viernes, 12 de octubre de 2018

Etapa 14: Los Silos - Buenavista

Dejamos el coche en el aparcamiento que han habilitado entre la TF-42 y el antiguo convento de San Sebastián, en el pequeño centro histórico de Los Silos. El convento perteneció a las monjas del Císter y con dificultades pervivió con uso religioso desde su fundación a mitad del XVII hasta su desamortización en 1836. Actualmente es de titularidad municipal y es el principal centro cultural del pueblo donde, entre otros, se celebran sesiones del Festival Internacional del Cuento de Los Silos (este año será la XXIII edición). Justo enfrente del antiguo convento está la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Luz, un templo que data de finales del XVI pero no en sus actuales dimensiones ni apariencia. A principios del XX lo reformó Mariano Estanga, un arquitecto nacido en Valladolid que al poco de acabar la carrera en Madrid se desplazó a esta Isla (un hermano suyo, vinculado a la Marina, ya residía aquí). Poco después de casarse en 1910 con una Cólogan Ponte, instala su residencia en Los Silos, municipio en el que deja varias obras. Las obras que acometió en la Iglesia del pueblo supusieron profundas modificaciones: en la fachada se sobrepuso una torre central flanqueada por dos menores ligeramente retranqueadas, en un marcado estilo neogótico y toda blanca, ofreciendo una singular y llamativa imagen. En marzo del año pasado, el Ayuntamiento de Los Silos nombró hijo adoptivo al arquitecto y organizó unas jornadas sobre el personaje y su obra, a las que finalmente no pude asistir. Cruzamos la agradable plaza de la Luz con su quiosco central, a la que abre su fachada el Ayuntamiento (que, por cierto, antes fue una vivienda también proyectada por Estanga), y doblamos a la derecha por la calle del Álamo que luego pasa a llamarse calle Chica y de ésta, tras giro a la izquierda, cogemos la del Canapé, curioso nombre del camino que enlaza el casco con la Costa, hacia donde nos dirigimos.

El camino del Canapé , hoy asfaltado, es la vía tradicional que llevaba hasta la Costa. Pasado el barrio de Fátima discurre entre los muros de fincas de plataneras. Una de ellas, a unos 500 metros del pueblo, se convirtió en el estadio municipal de fútbol, donde juega el Juventud Silense, actualmente dedicado solo a la cantera. Juan Valiente fue un emigrante de Los Silos en Venezuela que, al volver a la Isla, jugó en el equipo de su pueblo y aportó sus ahorros para la construcción de este campo (habría sido deseable que se hubiera elegido una mejor ubicación y, ya puestos, los hubiesen orientado norte-sur y no este-oeste; pero no nos pongamos exigentes). A pocos metros del campo de fútbol llegamos a las primeras manzanas de la urbanización Sibora, una iniciativa surgida hacia finales de los sesenta por influencia del Puerto de la Cruz y de las expectativas (excesivas) que generaba el naciente turismo de masas. Carezco de información precisa sobre los orígenes de esta urbanización (otra investigación pendiente), de la que lo único que tengo seguro es que la bautizaron por referencia al barranco homónimo que marca su límite oriental. Una de las primeras edificaciones es el hotel Luz del Mar, un establecimiento de tamaño medio (creo que del orden de cincuenta habitaciones) propiedad de una operadora turística alemana que, por lo visto, se orienta hacia una clientela que gusta del senderismo y turismo de naturaleza. Desde luego, no estamos en una urbanización propiamente turística sino más bien residencial aunque probablemente con un porcentaje muy alto de viviendas secundarias, que se utilizan en temporada estival, supongo que en su mayoría por vecinos de la comarca. En todo caso, no pretendemos conocer la urbanización Sibora; tomamos la avenida principal y, justo antes de unos bloques de apartamentos, nos desviamos por un camino que baja hasta el barranco. Tenemos la intención de cruzarlo y seguir en dirección Este paralelos a la costa por senderos que creía haber identificado en la foto aérea. Pero no vemos ningún modo razonable de pasar, así que regresamos al viario urbano y caminamos hasta la avenida marítima y doblamos a la derecha, aunque la ruta va en sentido contrario, hacia el Oeste.

Esta avenida marítima es más una carretera litoral que enlaza San José de Sibora con La Caleta de Interián, el otro núcleo costero de Los Silos. Recuerdo que hará unos diez años, quizás alguno más, el Ayuntamiento tenía un proyecto de regeneración de este tramo del litoral que, además de la mejora y acondicionamiento de la playa, implicaba demoler esta carretera y echarla unos cuantos metros más atrás, expropiando una franja a las fincas plataneras adyacentes. El proyecto no se ejecutó –creo que fue anulado en los Tribunales– y aquí sigue esta pista asfaltada que afea el entorno y la playa casi en estado natural, preciosa pero poco aprovechable. Camino un rato por esta playa embargándome del olor a mar. Se llama Agua Dulce, parece que porque ahí desembocaba un naciente que casi vertía directamente al mar; la marea baja permite que aflore la arena negra (la parte más pegada al borde es de callaos). Hacia un extremo se ven los malhadados edificios de la urbanización Sibora; hacia el otro la mole del antiguo ingenio azucarero con su chimenea; en el centro la caseta del telégrafo. De vuelta en la carretera, llegamos enseguida a esta caseta que, aunque casi completamente reconstruida, se corresponde con la que en 1883 se construyó para recibir el amarre del cable telegráfico submarino que enlazaba Tenerife con La Palma, el primero que España ponía en el Océano Atlántico; unos años después vendría el que unía Tenerife con Cádiz. El pequeño edificio se restauró en 2001 pero parece estar cerrado y sin uso (tiene un pequeño panel donde explican la historia).

La bahía se cierra un poco más adelante, en la Punta de Daute (Daute, término guanche, es el topónimo del más occidental de los Menceyatos prehispánicos). Allí se erigió hacia 1890 el que fuera el último ingenio azucarero de la Isla por una empresa de Manchester, la Lathbury & Company. Hacia finales del XIX el cultivo de la caña de azúcar, que tan importante había sido en la economía isleña a principios del régimen colonial, era ya muy residual. No obstante, estos ingleses pensaron que todavía había margen de negocio de modo que plantaron caña en esas fincas (que habían pertenecido a la Hacienda de Daute, una de las grandes explotaciones agrarias de Tenerife que, en su época dorada había contado hasta con cuatro ingenios) y construyeron el actual edificio con maquinaria a vapor. Aguantaron dos décadas, hasta la Gran Guerra; tras ésta se abandonó definitivamente el azúcar y las tierras se dedicaron al plátano y así hasta hoy. De hecho, la nave del antiguo ingenio, bastante deteriorada, se dedica actualmente a almacén y empaquetadora de los plátanos. Pero sin duda, el elemento más relevante del complejo es la chimenea, una torre tronco-piramidal realizada en piedra molinera en sus dos tercios inferiores y en tosca amarilla en su tercio superior. Visto el ingenio, damos la vuelta y regresamos por la misma senda, enfilando ya en dirección Oeste, que es la que lleva nuestra ruta circunvaladora de la Isla.

Otra vez en la urbanización Sibora, curioseamos el edificio que seguramente sea el primero que se construyó (calculo que hacia finales de los sesenta o primeros setenta), un complejo de apartamentos de varios pisos, de planta trapezoidal con el espacio comunal central que ocupa una punta costera, terrenos que hoy serían siempre inedificables. A continuación hay un gran espacio público y luego otro edificio de apartamentos también de excesiva altura (nueve plantas). Enfrente están los antiguos hornos de cal (uno data del XIX y el otro de 1931), en los que se fabricaba este material de construcción con piedras que traían desde Fuerteventura. Funcionaron hasta los años sesenta, cuando el empleo de la cal cayó en completo desuso. Estamos en el Puertito de Los Silos que no es más que un pequeño refugio protegido por dos espigones y una rampa de varado; pese a su simplicidad, o tal vez precisamente por su causa, se configura como un rincón encantador, con unas vistas magníficas y que transmite apacibilidad. La pequeña punta costera en la que se apoya el espigón más grande está ocupada por la piscina municipal, una estupenda instalación para un pequeño municipio como es Los Silos. Luego sigue otra bahía en la que está la playa de la Corrientita (de callaos) y al finalizar ésta también lo hace la carretera asfaltada y el tramo urbanizado del paseo marítimo. El remate es una plaza abierta que mira hacia el mar en la cual se exhibe una sorprendente escultura natural: el esqueleto real de una ballena rorcual boreal, uno de los animales más grandes del planeta que en vida llegó a medir dieciséis metros y pesó unas veinte toneladas. Esta ballena fue localizada flotando muerta en aguas cercanas al Sur de Gran Canaria y trasladada a tierra para estudiar las causas de su muerte (parece que fue debida a parásitos intestinales, según la necropsia). Se decidió posteriormente recuperar y restaurar el esqueleto para su exhibición pública. No conozco porqué Los Silos consiguió quedarse con el cetáceo pero el caso es que en 2007 se empezó el ensamblaje y en agosto de 2008 se inauguró. Desde entonces, la ballena de la costa de los Silos se ha convertido en uno de los más queridos símbolos del municipio.


A partir de aquí, como ya he dicho, acaban los viarios urbanizados pero sigue una pista de tierra perfectamente transitable por vehículos y especialmente por todoterrenos que arrastran roulottes o por autocaravanas, ya que este tramo de costa se ha convertido en uno de los preferidos de la Isla para acampar, pese a que está prohibido (y advertido en varios carteles, pero se ve que no hay demasiado interés en hacer cumplir la norma). La verdad es que el ir encontrándote cada pocos metros con uno de estos vehículos aparcado frente al mar (con toldos extendidos y moquetas en el suelo) resulta bastante molesto para el caminante, máxime en un paisaje de tanta potencia visual como este campo de lavas que caen al mar recortando la costa en innumerables charcos. De éstos, el primero que nos topamos es el de la Araña, perfectamente acondicionado para el baño; contemplamos con envidia a una familia que está en el agua; son las diez y media de la mañana, el sol ya está alto y el calor es considerable (aunque subirá bastante más a lo largo de la ruta). Hasta llegar al faro de Buenavista tardamos algo más de una hora en recorrer esta curva de la costa que delimita el borde de la planicie de la Isla Baja, en torno a la Montaña de Taco, cruzada por la raya fronteriza entre Los Silos y Buenavista. La toponimia de cada entrante y saliente del muy recortado litoral –la Tablada, el Bufadero, el Clavito, Caletón del Tonolero, El Redondal, Puntilla del Bajío, Piedra del Fogal, El Chorrillo, Los Topos, Caletón de Fuche– evoca la intensa relación de los paisanos con éste y los variados y específicos usos que le han dado a lo largo de los siglos. Poco antes de llegar al faro nos encontramos con una fosa elíptica junto al camino, como si el suelo se hubiera derrumbado por la batida de las olas. A pocos pasos, otro de los muchos charcos, este vacío porque carece de acceso fácil. Con ganas de refrescarnos, descendemos cuidadosamente y descansamos un rato con las piernas dentro del agua.


Ya dentro del término de Buenavista, el municipio más occidental de la Isla, llegamos enseguida a la Punta de los Guinchos (en algunos sitios el lugar lo he visto con la denominación de Punta de la Laja) que es donde se emplaza un faro moderno (se construyó en los noventa y entró en servicio en 2005), 46 metros de altura, todo él de un rabioso blanco y un llamativo diseño (parece un sacacorchos gigantes) que hace que contraste tremendamente con la tierra negra y los azules de cielo y mar. En todo caso, guste más o menos, ha de reconocerse que este faro y el de la Punta del Hidalgo son los dos únicos de los siete que hay en Tenerife que se apartan del modelo tradicional de torre cilíndrica, con balcones en torno a la luminaria y cupulita cubriéndola. En todo caso, llegados hasta aquí, como está cerrado, nada más hay que hacer sino seguir la ruta. Seguimos pues caminando, con el acantilado a la derecha y los muros de plataneras a la izquierda, y a unos quinientos metros, sin percatarnos y probablemente atraídos por la sombra, nos desviamos del camino y entramos en un recoveco de la costa debido a un derrumbe del terreno (luego he visto que se llama Hondura de la Laja); al llegar al final no nos quedó más remedio que trepar por las rocas para recuperar la senda que discurría por la parte alta. A partir de ahí, seguimos unos mil doscientos metros más junto a la costa –paisaje similar, con algún charco adaptado para el baño como el de Los Caletones– hasta girar a la izquierda y empezar la ligera subida en dirección al casco de Buenavista.


Los primeros quinientos metros son a través de caminos apenas marcados en un terreno pedregoso poblado de matorrales. Luego alcanzamos el camino de las Ánimas, una pista asfaltada; ochocientos metros más adelante doblamos a la derecha para coger otro camino que desemboca en la calle Carracote, por la que entramos al núcleo urbano de Buenavista. De ahí por la avenida de Ulpiano Pérez Barrios hasta las ruinas del convento de San Francisco, del que solo quedan los muros perimetrales y en uno de ellos la portada con frontón triangular y el emblema de la orden mendicante. Cruzamos lo que hoy es un parque público, bajamos por la calle San Francisco, doblamos por la de la Cruz y otra vez por la Alhóndiga que nos lleva a la plaza de Los Remedios, previa parada en la pastelería el Aderno a comprar unos dulces para K, que está casi enfrente del Ayuntamiento. En la plaza unas bebidas rápidas para luego echar un repaso visual –ya estamos con ganas de dar por acabada la etapa– a la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de Los Remedios, erigida a principios del XVI aunque ha sufrido numerosas modificaciones. Luego, por la calle de la Rosa cogemos el camino de la Vega que baja al barranco de los Camellos, hoy convertido en un agradable parque urbano en el que se integran los Lavaderos, de cuando por el cauce corría el agua. Al otro lado está el barrio de Triana, llamado así justamente por sevillanos, y la plaza recientemente reformada, donde Jorge dejó aparcado su coche. Ya hemos acabado la etapa décimo cuarta: 12,4 kms prácticamente llanos.


jueves, 4 de octubre de 2018

Pattie Boyd (2)

Volvamos con Eric Clapton. Como ya dije, el guitarrista estaba harto de Cream; las peleas en la banda eran cada vez más insoportables (en especial la rivalidad entre Jack Bruce y Ginger Baker) y estaba cantado que así no podían seguir. En julio de 1968 se anunció oficialmente la disolución, aunque con una gira de despedida (22 conciertos en USA y dos finales en el Royal Albert Hall el 25 y el 26 de noviembre) y la publicación de un último disco, Goodbye. En ese disco, por cierto, se incluye Badge, que fue compuesto a medias entre Eric y George (con la participación etílica de Ringo); además, en la grabación del tema participó Harrison (bajo el seudónimo de L’Angelo Misterioso) tocando la guitarra rítmica. O sea, que había muy buen rollito entre los amiguetes por esas fechas. Surgirían algunos problemas, claro; por ejemplo, se cuenta que George confiaba tanto en Eric que le dejó la maqueta del álbum blanco, aún inédito, y éste se la llevó a Estados Unidos y se la fue dejando escuchar a varias personas. Al Beatle le llegaron noticias de tamaña indiscreción (cuyas consecuencias económicas podrían haber sido muy graves) y cabreadísimo telefoneó a su amigo para echarle la bronca (incluso se planteó demandarlo). Según cuenta en su biografía, Clapton se sintió terriblemente herido porque pensaba que estaba haciéndole un favor dando a conocer su música a gente con mucho criterio. Fue un primer enfado aunque al cabo de poco tiempo recuperaron su amistad.



Desde finales de la primavera de 1967, Clapton compartía con Martin Sharp –un australiano polifacético de aquellos intensos años– un ático en el Pheasantry, un edificio del XVIII en King’s Road, en el barrio londinense de Chelsea, llamado así porque en él se criaron faisanes para la casa real. Su novia de entonces era Charlotte Martin, una modelo francesa, a la que conoció justo cuando estaban formando la banda que sería Cream (Charlotte era guapa pero ni de lejos tanto como Pattie). La amistad entre Harrison y Clapton se cimentó precisamente en Chelsea, más o menos, calculo yo, entre el encuentro de mayo del 68 en la oficina de Stigwood) y septiembre, ya que a partir de entonces ambos, cada uno por su lado, se fueron a Estados Unidos: Eric para la gira de despedida de Cream y George en el viaje que ya he contado con visita a los Dylan en Woodstock. En ese periodo, el rollo entre ambos era sobre todo musical y Harrison era el que casi siempre buscaba la compañía de Clapton, haciendo con frecuencia, en el regreso a su villa de Esher desde los estudios de Apple en Savile Road, una parada en el Pheasantry para fumarse un porrito y rasguear relajadamente las guitarras. Se cuenta que uno de los efectos del viaje a la India, entre febrero y abril de ese 1968, fue que Harrison quedó fascinado por Krishna y, en particular, por su corte de gopis, jóvenes amantes del Dios pastor. De modo que, mientras Pattie se quedaba en el domicilio campestre, George se dedicaba a procurarse sus propias devotas con las que vivir experiencias tántricas; a fin de cuentas, como miembro de los Beatles, el chico tenía motivos para sentirse en proceso de divinización y dispuesto a dejarse adorar. De otra parte, cada vez era menos cauteloso con sus aventuras sexuales y a Pattie le empezaron a llegar noticias. De hecho, ella misma contó que ya hacia mediados de 1968 el matrimonio andaba mal. Sin embargo, la ruptura de ese matrimonio todavía tardaría años en llegar (no fue hasta 1974). Ahora bien, el dramático enamoramiento de Clapton, que tanto le cambiaría la vida, ocurriría a partir del nuevo año, ya en 1969.

En el primer trimestre de 1969 Clapton compró Hurtwood Edge, una mansión italianizante de principios de siglo en Surrey, a unos 50 kilómetros al Sur de Londres. La idea de dejar la capital, el bullicioso centro de la movida, llevaba rondándole un tiempo, desde que se dio cuenta de que tenía ya suficiente capital para permitírselo. Imagino que bastante le influiría que su amigo George y otros cuantos de los colegas rockeros poseyeran lujosas residencias campestres (es llamativa la fascinación que sentían todos esos chicos, la mayoría de origen proletario, por imitar el way of life doméstico de la estirada aristocracia británica, con sus palacetes rurales; menos mal que a ninguno le dio por apuntarse a la caza del zorro). De otra parte, recordemos que Eric era oriundo de Surrey, así que volver a su condado natal también pesaba en sus intenciones. Pero, según cuenta en su biografía, el empujón definitivo para dejar Chelsea fue su desagradable experiencia con el por entonces muy conocido fustigador de las estrellas de rock inglesas, el policía Norman Pilcher. Este Pilcher había saltado a la fama tras detener en su domicilio (el 18 de octubre de 1968) a Lennon y Yoko Ono por posesión de cannabis (las malas lenguas dicen que fue el propio policía quien puso la droga). Un par de meses después, a Eric Clapton le advirtieron que estaba en la “lista de Pilcher” y que la redada era inminente. Ésta se llevó a cabo, en efecto (no he podido descubrir con seguridad la fecha, pero calculo que sería en diciembre o en enero): el madero y sus secuaces entraron con perros en el Pheasantry y detuvieron a algunos amigos de Clapton, pero no a él porque se había mudado por precaución a la casa de Stigwood. En fin, que se sumaban varios motivos para que el guitarrista diera un vuelco a su vida, cerrara una etapa (musicalmente la de Cream) y abriera otra nueva. La mudanza supuso un cambio relevante en lo que interesa a este relato: a partir de entonces fue Eric el que visitaba a George en Kinfauns (ambas residencias estaban en Surrey, distantes unos 25 kilómetros). Y Pattie estaba presente en esos encuentros.



¿Cuándo empezó el enamoramiento de Clapton? Según su autobiografía fue a partir de empezar a tratar asiduamente al matrimonio (“Empezamos a pasar mucho tiempo juntos. En algunas ocasiones tanto él como Pattie se pasaban por Hurtwood para enseñarme un coche nuevo o para cenar y escuchar música … En otras ocasiones, yo me iba a su casa a tocar la guitarra con él o simplemente para pasar el rato”). Por tanto hubo de ser más o menos a partir de marzo. Un dato que permite fijar los inicios de esta etapa de la relación es que fue durante los primeros días en Hurtwood cuando, en una preciosa mañana de abril, George empezó a improvisar la que sería Here comes the sun. También sabemos que el proceso fue largo. Eric confiesa que se sentía abrumado, obsesionado por el enorme deseo amoroso hacia Pattie, pero lo cierto es que hasta la cita secreta para tocarle Layla (de la que ya hablaremos) no dejó de tener mujeres consigo. Además, alguna cosilla no me cuadra, como la ruptura con Charlotte. En sus memorias nos dice que habían estado juntos dos años y la había amado tanto como era capaz de amar pero el desbordamiento de sus sentimientos acabó con la relación. Viene a contarnos que no podía seguir con Charlotte cuando otra persona, por más que fuera inaccesible, dominaba todos sus pensamientos. Muy bonito aunque poco verosímil. Resulta que en los primeros días de 1969, poco después del regreso de Pattie y George a Inglaterra para pasar las navidades y empezar con las sesiones de Get Back, Charlotte dejó a Clapton y se mudó por unos días a casa de los Harrison. Y, según cuenta la propia Boyd, no parecía muy triste o, si lo estaba, eso no le impidió enrollarse con el Beatle. Posteriormente, ambos músicos se refirieron a ese episodio en términos muy similares: que el motivo por el que Eric se ligó a Pattie fue para vengarse de George, que antes se había ligado a Charlotte. Explicación bastante menos romántica, desde luego, e incluso con cierto tufillo machista. En todo caso, a esos efímeros escarceos en Kinfauns les debemos Let it down, cuya letra derrocha sensualidad y lujuria.


Así que, a lo mejor, no fue el enamoramiento de Pattie lo que llevó a Eric a romper con Charlotte; tal vez fue ella la que decidió dejarlo. Probablemente, cuando Clapton compró Hurtwood Edge, Charlotte ya no era su novia, se había ido a pasar una temporada a Francia (volvería luego para emparejarse con Jimmy Page, ahí es nada). Pattie Boyd al describir en su biografía (Wonderful Tonight) aquellos primeros días de tímido cortejo, siempre habla de un Clapton soltero, al que incluso se preocupa de buscarle pareja. Pero eso debió ser hacia los últimos meses de 1969, porque hacia mayo, cuando se estaba formando la banda que se llamaría Blind Faith, en la vida de Eric aparece Alice Ormsby-Gore, una chiquilla de dieciséis años, hija del quinto barón de Harlech, diplomático británico que había sido embajador en los USA. De ella nos dice el propio Clapton que era perturbadoramente bella, de espesa melena castaña rizada, ojos grandes, sonrisa enigmática y risita contagiosa y encantadora. Pero, a pesar de que le gustaba muchísimo, siempre pensó que nada serio podría pasar entre ellos: no parecían ni remotamente compatibles y, además, estaba enamorado de Pattie (o eso repite insistentemente en su libro aunque dudo de que fuera para tanto). Aun así, Alice se fue a vivir con Eric, en septiembre hicieron público su noviazgo, y estuvieron juntos unos cinco años, compartiendo la adicción a la heroína. Clapton, con el apoyo de la familia de su novia, logró desengancharse; la recuperación –primavera de 1974– trajo también la ruptura con Alice. Ella tenía solo 22 años. No he logrado averiguar nada de su vida a partir de entonces hasta el final: el 17 de abril de 1995, unos días antes de cumplir cuarenta y tres, cuando la encontraron en una pensión de Dorset muerta por sobredosis de caballo, con la jeringa en el brazo.


PS: Los primeros días de la relación entre Eric y Alice fueron también los del inicio de la breve aventura de Blind Faith, banda que debutó con un concierto gratuito en Hyde Park en junio del 69 y que nos ha dejado un excelente disco. La única canción del LP compuesta por Clapton es Presence of the Lord, que compuso al poco de mudarse a Hurtwood Edge y sentir que por fin encontraba su sitio y la forma de vivir que quería (se equivocaba, claro). Casi cuarenta años después, vuelve a interpretarla en Chicago con su colega de Blind Faith, Steve Winwood, en el Crossroads Guitar Festival. Este es el video de esa actuación.

martes, 25 de septiembre de 2018

Pattie Boyd (1)

Estamos en marzo de 1964, estación londinense de Marylebone. Los Beatles están filmando A Hard Day’s Night, su primera peli (y la mejor). En una de las escenas del principio, dos colegialas se sientan a una mesita del vagón restaurante del tren en el que van los músicos. Una de esas chicas, la rubia, era Pattie Boyd, una preciosa muñequita que estaba a punto de cumplir veinte años pero ya llevaba un par de ellos como modelo de alta costura en pasarelas londinenses y neoyorkinas. Richard Lester la había dirigido recientemente en un anuncio televisivo y por eso la fichó para tan breve papel. Gracias a ese simple twist of fate que diría Dylan (aparecerá más adelante), George la conoce y cae fulminantemente asaeteado por Cupido para mayor gloria del rock. Cuenta la leyenda que ese mismo día, almorzando en el propio estudio, le pidió que se casara con él y ella, que salía con el fotógrafo Eric Swayne (muy metido en la movida musical británica de la época) dijo que no. Pero el Beatle insistió y la bella cedió (contó ella misma que le comentó a una amiga que lo había rechazado y ésta la tildó de idiota). Y se casaron, en efecto, el 21 de enero de 1966, veintidós y veintiún añitos los tortolitos. Era el tercer Beatle que cambiaba de estado civil; sólo quedaba Paul quien, en todo caso, estaba muy ennoviado con la actriz Jane Asher.



Desde luego se casaron completamente enamorados aunque, ya se sabe, el enamoramiento es estupidez transitoria … ¡y se pasa! Pero duró lo suficiente para que Pattie inspirara a George su primera aportación al cancionero de los Beatles: nada menos que Something. Bueno, al menos, eso fue lo que contó Pattie en su biografía –publicada en 2007–. Su ex para entonces no la podía contradecir, pero poco antes de su muerte –en 1996 –, sin negarlo expresamente, dijo que se pensó que el tema estaba escrito para Pattie simplemente porque en el video promocional sale cada Beatle con su esposa de entonces. Yo quiero creer que sí, que la musa de Something fue Pattie, entre otras cosas porque la empezó a escribir en septiembre del 68, antes de viajar junto a Estados Unidos, y por entonces la relación todavía no estaba deteriorada. Claro que siendo un Beatle era imposible serle siempre fiel a la pareja y podemos elucubrar que hubiera sido la manera de moverse de alguna amante ocasional la que le atrajera como ninguna otra lo había hecho (aunque ese verso inicial se lo apropió de una canción de James Taylor). Pero no, lo dicho, me inclino a que fue Pattie la responsable de que dispongamos de esta maravilla, que se publicaría en el LP Abbey Road (1969).



Y ahora hay que meter en el cuento a otro de los grandes-grandes, Eric Clapton. Si bien había conocido a Harrison (y había hecho buenas migas con él) en las navidades de 1964 cuando era guitarrista de los Yardbirds, no fue hasta marzo del 68 que empezó a fraguarse una verdadera e íntima amistad. Por esas fechas Clapton estaba harto de Cream y quería largarse de la banda, así que una mañana lluviosa (lo normal en Londres) se acercó a la oficina del australiano Robert Stigwood, el manager del grupo. Resulta que por entonces, unos meses después del suicidio de Brian Epstein, Stigwood estaba ocupándose también de los Beatles, de modo que Harrison andaba también por la oficina. Así que se produjo el reencuentro y esta vez tuvo continuidad. Clapton empezó a acudir asiduamente a Kinfauns, la casa de Harrison-Boyd en Esher, a 25 kilómetros al suroeste de Londres. Piénsese que en esos meses (hasta octubre, cuando Harrison viajaría a Estados Unidos) los Beatles andaban enfrascados en la grabación del Álbum Blanco, el doble LP que recogía la eclosión creativa posterior al retiro hindú con el Maharishi (por cierto, parece que quien introdujo a George en la meditación trascendental, para apartarle de las drogas, fue Pattie). De modo que las visitas de Clapton estaban monopolizadas por la compartida pasión musical; faltaba un tiempito para que Eric cayera también rendido ante los encantos de Pattie. Sin duda, el hecho más notable de esta primera fase de la amistad de esos dos genios fue que George le pidiera a Clapton que interpretara el solo de guitarra en la grabación, el 6 de septiembre, de While my guitar gently weeps.


Pero antes de asistir al enamoramiento de Clapton hemos de viajar a los USA con nuestra parejita. Recordemos que tras la muerte de Epstein los Beatles habían decidido crear su propio sello, Apple Records (que años después tendría un largo conflicto por el derecho de propiedad del nombre con la Apple Computer), para gestionar su propia obra y, de paso, promocionar a amiguetes. Uno de los “protegidos” fue Jackie Lomax, de Liverpool como ellos y que había compartido los duros tiempos anteriores a la fama. Harrison decidió producirle su primer disco como solista y, aunque las grabaciones empezaron en los estudio londinenses de EMI, después del verano decidieron irse a Los Ángeles para completar el que sería Is This What You Want?. Ese verano, el 29 de julio, Bob Dylan había sufrido su mítico accidente de moto y se había retirado de toda vida pública, recluido en su casa de Woodstock. Naturalmente, Dylan y los Beatles se conocían (desde aquella famosa reunión del 28 de agosto de 1964 en el neoyorkino Hotel Delmonico); de los cuatro británicos, con quien Bob sentía más empatía –sin que pudiera decirse que fueran amigos– era con George, probablemente porque ambos compartían caracteres un tanto huraños. George, por su parte, admiraba al de Minnesota (durante su retiro en la India el único disco “occidental” que había llevado consigo era el maravilloso Blonde on Blonde) y tenía mucho empeño en visitarlo y pasar un tiempo con él. De modo que Pattie y él volaron de costa a costa y desde Nueva York se acercaron hasta la granja de los Dylan y pasaron unos días con ellos, participando en la celebración familiar de Acción de Gracias (que ese año cayó el 28 de noviembre).



Contó Harrison que encontró a Bob bastante alicaído; durante un par de días casi ni hablaba, como si hubiera perdido la confianza en sí mismo. Por fin, Harrison le obligó a coger la guitarra y se pusieron a tocar juntos y poco a poco Dylan fue animándose. Y así, un poco en serio un poco en broma, empezaron a componer I'd Have You Anytime, que dos años después abriría el primer disco en solitario de Harrison, el excelente triple LP All Things Must Pass. Pero, en mi opinión, mucho más importante para la historia de la música popular fue que en esos días de noviembre Bob interpretó para George y Pattie la canción que acababa de componer: I Threw it all away (lo eché todo a perder, lo fastidié). El tema –que se publicaría en abril del año siguiente en el LP Nashville Skyline– es el lamento de un tipo que tuvo a una mujer que lo amaba pero fue cruel con ella y la perdió, lo fastidió todo. Tras un cántico al amor (love is all there is, it makes the world go ‘round) acaba aconsejando al oyente que si alguna vez encuentra a alguien que le dé su amor, no lo deje escapar porque estará jodido sin remedio si lo echa a perder. Se ha especulado mucho sobre si la letra es autobiográfica y, en ese caso, a que mujer se refería; hay para elegir, pero por esas fechas no cabe pensar que fuera Sara, su mujer, con la que se había refugiado en hogareña intimidad. Lo que sí se sabe es que George quedó muy impresionado y, de hecho, la interpretó en 1969 con los Beatles en las sesiones de Get Back (nunca se publicó oficialmente pero circula por internet una versión con un sonido pésimo) y en 1970 en unas sesiones en los estudios neoyorkinos de Columbia con el propio Bob. Me da por pensar que a lo mejor, más que en sí mismo, Dylan estaba pensando en el matrimonio Harrison-Boyd y le venía a advertir a su amigo que no lo echara a perder, que cuidara a su mujer. Y aunque no fuera esa la intención de Bob puede que George asumiera ese mensaje. En todo caso, lo que está claro es que el consejo no bastó.


sábado, 15 de septiembre de 2018

Etapa 10: La Tabona - Las Almenas

Hacia las 8:30, Jorge y yo dejamos aparcado su coche en la calle Hoya de los Pablos (donde habíamos acabado la etapa anterior) y comenzamos a caminar cuesta abajo. Enseguida cruzamos una carretera bien asfaltada que extrañamente no es del Cabildo (supongo que será municipal). La pista por la que seguimos descendiendo campos de cultivo y con el mar como horizonte llega hasta el lugar denominado Las Crucitas y ahí giramos en dirección Este (como si retrocediéramos respecto del sentido general de la vuelta) hasta llegar al barrio de Santa Catalina. Llevamos caminados poco más de dos kilómetros y hemos pasado de los 330 a los 115 metros de altitud; para las pendientes habituales en la Isla, un descenso suave. Este núcleo de Santa Catalina es el primer asentamiento urbano en lo que hoy es el municipio de La Guancha, constituido en los primeros años de la conquista con varias familias provenientes de Gran Canaria (varias de ellas de origen portugués). Avanzamos por la calle Real, de agradable apariencia, hasta llegar a la plaza de la ermita, construida en 1510 pero reedificada en 1878 después de que un aluvión la dejara prácticamente en ruinas. Nada más pasar la ermita se acaba el pueblo y salimos a la TF-351, esta vez sí una carretera insular (la que sube desde el enlace de San Juan de la Rambla a La Guancha), por la que seguimos hasta el citado nudo con la TF-5 y luego por ésta durante unos trescientos cincuenta metros.


Doblamos hacia la derecha por un camino trazado por el borde de una meseta litoral elevada sobre los terrenos adyacentes al Este. Mirando en esa dirección se abre una panorámica con plataneras en primer plano, el núcleo de San Juan de la Rambla detrás y la rotunda orografía de las laderas de la costa Norte como fondo, además del mar y el cielo, claro. En solo unos doscientos metros estamos al borde del acantilado costero, que recorremos con pasos cuidadosos, asomándonos de vez en cuando al borde a disfrutar de la belleza de las rocas batidas por el océano. Estamos en una de las muchas puntas que recortan el perímetro costero y, en un extremo, el llamado Charco Verde. El litoral tinerfeño cuenta con abundantes de estos llamados “charcos”, recintos cercados por formaciones rocosas que permiten embalsar el agua marina a modo de piscina natural, de modo que aunque el mar esté embravecido ahí, en el charco, uno puede bañarse con seguridad. Este Charco Verde (por el color de sus aguas) dicen que es uno de los más bellos; yo no diría tanto, pero sí es verdad que es bonito. No hay nadie bañándose pero sí algunos chicos jóvenes pescando; aunque bajo hasta el agua, tampoco yo me baño. Visitado este charco queremos seguir bordeando el acantilado pero renunciamos a la idea: las fincas de plataneras llegan prácticamente hasta el cantil, pero todas están tapiadas y bordearlas sería arriesgado (y después de la aventura de la séptima etapa, he prometido no cometer más estupideces). De modo que damos la vuelta hasta llegar a una pista que discurre paralela a la costa como límite superior de esas fincas. Son unos setecientos metros asfaltados hasta llegar a la zona llamada Hoya Potros; a partir de ahí, durante los siguientes mil cien metros, iremos por un sendero de tierra (a veces casi desaparece), con fincas agrarias a la izquierda pero terrenos pedregosos con escaso matorral a la derecha, hacia el mar.


Superado el último tramo, en el que el sendero se difumina en el pedregal, alcanzamos la pista asfaltada que da acceso vehicular al más conocido Charco del Viento. El extremo de una finca explanada ha sido acondicionada como aparcamiento (el resto es un inmenso invernadero de medio kilómetro de longitud) desde el que bajan unas escaleras excesivamente anchas hasta las rocas marinas (se nota que es un proyecto de los ingenieros de Costas, carentes de la sensibilidad que exige intervenir sobre estos espacios). Abajo se bifurca hacia dos charcos: el derecho, más amplio, es de callaos y está vacío; en el de la izquierda, que es más estrecho, la marea baja ha dejado una playita de arena negra en la que hay unas cuantas personas, unas tomando el sol y otras yendo hasta donde llega el agua para tomar “baños de asiento”. De vuelta en el aparcamiento, intentamos de nuevo continuar siguiendo la costa pero no descubrimos ningún sendero, de modo que nos resignamos a caminar cuesta arriba, pegados al invernadero (aprovechando una abertura asomamos a mirar: estaban plantando y el aspecto era muy bonito) hasta llegar a la pista “horizontal” que, paralela al litoral, da servicio a este grupo de explotaciones agrícolas. A unos quinientos metros enlazamos con un camino asfaltado –Las Rositas– que seguimos hasta que cambia de sentido. Nos toca entonces salvar una empinadísima cuesta para alcanzar otro camino, éste llamado de la Cascajera. Dice la RAE que cascajera (o cascajal) es lugar donde hay mucha piedra menuda; lo cierto es que el terreno es bastante accidentado y pedregoso, sin que acertemos a ver senderos paralelos a la costa por lo que hemos de seguir el camino hacia el Sur, bajando suavemente hacia el barranco de las Ánimas, que define el límite entre La Guancha e Icod de los Vinos. Allí hay otro enorme invernadero y pegado a él, por el mismo cauce del barranco, un sendero de tierra. Después de unos seiscientos metros giramos a la izquierda: vemos un pequeño grupo de chalés y delante de ellos, ante el acantilado, antiguas fincas de cultivo, abandonadas hace mucho tiempo y ya completamente colonizadas por cardones y tabaibales. Se llama Los Llanos del Polvo y, cuando planifiqué la ruta, tenía previsto cruzarlos para llegar a la Punta de Juan Centellas, otro de los múltiples promontorios que recortan la costa y que tiene su fama porque allí se rodó la primera escena de la película Furia de Titanes. Sin embargo, tras trabajoso caminar entre el matorral, chocamos contra una verja que nos impide el paso; mosqueado, la voy siguiendo hasta su extremo y compruebo que la han llevado hasta el mismo borde del precipicio; o sea, si queremos pasar tenemos que, agarrados a ella, quedarnos colgados sobre el vacío. Maldiciendo la mala leche de quien la haya levantado, damos media vuelta.

Así que, bastante cabreados, subimos hacia la carretera general por una senda por el margen izquierdo del barranco (distinta de la que habíamos seguido al bajar) que, en su último tramo tiene una pendiente demoledora, como me recordarán mis gemelos durante los siguientes días. Sigue luego, en la misma dirección, el camino Tazana que acaba en la parte baja del barrio icodense del Buen Paso, pegado a la carretera general. Creo que el nombre de este barrio alguna relación guarda con el famoso Vizconde del Buen Paso, Cristóbal del Hoyo-Solórzano y Montemayor (1677-1762), un personaje de la Ilustración con vida tremendamente azarosa e interesante. Don Cristóbal poseyó importante patrimonio en Icod pero su casa hacienda no estuvo en este barrio, sino en Las Cañas, así que no le veo mucha lógica. Lo que sí conozco a ciencia cierta es que en la parte alta de este barrio se encuentra el Pino de Buen Paso junto al cual, según cuenta la tradición, Alonso Fernández de Lugo celebró la primera misa tinerfeña en 1496. Teníamos que haber subido por la calle del Vizconde del Buen Paso, que cruza sobre la carretera del Norte, y haber visitado la ermita del barrio, una de las más antiguas de la Isla, y un poco más arriba el famoso pino; pero no lo había previsto cuando planifiqué la ruta. Lo que sí hicimos fue entrar en un bar y comernos una tapa invento de la casa: trozos de piña acompañados de zanahoria picada aliñada y aceitunas; curiosa combinación que estaba muy rica y me devolvió las fuerzas (me había olvidado llevar comida y lo acusaba). A partir de ahí poco más de contar: salimos a la TF-5 y caminando por el arcén hicimos el poco más de un kilómetro que distaba hasta el polígono Las Almenas, donde habíamos dejado aparcado uno de los coches. Ruta finalizada, no tan satisfactoriamente como pretendíamos pero qué se le va a hacer. Según Wikiloc trece kilómetros y medio.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Etapa 9: San Juan de la Rambla - La Tabona

Esta vez quedé con un amigo. Nos dimos cita a las ocho de la mañana en el que habría de ser el punto de llegada: unos quinientos metros al Oeste de la balsa de la Tabona, en el término municipal de La Guancha (en concreto, en el cruce entre las vías Hoya de Los Pablos y Lugar el Convento). Allí dejé aparcado mi coche y fuimos ambos en el suyo hasta la plaza de la Iglesia de San Juan Bautista, donde había finalizado la etapa octava y, por tanto, había de iniciarse esta novena. Empezamos pues la ruta siguiendo la calle empedrada de la Alhóndiga, llamada así porque al final de la misma, a mano izquierda, se ubica la Casa de la Alhóndiga, edificio de dos plantas y paredes encaladas, construido a comienzos del XVII y cuya planta alta era granero y en la baja sala de juntas, cárcel, carnicería, despacho de pan y otras dependencias propias de los servicios vecinales. Estaba cerrado pero leo que del inmueble original solo quedan los muros exteriores; en la actualidad alberga dependencias administrativas en la planta baja y una salón de actos en la alta. Justo enfrente hay otra edificación de notable interés arquitectónico e histórico: la casa de los Delgado Oramas, construida en el tercer cuarto del siglo XVIII por don Antonio Lorenzo Delgado Oramas de Saá, de una las familias más principales de la localidad. Se trata de un edificio de dos plantas del que destaca un amplio balcón cubierto a tres aguas, con cuatro cuerpos y sustentado por dobles canes, que se abre a la calle por la que subimos. Doblamos a la derecha por la calle que precisamente lleva el nombre de Antonio Oramas y que define el límite Sur del casco urbano; es un paseo en subida, agradable por la calidad de las edificaciones, la mayoría de arquitectura tradicional. Doblamos hacia la izquierda por un pequeño ramal de la carretera a San José que sale al puente sobre la TF-5 y, nada más pasar ésta, hacia la izquierda hay una estrecha escalera que lleva al inicio del empinado sendero empedrado que, tras cruzar el barranquillo Poncio, trepa por la ladera hacia las medianías del municipio. Los primeros quinientos metros son los más duros; el camino, con trazado sinuoso y orientación Este, sube algo más de cien metros con una pendiente media en torno al 30%. En ese punto, miramos hacia abajo y se despliega una panorámica magnífica de San Juan de la Rambla y el litoral acantilado, la misma que si estuviéramos volando en parapente.


La segunda parte del camino tiene menos pendiente pero, por el contrario, no está tan bien acondicionada; de hecho no es más que una senda entre la maleza, con varios arbustos y abundantes telarañas que se nos pegan en la cara y cuerpo. Entre flora tan poco atractiva, encontramos no obstante una rezogante tunera (Opuntia ficus-indica) cargada de higopicos que ,i compañero, a quien le encantan, no se resiste a recolectar pagando el casi inevitable precio de unos cuantos pinchazos. Pasamos también por una finca reconvertida en hotel (hotel informal en una antigua granja reformada, dice Google). El acceso, claro, es por una pista asfaltada paralela a la trocha por la que estamos caminando; aún así, no deja de impresionar que hasta parajes tan remotos (en el contexto de la isla) esté llegando el turismo. Al cabo de unos quinientos metros llegamos a una pista asfaltada que se llama Orilla de la Vera que, aunque en ese momento no me doy cuenta, es la misma por la que anduve para pasar del primer al segundo tramo de la bajada del Barranco de Ruiz (el Mirador de Mazapé está a un kilómetro y medio hacia el Este). Doblamos justamente en esa dirección pero caminamos solo centenar y medio de metros y giramos de nuevo hacia arriba por un camino empinado con firme bastante deteriorado de hormigón que discurre entre bancales agrarios, la mayoría en cultivo. Tras unos cuatrocientos metros doblamos hacia la derecha, pasando a través del muro de un bancal, cuyo dueño está por ahí y se interesa por nuestra ruta. Otro poco de camino de tierra para salir a la calle Lomo La Palma, que no es tal, sino otra pista agrícola entre bancales, aunque ésta algo mejor conservada. Unos trescientos metros más y estamos en la carretera de la Vera baja, bien asfaltada y que discurre sensiblemente a nivel. Seguimos por ella en dirección Oeste, cruzamos el barranco de la Chaurera y entramos en el núcleo de Los Quevedos, prácticamente pegado al de San José, que es la capital municipal desde que hace unos años desplazaran aquí el ayuntamiento de San juan de la Rambla. Sin embargo, como para evitar la carretera, nos hemos desviado por una calle trasera que va directamente a la plaza de la Iglesia, no pasamos por delante de la Casa Consistorial (de hecho, pensamos erróneamente que era la fea edificación que hay enfrente de ésta) aunque no nos perdimos nada. La Iglesia de San José tampoco es gran cosa; más parece una ermita grande (con el estilo tradicional de las ermitas urbanas tinerfeñas) con mucha menor prestancia, desde luego que la de San Juan Bautista en el pueblo costero.

Poco más hay que ver en San José, del que salimos por la calle Diecinueve de Marzo y luego la TF-353 que cruza el barranco de la Guancha, límite entre los municipios de San Juan de la Rambla y La Guancha. Entramos en el barrio de La Guancha de Abajo por la calle de la Cruz Verde que corresponde con el trazado histórico del camino que unía el pequeño caserío con San José y en torno al cual, en años recientes, se ha llevado a cabo la expansión urbanizadora. Me pregunto si –como otras– el nombre de esta calle hace referencia a la cruz verde de la Inquisición, que era costumbre llevar en procesión antes de los autos de fe hasta el lugar de la ceremonia, colocándose en el mismo cadalso. Ese es el origen de la calle de la Cruz Verde que hay en el centro de Madrid; sin embargo, no he encontrado que así fuera en este caso ni tampoco en el de la calle que hay en el centro de Santa Cruz (de ésta se sabe que a mediados del XVIII había una cruz verde de tea que podría señalar una de las estaciones del Via Crucis entre las Iglesias de La Concepción y San Francisco). Dejando pues el asunto en el ámbito de las elucubraciones, doblamos a la izquierda por la calle San Antonio, el eje tradicional que une este barrio con el casco histórico. A mano derecha, ubicada en una plaza que es mirador sobre la ladera agraria hasta el mar, se erige la Capilla del Calvario, construcción del siglo XX sin excesivo interés, dedicada a Nuestra Señora del Coromoto. Esta advocación mariana es frecuente en Tenerife (no la había oído fuera) por los estrechos lazos de los isleños con Venezuela, país del cual es Patrona. La leyenda de esta Virgen, por cierto, guarda bastante parecido con la de la Candelaria, pues en ambos casos se trata de una aparición milagrosa ante aborígenes facilitando así la evangelización de éstos (y la consiguiente integración en el sistema colonial hispano). Algo más arriba giramos por la rambla Cristóbal Barrios Rodríguez, en donde se sitúa el edificio del Ayuntamiento (absolutamente anodino y prescindible) y seguimos subiendo por la tremenda cuesta de la calle Solítica. Entre la Guancha de Abajo (en la Cruz Verde) y el núcleo alto hay unos seiscientos metros de distancia y noventa de desnivel, que se salvan por estas calles directamente contra pendiente.

Llegamos a la Avenida Hipólito Sinforiano que, en realidad, es sino la carretera TF-342 que viene desde el Realejo Alto y llega hasta Buen Paso, en el vecino municipio de Icod (en ella está el mirador del lance, que visité en la etapa precedente). Pero me llama la atención este nombre o, mejor dicho, dos nombres propios, ambos de mártires de los primeros siglos del cristianismo y, desde luego, de uso muy infrecuente en nuestros días, especialmente el segundo. Luego, en mi casa, quise averiguar a quien honraba esta calle y con algún esfuerzo descubrí que a Don Hipólito Sinforiano González Mesa, un periodista de principios del siglo pasado que escribió abundantemente sobre La Guancha, contribuyendo a sacarla de su aislamiento cultural. Vemos a nuestra derecha un bar y, como ya es media mañana, nos premiamos con un tentempié merecido y un breve ratito de descanso. De nuevo en marcha, enfilamos por la calle de La Alhóndiga que va a dar a la Iglesia, puesta bajo la advocación del Dulce Nombre de Jesús. Estamos en el entorno del núcleo fundacional del pueblo, en las cercanías de donde, según la leyenda, una mujer guanche fue sorprendida por una avanzadilla de las tropas invasoras mientras despreocupadamente llenaba de agua de una fuente su gánigo (pequeño recipiente de arcilla que usaban los aborígenes canarios. El capitán español, prendado de la belleza de la chica, ordenó a sus soldados que la prendieran y ella, antes de dejarse atrapar, se lanzó al barranco (tendría que ser al de La Guancha, que está unos doscientos metros hacia el Este desde esta plaza). El caso es que, verdad o no, el pueblo se llamó Fuente de la Guancha en razón de este relato, aunque entre finales del XIX y principios del XX, se acortó la denominación a la actual. El actual templo tiene su origen en una ermita erigida en 1579 que fue objeto de sucesivas ampliaciones hasta avanzado el siglo XVIII (y aún hubo reformas posteriores, siendo la última la más llamativa, ya que en 2001-2002 se sustituyó la torre por una de nueva construcción). Por fuera es una construcción muy en el estilo tradicional de la arquitectura religiosa de la Isla; del interior (se estaba celebrando un bautismo) me llamó la atención que consta de dos naves, la primera de menor dimensión, de lo que resulta una planta asimétrica poco habitual. Llegamos a la Avenida Hipólito Sinforiano que, en realidad, es sino la carretera TF-342 que viene desde el Realejo Alto y llega hasta Buen Paso, en el vecino municipio de Icod (en ella está el mirador del lance, que visité en la etapa precedente). Pero me llama la atención este nombre o, mejor dicho, dos nombres propios, ambos de mártires de los primeros siglos del cristianismo y, desde luego, de uso muy infrecuente en nuestros días, especialmente el segundo. Luego, en mi casa, quise averiguar a quien honraba esta calle y con algún esfuerzo descubrí que a Don Hipólito Sinforiano González Mesa, un periodista de principios del siglo pasado que escribió abundantemente sobre La Guancha, contribuyendo a sacarla de su aislamiento cultural. Vemos a nuestra derecha un bar y, como ya es media mañana, nos premiamos con un tentempié merecido y un breve ratito de descanso.

De nuevo en marcha, enfilamos por la calle de La Alhóndiga que va a dar a la Iglesia, puesta bajo la advocación del Dulce Nombre de Jesús. Estamos en el entorno del núcleo fundacional del pueblo, en las cercanías de donde, según la leyenda, una mujer guanche fue sorprendida por una avanzadilla de las tropas invasoras mientras despreocupadamente llenaba de agua de una fuente su gánigo (pequeño recipiente de arcilla que usaban los aborígenes canarios. El capitán español, prendado de la belleza de la chica, ordenó a sus soldados que la prendieran y ella, antes de dejarse atrapar, se lanzó al barranco (tendría que ser al de La Guancha, que está unos doscientos metros hacia el Este desde esta plaza). El caso es que, verdad o no, el pueblo se llamó Fuente de la Guancha en razón de este relato, aunque entre finales del XIX y principios del XX, se acortó la denominación a la actual. El actual templo tiene su origen en una ermita erigida en 1579 que fue objeto de sucesivas ampliaciones hasta avanzado el siglo XVIII (y aún hubo reformas posteriores, siendo la última la más llamativa, ya que en 2001-2002 se sustituyó la torre por una de nueva construcción). Por fuera es una construcción muy en el estilo tradicional de la arquitectura religiosa de la Isla; del interior (se estaba celebrando un bautismo) me llamó la atención que consta de dos naves, la primera de menor dimensión, de lo que resulta una planta asimétrica poco habitual. Luego seguimos por las calles El Sol, Los Loros, Doctor Fleming y el Natero, donde está el cementerio y, nada más entrar, una cruz de piedra con una placa en mármol en la que honran a los guancheros “caídos por Dios y por España en la Guerra Civil (un médico, un sargento, un cabo y trece soldados, todos ellos por debajo del que “cayó” en todos los cementerios de España: José Antonio). Doblamos a la derecha por la calle Los Pinos y salimos del pueblo para adentrarnos, como indica el propio nombre de esta pista, en el pinar que aquí en La Guancha (como en Icod) llega bastante abajo (estamos sobre la cota 525 más o menos).

A unos quinientos metros del final del perímetro urbano, pasado el campo de fútbol de Montefrío, sale a mano derecha la denominada Ruta del Agua, que discurre por el pinar junto a numerosas canalizaciones (atarjeas cubiertas) provenientes de galerías de la zona alta del municipio. En años recientes el Ayuntamiento, con los alumnos del taller de empleo, ha llevado a cabo varias actuaciones de acondicionamiento del sendero, de modo que éste, en efecto, se encuentra en excelente estado de tránsito y seguridad para el caminante, incluyendo algunos paneles informativos sobre los recursos naturales y culturales del entorno. No hay mucho que decir de la primera parte de esta ruta, salvo que es cómoda y agradable, como siempre que se pasea dentro de un bosque. A unos novecientos metros aparece una pequeña ermita, sin ningún valor y llena de estampas en su interior. En ese punto, como comprobaría después en mi casa, deberíamos haber girado hacia la derecha; sin embargo, no vimos que el sendero continuara en esa dirección y optamos por el sentido contrario que nos bajó a una edificación con un claro de árboles frutales, desde la que proseguimos por un camino que, como comprobamos con el GPS, discurría paralelo al que debíamos haber tomado. A los pocos metros nos encontramos caminando sobre una atarjea que seguía la cumbrera de un lomo, con pronunciadas pendientes a ambos lados. De pronto, en un claro del pinar, a nuestra izquierda (hacia el Oeste) se abrió una espectacular vista sobre los terrenos agrícolas que se extendían muy debajo de nosotros, tanto que daba hasta vértigo. Unos cuantos pasos más adelante, la tubería sobre la que pisábamos se precipitaba en abrupta caída: era imposible seguir. Así que dimos la vuelta, buscando algún paso hacia el Este que nos permitiera llegar al camino del que nos habíamos separado y por suerte lo encontramos: una pequeña trocha que en curva bajaba hacia el barranco para volver a subir y situarnos en la ruta (reaparecieron la señales) que, tras unos setecientos metros casi todos en descenso, nos llevó a la ermita de San Antonio de Padua, en el barrio del Pinalete, junto a la boca de la galería del mismo nombre. Se trata de una edificación de los años sesenta que, por lo visto, se construyó en cumplimiento de una promesa hecha por el que era presidente de la Comunidad de Aguas de la recientemente abierta galería. Estamos de nuevo en la TF-342 (la que atravesaba el núcleo de La Guancha); la cruzamos y bajamos por el camino de la Tabona, saliendo de los últimos retazos del pinar para entrar en terreno agrícola, claramente de medianías de esta vertiente Norte de la Isla. Pasamos delante de la balsa de la Tabona, de Balten (entidad pública empresarial del Cabildo) y cinco minutos después ya estamos en la esquina con la calle Hoya de los Pablos, donde está aparcado mi coche. Etapa cumplida.

domingo, 26 de agosto de 2018

Etapa 8: Realejo Alto - San Juan de la Rambla

<
Me pongo en marcha poco después del amanecer. Sin tráfico –domingo temprano– llego rápidamente a la Iglesia de Santiago Apóstol, pero me cuesta encontrar aparcamiento. Dejando a mi derecha la Biblioteca municipal tomo la calle Godínez que baja al barranco del mismo nombre y que es el antiguo límite municipal entre los dos Realejos. Este barrio al que paso carece en si mismo de todo interés pero queda enmarcado por el grandioso paisaje de la ladera de Tigaiga, el paredón que cierra por el Oeste el Valle de La Orotava. Calle Viera y Clavijo, calle Camino Nuevo y, al llegar al barranco Veloso, donde convergen varios caminos, tomo el del Caserío Los Pinitos que, con típico trazado sinuoso, asciende por la ladera. Me pongo en marcha poco después del amanecer. Sin tráfico –domingo temprano– llego rápidamente a la Iglesia de Santiago Apóstol, pero me cuesta encontrar aparcamiento. Dejando a mi derecha la Biblioteca municipal tomo la calle Godínez que baja al barranco del mismo nombre y que es el antiguo límite municipal entre los dos Realejos. Este barrio al que paso carece en si mismo de todo interés pero queda enmarcado por el grandioso paisaje de la ladera de Tigaiga, el paredón que cierra por el Oeste el Valle de La Orotava. Calle Viera y Clavijo, calle Camino Nuevo y, al llegar al barranco Veloso, donde convergen varios caminos, tomo el del Caserío Los Pinitos que, con típico trazado sinuoso, asciende por la ladera. Pasados los primeros cuatrocientos metros, el camino deja de ser asfaltado y se convierte en una senda de tierra aún más empinada: son ochocientos metros de trabajoso ascenso para salvar un desnivel de ciento cincuenta metros (casi un 20% de pendiente). Ya sudoroso salgo a la carretera general de Icod el Alto (TF-342), con un buen trazado de falda de montaña, recientemente dotada de una banda lateral protegida para los peatones (compruebo que muy usada por los lugareños) que permite al paseante disfrutar de unas maravillosas vistas hacia el Valle, la propia ladera de Tigaiga y el mar. De hecho, a unos seiscientos metros de distancia en suave ascenso, se encentra el Mirador del Lance, uno de los muchos que hay distribuidos por las carreteras isleñas (todos con unas panorámicas espectaculares). A modo de deidad protectora del lugar, una escultura gigante del Bentor, hijo y sucesor de Bencomo como mencey de Taoro. Tras la derrota guanche en la segunda batalla de Acentejo, Bentor y sus ya escasos guerreros se refugian en los altos de Tigaiga y allí (o sea, por aquí), perdida toda esperanza de impedir la conquista castellana, antes de rendirse decide suicidarse despeñándose por la ladera. Las vistas son ciertamente espléndidas pero ahora, a las nueve de la mañana, con el sol de frente, no puedo sacar ninguna fotografia (de todos modos, rara vez se consiguen fotos panorámicas que den fiel idea de lo que se ve en el sitio); aún así, el exceso de luminosidad chocando contra la neblina húmeda que viene del mar crea una atmosfera mágica, casi irreal.

Sigo caminando por la TF-342, bordeando por el Norte el barrio del Lance, hasta desviarme a la derecha por la calle del Calvario, una pista de tierra apisonada que va bajando hacia el cauce del barranco del Dornajo. El nombre antiguo de este barranco era del Agua, que se debería probablemente a que en su costado oeste había un afloramiento natural, aprovechado al menos desde los tiempos de la Conquista. Aún sigue la fuente (un banco y una pared, ambos de hormigón, y de ésta un caño del que mana un hilo de agua; un cartel que avisa que no está clorada), que abasteció a los pobladores del entorno hasta bien entrado el siglo XX; aquí venían a llenar los recipientes de agua y también a lavar. A propósito, pasar por aquí me vale para aprender que “dornajo”, en Canarias, se usa para designar un pesebre hecho de un tronco de árbol ahuecado, destinado a las vacas o cabras; ¿se deberá el cambio de nombre del barranco a su vinculación con actividades ganaderas? En todo caso, lo cierto es que definía el límite entre los menceyatos de Taoro y de Icod y, en efecto, al discurrir al pie de la ladera de Tigaiga, vale como frontera entre dos “comarcas” de la Isla; sigo en el municipio de Los Realejos pero ya no en el Valle de La Orotava. Pasada la fuente empieza la subida que lleva directamente al núcleo de Icod el Alto. La calle, que se sigue llamando del Calvario, empieza con una ermita y una pequeña plaza con vistas, y tras doscientos cincuenta metros remata en la iglesia principal del pueblo –hacia la mitad de la calle, en la pared de un inmueble, una plaza da noticia de que en esa casa nació el poeta Antonio Reyes, que falleció muy joven, en 1954, con solo veintisiete años; nada conozco de este hombre y por más que dediqué luego un tiempo a indagar sobre él, nada he encontrado en la Red. A través de unas estrechas escaleras subo a la plaza y entro en la Iglesia que está bajo la advocación de la Virgen del Buen Viaje, cuyas fiestas son justamente hoy. Se trata de la Patrona de los emigrantes (no de los aficionados al lisérgico como apuntó un amigo) y, por lo visto, es venerada en otras localidades de Canarias y del resto del mundo, aunque sea la primera vez que veo esta variante mariana (imagino que hacer el catálogo de vírgenes del santoral católico es una empresa inabarcable); como es obvio, a esta Virgen se le pedía protección en los viajes, aunque yo pensaba que ése era el cometido de San Cristóbal. En este lugar hubo antes una ermita que se amplió para convertirse en el actual templo a mediados del XVIII. En los años sesenta, gracias a las remesas enviadas por los tinerfeños de Cuba y de Venezuela, se sustituyó la antigua fachada por la actual (frontispicio en tonos rojizos que culmina con la torre campanario en piedra negra). El edificio es de una sola nave con cubierta a dos aguas; tiene cierto interés pero tampoco demasiado.


Protegido pues por esa Virgen, sigo por la calle Real, eje principal de este núcleo urbano, a cuyos márgenes se dispone el caserío más concentrado, edificaciones de escaso interés o calidad. La calle mide unos mil doscientos metros, aunque su tramo final, a partir del barranquillo Guanchero, ya no puede considerarse dentro del perímetro urbano. Justo en ese tramo, a mano derecha, hay una casona del XVIII en medio de una finca rústica, que ha sido restaurada y acondicionada como hotel rural (tiene veinte habitaciones). Un poco más adelante, la calle Real acaba en la carretera de la Fajana y en ese punto está la casa de la Hacienda la Pared, que formaba parte del Mayorazgo de Castro, del que ya hablé en la etapa anterior. Fue en estas tierras donde por primera vez se plantaron papas en Tenerife, las que Juan Bautista Bethencourt trajo en 1622 del Perú. La casona, además de contar con dependencias agrarias, fue posada para los muchos viajeros y comerciantes que recorrían las Isla por el camino real que acabo de dejar. Parece que hace unos quince años el Cabildo y el Ayuntamiento de Los Realejos se plantearon rehabilitar esta casona para convertirla en un centro educativo y de interpretación sobre el cultivo de la papa en las Islas así como museo de historia local. Pero la iniciativa no debió prosperar porque el inmueble se encuentra bastante deteriorado. En cambio, los terrenos agrícolas vinculados están en magnífico estado, muy cuidados, perfectamente abancalados, con los tubos de riego desplegados y arados en toda su superficie. Mientras camino por la carretera de la Fajana (que no sé por qué se llama así, pues ése es el topónimo de la playa de callaos a la que bajé en la etapa anterior y este viario no baja a la costa sino que acaba en uno de los barrios de Icod el Alto) me admiro ante esta finca que llevo a mi derecha; a mi izquierda tengo el barranco que todavía se llama de Castro pero que enseguida pasará a ser el de Ruiz y que es por el que pretendo descender hacia el litoral.

Entro a mi izquierda por la estrecha senda que da acceso al sendero del barranco de Ruiz. Si no la tuviera marcada en la wikiloc probablemente habría pasado de largo porque no hay ninguna señalización. La explicación es que este tramo superior está cerrado por el riesgo de desprendimientos (otra vez). Pero como quien peca una vez peca ciento, desobedezco la prohibición y franqueo la valla que han debido poner los agentes de Medio Ambiente del Cabildo (por cierto, ponen un primer cierre y unos metros después un segundo). Los primeros setecientos metros son de bajada, hacia el cauce del barranco y enseguida se entra en un bosque de laurisilva (Monteverde) muy bien conservado, con árboles de gran porte. El sendero, de tierra con zonas reforzadas con lajas de piedra y escalones y en varios tramos protegido con baranda de madera, debido a su falta de uso (y de mantenimiento) está siendo invadido por la maleza, en especial zarzas. Luego hay que empezar a subir por la pared del barranco (pero no es demasiada pendiente porque estamos yendo hacia el mar). Esta segunda parte del sendero cerrado tiene una longitud aproximada de mil doscientos metros, pero como hacia la mitad se emerge del interior del bosque y se abren las vistas hacia el mar y la colosal ladera del otro lado. La salida de este tramo superior del sendero (también doblemente vallada) en el cruce de las carreteras de las Veras (Baja y Alta) y la pista asfaltada llamada Orilla de la Vera. Sigo por esta última unos trescientos metros y llego al Mirador del Mazape que, además de ser una placita desde las que se abren unas espectaculares vistas hacia el barranco de Ruiz, es de donde parte el tramo inferior del sendero que, este sí, está abierto, si bien con la advertencia a los caminantes de que extremen las precauciones. Este tramo es completamente distinto del anterior. De entrada, la pendiente es mucho mayor; afortunadamente voy bajando (el esfuerzo sería mucho mayor en sentido contrario) pero, precisamente por eso, debo ir con mucho más cuidado, los ojos todo el tiempo pendientes de cada paso que doy. O sea, que para mirar el paisaje hay que detener momentáneamente la marcha y puedo asegurar que merece la pena hacerlo continuamente porque es absolutamente espectacular, una maravilla. Aquí no hay bosque, sino la colosal potencia visual de las laderas verdes de matorral y con abundantes partes de roca desnuda. En fin, que no tiene mucho sentido intentar con pobres palabras dar una idea de la magnificencia de este paisaje, así que me limitaré a decir que este tramo mide aproximadamente un kilómetro y medio y que en recorrerlo –fui muy despacio– tardé algo más de media hora. Acaba en un área recreativa con aparcamiento al borde de la carretera TF-5.

Por cierto, me olvidé decir que el barranco de Ruiz es el límite entre los municipios de Los Realejos y San Juan de la Rambla, de modo que desde que en el tramo superior del sendero pasé a la margen izquierda del cauce, he venido caminando por este segundo municipio. Una vez en la TF-5, la cruzo (lo que tiene su peligro) y camino por la calle de El Rosario –que no es calle sino carretera menor– en dirección al mar. Medio kilómetro hasta llegar a la Rambla de los Caballos que es el camino costero que articula el pequeño asentamiento del Rosario, poco más que una hilera de casas con una mínima concentración en torno a la ermita de la Virgen de ese nombre. Este pequeño templo, construido en el XVII, forma un conjunto muy simpático de arquitectura popular, integrado con otros inmuebles domésticos y situado frente al mar y la placita del barrio. Lo cierto es que el paseo por este camino de ribera resulta muy agradable, tanto por las estupendas vistas al mar como por las casitas que van salpicando el recorrido (varias de ellas convertidas en alojamientos turísticos). En algo menos de un kilómetro y medio se entra en la “plaza-aparcamiento-mirador al mar” del núcleo de Las Aguas. Aquí hay también una fea piscina en la zona de dominio público marítimo-terrestre, que está sin agua (me entero luego de que Costas ha decidido demolerla). Pero el pueblo de Las Aguas se dispone sobre el promontorio que cierra este tramo de litoral y es curioso que creo que nunca lo he pateado, a pesar de que he venido infinidad de veces a la parte baja a comer arroz. Así que subo las escaleras de la calle del cantito hasta la plaza en la que se erige la ermita de la Cruz y de San Pedro, que arquitectónicamente no vale nada y paisajísticamente rompe la panorámica hacia la costa. Luego callejeo por esta parte alta, buscando un camino lo más pegado a la costa (que es acantilada) que me permita llegar al núcleo de San Juan, final de la etapa. Salgo a la calle Nueva (paralela al campo de fútbol) y doblo a la derecha por la de la Manguita que muere contra fincas agrarias en su mayoría abandonadas. Caminando sobre muros de bancales y tramos de caminos agrícolas logro alcanzar la playa de la Caldereta, aunque llamar así a esta franja de callaos pueda considerarse exagerado. Estoy pues al nivel del mar, caminando sobre piedras de todos los tamaños, con la dificultad que ello supone si quieres evitar torceduras de tobillo; avanzo despacísimo, buscando afanosamente algún sendero que suba hacia el pueblo de San Juan de la Rambla. Lo encuentro, sí, pero ya al final de la playa, después de haberme hecho sus seiscientos metros de longitud en nada menos que tres cuartos de hora. La subidita, además, se las trae, máxime porque ya estoy cansado. En fin, que llego arriba: ya estoy en el núcleo en el que voy a acabar la etapa de hoy.


Para entonces, la batería de mi teléfono móvil se ha descargado y, por lo tanto, me he quedado sin el lioso auxilio del GPS. La consecuencia es que, en vez de coger a la izquierda por la rampa peatonal que sube a la avenida José Antonio (aquí tampoco han cambiado los nombres de las calles) y volver a girar a la izquierda para llegar a la plaza de la Iglesia –estoy a solo doscientos metros de ella–, me pongo a caminar en sentido contrario (hacia el Oeste) por las calles de la Malaya y el Cercado, para después girar a la derecha (hacia el mar) por la de los Sabandeños. Pero me congratulo del error porque acabo en una plaza situada en el extremo del promontorio sobre el que se extiende el pueblo y desde la que se baja al famoso Charco de San Juan de la Rambla, una piscina natural formada por la forma caprichosa de las rocas, que es la principal oferta de baño para los habitantes del municipio. Consciente ya de mi equivocación, subo por la calle Antonio Ruiz Cedrés y llego, ahora sí, a la avenida José Antonio, aunque bastante más lejos de meta, casi en su cruce con la TF-5; desde ahí camino unos trescientos cincuenta metros y estoy por fin en la bonita plaza de Rosario Oramas, enmarcada por la Iglesia de San Juan Bautista y tres caserones de arquitectura tradicional canaria de excelente factura. Es ya la una y media, llevo casi cinco horas de excursión y estoy cansado. Me tomo un café en el bar que hay al lado de la plaza donde me dicen que en el pueblo no hay parada de taxis, pero me llaman a uno que ha de venir desde Icod, así que el regreso hasta mi coche me costó la friolera de 27 € (tenía que haber cogido una guagua).


viernes, 24 de agosto de 2018

Etapa 7 completada al fin

He pasado unos días recuperándome de los dolores y agujetas de la aventura del lunes. Además, estaba solo en la finca y tenía que ocuparme de los animales, incluyendo dos perros “invitados”. Hoy viernes, con K de regreso y mi cuerpo suficientemente a punto, salgo temprano con la intención de hacer, esta vez sí, la séptima etapa y llegar al Realejo Alto. Había inicialmente pensado en repetir el breve tramo ya recorrido el lunes entre la estación de guaguas del Puerto y el hotel Maritim pero al final he decidido no pasarme de purista y comenzar la caminata de hoy en donde interrumpí el recorrido el otro día con tan casi funestas consecuencias; me digo que esta etapa la dividiré en la 7a (los primeros 3,400 km.) y la 7b que me dispongo a realizar. Aparco pues frente a una de las moles del Maritim y me acerco hasta el fondo de saco. Ahí siguen los obreros y las vallas que cierran el paso pero esta mañana resulta que han dejado entreabierto el acceso al sendero de la Rambla de Castro, si bien pocos metros más adelante, justo donde el camino se bifurca, otra valla bloquea el recorrido con un cartel del Cabildo indicando que hay peligro de desprendimientos. Me quedo dudando un rato que hacer cuando veo que una chica se acerca por el sendero con unos perros y que, sorteando la verja, llega con todo desparpajo hasta donde estoy. Le pregunto si el camino tiene algún problema y me asegura que no, que está como siempre; de modo que me decido a pasar al otro lado y hacer la ruta tal como la tenía prevista desde el inicio, diciéndome que no debo informar de la transgresión a mis compañeros de Medio Ambiente. A los pocos pasos me alegro de mi pequeña desobediencia porque el paisaje es magnífico: : la ladera rocosa a la izquierda (con algunos muros de piedra de bancales agrarios hoy abandonados) y a la derecha el acantilado que cae al mar, una costa preciosa (ya también peligrosa). Estoy dentro del Paisaje Protegido de la Rambla de Castro, por el cual transitaré en esta etapa siempre que me mantenga junto al litoral. Este primer tramo discurre entre el Maritim y la urbanización Romántica II. con un trazado sensiblemente a nivel (en torno a la cota de los 40 metros sobre el mar), a excepción de la parte final de ascenso al citado núcleo urbano. Es pues de cómodo recorrido y el peligro no radica en el sendero propiamente dicho sino en la inestabilidad de las paredes rocosas de la ladera, como lo prueba una enorme roca que, hacia la mitad del tramo, lo obstruye casi en todo su ancho. Pero, afortunadamente, durante el tiempo que tardé en recorrerlo no se produjo el más mínimo desprendimiento. Llegando ya al final, opté por desviarme hacia la punta rocosa que cierra la playa de Los Roques y, desde la seguridad de un piso firme, mirar hacia atrás, al acantilado del Maritim que, cuatro días antes, pudo haber sido el último trozo de tierra sobre el que habría estado.



Subo pues a la urbanización, la segunda Romántica (luego pasaré por la primera). Ambas son productos de los años sesenta, unos tiempos en que bastaba comprar unas tierras y elaborar un sencillo plan de urbanización que obtenía todas las bendiciones. En términos turísticos, el Sur aún no existía; en cambio, la potencia (a la escala cuantitativa de la época) del Puerto de la Cruz irradiaba expectativas urbanizadoras e inmobiliarias en ambas direcciones. El promotor de las Románticas fue un alemán, Paul –don Pablo– Odebrecht (nada que ver con la constructora brasileña involucrada en escándalos de corrupción en varios países latinoamericanos), quien por lo visto se había hecho rico en Berlín durante los cincuenta con negocios textiles y en el 63 recaló en la isla y decidió que tenía que ofrecer a sus paisanos el disfrute del sol y de la belleza paisajística de la costa septentrional tinerfeña. Ciertamente, los propietarios o inquilinos de los inmuebles de primera línea tienen unas vistas prodigiosas; lástimas que sus edificaciones sean a su vez lo que se ve desde el exterior, y esas vistas no son nada bonitas. Es ésta una urbanización de chalés, aunque también hay zonas de adosados de evidente menor calidad y, en primera línea algunos edificios de apartamentos en altura que e anclan a las rocas y van creciendo hacia abajo por el acantilado (uno se pregunta si algún día se desgajará esa pared llevándose al mar esas adherencias de hormigón; qué terrible tragedia sería). Me meto hacia el mar por la calle el Drago, para curiosear en las entrañas de uno de esos colosos; no parece que esté muy ocupado pero en uno de sus portales me encuentro con un matrimonio mayor que me invita a pasar para que vea desde un ventanal las vistas a la costa; al despedirme, les pregunto si no les da algo de aprensión vivir colgados al vacío. Vuelvo a la calle Las Palmeras y sigo hasta su extremo oeste donde cojo a la izquierda la de las Rosas; subo unos metros por ésta y enseguida giro a la derecha por el final de la calle de los Geranios donde acaba la urbanización y se vuelve al Paisaje Protegido, con su senderito bien acondicionado para el disfrute de los excursionistas.


Este segundo tramo del sendero que recorre la Rambla de Castro es parecido al anterior, también sensiblemente horizontal pero a mayor altura sobre el mar (calculo que discurre por la cota 100 poco más o menos); recorre los cuatrocientos metros que hay entre ambas Románticas pero al llegar a la primera, en vez de entrar en sus calles, la bordea por su límite norte. Enseguida, antes incluso de haberla dejado atrás, aparece ante la vista, abajo junto al mar, las ruinas del elevador de aguas de la Gordejuela; se trata de una antigua estación de bombeo, construida en 1903 por los Hamilton (familia a la que ya he mencionado en la etapa sexta) que tuvo el mérito, además de las dificultades de su construcción, de albergar la primera máquina de vapor que hubo en Tenerife. Ahí, donde está esa edificación (de indudable valor histórico y también arquitectónico pese a su deplorable estado) existió uno de los nacientes más caudalosos de la isla, que nos describió hacia la tercera década del XIX el naturalista Sabino Berthelot: “Retumba un fragor que se suma al bullir de las olas; son las cascadas de Gordejuela, que se precipitan, en una sucesión de saltos, desde lo alto de la ladera para derramarse en transparentes cortinas de agua al pie del acantilado”. Hamilton&Co constituyeron la Sociedad de Aguas de la Gordejuela para explotar los manantiales y regar las fincas de plataneras que estaban por encima. Sin embargo, tanto los altísimos costes de las obras como la mala coyuntura internacional en los precios fruteros puso a la empresa en una delicada situación económica que obligó a arrendar estas instalaciones a otra compañía agraria (la más potente Elder & Fyffes) y finalmente vendérselas. Poco a poco el sistema de elevación fue haciéndose obsoleto y hasta innecesario, lo que llevó al progresivo abandono y consiguiente deterioro material. Compruebo que en el Plan Especial de Protección de la Rambla de Castro (aprobado por el Gobierno de Canarias en 2000) se planteaba la rehabilitación del inmueble para dedicarlo a fines vinculados a la conservación del Espacio Natural pero, como es más que evidente, nada se ha hecho. Después de recorrer unos doscientos cincuenta metros contemplándolo, y tras cruzar el barranco del Patrimonio por un liviano puente metálico, llego al punto desde el que se baja al elevador de aguas; como me temía está cerrado. Como ahora llevo el planeamiento de los espacios naturales de la Isla, quizá en no mucho tiempo hayamos de revisar el Plan de la Rambla de Castro y me toque visitar por dentro este inmueble.


Los últimos metros han sido de subida y el sendero es ahora una pista –camino La Merina– que discurre más alto (hacia los 135 metros) y más separado del mar. Al cabo de un rato recupera sus características de sendero y empieza a descender la ladera del barranco del Moral. Cruzado éste (hacia la curva de nivel de los 80 metros) el camino se bifurca; el ramal secundario gira hacia el Norte para bajar hasta la playa de la Fajana; aunque no lo tenía previsto en la ruta, me dejo tentar y tomo el desvío. La primera parada es en una caseta de máquinas hidroeléctricas, con bastante pinta de abandono. A partir de ahí, la bajada se hace más empinada, la mayor parte con escaleras en piedra. Llego a otras ruinas casi a pie de playa, que albergaban las máquinas de extracción de agua del pozo de la Fajana. En un par de saltos más me planto en las rocas que forman esta “playa” aunque con marea baja se supone que hay una buena extensión de arena negra. Se trata, en todo caso, de uno de esos lugares casi secretos de la Isla, a los que pocos vienen y los que lo hacen no quieren que se conozcan. Hoy, pese a que hace calor, no hay nadie. Tras un ratito de embelesamiento marino, emprendo la esforzada subida (yo me lo he buscado), pero ahora no vuelvo al sendero principal, el que discurre por el borde de la urbanización La Tropicana, sino que desde la caseta de media ladera giro a la derecha para seguir un recorrido en cota algo más baja que me llevará directamente a la Casona de Castro. Pero antes paso por encima del Fortín San Fernando, un pequeño baluarte construido a finales del siglo XVIII para vigilar y defender la costa realejera de los ataques piratas. Un poco más adelante nace la bifurcación del sendero que lleva hasta ese curioso enclave, mas también está cerrado el paso.


Entro en la hacienda de los Castro o del Mayorazgo, la principal y más antigua de las de la costa del municipio. El origen de la propiedad se remonta casi a los primeros repartimientos (datas) posteriores a la Conquista, en este caso a favor del portugués Fernando de Castro y de su hijo Luis, fundador del mayorazgo en 1541. También la visitó Berthelot quien de ella dice que “en un rincón del terreno que desciende hacia el mar descubrimos una estancia deliciosa: la Rambla de Castro. Es una quinta bonita, completamente rodeada de palmeras y cuyos jardines, regados por las fuentes que manan de los bosques vecinos, siguen las mil vueltas de las cavidades en las que están en alguna manera suspendidos. Las terrazas unidas por desfiladeros estrechos que bordean los contornos del acantilado, dominan el precipicio; los manantiales brotan por todas partes, uniendo su dulce murmullo al ruido de las olas que vienen a morir a nuestros pies.” Hoy es de propiedad municipal y ha sido rehabilitada con exquisito cuidado para dedicarla a aulas ambientales; una arquitectura magnífica en un entorno paradisiaco. Vagabundeo un rato por los jardines y luego cojo el camino del Guindaste y, tras pasar un pequeño grupito de casas, giro a la derecha para bajar al borde del acantilado y camino siguiendo la línea costera (hay una bajada que no tomo a las rocas marinas sobre las que algunos bañistas toman el sol desnudos). Un poquito más adelante el sendero atraviesa un túnel y da acceso a la calle principal de la pequeña urbanización Rambla del Mar. Saliendo de ésta me encuentro en un área totalmente cubierta por plataneras que he de atravesar cuesta arriba (no demasiada pendiente) por esa misma vía asfaltada. Justo antes de llegar al enlace con la TF-5 (donde también confluye la que viene de la playa del Socorro), nace un camino empedrado que, en paralelo al trazado de la carretera general, va subiendo hasta alcanzar su cota. A medida que subo contemplo en toda su extensión el espectacular doble mar: de plátanos en primer plano, el océano detrás.


El camino acaba en el mirador de San Pedro, un apartadero de la carretera general en el que los turistas suelen detener sus coches de alquiler para disfrutar del paisaje mientras toman unas cañas. Pero antes está la ermita del mismo nombre, construida a principios del XVII gracias al Castro de la época; es una edificación sencilla encalada que, según informa un panel municipal, tiene cenefas pintadas en las paredes, la techumbre con decoración mudéjar y una imagen del primer apóstol que recuerda las obras de los talleres sevillanos de finales del XVi; pero está cerrada y no puedo comprobar estos datos. Empieza ahora la parte final y más “costosa” de la etapa ya que he de subir hasta el Realejo Alto. Primero camino por el lateral de la TF-5, afortunadamente acondicionado para el tránsito peatonal. A poco más de doscientos metros llego al barrio de San Vicente; giro a la izquierda y enseguida cruzo la calle para subir por una zigzagueante escalera al viario que con un trazado bastante recto y una pendiente bastante empinada me obligará a sudar durante casi un kilómetro hasta llegar a la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, proa hacia el mar de la almendra que conforma el casco histórico del Realejo Bajo. Como ya llevo bastante escrito, me abstendré de describir más monumentos arquitectónicos; además, el templo estaba cerrado. Lo circunvalo completamente y bajo por las escaleras de la calle Nueva a la de la Alhóndiga, que cruza al otro lado del barranco del Moral. Sigo hasta la plaza de San Agustín en donde se erige la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, un templo neoclásico proyectado en los años cincuenta por el arquitecto orotavense Tomás Machado, uno de los impulsores del "neocanario". . Luego me toca un kilómetros de dura ascensión por la calles San Agustín, Las Canillas y Avenida Canarias (de la que un amigo mío dice que al nombre le quitaron el texto que le precedía: “más fea de”), donde está el Ayuntamiento, edificación cuya calidad arquitectónica armoniza perfectamente con la del entorno. Luego giré a la derecha por el callejón peatonal Atlántida y desemboqué frente a la Iglesia de Santiago Apóstol, que se supone que es la primera que se erigió en la Isla ordenada por el propio conquistador. Naturalmente el inmueble actual es más tardío (del XVII en su mayor parte). En todo caso, una obra de excelente factura que fue declarada Monumento Nacional en 1983. Doy la vuelta a la plaza, bautizada de Viera y Clavijo en honor al más ilustre de los nacidos en el municipio y, siendo las trece treinta horas, cojo un taxi que me lleva hasta el Maritim donde recupero mi coche y a casita. Etapa concluida.

En el mapa aparece la etapa 7 en su conjunto (Puerto de la Cruz - El realejo Alto), aunque debido al incidente del lunes 20 la he hecho en dos jornadas. Su longitud completa es de 13,60 Km (3,40 el lunes y 10,20 hoy) y el primer tramo discurre muy cerca de la costa para luego, en la parte final, subir hasta los 350 metros de altitud.