jueves, 3 de agosto de 2006

Acallar la mente

Me cito a mí mismo (del pasado febrero): Antes de empezar estaba leyendo el libro de la Brennan. Me vino a la cabeza la idea tantas veces y de tantas formas oída últimamente: para poder sentir, percibir ... lo que no se puede sentir, percibir ... con la razón, es necesario acallar la mente racional, no dejar que los pensamientos "lógicos" interfieran. Porque si interfieren, automáticamente lo que puedes estar empezando a percibir, sentir ... desaparece, se vuelve inasible. Lo desesperante (al menos en la fase en que me encuentro) es que siento, percibo muy poco, y todo muy etéreo, débil, impreciso ... y claro, trato de fijarme y se me disparan mis recursos racionales ... y plafff: des-sintonizo.

Ha pasado medio año y poco o nada he avanzado en cuanto a lo de "acallar la mente". Bien es verdad que tampoco he hecho nada en tal sentido. El experimento del Reiki, si bien satisfactorio, está aparcado de momento; prácticas de meditación y relajación, nada de nada... Claro que seis meses después me siento mucho mejor interiormente y, como definitivamente soy un vago, me olvido de mis propósitos de profundizar hacia dentro. Y conste que sigo pensando (estoy convencido) que ese camino es necesario, que es muy recomendable para mí.

En los últimos cuatro meses, sin embargo, he descubierto el sexo como vía de acceso hacia mi interior, me ha abierto una dimensión "espiritual" (no se me ocurre otra palabra, pese a que no puedo evitar sentir reticencias al usarla). En el fondo, como es harto sabido, el sexo bien vivido y ejercitado tiene mucho que ver con todas las historias de percepción profunda, ampliada, etc ... Y además (para qué nos vamos a engañar) es mucho más divertido.

Bueno, pero sin renunciar (¡para nada!) al sexo, debería retomar (iniciar habría que decir en rigor) mis intentos de aprender a acallar la mente como condición imprescindible para sentir. Van a continuación algunos apuntes ajenos después de un ratillo de interneteo.

Brennan (Manos que curan)

Elevada percepción sensorial: capacidad de percibir cosas que escapan al alcance normal de los sentidos.

Para desarrollar la EPS es necesario alcanzar un estado de conciencia ampliada, al que puede llegarse por varios métodos; la meditación es el más usual. Lo importante es concederse el tiempo suficiente para escuchar el propio yo; un tiempo en el que la bulliciosa mente permanezca silenciosa. Cuando se ha logrado suprimir ese incesante parloteo se abre ante nosotros todo un nuevo mundo de armoniosa y dulce realidad, en la que uno empieza a integrarse, sin perder su individualidad, sino mejorándola.

Yoga Kundalini

El Yoga ayuda a acallar la mente, dejando de hablarse a uno mismo. Al escucharse el cuerpo, la respiración, al no-hacer y dejarse llevar, se empieza a ver qué procesos interiores están corriendo en la mente y las limitaciones y patrones de acción que conducen a comportamientos desarmónicos. Se produce, además, una limpieza emocional, de las obstrucciones, bloqueos destructivos, actitudes y creencias erróneas sobre uno mismo y sobre los demás que disipan nuestra energía y hacen que suframos innecesariamente. Por último, al tomar conciencia de uno mismo, uno se empieza a integrar en el todo y se abren puertas a otras dimensiones de existencia.

Tres técnicas para acallar el torrente de pensamientos que fluye en nuestra cabeza

La primera de ellas: Limítate a contar cada vez que inspiras al realizar una respiración. "Inspirar 1", Inspirar 2" .... etc. Será normal que otros pensamientos se presenten. No luches contra ellos, se harán mas fuertes. Deja que se agoten ellos solos. Cada vez que pierdas la cuenta, limítate a empezar. No te juzgues, no evalúes: no compites con nadie, ni ese es el fin. Verás que no es nada fácil, pero que te sientes mejor y que tus pulsaciones han bajado y respiras mas pausado. Eso es un beneficio añadido.

La segunda es concentrarse de la misma manera en los latidos del corazón. Para ello, debe tomarse el pulso. Pero con el tiempo, sentirá su corazón.

La última es contemplar las nubes, una hoguera, el mar o lo que te guste. No tienes que buscar sentido a lo que ves, ni buscar pautas, ni juzgar. Sólo hay que mirar, sin más. Cuando un pensamiento aparezca en la mente, vuelve a mirar. Eso es todo. Nada menos que eso.

Cómo No Pensar

Hará unos meses, mientras hacía mi sesión diaria de meditación, sucedió: dejé de pensar. No es algo fácil: hace 5 o 6 años que medito casi diariamente y no había forma de acallar la mente. Pero, de repente, zas, fue como bajar a la tierra, ser consciente de que estaba allí sentada, mi cuerpo, yo misma, y nada más. Sin pensamientos, sin el run run. Sólo darme cuenta, ser consciente de estar allí, en aquel momento (ahora) y ya está.

Fue una sensación maravillosa, de paz y alegría interior. Y decidí que, ahora que sabía en qué consistía, quería llevarla más allá del tiempo de meditación, a mi vida diaria. No es fácil, repito. Durante años me he acostumbrado a tener la mente en marcha, identificándome totalmente con ella. Cambiar y pasar de identificarme con ella a observarla (porque eso es no pensar: no es dejar de tener pensamientos sino ser capaz de detectarlos y, a partir de aquí, no darles importancia, lo que provoca que poco a poco sean menos).

Cómo no pensar: El Cuerpo

Cuando te fijas en la respiración y lo que hace en el cuerpo, la sensación es que el aire entra por los pulmones, baja por algún sitio entre la columna y el estómago, como por detrás del estómago, y llega al bajo vientre. Bien, pues esta zona por donde pasa el aire es el nuevo mundo. Sólo tienes que concentrarte, que llevar tu atención a ella, y la mente desaparece. Estás en el cuerpo. El "cuerpo interno" o "tu auténtico ser" lo llama el libro. Te embarga al instante una sensación de paz, de quietud. Estás dentro.

Es muy fácil llegar allí, cuando lo encuentras. Si te quedas un ratito y después vuelves a trabajar, es como si hubieses reiniciado la mente. O, si no estás haciendo ningún trabajo mental, sencillamente estás paseando, mantienes la atención en esta zona tanto rato como puedas, y llegas a sentir cómo tu auténtico ser se funde con los árboles, con el mar, con la gente. No hay fronteras.

Milenarios secretos de la meditación

Según estudios, la meditación mejoraría el estado de salud al ejercer una influencia positiva sobre el sistema inmunológico. Mucho se había hablado, aunque de manera informal, sobre los beneficios de la meditación y la calidad de vida que lograban quienes la aplicaban con una práctica perseverante. La meditación tiene un efecto saludable en su más amplio sentido, pues abarca el cuerpo, la mente y el espíritu.

Los más grandes maestros del Yoga del discernimiento aseguran que la gran mayoría de las personas no disponen de su mente, sino que su mente dispone de ellas; no piensan, sino que son pensadas por sus pensamientos. Meditar es el proceso en el cual la mente percibe completamente el objeto que tiene en consideración. La meditación es una abstracción del pensamiento en un objeto hasta unirse a él; nuestra mente se encuentra permanentemente diversificada por incontables pensamientos en constante ebullición.

Para poder abstraer nuestro pensamiento en el objeto elegido, primero es necesario disciplinar la mente. Enseñarle a quedarse fija en un punto, lo cual consiste en la concentración, algo muy difícil para el hombre actual, cuya mente se ve más que nunca diversificada por tantos estímulos externos e internos. Según algunos, la incapacidad de lidiar con todos ellos constituye el inicio de los procesos de estrés.


Propósito para mis 47: aprender a meditar, profundizar en mis sentimientos, descubrir cómo acallar el bullicio de mi mente ...

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martes, 1 de agosto de 2006

Una infidelidad ocasional

Recién terminado de escribir el post anterior, me viene a la memoria algo que me contó una amiga (llamémosla Sandra).

Sandra “salía” (no vivían todavía juntos) con Jorge desde hace ya unos cuantos años. Eran chicos jóvenes, pongamos que en los veintitantos. Un día unos amigos comunes les invitaron a una fiesta fuera de su ciudad de residencia. Se trataba de pasar dos días, un fin de semana, en un pueblo costero de veraneo durmiendo un grupo grande en una casa alquilada al efecto. Sandra no podía ir; sin embargo, animó a Jorge a que fuera.

A la vuelta Jorge, con cara preocupada, le dijo que quería hablar con ella. Le confesó que, en el ambiente de diversión y alcohol de la fiesta, acabó enrollándose con una amiga de ambos. Luego, por lo visto, se sintió fatal y decidió decírselo. También es verdad, añadió, que prefería que lo supiera por él que por cualquiera otro (recuérdese que era un grupo de amigos comunes).

A Sandra la noticia no es que la hiciera feliz, pero tampoco se sintió dolida, engañada, indignada, ni de ninguna de las formas en que “se supone” que uno ha de sentirse. De hecho, le desconcertó un tantito no sentirse como se supone que una debe sentirse cuando su novio le dice que se ha acostado con otra. El caso es que ella le tranquilizó a él y la historia quedó como una simple anécdota (hoy siguen juntos, ya como pareja que convive).

Entre paréntesis, durante una temporada Sandra hubo de vivir el aguijoneo continuado de sus amigas y amigos quienes se sentían irritados por su reacción. Es decir, no entendían que ella no se hubiera cabreado y adoptado medidas punitivas (al menos simbólicas) como reacción a la traición de Jorge. No viene ahora al caso, pero parece ser que las posiciones de los amigos tenían diferentes matices según se tratase de un hombre o de una mujer.

Le pregunté a Sandrá que por qué creía que no había reaccionado cómo se supone que debería haberlo hecho. Me contestó que no sentía que Jorge, al enrollarse con otra, le estuviera quitando nada, que estuviera queriéndola menos.

Luego me contó que ella, algo antes de ese acontecimiento, había tenido algunos rollitos con un amigo al que veía ocasionalmente. Y pese a pasárselo bien, disfrutar, nunca había sentido que esas historias enfriaran o variaran sus sentimientos hacia Jorge.

Eso Sandra nunca se lo contó a Jorge, porque Jorge no querría oírlo.

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¿Es bonito que lo necesiten a uno/a?

Pues sí. Me lo dices (te necesito) y me gusta. Si me gusta es que me parece bonito. Es bonito (para mí) porque me gusta. Otra vez el pensamiento circular.

Ejemplo de pensamiento circular (chiste viejo): Son dos amigos; uno le dice al otro. El cura de mi parroquia es un santo, habla con Dios. ¿Cómo lo sabes? Me lo ha dicho él. ¿Y no te estará mintiendo? ¡Qué dices! ¡Cómo va a mentir un hombre que es un santo!

Así que ... ¿por qué me gusta que me necesites? Porque infla mi vanidad. Soy tan importante para ti que me necesitas. Tampoco es que no puedas vivir sin mí (no soy tan vanidoso), pero en algún grado dependes de mí.

También me gusta porque estoy condicionado para que me guste. Si yo te quiero (y te quiero) tú me tienes que querer. Y querer es necesitar al otro. Si no me necesitaras (en algún grado) no me querrías. Cuanto más me quieras más me necesitarás. Y así sucesivamente.

Querer (amar), necesitar, depender ... van el mismo saco. La etiqueta del saco es: ASÍ ES EL AMOR.

En ese saco se suele colar la POSESIÓN. Eres Mi mujer. Te quiero luego eres mía (admitiendo la inversa, por supuesto: yo soy tuyo); en todo caso, no somos de otros. A veces la posesión dura más que el amor. O a veces, cuando la posesión se quiebra descubres que no había amor. O a veces (quizás con mucha frecuencia) la posesión mata el amor.

La posesión tiene cómplices: la rutina, la seguridad. Hay varios, esto tampoco es un inventario. La posesión tiene un socio: la EXCLUSIVIDAD.

El amor de ese saco a mí no me vale mucho, al menos en esta etapa de desconciertos. Quisiera amarte (a ti y a quien sea) desde mi amor, no desde mi necesidad. Es decir, no quiero necesitarte (ni a ti ni a nadie). Quiero regalarte mi amor, pero no porque lo necesites, sino porque yo quiero. Y no quiero que me guste, que me parezca bonito, que me necesites. Aunque es verdad que me gusta.

Si te supiera tan libre que no me necesitas nada de nada (es un plan de viaje, no una condición) creo que mi amor fluiría mejor, sin las resistencias inevitables de los miedos a los sentimientos etiquetados del saco viejo. ¡Qué mal me explico!

Y si yo alcanzara a ser tan libre de no necesitar tu amor (ni el de nadie), ¡qué maravilla recibirlo como un lujo! Algo bello y limpio, brillante, tan lleno de energía, de bondad.

A lo peor pienso (más bien siento) todo esto porque no sé amar. Noto dentro de mí que se van abriendo cauces por los que fluyen sentimientos que antes no dejaba. Aun así, estoy seguro de que sigo reprimiendo ... tampoco me preguntes qué, porque no sabría explicarlo.

De todas maneras, estoy aprendiendo a dejar que fluyan. Creo que este flujo genera los propios sentimientos. El amor no se gasta dándolo. Creo que al revés. Dándolo se aumenta. Claro que no hablo del amor del saco viejo.

R rompió barreras interiores; se despidió dejando la mina que me explotó por dentro. Tú eres quien me está enseñando (aun sin saberlo) a hacer que los sentimientos fluyan. Y eso me va transformando. Te he tocado en esta fase mía. Para mí eres un milagro de la suerte ... Y tengo que aprovechar este milagro.

Me gustaría que yo a ti te valiera (te diera) una mínima fracción de lo que tú me vales. Pero eso es problema tuyo, quiero decir que poco puedo ayudarte (te reconozco que algunas frases suenan feas, pero también eso es problema de nuestros condicionamientos).

Nada más. Han sido solo pensamientos poco conexos. Hoy, mi niña, no estoy muy fino.

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lunes, 31 de julio de 2006

Osho

Llevaba unos meses oyendo referencias de Osho y, por fin, han caído en mis manos dos libros suyos. He leído ya el primero (el libro del hombre) y todavía no el segundo (el libro de la mujer). Para quien no sepa quién es (fue) Osho, consúltese wikipedia o la propia página osho.com. Pero volviendo a los libros, lo primero que sorprende es que están escritos de forma muy rara, como disconexa, "a saltos" y con iteraciones ... Eso se explica cuando te enteras de que Osho nunca escribió libros y, por tanto, los abundantes títulos que hay en español y en muchísimos más idiomas, no son sino transcripciones de sus discípulos. Vamos, un poco como Jesús y los evangelistas, con la nada pequeña diferencia de que el grado de coincidencia entre las palabras del maestro y los textos resulta mucho más fiable en el caso de Osho que en el caso de Jesús.

Otro aspecto que me ha llamado la atención es cómo arremete contra todos los sistemas de creencias más o menos "convencionales". Desde luego, los mayores palos se los llevan las religiones institucionalizadas (y especialmente el cristianismo), pero no sólo. Al final, intentando ir a lo que a mí me ha parecido la clave de su mensaje, lo que propugna es la liberación del individuo frente a todos los "deberías" y "no deberías" que conforman lo que llama la "mente colectiva". Y creo que hay una profunda verdad en esa idea. Lo que pasa, como el dice en varios pasajes, es que eso implica morir para renacer. Morir no es otra cosa que desprendernos de todas esas ideas esclavizadoras que hemos ido mamando y que tenemos tan hondamente arraigadas que creemos que son consustanciales a nuestro ser, que casi definen lo que somos.

Últimamente, tanto a través de lecturas como sobre todo de la reflexión de esta etapa mía de desconcierto, se me va (poco a poco) sedimentando la convicción de que he de desprenderme de muchas muletas, andamios, etiquetas, etc (llamémoslo como queramos) que en el fondo no hacen sino impedirme sentir y ser como me gustaría, como creo que debo sentir y ser para ser feliz. Pero a todos nos cuesta renunciar a las muletas porque creemos que sin ellas no sabremos andar, nos caeremos; y, sin embargo, al empeñarnos en usarlas, lo que estamos haciendo es prohibirnos volar.

Como es evidente, en uno de los temas en que estas muletas son más abundantes (y más ortopédicas, si se me permite insistir en la metáfora) es en la forma en que vivimos el amor. Para Osho el amor es la fuerza esencial, básica ... pero su vivencia, su expresión, nada tiene que ver con cómo estamos condicionados desde pequeñitos para vivirlo y expresarlo. Transcribo, a continuación, algunas frases del libro recién leído que me parecen pertinentes a la reflexión apenas iniciada en este blog absurdo sobre las relaciones amorosas. Van a modo de flashes que me valgan para elaborar, algo más ordenadamente, mis ideas sobre este asunto.


A un niño debidamente educado se le debe permitir crecer en amor hacia sí mismo, de forma que esté tan lleno de amor que compartirlo se convierta en una necesidad ... Entonces el amor nunca te hará depender de alguien. Tú eres el que da, y el que da nunca es un mendigo.

Si no te amas a ti mismo no puedes amar a nadie más ... El amor hacia ti mismo es una necesidad básica para tu crecimiento. Por eso te enseño a ser egoísta, que es lo natural.

La sociedad te ha dado unos ideales de cómo deberías ser. Y te lo has inculcado tanto que siempre estás olvidándote de quién eres.

El amor no es algo que haces, es lo que eres ... El amor nunca es un deber, no puede ser impuesto.

No dependas de los demás. Sé un ser independiente. Escucha tu voz interna. En el momento en que empiezas a acallar y a silenciar tu mente podrás escucharla, no es difícil ... Poco a poco empezarás a ser consciente de tu ser eterno. Entonces la idea de atención desaparece sin más. El milagro es que un día ya no necesitarás que te presten atención.

El amor (a una mujer) es importante, es una buena situación de aprendizaje, pero sólo es un aprendizaje ... Y es lo único que necesitas, conocer tu parte femenina interna. La relación (con una mujer) se convierte en un espejo ... el hombre se mira en la mujer y empieza a descubrir su propia feminidad. Y cuanto más consciente te haces de tu parte femenina -el polo contrario-, más íntegro podrás ser, más equilibrado. Cuando tu hombre y mujer interiores desaparezcan el uno en el otro, se disuelvan, cuando ya no haya separación, cuando se hayan convertido en uno solo, te habrás convertido en un individuo.

Acaricia su cuerpo, porque los cuerpos se empiezan a encoger cuando nadie los acaricia ... Mira a la persona con ojos amorosos y de repente verás cómo cambia su aura, que su cara se vuelve radiante, cómo llega más sangre a la cara, los ojos se vuelven más brillantes, brillo, inteligencia ... y como un milagro.

La familia es la causa raíz de las miles de heridas de la humanidad.

La meditación es el arte de vivir contigo mismo: el arte de vivir dichosamente solo. Si el otro entra en su vida no es una necesidad, es un lujo ... Para el hombre que no puede vivir consigo mismo, el otro es una necesidad, una absoluta necesidad ... Al ser una necesidad se convierte en una dependencia ... La dependencia es un tipo de esclavitud.

Medita, sé extático; entonces habrá, espontáneamente, mucho amor. Entonces estar con otros y estar solo también es hermoso. Además es sencillo. No dependes de los demás y no haces que los demás dependan de ti ... Te relacionas, pero no creas un matrimonio. El matrimonio surge del miedo; la relación surge del amor.

El amor no puede dominar, el amor no puede poseer.

Ama, pero no pienses que mañana esa mujer estará disponible para ti. No reduzcas a esa mujer a una esposa ... Deja que tu hombre sea un hombre y que tu mujer sea una mujer. Y no hagas que tu día de mañana sea predecible.

La meta de la vida es jugar. Jugar quiere decir hacer algo por el puro placer de hacerlo.

Mi esfuerzo consiste en destruir la mente colectiva y hacer libre a cada individuo, para que sea él mismo o ella misma.

La vida no es un castigo. La vida es tan valiosa que no puede ser un castigo, es una recompensa.

Si me amas, ¿cómo puedo esclavizarte? Si me amas, sólo me podré alegrar de tu libertad. Verte abrir las alas en el cielo hacia lo desconocido, hacia lo más lejano, hacia lo misterioso, esa será mi alegría.

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sábado, 29 de julio de 2006

Relaciones amorosas (primera aproximación)

Intentaré una primera aproximación a la clasificación de las relaciones amorosas. Como primera herramienta el diccionario; se trata de ponernos de acuerdo en el significado de los términos. Relación (en su acepción 4 de la RAE, que es la que viene a cuento): conexión, correspondencia, trato, comunicación de una persona con otra (justamente uno de los ejemplos del diccionario es relaciones amorosas). Amoroso: que siente (o manifiesta) amor. ¿Y qué es el amor? Pufff, dejémoslo sin definir porque si no nos liaríamos saliéndonos del objeto de esta reflexión. Admitamos pues que, más o menos, todos sabemos de que hablamos cuando hablamos de amor (aunque para nada sea así).

Así que me atreveré a definir una relación amorosa (en su sentido más amplio para dar cabida al mayor número posible de ellas) a toda situación, estado, etc en el que dos o más personas mantienen entre sí tratos caracterizados predominantemente por darse (y recibir) amor. Para mí, el componente básico de toda relación es la temporalidad; por eso la defino como "estado" o "situación". Es decir, en un momento dado tenemos dos personas que están efectivamente tratándose, comunicándose, relacionándose entre sí y lo que fluye entre ellas (perdóneseme la metáfora) es amor. Entonces ahí hay una relación amorosa. Si al momento siguiente la "esencia" del trato (lo que fluye) ya no es amor, la relación entre esas dos personas ha dejado de ser amorosa. Y si en otro momento esas personas no están efectivamente comunicándose entre sí, no es que no haya relación amorosa, es que no hay relación.

Obviamente, esta definición peca de excesivamente reduccionista, debido a que la observación es siempre instantánea. Con un mínimo de sentido común, y sin necesidad de renunciar a este pedante enfoque riguroso, podemos ampliarla. Observamos dos sujetos A y B durante un tiempo suficientemente largo para concluir si entre ellos hay o no relación amorosa. Ese periodo de estudio lo podemos dividir en tres tipos de intervalos temporales T1, T2 y T3. Llamemos T1 a la suma (en unidades de tiempo) de los momentos en que esas dos personan se están efectivamente relacionando de forma predominantemente amorosa, T2 a cuando se están relacionando de forma no predominantemente amorosa y T3 a los ratos en que simplemente no se relacionan entre sí. Una solución muy simplista sería cuantificar la relación mediante alguno de los cocientes entre estas tres medidas temporales. Veámoslo con algunos ejemplos.

Supongamos que T es un año; o mejor, las horas de ese año "disponibles" por término medio para relacionarse (es decir, excluyo como mínimo las horas de sueño y otras en las que el ser humano no está en condiciones de relacionarse de ninguna forma). Cuantifiquemos, por tanto, respecto a 14 horas diarias, 5.110 horas anuales. Pongamos dos "parejas". La primera sería un matrimonio "convencional" ; conviven juntos y se relacionan efectivamente entre sí (se miran, se hablan, se tocan, piensan el uno en el otro, etc) 7 horas al día (que ya es mucho); y de esas 7 horas digamos que 1 es de relación amorosa. La segunda pareja podría ser la de unos amantes clandestinos; se ven 4 horas a la semana, pero contando los mensajitos y pensamientos enamorados entre ellos, la relación amorosa puede incrementarse en otra hora diaria al menos; en resumen, 1,5 horas al día de relación amorosa y 12,5 horas de no relación.

La distribución de T en porcentajes para los dos casos esquematizados sería la siguiente: Matrimonio convencional: 7%, 43%, 50%; Amantes clandestinos: 11%, 0%, 89%. Es decir, en principio y suponiendo que ambas relaciones se mantienen durante el mismo año de observación, los amantes clandestinos tienen una relación amorosa "más intensa" (medida en el tiempo en que efectivamente se están amando) que la pareja casada. Sin embargo, como es obvio, la relación (sin adjetivos) de la pareja casada es mucho más intensa (también en tiempo efectivo de trato) que la de los amantes.

Imaginemos ahora que las dos relaciones comparten a un sujeto; es decir A está casado con B y, además, tiene a C como amante. El matrimonio de A y B dura 10 años y en medio de este periodo se inicia, se vive y se acaba la relación clandestina de A con C (que, por tanto, no rompe la relación matrimonial). Es previsible que durante el año de amante A "reduzca" la intensidad de su relación amorosa con B (y como reacción natural, es posible que B también la reduzca hacia A, más o menos en función de como perciba y se explique la reducción de B) y, inversamente, la viva intensamente hacia C, su amante. En ese año, la distribución percentual de los tres intervalos temporales puede resultar mucho más desequilibrada que la del ejemplo anterior (pongamos 3%, 36%, 61% en el caso del matrimonio y 30%, 0%, 70% en el caso de los amantes). No sería extraño pues que en ese año la intensidad de la relación amorosa de los amantes fuera hasta 10 veces mayor que la del matrimonio, aun cuando siempre la relación total (amorosa y/o no) sería mayor en el matrimonio (40% frente al 30%). Sin embargo, si lo cuantificamos para el lapso total de los 10 años, las intensidades amorosas, por mucha pasión que hubiera habido en ese año de amantes, se equilibran o, lo que es mucho más lógico, sale ganando la del matrimonio porque al desaparecer la amante es previsible que aumente la dedicación amorosa hacia el cónyuge.

Todo depende pues del tiempo de observación, aunque esto sea irrelevante para los protagonistas de las relaciones, que perciben en cada momento lo que están sintiendo, si bien en ese sentimiento "instántaneo" influye (como un poso) el tiempo anterior y los sentimientos que se han tenido.

En fin, todo esto no es más que un divertimento, que nadie se piense que de un mero ejercicio cuantitativo se pueden sacar conclusiones mínimamente válidas (yo mismo en un siguiente post me dedicaré a contradecirme). Sin embargo (allegro ma non troppo), las tonterías anteriores me valen como introducción para aproximarme hacia el tema del que quiero hablar y que no es otro que los distintos tipos de relaciones; es decir, las diversas formas de dar y recibir amor y cómo somos (o no) capaces de vivirlas, aceptándolas o negándolas. Muy pretencioso, ¿verdad? Pero escribo desde mi desconcierto y porque me interesa aclararme a mí mismo. En este caso, además, a partir de una conversación con K hace unos días en un pueblito del Lazio que me ha vuelto a la cabeza tras leer el último post de Elvira y, sobre todo, los comentarios al mismo.


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viernes, 28 de julio de 2006

Tatuajes

Parece, por lo que se ve en la calle, que en los últimos años se ha extendido tremendamente la afición a tatuarse. Hasta hace relativamente pocos años, al menos en estas islas turísticas, casi los únicos tatuajes que veía estaban en las pieles de guiris mayoritariamente británicos y mayoritariamente de baja extracción social, cultural, etc. Ahora en cambio un porcentaje altísimo de gente joven (pongamos menores de 30) tiene algún tatuaje; y muchos son tatuajes grandes y llamativos, por no hablar de quienes llevan cubierta de tinta una altísima proporción de su piel.

Busco en Internet donde, como no podía ser de otro modo, hay infinidad de páginas sobre tatuajes. Parece ser que el interés de la gente joven por el tatuaje se inicia en España en la década de los 80, asociado a “culturas urbanas” específicas. Puede ser, pero yo, que a inicios de los 80 estaba en mis primeros 20, no recuerdo que fuera un fenómeno muy generalizado. En aquellos años de la “movida madrileña” (era en esa ciudad donde estaba) había ciertamente chavales que se vinculaban a estéticas concretas (asociadas con su correspondiente estilo musical) y que recurrían a tatuajes. Pero creo (así lo recuerdo) que quienes se tatuaban eran minoría y, además, los tatuajes eran relativamente discretos.

Por tanto, lo que tengo bastante claro es que la proliferación del tatuaje, que haya pasado a ser algo habitual (una opción frecuente y bastante generalizada) no ha coincidido con la etapa juvenil de mi generación. Aclaro esto porque con toda seguridad mi disgusto estético ante el tatuaje se explica por las connotaciones negativas que el mismo tenía en mi juventud. Pero, sea por lo que sea, lo cierto es que la mayoría de los tatuajes me parecen un afeamiento del cuerpo que los porta. Supongo que quien se tatúa lo hace, entre todas las demás y múltiples motivaciones que pueda tener, porque se gusta más con el tatuaje y supongo también que porque la gente de su entorno gusta de los tatuajes. Efectivamente, en uno de los foros de tatuaje que he visitado, algunos usuarios se refieren al tatuaje como elemento embellecedor, incluso como que contribuye a la atracción sexual. En mi caso (y salvo muy contadas excepciones) no es así. Veo una chica que me erotiza, le descubro un tatuaje y ... No es que deje de gustarme, pero me quedo con una sensación de rabia, de que han estropeado algo tan bonito.

Pero en fin, cada uno puede tener sus gustos, aunque tengo muy claro que los gustos, como casi todo, está condicionado exteriormente, así que cabría dudar hasta que punto nuestros gustos son de verdad nuestros ... ¡Qué más da! Lo que de verdad me intriga es la atracción que causan los tatuajes; es decir, por qué atrae tanto marcarse de forma indeleble. Está bastante claro que no se trata simplemente de decorar tu cuerpo con fines estéticos o de identificación grupal (tribal) o cualesquiera otros. Si así fuera, los que proliferarían serían los tatuajes temporales (los de henna, las calco o los más recientes solares). No, de lo que se trata es de marcarte para siempre y, además, mediante un proceso doloroso (aunque bastante soportable).

E intuyo que esa atracción por marcarse indeleblemente obedece en el fondo a motivaciones muy emparentadas con las de los primeros pueblos que se tatuaban. Y esas motivaciones (fueran ceremoniales, de identificación grupal, supersticiosas-religiosas, etc) están, a su vez, muy relacionadas con el miedo existencial del individuo humano. El tatuaje, como tantos otros comportamientos y prácticas simbólicas, es (me parece) un medio para no afrontar la individualidad.

Se me dirá que estoy desbarrando, imagino. Como es probable que algún lector esté tatuado, estoy seguro de que me dirá que sus motivaciones para nada tienen que ver con lo que digo. Tampoco me siento ahora con gana ni capacidad de extenderme en la argumentación; sin embargo, no creo que ande muy errado. Aun así, me encantaría que quienes estén tatuados y tengan ganas de reflexionar sobre sí mismos, me expliquen sus motivaciones. Y, en especial, el por qué han querido hacerse una marca permanente en la piel.

A mí es justamente el carácter de indeleble lo que me repugna. El decidir voluntariamente, en un momento de tu vida, llevar algo para siempre. Para mí es simbolizar la inmovilidad, echarte un lastre (simbólico, que a veces son los más pesados) sobre tu individualidad, limitar tu evolución, tu crecimiento. ¿Qué necesidad hay de imponerse uno mismo algo así? Ninguna, me dirán, pero ahí está la fuerza atractiva del tatuaje ... Pues para mí, ninguna atracción, más bien al contrario. Pero tiene que haber gente pa todo ...

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido
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domingo, 9 de julio de 2006

Ce ne andiamo

Que traducido es: Nos vamos. Nos vamos a Italia, a desconectar y, por tanto, desconectados. Volveré a escribir en este blog a finales de mes. Hasta entonces, pasear por Roma y luego recorrer en un cochito el Lazio (i castelli romani, Tivoli, Rieti, Terni, Narni, Bomarzo, Viterbo, Orvieto, Ostia, Terracina, Gaeta, Formia, Montecassino ...) Suena bien, ¿verdad?

Confíemos en que no haga demasiado calor (vana esperanza). Pero ni el calor impedirá que me lo pase de maravilla ... Y luego Agosto, ya de vuelta, con el propósito de empezar a cerrar los flecos que se estiran demasiado. Habrá tiempo para hablar de ellos.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas
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miércoles, 5 de julio de 2006

Agobio laboral

Pues eso: qué vaya última semanita previa a nuestro viaje. Todo son presiones y requerimientos imposibles. Y lo peor es que sé que el trabajo que se nos exige es inútil. Simplemente se necesita que estén nuestros informes en los expedientes, digan lo que digan, porque en el fondo no importa nada, salvo cumplir el trámite. En estas condiciones es difícil mantener la moral, es casi imposible no frustrarse, no cabrearse.

Mi ventaja es que ya soy perro viejo y, además, estoy forrado con traje de seguridad. Por decirlo claro, no me pueden hacer prácticamente nada y eso te da una notable sensación de seguridad. Para ser más precisos, sí podrían tomar represalias (y sé de más de uno a quien incomodo que le gustaría), pero no se atreven, se les vería mucho el plumero. Por otra parte, en mi fuero interno, casi hasta me apetece que las tomen, que me den una excusa para mandarme mudar.

Quienes conmigo trabajan lo pasan algo peor; son más jóvenes, están menos afianzados en este mundo, su seguridad es menor. No obstante están dando el tipo con nota alta y eso que, a veces, les trato con dureza, les exijo sin los convenientes paños calientes (sé usar, cuando es necesario, el puño de hierro, pero suelo olvidarme del guante de seda). En todo caso, me gustaría pensar que se sienten amparados por mí, que no fallo cuando hay que dar la cara para defender la integridad del grupo. En fin, estamos en una punta y es inevitable que los ánimos no sean todo los serenos que deben, pero estoy convencido que estos agobios no resquebrajan la amistad del grupo.

El caso es que ahora estoy agotado. Ya son unas cuantas noches de dormir menos de lo debido, ahora que había empezado a recuperar mi habitual sueño corrido (el de antes de la crisis) y me noto cansado, con la cabeza a punto de explotar. Pero quedan sólo dos días: el jueves y el viernes. Mañana, la ponencia técnica, en la que se aclararán varias incógnitas (entre otras hasta dónde son capaces de llegar estos políticos impresentables que nos gobiernan); visita al estudio de J para organizar las tareas durante mi ausencia; revisar y terminar el informe de S. El viernes, acabar el informe de C e informar al consejero de la situación: compromisos cumplidos. Y despedirme de los compañeros hasta finales de julio.

En mi ausencia habrá acontecimientos relevantes para bien o para mal ¿triunfarán las fuerzas del lado oscuro o las del bien? Si hubiera sabido hace un par de meses que el mes de julio se iba a presentar así de movidito no habría reservado el viaje para estas fechas. Pero lo hecho, hecho está y seguro que es para bien. De momento ya es un primer paso hacia uno de mis objetivos a corto plazo: aprender a deshabituarme de mi adicción profesional, aflojar en mi dedicación laboral y llenar mi vida con tantas otras cosas que (siendo más importantes) he descuidado.

Así que ánimo, que ya casi no queda nada. El lunes a coger un avión hacia Roma con parada intermedia en Girona. Y a pasear por la ciudad eterna y a recorrer el Lazio. Que con tanto agobio ni tiempo me está dando para pensar en lo bien que lo vamos a pasar; voy a tener que enterarme de golpe.


CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas
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domingo, 2 de julio de 2006

¿Compartir el amor?

Hablando ayer con K salió a colación algo que leí hace unos días en El País. Era un reportaje sobre unos nuevos (o no tan nuevos) sistemas de registro de los derechos de propiedad intelectual; creo recordar que en inglés se llaman "copyleft" en vez de "copyright". No voy a extenderme sobre ese tema; lo que me interesa es que, al referirse a la problemática de apropiarse de lo "virtual", de lo intangible, el reportaje se remontaba a San Agustín (creo) que llegó incluso a establecer una máxima moral sobre el asunto. Si no recuerdo mal, era algo como que no es lícito poseer en exclusiva un bien que no se minusvalora compartiéndolo. O dicho a la inversa, es éticamente imperativo compartir libremente los bienes intangibles, cuyo valor no disminuye (por el contrario, las más de las veces aumenta al ser compartido).

Obviamente hablamos de la información (en su más amplia acepción). Si yo tengo una idea (o sé algo) y te la doy, no dejo de tenerla; aumentamos la "riqueza global" sin coste alguno. Viene entonces la famosa metáfora de la llama (el conocimiento es luz): si tu vela está apagada y la enciendo con la llama de la mía, no pierdo luz y tú ahora tienes. Naturalmente, en el campo de los derechos de autor en una sociedad como la nuestra, el tema no es ni mucho menos tan poético. Al fin y al cabo, si mi trabajo consiste en encender llamas, si las comparto gratis seguiré iluminado pero sin un duro.

Pero el tema me vino a la cabeza en la conversación con K a propósito de la relación de pareja, de la exclusividad del amor entre ambos (tópicamente denominada fidelidad). Está claro que no he comprado el amor de mi pareja; tampoco parece que el amor que tiene (de cuya fuente proviene el que me da), disminuya si ama a más personas. Por tanto, San Agustín dixit, debería darlo a quien se lo pidiera, a quien lo necesitara, a quien ella quisiera.

Buen sofista estoy hecho, me dirá más de uno/a. Apunto sobre la marcha una posible objeción: en la mayoría de los casos, si mi pareja da amor a otro suele disminuirse el amor que me da a mí. Pero (recontraobjeción), ¿esto es así siempre u obedece más bien a una programación sociocultural? Sobre esta cuestión (que no tengo nada clara) me gustaría reflexionar algún día.

En todo caso, la objeción anterior está mal planteada (siempre en este plano teórico en que a propósito me estoy moviendo). Porque el poseedor del amor no es el que lo recibe, sino el que lo da. El amor que uno tiene (la capacidad de amar) no creo que disminuya dándoselo a más de uno. Lo que sí es cierto es que puede variar las formas con las que se expresa ese amor al otro. Básicamente porque esa expresión se desarrolla en el tiempo real, mediante actividades de la vida ... y no hay tiempo para todo (o para todos).

Pero en fin, en el fondo el conflicto práctico no está en el amor que uno tiene, sino en lo mucho (¿demasiado?) que nos importa y afecta a cada uno de nosotros que la persona a la que amamos ame a otros, aunque nos ame. La conclusión inmediata es que entonces no nos ama. Y volvemos de nuevo a tocar la duda ya mencionada sobre la programación sociocultural (¿o no?) que, en este caso, creo que se relaciona mucho con nuestros miedos e inseguridades. Puuuf, todo muy complicado. No obstante, creo que merece la pena profundizar en nosotros mismos, atreverse a desmontar apuntalamientos hechos de tópicos que quizás creamos que nos protegen pero intuyo que lo que hacen es limitarnos, dificultar nuestro mejoramiento y, al cabo, nuestra felicidad.

¿Demasiadas chorradas en un solo post?

Otro cuadro de Nicoletta (¡cómo me gusta su obra!)

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
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jueves, 29 de junio de 2006

Libros que disfruto y olvido (o casi)

Leo mucho; desde siempre, desde muy pequeñito he leído mucho. Leo mucho, obviamente, porque me lo paso muy bien leyendo. Por eso, tengo la mala tendencia a leer con avidez, a veces en diagonal, saltándome partes del texto. Será también que sé que disponemos de tan poco tiempo y tenemos tantas cosas que leer ...

Quizás como consecuencia de mi glotonería lectora, resulte que me cuesta mucho recordar los detalles (y no tan detalles) de los libros leídos. Acabado un libro, y una vez leídos los cinco o seis siguientes (lo que suele equivaler a un mes después), se me queda tan sólo el argumento general (de qué va) y una valoración sintética del mismo (me gustó o no, mucho o poco).

Cuando ocasionalmente (no es demasiado frecuente) me encuentro con personas que gustan de la literatura y además son aficionadas a hablar de libros, descubro que la mayoría de los que comentan los he leído, pero que me cuesta hablar sobre ellos con un cierto detalle, sobre todo si están algunos años lejanos en el tiempo. Después de esas charlas, de vuelta en mi casa, busco el libro en mi biblioteca (cuando lo tengo) y lo hojeo, Esa relectura a picoteos va despertando recuerdos almacenados que se convierten con frecuencia en ganas de volver a leerlo; al menos, algunos párrafos.

Desde hace mucho tiempo he pensado que, al acabar un libro, debía obligarme a escribir un breve resumen, que se pudiera consultar rápidamente para convocar los recuerdos. Incluso algunas veces hice esta tarea. Ahora resulta que existen páginas de internet en las que lectores han ido haciendo esto. Pues nada, me dedicaré a buscar los resúmenes de mis lecturas hechos por otros ... a ver si sirven para convocar recuerdos.

Este post tiene que ver (me doy cuenta al terminar de escribirlo) con una de mis ansiedades viejas: cómo se disuelve nuestra memoria, cómo cuesta convocar los recuerdos. Y al fin y al cabo, nuestra identidad es nuestra memoria. Por eso siempre ando buscando magdalenas de Proust.


CATEGORÍA: Literaturas
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miércoles, 28 de junio de 2006

¿Pudorosos con la intimidad?

Empecé a escribir en este blog el 20 de febrero; es decir, hace ya cuatro meses. Lo inicié casi jugando, como una prueba, tras haber descubierto este mundo de los blogs (la blogosfera, la llaman, creo); o sea: culo veo, culo quiero. Enseguida comprobé que era una herramienta más de la que podía valerme en esta etapa de cambio, de desconcierto, que estoy viviendo. Ya llevaba unos meses escribiendo más de lo habitual; me hacía bien poner por escrito las cosas que se me pasaban por la mente, como si el verlas negro sobre blanco las ordenara en mi cabeza, me ayudara a entenderlas y, por atnto, a entenderme. Pero, ¿por qué pasar esos escritos a la red sonde son susceptibles de ser leídos por otros?

Me imagino que la respuesta es muy similar en todos los que escriben blogs y, de hecho, algunas he leído al respecto. Evidentemente hay un deseo (anque esté hecho de sensaciones varias, a veces contradictorias entre sí) de hacer públicos tus sentimientos, de contar lo que te pasa ... Y, evidentemente también, hay un deseo de que esas "confidencias íntimas" (qué pedante) encuentren algún oido y, todavia mejor, alguna respuesta. También creo que, al menos en mi caso, es un entrenamiento consciente (y controlado) para aprender a desnudarse, a expresar lo de dentro, a sacarlo.

Digo "controlado" porque el riesgo es mínimo. Soy anónimo; quienes llegan a mi blog lo hacen por enlaces de comentarios míos a otros blogs o, los menos, por casualidad. No nos conocemos. O mejor, podemos irnos conociendo desde lo que contamos, muy pausadamente, sin las expectativas y condicionantes que impone la vida "normal". No obstante, ya desde el principio, hubo alguien que sabía de este blog y con quien mantenía una relación que había alcanzado un grado importante de confianza y cariño. No la conocía en persona, sin embargo, pero fue el interlocutor que tuve en mente al escribir esos primeros posts. Nuestra relación acabó (todavía no entiendo bien por qué: algún día escribiré un post a propósito) y estoy casi seguro de que ya no visita esta página.

Luego le pasé la dirección del blog a dos personas más a quienes también conozco. En ambos casos se trata de amigas que había conocido recientemente y que, obviamente, me caían bien. Sin embargo, a ningún amigo/a de viejo (de los que tengo de antes de mi separación) le he hablado del blog. Sólo hay una excepción y es L.

¿Cómo me explico esto? Creo que el motivo es que no me siento cómodo (todavía) enseñando estos desconciertos míos a quienes me conocen (y me quieren) bien desde hace tanto. No estoy preparado para dejarme ver cómo soy o, mejor dicho, como estoy aprendiendo a ser. Y, desde luego, quien menos querría que viese este blog es R. L es una excepción porque seguramente, de todos mis viejos amigos, es en quien he tenido más confianza, con quien me siento menos vulnerable, más seguro de que no me juzga. Y, además, está muy lejos.

Veo perfectamente que lo que hago es inseguridad de mi parte. Pero, al mismo tiempo, intuyo que iré desprendiéndome de ella poco a poco, como maduran los frutos. De hecho, mientras escribo voy repasando a los amigos a quienes quiero y pienso en algunos a los que, quizás, en breve les comentaré de este blog. Aun así, no deja de ser algo que pertenece a mi intimidad y que quiero desvelar con las adecuadas dosis de prudencia y con sus "instrucciones de uso".

En fin, no me enrollo más. Este post ha venido motivado porque ayer hablé con Elena, una de esas dos personas que conozco desde hace poco y que sabe de este blog. Le pregunté qué le parecía y la noté algo violenta. Me dijo que le parecía que exponía mucho mi intimidad y que ella nunca sería capaz de dejar que escritos así fueran vistos por personas con las que no tuviera muchísima confianza, que no conociera "de toda la vida". Tengo que decir que tampoco creo que esté desnudándome en exceso (me queda mucha ropa por quitarme) pero, en todo caso, lo cierto y lo curioso es que a mí me ocurre lo contrario que a ella en cuanto a con quienes funcionan más los pudores.

Me encantaría que blogueros con mucha más experiencia que yo me comentaran al respecto.


PS: La imagen que acompaña a este post es un acrílico sobre lienzo denominado "de mayor quiero aprender a ser pequeño" de la serie "Las Ventanas del Alma" de Nicoletta, una pintora residente en Valencia. El título de la serie es muy adecuado para el tema de este post y también me gusta el título del cuadro concreto. Pero, en el fondo, no son sino excusas para poner una pintura de esta chica, descubrimiento reciente gracias a un blog (del que ahora no me acuerdo) y que me parece sensacional. Recomiendo a quienes esto lean que visiten su página.

CATEGORÍA: Blogs e Internet
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lunes, 26 de junio de 2006

Máscaras masculinas

Cuando R se fue de casa, poco después de destaparme de golpe nuestra crisis (la que yo no alcancé a evaluar en su real dimensión), pasé unos meses muy malos. Lo que más necesité entonces fue hablar, que me escucharan y, sobre todo, que me hicieran sentir que podía comunicar mis sentimientos, que había un canal abierto entre mi interlocutor y yo.

En esos meses hubo varias amigas que posibilitaron que esa necesidad mía fuera cubierta y, consecuentemente, contribuyeron muy mucho a que sobrellevara el dolor y, muy especialmente, a que ese dolor fuera el motor de una transformación para mejor. Amigas a quienes ya conocía (Paula, Esther, Laura, Carmen, Aria, Elena ...) y otras a quienes justamente conocí con motivo de la crisis (Elena, Eva, Adriana, Maricarmen ...); con todas ellas, aunque en distintas medidas y con distintos matices, logré una intimidad comunicativa que nunca (creo) he tenido con hombres.

También hablé con dos o tres amigos. Yo mismo, ya de entrada, descarté a varios de mis amigos como interlocutores; estos dos o tres eran los que están más cerca de mi intimidad ... ¡y aún así! Los hombres (salvo en el estado de efusividad alcohólica) nos sentimos muy incómodos cuando otro hombre nos desnuda (o lo intenta siquiera) su intimidad. Y eso aun a pesar de que, estoy seguro, lo que yo estaba pasando y sintiendo eran cosas que estos dos o tres amigos habían pasado y sentido.

Puestos en el trance en que los puse, estos amigos me "aconsejaron", me dijeron lo que tenía que hacer. No decían exactamente lo mismo (al fin y al cabo, el qué no era, ni entonces ni ahora, lo importante), pero adoptaban una actitud similar: eludían el ponerse a mi lado, compartir mi emotividad, hacerme ver que la entendían y, en cambio, me daban instrucciones de acciones que debía acometer, pasos a dar. Evidentemente, va en nuestro carácter (el de los hombres) la dificultad para compartir sentimientos y la tendencia a ofrecer soluciones prácticas.

Pero este ser así de los hombres (y de las mujeres) no es porque unos sean de Marte y las otras de Venus, sino el resultado de una diferenciación de los roles sociales que tiene una base biológica y adaptativa (muy poco funcional en los tiempos actuales). El caso es que los varones "aprendemos" a definirnos como tales a costa de ir reprimiendo nuestras emociones o, al menos, la expresión natural de las mismas. Y nos vamos colocando máscaras con las que nos mostramos a los demás e incluso a nosotros mismos.

Estas máscaras son muy útiles, mientras las cosas vayan tranquilas, mientras uno pueda vivir sin dar suelta a sus emociones. Pero, por suerte, la vida suele darte los palos necesarios para que reacciones, para que crezcas por dentro; y cuando eso ocurre, hay que empezar a quitarse las máscaras. Lo que pasa entonces es que, como en algún cuento que ahora no recuerdo bien, la máscara se ha adherido a la cara y resulta muy difícil despegarla.

La verdad es que no es demasiado fácil ser tío. Me dirán que no tenga cara, que mucho más jodido es ser mujer. No estoy comparando, no se trata de eso. Simplemente, estoy pensando en las estúpidas cargas autoimpuestas de la masculinidad que, al fin y al cabo, se traducen en limitaciones que no hacen sino dificultar la felicidad. Y de todo esto puedo hablar, extensa y profundamente, con amigas pero ... ¡cuánto cuesta hacerlo con amigos! Me viene ahora a la cabeza la conversación de hace una semana con P: sin atreverse a decírmelo expresamente, lo que buscaba era abrirse, dejar al descubierto sus emociones y sentimientos.

Deberíamos a aprender a construir un nuevo tipo de amistad entre hombres, aparcando los miedos, recelos, burlas y demás lastres machistas y competitivos. Creo que aprenderíamos mucho de quienes viven emociones y problemas muy similares. Y creo que una amistad mucho más abierta entre tíos contribuiría enormemente a relacionarnos con las mujeres. Pero queda mucho por andar en esa dirección ...


CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
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jueves, 22 de junio de 2006

Mojándolo todo

Me acabas de enviar un sms y me cuentas que has estado releyendo posts antiguos de este blog. Has oído el Contigo de Sabina cantado por Niña Pastori, que subí en un post escrito para ti (recuerdo que fue por las vacaciones de semana santa, ¿te acuerdas?).

Hace tiempo que no subo canciones y tu mensaje me incita a ello. Esta mañana escuchaba el CD de Aute (Auterretratos) en el que recopila sus "grandes éxitos" en versiones nuevas, algunas sorprendentes, sobre todo en los arreglos. Y, aunque ya la conocía, creo que es la primera vez que atiendo detalladamente a la letra de "Mojándolo Todo". Es una canción erótica basada en un poema de Paul Eluard; y es preciosa, sugerente, excitante, lírica, húmeda (por supuesto). Qué mejor que dedicártela ahora, recordando esta tarde.

Por cierto (para que me maldigas de nuevo) Eluard fue un poeta surrealista que se casó, muy jovencito, con Gala. Ambos visitarían a Dalí y el pintor se enamoraría locamente de la musa, quien abandonaría al poeta. Esta mañana he buscado el poema francés que inspira a Aute, pero no lo he encontrado. Ya aparecerá; entre tanto, lée la letra y escucha la música y, sobre todo, disfruta.


Mojándolo todo - Luís Eduardo Aute (Auterretratos, volumen 1, 2003)


Tendida,
con los muslos como alas abiertas,
dispuestas al vuelo.. me incitas,
me invitas a viajar por lácteas vías
y negros agujeros levemente desvelados
por tú mano que juega
con pudores y sudores enjugando
entre pétalos de carne, el estigma
de tu flor más desnuda,
Mojándolo todo...
Volando por universos de licor.

Húmedas llamas
los labios que con tus dedos
delicadamente delatas, dilatas para mí,
mostrándome, obscena la cueva del milagro
por donde mana el líquido rayo de la vida,
incandescente fuente, lechosa lava,
salpicaduras de agua profunda que inunda
Mojándolo todo...
volando por universos de licor.

Mi boca
besando tus labios incendiados
se dispone a beber en tu cáliz de polen y licor
y, entre zumos y zumbidos de olas y alas,
libidinosamente libar el néctar
de la flor de tus mareas...
lamiendo la miel salada que te fluye
y quema mi lengua que vibra,
lasciva, entre savia y saliva
mojándolo todo...
volando por universos de licor

Mis alas
de cera batiendo combatiendo tu fuego
en oleadas de ardientes espumas y plumas
e Ícaro volando tan alto, tan alto...
que a punto de entrar en el jardín del Edén,
fundido su vuelo por tu derramado sol,
cae, como el ángel exterminado,
al mar de los naufragios,
mojándolo todo...
volando por universos de licor.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas
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Conversación con P

El lunes pasado almorcé con P. Hacía tiempo que no nos veíamos y hacía bastante más tiempo que no teníamos ocasión de hablar relajada y largamente (desde bastante antes de mi separación). Tenía ganas de hablar P, tenía ganas de poner sobre la mesa de ese restaurante de pueblo en que sólo estábamos nosotros dos sus desazones que callaba.

Gran parte de la conversación paseó por su matrimonio. A medida que entraba en calor, que íbamos encajando las piezas de la confianza, fue disparando los flashes que reflejaban, aunque fuera en destellos puntuales, su mar de fondo. Quiere a M y M le quiere a él, pero ya no hay pasión, la cotidianeidad agobia en exceso (ambos trabajan y mucho), las tres niñas son una presencia continua y castradora. Por cierto, M lleva un retraso (muy corto todavía) y tiene náuseas. P me dice que no puede ni concebir tener un cuarto hijo, siente pánico ante esa posibilidad.

Las cosas que me contaba me iban dibujando una imagen hasta cierto punto parecida a la de mis últimos años de matrimonio. La principal diferencia: que entre ellos se mantiene la cadena fuerte de las responsabilidades paternales compartidas. La principal semejanza: que la comunicación va desvaneciéndose cada vez más.

Hablamos un buen rato sobre su vida sexual (y también sobre la mía: la actual y la de mis últimos años matrimoniales). En este aspecto se centran varias de sus insatisfacciones. De esas insatisfacciones no habla con M; de hecho, follan apenas una vez al mes. Tampoco mi ex-mujer y yo hablábamos de sexo, y dejábamos que la resignación se fuera imponiendo, que la libido fuera apagándose; en los últimos años, el sexo era poco más que un desahogo ocasional y meramente biológico.

El día anterior había visto una película que es una obra maestra sobre la incomunicación (no estoy hecho para ser amado). Un hombre que deja que su vida transcurra sin ser capaz de expresar sus verdaderos sentimientos; pero ni él ni los personajes con los que se relaciona. Hay una escena brillante, en la que dialoga con la mujer a la que ama (y por la cual es amado) y ninguno de ambos es capaz de decir lo que siente, lo que verdaderamente anhela. ¡En qué gran medida es nuestra gilipollez, nuestra incapacidad de comunicarnos (miedos y pudores absurdos), la causante de nuestra infelicidad!

Pensaba en la película, pensaba en mi propia torpeza comunicativa y emocional, pensaba en la bobería consustancial al ser humano ... pensaba en todas esas cosas mientras P me contaba que se estaba planteando aventuras extraconyugales, que necesitaba recursos externos antes de la resignación abúlica a la que se veía encaminado. Y le dije (¿qué otra cosa le iba a decir?) que buscara esos recursos con M.

Que hablara con M, que le propusiera dedicarse mutuamente tiempo, que ambos se lo tomaran como un deber, como algo que habían de hacer. Que organizara escapadas periódicas, frecuentes. Tienen una chica que se ocupa de los niñas, así que ... ¿por qué no marcharse todos los sábados solos a ocuparse el uno del otro? Y en esas escapadas, vivir las fantasías que no se atreve a plantearle a ella ... En fin, tomarse en serio el divertirse juntos, el recuperar la complicidad, el erotismo. Y sin ponerse límites.

Luego, ya yo solo en el tren, pensaba en lo claras que se ven las cosas después de haberlas vivido (habiendo hecho lo contrario de lo que ahora aconsejo).

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras
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miércoles, 21 de junio de 2006

¿La abstención deslegitima los resultados electorales?

Obviamente, la pregunta viene a cuento de las declaraciones de los peperos tras los resultados del referendum sobre el Estatuto catalán (ya sé que se me ve el plumero). Creo que la respuesta es también obvia: NO. Al menos, de momento NO. La democracia exige que haya plena libertad para decidir y también –lógicamente- para abstenerse de decidir. Por tanto, quien se abstiene está implícitamente aceptando la decisión que resulta de los que participan. Por supuesto, podríamos empezar a matizar, pero no procede a los efectos de mi argumento.

Los referenda (ya se sabe) suelen tener poca participación, salvo que se trate de temas candentes y concretos. Si la abstención es grande, entiendo que los políticos deberían tomar nota: es posible que el asunto no interese demasiado a los ciudadanos (por ahí van los tiros de Rajoy). Pero cuidado con las conclusiones simplistas y apresuradas; a lo mejor la abstención es debida a otras causas. Me acuerdo ahora del intenso debate social, en la calle, con motivo del referendum sobre la integración de España en la OTAN (marzo del 86). Sin embargo, la abstención fue del 40% y estoy seguro (ya sé que mi seguridad personal no vale para nada) de que muchos de los que se abstuvieron no lo hicieron por desinterés.

Ciertamente, cabría plantearse que para aprobar algo que se considera muy importante se requiera el voto afirmativo de al menos el 50% del censo electoral. Creo que, con motivo de este referendum catalán, Convergencia pidió algo así. Pero hay que pensar este tipo de reglas con cuidado, so pena de arriesgarse a la paralización del sistema electoral. En todo caso, lo cierto es que no se aprobó ninguna regla de este tipo y, por tanto, aunque la abstención fuera del 70% (porcentaje alcanzado en las elecciones norteamericanas alguna vez) los resultados son siempre absolutamente legítimos.

Creo que hay que evitar declaraciones deslegitimadoras; pienso que los políticos deberían cuidarse mucho de esas simplificaciones manipuladoras y demagógicas. Las hacen, sin duda, porque saben que de esa manera están provocando esos instintos tan “españoles” de la mala leche: cómo nos gusta dramatizar y exagerar; qué aburrido resulta reflexionar calmadamente, matizar, ponderar. Venga, coño, vamos todos a romper España. Como recordatorio final dedicado a Rajoy: para ser coherente con sus últimas declaraciones debería proponer el cuestionamiento de la integración española en la OTAN, toda vez que en el 86 sólo 3,1 de cada 10 españoles votó a favor (la reforma del Estatut, al menos, la apoyan explícitamente 3,7 de cada 10 catalanes). Y ya puestos, quizás debiera volverse a someter a referendum la conformación de Galicia como Comunidad Autónoma, ya que en el referendum de su estatuto más del 70% no fue a votar y sólo 1 de cada 5 gallegos mostró su conformidad.

Pero ... ¿qué más da? Si todo forma parte del circo.

PS: Este blog no está dedicado (hasta ahora) a sembraos políticos. Pero sí a lo que se me ocurre a raiz de lo que me ocurre. Y este post obedece a una pequeña reflexión después de leer las reacciones tras el referendum y comprobar los efectos (nocivos) de las mismas en personas muy queridas. Sería fantástico, en todo caso, que el debate político en este país tuviera un poquito más de nivel; sería fantástico que los políticos no taparan con telarañas la lucidez, que contribuyeran a aclarar, a la convivencia. Qué ingénuo soy, verdad?

CATEGORÍA: Política y sociedad
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martes, 20 de junio de 2006

Un amigo

Yo tenía sueño cuando empezó a escribir, así que no me acuerdo bien. Escribía con bolígrafo rojo y a cada rato (cada diecisiete segundos, me dijo) se olía los dedos índice y pulgar de la mano izquierda. Trataba de sistematizar sus dudas (¿ya hace tantos años?), pero recordó que al día siguiente debía asistir a la clase de las 8. Siguió, no obstante, escribiendo, a pesar de mis bostezos, a pesar de su nada. ¿El que la tinta roja sea más fluida que la negra redundará en una literatura más espontánea, más directa? No tenía nada que decir y para hacerlo llevaba escritas apenas diecisiete líneas; con eso no iba a ninguna parte.

Nos conocimos en el colegio; es decir, nos conocíamos de toda la vida. Él quería ya entonces ser escritor y yo siempre tenía sueño. Compartimos un profesor noruego y sordo; asistimos a un seminario de análisis literario impartido por un tipo medio chalado que explicaba teorías combinatorias aplicadas a la sintáxis; puteábamos cuanto podíamos al cura que enseñaba griego por las mañanas y nos confesaba por las tardes (dirección espiritual obligatoria). Son recuerdos de la época en la que el coche del almirante voló en el barrio de Salamanca.

En los recreos de las once jugábamos frontón a mano desnuda contra la pared trasera del gimnasio. Una de esas mañanas no vino a jugar. Entró en los vestuarios y arrambló con todos los rollos de papel higiénico. Luego fue a la capilla del colegio y se dedicó a lanzarlos contra las imágenes beatas, los cursis vitrales que daban a la sacristía, la lámpara de cristalitos y velas que colgaba sobre el altar. La capilla quedó hecha un desastre: papel higiénico por todos lados y trocitos de cristales de colores, de cerámicas esmaltadas, de objetos varios de difícil identificación. El sacrilegio se atribuyó a la crisis adolescente y el castigo quedó atenuado por la importancia de su padre.

Una de esas tardes, mi amigo vino a visitarme con dos chicas. Una era pelirroja, pecosa y expresión risueña. La otra tenía aparato dental y no mostraba ningún interés por la literatura. Cuando se convenció de ello, mi amigo enredó la lengua entre los hierros. Yo me fui con la pelirroja; era más bonita y pensaba estudiar arquitectura. La tarde y la noche pasaron rápidas y la otra chica le prometió a mi amigo que se quitaría el aparato.

Cuando cumplí quince años mi amigo se enfadó conmigo en el transcurso de la borrachera celebratoria. Pensé que era estúpido y que no aguantaba el trago. Gritamos obscenidades y maldiciones en plena calle y corrimos más de una vez perseguidos ya no recuerdo por quienes. La última vez que lo vi estábamos en un baño despidiendo la cerveza; nosotros no nos despedimos. Mi amigo era rencoroso: no volvió a hablarme y así acabamos el colegio.

Sé que estudió literatura y, al mismo tiempo, se hizo un experto en jazz (su tesis doctoral relacionaba ambos mundos; investigaba en la poética literaria de esa música). Lo encontraría muchos años más tarde, cuando ya no éramos adolescentes. Pero esa es otra historia.

(revisión de un relato de hace 28 años)

CATEGORÍA: Personas y personajes
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La cambiante belleza de los rostros

Cosas que me vienen a la cabeza mientras trato de dormirme: cómo me han parecido cambiantes, distintos, los rostros de algunas mujeres que han pasado por mi vida.

Por ejemplo C. Cuando la conocí, no me gustó su cara: rasgos duros, la boca se me antojaba agresiva, los ojos (quizás fueran las pestañas) le daban un aire altanero. La segunda tarde en que nos vimos (ya no recuerdo por qué volvimos a salir) fue la de una larga conversación, en la mesa de una terraza madrileña. Yo hablaba mucho y con entusiasmo, ella escuchaba y su mirada brillaba. Cuanto más la miraba, su rostro más se iba transformando en otro, se suavizaba, dulcificaba. Esa tarde (que luego se hizo una noche larga) C me pareció muy bella.

A, una compañera de trabajo. Ella era (sigue siendo) guapa, pero a mí no me parecía expresiva o, mejor dicho, su belleza no me expresaba apenas nada. Pero hubo una temporadilla de cercanía intensa y cotidiana. Hablamos mucho, y también callamos mucho, pero juntos. Yo me sentía cada vez más cercano (ella también, creo). Y empecé a verla bellísima, tremendamente deseable. En este caso, fue todo el rostro el que resplandeció. El hechizo acabó tras una tarde de besos (¡cómo besaba!): no podía ser.

No puedo olvidar a L, intermitentemente presente durante los últimos 18 años. El recuerdo que ahora evoco es el de su rostro con los ojos cerrados, en la cama, lleno de calma y belleza, los rasgos relajados. Cuánta armonía. En ese momento me parecía más bella que nunca, mientras la miraba con tanta ternura.

Desde luego, el record en la variabilidad de mi percepción se lo lleva el rostro de K, sobre todo cuando hacemos el amor. Su cara, en el momento del orgasmo (ya desde algo antes) se transfigura e irradia una belleza inenarrable. Son sus rasgos y, obviamente, están todos en el mismo sitio. Pero ese rostro es otro, es el de una diosa o un ángel. Es impresionante lo mucho que cambia lo que veo; y es fantástico lo mucho que me emociona.

Así que, será que la belleza no es algo estático, será que los rostros, al expresar emociones y sentimientos se transforman. Pues va a ser que sí.


CATEGORÍA: Recuerdos
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domingo, 18 de junio de 2006

Sigo con el asunto de los caminos

La metáfora vida-camino se ha usado mucho en el ámbito religioso. Es completamente natural, porque la mayoría de las religiones aportan al ser humano un sentido de trascendencia ante el miedo a la muerte, una alternativa consoladora al todo se acaba de la biología. Así, nuestra vida es un camino que nos lleva a otra vida que ya no es camino, ya es paz absoluta. Hay muchas variantes. Por ejemplo, el budismo y la rueda cuasi eterna de las reencarnaciones; en todo caso, muchos caminos, pero al final llega la paz: siempre se pasa de la dinámica a la estática.

Es curioso que en la mayoría de las religiones se entienda la vida (el camino) como una prueba para ganarse el descanso. Estamos aquí para caminar hasta alcanzar el ansiado descanso. Implícitamente, el caminar es actividad dolorosa, sufriente, esforzada … Y se hace sólo porque se quiere llegar a un fin: esa paz eterna (¿eterna?) que es la que da sentido a todo el caminar. Así se cierra el círculo religioso: el sentido de la vida es hacer méritos para alcanzar la paz, el descanso feliz y pleno.

La “explicación” religiosa, me parece a mí, desmerece la vida. La vida sólo es una prueba, sin valor en sí misma; algo que hay que pasar para conseguir el premio (o el castigo, o la repetición de curso). La vida se me antoja, entonces, como una broma perversa de un dios sádico que juega con nosotros. ¿Por qué no, mejor, nos quedamos en la paz estática maravillosa desde toda la eternidad? En fin, que no me convence.

Otra cuestión distinta (a la que me refiero sólo de pasada) es la “normativización” de ese camino-prueba. Es decir, cuando se nos dan las reglas que debemos cumplir para escoger EL camino correcto, el que lleva al premio. Aquí entra ya cada Iglesia (cada religión institucionalizada). En el caso de la cristiana, a la hora de buscar fuentes justificativas de su actividad doctrinaria, la remisión a Juan 14,6 es muy frecuente: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí”. He aquí el monopolio del dogma desde el que tantos males y sufrimientos se han excusado (e incluso alentado).

Por cierto, esta frase de Jesús (¿la habrá dicho realmente?) en la Última Cena se presta a múltiples ejercicios dialécticos en relación al alcance de la metáfora: aparecen los dos términos que se comparan (vida y camino) como conceptos distintos (¿o es mera repetición retórica, de las que tanto gustaba el Nazareno) y encima añade a la verdad. No veas la de tinta que ha corrido sobre esta frasecita.

Pero volvamos al hilo de este post inconexo. Imagino que en estos tiempos pocos se plantean la vida como el valle de lágrimas que hay que atravesar para llegar al paraíso, cuya consecución da sentido a los sufrimientos vividos. Sin embargo, sí creo que la concepción religiosa de búsqueda de un sentido finalista a la vida sigue subyaciendo en la mayoría de nosotros, aunque ese sentido lo hayamos terrenalizado. Ahora el cielo que da sentido a nuestro caminar, que justifica el simple hecho de caminar, que nos guía en la elección de uno u otro de los caminos posibles (¿de las vidas posibles?) son nuestros propósitos. Propósitos definidos, con mayor o menor precisión, desde unos valores que tenemos, que la mayoría de las veces no son más que tópicos que nos han ido enquistando desde pequeñitos y que rara vez nos planteamos cuestionar (¡qué vértigo quedarnos sin las referencias, sin el sentido de nuestra vida!).

Una amiga, hace poco, me decía que sin propósitos la vida carecía de sentido y una vida sin sentido no era nada. No voy a despreciar los propósitos, ni mucho menos a reivindicar su inutilidad. Lo que reivindico es que la vida no necesita de nuestros propósitos para merecer ser vivida. Lo que digo es que la vida en sí misma es lo único que tenemos (y, por tanto, maravillosa) y que el principal propósito debiera ser (pero allá cada uno) el aprender a vivirla, a disfrutarla, a exprimirla. Y entonces, para mí, no existe EL camino (y mucho menos LA verdad), sino multitud de paisajes con senderos que se bifurcan hasta el infinito, múltiples oportunidades de exploración vital.

Por supuesto, cada uno se va haciendo sus mapas de ruta, sus reglas de uso personal para transitar; pero no me gustan los propósitos-anteojeras que te impiden desviarte de EL camino (el que es LA verdad). Por eso, más que de propósitos (con su connotación finalista) prefiero hablar de criterios (los míos), los que pongo en juego al dar cada paso y orientarlo en una u otra dirección, atento siempre a aprovechar, a descubrir, esos paisajes inesperados que me sorprenden a la vuelta de un recodo.

Pero de mis criterios no toca hablar en este post.

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viernes, 16 de junio de 2006

Cayéndome de sueño

Tres horas de vuelo con la noche cayendo. Un sudoku samurai de un País atrasado, un par de capítulos de la última de Irving, algunas canciones del i-pod. Pero la modorra se impone y me embebe la niebla somnoliente; ese espacio fronterizo entre el sueño y la vigilia.

Por unos momentos, poco antes de aterrizar, semisueño con R. Me despabila el altavoz (en breves momentos tomaremos tierra en el aeropuerto de ...) y me descubro con una extraña sensación de tristeza, quizás de nostalgia. Han sido muchos años juntos, muchos viajes compartidos ...

Luego conversación con mi hermana. Me cuenta su charla telefónica del otro día (era el cumpleaños de R). Yo le cuento mi último y desagradable diálogo con ella, el malestar de mi vergüenza, la rabia (infantil) de haber sido puesto en evidencia.

No la amo, sé que ya no la amo. Imagino volver con ella y no me produce la más mínima apetencia, al contrario. Pero quizás haya ahora, una vez ido el amor, una cierta y sutil nostalgia de la relación acabada. No lo sé.

En todo caso, sólo estoy poniendo por escrito una sensación huidiza vivida en el amodorramiento aéreo. Sabes que es a ti a quien quiero, ¿verdad?

Basta ya, me voy a la cama porque aquí es una hora más.

CATEGORÍA: Mis estados de ánimo
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martes, 13 de junio de 2006

Caminante, no hay camino


Pocas metáforas tan manidas como la de que la vida es un camino. Un camino, en sentido literal, es una tira de terreno dispuesta para el tránsito. Un camino es un recinto del espacio, un trozo de espacio. La vida, en cambio, es tiempo. Así que la metáfora asimila algo hecho de tiempo a algo hecho de espacio. ¿Quizás porque entendemos (dominamos) mejor el espacio que el tiempo?

Si el camino es un trozo de espacio, la vida sería un trozo de tiempo. Un trozo del tiempo infinito y multidimensional, el que nos es dado vivir. Mi vida es igual (en esta convención metafórica) al número de años, días, segundos que median entre mi nacimiento (¿o es mi concepción?) y mi muerte. Hasta aquí, me vale la metáfora.

Un camino es un trozo de espacio preparado para transitar sobre él. Caminar sería pues, en la metáfora, vivir. Vivir no es otra cosa que estar vivo, dejar que pasen los segundos, las horas, los días ... sin morirse. Hagamos lo que hagamos, vivimos (salvo que nos muramos); por lo tanto, la vida, más que un camino, sería un andén móvil, una de esas bandas mecánicas que te transportan del inicio al fin de la misma, ya estés caminando o ya te quedes parado.

Claro que habrá quien opine que vivir no es simplemente estar vivo, dejar que pase el tiempo que nos es dado. Que vivir (y aquí se añade “de verdad”) exige actos de voluntad consciente. Los que así piensan dicen que sólo vive (de verdad) quien es consciente de los actos que dan consistencia a su vida. En realidad, la metáfora del camino es pertinente sólo si la vida es entendida así.

No obstante, entre los voluntaristas y los existencialistas pasotas cabría quizás encontrar un margen de acuerdo. Admitamos que la vida es una banda móvil que te lleva quieras o no; pero admitamos también que podemos vivirla desde nuestra voluntad consciente y, por tanto, caminar sobre esa banda móvil e incluso modificar el trazado de la misma (es decir: decidir nuestro trayecto).

Sigamos desbarrando a propósito de la metáfora. Los caminos tienen inicio y fin; y, entre ambos, tienen un determinado trazado. La vida, ciertamente, tiene principio y fin, pero ¿tiene un trazado predeterminado? Nooooo, contestará la mayoría. Nosotros, al vivir (al vivir con voluntad consciente) vamos decidiendo el trazado de ese camino que es la vida (aunque el fin sea siempre el mismo). Pues vale, pero entonces no es un camino, no es un trozo de espacio (de tiempo) predefinido y adaptado para transitar (para vivir).

Hoooombre .... Sí es un camino, pero un camino que lo vamos haciendo al transitarlo. Es decir, que según vivimos (con toda la consciencia que queramos o podamos) vamos definiendo el camino de nuestra vida. Camino que, entonces, no tendrá su trazado definido hasta que lleguemos a la muerte. Ya la metáfora pierde potencia analógica, porque ahora el tiempo de que disponemos (nuestra vida) se nos presenta como una amplísimo espacio (prados, bosques, montañas ...) que podemos transitar siguiendo multitud de trayectos. A medida que vamos caminando vamos abriendo el camino que es nuestra vida ... Pues vale.

Y llegados a este punto es inevitable recordar el conocidísimo poema de Machado (el XXIX de los Proverbios y Cantares). Porque entiendo que la concepción de la vida que subyace en el poema es esta última. Y digo más: me da la impresión de que lo que hace Machado es negar la validez de la metáfora; al menos la niega como referencia para las múltiples consecuencias prácticas (a modo de manual de autoayuda sobre cómo debemos vivir y entender la vida) que se han ido construyendo a partir de la misma.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

En realidad, este post quería hablar de esas “consecuencias prácticas”. Quería discutir críticamente términos tan repetidos y ambiguos como, “el sentido de la vida”, “los propósitos como metas de nuestro camino”, etc ... Pero como siempre me ocurre, me enrollo y no concreto. Pero, en fin, para eso está el blog; ya retomaré el asunto en otro momento.

Y para acabar, en plan provocativo, asumo la misma pregunta que hace Machado en el poema II también de los Proverbios y Cantares:

¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...

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