viernes, 30 de junio de 2017

Unitarianismo (5)

William Ellery Channing pertenecía a una de las familias más notables e influyentes de Rhode Island; su abuelo materno, William Ellery, fue uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos en representación justamente del más pequeño de los Estados del país. Nació en Newport en 1780 y adolescente se matriculó en Harvard donde se graduó como primero de su promoción en 1798. Durante los siguientes años se preparó para ser ordenado clérigo calvinista, primero viviendo con su tío en Connecticut, y luego trabajando como tutor en una familia acomodada de Richmond, Virginia. En 1803 se ordenó y aceptó el cargo de pastor en la iglesia calvinista –de rito irlandés-escocés– de Federal St. en Boston. Para entonces, su propia evolución interna le había llevado a no pocos conflictos de conciencia con gran parte de las enseñanzas tradicionales calvinistas, especialmente las que apuntaban a un Dios justiciero casi hasta la crueldad. No obstante, en su actividad pastoral evitaba entrar en las cuestiones polémicas y, por el contrario, ofrecía a sus feligreses unos encendidos sermones en los que propugnaba una relación amorosa con Dios. A lo largo de doce años de ministerio se había convertido en un clérigo respetado y apreciado, sin la más mínima intención de provocar ninguna ruptura en la Iglesia de la cual se sentía miembro. Sin embargo, la desaforada agresividad de Morse y los más radicales calvinistas conservadores le forzó a saltar al debate y en 1815, con 35 años, publicó una carta en la que, hablando en nombre de muchos colegas, reconocía no creer en la Trinidad, pero sin embargo no se consideraban unitarios sino que preferían llamarse cristianos liberales o racionales. Decía que muchos de ellos podían no compartir algunas de las creencias del calvinismo ortodoxo pero que ello no debía calificarse como herejía, que debía admitirse e incluso fomentarse la libertad de conciencia, y no hacer de los posibles disensos doctrinales argumentos se división; eso, concluía, sería un grave error para el cristianismo y se cometerían dolorosas injusticias contra muchas personas. Para Channing, pues, en el cristianismo (más concretamente en las iglesias congregacionalistas) cabían diversas creencias; no había que centrarse en las diferencias sino en lo esencial de la fe: que Jesús era el Cristo.

Por más que la voluntad de la gran mayoría de los ministros disidentes, con Channing como portavoz más ilustre, no querían la separación de la Iglesia, los conservadores insistían en sus furiosos ataques, intentando imponer mecanismos que velaran por la ortodoxia doctrinal y que posibilitaran expulsar de sus púlpitos a los clérigos de tendencias unitarianas. Ante esta situación, en 1819, con ocasión de la ordenación de un ministro liberal en Baltimore (el primero de esa tendencia que se asentaba fuera de Nueva Inglaterra), Channing pronunció el que se convirtió en su sermón más famoso y que viene a considerarse el acta oficial de nacimiento de la Iglesia unitariana estadounidense. El sermón se tituló, precisamente, “Cristianismo unitario” y en él explicó los principios básicos del movimiento religioso: no sólo el rechazo a la Trinidad (y por tanto a la naturaleza divina de Cristo), sino también la creencia en la bondad humana y la sujeción de la teología a la razón. Pero además, argumentó sin remilgos contra varias de las creencias ortodoxas, mostrándolas en toda su desnudez, carentes de apoyos en las Escrituras o en la racionalidad. El sermón tuvo una extraordinaria difusión e influencia, obligando a los conservadores a ponerse a la defensiva y ahondando más la brecha entre las dos corrientes dentro de las iglesias congregacionalistas. El conflicto se manifestó con singular crudeza en las elecciones de los ministros de las iglesias locales. En cada pueblo o barrio de Massachusetts, el pastor que había de ocuparse del culto religioso de la comunidad era elegido por la parroquia, formada por el conjunto de votantes varones del ámbito territorial de la misma. Ahora bien, había un círculo más pequeño, mayoritariamente mujeres muy devotas, que constituían lo que se llamaba la “iglesia” y que era la que en la práctica proponía (normalmente sin oposición) el nombre del ministro cuando el púlpito quedaba vacante. En esos años de controversia resultó que en varios pueblos y barrios se produjeron conflictos entre parroquia e iglesia: quienes formaban la primera empezaron a negarse a aceptar las propuestas de pastores ortodoxos que solían hacer las beatas de la Iglesia y a votar por ministros liberales. Cuando eso ocurría era frecuente que los miembros ortodoxos de la comunidad no se conformaran y decidieran separarse para constituir una nueva Iglesia. El enconamiento se agravó con la pelea por los bienes. El primer pleito –por la secesión habida en 1818 en el municipio de Dedham– fue resuelto por la Corte Suprema del Estado negando la propiedad a quienes se separaban.

Durante de la década de los veinte por votación mayoritaria se fueron renovando con ministros unitarianos un gran número de parroquias calvinistas, las cuales, al marcharse de ellas los ortodoxos para crear las suyas propias, se convertían de facto –incluso contra su voluntad– en iglesias separadas. En 1825, diez o doce miembros de la Harvard Divinity School, reunidos en la sacristía de Channing, constituyeron la American Unitarian Assiciation. La asociación tenía como fin propagar la doctrina unitariana, y propiciar la fundación de iglesisas hacia el Oeste de la nación. No obstante, las resistencias de los ministros unitarianos a separarse formalmente del congregacionalismo eran tantas que la asociación creció muy lentamente a lo largo de los siguientes veinticinco años. Sin embargo, era más que obvio que no cabía la reconciliación. Los ortodoxos se negaban sistemáticamente a cualquier trato con los unitarianos, a los cuales difamaban sin descanso. Así, se fue haciendo lugar común que bajo el unitarianismo la moral se había relajado, de modo que esas iglesias se hacían atractivas para los viciosos (entre los que se contaban a los homosexuales que, de hecho, siempre han encontrado mejor acogida en esta religión). El unitarianismo, decían, había ido despojándose de casi todo el contenido de la fe cristiana hasta dejar ésta en casi nada; además, al negar el castigo eterno, se alentaba a los hombres a caer en el pecado. En todo caso, hacia 1835, los unitarianos representarían aproximadamente un cuarto de la población de Massachusetts (y contaban con una proporción parecida de iglesias); eran ya una minoría muy significativa, en la que descollaban personalidades de gran valía intelectual (la universidad de Harvard era muy mayoritariamente unitariana). Sin embargo, acabada la larga controversia con los ortodoxos, la mayoría de ellos no se veía capacitada para erigirse en ministros de una nueva religión; la asociación era aún muy débil y estaba lejos de tener el apoyo de todas las iglesias disidentes. De hecho, muchos de los pastores sentían que habían sido expulsados del calvinismo por no creer en sus dogmas pero no tenían claro cuál era el contenido de su nueva religión.

Hacia finales de los años treinta surgió entre los más jóvenes e inconformistas de los unitarianos un movimiento que se denominó trascendentalismo y que desarrollaba el pensamiento de Channing sobre el Dios interior. La personalidad más influyente de esta nueva corriente fue el conocido Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Emerson, siguiendo la tradición familiar, se convirtió en pastor unitario en 1829, tras graduarse en la Harvard Divinity School. Sin embargo, a los pocos años renunció al ministerio porque sentía que el culto que profesaba estaba anquilosado. Influido por el romanticismo alemán y por el hinduismo, Emerson desarrolló la teoría de que era posible a través de la intuición alcanzar el conocimiento e integración con Dios que, a su vez, forma una unidad con toda la realidad, incluyendo nuestras almas individuales que se integran también en el todo unitario. En 1838 expuso estas ideas en un célebre discurso en la Harvard Divinity School, que influyó poderosamente sobre el unitarianismo. Quienes aceptaron los principios del trascendentalismo declararon que, dado que el hombre es un ser religioso por naturaleza, las verdades de la fe no requieren ser probadas por razonamientos ni a través de milagros (los de Jesús), ya que surgen espontáneamente en nuestras almas. En consecuencia, no hace falta recurrir a la Escrituras o seguir tradiciones religiosas, sino que basta mantener nuestras almas abiertas a lo que Dios nos hace llegar a través de la innata intuición religiosa. Las ideas de Emerson las desarrolló y expresó con más radicalidad y concreción otro ministro unitariano llamado Theodore Parker, quien en un sermón de 1841 (“Lo transitorio y lo permanente en el cristianismo”) llegó al extremo de afirmar que la verdad de la fe cristiana se sostenía por sí mismo, sin necesidad de recurrir a las enseñanzas o milagros de Jesús (aunque se demostrara que Jesús nunca había existido, la religión seguiría siendo verdadera). Al mismo tiempo, más que en los aspectos teológicos, centró sus predicaciones en cuestiones sociales, defendiendo las importantes reformas sociales pendientes de la época (contra la guerra, la esclavitud, la opresión de la mujer, etc). Aunque Parker fue muy popular, lo cierto es que mientras vivió fue rechazado por la mayoría de los clérigos unitarianos, que pensaban que había ido demasiado lejos. Pero tres su muerte, sus ideas siguieron influyendo poderosamente en el ámbito unitariano, especialmente entre los jóvenes, y lo que había empezado como un debate sobre la necesidad de creer en los milagros de Jesús se amplió a la discusión general sobre qué era lo esencial de la religión cristiana.

Durante las décadas de los cuarenta y de los cincuenta del XIX la situación del unitarianismo podría calificarse de errática. De un lado, gracias a la actividad misionera de la Asociación, las iglesias unitarianas iban extendiéndose por el país, sobre todo hacia el Oeste (se llegó hasta California; en el Sur, en cambio, la preeminencia de la esclavitud dificultaba su enraizamiento). Sin embargo, había un desaliento general sobre el contenido de la fe, especialmente frente a los planteamientos radicales derivados de la teología de Parker. Lo que finalmente catalizó a los unitarianos y les hizo sentir la necesidad de reforzar su unidad como Iglesia y contrarrestar tendencias disolucionistas no fue ninguna nueva controversia religiosa sino la Guerra Civil de 1861-1865. Los ministros e iglesias unitarianos se volcaron con entusiasmo en los esfuerzos bélicos, tanto aportando capellanes para ofrecer asistencia religiosa como organizando servicios sanitarios en modo muy similar a lo que sería posteriormente la Cruz Roja. Acabada la Guerra, el prestigio de los unitarianos había aumentado considerablemente y, sobre todo, entre ellos se afianzó un sentimiento de autoestima del que hasta entonces habían carecido y, frente a la abulia que les había caracterizado, empezaron a darse cuenta de la conveniencia de una organización eclesiástica común, de que eran más importantes las cosas que les unían que las diferencias doctrinales. Así, en 1865 se celebró la Primera Conferencia Nacional unitariana, con la asistencia, si no de todas las iglesias del país, un número muy significativo (más de doscientas y más de cuatrocientos delegados). A partir de entonces, un organismo representativo a escala nacional empezó a tomar medidas ejecutivas que posibilitaron el afianzamiento del unitarianismo como iglesia propia. Aún así, seguía abierto el conflicto entre los más radicales cuyas tesis (de la innecesariedad de Cristo) no fueron en principio aceptadas; muchos de ellos, sin renegar del unitarianismo, formaron la Asociación Religiosa Libre (1867), que tenía por finalidad alentar el estudio científico de la teología y fomentar el compañerismo entre todos, pese a la diversidad de creencias. Las últimas décadas del XIX se caracterizaron tanto por el progresivo afianzamiento de las iglesias unitarianas a lo largo de los Estados Unidos como por la permanencia e incluso agravamiento de las controversias internas entre moderados y radicales. Pero poco a poco se fueron calmando los ánimos (a lo que contribuyó que los más enconados defensores de cada postura se hacían viejos y morían) y finalmente, en la Conferencia Nacional de Saratoga de 1894 se llegó a una constitución de consenso declarando que las iglesias unitarianas aceptan la religión de Jesús entendiendo, de acuerdo a sus enseñanzas, que ésta se resumen en el amor a Dios y en el amor al hombre. Pero al mismo tiempo invitaban a cualquiera unirse al trabajo práctico del unitarianismo, aunque difiriera de las creencias. Dicho de otra manera, la adhesión al unitarianismo tiene que ver más con compartir los objetivos de acción práctica que las creencias religiosas concretas.

Superados los conflictos internos, durante el siglo XX el unitarianismo no paró de crecer a partir de un esfuerzo por la armonía entre sus miembros y las distintas sensibilidades. Hacia finales de la primera década de la pasada centuria, el número de iglesias y ministros en los Estados Unidos rondaba el medio millar y los fieles se movían en el orden de los cien mil. En 1961, la Asociación Unitariana Americana se fusionó con otro movimiento religioso de muy similares principios, la Iglesia Universalista de América. A partir de esa fecha, el movimiento religioso se denomina Unitarianismo universalista. En la actualidad, según dice la Wikipedia, hay unas doscientas mil personas en Estados Unidos que se declaran miembros del unitarianismo universalista y unos 800.000 en todo el mundo. No son muchos, pero quizá tampoco tan pocos si nos fijamos en sus actividades y los efectos de las mismas en la sociedad.

2 comentarios:

  1. Pues llevabas razón, sí. ¡Cuántas disensiones! Con razón decía Fernando de Rojas en la Introducción a su versión ampliada de La Celestina que el destino de los hombres es luchar...

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    1. Esto de tratar de conocer una religión de las muchísimas que se llaman cristianas ha resultado complicado y no completamente satisfactorio: sigo con muchas dudas. Imagínate si pretendiera hacerme una mínima idea de todas las corrientes, sectas o como queramos llamarlas que se califican de cristianas. Sería agotador.

      En todo caso, te agradezco que hayas sido el último superviviente de esta tortura.

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