El jardinero imaginario


Dylan es una de las personas que más frikis genera (lo mío no es nada); hay por el mundo miles de personas que se dedican obsesivamente a averiguar todo sobre él, de modo que es relativamente fácil comprobar si en 1964 estuvo en algún acto en Washington y no, no estuvo. Hay también webs que catalogan cualquier canción o poema que haya compuesto en cualquier momento de su vida y que no haya grabado; las consulto y no, no consta ningún tema denominado Jorn’s wild flowers (la de titulo más parecido es Wallflower, de 1971, que tampoco se grabó en su momento y hubo de esperar veinte años hasta la primera entrega de The Bootleg Series; por cierto, la banda de Jakob, el hijo menor de Dylan, se llama The Wallflowers). Tampoco encuentro entre la “internetgrafía” (porque no procede decir bibliografía) de Dylan los versos que cita Lansky del inicio de la canción. Ahora bien, cuando generalizo las búsquedas caigo siempre en referencias al libro de Jorn de Précy. La conclusión parece obvia: si en el único sitio que se menciona esa canción es en el libro, habrá que pensar que es una invención. Afortunadamente, la editorial Elba, que es la que ha publicado este mismo año la versión española de The Lost Garden, ofrece en la Red la lectura gratuita de la Introducción a cargo de un tal Marco Martella que la firma en 2011 y el Prefacio del propio De Précy, firmado en 1911, justo cien años antes. Ahí compruebo que, en efecto, entre las páginas 12 y 13 aparecen las referencias ya citadas a Bob Dylan y esa inexistente canción. Así que es Martella quien yerra. Pero tanto detalle no tiene pinta de error sino de mentira deliberada.
Martella es un italiano que andará en torno a la cincuentena; en algún sitio he leído que es arquitecto, pero lo que sí que es seguro es que es un historiador de parques y jardines que vive en Francia desde hace bastante tiempo y dirige una revista de excelente calidad llamada Jardins que él mismo fundó en 2010. He leído unas cuantas entrevistas suyas y lo he escuchados en tres o cuatro videos y me ha parecido un tipo muy interesante, con reflexiones atinadas y cultas sobre los espacios verdes en la historia y la sociedad humana; habré de estar atento a lo que vaya haciendo. Pero yendo al asunto: Martella publicó en 2012 el libro E il giardino creò l’uomo, en cuya introducción explicaba que se trataba de una reedición de un original de 1912 escrito por ese misterioso islandés afincado en Oxfordshire; si había querido volver a sacarlo a la luz, se justificaba, era tanto por el atractivo misterio que envolvía a ese enigmático autor como por la asombrosa actualidad de sus tesis en nuestra época (en cierto modo, presenta a De Précy como un antecesor del ecologismo). El libro italiano tuvo un notable éxito y fue comentado en varios medios de comunicación italianos. No pocos de quienes entrevistaron a Martella lamentaron la desaparición del jardín de Greystone y, a la vez, expresaron su admiración por ese excéntrico jardinero islandés que pasó inadvertido en su tiempo. En esos primeros meses, según he podido comprobar en varias páginas de esas fechas, nadie puso en duda la existencia real de De Précy. Pero finalmente se supo que todo era una invención. No sé si alguien lo descubrió o fue el propio Martella quien confesó su ardid, tan borgiano. La referencia más antigua que he encontrado a este respecto es una entrevista del 23 de abril de 2014; transcribo –traduciendo– lo que viene al caso:
Martella es un italiano que andará en torno a la cincuentena; en algún sitio he leído que es arquitecto, pero lo que sí que es seguro es que es un historiador de parques y jardines que vive en Francia desde hace bastante tiempo y dirige una revista de excelente calidad llamada Jardins que él mismo fundó en 2010. He leído unas cuantas entrevistas suyas y lo he escuchados en tres o cuatro videos y me ha parecido un tipo muy interesante, con reflexiones atinadas y cultas sobre los espacios verdes en la historia y la sociedad humana; habré de estar atento a lo que vaya haciendo. Pero yendo al asunto: Martella publicó en 2012 el libro E il giardino creò l’uomo, en cuya introducción explicaba que se trataba de una reedición de un original de 1912 escrito por ese misterioso islandés afincado en Oxfordshire; si había querido volver a sacarlo a la luz, se justificaba, era tanto por el atractivo misterio que envolvía a ese enigmático autor como por la asombrosa actualidad de sus tesis en nuestra época (en cierto modo, presenta a De Précy como un antecesor del ecologismo). El libro italiano tuvo un notable éxito y fue comentado en varios medios de comunicación italianos. No pocos de quienes entrevistaron a Martella lamentaron la desaparición del jardín de Greystone y, a la vez, expresaron su admiración por ese excéntrico jardinero islandés que pasó inadvertido en su tiempo. En esos primeros meses, según he podido comprobar en varias páginas de esas fechas, nadie puso en duda la existencia real de De Précy. Pero finalmente se supo que todo era una invención. No sé si alguien lo descubrió o fue el propio Martella quien confesó su ardid, tan borgiano. La referencia más antigua que he encontrado a este respecto es una entrevista del 23 de abril de 2014; transcribo –traduciendo– lo que viene al caso:
- ¿Cómo diablos se te ocurrió inventarte al esquivo Jorn de Précy?
- Había comenzado a escribir un ensayo sobre el jardín y el genius loci y me estaba aburriendo mucho. Me pareció que sería más agradable –incluso para un hipotético lector– hacerle decir las mismas cosas a otro autor. Y que un aristocrático jardinero anglo-islandés del Ochocientos, solitario, excéntrico y un poco misántropo, las habría dicho mejor que yo. Al final, el que empezó siendo mi portavoz se convirtió en un verdadero personaje, con una biografía, un carácter nada fácil y sus gustos particulares.
Parece que, cuando se supo la verdad, hubo un cierto revuelo, con abundantes críticas aunque también no pocos elogios. Martella afirma que le sorprendió que se le diera tanta importancia a ese pequeño truco que considera un simple recurso narrativo, un modo como otro cualquiera de contar una historia; algo parecido viene a decir Lansky en los comentarios a su post, citando la serie Fargo (basada en la excelente película de los Coen) para reivindicar la “verdad de las mentiras”. Yo, ciertamente, estoy bastante de acuerdo con Martella y con Lansky; es más, me apasionan estos ejercicios narrativos (sean literarios o cinematográficos) de mezclar realidad y ficción y hasta he procurado practicarlos en algunas ocasiones. Como siempre he dicho, lo importante no es la escueta verdad, entendida como la coincidencia con unos hechos (además, ¿quién juzga esa coincidencia? ¿desde qué ángulo los está mirando?); mucho más atractivo y a veces hasta más “verdadero” son algunas ficciones verosímiles. Dicho en otras palabras: quizá Jorn de Précy no existió, pero eso es irrelevante, como irrelevantes seremos dentro de cien años todos nosotros, por más que nos creamos existentes. Lo importante es que Martella le dio tanta dosis de existencia que pudo haber existido; mejor aún, que existe.
PS: En España, el libro de Martella se ha publicado este año por la editorial Elba. Con ese motivo, el suplemento ICON/Design de El País le dedicó un largo y elogioso artículo firmado por Carlos Primo en el que se revela que Jorn de Précy es un heterónimo. A pesar de que, a diferencia de lo ocurrido en Italia hace ya más de cinco años, aquí se había de saber la trampa desde el principio, parece que no pocos han caído en ella. Quizá –como me hace notar Lansky– uno de ellos sea Enrique Vila-Matas, que hace solo una semana (el martes 3 de abril) publicó en El País una crítica elogiosa sobre un segundo libro de Martella –Giardini in tempo di guerra, 2015– en el que el italiano recurre al mismo truco: en este caso, el falso autor es un poeta bosnio llamado Teodor Ceric. Pues bien, Vila-Matas parece creer a pies juntillas la “mentira” que urde Martella: que le pidió que le escribiera una serie de artículos para su revista francesa (efectivamente, en varios números de la revista Jardins aparecen artículos firmados por ese otro autor ficticio). Si Vila-Matas ha sido engañado, El País debería recriminarle que no lo lea como debería ya que le pagan. Pero, claro, también podría ser que el barcelonés no quiera delatar al italiano.
Y así se explica que no encontrara nada del personaje buscando por la Wikipedia. Tampoco le di demasiada importancia, pues puede ocurrir que un personaje conocido hace cien años sea virtualmente desconocido en la actualidad.
ResponderEliminarLa ficción estaba bien urdida. Martella se cuidó de explicar que ni siqueira era bien conocido en su época y que justamente con su libro pretendía rescatarlo del olvido, aunque gran parte de su vida aún se mantuviera desconocida. Asñi le creaba un halo de misterio que lo hacía más atractivo.
EliminarNo hay forma de fiarse de nadie que afirme que dice la verdad. En cambio los, digamos, mentirosos verosímiles, cuando no engañan para aprovecharse de nadie, sino para ilustrar, entretener y enseñar son la sal de la tierra.
ResponderEliminarSí, totalmente de acuerdo.
EliminarYo acabo de leer el libro, accediendo a una propuesta de la inteligencia artificial de Amazon. Caí y me encantó el personaje del "jardinero". Busqué información en la red y hallé este simpático blog, que me revela la divertida "verdad". En realidad, ahora, para mí que soy amante de los jardines, es como si hubiera encontrado en Précy un nuevo amigo "espiritual". Es evidente, pues, que si bien no existió, EXISTE ��
ResponderEliminarMe incorporo a este post con un cierto “retardo” (no el mío)
ResponderEliminarNo estoy demasiado a favor de estas bromas privadas de escritores, porque salvo que se desvelen en poco tiempo provocan una cierta confusión en lo que podríamos llamar “conocimiento verdadero” de los lectores. Y entonces parece todo parte de una broma en la que el que de verdad se ríe es el autor inventivo que sabe la verdad.
Pero bueno, Vila-Matas es evidente que sabía de esta broma y participaba de ella. Su literatura está plagada de este tipo de bromas.
perdón por la sintaxis... pero he escrito rápido y mal
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