jueves, 15 de febrero de 2007

Recordando pérdidas (título semiplagiado)

Hoy he leído en el blog de Reich sobre la pérdida de recuerdos. Luego (casualidad) me he topado con un escrito de alguien mayor que yo que rememoraba su militancia política y cómo la había abandonado tras la victoria electoral socialista de 1982. Describía este hombre el ambiente festivo de la tarde noche madrileña del 28 de octubre. Era jueves (¿por qué las elecciones generales en jueves?) y Madrid, efectivamente, fue una fiesta hasta altas horas de la noche.

Yo estuve esa noche celebrando la victoria en la Plaza Mayor y en varios otros sitios del centro de la capital (incluyendo un acercamiento al Palace) en compañía de una chica de cuyo nombre no logro acordarme. Recuerdo perfectamente cómo era mi vida en aquella época, también "veo" (aunque algo borrosamente) el rostro y la figura de aquella chica, sé de qué la conocía, guardo las imágenes de los momentos que vivimos juntos durante los siguientes tres meses; pero no recuerdo su nombre.

Este olvido me molesta, me deja una sensación incómoda y también inquietante. Como si a partir de ese agujerito se fuera a ir descosiendo el tejido completo y el rescuerdo se desvanezca. Y claro, cuanto más me esfuerzo menos me viene su nombre a la cabeza. Hace un rato llamé al amigo que en esa época me acompañaba con mucha frecuencia. Tampoco él se acuerda del nombre de aquella chica (en cierto modo, menos mal).

Trabajaba como auxiliar administrativa en un estudio de tres arquitectos afiliados hacía pocos años al PSOE (con la descarada intención de chupar del poder que ya se veía venir). Ella vivía en el Puente de Vallecas, se definía "socialista de cuatro generaciones" (su abuelo había muerto en la guerra defendiendo Madrid) y miraba con cierta condescendencia irónica a sus jefes. Tendría entonces más o menos la misma edad que yo, 23 años, pero no era, ni mucho menos, tan cría como yo.

¿Y quién era yo? Un chaval con la carrera recién terminada y que seis meses antes, a través de una amiga, había entrado a colaborar con ese estudio de arquitectura en la redacción del plan general de urbanismo de un municipio del área metropolitana madrileña. Era una época en que se reivindicaba el urbanismo desde la izquierda; de hecho, pese a que todavía gobernaba la UCD y no había finalizado el montaje autonómico del Estado, el casi generalizado pacto de comunistas y socialistas había permitido que la mayoría de los municipios españoles fueran de izquierda. Y desde los ayuntamientos, muchas veces espoleados por pujantes asociaciones de vecinos (en las que desde el franquismo se habían infiltrado "peligrosos profesionales rojos"), se empezó a hacer de verdad política urbanística (aún faltaba mucho para las Marbellas).

En esos días de octubre yo estaba aprendiendo a superar el dolor de una ruptura. Una novia que había durado lo que un embarazo y que me había dejado porque creyó que le tocaba uno de verdad (yo me entiendo). El nombre de esa otra chica sí lo recuerdo, como también recuerdo las historias surrealistas que viví mientras estuvimos juntos e incluso años después. En esos días de octubre, lo único que podía hacer para no ahogarme en el sufrimiento del enamoramiento no correspondido (qué estúpdo e infantil era entonces) era volcarme en el curre y en el momento político que vivía (venía el "cambio"). Y lógicamente, en el refugio de aquel estudio, la compañía más atractiva era aquella chica cuyo nombre no recuerdo.

Fue ella la que me sugirió que saliéramos juntos esa tarde y nos fuéramos al centro a vivir "en directo" los resultados. Lo pasamos de maravilla; nos fuimos emborrachando progresivamente, tanto de vinos como del alborozo de tantos y tantos. Bailamos y cantamos a voz en grito, nos abrazamos con desconocidos, nos sentimos (pocas veces me he sentido así) parte de un grupo, del pueblo, de un conjunto de seres humanos fraternalmente unidos. Aunque suene tonto: nos sentíamos felices de una felicidad que era común, no individual.

Era ya muy tarde cuando cogimos en Cibeles un autobús nocturno. No hablamos nada, simplemente nos subimos juntos y nos sentamos en la última fila. Ya nos habíamos abrazado varias veces durante las horas previas, pero habían sido abrazos celebratorios. Ahora nos buscamos las bocas y nos besamos apretándonos cuerpo contra cuerpo; así hasta bajarnos en la parada más cercana a su casa, subir a una segunda planta, entrar en una vivienda pequeña, de un solo dormitorio, y dejarnos caer, todavía abrazados, sobre la cama. Al día siguiente llegamos tarde a currar, muertos de sueño y yo sin haberme mudado de ropa.

Salimos juntos durante unos tres meses; íbamos al cine o a pasear y de copas por la zona de Huertas y solíamos acabar en su casa (yo todavía vivía con mis padres; me iría unos meses después), aunque rara vez me quedaba toda la noche. Nunca estuve enamorado de ella e imagino que ella tampoco de mí. Pero me parece que nos tuvimos cariño, que en esa época cada uno necesitaba del otro lo que obtenía: sexo muy tierno (así recuerdo esos polvos) y no demasiado ambicioso, compañía serena, ausencia de riesgos emotivos ...

Los primeros días del 83, en compañía de otra pareja amiga, pasamos unos días en una casa que su familia tenía en un pueblo semiabandonado de la provincia de Guadalajara, cerca de la central nuclear. Pocas veces he pasado más frío que entonces, especialmente cuando nos metíamos en las heladas camas, por más que intentáramos calentarlas con ladrillos puestos previamente en la chimenea. Lo pasamos muy bien y, sin embargo, creo que ambos notábamos que esa estancia invernal era una especie de cierre. Al volver a Madrid, poco a poco fuimos dejando de quedar, sin necesidad de darnos explicaciones. Al final de enero dejé el estudio de esos arquitectos y, lógicamente, dejé de verla. Poco tiempo después entró Ana en mi vida y esa es ya otra historia (de las fuertes)

Aquella chica fue un regalo oportuno en mi vida, un intermedio dulce entre dos relaciones intensas. Nos juntamos gracias a Felipe (¿quién nos iba a decir entonces ...?) y a nuestras circunstancias. No nos hicimos daños pero espero que sí nos diéramos mutuamente cosas buenas. Y sin embargo, no me acuerdo de su nombre. ¿Se acordará ella del mío?

 
Zamba del olvido - Jorge Drexler (Vaivén, 1996)

Esta es la segunda zamba que pongo en el blog. Dudé si enlazar "Donde habita el olvido" de Sabina, pero quizá los textos de Drexler se acerquen más a la nostalgia tierna que me ha suscitado escribir este post.

martes, 13 de febrero de 2007

En el mar dormido me asalta tu recuerdo

Los acordes silenciosos del violín del horizonte
engañaban mis recuerdos, los volvían vaporosos.

Apenas quedaba tiempo, apenas quedaba nada.

Pero bastaba ese lapso de bruma de la mañana
ante las aguas dormidas, ante el mar que enamoraba,
para hablarte callado, para hundirme en tu mirada,
para besarte los labios, para tocarte la cara.

Las estrellas ya dormían, tus ojos lagrimeaban.

No eras tú, sino tu sombra, destellos de pasado
liberando con el sueño, el deseo de tus labios.

Apenas quedaba tiempo, apenas quedaba nada.

Y el beso quedó borrado al callarse el silencio,
al traer las olas viento, al volver el color
al aire, al recuperar su trono el tiempo ...
Y al mar le lloré porque te olvidaba, amor.

Se había acabado el tiempo, ya no quedaba nada.

Tus mil añicos fundidos en el rojo de sus rayos,
el sol matando mi sueño en la cubierta de un barco.



Escrito hace más de diez años, viendo el amanecer, en un barco que me llevaba de Tenerife a Gran Canaria. Y para rememorar la explosión de colores del cielo no tengo a mano más que esta maravilla musical.

Empezar a practicar desde pequeñitas

Hoy he almorzado con una amiga que es madre de una niña y un niño, de tres y casi dos años respectivamente. Hablábamos de la pérdida o degradación de los vínculos en una pareja, comparando vivencias propias (ella está en trance de separación); de ahí pasamos a la desaparición (¿definitiva, temporal?) de la atracción sexual; luego directamente a temas de sexo. En esta materia la conversación fue derivando hacia las diferencias en la búsqueda-obtención del placer (del orgasmo) entre los hombres y las mujeres, conviniendo que, probablemente, las cosas debían ser bastante distintas según las edades (por cierto, mi amiga media la treintena; significativamente más joven que yo, vamos). Ella sostiene que toda mujer, salvo que no conozca su cuerpo (que no se masturbe), ha de saber guiar la relación sexual para obtener el máximo placer.

Y así, al referirnos a la masturbación femenina, me ha contado cómo su hija, desde hace unos seis meses, se ha convertido en una asidua practicante. Parece ser que el descubrimiento fue debido al roce del arnés del asiento infantil del coche. A partir de ahí, todos los días, especialmente antes de dormirse, se hace su pajita con la mayor naturalidad del mundo.

Por supuesto, en esto de la naturalidad mucho han tenido que ver sus padres. Los primeros días la niña estaba entusiasmada con su descubrimiento y, en cuanto no tenía las manos ocupadas, se dedicaba al asunto. Lo hacía delante de quien fuese, lo que enseguida supuso que la abuela se escandalizara y le dijera que eso no se hacía. Entonces los padres le explicaron que no era nada malo pero mejor no hacerlo delante de personas extrañas.

El caso es que, con el pasar de los días, ha empezado a integrar la práctica en su cotidianeidad y a ir enriqueciéndola. Le gusta masturbarse cuando han acabado los jaleos del día y no hay "obligaciones" por delante. Así, poco antes de que sea el momento del "niños a la cama", la muchachita se acurruca con sus padres y les va pidiendo que le hagan cariñitos, especificando con absoluta precisión dónde y cómo quiere cada caricia. Para su madre está clarísimo que lo que hace es irse calentando, recrearse con los preliminares, tan importantes en una relación sexual adulta. Luego es llevada a la cama y sigue los jueguecitos con alguno de los padres hasta un momento en que ella misma le dice al progenitor de turno: ¡váyate ya! La fase final de la masturbación, consistente en el frotamiento y presión de la mano completa (no el dedo) sobre el clítoris, prefiere hacerla a solas.

Parece ser que, según los pediatras, el descubrimiento de la autoprovocación del placer sexual a tan temprana edad no es algo anómalo. También que lo más frecuente es que la afición se pase en poco tiempo para volver a recuperarse en la preadolescencia. No tengo ni idea, porque nunca he sido niña ni supe nada de esta parte de las vidas de mis hermanas ni he tenido hijas. Quizá por esta ignorancia personal, me ha sorprendido lo que me ha contado mi amiga, quien está convencida de que su hija, cuando le toque, será una mujer que sabrá disfrutar de sus relaciones sexuales. Así sea.

 
Con mis manos - Bebe (Pafuera Telarañas, 2004)
 
Masturbación - Facundo Cabral (Cortezias y Cabralidades, 1998)

En estos días estoy especialmente sensible auditivamente; de ahí que me apetezca subir canciones, vengan o no vengan demasiado a cuento. Dado el tema de este post, la cancion que enlazo de Bebe resulta bastante obvia, además de conocida por reciente. Seguro que el otro archivo de audio (no es una canción) es menos conocido, pero pensé que había que compensar con el lado masculino y además me divierte lo que cuenta Facundo.

lunes, 12 de febrero de 2007

Postergadas apostillas postreras al pastoso post pasado

No estoy convencido del todo, pero quizás no debería haber escrito el post anterior. En todo caso, lo que en ese post está escrito ya había sido oído por la persona que es su destinataria. El post, además, no da todos los datos, no concreta los detalles de lo que pasó, aunque imagino que no son muy necesarios. Aun así, en la medida en que el incidente que lo motiva afecta a las emociones y sentimientos de una persona que accede a mi blog, quizás no debería haberlo escrito.

Sin embargo, este blog lo escribo principalmente para mí mismo; para dejar constancia de las cosas que vivo, para verlas un poco "desde fuera". Por eso, no escribir sobre lo que ocurrió ayer habría sido una especie de traición a mí mismo. Hoy he intuido que la publicación de este post puede no haber agradado a quien lo ha motivado. Si es así, discúlpame; pero sé que sabes que no quiero hacerte ningún daño.

También hoy me han dicho que el post era muy duro. Parece ser que el haberme apenado en vez de cabreado resulta mucho más duro. Parece ser que, cuando metemos la pata, esperemos que se enfaden con nosotros y ansiamos esa reprimenda como forma de expiar nuestra conciencia de culpa; sí, me he portado mal, pero ya estoy en paz porque me he llevado la bronca que me merecía. Puede que sea así, pero eso es muestra de un comportamiento infantil y, aunque sea poco inteligente por mi parte, no quiero jugar a esos juegos.

De todas formas, es verdad que tampoco me parece grave lo que ha ocurrido y no creo que haya que darle muchas vueltas. Más grave me parecería no aprovecharlo para madurar en el conocimiento propio y mutuo, y eso es incompatible con concesiones infantiles.

Y como apostilla final algo que no dije en el post y que es de justicia decir. Has sido valiente no callándote, máxime cuando era tan fácil callarte y con casi toda seguridad yo nunca me habría dado cuenta. Y sé que lo has afrontado porque eres buena (y se te habría dado fatal mantener el disimulo) y también porque me quieres. Y por eso (es el "cierto aspecto" al que me refería veladamente en el post anterior) no sólo no he dejado de amarte sino al contrario.

Y basta del tema y oigamos una canción fantástica. Me había olvidado que tenía un recopilatorio con los mejores temas de los Kinks. Aquí va el temazo que Ray Davies le compuso a Lola y que oía a mis diecisiete años en primero de carrera. Por cierto, la protagonista del post anterior y de estas apostillas no se llama Lola. Y, más por cierto, la Lola de la canción resulta que es un travesti y yo me entero ahora (eso me pasa por no haber tratado de entender la letra en su momento: ayyy el inglés).

domingo, 11 de febrero de 2007

Confianza e intimidad

Dice Bucay que uno de los ingredientes imprescindibles en toda relación íntima es la confianza; los otros dos son el amor y la atracción. De esas tres "patas" quizás la confianza sea la más frágil: es tan fácil perderla. Por eso deberíamos ser muy cuidadosos con cualquier comportamiento que pueda erosionar la confianza del otro en nosotros. Porque además (como también dice Bucay) el sentir o no confianza en el otro (como el sentir amor o atracción) no depende de uno, es ajeno a su voluntad. O sea, que yo no puedo hacer apenas nada para recuperar la confianza en ti; tú, sin embargo, sí puedes.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio; son palabras de Serrat que suscribo y, en este caso, significarían que es inútil sentirse culpable por haber metido la pata. Ojalá que no hubiera ocurrido, pero ha ocurrido y lo cierto es que la confianza se ha debilitado. ¿Qué va a pasar ahora? No lo sé. Sólo puedo decir que cada uno habrá de aprender de lo ocurrido. Y dejar que el tiempo vaya pasando y evitar actuar de modo tal que lo que, en el fondo, no es sino un incidente menor, erosione más cosas de las que debería. Se me ocurre que si la confianza se resiente, no necesariamente (al menos no enseguida) han de resentirse la atracción y el amor.

Todos somos distintos y, aunque mantengamos un vínculo íntimo, siempre, en mayor o menor grado, guardamos una parcela de nuestra individualidad. No se trata de que quiera ocultártela, sino de que quiero ser yo quien decida cuándo y cómo mostrártela. De otra parte, a medida que la confianza entre dos aumenta, más se abren el uno al otro, más están dispuestos a desnudarse. Uno se expone y queda vulnerable ante el otro (y viceversa) pero, al mismo tiempo, es la forma de vivir una relación auténtica (de ser yo auténtico). Desde luego que sé que no quieres hacerme daño; en ese aspecto mi confianza no ha sido mermada. Pero, al querer entrar donde no habías sido invitada, has violentado algo la naturalidad con que me sentía ante ti.

Sabes que lo mismo que has hecho lo he hecho yo (en bastante mayor grado) con mi ex-mujer. También lo hizo ella conmigo. Así que no voy a ser tan hipócrita de escandalizarme ni tampoco a darle más importancia de la que tiene. Caíste en una tentación fácil, sin darle más vueltas. Lo hiciste motivada por tus miedos, por tus necesidades, por celos ... por cualesquiera de esos sentimientos que vienen en la "ensalada" de la mayoría de las relaciones de pareja y que confundimos con el amor (cuando son aditivos al mismo). Así que, por favor, no le des más vueltas al asunto.

Me has dicho que no te parecía que te perdonara. Es que no siento que tenga nada que perdonarte. Entiendo muy bien por qué lo hiciste; no me siento agraviado (para perdonarte). Siento, eso sí, pena por el hecho de que haya ocurrido; porque soy consciente (no puedo evitarlo) de que esto es un paso atrás en la evolución de mi confianza. Pero nada más. No pienso que han sido desvelados mis secretos inconfesables, ni que nada de lo que hayas podido descubrir sea vergonzoso o contrario a mis ideas (que conoces). No he dejado de amarte (en un cierto aspecto te diría que casi al contrario) ni has dejado de atraerme. Así que, por mi parte, no siento que tenga nada que hacer, salvo tratar de hacer (de que hagamos) como si nada hubiese pasado.

Por tu parte, en cambio, sí quizás deberías meditar si esos otros sentimientos que van con tu amor son tan importantes para ti; porque a lo peor hay cosas que no puedo darte.




El amor no es una condena (rompamos todas las cadenas); pero estate segura de que puedes contar conmigo.

viernes, 9 de febrero de 2007

Azar mágico

Esta mañana he asistido a una reunión de trabajo. Nada distinta a tantas otras que a lo largo de ya demasiados años he vivido. Y sin embargo, al acabar, a raíz del comentario de un chaval joven que lleva poco tiempo trabajando con nosotros, me he dado cuenta de que he cambiado; también de que los demás me perciben de otra forma. Pero lo más curioso es que veo el panorama con una absoluta indiferencia, como si no fuera conmigo; seguramente ese es el cambio que más me impresiona. Pero tengo que pensar sobre lo ocurrido y sobre las sensaciones e ideas que me ha suscitado; así que, en vez de hablar de esa reunión, contaré algo más reciente, de hace apenas cuatro horas.

Pues érase que estaba yo sufriendo en el gimnasio (aunque reconozco que me sienta bien) y con mi Ipod a toda máquina. En esta semana lo he puesto siempre en aleatorio; es decir que va reproduciendo al azar una cualquiera de las casi mil canciones que tengo grabadas. Pues bien, todas las veces que estoy en el gimnasio sigo la misma rutina: primero corro en la cinta, luego pesas, luego estiramientos y acabo echándome unos diez minutos y procurando respirar y desconectarme. El caso es que tenía la vaga sensación de que la música que sonaba parecía acompañar adecuadamente al tipo de ejercicio que hacía en cada momento; hoy quise verificar esa impresión.

Y me he quedado alucinado. Mientras corría en la cinta han sonado Up! (Shania Twain), Rock and Roll Music (Beatles), Pulled Up (Talking Heads), Dressed for Success (Roxette), Jones Crusher (Frank Zappa) y Saturday Night's Alright (The Who); es decir, todas canciones bastante marchosas (sobre todo con el volumen a tope) y, además, sucediéndose en orden creciente como si la música fuera ajustándose al incremento de la velocidad de la cinta (desde luego se corre mejor así).

Durante el tiempo de las pesas ha habido un poco de todo: varias de Dylan, otra de Amaral, Demasiado Corazón de Willy Deville, una de los Rolling y la genial 7 seconds de Neneh Cherry con Youssou N'Dour. Digamos que en general movidillas pero no tanto como mientras corría, más cambio de estilos y de ritmos ... como había cambios de aparatos y de grupo muscular.

En los estiramientos va y me suena la Overture (instrumental) de Tommy de los Who que me pareció que ni a propósito mientras me flexionaba tratando de agarrarme los pies. Completé esta parte con Madness de Marlango, quizás no tan ajustada pero tampoco puede decirse que no fuera adecuada para esos ejercicios.

Pero el summun fue lo que ocurrió durante la relajación. Mientras empezaba a concentrarme en la respiración apareció la voz tranquila de Aute con nada más que un piano cantando Volver a verte; a continuación, cuando ya estaba casi dejando mis pensamientos en el stand-by tan perseguido, oigo entre brumas la espléndida voz de Norah Jones (otro piano) cantando Don't miss you at all; y para acabar mi ratito de desconexión (los diez minutos los aproximo con tres canciones) me llega otra mujer, la argentina Sandra Mihanovich y la maravillosa Te Quiero (poema de Benedetti), nuevamente (y van tres seguidas) sólo voz y piano.

Habrá quien no me crea, pero aquí estoy dándole al Ipod hacia atrás y comprobando que éstos, efectivamente, han sido los temas que "aleatoriamente" me han acompañado los 80 minutos de gimnasio de esta tarde. Si los hubiera programado no habría conseguido acertar tanto como el azar. ¿Será que habremos de dejar que sea él quien tome las decisiones?


Te quiero - Sandra Mihanovich & Celeste Carballo (Mucho más que dos, 1988)

PS: Aquí pongo la última canción que sonó; es una versión distinta de la que tengo en el Ipod: a dos voces y alguito más llena de instrumentación, pero sigue siendo fantástica. Espero que una argentina que vive en Nueva York disfrute oyéndola.

POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

martes, 6 de febrero de 2007

Estamos huecos y vibramos

Hay muchas muchas cosas que no te enseñan en el colegio y, sin embargo, son bastante básicas. Por ejemplo, me pongo a recordar la física y la química de los últimos años del bachillerato y me da la impresión de que no pasaba del esquema de Newton. A lo mejor es que la relatividad y la física cuántica eran muy difíciles para críos de 16 años, pero al menos podían haber insinuado algunos fundamentos mínimos; pues no.

Todos somos materia; la materia está hecha de átomos; los átomos consisten en un núcleo más o menos compacto de protones y neutrones y unos electrones dando vueltas en órbitas o bien formando una nube difusa. Hasta ahí.

Los electrones van a toda hostia; a siete mil billones (7.000.000.000.000.000 = 7x1015) revoluciones por segundo. A esa increíble velocidad casi puede decirse que cada electrón está simultáneamente en todos los puntos de su órbita. Tienen que ir a esa leche para generar la suficiente fuerza centrífuga que contrarreste la también fortísima fuerza de atracción eléctrica del núcleo (los protones tienen carga positiva, los electrones negativa).

Los protones y neutrones son de tamaño más o menos parecido; un protón tiene una masa de 1,6726x10–27 kg. ¿Verdad que no es fácil hacerse una idea? Pues (si no me he equivocado con el Excel) eso equivale a que para tener un gramito de protones habría que juntar 597.871.577.185.221.000.000.000 de ellos; es decir, casi seiscientos mil trillones de neutrones. ¿Y qué coño de cantidad es esa? Es imposible atisbar esas dimensiones tan ínfimas.

Pero eso no es nada, porque siendo tan pequeñajo, el protón (y el neutrón) es un gigante al lado del electrón. La masa de este es 1.836 veces más pequeña que la del neutrón (ni intentemos expresarla en kilos o calcular cuántos electrones hay en un gramo). Esta proporción implica que el 99,97% de la masa del átomo está en el núcleo (entre los protones y los neutrones); vamos que los electrones son, en cuanto a participación en nuestras unidades elementales de materia, prácticamente irrelevantes.

Y ahora vamos a las dimensiones métricas y, como no todos los átomos son iguales, escojamos el más sencillito, el hidrógeno. El diámetro de la órbita del electrón en nivel inferior de energía es de 0,1058 nanómetros; redondeando: necesitaríamos diez mil millones de átomos de hidrógeno puestos pegaditos uno a otro para cubrir la distancia de un metro. Otra vez parecen dimensiones mínimas y, sin embargo, el diámetro del núcleo es unas 100.000 veces menor. Como es imposible concebir la escala de las dimensiones atómicas, pongo el ejemplo de Wikipedia que es el mejor que he encontrado: si un átomo tuviese el tamaño de un estadio, el núcleo sería del tamaño de una canica colocada en el centro, y los electrones, como partículas de polvo agitadas por el viento alrededor de los asientos.

Pues sí, es alucinante. Cada una de las mínimas piezas de que estamos compuestos (y el nosotros incluye toda la materia) es un volumen ocupado sólo en su centésimomilésima parte (¿se dice así?); es decir, prácticamente vacío. Pero, para colmo, los átomos se agrupan en moléculas dejando también enormes espacios vacíos ... y así sucesivamente. En resumen que estamos hechos fundamentalmente de vacío que vibra a toda velocidad (las nubecillas de electrones).

Y el vacío ... ¿qué es? El escenario de las fuerzas subatómicas (y eso exige intentar entender algo de física de partículas: imposible). Ese espacio no es materia (no hay masa), pero es necesario para que exista la materia, para que se mantengan unidas nuestras ínfimas piezas vibrantes. Y a partir de aquí metemos a la energía en juego y luego al tiempo (perdiendo su carácter absoluto) ... La leche.

Trataré de rellenar mis enormes lagunas poco a poco. Pero mientras tanto no puedo evitar imaginarme como un gruyere vibrando a toda velocidad para no disgregarme en la nada. Repito: alucinante.

POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

domingo, 4 de febrero de 2007

Lilith

Tras leer el post de hoy de Marguerite sobre mitología egipcia, me ha apetecido rondar yo también esos lares; así que he ido a rebuscar en viejas carpetas informáticas, de cuando me dio por leer y escribir sobre tales asuntos. Encuentro así la historia de Lilith que no me resisto a pasar a este blog.

Como es sabido, Dios creó al hombre en el sexto día de la creación, haciéndole dueño de la tierra y de todo lo que ésta contenía. Adán empezó a dar nombre a los animales, que es forma primigenia de tomar posesión. Los animales desfilaban ante Adán sometiéndosele, siempre en parejas de macho y hembra. Adán, en su unicidad, sintió celos de ellos y, tras intentar sin suficiente éxito de explorar las posibilidades de acoplamiento con la mayoría de las hembras animales, rogó a Dios que le diera una compañera.

Dios entonces formó a Lilith. Y lo hizo de la misma manera que había hecho con Adan, es decir, modelándola a partir del polvo terrenal e insuflándole la vida. El caso es que, una vez juntos, la relación de pareja no fue demasiado bien, ya que Lilith no resultó lo sumisa que Adán deseaba. Los mosqueos eran especialmente importantes a la hora del triqui-triqui, porque Adán se empeñaba en montarse sobre ella y Lilith se negaba; la chica opinaba que, al estar hecha de la misma materia que el hombre, era su igual y no debía estar debajo. El Adán del mito no debía gustar mucho de la negociación ni tampoco tendría ganas de experimentar nuevas posturas, así que, aprovechando que era más fuerte que su compañera, la forzó a ponerse debajo y santas pascuas. Lilith, indignada, se rebeló, tanto contra Adán como contra Dios a quien debía considerar bastante parcial en favor de su compañero (y no le faltaba razón). Así que reveló en voz alta el nombre mágico de Dios (Dios es el innombrable en la religión judía) y, aprovechando sus poderes mágicos, se escapó volando de Adán.

Adán se quedó muy jodido: su juguete se le había escapado y volvía a estar solo. En vez de ir a buscarla y pedirle perdón (algo que no encajaría con la línea ideológica del mito), llamó a Dios y le reclamó que interviniera. Dios (para eso estamos) envió tres ángeles a buscarla y éstos la encontraron junto al Mar Rojo, una región plagadita de demonios lascivos. Allí estaba la Lilith retozando como loca con los demonios, beneficiándose diariamente a más de un centenar (parece un poco exagerado, pero ...). Y además, se dedicaba a parir hijitos, que se llaman Lilim y que han seguido existiendo durante toda la historia. Los tres ángeles la amenazaron de muerte si no volvía, pero ella, tras explicarles que carecía de sentido que después de su estancia en el Mar Rojo volviera a vivir como Adán en plan de sumisa ama de casa, les devolvió la pelota con otra amenaza: si la mataban, sus descendientes asesinarían a los hijos varones de los hombres por toda la eternidad. La circuncisión judía está relacionada con esta amenaza: con tal ritual se protege a los bebés del poder de Lilith mediante la invocación de los tres ángeles que pactaron con ella.

Así que Adán se tuvo que fastidiar, al menos hasta que Dios le hizo a Eva. Esta vez, escarmentado, la formó a partir de la costilla del hombre, para que estuviera sometida a él y no le saliera respondona.

El mito, tal como lo he resumido, no está en la Biblia. De hecho, al hablar de la creación hay dos versiones ligeramente diferentes en Génesis 1 y 2. En Gen 1, 26-27 dice que Dios creó al hombre macho y hembra, pareciendo que los hizo a la vez, ambos a su imagen y semejanza, ambos para mandar sobre toda la tierra. En Gen 2,18-25 se cuenta la creación de Eva a partir de la costilla de Adán. Y cuando Adán despierta de su sueño y conoce a Eva dice: “ésta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne ...” Parece que hubiera habido una vez anterior en la que la compañera no era hueso de sus huesos y carne de su carne. El caso es que parece que de estas divergencias nace el mito de Lilith.

Cuando digo que el mito no está en la Biblia me refiero a que no aparece contado como un relato; sin embargo, sí aparecen menciones a Lilith, así como a diversos demonios que son parientes suyos; lo que pasa, es que sólo con la Biblia no se puede entender de dónde salen. En el Talmud tampoco hay una narración del mito, pero el nombre de Lilith es el de los demonios hembras, y se usa profusamente. En todo caso, la historia forma parte de la mitología judía y puede encontrarse en el libro de Robert Graves sobre los mitos hebreos (creo que lo escribió en colaboración, ahora no lo tengo a mano).

De otra parte, hay quien sostiene que ese mito no está incluido en ninguna fuente hebrea ni en la tradición rabínica, sino que tiene su origen en la literatura mística judía, concretamente, en el "Alfabeto de Ben Sira" del siglo X, de donde pasa al Zohar y a otros textos de la tradición hebrea. Parece que este libro es una especie de reinvención de historias bíblicas, tratando a los personajes sagrados de forma irreverente y blasfema. No se conoce su autor ni tampoco las motivaciones que tuvo al escribirlo. En cualquier caso, parece que fue aceptado por bastantes comunidades judías, especialmente centroeuropeas, lo que explicaría la gran profusión entre ellos de amuletos anti-Lilith para proteger a los recien nacidos. Por cierto, esta Lilith de origen medieval proviene, a su vez, de un demonio femenino (un súcubo) del panteón sumerio-babilónico.

De cualquier modo, la historieta de Lilith tal como la he contado ha sido muy divulgada, especialmente en el mundo occidental y se asocia en esos términos con la cultura religiosa judía y, especialmente, como explicación de la actitud profundamente antifeminista de las doctrinas rabínicas. Como siempre, la veracidad no es muy relevante en cuanto al éxito de público; y Lilith ha tenido su cuota propia (símbolo feminista, vampirismo, magia, etc). Estamos en el mundo de la magia y de la poesía tan sugerente en sí mismo como para obsesionarse por rigores eruditos.

viernes, 2 de febrero de 2007

Por si te roban el móvil

Desde que se ha popularizado el correo electrónico, consultar el buzón (o los buzones) se ha convertido en una tarea que ocupa diariamente un buen ratillo. Naturalmente, está el problema del spam, pero de momento lo tengo bastante controlado. Hace un tiempo leí que, para contribuir a reducir el spam, al reenviar un correo deben borrarse las direcciones previas que vienen en el mensaje recibido. Ciertamente esto es algo que poca gente hace, a la vista de la cantidad de direcciones de correo que me llegan en muchos mensajes. Comprobarlo me hace pensar en la enormidad de la red que se va formando a ritmo exponencial, ligando mi cuenta de correo con muchísimas otras de personas de quienes nada conozco.

En todo caso, para mí y de momento, las ventajas del correo electrónico superan con creces sus inconvenientes. Aparte de las obvias de haber permitido un contacto casi inmediato y muy directo entre personas, también está la de convertirse en una fuente de sorpresas, cuando te llegan mensajes realmente interesantes, divertidos, útiles, etc. Tengo una "corresponsal" que casi todos los días me envía una media de 10 correos, la mayoría de ellos dignos de ser calificados con buena nota (según mis personales criterios, claro). Teniendo en cuenta la cantidad de chorradas que circulan, esta amiga tiene que dedicar un buen tiempo diario a labores de selección, aparte de ser un potente nodo receptor (y reemisor) en esa red virtual de cuentas de correo. Además, debe ser uno de los nodos que se activa antes en el tiempo, porque la mayoría de sus mensajes me resultan novedosos (días después suelen volverme a llegar desde personas que, obviamente, se corresponden con nodos secundarios de esa red virtual).

Bueno, todo este rollo previo no es más que para dar apariencia de reflexivo al post este (vana pretensión, lo sé, pero uno es como es). Lo único que quería hacer era transcribir uno de los mensajes recibidos ayer de esta amiga que da una información potencialmente útil sobre los móviles. Lo he comprobado en mi aparato y funciona. Supongo que muchos de quienes la lean ya la conocerán (no estoy precisamente muy puesto en novedades en esta materia), pero también imagino que habrá alguien a quien le sirva. Ahí va:

Los comerciantes de móviles mantienen oculta esta información para que el ladrón siga utilizando el servicio y consumiendo, y a su vez la víctima del robo compre otro teléfono y siga consumiendo también.

Necesitas obtener el número de serie de tu equipo. Para obtener el número de serie marca *#06# y sin más, en el visor aparece un código. Este código, único en todo el mundo, es el número de serie de tu equipo.

Toma nota del mismo y consérvalo en un lugar seguro. Si te roban el móvil, avisa al operador de tu compañía y dale este código. Esto va a permitir que el móvil sea bloqueado completamente, aunque el ladrón cambie la tarjeta SIM.

Probablemente no recuperes tu móvil... pero por lo menos vas a tener la seguridad de que quien lo haya robado no va a poder utilizarlo nunca.

LO MÁS IMPORTANTE de esto es que si toda la gente conociera este truquito, el robo de móviles seria inútil. Así que reenvíalo a todos tus conocidos.

¡Y no olvides anotar tu número de serie en un lugar seguro!

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miércoles, 31 de enero de 2007

Nubes negras, cielos despejados

Acabo de hablar contigo por teléfono y me he levantado del sillón con un montoncito de nubes negras alrededor, en pocas palabras, echando humo. Seguía con esta indefinida sensación de malestar así que me preparé un colacao y un par de tostadas y empecé a preguntarme su por qué. Está claro que es una reacción a lo que me contestaste cuando te pregunté por el asunto ese de tu trabajo: que era un rollo y en esos momentos no te apetecía contármelo. Y eso me dolió y cuando algo me duele, más por inesperado que por importante, noto cómo me cierro en mí misma. Me siento tratada injustamente, que mis buenas intenciones son menospreciadas, y desciendo vertiginosamente a un túnel de piedra: el silencio. El túnel se va ensanchando cada vez más y la distancia que me separa de las paredes de la gruta equivale a mi incapacidad de hablar en ese momento. Sólo unas buenas preguntas a tiempo me devuelven a la superficie, y con ellas, la capacidad de expresarme y decir lo que siento. Tengo que decir que hasta ahora siempre lo has logrado.

A pesar de que yo desee que tú me preguntes sobre mi trabajo (lo perciba como una muestra de interés hacia mí por tu parte) y sienta la necesidad de contarte y compartir contigo las cosas que me pasan durante muchas horas del día, no tengo que pensar (y aquí viene mi reflexión sobre tus ideas) que tú necesitas lo mismo que yo. Es más, ya ha pasado más de una vez, te he preguntado sobre tu trabajo y tu respuesta ha sido parecida a la de hoy. Será cuestión de cabezonería? ¿Tan difícil me es reconocer que tú no necesitas lo mismo que yo y que yo puedo actuar de una forma pero que tú no tienes que hacer lo mismo, porque, simplemente, somos diferentes?

La mayoría de las veces los conflictos de comunicación entre personas, incluso entre las que se quieren, obedecen más a la forma en que se transmite el mensaje que al estricto contenido del mismo. A mí me pierden las formas, y eso no es nuevo. Aunque creo que he mejorado mucho en ese aspecto (no puedes imaginarte cómo era de joven) me queda mucho por andar. Al menos pienso que lo que sí he comprendido es la inutilidad del desprecio a las "contemplaciones" con la excusa de una honestidad mal entendida; porque, en el fondo, revela arrogancia y poca bondad (me resisto a calificarlo de maldad), máxime cuando a uno le consta que en el otro (la otra) sólo hay buena intención y empatía. En mi caso, sin embargo, predomina la impaciencia, que es mi defecto capital, y que cuando se dispara incrementa las probabilidades de respuestas con poco tacto. Naturalmente, el cansancio mental (tras un día de trabajo intenso, por ejemplo) hace que sea más fácil que la impaciencia asome, ya que no estoy lo suficientemente atento a reprimirla.

Así que perdón (de verdad) por haberte dado una contestación que, como bien dices, te resulto inesperadamente cortante. Ciertamente, no me apetecía contarte en esos momentos el asunto laboral; porque no quería volver a poner mi mente en ese tema y porque tampoco me apetecía elaborar la necesaria síntesis que exigía esa conversación telefónica. Pero podía haberte dado ese mensaje de forma que no aparecieran tus nubecillas negras.

En cuanto a tus preguntas finales, no por retóricas voy a dejar de contestártelas. No creo que sea cuestión de cabezonería; simplemente tú (como yo y supongo que casi como todos) actuamos en gran medida dejándonos llevar por nuestros hábitos de comportamiento. Cambiarlos, suponiendo que creamos que debemos hacerlo (y eso es obviamente una decisión de cada uno) requiere esfuerzo y constancia, hasta que, poco a poco, el hábito se va disolviendo. Y tampoco creo que te sea muy difícil reconocer que tú y yo (y cualquier otro) necesitamos cosas distintas. Lo que pasa es que una cosa es reconocerlo desde la razón (relativamente fácil) y otro interiorizarlo. Si de verdad alcanzáramos este segundo nivel, seguramente nos sería mucho más fácil no sentirnos negativamente afectados cuando el otro no actúa como nosotros lo habríamos hecho. Pero, efectivamente, tendemos con mucha frecuencia a valorar e (implícitamente) a juzgar el comportamiento de los demás desde nuestros parámetros (lo que nosotros habríamos hecho) y, lo que es más peligroso, tendemos a extrapolar conclusiones a partir de esas premisas erróneas.

A mí me parece fantástico que te apetezca contarme cosas de tu trabajo y me interesan en la medida en que te afectan; aunque reconozco que mucho menos en cuanto a su contenido propio (lo cual es lógico). También me parece estupendo que te apetezca saber cosas de mi curre y tiendo a pensar que es por la misma razón que me ocurre a mí con las del tuyo: porque me afectan y no tanto porque mi materia laboral te interese en sí misma. Pero, en cambio, no me gustaría (ya sé que no es el caso) que me preguntaras porque entiendes que has de manifestar tu interés como prueba de que me quieres o como contrapartida (o reclamo) de que yo haga (o deje de hacer) lo mismo. A eso me refería con las extrapolaciones peligrosas.

En todo caso, me encanta que, pese a las nubes negras y los túneles anchos, seas capaz de decir lo que sientes. No hay peor opción que el silencio; sólo vale para que se pudra el conflicto y crezca como una bola, no de nieve, sino de futuros rencores. Y de eso ya sabes que tengo un master. Así que perdona nuevamente y un beso muy grande. Te deseo un cielo despejado y luminoso, a ser posible pintado por Velázquez.


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lunes, 29 de enero de 2007

Los buscadores y mi blog

Hace bastante tiempo puse en este blog el contador de statcounter, pero hasta esta tarde no había investigado un poquillo las utilidades que ofrece la página web. Entre ellas está la de saber cómo han llegado al blog los últimos visitantes, bastante útil (imagino) para desarrollar estrategias que incrementen los accesos (ya me lo plantearé cuando empiece a vender on-line a través del blog). Pues como es natural unos cuantos de mis visitantes recientes han llegado hasta aquí tras búsquedas en buscadores de internet. Lo curioso es lo que buscaban; muestro algunos ejemplos de hoy mismo.

A un madrileño se le ocurre teclear "heterosexual" en el buscador de Yahoo! y obtiene la modesta cantidad de 6.460.000 resultados. Lo curioso es que mi post "Orientación Sexual / Aversión Sexual" aparece en el puesto 52. Si Yahoo ordena por relevancia, no sé cómo ha podido decidir que estoy en el primer 0,0008%. Como en ese post la palabra "heterosexual" (o derivadas) se repite hasta 10 veces, deduzco que eso cuenta. Conclusión, seleccionar términos muy buscados en internet (obviamente habrán de ser de sexo) y repetirlos el mayor número de veces posible en cada post.

Otro buscó en etikedo.com, que deduzco que es el buscador de los blogs de ya.com a partir de las etiquetas que se ponen (últimamente me estoy olvidando de ponerlas) al publicar el post. Pues esta persona tecleó desenamoramiento y sólo salió mi post de "Una Casada Infiel". No puedo creer que entre todos los blogs de Ya.com no haya ninguno que haya mencionado el desenamoramiento (la única explicación en que no han optado por esa etiqueta). En cambio, un argentino/a buscó también en etikedo.com el término "infidelidad" y le salieron 23 posts de blogs de Ya.com; parece que se etiquetan más infidelidades que desenamoramientos. Pero atención, nuevamente el post de la casada infiel aparece en los primeros puestos (el 4º) y logro meter otro en el ranking: en un discreto decimosexto puesto mi post "Una infidelidad ocasional".

Un cuaro visitante buscaba en Google "recalificación urbanística" y "plusvalía" y le salió mi post "Corrupción urbanística (y, ya de paso, el problema de la vivienda)" como la cuarta entrada en la primera página de 198. Coño, ahora sí que me he quedado asombrado con el grado de relevancia. ¿Será posible que en un tema tan "de moda" como ese no haya páginas mucho más relevantes? Por cierto, llegar a esa primera página de Google me ha permitido descubrir un blog de un arquitecto que trata temas de urbanismo y vivienda; aprovecharé para visitarlo que tiene buena pinta.

También en Google alguien buscó "criadas" y se encontró con mi post del mismo título, que no es otra cosa que la transcripción de unos párrafos de las Memorias de Sandor Marai. De unos 3.250.000 resultados, ese post aparece en 6º lugar (alucinante) y delante sólo tiene referencias a la obra homónima de Jean Genet (¡qué honor!) y -por supuesto- a una página que ofrece fotos porno gratis de criadas.

También he encontrado algunas trampillas de Google. Así, un mexicano/a buscaba "la diferencia de edad acabó con nuestra relación" y Google le envía a mi blog como decimocuarta opción (entre unas 8.550.000 posibilidades). Me quedé extrañado porque no recordaba haber escrito nunca sobre ninguna diferencia de edad culpable del fin de alguna relación. La explicación es que Google combina dos posts míos. En uno (El sexo en mi crisis de pareja) aparece "nuestra relación" y en otro (Adela) aparece "diferencia de edad". No creo que le valieran de mucho los resultados a mi visitante.

Pero ya para acabar (no es cuestión de alargarse demasiado con estas tonterías) la búsqueda más alucinante. Uno que a través del buscador de msn.es quiere información sobre "comecocos con vidas infinitas". Y el caso es que el décimo de 40 resultados es mi blog combinando tres posts cada uno de ellos con una de las tres siguientes palabras: "con" (ésta tiene que aparecer en casi todos los posts), "infinitas" y "vidas". Lamentablemente este visitante no pudo encontrar "comecocos" en ninguno de mis artículos.

En fin, que no deja de tener su gracia esto de enterarse de lo que venían buscando algunos que llegan hasta aquí.

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domingo, 28 de enero de 2007

¿Un hijoputa que parezca buena persona o una buena persona que parezca un hijoputa?

Ayer fui al teatro a ver "El Método Grönholm". Ya sé que no es precisamente una novedad (tengo entendido que la versión castellana se estrenó en Madrid en otoño de 2004 y la original catalana anteriormente), pero es lo que pasa por vivir en provincias. De hecho, había visto hacia finales de 2005 la versión cinematográfica, que me gustó, pero más me ha gustado esta teatral. Plena de comicidad que es exprimida por muy buenas actuaciones, pese a lo cual deja el regusto amargo de la reflexión. Un allegro ma non troppo, por remedar el título de uno de mis libros favoritos.

El argumento (imagino que ya muy conocido) se centra en una sesión de selección de personal; hay cuatro candidatos que optan a un puesto directivo en una multinacional sueca (descarada alusión a IKEA). A lo largo de la obra se van enfrentando a extrañas "pruebas" hasta el resultado final al que sigue el post-final, una pirueta narrativa original y sorprendente. Hay una frase en esos últimos momentos que le dice Cristina Marcos a Carlos Hipólito: "Buscamos a un hijoputa que parezca buena persona, no a una buena persona que parezca un hijoputa". Con la exageración propia de la caricatura, expresa certeramente lo que podría ser el criterio principal de la selección de personal de cualquier empresa agresivamente competitiva.

El título de hijoputa, en el contexto de la obra, le correspondería a alguien carente de los sentimientos que solemos llamar "de humanidad" y que ha interiorizado como únicas motivaciones vitales las reglas del capitalismo depredador. Así, sólo le interesarían los signos de esa "carrera por eliminación": el dinero, el prestigio social, el poder, etc. Siempre en el marco de la caricatura, las personas así serían frías, despiadadas, faltas de amigos pero sobradas de relaciones útiles ... Y me restrinjo a la caricatura porque me cuesta creer que haya muchos de estos individuos, aunque sí hay muchos que "parecen" hijoputas.

Porque es verdad que, en según que entornos, es conveniente parecer un hijoputa, al margen de que sea más o menos buena persona. El sistema productivo es, en los términos señalados, claramente hijoputa y, por tanto, los que mejor encajan en él optimizando su eficiencia son los hijoputas. Pero me parece que, salvo bichos raros con algún cortocircuito neuronal, convertirse de verdad en un hijoputa conlleva excesivos costes en la felicidad personal. Tiene que haber un momento en la vida de cualquiera en el que se de cuenta de que está corriendo sin ningún destino (salvo el común a todos), en que la ¿conciencia? le explote en insatisfacción (o en depresión).

O quizás no lo haya. Quizás haya personas que son capaces de progresar toda su vida como hijoputas sin vivir nunca una "crisis existencial". Si es así, mejor para ellos (aunque no sepan lo que dejan de vivir). Los que gustan de la "justicia cósmica" pensaran que la vida (o Dios) ha de cobrarles su actitud; y si no, siempre queda creer en el karma y esperar sucesivas reencarnaciones.

Y si me parece difícil que haya muchos verdaderos hijoputas, también lo es, aunque menos, vivir siendo buena persona y pareciendo un hijoputa. En el fondo, pese a la declaración de Cristina Marcos, ese es el peaje mínimo que piden para ser "ejecutivo agresivo"; es decir, puedes ser un tío estupendo y muy humano pero te disfrazas de hijoputa en el curre. Lo que pasa, me parece, es que mantener el disfraz tantas horas al día exige acallar la conciencia y me da que, poco a poco, se iría acallando de forma permanente. O sea, el que empieza pareciendo hijoputa corre el riesgo cierto de acabar siéndolo. O tiene su crisis liberadora y manda a tomar por culo el disfraz (procurando, eso sí, que lo despidan con una buena indemnización).

El equilibrio entre lo que "somos" y lo que aparentamos es complicado. Desde luego, en la sociedad actual (y no sólo en el entorno laboral) la apariencia (la imagen) es importantísima y eso nos convierte a todos en algo esquizofrénicos. Pero piénsese que cuando aparentamos ante los demás acabamos aparentando ante nosotros mismos, con lo cual creeremos ser lo que aparentamos ... o lo seremos realmente. En fin, por este camino me meto en un sembrao.

En la obra teatral, tras las palabras de Cristina Marcos, hay que suponer que el personaje de Carlos Hipólito es una buena persona que pretende parecer un hijoputa (y a fe que lo logra). Así, el chorreo final que le sueltan exhibiéndole de forma descarnada cómo su vida es una mierda, pareciera que habría de conducir a la crisis catártica a la que me refería. De hecho, el personaje de Hipólito se queda hecho polvo, reflexionando destrozado; sin embargo, inmediatamente después reacciona para retomar su actitud hijoputesca (llama por el móvil para ir a una cena con unos empresarios). Y uno, al levantarse de su asiento, se queda con la duda de si era después de todo un verdadero hijoputa o, aún sin serlo, de tanto aparentarlo había perdido en el viaje cualquier otra alternativa.

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viernes, 26 de enero de 2007

Sexualidad masculina y desintegraciones

La relación sexual para el hombre es la historia siempre dramática de un ser que quiere gozar del cuerpo de una mujer y acaba invariablemente por gozar de sus propios órganos (privándose con ello de los medios de gozar de esta mujer). Y lo menos que puede decirse del placer masculino es que es breve y débil. La eyaculación es una promesa incapaz de ser mantenida; el hombre tiene la impresión de que alzará el vuelo y estallará, pero se desploma, se derrumba, se ahoga. Muere sin llegar a haberse desintegrado, ha confundido con un aniquilamiento lo que no es más que un suicidio. Ya se ha acabado, piensa, pero apenas había comenzado a perder la cabeza y ahora todo se ha ido. La eyaculación siempre es el “no es eso”. En relación a lo que esperaba, no es eso, la crisis más intensa y al mismo tiempo más insignificante, fácil de obtener, rápida de satisfacer, pobre en sensaciones.

La cita proviene del libro “El nuevo desorden amoroso” escrito en 1977 por dos filósofos franceses, Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut. Su publicación (¡hace 30 años!) causó un importante revuelo en Francia y países de la Europa Occidental. En esa fecha, ambos filósofos eran muy jóvenes (no llegaban a los 30); hoy ambos son figuras reconocidas del panorama intelectual europeo, con abundantes ensayos publicados (la mayoría disponibles en castellano). Me gustaría saber qué piensan hoy los autores, a punto de entrar en la sesentena, de sus análisis y valoraciones de entonces. Me llama la atención, de otra parte, que con menos de treinta años, fueran capaces de elaborar una crítica tan demoledora a los dogmas de la llamada revolución sexual de los 60 (especialmente las tesis sobre el orgasmo de Wilheim Reich). Me pregunto si sus controvertidas posiciones (sobre todo en esos momentos) provienen sólo de una reacción intelectual, expresada con la previsible dosis juvenil de insolencia, o tienen base en experiencias sexuales personales. Algo de vivencia propia ha de haber, pero ¿a esas edades y en esos años? Bueno, parece que sí; al menos los textos exhiben la lucidez suficiente de quién es capaz de diagnosticar sus carencias; otra cosa es que hubieran experimentado las alternativas.

Yo ahora, a mis 47 tacos, estoy leyendo este libro y sorprendiéndome de que hasta hace muy poco casi nada de lo que dicen estos “jovencillos” se me hubiera ocurrido. Pero es que me da la impresión de que, al menos en mi entorno, los varones de mi generación no fuimos capaces de percibir las limitaciones de la sexualidad masculina “estándar” y, lo que es peor, muchos rondan la cincuentena sin haber abierto puertas alternativas (y creativas); por eso, a nuestras edades y con la falaz justificación de la edad (y de la “normalidad”), la resignación –consciente o subconsciente- va tiñendo más la sexualidad. Ahora bien, también me cuesta creer que la “viva repercusión” que supuso la publicación de este libro fuera tal al exterior de determinados círculos académicos y elitistas. Dudo que su reivindicación de la maleabilidad amorosa (de ahí el título del nuevo desorden) incidiera de verdad en las relaciones afectivas y sexuales reales, pues de ser ahí habría implicado profundas reconstrucciones de las mismas. Basta recordar las coordenadas históricas: acaban los 70 y vienen los 80 y en el plano ideológico el péndulo vuelve a concepciones neopuritanas (neoconservadoras), como si desde los púlpitos se nos dijera: basta ya de experimentos; ahí aparece el sida para “poner las cosas en su sitio”.

En todo caso, uno ha vivido lo que ha vivido y –qué duda cabe- podría haberlo hecho mucho mejor y aprovechado (y disfrutado) mucho más de sus opciones. Pero agua pasada, melancolía estéril; así que más me vale alegrarme de descubrir que la puerta no se había cerrado (y ciertamente que me alegro). He transcrito un párrafo del principio del libro porque al leerlo entendí lo que decía; quiero decir que lo entendí desde mi propia vivencia (hace unos años así no lo habría entendido). Me gustó que eligieran los términos desintegración y aniquilamiento vinculados al orgasmo masculino; o más precisamente al orgasmo que no es. Algo tiene que haber ahí de verdad, al menos así lo siento. Quizás la mayor intensidad vivencial del ser humano (¿del varón o de ambos?) sea lograr la desintegración de su conciencia. No me voy a enrollar al respecto, pero me vienen en mente alusiones psicoanalíticas, de espiritualismo metafísico, etc.

Esa “desintegración” se puede alcanzar (no es palabreo místico) e intuyo que es el vestíbulo de lo que algunos llaman estados superiores de conciencia. Sin ir tan lejos (porque no he ido, ojalá), lo cierto es que, en mi caso, el sexo es el “entorno” más adecuado para ello. Pero claro, no el sexo tal como lo vivía hasta hace poco; no los orgasmos eyaculatorios tradicionales. Ojo: aunque no estuvieran nada mal y, entonces, tampoco echara nada de menos; sin embargo, ahora creo que mi comportamiento sexual (en tanto que propio de un modelo determinado, independientemente de mi mayor o menor “pericia técnica”) llevaba en sí mismo fecha de caducidad, el germen de la resignación. Entender esto me permite entender el papel que jugó el sexo en mi separación (pero por ahí me alargaría demasiado).

Volviendo al párrafo transcrito: yo no me atrevería a afirmar con la radicalidad de los autores que “la relación sexual para el hombre es la historia siempre dramática de un ser que quiere gozar del cuerpo de una mujer y acaba invariablemente por gozar de sus propios órganos”; y no me atrevo porque soy capaz de imaginar diversas intencionalidades masculinas. Por ejemplo, no me parece muy descabellado cambiar el orden de las palabras y decir que la relación sexual es para el hombre (para algunos o muchos hombres) querer gozar de sus propios órganos a través del cuerpo de una mujer. Pero, a efectos de resultados, viene a ser lo mismo. Lo que me interesa resaltar (y hablo exclusivamente desde mi experiencia, para nada con pretensiones generalizadoras) es que la relación sexual a la que me estoy refiriendo se basa muchísimo en el goce de la mujer. No, por tanto, querer gozar del cuerpo de la mujer, sino querer que el placer inunde el cuerpo de la mujer y obtener de ese placer el propio (el masculino). Advierto que, al menos en mi caso, no es una cuestión de “justicia” o equilibrio entre el dar y recibir (por eso de que la mujer debe llegar al orgasmo, etc). Es descaradamente egoísmo, a partir del descubrimiento de que ese placer femenino “pasa” hacia mí; odio las metáforas en este campo (porque inevitablemente suenan cursis) pero no tengo otra: es como sí la mujer produjera energía (sexual) que me va cargando y conduciéndome hacia esas experiencias de “aniquilamiento” que tanto me cuesta describir (incluso a mí mismo).

Intuyo que esa energía sexual capaz de llevarnos a experiencias profundas es predominantemente femenina. Como no puedo evitar mi pepito grillo escéptico-racionalista, me pregunto si los hombres no la tendrán también (y lo que pasa es que yo vine mal de fábrica) o si habrá mujeres que carezcan de ella (y lo que pasa es que he tenido la fortuna de encontrar una maravilla en tal sentido). Tampoco me importa mucho, porque al fin y al cabo la teorización tiene sólo interés teórico (y a mí, ahora, lo que me cuenta es la práctica). Pero, aunque sin pruebas, creo que mi intuición es correcta en lo fundamental. De lo cual cabe concluir, en plan receta, que la sexualidad del varon mejoraría si la convirtiéramos en subsidiaria de la sexualidad femenina. No voy a desarrollar esta idea, aun a riesgo de las fáciles simplificaciones: yo me entiendo.

Claro que históricamente (hasta hace nada) no han ido por ahí los tiros y me da que tampoco hoy. Puede que muchos hombres estemos descubriendo en nuestras intimidades cosas como las que tan mal cuento y también puede que muchos (aunque menos) estén experimentando la potencialidad del sexo como revulsivo de sus conciencias (y de la relación con su pareja) ... Pero de lo que estoy seguro es que estas “revoluciones íntimas masculinas” (sean de la importancia numérica que sean) no trascienden del ámbito de los privado y, por tanto, no resquebrajan apenas el discurso social con el que se ha construido la masculinidad. Esa masculinidad social es, para casi todos los varones, un freno tremendo para, por ejemplo, hablar entre nosotros y ayudarnos en nuestros desconciertos. Y así nos va: todos autodidactas porque el “libro de texto” a muchos no nos vale, pero no es cosa de reconocerlo en público.

Puuf. Ya me estoy yendo por las ramas ... Así que hasta aquí. Añado otra cita del mismo libro, pero ya sin comentarios.

¿En qué sueña el hombre mientras copula? Sueña en poder abandonarse, sin que ese abandono al placer ponga término a su excitación, sueña en gozar como la mujer, sin fin, sin tregua, en una pérdida incondicional de su ser. El éxtasis femenino se convierte, pues, en su utopía, lo que fantasea y lo que le es prohibido pero, al mismo tiempo, la amenaza inquietante que le revela su inferioridad en sus relaciones con la especie, la historia, la vida.

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras
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jueves, 25 de enero de 2007

La educación de la mujer

A continuación unas cuantas citas de publicaciones españolas de los años 50 dirigidas a niñas, adolescentes y jovencitas. Alguna de las revistas era leída por mi madre hacia finales de los 40.

La familia
El padre tiene la autoridad de la familia. Esta autoridad le ha sido donada directamente por Dios. Por eso se dice que la autoridad paterna es de “institución divina”. Al padre debe entera obediencia toda la familia. Pero también amor. El amor da a los hijos confianza y respeto para acercarse a los padres con la seguridad de que serán comprendidos. A la madre también se le debe obediencia porque su autoridad proviene de la autoridad paterna, ya que el padre no pueda atender completamente a la formación de los hijos, pues sus funciones en la familia –cubrir las necesidades económicas mediante el trabajo– le sacan del hogar; la madre, en cambio, cuida el hogar, y atiende directamente a los hijos. Los hijos en la edad más temprana necesitan muchos cuidados físicos y espirituales; por eso es la madre, con su contacto permanente, la que vela por ellos, sacrificando su vida a este fin, protegiendo, ayudando y corrigiendo amorosamente la vida del hijo, hasta que éste, conseguida su formación y madurez, se independiza creando su familia propia119. (Formación Político-Social. Primer curso de Bachillerato, Madrid, Sección Femenina de FET y de las JONS, 1958, p.4)

Profesiones
Lo bonita que es para la mujer la carrera de Magisterio, porque toda mujer tiene dentro de sí una vocación de madre y esta vocación se complementa con la de maestra (“El primer día”, núm.144, 1958).

Dudas juveniles: ¿Casarse o seguir estudiando?
NORA (Melilla).- “Tengo 18 años. Estoy estudiando y tengo relaciones con un chico que me ha prometido casarse conmigo si dejo los estudios. En casa me obligan a seguirlos”

RESPUESTA: Me parece muy ilógica la postura de este chico, teniendo en cuenta que, por otra parte, no se decide a hablar con tus padres para formalizar vuestro noviazgo. Así pues, habla con él y dile que ése es el primer paso que debe dar si realmente te quiere y si va contigo en plan serio. Luego, él mismo puede comprender que si os comprometéis formalmente y comenzáis a pensar seriamente en vuestra boda, lógicamente dejarás de estudiar, el día que decidas transformarte en una verdadera “ama de casa”. Pero si no comprende tus razones y se empeña en ponerte condiciones antes ya de hablar con tus padres, no creo que con ello demuestre quererte demasiado, ¿no te lo parece? (“Tu problema”, por Silvia Valdemar, núm.40, 1958).

¿Estás preparada para el matrimonio?
Test en el que hay que descubrir si cada afirmación es cierta o falsa.

El tipo de muchacha “femenina”, es más feliz en el matrimonio que las que tienen un temperamento “masculino”.

CIERTO: La personalidad masculina está en constante competición con su cónyuge. Las estadísticas demuestran que los hombres se casan con mujeres inferiores a ellos en enseñanza e inteligencia.
CIERTO: Los estudios demuestran que las mujeres desean encontrar en su esposo un ser más cultivado e inteligente que ellas (Revista Sissí; número 218 de 1962)

Modelo de mujer
Aunque posea un cuerpo perfecto, una sonrisa diáfana, una mirada brillante... ¡Haga suyos estos consejos! Una mujer no es verdaderamente encantadora hasta que...
Se ríe de sí misma, pero nunca de los demás. Se enfrenta con decepciones y engaños, sabiendo dominarse. Ha aprendido a tener tacto. Es humilde. Sabe ser tolerante, sin sentirse superior a aquellos que son menos afortunados. Se da cuenta de lo importante que es cooperar y cumplir sonriendo las razonables exigencias del hogar, del trabajo y de la vida social. Es una mujer dulce, una mujer de exquisita sensibilidad. Es simpática y trata realmente de hallar una solución para los amigos y amigas que se sienten decaídos o apurados. Es generosa y disfruta de veras haciendo feliz a otra persona. Procura ser tan atractiva e interesante como se lo permiten sus medios. Aporta armonía a la vida familiar y a la vida de cuantos la conocen. Sabe cómo desechar una observación ingrata, antes de preocuparse por formularla. Realiza favores a los demás porque encuentra placer en ello, no porque crea que es su deber o porque espere gratitud. No olvide nunca, querida lectora... Estas son las reglas precisas para que usted halle el camino de la felicidad y del éxito social y profesional.
(Revista Sissi, núm.1, 1958)

Test: ¿sabes ser una mujer moderna?
Lectora: ¿Posees la simpatía, el encanto, el “chic” de una auténtica mujer moderna...?Porque –fíjate bien– la mujer, por muy moderna que sea, está obligada a poseer el tierno, leve y sugestivo encanto de su feminidad, que no debe ser en ningún aspecto destruido o anulado en nombre de un equivocado sentido del vocablo “modernismo”. Debemos procurar que la independencia femenina no se interprete en forma negativa o errónea. Para ello, nada mejor que conocer nuestras obligaciones a este respecto. Y nuestras propias posibilidades. Saber, en suma, qué actitud adoptar en determinadas circunstancias, pues a fuerza de desear convertirnos en mujeres muy modernas, olvidamos que todavía seguimos siendo –por encima de todo– mujeres. ¿Sabes tú, amiga lectora, ser eso, una mujer moderna? Contesta con sinceridad a las siguientes preguntas:
1. ¿Te parece importante estudiar y crearte un porvenir?
2. ¿Crees de veras que una mujer puede desenvolverse en la vida sin depender de nadie?
3. ¿Practicas la gimnasia y deportes más que el baile?
4. ¿Estás segura de que deseas realmente formar un hogar?
5. ¿Crees que pueden ser perfectamente compatibles el matrimonio y tu profesión?
6. Si no es así, ¿sacrificarías tu carrera al amor?
7. En tu trato con los hombres, ¿sigues siendo, no ya como nuestras abuelas, pero sí
como nuestras madres?
8. ¿Te parece que la mujer es superior al hombre?
9. ¿Te parece que, en asuntos amorosos, tienes derecho a tomar la iniciativa?
10. ¿Te hubiera gustado ser hombre?
11. ¿Tienes prejuicios cuando se trata de alternar con personas de inferior categoría social que la tuya?
12. ¿Rechazarías a un muchacho por igual circunstancia?
13. ¿Te importa más el dinero y la posición, que la inteligencia?
14. ¿Te sientes rígida, forzada, convencional, cuando te ves obligada a alternar con muchachos a quienes no has visto nunca?
Lo correcto es contestar SÍ a las primeras SIETE preguntas y NO a las restantes. (Sissi, núm.91, 1959)

Sexo (insinuado, desde luego)
nosotras despreciábamos en silencio a Flor por no considerarla una muchacha honesta, ya que teniendo un novio, con el cual riñó por esa causa, se vio entrar a un hombre en su habitación a horas sospechosas de la noche, y permanecer un buen rato en ella (“Confesiones: La que no tuvo piedad”, Sissi, núm.10, 1958).

Todas las citas obtenidas de la Tesis Doctoral “MUJER MÍTICA, MUJERES REALES: LAS REVISTAS FEMENINAS EN ESPAÑA, 1955-1970” de Mª del Carmen Muñoz Ruiz , presentada en 2002 en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid.

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miércoles, 24 de enero de 2007

Histeria femenina, orgasmos terapéuticos y vibradores

Esta tarde, en el libro que estoy leyendo, descubrí que la palabra histeria viene del griego hyster, que significa útero. Parece ser que, desde la edad media (o quizás antes), se denominaba histeria a las crisis nerviosas femeninas, atribuyendo su causa a desarreglos uterinos (por cierto, en el útero radicaban muchos de los espiritus malignos que convertían a la mujer en un ser diabólico). En la actual psiquiatría, la histeria es un trastorno de conversión, llamado así porque el paciente convierte un conflicto psicológico en trastornos físicos (por ejemplo inmovilidades parciales, incapacidades sensoriales). Obviamente, no es algo exclusivo de las mujeres, pero sí es cierto que los síntomas que la caracterizaban se daban muy mayoritariamente en mujeres.

En fin, lo que me llamó la atención es que en el siglo XIX la histeria femenina se convirtió en un trastorno muy frecuente, sobre todo entre las mujeres de cierta posición socioeconómica; más en concreto, en Inglaterra, en plena época victoriana. Hay que tener en cuenta que el XIX británico corresponde al apogeo del puritanismo sexual y también al nacimiento de los ideales románticos (si bien castos) en las relaciones matrimoniales. Es decir, se buscaba una mayor intimidad y confianza entre los cónyuges (fomentada por los primeros balbuceos de las ideas feministas) pero, al mismo tiempo, excluyendo de ese amor romántico que se estaba "inventando" sus componentes sexuales. El amor es sublime y el sexo sucio: cuánto de esta afirmación sigue anclada en muchos de los subconscientes actuales (y en algunos conscientes). También por esos tiempos la sociedad bienpensante se convenció de que, frente a las ideas medievales sobre la mujer, ésta era intrínsecamente pura, carente de deseos sexuales (también esto ha llegado hasta muchos subconscientes actuales). No se crea que estas ideas eran meras excusas hipócritas; ciertamente la mayoría de los hombres y mujeres de las clases pudientes (quienes, al cabo, establecen las ideologías dominantes que poco a poco van filtrándose al conjunto de la sociedad) lo creían honestamente.

Imagino que el conflicto entre un convencimiento "ideológico" y unas pulsiones físicas se traduciría en el incremento de crisis histéricas entre las damas victorianas. Y es que en la última década del XIX llegó a hablarse de epidemia ante la exagerada abundancia de casos. Era, por supuesto, una enfermedad de clase alta, con lo cual cabe suponer (creo recordar una escena alusiva en una novela inglesa de la época) que hasta podía considerarse chic o, cuando menos, perfectamente aceptable. Pero lo fantástico era el tratamiento médico a estas señoras: se les masajeaba el clítoris hasta que se corrían, momento en que alcanzaban un estado de relax desapareciendo los síntomas histéricos ... hasta la próxima, claro. De más está comentar que ese "orgasmo" no se consideraba propio del sexo (ni, por tanto, sucio) y de más también que con sus maridos no debían ni intuirlo. De hecho, en coherencia con la "pureza femenina", parece que a los hombres no les hacía mucha gracia que la mujer gozara más que moderadamente (hay varios testimonios de hombres indignados cuando eso ocurría).

Contemporáneamente los médicos más avanzados (Freud entre ellos) se interesaban por la histeria y planteaban otros tratamientos. Así que supongo que el "masaje erótico" como terapia socialmente admisible iría cayendo en desuso. Lástima. Está claro que si hoy una mujer (o un hombre) fuera a un profesional a que le alivie su tensión sexual con un adecuado masaje, difícilmente puede luego contarlo en una reunión social; y, en el otro lado, el que actualmente hace esa actividad no goza del mismo prestigio que podría tener un médico en su exclusiva consulta de una elegante calle londinense. Pero bueno, también cabe pensar que ese "descubrimiento" del orgasmo terapéutico pudo haber sido un paso en la posterior crisis de la "mujer angélica"; estoy pensando en los felices 20 (y sus desenfrenos sexuales) ... aunque luego vendrían los oscuros 30 y el pacatismo postbélico hasta el despertar de los 60 (pero eso es situarnos ya muy cerca).

Así que volvamos a los masajes terapéuticos. Parece ser que para los ilustres doctores era un trabajo pesado. Hagamos un esfuerzo de imaginación para recrear las correspondientes escenas (procurando situarse en la época y no carcajearnos). Así que en 1869, el médico norteamericano George Taylor inventó el vibrador como herramienta terapéutica para masajear la pelvis de manera fácil e higiénica. Pero era muy aparatoso y además iba a vapor por lo que fue rápidamente sustituido en las consultas por el que a principios de los 80 diseñó el médico inglés Joseph Mortimer Granville, que iba con batería y resulta muy similar a los actuales. Por cierto, parece que este hombre no recomendaba su uso para el masaje genital femenino sino para la musculatura masculina; pero no le hicieron ni caso. El caso es que el invento tuvo un éxito tremendo, tanto es así que se considera que es el quinto utensilio doméstico en electrificarse (antes fueron la máquina de coser, el ventilador, la tetera y la tostadora). Los vibradores, en la última década del XIX y las dos primeras del XX se anunciaban y vendían de forma absolutamente pública y respetable, ya que se trataba de objetos terapéuticos (y lo siguen siendo, qué duda cabe). Luego es sabido que la excusa terapéutica dejó de ser políticamente correcta y los vibradores han pasado a otros ámbitos, con sus épocas de objeto prohibido (como curiosidad: sigue estando prohibida su venta en los estados de Alabama, Georgia y Texas).

Y nada más ... Da qué pensar cómo pensábamos y actuábamos hace poco más de un siglo. Y también cuánto de esa "ideología" sigue perviviendo en nuestros días. ¿O no?


La primera imagen corresponde al vibrador de George Taylor y la otra a publicidad de vibradores de un periódico yanqui de 1918. Por cierto, recomiendo las diapositivas de esta página.

CATEGORÍA: Curiosidades dispersas
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lunes, 22 de enero de 2007

Las mujeres cobran menos (la discriminación salarial)

Ayer leí el segundo post de Nanny-Ogg de "verdades verdaderas": las mujeres cobran menos. Naturalmente, hay que entender que es una verdad estadística y válida "a igualdad de trabajo"; es decir, se supone que, en conjunto, puestos laborales equivalentes tienen remuneraciones menores cuando los ocupan mujeres. Esta afirmación es sobradamente conocida (por repetida) lo que parece eximir a sus enunciantes de detallarla (o explicarla); de otra parte, es seguramente el hecho (de serlo) que mejor prueba la discriminación de las mujeres en nuestra sociedad. Digo que es el que mejor la prueba no porque la discriminación salarial sea necesariamente la peor de todas (no digo ni que sí ni que no), sino porque tiene la ventaja de poder cuantificarse y, además, en euros.

Entro en la web del Instituto de la Mujer y compruebo en sus estadísticas que, efectivamente, el salario medio anual de las mujeres en España es inferior al del conjunto de ambos sexos. En 2002, el salario medio anual conjunto era de unos 19.800 euros, mientras que el de las mujeres de 15.770. De ahí resulta que la denominada "brecha salarial" se sitúa en el 28,88%. No queda muy claro de dónde sale esta cifra (no lo explican en la web), pero asumo que significa que, en promedio, las mujeres cobran un 28,88% menos que los hombres, por lo que éstos tendrían un salario medio anual de unos 22.170 euros o, lo que es lo mismo, la diferencia absoluta media se situaría en torno a los 6.400 euros anuales (casi 90.000 pesetas menos al mes que su equivalente masculino). He de aclarar que estas cifras no cuadran del todo con las estadísticas de tasas de ocupación hombres/mujeres de la misma web, lo que me hace pensar que las diferencias deben ser algo menores, pero no creo que eso sea demasiado relevante a efectos de estas reflexiones.

Las cifras que cito corresponden a 2002 y la web solo aporta además las de 1995. La buena noticia es que la brecha ha disminuido en esos siete años así que cabe pensar (en una hipótesis tendencial sin apenas datos que la sostengan) que en este 2007 será algo menor. Pero, por muy optimistas que seamos, si los datos del Instituto de la Mujer son ciertos, difícilmente es creíble que esté hoy por debajo del 25%. Y éste es un valor muy alto; lo suficientemente alto para probar como "verdad verdadera" que las mujeres cobran menos y, por tanto, que es cierto que existe discriminación salarial.

Pero a mí lo que me gustaría es entender cómo se produce en la práctica esta discriminación, acotándola siempre a puestos de trabajo equivalentes. Para ello es necesario no mezclar otras consideraciones que, si bien son también manifestaciones discriminatorias, son otros aspectos. Me refiero, por citar un ejemplo, a la afirmación también muy repetida de que hay muchas menos mujeres en puestos de alto nivel (decisional y salarial). Esta realidad discriminatoria la tengo más que comprobada en mi experiencia personal (por poco representativa que sea como muestra estadística), así que no necesito convencerme. Y me temo que este factor distorsiona algo (no lo suficiente para negar la existencia de la brecha) las estadísticas del Instituto de la Mujer, aunque sólo fuera en el primero de sus epígrafes: directores de empresas de más de 10 asalariados. Me parece claro que cuanto más potente sea la empresa (y más empleados tenga), mayores serán los sueldos de sus directores y, como creo que habrá mayoría de directores hombres en las empresas más potentes, la media salarial de ese epígrafe está mezclando puestos no equivalentes entre sí y, por tanto, no resulta fiable a efectos de cuantificar la brecha entre trabajos análogos. En este mismo ejemplo, la cuestión es la diferencia salarial entre dos directores (uno hombre y otro mujer) de dos empresas equivalentes. O, dando un pasito más, si una empresa cambia de director (pongamos una sucursal bancaria) a directora, ¿a ésta le paga un sueldo inferior al que cobraba su predecesor?

Hay "mundos laborales" en los que, desde luego, no existe ninguna discriminación salarial entre puestos equivalentes. Por ejemplo, en la administración pública (en la que trabajo) cada puesto de trabajo tiene fijado su salario con absoluta independencia del sexo de quien lo ocupe (faltaría más). Pero, aunque no sea tan legalmente rígido, hay muchos sectores que vía la regulación laboral y los convenios colectivos ocurre algo muy parecido (sobre todo en sueldos mínimos que son tantas veces los máximos que se pagan).

Planteo lo anterior a modo de dudas, porque ciertamente me gustaría entender cómo se produce en la práctica la discriminación, ya que tengo que admitir (no van a estar mal todos los estudios estadísticos) que existe y es significativa. Así que me interesaría conocer ejemplos de empresas en las que dos puestos equivalentes tienen salarios diferentes según sea hombre o mujer quien lo ocupa (y siendo equivalentes también los factores objetivos de cada uno de ellos, tales como experiencia, etc). Por más que tenga que estar equivocado, me resisto a dejar de pensar que el factor discriminatorio, más que en las diferencias salariales entre trabajos equivalentes, radica en la mayor dificultad de acceso de las mujeres a los puestos mejor pagados.

En la web del Instituto de la Mujer también hay estudios. Mientras escribía este post me he bajado y leído (un poquillo por encima) uno titulado "Mercado de trabajo, pobreza y género". En él se habla de una diferencia salarial en torno al 25% (lo que cuadra con mi estimación); además la autora, a partir de análisis estadísticos complicados, estima que en torno a las dos terceras partes de esa "brecha salarial" no tienen su causa en diferencias en la productividad de los individuos, debiéndose atribuir consecuentemente a factores discriminatorios. Además, al desagregar más las ocupaciones, el porcentaje de la brecha salarial discriminatoria se reduce del 25% (media conjunta) al 13%. Y hay que hacer notar que es prácticamente imposible contar con datos estadísticos los suficientemente desagregados como para garantizar una suficiente equivalencia entre los puestos laborales cuyas diferencias salariales se cuantifican. O dicho de otra forma, es más que razonable pensar que el valor real de la brecha salarial discriminatoria entre puestos laborales equivalentes bajaría aún del 13% citado.

Ojo: no pretendo afirmar que no exista diferencia (discriminación) entre los sueldos de hombres y mujeres en puestos laborales equivalentes. Lo que creo, tras ver los datos y leer el estudio citado, es que esta brecha es bastante menor del 25%, conclusión que -por otra parte- me parece más explicable en la realidad práctica de gran cantidad de empresas concretas. Pero ojo de nuevo: eso no quiere decir que la discriminación salarial sexista sea baja; ciertamente es alta (en torno al 25%). Lo que pasa es que me da la impresión de que el factor más significativo no es tanto que "la mujeres cobren menos" (a igualdad de puesto laboral) sino la segregación ocupacional; es decir, que la distribución de los puestos de trabajo es más perjudicial para las mujeres. Algo de lo que, como dije antes, ya estaba convencido.

Y esto me trae a la cabeza la frase que oí hace tiempo (no recuerdo a quién) de que habría de verdad igualdad laboral entre hombres y mujeres no cuando las mujeres preparadas alcanzaran puestos de alto nivel, sino cuando lo hicieran las torpes. Porque efectivamente (y vuelvo a remitirme a mi experiencia personal), las mujeres que ocupan puestos directivos suelen tener un nivel profesional bastante más elevado que sus homólogos varones. O caricaturizando un poco (bastante) la estupidez como cualidad positiva en el ascenso laboral está mucho más valorada y premiada para los hombres que para las mujeres. Y eso sí es discriminación, aunque resulte muy difícil cuantificarla.

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domingo, 21 de enero de 2007

Stand by

Parece estar bastante sentado que el momento de mayor placer sexual de un hombre se produce en el instante justamente anterior a la eyaculación, en ese momento en que la excitación alcanza su culmen y la descarga se percibe inminente. Permanecer indefinidamente en ese "punto límite" es, en el sexo tántrico, el arte supremo. Podría pensarse que, en el esquema ya clásico de las cuatro fases de Masters&Johnson (excitación, meseta, orgasmo y resolución), se trataría de prolongar la meseta retardando, por consiguiente, el orgasmo. Esta interpretación, sin embargo, responde a entender la respuesta sexual masculina de forma lineal y, sobre todo, a asumir la coincidencia de orgasmo y eyaculación. Porque si lo que se hace es evitar la eyaculación al mismo tiempo que se sigue incrementando la excitación, el resultado casi inevitable es el orgasmo. Pero un orgasmo diferente del que acompaña a la eyaculación; sigue siendo placer físico intenso (en mi experiencia quizás menos radicado en las convulsiones musculares que en la sensibilidad dérmica) pero además es interno, profundo, mental (me cuesta encontrar adjetivos adecuados). Este orgasmo es más largo que el derramador seminal, pero lo más importante es que te mantiene en el estado de excitación, cargado de energía, con ganas de seguir amando.

No sólo hay que distinguir entre orgasmo y eyaculación, sino también entre excitación y erección. Suele ocurrirme, en una larga sesión de sexo (obviamente no hablo de un "aquí-te-pillo-aquí-te-mato") que todo el cuerpo se va involucrando en un placer progresivamente creciente, tanto que disfruto enormemente y no quiero que acabe. La excitación implica afluencia de sangre al pene y erección. Me da la impresión de que el pene reclama convertirse en la sede de mi placer, buscando que todo yo me concentre en él y desde ahí me derrame. Negarle ese protagonismo por más que se empeñe, no estar pendiente de su arrogancia. Y bajará y subirá (sin derramarse) pero ello no restará un ápice (al contrario) a la intensificación del placer.

En todo caso, no era de la excitación y de los orgasmos de lo que quería escribir, sino de la resolución. Pero de la resolución mágica que culmina una sesión larga de placeres; por eso los párrafos precedentes. A la que me refiero le antecedió una eyaculación con el corazón palpitando intensamente y las pupilas dilatadas. Si hubiera de elegir una palabra para describir ese rato largo (¿media hora quizás?) ésta sería paz. Una sensación de paz absoluta. Me cuesta mucho describir mis sensaciones y, sin embargo, quiero intentarlo.

El diccionario de la RAE define alienación como el estado de ánimo en que el individuo se siente ajeno; bueno, pues por ahí podrían ir los tiros. Era como si me hubieran apagado todos mis sensores perceptivos, como si hubiera salido de mi cuerpo y también de mi mente. Estaba tendido en la cama con una relajación física que rara vez logro cuando la busco. Cada músculo, cada trocito de piel, cada víscera, cada hueso, cada uno de mis componentes orgánicos ... todos en absoluto reposo, en un equilibrio de armonía completa, sin "hablar" para hacer notar su existencia. Y no había pensamientos; al menos, no había pensamiento consciente, sólo una sensación mental de paz, de estar fuera de mí, inundado por una especie de nube onírica. Tenía los ojos cerrados y veía imágenes y colores, no oía apenas el exterior pero me mecían músicas extrañas (por llamarlas de algún modo). En fin, no estaba allí, mi cuerpo y mi mente estaban suspendidos, no había tiempo.

Lo que describo me suena a la descripción que haría de su estado un aparato en stand-by ... y no me parece mala metáfora. A lo mejor es que esa inmensa sensación de paz (y de felicidad, obviamente) requiere la desconexión, salir de uno mismo. Pues, si es así, el sexo es uno de los caminos para alcanzarla.

Claro que todo se acaba y la culpable de estas experiencias hubo de ser quien me conectara de nuevo: había que vestirse y prepararse para almorzar.

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