Recordando pérdidas (título semiplagiado)
Yo estuve esa noche celebrando la victoria en la Plaza Mayor y en varios otros sitios del centro de la capital (incluyendo un acercamiento al Palace) en compañía de una chica de cuyo nombre no logro acordarme. Recuerdo perfectamente cómo era mi vida en aquella época, también "veo" (aunque algo borrosamente) el rostro y la figura de aquella chica, sé de qué la conocía, guardo las imágenes de los momentos que vivimos juntos durante los siguientes tres meses; pero no recuerdo su nombre.
Este olvido me molesta, me deja una sensación incómoda y también inquietante. Como si a partir de ese agujerito se fuera a ir descosiendo el tejido completo y el rescuerdo se desvanezca. Y claro, cuanto más me esfuerzo menos me viene su nombre a la cabeza. Hace un rato llamé al amigo que en esa época me acompañaba con mucha frecuencia. Tampoco él se acuerda del nombre de aquella chica (en cierto modo, menos mal).
Trabajaba como auxiliar administrativa en un estudio de tres arquitectos afiliados hacía pocos años al PSOE (con la descarada intención de chupar del poder que ya se veía venir). Ella vivía en el Puente de Vallecas, se definía "socialista de cuatro generaciones" (su abuelo había muerto en la guerra defendiendo Madrid) y miraba con cierta condescendencia irónica a sus jefes. Tendría entonces más o menos la misma edad que yo, 23 años, pero no era, ni mucho menos, tan cría como yo.
¿Y quién era yo? Un chaval con la carrera recién terminada y que seis meses antes, a través de una amiga, había entrado a colaborar con ese estudio de arquitectura en la redacción del plan general de urbanismo de un municipio del área metropolitana madrileña. Era una época en que se reivindicaba el urbanismo desde la izquierda; de hecho, pese a que todavía gobernaba la UCD y no había finalizado el montaje autonómico del Estado, el casi generalizado pacto de comunistas y socialistas había permitido que la mayoría de los municipios españoles fueran de izquierda. Y desde los ayuntamientos, muchas veces espoleados por pujantes asociaciones de vecinos (en las que desde el franquismo se habían infiltrado "peligrosos profesionales rojos"), se empezó a hacer de verdad política urbanística (aún faltaba mucho para las Marbellas).
En esos días de octubre yo estaba aprendiendo a superar el dolor de una ruptura. Una novia que había durado lo que un embarazo y que me había dejado porque creyó que le tocaba uno de verdad (yo me entiendo). El nombre de esa otra chica sí lo recuerdo, como también recuerdo las historias surrealistas que viví mientras estuvimos juntos e incluso años después. En esos días de octubre, lo único que podía hacer para no ahogarme en el sufrimiento del enamoramiento no correspondido (qué estúpdo e infantil era entonces) era volcarme en el curre y en el momento político que vivía (venía el "cambio"). Y lógicamente, en el refugio de aquel estudio, la compañía más atractiva era aquella chica cuyo nombre no recuerdo.
Fue ella la que me sugirió que saliéramos juntos esa tarde y nos fuéramos al centro a vivir "en directo" los resultados. Lo pasamos de maravilla; nos fuimos emborrachando progresivamente, tanto de vinos como del alborozo de tantos y tantos. Bailamos y cantamos a voz en grito, nos abrazamos con desconocidos, nos sentimos (pocas veces me he sentido así) parte de un grupo, del pueblo, de un conjunto de seres humanos fraternalmente unidos. Aunque suene tonto: nos sentíamos felices de una felicidad que era común, no individual.
Era ya muy tarde cuando cogimos en Cibeles un autobús nocturno. No hablamos nada, simplemente nos subimos juntos y nos sentamos en la última fila. Ya nos habíamos abrazado varias veces durante las horas previas, pero habían sido abrazos celebratorios. Ahora nos buscamos las bocas y nos besamos apretándonos cuerpo contra cuerpo; así hasta bajarnos en la parada más cercana a su casa, subir a una segunda planta, entrar en una vivienda pequeña, de un solo dormitorio, y dejarnos caer, todavía abrazados, sobre la cama. Al día siguiente llegamos tarde a currar, muertos de sueño y yo sin haberme mudado de ropa.
Salimos juntos durante unos tres meses; íbamos al cine o a pasear y de copas por la zona de Huertas y solíamos acabar en su casa (yo todavía vivía con mis padres; me iría unos meses después), aunque rara vez me quedaba toda la noche. Nunca estuve enamorado de ella e imagino que ella tampoco de mí. Pero me parece que nos tuvimos cariño, que en esa época cada uno necesitaba del otro lo que obtenía: sexo muy tierno (así recuerdo esos polvos) y no demasiado ambicioso, compañía serena, ausencia de riesgos emotivos ...
Los primeros días del 83, en compañía de otra pareja amiga, pasamos unos días en una casa que su familia tenía en un pueblo semiabandonado de la provincia de Guadalajara, cerca de la central nuclear. Pocas veces he pasado más frío que entonces, especialmente cuando nos metíamos en las heladas camas, por más que intentáramos calentarlas con ladrillos puestos previamente en la chimenea. Lo pasamos muy bien y, sin embargo, creo que ambos notábamos que esa estancia invernal era una especie de cierre. Al volver a Madrid, poco a poco fuimos dejando de quedar, sin necesidad de darnos explicaciones. Al final de enero dejé el estudio de esos arquitectos y, lógicamente, dejé de verla. Poco tiempo después entró Ana en mi vida y esa es ya otra historia (de las fuertes)
Aquella chica fue un regalo oportuno en mi vida, un intermedio dulce entre dos relaciones intensas. Nos juntamos gracias a Felipe (¿quién nos iba a decir entonces ...?) y a nuestras circunstancias. No nos hicimos daños pero espero que sí nos diéramos mutuamente cosas buenas. Y sin embargo, no me acuerdo de su nombre. ¿Se acordará ella del mío?
Zamba del olvido - Jorge Drexler (Vaivén, 1996)





