miércoles, 13 de enero de 2021

Enésima anulación de un plan urbanístico canario

Me entero hoy de que el Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC) ha emitido sentencia anulando el Plan de Modernización Turística (PMM) del Veril, en Gran Canaria, que tenía por objeto posibilitar la implantación de un parque acuático en el Sur de la Isla. La sentencia se fundamenta en el artículo 25.4 del Texto Refundido de la Ley de Aguas (norma estatal promulgada en 2001) que establece que cuando los planes (entre ellos los urbanísticos, como es el caso) comporten nuevas demandas de recursos hídricos, previamente a su aprobación la Confederación Hidrográfica (aquí el Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria) debe pronunciarse expresamente sobre la existencia o no de recursos suficientes. Si bien el Consejo Insular emitió informe a ese PMM, no se refirió en absoluto a la suficiencia de recursos hídricos para atender la demanda de agua que habría de generar el parque acuático que el plan calificaba. De otra parte, parece que tampoco había ninguna argumentación en la Memoria del PMM referente a las demandas hídricas y si los recursos disponibles eran bastantes a tales efectos. 
 
Al conocer la noticia mi primera reacción fue de hastío y enfado. Lograr la aprobación de un plan urbanístico o territorial supone culminar un camino infestado de engorrosas dificultades para que, unos años después, todo el esfuerzo quede anulado por obra y gracia de los señores magistrados. Porque lo cierto es que un altísimo porcentaje de los recursos interpuestos contra los planes canarios acaban con la anulación de éstos. O bien hacemos muy mal los planes o  los jueces son excesivamente severos (o quizá un poco de ambos ingredientes). Sin embargo, no es bueno precipitarse en conclusiones generales, apoyadas tan solo en resultados estadísticos; conviene analizar cada caso concreto y solo entonces valorar la corrección de la sentencia. 
 
Lo cierto es que es de sentido común que los planes deben justificar la disponibilidad de los recursos suficientes que viabilicen sus propuestas de ordenación. De hecho, no hace falta recurrir a una norma sectorial (aguas); en la propia legislación urbanística hay disposiciones de sobra de las que se concluye inequívocamente la necesidad de esa justificación. Por ejemplo, el artículo 20.1 del Texto Refundido de la Ley de Suelo y Rehabilitación Urbana (norma básica estatal) ordena a las Administraciones Públicas que, en la ordenación que hagan de los usos del suelo (los planes urbanísticos) atiendan, entre otras cosas, a la garantía del suministro de agua. La Ley del Suelo canaria, por su parte, obliga a los planes a justificar en su Memoria los principios de ordenación que señala la propia Ley, entre los que se cuentan el del uso racional del agua; parece lógico que ello implicaría como mínimo analizar el equilibrio entre la demanda y disponibilidad de este recurso para la propuesta del PMM. Finalmente, hay que suponer que el PMM debió de someterse al procedimiento de Evaluación Ambiental, en el cual debería haber sido ineludible el estudio de los efectos de la calificación de un parque acuático sobre el recurso agua. 
 
 
En resumen, lo grave no es que el informe del Consejo Insular de Aguas no se pronuncie expresamente sobre la suficiencia de recursos hídricos para la propuesta del PMM, sino que el Plan no haya analizado y justificado estos aspectos que son esenciales para la viabilidad de la propuesta. Se trata, a mi juicio, de un fallo garrafal de los redactores del Plan (la empresa pública GESPLAN), pero también de los funcionarios del Gobierno de Canarias que informarían favorablemente para posibilitar la aprobación del Plan. Y, ya puestos a imputar responsabilidades, también hay que reconvenir al Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria por no pronunciarse en su informe sobre la suficiencia de recursos hídricos, cuando estaba obligado por Ley. Si lo hubiera hecho en muy distinta situación estaríamos porque, de haber dicho que los recursos eran insuficientes, el Plan no se habría aprobado; y si hubiera confirmado la suficiencia, no se habría llegado a esta sentencia (o no con esta fundamentación). Ahora bien, en descargo de todos los implicados en este despropósito, sépase que casi ninguno de los planes urbanísticos formulados y aprobados en los últimos años justifica la disponibilidad suficiente de los distintos recursos (no solo hídricos) necesarios para que su propuesta de ordenación sea viable. 
 
Así pues habremos de concluir que, en general, no hacemos bien nuestro trabajo y, consecuentemente, habremos de aprender, por más que nos irrite, que los magistrados no están dispuestos a hacer la vista gorda. A veces nos olvidamos de que, en un estado de derecho y democrático, las decisiones públicas (y las determinaciones de ordenación contenidas en un plan urbanístico obviamente lo son) han de estar motivadas, justificadas. Si no lo están –como parece que ha sido el caso de la calificación de un parque acuático en el PMM del Veril– es cometido de los jueces anularlas y, al hacerlo, están defendiendo la seguridad jurídica e impidiendo la arbitrariedad, de lo cual no podemos sino alegrarnos. A la vista de esta última gota de lo que lleva varios años siendo un goteo incesante de sentencias anulatorias, va ya siendo hora de que las Administraciones Públicas tomen medidas en positivo para mejorar esta situación. Y la más importante, a mi modo de ver, sería trabajar, de común acuerdo con los profesionales del urbanismo, en la elaboración de manuales prácticos de planeamiento. Enseñémonos a redactar buenos planes, incluyendo en las lecciones lo que justificarse y cómo hacerlo.

domingo, 3 de enero de 2021

Altos de Teguedite y La Sabinita (Arico)

Preparé una ruta circular enlazando dos senderos del Cabildo: el PR-TF 86 (Villa de Arico a Cumbres de Arico) y el PT-TF 86.3 (La Sabinita a Tamadaya). El punto de inicio y llegada lo fijé al final de la calle del Calvario de la Villa de Arico, donde enlaza con la pista de Los Gavilanes. Ahí quedamos a las ocho, con el cielo encapotado y la temperatura bastante baja: no parecía que en esta jornada fuéramos a pasar calor. Subimos por la pista asfaltada, al fondo la dorsal y sus laderas boscosas, una atarjea a la derecha y un paisaje agrario (intercalado con matorrales) de bancales de tosca, la preciosa piedra del Sur. A los doscientos cincuenta metros doblamos a la derecha y tomamos un precioso sendero local, el firme de tierra amarilla y parcialmente empedrado y los márgenes delimitados con toscas. Durante los primeros metros el sendero desciende con muy poca pendiente hasta que llega a las paredes del barranco de las Pasaditas y la bajada se empina. En la ruta de hoy hemos de cruzar varios barrancos, todos ellos de una belleza espectacular; pero éste es el primero y por eso vuelvo a maravillarme ante este precioso paisaje. Llegamos al cauce y nos detenemos unos instantes a contemplar la serena magnificiencia que nos rodea, a escuchar el atronador silencio que nos envuelve.
 
 
Reaudamos la marcha y ascendemos por la otra ladera; es éste un tramo sinuoso que salva unos cien metros de desnivel en 600 de planta. Luego continua casi recto por la cumbre del lomo durante algo menos de kilómetro y medio, con una pendiente también ascendente pero mucho más suave que nos lleva de los 700 a los 800 metros de altitud. El camino en esta parte está muy bien definido y conservado: firme de grandes piezas planas de tosca con arenilla y bordeado por piedras bien alineadas del mismo material. A mano derecha discurre una atarjea en tramos techada y en otros descubierta cuyas aguas han de provenir del Canal del Sur, al que pronto llegaremos. Los terrenos a la derecha son fincas de cultivo abandonadas pero a medida que ascendemos aparecen los pinos. A la izquierda queda una estrecha plataforma erial, una balconada con magníficas vistas sobre el barranco y hacia el mar, llegándose a ver la Montaña Roja del Médano. Pero quizá la vista que más nos entusiasma es la del propio barranco (llamado también de Charcos, según la cartografía) que, a medida que subimos se va estrechando y mostrando unas paredes cada vez más verticales de rocas casi desnudas de vegetación, amarillo rojizas abajo y bllanco grisáceas en las partes altas. El cauce, cubierto de guijarros, parece fácil de transitar (me lo anoto para una posible ruta futura). El barranco se bifurca y su ramal principal pasa a llamarse de la Puente y ahí mismo es cruzado por una pista asfaltada que venía paralela a nuestro sendero por el otro lomo. De hecho, en este punto, si giráramos a la izquierda y retrocediéramos unos metros por esa pista para luego seguir ascendiendo, estaríamos tomando el sendero PR-TF 86.1, una variante que llega hasta el Cercado de las Ranas y permite visitar la zona de escalada de La Puente. Pero ese tramo lo haremos otro día porque hoy giramos hacia la derecha para seguir (de momento) la ruta del sendero principal (el PR-TF 86).

Durante los primeros doscientos y pico metros el sendero asciende con un trazado sinuoso en dirección noreste; el firme, parcialmente empedrado, es arenilla, delimitado con pequeñas rocas en sus márgenes. Poco a poco, los pinos se adensan y el suelo del sendero se cubre de pinocha. Luego el camino gira en dirección norte ajustando su trazado a la cumbrera que divide las cuencas de los barrancos de la Puente (del que venimos) y de Ortiz (que cruzaremos en un rato). La pendiente se ha suavizado pero seguimos ascendiendo durante otros cuatrocientos metros, hasta llegar al Canal del Sur, que aquí está más o menos a la cota de 925 msnm. A partir de aquí, el sendero oficial sigue en dirección norte, pero nosotros nos vamos a desviar hacia el Este con la intención de llegar al PR-TF 86.3 (La Sabinita - Tamadaya). Son las diez menos diez de la mañana y este último tramo nos ha costado veinte minutos para salvar 120 metros de desnivel en unos seiscientos de longitud. Descansamos un momento junto al Canal disfrutando de las vistas..
 
 
El Canal del Sur fue, junto con la carretera general, la gran obra de infraestructura pública (pero privada) que en los primeros años de la posguerra permitió la integración económica del Sur de la Isla. Como cuenta Wladimiro Rodríguez Brito, hasta los años cuarenta el Sur terminaba en Güímar; el resto eran pequeños oasis unidos por barco o por Las Cañadas al resto de la isla. Desde principios del siglo XX se habían planteado proyectos para poner en cultivo la banda meridional, pero no llegaron a fructificar. A principios de los cuarenta, los grandes propietarios locales en alianza con la burguesía agrocomercial tinerfeña organizan la entidad Aguas del Sur S.A. y consiguen el entusiasta apoyo del Jefe Provincial del Movimiento, lo que facilitaría una muy importante e imprescindible ayuda inversora del Estado. El proyecto, elaborado en 1942 por el ingeniero Juan Amigó de Lara, definió un trazado que parte del barranco de Chifira en el municipio de Fasnia a una cota de 1.100 metros y termina en el barranco de Fañabé en el municipio de Adeje a 400 metros, desarrollando un recorrido total de 73,5 Km. Estamos en el que fue el tercer tramo del proyecto (entre los barrancos de Tamadaya, al que nos acercaremos, y el del Río, límite entre Arico y Granadilla) pero que, curiosamente, fue el primero en acabarse –a principios de 1944– pese a ser uno de los más complicados de ejecutar debido a lo accidentado del terreno. Las obras se alargaron durante ocho años, terminando con la puesta en servicio de los dos primeros tramos justo a tiempo de la visita de Franco a Canarias en octubre de 1950.
 
 
Hemos de continuar un poco a la aventura porque hemos dejado el sendero. Intuimos que algo más abajo hay una senda que va en la dirección que queremos, pero las obras del Canal se levantan aquí sobre un terraplén de unos cinco metros de altura. Jorge asciende un trecho y camina entre los pinos hasta encontrar una bajada practicable. Yo me decido a caminar sobre el canal, lo que me obliga a ir muy despacio y en precario equilibrio hasta superar los ochenta metros: no lo recomiendo. Bajada la ladera encontramos en efecto un sendero perfectamente trazado y delimitado en sus márgenes que, entre pinos, va descendiendo con muy suave pendiente hasta el cauce del barranco del Canalizo. Poco antes de llegar a éste encontramos a la izquierda una cueva horadad en la tosca perfectamente acondicionada y trancada con su correspondiente candado. Luego, cruzado el barranco, ascendemos la otra ladera por lo que ya es una pista apta para el tránsito de vehículos (al menos de todoterrenos) y que, cuando acaba en su confluencia con otra más ancha de tierra, descubrimos que es privada y está cerrada (arriba, no abajo) por una barrera con el consiguiente cartel de prohibido el paso. Estamos en un paraje denominado Huerta de los Regalado, topónimo que imagino que alude a los dueños del lugar, porque descubro que Regalado es un apellido de cierta presencia en el Sur (de hecho, el actual alcalde del vecino municipio de Granadilla así se apellida). Desde la parada en el Canal, bajando y subiendo las laderas del barranco del Canalizo, hemos recorrido setecientos metros en veinte minutos. Son las diez y cuarto.
 
 
Caminamos en dirección Sur algo más de seiscientos metros por esta nueva pista, que va por el lomo que separa los barrancos de Ortiz (el que cruzamos más arriba con el nombre de Canalizo) y del Garabato. Luego giramos a la izquierda por otra pista que, con bajada y subida, cruza el barranco del Garabato, en un ensanchamiento del cauce que está abancalado con huertas hoy abandonadas. Una vez arriba, volvemos a girar hacia la izquierda y atravesamos una propiedad privada, con una edificación sin acabar (muros en bloque sin revestir) y preciosos bancales con muros de tosca. Salimos de nuevo a una pista en dirección sur cuyo trazado enseguida forma un meandro para salvar los más de 40 metros de desnivel. Desde ahí, mirando hacia el mar, se abre un panorama grandioso, mancillado por las enormes torres de la línea de alta tensión que viene del polígono industrial de Granadilla, en la costa (y cuya instalación tanta polémica generó en su día) Tras dar la curva, recuperamos la alineación de la pista seguimos por ella durante unos trescientos metros, donde gira en curva hacia la izquierda; sin embargo, seguimos recto y bajamos a través de un bosquecillo de pinos para salir a una carretera local que viene desde La Sabinita. Las once.
 
 
En este tramo de la carretera en dirección hacia La Sabinita hay algunas edificaciones pero, sobre todo, varios estanques excavados en la tosca, alguno incluso con varios patos; el paisaje sigue siendo maravilloso, pero la presencia humana se encarga de ensuciarlo acumulando escombros. Pasados unos quinientos de descenso confluimos con el sendero PR-TF 86.3, que viene subiendo desde La Sabinita y en este punto gira al Norte hacia el barranco de Tasagaya. Justo en ese cruce, al lado de una enorme excavación (pareciera que pretendieron hacer un estanque que no llegaron a acabar), nos sentamos un rato a comernos los bocadillos. El sendero tiene firme asfaltado y un trazado recto (contra pendiente) en los primeros metros, pero luego gira hacia la izquierda para descender por la ladera. Hay una construcción algo más adelante, pero antes de llegar hasta ella, el sendero vuelve a curvarse y a empinarse para bajar hasta el cauce de un barranquillo cuyo nombre, si lo tiene, no he logrado averiguar (estamos a 633 metros de altitud). Luego viene la subida del barranquillo, un tramo corto con el sendero escalonado en la tosca entre rocas y muros de bancales abandonados. A continuación, el camino se orienta hacia el norte y se convierte en una estrecha senda que discurre, en suave descenso, por la ladera del barranco de Tasagaya. Este tramo, de algo más de medio kilómetro, me pareció el más espectacular de la ruta de hoy. El amplio barranco nos enfrenta la majestuosidad rocosa de su otra ladera y me hace sentir dentro de un entorno propio, bello y silencioso, aislado del mundo aunque, hacia el fondo, se deje ver el territorio costero con los signos de la actividad humana. Delante, un acueducto del Canal Intermedio (otra de las infraestructuras hidráulicas importantes del Sur) que cruza el barranco desde una caseta situada en la margen opuesta. El recorrido hay que hacerlo despacio, en parte debido a que las lluvias han dejado el suelo resbaloso y hay que fijarse bien dónde se pisa; pero sobre todo porque merece la pena disfrutar de la maravilla de paisaje que nos acompaña.
 
 
Los últimos metros de este tramo son un breve descenso sinuoso y empinado que desemboca en otro sendero paralelo que va por la misma ladera pero cuarenta metros más abajo. Ahí encontramos un poste indicador que nos señala que el PR-TF 86.3 sigue hacia la izquierda para cruzar el barranco de Tasagaya y acabar poco después en la Era de los Borges, en la otra vertiente. Apenas hay quinientos metros de distancia y ahora me arrepiento de no haber seguido hasta allí (aunque habría que haber ido y vuelto por el mismo camino); pero la ruta circular planificada nos obligaba a seguir hacia la derecha. Este camino esta entre sendero amplio y pista estrecha y por el mismo, con precaución, se puede circular en todoterreno (huellas de neumático así lo atestiguan). Caminamos en dirección Sur, paralelos –como ya he dicho– al cauce de Tasagaya hasta que bordeamos el risco Cho Alfonso y pasamos a la ladera de un barranquillo menor (el mismo que habíamos cruzado aguas arriba cuarenta minutos antes). La longitud de la pista es más o menos de un kilómetro y desemboca en la carretera local que sale desde La Sabinita (la misma por la que antes veníamos), casi al lado del pueblo que vemos desde arriba. Son las doce.
 

 
Hemos cubierto ya dos tercios de la ruta, los dos más hermosos porque discurrían por áreas no pobladas. Los poco más de cuatro kilómetros que nos quedan van a pasar por dos núcleos de población (La Sabinita y Teguedita)  unidos por la carretera general del Sur. Entramos al primero de estos pueblos por la calle de las Paredes y luego, al llegar a la ermita de Nuestra Señora de la Cruz (que parece un descuidado cuarto de aperos con tejado a dos aguas), giramos a la izquierda por la del Castillo para salir a la plaza, una explanada desangelada de obra reciente a la que da frente la edificación de las antiguas escuelas unitarias, de los primeros años del pasado siglo. Doblamos a la derecha por la calle del Portillo y luego por Silvestre Marrero hasta el final, donde se erige un calvario (estación del Vía Crucis) blanco con cruces verdes que puede considerarse el final o inicio del casco. De ahí seguimos cuesta abajo (giro a la izquierda) por la calle Polegre, una pista asfaltada que, tras novecientos metros de recorrido por un paisaje sin demasiado interés, desemboca en la Carretera General del Sur (TF-28).
 

Esta carretera fue, sin duda, la gran infraestructura necesaria para la integración social y económica del lejano Sur; la historia de su construcción revela elocuentemente cuan largo y dificultoso fue ese proceso. Hacia mediados del siglo XIX se elabora un primer proyecto desde Santa Cruz a Guía de Isora, en cuya memoria se insiste en la importancia y necesidad de la obra. Sin embargo, entrado ya el siglo XX la carretera solo llegaba hasta Fasnia, lo que al menos permitió la incorporación de la agricultura del Valle de Güímar a la economía exportadora insular. Luego, durante varias décadas, parece abandonarse el ideal del anillo (por el Norte la carretera llegaba hasta Buenavista) y se ejecutan carreteras locales de conexión "vertical" entre los pueblos de medianía y los respectivos puertos. Los productos agrícolas se bajaban a la costa y desde ahí se transportaban por mar hasta Santa Cruz; de hecho, desde finales del XIX se va consolidando una línea de cabotaje a modo de tren de cercanías: Santa Cruz - Abona (El Porís) - El Médano - Los Abrigos - Los Cristianos - Puertito de Adeje - Playa San Juan y de ahí a La Gomera para hacer el recorrido a la inversa. Durante la República la carretera se prolongó hasta Granadilla y en los primeros años del franquismo, antes incluso de acabar la Guerra Civil, se reanudan las obras que no se acabarán hasta los años sesenta. ¡Casi cien años de ejecución!  Y ya desde hace mucho, a medida que se fue haciendo y prolongando la autopista del Sur, esta carretera ha quedado relegada al tráfico de conexión entre los pueblos cercanos de medianía. Su trazado, sobre todo en esta vertiente Sureste, es un sinfín de curvas que obliga a una conducción pausada, incompatible con los estándares actuales. A cambio, quienes la transitan disfrutan de un paisaje maravilloso.
 
Son más o menos las doce y media cuando salimos a la TF-28, a un tramo que discurre por la ladera del barranco de Polegre. Por esa misma ladera, unos veinte metros más abajo, va el Canal del Estado de modo que ya hemos visto las tres principales infraestructuras hidráulicas de esta parte de la Isla. Cuando la carretera traza una curva cerrada para cruzar el barranco,  desde el puente admiramos el cauce encajado entre paredes rocosas y el acueducto del canal. Nada más acabar la curva, salimos de la carretera por una calle cuesta arriba llamada de La Vera que articula un pequeño caserío que supongo que se considera parte de Teguedite. Giramos a la izquierda y avanzamos en dirección Sur atravesando una hoya (bajada y subida) que probablemente fuera privada. Estamos ahora casi junto a la carretera del Sur, pero unos seis metros por encima. Seguimos paralelos a ella por un camino de tierra parcialmente empedrado que desemboca en la Iglesia de San Isidro (carente de interés) y donde se inicia la calle Los Gavilanes. Unos metros más adelante está la Casa de la Juventud de Teguesite, edificio proyectado a finales de los ochenta por un amigo mío, con una marcada voluntad de integración paisajística: volumen cúbico a la escala y proporciones de la arquitectura del entorno, empleo de la piedra puzolánica amarilla que aporta la característica unidad cromática de la comarca, continuidad del ritmo de bancales ...  
 
 
Hacia la una salimos de este barrio de Teguesite y seguimos por la misma calle que se ha convertido en una carretera estrecha y bien asfaltada que va tomando cada vez más pendiente. Justo antes de cruzar el Canal Intermedio, a mano derecha, hay un refugio de animales (Finca NaDu y amigos, se llama). Luego el paisaje ondulado de lomos y barrancos, antropizado con los preciosos bancales característicos. A los ochocientos metros desde el final del caserío, la carretera gira casi noventa grados hacia la izquierda y acentua todavía más su pendiente. Es ya el último tramo de la etapa, los últimos trescientos metros en cuesta que se hacen duros con doce kilómetros y medio de sube-baja en las piernas. A la una y veinte hemos cerrado el circuito. Nuestra llegada nos la festeja un schnauzer gigante que, aunque tiene collar, parece abandonado. Toco en la casa que hay en la esquina y una chica me tranquiliza asegurándome que el perro es de unos vecinos. Cada uno a su coche y a su casa y hasta la próxima etapa que ojalá sea tan bonita como esta.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Camino Viejo de Candelaria (tramos 5 al 12)

Varias décadas antes de la conquista de Tenerife apareció en la desembocadura del barranco de Chimisay (actual playa del Socorro, en Güímar) una talla gótica de la Virgen con el Niño sujeto con el brazo derecho y un trozo de vela en la mano izquierda. La leyenda de los dos pastores guanches que la descubrieron, del traslado de la imagen a la residencia del mencey Acaymo y finalmente a la cueva de Achbinico, muy cerca de la actual Basílica es sobradamente conocida. Lo cierto es que el propio Adelantado, en 1497, peregrinó desde La Laguna hasta esa cueva guanche para venerar a la virgen de la candela. La ruta que siguió, según parece, ya era transitada por los aborígenes y los castellanos lo que hicieron fue adoptarla y mejorarla (empedrarla, por ejemplo), convirtiéndolo en la ruta principal desde la capital de la Isla hacia el Sur. Es pues uno de los caminos históricos de Tenerife y su importancia por fin en 2012 motivó a las administraciones a afrontar un proyecto de recuperación integral que pretende no solo la rehabilitación física sino también la dinamización social y puesta en valor de este sendero (iniciativa digna de aplauso, desde luego, aunque me parece que no se esta abordando con los suficientes medios y energía; en todo caso, se ha hecho una muy recomendable página web sobre el camino).
 
El camino empieza en el Centro Histórico de La Laguna, en cualquiera de los inmuebles religiosos importantes, como la iglesia de La Concepción o el ex-convento de Santo Domingo –lugares donde se acogía a la Virgen de Candelaria cuando se trasladaba a la ciudad– pero también la iglesia de San Agustín o la Catedral. Del casco lagunero se cruza la autopista por el puente del Coromoto y se toma el camino de San Francisco de Paula, actual carretera insular TF-265 (este tramo ya lo caminamos hace menos de un mes en la primera etapa del Camino de la Cañada Verde). Sigue San Francisco de Paula en toda su longitd hasta Llano del Moro y, a partir de ahi, por su prolongación que es la calle del Convento, hasta cruzar tres cauces que al confluir marcan el inicio del barranco Tamaragua que es el límite con el municipio de El Rosario. Esa es la parte alta del caserío disperso articulado por la calle de Los Toscales y, al final del mismo, hay una edificación denominada la Casa del Pino, a partir de la cual empieza el tramo quinto del camino y que decidimos que fuera el inicio de nuestra ruta de hoy (la parte anterior del camino no tiene casi atractivo).

 
Recogí a Jorge, Clara y Álvaro en Candelaria y retrocedimos por la autopista hasta la salida del Chorrillo, la que cruza la TF-1 formando una curva que es casi un semicírculo (trazado inicial de la proyectada, muy discutida y veremos si algún día ejecutada autopista exterior del área metropolitana). Subimos por la carretera del Tablero hasta su final; luego por la calle Capuchina, prolongación de la anterior y encajonada entre edificaciones; al llegar a una hornacina religiosa doblamos a la izquierda por la calle Crisantemo, una pista asfaltada muy estrecha (no se cruzan dos coches) y que pronto se vuelve sinuosa para cruzar el barranco de Tamaragua y entrar en El Rosario. Al salir del barranco doblamos hacia la derecha por la calle Los Toscales que en unos setecientos metros desemboca en el camino de Candelaria, muy cerquita del comienzo de nuestra ruta. Aparcamos el coche junto a un camino transversal y a escasos metros más adelante nos encontramos el cartel que anuncia el inicio del tramo 5 que va de Los Toscales (donde estamos) hasta Machado. También nos dice que está declarado BIC, al igual que los siguientes cuatro tramos. Empezamos la caminata doblando a la derecha por una pequeña bajada junto a la edificación que se supone es la Casa del Pino (no sé el porqué del nombre ni la historia de este inmueble, si es que historia hay) que en una de sus paredes alguien ha pintado –con no excesiva pericia– la imagen de la Morenita. Son las nueve menos veinte y el cielo está encapotado.

 
El camino está empedrado y en bastante buen estado. Descendemos con una pendiente suave pasa cruzar en barranco de Somedo y nada más pasarlo viene el de Toriño o de los Valentines. Junto al cauce de este último discurre hacia arriba un camino que lleva hasta el bosque de La Esperanza; algún día habremos de recorrerlo. El paisaje es precioso, reverdecido por las lluvias recientes. Ligero ascenso y llegamos a la carretera que va a Machado (TF-274). Cruzada la carretera el camino pasa a ser una pista asfaltada que atraviesa casi a nivel una ladera no muy empinada y aterrazada, aunque la mayor parte de los bancales ya no se cultivan y están siendo colonizados por las yerbas y matorrales silvestres. Tras unos trescientos metros de asfalto (hasta llegar a una edificación de buen tamaño)  el camino vuelve a ser de tierra. Enseguida cruza la parte final del camino del Agua –flanqueado algo más abajo por unas cuantas viviendas– y sigue unos novecientos metros, con ligeras subidas y bajadas, hasta llegar a la Ermita de el Rosario, en la parte alta del núcleo de Machado. 
 
 
Pocos metros antes, hay una desviación a la derecha que es el acceso a la llamada Casa del Pirata, en la que cuenta la leyenda que vivió el famoso corsario tinerfeño Amaro Pargo; pero no lo sabíamos y no nos acercamos a verla. En todo caso, según he podido enterarme curioseando en la Red, ya solo quedan ruinas de lo que fue una casona rural de grandes dimensiones con varios volúmenes –muros de piedra y cubierta de madera y tejas– organizados en torno a un patio central. En uno de los cuerpos orientados al mar se disponía la habitación de mayor calidad, con artesonados semejantes a los de la vecina ermita y un gran ventanal desde el que se domina toda la bahía y de la que, según cuentan, el Pirata oteaba los barcos que aparecían por el horizonte. El inmueble fue declarado Bien de Interés Cultural en 2003 (en la misma resolución se declaraba también la ermita). Durante varios años el Cabildo se planteó adquirirlo pero parece que finalmente lo compró un conocido periodista local. Una pena, porque habría estado muy bien rehabilitar la edificación y destinarla a algún uso público vinculado al Camino. [El video que encabeza este párrafo es una panorámica de la Casa del Pirata tomada con dron en febrero de 2016; lo he descargado de https://www.youtube.com/watch?v=B9beRDhSC_8].

 
Por donde sí pasamos –y nos detuvimos unos minutitos– fue por la ermita de El Rosario. Es una de las más antiguas de la Isla y se construyó (se cree que en la tercera década del XVI) vinculada al Camino, para servir de parada y refugio, lo que explica su sobrenombre de Ermita del Descanso. La primitiva ermita, de planta cuadrada, se corresponde con el actual prebisterio, una capilla separada del resto de la nave por un arco de madera y un escalón que da acceso al altar mayor. Las fachadas son paredes encaladas de blanco, con contrafuertes y las cubiertas a cuatro aguas con teja. La iglesia cuenta con una plaza en su fachada Sur que es un magnífico mirador hacia el paisaje: laderas de vegetación natural, cultivos, urbanizaciones y el océano inmenso de fondo. Estamos al final del barrio de Machado –cuyo origen, probablemente, se relacionará con la propia ermita– y también en el punto final del quinto tramo del Camino Viejo. A las 9:30 retomamos la marcha.

El sexto tramo, empedrado y también declarado BIC, va en descenso desde los 490 metros hasta los 390 metros al cruzar el barranco de las Siete Fuentes (en una longitud de 800 metros; es decir, pendiente media del 12,5% con tramos puntuales bastante empinados). Desde el principio tenemos a la vista el pueblo de Barranco Hondo (final del tramo) y tras él, la montaña del Picacho, avanzadilla de las estribaciones que vienen desde la Dorsal; el paisaje –no me importa repetirme– es magnífico. A mano derecha, en el paraje denominado la Asomadita, nos encontramos con una era perfectamente definida y conservada que es, a su vez, un balcón hacia el mar. Otro elemento omnipresente durante este tramo es un canal que discurre por la cota 400 y que cruzaremos poco antes de llegar al barranco de las Siete Fuentes. Cien metros más arriba discurre el de Araya, que lleva aguas de las galerías de Güímar a Santa Cruz (éste lo cruzamos al principio del tramo, junto a la ermita).

La última parte de este tramo (unos 600 metros) discurre más o menos llana hasta que gira hacia la derecha convirtiéndose en una pista asfaltada que sube por el pequeño asentamiento de La Camellera, en el lado Norte del Barranco Hondo que delimita los términos de El Rosario y Candelaria. La pista traza una curva cerrada para salvar el barranco, pero la ruta sigue por una estrecha bajada hacia el cauce, muy poco visible y que es fácil pasarse (de hecho, en la etapa 39 de la vuelta a la Isla que acabó en la parte final de La Camellera y discurrió casi toda por el Camino Viejo, no supimos encontrar este cruce del barranco). El sendero, que conserva bastante del empedrado, está muy colonizado por la vegetación pero no es de difícil tránsito ni tampoco la bajada y la subida son cuestas demasiado empinadas. Al llegar arriba estamos en el pueblo de Barranco Hondo (el mismo nombre que el del barranco), ya en el municipio de Candelaria y donde acaba este sexto tramo. Avanzamos por la calle Felipe Cruz y, dejando a la izquierda lo que debió ser el embrión originario de esta población que se remonta al siglo XVI (el eje de la calle Albarianes, entre los barrancos Hondo y de Chagoigo), llegamos enseguida a la plaza principal, donde se erige la iglesia de San José, de mediados del XIX. Aquí nos detenemos para descansar un rato y comer los bocatas. Son las diez y veinte.
 
El séptimo tramo, muy breve, de apenas un kilómetro, es simplemente el recorrido por Barranco Hondo siguiendo por el eje formado por las calles La Calzadilla, La Capilla, Cruz de los Cantos y La Angostura, que nos deja ante la pared del campo de fútbol del pueblo. Calles asfaltadas en pendiente descendente y nada que merezca la pena reseñar.

El octavo tramo tiene una longitud de algo más de dos kilómetros y, hasta poco antes de acabar, discurre con trazado serpenteante y de poca pendiente por encima de las estribaciones de la ladera de Chafa, límite de la formación geológica del Valle de Güímar. En ese recorrido se van cruzando varios barrancos pero sin apenas desnivel (Cueva de la Campana, la Gotera, el Bocho, Gurruncho, de los Porqueros y Chajarche). La parte final es un descenso no muy pronunciado para entrar en Igueste, asentamiento encajonado entre dos laderas que ya puede considerarse dentro del Valle de Güímar. El sendero –que en este tramo también está declarado BIC– es de tierra bien apisonada con restos bastantes de empedrado y, durante varios tramos, muro de piedra seca en sus bordes. Al discurrir en sentido Suroeste por encima de la ladera, se abren unas vistas magníficas sobre la costa, con toda la cornurbación Caletillas-Candelaria y al fondo la silueta inconfundible de la Montaña Grande de Güímar. Hay que referirse también a los canales de agua que atraviesan esta ladera a distintos niveles (el de Araya, el de Güímar y algún otro) y que cruzamos en varios puntos. 
 
Junto a este tramo, en el lomo triangular delimitado entre los barrancos de los Porqueros y de Chajarche, se localiza el antiguo caserío de Pasacola, del que ya solo quedan ruinas. El acceso, un sendero que desciende entre bancales, está señalizado pero no bajamos porque ya lo habíamos hecho en 2019 en la etapa 39 de la vuelta a la Isla. De todos modos, al margen de su interés histórico, en la actualidad son solo ruinas, restos escasos de muros de piedra; lo único bien conservado es una era situada en el extremo inferior. Según he curioseado por ahí, este caserío, en el que no llegaron a vivir más de trece familias, tiene su origen probablemente en la primera mitad del XIX y empezó a deshabitarse a principios del XX para quedar vacío en 1921; así que ni es muy antiguo ni tuvo larga vida. Obviamente, sus vecinos se dedicaron a la agricultura en los bancales junto a los que construyeron sus viviendas. En fin, otro ejemplo de los muchos que muestran la intensidad del aprovechamiento humano del territorio tinerfeño, a pesar de su difícil orografía.
 
 
Hacia las doce menos cuarto entramos en el pueblo de Igueste de Candelaria (el último tramo, a partir del cruce del canal de Araya, es una pista asfaltada). Este pueblo, de topónimo aborígen, es el asentamiento más antiguo del municipio ya que consta que, tras la aparición de la Virgen y su traslado a la cueva de Achbinico, Acaymo cedió para la veneración de la imagen un rebaño de 600 cabras que pastaban en este Valle a cargo de los que fueron sus primeros pobladores. Accedemos por la parte alta del núcleo, llamada La Sabinita-La Jimenez, que es la más antigua y conforma un caserío muy agradable con buenos ejemplos de arquitectura tradicional canaria. Bajamos por la calle de La Estila que confluye en la del Reverendo Padre Simón Higuera (cura del pueblo que, a finales del XIX, se vio involucrado en una revuelta de los vecinos contra dos guardiaciviles, lo que le costó cuatro años de encierro en el penal de San Miguel) y ésta remata en la Iglesia de la Santísima Trinidad, construida como ermita en el XVIII y ampliada durante el XIX hasta su estado actual. Seguimos bajando, ya en la zona de Ajoreña, la parte más moderna del pueblo (y de menor interés), siguiendo la calle de Antonio García Pérez, Plaza de Dimas Coello (pintor y poeta nacido aquí en 1935) y camino Los Revolcaderos que llega hasta el barranco de Añaco que delimita Igueste por el Oeste. Ahí acaba el pueblo y el tramo 9 del Camino Viejo.
 

El décimo tramo, también declarado BIC, es muy corto, no llega a cuatrocientos metros. Baja unos 30 metros hasta el cauce del barranco de Afirama y luego sigue casi a nivel hasta enlazar con el camino de la Cruz Colorada. El firme mantiene bastante del empedrado antiguo y en gran parte de su longitud está delimitado por muros de piedra seca; buen estado de conservación y fácil de transitar. Al cruzar el barranco se pasa frente a la gran Cueva de Añaco, lugar de habitación aborígen pero en la que ya no quedan vestigios arqueológicos pero ello no obsta para que los estratos pétreos de la cavidad, muestrario de texturas y colores, sean de gran belleza.
 
El siguiente tramo, el undécimo, presenta mucho menor interés paisajístico o patrrimonial. Los primeros 560 metros discurren por el camino Cruz Colorada, una pista asfaltada que desciende entre campos de cultivo en su mayor parte abandonados y viviendas de dos y tres plantas y muy baja calidad arquitectónica que forman el asentamiento del mismo nombre. Al llegar a la Carretera General del Sur la ruta mantiene la dirección Sur, pero ahora es un sendero de tierra que a lo largo de unos 700 metros atraviesa un territorio muy degradado (movimientos de tierra, escombros). El camino acaba en la exquina de Brilladol, una urbanización de chalets. Estamos junto a la TF-1 y lo lógico sería seguir por su margen superior (entre la urbanización y la autopista) hasta poder cruzarla; pero, a pesar de que se ve un sendero que sigue por allí, el paso está cerrado por una valla, imagino que de forma provisional (quizá por morivos de seguridad) y que en el futuro será abierto. De modo que hemos de subir por la calle del Drago, girar a la izquierda por la de la Tabaiba y volver a bajar por la del Pinar y, después de caminar 330 metros, llegar a un punto a solo 70 metros de donde estábamos.
 
Desde ese punto, la ruta "oficial" sigue pegada al trazado de la autopista hasta llegar al túnel que la cruza por debajo y sale a la calle Batayola, ya en el núcleo urbano de Candelaria. Sin embargo, a pesar de la taxativa prohibición, decidimos cruzar la TF-1 por el puente inacabado que está justo al final de la calle del Pinar de Brillasol. El final de la plataforma queda a unos dos metros del terreno, lo que nos obligó a un salto no exento de algún riesgo; para conmemorar tan atrevida e ilegal hazaña tomé la fotografía de mis compañeros de aventura. Seguimos bajando en diagonal a través de terrenos eriales (se trata de un sector de suelo urbanizable que no ha sido desarrollado) hasta llegar a la Rambla de los Menceyes, avenida principal de este ensanche de Candelaria, donde recuperamos la ruta. A partir de la glorieta que remata la rambla, bajamos por las calles de Triquivijate (un pequeño pueblo del municipio de Antigua, en Fuerteventura) y de la Piscina hasta llegar justamente a la Piscina Municipal, ya en primera línea de costa. Seguimos pegados al mar por la calle de la Piscina (playita de arena negra en la trasera del muelle con gente bañándose a final del año) y luego por la avenida de la Constitución (el pequeño puerto pesquero y deportivo) hasta llegar al aparcamiento enfrente del Ayuntamiento que era donde Jorge había dejado su coche. En rigor tendríamos que haber avanzado unos cuatrocientos metros más para acabar en la Basílica, o incluso haber seguido otros doscientos sesenta por el paseo de San Blas hasta la antigua cueva de Achbinico. Pero todo eso ya lo habíamos caminado, en sentido contrario, en nuestra vuelta a la Isla y, además, estábamos ya algo cansados. Era la una y media; en el coche de Jorge fuimos a recoger el mío y fin de la etapa de hoy.

domingo, 20 de diciembre de 2020

La Cañada Verde 3: De Las Canteras a la Plaza del Adelantado

Esta vez somos cuatro; además de Álvaro viene Clara, la hija de Jorge, residente en Berlín que ha venido a la Isla a pasar Navidad. A esta hora temprana, el día está freco y húmedo, pero confíamos en que no nos llueva. Vamos en mi coche de la plaza del Adelantado a Las Canteras. Unos minutos pasadas las ocho empezamos a subir la cuesta del Camino de la Cañada de Arriba. Este eje, que luego pasa a denominarse Camino La Degollada, no discurre exactamente por la cumbrera que es linde municipal entre La Laguna y Tegueste, pero lo hace muy cerca, por la vertiente lagunera, ofreciendo unas vistas espléndidas de la Vega de las Mercedes, una vez que se supera el primer tramo que va encajonado entre edificaciones de nulo interés. Tardamos casi media hora en recorrer el kilómetro y medio asfaltado y ascender desde 594 a 721 msnm (salvo al principio, la pendiente es muy llevadera).  La pista asfaltada acaba contra una montaña y se convierte en un camino que parece bordearla por la izquierda. En principio, sin consultar el GPS, comienzo a caminar, pero una mujer que estaba en la última casa nos advierte que por ahí no era. Luego comprobaría que ese sendero pasa a la otra vertiente y llega al barranco de la Mina y no sé si por él se podrá seguir hasta Pedro Álvarez. Pero, en efecto, la ruta correcta no era esa sino subir directamente la montaña por un sendero empedrado, no tan obvio a primera vista como el otro, pero mucho más bonito. Con una pendiente del 20%, en algo menos de doscientos metros llegamos al punto alto desde donde el sendero gira noventa grados hacia el sureste para bajar al núcleo de Las Mercedes.
 
 
En la parte alta de la montaña un cartel informa que estamos en una cañada y que el acceso no es apto para el tránsito (¿de qué o quiénes?). Son unos cuatrocientos metros de descenso, de los cuales la primera mitad es un sendero bien definido que discurre por un bosquecillo. Pero, cuando se sale de éste, el recorrido se complica: el sendero prácticamente desapareceinvadido por la vegetación (tuneras, sobre todo) y aumenta la pendiente, lo que obliga a ir despacio estudiando muy bien cada paso. La ruta que llevo en el móvil tiene un trazado demasiado recto (contra pendiente) del cual nos desviamos para reducir riesgos de caída. La parte peor es el final, cuando el sendero (si es que merece ese nombre) desemboca junto a una vivienda: es una rampa rocosa que en muy poca distancia baja seis metros. Una vez abajo, salimos enseguida a la carretera principal de entrada a Anaga. Son las nueve y veinte: subir y bajar la montañanos ha llevado cincuenta minutos, demasiado tiempo para la distancia cubierta (unos 600 metros); si se quiere convertir este tramo en un sendero homologado es necesario mejorar su trazado y el firme, especialmente en la parte final.
 
 
Cruzamos la carretera y seguimos por Santa María de la Cabeza hasta Olof Palme y luego por el camino de la Timplina que, a partir de la confluencia con la calle del Párroco Hipólito Jorge Dorta, dobla hacia el Este y empieza a trepar la ladera del Lomo Llarena. El asfalto se acaba en la última casa y se convierte en un sendero de tierra, piedras y yerba que nos lleva hasta el pico del Gamonal, a 750 metros de altitud (hemos subido unos 100 metros en poco más de 400). A partir de ahí, la Cañada (en este tramo llamada de la Timplina) discurre en sentido noreste por la vertiente que se abre a Jardina. El paisaje es magnífico, con la imponente presencia de las montañas verdes y al Sur la planicie de la Vega. El sendero –de tierra y yerba– está bien marcado y es de fácil tránsito. Desde la cumbre del Gamonal el panorama es magnífico. De nuevo en marcha, al poco rato escuchamos los balidos de un rebaño de ovejas que va por el mismo camino por delante de nosotros. Aunque no vamos deprisa no tardamos en alcanzarlas y, siguiendo las indicaciones del pastor, las pasamos desviándonos ligeramente hacia la derecha. Este camino, que enseguida descubriremos que no es la cañada, hace un pronunciado meandro y sale a otro principal (el que sí es la Cañada). Allí nos encontramos con un hombre que nos explica que nos hemos desviado de la cañada de la Timplina porque un particular ha cortado el paso. El paisano está indignado con ese vecino (uno que hace unos años compró los terrenos) y nos conmina a que denunciemos la apropiación indebida de un camino público de siempre. Nos hace retroceder por el tramo de la cañada por el que deberíamos haber venido hasta el punto en que, efectivamente, está vallado y, al otro lado, el trazado completamente invadido por la maleza. Más tarde, en mi casa, comprobaré que el buen hombre tiene razón: en la cartografía catastral se aprecia nítidamente el tramo de camino público que ha sido privatizado (unos 125 metros).
 
 
Damos la vuelta para seguir la Cañada pero, justo al lado de la casa del hombre que nos acompañaba, descubrimos que el trazado que nos indica el GPS (en dirección Sureste) está también cerrado por una valla porque es el acceso a una vivienda. Sin embargo, parece tratarse otra vez  de una privatización indebida porque ese tramo también aparece recogido como camino público en la cartografía catastral. Así que hemos de seguir por el camino de Jardina hasta llegar a la carretera del mismo nombre y bajar hacia el pueblo; es un rodeo de unos 600 metros cuando el tramo privatizado apenas mide 160. Procuraré hablar con los compañeros de Medio Ambientea ver si toman alguna medida para recuperar el dominio público de la que debería ser una de las rutas más destacadas de la Isla. En la imagen adjunta se ven los dos tramos privatizados en color naranja (en amarillo el trayecto que realmente caminamos).
 
 
De modo que caminamos en sentido Este, con el vallado a mano derecha y la ladera a la izquierda. Al llegar a la carretera a Jardina hay un pequeño apartadero en el que hacemos un alto para comernos los bocadillos. Estamos pegados al Parque Rural de Anaga, en un punto que bien puede calificarse de encrucijada de caminos. Si siguiéramos la pista hacia arriba, enseguida giraría hacia el Oeste paralela al camino por el que hemos venido hasta desembocar en el Mirador de Jardina, una de las paradas obligadas cuando se viene de visita al Espacio Natural. Hacia el Norte y Noreste salen sendos caminos que se internan en el Parque; uno de ellos creo que es el que enlaza con la Cruz del Carmen y que tenía previsto seguir en la última etapa de nuestra Vuelta a la Isla (pero nos equivocamos y en vez de bajar por Jardina lo hicimos por Las Mercedes). Por último, la carretera hacia el Sur que será por la que retomamos la marcha después del descanso y de extasiarnos un rato con los espectaculares panoramas: hacia el Norte, la ladera boscosa de Anaga; hacia el Suroeste, Jardina y la Vega; hacia el Sureste, el valle de Tahodio con el puerto de Santa Cruz al fondo.  Las once de la mañana.
 
Bajamos unos cuatrocientos metros por la carretera de Jardina y nos desvíamos hacia la izquierda al llegar a las primeras casas del pueblo. Es el inicio de la ruta que hicimos el pasado 14 de noviembre, siguiendo el barranco de Tahodio hasta Santa Cruz. Pero hoy, antes de coger la segunda curva, dejamos ese camino para tomar una estrecha senda en dirección Sur. En sus primeros quinientos metros, el sendero discurre bordeando Jardina por el Este, en la vertiente que mira hacia Santa Cruz; quizá debería buscarse un trazado más pegado al pueblo, ajustado a la cumbrera que divide las dos laderas. De hecho, tras pasar junto a una vivienda, la senda continúa más o menos por la divisoria durante los siguientes cuatrocientos metros, hasta llegar al pico de Cuevas Blancas que bordea por su falda Oeste, del lado de La Laguna. En todo caso –y sé que estoy siendo repetitivo– los veinte caminos que lleva este tramo son deliciosos, con unas vistas magníficas, sobre todo hacia el lado de Santa Cruz.

 
Estamos en un terreno de pastos, tapizado de mullido verde, húmedo de las recientes lluvias. Pero justo al llegar a la falda de Cuevas Blancas, a la derecha del camino que se ensancha y afirma para permitir el tránsito de vehículos, hay una cuidada plantación de olivos. El sendero sigue subiendo hasta llegar a la cima de Lomo Alto. A partir de ahí, durante los dos siguientes kilómetros (hasta pasar el asentamiento de Lomo Largo) el sendero de tierra, bien definido y en buen estado, discurre casi por la cumbrera (por la vertiente que cae a la Laguna). Pasamos por el bosquecillo del Pico Gonzalianes (otro sendero subre hasta la cima) y luego desscenso suave hasta que el sendero de tierra se convierte en el asfalto de la calle El Laurel, el eje principal (y casi único) de Lomo Largo. Al final del asentamiento, si nos hubiéramos desviado a la izquierda, tomaríamos un camino que lleva a la Charca de Tabares y desde ahí podríamos seguir la ruta de los Valles hasta entrar en Santa Cruz por los Campitos. Pero eso será otro día porque hoy continuamos hacia el Sur para trepar hasta la cima de la Gallardina.

Al final de Lomo Largo hay que coger por la pista que sale entre el camino a Tabares y el que va al Bronco y luego al casco de La Laguna. Avanzamos unos pocos metros por el asfalto pero enseguida hay que trrepar la ladera de La Gallardina, uno de los promontorios más llamativos de los que cierran la Vega lagunera por el Este. Son cien metros de desnivel (de la cota 630 a la 730) en unos 450 de longitud, una pendiente (poco más del 20% de media) aceptable, aunque hay algunos pasos algo complicados. Desde luego, mucho más difícil tiene que ser hacer este tramo de bajada, que era como iba una parejita joven, para colmo de imprudencia sin bastones y con un bebé en brazos. La madre estaba acojonada (con razón), casi paralizada en uno de los tramos más difíciles. Les pasamos los bastones y les ayudamos a salvar esa parte del descenso; supongo que llegarían bien a destino aunque imagino que esa noche el chaval (que era el promotor del paseo) dormiría en el sofá. Una vez en la cima de La Gallardina se domina un magnífico panorama de 360º, valgan como ejemplos las dos siguientes fotos: la primera hacia el Suroetse, con la montaña de San Roque y la ciudad en primer plano y detrás el llano de Los Rodeos; la segunda hacia el Sureste, con la planicie de la Gallardina en primer término, más allá Las Mesas y al fondo la Montaña de Taco y la costa chicharrera.

 
Según la ruta que llevo grabada en el móvil, de La Gallardina hay que seguir en dirección Suroeste caminando sobre la cumbrera de la propia montaña. Sin embargo, desde donde estamos no vemos ningún sendero (o amago de tal) que vaya por allí e intentarlo nos parece un riesgo excesivo. De modo que nos dirigimos hacia el Sureste, por el tenue sendero que se aprecia en la foto anterior hasta llegar al monolito de la siguiente colina. Desde ahí vemos, bastante más abajo, un sendero que va hacia San Roque; el problema es que para llegar a él no descubrimos más opciones que zigzaguear cuesta abajo campo a través, abriéndonos paso entre los matorrales y las tuneras, a costa de pinchazos y rasguños. El ritmo es necesariamente muy lento y invertimos unos veinte minutos en este tramo de descenso hasta que alcanzamos lo que ya podemos llamar un sendero. Lo seguimos ya a paso más rápido hasta reencontrarnos en la ruta programada. En ese punto vemos, en efecto, un camino que va hacia la cumbre de la Gallardina, aunque puede que no sea más que un breve tramo; algún día habrá que explorarlo en sentido ascendente (que fue como lo hicieron los Amigos de la Cañada en mayo de 2016). En todo caso, es incuestionable que el paso por La Gallardina requiere obras de adecuación si queremos que la ruta de La Cañada sea un sendero homologable. En la imagen adjunta puede verse el rodeo que tuvimos que hacer (en naranja) frentre a la ruta prevista por la cumbrera de La Gallardina (en amarillo).
 

El sendero va ascendiendo suavemente por la ladera, pasa por el Picacho de Juan Rojas y llega a la pista militar de San Roque. En ese punto, el cansancio acumulado nos tienta para que bajemos por el tramo asfaltado que nos llevaría al Camino Las Estaciones y por él cruzar la Vía de Ronda y aparecer en el aparcamiento de Las Quinteras donde está el coche. Pero hemos venido a seguir La Cañada, así que trepamos la montaña de San Roque hasta su mesa superior y de ahí bajamos al pequeño barrio de ese  nombre. Me acerco hasta la ermita y miro desde ahí hacia La Laguna, la vista panorámica más fortografiada de la ciudad de Aguere. La que pongo aquí, sin embargo, no apunta hacia el Centro Histórico, sino al Seminario y detrás el barrio de La Verdellada. Luego ya no queda más que bajar el Camino de San Roque, cruzar la Vía de Ronda y bajar por una escalera al aparcamiento. A las 14:30 acabamos esta tercera y última etapa, la más bonita, de la ruta circular de la Cañada Verde. El balance global es sin duda muy positivo: merece mucho la pena circunvalar La Laguna siguiendo este recorrido; ahora bien, se requieren varias intervenciones de adecuación y mejora para que sea un sendero popular. Esperemos que el Cabildo asuma este reto con ganas y premura.