Amabilidad

La amabilidad no es otra cosa que la manifestación activa hacia los otros de la bondad propia. No pienso que sea lo mismo que la cortesía o la buena educación, porque para que un acto sea amable y no meramente cortés, debe estar motivado por una intención benevolente (querer el bien) del actor. Yo no creo, ni mucho menos, que la amabilidad, el deseo de hacer felices a los demás, sea uno de los principales motores del comportamiento humano y, por tanto, un factor predominante para explicarnos la evolución histórica de nuestra especie. Quizá merezca ser tildado de pesimista, pero tiendo a pensar que otras motivaciones bastante menos nobles pesan más en la génesis de nuestros actos. Igual que creo que nuestros sentimientos hacia los demás suelen venir condicionados más por el deseo de recibir que por el de dar. De todas maneras, no me parece tan grave, e incluso diría que el que así sea fomenta, si no la amabilidad, sí al menos el desenvolvimiento habitual de la cortesía. De hecho, las convenciones de buena educación se han ido asentando como mecanismos sociales para evitar que nos matemos unos a otros en las relaciones cotidianas y también para posibilitar cauces de intercambio afectivo "interesado". Soy cortés contigo porque me interesa conseguir algo de ti (en la esfera que sea).
Es muy fácil ser cortés (insisto, no confundir con ser amable, en la acepción que he dado antes a este término), tanto que casi lo hemos interiorizado y, por tanto, carece de mérito. Sin embargo, a veces nos topamos con personas que parecieran disfrutar siendo desagradables, molestando gratuitamente a sus prójimos. En el esquema de Carlo Cipolla que traje a colación hace un par de posts, éste sería, en principio, un perfecto ejemplo de comportamiento estúpido, toda vez que hacen daño a los demás (a nadie le gusta recibir una invectiva) y a sí mismos (se hacen odiosos al otro, lo que no suele traducirse en buenas consecuencias). ¿Por qué lo hacen? Unos cuantos de los que conozco porque están permanentemente amargados y sienten, además, que la culpa de sus males (reales o imaginarios) es del mundo, de modo que vomitan sin cortarse toda su mala leche. También los hay en los que la soberbia, o su pariente menor la vanidad, están en la base de sus malos modales. Esperan la pleitesía del prójimo, el reconocimiento, si no admiración, de su alta valía, de la que están tan convencidos que soportan mal que se les cuestione, lo que les lleva a la descortesía. Es una reacción lógica (desde sus presupuestos), porque las fórmulas de educación son convenciones basadas en el acuerdo implícito (más o menos hipócrita) de la igualdad a priori entre los contertulios. Por eso es frecuente que los soberbios caigan en la descortesías y esgriman en sus discusiones argumentos ad hominem, tanto positivos como negativos (descalificaciones personales o juicios de valor casi siempre poco pertinentes).
Aunque reconozco que a veces incurro en comportamientos poco educados a causa de ramalazos soberbios, creo que mis muestras de descortesía obedecen mayoritariamente al que considero mi peor defecto, la impaciencia. Pierdo con frecuencia la mesura y eso me lleva a no cuidar las formas, sea en el tono de voz o soltando expresiones que mejor habría hecho en callar. Y lo peor es que me doy cuenta de que he hecho daño (a veces incluso con asombro, porque considero que no ha sido para tanto, pero hay mucha gente muy susceptible) y me siento mal. Cuestión distinta es que sepa y pueda reparar el agravio: acabamos siendo prisioneros de nuestra personalidad, incluso de esos rasgos que no nos gustan, y hay que ser muy sabio y muy valeroso para enmendarse y cumplir la penitencia. Si no, piénsese en cuánto nos cuesta disculparnos honestamente y cuantas veces, cuando lo hacemos, más parece que ofrezcamos excusas justificativas.Pero he hablado de la cortesía y de la descortesía y el post iba a ir de la amabilidad. Mientras que todos podemos y debemos ser corteses, pues basta con atenerse a unas sencillas convenciones y atenuar nuestros "malos bichos", no ocurre lo mismo en cuanto a ser amables. Porque un acto de amabilidad es de amor, cuando lo hacemos estamos amando al receptor del mismo, o si se prefiere un lenguaje menos lindante en la cursilería (consecuencia del abuso del término amor), estamos deseando hacerle bien (benevolencia y amor son, para mí, sinónimos). Para ello, primero, se requiere que tengamos bondad (que es la fuente de la benevolencia), lo cual algunos tienden a dar por supuesta como cualidad universal de la especie aunque yo, en cambio, tengo mis dudas la respecto. En segundo lugar que el prójimo nos despierte el deseo de hacerle el bien, de alegrarle la vida, cosa que hay que reconocer que muchos no nos provocan. Hay a mi juicio un tercer requisito no menos importante: que sepamos cómo hacer efectivo el acto amable. Puede pensarse que es una tontería, pero lo cierto es que a menudo es nuestra torpeza emocional la que nos limita y hasta impide el ejercicio de la amabilidad.
Ahora bien, como todas las torpezas, lo mejor para superarla es la práctica y justamente ése vendría a ser, digo yo, el mensaje de la campaña de esta organización de Brooklyn. Esforcémonos en ser amables, en hacer pequeños gestos que traigan pequeñas dosis de felicidad a los que nos rodean, conocidos o desconocidos, y para ello estemos atentos a las incontables oportunidades que se nos presentan para ejercer la amabilidad. Para mí, lo de estar atento es la clave, porque no paro de corroborar lo despistados que solemos pasar por la vida, sin enterarnos de casi nada y, por tanto, perdiéndonos tantos momentos de asombro maravillado. En este campo, nuestra habitual falta de atención es especialmente dolosa, porque dejamos pasar ocasiones de hacer felices a los demás, empezando por quienes ya amamos (incluyo también la amistad bajo la rúbrica del amor). Sostengo (y según he leído la neurobiología lo confirma) que el ejercicio consciente (hasta forzado, si me apuran) de las manifestaciones de los sentimientos opera en nuestros cerebros como reforzador y hasta generador de ese sentimiento. Así que me atrevo a decir que seamos amables incluso aunque no sintamos amor, como "truco" para que éste aparezca o aumente. A la larga (vuelvo a Cipolla) es el más inteligente de los comportamientos, porque no sólo hacemos bien a los demás, sino que, sobre todo, nos lo hacemos a nosotros mismos: nos sentiremos más a gusto con el prójimos (en la medida en que veamos más sus rasgos "amables") y seremos progresivamente mejores personas (más buenas). Pues eso, que hoy me ha dado por un post moralista.
You're kind - Paul Simon (Still Crazy after all these Years, 1975)












