Los abuelos paternos de Bob Dylan

Es sobradamente sabido que el antisemitismo ruso era de los más virulentos de Europa, mucho más que el alemán, desde luego, aunque los nazis, años después, consiguieran con sus atrocidades arrogarse el título de campeones mundiales en el extendido deporte de odiar a los judíos. La excusa era la de siempre: que los malditos asesinos de Nuestro Señor y perseverantes conspiradores contra la cristiandad eran los culpables de todos los males que aquejaban a los honestos ciudadanos. Y en una ciudad como Odesa, en la que un tercio de sus cuatrocientos mil habitantes eran deicidas, había yesca de sobra. Se les acusaba, por supuesto, de controlar el comercio portuario, enriqueciéndose a costa de los cristianos (aunque la gran mayoría de los judíos fueran pobres diablos de escasos recursos), de haber conspirado con los rojos contra los intereses nacionales, contribuyendo a la debacle bélica (y verdad era que no pocos Rabinovichs se habían unido al partido socialdemócrata y participado en las revueltas de junio con motivo de la sublevación del Potemkin) y, cómo no, de llevar a cabo asesinatos rituales de niños cristianos. Este mito, por cierto, tiene larga historia en toda Europa (entre nosotros, uno de los varios ejemplos es el del Santo Niño de La Guardia, al que ya me referí hace cuatro años) y fue la base del proceso seguido contra Mendel Beilis en Kiev en 1911, inspiración de El reparador, magnífica novela de Malamud muy recomendable para entender el clima de antisemitismo que debía respirarse a principios del siglo pasado en Ucrania. En el libro se nos presentan las Centurias Negras, movimiento autocrático y antisemita de extrema derecha que se adelanta en un cuarto de siglo a sus herederos ideológicos de Italia, Alemania y otros países occidentales.

Es fácil imaginar el estado de ánimo de los judíos de Odesa después de estas barbaridades. Para muchos significó el empujón definitivo para decidirse a escapar de esa Rusia antisemita y América era uno de los destinos preferidos desde hacía varias décadas. Uno de los que se decidió a escapar fue un zapatero de treinta años llamado Zigman (o Zigmond), casado con Anna y padre de tres niños pequeños. Según varias fuentes, este Zigman viajó solo a Estados Unidos en 1906 o 1907 (aunque no he podido encontrar su nombre en el magnífico archivo que la Ellis Island ofrece en internet) y cruzó medio país para acabar instalándose en Dultuh, al borde del Lago Superior. ¿Por qué fue a esa ciudad de Minnesota? No lo sé y no he encontrado ninguna explicación, aunque supongo que ya lo tendría decidido de antemano, probablemente porque algún familiar o paisano le hubiera precedido en la aventura. Duluth era por esas fechas una población próspera, desarrollada gracias a las minas de hierro de la zona (The Iron Range) y al tráfico portuario a través de los Grandes Lagos. Aunque bastante más pequeña (unos 70.000 habitantes) guardaba ciertas similitudes con Odesa, lo que también pudo influir. La cosa es que el joven inmigrante comenzó a ganarse la vida como zapatero ambulante aprendiendo a chapurrear el inglés y cuando vio que allí había futuro mandó llamar a su mujer e hijos.
La mujer de Zigman, Anna, era dos años menor. Su apellido era Kirghiz y parece que la familia provenía de Trebisonda, en la vecina Turquía, lo cual no es anómalo pues en Odesa se comerciaba abundantemente con el imperio otomano y contaba con una amplia colonia turca. Trebisonda es una de esas ciudades míticas de la Edad Media, capital de uno de los imperios desgajados del bizantino, que alcanzó gran esplendor al ser una de las etapas obligadas de la famosa ruta de la seda. He leído que parte de los ancestros de Anna provendrían de Kirguistán, esa antigua república soviética entre las montañas del Asia Central; puede ser, pero se me antoja una conjetura a partir del apellido sin demasiadas probabilidades: muy lejos lo veo y además pocos judíos vivían allí, pero vaya usted a saber. El nieto de Anna, en el primer volumen de su autobiografía, nos informa de que la familia de su abuela era originaria de Kagizman, una pequeña ciudad de la Anatolia Oriental, muy cerca de la frontera armenia. Añade luego que también tenía ancestros de Constantinopla. En fin, que lo que parece claro es que siempre anduvieron en torno al viejo Ponto Euxino de los griegos.

En fin, que si no hubiera sido por el antisemitismo ruso tal vez los Zimmerman no habrían abandonado Odesa y, consecuentemente, Bob Dylan no habría nacido. La historia está hecha de carambolas fortuitas.
PS: Los abuelos maternos de Dylan, Ben Stone (originariamente Benjamin David Solemovitz) y Florence Edelstein, provenían ambos de familias judías lituanas, asentadas en Superior, Wisconsin, en los primeros años del siglo XX.
Miroslav:
ResponderEliminarDisfruto mucho sus historias: Las inventadas, las noveladas y las encontradas. Grazie tante caro amico.
Gracias a ti, Chofer.
ResponderEliminarDe acuerdo
ResponderEliminarQué sucinto te has levantado este lunes, Lansky. Por cierto, te dejé hasta dos comentarios en tu post del viernes que compruebo que no aparecen. ¿Los has recibido al menos en el correo?
ResponderEliminarYa está solucionado, el administrador del blog (ya sabes que no entro en internet en festivo) te había clasificado como spam; debe saber algo de tí que yo ignoro
ResponderEliminarMe ha gustado mucho leer la historia de los abuelos paternos de Bob. Todas las vidas humanas son cuentos fascinantes si se saben narrar bien. Y tú lo sabes hacer!
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