miércoles, 21 de abril de 2021

La Nonna (3)

Cuando los padres aceptaron entregar a Rachele, la niña acababa de empezar quinto de primaria en una escuela de monjas de Catanzaro. Con catorce años cumplidos debería estar tres o cuatro cursos más adelantada, en la secundaria. Para justificar su atraso escolar, Rachele explicó al Tribunal que había perdido cursos debido a los muchos cambios de destino de su padre como empleado público. Como ya he dicho, desconozco los domicilios de los Marincola anteriores a la ruina familiar y el regreso a Catanzaro, pero no me parece argumento convincente para haber acumulado un retraso escolar tan grande. Según Saverio Marincola, hijo mayor de Domenico y primo de Rachele, la verdadera razón es que Ernesto, además de ludópata, era exageradamente celoso (los celos eran una de las excusas para golpear con frecuencia a su mujer) y por eso, cuando la niña apenas tenía ocho años la sacó del colegio para que permaneciera siempre en casa vigilando a la madre e impidiendo las imaginadas infidelidades que le atormentaban. Una joya de padre le tocó, no hay duda. En todo caso, lo relevante es que a los catorce años la chica carecía de la formación que le correspondería a su edad. La Nonna llegó a ser una mujer culta, pero lo logró de forma autodidacta. 
 
Pactado el matrimonio, el siguiente paso fue presentar a los prometidos. Caligiuri ya la conocía, claro, y atendiendo al empeño que puso en casarse, infiero que la habría visto repetidas veces, buscándola en sus paseos por las calles de Catanzaro, aprendiéndose sus rutinas. Sin embargo, Rachele declaró que hasta la tarde de la presentación formal no conocía, ni siquiera de vista, a su futuro marido. No tengo ninguna prueba para desmentir esa afirmación, pero se me antoja poco verosímil. Me extraña mucho que una chica tan avispada no se percatara del acecho a que le sometía ese tipo mayor que además no era precisamente un maestro del disimulo. Tiendo a creer, en cambio, que los patéticos movimientos de Renato enseguida se le hicieron evidentes y le debieron divertir y hasta puede que halagar. Me imagino a la chica chismorreando entre risas con alguna amiga a costa del feo pretendiente que le había salido. Ciertamente no sería con las compañeras del colegio, mucho menores que ella, pero quiero creer que tendía alguna amiga de su edad (o, por ejemplo, con la prima Francesca Suriani, a la que luego me referiré). En fin, pasado tanto tiempo y sin ningún testimonio, no podemos más que fantasear sobre la cotidianidad de esa niña, lo que pensaba y lo que sentía. 
 
Sabemos no obstante –porque así lo declaró Rachele– que poco después de la segunda petición de mano, sus padres le anunciaron que se barajaba una propuesta de matrimonio. Según ella, al oírlo, se echó a reír pues le pareció un chiste absurdo, algo completamente ajeno y lejano a su mundo infantil. Puedo imaginar a la niña escuchando a sus padres en actitud dócil y hasta risueña. Sería Ernesto quien llevaría la voz cantante, explicándole en tono autoritario la necesidad de que se casara, más ordenando que buscando convencerla; la madre, a lo mejor, suavizaría el discurso del padre con palabras más afectuosas, quizá con caricias tranquilizadoras. En el juicio eclesiástico Ernesto dijo que su hija, en un principio, consintió en conocer al pretendiente, incluso en iniciar un noviazgo. Puede ser verdad; puede que Rachele, en las vísperas de la presentación formal, conmovida por los argumentos familiares (especialmente los referidos a la salud del hermano), diera a sus padres el sí provisional de una niña que, en la ingenuidad de su edad, no entendía bien lo que le esperaba. Me da la impresión de que, por más que a esas alturas ya tenía suficientes mimbres para intuir lo que se avecinaba, no terminaría de creérselo y mucho menos pensaría que sus padres la forzarían a casarse.
 
La presentación fue en noviembre de 1921 en la casa de la tía Concetta, hermana menor de Anna, la madre; el domicilio de Rachele no reunía las condiciones mínimas para una recepción de esta naturaleza. Asistieron los futuros esposos y sus respectivos padres y también, lógicamente, el matrimonio anfitrión, los Suriani. Los dos hijos, Marcantonio, de 20 años, y Francesca de 17 estaban en casa pero probablemente solo permanecerían un rato en el salón. Al fin y al cabo, era una transacción entre adultos; Rachele era poco más que el objeto del pacto. Todos los testimonios –salvo el del propio Caligiuri que no se debía enterar de nada o su orgullo le impediría admitirlo– confirman que la impresión que la chica recibió del que había de ser su marido fue pésima; le pareció muy feo, bajito –ella era alta–, de aspecto enfermizo y cegato, ridículo. Pretexto alguna excusa y huyó del salón a refugiarse en la habitación de su prima con la que guardaba una relación estrecha, de confianza, pese a ser tres años mayor, mucho a esa edad. La veo arrojándose en brazos de Francesca, llorando de rabia y angustia. No quiero casarme con ése, diría, es muy feo y además raro. La prima la serenó, le dijo que no era tan feo y le insistió en que le convenía casarse con él, tanto por su bien como por el de la familia. Rachele volvería al salón y aguantaría la que supongo que sería una reunión aburrida y ceremoniosa, plagada de frases huecas, tópicos manidos y silencios incómodos. Una tortura para una chiquilla de catorce años. Ella, por supuesto, estuvo fría y callada, seguramente con la cabeza baja y rehuyendo las miradas. Menos explicable es que Renato, por su parte, se mantuviera también rígido, sin hacer ningún intento por mostrarse simpático, por agradar a Rachele. En realidad, como él mismo declaró, lo único que importaba de ese acto preliminar era oficializar el noviazgo. 
 
Desde luego, para todos fue evidente que a la niña le desagradaba profundamente el joven con quien la querían casar. Ante el Tribunal, Rachele aseguró que desde esa tarde dejó clara la aversión que sentía. Caligiuri, sin embargo, declaró que no se percató en absoluto de ese rechazo porque, de haberlo notado, no habría consentido en casarse. Por muy pagado que estuviera de sí mismo, por muy tonto que fuera, no parece creíble que se engañara tanto. Más verosímil resulta que dijera esas patrañas para no quedar como lo que realmente era: un desgraciado ruin y egoísta que se había encaprichado de una niña sin respetar en nada sus sentimientos. De hecho, hasta su madre se dio cuenta de lo que había y me barrunto que algo le diría regresando a su domicilio, pero al hijo le entraría por un oído y le saldría por el otro, tan obtusa y terca era su vanidad (además, parece que menospreciaba a la madre). Cuando los Caligiuri se fueron, Rachele explotó y, entre hipidos y lágrimas, repetía que no quería casarse con ese tipejo. Me representó la escena: Ernesto enrojeciendo de ira ante la terca rebeldía de su hija, su cuñado calmándolo para evitar daños mayores, Anna, Concetta y Francesca –madre, tía y prima– rodeando en actitud protectora a la niña, intentando tranquilizarla y, con buenas palabras, convencerla de que había de seguir adelante con ese noviazgo. Ahora te parece feo y le tienes aversión pero verás que con el tiempo le irás cogiendo afecto, el amor surge poco a poco. En fin, que con buenas y malas palabras, con gestos cariñosos y amenazantes, lograron consolar a Rachele y que aceptara –más bien que se resignara– su nuevo estado. Ese día empezó el noviazgo que, como mandaban los buenos usos y más siendo tan tierna la edad de la prometida, se fijó en un año. Largo plazo para una adolescente; quizá que la boda fuera tan lejana contribuyó a que accediera.
 
El noviazgo de entonces consistía fundamentalmente en un rito de visitas del prometido a la casa de la prometida; allí los novios pasaban el rato hablando de vacuidades y siempre con la presencia de algún familiar (las más de las veces, supongo que sería Anna, la madre). También, durante ese año, hubo algunas visitas –menos– de Rachele, escoltada por Anna, a la casa de los Caligiuri. Obviamente, los adultos habían de estar presente para prevenir muestras de afecto que pudieran atentar al decoro, riesgo que no existía en este caso: a Rachele lo que menos le podía apetecer es que Renato la acariciara o besara y éste debía ser, además de muy apocado, hombre de muy reducida libido. Ahora bien, las cartas que le escribió desde el principio (y que se presentaron durante el proceso de nulidad) muestran un Renato enamorado hasta las trancas que se lamenta amargamente de no ser correspondido. “Cuando estás junto a mí, me aíslo de todos y de todo y no vivo más que para ese instante intenso en el cual puedo mirar en tus limpios ojos serenos tu alma sencilla y buena”; “Lina mía, te adoro, enloqueceré si no me amas”; “durante la velada, te comportaste como si fuésemos extraños”; “esa cortesía glacial que usas cuando estamos juntos” … 
 
Pero en esas cartas, que corresponden al primer mes de noviazgo, también consta que la novia a veces se portaba cariñosamente, que estaba al lado de su prometido “educada, desenvuelta y sonriente” e incluso, al menos en una ocasión, lo “recibió con una luminosa sonrisa de amor” (o eso le pareció a Renato). Rachele explicó al Tribunal que sus muestras de afecto fueron siempre debidas a las presiones y amenazas de su padre, temeroso de que Caligiuri, al convencerse de que no le quería, rompiera el compromiso. Así, hay una carta del 13 de diciembre en que ella le asegura que lo ama mucho, que no debe dudar de cuanto lo quiere; pero esa carta, según declaró, fue dictada por su padre (añadió además que por su escasa formación escolar no era por entonces capaz de redactar). Más o menos lo mismo vino a confirmar Saverio Marincola, que calificó a su prima como casi analfabeta y que era el padre quien escribía las cartas a lápiz para que luego ella pasara la pluma por encima de las letras. Aunque hay pocos testimonios, parece que hasta fin de ese año de 1921 y puede que algo más, hubo una dura pugna entre de Ernesto con Rachele para convencerla –por las buenas o por las malas– de que tenía que engatusar al Caliguiri. No terminaba el padre de conseguirlo, como demuestran las quejas del novio. Incluso, algunos desplantes de la chica eran causa de que, de regreso a su casa, Renato sufriera ataques nerviosos con convulsiones; entonces, su padre iba a protestarle a Ernesto y éste castigaría a la chica, conminándola a que cambiara de actitud. 
 
Ya hacia mediados o finales de enero del 22, el pretendiente parece haberse convencido de que su novia lo quiere y achaca sus malhumores o tristezas a que él es aburrido y melancólico, no a falta de amor. Da la impresión de que en esa primera etapa del noviazgo Rachele fue domada, sometida a la voluntad de su familia. No descarto que hasta pudiera haberse resignado y, llegado a ese punto, que por momentos pudiera sentir algo de aprecio por ese con quien no tenía más salida que casarse (hacer de la necesidad virtud). Si pensamos en cómo era tratada por su padre, parece admisible que salir de su casa, aún para vivir con un marido que le repugnaba, fuera una opción con algunas ventajas; quizá calculara que podría manejar a Caligiuri y organizarse una vida más o menos aceptables. En todo caso, por muchos vaivenes de su ánimo, la aversión de Rachele no desapareció y afloró repetidamente en los siguientes meses previos a la boda.

sábado, 17 de abril de 2021

Absurdo e imposible

Hoy se cumplen dos meses de la muerte de Luisa, 59 días de tristeza inmensa y casi incesante porque hasta en los breves ratos en que algo me tiene entretenido y los pensamientos se distraen de su obsesivo objeto la llevo de fondo, sorda pero presente. La echo en falta en cada momento, cada cosa que hago la hago pensando en ella, para ella, esperando que me diga qué le parece, incluso oyéndola decírmelo. Sé –es obvio– que todavía no he aceptado que se haya ido, que no voy a volver a verla. Por más que sepa que está muerta, no soy capaz de digerir esa realidad. Es como si estuviera ante algo absurdo, imposible –cómo Luisa va a estar muerta, es absurdo, es imposible– que, por tanto, no puedes creer. No sé, como si de pronto alguno de mis perros empezara a hablarme con perfecta dicción y absoluta congruencia. En realidad es así, pero justo al contrario. Porque cuando algo es absurdo lo es porque va contra la razón y, en este caso, se trata de un absurdo emocional, del corazón. Luisa ha muerto como consecuencia absolutamente lógica y previsible del maldito glioblastoma; no hay nada absurdo, nada imposible en ese final (más bien, por lo que parece, casi lo imposible habría sido que hubiera sobrevivido al tumor asesino). Pero por más que mi razón me diga eso, mi yo más profundo (radique en el corazón o, más probablemente, en las tripas) dice que no, que es absurdo, que es imposible. 
 
Y cuando lo absurdo, lo imposible, se te impone, no entiendes nada porque se te rompe la estructura que te soporta, te articula, te mantiene íntegro y, sobre todo, te da sentido. De modo que, de pronto, te quedas sin apoyo y dejas de tener sentido pues lo que creías que lo tenía no lo tiene, es absurdo. Lo imposible no solo es posible, es real pero entonces, la realidad no era la que creía, esa que estaba llena de ella porque era ella la que aportaba ese ingrediente mágico –era amor, claro– que la dotaba de sentido. Dice Janet Winterson que perder a alguien a quien amas cambia tu vida para siempre. No es solo la vida, es la realidad toda la que ha cambiado, como si se hubiera vaciado de sentido y por supuesto de belleza. Me siento como Keanu Reeves cuando descubre la descarnada y espantosa realidad de Matrix. Así de fea, de vacía, es la realidad sin ella. Winterson habla de un hueco que no se va a llenar nunca. Me parece acertado hablar de hueco pues el hueco, el vacío, es lo que no es, lo que fue y ya no es, ha dejado de ser. Y en efecto, mi sentimiento más intenso es carencia, oquedad. Un vacío que duele –que duele muchísimo, como nunca antes nada me había dolido–; un vacío que duele como si me estuviera desgarrando por dentro, vaciándome a dentelladas. Me viene a la mente la conocida proposición de Spinoza –“cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser”– y se me ocurre que la muerte de Luisa ha roto mi ser, lo está destruyendo, lo acerca a su negación, a la nada. Y quizá por eso me duele tanto. 
 
Este dolor del vacío me hace ver también cuánto de mi propio ser era Luisa. Mientras vivía no lo supe. Sabía que la amaba, desde luego, pero no imaginaba que tanto y, sobre todo, no me di cuenta de que se había fundido tan íntimamente conmigo que era yo; nunca se me pasó por la cabeza –ni siquiera en los meses terribles de la enfermedad– que al perderla no la perdía solo a ella sino que perdía parte –sin duda la mejor parte– de mí mismo. Ahora sé perfectamente cómo y cuándo Luisa entró en mí (además, ya lo he contado). Luego, a lo largo de quince años, ocurren muchas cosas, no siempre buenas, y te olvidas, imbécil, de valorar lo que tienes como se merece, de cuidar el amor, de amar mejor. En estos días últimos he empezado con los reproches, pero de eso hablaré más adelante. Hoy, al cumplirse los dos primeros meses, lo que quiero es protestar a gritos contra una muerte absurda, contra la puta vida que se empeña en hacer real lo que era (tenía que ser) imposible. Sé que este dolor lacerante irá poco a poco desvaneciéndose, sé que iré aceptando que Luisa no está, sé que incluso recompondré los pedazos rotos de mi ser, aunque el hueco seguirá para siempre. Quiero pensar que hasta conseguiré “integrar” la ausencia de Luisa y la llevaré conmigo, como fuente de amor, paz y motivación. Pero hoy siento la rabia de la impotencia, clamo indignado contra el absurdo, me rebelo inútilmente contra el imposible que no lo fue. Y lloro.

martes, 13 de abril de 2021

La Nonna (2)

Tengo la impresión de que ya desde muy jovencita, el carácter de Rachele Marincola era duro y frío. Era aún una niña y, como tal, pervivían en ella vestigios de ternura, debilidad, temor … Pero ya se estaba forjando una fortaleza interior construida a costa del rechazo al sentimentalismo, que sabía que le sería necesaria para sobrevivir. Es natural que un niño cuya vida cotidiana ha sido vapuleada hasta esos extremos, si no se derrumba anímicamente, endurezca su carácter. En el caso de Rachele, intuyo que se suma lo que cabría llamar “conciencia de clase”, el saberse de un estatus superior que no se correspondía con la miseria material de su vida. Añádase que era una chica viva e inteligente, además de muy guapa; dones que reforzarían su convencimiento de merecer una existencia mucho mejor. Estas notas de su personalidad todavía infantil vienen confirmadas por diversos testigos durante el proceso de la nulidad matrimonial. De todos ellos, el que más me ha llamado la atención es el de una vecina de los Marincola que dijo que “la hija, cuando los padres se peleaban, en vez de alarmarse o conmoverse, permanecía impasible, en una actitud casi cínica; no creo que les tuviera miedo”. 
 
Esa niña tenía trece años en el otoño de 1920, cuando por primera vez la vio Renato Caligiuri, un recién licenciado en letras de veintidós años y, según declaró al tribunal eclesiástico, “le suscitó afecto”. Dispongo de muy poca información sobre la situación familiar de los Caligiuri. Se trata de un apellido conocido en Calabria pero no nobiliario como Marincola. De hecho, según uno de los testigos, los Caligiuri eran una familia modesta pero con un discreto patrimonio, y Renato hijo único, adorado y mimado. No quedan claros los pormenores de ese primer encuentro: algunos testigos dicen que fue en un recital diurno en un teatro, otros que se cruzaron por la calles. Si fue lo último, tras ver el plano de Catanzaro y leer un poquillo sobre su evolución urbana, me atrevo a apostar que sería en el Corso Mazzini, vía principal que atraviesa el casco histórico medieval y que se abrió a principios del XX; en fotos de la época se aprecia esa calle atestada de viandantes, de modo que no es aventurado suponer que fuera el escenario preferido de los paseos ciudadanos, el lugar donde se cruzaban miradas los solteros de buena familia, rito previo al cortejo formal. Supongo que Rachele iría acompañada por su madre o de alguna otra pariente adulta; por más que los padres estuvieran casi en la ruina no iban a dejarla que se paseara sola. Supongo también que la niña se daría cuenta de que despertaba la atención de ese joven feucho y bajito, muy delgado y de aspecto enfermizo (así lo describiría al Tribunal); no le atraería en absoluto pero no descarto que, por coquetería congénita, pudiera haberle regalado alguna sonrisa inocente que haya animado a Caligiuri a dar el siguiente paso. 
 
Lo primero que hizo Renato después de quedar deslumbrado fue informarse sobre esa chiquilla. Informarse, allí y entonces, significaría preguntar por los vínculos familiares de Rachele y enterarse de los dos datos fundamentales: que pertenecía a una familia de alcurnia –por tanto, un partido socialmente aceptable– y que esa familia estaba en una gravísima situación económica, lo que colocaba al pretendiente en  posición ventajosa. Tras hacer las pertinentes gestiones y decidir que quería desposarla aunque solo la conociera de vista y por referencias, Renato, siguiendo la costumbre, envió a dos personas honorables a pedir su mano; pero estos dos señores –un commendatore y un dottore– no fueron a ver a los padres de Rachele, sino a Domenico, el hermano mayor de Anna, y que sería algo así como el capo de la familia Marincola. Estamos en la Calabria de principios de siglo que no debía ser muy diferente de la Sicilia de la que escapa Vito Corleone en la segunda parte del Padrino. Domenico habló con Ernesto, pero esta primera petición fue denegada. Según declararon los padres, porque su hija era demasiado niña para casarse; según Caligiuri, porque los Marincola tenían vergüenza de que el pretendiente conociese su estado de miseria que, además, les imposibilitaba aportar dote ninguna a la boda. Vistos los testimonios durante el juicio, me da la impresión que a Rachele ni siquiera se le informaría; lo que no aseguraría, en cambio, es que no se enterara, me da la impresión de que estaba muy al corriente de lo que pasaba en su familia. 
 
El segundo intento fue unos siete meses después, calculo que hacia el otoño del 21, con Rachele ya de catorce años. Esta vez Ernesto Marincola acepta la propuesta. Ciertamente, la chica era un año mayor, pero no suficiente para pasar de demasiado joven a simplemente joven; pero han surgido nuevos factores. El primero –que es el que más se repitió durante el proceso de nulidad– que el hermano Totò había vuelto a casa de la Guerra, enfermo de tuberculosis. Por aquel entonces, la tisis era una enfermedad mortal para muchos de los que la contraían; si bien desde finales del XIX se conocía el bacilo que lo causaba, no se lograron las primeras vacunas hasta acabada la Gran Guerra y aun hubo que esperar hasta el descubrimiento de la estreptomicina en 1946 para contar con un antibiótico eficaz. Bien es verdad que por esos años, la incidencia de la tuberculosis había disminuido, gracias a las mejoras en los hábitos alimenticios e higiénicos; de hecho, el problema más grave de salud pública de entonces fue la famosa gripe española. Pero la tisis seguía siendo una enfermedad muy grave y altamente infecciosa. No he logrado averiguar casi nada de Totò, el hermano mayor de Rachele. Si había enfermado sirviendo en la Gran Guerra, calculo que habría nacido en los últimos años del XIX (al inicio del matrimonio de sus padres) y tendría poco más de veinte años. La contienda finalizó para los italianos en noviembre de 1918 tras la rendición de los austrohúngaros. ¿Dónde estuvo Antonio Maríncola desde esa fecha hasta que llegó a Catanzaro, probablemente en 1921? No lo sé, pero se me ocurre que quizá en algún sanatorio militar, quizá por los Alpes italianos, ya que se recomendaba el clima de la montaña para curar a los tuberculosos. En todo caso, cuando por segunda vez Caligiuri hace su propuesta matrimonial, el enfermo está en casa y los padres están preocupados –o dicen estarlo– ante el riesgo de que la hija pequeña se contagie. Casarla se presenta ahora como una solución deseable para proteger su salud. 
 
Sin embargo, no me convence. Si tanto les preocupaba que la chica enfermase, había otras alternativas bastante menos radicales que forzarla a una boda; la más obvia, que la acogiese cualquier familiar, lo que no habría sido muy complicado. De hecho, Rachele convivió con su hermano enfermo durante el año que duró el noviazgo (a lo que hay que sumar los meses que Totò llevara ya en casa) sin que ni los padres ni el prometido manifestaran ningún temor; lo cierto es que ninguno se contagió. Por eso pienso que había otros y más importantes argumentos en la decisión familiar; el fundamental, en mi opinión, fue el económico: Rachele fue vendida al Caligiuri para facilitar la mejora material de la familia Marincola. El propio Renato contó al Tribunal –y a este respecto no hay motivo para no creerle– que, conocida la razón del primer rechazo, se ofreció a liberar a la chica de aquella situación dolorosa a su costa. Ernesto admitió asimismo que se la entregaron a Caligiuri porque la aceptaba sin dote, mientras que cualquier otro la habría exigido y no estaba en condiciones de aportarla. E incluso, de la lectura de algunos testimonios, se capta entre líneas que los Caligiuri, una vez formalizado el compromiso, pudieron contribuir directamente a la economía de los Marincola. Parece que el padre de Renato no puso objeciones a cuantos gastos contribuyeran a satisfacer el deseo de casamiento de su hijo.
 
De todos modos, por más que desde la óptica actual ese comportamiento paterno nos repugne, es compatible con que Ernesto y Anna creyeran estar haciendo lo mejor para el futuro de su hija. En la mentalidad de esos años –y más en el atrasado Sur italiano– el bienestar y felicidad de Rachele pasaba necesariamente por hacer una buena boda y, dada la situación familiar, el del Caligiuri se presentaba como el mejor partido posible. Esa conclusión fue reforzada por la autoridad familiar del tío Domenico, como confirmó en el proceso su hijo. Y si hemos de creer a otro de los testigos, Giuseppe Colao, médico de los Caligiuri, fue Domenico quien, casi con violencia, impuso a los padres que forzaran a la hija a casarse, como si estos no terminaran por si solos de decidirse. No sé si creerlo, aunque cabe imaginar que el hermano mayor de Anna estaría indignado con su cuñado y deseara sustraer a su sobrina de un futuro miserable. En todo caso, no tiene demasiada importancia; lo cierto es que, con más o menos dudas, cuando Renato solicitó por segunda vez la mano de Rachele hubo consenso unánime entre los Marincola para casarla.

domingo, 11 de abril de 2021

Orfeo y Eurídice

Julian Barnes, al que descubrí en los ochenta por su loro de Flaubert, perdió a su mujer en 2008 a causa –¡también!– de un tumor cerebral. Ella, Pat Kavanagh, tenía sesenta y ocho años, pero él sesenta y dos, más o menos mi edad. En 2013 publicó Niveles de Vida, un libro breve y original dividido en tres partes: las dos primeras hablan de globos aerostáticos y pioneros de la aviación, y también de la legendaria Sarah Bernhardt; relatos de hechos reales que se supone le sirven de base para dedicar la tercera parte –la pérdida de profundidad, se llama– a hablar del doloroso desgarro de su propia pérdida. Lo leí a las dos semanas de la muerte de Luisa –ya antes había leído dos o tres análogos– y me sentí tremendamente identificado. Al fin y al cabo, como dice Barnes, la muerte de Luisa me ha desplazado a una categoría de personas separada crudamente del resto: los que hemos conocido el amor y los que hemos sufrido la fatal aflicción de la pérdida. 
 
Podría –y hasta me apetecería– ir transcribiendo las treinta y pico páginas y comentando cada párrafo, cada frase. Sería, claro, muy aburrido, amén de muestra de un narcisismo morboso que incluso a mí me parece inadmisible. Pero traigo aquí a Barnes porque, seguro que por su culpa, esta noche he soñado con el mito de Orfeo y Eurídice. Cuenta el británico que, cuando empezaba a afrontar salir de casa, asistir a lugares públicos, fue a ver la ópera Orfeo y Eurídice, de Gluck. Paso aquí la síntesis del propio Barnes. Muere la mujer de un hombre y sus lamentos conmueven tanto a los dioses que le otorgan el permiso de descender al averno, encontrarla y devolverla a la vida. Con una condición, no obstante: no debe mirarla a la cara hasta que hayan llegado a la tierra; de lo contrario, la perderá para siempre. Con lo cual, mientras él la conduce fuera del inframundo, ella le convence de que la mire; con lo cual ella muere y él vuelve a lamentarse, incluso más conmovedoramente, y saca su espada para suicidarse; con lo cual el dios del amor, desarmado por esta muestra de afecto conyugal, devuelve la vida a Eurídice. 
 
En mi sueño de esta noche no había dioses griegos que me ofrecieran ningún pacto. Simplemente se me aparecía Luisa y me pedía que fuera a recogerla de donde estaba, un sitio impreciso, que en ningún momento supe qué era. Iba a por ella, por supuesto. Llegaba a lo que vagamente parecía un claro en un bosque y ahí estaba, de pie, vestida con una túnica blanca, y sonriéndome. Imaginería mitológica del renacimiento italiano, diría yo. Nos abrazábamos y, por un momento breve, el sueño transformó su vaporosa esencia de ondas mentales en materia carnal, sentí su cuerpo físico apretándose contra el mío, la mutua adherencia de nuestras pieles. Vámonos, me dijo, sácame de aquí. 
 
Pero yo, por más que estuviera soñando, sabía que estaba muerta, que no la podía traer de vuelta. La muerte, me decía a mí mismo (quizá también se lo dije a ella), es irreversible, es una puerta que solo se cruza en un único sentido. Entonces me acordé de Orfeo y pensé que los dioses nunca quisieron permitir el regreso de su amada, probablemente porque ni ellos mismos podían hacerlo. No obstante, junto a Luisa, los dos de pie cogidos de ambas manos, una parte de mí –la doliente– le decía a la otra –la racional– que tal vez era posible, que tenía que esforzarme en creer que podría hacerla volver, que tenía que encontrar algún modo de deshacer lo que había ocurrido, de corregir ese absurdo error, esa broma macabra. 
 
En el sueño sentía mucho calor, un calor que asociaba al amor a Luisa, al amor de Luisa. Entonces, dormido, pensé que ese amor había de ser como un fuego que abrasase y derritiese las murallas de hielo –las imaginaba porque nunca las vi– que mantenían prisionera a Luisa. Pero mientras pensaba eso, noté que el calor disminuía, que las manos de Luisa se tornaban frías y que ella misma empezaba a desvanecerse. Lo último que recuerdo es que traté de abrazarla de nuevo, pero enseguida me desperté, con la presión de la angustia en el diafragma y ganas de orinar. Eran las cuatro de la mañana. 
 
Luego, hasta que hacia las seis me levanté, estuve en un duermevela alucinado, a medias entre lo real y lo onírico. Pensé o soñé –porque no eran propiamente ni pensamientos ni sueños- con Luisa, pero ella ya no estaba. Pensé o soñé que, hasta en lo más profundo del sueño, no podía creer que pudiera recuperarla, y que esa incredulidad había causado la desaparición de Luisa, la interrupción de mi sueño. Orfeo, ya fuera despierto o soñando, creyó que podía rescatar a Eurídice y traerla de vuelta. Cuánto me gustaría tener la fe de Orfeo, pero hace muchos siglos que los dioses mitológicos han muerto. No obstante, no me parece mucho pedir que, al menos durante el sueño, se anestesie mi helado raciocinio y pueda seguir sintiendo el cálido amor de la presencia de Luisa.

miércoles, 7 de abril de 2021

La Nonna (1)

Recién casados los padres de Luisa viajaron a Roma. Al llegar a la capital italiana se instalaron en casa de los que luego, para los futuros hijos, serían los nonni (abuelos). La Nonna, Rachele Marincola, tenía por entonces cuarenta y nueve años y era una mujer hermosa y muy elegante, con una figura muy llamativa; además poseía una personalidad fuerte y orgullosa. La Nonna sería para Luisa, durante toda su vida, una de sus más importantes referencias amorosas, casi la única durante su niñez y adolescencia. “La Nonna me dio todo, amor, comprensión, amistad, confianza y, en su afán de desprenderse de todo, me dejó sus muebles traídos de Italia, con un cúmulo de recuerdos”, escribió Luisa en 1991. De otra parte –así lo creen los hermanos– el carácter y comportamiento Rachele durante la infancia de Guido podría haber sido una de las principales causas de la colérica y patológica personalidad de éste, que tanto daño hizo a sus hijos. Merece pues la pena trazar algunas pinceladas de la historia previa de esta mujer. 
 
Rachele Marincola nació en Catanzaro, la capital de la meridional Calabria, en el verano de 1907. Marincola es uno de los apellidos más antiguos de la nobleza calabresa. Los primeros de ese nombre provenían de Aragón y se instalaron en la corte de Pedro III en Palermo, inmediatamente después de la derrota de los franceses tras las célebres “Vísperas Sicilianas” en 1282. Hacia finales del XIV una rama pasó a Calabria, perteneciente entonces al Reino de Nápoles, asentándose en Taverna. Por fin, a inicios del XVI la familia se instaló en Catanzaro, incorporándose a la nobleza de la ciudad. Durante los últimos quinientos años, los Marincola han aportado nombres ilustres a la historia calabresa: militares, obispos, abadesas, gobernadores; incluso han dado a Catanzaro una versión meridional de Romeo y Julieta con la trágica historia de amor entre Saverio Marincola y Rachele De Nobili, retoños de las dos principales familias aristocráticas de la ciudad en los primeros años del XIX, enfrentadas mortalmente porque los primeros apoyaban la unidad italiana y los otros a los Borbones. En Catanzaro hay multitud de huellas de esta familia, entre ellas el Palazzo Marincola (uno entre varios), que alberga en la actualidad el Museo de las Artes.
 
La familia de la Nonna, si bien noble, era una rama menor de los Marincola. Cuando Guido conoció a los Estévez, les dijo que su madre era baronesa. Si era verdad –no he podido confirmarlo– el título habría pasado a su hijo Guido y en la actualidad lo ostentaría Gianni, el hermano mayor de Luisa, pero no es así. No sé nada de burocracias heráldicas pero se me ocurre que tal vez, a la muerte de Ernesto, habría que haber hecho un trámite que no se hizo. Gianni me comenta que alguna ocasión su padre les contó que podía reclamar el título pero que no pensaba hacerlo porque él no creía en esas tonterías. En todo caso, fuera o no barón, el padre de Rachele, Ernesto, nacido en Catanzaro en 1864, había sido riquísimo, poseedor de un inmenso patrimonio, incluyendo una enorme mansión en la que celebraban bulliciosas reuniones, codeándose con la alta sociedad. Hacia 1896, Ernesto se casó con Anna, una prima suya (ambos se apellidaban Marincola). Anna era cuatro años menor que él, viuda y con un hijo de cinco años, Carlo Prestipini, que se criaría con los abuelos, aunque mantuvo la relación con su madre y padrastro. El matrimonio tuvo dos hijos: Totò, diminutivo de Antonio, y Rachele. 
 
Ernesto desde muy joven sufría una obsesiva ludopatía (por eso los padres de Anna no habían querido que su nieto viviera con el matrimonio) y en los tapetes de juego –de cartas especialmente– dilapidó toda su enorme fortuna. Rachele recordaba los buenos tiempos y más de una vez habló de ellos con sus nietos; les contó, por ejemplo, que una noche que su padre llegó a la casa, muy tarde como solía, le dijo a su madre: Annetta, haz la maleta que nos mudamos; me aposté la casa y la he perdido. Así, tan bruscamente, acabó la primera parte de la infancia de la Nonna, hacia 1920, cuando tenía doce años. Hasta esa fecha los Marincola no vivían en Catanzaro (no he averiguado dónde) pero, al quedar completamente arruinados, tuvieron que regresar a la capital calabresa donde al padre se le facilitó –imagino que gracias a contactos familiares–un puesto de funcionario. De este modo, la familia pudo sobrevivir, aunque muy modestamente: la casa de la infancia de la Nonna tenía solo dos habitaciones y muy pocos muebles. 
 
Lo que cuento de la familia de la Nonna proviene del sumario del proceso de nulidad matrimonial instado por la propia Rachele ante el Tribunal de la Sacra Romana Rota. Se trata de un legajo de 168 páginas amarillentas mecanografiadas (más tres de índice) escritas en un italiano algo vetusto y ceremonioso –salvo el texto de la Sentencia que está en latín– que cubre las actuaciones desarrolladas entre julio de 1938 y noviembre de 1942. Constan en ese documento las declaraciones testificales de muchas personas que dan sus versiones personales sobre Rachele y su familia en la época de su noviazgo y matrimonio (principios de los años veinte). La diversidad de fuentes sobre un mismo asunto permite contrastarlas para acercarse a lo que pudo ser la verdad de unos hechos ya muy remotos. En todo caso, a mi juicio, la información que he podido obtener de este documento tiene un alto grado de fiabilidad, mayor a mi juicio que lo que la propia Nonna contó al respecto a Luisa y sus hermanos (que, aunque coincide en la mayoría de los hechos, presenta algunas diferencias menores). 
 
A través de las declaraciones de varios de los testigos, se puede uno hacer una idea del carácter de Ernesto Marincola, lo que me ha resultado revelador porque, en gran medida, anticipa rasgos de la personalidad de su nieto Guido, el padre de Luisa. Volveré sobre estos parecidos, pero ahora paso a extractar algunas declaraciones al respecto. Empiezo por Rachele: “Mi padre tenía un carácter duro, autoritario, casi violento y ninguno en casa se atrevía a enfrentársele, ni siquiera mi madre”. Luego añade que, en vísperas de la boda a la que le obligaban, se puso a gritar que no quería casarse y su padre la cogió por las orejas y la abofeteó repetidamente, dejándola aterrorizada. Renato Caligiuri, el marido, declara que los padres de la Nonna discutían violentamente a menudo por motivos de celos, que la joven tenía terror del padre y que sospechaba que éste algunas veces llegaba a golpearla, aunque nunca lo hizo en su presencia. El propio Ernesto Marincola reconoció ante el Tribunal que la amenazó con echarla de casa y cuando se negaba a hablar con el novio, llegaba a abofetearla, encerrarla en la habitación y dejarla sin comida, lo que confirmó Anna, su esposa, casi con las mismas palabras (esa autoinculpación y la coincidencia de las declaraciones hace pensar que Rachele les había aleccionado). Otro testigo, un tal Attilio Zimatore, tío político de la Nonna, califica a ambos progenitores de neurasténicos y asegura que el padre caía frecuentemente en la violencia. Un amigo del barrio de Caligiuri, que estuvo muy cercano durante el noviazgo, dijo que Marincola era impetuoso; un conocido de ambos cónyuges, señaló que era de ideas fijas; un primo segundo de Rachele lo califica de terco y prepotente. Giovanni Marincola, declara sobre su cuñado Ernesto que tenía un carácter brusco, nervioso y autoritario. En fin, más o menos casi todos –hay aún más declaraciones de testigos– describen congruentemente, con distintos matices menores, una personalidad violenta y autoritaria. Tampoco es de extrañar; como aclaró hacia el final del proceso Saverio Marincola, primo mayor de la Nonna, en la Italia Meridional los progenitores eran todos autoritarios sin permitir a los hijos ninguna oportunidad de defenderse. Añadía que en la familia Marincola, noble y de tradiciones antiguas, este dominio del padre estaba todavía más enraizado, sin que fuera imaginable que nadie se opusiera al mismo. 
 
De la lectura de esas declaraciones también se concluye que, al menos al principio de la década de los veinte, el ambiente familiar de los Marincola era muy desagradable. Los esposos se peleaban constantemente y habían de ser discusiones violentas y ruidosas pues eran escuchadas por los vecinos. No me sorprende demasiado: una decadencia social y económica tan brutal como la que había sufrido ese matrimonio no puede sino agriar la convivencia. Rachele, aunque muy niña, vivió y sufrió en sus propias carnes el progresivo empobrecimiento, pasar de una vida de lujos a otra casi miserable. Y lo cierto es que se le habían grabado los buenos tiempos, tanto que me parece muy probable que de ahí provenga uno de los rasgos marcados de su futura personalidad: la afición por el lujo, por las cosas bellas; la fiera búsqueda de la seguridad, incluso de la comodidad, económica. En cualquier caso, la pésima situación familiar fue sin duda el principal motivo para que los padres arreglaran la boda de su hija adolescente.

lunes, 5 de abril de 2021

Nullitatis Matrimonii, una historia calabresa (VII)

Hace justamente trece años, en abril de 2008, escribí en este blog seis posts sobre un proceso de nulidad matrimonial desarrollado entre 1938 y 1943 ante el Tribunal eclesiástico de Catanzaro, capital de la región italiana de Calabria. En la primera de aquellas entradas dije que quien solicitó la nulidad fue la abuela una buena amiga que me había facilitado las 168 páginas que conformaban el sumario del proceso. Ahora ya puedo decir que esa "buena amiga" no era otra que Luisa, mi amadísima mujer a quien recientemente he perdido. Paso gran parte del tiempo de estos tristísimos días leyendo y escribiendo sobre ella, con ella instalada permanentemente en mi pensamiento. Y así, he vuelto a toparme con esas hojas amarillentas y deterioradas y me he dicho que por qué no seguir aquella historia que no llegué a acabar, sobre todo porque la Nonna fue una mujer fundamental en la vida de Luisa. Sigo pues donde me quedé, de modo que recomiendo a quienes le interese visitar sucesos de hace un siglo que lean antes de éste los posts que lo precede; los correspondientes enlaces son los que siguen: I, II, III, Paréntesis, IV, V y VI. (Por cierto, en los comentarios a cada artículo siempre interviene Zafferano, que era el seudónimo bloguero de Luisa; nótese su inteligente sentido del humor).

En el sexto post transcribí las ocho cartas escritas por Renato a Rachele y presentadas y leídas ante el Tribunal el 8 de febrero de 1940. Una semana antes (aunque en el legajo del sumario se consigna después), en el Tribunal se vieron dos cartas de Rachele a Renato escritas durante el noviazgo. Obviamente estas cartas las había aportado el marido que, como ya se ha ido viendo, parecía querer sostener que su mujer lo amaba y se casó con él de buena gana. Ciertamente, en ellas la adolescente insiste en que lo ama, en frontal contradicción con lo que repetidamente había asegurado ante el Tribunal: que Caligiuri le producía rechazo y que se casó forzada. No obstante, en la declaración que hace Rachele antes de la lectura de esas dos cartas suyas, asegura que el padre estaba detrás de esas redacciones y pide que Renato presente otras cartas suyas en las que le decía claramente que no quería casarse con él. Pero sobran mis comentarios; paso a transcribir mi traducción de este capítulo del sumario.
 
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45 – Depositio altera actricis 
(1 febr. 1940)
 
R.– Las dos cartas que me han sido presentadas, la primera fechada el 13 de diciembre de 1921 en Catanzaro, la segunda del 12 de julio de 1922 también en Catanzaro, las reconozco como escritas por mí. Antes de que lea el contenido de las mismas, tengo que hacer la siguiente declaración: En aquella época yo cursaba quinto elemental (si bien tenía ya catorce años), en la Escuela de las Hermanas de la Caridad, conocida como “Instituto del Carmelo”. Mis estudios no habían sido regulares; de hecho, los tuve que descuidar porque, siendo mi padre funcionario público, tuve que seguirlo en sus diversos destinos. Recuerdo bien que en ese momento no podía escribir una carta sin errores. Por eso declaro con toda seguridad que las dos cartas las escribí bajo la supervisión de mi padre. La carta del 12 de diciembre de 1921 está ciertamente escrita a dictado de mi padre. La otra fue compuesta y escrita por mí; pero hago observar que en aquellas fechas tan cercanas a la boda toda mi correspondencia era escrupulosa y rigurosamente censurada por mi padre. 
 
P.- ¿Cómo explica lo que ha declarado anteriormente: “no me contenté con hacérselo entender, sino que se lo dije expresamente más de una vez antes de la boda, de viva voz y por escrito”? 
 
R.- Las cartas en las cuales le decía claramente que no quería casarme con él porque no le amaba las escribí a escondidas de mi padre, y se las entregué en mano, siempre sin que mis padres se percatasen. Pido a mi marido que presente esas cartas, porque las que le escribí durante el noviazgo no son solo estas dos que ha presentado sino que debe haber por lo menos seis o siete más. 
 
P.– ¿Cómo explica la expresión de su carta del 12 de julio de 1922: “escríbeme cada día como te escribo yo”? 
 
R.– Esas palabras “cada día” se refieren solo al breve periodo que mi prometido se trasladó a Nápoles para comprar los muebles, que fueron tres o cuatro días. 
 
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1 
Catanzaro, 13 de diciembre de 1921 
Mi adorado Renato: 
 
    Me perdonarás que te escriba pocas palabras. No puedes imaginar lo disgustada que estoy porque esta tarde no podamos hablar como las otras tardes. Entre tanto, como sabes, ayer por la tarde Totò no se sentía bien y por eso tuvo que quedarse en la cama. No sabes la felicidad que sentí la otra tarde cuando me escribiste que te habías convencido de que te amo. Pero en la carta que me escribiste ayer por la tarde me dices: tú me amas, lo sé, pero ¿cuándo me amarás tanto como te amo yo? ¿Por qué dices esto? Todavía no sé explicártelo bien, pero mi te quiero es más profundo que el tuyo, Renato. Esta mañana te he esperado desde las once hasta que has llegado, pero de buena gana te habría esperado la mañana entera. Renato mío, quizás no quieres comprender cuánto te amo. Yo te amo, Renato, y tú en cada carta me dices que no te quiero, que no me crees, que no sé amar. ¿Y por qué no sé amar? ¿Por qué no crees que te quiero? Pero no es verdad, Renato, tú lo crees y lo haces aposta para hacerme sufrir, para hacerme llorar. Dejo de escribir porque es tarde y mamá me llama. Escríbeme cada día, siempre, siempre, siempre, ¿has entendido? Piensa en mí siempre y sueña conmigo; y recibe un beso de tu 
Lina.
 
    No dejes de enviarme tu fotografía. Yo te he dado la mía; es pequeña, sí, pero la tienes. 
 
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2 
Catanzaro, 12 de julio de 1922 
Renato mío: 
 
    Ayer recibí tu telegrama y no puedes imaginar con cuanto placer lo leí. Estoy muy contenta de que hayas tenido un buen viaje y muy feliz al escuchar que siempre piensas en mí. Yo también, ¿sabes? Siempre, siempre. El de ayer fue un día aburrido; tenía tantas cosas que hacer y sin embargo no tenía ganas de hacer nada. No ha llegado ninguna carta tuya; esperaba recibirla hoy, pero todavía nada. La espero con tanto anhelo … Escríbeme cada día, como yo te escribo. Hoy habrás recibido mi carta. Tengo poco que contarte, como sabes. Esta mañana papá ha querido enseñar tu telegrama al tío Mico. Yo no quería, pero me ha insistido tanto que al final he condescendido a dárselo, en la seguridad de que a ti no te molestaría. 
 
    Muchos recuerdos de papá y para ti muchos muchos besos. Piensa siempre en mí, siempre, ¿entendido? Como yo lo hago. De nuevo muchos besos y, pensando en ti, siempre tuya 
Racheluzza.

viernes, 2 de abril de 2021

El final

Las últimas navidades las pasamos aceptablemente, dentro de lo que cabía. El último dato con el que contábamos sobre el progreso de la enfermedad provenía de una resonancia magnética de finales de noviembre; las noticias eran muy buenas: el tumor estaba exactamente como cuando se lo detectaron, ni se había movido ni había crecido en los más de seis meses transcurridos. Pero, ese viernes 4 de diciembre, en el despacho del oncólogo, Luisa estaba muy mal. El día anterior, hacia el atardecer, había sufrido un brusco bajón de su estado general: se quedó como absorta, con la mirada perdida; se le agarrotaron las extremidades (las manos las ponía como garras, los brazos rígidos y duros, las piernas como palos inanimados que no podía mover) ... La acostamos y durante esa noche, que casi no durmió, se orinó encima cuatro veces. El médico, sin embargo, no dio ninguna importancia a lo que le contaba y a lo que podía ver, lo achacó a nerviosismo o ansiedad por los resultados de la resonancia; además, la analítica de sangre también era excelente, por lo que planteó empezar con el siguiente ciclo de quimioterapia. 
 
Pero Luisa empeoró, tanto que la ingresamos por urgencias. Esa madrugada me llamaron para decirme que le habían hecho un scanner y había inflamación en el cerebro, de modo que le administrarían corticoides. De otra parte, aunque todavía no estaban lo resultados del cultivo de orina, presumían (por la tardanza) que tendría infección y que eso podía explicar el estado de bajón cognitivo y agarrotamiento en que estaba. Por la mañana del sábado la pasaron a una habitación de la planta de oncología que, para mala suerte, estaba cerrada a las visitas porque había tenido covid. Pasó diez días en el hospital hasta que lograron curarle la infección de orina (producida por la bacteria klebsiella pneumoniae, tremendamente resistente a los antibióticos, la misma que se detectó en su primera estadía en el hospital). El 14 de diciembre la trajimos de vuelta a casa: se encontraba muy animada, con muchas ganas de hablar (a pesar de las dificultades de su afasia), con apetito y muy contenta. Justo antes de las fiestas pasó otro ciclo de cinco días de temozolomida, que superó bastante bien, sin apenas efectos nocivos. De modo que sí, los días finales de 2020 e iniciales de 2021 fueron aceptablemente buenos, los últimos antes del fin. 
 
Hacia Reyes empezamos a notar fallos en el equilibrio y la coordinación cada vez mayores, que pensamos que podían deberse a que la pauta de reducción de corticoides había sido muy brusca. Los médicos opinaron lo mismo, y nos dijeron que las aumentáramos y además suspendieron la quimio de enero. Al subir las corticoides se produjo una mejoría general, pero no del equilibrio y coordinación (sobre todo de las extremidades derechas) ni de la afasia; además, después de varios días, volvió a orinarse. El 16 de enero, su cumpleaños, vio un video que había montado Dana con mensajes de felicitación y cariño de tantas personas que la querían, pero ya para entonces había comenzado el deterioro cognitivo. Según acababa el mes nos crecían las sospechas de que hubiera vuelto la infección de orina. De esos días últimos de enero es la foto adjunta: está con albornoz y pijama, tomando el solecito invernal del mediodía; estaba muy flojita la pobre pero nos regalaba aún su maravillosa sonrisa.
 
El 3 de febrero, un cultivo confirmó que volvía tener infección de orina. Nos recetaron un antibiótico para que se lo administrásemos en casa, pero apenas produjo mejoría. El viernes 5 le hicieron un resonancia magnética, adelantándola en un mes a lo previsto (los oncólogos ya sospechaban que el empeoramiento podía deberse al tumor, pero no nos lo dijeron ni a mí se me pasó por la cabeza). La última semana que pasó en casa, el estado de Luisa fue deteriorándose manifiestamente. El equilibrio lo tenía muy mal y había que ayudarla a moverse. Pasaba ya casi todo el tiempo en la cama y, aunque le repetíamos que no se levantara sola, se olvidaba y lo hacía. El martes 9 fue sola hasta el baño y se cayó golpeándose contra la taza del inodoro, haciéndose unas heriditas en la rodilla y en la mano. Pero lo peor, la escena que tengo grabada a fuego en la mente, ocurrió el viernes 12. Estaba en la cama y yo en el ordenador, escribiendo algo del trabajo y pendiente de que me llamaran de oncología para confirmarnos, a la vista de los resultados de un nuevo cultivo, si la ingresábamos para un tratamiento de antibióticos en vena. Cada cuarto de hora, más o menos, me asomaba al dormitorio a ver si seguía durmiendo. Hacia el mediodía, cuando me acerqué a verla, me la encontré caída en el suelo, boca abajo, con un charco de sangre en torno a la cabeza. No puedo describir el impacto que me causó; todavía ahora, al rememorarlo, siento un desgarro y ganas de llorar a gritos. Con mucho esfuerzo la enderecé y le limpié de sangre de la nariz (tenía el tabique dañado) y boca (se debía haber mordido la lengua), así como de las rodillas. Llamé a Dana y en muy poco rato llegaron desde La Laguna. Se quejaba mucho cuando intentábamos moverla y temimos que pudiera tener alguna lesión interna. De modo que llamamos a una ambulancia.
 
La ambulancia tardó mucho en llegar, unas dos horas, y en el intervalo nos llamó la oncóloga para confirmar que había que internarla para tratar la infección por la puñetera bacteria de siempre. En la situación angustiosa en que estábamos apenas hablamos del tumor, aunque ya un par de días antes me había dicho que la imagen de la resonancia no era buena, si bien estaban pendientes de verla en el comité de oncología (que nunca llegó a ocuparse del asunto). Cuando la sacaron en silla de ruedas del dormitorio y la subieron a la camilla de la ambulancia, Luisa estaba muy ida, no se enteraba casi de lo que estaba pasando, pero aún así, mientras la colocaban en la ambulancia, me sonrió y me mandó un beso volado; esa fue su despedida. Hacia las tres de la tarde de ese viernes dejó su casa, la que tanto amaba, y ya no volvería más. Desde luego, a mí ni se me ocurrió; estaba convencido de que la traeríamos de vuelta en una semana, en cuanto le curaran la maldita infección. Visto desde ahora, me sorprende la contumacia de mi negación a siquiera imaginar el cercano final. Estaba muy dolido en ese momento –la imagen de Luisa en el suelo con sangre me había noqueado– pero en absoluto preocupado por la posibilidad de su muerte. Almorcé algo y salí hacia el hospital. Me atendió una oncóloga que me dijo que la habían subido a planta; hice los pertinentes trámites del ingreso y, después de esperar a que fuera el horario de visitas, subí a verla. Pasé poco tiempo con ella (me habían informado erróneamente del turno que me tocaba); estaba muy desconcertada, con unos moratones muy feos en la nariz y ojos. Aunque habló conmigo, al día siguiente se había olvidado de mi visita. Fue la última vez que la vi despierta.
 

Dana estuvo con ella el sábado y domingo durante las dos horas (de 16 a 18) del turno de visitas; por el protocolo covid solo dejaban que fuera un familiar, siempre el mismo. El sábado estaba bastante animada y le preguntó a su hija que cuándo le darían el alta. Hablé un rato con ella por video llamada y la vi contenta. En la foto adjunta se la ve aplaudiendo y con media sonrisa (la cara la tenía amoratada) ante la chocolatina que le ofrece Dana; le encantaban esas chocolatinas, y durante la enfermedad las escondía en su gaveta, como si hubiera de almacenarlas en previsión de una carestía. El domingo estaba un poco peor pero en absoluto tanto como para hacernos pensar en una situación terminal.

El lunes 15, mientras estaba en una reunión en el Cabildo, me llamaron del hospital para que fuera a la planta de oncología. Hacia la una y media me recibieron dos oncólogas que no conocía y, con muchos circunloquios, me dijeron que Luisa estaba agonizando y que había que sedarla para que no sufriera. No lo entendí, no me cabía en la cabeza que todo se precipitara tan bruscamente. Me explicaron que estaba muy desorientada y con dolor, que había pasado muy mala noche, y que a la vista de la última resonancia, sabían que la muerte era inminente. Ahí sentado, junto a esas dos mujeres, me sentía fuera de la realidad, como si me hubieran arrebatado de golpe todo asidero. Telefoneé a Dana (ya le había dicho que subía al hospital) y le conté lo que me estaban diciendo. Ella tampoco podía creerlo; pero si ayer no estaba tan mal, musitaba. Lo único que se me ocurrió preguntarles fue si la sedación iba a adelantarle la muerte; supongo que dudaba del diagnóstico y quería estar seguro de que no se le restaran posibilidades de escapar. Me aseguraron que no, que la agonía seguía su curso natural y simplemente se trataba de evitar que sufriera. Bueno, dije sin todavía saber del todo lo que estaba pasando, pues sédenla, no tiene que sufrir.
 
No me dejaron pasar a verla, pero me dijeron que la iban a trasladar a una habitación individual y que podríamos estar con ella permanentemente, tanto Dana como yo, pero solo uno a la vez. Me fui a casa de Dana y allí los tres, entre llantos, intentamos consolarnos. Esa tarde la pasé en casa, alelado, casi sin capacidad de raciocinio. Dana fue a verla en el horario de visitas. Estaba todavía en la habitación doble. Cuando llegó estaba dormida pero enseguida se despertó y al ver a su hija sonrió muy contenta. Dana la vio bien, le dio de merendar y le puso crema en el cuerpo. Una enfermera le dijo que le habían administrado una mínima dosis de morfina porque se quejaba y estaba muy nerviosa. Se durmió sin acabar la merienda. Luego, cuando trajeron la cena, Dana la despertó y le preguntó si quería comer y dijo que sí, pero en cuanto le acercaba la cuchara se dormía. A las nueve de la noche, viendo que aún no la habían cambiado de habitación y que no sabían decirle cuándo lo harían, Dana decidió irse a casa a dormir. Abrazó a su madre despierta; ellas pudieron despedirse.
 
Al día siguiente, martes 16 de febrero, llegué a las ocho de la mañana. Ya la habían pasado a una habitación individual. Estaba dormida, respirando con ronquidos rítmicos; ya no se despertaría más. No obstante, la sedación no era muy profunda y noté que reaccionaba levemente a mis palabras, mis caricias, mis besos. Estuve casi todo el tiempo de pie junto a ella, hablándole y tocándola. En esos momentos empecé a interiorizar que se estaba muriendo, lo que hasta entonces me negaba a asumir (y que, en realidad, aún no he asumido del todo). De pronto me daba cuenta de que tenía muchas cosas que decirle, que se habían quedado muchos asuntos pendientes; y eso no podía ser, no tenía sentido, estaba ocurriendo algo que no podía estar ocurriendo, que era absurdo. Cuando la angustia se hacía insoportable o cuando me sentía inútil, me sentaba un rato a hacer un nonograma en la tableta o a intentar leer un poco, aunque me costaba concentrarme. Durante esa mañana, naturalmente, estuve en casi continuo contacto con Dana por whatsapp y hasta hablamos de los trámites funerarios que habían de venir. La banalidad cutre que se cuela y ensucia hasta la muerte.
 
Olvidaba mencionar que, ni esa mañana ni hasta que expiró, ningún oncólogo pasó por la habitación de Luisa. Parece que, una vez desahuciada, dejaba de tener interés. Al día siguiente, en una de las breves salidas de la habitación, me encontré con el que era –al menos en teoría– su oncólogo. Me miro con cara inexpresiva y, en un alarde de empatía, me preguntó que cómo estaba. Muy mal, le respondí, con una mirada que seguro que era de antipatía. Es que esta enfermedad es muy mala, contestó. Bajé la cabeza y no respondí, aguantándome las ganas de espetarle un exabrupto insultante. En cambio, quien sí pasó fue un médico de cuidados paliativos, marido de una compañera del Cabildo, a quien le había pedido consejo el lunes por la noche. Este hombre, que no era del Hospital y que no tenía ningún deber profesional hacia Luisa, me aportó un gran apoyo, explicándome lo que le estaban poniendo, cómo se estaba desarrollando el proceso (me aseguró que Luisa no sufría) y reconfortándome. Volvió a pasar al día siguiente. Le estoy muy agradecido; sin él todavía habría sido más duro.
 
A las cuatro de la tarde bajé a la cafetería donde me esperaban Dana y Marina. Hablamos un rato mientras comíamos algo y luego Dana subió a la habitación a estar con su madre mientras yo me iba a casa. Pero a la hora me llamó diciéndome que no creía que pudiera soportarlo, que con cada respiración sentía que se iba a morir. Al cabo de otra hora volvió a llamarme, diciendo que lo estaba pasando fatal, que no se sentía capaz. Así que fui a relevarla, no tenía sentido que se quedara. En realidad, seguía más o menos igual que por la mañana: respiraba a un ritmo tranquilo: una especie de ronquido al inspirar y luego echaba el aire haciendo unos pequeños trinos, como un pajarito. Una enfermera me facilitó unas sábanas y una manta y pasé la noche durmiendo a ratos en el sofá y escuchándola. Cuánto deseé esa noche poder estar en la misma cama, apretándola contra mí.
 
Hacia las nueve de la mañana pasó una médico de guardia, muy joven, que la auscultó y me dijo que le iba a subir la sedación y que creía que no le quedaba mucho. La mañana, en todo caso, la pasó tranquila, aunque sí noté que estaba más profundamente dormida. Fui a comer con las chicas y regresé enseguida al hospital. Hacia media tarde la respiración empezó a agitarse; inspiraba muy ruidosamente y luego, como tenía flemas, parecía que hiciera gárgaras. Era bastante angustiante. Llamé a la enfermera y le aumentó la sedación y algo más tarde le aspiraron las flemas. Volvió un respirar tranquilo. Hacia las siete de la tarde empezó a bajar el ritmo de la respiración: de 15/16 inspiraciones por minuto cayó poco a poco hasta apenas cuatro. Por entonces le estaba diciendo a Dana que no sabía si ir a cenar con ellas o seguir allí, porque me parecía que quedaba poco. A las 20:04, justo después de que le había escrito a Dana que iba a reunirme con ellas y luego volver, dejó de respirar. Se había acabado.
 
El rato que pasó entre que una médico confirmó el fallecimiento y la llegada de las chicas, estuve a solas con ella, con lo que hasta hacía casi nada había sido ella. Me eché un par de veces sobre su cuerpo, pegué mi cara a la suya –tan fría–, la besé repetidamente. Creo que lloré, sé que quería gritar pero estaba sin voz. Me sentía sin alma, vacío, completamente indefenso, absolutamente solo. En ese tiempo, que no sé cuánto duró, simplemente estuve muerto.

lunes, 29 de marzo de 2021

La Luisa que no conocí

Luisa y yo hemos compartido casi quince años. Cuando nos conocimos tenía cuarenta y siete años; se ha ido con sesenta y dos. Ni siquiera he llegado a acompañarla una cuarta parte de su vida; el cáncer la segó prematuramente. Si no hubiera sido así, si hubiéramos aguantado hasta lo que hoy es una esperanza de vida razonable, podríamos haber estado juntos más de un 40% de nuestras existencias. Ese tiempo que ya no vendrá habría sido –puedo asegurarlo– el más feliz de su vida, el de recoger los frutos que tanto mereció. Ese futuro se nos ha negado, nos lo han arrebatado. Cruel injusticia hacia Luisa que escuece frecuente y dolorosamente mis pensamientos. 
 
Pero junto a esta tristeza por el futuro que no viviremos, durante estas semanas me ha asaltado un sentimiento que me resulta curioso (aunque compruebo que no lo es tanto) y es una añoranza por la Luisa que no llegué a conocer, por esa niña, adolescente y mujer joven que fue antes de que nos encontráramos. Es un ansia de conseguir más de ella, de traer a mi corazón sus propios recuerdos para guardarla más viva. Algunas vivencias me las contó, sobre todo en los primeros años, pero ahora, cuando trato de reconstruir su pasado, me doy cuenta de que son mucho mayores las lagunas que los minúsculos peñascos en lo que apoyar los pies. Supongo que es normal que cuando dos personas se enamoran no gasten mucho tiempo informándose de sus historias pretéritas. Ahora, sin embargo, me arrepiento de no haberla sonsacado, de no haberme interesado más por conocer su vida, una vida, por cierto, nada fácil. Intentaré esbozar aquí lo que sé de esa Luisa que no conocí a modo de una primera plantilla que habrá que seguir completando con la ayuda de quienes estuvieron con ella antes que yo.
 
Luisa nació en Roma el 16 de enero de 1959, la segunda de seis hermanos. Su padre, Guido, era romano aunque el origen de su familia era calabrés. Su madre, Amparo, de Santa María de Guía, en Gran Canaria. Según creo recordar de lo que Luisa me contó hace mucho, sus padres se conocieron en Madrid (los presentó un hermano de Amparo) y fue un flechazo fulminante. Amparo tendría veintipocos años, así que me imagino que su emparejamiento con un italiano no debió ser un trago fácil para su familia, de raigambre y prestigio en la sociedad rural (y agraria) del Norte de la Isla en esa época gris de los cincuenta. Lo cierto es que se casaron y, después del nacimiento de Gianni, el hijo mayor, se fueron a vivir a la capital italiana y llegaron cuatro hijas: Luisa, Paola, Titta y Adriana; la última, Mavy, nacería ya en Gran Canaria. 
 
No sé con exactitud la duración de la infancia italiana de Luisa; ni ella misma estaba segura de la fecha en que su madre, con los cinco niños a cuestas, dejó a Guido para refugiarse en Guía, con su familia. Calculo que en torno a sus once años. Entre sus papeles he encontrado un certificado de 2º de bachillerato del curso 1971-1972, que lo empezaría con doce años (un año atrasada sobre la edad normal porque, según me dijo, sus padres querían que ella y Paola fueran a la misma clase). Aunque no sepa precisarlo, parece razonable pensar que cuando dejó Italia, la infancia se acababa y aquella niña empezaba a rozar la adolescencia (preadolescentes, se dice ahora). 
 
Lo que sí sé con certeza es que esa primera etapa de su vida la marcó muchísimo. La niña que fue –una niña preciosa como se ve en la foto– seguía muy viva dentro de la mujer que conocí. Una niña tierna y dulce pero, sobre todo, muy asustada. Había un miedo muy intenso en lo más profundo de Luisa, un miedo envuelto en dolor que ella guardaba muy dentro y al que era casi imposible acceder. Algunas veces, en momentos de mucho amor e intimidad, llegué a rozar a esa niña asustada. Pero fueron solo roces, porque Luisa se cerraba inmediatamente; era la última capa de cebolla, la que no podía quitarse, exponer a la luz. El miedo de esa niña pervivía en la mujer adulta en forma de una barrera última de desconfianza, incluso hacia las personas que la queríamos. No se me entienda mal: no es que desconfiara de mí, sabía que la amaba y ella me amaba también, lo sé. Pero había algo al fondo, un retraimiento, no sé cómo expresarlo, que parecía imposibilitarle un mayor abandono. En algún enfado le dije que no dejaba que la amase. Exageraba, pero sí que creo que esa niña asustada, para protegerse, le dificultaba abrirse del todo. Porque a esa niña italiana le hicieron daño y cogió miedo. 
 
Fue su padre el principal causante de ese miedo, me contó varias escenas de su infancia y el terror que los tres mayores le tenían. No sé si Guido fue un padre especialmente maltratador; tiendo a pensar que se comportaría según los patrones de la época, entre los que se contaba la severidad en la educación de los hijos, incluyendo los castigos físicos. Así fue mi infancia, también en una familia de seis hermanos. No recuerdo que nunca mis padres nos hicieran mimos o arrumacos cariñosos y sí, en cambio, los castigos (con meticulosos zapatillazos en las nalgas). Mi padre era un señor que aparecía en casa por las noches y cuya cólera nos atemorizaba. De modo que puede que mi vida de niño no fuera muy distinta de la de Luisa y sus hermanos. Sin embargo, yo tengo casi olvidada mi infancia y Luisa, en cambio, la tenía muy presente. Conmigo a su lado, la evocó muchas veces, con una mezcla muy intensa de dolor y amor, de tristeza y añoranza. 
 
La contrapartida del padre fue, sin duda, la abuela paterna. Si aquél era la causa del miedo, ésta fue la fuente del amor. Luisa adoraba a su nonna de la que debió ser la nieta favorita. Fue una mujer que tuvo que superar dificultades enormes desde muy jovencita (la casaron siendo casi una niña contra su voluntad y escapó de Catanzaro años después con el que sería el padre de Guido), de la que seguro que Luisa heredó no pocos rasgos de carácter. Tras reconciliarse Amparo y Guido en Gran Canaria, la nonna se mudó a Las Palmas y fue un apoyo fundamental para Luisa en sus últimos años en la isla redonda. Cuando murió, muchas de sus pertenencias pasaron a Luisa, entre ellas papeles varios, incluyendo un interesantísimo documento del juicio eclesiástico de anulación matrimonial de 1938. Cuando conocí a Luisa habían pasado muchos años y, sin embargo, el amor hacia su abuela lo guardaba intacto. 
 
Sé que durante la infancia, la familia habitó varios domicilios romanos. Muchos veranos los pasaron en Lavinio, un pequeño núcleo costero a unos cincuenta kilómetros de Roma. Cuando en nuestro primer verano hicimos un viaje por el Lazio, nos acercamos a Lavinio y localizó sin dudar la que fue la casa familiar. Llamamos a la puerta y, emocionada, le pidió permiso a la mujer que nos abrió para entrar y ver su antiguo casa de vacaciones, que recordaba casi fotográficamente. Ese día (el 21 de julio de 2006) fue el más feliz de un viaje en el que fue muy feliz. A mí, Lavinio no me pareció especialmente bonito (un ejemplo del desastroso urbanismo de los sesenta) pero para ella era su infancia, y la alegría brillaba esplendorosa en los ojos de aquella niña que entonces era una bellísima mujer.

sábado, 27 de marzo de 2021

Dolor

Siento tanto dolor, me duele tantísimo la pérdida de Luisa … Más dolor del que nunca he sufrido; y más, mucho más dolor del que, en los días de la inocente ignorancia, podría haber imaginado que iba a sentir. Cuenta Julian Barnes que, cuando murió su mujer, una amiga viuda le escribió: “duele exactamente como el valor de la pérdida”. Entonces, si eso es cierto, mi pérdida ha sido muy grande. He perdido a Luisa y sí, por supuesto, Luisa valía muchísimo. Siempre, desde que la conocí, lo supe. Pero solo ahora, cuando la he perdido, ese conocimiento se hace tan intenso que me desgarra por dentro. 
 
Es, además, un dolor nuevo, un visitante extraño que se ha instalado en casa sin que sepas cuánto se va a quedar y al que no sabes cómo tratar. Un visitante absorbente al extremo, que te exige que sólo a él le prestes atención, que se aparece sin avisar cuando estás ocupado en otros quehaceres porque la vida sigue, se supone. En realidad, no es que aparezca porque nunca deja de estar, pero es verdad que hay ratos en que atenúa su intensidad, la bola de ansiedad disminuye la presión sobre el diafragma y casi me siento calmado. Y de pronto vuelve a recuperar su protagonismo exclusivo, sea de forma gradual o de golpe, disparado por cualquier suceso nimio; ayer, por ejemplo, en una serie que estoy viendo, una señora en un hospital me provoca un ataque de llanto y me instala en la mente el recuerdo de los dos últimos días de Luisa (ahora mismo igual, mientras escribo). 
 
Sé, por supuesto, que me toca vivir este duelo. Duelo y amor (o felicidad) son la cara y cruz de una misma moneda, aunque casi nunca pensamos, cuando estamos del lado de la cara, que ahí mismo, a un simple volteo del destino (me viene a la cabeza la preciosa canción de Dylan: a simple twist of fate), está la cruz. Y como cara y cruz son gemelas, esta imagen de la moneda viene a confirmar la cita de Barnes: cuanto más amor (más felicidad) había, más dolor ha de haber luego. Se me ocurre que este dolor es el precio aplazado que he de pagar por el amor que sentimos. Cuando lo tenemos somos tan idiotas que nos creemos que es gratis (también es verdad que sería difícil disfrutar de la felicidad si pensáramos en su contrapartida). 
 
Intuyo que esta vinculación entre el amor y el duelo la tenemos asumida, aunque no nos la explicitemos conscientemente. Lo digo porque no quiero dejar de sentir este dolor y este falso masoquismo (porque no lo es) creo que obedece a que necesito mantener dentro de mí el amor de y a Luisa, y ahora ese amor solo puede ser dolor. Dice Alba Payàs, psicoterapeuta de duelo, que suele preguntar a las personas a las que acompaña si, en el caso de que existiera, tomarían una pastilla que eliminase todo el sufrimiento que sienten tras la pérdida. Por lo visto, casi todos sus pacientes contestan que no, que no la tomarían. Yo tampoco, desde luego. 
 
Pues resulta –ya lo intuía pero ahora lo leo en el libro de Payàs y siempre está bien que te lo digan voces autorizadas– que no solo no deseo evitar el dolor sino que hacerlo sería malo. El dolor, dice Payàs, te orienta en el proceso del duelo, te guía en lo que debes hacer. Si lo anestesias, la herida emocional seguirá supurando, y el dolor podría hacerse crónico. Me repito pues que el dolor que siento no es sino el mismo amor (dolorosamente transformado) que siento por Luisa; también que este dolor me va a acompañar durante un largo periodo y que va a ser mi principal consejero y motor en la tarea de reinventarme una nueva vida (una vida sin Luisa). Decirme estas y otras cosas algo me ayuda, sobre todo a mantener el equilibrio mental (al fin y al cabo, siempre me he preciado de ser racional). Aunque no mitiga en nada el dolor. 
 
También me ha ayudado leer durante estas cinco semanas en torno a una decena de libros que cuentan experiencias personales de duelos. Mal de muchos, consuelo de tontos, según se dice, así que va a ser que algo tonto soy (ya lo sospechaba) porque lo cierto es que me conforta identificarme con quienes han vivido lo que estoy viviendo. También necesito hablar, de ella y de lo que siento. Como paso mucho tiempo solo, hablo con ella, mirando sus fotos, sintiéndola junto a mí en la cama, en el sofá de al lado, como cuando veíamos la tele, mirándola de reojo cuando conduzco por si me crítica que suelte el volante o vaya muy rápido. Por eso escribo, para traerla aquí, sujetarla junto a mí. 
 
Es difícil hablar de ella o de lo que siento con amigos. Barnes, Savater, C.C. Lewis dejan constancia de que el dolor del deudo molesta a los demás. Savater afirma que “el más notable descubrimiento que he hecho a costa de mi desdicha es la intransigencia general que rodea al doliente”. De momento, no he sufrido excesivas presiones con tópicos bienintencionados para que “me ponga en marcha” porque “la vida sigue”, aunque alguno ha habido. En todo caso, no quiero ese tipo de ánimos (siento que me hacen daño). Tampoco quiero que los amigos me “entiendan”, porque creo que no pueden y no les culpo en absoluto. Me basta con que estén y hasta con que me soporten. Y, aunque estoy muy desganado, que me acompañen en las actividades que poco a poco he de ir haciendo. 
 
La única persona que puede entender lo que siento (al menos, así lo creo) es Dana. Dana quería mucho a su madre y por supuesto Luisa la amaba inmensamente. Además, tenían una relación estrechísima de confianza y mutua dependencia (en un documental reciente sobre Carmen Martín Gaite, Amancio Prada decía que nunca había conocido una relación tan intensa y hermosa como la de la escritora salmantina con su hija Marta; yo pensé: porque no conoció a Luisa y Dana). Por eso siento que la necesito, y no solo porque podamos compartir nuestros recuerdos de Luisa, sino especialmente porque en Dana percibo la presencia de Luisa. De algún modo, mi amor hacia Luisa, ahora que se ha ido, envuelve a Dana, como si fuera a buscar en ella a su madre. Siento que nuestros respectivos dolores, seguramente distintos en sus naturalezas pero no tanto en sus intensidades, aunque hayan de recorrer sus propios caminos, pueden y deben acompañarse.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Me faltó despedirme

Una de las dudas que me corroen es si Luisa sabía que estaba muriéndose. Sus últimos dos días los pasó dormida, sin sufrir –es lo que me aseguraron– gracias a los cuidados paliativos. De pronto, cesó de respirar; se murió sin enterarse porque ya llevaba varias horas así, sin darse cuenta de nada. Antes, el último mes, se aceleró su deterioro cognitivo, de modo que es posible que, sencillamente, pensar sobre su propia muerte no estuviera ya dentro de sus capacidades. Pero, ¿lo pensó durante los ocho largos meses previos desde el diagnóstico? ¿Lo pensó antes, preocupada por sus terribles dolores de cabeza? Yo he querido pensar que no, que la idea de que iba a morirse no estuvo en su mente, que Luisa nunca pensó que iba a morir sino que, por el contrario, esperaba curarse. Sin embargo … 
 
Sin embargo, ahora he empezado a creer que puede que sí lo supiera y que si no me di cuenta durante el pasado calvario fue porque no quería que fuera así, quería que fuera feliz (todo lo feliz que se pudiera en sus circunstancias) y me parecía que si uno piensa que se está muriendo no puede ser feliz. Pero creo que lo que hacía era protegerme a mí mismo, proyectar sobre ella mis miedos (tengo terror a la muerte y tenía terror a perderla) sin ver, idiota de mí, que Luisa tenía mucha más entereza que yo. Creo ahora que, por más que me esforzara en cuidarla durante la enfermedad, fue ella la que, mientras pudo, me protegió a mí (nos protegió a los tres que la acompañábamos). Esa voluntad suya me permitió confiar hasta el final en que vencería al maldito tumor, que volveríamos a una vida en común, rectificando errores pasados. Pero también hizo que fuera mucho peor la intempestiva aparición de la muerte. 
 
En ninguna ocasión desde que fue diagnosticada, entre Luisa y yo se habló de la posibilidad de que acabara mal. Hubo momentos en los que me rompí ante ella, pero nunca le reconocí que me aterraba pensar que falleciera. En esas ocasiones fue Luisa quien me consoló, diciéndome al principio (cuando todavía podía hacerlo) que no tenía por qué preocuparme, que se iba a curar, y luego abrazándome y mirándome con mucha ternura. Me pregunto si en alguna de esas escenas Luisa pensaría en lo solo y triste que me iba a dejar. No lo sé pero lo que sí creo es que, aunque no bastara, aunque quedaron cosas pendientes que decirnos, la convencí durante sus últimos meses de lo mucho que la amaba. 
 
Antes del diagnóstico, no obstante, tuvimos una única conversación en que, sin decirlo, Luisa aludió a la posibilidad de que sus dolores de cabeza fueran síntoma de algo mortal. No recuerdo la fecha, debió ser hacia finales de abril o principios de mayo, porque los dolores ya eran muy frecuentes e intensos. Estaba en la cama, hacia media mañana, después de acabar el desayuno que le había llevado, la cabeza le había dado una breve tregua y me sonreía mientras yo, sentado junto a ella, le cogía la mano. Entonces, sin ninguna introducción, me dijo: quiero que cuides de Dana. Yo la miré sorprendido y ella me apretó la mano; supe que ella sabía que yo había entendido. Lo único que se me ocurrió decirle fue que no dijera tonterías. Ahora pienso que desperdicié una oportunidad preciosa. Ella no contestó, no insistió. No continuamos la conversación. Probablemente, recogí la bandeja del desayuno y la llevé a la cocina. 
 
Meses después, en septiembre, Luisa tuvo una conversación con Dana en la que, de forma mucho más explícita, dejo ver que sabía lo que podía pasarle. Había pasado mes y medio desde el final del primer ciclo del tratamiento (radioterapia y quimio) y, aunque débil, se encontraba bastante mejor: contenta, con ganas de hacer cosas y sin dolores; hablaba mucho e incluso nos pareció que había mejorado de la afasia. Pues bien, hablando a solas con su hija le dijo algo así como que si tenía que irse no pasaba nada. Dana le preguntó que qué sería de ella y Luisa entonces empezó a llorar. Parece pues que en esos días, cuando todavía mantenía suficiente lucidez, contemplaba sin miedo la inminencia de su propia muerte (aunque tal vez no tanto lo que nos iba a pasar a quienes tanto la amábamos). 
 
El 27 de mayo, cuando fuimos a recoger a Luisa al Hospital después de su primera estancia (la que dio comienzo al proceso), nos atendió el radioncólogo que iba a tratarla. Nos dijo con toda naturalidad, como si fuera lo normal, que había estado previamente con ella y le había explicado lo que tenía. A mí me molestó, aunque no hice ningún comentario. Pensé que nos correspondía a nosotros, los que la queríamos, decirle lo que pasaba y elegir la forma de decírselo. De todos modos, pensé entonces, probablemente no habría llegado a comprender del todo el diagnóstico y sus consecuencias; estaba un poco zumbada. Claro que puede que me equivocara. En todo caso, sí hablábamos sin tapujos de que tenía un tumor; lo que callábamos –yo, sobre todo– era el pronóstico. 
 
Ahora estoy empezando a pensar –no lo tengo claro– que pude haber errado. Que tal vez deberíamos haber asumido que estábamos viviendo nuestro último tiempo juntos y haberlo aprovechado para decirnos –decirle yo, al menos– tantas cosas que no pude decirle. Decirle cuánto la quería, perdonarnos nuestros desencuentros, preguntarle dudas que se han quedado incógnitas, rememorar nuestra historia en común … Dice Rosa Montero, citando a Iona Heath, que “cuando alguien fallece hay que escribir el final. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza”. Yo no lo hice porque hacerlo hubiera implicado aceptar una despedida a la que me negaba. Y el resultado es que no me despedí y eso, ahora, es otro ingrediente de mi dolor. 
 
Hasta el viernes 12 de febrero, día del fatídico traslado en ambulancia, la cuidé y conviví con ella como si fuera a seguir siempre con nosotros. La tarde de ese viernes fue la última vez que la vi despierta, que ella me vio a mí (aunque al día siguiente se había olvidado). Me fui del hospital sin concebir en absoluto que no saldría de allí. Cuando volví a estar con ella –el martes y el miércoles siguiente– ya no estaba consciente, dormía. Pasé esos dos días junto a su cama, hablándole, acariciándola, besándola. Entonces ya sí asumía (mejor dicho, sabía) que estaba agonizando así que, a destiempo, le conté muchas cosas, todo lo que debería haberle dicho cuando podía entenderme. Quizá algo le llegó a su pobre mente, muy deteriorada y apagándose. Pensar eso me da un poco, muy poco, de consuelo. Creo que lo que llevo haciendo desde su muerte es despedirme, seguir despidiéndome con el desesperado anhelo de que me escuche y me sonría.

lunes, 22 de marzo de 2021

El amor

Hicimos el amor por primera vez el domingo 2 de abril de 2006. Fui a recogerla a su casa y bajamos a la mía en Santa Cruz. Por ese entonces, los dos pisos que había comprado y unido con mi ex todavía no estaban separados, aunque ya cada uno ocupaba uno distinto. En todo caso, ese día no había nadie en la otra vivienda de modo que nuestra intimidad estuvo a salvo. Le enseñé la casa y ella me dijo que le gustaba, pero enseguida fuimos al dormitorio que era lo que ambos estábamos deseando. Para entonces yo llevaba unos nueve meses separado y, aunque había salido con varias mujeres conocidas a través de la web de contactos, Luisa era la primera con la que quería hacer el amor, sentir su cuerpo. 
 
Igual que los besos de la víspera, el encuentro amoroso se desarrolló dulce y fluidamente. Fue en la cama individual que provenía del dormitorio conjunto desmantelado (no pasaron muchos días hasta que compre una cama de uno sesenta que todavía conservo); no había pues demasiado espacio para ejercicios de sexo salvaje pero más que suficiente para abrazarnos estrechamente, para fundirnos el uno en el otro. Desde el principio el tacto de Luisa fue una revelación que me pareció que superaba lo meramente sensorial; según me iba tocando, toda mi piel se electrificaba, mi cuerpo todo se magnetizaba hacia ella. Soy incapaz de describir el torrente infinito de placer que me produjo, tanto que en alguno de los muchos momentos de éxtasis sentí que en lo más hondo se me abría un grifo y se desbordaban las emociones. Y me rompí en llanto de felicidad. 
 
Guardo correos de esa semana en el que cada uno cuenta al otro lo maravilloso que fue, aunque es fácil advertir que todavía nos frenábamos al hablar sobre sexo (los remilgos desaparecerían en pocos días, pero no toca ahora hablar de eso). El miércoles quedamos para ir al cine –vimos “Los aires difíciles”, adaptación de una novela de Almudena Grandes– y cenar unas arepas; luego, cada uno a dormir a su casa. Pero el fin de semana, de viernes a domingo, disfrutamos en el Hotel Botánico de El Puerto de la Cruz de la que podríamos llamar nuestra (breve) luna de miel. 
 
Llegamos a primera hora de la tarde y nos encerramos en la habitación, desnudos y gozosos, hasta las diez de la noche, cuando el hambre nos obligó a vestirnos y salir a buscar un restaurante (fue una pizzería). Puse Norah Jones como banda sonora y fumamos a medias un canutillo de maría, dos factores que sin duda contribuyeron a exacerbar nuestras sensibilidades, a multiplicar e intensificar las sensaciones. Lo que ocurrió en aquella habitación esa tarde fue para mí una absoluta revelación, tan potente que me cambió para siempre y me enamoró completa y definitivamente de Luisa. Puedo decir que el sexo fue maravilloso, de lejos el mejor que había tenido hasta entonces (y creo que no volvimos a superarlo). Nos integramos tanto el uno en el otro que pasamos a ser un solo cuerpo rebosante de zonas erógenas compartidas. El placer era infinito y era el de los dos; yo sentía que sentía el placer que Luisa sentía y ella me dijo que le ocurría lo mismo; los orgasmos se sucedían sin que pareciera que tuvieran límite. 
 
Pero ese placer tan asombrosamente grande y largo, quizá justamente por eso, trascendió de lo físico y se convirtió en la materia de algo que no sé denominar con otra palabra que no sea amor. Creo que nunca fue tan profundamente verdadera la expresión “hacer el amor”. Era eso lo que estábamos haciendo, estábamos amándonos, física, mental y espiritualmente. Sentía tanto amor como nunca antes; y ese amor no era algo abstracto, sino de una concretísima realidad, tan real que lo percibía como algo material. Añado que, amándola como la estaba amando (y recibiendo el amor con el que ella me estaba amando), me sentí bueno, bueno como tampoco nunca me había sentido. Y sentirme así me hizo feliz, inmensamente feliz.
 
Desde esa fecha mágica han pasado casi quince años. Durante este tiempo hemos vivido varias crisis y enfados (los dos teníamos caracteres fuertes). Tengo la impresión de que Luisa se desencantó, que me seguía queriendo, sí, pero que más de una vez pensó que no podíamos seguir juntos, que éramos incompatibles. También yo lo pensé. Sin embargo, por malos momentos que pasáramos, sabía que estaba atado a ella, que había de amarla siempre. Lo que me había dado en esos días iniciales de nuestra relación, especialmente esa tarde en una habitación de hotel, había sido un regalo tan hermosamente inconmensurable, que lo justificaba todo. Descubrí entonces que mi felicidad mayor consistía en hacerla feliz. Y aunque eso es lo que he intentado siempre, siento que no he estado a la altura de ese don que me transformó (supongo que esto forma parte del sentido de culpabilidad habitual durante el duelo).