domingo, 8 de marzo de 2026

Laika

No es honor pequeño entrar en la historia como el primer ser vivo que navega por el espacio exterior. Buscaba en ello consuelo, ante mi muerte inminente. Orgullo y miedo enfrentados y, al cabo, solo queda la resignación. ¿Qué otra opción tenía? Los perros no decidimos. 
 
Soy Kudryavka. Nací en Moscú, hija de perros callejeros y madre también de otros, de los que no sé nada. Me capturaron una tarde en la que a sabiendas del peligro me había acercado a la Plaza Roja, pero es que estaba hambrienta. Días después, un hombre con bata blanca me sacó de la perrera. Vladimir se llamaba.
 
 
¿Cómo podía concebir siquiera los planes que esos científicos hoscos me habían preparado? Sitúense en el contexto: año 1957, inicios de la carrera espacial en plena Guerra Fría con los soviéticos en la delantera. Han pasado setenta años y hoy existen las estaciones espaciales, nada que ver con aquellos pequeños cohetes de mis tiempos. No llevan perros a esas inmensas viviendas orbitales, parece que es por cuestiones de ética, tiene que ver con nuestros derechos, esos de los que carecíamos entonces.
 
Fueron varios meses de entrenamiento, una verdadera tortura. ¿Quieren que les cuente las perrerías (nunca mejor dicho) que me hicieron? Mejor no, tengo entendido que en estos días hay mucha sensibilidad hacia el maltrato animal. Pocos recuerdos agradables guardo; los mejores los de las tardes en que Vladimir me llevaba a su casa y jugaba con sus hijos, mientras él me observaba con ojos empañados. 
 
Y llegó el 3 de noviembre. Hacía un frío extremo en ese viejo cosmódromo de Tazakistán. Me limpiaron el pelaje y me tintaron con yodo para conectarme cables y sensores. Luego me embutieron en un traje espacial rojo y me introdujeron en la pequeña cápsula. Antes de cerrar la escotilla, Vladimir me besó en el hocico. 
 
¿Pueden imaginar lo que fue sufrir la salvaje aceleración del despegue del Sputnik encerrada en tan mínimo habitáculo? Sentía miles de agujas taladrándome el cerebro y el corazón desbocado. Fueron momentos de pánico, intentando con desespero escapar, pero un arnés me inmoviliazaba. A las pocas horas, ya algo más calmada, noté que la temperatura subía y el calor se iba haciendo asfixiante, insoportable. 
 
Se ha contado que morí a las seis o siete horas del lanzamiento por sobrecalentamiento de la cápsula debido a un fallo del sistema térmico. Así gané el título heroico de mártir de la ciencia y soy conmemorada sobre una estatua de piedra en la Ciudad de las Estrellas rusas. Pero eso fue lo que contaron los soviéticos, no la verdad. Como el Sputnik se hundió incinerado en el Atlántico Norte tras más de cinco meses de dar vueltas a la Tierra, nadie pudo contradecirles. 
 
¿Quieren saber por qué sigo viva? Tantos tiempo después y aún me me embarga el asombro al recordar lo sucedido durante aquellos breves momentos. Cuando alcancé las facultades de las que ahora gozo, allá por los años ochenta, mis salvadores me permitieron dar a conocer a los humanos mi aventura. Elegí a una escritora de ciencia ficción ya madurita, madre de tres hijos, que vivía en Oregón. Se llamaba Julian May y cuenta lo que me pasó en su novela Intervention.

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