sábado, 14 de marzo de 2026

Hansel y Gretel

Heme aquí, la que convocáis a este Tribunal, la madrastra de Hansel y Gretel. Que me conozcáis como tal se debe a la pacatería de los Grimm. De hecho, en las tres primeras ediciones del célebre cuento yo era la mutter, pero mudé a stiefmutter para no escandalizar demasiado a los burgueses alemanes. Porque, ¿cómo iba una madre a abandonar a sus hijos? Si entonces ofendía, cuánto más a vosotros, blandengues hipócritas anestesiados en la corrección política. Así que creed lo que os plazca porque me abstengo de declarar mi verdadero parentesco con aquellos mocosos.

Éramos pobres, éste es mi primer alegato. No os sonriáis, señorías. Ignoráis la pobreza y mucho más la de mis tiempos. Si siempre los de mi clase –campesinos, menestrales, leñadores como mi marido– fuimos pobres, mucho más en esos inicios del XIV cuando los corceles negros del hambre y de la peste asolaban Europa. No era nada extraño que los padres se deshicieran de sus hijos, que se los comieran incluso. ¿Osaréis juzgarme desde vuestros mullidos escaños?

Los Grimm me convirtieron en la malvada del cuento y así lo asumo. No obstante, prefiero verme como la única de esa familia con ovarios suficientes para decidir y actuar. Nuestra única posibilidad de supervivencia pasaba por prescindir de los críos; al fin y al cabo, nuestra muerte implicaría también la de ellos. Era pues una conclusión lógica, de nada valía lamentarse. Aun así, el alelado de mi esposo se negaba a admitirlo, pero ¿acaso creéis que se opuso? Sus protestas no eran sino patéticos amagos por engañar a su conciencia. ¿Las consideraréis atenuantes? Yo pienso lo contrario: más condena merece, pues la cobardía agrava la culpa.

En el cuento se dice que los muchachitos escucharon nuestros planes, pero es falso. Los autores quisieron representar a dos niños que, conocedores de lo que les esperaba, se resistían a salir de nuestra mísera cabaña; también pretendían dar verosimilitud a las absurdas precauciones de Hansel de proveerse de piedrecitas blancas en la primera salida. Pamplinas. Hubo una única vez, sin guijarros ni migas de pan que se comieran los pajarillos. Fuimos los cuatro al interior del bosque. Nos detuvimos al mediodía en la espesura, a comer los bocadillos que yo misma había preparado. Les dijimos que íbamos a cortar algo de leña y que nos esperaran. Nunca sospecharon nada; solo al caer la noche comprendieron que habían sido abandonados.

Y a continuación viene la estrambótica mentira de los hermanitos llegando a una extraña casita de chocolate, bizcochuelos y ventanas de azúcar. ¡Por favor! ¿Y vosotros, sesudos magistrados, dais crédito a tamaña estupidez? Que en aquellos tiempos de extremas carestías alguien pudiese construir algo así es sencillamente inconcebible, pasando por alto el nimio detalle de que en la Europa de entonces no existía ni azúcar ni chocolate. No, lo que realmente sucedió es bastante más prosaico, aunque en el fondo, desprovisto de los adornos de los Grimm, el relato no difiere demasiado.

La casa de chocolate era en realidad un aprisco de piedra y techo de paja en el que los leñadores almacenaban troncos antes de llevarlos al mercado. Naturalmente, su ubicación nos era sobradamente conocida. Los niños, al amanecer, tras dar unos pasos desorientados sin acertar con la ruta de vuelta, reconocieron la senda que llevaba al chiquero y hacia allí caminaron. Así lo había previsto, de modo que fui muy temprano a esperarlos, con la intención de matarlos. Sí, compasivos juzgadores, ya lo había decidido entonces, incluso antes, aunque nada le había dicho al padre. Vuelvo a repetirles: no había alternativa, era el único modo de impedir que regresaran, pues inevitablemente esos chiquillos, criados junto al bosque, no demorarían en encontrar la salida de ese laberinto arbóreo.

Y si había que matarlos el corolario era obligado: aprovechar su carne como alimento. No habríamos sido los primeros en esos años. Por supuesto, nada ocurrió como lo narran los Grimm. Ni les preparé camas para que durmieran, ni encerré a Hansel en un corral para engordarlo, ni calenté ningún horno para asarlo. Y mucho menos transcurrieron cuatro semanas durante tan premiosos preparativos. No critico que los lectores infantiles del cuento aceptaran estas inverosímiles falacias, pero ¿también vosotros, excelencias?

De entrada, en esa parca choza no había camas, ni hornos, ni comida, ni nada. Además, cómo iba yo a ausentarme tanto tiempo. Todo fue mucho más simple. Cuando los chicos llegaron les dije que habíamos pasado toda la noche buscándolos. Nos abrazamos y les propuse que, antes ir a reunirnos con su padre, descansaran un rato para recuperar fuerzas. Cuando estuvieran dormidos en unos lechos de hojas secas que había apelotonado en una esquina del aprisco, los despacharía con certeras puñaladas en sus corazones.

Pero Gretel no se durmió; fingió que lo estaba. Algo que dije o hice hubo de ponerla sobre aviso. El caso es que cuando me arrodillé junto a ella y alcé el punzón sobre su pecho, la maldita disparó su brazo derecho y la gruesa piedra que encerraba en la mano me abrió el cráneo de golpe. Luego los niños dedicaron un buen rato a trocear mi cadáver con un hacha que había en el cobertizo, sabedores de que mi carne les evitaría el hambre durante unos meses. Sí, magistrados, así pensábamos todos en aquellos tiempos, también los críos.

Caía ya la tarde cuando vuestros idealizados infantes alcanzaron nuestro hogar. No portaban, claro está, esas joyas que según los Grimm escondía la vieja bruja en su casita de chocolate. Tampoco el padre se alegró de verlos; el pobre tonto, con cara de asombro, no entendía qué pasaba. Lo cierto es que, como han interpretado algunos sabihondos en clave psicoanalítica, la aventura de Hansel y Gretel, asesinato incluido, les supuso el tránsito de la infancia a la madurez. En mi época se aprendía a palos, sin espacio para los remilgos porque, si no, ibas al hoyo. No tienen más que fijarse en cómo se comportaron a partir de entonces los chavales, lo que hicieron con su padre. Pero esa es otra historia.

Dicten sentencia pues, ilustres magistrados. Nada alego en mi defensa. Solo os ruego que hagáis prevalecer la verdad y, si así es, no habréis de castigarme sola. Todos fueron culpables y los más, los falsarios hermanos de Hesse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario