucionalidad presentado por el poderoso lobby Women Rights. En un brillante alegato transmitido por las cadenas nacionales, Jenny Cutter, la contrafigura de Lyer y tan mediática como él, admitió que era verdad que la capacidad racional de los varones menguaba notablemente cuando estaban excitados y que se alegraba de que por fin se reconociera como verdad jurídica algo que todas las mujeres sabían desde tiempos inmemoriales. No es culpa de los hombres caer en la ofuscación mental, sino de su biología, añadió con tono falsamente compasivo. Sin embargo, sí son responsables de prever y evitar los efectos de ese funcionamiento anatómico, que sobradamente conocen. Si los hombres excitados son mentalmente deficientes y hasta incapaces de decidir entre un comportamiento correcto e incorrecto, es evidente que la sociedad debe exigirles que controlen sus libidos. Es más, remató, un varón sólo se debería permitir excitarse en situaciones controladas y carentes de riesgos. Dado que en la actualidad existen medios farmacológicos para amortiguar el deseo sexual, nadie puede alegar como eximente de un delito tener una erección, pues es responsabilidad suya evitar que se produzca la excitación previa y necesaria.

El Tribunal dio la razón a Women Rights, reconociendo que, a los efectos del debate sobre los límites de la responsabilidad penal, la ofuscación por falta de riego debida a la erección es equivalente a la que producen el alcohol o las drogas y, sin embargo, ésta última no sólo no es un atenuante sino que agrava el delito en el caso de los accidentes de tráfico. Del mismo modo que alguien que ha bebido sabe que no debe ponerse al volante de un vehículo, quien está excitado sexualmente ha de abstenerse de ponerse en situaciones en las que su estado le impela a tomar decisiones moralmente erróneas. Y en este punto, el Alto Tribunal, excediéndose en sus competencias según varios analistas, añadió que la decisiones erróneas a que se refería debían entenderse en sentido amplio, no limitadas a comportamientos delictivos de naturaleza sexual.

Con el país profundamente dividido (y el resto del mundo perplejo y expectante), el siguiente golpe de Women Rights fue una batería de iniciativas legislativas (en los cincuenta estados y en el Congreso federal) entre las que destacaba la Temporal Chemical Castration Act, que pretendía que todos los varones entre los quince y los sesenta y cinco años fueran obligados a tomar una dosis diaria (ajustada a los niveles de testorena de cada individuo) de un fármaco que anulaba transitoriamente la libido masculina. Así, defendían las impulsoras de la norma, se evitaría el riesgo de que los varones cometieran actos erróneos llevados de su ofuscación eréctil. Por otra parte, argumentaban, esta represión química de la libido no impediría a los hombres disfrutar de su sexualidad, pues bastaría ingerir otra pastilla de efectos opuestos para recuperar (incluso potenciado) el deseo erótico. Debido a su incapacidad biológica, el varón debía ser obligado por el Estado a asumir la responsabilidad en el control de su libido.

Ningún Estado (y mucho menos el Congreso Federal) aprobó la TCC Act en los términos en que fue propuesta pero sí logró hacer caer en el más absoluto de los olvidos la tesis atenuante de Robert Lyar quien, desprestigiado y denostado, no volvió a comparecer en un tribunal (parece que vive retirado en una granja al sur de Montana). Pero aunque no se llegara a la imposición legal generalizada de la castración química, sí se aprobaron normas en algunos Estados que obligaban a la ingestión de antiandrógenos en situaciones concretas e incluso que admitían la legitimidad de que así se exigiera en los contratos laborales. Quizá debido a un vago sentimiento de culpa por haber sido la cuna de este embrollo, fue la cámara de Kentucky la primera en aprobar una ley de esta naturaleza, al mismo tiempo que reformaba el código penal para pasar a considerar un agravante el exceso de libido en los delitos sexuales. A modo de justicia poética, apenas una semana después de la promulgación de esta reforma, Richard Maddock, ahora con 23 años, fue detenido con una acusación muy similar a la originaria. Lo condenaron a una pena de prisión de veinte años.

   
Sexual healing - Marvin Gaye (Midnight Love, 1982)