sábado, 7 de marzo de 2026

El ángel de los hoteles

Una pensión en Soho. El edificio, de solemne apariencia, se caía a cachos por dentro. Los tablones del suelo amenazaban desencajarse, por la estrecha ventana silbaba el viento helado, el grifo del lavabo escupía chorros sucios a borbotones, la cama crujía con chirridos desafinados. Tenía veinticuatro años, ella veinte. Desnuda, enmarcada en el umbral del baño, un instante eterno de luz en la mortecina penumbra del atardecer londinense. 
 
Dos décadas y media después en la habitación de un hotel tinerfeño de lujo. Canta Norah Jones en el iPod, aromas florales en el aire. Ambos rozan la cincuentena. Yacen abrazados sobre el enorme colchón, mirándose las almas a través de los ojos, muy juntos. Sus cuerpos danzan con vida propia, ahogándose en placer y colmándolos de belleza, felicidad, abandono. 
 
Los ángeles no existen, es cosa sabida, y sin embargo a veces hacen el amor. Se apropian entonces de cuerpos enamorados y ellos viven la eternidad que añorarán para siempre. Experimentar la trascendencia, abolir el espacio y el tiempo, sentir la disolución en el todo, vivir la plenitud de la belleza y la bondad absolutas, eso significa la presencia de un ángel. Cómo no anhelar que los ángeles regresen, pero no derrochan sus visitas. Tal vez seamos demasiados y no den abasto, tal vez nosotros mismos les cerremos las puertas. 
 
¿Tienen los ángeles singular querencia por las habitaciones de alquiler? Quizá por ser moradas de paso, ajenas a las rutinas cotidianas, y por eso más abiertas a las sorpresas maravillosas. Mi ángel (sé que fue el mismo en las dos ocasiones) sí, desde luego. 
 
No volverá mi ángel. Aun así, lo espero, especialmente las noches que paso fuera de casa. En algunas de ellas, me ha acariciado en el sueño y despierto templado por el recuerdo del amor. Son promesas volátiles, guiños irónicos al escepticismo cruel de los días. 
 
Una última escena, hace cinco años. No en una habitación de hotel, sino de hospital. Dormito sentado junto al lecho donde Luisa agoniza, mi mano en la suya, sus latidos y alientos apagándose. De pronto, la quietud silenciosa y, de nuevo, el instante mágico, eterno, aunque tan distinto. El ángel nos abraza; yo la beso y así vuelvo al tiempo de la tristeza.

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