La mili en África (I)
Leo lo que escribió ese chico que treinta y dos años después sería mi abuelo y me cuesta reconocer al hombre que conocí. El lenguaje es cursi y sensiblero; no podía ser de otra forma, me dice mi madre, cuando su autor favorito era el santanderino novecentista José María de Pereda. Mi abuelo dejó la escuela con ocho años y a esa edad entró a trabajar; con esos condicionantes se le puede disculpar (e incluso admirar) el lenguaje de que disponía. Pienso, en todo caso, que tiene cierto interés descubrir cómo eran las cosas hace ochenta años; por eso, con mínimas correcciones, aquí va esta primera parte.Después de los reconocimientos y demás preliminares de reglamento, fui avisado a concentración para el día 15 de marzo de 1926, siendo el sorteo de África el 19 del mismo mes. En ese sorteo, de 82 soldados de infantería que pedían Marruecos, me tocó en suerte el número 35. En el destino a Cuerpo, que se efectuó tres días después, lo fui al Batallón de Cazadores de África nº 6, que tiene su Plana Mayor en Tetuán, capital de nuestro Protectorado.
Para incorporarnos fuimos llamados el día 30 del citado mes de marzo, a las cinco de la tarde, al cuartel bilbaíno de Reina Victoria. A las siete de la mañana del día siguiente nos pusimos en marcha hacia la estación de ferrocarril, adonde llegamos en un cuarto de hora. Allí nos acomodaron en los coches que para tal efecto había puesto la Compañía y poco después partió el convoy entre los últimos adioses y lágrimas de los deudos y amigos que había ido a despedirnos.
Las cuatro horas que el tren tarda en recorrer los ciento y pico de kilómetros que separan a la capital de Vizcaya de la Montañesa las pasamos demostrándonos una alegría que no sentíamos, pero que parecía que quisiéramos comunicarnos unos a otros para animarnos ante la mala estrella que en el sorteo tuvimos. ¡Qué pena me daba dejar atrás los deliciosos y alegres pueblecitos que íbamos pasando sin saber cuándo podríamos volver a verlos, si es que esto llegaba! Mas la obligación nos llamaba a otra parte y sólo un adiós podíamos dedicarles ...
Pasada la noche en compañía de mis tíos, volvimos de nuevo para Santander, Adolfo y yo, en el tren que pasa por Reinosa a las 6 de la mañana y llega a la Capital a las 11. Con nuestra llegada coincidió la del vapor Barceló, que entró en el muelle con tropas repatriadas, y que era el que nos había de transportar a las tierras africanas. Después de comer con mi tío, fui al Cuartel a presentarme, mejor dicho, a quedarme, pues ya no salí de él hasta que a las ocho de la tarde nos formaron y llevaron al muelle para embarcarnos. Pero el vapor no estaba todavía bien desinfectado, por lo que intentaron volvernos al Cuartel, adonde no llegó ni la mitad, pues todos los que pudimos nos escapamos y, dejando la célebre manta y plato donde no estorbara, paseamos un buen rato por la calle de San Francisco y La Blanca, con las simpáticas montañesucas que encontramos quienes, con sus gracias, procuraban alegrarnos los últimos momentos que nos quedaban en España.¡Viernes Santo! Son las ocho de la mañana cuando empiezan a llegar en grupos, que quieren ser formaciones, los reclutas que conmigo tuvieron la "suerte" de ser destinados a tierras marroquíes. Viéndoles llegar estoy en el muelle, donde coincidí con los primeros grupos aparentando ser uno de tantos curiosos que allí se congregaban y no un futuro soldado que al fin había de embarcar en aquel vapor que se mecía tranquilo en el hermoso muelle santanderino. Por fin llegan los compañeros que lo habíamos sido desde Bilbao, entre los cuales quise ver si alguno se decidía a "perder el barco", pues le tenía mucho miedo a tan largo viaje por mar metido en vapor de cabotaje; mas ninguno quiso decidirse, ante lo cual, y para no aburrirme solo en viaje por tierra, opté por marchar en compañía de los demás, cosa que más de una vez me pesó durante el trayecto.
A las nueve levó anclas nuestro barco, entre los acordes de un castizo y español pasodoble con que nos despedía la Banda del Regimiento Valencia y los atronadores y tristes adioses que las familias y el noble pueblo de Santander nos dedicaban, Pronto fuimos dejando atrás aquellos muelles donde se seguían agitando pañuelos y pronto La Magdalena, residencia veraniega de nuestros Reyes, nos privó de verlos. Mas entonces se presentó a nuestra vista otra belleza que nos hizo olvidar lo que atrás quedaba; a un lado la playa del Sardinero con sus innumerables y preciosas "villas", y al otro ... ¡al otro la inmensa llanura del mar!

A las nueve de la mañana del día siguiente, el martes 6 de abril, desembarcamos, tomamos café y seguidamente fueron formando por grupos de distintas Armas y Cuerpos. Se quedaron en la Plaza los que a ellos habían sido destinados así como los de la Zona de Larache, que seguirían el viaje en barco. Los de la Zona de Tetuán fuimos llevados a la estación para embarcar, a las 12 del mediodía, en un tren que nos condujese a dicha Plaza; llegamos allí dos horas después.
En la estación de Tetuán, nueva formación, y salida para el Campamento en que tenían enclavados los barracones y cuarteles el Batallón de África 6. Ese día no pudo ser más aprovechado ya que, además de todo lo que queda dicho, fuimos destinados a compañías, nos cortaron el pelo (que fue una de las cosas que más sentí), nos equiparon con prendas y armamento de soldado y nos hicieron vestirnos (más bien disfrazarnos) con aquellas ropas que a nadie le venían a la medida ni por aproximación, dejándonos después libres por el campamento, pues a la Plaza no dejaba llegar la vigilancia que en ella había, si no era con cinto y machete.

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