martes, 21 de febrero de 2012

Amabilidad



Me hacen llegar este video llamado Kindness Boomerang, que escenifica una serie de sucesivos gestos de amabilidad hilvanados temporalmente en una calle de Red Bank (New Jersey) con el fondo musical de la canción One Day, del cantante reggae Matisyahu (un tío con unas pobladas barbas como corresponde a su condición de judío jasídico). Se trata de un video promocional de Life Vest Inside (chaleco salvavidas en el interior), una organización fundada en 2010 por Orly Wahba, un profesor del colegio Yeshivah de Flatbush, un barrio de Brooklyn. Para este hombre, nuestro chaleco salvavidas, nuestra capacidad para superar las dificultades, está también el interior y es la bondad, manifestada a través de la amabilidad hacia los demás. La amabilidad, opina ese neoyorkino, es lo que nos permite seguir a flote, lo que nos ayuda a levantarnos después de las caídas. El campo de acción de esta organización se focaliza en las escuelas, promoviendo lo que llaman el aprendizaje socioemocional; se basan en un sistema de voluntariado para difundir su convencimiento de que ser amable (esforzarse conscientemente en serlo) contribuye significativamente a mejorar el mundo, a mantenerlo a flote, como dice su slogan.

La amabilidad no es otra cosa que la manifestación activa hacia los otros de la bondad propia. No pienso que sea lo mismo que la cortesía o la buena educación, porque para que un acto sea amable y no meramente cortés, debe estar motivado por una intención benevolente (querer el bien) del actor. Yo no creo, ni mucho menos, que la amabilidad, el deseo de hacer felices a los demás, sea uno de los principales motores del comportamiento humano y, por tanto, un factor predominante para explicarnos la evolución histórica de nuestra especie. Quizá merezca ser tildado de pesimista, pero tiendo a pensar que otras motivaciones bastante menos nobles pesan más en la génesis de nuestros actos. Igual que creo que nuestros sentimientos hacia los demás suelen venir condicionados más por el deseo de recibir que por el de dar. De todas maneras, no me parece tan grave, e incluso diría que el que así sea fomenta, si no la amabilidad, sí al menos el desenvolvimiento habitual de la cortesía. De hecho, las convenciones de buena educación se han ido asentando como mecanismos sociales para evitar que nos matemos unos a otros en las relaciones cotidianas y también para posibilitar cauces de intercambio afectivo "interesado". Soy cortés contigo porque me interesa conseguir algo de ti (en la esfera que sea).

Es muy fácil ser cortés (insisto, no confundir con ser amable, en la acepción que he dado antes a este término), tanto que casi lo hemos interiorizado y, por tanto, carece de mérito. Sin embargo, a veces nos topamos con personas que parecieran disfrutar siendo desagradables, molestando gratuitamente a sus prójimos. En el esquema de Carlo Cipolla que traje a colación hace un par de posts, éste sería, en principio, un perfecto ejemplo de comportamiento estúpido, toda vez que hacen daño a los demás (a nadie le gusta recibir una invectiva) y a sí mismos (se hacen odiosos al otro, lo que no suele traducirse en buenas consecuencias). ¿Por qué lo hacen? Unos cuantos de los que conozco porque están permanentemente amargados y sienten, además, que la culpa de sus males (reales o imaginarios) es del mundo, de modo que vomitan sin cortarse toda su mala leche. También los hay en los que la soberbia, o su pariente menor la vanidad, están en la base de sus malos modales. Esperan la pleitesía del prójimo, el reconocimiento, si no admiración, de su alta valía, de la que están tan convencidos que soportan mal que se les cuestione, lo que les lleva a la descortesía. Es una reacción lógica (desde sus presupuestos), porque las fórmulas de educación son convenciones basadas en el acuerdo implícito (más o menos hipócrita) de la igualdad a priori entre los contertulios. Por eso es frecuente que los soberbios caigan en la descortesías y esgriman en sus discusiones argumentos ad hominem, tanto positivos como negativos (descalificaciones personales o juicios de valor casi siempre poco pertinentes).

Aunque reconozco que a veces incurro en comportamientos poco educados a causa de ramalazos soberbios, creo que mis muestras de descortesía obedecen mayoritariamente al que considero mi peor defecto, la impaciencia. Pierdo con frecuencia la mesura y eso me lleva a no cuidar las formas, sea en el tono de voz o soltando expresiones que mejor habría hecho en callar. Y lo peor es que me doy cuenta de que he hecho daño (a veces incluso con asombro, porque considero que no ha sido para tanto, pero hay mucha gente muy susceptible) y me siento mal. Cuestión distinta es que sepa y pueda reparar el agravio: acabamos siendo prisioneros de nuestra personalidad, incluso de esos rasgos que no nos gustan, y hay que ser muy sabio y muy valeroso para enmendarse y cumplir la penitencia. Si no, piénsese en cuánto nos cuesta disculparnos honestamente y cuantas veces, cuando lo hacemos, más parece que ofrezcamos excusas justificativas.

Pero he hablado de la cortesía y de la descortesía y el post iba a ir de la amabilidad. Mientras que todos podemos y debemos ser corteses, pues basta con atenerse a unas sencillas convenciones y atenuar nuestros "malos bichos", no ocurre lo mismo en cuanto a ser amables. Porque un acto de amabilidad es de amor, cuando lo hacemos estamos amando al receptor del mismo, o si se prefiere un lenguaje menos lindante en la cursilería (consecuencia del abuso del término amor), estamos deseando hacerle bien (benevolencia y amor son, para mí, sinónimos). Para ello, primero, se requiere que tengamos bondad (que es la fuente de la benevolencia), lo cual algunos tienden a dar por supuesta como cualidad universal de la especie aunque yo, en cambio, tengo mis dudas la respecto. En segundo lugar que el prójimo nos despierte el deseo de hacerle el bien, de alegrarle la vida, cosa que hay que reconocer que muchos no nos provocan. Hay a mi juicio un tercer requisito no menos importante: que sepamos cómo hacer efectivo el acto amable. Puede pensarse que es una tontería, pero lo cierto es que a menudo es nuestra torpeza emocional la que nos limita y hasta impide el ejercicio de la amabilidad.

Ahora bien, como todas las torpezas, lo mejor para superarla es la práctica y justamente ése vendría a ser, digo yo, el mensaje de la campaña de esta organización de Brooklyn. Esforcémonos en ser amables, en hacer pequeños gestos que traigan pequeñas dosis de felicidad a los que nos rodean, conocidos o desconocidos, y para ello estemos atentos a las incontables oportunidades que se nos presentan para ejercer la amabilidad. Para mí, lo de estar atento es la clave, porque no paro de corroborar lo despistados que solemos pasar por la vida, sin enterarnos de casi nada y, por tanto, perdiéndonos tantos momentos de asombro maravillado. En este campo, nuestra habitual falta de atención es especialmente dolosa, porque dejamos pasar ocasiones de hacer felices a los demás, empezando por quienes ya amamos (incluyo también la amistad bajo la rúbrica del amor). Sostengo (y según he leído la neurobiología lo confirma) que el ejercicio consciente (hasta forzado, si me apuran) de las manifestaciones de los sentimientos opera en nuestros cerebros como reforzador y hasta generador de ese sentimiento. Así que me atrevo a decir que seamos amables incluso aunque no sintamos amor, como "truco" para que éste aparezca o aumente. A la larga (vuelvo a Cipolla) es el más inteligente de los comportamientos, porque no sólo hacemos bien a los demás, sino que, sobre todo, nos lo hacemos a nosotros mismos: nos sentiremos más a gusto con el prójimos (en la medida en que veamos más sus rasgos "amables") y seremos progresivamente mejores personas (más buenas). Pues eso, que hoy me ha dado por un post moralista.


You're kind - Paul Simon (Still Crazy after all these Years, 1975)

lunes, 20 de febrero de 2012

Seis años

Hoy es lunes y hace seis años, en esta misma fecha carnavalera, era también lunes. Ese día, hacia las nueve de la mañana, publicaba en Ya.com el primer post de este blog. Una mera prueba, después de pasarme gran parte del domingo tanteando cómo funcionaba esto de los blogs con la torpeza intrínseca del principiante. El título de Conciertos y desconciertos fue también una decisión casi aleatoria, influida sin duda por le profunda crisis emocional y vital de la que iba saliendo por aquellas fechas. También el pseudónimo, después de inventar unos cuantos más; me gustó la amalgama de un nombre eslavo y un apellido falsamente italiano que no parece que corresponda a nadie real, aunque en un diccionario de hombres ilustres del Reino de Nápoles escrito en el XVII encuentro una referencia tangencial a un tal Giovanni Maria Panciutti, editor en la Venecia del barroco (me complacen el oficio y la ciudad). En fin, que hoy es el sexto cumpleaños de este blog y de Miroslav Panciutti.

Durante estos seis años he publicado 823 posts (contando éste), lo que viene a ser uno cada 2,67 días o entre 2 y 3 a la semana. Me parece un ritmo bastante productivo, máxime cuando, como más de uno me acusa, mis entradas suelen ser más largas de lo que se considera recomendable en la blogosfera. Ciertamente, le dedico buenos tiempos a escribir (y a las tareas previas a la redacción) en detrimento de otras actividades, por ejemplo, las laborales. Lo hago porque me divierte mucho y, sobre todo, porque es una de las vías más eficaces de que dispongo para desconectarme del estrés constante que me agobia durante los últimos tres años. Aún así, no deja de asombrarme mi constancia durante lo que ya es un periodo largo, prueba de que la "terapia" funciona. De más está decir que, por el momento, tengo la intención de seguir manteniendo el blog, con el que me siento muy a gusto.

Ahora que hablo de terapia, aprovecho para decir que tal fue el origen del blog y de su título. Cuando empecé a publicar empezaba a salir de una crisis personal muy honda, tanto que me hizo replantearme muchos de los que creía como fundamentos de mi personalidad. Toda crisis (también las económicas, como la actual) significan cambios y, si saben aprovecharse, de ellas ha de salirse mejor de como se estaba antes. En mi caso, pese (o gracias) al dolor sufrí, creo que así ocurrió. Revisando la evolución de mis posts desde el principio me es fácil comprobar cómo y cuánto han cambiado mis estados de ánimo durante estos años; esta función testimonial autobiográfica (por velada que parezca a los lectores) no deja de tener también su interés para el autor.

Este fin de semana he pasado un largo rato releyendo posts y comentarios. He intentado terminar de pasar algunas entradas del antiguo blog de Ya.com que todavía estaban pendientes (no he acabado, pero ya apenas me falta una decena). También he estado actualizando enlaces caídos (por ejemplo, de Youtube) y cambiando los archivos de audio incrustados que antes eran de GoEar (porque ahora te obligan a oír un anuncio publicitario previo a la canción) a DivShare que es el servidor que uso desde hace bastante. En fin, que me he entretenido con tales tareillas y me he planteado algunas mejoras en la configuración del blog que alguno de estos días llevaré a cabo.

Este mirar "hacia atrás" conlleva inevitablemente algunos ramalazos nostálgicos, en especial al corroborar cuantos de mis lectores y comentaristas de los primeros meses (que eran pocos pero constantes) ya no pasan por aquí e incluso han desaparecido de la blogosfera. Blogueros del 2006 y 2007 como Alysha, Amanda, Elvira, Eva, Libertad, Marguerite o topmonster (por citar a los más antiguos) han abandonado sus blogs (o los han cambiado a direcciones que desconozco). Otros, como Nanny Ogg, hnh, Wendeling que siguen en activo, aunque ya apenas me visitan. Y también hay quienes, sin blog, siguen apareciendo por aquí, aunque con bastante menos frecuencia que antes; es el caso de Amaranta. En la actualidad, el grupo habitual de mis lectores es casi completamente distinto del inicial, pero así son las cosas.

Quizá no debería decir lectores, sino comentaristas, pero es que, al fin y al cabo, quienes me leen sin dejar comentario me pasan inadvertidos. Obviamente tiene que haber unos cuantos de éstos, si me creo lo que dice el contador del blog (unas 350 visitas diarias, aunque imagino que el 80% como mínimo da como mucho un vistazo en diagonal sin llegar a leer el correspondiente post). Aún así, me consta por datos indirectos, que cuento con algunos lectores habituales que prefieren no opinar nada; desde luego, preferiría que lo hicieran, pero cada quien es muy libre. En todo caso, aunque me agrada que me lean y, sobre todo, conocer lo que se opina de mis textos, eso viene a ser una agradable consecuencia, pero no la causa primigenia de que publique.

En fin, un post "ombliguista" éste, que espero que se me excuse porque la onomástica lo merece.


If dogs run free - Bob Dylan (New Morning, 1970)

PS: Una de las cosas que me gustaría hacer cuando tenga tiempo es ordenar de algún modo los temas musicales que he ido subiendo al blog. Muchas de esas canciones eran en sí mismas el objeto del post correspondientes y las que no tenían casi siempre alguna relación, por remota que pudiera parecer al lector, con el asunto tratado. Esta mañana no me dio tiempo a añadirle ninguna a éste y lo hago ahora; en este caso, la relación con el post es bastante críptica y estrictamente personal (la composición más jazzística de todas las de Dylan, quien probablemente sea el más recurrido en mi banda sonora).

jueves, 16 de febrero de 2012

Garzón y las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana

En su magnífico e irónicamente didáctico Allegro ma non troppo (se lo recomiendo encarecidamente a quien no lo haya leído; puede descargarlo en PDF aquí), Carlo Cipolla establece (Tercera Ley Fundamental de la Estupidez Humana) que los individuos se dividen en cuatro categorías básicas -los incautos (H), los inteligentes (I), los malvados (M) y los estúpidos (E)- en función de los efectos de sus comportamientos sobre sí mismos y sobre los demás. En mi opinión, aún ateniéndome a la perspicaz clasificación del historiador italiano, no son los individuos sino los comportamientos los que se deberían etiquetar con uno de estos epítetos. Todos nosotros, a lo largo de nuestras vidas, cometemos acciones incautas, inteligentes, malvadas o estúpidas; todas habría que contabilizarlas y sumarlas ponderadamente para saber (sólo en el momento de nuestra muerte) cuál (y en qué grado) de los cuatro calificativos nos corresponde. Hecha esta precisión previa paso a desarrollar este post apoyándome plenamente en la teoría de Cipolla.

Asumiendo que toda acción u omisión genera unos efectos sobre nosotros mismos y sobre los demás (sea sobre un prójimo concreto, varios o la colectividad) y esos efectos pueden medirse, al menos teóricamente, en unidades de “ganancias” o “pérdidas”, éstas pueden ser representadas en un gráfico cartesiano, en el que el eje de las abcisas mida los efectos para sí mismo del actor y el de las ordenadas los efectos sobre el receptor. En el punto O de cruce de ambos ejes se dispondrían las acciones que no tienen ningún efecto (ni ganancia ni pérdida) ni para el que las hace ni para el que las sufre. Todas las acciones cuya medición cae hacia la derecha de O son beneficiosas para el actor; ahora bien, si están por encima del eje X también lo son para el receptor y, en cambio, si están por debajo, le son negativas. Con la misma lógica, toda acción hacia la izquierda del punto O resulta perjudicial para el actor; de éstas, las que caen por arriba del eje X son beneficiosas para el receptor y las que están por debajo también negativas. Aunque sea engorrosa la explicación, la idea es extremadamente sencilla de entender.

¿Cómo encajaría en este elemental esquema la acción de Garzón consistente en ordenar que se escucharan las conversaciones entre los presos del caso GURTEL con sus abogados? Parece claro que, vista la sentencia, hay que situarla en el lado negativo del eje X; es decir, el juez cometió una acción cuyos efectos le han resultado perjudiciales. Quizá, cuando dio esas órdenes, calcularía que podrían reportarle beneficios (por ejemplo, en el engrandecimiento de su fama como implacable justiciero, gracias al desenmascaramiento y castigo de los chorizos de GURTEL); pero los cálculos del actor son irrelevantes en la teoría de Cipolla pues lo que cuentan son los resultados. En todo caso, se me hace difícil creer que, conociendo como conocía la inquina que tantos le guardaban, no previera que con esa acción otorgaba a sus enemigos bastantes probabilidades de que lo machacasen (salvo que la soberbia le cegara). También puede que don Baltasar asumiera que esas órdenes le iban a ser perjudiciales, pero estuviera dispuesto a apechugar con las consecuencias por el bien público que las mismas implicaban. Esa es la actitud, en el caso extremo, de los mártires o héroes que se sacrifican sí mismos por el bien ajeno, aunque Cipolla prefiere etiquetarlos más prosaicamente con el calificativo de incautos.

Así pues, el comportamiento concreto de Garzón al que me refiero no sería en ningún caso ni inteligente ni malvado; pero para saber si es incauto o estúpido hay que decidir quién es el receptor de su acción y los efectos sobre éste de la misma. Por ejemplo, en relación a los tres presos de GURTEL, por más que la intención del ex-juez fuera perjudicarlos (conseguir pruebas para enchironarlos por sus delitos), lo cierto es que los efectos de que ordenara espiarlos parece que sólo les han traído ventajas: han logrado quitárselo de encima, han conseguido argumentos para viciar a su favor el proceso judicial y, para colmo, esas grabaciones apenas han aportado datos incriminatorios que, para colmo, no son admisibles como pruebas. O sea, que Garzón se ha perjudicado a sí mismo y ha beneficiado a Correa &Co, lo que lo califica como un incauto. Si en el eje Y medimos los efectos de la acción sobre la sociedad en su conjunto, yo diría que la valoración es negativa: por los mismos motivos que eran beneficiosos para los chorizos y el nada desdeñable y añadido de haber contribuido a debilitar, realmente y, sobre todo, en la percepción de los ciudadanos, la administración de justicia. Nótese que la escandalera mediática derivada de la condena de Garzón nos ha llevado a despreciar como nimio el derecho a la confidencialidad entre acusado y defensor y se tiende implícitamente a propugnar que “para hacer justicia” conviene prescindir de esas chorradas de leguleyos (proceso de psicología de masas que no es distinto del que llevó a la mayoría de los norteamericanos a aplaudir los radicales recortes de sus garantías civiles decretadas por Bush tras el 11-S). En síntesis que, mientras no se me demuestre lo contrario, los efectos de la acción de Garzón sobre el conjunto de la sociedad fueron perjudiciales (mucho). En consecuencia (y para no analizar otros posibles ejes Y, que los hay) el comportamiento de Garzón hay que calificarlo de incauto en relación a los chorizos de GURTEL y de estúpido respecto de la ciudadanía en su conjunto.

Claro que, maliciosamente, se me ocurre otro supuesto, como mero divertimento para probar la metodología analítica de Cipolla. Supongamos que Garzón, consciente de que iban a por él y bastante harto de las miserias de su oficio en este país nuestro, decidiera que ya era hora de dejarlo y rentabilizar su gran prestigio en el mundo mundial en otras tareas. Pero piensa que su salida tiene que ser “a lo grande” y, para ello, qué mejor que lo expulse en clamorosa injusticia un sistema judicial corrupto al servicio de los chorizos. Conocedor de sus paisanos, Garzón sabría de sobra que una condena por prevaricación como la que le ha caído no iba a alterar en absoluto la inquina de quienes ya se la tenían (por simplificar diré “la derecha”) y, en cambio, iba a aumentar significativamente el aprecio de quienes ya estaban de su lado (la izquierda) y hasta de los indiferentes (quienes enseguida se apuntarían del lado de la víctima de una conspiración de mafiosos). Si tales fueron sus cálculos, desde luego no fueron errados; ni en España ni mucho menos fuera. Veremos qué hace a partir de ahora el ex-juez, pero intuyo que no le faltarán ocupaciones sobradamente lucrativas y que su autoestima recibirá muchos más estímulos positivos que los que conseguía en este país.

Según la hipótesis anterior, las órdenes de Garzón habrían resultado acciones claramente beneficiosas para él, por lo que habría que colocarlas a la derecha del punto O. ¿Sería entonces un comportamiento inteligente o malvado? Pues, en relación con Correa&Co, inteligente, porque ambos, Garzón y los chorizos se benefician del acto. A este tipo de comportamientos “inteligentes”, dicho sea de paso, se adscriben las conspiraciones (de lo cual no se deduce que Garzón se haya conchabado con sus encausados, sino que si lo hubiera hecho, lo que no creo, podrían haber acordado justamente que el juez ordenara las escuchas ilegales). Ahora bien, en relación con la sociedad civil, dado que los efectos de dichas órdenes siguen siendo negativos, el comportamiento de Garzón necesariamente tiene que calificarse de malvado. Y yo diría que incluso de muy malvado, porque para obtener un gran beneficio propio inflinge un gran daño a la colectividad. Pero, no se piense otra cosa, esta hipótesis mía no es más que un ejercicio de imaginación enfermiza, ilustrativa de que, aunque la metodología de Cipolla para estudiar los comportamientos humanos me parece de gran eficacia didáctica, su aplicación práctica resulta sumamente difícil ante las incertidumbres en la medición real de los efectos de las acciones. Fíjense que, con sus famosas órdenes, Garzón ha podido comportarse como incauto, inteligente, malvado o estúpido. Si me preguntan mi opinión, me inclino por calificarlo de estúpido.


Justice - Alan Price (O Lucky Man!, 1973)

PS: Dedico a Lansky esta canción (de la estupenda banda sonora de la surrealista película homónima de Lindsay Anderson) porque la letra es plenamente coincidente con las contudentes afirmaciones de sus últimos comentarios en el post anterior. Una forma de darte satisfacción musical (espero) ya que no lo hago con mis tediosos y procelosos textos. También para disculparme si entendiste que te tildaba de populachero. No, a las que califique de populacheras fue a las pasiones que se avivan con generalizaciones radicales como la tuya; quienes con sus discursos las avivan pocas veces comparten esas pasiones. Aunque a lo mejor esta distinción se te antoja bizantina (ay, qué poco conocido y valorado ha sido siempre Bizancio).

martes, 14 de febrero de 2012

De nuevo con la sentencia contra Garzon

En un artículo del pasado sábado en Público (que he conocido gracias al enlace facilitado por Harazem), Ernesto Ekaizer nos presenta su teoría de la trama urdida por los letrados de los corruptos del caso GURTEL para suprimir a Garzón. La intriga tiene todos los elementos para convertirse en un trhiller judicial de los que Hollywood ha producido algunas muestras excelentes. En síntesis: imputan a Garzón y no a Pedreira, el instructor del Tribunal Superior de Justicia de Madrid que prorrogó el auto "prevaricador" durante más tiempo incluso, porque tenían previsto renunciar a su condición de aforados para que el proceso judicial regresara a la Audiencia Nacional, pero ya sin el molesto juez justiciero. No es nuevo, en todo caso, que más allá de la discusión sobre la justicia de la sentencia, hay una evidente injusticia que ensucia todo el proceso. Como bien hace Ekaizer, basta constatar dos hechos para probarlo: que no se haya imputado a Pedreira y que la querella obedezca a manifiesta mala fe. No estoy tan seguro, en cambio, de que, como afirma el periodista, el Supremo debiera haber ampliado de oficio la imputación al juez del TSJM ni tampoco de que la mala fe, por muy evidente que sea, imposibilite la admisión a trámite de una demanda (esto último me parece bastante inverosímil, pero Ekaizer lo afirma muy tajantemente). Pero, ciertamente, es bastante evidente que la cacería de Garzón obedecía justamente a que con él como instructor tenían bastantes posibilidades de ser condenados como casi todos pensamos que merecen. Nada nuevo, en todo caso.

Ahora bien, mientras es bastante creíble que tal fuera el plan puesto en práctica por los letrados demandantes, mientras no se aporten pruebas es más difícil aceptar, como muchos están repitiendo, que los siete magistrados del Supremo (o al menos una mayoría suficiente de ellos) estaban conchabados a priori para empurar a Garzón. No tendría reparos en admitir que Garzón les resultara antipático y que no se sintieran a gusto con sus métodos de instrucción, demasiado tenaces y con frecuencia rayando la heterodoxia y que hasta más de uno deseara, aunque fuera en lo más recóndito de su conciencia, que le cayera un palo como escarmiento. Pero me cuesta mucho creer que estos señores se atrevieran a condenar por prevaricación si no había elementos probados suficientemente claros. Hasta el propio Ekaizer lo reconoce sin tapujos: "Los autos de Garzón en los que se ordenaba y prorrogaba la grabación de las conversaciones de los detenidos de la trama Gürtel, primero con dos abogados imputados y después con otros letrados sobre los que no pesaba imputación alguna, se cargaron lisa y llanamente el derecho de defensa. Porque, como ya advirtiera en su auto el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, el 25 de marzo de 2010, al declarar nulas esas conversaciones, la orden de Garzón requería una justificación razonada, habida cuenta de que estaba en juego un derecho fundamental, el de la defensa. Y esa justificación brilló por su ausencia". Añado yo que la sentencia argumenta hasta la saciedad y sólidamente lo mismo, recurriendo a jurisprudencia del Supremo, del Constitucional y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

O sea, que en mi opinión (y en la de muchos juristas que lo dijeron antes de la sentencia e incluso el propio Vanbrugh en un comentario a otro post mío en el que hablé de Garzón) la sentencia estaba bastante cantada, pero no porque los magistrados quisieran cargarse al juez estrella (aunque quisieran), si no porque la prevaricación parecía bastante clara. Por eso, hasta que haya nuevos elementos de juicio (especialmente los argumentos y pruebas que Garzón dice que no le admitieron en el proceso), sigo pensando que querían ahorcarlo, sí, pero él les facilitó la soga. No obstante, en un blog de un abogado de Cartagena, José López Palazón, en el que caído gracias a los laberínticos enlaces internáuticos, me encuentro con una tesis que para mí es novedosa. Dice este hombre, con razón, que en la tipificación del delito de prevaricación (artículo 404 del Código Penal), para que ésta exista, se requiere que la autoridad o funcionario público dicte una resolución arbitraria a sabiendas de su injusticia, no de su ilegalidad. Obviamente, es relativamente fácil concluir sobre la ilegalidad de una orden (en este caso el auto de Garzón, opuesto frontalmente a una disposición inequívoca que prohíbe intervenir las comunicaciones entre recluso y defensor) y también, consecuentemente y dado el personaje, convencerse de que sabía que la estaba contraviniendo. Más difícil, en cambio, es pronunciarse sobre si Garzón pensaba que estaba dictando una orden injusta, al margen de su legalidad. Si aceptamos que un acto puede ser justo aunque sea ilegal, sentenciar a Garzón por prevaricador se hace muy cuesta arriba. Es más, bajo ese prisma, yo me inclinaría por absolverle.

Me estoy imaginando a Vanbrugh con gesto desdeñoso, porque si separamos tan radicalmente la justicia del derecho positivo nos quedamos casi sin agarraderas, salvo recurrir a un buen polígrafo que nos permita descubrir sin asomo de dudas si Garzón, cuando dictó sus dos autos, estaba convencido de verdad de que eran justos aunque supiera que eran ilegales. Pero la distinción entre justicia y legalidad tiene su miga en la historia de la producción legislativa pues, según afirma Palazón, anteriores redacciones de nuestra normativa penal definían como prevaricadores a quienes a sabiendas juzgan contra la ley; también asegura que en la mayoría de los códigos foráneos no se habla de resolución injusta sino ilegal. En el blog referido sostiene que la redacción española es heredera de la evolución del Derecho alemán a partir del Tribunal de Nüremberg, que entendió que los nazis habían delinquido no porque incumplieran las leyes (que no lo hicieron, pues se las habían hecho a medida) sino porque cometieron actos injustos por muy legales que fueran. Claro que este antecedente (sin que entre a discutir su veracidad como antecedente de nuestro código penal) ejemplifica más bien lo contrario –que alguien puede prevaricar aún cumpliendo la letra de la Ley– pero no tanto que alguien puede no prevaricar incumpliendo la Ley. O dicho de otra forma, la "originalidad" de la definición del delito de prevaricación en nuestro código podría entenderse para ampliar su ámbito, siendo más difícil imaginar que es para reducirlo. Claro que para evitar esta disquisición interpretativa, hubiera bastado que el artículo añadiese algo así como que todo acto ilegal se presume injusto.

En todo caso, aunque me ha resultado interesante esta tesis, su única aplicación real, me parece, es dar apoyo moral a quienes piensan que Garzón no prevaricó. Pero difícilmente puede sostenerse (como sí hace Palazón) que los magistrados del Supremo en aplicación del código penal español deberían haber absuelto a Garzón (o incluso no haber admitido a trámite la querella) porque no haya pruebas de que el ex-juez dictara sus autos a sabiendas de que eran injustos. Y es que los magistrados vienen obligados por la abundante jurisprudencia que, como ya he dicho, deja claro que prevarica la autoridad que a sabiendas dicta una orden ilegal. Además, ni siquiera Garzón, que yo sepa, ha esgrimido esta tesis (pero sería muy interesante que lo hiciera en el recurso que ha anunciado).


Signor giudice - Roberto Vecchioni (Robinson, come salvarsi la vita, 1979)

PS: En otro artículo de su blog, José López Palazón sostiene que Garzón estaba "condenado" desde mucho antes incluso de que le empezaran a caer las imputaciones porque había infringido las leyes no escritas pero inexorables de la magistratura española (¿y de todos sitios?). Primero: había atacado a un compañero, dado que su testimonio fue decisivo en la condena a Gómez de Liaño. Segundo: había atacado al poder, incluso a su manifestación más auténtica, el económico. Tercero: había buscado la notoriedad y el poder, del cual los magistrados son vicarios, ha de ejercerse siempre con la máxima discreción. Concluye Palazón que para él Garzón podrá ser todo lo que se quiera (también prevaricador) menos inteligente, al menos si entendemos esta cualidad en la acepción de Jean Piaget (facultad de adaptarse ventajosamente a las circunstancias).

lunes, 13 de febrero de 2012

Nueve canciones de Randy Newman

Este post va para Números, como premio por resolver el acertijo de la semana pasada. Un tío interesante, ya lo dije, este Randy Newman y poco conocido por estos lares (pero no así en los USA) a pesar de que varias de sus canciones las habremos oído en versiones más comerciales. Así que subo unos cuantos de sus temas, precedido cada uno de mi propia traducción, no excesivamente literal (advertencia para puristas). Las he seleccionado de sus primeros discos (salvo el último, todos de los setenta, mi década favorita en lo que música se refiere), sobre todo por las letras, en su mayoría irónicas y algo provocativas.

Ciencia Política

No le caemos bien a nadie, no sé por qué. Puede que no seamos perfectos, pero sabe Dios que nos esforzamos. Pero todos, hasta nuestros viejos amigos, nos ponen a parir. Les damos pasta y ni nos lo agradecen; son rencorosos. No nos respetan así que habrá que sorprenderles. Soltémosles la bomba y pulvericémoslos.

Asia abarrotada, Europa demasiado vieja, África demasiado cálida, Canadá demasiado fría y Sudamérica nos ha robado el nombre. Soltémosle a todos la gran bomba y nadie podrá culparnos. Salvaremos Australia –no quiero dañar a los canguros– y allí construiremos un maravilloso parque de atracciones para los americanos; hasta se podrá hacer surfing.

Bombardeemos Londres bombardeemos París: más espacio para ti y para mí. Cada ciudad del mundo será una ciudad americana. Qué pacífico será todo, todos libres. Vestirás un kimono japonés y yo me conseguiré zapatos italianos. Vamos a soltarles la bomba de una vez.


Political science
- Randy Newman (Sail Away, 1972)

La canción de Dios

Caín asesinó a Abel y Set no entendió por qué, si los hijos de Israel habían de multiplicarse, debía morir uno de ellos. Se lo preguntó al Señor y el Señor le contestó: "El hombre no significa nada, para mí es menos que la más minúscula flor de cactus o el más humilde matojo de mandioca. Me horrorizan vuestros vicios, inmundicias y miserias. Cómo nos reímos en el Cielo de las plegarias que me ofrecéis. Por eso amo a la humanidad".

Los cristianos y los judíos organizaron un congreso al que se sumaron budistas e los hindúes a través de la televisión por satélite. Eligieron a sus cuatro mejores sacerdotes: "Señor, hay una plaga en el mundo, el hombre no es libre, los templos que te construimos se han desmoronado en el mar; Señor, por favor, cuida de nosotros". Y el Señor contestó: quemo vuestras ciudades, os quito a vuestros hijos y os proclamáis benditos; tenéis que estar locos para poner vuestra fe en mí. Está claro que me necesitáis de verdad. Por eso amo a la humanidad.


God's song
- Randy Newman (Sail Away, 1972)

El hombre desnudo

Una anciana se perdió en la ciudad en una noche muy fría. Catorce grados bajo cero, el viento arreciando y ni un boy-scout a la vista. Baja las persianas que viene, apaga las luces que ya está aquí; corriendo por la calle nevada en la noche más fría del año. Cuidado, cuidado con el hombre desnudo.

La anciana se dirigió hacia la calle principal con lágrimas en los ojos. Miró hacia atrás intentando saber dónde estaba. Se detuvo en una esquina, apretando el bolso entre las manos. Ella no lo sabía pero en unos pocos minutos iba a ser atracada por un hombre desnudo. Cuidado, cuidado con el hombre desnudo.

Se apoya contra una farola y de pronto empieza a gritar. Allí estaba, bajo la luz, el famoso hombre desnudo. Dijo: se enteraron de lo de mi hermana y me expulsaron de la Marina; me habrían colgado si hubieran podido. Amagó a derecha e izquierda y de un tirón le arrebató el bolso. Deténganme, gritó mientras desaparecía, ¿nadie va a ayudar a un hombre desnudo? Cuidado, cuidado con el hombre desnudo.


Naked man
- Randy Newman (Good Old Boys, 1974)

Enanos

Los enanos no merecen vivir. Tienen pequeñas manos y pequeños ojos y van por ahí contando grandes mentiras. Tienen pequeñas narices y diminutos dientes y calzan zapatos con plataformas en sus pequeños y asquerosos pies. No quiero enanos por aquí.

Los enanos son iguales que tú y yo (menudo tonto estoy hecho). Todos los hombres son hermanos hasta el día que mueren (sí, es un mundo maravilloso).

Los enanos no aman a nadie. Tienen pequeñas piernas de bebé que apenas los alzan del suelo y tienes que cogerlos en brazos para decirles hola. Tienen pequeños coches que hacen bip-bip-bip y pequeñas voces que suenan pip-pip-pip. Tienen mugrientos pequeños dedos y pequeñas y sucias mentes. No quiero enanos por aquí.


Short people
- Randy Newman (Little Criminals, 1977)

No se puede engañar al hombre gordo

Sentado con el hombre gordo intentando sacarle un crédito; hablando de caballos y de las mujeres que hemos conocido. Escupía en la acera frunciendo los ojos al sol, saludaba a todo el mundo con una sonrisa.

Le dije: oye, Hombre Gordo, no puedo conseguir un respiro. ¿Tengo que pagar toda mi vida por un solo error? Mi hermano está en el ejército, mi hermana en prisión. ¿Podrías prestarme cincuenta pavos para pagar su fianza?

Me contestó: no puedes engañar al hombre gordo, no puedes. No eres más que un timador de pacotilla y eso es lo que siempre serás.


You can't fool the fat man - Randy Newman (Little Criminals, 1977)

En Alemania antes de la guerra

En Alemania antes de la guerra había un hombre que era dueño de una tienda. Era en Dusseldorf, en 1934. Y cada día, hacia las nueve, iba al parque junto al Rin y se sentaba a la orilla. Estoy buscando el río, pero pienso en el mar.

Una niña de cabellos de oro y ojos grises se ha extraviado. Una pequeña niña que se refleja en sus gafas mientras la mira. Estoy buscando el río, pero pienso en el mar. Yacimos bajo el cielo de otoño, mi pequeña niña y yo. Ella está muy quieta.


In Germany before the war - Randy Newman (Little Criminals, 1977)

El dinero es lo que amo

No me gusta la montaña ni me gusta el mar. No amo a Jesús; nunca ha hecho nada por mí. Tampoco tengo cariño a mi hermana, ni a mi padre ni a mi madre. El dinero es lo que amo.

Dicen que el dinero no puede comprar el amor, pero sí te consigue media libra de cocaina, una piba de dieciséis y una enorme limusina negra en una calurosa noche de septiembre. Vale que no sea amor, pero está muy bien. El dinero es lo que amo y quiero besarte.

Suelen preocuparse por los pobres, pero no yo; también por los negros, no es mi caso. Hay quienes se angustian por los niños famélicos de la India; ¿sabes lo que yo digo sobre los niños famélicos de la India? Digo: ¡Mamá, el dinero es lo que amo!


It's money that I love - Randy Newman (Born Again, 1979)

Señor Borrego

Caramba, señor Borrego, ¿a dónde vas? Cuidado, que se te va a caer tu maletín. Jesús, menudo idiota. Míralo bajando al metro para coger el tren y dejándose olvidado su paraguas. Pobre señor Borrego, se ha mojado. Sigue adelante, señor Borrego, venga sigue. Háblame de tu pequeña familia, de cómo le va a tu mujercita. ¿Vas a vivir con esos monstruos el resto de tu vida? Quizá tengas una amiguita escondida en la ciudad. Tal vez no la tengas, ja ja ja.

Pobre señor Borrego, es un tipo muy solitario. Venga, sigue adelante, señor Borrego. Baila, señor. Eh, lo haces muy bien. Dejemos que se desenvuelva solito.

Bueno, no quiero ser demasiado duro, demasiado cruel. Es cierto, este mundo es terriblemente exigente. Entiendo perfectamente lo que quieres decir. Pero me gustaría que tú supieses como me siento y, si he de decirte la verdad, me siento como si fuera, como si fuera a ... ¡A mandarlo todo al carajo, señor Borrego! Ten cuidado, estás caminando sobre ti mismo. Sigue adelante, Señor Borrego, sigue adelante.


Mr. Sheep - Randy Newman (Born Again, 1979)

Tengo una buena vida

Hace un par de semanas mi mujer y yo hicimos una escapada a México. Conocimos una chica y nos la trajimos a vivir a nuestra casa. Limpia el vestíbulo, la escalera, la sala, asea el culito del bebé, lleva los niños al colegio, lava la ropa y hasta ha escrito esta canción. Fíjate.

La otra tarde mi mujer y yo nos dimos un paseíto hasta Beverly Hills, al colegio privado de nuestro hijo mayor. Muchos famosos mandan sus críos a ese colegio. El profesor nos dijo que el chaval les daba problemas, que no obedecía sus órdenes, que incluso robaba a los compañeros y que era demasiado violento en los juegos. Un momento, profe, aguante un minuto; a lo mejor tengo los oídos taponados, puede que no entienda el idioma, pero me parece que usted no se da cuenta de que tengo una buena vida, mi vida es buena, viejo idiota.

Precisamente esta tarde unos jóvenes asociados nuestros están volando desde Nueva York. Vienen a pasar un par de semanas con nosotros. Les llevaré a los mejores restaurantes y todo eso, les daré cocaína de la buena, de la que no se consigue en el Este. Y la mujer de uno de ellos es una pequeña preciosidad mulata a la que le echaría uno o dos polvos. Ehhh, ¿qué piensas de eso?

Profesor, déjeme que le cuente una historia. Justo esta mañana mi mujer y yo hemos ido a ese hotel de las colinas. Exacto, el Bel Air. Resulta que allí se está quedando un buen amigo nuestro cuyo nombre es Bruce Springsteen, sí señor. Hemos estado hablando de todo un poco y de su nueva guitarra, que me gusta mucho. Y ¿sabe lo que me ha dicho? Rand, estoy cansado, ¿te gustaría ser el Boss por una temporadilla? Chúpese esa, gran tipo. Tengo una buena vida, mi vida es de puta madre.


My life is good - Randy Newman (Trouble in Paradise, 1983)

sábado, 11 de febrero de 2012

La sentencia contra Garzón

Falló el Supremo condenando a Garzón como “autor responsable de un delito de prevaricación” en su actuación como juez instructor de una de las tramas del caso GURTEL e inmediatamente (en realidad desde antes) se han alzado multitud de voces apasionadas, en un sentido u otro. También el propio ya ex-juez ha hablado en una breve nota en la que rechaza la sentencia “por entender que no se ajusta a derecho, que me condena de forma injusta y predeterminada”. Afirma Garzón que en este proceso sus derechos han sido sistemáticamente violados, sus peticiones de defensa desatendidas y que se ha prescindido de los elementos favorables que le beneficiaban, impidiéndole aportar las pruebas que demostraban que contaba con contundentes indicios de que los abogados defensores de los imputados (a los que mandó escuchar) eran colaboradores en la continuación del delito de blanqueo de dinero. Añade además que tomó todas las medidas para garantizar el derecho de defensa y que la propia sentencia no dice en ningún momento cuál es el daño producido a dicho derecho porque, sencillamente, no existe. Por último afirma algo que, si fuera cierto, es para poner los pelos de punta: que esta sentencia (sin razón jurídica ni pruebas que la sustenten) “elimina toda posibilidad para investigar la corrupción y sus delitos asociados abriendo espacios de impunidad y contribuye gravemente, en el afán de acabar con un concreto juez, a laminar la independencia de los jueces en España”.

En mi modesta opinión, más le habría valido a Garzón ahorrarse este comunicado, nada elegante, en el que se autoerige como víctima de una conspiración que, incluso aunque sea verdad que había muchos intereses en cargárselo, no es relevante en cuanto a la justicia o no de la sentencia. Tampoco me parece muy ético/estético que diga cosas que son claramente falsas o que impute al Tribunal que le han privado de sus derechos y negado pruebas a su favor. Tras leer la sentencia, lo primero queda manifiesto (sí se deja muy claro en qué consiste el daño que hizo al derecho a la defensa) y lo segundo resulta poco creíble, porque el texto va detallando (y desmontando) los argumentos de Garzón. Aunque, claro está, puede que haya en alguna de esas quejas tenga razón y para ello lo tanto tiene el recurso al Constitucional. Pero que lo demuestre y no lo afirme sin pruebas, dejando caer de paso que él es casi la única muestra de un poder judicial independiente. En fin, que gustosamente parece haber aceptado el título de mártir de la democracia que tantos clamorosamente le otorgan.

A Garzón se le ha condenado por haber ordenado grabar las conversaciones de los imputados por el caso GURTEL con sus abogados defensores que tuvieron lugar en los locutorios del centro penitenciario específicamente destinados a que los presos recibieran a sus letrados. Las comunicaciones entre los presos y sus abogados están reguladas por la Ley General Penitenciaria que, en su artículo 51.2, establece que “las comunicaciones de los internos con el abogado defensor ... no podrán ser suspendidas o intervenidas salvo por orden de la autoridad judicial y en los supuestos de terrorismo”. El Tribunal Constitucional, en una sentencia de 1994, eliminó toda ambigüedad interpretativa aclarando que las dos condiciones no eran exigencias alternativas sino acumulativas; es decir, que sólo en caso de terrorismo, podía un juez (y sólo un juez) ordenar la intervención de las comunicaciones entre los reclusos y sus letrados. No es creíble que Garzón desconociese que tal era la doctrina jurisprudencial y que, por tanto, estaba ordenando algo que iba contra literalidad de la Ley.

Sostiene Garzón que se cuidó personalmente de que su orden no menoscabara el derecho a la defensa de los detenidos, afirmación con la que, supongo, pretende decir que, aún saltándose la letra, preservaba el espíritu de la Ley que, en efecto, es la protección del derecho a la defensa. Pero, ¿puede un juez erigirse en interpretador de una norma tan taxativa que no admite interpretaciones? En su nota tras conocer la sentencia, Garzón viene a insinuar que sí, dando a entender que si un juez se atiene a la prohibición legal de intervenir se “elimina toda posibilidad para investigar la corrupción y sus delitos asociados abriendo espacios de impunidad”. Si tal afirmación fuera verdad (que no lo es), la culpa de la situación no es de la reciente sentencia del Supremo sino de la Ley, a la que tanto el tribunal como el propio Garzón están sujetos. Pero es que, según va exponiendo prolijamente la sentencia (y a la espera que el ex-juez presente las pruebas en contra que, según él, no le admitieron en el proceso), las órdenes de Garzón sí menoscabaron positivamente el derecho a la defensa de sus imputados y, además, ni siquiera estaban justificadas en "contundentes indicios" de que los letrados colaboraban en el delito (afectaban a unos letrados que ni siquiera sabía quienes eran al ordenar las grabaciones). De hecho, el propio Garzón mandó borrar determinadas partes de éstas porque entendió que afectaban al derecho a la defensa, pero de ese modo sólo reducía los efectos del daño ya cometido (evitar que se pudieran usar como prueba en un juicio) a ese derecho fundamental, porque evidentemente la investigación en curso podía sacar ventaja de lo que habían escuchado. Hasta el Ministerio Fiscal, cuando se pronunció a favor de la intervención de las comunicaciones, solicitó que se excluyeran las de los presos con sus defensores, a lo que el instructor hizo caso omiso.

En fin, que leída la sentencia, me quedo con la impresión de que efectivamente Garzón prevaricó en el asunto por el que se le juzgaba y que ello queda demostrado con una exhaustiva y sólida argumentación, coherente con la jurisprudencia española y europea. Cuestión completamente distinta es si el hecho de imputar a Garzón obedece o no a una estrategia perversa para acabar con un juez molesto y poco dócil a los intereses del poder. Dos de las pruebas que Garzón solicitó y que fueron denegadas tienen que ver con esto. Pidió el ex-juez que se certificaran todas las sentencias de los últimos cinco años en las que se revocaran intervenciones telefónicas y que hubieran traído como consecuencia la imputación del juez que las ordenó; no hay ninguna pero, según el Tribunal, tampoco ninguna de esas intervenciones judiciales fue revocada por vulnerar el derecho a la defensa, que es de lo que se acusaba a Garzón. Además afirmaba que su orden fue prorrogada por el magistrado que le sucedió en la instrucción del caso. Pero, a mi juicio, de ninguna de estas afirmaciones se sigue que no cometiera prevaricación sino, a lo sumo, que no habría sido el único (al menos tocaría ahora imputar al instructor que lo relevó). En otras palabras, que hay indicios para presumir que en la imputación de Garzón pesaban factores de inquina personal contra él, que se le ha aplicado una vara de medir que no se aplica habitualmente, lo cual es evidentemente injusto. Pero, de ahí no puede afirmarse que la sentencia sea injusta, porque ésta debe valorarse a partir de la acusación. ¿Había indicios de delito para admitir a trámite la imputación a Garzón? Creo que sí. ¿La sentencia demuestra que los hechos probados constituyen delito de prevaricación? También creo que sí.

Garzón sabía desde hace mucho tiempo que era un juez incómodo, que muchos se la tenían guardada y, aún así, dio una orden que también sabía que tenía todas las papeletas para ser considerada ilegal. En mi opinión, él mismo facilitó la soga para que le ahorcaran. Que pueda haber otros que también hayan dictado órdenes que vulneran el derecho de defensa no debe significar que deje de juzgarse a Garzón, sino que también se juzgue a los otros. Ahora bien, de momento no sé de ningún otro juez (salvo el que sucedió a Garzón) que haya ordenado intervenir conversaciones entre un recluso y su defensor y lo que me parece preocupante es que don Baltasar dé a entender que ése, aunque prohibido por la Ley, es un medio indispensable para investigar un delito e impedir su continuación. A mi modo de ver, quienes claman contra la injusticia de esta sentencia están apoyando, probablemente sin ser demasiado conscientes de ello, o bien que se modifique la Ley (para permitir que el juez instructor pueda intervenir las comunicaciones imputado-defensa) o bien que ésta no sea de aplicación para jueces tan demócratas y progresistas como Garzón. Coincido con quienes dicen que la sentencia es una mala noticia para la democracia, pero por motivos distintos.

jueves, 9 de febrero de 2012

Contador culpable

Artículo 21 del Reglamento de la Unión Ciclista Internacional: Es obligación de cada corredor asegurarse de que ninguna sustancia prohibida entre en su cuerpo. En consecuencia, no es necesario demostrar que ha habido intención, fallo, negligencia o conocimiento por parte del corredor para establecer que éste ha cometido una violación del anti-doping.

Artículo 296: Si en un caso concreto el corredor demuestra que no ha cometido falta ni negligencia, no será sancionado. Si se trata de la presencia de una sustancia prohibida detectada en un análisis anti-dopaje, además habrá de demostrar la forma en que la misma ha entrado en su organismo.

Estos dos preceptos son básicamente sobre los que se sostiene la sentencia por la que el Tribunal Arbitral del Deporte (TAS) ha suspendido a Alberto Contador por dos años. La argumentación condenatoria se complementa con lo que la sentencia llama "balance of probability", que viene a significar que el grado de probabilidad de una hipótesis (en tanto no está probada) adquiere notable relevancia en la decisión del juez. De esta forma, como Contador no ha demostrado la veracidad de su explicación exculpatoria, y además el tribunal no la cree suficientemente probable, sólo cabe condenarlo, tal como ha hecho.

Lo primera impresión que me ha dejado la larga sentencia (encima en inglés) es lo mucho que se extiende en discutir circunstancias y argumentos desde la óptica de su probabilidad, tarea que, la verdad, me parece superflua. Con los artículos que he transcrito, está muy claro que si el acusado no demuestra su inocencia es culpable. Sólo se me ocurre que el tribunal pueda admitir como "demostración" una explicación del acusado que le parezca bastante convincente o, lo que es lo mismo, que entiendan que resulta probable en un grado suficientemente alto. Al Tribunal, ya lo sabemos, no le convenció la versión de Contador, ni tampoco el hecho de que la dosis de clenbuterol que tenía su cuerpo eran absolutamente ineficaces para mejorar su rendimiento físico (o sea, que el ciclista, además de doparse lo hacía tan mal que no le servía para nada), ni mucho menos que la prueba del polígrafo a la que se sometió voluntariamente dejara claro con un 95% de probabilidad que decía la verdad. Después de valorar todas las hipótesis posibles (ninguna de ellas, por supuesto, apoyada en algún indicio del que se derivara que podía haberse efectivamente producido en el caso concreto que se juzgaba), concluye que (a) el positivo por clenbuterol es más probable que haya sido causado por la ingestión de un complemento alimenticio contaminado que por una transfusión de sangre o por carne contaminada, y (b) no hay pruebas de que el corredor haya actuado sin intención o negligencia.

La verdad es que, desde un punto de vista estrictamente lógico, la sentencia es impecable. Yo habría redactado las conclusiones de forma todavía más tajante, construyendo un silogismo perfecto:
– Todo corredor que da positivo en un antidoping es culpable salvo que demuestre que la sustancia ha llegado a su metabolismo sin intención ni negligencia por su parte.
– Contador no ha demostrado que el clenbuterol ha entrado a su cuerpo sin intención ni a causa de su negligencia.
– Ergo, Contador es culpable.

La escandalosa, claro está, es la premisa mayor. Consideramos muy valioso que en la justicia penal, para condenar a alguien, haya que demostrar su culpabilidad "más allá de toda duda razonable", como dicen en las películas yanquis. En el caso de los ciclistas profesionales, para ser absuelto, el debe acusado demostrar su inocencia "más allá de toda duda razonable". Si esas son las reglas, Contador está bien condenado porque, aún cuando creo en su inocencia, admito que es "razonable" dudar de ella (que no es incompatible con que me parezca "más probable" su inocencia que su culpabilidad). Se podría decir que, por muy injusta y vergonzosa que nos parezca esta inversión de la carga de la prueba, Contador tenía que conocerla y poner los medios para imposibilitar que la más mínima dosis de cualquier sustancia prohibida se colase en su metabolismo. Total, nada más fácil que analizar absolutamente todos los alimentos antes de ingerirlos. Habrá también quien piense que, dada la enorme gravedad del dopaje en el deporte (sin duda uno de los primeros items en la lista de los problemas mundiales), se justifica esta aberrante inversión de un principio básico del Derecho. Pues vale.

En todo caso, si algo bueno puede tener este proceso es que saque a la luz la singular forma de administrar justicia del deporte profesional y confío en que haya consecuencias no muy del gusto de los capitostes del mismo. Quizá empieza ya a ser hora de ir liquidando las "justicias particulares" (máxime cuando afectan al interés público), demasiado teñidas de reminiscencias feudales. Porque si toda administración de justicia es susceptible de serlo de injusticia, la de este tipo de tribunales lo es mucho más. Después de leerme las 97 páginas de la sentencia, no he logrado percibir ni la más mínima preocupación por buscar la justicia. Si el Tribunal la hubiera tenido, se habría preguntado si los 50 picogramos de clenbuterol ingeridos en la jornada de descanso tuvieron algún efecto en que Contador ganara el Tour de 2010. Qué más da, de lo que se trata es de hacer cumplir rigurosamente un reglamento, vaya usted a saber en base a qué hipócritas consideraciones. Para dar ejemplo, se oye. Vale, perfecto, que bien sabían los tiranos orientales que no hay castigos más ejemplares que los que se infligen sin preocuparse por la inocencia o culpabilidad del sancionado. Siempre hay que tener a mano cabezas de turco: Alberto, chaval, te ha tocado (lo siento).


Bicycle race
- Queen (Jazz, 1978)

martes, 7 de febrero de 2012

Vamos a América, negritos

No pasaréis hambre en América ni os desollaréis los pies corriendo a través de la selva. No hay leones ni tigres ni mambas en América. Es fantástico ser americano; sólo tenéis que cantar a Jesús y beber vino todo el día y comer dulces sandías y pasteles de alforfón. Todo hombre es libre para cuidar de su hogar y de su familia y feliz hasta decir basta. Sí, seréis tan felices como un mono brincando en una araucaria; todos vosotros vais a ser americanos.

Así que subid a bordo, negritos, para navegar conmigo. Navegaremos y navegaremos. Cruzaremos el inmenso océano hasta la bahía de Charleston. Venga, a navegar, a navegar...

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Esta arenga no es mía ni son tampoco palabras de algún negrero de mediados del XVII en las costas de Guinea. Imagino que los traficantes de esclavos no necesitaban convencer a sus mercancías e imagino también que los pobres desgraciados no debían llamarse a engaño sobre lo que les esperaba, antes incluso de ser hacinados en el barco hacia la antigua capital de Carolina. Un texto así, en clave irónica, sólo se podía escribir a partir de los sesenta del pasado siglo. Quien lo hizo es un tipo interesante, menos conocido de lo que se debiera. El acertijo consiste, claro, en desvelar su nombre. Como no es muy difícil, para complicar un poquillo las búsquedas internáuticas, he alterado algo el original, en adaptación libre.


Leave your hat on
- Etta James (Etta, 1973)

Notas para coleccionistas de saberes inútiles y para quienes gustan de ampliar vocabulario: Las mambas son unas inmensas, venenosas y veloces serpientes africanas (género dendroaspis). El alforfón es el trigo sarraceno (fagopyrum esculentum), cuyo grano ha sido utilizado en Europa desde antiguo para la alimentación del ganado y la harina para hacer comida de los pobres (en Asia era otro cantar). Supongo que los norteamericanos esclavistas no harían para ellos muchos pasteles de alforfón.

domingo, 5 de febrero de 2012

La orgía perpetua

"Una orgía separa el placer de sus consecuencias", dice Dolina en su Bar del Infierno, y es verdad o, si se prefiere, requisito definitorio. Es —una orgía— desligar la mente de todos los corsés impuestos, aprendidos, hasta incluso de las reglas lógicas que son la sintaxis del pensamiento. El placer llevado al desenfreno no es sino el medio de trascender nuestros límites mortales, aunque el riesgo sea, claro, la propia muerte. Si no tanto, al menos han de aniquilarse las identidades, convertirse en receptáculos vacíos que puedan acoger a los dioses.

Difícil tarea, casi imposible, que muy pocos se atreven a arrostrar. Se entiende el recurso, desde los albores, a las drogas. No tanto buscando sus efectos afrodisíacos o reforzar las potencias sexuales, único mérito que se les reconoce en los tristes simulacros pornográficos de nuestra época. Tampoco es su mayor virtud servir de excusa, usada por tantos, para justificar sus bajezas; vendría a ser como nadar y guardar la ropa, pecado menor si luego, en el agua, llegas a olvidar dónde la dejaste. Se trata, sobre todo, de ayudas, a veces indispensables, para encontrar la salida de nuestro ser, aprender a soltar amarras.

También cuenta Dolina que en 1923 el periodista francés Jules Garner afirmó haber ingresado en la construcción subterránea de Benarés donde, según la leyenda, se viene celebrando una orgía incesante desde tiempos inmemoriales. Afirma el occidental que eran unos salones destartalados donde sólo encontró a dos cincuentones que manoseaban aburridos a una mujer borracha. ¿Desmitificación interesada? O si no, un burdo engaño para turistas urdido por granujas bengalís, como opinaba el antropólogo inglés Hebert Chorley.

Pero, cierta o falsa, la orgía eterna bengalí no deja de ser un botón más de todas las que a lo largo de la historia, ininterrumpidamente, perpetúan la existencia de los dioses. Deudores de nuestra herencia griega, las personificamos en Dionysos, pero la bacanales son tan universales como las deidades quienes, en tanto somos sus juguetes necesarios, bien se cuidan de avivar eficazmente nuestras ansias más profundas y evitar así su propia desaparición (que, claro está, conlleva la nuestra, productos de sus sueños).

Inútiles pues serán siempre los esfuerzos deicidas, provengan de los poderes políticos (Senatus consultum de Bacchanalibus) o de los religiosos (los cristianos apropiándose de las saturnales del solsticio de invierno). Sólo cesará la locura sagrada, el abandono extático a través de los goces carnales, cuando la dictadura de los convencionalismos burgueses alcance a extinguir el fuego de libertad y conocimiento de cada ser humano, cuando se nos prive definitivamente del alma.


Ecstasy
- Dolores O'Riordan (Are you listening?, 1994)

PS: Plagio para este post, aunque poco o nada que ver, el título de un viejo ensayo (1975) sobre Flaubert y Madame Bovary de Vargas Llosa, quien, a su vez, lo toma de una carta del escritor decimonónico ("el único modo de soportar la existencia es embriagarse en la literatura como en una orgía perpetua").

miércoles, 1 de febrero de 2012

Último día en la tierra (1)

John Cale, uno de los integrantes de la mítica banda neoyorkina The Velvet Underground, y Bob Neuwirth, cantante folk (y muchas más cosas) que anduvo con Janis Joplin y Bob Dylan (y muchos más), grabaron en 1994 Last day on Earth, un interesante disco, de esos que los anglosajones llaman concept album; o sea, que todos las canciones gravitan en torno a un tema central. Algunos críticos musicales lo encuadran en la New Age, pero a mí me parece mucho más asociable al rock progresivo y, en ciertos aspectos, me recuerda al The Pros and Cons of Hitchhiking, the Roger Waters, al cual dediqué algunos posts. Lo grabaron gracias a la financiación de la St. Ann's Warehouse, una institución de Brooklyn que durante los últimos treinta años se ha convertido en uno de los centros de referencia de la vanguardia artística, muy en especial música y teatro. Para los que consideran que la obra de Cale es demasiado "tostonazo", he de advertir que este es un disco agradable (easy listening, que dicen los yanquis), quizá por la influencia de Neuwirth y sus querencias folk. Hace unos meses, por primera vez, puse atención a las letras, llenas de surrealismo, con reminiscencias de Beckett, Kafka y el Mago de Oz (según afirmó la revista Rolling Stone). El álbum narra el "viaje" de un turista/prisionero (Cale) a través de un extraño Café, bajo la guía de un conocedor (Neuwirth), marco que enlaza con la Divina Comedia. Por supuesto, se trata de un "viaje interior", en el que, según sus autores, los temas centrales son la pérdida y el tiempo; clima melancólico, pues. Como hice con el citado LP de Waters, he ido traduciendo las canciones con mis obligadas limitaciones (y adaptaciones personales) y, por si a alguien le interesan, las iré subiendo al blog, acompañando cada una del correspondiente archivo de audio. Este es el primer post de la serie.


Overture: A tourist, a contact, a prisoner
- John Cale-Bob Neuwirth (Last day on earth, 1994)

– Disculpe, disculpe. ¿Puede indicarme por dónde se sale?

– Desde luego. Es por aquí. Basta que cruce los Jinetes sin cabeza, el café Shabu.

– ¿Está muy lejos?


– No. Pero usted es un turista, debería tomárselo con calma. Si confía en un extraño, sígame.

– No me importa. Yo mismo soy un extraño aquí, abrumado por remordimientos que desearía olvidar. Vengo de un lugar paranoico. Sí, pasé algún tiempo en prisión, prisionero de mis propias mañas, pero …¿acaso no lo estamos todos? Soy un extranjero y me siento algo desgastado. Estoy buscando las cuestiones importantes y de interés histórico, entrampado en la misma tasa de cambio del que intento escapar. Y como sabe, odiamos cambiar. Pero el cambio es una virtud, amigo mío. Si uno quiere escapar, todo lo que tiene que hacer es decidirse.

– Pero usted aquí no es un prisionero. Yo estoy condenado a trabajar con las manos; forma parte de mi sentencia por haber osado pensar en planes imposibles. Desgasto mis dedos hasta el hueso manteniendo las manos en los peldaños de esa escalera que nos conduce fuera de esta alcantarilla hacia la luz.

– Todo ha sido un gran error. Yo no había hecho nada. Soy inocente, soy inocente, soy inocente, soy inocente, soy inocente, soy inocente …