Coincidencias entre mi vida y una novela (II)

Así que, si he de describir mi estado al día siguiente, antes de salir hacia casa de Jessica, el siguiente párrafo de la novela resulta casi perfecto: Mientras yacía en la rosácea luz de mi habitación ( la luz probablemente no era rosácea, vale) y los minutos de la tarde se arrastraban con lentitud, se unió a mi enfermizo estado una incredulidad cercana a la demencia. Hay que recordar que mi castidad se hallaba casi intacta (en mi caso, usar el casi es casi pretencioso). No estaba sólo a punto de yacer mucho mejor que en aquel momento; me había embarcado en un viaje a Arcadia, a la Tierra Prometida, a las estrelladas regiones de terciopelo negro situadas más allá de las Pléyades. Traía de nuevo a mi memoria (¿cuántas veces había evocado su sonido?) las claras indecencias que Leslie había pronunciado y, mientras lo hacía, el visor de mi mente volvía a dar forma a cada hendedura de sus húmedos y suculentos labios, a la ortodóntica perfección de sus brillantes incisivos, incluso a una sutil mota de espuma en el borde del orificio bucal. Me parecía el más fabuloso de los sueños de un fumador de opio la casi seguridad de que, antes de que terminara aquella misma noche, aquella boca sería ...No podía permitirme tales pensamientos sobre aquella resbaladiza boca y sus inminentes empleos. (La boca de Jessica, ciertamente, me obsesionaba pero, aclaro, no era la única parte de su cuerpo que me mantenía en permanente desasosiego).

Una empleada doméstica (no era negra como en la novela) me hizo pasar a la sala donde me recibió el padre de Jessica. Lo recuerdo como una persona encantadora, algo bajito y rechoncho, que hablaba con voz muy suave y me hacía infinidad de preguntas: sobre España, sobre mis padres, sobre la carrera de arquitectura, sobre todo ... Me ofreció una cerveza y cuando llevábamos un rato charlando, apareció la madre, que era lo más opuesto al marido que cabía imaginar; se trataba de una mujer enorme que, además, vestía de forma extremadamente barroca. Iban a salir a una cena, de forma que Jessica y yo tendríamos la casa entera a nuestra disposición. Es decir que se daban exactamente las mismas circunstancias que las que narra Styron en la novela. Asimismo, para describir la aparición de Jessica en la sala, justo en el momento en que sus padres se disponían a despedirse, me vale de sobra el siguiente párrafo:
Por fin apareció Leslie, hermosa y rubicunda (1), con un vestido negro de punto que se adhería y adaptaba a sus ondulantes redondeces de un modo dolorosamente atractivo (no me atrevería a jurar que el vestido fuera negro y de punto, pero sí que se adaptaba demasiado bien a las curvas de mi amiga). Me dio un húmedo beso en la mejilla, momento en que noté los efluvios de una inocente agua de tocador que olía a algo tan fresco como un narciso (tampoco lo aseguraría pero sí que no llevaba ninguno de esos perfumes agobiantes que tanto me desagradaban) y que, por alguna razón, la hacía tres veces más excitante que las calientapollas que había conocido en Tidewater, aquellas absurdas vírgenes empapadas de su almizcleño (2) perfume de odaliscas. Esto era clase, verdadera clase judía. Una chica con suficiente seguridad para vestir de aquella manera no podía ignorar lo que era la sexualidad.

Y aquí paro esta segunda entrega, para que Alicia vuelva a quejarse (con razón) de que no llego a lo mejor (he dado más de una pista); habrá una tercera.
(1) Rubicunda es una palabra que siempre me ha sonado mal y, sin embargo, en este caso, tiene la virtud de que sus dos acepciones valen perfectamente para la imagen que conservo de Jessica: era rubia tirando a rojizo y tenía un estupendo color que denotaba completa salud.
(2) No sé identificar el olor almizcleño pero, atendiendo a la definición del DRAE (Sustancia grasa, untuosa, de olor intenso que algunos mamíferos segregan en glándulas situadas en el prepucio, en el periné o cerca del ano, y, por ext., la que segregan ciertas aves en la glándula debajo de la cola. Por su untuosidad y aroma, el almizcle es materia base de ciertos preparados cosméticos) puedo suponer que corresponde a esos perfumes que tanto me agobian.
(2) No sé identificar el olor almizcleño pero, atendiendo a la definición del DRAE (Sustancia grasa, untuosa, de olor intenso que algunos mamíferos segregan en glándulas situadas en el prepucio, en el periné o cerca del ano, y, por ext., la que segregan ciertas aves en la glándula debajo de la cola. Por su untuosidad y aroma, el almizcle es materia base de ciertos preparados cosméticos) puedo suponer que corresponde a esos perfumes que tanto me agobian.
CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos
Miroslav, Miroslav...tendré que seguir esperando :-)Un beso.
ResponderEliminarMe uno a la queja...
ResponderEliminarFelices fiestas y un beso.
Supongo que estas coincidencias dan lugar a lo que algunos denominan serendipia. En contra de lo dicho por algunos, y para mi desgracia, admito no haber vivido nada parecido...
ResponderEliminarComo siempre, quedo a la espera del capítulo final.
Miroslav, tengo pendiente una lectura de tus últimas entradas. Hoy sólo quiero desearte Feliz Navidad.
ResponderEliminarUn abrazo
Vaya, Miro fiel a su costumbre de dejarnos con la miel en los labios.... Habrá que seguir esperando menos mal que los dos primeros capítulos me los he leído de un tirón :)
ResponderEliminarBesos