sábado, 22 de septiembre de 2007

... Y yo con estos pelos

Cada vez tienes más pelo en la espalda, me dijiste el otro día. Es verdad, paradojas ridículas de hacerse mayor (no diré viejo); uno que siempre ha sido lampiño y, de unos años a esta parte, van apareciéndole pelos en los sitios más absurdos y menos convenientes bajo cualquier estética. Apenas queda pelo en la cabeza, pero asoman cerdas alambrinas por las fosas nasales; entre los escasos pelillos del pecho me descubro largos y rígidos invasores albinos ... Y no sigo.

Me vienen a la cabeza recuerdos de mis trece, catorce y quince años, en plena revolución hormonal y ansioso por una piel más pilosa, como la de algunos compañeros del cole que exhibían orgullosos las piernas peludas e incluso empezaban a fardar de bigotillo. Yo nada; rubito con cara de niño, apenas aparentando los trece, catorce, quince años.

Quinto de bachiller fue en el curso 73-74. En mi colegio tenía fama de responsable, por la simple razón (supongo) de que sacaba muy buenas notas. Era un colegio del Opus, obsesionado por la pureza sexual de sus alumnos. ¡Qué mal lo pasé ese curso! Todos los días pecando mortalmente y acojonándome con mi destino infernal porque, por más que me confesara, era consciente de la inutilidad de mis propósitos de enmienda. Aunque hubieron de pasar dos o tres añitos más, mi crisis religiosa empezó a cimentarse desde la represión sexual opusina.

Ese fue el curso de las pellas (¿se sigue diciendo así?). Aprovechando mi fama me montaba unas excusas perfectas ante los profesores para escaparme; excusas que, a diferencia de lo que ocurría con otros compañeros, no requerían la confirmación paterna. La mayoría de las veces, bien solo o con mi amigo José, el plan era igual: el P24 hasta la calle Bravo Murillo, dos películas de “reestreno” en alguno de los varios cines de sesión continua que en esa calle había, acabando entera una bolsa de pipas de las grandes, luego vuelta con el mismo autobús. Precio total 24 pesetas; en esa época no se podía ni columbrar el euro.

A veces, bajaba en Plaza de Castilla y tomaba el metro hasta la Gran Vía. Valdeacederas, Tetuán, Estrecho, Alvarado, Cuatro Caminos, Rios Rosas, Iglesia, Bilbao (entre medias de las dos últimas la estación abandonada de Chamberí, donde una vez creí ver, en el breve intervalo que el tren la atravesaba, a dos fantasmales personas de pieles muy blancas bailando desnudas), Tribunal, José Antonio. Sí, porque la estación de metro era Avenida José Antonio, aunque así nunca llamáramos a la Gran Vía. Esa lista de estaciones (como otro tramo de la línea 4) lo tengo grabado desde la infancia. El metro de Madrid, entonces, era otra cosa.

Los cines de la Gran Vía eran de estreno; más caros y daban una sola película. Pero recuerdo haber ido allí a ver alguna de Carmen Sevilla, en aquellos remotos inicios pseudo-eróticos. Por supuesto, eran para mayores de dieciocho. Me acuerdo de viajar con una bolsa en la que llevaba una chaqueta y camisa, meterme en los baños de Galerías Preciados de Callao y cambiarme de ropa, además de ensombrecerme con lápiz de ojos (robado a mi madre) mi bigote inexistente y ponerme unas gafas oscuras de gruesa montura de concha. Intentos patéticos de parecer mayor que seguro que no engañarían a nadie, pese a lo cual algún portero me dejó pasar (también otras veces me robotaron tras haberme gastado las pelas en la entrada). Pero la sensación de ridículo y la vergüenza quedaban compensadas con la visión (pocos minutos) de Carmen Sevilla en sujetador. Compruebo que andaría entonces por los cuarenta y tres años y, para el chaval que yo era, estaba buenísima. Cómo se habría marchitado mi erotismo si a la imagen de esa mujer estupenda se le hubiera superpuesto la señora que en los noventa presentaba el Telecupón y hablaba de sus ovejitas; pero claro, faltaban todavía veinte años.

Mira que eran malas esas películas de lo que se llamó el “destape”. Justo los últimos años de Franco (y los primeros tras su muerte, antes de la aparición de las salas X, pero entonces yo no vivía en España). La excusa era aquello de las exigencias del guión. Me viene ahora a la cabeza una actriz que, a diferencia de doña Carmen, tuvo su único esplendor durante esos años: Nadiuska. En esos años creíamos que era rusa (por el nombre) y compruebo ahora en Wikipedia que provenía de Alemania; repaso sus títulos (25 pelis entre el 72 y el 78; no está nada mal) y me suena que vi dos o tres. Por supuesto no me acuerdo de ninguna; sí recuerdo, en cambio, que la Nadiuska estaba estupenda y que se exhibía bastante más que las españolas contemporáneas.

Pero, volviendo al tema, por más que los cambios hormonales me tuvieran en ebullición casi constante, poco pelo me salía; de nada sirvió que empezase a afeitarme bastante antes de necesitarlo. Años después, en cuanto pude, me dejé barba; pero ya era universitario y tenía más de dieciocho años. Y ni siquiera entonces vaya a pensarse que la barba era una gran cosa: larga sí, porque los pelos crecían, pero poco espesa; resultado: bastante desaliñada y para nada imponente.

Me reconciliaría con mi naturaleza lampiña ya metido en la treintena, y para entonces la cuestión ya no sería no tener demasiado pelo en cara, pecho y piernas, sino que el de la cabeza comenzaba a ralear. Pues esa etapa, la del otoño en las cumbres, parece que ha pasado y ahora toca el florecer de las estepas yermas, con lo bonitas que estaban lisitas y pelonas. Y sí, es verdad, cada vez tengo más pelo en la espalda.

CATEGORÍA: Recuerdos

jueves, 20 de septiembre de 2007

Rancheras

Llevo unos días escuchando rancheras. Canciones, la gran mayoría, compuestas en las décadas centrales del siglo pasado y cantadas hoy todavía y no sólo por mexicanos, y no sólo en círculos localistas. La estructura melódica de este género popular es sencilla, sin demasiadas complicaciones; en la instrumentación el predominio arrogante de las trompetas destacándose sobre guitarrones y violines (muy mariachi, vamos). Lo singular no está ahí, sino en las letras y en la forma de cantarlas.

El castellano de México me parece una de las formas más bonitas de recrear nuestro idioma. No sólo por las palabras, con esa sonoridad tan vibrante y cargada de reminiscencias de nuestro siglo de oro, sino especialmente por esos giros tan suyos de la sintaxis. Cuando leo textos mexicanos (incluso blogs, por ejemplo) es frecuente que se me hagan audibles, enroscándoseme con la musicalidad de su acento.

Textos de amor, de amor exagerado y desgraciado, que hay que cantar volcando toda la pasión hiperbólica en la voz. No se puede cantar “Es inútil dejar de quererte / ya no puedo vivir sin tu amor / no me digas que voy a perderte /no me quieras matar corazón” sin la voz desgarrada; ¿Y cómo, sino como tiene que ser, se puede decir a quien te ha roto el corazón “No volveré / te lo juro por Dios que me mira, / te lo digo llorando de rabia: / no volveré”?

Música popular, nacida tras la Revolución y que fue creciendo hasta convertirse en el género más representativo de lo mexicano, tanto dentro como fuera. Recuérdense las grandes figuras, muchas a caballo entre la canción y el cine hollywoodiense: Jorge Negrete, Pedro Infante, Aceves Mejía, Juan Gabriel, Lola Beltrán y, por supuesto, José Alfredo Jiménez, el Rey. A mis padres les encantaban las rancheras; esas melodías, esas letras y esas voces me retrotraen a mis años de niñez, me despiertan recuerdos vagos que me cuesta delinear (estamos hablando de los sesenta). Hubo una guitarra en mi casa que firmó Chavela (había pasado una noche con mis padres y otros amigos en el Distrito Federal), había algunos LPs dedicados por esos artistas míticos (estoy seguro de uno de Aceves Mejía y casi apostaría que también del propio José Alfredo), y en el cutre pick-up Phillips (que teníamos prohibido tocar), las noches en que en mi casa había reuniones de adultos, sonaban mayoritariamente músicas mexicanas.

Quizás por eso, por lo mucho que a mis padres les gustaba, en cuanto llegué a la adolescencia fue ésta una de las músicas rechazadas. Pero esas letras desgarradas, mal que me pesara, se me habían ya colado y encostrado. No volvería a escucharlas voluntariamente durante muchos muchos años (más de veinte, seguro) y, sin embargo, serían varias, muchas las veces, durante ese periodo, en que to mismo me sorprendería tarareando “si te dicen que me vieron muy borracho / orgullosamente díles que es por ti ...”, “con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley ...” o alguna más. Si ahora me pongo a pensar, debió ser hará unos diez años cuando me reconcilié con las rancheras, reconociendo El último trago de José Alfredo en la voz de Calamaro con Los Rodríguez.


Las rancheras expresan una concepción del amor, de la vida, de los sentimientos que se sitúa en el extremo opuesto de lo que pienso y siento. Las rancheras son apología de las pasiones autodestructivas, del machismo más descarnado, de la irracionalidad religiosa y blasfema a la vez. El cantante convoca a nuestras emociones más viscerales, buscando engancharse al sentimiento violento, lleno de vida, fortísimamente adictivo. Ese amor totalitario que todo lo justifica, que todo lo llena, que todo lo puede; por más que con frecuencia se acabe y entonces todo se acabe y nada importe, salvo buscar la muerte. Toma exageración, chute desaforado de endorfinas durante los minutos que dura la canción.

Supongo que letras así (y voces, y músicas y formas de cantar) sólo pueden ser mexicanas, un país que a veces más me parece un estado de ánimo (exacerbado, desde luego) en el que todo es posible, en el que los límites no interesan. Fuerza de la pasión que tanto atrae, por más que yo crea que no es por ahí el camino. No obstante, de vez en cuando, no creo que sea malo volcarse en el desparrame. Y, si no, escuchen esta letra y apiádense del pobre abandonado para quien de hoy en adelante ya el amor no le interesa porque sabe que de ese golpe no va a levantarse y, aunque no lo quisiera, va a morirse de amor.



CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Opiniones tajantes

Tengo un amigo –llamémosle Polo- que es un tipo bastante singular. Convendría aclarar que calificándolo de singular pretendo decir que es alguien que llama la atención, que cuesta encasillar. Andará por los cincuenta y cinco años, profesional libre con una empresa de consultoría en ingenierías que, desde hace ya varios años, da servicio preferentemente a diversas administraciones públicas. Su vida cotidiana, de lunes a viernes, es trabajar sin descanso, bien en su oficina de Madrid o moviéndose continuamente a golpe de avión por toda España, Europa y América; los fines de semana los dedica a su mujer y tres hijos. Por cierto, su mujer es técnica aeronáutica y trabaja para Boeing, con lo cual pasa, también ella, toda la semana volando a ciudades europeas con importantes aeropuertos.

Le conozco desde hace ya quince años y en todo este tiempo no ha aflojado el ritmo frenético que marca su vida. A veces me pregunto cuáles son las motivaciones que hacen que viva así. No es que le apasione el trabajo que hace (le gusta, sí, pero tampoco lo considera algo muy relevante ni, por ir al tópico, una “vía de realización personal”), tampoco es el ansia de acumular dinero (aunque importante, el factor económico nunca me ha parecido excesivamente determinante en sus decisiones). Sólo se me ocurre que vive así porque es así, porque (como le dijo el escorpión a la ranita a la que estaba aguijoneando) tal es su “naturaleza”. Quedó huérfano de padre muy joven y desde entonces tuvo que aprender a buscarse la vida y así lleva cuarenta años pateándose el mundo, sin parar y (me imagino) sin otro afán que el estar moviéndose.

Una de las cualidades de Polo, que necesariamente ha desarrollado para poder vivir como vive, es una capacidad decisoria engrasadísima y absolutamente tajante. En alguna ocasión le he echado en cara que, justamente por esos planteamientos suyos tajantes, tiende con demasiada frecuencia a descartar de un plumazo materias, lugares, personas, que podrían ofrecerle experiencias interesantes o fructíferas. Polo asume la crítica, pero me responde que su forma de actuar es simplemente su propio mecanismo adaptativo para sobrevivir; él no puede permitirse el lujo de perder el tiempo.

Pondré un ejemplo reciente, de la conversación que mantuvimos almorzando hace dos días. Le contaba yo la historia de Sócrates Scholfield y de su absurdo invento, comentándole que me atraían esos tipos excéntricos con ideas y vidas raras; siguiendo por ahí, le reconocía cómo, sobre todo en los últimos meses, me apetece mucho dedicar tiempo a una actividad que podríamos calificar de investigación inútil mediante la técnica del mariposeo aleatorio y que consiste en dejarse llevar por la mera curiosidad a través de temas encadenados. No creo que ni me dejara terminar. Con su característica radicalidad me espetó que no soportaba a los tipos que se dedicaban a patentar inventos absurdos, que no estaba dispuesto a dedicar ni un segundo a esos temas. Me explicó que, en una época, le tocó informar en Ginebra propuestas de patentes relacionadas con óptica y que la casi totalidad de la ingente cantidad de ideas que le llevaban carecían de cualquier interés y eran obras de vanidosos egocéntricos e insoportables.

Cuando Polo califica su forma de actuar de mecanismo adaptativo es porque funciona en cierto modo como la evolución. Cuando, en su relación vital con determinados elementos (personas, objetos, lugares, hechos, lo que se quiera) que agrupa en una determinada categoría, experimenta resultados negativos en un porcentaje suficientemente mayoritario de las ocasiones, toma la decisión de eludir nuevas relaciones con esos elementos. Nótese que para desarrollar este mecanismo hacen falta varios requisitos difíciles. El primero es la capacidad para clasificar, para encasillar los elementos con los que tenemos la interacción real en una o varias categorías. Téngase en cuenta que las conclusiones, para alcanzar utilidad práctica, son sobre categorías, no sobre el elemento concreto. Lo que hace Polo es procesar la experiencia desagradable sufrida al interactuar con el elemento A como un puntaje negativo a la casilla del conjunto 1 al cual pertenece A. Pero cada elemento individual y concreto puede (suele) pertenecer a más de un conjunto que Polo identifica rápidamente de forma inconsciente. Así, la experiencia negativa con A serán puntos negativos para los conjuntos 1, 2, 3 ... y todos los demás a los cuales Polo haya decidido que A pertenece. En determinado momento de su experiencia vital, Polo “computa” que las relaciones que ha tenido con elementos del conjunto 1 han sido mayoritariamente negativas (él dice que en más del 80%) y decide prescindir en adelante de interactuar con cualquier elemento que pertenezca a ese conjunto.

Pongamos un ejemplo que sé que va a hacer antipático a mi amigo: no le gustan los argentinos. A lo largo de su vida se ha relacionado con muchas personas que, además de pertenecer a otros conjuntos, tenían la característica común de pertenecer al de los “argentinos”. Cuando decidió contabilizar el puntaje de este conjunto, comprobó que más del 80% de las experiencias habían sido negativas; conclusión: pasa de los argentinos y expresa su opinión sobre ellos de forma tajante. Admite, eso sí, que valora a los argentinos desde su subjetividad y sin ninguna pretensión totalizadora (faltaría más); simplemente, a él no le gustan y los evita, pero que cada uno haga lo que quiera. Admite también que podría conocer a un argentino que le cayera de puta madre, pero en principio prefiere no dejar abierta esa puerta porque cree que el riesgo de experiencias negativas es mayor que el de eventuales positivas.

Otro requisito es una capacidad importante de análisis, procesamiento y memorización. Polo, desde luego, es un tío sorprendentemente inteligente, una de las personas que conozco con el razonamiento mejor engrasado, a lo que suma una amplísima experiencia vital y conocimiento de las personas. Así que, si alguien es capaz de procesar y acumular datos individuales para obtener resultados conjuntos a lo largo del tiempo, es él. Es más que probable que yo me olvidara de experiencias individuales a la hora de generalizarlas en la correspondiente categoría o que, si lo quisiera hacer, sólo me acordara de las más obvias (hay que reconocer que la “argentinidad” es bastante llamativa). Sin embargo, Polo expone sus conclusiones tajantes y despiadadas sobre muchísimas categorías (para nada se limita a las más obvias) y es capaz de dar varios ejemplos a modo de pruebas empíricas de sus palabras.

Reconozco que a mí no me gustan las generalizaciones y siempre que surgen estos temas siento una especie de rebelión intelectual para admitir que se puedan descartar elementos individuales (máxime si son personas) por su pertenencia a un grupo. Sin embargo, porque procuro ser honesto conmigo mismo y mínimamente riguroso, antes de descalificar los planteamientos de Polo procuro ponerlos en cuarentena mediante mi propia verificación; procedo a comprobar si respecto a los elementos A, B, C, D por mi conocidos y pertenecientes al grupo X se cumple el enunciado que Polo ha manifestado. Y, para ser sinceros, la mayoría de sus enunciados son ciertos, si no sobre la totalidad de los elementos, sí sobre la mayoría de ellos. De lo cual sólo concluyo que el cabrón no es tonto, pero no me aplico su mismo patrón conductual, tanto porque no comparto esa necesidad de “no perder el tiempo” como porque esos enunciados que resultan aparentemente verdaderos no suelen disgustarme tanto como a él.

Pero, en todo caso, me quedo con una sensación desagradable porque no me gusta que las cualidades de grupo resulten ser en la práctica lo suficientemente caracterizadoras de la personalidad individual como para pesar tanto en la valoración de ésta. Si soy capaz de concluir que no me gustan los argentinos (o lo contrario, cuidado) es porque las notas caracterizadoras de la “argentinidad” (que van más allá del acento que es una mera nota identificatoria) han tenido un peso muy relevante en los distintos individuos argentinos que he conocido a lo largo de mi vida y que no me han gustado. A partir de lo cual apunto, a modo de esbozo de hipótesis teórica, que lo que debemos hacer es, respecto a nosotros mismos, procurar construir la propia personalidad al margen de las notas que caracterizan las distintas categorías a las que pertenecemos y, respecto a los otros, esforzarnos en verlos sin los filtros de la etiqueta que le adjudicamos.

Sin embargo, no veo que vayan por ahí los tiros. Es raro que nos planteemos renunciar a las características de cualquier categoría a la que pertenezcamos; más bien al contrario, insistimos en autoidentificarnos con esas notas colectivas como parte constitutiva fundamental de nuestra personalidad individual. Un argentino no quiere dejar de ser argentino, ni siquiera que la argentinidad pierda peso en su definición personal (cámbiese argentino por cualquier otra nacionalidad); y no digamos la hiperrelevancia de otras identidades grupales, como las de género y orientación sexual. No estoy muy seguro, pero no termina de gustarme esta tendencia de “enraizamiento colectivo” de la identidad personal; tengo la intuición de que obedece a miedos íntimos profundos (entre ellos, a ser libre). Pero, quién sabe; a lo mejor no puede ser de otra manera.

Desde el otro punto de vista, también es muy difícil que, al relacionarnos con el otro, seamos capaces de mantener los prejuicios derivados de su adscripción a determinadas categorías apartados de nuestra percepción, de nuestra valoración de la persona. Respecto a estos comportamientos sí que me siento menos dubitativo a la hora de diagnosticarlos negativamente. Por poner un ejemplo tonto que viene a cuento: casi siempre que un inmigrante comete un delito, el titular periodístico especifica su nacionalidad; a la inversa, casi la totalidad de los delitos en cuya noticia no se dice la nacionalidad del delincuente son cometidos por españoles (añado: dados dos delitos cualesquiera, a igualdad de todos los demás factores, hay más probabilidades de que sea difundido por los medios si el delincuente es extranjero).

Voy acabando. Maneras de ser como las de mi amigo Polo no sólo son “eficientes” en términos adaptativos para quienes las ostentan, sino que resultan atractivas para los demás. Imagino que es porque las personas seguras, que dicen las cosas tajantemente, sin resquicios de dudas, ofrecen una realidad bien contrastada, de blancos y negros, en la que se sabe lo que hay que hacer; es decir, esas personas te dan tranquilidad. A costa, eso sí, de sucumbir a la tentación de renunciar al propio cuestionamiento continuado y, por ende, a la propia autonomía y libertad personal. Pero es que a veces pienso, si el propio Polo, con tan tajantes conclusiones, y por más que sean en gran proporción acertadas y le resulten eficaces para vivir su vida, no está él mismo renunciando a algo que no quiere siquiera saber qué es; si, en el fondo, tanta seguridad no es una respuesta (eficaz, seguramente) al miedo íntimo.

Leí el otro día en una novela de César Aira un párrafo que me llamó la atención. Lo cito: “ ... la acción significa no entender nada y arremeter, crear; y la comprensión, como es bien sabido, inhibe la acción. Comprenderlo todo es perdonarlo todo”.Quizás cada uno haya de encontrar un equilibrio entre acción y comprensión. Yo, en estos tiempos de mi vida, reconozco que me siento más inclinado a tratar de entender, aunque no actúe demasiado. Al fin y al cabo, por mucho que corramos no vamos a llegar ni antes ni más lejos.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

lunes, 17 de septiembre de 2007

El carné de identidad chipuno (Escenas chipunas)

La idea, consejera, es empezar de una vez por todas a traducir nuestros principios ideológicos en actos de gobierno.

Te entiendo, Aquilino, y no vayas a pensar que me disgusta la iniciativa. Pero no sé si ahora, a principios de la legislatura, con un gobierno que no es mayoritario, sea el mejor momento, si es políticamente conveniente.

Se trata de plantearlo inteligentemente, de modo tal que los del partido moralista, por más que sean una organización estatal, no puedan oponerse abiertamente. He pensado enfocarlo como una mera medida administrativa, para facilitar la gestión de los servicios de nuestra competencia.

¿Cómo que los servicios de nuestra competencia? Constitucionalmente estamos obligados a dar esos servicios a todo el que resida en Chipunia, sea o no chipuno. Así que, ¿cómo ibas a justificar la conveniencia de un carné de identidad chipuno?

Pues justamente mediante argumentos de eficiencia, al margen de cualquier alusión a la chipuneidad de los residentes. En la exposición de motivos del decreto se dirá que, para una mejor gestión pública, hay que montar una base de datos centralizada de los habitantes de Chipunia. Oficialmente hay que mantener que es una mera medida técnica; además, para evitar críticas políticas, se planteará con carácter experimental y, desde luego, voluntario.

Me parece, Aquilino, un uso peligroso del cinismo y del doble lenguaje que podría volverse en contra nuestra.

Te equivocas, consejera. Todos los chipunos entenderán perfectamente que actuamos coherentemente con nuestros principios, pero respetando el corsé que nos impone el colonialismo cascaterrano. El acto en sí mismo se inscribe plenamente dentro de la legalidad y, al mismo tiempo, es una de las pocas opciones de que disponemos para posibilitar que los chipunos expresen su voluntad identitaria.

Sin duda, a nuestros simpatizantes les agradará esta especie de guiño ideológico; pero, ¿no crees que encone a quienes no son nacionalistas, incluso a quienes pueden mantenerse más o menos neutros en este debate?

Pienso que no, siempre que mantengamos desde el gobierno la naturaleza técnica de la medida. Por supuesto, el partido y los medios afines pueden (yo diría que conviene que lo hagan) resaltar las connotaciones nacionalistas del Decreto y alimentar el debate social. Pero, ante éste, el Gobierno, sin renegar de su posición nacionalista, mantendrá un mensaje lo más neutro posible, insistiendo en que es poco más que un ensayo que no obliga a nadie.

De todos modos, no puedes negarme que estás deseando que la aprobación del Decreto suscite un buen revuelo social.

Por supuesto que no te lo voy a negar; de hecho, implícitamente he empezado reconociéndotelo. Nunca te he engañado ni voy a hacerlo, consejera. Mi misión, tú lo sabes, es colaborar a que este Gobierno desarrolle la identidad y la soberanía chipuna. Imagino que no tengo que justificarme ante ti, cuando se supone que compartimos ideología.

No te cuestiono tus planteamientos ideológicos. Simplemente, te advierto que debemos ser conscientes de que la consecución de la soberanía chipuna es un proceso largo y peligroso. Ahora controlamos el Gobierno, pero no podemos arriesgarnos a perderlo con frivolidades separatistas.

Claro que no; pero tampoco caigamos en el error opuesto que sería fundirnos con cualquiera de los otros partidos. Nuestra fuerza política radica en ser los voceros de la chipuneidad, exagerando la nuestra en sentido positivo y, en el negativo, desmereciendo la de los rivales por vendidos al centralismo de Cascaterra. No me interesa nada discutir si el Gobierno debe ser un instrumento del nacionalismo o el nacionalismo un instrumento para mantener el poder desde el Gobierno; para mí ambos factores están en una relación circular causa-efecto, reforzándose mutuamente. Por eso, lo que tengo claro es que lo peor que podemos hacer, lo que más pone en riesgo nuestra propia supervivencia política, es renunciar a alimentar el debate nacionalista. Pero voy más allá: no se trata de generar un debate abierto, sino de dirigirlo hacia nuestras posiciones, de consolidar como cimientos sólidos nuestros principios ideológicos.

Te reconozco que sabes cómo desperezarme; cuando una está con la cotidianeidad de la gestión política es bueno que personas como tú te recuerden para qué estamos aquí. Vamos pues a trabajar tu idea: daremos a luz, por Decreto, el carné de identidad chipuno. Algún día quizás se hable de este acto como uno de los pasos para alcanzar nuestra plena soberanía.

No te quepa duda, consejera. Esta es una medida minúscula, pero con una tremenda carga simbólica. ¿Qué vamos a hacer? Sencillamente, dar a los chipunos la oportunidad de declararse libremente chipunos. Un primer paso que, justamente por su carácter voluntario, será enormemente significativo para empezar a definir quienes formamos el pueblo chipuno.

Pero cualquiera puede obtener el carné, sea nacionalista o no ...

Ya, pero solicitarlo equivaldrá a una declaración voluntaria de pertenencia a Chipunia, a una manifestación espontánea de lealtad patriótica. Fíjate cómo, en las conversaciones del año pasado para la reforma del Estatuto, las autoridades centrales de Cascaterra se negaron en redondo a admitir cualquier medida que mínimamente insinuara una definición autonomista de la chipuneidad. Con esa actitud miope, nuestros opresores contribuyen decisivamente a nuestra unidad nacional. Ningún chipuno, da igual su ideología, desconocerá el carácter reivindicativo del carné (por muy simbólico que sea), de modo tal que sólo lo pedirán quienes quieran subrayar la chipuna como su identidad primigenia.

Si, la verdad es que la intransigencia del Estado nos amplía el margen de maniobra sin necesidad de mostrar ninguna cara radical.

En efecto, piensa que quien posea el carné no necesariamente niega ser cascaterrano (de hecho, jurídicamente, seguirá siendo tan cascaterrano como antes), pero sí supedita su vinculación con Cascaterra a su lealtad básica hacia Chipunia. Digamos, por usar las distinciones tan del gusto de los sociólogos, que tendrán el carné quienes se sientan ante todo chipunos, tanto los que además (y en segundo lugar) se siente cascaterranos como los que no se sienten cascaterranos en absoluto. En cambio, quienes se sientan cascaterranos y además (en segundo lugar) chipunos no pedirán el carné o lo rechazarán cuando se les ofrece.

¿Cómo que cuándo se les ofrezca?

Bueno, estoy pensando en una segunda fase. Ya tendremos ocasión de hablar de ella, a la vista de cómo se vayan sucediendo los acontecimientos. Ten en cuenta que lo de medida experimental es cierto en todos los sentidos. Estamos dando los primeros pasos de un trayecto cuyo camino para nada está trazado, aunque sepamos adónde queremos llegar; así que habrá que desbrozar el sendero a medida que lo andamos. De momento, si te parece, revisemos un poco más en detalle el texto del Decreto.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

viernes, 14 de septiembre de 2007

Pronombres personales

Nombrar es deslindar, individualizar el uno autónomo despegándolo del todo amorfo. Pero sólo se puede identificar por contraste con el resto. El resto es lo otro; ergo, todo es lo otro. Así que yo, para ser yo, debo escapar del todo. En el todo indistinto no soy; o sea, que siendo todo, no soy nada. Me reconozco individuo contra el fondo de la masa.

También a ti te nombro para saberte alguien. Llamándote tú refuerzo tu yo. A veces necesitamos que nos digan tú para sabernos yo. Quizás –no estoy seguro- el yo sólo puede adquirirse tras el tú. Si así fuera, mi individualidad me es regalada por tu reconocimiento. Tú fuiste mi madre que, en un segundo parto, me dotaste de individualidad antes siquiera de yo mismo imaginármela.

Sólo arrancado del todo puedo ser yo; construyo mi forma desde el magma difuso de la globalidad, que alojando todas las formas no presenta ninguna. Ejercicio exigente de soledad: sólo se es cuando se es solo. Esa soledad es la esencia del ser que soy, del yo; y –no puede ser de otro modo- es una soledad de materia escasa, frágil y leve. ¿Insoportable levedad del ser? No, no es insoportable, aunque lo parezca a veces, quizás con demasiada frecuencia.

La tentación siempre está ahí: volver al magma, desindividualizarme. Una de las opciones: renunciar al yo, disolverlo en el tú (y tu tú en mi yo); he ahí la tentación del amor. La aniquilación extática del orgasmo; tal es la prueba existencial, cuando se conoce, cuando se ha vivido. En esos instantes asimos fugazmente los misterios que alimentan las angustias cotidianas. Pero, en el fondo, más todavía nos espanta la disolución amorosa; quizás adivinemos que no es mera anestesia.

No nos atrevemos a jugar de órdagos: nadar y guardar la ropa y, a ser posible, sin mojarnos el culo. Miedo a la libertad radicalmente exigente del yo, pánico a la entrega generosa. Sin embargo, no son sino las dos caras de la misma apuesta, en absoluto dicotomías divergentes. Frente a la disolución heroica, el adocenado difuminarse; es la opción del nosotros.

El miedo a la soledad, a la insoportable soledad, se mitiga haciendo un yo de nosotros. Un yo de construcción mimética, hecho de tópicos grupales de probadas propiedades analgésicas. No es fusión porque no hay verdadero yo y, por tanto, el encuentro no genera la energía explosiva y renovadora de la unión amorosa. Es (ya lo he dicho) difuminarse: dejarse engullir por la masa asesina a cambio de creerse en paz con un yo que no es sino un préstamo barato. Entonces hablaremos de destinos que nos trascienden y, por ejemplo, de derechos de los pueblos.

Esas renuncias bastardas del yo individual a favor del falso yo colectivo implican también actos separadores, necesarios para la identificación del nosotros. Nos reconocemos nosotros por contraste, contra el fondo en el que están ellos. Y así nosotros, con la alteración mínima de una letra, revela su significado oculto, pero trágicamente verdadero: no a otros.

Sólo solos podemos ser nosotros y recuperar el necesario significado del pronombre. Sólo solo puedo ser yo y, entonces, amarte. Sólo cuando sepa ser yo (yo solo) podré, quizás, aprender a dejar de ser y devolver al todo lo que le debo.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

jueves, 13 de septiembre de 2007

Para que no te aburras

Cuesta entender que podamos aburrirnos cuando la vida, el mundo, el espacio y el tiempo están tan colmados de sorpresas. Pensemos sólo por un instante en la actividad cerebral del ser humano a lo largo de su existencia; parémonos a elucubrar sobre la cantidad de productos de esa actividad: pensamientos, sentimientos, emociones, ideas ... Prescindamos de esos cientos de miles de años durante los cuales se fue formando la especie humana y fijémonos sólo en los últimos ocho mil, a partir de la agricultura y el sedentarismo; desde entonces hasta ahora han vivido en este planeta más de cien mil millones de personas. Es verdad que hasta hace relativamente muy poco la esperanza de vida de los humanos era mínima y, de otra parte, la mayoría de quienes sobrevivían hasta edades adultas llevaban vidas miserables, poco aptas para crear productos mentales dignos de interés. Pero da igual; aunque contemos sólo a partir de mediados del diecinueve, resulta que han pasado por este planeta unos cuarenta y cinco mil millones de personas (más de seis mil siguen vivos). Imaginemos todos esos cerebros como una mente única, la mente fragmentaria (pero aún así, en cierta manera, única) de nuestra especie en los últimos ciento cincuenta años; una “mente colectiva” con multitud de neuronas (unas 4.500 trillones: nadie es capaz de concebir esta cantidad) y todavía muchísimas más sinapsis activándose electroquímicamente sin parar: ¡produciendo!

Esos productos son volátiles, efímeros, ya lo sé. Y sin embargo, en su incorporeidad esencial son tan materiales, tan reales, tan preñados de consecuencias ... y, sobre todo, tan provocadores de interés. Porque ciertamente, especie vanidosa y autocompaciente donde las haya, a los humanos lo que más nos gusta es mirarnos el ombligo, lo que más nos entretiene es lo que nosotros mismos hacemos, lo que más nos preocupa son esos productos mentales. Pensamos (entiéndase como referencia genérica a la actividad cerebral) sobre nuestros propios pensamientos, los de nuestra mente colectiva. Y en la medida en que persistimos en esa labor que llamamos intelectual (y a la cual, no sé si muy merecidamente, conferimos título de nobleza) más contribuimos a hacer grande esa mente única colectiva, más descubrimos (autoconciencia lo llaman) que somos parte de ella, que más allá de la biología del individuo hay sinapsis extracorpóraeas y, desde luego, transtemporales.

Pero dejémonos de pretenciosas pseudofilosofías baratas y eludamos las resbaladizas pendientes de los misticismos. Porque todo lo anterior no tenía otro objeto que introducir el objeto de este post, pese a mis tendencias a irme por las ramas y desenrollar los rollos. Claro que esa es otra forma de divertirse y tiene mucho que ver con lo que estoy diciendo. Empiezas por cualquier cosa y te vas liando en un viaje de etapas inusitadas, cada una cargada de divertidas sorpresas. Y, en estos días, esos viajes son tremendamente fáciles gracias a internet. Ya sé que todos lo sabemos, pero me atrevo a dudar que seamos realmente conscientes de la maravilla de este inmenso archivo virtual en el que, aunque sólo sea una infinitésima parte del inconmensurable total, podemos encontrar tantísimas muestras de esos productos de la mente humana. Como, por ejemplo, la que procedo a contar (por fin, pesado).

Parece ser que en 1914 un tal Socrates Scholfield, registro en el U.S. Patent Office con el número 1.087.186 un aparato de su invención consistente en dos hélices de lata dispuestas de manera tal que, girando lentamente cada una en torno a la otra (?), demuestran la existencia de Dios. Leo la noticia, más o menos como la transcribo en el blog recién descubierto de Wakefield (que me temo que ha sido abandonado) y, como es natural, me deja epatado. En realidad se trata de una referencia al libro La sinagoga de los iconoclastas, escrito en 1972 por Juan Rodolfo Wilcock y publicado en Anagrama (aquí puede leerse una reseña de la obra). Este Wilcock (de quien hasta hace unos momentos nada sabía: cuánto más aprendo, más inmensa es mi ignorancia) fue un escritor nacido en Buenos Aires en 1919 que, instalado en Roma con 39 años, publicó sus más importantes obras en italiano; murió en Velletri en 1978.

Abro paréntesis en párrafo aparte. Velletri es una ciudad media (unos 50.000 habitantes) en el Lazio, al sur de Roma, antigua capital de los oscos, en plena área etrusca. De aquí provino la gens Octavia, cuyo más famoso hijo fue Augusto, el primer emperador romano. En julio de hace un año pasé en esta ciudad las últimas horas de un día que, siguiendo la Vía Apia, nos había llevado a Castelgandolfo y al lago Albano. Era la primera jornada de diez que pasamos recorriendo el Lazio, huyendo de una Roma sucia, abrasadora y llena de turistas. Esa tarde, en Velletri, callejeamos por un centro storico no demasiado atractivo (para el promedio italiano) y cenamos un extraño plato de pasta en una especie de patio de comunidad abierto hacia la calle. Luego tardamos en encontrar el coche y si lo logramos fue gracias a una foto que habíamos sacado de la Torre del Trivio (nos situamos en la misma posición y recordamos el trecho que habíamos andado). Esa noche dormimos en una preciosa casa de campo. Fin del recuerdo personal convertido en paréntesis).

Este Wilcock (su apellido casi casi significa polla salvaje) debió ser un tipo singular. Compruebo que, como imaginaba, fue amiguete de Borges y frecuentó su círculo bonaerense (con Adolfo Bioy y Silvina Ocampo) en la década de los cincuenta (con Silvina escribió, en 1956, una pieza teatral en verso: Los traidores). Esa década debió ser de las más fecundas y abiertas en la literatura argentina; muchos intelectuales viajaban a Europa, a París, sobre todo. Me entero de jaranas y carcajadas parisienses de Wilcock con muchos compatriotas, entre ellos –cómo no- Julio Cortázar. Pese a su pertenencia a ese ambiente, Wilcock rompe brutalmente con la Argentina, hasta incluso con el idioma, instalándose en Italia. Antes de irse parece que decidió retirar sus libros de las librerías en una voluntad explícita de ser olvidado; el Wilcock italiano que fue a partir de entonces quiso ser otro. Aun así, su escritura parece que siguió pagando las deudas de los orígenes, especialmente Borges y Kafka. Leo en otro estupendo blog que esta Sinagoga de los iconoclastas es heredera de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, que tanto apreciara Borges para continuarlas en su Historia Universal de la infamia. Tampoco he leído a Schwob, pero sí mucho de Borges. Con estas referencias no podía sino desconfiar de la veracidad de los relatos de Wilcock y, especialmente, de la historia de Socrates Scholfield.

Sin embargo, Socrates Scholfield existió. Compruebo en Internet que en 1872, un tal Socrates Scholfield patentó en Canadá una máquina para liar cigarros. En 1875 consta, con el número 160.721 de la U.S. Patent Office, un aparato neumático “alimentador de hojas”, también a nombre de Socrates Scholfield. Descubro otra patente norteamericana (número 97.817, probablemente de 1869), esta vez una especie de taladro rotatorio, a nombre del mismo SS, en la que consta que el tal señor es de Providence (Rhode Island). Justamente en Providence, unos años después (en 1907), Socrates Scholfield publicó a su costa un libro de 76 páginas titulado The doctrine of mechaniscalism (¿la doctrina del mecanicismo?). Este libro, que comienza con un tributo a Zoroastro y Confucio, está escaneado y colgado en internet; me lo he bajado y algún día de estos trataré de leerlo. Ya sobre la máquina demostradora de la existencia divina sólo he encontrado (sin contar al propio Wilcock) una referencia indirecta en una nota a pie de página en un libro de Martin Gardner que trata de los errores y falacias “en el nombre de la ciencia”; hablando sobre la Dianética alude a la “famosa” patente de 1914 (número 1.087.186) de las dos hélices interconectadas.

No son muchos datos, pero sí parecen los suficientes para pensar que efectivamente en los últimos años del siglo XIX y primeros del pasado debió vivir en la costa este norteamericana un tipo excéntrico de aficiones científicas que derivaría en su edad madura hacia pretensiones teológicas. Desde luego, tengo que conseguirme el libro de Wilcock (parece que últimamente se me aparecen escritores argentinos) y enterarme algo más de esta historia. Porque me duele admitir que no logro imaginar cómo se puede relacionar la existencia de Dios con el movimiento giratorio de dos hélices interconectadas. No sé; imagino que se impulsarían las dos hélices para que iniciaran sus movimientos entrelazados y mientras los usuarios del aparatito lo estarían observando. Finalizados los movimientos rotatorios (o quizás antes) ocurriría algo que llevaría al entendimiento de los observadores el convencimiento racional de que Dios existe. ¿Qué? ¿Cómo?

Imagínense cuántas dudas y angustias existenciales resueltas. No logro entender por qué no se ha popularizado el aparatito. Ya puestos, podría seguramente perfeccionarse, desarrollar, a partir de sus principios básicos de funcionamiento, distintos prototipos, acomodados para resolver sobre la existencia o inexistencia de otras entidades. Por ejemplo: demostrar la existencia de la vida eterna, de seres extraterrestres inteligentes, etc. No sigo porque se me vienen a la cabeza demasiadas realidades de dudosa existencia.

Desde luego, a mi modesto entender, la historia tiene chicha, hay materia para entretenerse investigando. Me resulta extraño no haber encontrado algún dibujo o cualquier otra información algo más específica en internet. ¿Acaso, por muy absurda y ridícula que sea, la iniciativa de construir un aparato para demostrar la existencia de Dios no merece que alguien la estudie y difunda? Yo creo que sí. En todo caso (y cierro el post enlazando con su comienzo que es una técnica no por repetida menos bonita), esta historia es un buen ejemplo de cuánto pueden sorprendernos los “productos” de la mente humana. Así que: ¿cómo es posible que nos aburramos?

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

lunes, 10 de septiembre de 2007

Atrabiliario

El sábado, curioseando en una librería, vi, en edición de bolsillo, dos novelas de César Aira: Canto Castrato (1984) y Las noches de Flores (2003). No había leído nada de este escritor argentino nacido en 1949 y, sin embargo, me había topado numerosas veces con referencias suyas. Era uno de esos autores cuyo nombre se te aloja en algún rinconcillo del cerebro, a la espera de que le dediques tu atención. Pues la ocasión ha llegado; en esta semanita septembrera me leeré esas dos novelas y descubriré si me gusta o no cómo escribe. Apenas llevo los primeros cuatro capítulos de la primera citada y, de momento, la lectura se hace agradable: sin ningún esfuerzo me ha sumergido en los paisajes napolitanos del siglo XVIII, en un argumento de melomanías operísticas y pasiones por las voces celestiales dei castrati. Ya veremos; lo que está claro es que, si me gusta, tengo materia disponible pues el señor Aira tiene obra abundante.

En el segundo capítulo de esta novela me encuentro una de esas palabras poco frecuentes que, aunque leída anteriormente, uno no está seguro de dominar completamente su significado: atrabiliario. Indago sobre éste y, ya de paso, me pongo un ratito a elucubrar, excusa suficiente para escribir un post que engrose mi categoría de entretenimientos gramaticales, creada a petición de Amy a pesar de lo poco que la cultivo. Dice el DRAE que atrabiliario es alguien de genio destemplado y violento. La frase de Aira en que aparece este vocablo es: “... no puedo sino detenerme como usted en lo atrabiliario de la belleza del mundo”. Cuesta entender a cuento de qué viene el adjetivo en esta frase.

La palabreja me parece fonéticamente fea, amén de bastante trabalengüera. Atrabiliario es, estrictamente hablando, lo perteneciente o relativo a la atrabilis. Y atrabilis significa exactamente lo que sus dos palabras latinas constitutivas: bilis negra. Así que una persona atrabiliaria sería alguien en cuya personalidad predominara la bilis negra, uno de los cuatro humores principales del organismo de acuerdo a las viejas doctrinas de Hipócrates y Galeno.

La Teoría de los cuatro humores sostenía que la salud consistía en mantener el adecuado equilibrio entre los cuatro líquidos corporales, cada uno de ellos vinculado a los cuatro elementos cosmogónicos:

  • La sangre, asociada al hígado y vinculada al elemento aire; el temperamento sanguíneo era optimista, animoso.
  • La flema, en el pulmón y el cerebro, vinculada al elemento agua; el temperamento flemático es calmado e indiferente.
  • La bilis amarilla, de la vesícula biliar, generadora de un temperamento colérico.
  • La bilis negra (nuestra atrabilis), en el bazo, vinculada al elemento tierra; el carácter es el melancólico (abatido, somnoliento, irritable).
A la vista del origen del palabro, quizás la definición del DRAE debiera ser de carácter melancólico. Los genios destemplados parecen obedecer más a los desbordamientos de la bilis amarilla por lo que, entonces, en vez de atrabiliario podría ser mejor flavabiliario, para ajustarse fielmente a la etimología latina. Por cierto, siguiendo con los entretenimientos etimológicos, atrabilis, en latín, significa exactamente lo mismo que melancolía, en griego ('melan kholé'). Desde esta otra perspectiva, ya sí se entiende bien la frase de Aira porque, efectivamente, el personaje, mirando el paisaje de la Campania, sentía “su espíritu hundiéndose poco a poco en una inexplicable melancolía”. Compruebo, tras una búsqueda en internet, que en la mayoría de los contextos en los que la he encontrado, el significado de atrabiliario casa mejor con la tristeza y el pesimismo que con la ira violenta.

Sigamos mareando la perdiz: la Escuela de Escritores de Madrid y la Escola d'Escriptura del Ateneo Barcelonés han propuesto la iniciativa “Apadrina una palabra en peligro de extinción". En el breve periodo de tres semanas (desde el 30 de marzo hasta el 21 de abril de 2007) 21.632 personas de 69 países diferentes apadrinaron algo más de siete mil palabras castellanas. Atrabiliario es una de esas palabras, aunque sólo tenga un solitario voto. Tiene su gracia leer las palabras propuestas; la verdad, muchas de ellas (con bastantes más votos que atrabiliario) tampoco es que me parezcan en peligro de extinción; mucho me temo que las que realmente lo estén no son ni siquiera advertidas.

Sin embargo, tampoco atrabiliario es un vocablo tan inusual. Voy y lo leo esta mañana en la novela de Aira y me pongo a juguetear con la palabra, pensando vanidosamente que estoy haciendo algo muy original. Pero, a través de San Google, voy descubriendo a otros tempodilapidadores que, antes que yo, han recurrido a la misma excusa para publicar sus desvaríos en internet. Así, en el ámbito de los blogs encuentro, por ejemplo, dos chicas muy graciosas que desbarran con las etimologías, alguien que gusta hablar de sí mismo en tercera persona y que busca y ofrece las claves para sobrevivir a la vida moderna, un rebelde que dice escribir un libro de arena (los borgianos son legión) ...

Curioso también descubrir quienes, en internet, son adornados con este calificativo. Por ejemplo, si repasamos la pila de artículos que ha provocado la reciente muerte de Paco Umbral, en muchos de ellos hablan de su “carácter atrabiliario”. Pero es que va a ser que lo del carácter atrabiliario es denominador común de los escritores, ya que descubro que se lo atribuyen, entre bastantes más, a Unamuno, Cela, Pío Baroja. Será que para ser escritor hay que estar en malhumor constante o cultivar el ánimo melancólico (no tengo claro cuál de las dos posibles acepciones vale).

Pero no puedo acabar este post sin referirme al más ilustre espacio ocupado por nuestra palabrita; aparece en el título de una de las más famosas obras del gran Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por Molière: El misántropo o el atrabiliario enamorado (Le Misanthrope ou l'Atrabilaire amoureux, 1666). Molière usa atrabiliario como sinónimo de misántropo; así pues, para el francés, una persona atrabiliara sería quien, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano. Esta acepción parece enlazar más con la etimología original: nos imaginamos a alguien hosco, antipático, pero no tanto a causa de un carácter violento y destemplado sino más por pesimismo existencial.

Bueno, tampoco es que me haya aclarado mucho; a lo mejor es que tampoco tiene mucho sentido deslindar demasiado el significado de la palabreja. Después de todo, ambos temperamentos biliosos (los amarillos y los negros) tienen amplias zonas comunes y eso seguramente explica la deriva semántica del término. Pero, en todo caso, ya me he enrollado bastante para no decir más que sandeces.

PS: Sigo haciendo pruebas con la plantilla del blog. Lo que quiero va más o menos en la línea del aspecto actual. Gracias públicas a Ana C.

CATEGORÍA: Entretenimientos gramaticales

sábado, 8 de septiembre de 2007

Dos culebrones para este sábado

La policía judicial portuguesa, tras sendos largos interrogatorios, ha declarado a Kate y Gerry, los padres de Madeleine McCann, sospechosos de la muerte accidental de su hija y, consecuentemente, de montar la falsa historia del secuestro, con tan altísima repercusión en todo el mundo. La tesis de la policía es que Madeleine murió la noche del 3 de mayo en el apartamento del Ocean Club, probablemente a causa de una sobredosis de somníferos que les habrían administrado los padres para poderse ir tranquilamente a cenar a un restaurante con otras parejas británicas. Cuando volvieron al apartamento habrían descubierto la muerte de su hijita y entonces decidieron fingir un rapto para ganar tiempo y hacer desaparecer el cuerpo.

Deseo que la policía portuguesa esté equivocada, porque es terrible que unos padres hayan sido tan irresponsables para drogar a sus hijos y luego, vistas las consecuencias, montar la que han montado. Pero haya sido así o no, la verdad es que no me parece nada insólito; no me sorprende demasiado que una pareja joven de vacaciones tenga la ocurrencia de adormecer un poquillo a sus niños pequeños para irse de marcha. De hecho, conozco dos casos de padres que me han hablado de que, a veces, les dan a sus hijos "pastillitas" suaves, para que pasen buena noche; también conozco a alguno que, justamente estando de vacaciones, suelen salir a cenar cuando sus dos niños se han dormido (son sólo dos o tres horitas).

Reconozco que más me sorprendería que se confirmase que, al descubrir que la niña había muerto, los padres habían decidido montar la historia del secuestro. Hay que tener mucha sangre fría para no derrumbarse ante la muerte de tu hija por tu culpa; supongo que cualquiera entenderíamos más a la madre llorando y gritando en desesperada autoacusación. Pero no es imposible la reacción que la policía sospecha que tuvieron los McCann. Pensándolo bien, podría resultar la más analgésica, psicológicamente hablando. Si al final se confirma esta tesis, por las razones que fueran (probablemente de una crueldad tan pragmática que apunta a alguna psicopatología), los McCann han montado un culebrón que pasará a la historia y que, desde luego, no nos deja (a los humanos) en muy buen lugar.

El otro culebrón de hoy es mucho más frívolo; se trata del supuesto espionaje de McLaren a Ferrari. Parece ser que el pasado marzo, uno de los jefes de mecánicos de Ferrari, despechado con la escudería italiana porque no le habían dado un ascenso que él creía merecer, pasó al jefe de diseño de McLaren, amigo suyo, abundante información confidencial sobre el bólido rival. Como es sabido, Fernandito Alonso, a petición de la FIA, ha contado a este organismo lo que sabía del asunto. El español justifica su comportamiento por razones morales, pero también porque "no puedo esconder elementos que pueden ser desvelados por otros y correr el riesgo de que la FIA me acuse de haber escondido información y me sancione". Desde luego, con esta última explicación sobran las razones morales; pero tampoco se trata de ponernos puntillosos con la ética de los pilotos, por muy españolitos (y asturianos) que sean ... ¿o sí?

Pero a lo que voy es a los motivos que han puesto en marcha este segundo culebrón. No se trata de la ambición, de la codicia ... No, parece que la causa es el despecho, el orgullo (o la vanidad) herido. Naturalmente, han tenido que darse luego otras virtudes/vicios para que la semillita que lanza un mecánico inglés de Ferrari prenda en McLaren; pero esto último era absolutamente predecible. ¿Acaso, en la situación inversa, no habrían hecho lo mismo en Marinello? Pues nada, otra historieta que no deja tampoco en demasiado buen lugar a la naturaleza humana.

Ciertamente, si los humanos no fuéramos tan miserables sería difícil que abundaran los culebrones. Me temo que incluso no habrían existido la mayoría de las grandes obras de la literatura. Y, sin duda, muchísimos episodios históricos se habrían resuelto de forma muy distinta. Aun así ... el interés narrativo de nuestra historia, ¿basta para justificar estos rasgos tan humanos?

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

jueves, 6 de septiembre de 2007

Ludovico en el burdel

Tendría dieciséis años, diecisiete a lo sumo; lo que es seguro es que aun estaba en el instituto. Ludovico era todavía virgen. Había salido con algunas chicas, claro, e incluso había culminado diversas fases de esa “guerra de posiciones” librada a través de sucesivas batallas en espacios angostos y con tiempos escasos. Los objetivos eran siempre los mismos, aunque cambiara la geografía de los cuerpos; pero lo que variaba era el paisaje indiferente a los ojos de un adolescente ajeno a los detalles. Así, en esos meses de agitaciones bélicas, habían sido sometidos labios y lenguas, lóbulos y cuellos. Pese a esporádicas resistencias, se habían conquistado los feraces territorios de los pechos, que tanto tiempo de exploración pedían. Pero no se habían derribado todavía las trincheras de los cuarteles centrales; las audaces incursiones más allá de la cintura se topaban con rechazos contundentes. Así que, esa noche iniciática, Ludovico desconocía casi todo de la vagina.

La idea fue de Clodoveo, el mayor de los cuatro amigos que esa noche de viernes despotricaban solidariamente contra el portero de discoteca que les había negado el acceso. Clodoveo repetía curso y ejercía sobre sus condiscípulos el tentador magnetismo del chico malo que se ha atrevido a desvelar los misterios prohibidos. También había ido ya de putas, harto como estaba (eso decía) de los estériles forcejeos con las crías frígidas del instituto. Conocía un local perfecto para ellos; al final del recorrido del 14, en un polígono industrial de las afueras; vamos pa’llá. Los chavales, cada uno de ellos, dudaron; miles de prevenciones les vinieron a la mente. Pero esas dudas no pueden exteriorizarse; tres voces viriles afirmaron con entusiasmo.

Un viaje en autobús hasta los confines de la ciudad; un trecho a pie por calles mal urbanizadas y peor iluminadas. Caminaban en silencio, agobiados por el silencio mayor de la noche desconocida. Camiones inmensos aparcados junto a naves de siluetas tenebrosas. Al doblar una esquina aparece la luz desvaída de unos tubos de neón mal adosados a la fachada de una edificación baja con puerta de garaje y dos ventanas enrejadas. Ahí es, dice Clodoveo, y sus palabras aplacan ansiedades. Entran a una sala apenumbrada, con sillas y mesas dispersas hacia las paredes, una barra en el otro lado y, en el centro, una tarima sobre la que dos parejas bailan casi inmóviles. Suenan los Bee Gees (Ludovico no lo olvidará nunca), pero es irrelevante.

Una mujer se le acerca. Le alcanza primero el olor fuertemente dulzón de su perfume, siente un tentáculo gaseoso que por la nariz le penetra hasta enroscarse en su cerebro, orpimiéndolo y mareándole. Ludovico se nota ido, atontado, falto de referencias cuando, casi sin aviso, ve frente a sí, muy cerca, labios y ojos de ella junto a los suyos, a esa mujer extraña. Busca a sus amigos, a modo de asidero mental, como si pidiera tiempo muerto; pero no los ve. La mujer hunde en los suyos la mirada oscura de sus ojos negros, grandes y profundos. Maquillaje exagerado que exagera hasta la caricatura cada uno de los rasgos de esa rostro chocante. Labios rojos muy rojos, de lasciva protuberancia, que se entreabren para que asome una lengua que amenaza.

La mujer echa sus brazos al cuello de Ludovico y aprieta su cara contra la del chico. Ludovico nota entonces cómo, desde los labios sobre su mentón, el cuerpo femenino se va progresivamente adhiriendo al suyo, a modo de una cremallera que se cierra. Las tetas, inmensos almohadones esféricos, se desparraman presionando sobre su pecho, la barriga de ella busca aplanarse sobre la suya, las ingles parecen atornillarse, los muslos que se pegan al interior de los suyos ... La mujer es pequeña de estatura pero de formas desmesuradas; entre sus brazos, junto a su cuerpo, siente Ludovico todos y cada uno de los que eran sus objetivos militares expuestos en procaz exuberancia, sin apenas paisaje neutro que los circunde. Las desproporciones anatómicas anulan cualquier discurso que no sea el del sexo; sólo eso, has venido a follar, sin misterios ni preámbulos, sólo eso.

Están balanceándose en la pista de baile. Ludovico no sabe cómo ese ser amorfo del que ahora es parte se ha desplazado hasta la tarima central. Sus manos aprietan las nalgas carnosas de la mujer (me llamo yoli susurra en su oreja; sus palabras le mojan la piel). Yoli le acaricia tenue el dorso del cuello; son como descargas continuadas que bajan por su columna electrizándole para acabar concentradas en la polla. La polla dura, extendida más allá de sus límites normales, a punto de reventar, presionando y presionada por, hacia, desde, contra la vagina ignota. Yoli es carne para follar y, sobre todo, es una vagina que le grita a él, una vagina que le llama.

Creo que este muchachito necesita que la Yoli se ocupe de él. Y el ser amorfo de cuatro piernas se desplaza bamboleante hacia una puerta al fondo de la sala. Un hueco discreto que se abre a la oscuridad de un patio trasero y allí otras puertas, cinco o séis, cada una de un color vivo. Llegan hasta la puerta amarilla y entonces Yoli se separa, se desprende del cuerpo de Ludovico como si abriera la misma cremallera que antes cerró. Abre la puerta y hace pasar al chico a la vez que le dice: son quinientas, déjalas sobre la mesita. Ludovico tarda un momento en reaccionar; claro, la pasta. Le parece caro, pero no sabe qué va a hacer; saca el billete, lo deja, se queda quieto mirando en derredor, reconociendo el cuartucho. Paredes empapeladas, un par de cuadros con motivos tópicos, un bidé, un lavabo y un espejo en una equina, una cama que ocupa casi toda la superficie de la habitación. Desde la colcha floreada, la Yoli sonríe al muchacho con expresión divertida. ¿A qué esperas? ¿Te desnudas o no? ¿Quieres lavarte antes?

Ludovico la observa: formas exageradas expuestas, toda ella es lascivia que provoca avaricia de lujuria que es casi gula. El chaval se acerca hacia la cama mientras se afloja los botones de la camisa; se la quita antes de llegar junto a la mujer. Yoli se endereza; déjame a mí; el cinturón se afloja, el tejano resbala hasta las rodillas; la verga tumefacta es liberada del slip. Yoli la sostiene con ambas manos, la acaricia con suaves roces de las yemas de los dedos, la sopesa pensativa, con la constante sonrisa divertida. Ludovico mira desde arriba; la vista es un sueño acolchado en el que se van amoldando sus sensaciones. Ve las tetas inmensas que quieren salirse del top ceñido y escaso; ve la boca entreabierta de abultados labios rojos que se acerca a su polla y la engulle; ve los cabellos largos que ocultan sus genitales. Y todo lo que ve enmarca y se confunde con lo que siente, con el placer convulso y debilitante que le invade, que le conquista célula a célula, rendición total de su cuerpo.

Entonces la Yoli se endereza, cesa la succión apenas iniciada. Échate en la cama y espera, ahora vengo. Ludovico termina de desnudarse y se extiende boca arriba, los brazos ligeramente abiertos, los ojos cerrados. Su cuerpo, a la vez relajado y expectante, anticipando las descargas de placer que han de convulsionarlo, que han de enseñarle las reglas que intuye pero aun no conoce. Oye el rumor apagado del agua del bidé, oye los zapatos de tacón infinito que caen al suelo, oye el rasgueante deslizar del vestido, oye el crujir carrasposo del somier cuando se sube Yoli. Oye todo eso y siente calor y nervios, pero no ve; mantiene cerrados los ojos, concentrado en tantas sensaciones intensas que quiere digerir, atesorar. Y nota entonces que la mujer se agacha junto a su cara, cada rodilla hincada junto a cada oreja del chico; nota un perfume acre e intenso que le repele y le atrae a la vez. En ese momento, la voz de Yoli, autoritaria: Chupa.

Ludovico abre los ojos y ve ante él, pegada a su cara, una inmensa vagina abierta. Sabe que es una vagina y, no obstante, lo que ve es un monstruo amenazante, pliegues carnosos que aletean frente a sus ojos, desvelando una llaga sonrosada y de negritud profunda; Ludovico querría lamer, pero siente asco, un asco tremendo ante lo que se le antoja una ventosa agresiva que le succionará la lengua, que se la arrancará de cuajo y con ella arrastrará sus vísceras, engulléndolas hasta el interior de ese ser diabólico que habita entre las piernas de esta mujer. Ya ha olvidado ese cuerpo de carnes tentadoras; ahora sólo puede sentir terror y asco, ansiedad por librarse, por escapar de ahí. Yoli, ajena a esas angustias, le toma la cabeza con ambas manos, para acercársela a la vulva. En ese instante, una tremenda arcada golpea al chaval; el vómito explota sin aviso, salpicando todo. La mujer grita y se aparta, Ludovico grita y se aparta, la puerta se abre y más gritos ...

Poco rato después Ludovico está en la calle, esperando el autobús. No verá a sus amigos hasta el día siguiente, cuando se contarán sus respectivas aventuras, sus viriles y exitosos bautizos coitales. También Ludovico narrará su experiencia, mintiendo como los otros y evitando, eso sí, los detalles más gráficos. Tiene miedo de evocar la imagen de ese monstruo castrador recién descubierto. A partir de ahora, habrá de aprender a dominar su fobia; en ese camino rozará el virtuosismo.

PS
: De más está decir (espero) que no comparto las fobias de Ludovico; no todos los relatos han de ser autobiográficos. Para compensar, y porque viene a propósito, recomiendo un paseillo por la web de una mujer enamorada de la belleza de las vaginas, el motivo principal de su expersión artística. Tiene, ciertamente, cosas bonitas, como la última imagen con que he ilustrado este post.

CATEGORÍA: Personas y personajes

martes, 4 de septiembre de 2007

Desintoxicándome

Domingo 2 de septiembre hacia las diez y media de la noche: fumo el cigarrillo posterior a la cena. Me despido para ir a mi casa. No tengo tabaco; decido no comprar. Llegado a casa publico un post y curioseo un poco algunos blogs. Hora de acostarse, tengo ganas de fumar, pero no tengo cigarros: a dormir.

Paso buena noche, pero cuando me levanto, tras el café con leche, intensísimos deseos de fumar. Bebo agua, respiro hondo. Voy a trabajar con una sensación de mareo, como si estuviera ido. A media mañana la ansiedad es tremenda: ¡necesito fumar! Pero no lo hago. Me encierro en mi despacho y prácticamente no hago nada productivo: el cerebro es incapaz de concentrarse. Estoy en pleno síndrome de abstinencia.

A la hora de salida no me muevo. Sigo quieto en el despacho, leyendo casi sin enterarme expedientes y, cada cierto rato, conectándome a internet. Chupo caramelos de regaliz y hago muecas con la cara (menos mal que estoy solo). Siento palpitaciones en la cabeza, la vista se me desenfoca, la garganta seca. Apenas dieciocho horas sin fumar y todas las células de mi cuerpo me reclaman la dosis.

Las seis de la tarde: llego a mi casa y me pongo a prepararme un almuerzo-merienda-cena; comida abundante que devoro. Luego veo el eurobasket y como pipas y bebo agua y más agua. Suspiros frecuentes (inhalaciones profundas) que pautan la ansiedad. Me acuesto antes de lo habitual, leo un poco y me duermo.

A la una de la madrugada me despierto con sueños extraños; al poco vuelvo a dormirme. Así va a pasar toda la noche, despertándome con puñetera regularidad a las horas en punto (a las dos, a las tres, a las cuatro, a las cinco y a las seis) en medio de sueños muy raros y sensaciones de ansiedad. A las seis y cuarto salto de la cama, café con leche y ganas de echarme un cigarrito, pero me parece que la ansiedad es algo menor. Me visto y a las siete estoy en el gimnasio. A ver si machacándome durante hora y media calmo este nerviosismo nicotínico.

Dos reuniones seguidas. La primera con dos políticos; menos mal que en el centro de la mesa tiene pastitas: me las devoro (soy el único que las come; paso de lo que puedan pensar los otros). Segunda reunión para discutir la ordenación del futuro parque tecnológico. Oigo lo que me cuentan (sólo problemas) y, aunque se me ocurren soluciones, prefiero pedir que me dejen los planos para “darles unas vueltas” y que ya les llamo en un par de días. Me cuesta mantener la compostura.

Treinta y seis horas –día y medio- sin fumar. Bajo con dos compañeros a comerme el bocata de media mañana. En la mesa de al lado, una chica enciende un pitillo; se me van los ojos. Logro participar en la conversación (sobre lo preocupado que está el Papa con el matrimonio homosexual, ya que “sin duda” afecta a la estabilidad del matrimonio “como debe ser”). Las chanzas y el sarcasmo tienen ligeras propiedades analgésicas. Volvemos al curre y soy capaz de echar un buen rato dibujando unas correcciones al plano del futuro parque tecnológico. Falta poco para que se acabe la jornada laboral; creo que, como ayer, me quedaré por aquí, entreteniéndome con cualquier cosa. Me pongo a escribir este post.

Se trata de hacer que pase el tiempo. Cada minuto que pasa el síndrome de abstinencia es un minuto menos intenso. Ya he dejado anteriormente de fumar en dos ocasiones. El primer periodo duró cuatro años; el segundo ocho meses. La primera vez lo dejé con homeopatía, la segunda fue en dos etapas, primero parches y luego ultrasonidos. Esta vez está siendo a pelo. Al fin y al cabo, me da la impresión de que se pasa igual de mal recurras a lo que recurras. Tres días muy muy jodido, casi físicamente inutilizado; una semana más con bastante ansiedad, manteniendo la dependencia física. Ese es mi caso; pasados diez días me ha desaparecido casi totalmente la “necesidad” orgánica de fumar. La “psicológica” no desaparece nunca.

Llevaba varios meses diciendo que tenía que (volver a) dejar de fumar. En los últimos días notaba especialmente el daño que me hacía el tabaco; era dolorosamente consciente de que el fumar es la principal causa de mis malestares físicos (y mejor no libero mi hipocondría). Pero aun así sigo, porque estoy colgado, soy un drogadicto. Es increíble lo que cuesta negarse a inhalar la nicotina; que esa mierda sea más fuerte que uno. Y, en el fondo, es muy sencillo: simplemente no encender un cigarro. Se pasa mal, pero ya lo sabes y también sabes que cada vez lo vas a pasar menos mal hasta empezar a pasarlo bien y, sobre todo, a sentirte mucho mejor. ¿Cómo es posible que uno no sea capaz de negarse a encender un cigarrillo?

Publico este post a las cuarenta horas aproximadas de abstinencia. Me siento como el heroinómano que encierran en una celda a pasar el mono en soledad. Y mejor que esté en soledad, porque no creo que mi estado de nervios, ansiedad y mala leche me conviertan en estos momentos en buena compañía. ¿Lograré limpiarme? De momento a ver si supero el fin de semana sin dar una calada; si eso ocurre empezaré a ser optimista.

PS: Publicar este post contribuye en cierta medida a sentirme más obligado. Si no soy capaz de pasar de la nicotina, habré de reconocerlo en público. Por el contrario, para aguantar sin fumar el haberlo contado se convierte en un estímulo. En esta ocasión ya no necesito concienciarme ni planificar nada; de hecho, he tomado la decisión sin pensarlo dos veces, harto de mi propia procastinación (vaya con el palabro). Otro día contaré (o mejor, no) historias terribles de lo malísimo que es el tabaco. Pues eso, que fumar mata; véase, por ejemplo, esta animación tan chorra (espero que durante este periodo no provoque similares catástrofes que el que en el video intenta dejar de fumar).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

lunes, 3 de septiembre de 2007

Pasión, ansia de certidumbre

No es de extrañar que se opte por una vida de tipo pasional antes que por una de tipo racional. [...] Desconfiamos de los razonamientos pasionales, que tienden a querer demostrar a cualquier precio opiniones nacidas del amor, de los celos o del odio. Desconfiamos de los extravíos pasionales y de lo que se ha llamado monoideísmo. [...] ¿Pero cómo se puede elegir razonar mal? Pues porque se tiene nostalgia de la impermeabilidad. El hombre sensato indaga entre titubeos, sabe que sus razonamientos son sólo probables, que otras consideraciones terminarán por transformarlos en dudas; no sabe nunca con absoluta certeza adónde va; es «abierto» y puede pasar por dubitativo. Pero hay gentes a quienes atrae la perennidad de la piedra. Quieren ser macizos e impenetrables, no desean cambiar, ¿adónde les conduciría el cambio? Se trata de un miedo de sí primigenio y de un miedo a la verdad. Y lo que les aterra no es el contenido, que ni siquiera imaginan, de la verdad, sino la forma misma de lo verdadero, ese objeto de aproximación indefinida. Es como si su propia existencia se hallara perpetuamente aplazada. Pero ellos quieren existir de inmediato y por completo. No quieren opiniones adquiridas, las anhelan innatas; como le temen al pensamiento, desean adoptar un modo de vida donde el raciocinio y el análisis desempeñen tan sólo un papel subordinado, donde no se busque jamás nada excepto aquello que ya fue hallado, donde uno solo pueda convertirse en aquel que ya era antes. No otra cosa es la pasión. Sólo una gran prevención sentimental puede ofrecer una certidumbre fulgurante, sólo ella puede mantener amordazado al pensamiento, sólo ella puede permanecer impermeable a la experiencia y subsistir durante toda una vida.

Jean-Paul SartreReflexiones sobre la cuestión judía” (1946)

Me he preguntado muchas veces por qué tantas personas son adictas a la pasión, tal como aquí la describe Sartre. Siempre he pensado que el motivo radica en su potencia estimulante y en nuestra tendencia a “colgarnos” de esos chutes de emotividad; así “sentimos” que estamos vivos. El mecanismo, intuyo, es parecido al de cualquier dependencia; a medida que progresamos en ella, más dosis necesitamos para sentirnos así (tolerancia) y más violentos son sus paréntesis (síndrome de abstinencia). Sea como fuere, de lo que estoy convencido es de que el camino de esa pasión es incompatible con la razón.

Ahora leo una explicación más filosófica: la pasión como forma de vida responde al ansia existencial de certeza, al rechazo de la indefinición primigenia y, con ella, a la débil contingencia de lo que somos, de nuestra propia naturaleza. Es un motivo más de fondo, complementario del que he apuntado. Al fin y al cabo, la evolución biológica se ha ocupado de mitigar la ansiedad existencial del ser consciente (enfrentado a la nada) mediante las endorfinas y diversos mecanismos análogos. Quizás estemos predispuestos biológicamente a vivir pasionalmente, negándonos el uso racional de la inteligencia.

Puede que así sea, pero no es sólo así. También desde la biología nos proviene la capacidad de pensar, de buscar en nosotros mismos el valor necesario para no estar seguros de nada y, por tanto, renunciar a toda impermeabilidad, a toda inmutabilidad. ¿Acaso, entonces, ha de renunciar uno a la pasión? Mi respuesta (mía porque es para mí para quien vale) es afirmativa. Como la pasión tiene muy buena prensa (piénsese, por ejemplo, en el enamoramiento), me resultaría muy costoso (y probablemente inútil) argumentar mi tesis; dejémosla pues simplemente enunciada.

Digamos, sin embargo, que hay otra pasión, pero conviene, para evitar confusiones, no darle ese nombre. Consistiría en vivir intensamente desde las sorpresas e incertidumbres de nuestra contingencia (obviamente, asumiéndola). Este sentir, al no ser “totalitario”, no nos sacude, no nos invade hasta el tuétano negándonos cualquier otro interés. Hablo de sentimientos más calmos, pero no por ello menos intensos. Es más, me atrevo a decir que son éstos los verdaderamente profundos, frente a los vendavales de la pasión. Pero seimpre se seguirá confundiendo el enamoramiento (¡qué desastre!) con el amor.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones

domingo, 2 de septiembre de 2007

Escapada a La Gomera

Acabo de volver de La Gomera. Nada, apenas cuarenta y ocho horas de escapadita; dos días de desconexión y descanso. Aunque, no sé por qué, estas minivacaciones hacen que me dé cuenta de lo que cansado que estoy. He pasado los dos días agotado, notando todo el cuerpo baldado. Claro que, cuando se está así, nada mejor que pasarlo en un hotel estupendo, con la habitación al borde de una costa acantilada, mirando al mar e intuyendo, a lo lejos, la isla de El Hierro. Levantarse a las diez menos cuarto, sólo porque a las diez cerraban el buffet. Desayuno pantagruélico: huevos revueltos, bacon, tomate asado y zumo de naranja, de primero; café con leche y bollería variada, de segundo; tablita de quesos, un par de yogures y macedonia de frutas con un plátano de ahí mismito, para acabar). Volver a la cama hasta las doce. Hamaca en la piscina: lectura, sudokus, chapuzones. Así pasaron las dos mañanas; tras los almuerzos, pequeñas salidas con el coche: parte de la cara sur de la Isla y Garajonay, el sábado; San Sebastián, Hermigua y Agulo, el domingo.

Hubo ocasión hasta para perderse por el centro de Garajonay. Nos metimos con un Ibiza desde Laguna Grande por una pista asfaltada, en bastante buen estado que discurría hacia el norte. Atravesamos así el Parque Nacional disfrutando de la exuberancia de la laurisilva, la maravilla de esa vegetación frondosa tan poco habitual, tan "prehistórica". Poco después del mirador sobre Vallehermoso, llegamos a la carretera general en la cara norte de la Isla. Había que dar la vuelta y, para no repetir camino, se nos ocurrió probar por otra vía que aparecía casi a trazos discontinuos en el mapa turístico. Los dos o tres primeros kilómetros todo iba bien, pero de pronto empezó a desaparecer el asfalto y angostarse a un camino fangoso y lleno de badenes. Conducía una amiga que poco a poco empezó a ponerse nerviosa. En eso llegamos a un caserío, pero en ninguna casa parecía haber nadie. La trocha se bifurcó; elegimos fiándonos de una orientación que empezaba a estar mareada. Se empezaba a hacer de noche y más en medio de esa jungla cerrada. Vueltas y más vueltas y al final encontramos una pista asfaltada. Ya no teníamos idea ni de dónde estábamos ni en que sentido nos movíamos. Sin saber explicárnoslo, al cabo de una media hora, aparecimos en la carretera general, pero en el lado norte: no habíamos hecho sino un circuito retorcido que nos había devuelto a la casilla de salida. Eran las nueve de la noche y teníamos reserva para la cena a las nueve y media; llegamos un cuarto de hora tarde, pero no pasó nada.

En fin, que muy cortita la escapada. Pero, por breve que sea la visita, siempre es maravilloso, mágico, volver a disfrutar de la Gomera, de las siete, mi favorita. En pocos sitios puede uno encontrar paisajes tan alucinantes como los de esta isla tan pequeña pero, a la vez, con una orografía tremenda, llena de fuerza, de embrujo, de misterio ... A quien no la conozca no puedo sino recomendarla muy encarecidamente. Y si quien esto lee es aficionado a caminar, sepa que no hay otro destino igual. Por cierto, que conste que no trabajo para la oficina de turismo insular (es que me encanta).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas