lunes, 9 de marzo de 2015

Candy crush y escaqueos

Durante el pasado debate sobre el estado de la Nación, concretamente el martes 24 de febrero, mientras Duran Lleida intervenía, la vicepresidenta primera del Congreso –que en esos momentos ejercía de presidenta– se pasó un buen rato jugando en su tableta al Candy Crash. Fue filmada por la cámara de un periodista y el video se difundió rápidamente en Youtube generando un cierto revuelo mediático. Incluso hubo polémica sobre si se trataba de ese juego, y al final parece que era el Frozen Free Call, el oficial de la última peli de animación de la Disney. No entraré en esa cuestión debido a mi completa ignorancia sobre videojuegos (a la que se suma mi absoluta falta de interés), por más que unos cuantos pesados se empecinen periódicamente en invitarme a jugar al dichoso Candy Crush a través de Facebook. Lo que sí me parece gracioso es que tan ilustre señora –que ya tiene sus tacos, 65– sea tan aficionada a esos entretenimientos y que sea pillada como una colegiala en falta. En su defensa dijo que estaba leyendo la prensa, mentira infantil y tonta porque las imágenes no dejan lugar a dudas, pero que, en todo caso, no excusa en lo más mínimo su pecado, ya que su obligación era estar atenta a las palabras del político catalán así como a cualquier incidencia que pudiera surgir en el Congreso. Supongo que, no como yo, es capaz de concentrarse en varias cosas a la vez.

También me resultó curioso que cuando los responsables de prensa del Congreso descubrieron que la señora vicepresidenta había sido grabada se apresuraron a decirle al periodista que eso estaba prohibido y que ni se le ocurriera difundir el video. No dudo que esté prohibido, pero enterarme de ello no hace sino aumentar mi indignación: ¿qué pasa? ¿que hay que preservar la intimidad de los diputados mientras están ejerciendo justamente la función menos personal de todas ya que ejercen de representantes de los ciudadanos? Otra muestra de un comportamiento prepotente de nuestras instituciones representativas que, con los tiempos que corren y el hartazgo de la ciudadanía, no contribuye para nada a mitigar esa indudable desafección hacia los políticos. De más está decir que doña Celia no se ha dignado excusarse y también que el asuntillo no ha molestado demasiado a sus colegas parlamentarios –aunque sean de otros partidos– lo que apunta a que les toca la fibra corporativa. O sea, que no les gusta nada que se metan con lo que hacen o dejan de hacer en sus funciones públicas; hasta ahí podíamos llegar, imagino que pensará más de uno, ahora va a resultar que el pueblo se arroga el derecho de enjuiciar cómo hemos de representarlos.

Desde luego se trata de una anécdota intrascendente y que, como siempre, tan sólo ha tenido relevancia por lo accesorio (que estuviera jugando) porque lo fundamental, lo verdaderamente grave, es simplemente la vergonzosa forma en que los diputados ejercen sus funciones. Pero es que de eso tenemos ya tantas muestras que nos hemos hartado y ya no son noticias. Hay todos los ejemplos que se quiera: políticos hablando entre sí o por móvil, manteniendo sus cuentas en redes sociales, leyendo el periódico, poniéndose al día en tareas que nada tienen que ver con lo que se trata en la sesión, durmiendo ... Incluso me entero ahora de que tres diputados del PP fueron pillados viendo videos porno. Lo dicho, una vergüenza cómo se comportan nuestros representantes en lo que se supone que es el más alto foro de nuestra sacrosanta democracia; mucho llenarse la boca con ella pero a la hora de la verdad no parece que la respeten demasiado. Pero, a mi juicio, lo más escandaloso de todo es que con absoluta normalidad se escaquean de sus escaños. Salvo en contadas ocasiones –sobre todo al momento de votar– el salón de sesiones está medio vacío, mientras sus señorías pululan por el resto del edificio, muchos de ellos manteniendo apasionadas discusiones en el bar.

Sin ir más lejos, si repasamos el video del citado debate de la Nación puede comprobarse como a medida que pasa el tiempo la sala se va vaciando. Cuando está en al estrado Alberto Garzón, por ejemplo (a las siete horas y veinte del inicio), el hemiciclo presenta el desolador aspecto que se ve en la foto adjunta. ¿Dónde están los casi trescientos diputados que faltan? Pues escaqueados la gran mayoría en cuanto acabó la réplica de Rajoy a Pedro Sánchez, unas cuatro horas antes. Es que después de los dos "grandes" partidos venían los minoritarios y esos no interesan. Vuelvo a repetirlo: una vergüenza, muchísimo mayor que el comportamiento de la Villalobos, al menos ella se quedó calentando asiento. Estos señores, por cierto, cobran unos sueldos mensuales que se mueven entre 3.700 y 9.300 euros y, desde luego, las horas que han de pasar en sesiones plenarias (incluso sumando las de comisiones) no llegan en un año ni de lejos a las que hace cualquier trabajador con salarios bastante más modestos. Hace tres años, el diputado de UPyD Toni Cantó, colgó en su Twitter dos fotos de un congreso casi vacío mientras se discutían proposiciones económicas con el comentario "hoy no puede estar más desangelado". Parece que la cosa sentó muy mal a sus señorías, que acusaron al ex-actor de ser muy mal compañero, de insinuar que todos eran unos vagos. Quizá no sean vagos y hayamos de creernos que –como alguno dice– un diputado trabaja continuamente, tanto en su despacho del congreso como en múltiples reuniones y gestiones fuera de él. Pero lo que es evidente que para lo primero que les pagamos es para estar en los debates parlamentarios. Y además, según el artículo decimoquinto del Reglamento del Congreso, ésa es su obligación ("Los Diputados tendrán el deber de asistir a las sesiones del Pleno del Congreso y de las Comisiones de que formen parte).

Verdad es que el que estuvieran presentes poco contribuiría a mejorar el nivel democrático del Congreso, en donde los llamados debates son diálogos de sordos que no se sujetan a las más mínimas reglas dialécticas. Un miembro de la oposición puede hacer una pregunta al Gobierno y éste contestar lo que le dé la gana, sin sentirse obligado a ceñirse a la cuestión. Caben las mentiras más descaradas (o tergiversaciones engañosas) sin que hayan luego de rectificar. Se puede argumentar brillantemente una propuesta sin que valga para nada si la mayoría decide votar en contra, e incluso esa mayoría puede aplaudir entusiasmada la misma iniciativa legal (y aprobarla, claro) un par de años después porque ahora el que la trae a la Cámara es el Gobierno. ¿El templo de la democracia? La democracia, para serlo, habría de ser ante todo el dominio de la razón y ésta hace muchas legislaturas que se ha desvanecido del Congreso. Seguramente por eso, porque saben que no tiene ninguna importancia que permanezcan en sus escaños, los diputados se escaquean. De lo que quizá no se den cuenta es de que con esa manera de actuar ponen en evidencia ante los ciudadanos la impostura de la que viven. Como dicen que dijo un Papa renacentista que no creía en Dios, lo importante es convencer a los demás de que existe porque, si no, se acababa el chollo. Pues tal es el riesgo que están corriendo estos capullos, los mismos que luego acusan a otros de populistas y demagogos. Con este panorama, lo de menos es que Celia Villalobos juegue al Candy Crush; hasta tiene gracia.

 
It's a shame, it's a game - The Hollies (The Hollies, 1974)

jueves, 5 de marzo de 2015

Pepet

José Antonio –Pepet como gustaba que lo llamáramos– era básicamente un caradura, un jeta decíamos entonces (hace tiempo que no escucho el término), pero muy simpático y sociable, condición imprescindible para la supervivencia de esa sub-especie humana que no anda en peligro de extinción. Supongo que yo fui uno más de los que caí bajo la órbita de su vis attractiva porque lo cierto es que en cuarto y quinto de bachiller (con trece y catorce años, aunque él tenía uno más que yo) fue uno de mis "cuatro mejores amigos". Aclaro que esos cuatro mejores amigos que entrecomillo equivalían a mis casi únicos amigos durante esos años o, al menos, esos con los que tenía una relación de confianza casi íntima. Lo curioso –visto después de más de cuatro décadas– es que no formábamos ninguna pandilla de los cinco (como la que protagonizaba una serie de historietas de la británica Enid Blyton que para entonces ya había dejado de leer), sino que me relacionaba con cada uno de ellos separadamente. Yo era una especie de electrón libre que cambiaba de átomo y con cada uno me integraba en una molécula formada por distintos amigos. La de Pepet, desde luego, era la más variopinta y divertida de las cuatro, aunque también llegaba a cansarme permanecer demasiado junto a esos juerguistas.

Pepet era el hijo menor –y la oveja negra– de una familia numerosa y acaudalada del Opus Dei. Estoy evocando los primeros años de los setenta, durante el que fue el decimosegundo gobierno de Franco en el cual había cuatro ministros de "la Obra" que, además, eran de lo mejorcito entre los que sentaban a la mesa de El Pardo. Ya hacía unos años que el Opus había adquirido notable relevancia política a través de la participación de miembros significados en puestos directivos de la administración tardofranquista (los que fueron motejados como "los tecnócratas" y bastante odiados por los "camisas viejas" falangistas). En fin, que mi amigo gozaba, vía familiar, de una posición acomodada y muy enquistada en la urdimbre de aquel Estado. Con su característico cinismo, era bien consciente de ello y, aún calculando los riesgos de sus "hazañas", sabía que contaba con un colchón que, si no alguna magulladura, le evitaría el descalabro total si metía gravemente la pata. No era ni de lejos mi caso, lo que unido a que mis ansias de emociones no eran tan acusadas como las suyas, hizo que me achantara ante algunas de sus temerarias propuestas.

No ante otras; por ejemplo, fue él quien me introdujo en el fascinante mundo de las pellas que, en aquellos años de formar en el patio con el brazo en el hombro del de delante mientras el responsable de curso pasaba lista, tenía su arte y sus técnicas para evitar que llegara a oídos de tus padres que te habías fumado alguna o varias clases. El truco, para Pepet, como en todo, era echarle cara y mentir con aplomo, asegurándome que cuanto más extravagantes fueran las patrañas más verosímiles eran para nuestros maestros. Claro que las excusas para pasar el tiempo de clase en algún antro de las cercanías dándole al billar, futbolín o pin-ball, tenían que personalizarse y mucho dependían de la etiqueta que los profesores le habían colgado al alumno. Mi amigo se aprovechaba de su filiación ilustre, que conseguía de los probablemente mal pagados docentes un cierto grado de servilismo de partida, más o menos mejor disimulado. Yo hube de aprovecharme de mi buen rendimiento escolar que erróneamente les hacía dar por supuesto que también sería sincero, por lo que aceptaban sin apenas garantías la veracidad de mis relatos. Así, durante una buena temporada planifiqué mis pellas presentando todos los lunes en unas cartulinas que había mangado de la óptica las falsas sesiones que me tocaban esa semana para probarme unas lentillas; y a esas horas, con todo el morro, salía del colegio con absoluta impunidad. Tanto gusto le cogí a lo de escaparme que durante quinto de bachiller llegué incluso a superar a Pepet en el ranking clandestino de clases eludidas. Muchas veces me iba solo, cuando lograba juntar cinco duros, suficientes para pagarme los autobuses de ida y vuelta hasta la calle Bravo Murillo, la entrada a algunos de los cines de sesión continua –con preferencia por alguna españolada ligeramente verdosa, lo más que admitía la censura de entonces– y una bolsa grande pipas (y todavía me sobraba una pela).


A medida que avanzaba ese curso 73-74 se iba haciendo evidente que Pepet suspendería casi todas. En más de una evaluación parcial ya había falsificado la cartilla de notas, pero era consciente de que la artimaña no valía para las finales, porque éstas se pasaban al libro de escolaridad que se mandaba al Ministerio para su sellado oficial. Con su característica audacia, tramó y ejecutó un plan tremendamente arriesgado. Hay que decir que mi colegio, que ocupaba una parcela de considerable tamaño, se cerraba a cal y canto al acabar el horario escolar y en una garita junto a la verja de entrada se quedaba de guardia hasta el anochecer Jerónimo, el conserje, que vivía con su mujer y una niña en una casita dentro de la propiedad. Mi amigo hacía tiempo que se lo había camelado, con métodos que calificables de soborno, y más de una vez el pobre Jerónimo le había cubierto en alguna de sus pendejadas. Nunca me explicó cómo lo hizo, pero lo cierto es que logró birlarle una tarde el manojo de llaves de la garita, sacar copias de las que le interesaban, y devolverlas sin que el portero se enterara. Su idea, obviamente, era quedarse escondido las vísperas de cada examen final, entrar en el despacho correspondiente y copiar las preguntas del papel en que cada profesor las había escrito (porque debían hacerlo así para discutirlas previamente entre todos los de una misma asignatura).

Cuando me contó lo que iba a hacer me pareció una locura y hasta intenté, por supuesto sin éxito, disuadirlo, no por consideraciones éticas, claro, sino porque me atemorizaban tremendamente las consecuencias si lo sorprendían. Pero como uno se va haciendo a todo, al cabo de unos días el plan me parecía hasta razonable y pensé que apelando a su amistad también podría beneficiarme. Yo iba bien en el curso, muy bien en realidad; sin embargo, había una asignatura que, aún sin riesgo de suspenderla, estropeaba mi inmaculada colección de sobresalientes: la química. Mas Pepet era de letras y, en vez de química y mates, daba latín y griego, con lo que supuse que no tendría la llave del departamento de ciencias. Pero la tenía y fue él quien en un recreo, con sonrisilla irónica, me preguntó, sabedor de mis problemas con las valencias y compuestos orgánicos, si no me interesaría conseguir ese examen final; el muy cabrón sabía cómo tentar (no fui yo el único a quien se lo ofreció). Así que una tarde, mientras el colegio se vaciaba, nos encerramos en los servicios y esperamos casi una hora hasta que el más sepulcral de los silencios nos garantizara que el escenario del crimen estaba expedito.

Si evoco esa tarde aún siento un levísimo escalofrío y asoma el chiquillo asustado que fui. Porque, en efecto, caminamos por la planta de los despachos, Pepet me abrió la puerta del departamento de ciencias y me dejó para que rebuscara mientras él se iba a por el de latín. En la habitación, de espaldas a la ventana, había un único escritorio con cajoneras en los dos lados. Muy nervioso, pero obligándome a actuar despacio y meticulosamente, empecé a abrirlos uno por uno y a revisar los muchos papeles apilados. No tardé en encontrar un folio con las diez preguntas escritas a bolígrafo. De mi cartera escolar saqué un cuaderno en el que copiarlas (no eran tiempos todavía de fotocopiadoras y mucho menos de escáneres). Justo cuando acababa de apoyar el cuaderno sobre la mesa, escuché pasos en el pasillo exterior y enseguida los ruidos de una llave en la cerradura. Acojonado, apenas tuve tiempo de meter la hoja del examen en el cajón, cerrarlo y agacharme debajo de la mesa. La puerta se abrió y apareció Jerónimo, al que por lo visto le gustaba hacer rondas de vigilancia por el edificio vacío. No es difícil imaginar el pánico que me invadió cuando comprobé que le habría bastado bajar la vista para verme agazapado bajo una mesa que no tenía faldón delantero. Pero –Dios existe– no lo hizo. Se acercó al borde la ventana y bajó la persiana, sin que ni siquiera le llamara la atención que sobre la superficie de la mesa, solitario, hubiese un cuaderno escolar y –lo que es más sorprendente– sin dar muestras aparentes de extrañeza de que la puerta del departamento no estuviera cerrada con llave. Pero unos segundos después él mismo corrigió lo que achacaría a despistes docentes y al salir de la habitación me dejó encerrado. Y ahí me quedé yo, paralizado y a oscuras, sin atreverme a encender la luz ni casi a moverme, confiando en que me rescatara Pepet sin que en esos momentos me importara un ápice el maldito examen de química. Pasó un buen rato, demasiado para mi angustia, durante el cual hasta me planteé la posibilidad de dejarme caer por la ventana aunque era un segundo piso. Por fin la puerta volvió a abrirse y apareció mi amigo que se descojonó cruelmente al verme en mi absurdo escondite. Sin ningún temor dio al interruptor y, pese a mi insistencia para que nos largáramos cuanto antes, me instó a que copiase las preguntas. Cumplidas nuestras respectivas metas, escapamos sin ningún incidente (ya Jerónimo se había retirado a su vivienda). Al día siguiente descubrí con estupor que las preguntas que había copiado no coincidían con las que nos dictaba el profesor (ésas les tocaron a los de 5ºA); aún así, me pusieron un siete.

Ya no me acuerdo de qué fue lo que le falló a Pepet pero, pese a sus varios robos de exámenes, suspendió cinco. No desesperó –no iba con él– y aprovechó por última vez sus copias de llaves para falsificar ni más ni menos que su libro de escolaridad, cambiando treses y cuatros por ochos y sietes. Su nuevo plan consistía en estudiar durante el verano y presentarse a los exámenes de septiembre, pero si las cosas salían mal ahí estaría el libro de escolaridad sellado por el Ministerio. Naturalmente ese verano –lo pasaba en Jávea a donde me invitó unos días– no dio ni golpe y en septiembre ni siquiera se presentó a las recuperaciones. Y ahí se descubrió el pastel, porque el cura que daba griego, muy echao palante él, decidió llamar al importante progenitor para interesarse por la ausencia del chico. Por lo que Pepet me comentó luego por carta, el cabreo de su padre fue apoteósico y le cayeron unas cuantas hostias. Como castigo ejemplar fue sacado del colegio y el curso siguiente lo hizo interno en Baeza, a ver si lograban disciplinar al muchacho. Pero lo cierto es que no repitió quinto, pasó a sexto porque los directivos de mi colegio, bien por vergüenza de tener que confesar al Ministerio que habían remitido una cartilla falsificada, bien para no molestar a un preboste del régimen, echaron tierra sobre el asunto. Como yo, nada más terminar sexto y superar la reválida, marché fuera de España, no volví a ver a Pepet hasta seis años después, cuando, con la excusa de estudiar Derecho, había iniciado una prometedora carrera de negocietes en la universidad. Desde el 82 no he vuelto a verlo ni casi a saber nada de él.

Pero hace unos días me he acordado del amigo de la adolescencia (y por eso he querido escribir este post) cuando he leído su nombre entre otros imputados por corrupción en el área levantina. Si es que apuntaba maneras desde pequeño.

 
He was a friend of mine - Dave Van Ronk (Dave Van Ronk, Folksinger, 1963)

martes, 3 de marzo de 2015

IVA (cultura y porno)

El Impuesto al Valor Añadido (IVA) se introdujo en España en 1986 como condición para entrar en la entonces Comunidad Económica Europea. Sustituyó en nuestro país, entre otros, al Impuesto General sobre Tráfico de Empresas (el ITE), también un impuesto indirecto que desde 1964. Al diferencia del IVA –donde el impuesto grava la diferencia entre el valor de venta y los costes pagados– el ITE era acumulativo en cada etapa del proceso productivo, pero con la relevante exención de la fase final de la venta minorista. Sin duda, el IVA suponía una generalización y perfeccionamiento de la imposición indirecta y, según se dijo en aquellos años, se pretendieron fijar unos tipos que no generaran variaciones significativas en la carga fiscal soportada hasta entonces. Ya fuera por incompetencia técnica o porque los responsables mentían desde el principio, lo cierto es que no fue así: hubo una evidente subida de precios al consumidor, aunque no supuso demasiado revuelo social (téngase en cuenta que la segunda mitad de los ochenta era tiempo de bonanza).

En los ya casi treinta años que en España existe el IVA, sus tipos han variado mucho, siempre al alza y no precisamente con "criterios sociales". Inicialmente se planteó dividir los bienes y servicios en tres categorías que podríamos llamar de primera necesidad (tipo reducido del 6%), normales (tipo del 12%) y de lujo (tipo incrementado del 33%). Entre los bienes con tipo reducido estaban, por ejemplo, los alimentos, los libros, revistas y periódicos, los medicamentos, la vivienda y los servicios de transporte. Pero en 1993 –parece que por exigencia de Europa– los bienes suntuarios pasaron a tributar al tipo general, lo que se compensó con la creación de un tipo superreducido al 3%. Desde entonces, ha ido subiendo hasta la última con el Decretazo de 2012 del PP, incumpliendo sus compromisos electorales porque –Montoro dixit– "era algo obligado", y ya tenemos los tipos en el 21, 10 y 4%.

La recaudación del Estado por IVA también ha ido creciendo progresivamente. Los datos que he encontrado se limitan al periodo 1998-2013, durante el cual se ha pasado de unos 20.400 millones de euros a 57.300 el ejercicio pasado, casi el triple de la cuantía en 16 años, lo que equivale a una tasa media interanual del 7,14% de incremento, mientras para el mismo periodo el PIB español ha crecido a una media interanual del 4,35%. Mientras estábamos en "vacas gordas", con algunos desajustes puntuales, el crecimiento de la recaudación por IVA seguía con bastante exactitud el crecimiento del PIB; lo llamativo, sin embargo, es que a partir de 2009, el IVA sigue creciendo mientras el PIB baja. En todo caso, sobre todo en estos últimos años de crisis, el incremento de recaudación por el impuesto es desde luego menor al que correspondería proporcionalmente a la subida que han sufrido los tipos, porque obviamente el consumo ha caído. En 2013, la recaudación por IVA se situó en torno al 5,5% del PIB, el porcentaje más alto en la historia, casi dos puntos más (3,68%) que el que tenía en 1998. Todo este rollo de cifras parece apuntar a que, más en los últimos tiempos que nunca, cualquier consideración "social" de los efectos de un impuesto (que ya de por sí es poco "distributivo") sobre una población más empobrecida han sido olvidadas por el afán del Estado de recaudar a toda costa (aunque el margen de eficiencia sea menor que si se emplearan otros instrumentos).

La excusa del Gobierno es que en cuestiones del IVA hay que obedecer a Europa. Es verdad que Europa establece los límites mínimos de los tipos normales y reducidos (e incluso la posibilidad de exenciones a determinados bienes), pero a cada país le queda un margen de maniobra. A 1 de enero de este año, el tipo normal entre los 28 Estados miembros se mueve entre el 17% de Luxemburgo y el 27% de Hungría, situándose la mayoría en torno al 21-23%. Lo que se comprueba es que lo de subir el IVA es muy del gusto de los directivos económicos europeos, como demuestra el que esté siempre entre sus recetas. La impresión que tengo es que el absoluto predominio de la concepción neoliberal se ha venido traduciendo en una convergencia fiscal al alza de la imposición indirecta, convergencia que no es ni mucho menos tan estrecha en la tributación sobre las rentas (tanto del trabajo como, especialmente, del capital). Es decir, en Europa como en España prevalece la voluntad recaudadora con muy escasa voluntad redistributiva de la riqueza. En tiempos de penurias como éstos, ello se traduce en cargas casi insoportables para la gran mayoría de la población, sin que le ocurra lo mismo a los más ricos.

En mi opinión, si no nos mandaran quienes nos mandan, se deberían hacer al menos dos cambios en el IVA. El primero, obviamente, bajar el tipo normal porque un incremento del 21% en los precios al consumo me parece una pasada, más cuando de lo que se trata es de estimular la demanda. El segundo, dividir los bienes y servicios en grupos con tipos impositivos distintos con una mayor "sensibilidad social". Es decir, eximir del IVA a los productos de primerísima necesidad, asignar un tipo reducido a los de interés social y, finalmente, recuperar el IVA incrementado para los bienes de lujo, pues me parece justo que quien se quiera comprar un deportivo, ropa de alta costura o joyas tenga un recargo del 33% o más. Puede que algo bajara la recaudación total, pero se contribuiría a aliviar los agobios de una gran mayoría y también a que los más desahogados aporten más (lo cual no quiere decir que el impuesto pase a ser redistributivo, pero sí un poco menos indiscriminado).

Lo que me lleva, para acabar este post al motivo por el que he repasado este asunto, y es la repetida queja de quienes operan en el sector de la "cultura" de que el IVA que les imponen es excesivo (21% como el de casi todo). Ciertamente, parece razonable que a estos productos se les aplique un IVA reducido, sobre todo si el Gobierno no quiere que se le acuse –como le escuché el otro día a Sabina– de odiar la cultura. Pero lo que me llamó la atención fue la frase (que ya había oído antes sin pararme a reflexionar) de que paga más IVA la cultura que la pornografía. Desde luego, es enormemente elocuente, tanto que la tentación de repetirla (y mira que se repite a poco que busques sobre este tema) es demasiado difícil de evitar aunque no sea rigurosamente verdad. Porque no lo es. Las entradas de cine, teatro y espectáculos, así como los discos y videos, tienen un IVA normal del 21% (sean o no pornográficos), mientras que los libros y revistas (sean o no pornográficos) tienen un IVA superreducido del 4%. O sea, que la frase correcta (y no verdad a medias que es la peor mentira) sería algo así como que paga más IVA una entrada al cine que una revista guarra, a la que los de la industria del porno (¿lo consideramos cultura?) replicarían que sus videos pagan más IVA que una novela de García Márquez. En fin, que Sabina y los del cine hacen un poquito de demagogia con la frasecita (y, a mi juicio, pierden autoridad), pero ello no obsta para que la subida del PP haya sido brutal para la economía cultural porque hasta entonces el IVA era el reducido al 8%. Es decir, el Decretazo les significó de golpe un 12% de incremento; si tenemos en cuenta que ante la contracción de la demanda ya tenían problemas con los precios, sólo para mantenerlos han de reducir más o menos en ese porcentaje los márgenes y costes. No necesitaban recurrir a la llamativa comparación con el porno para tener razón.

sábado, 28 de febrero de 2015

La hamaca

Desdoblo la hamaca y la apoyo sobre el césped. Al echarme, la lona, atada al armazón metálico por varias cuerdas, se hunde bajo mi peso. Hemos acabado de almorzar hace unos minutos. Suena la sinfonía de un compositor checoslovaco de mediados del XX de cuyo nombre no me acuerdo, aunque el locutor de Radio 3 lo ha repetido unas cuantas veces: violín que delinea la melodía con una orquesta algo errática. Pretendo leer por un rato pero enseguida mi cuerpo se afloja y las ganas se desvanecen.

Este fin de semana, por fin, hace buen tiempo. El cielo casi limpio, el aire casi sin viento, menos humedad, poco frío. El sol de invierno, todavía alto pero ya cayendo hacia Poniente, me acaricia suavemente desde atrás; ligera calidez en la calva y la cara, compensada con una agradable brisa fresca que huele a mar y me destapa la nariz. Cierro los ojos sin apretar los párpados; sobre éstos siento el cosquilleo tenue de la luz y comienza el espectáculo de policromías cambiantes, manchas de colores inducidas que mi cerebro (imagino) convierte en sucesiones de imágenes pictóricas.

Música, luces y sensaciones, todo ello en sutiles armonías, exaltan mis sentidos produciendo, a la vez, una relajación cada vez más profunda del cuerpo. Éste, poco a poco, se va transformando en un peso muerto, ajeno, que quisiera destensar su masa, disolverla en la superficie de la hamaca. Especialmente noto el proceso en las piernas, cómo sus fibras se van abriendo, despegando, y al hacerlo pareciera que emiten quejidos que son dolores gustosos, placenteros. A medida que voy abandonando mi cuerpo yacente entro más a fondo en un estado somnoliento y, sin estar dormido del todo, sueño sueños hechos retazos de imágenes y pensamientos en combinación surrealista.

K, mientras tanto, pasea por los alrededores. El perro se me sube encima, sobre las piernas, como si quisiera acelerar la desmasificación de éstas. La perra se mete debajo la hamaca, aunque cada cierto rato, sale para ladrar enfadada a nadie, más que nada –me parece a mí– para dejar testimonio de su territorialidad. No hay más ruido que la música del checo salpicada por los trinos de canarios silvestres. Una delicia, algo que pocas veces me permito y que siento que mi cuerpo me agradece. Ha pasado casi una hora. Poco a poco, mi cerebro va despertando a la realidad cotidiana, mis músculos comienzan a recuperar las tensiones habituales, mi organismo entero me dice que ya hay que poner fin al descanso.


jueves, 26 de febrero de 2015

Apretar un botón

Apretar un botón. Un gesto automatizado por la rutina, al que no presto atención. Y sin embargo, me digo ahora que una sombra de aprensión cruzó fugazmente por mi mente, ínfimo titubeo imperceptible, mientras mi dedo se dirigía al panel de la radio, un instante después de girar el contacto. Asusta cuan triviales son los actos que te cambian la vida. Nunca acompañados de música de suspense, nunca con encuadres de zoom que resalten, anticipándolo, el agente del desastre. La vida, ajena a nuestras vanidades, las ridiculiza con la indiferente crueldad de lo irreversible. Si no hubiera apretado el botón de la radio, si lo hubiera hecho veinte segundos después, cuando la breve nota del informativo ya hubiese sido pronunciada e inmediatamente sepultada bajo las siguientes, todas ellas de mucha mayor relevancia mediática. Si no hubiese sido como fue, no me habría enterado, es muy probable que hubiera pasado mucho tiempo, años incluso, hasta que lo supiera. Y para entonces quién sabe, quizá ya no tuviera efectos, tal vez me habría salvado. Pero apreté el botón.

Escuché la voz del locutor, registré sus palabras sin entenderlas de entrada en todo su alcance, pasaron unos segundos hasta que el significado de la noticia me golpeó con su brutal contundencia. Por un momento sentí que todo se detenía; el tiempo se congelaba y la angustia fría me inundaba por dentro, el corazón parado, la sangre quieta, los pulmones inmóviles, el cerebro desconectado ... Luego, enseguida, el tiempo volvió a moverse y yo a comprender, con una mezcla de resignación y desespero. ¿Qué había de hacer ahora? Ansiaba engañar al destino, hacer trampa negándome a admitir que hubiese apretado el botón, que hubiese escuchado la noticia. ¿Por qué no? Ha sido un nimio error de guión que tiene que poderse corregir, que necesariamente ha de corregirse. Si fuera capaz de convencerme, de imponerme, que no ha ocurrido, que sigo sin saberlo. Pero no, no puedo.

No puedo evitar haber dejado de ser quien era. Así, tan de golpe, tan sin aviso, por tan poca cosa. No puedo evitar que el argumento que me explica haya sido rasgado, quedado en nada. Se me impone la certeza: en la batalla por dar sentido a la vida ya he sido definitivamente derrotado. Y como la vida es sólo esa batalla, ahora no es nada. ¿Seguir jugando los minutos basura de un partido resuelto, por un simple respeto a las reglas del espectáculo? Siento una extraña lucidez. Todavía quedan tareas, esas casi burocráticas de dejar los papeles en orden. Por ejemplo –y sobre todo– que K no se entere. Lo primero, investigar el alcance de la noticia, no tanto el número de quienes la hayan oído sino si ha sido escuchada por los pocos que pueden entender sus consecuencias. Tal vez ninguno de esos pocos haya apretado un botón esta tarde o no lea mañana el breve suelto que sólo aparecerá en algún diario aislado. Y quizá, si hay suerte, puedan seguir con sus vidas, creyéndose que son, recibiendo ignorantes la gracia de una prórroga.

martes, 24 de febrero de 2015

Frente al Mar del Sur

Vicente es un viejo y buen amigo. Vicente es, creo yo, un hombre afortunado. Podría enumerar varios motivos para que así lo considere –quizá me referiría a sus tres maravillosas hijas o al cariño que tantos le guardamos– pero diré solamente que tiene la suerte de habitar un fantástico apartamento que él mismo diseñó al borde del acantilado del distrito limeño de Barranco, frente al Pacífico. Y ese Mar del Sur, como lo llamó Núñez de Balboa, ofrece unos paisajes espectaculares, capaces de inmovilizarte en la terraza de Vicente en estupor alucinado.


La bahía de Lima o Costa Verde es el tramo del litoral limeño comprendido entre el Cerro Morro Solar, al Sur, en el distrito de Chorrillos, y la península de La Punta, al Norte, perteneciente a la vecina Provincia Constitucional de El Callao. Los veinte kilómetros de línea ribereña –bastante abierta– están mayoritariamente orientados hacia el Suroeste, pero justamente a partir de la frontera entre Miraflores y Barranco el litoral gira en sentido Sur, de modo que la casa de Vicente mira casi directamente al Oeste, lo que la convierte en auditorio privilegiado de hermosísimos ocasos. Pero es que además, al estar prácticamente colgada sobre el acantilado, desde la terraza se alcanza una vista completa de toda la bahía, desde la Isla de San Lorenzo enfrente de La Punta hasta el Morro Solar con sus antenas emergiendo entre las brumas.


Sin embargo, no basta con disponer de un espléndido escenario. Hay que saber ver y Vicente sabe. Tiene también la aún mayor suerte de estar dotado de una aguda sensibilidad artística (le vino en los genes), de una delicada percepción cromática. Porque no cualquiera, aunque viva en una casa con vistas al Pacífico es capaz de atrapar en fotografías las cambiantes y múltiples maravillas del mar y el cielo. Desde su terraza, Vicente mira, siente y dispara. Y los resultados los viene subiendo desde diciembre de 2012 al facebook para deleite y asombro de quienes por ahí nos pasamos. En estos dos años y poco ha colgado más de medio millar de imágenes, una elocuente crónica visual que lo es casi íntima, como si ese paisaje primigenio, telúrico (sólo a veces tintado con signos humanos), fuera espejo de su alma, pero también de las nuestras. Pero además, repasar esas excelentes fotos equivale a recorrer los últimos siglos de la historia de la pintura. Cuando en momentos de pausa (las tengo  como salvapantallas del ordenador) saltan a mis ojos esas mágicas explosiones de lilas, naranjas, amarillos, rojos, morados, azules, verdes, grises, rosados ... me evocan nombres y cuadros ilustres, al menos desde Turner, pasando por todo el impresionismo y llegando hasta el expresionismo abstracto de mediados del siglo pasado (Rothko desearía haber firmado más de una de sus instantáneas). Este fin de semana, me fue casi imposible seleccionar unas cuantas con las que componer un slide-show de dimensiones asequibles para internet. Aquí va el resultado (recomiendo que se espere hasta que se cargue el video y se vea en pantalla completa a 1080p).


Fotos: Vicente de S. / Música: Bourée (Jethro Tull-2003)

sábado, 21 de febrero de 2015

El desmemoriado

Gracias a Internet parece haberse abolido –o al menos mitigado enormemente– la dimensión espacial. Sentado tranquilamente en casa, sin ningún esfuerzo ni coste económico, puedes ponerte a charlar con un amigo que está a 10.000 kilómetros, viéndose y escuchándose casi con la misma fluidez que si estuvierais en la misma habitación. Lo siguiente será la transmisión por la red de los olores y hasta de sensaciones táctiles. Vistos los avances en las últimas décadas, no se me antoja ningún imposible que en algunos años podamos pasear virtualmente por Buenos Aires o asistir a una reunión en Nueva York, sintiendo con completo realismo que estamos ahí, aunque nuestro cuerpo esté en nuestra casa u oficina, al otro lado del mundo. Supongo también que la incorporación de estas posibilidades de “movilidad virtual” a la vida cotidiana, el asumirlas como “naturales”, irá transformando nuestras personalidades. De hecho, uno de los factores más significativos actualmente en las diferencias “generacionales” tiene que ver con el grado de integración personal de las aún llamadas nuevas tecnologías. Quienes nacimos, crecimos e iniciamos nuestra vida laboral sin Internet, por más que las usemos (y hasta con entusiasmo) seguimos concibiéndolas como algo externo, medios ajenos a los propios (los de nuestro cuerpo), pero esa separación perceptiva no es ya tan clara entre los más jóvenes, para quienes el móvil (con lo que implica de integración en la red) es asumido como un miembro más de ellos mismos, y de los más importantes. Si, como creo, se están produciendo significativas transformaciones en la percepción psicológica del espacio, será inevitable que muchísimas de las prácticas e instituciones sociales basadas en otra concepción de éste comiencen también a transformarse (pensemos, por ejemplo, en la exigencia de “presencialidad” en lugares concretos). Claro que ello requiere que se alcance la casi completa interconectividad de los miembros de una sociedad, que todos integren como propias estas posibilidades. También es verdad que, según cómo se desarrollen las cosas –y, en particular, la gestión y el control de Internet, donde ya se juegan las luchas de poder–, puede que esta “evolución” de la especie agudice las desigualdades entre las personas. Ya se verá.

Ahora bien, si las rígidas barreras del espacio parecen estar aboliéndose, no ocurre lo mismo, de momento, con la dimensión temporal. Pienso en concreto en la memoria, en la capacidad individual que cada uno tenemos de guardar los recuerdos de vivencias pasadas y recuperarlos a voluntad en el presente. La memoria es lo que nos garantiza la continuidad de nuestra identidad, el sabernos cada uno en cada momento, como sucesión ininterrumpida de lo que hemos sido (y vivido). La conciencia del yo está necesariamente vinculada a un grado mínimo de funcionamiento de la memoria, a un equilibrio entre recuerdos y olvidos, a lo mejor a un ejercicio de reinvención constante del pasado que permita a nuestro cerebro garantizar mínimamente la continuidad de lo que somos (o, al menos, de lo que nos contamos que somos). Los fallos orgánicos de esta capacidad mental –alzheimer, por ejemplo– hacen que el individuo deje de saber quién es. Ciertamente, los medios actuales permiten guardar y recuperar eventos (información) del pasado. Pero, que yo sepa, aún no existen ensayos de integrar esas “memorias virtuales” en las orgánicas de los individuos, aunque ya contemos con varios relatos cinematográficos al respecto. No es difícil imaginar la posibilidad de que nuestro cerebro fuera “complementado” con un disco duro bien indexado al que éste recurriría a voluntad para recuperar las caras de viejos conocidos, la película de acontecimientos de hace veinte años o incluso revivir las emociones que sentimos cuando nos ocurrían. Claro que, si eso llega a ser posible, también cabría que esos discos duros tuvieran recuerdos “falsos”, puestos a nuestra voluntad o contra ésta. Desde luego, elucubrar en esta dirección lleva a concluir que, más que reforzar la continuidad de nuestras identidades individuales, es más posible que éstas se diluyeran en un carrusel alucinógeno.

Si escribo estos desvaríos es porque, comparándome con otras personas, me considero bastante desmemoriado, tanto que a veces me pregunto si yo sigo siendo yo, pues me es imposible establecer la continuidad vivencial de mí mismo a lo largo de mi vida. En romance: no me acuerdo de casi nada de mis vivencias, como mucho de los “títulos” –a modo de nota sintética– de episodios pasados, pero poco más. Y no se crea que estoy refiriéndome a mi remota niñez porque el olvido llega hasta tiempos muy recientes, como una máquina quitanieve que va limpiando la memoria con muy poco retraso. Supongo –porque así me lo han dicho quienes de esto saben– que esos recuerdos los tengo almacenados en rincones de mi cerebro, pero será que éste ha perdido los índices. Aún así, ha habido momentos –pocos– en los que determinados catalizadores, a modo de magdalena de Proust, me han traído al presente, como relámpagos brillantes pero efímeros, escenas de mi pasado, incluso fuertemente coloreadas con su carga emocional. Mas lo normal es una persistente desmemorización, bastante más efectiva que la de la mayoría de mis conocidos. Así, tengo más que comprobado que cuando reaparecen personas de mis anteriores vidas, éstas se acuerdan de mí mucho más de lo que yo me acuerdo de ellas (con frecuencia, no las recuerdo en absoluto). Y en este punto volvemos a internet, ya que otro de sus efectos es que posibilita estas “resurrecciones”, a través de Facebook y similares.

Hace dos años, mi empresa encontró un posible campo de trabajo en el Perú (que todavía no se ha concretado en nada), lo que significó que hiciera un viaje de una semana a Lima, ciudad en la que viví mi etapa universitaria y a la que volvía después de casi treinta años. Esos pocos días allí, reencontrándome con viejos amigos, significaron un cúmulo de recuerdos revividos con fortísima carga emocional. Pero también volví a comprobar, en las inevitables charlas rememorando antiguas anécdotas, que casi todos mis amigos se acordaban de muchísimas más cosas que yo. Este miércoles, un compañero de la empresa que está ahora en Lima tratando de cerrar un contrato me envió un whatsapp comentándome que había contactado con un par de arquitectos peruanos quienes, cuando salió mi nombre en la conversación, resultó que habían sido compañeros míos de estudio. Sus nombres no me sonaban de nada, así que me mandó una foto de ambos en la que me sonreían muy contentos: tampoco nada (bien es verdad, que lo que vi fue a dos tipos cincuentones que probablemente no se parecerían demasiado a los veinteañeros que pude tratar). Me quedé algo jodido con esta nueva muestra de mi mala memoria, que tanto contrastaba con la de esos dos que le aseguraban a mi compañero que se acordaban perfectamente de mí. Así que, esa misma noche, conecté por el facetime con mi mejor amigo peruano y pasamos una hora conversando casi con la sensación de que estábamos juntos. Le pregunté por esos dos y él, en efecto, aunque tampoco los ve desde la universidad, se acordaba perfectamente de ellos. En fin, que con mi desastrosa memoria; me temo que nunca podré escribir mis Memorias; eso que se pierde la posteridad.

 
I forgot more than you'll ever know - Bob Dylan (Another Selfportratit: 1969-1971, 2013)

sábado, 14 de febrero de 2015

Bob sings Frank

Cuando me enteré de que Dylan estaba grabando un disco de versiones de Sinatra, pensé que ya volvía de nuevo a las andadas –genio y figura–, desconcertando al personal; pero si eso es lo que viene haciendo durante toda su carrera, con más razón a los setenta y tres años. También, dicho sea de paso, me temí que le saliera un bodrio como el disco de villancicos que hizo con fines benéficos en 2009 (en mi opinión, claro, porque sobre ese trabajo hay críticas y opiniones de lo más diversas). En todo caso, y aunque con Bobby no hay que sorprenderse de nada, me extrañó que le interesaran los clásicos temas que conforman el llamado Great American Songbook, compuestos mayoritariamente a partir de la Primera Guerra Mundial por los nombres consagrados de la época (Irving Berlin, George Gershwin, Richard Rodgers, Cole Porter, Hoagy Carmichael ...) y difundidos a través de Broadway y Hollywood para un público biempensante. Un estilo que fue casi definitivamente exterminado con el triunfo popular del rock, expresión musical del radical cambio generacional de los sesenta, uno de cuyos más significativos voceros –incluso a su pesar– fue el propio Dylan. ¿Vendría en cierto modo a hacer ahora con este disco un ejercicio de penitencia?

La verdad es que a mí nunca me ha gustado ese tipo de música, tan correcta y melódicamente previsible, excesivamente orquestada. Además, Sinatra –su más famoso representante– siempre me cayó mal. Verdad es que todo ello lo asocio a mi infancia, a algún vinilo que escuchaban mis padres y a viejas comedias musicales que me aburrieron (aunque luego, más mayor, supe apreciar algunas películas excelentes en las que, sin cantar, actuaba La Voz). Aún así, a la muerte de Sinatra (1998) y la consiguiente avalancha de recopilatorios póstumos, mi ex de pronto se entusiasmó con el cantante y durante una temporada en casa sonaron sus canciones con frecuencia. Ahí tuve la oportunidad de acercarme a su música, pero no lo hice. Así que a la fecha sigo bastante analfabeto en este tipo de música y si he en los últimos días he curioseado sobre ella, ha sido sólo porque Dylan ha sacado este disco.

 
I'm a fool to want you  - Frank Sinatra (Where are you?, 1957)

Leo que las diez canciones que Dylan interpreta en este Shadows in the Night proceden de los llamados años de Capitol, periodo comprendido entre 1953 y 1961, durante el cual el crooner publicó para el sello discográfico de Los Ángeles. Aunque no sea completamente verdad (algunos temas no fueron grabados durante esa etapa), sí es cierto que todos ellos expresan un "aire" común, estrechamente emparentados, que refleja el ánimo que embargaba a Sinatra por aquel tiempo –y que, según los que saben, supuso un verdadero renacimiento del intérprete–. Durante los cuarenta Sinatra, grabando para Columbia, se había convertido en el máximo ídolo popular de la canción romántica, pero en los cincuenta cae en un grave bache: en parte porque los gustos evolucionaban y no supo adaptarse pero también porque sufrió problemas de voz; además, se dice que el rechazo de una importante porción de sus fans mucho tuvo que ver con su matrimonio con Ava Gardner, precedido de cuernos a su mujer de entonces, Nancy, y el divorcio subsiguiente. De hecho, en los primeros cincuenta ninguna compañía estaba dispuesta a hacerse cargo del cantante y cuando finalmente lo fichó Capitol fue con la humillante condición de que se pagara él mismo los costes de estudio. Parecía que su estrella declinaba definitivamente cuando consigue volver al primer plano gracias a su participación en De aquí a la Eternidad, que le valió el Oscar al mejor actor de reparto de 1953 (es leyenda hollywoodiense que Frank consiguió el papel gracias a las presiones de sus amigos de la Mafia –historia recreada en El Padrino con la famosa escena de la cabeza de caballo–, pero parece que no hubo tales pero sí ruegos de la Gardner a los magnates del cine). El caso es que, entrando en su cuarentena, Sinatra remonta el vuelo. Pero la relación con Ava es turbulenta y desgraciada (sobre todo para ella) y la vida emocional del cantante se proyecta en su evolución artística y así, en 1955, publica uno de sus mejores discos, In the wee small hours, pleno de melancolía y sensibilidad, deudor según dicen los entendidos de la forma de cantar baladas de la grandísima Billie Holiday. Dos años después, coincidiendo con el inevitable divorcio de la actriz, graba en la misma línea Where are you?, del que provienen cuatro de las canciones que ahora retoma Dylan.

 
I'm a fool to want you  - Bob Dylan (Shadows in the Night, 2015)

¿Son parecidos sentimientos melancólicos los que embargan a Dylan y le han impulsado a hacer suyas las viejas canciones de Sinatra? Pues no tengo ni idea y desde luego él, fiel a su estilo, no da ninguna pista al respecto. A diferencia de la de Frank, la vida amorosa de Bob siempre ha sido sumamente discreta, al menos desde que se separán de Sara Lownds en 1977. No fue hasta la publicación de la biografía de Howard Sounes en 2001 que se supo que entre el 86 y el 92 estuvo casado con Carolyn Dennis, una de las cantantes que le hacían los coros en sus discos "cristianos"; recientemente, The National Enquirer, la más famosa revista yanqui de cotilleo sensacionalista, ha desvelado que Dylan se casó en 2012 con una tal Darlene Springs, su pareja desde hacía siete años, pero que la relación estaba a punto del divorcio debido a que la mujer gastaba tanto que casi se había pulido la fortuna del de Minnesota. En todo, tanto las diferencias de edad como de carácter, no parecen apuntar a que el estado emocional de Dylan pueda parecerse al de Sinatra hace sesenta años. Más bien –como él mismo cuenta en una entrevista a la revista AARP– parece que se trata de un viejo anhelo que provendría de sus recuerdos de niñez, porque él sí creció escuchando esas canciones y le gustaban. Es más, a finales de los setenta, al salir el Stardust de Willie Nelson –un álbum de versiones de temas clásicos–, le propuso al presidente de Columbia hacer algo parecido, pero a éste no le interesó la idea en absoluto (y Dylan publicó Street Legal, que en su momento me defraudó un poquillo –le había precedido el notabilísimo Desire– pero que con el paso del tiempo y las audiciones más me ha ido gustando). Total, que no versionó a Sinatra cuando tenía treinta y ocho años y lo hace con setenta y tres; ahora es el momento adecuado, dice.

 
Where are you? - Frank Sinatra (Where are you?, 1957)

Dije antes que Dylan hace suyas esas viejas canciones, y para mí quizá esa sea la característica más relevante del nuevo disco. De entrada, logra esa "credibilidad" optando por un acompañamiento musical relativamente sobrio, una banda de cinco instrumentistas que nada tiene que ver con las habituales orquestaciones que se asocian a estos temas. Dice en la entrevista que el productor quería poner cuerdas, vientos, pero que se negó; ni siquiera aceptó piano porque le parecía que habría adquirido excesivo protagonismo. Cuenta el ingeniero de sonido que además le obligó a alejar los micrófonos, excepto el suyo, y que se negó a que se emplearan auriculares, cabinas, overdubs o pistas separadas. De alguna manera quería grabar como se grababa entonces; incluso lo hizo en el estudio B de la Capitol, el más frecuentado por Sinatra. Pero, sobre todo, lo que me ha impresionado de este álbum es la voz y la forma de usarla, suavemente intimista, interpelándote. Creo que, desde el punto de vista exclusivamente vocal, es una de las mejores obras de Dylan, aunque sea casi "otro" Dylan. En relación a este disco ha declarado que "tienes que creer lo que dicen las letras, porque las letras son tan importantes como la melodía; si no te crees la canción y la has vivido, no tiene sentido interpretarla". Pues bien, al escucharle (y entender mejor que en cualquiera de sus canciones lo que dice) uno se cree lo que dice y también que lo ha vivido. Tras unas cuantas audiciones, me puse el Where are you? de Sinatra y comparé los cuatros temas que interpreta Dylan: me gustan más, me convencen más, los de Bob (claro que reconozco que soy poco objetivo). Y eso que el de Minnesota considera un chiste que se le pueda comparar con Frank: "nadie ha llegado tan lejos como Sinatra, ni yo ni ningún otro". Aún así, preguntado sobre qué opinión cree que habría tenido de su trabajo, contesta que piensa que estaría sorprendido y algo orgulloso. En fin, tampoco es que este disco vaya a cambiar mis gustos musicales (ni lo ponga entre mis preferidos de Dylan), pero sí considero que merece la pena.

 
Where are you? - Bob Dylan (Shadows in the Night, 2015)

jueves, 12 de febrero de 2015

¿Perros en los parques? No, gracias

Ordenanza municipal reguladora de la protección y tenencia de animales de Santa Cruz de Tenerife

Art. 17: En los espacios públicos o en los privados de uso común, los perros y demás animales de compañía habrán de estar acompañados y ser conducidos mediante cadena o cordón resistente que permita su control.

Art. 22: El Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, dentro de las disponibilidades urbanísticas, conforme a sus posibilidades presupuestarias y a las necesidades, habilitará espacios públicos o delimitará zonas dentro de los mismos, para el paseo, esparcimiento y socialización de los animales de compañía, así como espacios adecuados para la realización de sus necesidades fisiológicas en correctas condiciones de higiene.


Según leo, en Santa Cruz de Tenerife hay inscritos en el Registro Censal de Animales de Compañía unos 38.000 perros, lo que equivale, más o menos, a uno por cada 5,5, residentes, proporción muy alta ya que la media española anda en torno a uno cada 10 personas; será por el más benigno clima del archipiélago. Supongo también que ese registro municipal es fiable, teniendo en cuenta que sus datos los pasan los veterinarios cuando identifican a un perro por primera vez, y quiero creer –quizá con un exceso de ingenuidad– que a la fecha casi todos los propietarios cumplen esta elemental obligación con su mascota. Pues bien, casi cuarenta mil perros cuyos dueños han de sacar a pasear y hacer sus necesidades (que adornan bellamente las aceras de esta ciudad, aunque hay que reconocer que se nota una mejoría cívica de los chicharreros) y, según el artículo 17 arriba transcrito, han de ir debidamente amarrados a una correa. En efecto, cuando camino por Santa Cruz (o por cualquier otra ciudad) casi todos los perros que transitan por sus calles lo hacen umbilicados a sus amos, no diría yo que porque éstos conozcan la ordenanza y sean respetuosos cumplidores de la misma, sino simplemente para evitar que el colega de cuatro patas moleste a los viandantes o –mucho peor– salte alocadamente a la calzada y sea atropellado. Ahora bien, ¿dónde –en la ciudad– pueden los perros estar sueltos, correr, jugar y socializar con otros congéneres? El artículo 22 dice que el Ayuntamiento habilitará espacios públicos para ello, claro que dentro de sus posibilidades presupuestarias. Pero lo cierto es que no lo ha hecho, y eso que la ordenanza se aprobó en 2006.

Parece que la obligación de que los perros vayan atados es norma común en todas las ordenanzas municipales (lo que no es de extrañar porque se van copiando siempre unas a otras). Pero en las ciudades se distinguen dos tipos de espacios públicos abiertos: los de circulación –calles– y los estanciales –parques–. Los parques, a su vez, pueden ser de muy distintos tipos y contar con muchas áreas diferenciadas, entre ellas zonas libres, de hierba o tierra, sin mobiliario urbano ni un destino específico. ¿Por qué no se pueden soltar los perros en esos espacios? El argumento, imagino, es que hay personas a las que molestan, lo cual en la práctica no es tan verdad porque los primeros que se preocupan de que eso no suceda son los dueños, a quienes no se les ocurre poner a jugar a sus animales en zonas donde hay personas ajenas descansando. Pero no, lo fácil es prohibir con carácter general, diciendo que ya se crearán lugares acotados y específicos, aunque no se haga. Aunque de vez en cuando se hace, como el Ayuntamiento de La Laguna, municipio vecino, que hará unos tres o cuatro años, con gran alharaca publicitaria, acotó en el parque de San Benito un espacio exclusivo para los canes. Allí he ido varias veces con los perritos de K –quien vive muy cerca– y rara vez hay más de diez animales; desde luego, con este equipamiento canino no se cubre más que una infinitesimal parte de la demanda. Lo cual me lleva a pensar que, igual que las normas urbanísticas obligan a que los planes califiquen una determinada superficie de espacios libres en proporción a la población previsible, a lo mejor habría que completarla señalando el porcentaje de estos terrenos que debe destinarse al recreo de los perros (no sigo por ese camino: más complicaciones para hacer un plan).

Naturalmente, la ordenanza no se cumple. Los dueños de perros se buscan la vida y encuentran parques urbanos con áreas abiertas adecuadas en las cuales puedan soltarlos para que se desfoguen por un rato. Uno de esos parques, probablemente el de mayor población canina, está justo enfrente de mi casa. Durante toda su vida Cani bajó a ese parque dos veces al día. Ahora son los dos perritos de K los que, cuando están en mi casa, perpetúan la costumbre. Como digo, hay un montón de perros a todas horas, y es rarísimo que ocurra nada desagradable. Con el tiempo, acabas conociendo a los dueños y a los animales, y pasas un buen rato con ellos. Hoy mismo, por ejemplo, cuando volvía solo a mi casa atravesando el parque, me detuve un rato a jugar con algunos (aclaro que me gustan mucho los perros y yo a ellos también). En fin, que la actividad canina del parque no es nada del otro mundo, una más de las que en una ciudad se desarrolla cotidianamente con naturalidad, por muy ilegal que sea. Por supuesto, las autoridades hacen la vista gorda y aquí no pasa nada.

O, al menos, solían hacerla, porque la semana pasada cuando llegué con los enanos (uno es un yorkshire y la otra mezclada del mismo tamaño) que correteaban libres a mi lado a uno de los meeting points más concurridos, me encuentro la inaudita escena de unas veinte personas de pie más o menos arrejuntadas, cada una con su correspondiente perro amarrado. Enseguida descubrí que, unos metros más abajo, había una pareja de municipales hablando, libreta en mano, con una mujer, también asidua. Por lo visto, la señora iba con su mascota suelta y, por violar la ordenanza, le fue debidamente notificada la denuncia dándole tres días para que se presentara en las oficinas de la policía local con la cartilla veterinaria y el recibo bancario de haber satisfecho la multa. La "campaña", sin embargo, no duró más que dos o tres días y por el momento las cosas parecen haber vuelto a la normalidad. Desconozco qué motivos habrá tenido el responsable que haya ordenado estas efímeras actuaciones policiales, quizá recordar a la población que existe una norma y que las normas están para cumplirse, faltaría más. Pues vale, lo gracioso es que la ordenanza declara en su exposición de motivos que tiene por finalidad la protección de los animales.

 
Saca tu perro a pasear - Los Impecables (Euskodemos, 2015)

martes, 10 de febrero de 2015

Tres poemas de Gil de Biedma

Esta tarde, así, de pronto, me ha venido el antojo de releer poemas espigados de Gil de Biedma. Algo me habrá despertado las ganas, alguna asociación de ideas subconscientes mientras almorzaba con el ronroneo televisivo de fondo, apenas atendido. Pero lo cierto es que con el café saboreaba ya en mi boca ese verso inicial, desde hace tiempo tan mío, "que la vida iba en serio ..." El desorden de mis estanterías escondió con éxito el par de libros que de Jaime sé que tengo, si no es que acaso hayan escapado hacia ajenos ojos. Sí encontré, en cambio, otro de más reciente llegada, una biografía escrita por Miguel Dalmau, amena y sugerente, que te engancha a la personalidad atormentada del poeta, a su inteligencia sin concesiones.

Transcribo a continuación uno de los más impresionantes poemas de amor del siglo pasado. Su título –Pandémica y Celeste– remite a las dos advocaciones de Afrodita recogidas en El Banquete de Platón al exponer las dos formas amatorias: las experiencias puramente eróticas a través de la promiscuidad, o espiritualización del amor único. Ahora bien, no son opciones excluyentes sino, así lo declara poéticamente Gil de Biedma, complementarias; como si se necesitara de la acumulación de cuerpos para reforzar o dar sentido al "verdadero amor". El poema lo escribió en el verano de 1963, en Deià, paraje inspirador de mitologías clásicas (Robert Graves), justamente cuando su relación sentimental de años llegaba a su fin. Gil de Biedma tenía treinta y cuatro años.

PANDÉMICA Y CELESTE

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable,-mon frère!
Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo a otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años !
Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones…
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Babuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goûtée à ce mal d’être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.
Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.
Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.
Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.


Solo tres años después, al poeta le estalla la que luego llamó su crisis de madurez. Tras su ruptura amorosa abandonó el "sótano negro" de la calle Muntaner y se muda a un apartamento cerca del Turó Park, que decora con ortodoxo gusto burgués. Poco a poco el rechazo hacia sí mismo va creciendo, sin que frente al malestar encuentre más que salidas transitorias –viajes, alcohol, ligues– y la incapacidad de escribir. Uno de sus últimos poemas antes del hundimiento fue el famoso "Contra Jaime Gil de Biedma", personal auto-juicio sumarísimo que se saldaba con una condena ejemplar: dejaba de creer en la poesía, la poesía ya no le servía.

CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

 
Contra J.G.B - Luis Emilio Batallán & Joaquín Sabina (Tu Retrato, 2007)

Y para acabar el que más temprano conocí y más hondamente me hirió. Y la herida sigue vigente, más cada año que pasa. Según el propio poeta lo mejor que nunca escribió. Lo hizo en la primavera del 67, saliendo de su crisis cargado de una fuerte pulsión autodestructiva. Se publicaría en 1968, en el que sería su último libro, bajo el expresivo título de Poemas Póstumos. Tenía treinta y siete años; más o menos la edad mía cuando lo leí por primera vez.

NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.