martes, 29 de abril de 2008

Cierre de etapa

En enero de 1991, hace más de diecisiete años, entré en el Cabildo de Tenerife. La Corporación Insular tenía por aquel entonces bastante abandonada la planificación territorial y urbanística; sin embargo, justo unos meses antes, más por imperativo legal que por convicción de los responsables políticos, se había contratado a un equipo externo la redacción del Plan Insular de Ordenación (PIOT), el instrumento que debía establecer el modelo territorial conjunto y las "reglas de juego" básicas para su concreción urbanística a través de los planes generales de los 31 municipios (demasiados) que hay en Tenerife. La formulación del PIOT fue el catalizador para que la Institución se "pusiese las pilas" y, pocos meses después de mi entrada (tras las elecciones locales de ese año 91), se conformase el Servicio de Planeamiento que es en el que estoy desde entonces.

En esos primeros años éramos muy pocos, apenas cinco técnicos bajo la jefatura de un ingeniero, excelente persona, que hace apenas dos años, absolutamente decepcionado, dejó la Institución. De los de la "primera etapa", dos estuvieron unas temporadas fuera (excedencias) y otro, un arquitecto de enorme humanidad que había entrado casi a la vez que yo, murió hace dieciocho meses tras una dura lucha contra un cáncer de médula. Queda también una compañera, mi rubia favorita (es nacida en Finlandia), pero desde las últimas elecciones ha sido trasladada a otra área. Así que soy yo el que más tiempo he pasado en el Servicio y ese tiempo se acaba dentro de unos días.

Yo entré para dirigir desde el Cabildo los trabajos del Plan Insular. En cierto modo, se suponía que había de ser el encargado de transmitir a los arquitectos redactores, cuyo estudio estaba en Barcelona, los criterios y directrices de la Corporación. Al cabo de cuatro años me tocó a mí, desde la propia Administración Pública, asumir directamente la redacción y en ello estuve otros cuatro años. Fue probablemente una de las etapas más intensas de mi vida profesional y, naturalmente, también agotadora. De hecho, se cerró con la famosa "crisis de los cuarenta" (que me vino a los treinta y nueve): desencanto laboral, una dolorosa decepción con alguien que creía que era un buen amigo, y una situación conyugal muy tensa, resuelta con unas vacaciones en la Gomera pero preludio de la separación que habría de llegar cinco años después.

No estaba pues a cargo de los trabajos cuando el PIOT se aprobó definitivamente. Pasé a ocuparme del control del planeamiento municipal y en ello he seguido hasta ahora. Al mismo tiempo, cada vez estaba más involucrado en otras tareas relacionadas con el urbanismo, muy en contacto con la Administración del Gobierno de Canarias. Paradójicamente, a medida que el Cabildo asumía (en teoría) mayores competencias, la dejadez de los políticos aumentaba, deteriorando progresivamente la función pública del gobierno del territorio. Seguramente, en esta legislatura, hemos llegado al punto más bajo de ese proceso (aunque lamentablemente no podemos decir que se haya alcanzado el fondo). Profesionales más jóvenes y de incorporación más reciente son ya incapaces de mantener la necesaria motivación por su trabajo, ante las continuas muestras de su escasa utilidad real.

Echo la vista atrás y, a pesar de lo mucho que nos quejábamos en los primeros ocho años, no puedo sino envidiar el dinamismo de entonces, la cantidad de proyectos que acometíamos, nuestra prolífica productividad. En los primeros noventa, por ejemplo, fuimos una de las primeras administraciones del Estado que montó un sistema de información geográfica; en esos tiempos, me tocó ser el "padre" de la sistematización del urbanismo para concebir los planes como bases de datos. Ahora el GIS del Cabildo languidece plácidamente y nuestra etiqueta de vanguardia hace tiempo que se perdió.

Hace un par de años, el Gerente de Urbanismo de la segunda ciudad de la Isla (La Laguna), antiguo compañero del Cabildo, me comentó sus ideas para la redacción del nuevo Plan General de ese municipio. Quería llevar a cabo una revisión en profundidad, acometer una "revolución controlada" en los modos parasitarios en que los agentes inmobiliarios actúan sobre el territorio, desde una voluntad de intervención y dirección de los procesos por el Ayuntamiento. Lo que me contaba encajaba bastante con mis propias convicciones que, en resumen, podría enunciar como la necesidad de que se gobiernen desde lo público los procesos de transformación urbana y territorial, recuperando el carácter de la ciudad (y el territorio) como bien eminentemente colectivo (en esa labor también hay, por supuesto, que recuperar las plusvalías). Éramos ambos conscientes de que, del dicho al trecho ya se sabe, pero ya era bastante que alguien, con capacidad directiva, mostrase una decidida voluntad de intervención. En esa primera conversación, en un almuerzo multitudinario y cuando ya estábamos todos bastante "alegres", me planteó que necesitaba a alguien para llevar la dirección y la coordinación de los diversos equipos redactores que pretendía poner a trabajar, cada uno en una parte del municipio, y que si a mí me interesaría.

Por esas fechas era inminente la marcha del que había sido nuestro jefe y hacia quien que yo, además, sentía una deuda de lealtad. De otra parte, la degradación de mi trabajo en el Cabildo estaba más que avanzada (aunque ha seguido a peor). Así que le dije que vale, que empezara a mover los hilos para tramitar una comisión de servicios. La idea inicial era que ocuparía un puesto de nueva creación en la Gerencia mediante un traslado entre administraciones. Pero las cosas siempre se ralentizan hasta la desesperación. En La Laguna había problemas con los sindicatos para las modificaciones de la RPT (Relación de Puestos de Trabajo), el concejal de entonces no estaba muy por la labor de cambiar unos modos de hacer basados en el amiguismo y la escasa transparencia y la gestión diaria dejaba poco tiempo para poner en marcha proyectos importantes pero a medio plazo. El Cabildo, de otra parte, como respuesta a demasiadas iniciativas de funcionarios que pedían traslados, endureció su política de personal adoptando el criterio de denegar las comisiones de servicio.

Hace más o menos un año, no obstante, se iniciaron los trabajos del Plan General, contratando a cinco equipos profesionales y repartiendo entre ellos el municipio. Éstos han avanzado en las labores de información, diagnosis y primeras ideas propositivas sin la suficiente dirección municipal. Hará unos seis meses, consciente de la urgencia de contar con un director, el Gerente me aseguró que ya era inmediato el que me incorporase. El planteamiento laboral, dados los problemas, había cambiado: la fórmula más efectiva era sacar a concurso una asistencia técnica y que me presentase como profesional libre (pidiendo la excedencia). Además quería más cosas de las iniciales: habíamos de constituir una empresa que llevase a cabo también la sistematización del futuro Plan General como base de datos. El municipio de La Laguna es en la actualidad la administración pública que más ha avanzado en la informatización de la gestión urbanística, gracias principalmente a otro compañero del Cabildo que formaba parte del equipo de nuestro GIS y hace unos años ya había escapado.

Como en la Administración lo inmediato tarda medio año (si hay presión constante para que todos vayan marchas forzadas), ese es el tiempo que ha pasado. Con un viejo amigo de amplísima experiencia en bases de datos urbanísticas (fue de los protagonistas, colaborando con nosotros en los primeros años, del GIS del Cabildo) hicimos una extensa y prolija memoria que presentamos al correspondiente concurso. La semana pasada resultamos adjudicatarios del mismo y, consiguientemente, presenté en el Registro del Cabildo mi solicitud de excedencia. En unos días se firma el contrato: por dos años prorrogable uno más. Hacia finales de mayo estaré en una oficina (todavía hay que acondicionar el local) en el casco histórico de La Laguna, muy cerca de la Gerencia de Urbanismo.

Es curioso que el trabajo que me espera en estos próximos años sea muy similar al que me tocó al entrar en el Cabildo hace diecisiete. La diferencia obvia es el ámbito territorial: antes era la Isla, ahora un municipio. Hay otra diferencia importante que tiene que ver con la escala y alcance operativo de ambos planeamientos: antes era uno directivo, sin aplicación inmediata sobre el territorio; ahora estaré mucho más pegado a la realidad, las rayas y las normas supondrán afecciones directas a muchos intereses concretos. También ahora, como antes, me toca dirigir y coordinar a otros profesionales, casi todos viejos conocidos; me toca conseguir que desarrollen técnicamente los criterios municipales que, además, en gran medida habré de ser yo quien los enuncie. Espero haber adquirido en estos años mayor habilidad e inteligencia para esos menesteres. El reto es ilusionante, una atractiva oportunidad profesional; tengo ilusión, sí, ma non troppo. Quizá porque conozco demasiado bien las resistentes inercias del sistema, quizá porque ya empiezo a ser mayor. En todo caso, aunque no estoy nervioso sino sorprendentemente sereno, tengo el convencimiento absoluto de que, en las actuales circunstancias y, sobre todo, por comparación con las perspectivas en el Cabildo, he tomado la decisión correcta.

No puedo evitar, no obstante, una sensación de tristeza algo melancólica. Son muchos años y son muchas personas a las que quieres. Me preocupan especialmente mis compañeros más cercanos, a ver cómo se las arreglan sin mí (siento un poco como si les estuviera traicionando, echándoles a los pies de los caballos). Ya sé que no son sino boberías, que seguiré en contacto con ellos y que funcionarán estupendamente sin mí: nadie es imprescindible (aunque cada uno es insustituible). Sea como sea, lo cierto es que esa especie de spleen me embarga el ánimo, como una bruma que se cuela por todos sus rincones. Pero en cuanto me incorpore, con la cantidad de trabajo que me espera y las prisas que están metiendo los políticos, tengo claro que se va a pasar.

Antes de dejar el Cabildo, en todo caso, he de rematar algunos pocos temas pendientes, por lo que estas próximas semanas se presentan agitadas (y, para colmo, la que viene tengo que salir unos días de viaje). Además, he de ordenar mi despacho (básicamente tirar multitud de papeles) que ha alcanzado un grado de caos realmente ejemplar (véase la foto adjunta). También he de limpiar el ordenador y hacerme una copia de todos los archivos informáticos de los temas que he llevado durante estos diecisiete años. Quiero hacerlo un poco por sentimentalismo y otro poco (que no es poco) por precaución: tal como se está judicializando el urbanismo, no me extrañaría demasiado que algún día me llamen a declarar a un Tribunal en relación a cualquiera de los múltiples asuntos que he informado.

En fin, cierre de una etapa.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

sábado, 26 de abril de 2008

Curas en la sanidad pública

En estos días se ha armado un pequeño revuelo a propósito de un convenio firmado entre el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Guedes, y el Obispo Auxiliar de Madrid, en representación de los obispos de las diócesis que se localizan en dicha provincia. La polémica surge porque en dicho convenio, se acuerda que el Servicio de Asistencia Religiosa Católica (SARC) de cada hospital público formará parte del Comité de Ética y del Equipo Interdisciplinar de Cuidados Paliativos. La Cadena Ser (que creo que es la que "destapó" la noticia) informa que estos "comités se encargan de decisiones tan trascendentales como dar o no sedación terminal a un enfermo, practicar un aborto a una mujer o decidir si se reanima o no a un bebé con malformaciones en la unidad de neonatología". "Así que -sigue diciendo- los capellanes, además de visitar a los enfermos y oficiar misa intervendrán en cuestiones morales que afectan a los pacientes". Luego me entero que la Asociación El Defensor del Paciente recurrirá ante el Tribunal Constitucional este convenio al considerar que "afecta al derecho constitucional a decidir en el ámbito sanitario; la citada asociación afirma que ninguna administración puede por capricho imponer sus ideas a los ciudadanos sin consultarles (de lo que se deduce que piensan que con el convenio el gobierno derechón de Madrid está imponiendo sus ideas a los ciudadanos). Por último, en El País de ayer, leo que "el Gobierno ha pedido a la Fiscalía y a la Agencia de Protección de Datos que estudien si procede emprender acciones legales contra el convenio ... que permite la presencia de sacerdotes en los comités de ética de los hospitales públicos". Dice además el periódico que María Teresa Fernández de la Vega, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, ha explicado que "los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas" (de lo que se vuelve a deducir lo mismo que con las declaraciones de la anterior asociación).

Por esta vez, y sin que sirva de precedente (no simpatizo ni con los obispos ni con el gobierno madrileño), opino que ni la Comunidad de Madrid ni la Iglesia han hecho nada reprochable y opino además que se está aprovechando un hecho bastante inane para montar una bronca desmesurada y demagógica, cayendo en la manipulación informativa (cuando no en la mentira descarada). Me molesta personalmente porque creo que este tipo de actitudes desprestigian las posiciones laicistas serias y contribuyen justamente a lo que se supone que quieren combatir.

De entrada, hay que decir que esos "comités éticos" son meramente asesores, orientativos, en ningún caso toman decisiones sanitarias. La historia de estos comités, sus funciones y otros aspectos están explicados en varias páginas de internet (por ejemplo, en esta). En España, la primera comunidad autónoma que reguló su funcionamiento fue la catalana; en el caso de la Comunidad de Madrid, la norma reguladora es el Decreto 61/2003, de 8 de mayo, que en su artículo primero define al Comité de Ética para la Asistencia Sanitaria (CEAS) como aquel comité consultivo e interdisciplinar, cuya finalidad es asesorar sobre posibles conflictos éticos que se pueden producir en la práctica clínica asistencial en el ámbito de las organizaciones e instituciones sanitarias, con el objetivo de mejorar la calidad de la asistencia sanitaria y proteger los derechos de los pacientes". Las funciones de los CEAS son las de proponer al hospital medidas para la protección de los derechos de los pacientes, asesorar a los profesionales y a los ciudadanos en la toma de decisiones que planteen conflictos éticos, analizar y proponer, si procede, soluciones a tales conflictos, proponer a la institución protocolos de actuación ante aquellas situaciones frecuentes que generen conflictos éticos, y colaborar y promover la formación en bioética. Dice también el citado decreto madrileño las que, en ningún caso, son funciones de los CEAS y, entre ellas, destaco las de emitir juicios sobre la ética de los profesionales o las conductas de los pacientes y familiares, tomar ninguna decisión vinculante, o asumir responsabilidades que son de los profesionales sanitarios. Por tanto, al menos en el marco legal madrileño, no es verdad, como afirma la SER, que estos comités se encarguen de ninguna decisión médica, sea o no trascendental.

De otra parte, el Decreto regulador de los CEAS ya señalaba que "podrán también incorporarse las personas que presten asistencia religiosa", así como incluso "personas ajenas a la institución con interés acreditado en ética". El Convenio lo que viene a hacer es generalizar a todos los hospitales públicos madrileños esta posibilidad, así como la existencia en cada uno de ellos del Servicio de Asistencia Religiosa Católica. A mi modo de ver, lo que se ha hecho es posibilitar el ejercicio de un "derecho" previamente concedido a la Iglesia (dar asistencia religiosa a los enfermos y formar parte de los CEAS), convirtiéndolo en una obligación para la administración hospitalaria. Es un matiz (importante o no) que, en todo caso, me parece consecuente con el texto legal. Si ya se reconocía a los capellanes hospitalarios el participar en estos comités, lo que se hace ahora es "impedir" que la dirección no les dejase participar en el CEAS.

Hay una razón evidente para pensar que tiene sentido que haya presencia católica en estos comités: las implicaciones éticas de las decisiones sanitarias en muchos casos se relacionan con la creencias religiosas, tanto de los profesionales como de los pacientes y familiares; y un porcentaje muy significativo de estas personas, en España, tienen creencias católicas. No creo que sea descabellado, manteniendo una elemental ecuanimidad, que entre todos los miembros de un CEAS (en Madrid, un mínimo de 10) haya alguien que exprese los criterios éticos católicos. Además, quiero pensar que los capellanes de hospital, con sus experiencias en el dolor y la muerte, sabrán por lo general conjugar la doctrina cristiana con la compasión humana (más me preocuparía que en esos comités estuvieran algunos obispos). Y, repito, todo ello dentro de los estrictos límites que establece la Ley para los CEAS: opinar y valorar en el seno del comité, como uno más; no imponer decisiones ni presionar a pacientes o familiares.

Así que a mí no me escandaliza que haya curas en los CEAS. De hecho, parece que es habitual, con o sin convenio con la Iglesia, en muchos hospitales fuera de Madrid y fuera de España. Lo que me preocuparía es que esos CEAS se extralimitasen de sus funciones asesoras, lo haga el cura o quien fuese. Porque, aunque este tema daría para discutir mucho (pero excede el objeto de este post), una cosa es que pueda ser buena la reflexión genérica y específica sobre las implicaciones éticas de la sanidad y otra muy distinta que, sea desde ámbitos religiosos o laicos, se nos impongan las decisiones. Lo grave de las palabras de la vicepresidenta del Gobierno es que insinúan presupuestos peligrosos. "Los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas": Pero, ¿es que acaso sí pueden imponer criterios basados en otras consideraciones éticas? Pero, ¿piensa la vicepresidenta que los CEAS pueden imponer algo, haya o no curas? Porque ahí está el meollo: que por mucha regulación legal, resulte que, en la práctica, los CEAS puedan imponer que se haga o no un aborto, que se faciliten o no cuidados paliativos, que se reanime o no a un bebé. Y, si tanto escándalo se monta a raíz del convenio madrileño, el comportamiento de quienes protestan sólo es explicable bien porque saben que los CEAS influyen activamente en la toma de decisiones (y no les parece mal siempre que no intervengan criterios religiosos) o bien porque aprovechan la excusa para arremeter demagógicamente contra la Iglesia errando en esta ocasión, a mi juicio, en el blanco (y mira que hay asuntos en los que criticar a la Iglesia) y, de rebote, fortaleciendo las posiciones eclesiásticas. Tiendo a pensar que la segunda explicación es la más cercana a la verdad.

Actualización (28 de abril): Este fin de semana estuve curioseando diversas opiniones en internet sobre el asunto de este post. Entre otros, leí el blog de Pepe Blanco que ha escrito un artículo muy representativo de la demagogia que me motivó a escribir el presente. Dice, por ejemplo, que "ahora resulta que la presidenta de la comunidad de Madrid, aprovechando el ruido de sables que estos días ensordece a su partido y a la opinión pública, ha firmado un convenio con el cardenal Rouco Varela para que sean los sacerdotes quienes decidan en los hospitales a quién, cuándo, y cómo, se suministra un cuidado paliativo". Es falso que el convenio sea de ahora (sino de enero), que los firmantes sean los que dice, o que los sacerdotes vayan a decidir nada (ya que el propio CEAS carece legalmente de capacidad decisoria). Le puse un comentario a ese post, señalándole educadamente la falta de rigor en lo que había escrito. El señor Blanco tiene activada la opción de "moderación de comentarios", así que no se publica si él no lo aprueba. Acabo de comprobar que mi comentario ya lo ha leído (porque hay alguno que no estaba cuando se lo envié), pero ha decidido no publicarlo. Los siete comentarios que sí han pasado su censura son -qué raro- descaradamente acordes con el tono del post. ¿Cuántos más no habrá dejado que aparezcan? En fin, nunca me ha gustado demasiado este individuo, pero ahora ya tengo una razón concreta para poner en duda su honestidad intelectual y su capacidad de aceptar la crítica.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

miércoles, 23 de abril de 2008

Por la creación del Instituto Volcanológico de Canarias

Tras la erupción, en noviembre de 1985, del volcán colombiano Nevado del Ruiz (que supuso más de 25.000 muertes, entre ellas la de Omayra Sánchez, esa niña a cuya estremecedora agonía asistimos en directo), una misión científica española que allí fue elaboró un informe al Gobierno español con unas recomendaciones para prevenir los riesgos volcánicos en el único territorio de nuestro país en donde existen, que es Canarias. Una de las medidas propuestas era la creación de un instituto vulcanológico, centro científico con la función de recabar datos, interpretarlos y asesorar a la Administración respecto a las políticas de protección civil. Entre todos los especialistas en esta materia hay completa unanimidad en la conveniencia, necesidad e incluso urgencia de constituir este centro y dotarle de medios que lo hagan efectivo.

Sin embargo, no pasa nada hasta enero de 1996, cuando el Consejo de Ministros aprueba una directriz básica de planificación de protección civil ante el riesgo volcánico, que ordena a los Gobiernos del Estado y de la Comunidad Autónoma que elaboren sendos planes y organicen sistemas de información, seguimiento y coordinación. Parece ser, no obstante, que en la práctica estas iniciativas no se mantuvieron con la constancia deseable y, en todo caso, no mejoraron la situación de descoordinación e indefensión que se sigue teniendo frente a una eventual erupción volcánica. Así las cosas, durante la pasada legislatura, y durante unos meses de cierta alarma social en esta Isla ante síntomas y rumores de que el Teide parecía con ganas de marcha, distintos representantes de las Instituciones Canarias iniciaron reclamaron al Gobierno del Estado actuaciones concretas en esta materia.

En su sesión plenaria de 2 de noviembre de 2005, por asentimiento unánime de todos sus miembros, el Senado aprobó una moción instando al Gobierno de la Nación a la creación del Instituto Volcanológico de Canarias (me suena fatal “volcanológico”, pero así está escrito). Este acuerdo fue aplaudido por todos, en Canarias, en España y fuera de ellos. Poco después, en enero de 2006, el Parlamento de Canarias aprobó una Proposición no de Ley que decía “que se tomen las medidas precisas para que, con carácter urgente e inaplazable, se proceda a la creación del Instituto Volcanológico de Canarias (IVC), financiado principalmente por la Administración del Estado y de la Comunidad Autónoma de Canarias, con el apoyo de los Cabildos Insulares” además de detallar sus funciones principales. Por parte del Gobierno español todo son siempre buenas palabras, pero lo cierto es que no hace nada. Casi dos años después del acuerdo del Senado que tantas ilusiones había despertado, el presidente del Cabildo de Tenerife, como senador, vuelve a solicitar en la Cámara Alta “por quinta vez” que se constituya urgentemente el Instituto. La ministra de Educación y Ciencia (quien, por cierto, proviene por parte paterna de familia canaria) se limitó en su respuesta a alabar las distintas iniciativas que el Gobierno había llevado a cabo para mejorar la investigación en materia vulcanológica, sin responder en absoluto a la pregunta concreta que se le había hecho.

Y se acabó la pasada legislatura y nada de nada. Llegan las elecciones y el PSC-PSOE presenta un anexo canario a su propaganda (“Motivos para creer”), porque Canarias tiene “personalidad propia” en su programa electoral. Comienzan diciendo que los socialistas están orgullosos de los logros obtenidos para Canarias como región ultra-periférica y que se comprometen a continuar impulsando iniciativas en la misma línea. Entre éstas, señalan que “todas las estrategias que nacen de un profundo y riguroso análisis ... apuntan claramente a la necesidad de la creación, con el concurso y la colaboración de todas las Administraciones Públicas, de un Instituto Vulcanológico en Canarias, concebido como una de las piezas claves de las que debe disponer la sociedad para cumplimentar eficientemente las acciones destinadas a la reducción del riesgo volcánico en nuestro país, además de asegurar una mejor gestión de los recursos públicos que, en la actualidad, se destinan a la reducción del riesgo volcánico en España”. Aunque no lo terminen de decir expresamente, parece lícito interpretar que ZP se ha comprometido electoralmente a crear el tan largamente reclamado Instituto. ¿O no? Pues no lo sé. Pero uno tiende a pensar que hay algún gato encerrado, porque llama la atención que algo sobre lo que hay un absoluto y generalizado acuerdo (al menos aparente) tarde tanto en ponerse en marcha. He leído algunas declaraciones de vulcanólogos que hablan de intereses ocultos que no quieren que se cree el Instituto, pero tampoco aclaran cuáles son esos intereses.

Yo no sé mucho del asunto, pero sí comparto una opinión que he oído por ahí y es la de que no hay suficiente conciencia pública de que vivimos en un territorio con vulcanismo activo. Si no hay suficiente conciencia en estas islas, no es de extrañar que mucho menos la haya en la península. Creo que es muy importante que se den todos los pasos necesarios para contar con la información y estrategias más adecuadas para prevenir y/o minimizar los riesgos; cualquier otra actitud sería la suicida del avestruz. Esta mañana me han hecho llegar otra petición por correo electrónico: que suscriba un manifiesto ciudadano que reclama la urgente e inaplazable creación del Instituto Volcanológico de Canarias en este 2008, Año Internacional del Planeta Tierra. Esta sí la he firmado, en primer lugar por evidente interés personal. Me permito pedir a mis lectores, aunque no vivan en Canarias, que también la apoyen. Gracias de antemano.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

Sólo callarse es sincero

... Estas páginas son indudablemente románticas, pero también reales, puesto que aquel día de marzo existió de verdad, y también el regreso y el reencuentro. Sin embargo, el conjunto es artificial, mache, como suele ser «la literatura» cuando el escritor no es capaz de callarse y dice más -aunque sea una sola palabra de más- que los hechos. El escritor —en medio de la muerte y la miseria, situación humana constante en tiempos de paz y de guerra— que intente disculparse y demostrar que siente sinceramente lo que describe, se olvida de las leyes de su oficio, que determinan que no existe literatura sincera. En la literatura, como en la vida misma, sólo callarse es sincero. En el momento en que alguien se pone a hablar en público ya no es sincero, sino que se convierte en escritor, actor, es decir, en una persona que se pavonea.

Porque la escritura, las bellas letras siempre son una payasada; el alma, maquillada con palabras coloreadas en blanco y rojo, recu
erda al payaso del circo que cuenta chistes malintencionados haciendo mil muecas ... Al final de una guerra mundial —y probablemente al comienzo de una nueva guerra mundial o de cualquier otra— el escritor que escriba algo más aparte de hechos estrictamente estadísticos, no puede ser sincero. Sin embargo, no hay escapatoria, porque el escritor es incapaz de callarse. Tiene que decir algo incluso desde el vertedero mundial, tiene que recitar algo aun desde la fosa común. La esperanza de que un cataclismo más fuerte que cualquier otro anterior conduzca al escritor (y a la humanidad) al día en que puedan ser verdaderamente sinceros, porque ya sólo pondrán sobre el papel y pronunciarán palabras esenciales, es una esperanza infundada. En todo caso, el escritor no puede hacer otra cosa que maquillar su alma y, con hermosa palabra esencial, decirlo todo. El tema del que habla, en cualquier época y en cualquier vertedero, es siempre el mismo: el Nekyia, es decir, el viaje al mundo de los muertos, y —después de la aventura, de la Ilíada— el Nostos, o el regreso al hogar.

Quien esto escribió es Sándor Márai (¡Tierra, Tierra! Salamandra, 2006. Pags 172-173). Quizá no podamos ser sinceros, no sólo escribiendo sino en la vida, y no sólo ante otros, sino incluso ante nosotros mismos. Así lo he sentido, al menos yo, muchas veces. Quizá sea vano esperar que algún día seamos capaces de pronunciar las palabras esenciales que, aunque ignoradas, ansiamos que nos desvelen a nosotros mismos. Pero, incluso convenciéndonos de ello (y no he llegado todavía a ese extremo), no hay ciertamente escapatoria: somos incapaces de callarnos.

No sé por qué, pero intuyo que es nuestra naturaleza, que no podemos evitarlo (como en la fábula del escorpión y la rana). Hemos de intentar vivir Nekyia y Nostos ... y hablar (o escribir) sobre ello. Y mientras tanto, entre tantas voces, quizá suene la flauta.

CATEGORÍA: Literaturas

martes, 22 de abril de 2008

Construir en Ronchamp

He recibido esta mañana un correo electrónico en el que la Fondation Le Corbusier me solicita apoyar una carta a la Ministra de Cultura francesa solicitando la paralización de un proyecto de Renzo Piano en la colina de Bourlémont sobre la que se dispone la capilla de Notre Dame du Haut de Ronchamp, realizada por Le Corbusier entre 1951 y 1955. No sabía nada al respecto y, lógicamente, he tratado de informarme.

La capilla de Ronchamp, así como los terrenos sobre los que se asienta, son propiedad de la Association Œuvre Notre-Dame du Haut. Esta asociación se formó después la guerra con la finalidad de, sumando las indemnizaciones recibidas por los daños bélicos, reconstruir la capilla de peregrinación mariana que desde siglos hubo en ese lugar. Son ellos quienes encargan la obra a Le Corbusier y quienes, todavía en la actualidad, se han ocupado de la gestión y conservación de esta obra maestra de la arquitectura.

Parece ser que a los miembros de esta asociación se les ocurrió hace unos años invitar a un grupo de monjas a vivir junto a la capilla con la finalidad de reforzar el carácter religioso del lugar frente al excesivo predominio del turismo. Es verdad que ésta es la actividad fundamental que acoge el lugar, que atrae más de 100.000 personas al año (con un porcentaje muy significativo de estudiantes de arquitectura de todo el mundo), pese a que se encuentra a desmano de cualesquiera rutas turísticas. Según leo, sólo tres días al año se celebran actos de peregrinación religiosa. El propio Corbu, en la carta dirigida al obispo de Besançon en 1955 (imagino que al finalizar las obras), dice que ha buscado crear un lugar de silencio, oración, paz y alegría espiritual. Creo recordar vagamente, además, que ya en los años de su construcción se planteó al propio arquitecto la posibilidad de erigir en la colina un pequeño convento, idea que finalmente no cuajó.

Quiero pensar, en cualquier caso, que las mejores intenciones animaron a Jean-Francois Mathey, el director de la Asociación, a promover un proyecto de intervención en la colina de Bourlémont que, además de 12 celdas para monjas clarisas, comprende un nuevo centro de visitantes y un espacio de meditación para las religiosas. La propuesta de Renzo Piano se basa en el enterramiento de las nuevas construcciones en las faldas de la colina (que además es abundantemente reforestada), de modo tal que no son vistas desde la capilla ni interfieren con la visión de ésta. Resulta más que evidente que Piano plantea una intervención desde un absoluto respeto hacia la obra del maestro y, además, con exquisita y contenida calidad arquitectónica.

De hecho, en el mensaje que me llega y en la propia carta a la ministra francesa, no se cuestiona la calidad arquitectónica, sino que la intervención planteada pone en peligro la “sutil unidad entre la capilla y el sitio”, que fue una de las mayores motivaciones de Le Corbusier. A la vista del proyecto, uno se queda pensando que para los celosos guardianes corbuserianos de la Fondation, cualquier intervención en la colina pondría en peligro dicha unidad esencial, porque es difícil imaginar una alternativa más limitada y controlada en sus efectos sobre el conjunto arquitectura-lugar que la de Renzo Piano. Lo cual me lleva a pensar si “la conservación y salvaguarda de los inmuebles y lugares de nuestra memoria colectiva” (palabras de la solicitud a la ministra) han de pasar siempre por preservar la integridad original. No lo creo, como no creo tampoco que el mismo Le Corbusier mantuviese unas posturas tan inmovilistas respecto a los “monumentos”.

Lo cual no quiere decir que me parezca bien la propuesta de Renzo Piano. Lo que, con la información que tengo, no puedo avalar es que esta intervención (y cualquiera, me temo) suponga romper la unidad esencial de la capilla de Ronchamp. Tal afirmación hay que argumentarla; no basta con referirse a riesgos genéricos que valen tanto para la propuesta de Piano como para cualquier otra. Y, sin embrago, no se hace; se pide el apoyo de firmas para que el Ministerio francés, dado que el edificio cuenta con protección legal, vete la intervención. Y supongo que, sobre todo entre los arquitectos, serán mayoría aplastante quienes firmen dicha petición sin entrar a valorar la propuesta. Repito, no es que crea que se deben hacer esas obras, pero no puedo apoyar posiciones negacionistas por principio. Lo que me gustaría es que el proyecto, tanto sus soluciones arquitectónicas como también (y sobre todo) la justificación de su necesidad y conveniencia, se debatiesen en profundidad.

Por añadir una nota personal a este asunto, diré que con la capilla de Ronchamp mantengo desde hace más de treinta años una especial relación de amor. Durante la carrera fue objeto de un intenso trabajo de estudio (a medias con un querido amigo a quien volveré a ver en unos días) en el que desmenuzamos, como enamorados, todos sus detalles, recurriendo para ello, a muchísimos kilómetros de distancia, a cuantas fuentes podíamos encontrar (ojalá hubiese existido entonces internet). No me gusta hacer listas, pero es indudable que en la de mis gustos arquitectónicos, la capilla del Corbu se ha mantenido todos estos años en lo más alto. Hace relativamente poco tiempo, unos cinco o seis años, pude por fin conocerla "en persona". Nos desviamos exprofeso desde Estrasburgo para ir hasta ese pueblo perdido y subir por la estrecha carretera que llega hasta la cima. Durante ese último tramo del trayecto me sentía emocionado y así, emocionado y además gozoso, pasé las dos o tres horas que permanecí allí, mirando y remirando la capilla, por dentro y por fuera, tocando, sintiendo, pensando ... En fin, que fue una experiencia importante en mi simbología personal. Por eso, me resultaría muy fácil pedir a las autoridades francesas que no dejen que nada cambie y, sin embargo ...

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

viernes, 18 de abril de 2008

¿Refugio de canallas o basura combustible?

En un post de hace unos días (Más leña al mono), Lansky nos obsequia con una estupenda recopilación de citas sobre nacionalismo/patriotismo. Aporta además las fuentes, lo que es muy de agradecer, porque está más que comprobado que las frases que alcanzan cierta celebridad suelen atribuirse sin ningún rigor a los más diversos autores.

Los dos primeros apotegmas me parecieron ligeras variaciones de una misma idea; en todo caso, la cita me era conocida y llevaba tiempo con dudas sobre su autoría. Lansky atribuye a Ambrose Bierce, en su obra Diccionario del Diablo (1911), la de “la patria es el último refugio de los canallas”. Samuel Johnson, en cambio, habría soltado eso de que “el patriotismo es el último recurso del bribón”, citando Lansky como fuente la tan loada biografía que escribió el excéntrico James Boswell.

No he leído ninguna de esas dos obras. De hecho, llevo ya varios años con la “Vida del Doctor Johnson” apuntada en un rincón del cerebro con la etiqueta de libros pendientes. De Ambrose Bierce me dieron ganas de conocer algo tras enterarme de su existencia con la lectura de Gringo Viejo, la ficción de Carlos Fuentes. Ayer mismo se me reavivaron esas viejas intenciones al volver a ver, esta vez en la tele, la peli hecha a partir del relato del escritor mexicano, con Gregory Peck y Jane Fonda.

La cosa es que, pese al post de Lansky, no terminaba de cuadrarme un parecido tan acusado en ambas frases. Pareciera que Ambrose Bierce se hubiese limitado, nada más, a cambiar los tres sustantivos de la frase por vocablos cercanos. Si así era, más que una nueva sentencia, debería considerarse una mera reinterpretación, quizás la adaptación del inglés británico al norteamericano de dos siglos después).

Los dos libros que cita Lansky pueden conseguirse en internet; el de norteamericano, Diccionario del Diablo, en castellano; el de británico, Vida del Doctor Johnson, parece que sólo en inglés. Previamente, en la entrada sobre Samuel Johnson de la Wikiquote en inglés descubro la cita en su idioma (patriotism is the last refuge of a scoundrel) y, lo más importante, verifico que proviene (como bien dijo Lansky) de la biografía de Boswell. Voy a la versión online (en inglés) de dicho libro y, en efecto, en el segundo volumen, Boswell nos cuenta que el viernes 7 de abril de 1775, cenó con Johnson y varios amigos y durante la conversación salió el tema del patriotismo; fue entonces cuando Johnson, en voz alta y firme, profirió el famoso apotegma.

Por aquellos años Johnson estaba bastante volcado en el activismo político. Justamente en 1774, meses antes de la reunión a que se refiere su biógrafo, había publicado El Patriota. Intuyo que las ideas de esa obra bullirían en su cabeza al exclamar su lapidaria frase. Sin embargo, en El Patriota no condena tan tajantemente el patriotismo; de hecho, lo presenta como una virtud ("un patriota es aquél cuya conducta pública está presidida por un único motivo: el amor a su país ... el interés público"). En términos similares lo había definido en su más famosa obra (A Dictionary of the English Language, 1755). Sin embargo, en la década de los setenta (si no antes), el énfasis de Johnson se dirige a denunciar los comportamientos miserables amparados con la excusa del patriotismo. Es significativo que El Patriota dedique su mayor extensión a condenar a esos que se apuntan a la “lista de los patriotas”, que “tienen la apariencia externa de patriotas sin sus cualidades constitutivas” y que “brillan como las monedas falsas”.

Ciertamente, Boswell matiza que, con su iconoclasta expresión, Johnson no se refería a un “amor honesto y generoso por nuestro país”, sino a aquéllos que, "en todas las épocas y lugares, han usado el manto del patriotismo para arropar sus propios intereses". Esos serían pues, para Johnson, los canallas. Pero lo que me parece interesante es descubrir cómo los matices, que siempre se olvidan, suavizan mucho el impacto de la cita. Habría sido más fiel a su pensamiento, si Johnson hubiese dicho, por ejemplo: “los canallas gustan de refugiarse en el patriotismo”. Claro que la frase habría perdido fuerza y no olvidemos que Johnson era tremendamente consciente de la eficacia del estilo panfletario (y estaba muy bien dotado para ello).

Ambrose Bierce conocía la frase de Boswell, pero tengo la impresión de que no suficientemente su pensamiento acerca de este tema. De hecho, en la entrada de su Diccionario del Diablo correspondiente a “patriotismo” dice que el doctor Johnson, “en su célebre diccionario”, lo define como el último recurso del pillo. Pero no es en su diccionario (una obra eminentemente lexicográfica) donde el británico expresa esa idea, así que Bierce debía estar escribiendo de (mala) memoria. Tampoco, en sentido estricto, puede decirse que con esa frase Johnson pretendiera definir el patriotismo. Pero Bierce es un periodista visceral y, pienso, le interesaban más los aguafuertes que los claroscuros. Así que toma su vago recuerdo de una antigua lectura del libro de Boswell, pasa de matices, y lo convierte en trampolín para aportar su nuevo apotegma.

Porque, según leo en el Diccionario del Diablo disponible en internet, la frase de Bierce es distinta de la que nos citó Lansky y, efectivamente, no se parece tanto a la original de Johnson ¿o de Boswell? Bierce dice que el patriotismo es “basura combustible dispuesta a arder para iluminar el nombre de cualquier ambicioso” (combustible rubbish read to the torch of any one ambitious to illuminate his name). Emparentada semánticamente con la de su antecesor, sin duda, pero a mi juicio bastante más radical. Dudo que Bierce estuviera dispuesto a admitir que puede haber un patriotismo virtuoso, cuando de entrada lo califica de basura.

Y hasta aquí. Me había quedado con las ganas de aclararme en cuanto a las citas de Johnson y Bierce. Ahora me queda leer despacio los dos libros originales. Y, ya puestos, aprovechar para abrir la discusión: ¿con cuál de las dos citas sobre el patriotismo está usted más conforme?

CATEGORÍA: Política y Sociedad

jueves, 17 de abril de 2008

Sólo hay 10 tipos de personas: las que saben binario y las que no

Esta frase, muy ingeniosa, la vi hace algo más de un año, estampada en una camiseta. Cuando la lees por primera vez, recibes un estímulo neuronal inmediato, te quedas por unos momentos epatado. Tal es justamente el efecto de las paradojas aparentes, tan del gusto de los recopiladores de esos entretenimientos a los que se ha dado en llamar “pensamiento lateral”. Esas paradojas suelen serlo desde el marco de referencia habitual y por eso, para resolverlas, para hacerlas consistentes, es necesario escapar de las formas acostumbradas de procesar la realidad. Son siempre ejercicios interesantes porque obligan a cuestionar nuestros puntos de vista, a comprobar que muchas veces asumimos como cimientos inmutables de nuestro pensamiento lo que no son más convenciones, cuya utilidad es meramente instrumental.

Cuando leí la frase que titula este post me vino a la memoria una adivinanza del mismo registro que corrió por mi colegio en mi primera adolescencia: Juan y María se casaron y se fueron a vivir, ellos dos solos, a su nueva casa; al cabo de un año nació su primer hijo y desde ese momento pasaron a vivir 10 en el domicilio: ¿cómo es posible? Abundando en el jueguecito, encuentro en internet que la frase original ya ha sufrido una mutación que la hace más compleja pero menos bella: “Sólo hay 10 tipos de personas: las que saben binario, las que no y las que lo confunden con el ternario”.

Me he acordado de estas cosas porque con demasiada frecuencia me quedo con la impresión de que hablamos entre nosotros en distintos sistemas de lenguaje, con el agravante, respecto a los sistemas de numeración, de que damos por supuesto que conocemos las reglas convencionales de nuestro interlocutor, al menos lo suficiente para que pueda existir comunicación; y no es así. Este es un asunto más que trillado, hasta el punto de constituir el meollo de la semiótica, así que no entraré en aburridas disquisiciones teóricas. Sólo me interesa referirme ahora a la influencia que en la comunicación (o mejor, en la incomunicación) tienen las connotaciones de origen emocional. Y lo hago porque es algo que vivo con cierta asiduidad.

A muchas palabras cada una de nosotros le damos una connotación valorativa que colorea (e incluso distorsiona) su significado convencional (el del diccionario, para entendernos). Ese matiz añadido hace que reaccionemos emocionalmente en términos de “me gusta” o “no me gusta” respecto al conjunto del discurso. Cuanta más emotividad hay, menos posible es la comprensión racional del discurso formalizado (lingüístico) y, lo más frecuente, es que ambos interlocutores se vayan enfadando, quedándose con la desagradable sensación de que no ser capaces de comunicarse (al menos, no en el plano lingüístico formalizado, porque quizá sí mediante otros lenguajes).

Una palabra que yo usaba mucho era “discutir” que significa “examinar atenta y particularmente una materia”. A mí, discutir me gusta mucho y me parece la mejor forma de aprender de cualquier tema: examinarlo atenta, prolijamente, destripando sus diversas facetas, desmontándolo y volviéndolo a montar. Yo discuto hasta conmigo mismo (de hecho es una de mis formas de pensar) y, por supuesto, me encanta encontrar personas que sean buenos discutidores, pues me aportan estimulantes momentos de placer, sobre todo cuando me hacen ver cosas en las que no había caído. Pero pese a que el significado denotativo de discutir no tiene nada de malo (y mucho de bueno), lo cierto es que se ha impuesto una connotación negativa: discutir es que dos o más personas se embronquen entre sí. Ya la palabra no tiene mucho que ver con una actividad intelectual sino con un comportamiento básicamente emocional en el que, paradójicamente, desaparece la razón. Cuando decimos de dos personas (por ejemplo una pareja) que no hacen más que discutir, nos imaginamos escenas de enfrentamientos a gritos carentes absolutamente de argumentaciones racionales. Por eso, ya no puedo decir que me gusta discutir.

Ahora se dice debatir para referirse a la actividad dialéctica argumentativa: “es bueno debatir las ideas”, “el debate sobre el estado de la nación”, “hay que saber debatir sin discutir” y así sucesivamente. Mientras el intercambio de argumentos se desarrolle según las reglas de la razón y en un clima de serenidad emocional, hay un debate; cuando las emociones se imponen y la razón se descarta, ese intercambio dialéctico pasa a ser una discusión y ya no es bueno. Irónicamente, en el DRAE, se define debatir como altercar, contender, disputar sobre algo, e incluso (en su segunda acepción) es combatir y guerrear. Es decir que mientras que la finalidad de la discusión es conocer más y mejor el objeto, la del debate es imponerse sobre el sujeto (el interlocutor), siéndonos indiferente el conocimiento del asunto. Sin embargo, diga lo que diga el diccionario, se han impuesto los significados inversos. Y, me guste o no, he acabado diciendo debatir, cuando lo que me gustaría sería discutir.

Y ya no hablemos de lo que pasa cuando el interlocutor interpreta que alguna palabra de tu discurso conlleva un juicio de valor sobre él mismo. El sofisma implícito vendría a ser el siguiente: esa palabra que ha usado es mala (no me gusta) y la ha usado aplicándola a mí, luego me está atacando. Desde ese momento ya no hay comunicación posible porque uno de los dos, el que se siente agredido, no querrá entender sino defenderse y atacar a su vez. Y la cosa irá degenerando hasta acabar, en el mejor de los casos, con una triste sensación mutua de incomunicación. Por supuesto, se puede (y se debe), calmadas las aguas, volver al inicio, desmontar el equívoco, explicar el significado que el uno atribuía a la palabra que disparó la emotividad negativa, desmontar la percepción que el otro tuvo de sentirse agredido, etc. Pero, muchas veces, para entonces puede que domine el cansancio y la frustración.

En la mayoría de las interrelaciones que vivimos cotidianamente, no obstante, lo normal es que renunciemos, ya de entrada, a lograr niveles de comunicación más allá de los superficiales, suficientes para la supervivencia social e incluso, tantas veces, íntima. Al fin y al cabo es agotador (e inútil casi siempre) esforzarse en limpiar de connotaciones tópicas el lenguaje (que, además, suelen empobrecer sus posibilidades comunicativas). Sin embargo, uno desearía contar con personas, por pocas que fuesen, con las cuales no tener que preocuparse demasiado en cuanto a la carga connotativo-emocional de sus palabras; con las cuales pudiera “discutir” sin que le atribuyeran intencionalidades inexistentes, ajenas al objeto. Esto no es demasiado difícil siempre que ese objeto no afecte a las emociones del interlocutor, porque cuando nos metemos en según qué temas pareciera que no cabe la serenidad racional.

Sin embargo, hablar de las emociones propias y del interlocutor, analizarlas, “examinarlas atenta y particularmente” (es decir, discutir sobre ellas), es una de las mejores vías para conocerlas y conocernos por ende a nosotros mismos. Y parece de sentido común que esas discusiones serán tanto más fructíferas cuanto más cercano a nosotros sea el interlocutor, mejor nos conozca y, también, más nos quiera. Pero, claro, eso exige ser capaces de “objetivizar” en algún grado nuestras emociones, verlas “desde fuera”, sacarlas de nosotros, y no sentirnos con ello agredidos, ni atemorizados, ni avergonzados. Tal es, a mi modo de ver, una comunicación íntima.

No es la única forma de comunicación (o de relación íntima). La transmisión de emociones profundas no sólo se hace a través del lenguaje verbal; es más, no es éste el mejor lenguaje para tal fin. De hecho, creo que transmitir la vivencia emocional es casi incompatible con el lenguaje verbal. Estaríamos hablando de empatizar (barbarismo no admitido por la RAE), de compartir el estado de ánimo del otro, algo que muchas veces ansiamos de la persona que está a nuestro lado y a veces, en momentos mágicos, sentimos con profundísima intensidad que se produce. Pero no, no hablo de empatizar, sino de reflexionar sobre las emociones para conocernos y ahí sí que creo que es válido el lenguaje verbal y el pensamiento racional. Claro que, para ello, debe evitarse la emotividad (valga la paradoja).

En todo caso, contra todas las evidencias de la realidad, me seguiré resistiendo a aceptar la desesperanzada convicción de Pirandello que negaba la posibilidad de la comunicación humana. Creo que los esfuerzos para poder comunicarnos pertenecen al grupo de los que merecen la pena, incluso aunque sepamos que están condenados al fracaso.

PS: Tengo que escribir un post sobre Pirandello, autor que me gusta mucho.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones

miércoles, 16 de abril de 2008

Las hordas de la noche

Las hordas llegaron de noche, envueltas de bruma. Acaso eran la bruma, la bruma más espesa. Noche brumosa sin luna, oscuridad vacía. Llegaron sin ser vistas ni oídas, las hordas, de noche.

El poblado dormía sus últimos sueños. Acaso del sueño vinieron, las hordas. Acaso su feroz tarea acaeció en los campos yermos de allí, el otro lado. Muerte sin sangre, ni gritos, ni consecuencias. Fémures descarnados asomarían entre las sábanas, órbitas huecas arrojando sus miradas a los techos, cadáveres rasgados por las zarpas. Lo vimos todo, sin ojos y sin tiempo; y mientras tanto, siempre el silencio.

Éramos pocos y soberbios. Habíamos olvidado las reglas de ellos, los legítimos dueños.

Llegó la luz del alba y nos levantamos, ya muertos. Espectros de cuerpos desgarrados, muecas macabras por rostros. Luego pasaron los días, meses y años. Vinieron forasteros y se quedaron, porque no nos distinguieron. De los vientres exangües de nuestras hembras nacieron niños condenados, pero ignoraron su naturaleza porque se la ocultamos. Y sin embargo ...

El hábito anestesia la consciencia, induce el sopor sin sueños: no hay tragedia. Pero yo he vivido muerto y sin amnesias, maldita lucidez de los recuerdos. Balbuceo jaculatorias inventadas en idiomas que no existen. Las hordas, las hordas, tartamudeo con la voz del miedo y luego la jerga que me invade, abundante de consonantes velares, ininteligible hasta para mí, por más que intuya su mensaje funesto.

No asustes a los críos, abuelo, me dicen quienes se aferran al silencio. Pero de la bruma del silencio nació el horror, y yo lo sigo viendo. No es recordarlo la mayor de mis tragedias, sino saber que se acerca la fecha de cumplir el pacto. No falta mucho para que la bruma vuelva y yo sea parte de ella.

Llegaremos de noche, otra vez, infinitas repeticiones. Desgarraremos las carnes de ilusiones para mostrar el sinsentido absurdo de la muerte, vaciaremos las cuencas oculares de mis hermanos para enseñarles a ver sin ojos, desecaremos los líquidos de sus cuerpos para ahogarles en el polvo eterno que sofoca. Y sé, sabemos, que no valdrá de nada, pues el miedo a la verdad mantiene ahí la raya.

Percibo el olor acre de la bruma, los tiempos están próximos a cruzarse. No he tenido suerte desde entonces pero para qué lamentarse. Mataré viviendo una nueva muerte. Envueltos de bruma, llegaremos de nuevo, las hordas de la noche.


CATEGORÍA: Ficciones

lunes, 14 de abril de 2008

Vanitas vanitatis et omnia vanitas

Según el Diccionario, vanidad es arrogancia, presunción, envanecimiento. De los tres términos, descarto arrogancia, que asimilo más a una pose o, en todo caso, a la manifestación externa del soberbio. Envanecimiento tampoco me aclara mucho, pues al final me devuelve al origen, en el frustrante juego de las definiciones circulares. Así que quedémonos con presunción y digamos que la vanidad es la acción y el efecto de vanagloriarse. De hecho, yo califico de vanidosos a quienes conseguir la aprobación y/o el aplauso de los demás es una de las principales motivaciones (si no la principal) de sus actos. Para un vanidoso así entendido lo importante no es lo que es, sino lo que aparenta ser, y esa imagen le viene reflejada en el espejo de la consideración ajena.

Todos, supongo, necesitamos o, al menos, gustamos de la admiración de los demás; así que podríamos abusar del término y decir que, al fin y al cabo, todos somos vanidosos. Sin embargo, como en todo, las personas vanidosas son aquéllas en que esta nota caracterológica presenta una predominancia clara respecto a las demás de su personalidad y se manifiesta en su comportamiento con una intensidad bastante superior a la de las personas no vanidosas (o no “tan” vanidosas, si se prefiere). ¿Cómo reconocerlas? Pues yo diría que “midiendo” cuántos de sus comportamientos y en qué grado vienen motivados por el aplauso ajeno, por el reconocimiento de su “dignidad”, etc.

A mí la vanidad me parece una de las cualidades de nuestra especie más asociadas a la estupidez. Conste que la distingo netamente del orgullo o de la soberbia, por más que hay quienes las meten en el mismo saco. El vanidoso perfecto es como el que regala un paquete hueco con el más aparatoso y espectacular de los envoltorios. El paquete, naturalmente, es él mismo que, de tanto empeñarse en adornarlo no tiene ni tiempo (ni ganas) para descubrir que carece de sustancia. Así la vanidad opera a modo de venda sobre la inteligencia, anulando la mínima capacidad autocrítica y distorsionando hasta la caricatura grotesca la visión objetiva de la realidad. Tengo para mí que cualquier tentación de vanidad es una concesión a la estupidez. Aun así, no es grave que nos permitamos “recreos vanidosos”; lo tremendo, a mi juicio, es que haya tantas personas que han hecho de la vanidad el eje de sus vidas.

Escribo este post pensando en una mujer de mi entorno laboral que es el ejemplo más perfecto de vanidad que jamás me he echado en cara. La conocí hará unos diez años, cuando entró a trabajar en el mismo departamento que yo; entonces era una joven licenciada en derecho que, así me pareció, tenía ganas de aprender y dedicarse al urbanismo. Pasó un tiempo con nosotros antes de trasladarse a otra área de la Administración y le perdí la pista. Hará unos seis años me la encontré junto con un amigo común; estuvimos charlando y me comentó que le habían propuesto ponerla en las listas electorales para el gobierno de la institución en la que trabajo. Esa tarde, aunque algo intuí, no me di plena cuenta de que su entrada en la política (que ingenuamente le desaconsejé) obedecía a sus tremendas ganas de que la halagasen, de sentirse importante y “respetada”. Efectivamente, entró y llevo cinco años sufriéndola como responsable política de nuestros trabajos (sobre todo, desde las elecciones del pasado año).

Podría contar “cienes” de anécdotas sobre el comportamiento de esta mujer que darían para escribir una biografía personalizada de la vanidad, al estilo de las que hacía Marañón (la más famosa la dedicada al Conde-Duque de Olivares o la pasión de mandar). Claro que, mientras la pasión soberbia de Olivares da billete de entrada en la Historia, la vanidad estúpida apenas pasa de la cutrez de los "mass media" (por cierto, el más eficaz alimentador de estas fútiles motivaciones anímicas). Digamos, por ejemplo, que tiene una secretaria cuya misión principal es mantener al día lo que ella mismo llama su “álbum de prensa”, recortando y pegando todos los sueltos en que aparezca su nombre y, sobre todo, su fotografía; que se ofende sobremanera si cualquier cargo político habla directamente con uno de “sus” funcionarios sin previamente rendirle pleitesía (pedirle permiso) a ella; que establece las prioridades públicas en función de las expectativas que le ofrecen de brillar (aunque su olfato todavía tiene que mejorar mucho); que no escucha (y, por tanto, no llega a enterarse de los problemas) sino que en cuanto tiene ocasión suelta un discurso genérico y poco pertinente, creyendo que así consolida su papel de gran líder de la patria ...

A mí, la verdad, me da un poco de pena, porque creo que no era tonta y que, hace diez años, apuntaba ciertas dotes intelectuales. Pero optó por otro camino y voy viendo, a modo de observador, cómo cada día se empeña en idiotizarse más, en negarse a sí misma el empleo de sus capacidades intelectuales. De otra parte, es buena chica, al menos no le detecto signos de maldad, ni siquiera “colmillo retorcido” (todavía está empezando en esto de la política). De hecho, si aceptas las reglas de juego que ella asume como obvias, no es demasiado difícil de llevar e incluso de manipular en la dirección de los intereses propios de cada uno. Pero eso requiere mucha paciencia que, como ya alguna vez he dicho, es de mis muchas carencias la que más deploro. Además, he de reconocer que cada vez me parece menos ético jugar a según qué juegos (o será, quizá, que me estoy haciendo demasiado mayor). Ella misma, hará unos tres años, en una fiesta del departamento, estando suficientemente “alegre”, quiso sincerarse conmigo y, tras confesarme que yo era el mejor profesional que había conocido en lo mío (urbanismo), añadió que, no obstante, tenía que tratarla de otra manera para que mi “carrera” progresase. Soy la política responsable, me dijo, y no podía llevarle la contraria ni decirle cosas que no le agradaran; tienes que aprender a "hacerme la pelota", concluyó. Sin ironía alguna he de señalar que me pareció incluso enternecedor.

Por supuesto, no he “progresado” en mi carrera; no, al menos, en los términos en que esta mujer mide el progreso. Tampoco es que me importe. Lo que sí me importa, en cambio, es el deterioro del trabajo o, mejor dicho, del alcance y finalidad de lo que hacemos. Una labor que, a mi juicio, tiene una fuerte componente de servicio público, de prevalencia del interés social, y que, justamente por ello, requiere estar presidida por la objetividad y la racionalidad, está siendo cada vez más frivolizada. Y uno de los factores causales en tal degradación son los comportamientos vanidosos y estúpidos de esta mujer (aunque no sea, ni mucho menos, la única). Es una pena que bastantes profesionales con buena disposición estén cada vez más desanimados, asistiendo impotentes a la inutilización de sus esfuerzos. Lo gracioso es que ella espera de todos una “gran ilusión” y no es capaz de ver cuánto aburren y desmoralizan sus discursitos vanos y sus acciones torpes, ineficientes y erráticas.

Tras casi dieciocho años, con casi total seguridad, en unos meses estaré en otro sitio. No sería toda la verdad decir que me voy por culpa de esta mujer que, al cabo, no es sino la concreción en una persona de un proceso de degradación que ha vivido la institución en la que trabajo durante los últimos años. Frente a las razones negativas (me voy porque mi trabajo aquí ha descendido por debajo de la cuota de ilusión que entiendo mínima), están las positivas: me han ofrecido una tarea que supone un reto profesional atractivo para los próximos tres años. Luego, ya se verá, a lo mejor hasta vuelvo (esas son las ventajas de las excedencias de los funcionarios). Pero a punto de irme (y pendiente todavía de una entrevista con mi política responsable para contárselo, sabiendo que se lo tomará como una ofensa personal), no puedo evitar un sentimiento de pena por un puesto de trabajo al que tengo cariño (son muchos años) y, sobre todo, por unos compañeros a los que quiero.

PS: Las ilustraciones de este post son tres cuadros titulados Vanitas. El primero (1515) de Tiziano, la cúspide de la escuela veneciana del cinquecento. El segundo (1640) de Clara Peeters, pintora flamenca que se suele adscribir al manierismo. El tercero es obra de Claude Harrison, un pintor británico nacido en 1922 (a quien desconocía).

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

sábado, 5 de abril de 2008

La Iglesia y la búsqueda de la Verdad

El 18 de noviembre de 1893, León XIII publica la encíclica Providentissimus Deus, en la que sentaba la posición católica "oficial" en relación al estudio de las Sagradas Escrituras. El Papa escribe esa Carta impulsado, según sus propias palabras, "no solamente a desear que esta preciosa fuente de la revelación católica esté abierta con la mayor seguridad y amplitud para la utilidad del pueblo cristiano, sino también a no tolerar que sea enturbiada, en ninguna de sus partes, ya por aquellos a quienes mueve una audacia impía y que atacan abiertamente a la Sagrada Escritura, ya por los que suscitan a cada paso novedades engañosas e imprudentes". En sus primeros párrafos exhorta a los católicos a estudiar diligentemente las Escrituras, porque en ningún otro sitio se encontrarán mejores enseñanzas sobre Dios ni más útiles ayudas para nuestra salvación. Tantos ánimos en ese sentido (citando predominantemente sentencias de los Padres de la Iglesia premedievales) contrastan con el recelo tradicional de la jerarquía eclesiástica justamente ante los fieles que querían estudiar la Biblia (recordemos que éste es uno de los puntos que motiva la Reforma de Lutero). En mi opinión, tampoco creo que en estos ciento y pico últimos años las cosas hayan cambiado mucho en el fondo. Por más que se enuncien doctrinas más digeribles en términos teóricos, la práctica de la Iglesia en cuanto al acercamiento de los católicos a sus textos sagrados sigue estando caracterizada por la prevención y el obstruccionismo.

La Encíclica se redactó para enfrentarse a los racionalistas, que eran "los enemigos que tenemos enfrente". "Ellos niegan, en efecto, toda divina revelación o inspiración; niegan la Sagrada Escritura; proclaman que todas estas cosas no son sino invenciones y artificios de los hombres; miran a los libros santos, no como el relato fiel de acontecimientos reales, sino como fábulas ineptas y falsas historias. ... Presentan este cúmulo de errores, con los que creen poder anonadar a la sacrosanta verdad de los libros divinos, como veredictos inapelables de una nueva ciencia libre". Esta motivación lleva al Papa a dar una serie de consejos para que se estudien las Escrituras profundamente, a fin de poder desmontar los sofismas de los adversarios. Ahora bien, el Santo Padre nos explica que las palabras de los textos sagrados ocultan "gran número de verdades que sobrepujan en mucho la fuerza y la penetración de la razón humana, como son los divinos misterios y otras muchas cosas que con ellos se relacionan: su sentido es a veces más amplio y más recóndito de lo que parece expresar la letra e indican las reglas de la hermenéutica; además, su sentido literal oculta en sí mismo otros significados que sirven unas veces para ilustrar los dogmas y otras para inculcar preceptos de vida; por lo cual no puede negarse que los libros sagrados se hallan envueltos en cierta oscuridad religiosa, de manera que nadie puede sin guía penetrar en ellos. Dios lo ha querido así (ésta es la opinión de los Santos Padres) para que los hombres los estudien con más atención y cuidado, para que las verdades más penosamente adquiridas penetren más profundamente en su corazón y para que ellos comprendan sobre todo que Dios ha dado a la Iglesia las Escrituras a fin de que la tengan por guía y maestra en la lectura e interpretación de sus palabras".

A partir de esta premisa, expone el Papa cómo quiere que sea la actitud de quienes estudian la Biblia. Todo estudio debe conducir a llevar al convencimiento de la verdad de las interpretaciones que hayan sido declaradas por los autores sagrados y por la Iglesia. Porque, "siendo el mismo Dios el autor de los libros santos y de la doctrina que la Iglesia tiene en depósito, no puede suceder que proceda de una legítima interpretación de aquéllos un sentido que discrepe en alguna manera de ésta. De donde resulta que se debe rechazar como insensata y falsa toda explicación que ponga a los autores sagrados en contradicción entre sí o que sea opuesta a la enseñanza de la Iglesia". Para lograr esta finalidad, no sólo han de estudiarse las Escrituras, sino también las ciencias profanas, a fin de poder mostrar la falsedad de cualquier afirmación sobre la contradicción de éstas con las creencias cristianas.

La línea argumental, en suma, se repite hasta la saciedad a lo largo del texto y refleja la actitud de la Iglesia ante el conocimiento: éste sólo tiene sentido (y es verdadero) en tanto coincide, explica y corrobora la Fe. La argumentación es, por supuesto, dogmática: dado que lo que creemos es verdad, todo aquello que lo contradiga es falso. Además muestra el profundo rechazo de la Iglesia, más allá de retóricas diplomáticas, a la más noble potencia del ser humano, que es la búsqueda del conocimiento, gracias a la cual se han desarrollado las ciencias y vivimos y somos mejores (espero) que en tiempos pasados. Ciertamente, la Iglesia ha mantenido siempre una postura "defensiva" frente al progreso intelectual y, aunque no ha logrado impedirlo, ella ha sido a mi juicio su más importante obstáculo, gracias al empleo, diabólica y conscientemente astuto (nunca ha de subestimarse), de sus poderosísimos y muy diversos medios.

Se me dirá que la encíclica a la que me estoy refiriendo es agua pasada que no refleja la actual manera en que la Iglesia entiende la labor intelectual. No es así. Nótese, de entrada, que estamos hablando de un texto que, aunque nos parezca de tiempos remotos dados los colosales cambios que ha experimentado la humanidad en la última centuria, es bastante reciente en la concepción temporal de la Iglesia; no hay, ni mucho menos, discontinuidad intelectiva entre el pensamiento de León XIII y la manera profunda de entender el mundo de las actuales jerarquías eclesiásticas. Esa encíclica fue "revisada" cincuenta años después por la Divino Afflante Spiritu de Pío XII (el Papa que ha sido objeto de un enconado debate sobre su papel en el Holocausto nazi), redactada para "confirmar e inculcar todo cuanto Nuestro Predecesor sabiamente estableció y lo que sus Sucesores añadieron para reforzar y perfeccionar la obra; y, de otra, enseñar lo que al presente parecen exigir los tiempos, para más y más animar a todos los hijos de la Iglesia, que a estos estudios se dedican, en esta labor tan necesaria como laudable". Con estilo más "moderno", Pío XII se limita a actualizar el mismo mensaje: los trabajos intelectuales del católico deben servir "no sólo para rebatir lo que opongan los adversarios, sino también para intentar una solución que concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y principalmente con lo que ella enseña acerca de la absoluta inmunidad de todo error en las Sagradas Escrituras, y que satisfaga también debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas".

El tercer hito importante en lo que se refiere a la doctrina oficial de la Iglesia sobre el estudio de las Sagradas Escrituras (y, en general, sobre el trabajo intelectual) lo protagoniza el actual Papa, en 1993, cuando era Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica. Ese año se celebraba el centenario de la encíclica Providentissimus Deus, ocasión piripintada para que el Cardenal Ratzinger le presentara al Papa el documento títulado "La interpretación de la Biblia en la Iglesia". No he leído (todavía) este texto pero, basándome en un artículo del propio Ratzinger publicado en 2003 en el Osservatore Romano, puedo fundadamente presumir que, tal como hizo Pío XII, se trata simplemente de una actualización, sin cuestionar para nada los principios fundamentales ya expuestos por León XIII. Ciertamente, el actual Benedicto XVI posee más finura dialéctica que sus predecesores y eso le permite disimular planteamientos previos claramente erróneos y alcanzar una aparente conciliación entre la dogmática y los fines y métodos de la investigación científica. La habilidad de Ratzinger se manifiesta, entre otras, en su crítica epistemológica a la propia validez del racionalismo como método para conocer la realidad; dice el entonces Cardenal que "si se presenta una explicación puramente materialista de la realidad como la única expresión posible de la racionalidad, entonces se entiende incorrectamente la racionalidad misma". Para apoyar esta suerte de "relativismo científico" (el moral no le gusta tanto, desde luego), no vacila en recurrir al principio de incertidumbre de Heisenberg, en un salto injustificado (dudo mucho que sepa mucho de Física) descaradamente fuera de contexto. Y, a partir de ahí, ya puede concluir que la fe y la razón pueden ser compatibles y enunciar el nuevo programa intelectual de los católicos: "Se trata de ver qué puede la razón, y por qué la fe puede ser razonable y la razón puede estar abierta a la fe". En el fondo, aunque ya no pueda decirse en voz alta, se sigue creyendo lo mismo: si algo va contra la fe, es falso, toda vez que la fe es verdadera.

Naturalmente, las "verdades" científicas (siempre provisionales, a diferencia de las inmutables que nos ha regalado la Providencia) acaban imponiéndose, por más que, todavía hoy, la Iglesia siga empeñada en obstaculizarlas. Pero no importa. Cuando ya es absolutamente insostenible cualquier afirmación previa, la Iglesia, con su antiquísima y maquiavélica inteligencia, reajustará su discurso para contarnos como todo sigue encajando. Calculo que no falta mucho tiempo (espero que sea en este siglo) para que los Papas admitan explícitamente la evolución, por ejemplo. Pero no desesperemos, que los tiempos de la Iglesia son más pausados, lo que, por cierto, viene muy bien para ir construyendo las nuevas "interpretaciones conciliadoras" e ir dejando poco a poco que las antiguas se vayan olvidando, sin necesidad de desautorizarlas. Porque, no lo olvidemos, la Verdad proviene de Dios y su custodia ha sido confiada a la Iglesia.

CATEGORÍA: Creencias y descreencias

jueves, 3 de abril de 2008

Cultura de la crueldad

Ayer por la noche, poco después de publicar el anterior post, me puse a seguir leyendo el último libro de Jesús Mosterín (La Cultura de la Libertad, Espasa Calpe 2008) y, prácticamente enseguida, llego al capítulo décimo cuyo título es el de este post. A menudo me quedo sorprendido con la desconcertante frecuencia de las casualidades cotidianas; uno está tentado a buscar explicaciones mágicas en ese azar que, más que anodino, parece estar cargado de intencionalidades y significados, basta sólo abrir un poco los ojos. Yo había escrito sobre las riñas de gallos a raíz de la lectura en la mañana de ayer de la reseña periodística de un torneo, lo que me sorprendió y despertó mi curiosidad. Luego voy y me encuentro con que ese capítulo diez se refiere, desde una óptica bastante más generalista, a lo mismo que mi post anterior. Lo he copiado (salvo unos pocos párrafos) y lo transcribo (este post no me exige esfuerzo redactor) porque comparto plenamente sus tesis. Ahí va:

La crueldad consiste en el maltrato doloroso e intencional de una persona o de un animal indefenso, alargando o incrementando su dolor sin necesidad alguna. Este aumento deliberado e innecesario del sufrimiento de la víctima es la esencia de la crueldad.

El daño más grande, como la muerte, no implica por sí mismo crueldad. Uno puede matar a alguien sin crueldad, por accidente, sin darse cuenta, o voluntariamente, pero sin ensañamiento, por ejemplo, de un tiro en la nuca. La crueldad añade a la acción o al delito la intención de hacer sufrir atrozmente, lo que nos produce un horror especial, a no ser que tengamos la sensibilidad embotada.
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Montaigne, Montesquieu y los pensadores de tradición liberal han considerado la crueldad como el más odioso de los vicios. La lucha contra la crueldad ha sido considerada como el primer objetivo de las instituciones políticas. El horror moral que produce la crueldad ha sido el motor de la lucha por la abolición de la tortura, que anteriormente había sido una práctica procesal normal. De todos modos, el siglo XX ha sido uno de los más crueles que registra la historia, como ha documentado con escalofriante detalle Jonathan Glover (Humanity: A moral History of the Twentieth Century).
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El adjetivo castellano ‘cruel’ viene del latín crudelis, que, a su vez, procede de cruor (sangre derramada). Crudelis es el sanguinario, el que hiere hasta verter sangre, o el que se complace viendo como la sangre brota de las heridas. En los anfiteatros de la Roma antigua, gladiadores y animales salvajes se despedazaban mutuamente durante horas, para cruel regocijo de una plebe grosera. En el sentido literal de la palabra, esos espectadores que se complacían viendo derramarse la sangre eran crueles. Su crueldad contrastaba con la sensibilidad más refinada y suave de los griegos clásicos, aficionados al atletismo y al teatro de ideas.

Desde la Baja dad Media hasta principios del siglo XVIII, toda Europa era sucia, chabacana, supersticiosa y cruel. Muchas calles estaban llenas de excrementos, las pestes y epidemias diezmaban la población, y las matanzas, torturas y mutilaciones estaban a la orden del día. En nuestro tiempo, la tortura ha disminuido mucho y se practica en secreto, se esconde, se niega, no se hace de ella un espectáculo. Esto es nuevo. Durante la mayor parte de la historia, la tortura más espeluznante ha sido aplicada de un modo rutinario. Los procedimientos penales tendían a que el condenado no muriese de golpe, sino que si agonía fuese lo más atroz y prolongada posible. Descoyuntar sus miembros y despellejar o quemar viva a la víctima eran prácticas habituales. Gran parte de estas truculencias se efectuaban en público, como espectáculo para las masas.

Los espectáculos más populares eran las ejecuciones públicas y las quemas de herejes, delincuentes o sediciosos. Hace menos de dos siglos que estos macabros pasatiempos han entrado en decadencia. Y hace menos de un siglo que la tortura nos ha empezado a parecer algo intolerable, que hay que erradicar. A pesar de todos los horrores de nuestro siglo, ha habido un cierto progreso moral.

La última ejecución pública celebrada en Madrid tuvo lugar en 1890: se aplicó el garrote vil a la criada que mató a su señora en el famoso crimen de la calle Fuencarral. Se abolieron las ejecuciones públicas “para decepción de un amplio sector del pueblo –niños incluidos– que gustaban de este espectáculo, y para escándalo de los sectores más conservadores de la sociedad, que opinaban que al hacerse privada, se había despojado a la máxima pena de su más profundo sentido, su carácter ejemplarizador. En fin, que nunca más el pueblo llano madrileño podría ya solazarse con aquella especie de romerías en las que se pasaba un buen rato, amenizado por el bullicio y la animación espontánea, y con los puestos de golosinas y los tenderetes de bebidas que se instalaban para mejor disfrute del espectáculo.” (Rafael Núñez, Tal como éramos: España hace un siglo).

Las ejecuciones públicas continuaron siete años más en Barcelona, hasta 1897, como espectáculo siempre bien concurrido. Había un escenario, la tarima de ejecución, dos actores, el verdugo y el condenado. Si el verdugo se equivocaba o el condenado se asustaba demasiado, la gente gritaba y tiraba piedras. Era un entretenimiento, un jolgorio para los espectadores, mientras los vendedores ambulantes ofrecían chufas y golosinas. La puesta en escena era grandiosa, con curas encapirotados y militares uniformados, como se aprecia en el cuadro Garrote vil, de Ramón Casas (1894). Previamente a la ejecución, con frecuencia a los reos se les amputaban manos, orejas y nariz y se los paseaba en procesión por las calles, de modo que con frecuencia no llegaban vivos al cadalso. Los balcones y terrazas de las casas adyacentes estaban abarrotados de espectadores.
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En París, las ejecuciones mediante la guillotina fueron públicas hasta 1939. Aunque menos multitudinaria, también la tortura pública de osos, toros, gallos, perros y otros animales tenía su público soez y apasionado. Las peleas de gallos y de perros siguen practicándose de forma más o menos legal o clandestina en diversos países. En los siglos XVI y XVII, muchos miles de gatos –identificados con el diablo y la brujería– eran quemados vivos en público, en general en cestos sobre el fuego, a la altura justa para alargar al máximo su agonía. Sus gritos agónicos hacían reír a carcajadas al público. En algunas ciudades de Bélgica, en las fiestas, se arrojaban gatos desde las torres de los ayuntamientos al suelo adoquinado. En el siglo XIX, los gatos de verdad fueron sustituidos por muñecos de trapo con forma de gato, que todavía hoy siguen arrojándose.

TAUROMAQUIA

En la España del siglo XVII, los nobles aburridos, cuando no estaban cazando, entretenían sus ocios alanceando los toros a caballo. El pueblo llano los torturaba a pie. En el Alcázar de Madrid, se laceraba y acribillaba a los toros hasta que éstos, desesperados, se lanzaban por un portillo abierto al precipicio posterior, que daba al Campo del Moro, en el que caían y se estrellaban, destripándose y lanzando sus vísceras por el aire, con gran regocijo de una corte grosera que aplaudía. Esta costumbre se extendió a otros sitios, con ocasión de visitas reales.
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La crueldad no era ni es una originalidad étnica o racial de los españoles, sino una característica común de la Europa pre-ilustrada. En Inglaterra, las fiestas de toros no eran menos crueles que en España. Desde el siglo XII hasta el XVIII eran frecuentes los espectáculos de bull-baiting, en los que el toro era hostigado, acribillado, atado y mordido por perros (bull-dogs) especialmente amaestrados. Esta fiesta se celebraba en un bull-ring o plaza de toros circular, con los espectadores situados en gradas alrededor. También se practicaba el bull-running, comparable a los encierros de San Fermín y a las torturas callejeras de toros al estilo de Coria.

La cultura de la libertad admite cualesquiera interacciones y transacciones voluntarias entre adultos, pero no el abuso de los niños, el maltrato de las mujeres o la tortura de los animales. Precisamente los países con más influencia del pensamiento liberal fueron los primeros en poner coto a tales atropellos y en promulgar leyes contra la crueldad. La actual sensibilidad de los ingleses por los animales no es ninguna virtud racial, sino el resultado de un largo proceso cultural de aprendizaje intelectual y moral. Al menos desde la publicación de Los principios de la moral y la legislación, de Jeremy Bentham, los intereses de los animales pasaron a ser también objeto de preocupación ética y jurídica, basada en su capacidad de sufrir. Las ideas ilustradas se fueron imponiendo poco a poco. Los espectáculos basados en la crueldad fueron prohibidos en toda Inglaterra en el siglo XIX.

La España negra de toreros, borrachos e inquisidores, caricaturizada por Goya, había perdido todos los trenes de la ilustración, sobre todo después del ostracismo de afrancesados y liberales, como el mismo Goya, y del restablecimiento del absolutismo en Fernando VII, instaurador de las escuelas taurinas. En su época, cuajó la actual corrida, surgida de la variedad plebeya o a pie de la tauromaquia. Todavía a principios del siglo XX, las corridas eran mucho más violentas que hoy. El público que acudía a las plazas no se andaba con remilgos y exigía espectáculos de la máxima violencia y crueldad. Una de las diferencias con la corrida actual estriba en que los caballos de los picadores no llevaban protección. La bravura de las reses se medía por el número de caballos destripados. (Todavía ahora, los caballos de los picadores que participan en las corridas tienen las cuerdas vocales cortadas, para que no puedan gritar de dolor). Había sangre, mugre y tripas por todas partes.

Los toros siempre han sido pacíficos rumiantes, herbívoros sin la más mínima predisposición a atacar a nadie, por lo que con frecuencia, y a pesar de los puyazos que sufrían, se quedaban quietos y «no cumplían» con las expectativas de la plebe soez que los contemplaba. Como «castigo», se le ponían al toro banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora que estallaban en su interior, quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor. Más tarde, las banderillas de fuego fueron suprimidas, sobre todo para no espantar a los extranjeros, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos.

El mundo está lleno de barbaridades y crueldades que forman parte de la cultura tradicional del lugar donde se practican. Pero la cultura es una realidad dinámica, no estática, y es precisamente eliminando sus aspectos más siniestros y crueles como la cultura progresa. Los españoles, colombianos y mexicanos no somos más crueles por naturaleza que los ingleses, aunque en este asunto de las corridas estemos más atrasados, pues estamos donde ellos estaban hace dos siglos. Ya hemos abolido la inquisición; estamos luchando contra el maltrato de las mujeres; y próximamente –espero– aboliremos las corridas de toros y convertiremos las dehesas taurinas en parques naturales.

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