jueves, 29 de junio de 2006

Libros que disfruto y olvido (o casi)

Leo mucho; desde siempre, desde muy pequeñito he leído mucho. Leo mucho, obviamente, porque me lo paso muy bien leyendo. Por eso, tengo la mala tendencia a leer con avidez, a veces en diagonal, saltándome partes del texto. Será también que sé que disponemos de tan poco tiempo y tenemos tantas cosas que leer ...

Quizás como consecuencia de mi glotonería lectora, resulte que me cuesta mucho recordar los detalles (y no tan detalles) de los libros leídos. Acabado un libro, y una vez leídos los cinco o seis siguientes (lo que suele equivaler a un mes después), se me queda tan sólo el argumento general (de qué va) y una valoración sintética del mismo (me gustó o no, mucho o poco).

Cuando ocasionalmente (no es demasiado frecuente) me encuentro con personas que gustan de la literatura y además son aficionadas a hablar de libros, descubro que la mayoría de los que comentan los he leído, pero que me cuesta hablar sobre ellos con un cierto detalle, sobre todo si están algunos años lejanos en el tiempo. Después de esas charlas, de vuelta en mi casa, busco el libro en mi biblioteca (cuando lo tengo) y lo hojeo, Esa relectura a picoteos va despertando recuerdos almacenados que se convierten con frecuencia en ganas de volver a leerlo; al menos, algunos párrafos.

Desde hace mucho tiempo he pensado que, al acabar un libro, debía obligarme a escribir un breve resumen, que se pudiera consultar rápidamente para convocar los recuerdos. Incluso algunas veces hice esta tarea. Ahora resulta que existen páginas de internet en las que lectores han ido haciendo esto. Pues nada, me dedicaré a buscar los resúmenes de mis lecturas hechos por otros ... a ver si sirven para convocar recuerdos.

Este post tiene que ver (me doy cuenta al terminar de escribirlo) con una de mis ansiedades viejas: cómo se disuelve nuestra memoria, cómo cuesta convocar los recuerdos. Y al fin y al cabo, nuestra identidad es nuestra memoria. Por eso siempre ando buscando magdalenas de Proust.


CATEGORÍA: Literaturas
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

miércoles, 28 de junio de 2006

¿Pudorosos con la intimidad?

Empecé a escribir en este blog el 20 de febrero; es decir, hace ya cuatro meses. Lo inicié casi jugando, como una prueba, tras haber descubierto este mundo de los blogs (la blogosfera, la llaman, creo); o sea: culo veo, culo quiero. Enseguida comprobé que era una herramienta más de la que podía valerme en esta etapa de cambio, de desconcierto, que estoy viviendo. Ya llevaba unos meses escribiendo más de lo habitual; me hacía bien poner por escrito las cosas que se me pasaban por la mente, como si el verlas negro sobre blanco las ordenara en mi cabeza, me ayudara a entenderlas y, por atnto, a entenderme. Pero, ¿por qué pasar esos escritos a la red sonde son susceptibles de ser leídos por otros?

Me imagino que la respuesta es muy similar en todos los que escriben blogs y, de hecho, algunas he leído al respecto. Evidentemente hay un deseo (anque esté hecho de sensaciones varias, a veces contradictorias entre sí) de hacer públicos tus sentimientos, de contar lo que te pasa ... Y, evidentemente también, hay un deseo de que esas "confidencias íntimas" (qué pedante) encuentren algún oido y, todavia mejor, alguna respuesta. También creo que, al menos en mi caso, es un entrenamiento consciente (y controlado) para aprender a desnudarse, a expresar lo de dentro, a sacarlo.

Digo "controlado" porque el riesgo es mínimo. Soy anónimo; quienes llegan a mi blog lo hacen por enlaces de comentarios míos a otros blogs o, los menos, por casualidad. No nos conocemos. O mejor, podemos irnos conociendo desde lo que contamos, muy pausadamente, sin las expectativas y condicionantes que impone la vida "normal". No obstante, ya desde el principio, hubo alguien que sabía de este blog y con quien mantenía una relación que había alcanzado un grado importante de confianza y cariño. No la conocía en persona, sin embargo, pero fue el interlocutor que tuve en mente al escribir esos primeros posts. Nuestra relación acabó (todavía no entiendo bien por qué: algún día escribiré un post a propósito) y estoy casi seguro de que ya no visita esta página.

Luego le pasé la dirección del blog a dos personas más a quienes también conozco. En ambos casos se trata de amigas que había conocido recientemente y que, obviamente, me caían bien. Sin embargo, a ningún amigo/a de viejo (de los que tengo de antes de mi separación) le he hablado del blog. Sólo hay una excepción y es L.

¿Cómo me explico esto? Creo que el motivo es que no me siento cómodo (todavía) enseñando estos desconciertos míos a quienes me conocen (y me quieren) bien desde hace tanto. No estoy preparado para dejarme ver cómo soy o, mejor dicho, como estoy aprendiendo a ser. Y, desde luego, quien menos querría que viese este blog es R. L es una excepción porque seguramente, de todos mis viejos amigos, es en quien he tenido más confianza, con quien me siento menos vulnerable, más seguro de que no me juzga. Y, además, está muy lejos.

Veo perfectamente que lo que hago es inseguridad de mi parte. Pero, al mismo tiempo, intuyo que iré desprendiéndome de ella poco a poco, como maduran los frutos. De hecho, mientras escribo voy repasando a los amigos a quienes quiero y pienso en algunos a los que, quizás, en breve les comentaré de este blog. Aun así, no deja de ser algo que pertenece a mi intimidad y que quiero desvelar con las adecuadas dosis de prudencia y con sus "instrucciones de uso".

En fin, no me enrollo más. Este post ha venido motivado porque ayer hablé con Elena, una de esas dos personas que conozco desde hace poco y que sabe de este blog. Le pregunté qué le parecía y la noté algo violenta. Me dijo que le parecía que exponía mucho mi intimidad y que ella nunca sería capaz de dejar que escritos así fueran vistos por personas con las que no tuviera muchísima confianza, que no conociera "de toda la vida". Tengo que decir que tampoco creo que esté desnudándome en exceso (me queda mucha ropa por quitarme) pero, en todo caso, lo cierto y lo curioso es que a mí me ocurre lo contrario que a ella en cuanto a con quienes funcionan más los pudores.

Me encantaría que blogueros con mucha más experiencia que yo me comentaran al respecto.


PS: La imagen que acompaña a este post es un acrílico sobre lienzo denominado "de mayor quiero aprender a ser pequeño" de la serie "Las Ventanas del Alma" de Nicoletta, una pintora residente en Valencia. El título de la serie es muy adecuado para el tema de este post y también me gusta el título del cuadro concreto. Pero, en el fondo, no son sino excusas para poner una pintura de esta chica, descubrimiento reciente gracias a un blog (del que ahora no me acuerdo) y que me parece sensacional. Recomiendo a quienes esto lean que visiten su página.

CATEGORÍA: Blogs e Internet
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

lunes, 26 de junio de 2006

Máscaras masculinas

Cuando R se fue de casa, poco después de destaparme de golpe nuestra crisis (la que yo no alcancé a evaluar en su real dimensión), pasé unos meses muy malos. Lo que más necesité entonces fue hablar, que me escucharan y, sobre todo, que me hicieran sentir que podía comunicar mis sentimientos, que había un canal abierto entre mi interlocutor y yo.

En esos meses hubo varias amigas que posibilitaron que esa necesidad mía fuera cubierta y, consecuentemente, contribuyeron muy mucho a que sobrellevara el dolor y, muy especialmente, a que ese dolor fuera el motor de una transformación para mejor. Amigas a quienes ya conocía (Paula, Esther, Laura, Carmen, Aria, Elena ...) y otras a quienes justamente conocí con motivo de la crisis (Elena, Eva, Adriana, Maricarmen ...); con todas ellas, aunque en distintas medidas y con distintos matices, logré una intimidad comunicativa que nunca (creo) he tenido con hombres.

También hablé con dos o tres amigos. Yo mismo, ya de entrada, descarté a varios de mis amigos como interlocutores; estos dos o tres eran los que están más cerca de mi intimidad ... ¡y aún así! Los hombres (salvo en el estado de efusividad alcohólica) nos sentimos muy incómodos cuando otro hombre nos desnuda (o lo intenta siquiera) su intimidad. Y eso aun a pesar de que, estoy seguro, lo que yo estaba pasando y sintiendo eran cosas que estos dos o tres amigos habían pasado y sentido.

Puestos en el trance en que los puse, estos amigos me "aconsejaron", me dijeron lo que tenía que hacer. No decían exactamente lo mismo (al fin y al cabo, el qué no era, ni entonces ni ahora, lo importante), pero adoptaban una actitud similar: eludían el ponerse a mi lado, compartir mi emotividad, hacerme ver que la entendían y, en cambio, me daban instrucciones de acciones que debía acometer, pasos a dar. Evidentemente, va en nuestro carácter (el de los hombres) la dificultad para compartir sentimientos y la tendencia a ofrecer soluciones prácticas.

Pero este ser así de los hombres (y de las mujeres) no es porque unos sean de Marte y las otras de Venus, sino el resultado de una diferenciación de los roles sociales que tiene una base biológica y adaptativa (muy poco funcional en los tiempos actuales). El caso es que los varones "aprendemos" a definirnos como tales a costa de ir reprimiendo nuestras emociones o, al menos, la expresión natural de las mismas. Y nos vamos colocando máscaras con las que nos mostramos a los demás e incluso a nosotros mismos.

Estas máscaras son muy útiles, mientras las cosas vayan tranquilas, mientras uno pueda vivir sin dar suelta a sus emociones. Pero, por suerte, la vida suele darte los palos necesarios para que reacciones, para que crezcas por dentro; y cuando eso ocurre, hay que empezar a quitarse las máscaras. Lo que pasa entonces es que, como en algún cuento que ahora no recuerdo bien, la máscara se ha adherido a la cara y resulta muy difícil despegarla.

La verdad es que no es demasiado fácil ser tío. Me dirán que no tenga cara, que mucho más jodido es ser mujer. No estoy comparando, no se trata de eso. Simplemente, estoy pensando en las estúpidas cargas autoimpuestas de la masculinidad que, al fin y al cabo, se traducen en limitaciones que no hacen sino dificultar la felicidad. Y de todo esto puedo hablar, extensa y profundamente, con amigas pero ... ¡cuánto cuesta hacerlo con amigos! Me viene ahora a la cabeza la conversación de hace una semana con P: sin atreverse a decírmelo expresamente, lo que buscaba era abrirse, dejar al descubierto sus emociones y sentimientos.

Deberíamos a aprender a construir un nuevo tipo de amistad entre hombres, aparcando los miedos, recelos, burlas y demás lastres machistas y competitivos. Creo que aprenderíamos mucho de quienes viven emociones y problemas muy similares. Y creo que una amistad mucho más abierta entre tíos contribuiría enormemente a relacionarnos con las mujeres. Pero queda mucho por andar en esa dirección ...


CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

jueves, 22 de junio de 2006

Mojándolo todo

Me acabas de enviar un sms y me cuentas que has estado releyendo posts antiguos de este blog. Has oído el Contigo de Sabina cantado por Niña Pastori, que subí en un post escrito para ti (recuerdo que fue por las vacaciones de semana santa, ¿te acuerdas?).

Hace tiempo que no subo canciones y tu mensaje me incita a ello. Esta mañana escuchaba el CD de Aute (Auterretratos) en el que recopila sus "grandes éxitos" en versiones nuevas, algunas sorprendentes, sobre todo en los arreglos. Y, aunque ya la conocía, creo que es la primera vez que atiendo detalladamente a la letra de "Mojándolo Todo". Es una canción erótica basada en un poema de Paul Eluard; y es preciosa, sugerente, excitante, lírica, húmeda (por supuesto). Qué mejor que dedicártela ahora, recordando esta tarde.

Por cierto (para que me maldigas de nuevo) Eluard fue un poeta surrealista que se casó, muy jovencito, con Gala. Ambos visitarían a Dalí y el pintor se enamoraría locamente de la musa, quien abandonaría al poeta. Esta mañana he buscado el poema francés que inspira a Aute, pero no lo he encontrado. Ya aparecerá; entre tanto, lée la letra y escucha la música y, sobre todo, disfruta.


Mojándolo todo - Luís Eduardo Aute (Auterretratos, volumen 1, 2003)


Tendida,
con los muslos como alas abiertas,
dispuestas al vuelo.. me incitas,
me invitas a viajar por lácteas vías
y negros agujeros levemente desvelados
por tú mano que juega
con pudores y sudores enjugando
entre pétalos de carne, el estigma
de tu flor más desnuda,
Mojándolo todo...
Volando por universos de licor.

Húmedas llamas
los labios que con tus dedos
delicadamente delatas, dilatas para mí,
mostrándome, obscena la cueva del milagro
por donde mana el líquido rayo de la vida,
incandescente fuente, lechosa lava,
salpicaduras de agua profunda que inunda
Mojándolo todo...
volando por universos de licor.

Mi boca
besando tus labios incendiados
se dispone a beber en tu cáliz de polen y licor
y, entre zumos y zumbidos de olas y alas,
libidinosamente libar el néctar
de la flor de tus mareas...
lamiendo la miel salada que te fluye
y quema mi lengua que vibra,
lasciva, entre savia y saliva
mojándolo todo...
volando por universos de licor

Mis alas
de cera batiendo combatiendo tu fuego
en oleadas de ardientes espumas y plumas
e Ícaro volando tan alto, tan alto...
que a punto de entrar en el jardín del Edén,
fundido su vuelo por tu derramado sol,
cae, como el ángel exterminado,
al mar de los naufragios,
mojándolo todo...
volando por universos de licor.


CATEGORÍA: Canciones y otras líricas
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

Conversación con P

El lunes pasado almorcé con P. Hacía tiempo que no nos veíamos y hacía bastante más tiempo que no teníamos ocasión de hablar relajada y largamente (desde bastante antes de mi separación). Tenía ganas de hablar P, tenía ganas de poner sobre la mesa de ese restaurante de pueblo en que sólo estábamos nosotros dos sus desazones que callaba.

Gran parte de la conversación paseó por su matrimonio. A medida que entraba en calor, que íbamos encajando las piezas de la confianza, fue disparando los flashes que reflejaban, aunque fuera en destellos puntuales, su mar de fondo. Quiere a M y M le quiere a él, pero ya no hay pasión, la cotidianeidad agobia en exceso (ambos trabajan y mucho), las tres niñas son una presencia continua y castradora. Por cierto, M lleva un retraso (muy corto todavía) y tiene náuseas. P me dice que no puede ni concebir tener un cuarto hijo, siente pánico ante esa posibilidad.

Las cosas que me contaba me iban dibujando una imagen hasta cierto punto parecida a la de mis últimos años de matrimonio. La principal diferencia: que entre ellos se mantiene la cadena fuerte de las responsabilidades paternales compartidas. La principal semejanza: que la comunicación va desvaneciéndose cada vez más.

Hablamos un buen rato sobre su vida sexual (y también sobre la mía: la actual y la de mis últimos años matrimoniales). En este aspecto se centran varias de sus insatisfacciones. De esas insatisfacciones no habla con M; de hecho, follan apenas una vez al mes. Tampoco mi ex-mujer y yo hablábamos de sexo, y dejábamos que la resignación se fuera imponiendo, que la libido fuera apagándose; en los últimos años, el sexo era poco más que un desahogo ocasional y meramente biológico.

El día anterior había visto una película que es una obra maestra sobre la incomunicación (no estoy hecho para ser amado). Un hombre que deja que su vida transcurra sin ser capaz de expresar sus verdaderos sentimientos; pero ni él ni los personajes con los que se relaciona. Hay una escena brillante, en la que dialoga con la mujer a la que ama (y por la cual es amado) y ninguno de ambos es capaz de decir lo que siente, lo que verdaderamente anhela. ¡En qué gran medida es nuestra gilipollez, nuestra incapacidad de comunicarnos (miedos y pudores absurdos), la causante de nuestra infelicidad!

Pensaba en la película, pensaba en mi propia torpeza comunicativa y emocional, pensaba en la bobería consustancial al ser humano ... pensaba en todas esas cosas mientras P me contaba que se estaba planteando aventuras extraconyugales, que necesitaba recursos externos antes de la resignación abúlica a la que se veía encaminado. Y le dije (¿qué otra cosa le iba a decir?) que buscara esos recursos con M.

Que hablara con M, que le propusiera dedicarse mutuamente tiempo, que ambos se lo tomaran como un deber, como algo que habían de hacer. Que organizara escapadas periódicas, frecuentes. Tienen una chica que se ocupa de los niñas, así que ... ¿por qué no marcharse todos los sábados solos a ocuparse el uno del otro? Y en esas escapadas, vivir las fantasías que no se atreve a plantearle a ella ... En fin, tomarse en serio el divertirse juntos, el recuperar la complicidad, el erotismo. Y sin ponerse límites.

Luego, ya yo solo en el tren, pensaba en lo claras que se ven las cosas después de haberlas vivido (habiendo hecho lo contrario de lo que ahora aconsejo).

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

miércoles, 21 de junio de 2006

¿La abstención deslegitima los resultados electorales?

Obviamente, la pregunta viene a cuento de las declaraciones de los peperos tras los resultados del referendum sobre el Estatuto catalán (ya sé que se me ve el plumero). Creo que la respuesta es también obvia: NO. Al menos, de momento NO. La democracia exige que haya plena libertad para decidir y también –lógicamente- para abstenerse de decidir. Por tanto, quien se abstiene está implícitamente aceptando la decisión que resulta de los que participan. Por supuesto, podríamos empezar a matizar, pero no procede a los efectos de mi argumento.

Los referenda (ya se sabe) suelen tener poca participación, salvo que se trate de temas candentes y concretos. Si la abstención es grande, entiendo que los políticos deberían tomar nota: es posible que el asunto no interese demasiado a los ciudadanos (por ahí van los tiros de Rajoy). Pero cuidado con las conclusiones simplistas y apresuradas; a lo mejor la abstención es debida a otras causas. Me acuerdo ahora del intenso debate social, en la calle, con motivo del referendum sobre la integración de España en la OTAN (marzo del 86). Sin embargo, la abstención fue del 40% y estoy seguro (ya sé que mi seguridad personal no vale para nada) de que muchos de los que se abstuvieron no lo hicieron por desinterés.

Ciertamente, cabría plantearse que para aprobar algo que se considera muy importante se requiera el voto afirmativo de al menos el 50% del censo electoral. Creo que, con motivo de este referendum catalán, Convergencia pidió algo así. Pero hay que pensar este tipo de reglas con cuidado, so pena de arriesgarse a la paralización del sistema electoral. En todo caso, lo cierto es que no se aprobó ninguna regla de este tipo y, por tanto, aunque la abstención fuera del 70% (porcentaje alcanzado en las elecciones norteamericanas alguna vez) los resultados son siempre absolutamente legítimos.

Creo que hay que evitar declaraciones deslegitimadoras; pienso que los políticos deberían cuidarse mucho de esas simplificaciones manipuladoras y demagógicas. Las hacen, sin duda, porque saben que de esa manera están provocando esos instintos tan “españoles” de la mala leche: cómo nos gusta dramatizar y exagerar; qué aburrido resulta reflexionar calmadamente, matizar, ponderar. Venga, coño, vamos todos a romper España. Como recordatorio final dedicado a Rajoy: para ser coherente con sus últimas declaraciones debería proponer el cuestionamiento de la integración española en la OTAN, toda vez que en el 86 sólo 3,1 de cada 10 españoles votó a favor (la reforma del Estatut, al menos, la apoyan explícitamente 3,7 de cada 10 catalanes). Y ya puestos, quizás debiera volverse a someter a referendum la conformación de Galicia como Comunidad Autónoma, ya que en el referendum de su estatuto más del 70% no fue a votar y sólo 1 de cada 5 gallegos mostró su conformidad.

Pero ... ¿qué más da? Si todo forma parte del circo.

PS: Este blog no está dedicado (hasta ahora) a sembraos políticos. Pero sí a lo que se me ocurre a raiz de lo que me ocurre. Y este post obedece a una pequeña reflexión después de leer las reacciones tras el referendum y comprobar los efectos (nocivos) de las mismas en personas muy queridas. Sería fantástico, en todo caso, que el debate político en este país tuviera un poquito más de nivel; sería fantástico que los políticos no taparan con telarañas la lucidez, que contribuyeran a aclarar, a la convivencia. Qué ingénuo soy, verdad?

CATEGORÍA: Política y sociedad
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

martes, 20 de junio de 2006

Un amigo

Yo tenía sueño cuando empezó a escribir, así que no me acuerdo bien. Escribía con bolígrafo rojo y a cada rato (cada diecisiete segundos, me dijo) se olía los dedos índice y pulgar de la mano izquierda. Trataba de sistematizar sus dudas (¿ya hace tantos años?), pero recordó que al día siguiente debía asistir a la clase de las 8. Siguió, no obstante, escribiendo, a pesar de mis bostezos, a pesar de su nada. ¿El que la tinta roja sea más fluida que la negra redundará en una literatura más espontánea, más directa? No tenía nada que decir y para hacerlo llevaba escritas apenas diecisiete líneas; con eso no iba a ninguna parte.

Nos conocimos en el colegio; es decir, nos conocíamos de toda la vida. Él quería ya entonces ser escritor y yo siempre tenía sueño. Compartimos un profesor noruego y sordo; asistimos a un seminario de análisis literario impartido por un tipo medio chalado que explicaba teorías combinatorias aplicadas a la sintáxis; puteábamos cuanto podíamos al cura que enseñaba griego por las mañanas y nos confesaba por las tardes (dirección espiritual obligatoria). Son recuerdos de la época en la que el coche del almirante voló en el barrio de Salamanca.

En los recreos de las once jugábamos frontón a mano desnuda contra la pared trasera del gimnasio. Una de esas mañanas no vino a jugar. Entró en los vestuarios y arrambló con todos los rollos de papel higiénico. Luego fue a la capilla del colegio y se dedicó a lanzarlos contra las imágenes beatas, los cursis vitrales que daban a la sacristía, la lámpara de cristalitos y velas que colgaba sobre el altar. La capilla quedó hecha un desastre: papel higiénico por todos lados y trocitos de cristales de colores, de cerámicas esmaltadas, de objetos varios de difícil identificación. El sacrilegio se atribuyó a la crisis adolescente y el castigo quedó atenuado por la importancia de su padre.

Una de esas tardes, mi amigo vino a visitarme con dos chicas. Una era pelirroja, pecosa y expresión risueña. La otra tenía aparato dental y no mostraba ningún interés por la literatura. Cuando se convenció de ello, mi amigo enredó la lengua entre los hierros. Yo me fui con la pelirroja; era más bonita y pensaba estudiar arquitectura. La tarde y la noche pasaron rápidas y la otra chica le prometió a mi amigo que se quitaría el aparato.

Cuando cumplí quince años mi amigo se enfadó conmigo en el transcurso de la borrachera celebratoria. Pensé que era estúpido y que no aguantaba el trago. Gritamos obscenidades y maldiciones en plena calle y corrimos más de una vez perseguidos ya no recuerdo por quienes. La última vez que lo vi estábamos en un baño despidiendo la cerveza; nosotros no nos despedimos. Mi amigo era rencoroso: no volvió a hablarme y así acabamos el colegio.

Sé que estudió literatura y, al mismo tiempo, se hizo un experto en jazz (su tesis doctoral relacionaba ambos mundos; investigaba en la poética literaria de esa música). Lo encontraría muchos años más tarde, cuando ya no éramos adolescentes. Pero esa es otra historia.

(revisión de un relato de hace 28 años)

CATEGORÍA: Personas y personajes
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

La cambiante belleza de los rostros

Cosas que me vienen a la cabeza mientras trato de dormirme: cómo me han parecido cambiantes, distintos, los rostros de algunas mujeres que han pasado por mi vida.

Por ejemplo C. Cuando la conocí, no me gustó su cara: rasgos duros, la boca se me antojaba agresiva, los ojos (quizás fueran las pestañas) le daban un aire altanero. La segunda tarde en que nos vimos (ya no recuerdo por qué volvimos a salir) fue la de una larga conversación, en la mesa de una terraza madrileña. Yo hablaba mucho y con entusiasmo, ella escuchaba y su mirada brillaba. Cuanto más la miraba, su rostro más se iba transformando en otro, se suavizaba, dulcificaba. Esa tarde (que luego se hizo una noche larga) C me pareció muy bella.

A, una compañera de trabajo. Ella era (sigue siendo) guapa, pero a mí no me parecía expresiva o, mejor dicho, su belleza no me expresaba apenas nada. Pero hubo una temporadilla de cercanía intensa y cotidiana. Hablamos mucho, y también callamos mucho, pero juntos. Yo me sentía cada vez más cercano (ella también, creo). Y empecé a verla bellísima, tremendamente deseable. En este caso, fue todo el rostro el que resplandeció. El hechizo acabó tras una tarde de besos (¡cómo besaba!): no podía ser.

No puedo olvidar a L, intermitentemente presente durante los últimos 18 años. El recuerdo que ahora evoco es el de su rostro con los ojos cerrados, en la cama, lleno de calma y belleza, los rasgos relajados. Cuánta armonía. En ese momento me parecía más bella que nunca, mientras la miraba con tanta ternura.

Desde luego, el record en la variabilidad de mi percepción se lo lleva el rostro de K, sobre todo cuando hacemos el amor. Su cara, en el momento del orgasmo (ya desde algo antes) se transfigura e irradia una belleza inenarrable. Son sus rasgos y, obviamente, están todos en el mismo sitio. Pero ese rostro es otro, es el de una diosa o un ángel. Es impresionante lo mucho que cambia lo que veo; y es fantástico lo mucho que me emociona.

Así que, será que la belleza no es algo estático, será que los rostros, al expresar emociones y sentimientos se transforman. Pues va a ser que sí.


CATEGORÍA: Recuerdos
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

domingo, 18 de junio de 2006

Sigo con el asunto de los caminos

La metáfora vida-camino se ha usado mucho en el ámbito religioso. Es completamente natural, porque la mayoría de las religiones aportan al ser humano un sentido de trascendencia ante el miedo a la muerte, una alternativa consoladora al todo se acaba de la biología. Así, nuestra vida es un camino que nos lleva a otra vida que ya no es camino, ya es paz absoluta. Hay muchas variantes. Por ejemplo, el budismo y la rueda cuasi eterna de las reencarnaciones; en todo caso, muchos caminos, pero al final llega la paz: siempre se pasa de la dinámica a la estática.

Es curioso que en la mayoría de las religiones se entienda la vida (el camino) como una prueba para ganarse el descanso. Estamos aquí para caminar hasta alcanzar el ansiado descanso. Implícitamente, el caminar es actividad dolorosa, sufriente, esforzada … Y se hace sólo porque se quiere llegar a un fin: esa paz eterna (¿eterna?) que es la que da sentido a todo el caminar. Así se cierra el círculo religioso: el sentido de la vida es hacer méritos para alcanzar la paz, el descanso feliz y pleno.

La “explicación” religiosa, me parece a mí, desmerece la vida. La vida sólo es una prueba, sin valor en sí misma; algo que hay que pasar para conseguir el premio (o el castigo, o la repetición de curso). La vida se me antoja, entonces, como una broma perversa de un dios sádico que juega con nosotros. ¿Por qué no, mejor, nos quedamos en la paz estática maravillosa desde toda la eternidad? En fin, que no me convence.

Otra cuestión distinta (a la que me refiero sólo de pasada) es la “normativización” de ese camino-prueba. Es decir, cuando se nos dan las reglas que debemos cumplir para escoger EL camino correcto, el que lleva al premio. Aquí entra ya cada Iglesia (cada religión institucionalizada). En el caso de la cristiana, a la hora de buscar fuentes justificativas de su actividad doctrinaria, la remisión a Juan 14,6 es muy frecuente: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí”. He aquí el monopolio del dogma desde el que tantos males y sufrimientos se han excusado (e incluso alentado).

Por cierto, esta frase de Jesús (¿la habrá dicho realmente?) en la Última Cena se presta a múltiples ejercicios dialécticos en relación al alcance de la metáfora: aparecen los dos términos que se comparan (vida y camino) como conceptos distintos (¿o es mera repetición retórica, de las que tanto gustaba el Nazareno) y encima añade a la verdad. No veas la de tinta que ha corrido sobre esta frasecita.

Pero volvamos al hilo de este post inconexo. Imagino que en estos tiempos pocos se plantean la vida como el valle de lágrimas que hay que atravesar para llegar al paraíso, cuya consecución da sentido a los sufrimientos vividos. Sin embargo, sí creo que la concepción religiosa de búsqueda de un sentido finalista a la vida sigue subyaciendo en la mayoría de nosotros, aunque ese sentido lo hayamos terrenalizado. Ahora el cielo que da sentido a nuestro caminar, que justifica el simple hecho de caminar, que nos guía en la elección de uno u otro de los caminos posibles (¿de las vidas posibles?) son nuestros propósitos. Propósitos definidos, con mayor o menor precisión, desde unos valores que tenemos, que la mayoría de las veces no son más que tópicos que nos han ido enquistando desde pequeñitos y que rara vez nos planteamos cuestionar (¡qué vértigo quedarnos sin las referencias, sin el sentido de nuestra vida!).

Una amiga, hace poco, me decía que sin propósitos la vida carecía de sentido y una vida sin sentido no era nada. No voy a despreciar los propósitos, ni mucho menos a reivindicar su inutilidad. Lo que reivindico es que la vida no necesita de nuestros propósitos para merecer ser vivida. Lo que digo es que la vida en sí misma es lo único que tenemos (y, por tanto, maravillosa) y que el principal propósito debiera ser (pero allá cada uno) el aprender a vivirla, a disfrutarla, a exprimirla. Y entonces, para mí, no existe EL camino (y mucho menos LA verdad), sino multitud de paisajes con senderos que se bifurcan hasta el infinito, múltiples oportunidades de exploración vital.

Por supuesto, cada uno se va haciendo sus mapas de ruta, sus reglas de uso personal para transitar; pero no me gustan los propósitos-anteojeras que te impiden desviarte de EL camino (el que es LA verdad). Por eso, más que de propósitos (con su connotación finalista) prefiero hablar de criterios (los míos), los que pongo en juego al dar cada paso y orientarlo en una u otra dirección, atento siempre a aprovechar, a descubrir, esos paisajes inesperados que me sorprenden a la vuelta de un recodo.

Pero de mis criterios no toca hablar en este post.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

viernes, 16 de junio de 2006

Cayéndome de sueño

Tres horas de vuelo con la noche cayendo. Un sudoku samurai de un País atrasado, un par de capítulos de la última de Irving, algunas canciones del i-pod. Pero la modorra se impone y me embebe la niebla somnoliente; ese espacio fronterizo entre el sueño y la vigilia.

Por unos momentos, poco antes de aterrizar, semisueño con R. Me despabila el altavoz (en breves momentos tomaremos tierra en el aeropuerto de ...) y me descubro con una extraña sensación de tristeza, quizás de nostalgia. Han sido muchos años juntos, muchos viajes compartidos ...

Luego conversación con mi hermana. Me cuenta su charla telefónica del otro día (era el cumpleaños de R). Yo le cuento mi último y desagradable diálogo con ella, el malestar de mi vergüenza, la rabia (infantil) de haber sido puesto en evidencia.

No la amo, sé que ya no la amo. Imagino volver con ella y no me produce la más mínima apetencia, al contrario. Pero quizás haya ahora, una vez ido el amor, una cierta y sutil nostalgia de la relación acabada. No lo sé.

En todo caso, sólo estoy poniendo por escrito una sensación huidiza vivida en el amodorramiento aéreo. Sabes que es a ti a quien quiero, ¿verdad?

Basta ya, me voy a la cama porque aquí es una hora más.

CATEGORÍA: Mis estados de ánimo
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

martes, 13 de junio de 2006

Caminante, no hay camino


Pocas metáforas tan manidas como la de que la vida es un camino. Un camino, en sentido literal, es una tira de terreno dispuesta para el tránsito. Un camino es un recinto del espacio, un trozo de espacio. La vida, en cambio, es tiempo. Así que la metáfora asimila algo hecho de tiempo a algo hecho de espacio. ¿Quizás porque entendemos (dominamos) mejor el espacio que el tiempo?

Si el camino es un trozo de espacio, la vida sería un trozo de tiempo. Un trozo del tiempo infinito y multidimensional, el que nos es dado vivir. Mi vida es igual (en esta convención metafórica) al número de años, días, segundos que median entre mi nacimiento (¿o es mi concepción?) y mi muerte. Hasta aquí, me vale la metáfora.

Un camino es un trozo de espacio preparado para transitar sobre él. Caminar sería pues, en la metáfora, vivir. Vivir no es otra cosa que estar vivo, dejar que pasen los segundos, las horas, los días ... sin morirse. Hagamos lo que hagamos, vivimos (salvo que nos muramos); por lo tanto, la vida, más que un camino, sería un andén móvil, una de esas bandas mecánicas que te transportan del inicio al fin de la misma, ya estés caminando o ya te quedes parado.

Claro que habrá quien opine que vivir no es simplemente estar vivo, dejar que pase el tiempo que nos es dado. Que vivir (y aquí se añade “de verdad”) exige actos de voluntad consciente. Los que así piensan dicen que sólo vive (de verdad) quien es consciente de los actos que dan consistencia a su vida. En realidad, la metáfora del camino es pertinente sólo si la vida es entendida así.

No obstante, entre los voluntaristas y los existencialistas pasotas cabría quizás encontrar un margen de acuerdo. Admitamos que la vida es una banda móvil que te lleva quieras o no; pero admitamos también que podemos vivirla desde nuestra voluntad consciente y, por tanto, caminar sobre esa banda móvil e incluso modificar el trazado de la misma (es decir: decidir nuestro trayecto).

Sigamos desbarrando a propósito de la metáfora. Los caminos tienen inicio y fin; y, entre ambos, tienen un determinado trazado. La vida, ciertamente, tiene principio y fin, pero ¿tiene un trazado predeterminado? Nooooo, contestará la mayoría. Nosotros, al vivir (al vivir con voluntad consciente) vamos decidiendo el trazado de ese camino que es la vida (aunque el fin sea siempre el mismo). Pues vale, pero entonces no es un camino, no es un trozo de espacio (de tiempo) predefinido y adaptado para transitar (para vivir).

Hoooombre .... Sí es un camino, pero un camino que lo vamos haciendo al transitarlo. Es decir, que según vivimos (con toda la consciencia que queramos o podamos) vamos definiendo el camino de nuestra vida. Camino que, entonces, no tendrá su trazado definido hasta que lleguemos a la muerte. Ya la metáfora pierde potencia analógica, porque ahora el tiempo de que disponemos (nuestra vida) se nos presenta como una amplísimo espacio (prados, bosques, montañas ...) que podemos transitar siguiendo multitud de trayectos. A medida que vamos caminando vamos abriendo el camino que es nuestra vida ... Pues vale.

Y llegados a este punto es inevitable recordar el conocidísimo poema de Machado (el XXIX de los Proverbios y Cantares). Porque entiendo que la concepción de la vida que subyace en el poema es esta última. Y digo más: me da la impresión de que lo que hace Machado es negar la validez de la metáfora; al menos la niega como referencia para las múltiples consecuencias prácticas (a modo de manual de autoayuda sobre cómo debemos vivir y entender la vida) que se han ido construyendo a partir de la misma.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

En realidad, este post quería hablar de esas “consecuencias prácticas”. Quería discutir críticamente términos tan repetidos y ambiguos como, “el sentido de la vida”, “los propósitos como metas de nuestro camino”, etc ... Pero como siempre me ocurre, me enrollo y no concreto. Pero, en fin, para eso está el blog; ya retomaré el asunto en otro momento.

Y para acabar, en plan provocativo, asumo la misma pregunta que hace Machado en el poema II también de los Proverbios y Cantares:

¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

martes, 6 de junio de 2006

Identidad colectiva

La identidad colectiva es el sentimiento de pertenencia a un grupo; hago míos atributos colectivos. Ese grupo puede ser religioso, nacional, étnico, cultural ... Dice Todorov que la identidad colectiva es necesaria. ¿Por qué? Porque el ser humano necesita sentirse reconocido socialmente, sentirse aceptado, reconocerse en la mirada del otro. Y cuando las otras formas de reconocimiento (las basadas en sus cualidades individuales) no le son accesibles, el hombre recurre (requiere) la identidad colectiva.

A mí, las identidades colectivas me dan yuyu. Reconozco que no hay por qué demonizarlas radicalmente. Digamos que, en dosis adecuadas, pueden no estar mal (amén de ser necesarias). Pero, la necesidad de esos atributos colectivos como señas de identidad personal no es, en el fondo, sino la admisión de nuestro fracaso individual, de nuestras carencias personales. Caricaturizando un poco: cuanta más identidad colectiva, menos identidad individual. Otra conclusión, quizás también simplista: a medida que uno crece en su maduración y mejoramiento personal, debe irse desprendiendo de lastres de identidad colectiva.

Lo que sí parece comprobado es que hay una cierta correlación inversa entre el predominio de los valores identitarios colectivos y la capacidad intelectual. Yendo a temas más concretos: hay una correlación entre los votantes de partidos nacionalistas populistas (¿qué partido nacionalista no es populista?) y el bajo nivel educacional. También está más que comprobado como los discursos nacionalistas no son sino la musiquilla que se pone a las masas para que, distraídas, permitan a los dirigentes nacionalistas repartirse entre ellos el pastel. El nacionalismo populista ha conseguido ser de verdad interclasista: votan los pobres para que manden los ricos (y sigan enriqueciéndose).

En esta tierra en la que vivo, el partido que gobierna (nacionalista populista) ya ha empezado su campaña electoral (¡y falta casi un año!). El slogan es “sentir Canarias”. El viejo sofisma nacionalista: si eres canario (si sientes Canarias) sólo puedes votar a Coalición Canaria; o dicho de otra forma: si no votas a Coalición Canaria no eres canario de verdad (no sientes Canarias). En vez de tanto rollo, alguien debería mostrar públicamente las rentabilidades individuales (para los dirigentes de CC) de este emotivo discurso nacionalista.

El caso es que la cantinela funciona electoralmente y, en consecuencia, permite mantener el chiringuito (que no es otro que el control político-económico de la situación). Pero para lograr esta finalidad evidente, el sistema produce, entre otros efectos, la progresiva estupidización de la masa social, la progresiva anulación de la capacidad crítica (con la descalificación pronta de los disidentes que se atreven a hacer uso de la racionalidad). Ya es sabido: cuanto más bajo el nivel cultural y crítico de una sociedad mejor germina el caldo nacionalista, más identidad colectiva necesita.

Dice Vargas Llosa en un artículo de este domingo en El País que las identidades colectivas son campos de concentración (cito de memoria, por aproximación). Me gusta la metáfora.

CATEGORÍA: Política y sociedad
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

jueves, 1 de junio de 2006

Declaración

Tengo (casi) cuarenta y siete años.
Ha empezado la segunda parte,
queda mucho partido.
Pero ya no tengo que seguir las reglas
(al menos, no tengo que seguir las reglas que no me creo).
Espero encontrar a quien quiera jugar sin esas reglas,
porque con las viejas yo ya no puedo: no me las creo.

En cambio, sí puedo no jugar con las reglas viejas;
puedo permitírmelo y me lo permito.
Me he atrevido a regalarme ese permiso
(no ha sido fácil: es mi premio de fin de etapa).
En palabras llanas: ejercer mi libertad.
Y no sólo puedo, debo.
En caso contrario, me engañaría;
con el agravante de que me daría cuenta
y la habríamos jodido ...

Quiero actuar como pienso
(sin autocomplacencias: habría que explicarlo).
Quiero sentir como pienso, aunque sé que necesito tiempo:
Admitir los sentimientos de las viejas inercias
para pactar con ellos las treguas necesarias;
despertar y mimar los sentimientos que quiero ...

No sé cuál es el camino, pero quiero andarlo.
Sólo me he prometido (tú lo sabes) ser honesto;
y -añado- procurar ser bueno y sentirme así.
Eso equivale, para mí, a sentir amor.
Amor (y emociones vecinas) que se me han derramado
como si un grifo (o varios) se me hubiera roto dentro;
de esto hace ya unos meses.

Así soy o así, al menos, quiero ser.
Tú has aparecido en mi etapa de desconcierto
y me has dado (me estás dando) tanto amor
y me estás dejando que te dé yo tanto ...
Que aunque tenga aún que aprender cómo expresarlo
supongo que sabes que soy feliz a tu lado
y obviamente te amo.

Y te amo con un amor al que no he puesto nombre,
porque me gustaría que lo inventáramos juntos
sin condicionarnos por las connotaciones viejas
por las reglas en las que no creo, por los sobreentendidos ...
(Me imagino tu mohín huraño mientras lees esto;
así que no sigo porque has de ser tú quien se convenza).


CATEGORÍA: Mis estados de ánimo
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

miércoles, 31 de mayo de 2006

Enamorarse de alguien con pareja

El pasado fin de semana descubrí el blog de Thelma: Hasta las tetas de poeta de bragueta y revolcón (cómo ser mujer y no morir en el intento...). Me ha resultado interesante la forma en que aborda los temas así como la agudeza que demuestra en sus opiniones; quizás un pelín agresiva, pero mi apreciación no deja ser la de un hombre y, además, de una generación más pasada que la suya (seguro). En fin, que la referencia viene a cuenta de un post reciente (del pasado 15 de mayo) en el que cuenta la historia de una amiga suya que se enamora de un compañero de trabajo que tiene novia (el enamoramiento “tenía la parte idílica pero no la rutinaria, era casi perfecto”); coqueteo mutuo hasta que ella le plantea la cuestión y él la confiesa que estaba muy atraído por ella, que no dejaba de pensar en ella ... pero que no podía dejar a su novia porque le caía bien.

Y ahora viene la opinión de Thelma, tan contundentemente clara que es inevitable transcribir literalmente: “El tío es un crío, emocionalmente inmaduro, no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta. Se siente seguro con su relación y su pareja no representa un reto para él. Sabe que le quiere y que no va a dejarle. Tú, sin embargo, eres puro riesgo. Eres una mujer atractiva que puede abandonarle en cualquier momento. Se nota que no eres emocionalmente estable y que tu vida sentimental es similar a una montaña rusa. A ti, querida, no te van los compromisos... eso se huele. Le asusta, le aterra enormemente dejar la estabilidad que tiene por algo que puede o no puede ser. Es cierto que le gustas pero, sinceramente, si no piensa dejar a su novia por ti... ¿qué puede ofrecerte ese hombre? ¿Un hombre que cataloga a su propia pareja de "me cae bien" mientras no duda en tontear con otra? No te ofendas pero, viendo lo que ves, es triste que no hayas decidido alejarte de él mucho antes. Nunca, nunca jamás te creas capaz de romper una relación. Si no deja a su novia por ti en el momento apropiado, no merece la pena seguir a la espera. Terminarán por romper porque, obviamente, es una relación condenada al fracaso... pero después, no serás más que el premio de consolación. Te mereces mucho más que eso. Mejor sola que mal acompañada, ¿no crees?”

Por supuesto, estoy de acuerdo con lo que dice y, sin embargo, no termino de “sentir” que sea verdad. Quizás perciba un tono demasiado pontifical, dogmático; quizás sea que me parece demasiado aguafuerte, sin opción a los matices. Lo cierto es que yo puedo contar una experiencia relacionada (obviamente, esa es la razón de que el post me haya interesado) sobre la que no me atrevería a emitir juicios tan tajantes. Como dije antes, la diferencia puede estribar en que seguro que soy unos cuantos años mayor que Thelma ...

Mi historia es sencilla y repetida hasta la saciedad. Pareja que lleva junta algo más de 16 años. La mujer ronda los 50, acaba de superar un cáncer de mama (mastectomías y quimioterapia incluidas), “siente” que necesita vivir intensamente, ansía “sentir” (emulando a Thelma diría que no es emocionalmente estable y que su vida emocional es similar a una montaña rusa). El hombre sabe que, durante los últimos años, su vida de pareja (sexual incluida) se había ido deteriorando, si bien la aparición del cáncer había cambiado dramáticamente las prioridades; pese a ello, el muy idiota no valora acertadamente cuan alejada de él se va situando su mujer.

En este marco, aparece un tercero. Aparece en internet, compartiendo con la mujer una afición que al marido no le interesa. La relación virtual, al principio, se centra en la afición compartida pero poco a poco ... Según ella confesó meses más tarde, lo que él le decía llenaba el vacío emocional que sentía. Y empezaron a hablar por teléfono y a enviarse sms y a enamoriscarse mutuamente. Viven en distintas ciudades, pero un día viajaron para conocerse. E hicieron el amor y para ella fue una revelación orgásmica y se sintió mucho más enamorada.

Así que, tras unas semanas de encuentros clandestinos propios de un sainete clásico, ella “rompe” con su marido ofreciéndole argumentos que son verdad pero no toda la verdad. Él se derrumba (al principio), pero esa es otra historia. Luego, un mes después, descubre la existencia del tercero. Ella, otro mes más después, reconoce estar enamorada como una adolescente y saber que esa historia no va a ninguna parte. Que es simplemente una oportunidad que se le ha presentado de sentir de nuevo el enamoramiento y vivir un sexo mucho más rico y satisfactorio que el que tenía (o no tenía) con él. El otro hombre está casado, vive en una ciudad muy distante ... Ninguno de los dos se plantea nunca que puedan convertirse en pareja estable. Y, entonces, ¿qué se pueden ofrecer mutuamente? Pues lo que se ofrecen.

Esto que se dan mutuamente puede parecer triste desde una visión romántica; y seguramente es triste porque aparece como manifestación de carencias emocionales de una relación de pareja preexistente. Pero, prescindiendo de este aspecto, creo que el asunto tiene mucha más complejidad de la que parece. Y aunque esa mujer era mi mujer, y aunque sé que en su historia hay mucho de dolor enquistado y de ansiedad emocional y de muchos más sentimientos, creo que hizo lo que tenía que hacer.

No sé si la relación continua (ya tampoco me importa demasiado). Lo que sí es cierto es que el matrimonio de él (y su vida cotidiana anterior) continúa (supongo). Y me pregunto (y no me atrevería a responder) lo que la relación entre ambos ha aportado a cada uno, a su maduración y crecimiento personal. Porque si ha contribuido positivamente (mi ex-mujer piensa que en su caso sí, y yo me inclino por coincidir con ella) no me resulta tan fácil condenar. A lo mejor, en el segundo tiempo, no necesariamente los “compromisos” entre personas son los mismos que en la primera parte del partido.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

domingo, 28 de mayo de 2006

Tintín fue mi magdalena de Proust

Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costubre, una taza de té. Primero dije que no, pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llama magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba?

Este es el principio del famoso pasaje de la magdalena, escrito por Proust (1871-1922) en el primer tomo (Por el camino de Swann) de "En busca del tiempo perdido". Es, sin duda, el ejemplo literario más citado de lo que Pavlov llamó estímulos condicionados. La magdalena opera como el diapasón con el que Pavlov condicionaba la salivación de sus perros: evoca en el protagonista de la novela las sensaciones de la infancia.

He leído varias críticas a este pasaje y en la mayoría comentan cómo el sabor de la magdalena, al enlazar con el de aquéllas que en su infancia le daba su tía Leoncia, trae hasta el protagonista multitud de recuerdos olvidados de los días de Combray. Esos recuerdos vienen, es cierto; sin embargo, lo que para mí resulta realmente mágico es la vuelta del "yo mismo" a que Proust alude (y que he remarcado en negrilla en la cita).

Algo así me ocurrió a mí una vez, una sola vez en mis 46 años de vida. Estaba en Valencia, alojándome por unos días en la casa casi desnuda de un amigo recientemente separado. Creo que hacia el año 84, pero no estoy seguro; pongamos que andaba por la mitad de mi veintena. En una habitación había cajas de cartón con libros. En una de ellas, escrito en rotulador rojo: Tintín. La abrí y descubrí, bien apiladitos, los tomos de tapa dura de Editorial Juventud. Cogí y hojeé el primero de ellos, ya no recuerdo cuál era. Y de pronto, por un momento efímero, volví a ser el Miroslav de 8 años, volví a estar en la librería de mi abuelo, sentado en un taburete bajo tras el mostrador. Enseguida la magia se fue diluyendo y, aunque dediqué gran parte de esa noche a releer los tintines, no conseguí que volviera. Y tampoco lo ha hecho en los veinte años transcurridos desde entonces.

Tengo pocos recuerdos de mi infancia y los que tengo son como si no fueran míos. Cuando veo fotos del niño que fui, sé que era yo pero no siento en mí ninguna vibración emotiva, nada que me identifique vivencialmente. Conozco personas que me cuentan que los niños que fueron siguen en ellos, que se sienten (no sólo se saben) identificados con ellos. Yo no ... Y me gustaría. Me gustaría revivir las emociones pasadas, sentir viva en mí la persona que he sido. Poder evocarla (evocarme) ... Aunque sea por breves ratitos.

Por eso doy tanta importancia a esa magdalena aislada de una noche en Valencia. Y por eso le tengo cariño a los comics de Tintín, aunque de mayor les haya descubierto tantas cosas que no me gustan.

Escribo esta bobada porque esta mañana, mientras pedaleaba en el gimnasio, se me han mezclado en la cabeza lo que me dijo R sobre el dolor que guardo a causa del tirano de mi padre y la castradora de mi madre con cosas que me ha contado K sobre su infancia. Y he pensado (de pasada, que no tengo tiempo para darle demasiadas vueltas) en si será verdad que tengo ese dolor y si, en tal caso, por su culpa mi cerebro ha borrado mis emociones de niño. Qué sé yo ...


CATEGORÍA: Recuerdos
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

viernes, 26 de mayo de 2006

Intelectuales

Tras leer la Introducción de “Historia de las dos Españas” de Santos Juliá (Taurus, 2004).

Dice Juliá que dice Sartre que intelectual es todo aquél que, aprovechándose de la notoriedad alcanzada en su campo, interviene en cuestiones que no tienen relación directa con la materia a la que específicamente se dedican. El caso más habitual es el de los novelistas (me viene inmediatamente a la cabeza Mario Vargas Llosa); es tan frecuente que pareciera que todo autor de ficción está obligado a mantener (y expresar) posiciones ideológicas sobre cualquier asunto de interés político, social ...

Pero más específicamente –sigue diciendo Juliá- un intelectual es quien crea un discurso de índole política (sobre la nación, el pueblo, los valores cívicos, etc) capaz de prender en un público amplio, capaz de convertirse en referencia del debate ideológico. La época de los grandes relatos elaborados por intelectuales abarca desde la Revolución Francesa hasta el hundimiento de los regímenes comunistas (unos 200 años, no está mal).

Pero en estas últimas décadas la figura del intelectual ha perdido toda preeminencia, parece que ha hecho mutis. Estoy plenamente de acuerdo con Juliá en que, de momento, no se espera que retorne ni tampoco se desea. La cuestión que me interesa es si los intelectuales están muertos o dormidos, porque lo tengo claro es que en estos tiempos son muy necesarios; aunque no sean bienvenidos (o, entre otras razones, justamente por eso).

Para Fukuyama el fin de la historia (su fin de la historia) equivale al fin del debate ideológico, toda vez que han quedado histórica e irremisiblemente demostrados los triunfos del liberalismo en lo político, del capitalismo en lo económico y del consumismo en lo cultural. Al margen de que una concreta sociedad se haya convertido o no en una exitosa sociedad neoliberal, lo que ya carece de sentido es que se mantengan pretensiones ideológicas sobre formas diferentes de organización social. El fin de la historia se manifiesta, sobre todo, en el plano de las ideas.

Naturalmente, si comulgamos con esta teoría, los intelectuales sobran ya que carece de sentido el debate ideológico: sabemos, fuera de toda duda, cuál es la organización social definitiva. Sin embargo, si seguimos confiando en que aún cabe el progreso social, en que se puede y se debe avanzar hacia otro modelo de organización de las relaciones entre los humanos, habrá que reclamar la vuelta de los intelectuales.

Pienso que deberíamos pedir la vuelta de los “relatos” a que se refiere Juliá, porque son ingredientes necesarios para que haya debate, para que se empiece a cuestionar el injusto y abúlico régimen que padecemos. Y sobre todo me encantaría que se iniciaran debates aunque solo fuera para sacudir esa inmunidad arrogante de los culogordos posibilistas. Porque se sienten seguros, en gran medida, debido al silencio que todos mantenemos; es una seguridad muy endeble: basta ver lo nerviosos que se ponen cuando se les cuestiona.

En fin que creo que hoy (y especialmente aquí, donde vivo) importa mucho que despierten los intelectuales, que aparezcan referencias éticas desde el discurso de la razón que puedan oponerse a la arbitrariedad reinante del poder ... Ojalá.

CATEGORÍA: Política y sociedad
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

miércoles, 24 de mayo de 2006

la adicción emocional

Acabo de leer un artículo sobre la “adicción al dolor”. Según la autora (María del Carmen Siccardi, imagino que una psicóloga) “somos adictos al dolor porque nos hace sentir vivos, nos llena de energía, incluso nos motiva”. A mí me da la impresión de que esta adicción no es sino un caso particular de otra más genérica y muy frecuente: la adicción a las emociones. Trataré de explicarme.

Hay personas que necesitan “sentir”, vivir la mayor parte de su tiempo en un estado de “excitación emotiva”. Lo de menos es si esas emociones son positivas o negativas, lo importante es la intensidad de las mismas. De hecho, estas personas suelen pasar con relativa rapidez de la euforia a la depresión.

Es sabido que las emociones tienen bases neuronales, aunque todavía estemos muy lejos de conocer y comprender el funcionamiento de nuestro cerebro. Sin embargo, parece ser que en las respuestas neurológicas emocionales intervienen receptores cuyo funcionamiento recuerda en muchos aspectos al de las adicciones a las drogas, incluyendo los síndromes de abstinencia. No me quiero meter en sembrados científicos (porque me lío), pero lo que sí he observado es que la adicción emocional requiere cada vez “dosis” mayores de su droga; esto es, de emociones.

Hoy me han contado que una ex-amiga se ha separado. Y parece (por lo que me han contado) que su matrimonio no ha sido sino víctima necesaria de una situación personal de dolor emocional que llevaba arrastrando ya desde bastante tiempo. Esta ex-amiga es de edad y carácter muy parecido al de mi ex-mujer. Y pienso en ambas e intuyo que nuestras separaciones deben tener muchos puntos en común. Un par de meses después de hacer estallar la crisis de la separación, mi ex-mujer me dijo que ella quería sentir intensamente y conmigo no podía, que yo no podía darle lo que ella quería.

Ha pasado ya casi un año desde la crisis y en este tiempo, por lo que sé, ella está “sintiendo” mucho. Pero yo no la veo demasiado bien; la veo como subida constantemente a una montaña rusas de emociones, pero emociones explosiva y a la vez de poca sustancia. Me da la impresión de que ese sentir es una gran traca de fuegos de artificios: mucho ruido y pocas nueces ...

No sé. A veces me han acusado de no “sentir”. Hoy sé con absoluta seguridad que esa acusación es falsa. Otra cosa es la expresión de los sentimientos, terreno en el cual aún me queda mucho por aprender (pese a que la crisis me ha ayudado mucho). Pero lo que tengo muy claro es que no me gustan esas montañas rusas. Para ser sincero, diré que me dan algo de miedo (reconozco que puede ser una reacción de rechazo a mis vivencias de los últimos años).

Mi ex-amiga y mi ex-mujer, por lo que dicen, están sufriendo mucho. Desde sus torres autárquicas de emociones, hablan como si fueran las dueñas del sentir (y eso jode, a veces). Pero no quieren ver que su sufrimiento (así como sus euforias) son autoinducidas. Les gusta estar así, aunque no quieren confesárselo. Y, consecuentemente, se regodean en sus emociones y buscan alimentarlas, apartando de sí cualquier visión mínimamente racionalizadora. No quieren entender, quieren sentir.

Si al menos de esa forma fueran felices. Pero no lo son, lo pasan mal y buscan fuera sin mirarse hacia dentro, sin sacar lo que han de sacar. Y la única solución es aumentar la dosis ...

Me está quedando muy confuso lo que quiero decir, porque es difícil expresar las ideas que me bullen. Y no obstante intuyo muy claramente que por ahí van muchos tiros. En lo que a mí respecta busco también sentir y expresar mis sentimientos ... y en ello estoy. Pero las formas son muy distintas, así como los objetivos: no fuegos de artificio, sino un motor en combustión mantenida; no las olas de la superficie marina, sino la inmensa masa de agua que está debajo. Lo que no obsta para que, de tanto en tanto, disparemos cohetes y removamos el agua para que no se estanque.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

La astrología es una superstición

El primer grupo de los “fracasos de la inteligencia” lo constituyen, para José Antonio Marina, los “fracasos cognitivos” que vienen a ser las negaciones de las evidencias, las seguridades erróneas e invencibles. Marina describe (y critica) varios comportamientos humanos que califica de fracasos cognitivos. Uno de ellos es la superstición.

La superstición, dice el diccionario, es la creencia en vanos presagios producidos por acontecimientos fortuitos o la propensión, debida al temor o a la ignorancia, a atribuir carácter sobrenatural u oculto a determinados acontecimientos. Añade Marina que las supersticiones suelen ser creencias que vienen de antiguo, que han quedado descalificadas por el progreso del conocimiento humano, y sin embargo siguen operando como certezas incuestionables en la mente del supersticioso.

Hasta aquí, nada que objetar, completamente de acuerdo en que la superstición es un fracaso de la inteligencia. Pero ¿cuál es para Marina el ejemplo paradigmático de la superstición? La astrología; más concretamente (creo deducir) el que haya relación entre las posiciones de los astros y el devenir de los acontecimientos mundanos. Eso ya no lo tengo tan claro. Como tampoco me parece demasiado "inteligente" tildar (aunque sea de forma indirecta) de insensato, cuando no de fanático, a los que dan mínima validez a la astrología.

Conste que no voy a defender la validez de la astrología. Lo que me llama la atención es la simpleza con que se etiqueta algo como superstición. Esa simpleza sí que es un fracaso de la inteligencia. Bien es verdad que estamos ante un ensayo ligero, que pretende ser ameno. Seguramente, Marina simplemente ha escogido un ejemplo dando por supuesto que todos (o casi todos) los lectores (que son serios y rigurosos) estarán de acuerdo con el carácter supersticioso de esa "disciplina"; tampoco le interesa profundizar para demostrar que la astrología es, efectivamente, una superstición. No obstante, por idénticas, si no mejores, razones, podría haber escogido la religión cristiana como otro ejemplo de superstición (más precisamente habría que decir de sarta interminable de supersticiones), en especial cuando se supone que hay relación entre la voluntad divina (a la cual se puede implorar) y el devenir de los acontecimientos mundanos. Pero me imagino que este ejemplo habría levantado demasiadas ampollas y no se trata de eso.

La astrología establece que las posiciones de los astros respecto a una persona en el momento de su nacimiento son relevantes en cuanto a su psicología y en el devenir de su vida. Naturalmente, cada uno es libre de creer o no que los astros, su posición relativa, puedan influir en nuestro carácter y que sus futuros tránsitos (perfectamente conocidos: de ahí la posibilidad de predicciones) afecten a nuestra vida. De hecho, que yo sepa, no hay ninguna ley física o similar que explique mínimamente estas hipotéticas relaciones. Pero por muy absurdo que nos pueda parecer, el que algo sea inexplicable desde nuestros conocimientos "científicos" no necesariamente quiere decir que no sea verdad. Y el negar lo que no se sabe explicar racionalmente no es precisamente una actitud racional.

Una actitud racional ante la astrología consiste, de entrada, en verificar, con una muestra suficiente de casos, si hay o no correlación entre los "supuestos" astrológicos y hechos mensurables o identificables objetivamente. El caso de los tránsitos, por ejemplo: La astrología sostiene que determinados "tránsitos" de astros concretos (o combinaciones de astros) sobre ciertos puntos "sensibles" de la carta natal inducen tendencias a acontecimientos también concretos. Pongamos, para ilustrar lo que digo, los tránsitos llamados "de muerte". Conocida (como se conoce) la frecuencia de estos tránsitos, no es demasiado complicado verificar si existe alguna correlación estadística entre los mismos y las muertes de personas concretas (o situaciones objetivas de muerte); o si, por el contrario, las relaciones entre ambos fenómenos es la que cabe esperar del azar.

Hace ya bastantes años cayó en mis manos un libro que recogía estudios de este tipo y que mostraba (no sé con qué rigor) que las tesis de la astrología, sin ser obviamente infalibles, presentaban correlaciones con la realidad mayores de las que cabían esperar del azar. Es decir, sugerían que "algo debía haber"; o, dicho de otra forma, que no era tan evidente que pudiera decirse simplemente: todo eso son paparruchadas.

Por mi parte podría contar unas cuantas "coincidencias" entre la astrología y vivencias de mi historia personal. Las cuales no me llevan a afirmar que lo que dice la astrología sea cierto, pero sí me despiertan una desazón íntima respecto a nuestras seguridades racionales, así como un interés por conocerla algo mejor (más allá de las boberías de los horóscopos de las revistas del corazón).

En todo caso, y vuelvo a lo que iba, muy arriesgadas me parecen esas fáciles descalificaciones de lo que no se conoce desde actitudes pretendidamente racionales. A veces, tan supersticioso es tener prejuicios sobre la verdad de algo como creer de entrada (prejuicios también) que algo es falso. Seguramente lo más racional es la duda. La realidad (la verdad) es muy compleja y puede que no toda sea explicable desde la razón (o desde los instrumentos racionales de los que de momento disponemos). Suelo decirme que la lógica es como un tenedor, muy útil para comer la mayoría de los alimentos. Pero en la realidad también hay sopa.


CATEGORÍA: Creencias y descreencias
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

martes, 23 de mayo de 2006

Correo de K

K está de baja desde hace una semana. Ha tenido una infección, pero ya está bien; probablemente el miércoles reciba el alta y haya de incorporarse a su trabajo. Hasta entonces disfruta de la ausencia de obligaciones: dormita, lee, escribe ...

Hoy recibo un correo suyo, escrito -dice- porque estaba relajada y tenía ganas de hablar de sexo conmigo. Me cuenta su recuerdo de una noche reciente compartida. Y yo lo leo y me emociono, me alegro, me siento bien; y, por supuesto, me excito. En ejercicio de impudor autoimpuesto (porque algo que es bello y bueno no debe considerarse impúdico) transcribo lo que me cuenta.

Cómo me gustó esa noche; cuando me acosté ya estaba oscuro y sólo sentía el roce de tu cuerpo y tus brazos rodeándome toda. Tus labios se posaron suavemente en los míos y poco a poco tu lengua fue abriéndose camino hasta encontrar la mía, mientras tus manos recorrían lentamente mi cuerpo. Yo me iba abandonando y sentía cómo me iba humedeciendo: tus caricias me licuaban poquito a poco. Empecé a moverme sin querer, rítmicamente, mientras oía mi propia respiración cada vez más fuerte; el corazón se aceleraba por momentos y lo único estático era mi voluntad, que iba desapareciendo. En ese momento sólo quería seguir así, sin pensar, dejándome llevar por el placer y por tu voz que sonaba más dulce y tierna que nunca. De un movimiento rodaste mi cuerpo por encima del tuyo y me colocaste con las piernas abiertas sobre tu cara; como no me lo esperaba, además del inmenso goce que me proporcionaba tu lengua entre mis piernas, la sorpresa de sentirme manejada tan hábilmente por ti hizo que el calor aumentara tanto que me sentí arder por dentro y el centro de mi cuerpo fue ensanchándose y ensanchándose hasta que estalló y me corrí. Qué bien me sentí cuando pude lamer todo tu cuerpo. Dar y recibir placer es todo uno, sentir placer con el placer del otro. Y eso mismo es lo que me ocurre contigo, pasar la lengua por tu cuerpo, lamer tus genitales, chupar tu pene, todo es un rito... Mientras lo hago vuelve el calor, oigo el sonido de mi lengua entre los huecos de tu cuerpo y me excita, te oigo a ti respirar más fuerte y el saberme capaz de proporcionarte placer me excita más todavía; y entonces empieza otra vez el descontrol, mi cuerpo se mueve solo, mi respiración se acelera, te oigo, me oigo, el corazón late fuerte, y me vuelvo a correr. ¡Qué bien!

Como dice K: qué bueno es hacer el amor y después poder hablar de ello. Creo que estamos haciendo el amor de maravilla (teniendo un sexo fabuloso, como dicen por ahí) y creo que mucho contribuye el que estemos siendo capaces de hablar de ello, de mostrarnos el uno al otro nuestras sensaciones, nuestros deseos ... Creo también que el sexo entre nosotros está siendo una herramienta magnífica para dejar salir y amplificar nuestros sentimientos, y eso es bueno, es precioso. Y por último, al menos en lo que a mí se refiere, creo que el sexo con K (en realidad la propia K en sí misma) es un milagro inesperado que me hace mucho más bien del que merezco.

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

viernes, 19 de mayo de 2006

No escribo en el blog

Pues eso: que no escribo nada desde el 3 de mayo; 16 días es mucho tiempo. Y quisiera publicar varias boberías que se me van ocurriendo, ideas y situaciones que me hacen pensar. ¿Pensar? Llámalo como quieras, digamos que los bailoteos neuronales dibujan movimientos que a uno le parecen relevantes, curiosos ... lo suficiente para tratar de esbozarlos con palabras y subirlos a este recipiente virtual.

Pero apenas tengo tiempo. Primero el trabajo, donde no estoy cumpliendo con todo lo que yo mismo (idiota de mí) me he echado a cuestas. Habré de ir diseñando una escapatoria digna de los compromisos adquiridos cuando me creía superman (en realidad nunca me he creído superman: simplemente era lo que había que hacer, ante la ausencia de alternativas más gratificantes).

Segundo Tú. Y digo segundo en tiempo dedicado, aunque bien sabes que tiendo a que pases al primer puesto. Quizás ya lo estés, al menos si sólo medimos en los últimos días. Pregunta: ¿cuentan las horas de sueño compartidas?

Y, excluyendo las actividades necesarias (ahí iría el sueño), creo que en los últimos días apenas hay otras cosas. Pero las hay (debe haberlas) y, por tanto, se quedan sin tiempo. Entre ellas, este blog.

Pues nada, a lo tonto a lo tonto, he escrito un post para excusar mi no escritura. Vale, me excuso a mi mismo, pero me impongo publicar algo "con sustancia" en breve. Aunque sepa que no soy demasiado fiable. Bueee ... Tampoco soy tan poco fiable.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM

miércoles, 3 de mayo de 2006

La muñeca viajera de Kafka

Anoche terminé la última novela de Auster: Brooklyn Follies (aprovecho para recomendar encarecidamente su lectura, la de cualquier libro de Paul Auster).

A través de una conversación entre dos de sus personajes, Auster narra la historia de la muñeca de Kafka. Me impresionó. Busqué en Internet y comprobé que había múltiples referencias; parece ser que la anécdota es bastante conocida (no cesa de crecer el conocimiento de lo que uno desconoce).

Descubró que Jordi Sierra i Fabra ha sido capaz de hacer un libro para jóvenes de esta anécdota (publicado por Siruela este mismo año). También el escritor argentino César Aira escribe un breve artículo en 2004 a partir de una biografía de Kafka. Transcribo la historia con las palabras de Auster:

Último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en la primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación de la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.

Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?

Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actvidades.

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida para siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.

Hay algunas variaciones en distintas versiones que he encontrado. La más frecuente cuenta que antes de despedirse Kafka regala una nueva muñeca a la niña. Ella dice que no es la misma y Kafka le contesta que su apariencia ha cambiado porque la muñeca había visto muchas cosas interesantes y vivido muchas experiencias nuevas en su largo viaje. La vida nos cambia.

Parece ser que nunca se ha sabido quién era esa niña y mucho menos se han encontrado las cartas de la muñeca. De seguir viva, hoy la niña (Elsi, la llama Jordi Sierra) tendría 92 años, tiempo suficiente para haber sabido, a medida que crecía, la importancia literaria de las cartas que le entregó a lo largo de varias tardes en el parque Stegliz (el que se ve en la foto de este post) ese señor tísico y con cara de murciélago. Pero la niña (la mujer) nunca apareció lo que nos hace pensar en cualquiera de estas hipótesis: que no existió, que murió joven antes de saber quién era el autor de sus cartas, que perdió las cartas y no se atrevió a descubrirse ... Pero también me puedo imaginar (aunque no sea nada probable) que Elsi creció y supo que había sido Kafka quien le había entregado las cartas y quien, obviamente, las había escrito; que las conservó durante toda su vida, que fue larga y modesta, conocedora del altísimo valor de esos papeles que amarilleaban ...

He leído artículos donde se reflexiona sobre el mayor o menor acierto de Kafka desde el punto de vista pedagógico. Con las cartas, Kafka no le dice la verdad a la niña pero tampoco la engaña sobre lo importante: que la muñeca ha de desaparecer de su vida (por eso no me convence demasiado la versión en que le regala otra muñeca). Pero esa verdad fundamental y dolorosa (antesala de las futuras despedidas que la niña habrá de vivir) se la va haciendo ver de forma gradual, mediante una sucesión de cartas cuidadosamente redactadas que consiguen ir preparando el corazón de la niña para aceptar la pérdida.

De todas formas, en estos momentos no es que me interese mucho la valoración pedagógica de lo que Kafka hizo (si es que realmente lo hizo, pero qué importa). Me refiero a ello, no obstante, porque lo que me llama la atención de esta anécdota es la cantidad de aspectos sobre los que incide, como si fuera un poliedro de numerosas caras, todas ellas brillantes. Durante estos días me ha venido en varias ocasiones la historia a la cabeza y siempre desde un ángulo distinto. Y, por supuesto, muchos de ellos con una belleza que emociona. En algún momento se me ocurrió escribir un relato corto a partir de alguno de estos ángulos: pero soy muy vago y, para colmo, el Sierra i Fabra se me ha adelantado.

En todo caso, como a Auster (como al personaje de Auster) lo que más me impresiona es que una persona de la calidad literaria de Kafka diera la máxima importancia a la labor de reconfortar a una niña desconocida. Puede pensarse que no consideraba que su obra (a la que, en términos objetivos de calidad literaria, debía dedicarse) no era lo suficientemente valiosa. Recuérdese que un año antes K le había pedido a Max Brod que destruyese toda su obra. Pero aún así ...

Por "culpa" de esta historia he pensado frecuentemente cuanto nos equivocamos al valorar el empleo de nuestro tiempo, al decidir qué es lo importante y qué no tanto.

CATEGORÍA: Literaturas
POST REPUBLICADO PROVENIENTE DE YA.COM