domingo, 21 de agosto de 2011

Noviembre de 1918

Me encontré el jueves pasado con el primer tomo de una de las consideradas obras magnas de la literatura alemana del siglo pasado, la trilogía Noviembre de 1918, de Alfred Döblin. Recordaba la reseña de Guelbenzu en un Babelia de esta primavera, decididamente elogiosa. De otro lado, había leído a principios de los 80 su Berlin Alexanderplatz, famosa por entonces gracias a la versión televisiva que acababa de filmar el malogrado Rainer Werner Fassbinder (en esos años me tragué unas cuantas de sus pelis en los Alphaville madrileños). La verdad que leer literatura alemana buena requiere siempre una cierta determinación voluntariosa, un previo ponerse en situación conscientes del esfuerzo a que nos vamos a someter. Por ejemplo, leer novela alemana en el tranvía (como ha sido mi caso con ésta) no es lo más recomendable; no se trata ciertamente de textos ligeros, sino densos, a veces exigentes para exprimir todo lo que se condensa en breves párrafos (casi al modo de cómo los alemanes construyen palabras de largura infinita para afinar maniáticamente el contenido conceptual del término). Pero, desde luego, el esfuerzo obtiene su premio y, si no, piénsese en la sensación de asombro maravillado que a uno le queda tras acabar La Montaña Mágica, por citar una de las muestras más excelsas. Pero volvamos a Döblin, del cual sabía apenas lo normal, que era médico y como tal había participado en la Gran Guerra, que mantuvo una intensa actividad cultural durante la República de Weimar, que en cuanto los chicos de la esvástica se hicieron con el poder salió echando leches de Alemania (era judío), y que tras de la derrota volvió a Europa. Noviembre de 1918 la empezó antes de la segunda guerra mundial pero el volumen final de la trilogía no lo publicó hasta 1950.

Noviembre de 1918 es el mes en que acabó la primera guerra mundial pero también, y sobre todo, fue un mes revolucionario en Alemania. Un pueblo que había sido casi unánimemente belicista cuatro años antes, a esas alturas estaba exhausto pese a lo cual –la conocida disciplina germana– seguían obedeciendo a sus oficiales y muriendo como conejos en el frente, mientras pasaban hambre en todas las ciudades. A principios de octubre la población alemana se enteró de que sus dirigentes militares y el propio Kaiser estaban dispuestos a solicitar el armisticio bajo las condiciones de Wilson, el presidente yanqui. La conmoción fue tremenda: de pronto, todo el triunfalismo militarista de la invencibilidad alemana, repetido hasta la saciedad durante esos años, se deshacía en migajas. Octubre fue un mes convulso: la guerra iba a acabar, sin que se alcanzasen todavía a comprender las consecuencias de la derrota (que serían crueles, demasiado), pero no terminaba de acabar. En esa situación de incertidumbre e inquietud, el almirante al mando de la flota de Kiel ordenó el 29 un ataque contra la Royal Navy. Los marinos se negaron, y la inicial desobediencia pacífica se convirtió enseguida en un motín violento, y luego en la creación de consejos de trabajadores y soldados que, inspirados en los soviets, ondeaban banderas rojas y clamaban por la revolución socialista. El movimiento se extendió como un tsunami a lo largo del Reich, obligando a abdicar a todos los príncipes de los múltiples estados aristocráticos que lo conformaban, incluyendo al propio emperador y rey de Prusia, Guillermo II. Fueron los socialistas del SPD los que, en un primer momento y sin salirse del marco institucional, se ocuparon de la dirección del gobierno y trataron de atajar o al menos encauzar la ebullición revolucionaria, a la vez que habían de tratar con los vencedores las condiciones de paz. Los revolucionarios, sin embargo, liderados por Karl Liebknecht, no estaban dispuestos a que el cambio se limitara al derrocamiento de la monarquía y la instauración de un parlamentarismo al estilo francés o americano; querían desmantelar el capitalismo, que los obreros fueran realmente quienes mandaran, que se "socializaran" casi todas las grandes empresas alemanas. Como todos sabemos, no cuajó la revolución alemana (ni el propio Lenin tenía interés en ello) y, como toda revolución, fue caldo nutricio de abundantes actos sanguinarios. Nació en cambio la República de Weimar, la que catorce años después se zamparían los nazis sin la menor dificultad. Pero en Noviembre del 18 todo lo que había de ocurrir nadie podía preverlo, es más, nadie se atrevía ni siquiera a imaginar en qué podría derivar ese confuso potaje de emociones contradictorias –ilusiones, decepciones, miedos y angustias, esperanzas– que vivían tantísimos alemanes, la mayoría supongo yo. Pues bien, ese mes de noviembre, en concreto desde el domingo 10 hasta el viernes 22, es el marco temporal de la novela que he leído.

Este primer tomo sucede, salvo contados episodios berlineses, en Estrasburgo, la capital de Alsacia. La Alsacia, en la margen izquierda del Rin, formó parte del Sacro Imperio Germánico, el de los Habsburgo hasta que al final de la Guerra de los Treinta Años pasó a la corona francesa, junto con Lorena. Fueron dos siglos casi exactos, suficientes para que la región, a pesar de su idioma germánico, se afrancesara intensamente e incluso participara muy activamente en los cruciales acontecimientos de la Revolución y del subsiguiente periodo napoleónico (por ejemplo, fue en Estrasburgo donde un capitán de ingenieros de su guarnición compuso el himno que se bautizaría como la Marsellesa). Pero tengo la sensación de que durante los siglos XVIII y XIX los alsacianos se sentirían muy unidos a Francia pero de alguna manera unos franceses especiales, distintos. En 1871, tras la guerra franco-prusiana, que fue la base para la unificación alemana y la proclamación de Guillermo I, nada menos que en el palacio de Versalles, como Kaiser del II Reich, Francia hubo de ceder Alsacia y Lorena al nuevo imperio germano. Durante el medio siglo de administración alemana, la Alsacia-Lorena gozó de un cierto grado de autonomía y el proceso de re-germanización no fue para nada agobiante; se toleró el uso del francés (lengua materna de sólo una décima parte de la población) y se permitió a los habitantes elegir entre la ciudadanía francesa (en cuyo caso habían de irse, claro) o la pertenencia al Reich. La gran mayoría (en torno al 95%) se quedó, como era de esperar. Supongo que como las cosas nunca son sencillas y hay para todos los gustos, en las vísperas de la Gran Guerra en Estrasburgo y en el resto de Alsacia, habría quienes se sintieran alemanes, quienes franceses y quienes alsacianos (ni franceses ni alemanes, sino todo lo contrario), pero dudo mucho que la mayoría se sintiera oprimida por el bárbaro teutón y ansiosa de regresar al seno de la dulce Francia. Otra cosa es que lo que reconcomía a los franceses, humillados por la derrota, lo proyectaran en el sentimiento de los alsacianos. Alphonse Daudet puso en boca de un imaginario niño alsaciano la triste narración de su último día de clase en francés porque había llegado una orden de Berlín obligando a que las clases fueran sólo en alemán (no es cierto, pero así se lo contaban en París). En Nancy, la ciudad de la Lorena que se mantuvo en el estado francés, Paul Dubois erigió una estatua de bronce de dos mujeres que representan a la Lorena llorando en brazos de la Alsacia. El pintor alsaciano Jean-Jacques Henner logró una de sus mejores obras con Elle attend (ella espera), el retrato de una mujer con traje regional alsaciano, pero todo negro salvo una escarapela en el tocado con los colores de Francia. Y así hay innumerables ejemplos que forman parte de lo que se ha dado en llamar el revanchismo y que determinaría la obstinación de los políticos franceses de imponer a Alemania, al final de la primera guerra, las más draconianas condiciones (había que acabar para siempre con el demonio alemán, decían). Por cierto, cuando Alsacia volvió a Francia, disminuyó mucho su autonomía política y el idioma alsaciano pasó a prohibirse al considerarse antipatriótico.

La novela de Döblin, hilvanada mediante la una sucesión de capítulos breves presentados a modo de escenas cinematográficas, nos va mostrando los actos y emociones de un catálogo muy diverso de personajes, cuya nota común, si alguna hay, es la sensación de desconcierto ante todo lo que está ocurriendo. Algo que me ha gustado es lo bien que logra el escritor hacernos ver que los dramáticos cambios que se estaban viviendo –de hecho, la Gran Guerra y su resolución, supuso el inicio del mundo contemporáneo–, al mismo tiempo que desgarran internamente a quienes los sufrían (o sea, prácticamente a todos) se integran en la vida cotidiana. Al fin y al cabo, hay que seguir viviendo, levantarse e ir a buscarse los garbanzos, adaptarse a los "grandes sucesos históricos", a los grandilocuentes discursos, pero éstos no dan de comer y, por mucho que nos exalten, es necesario mantener los pies en el suelo. Los militares alemanes preparan y llevan a cabo su retirada de Alsacia, en un estado de abatimiento pasmado que tratan de sobrellevar recurriendo a los tan arraigados hábitos marciales, mientras maldicen a los despreciables canallas proletarios que traicionan el futuro de la patria con su revolución. Un grupo de marinos alsacianos que ha participado en el motín de Kiel, llega hasta Estrasburgo para proclamar la República libre de Alsacia en el marco de la confederación germánica, pero sus ardores revolucionarios son diluidos ante el escepticismo amable de los burgueses, hechos ya a la idea de que en pocos días llegarán los franceses a ocupar la ciudad; al final, el marinero Thomas se plantea ir a Berlín para participar en el alumbramiento del nuevo mundo socialista, que ya se darán cuenta sus paisanos del error que cometen dejándose caer en los brazos de los capitalistas gabachos. Una joven enamorada de un oficial alemán que ha tenido que escapar (había matado a dos soldados amotinados) desespera ante el silencio de su amado y duda si permanecer en Estrasburgo o ir a buscarlo. Alsacianos que se sienten alemanes miran con rabia y preocupación el cambio inminente, mientras que otros, la mayoría, pone al día su francés y expresa su entusiasmo (¿cuánto de real y cuánto de fingido?) por la que ya llaman la liberación. Un herido prusiano, antiguo profesor de humanidades clásicas, es la voz de la desesperanza en su tono más nihilista. Hay de todo, en esta galería de personajes, hasta unos cuantos reales que aparecen en algunas escenas (la más lograda es la que tiene como protagonista a Maurice Barrès, el escritor nacionalista francés que llega a Estrasburgo para azuzar el odio hacia los alemanes). Realmente no se dibuja una trama argumental según la estructura de la novela decimonónica; no hay ni principio ni fin, ninguna intención teleológica y mucho menos moralista: la vida, viene a mostrarnos la cámara neutral de Döblin, no es sino la sucesión acontecimientos sin finalidad que nos arrastra, impotentes, por mucho que nos empeñemos en buscarles sentido.

Probablemente es esa técnica narrativa, tan emparentada con el documental cinematográfico, la que otorga gran efectividad a la novela. No es entretenida, al menos no en el sentido habitual basado en el clásico esquema de presentación, nudo y desenlace. Lo que va pasando ni es demasiado emocionante ni parece encadenarse hacia ningún fin que colme nuestras expectativas lectoras, las mismas, en el fondo, que tiene un niño cuando escucha un cuento. La novela ni empieza ni acaba, te deja con una cierta sensación incómoda pero, justamente por eso, creo yo, te impregna el cerebro, sus escenas van impregnando las neuronas para volver recurrentes, y te das cuenta de que el autor te ha hecho que casi vivas acontecimientos de hace más de noventa años, que casi sientas a esos personajes tan reales como los que están todos los días a tu lado. Además, esas escenas en las que Döblin te sumerge, aún siendo tan minuciosamente localistas, tan ajustadas a personas y lugares precisos, los trascienden y se convierten en ejemplos de patrones universales del comportamiento social, del alma humana. Desconozco si Döblin vivió esos días en Estrasburgo (estuvo destinado en el frente occidental, así que es posible); en todo caso, no olvidemos que ejerció como psiquiatra en un barrio proletario berlinés y que, como demuestra también en su Alexanderplatz, tenía un profundo conocimiento (y supongo que poco optimista) de nuestra especie. Acabo diciendo que, la verdad, no he disfrutado demasiado leyendo esta Burgueses y Soldados (ya he dicho que no es precisamente entretenida); no obstante, en cuanto Edhasa publique el siguiente volumen casi con toda seguridad lo leeré.



Quand on est heureux - Virginie Schaeffer (Virginie Schaeffer, 2008)

PS: El tema que subo es de una cantante de Estrasburgo cuyo estilo me resulta de lo más agradable. Un descubrimiento reciente que, aunque solo sea por razones geográficas, viene muy bien para la banda sonora de este post.

jueves, 18 de agosto de 2011

Cantautrici italiane (2): Nada

Nada Malanima (en su carrera artística, simplemente Nada) nació, en 1953, en la provincia toscana de Livorno. La verdad es que, aunque la conocía desde hace tiempo y tenía unos cuantos discos suyos (y algunos más que me he conseguido recientemente), no la catalogaba como cantautrici sino más bien entre las excelentes intérpretes de temas de otros, mayoritariamente de musica leggera, como se la daba en llamar, allá por los sesenta. De hecho, su "descubridor" fue el ya por entonces reconocido paroliere Franco Migliacci, autor entre otras de la famosísima Nel blu dipinto di blu para Domenico Modugno. Cuando empezó, Nada era una chiquilla que a juicio (acertadísimo) de sus familiares y amigos tenía una gran voz y debía dedicarse a cantar, aunque a ella, según contó en una entrevista en la RAI, no es que le interesara demasiado. Me imagino que sería su padre, clarinetista, quien la llevó a un pueblo costero de Lucca para participar en un concurso de voces nuevas. Tuvo éxito, la fichó la RCA, sacó un primer sencillo (Les bicyclettes de Belsize) y a principios del 69, con 15 añitos apenas, la presentan en Sanremo donde canta Ma che freddo fa (de Migliacci) y obtiene un excelente quinto puesto. El video que subo es de esa actuación: el estilo de la ropa es totalmente años 60 y el musical el habitual de los estándares italianos que se difundían desde el Festival de la Liguria. En cuanto a ella, una niña preciosa con una voz espectacular y que, pese a su corta edad, apunta maneras muy desenvueltas en el escenario. Hoy habría sido una velina, menos mal que por entonces en Italia ni se podían imaginar a Berlusconi.


Me acuerdo de que cuando yo tenía doce o trece años (principios de los setenta) y empezaba a fisgonear casi a escondidas entre los discos que había en el despacho de mi padre (en un armarito de la biblioteca en cuya balda superior se disponía el pick-up Phillips, que permitía superponer vinilos, verdadera atrocidad que estaba de moda por aquellos años), había un LP de Nada, creo que el primero suyo, colocado al lado de otros italianos "similares" (el ya mentado Modugno, la diva Mina, Rita Pavone, Iva Zanicchi, Gigliola Cinquetti, Nicola di Bari y algún otro). No me interesaban entonces demasiado esos italianos melódicos (mi pasión por Italia data de mi veintena) pero se me quedaron sus nombres, ya que además alcanzaron bastante difusión en España, y el de Nada asociado a ellos. Y tampoco andaba muy equivocado porque hasta el 73 puede perfectamente encuadrarse a esta chica dentro del género: dos LPs y varios sencillos, habitual de los festivales de la canción, éxitos comerciales con temas muy del gusto de esos tiempos, excesivamente orquestados la mayoría, para mi gusto. Pero aun manteniéndose dentro de la ortodoxia del "song-system" italiano, escuchando (o viendo) sus interpretaciones algo nos apunta que esa muchacha no termina de encajar en el molde. Y conste que no pretendo minusvalorar el impresionante aparato musical que se montó en Italia durante los años de mi niñez y adolescencia, con magníficos letristas, arreglistas, instrumentistas y orquestas y, por supuesto, cantantes; calidad que, con grandísima habilidad supieron hacer muy rentable a través de la televisión e incluso exportarla a toda Europa (el festival de Eurovisión nace emulando al de Sanremo). Así pues, quede claro que Nada ya era buena en esta primera época, con canciones excelentes, que podríamos convenir que culmina con su triunfo en el Sanremo de 1971 con la fantástica Il cuore è uno zingaro, probablemente más conocida entre nosotros cantada por Nicola di Bari (quien también ganó esa edición del festival ligur).


Hacia el 72, más o menos, llega el primer punto de inflexión, de ruptura si se quiere. La chica, todavía jovencísima, quiere ya dejar de ser il pulcino de Gabbro (el pollito de Gabbro, su pueblecito natal), acaba su colaboración con Franco Migliacci, se empareja con el bajista de un grupo pop (con el cual sigue casada) y se abre a nuevas formas de expresividad artística. Su siguiente LP (el tercero) lleva el significativo título Ho scoperto che esisto anch'io (he descubierto que también yo existo) y casi todas las canciones son de Piero Ciampi, livornese como ella, un cantautor de espléndidas letras y atormentada personalidad, lo que Nada refleja con una sentida interpretación de desgarrada tristeza. Nada todavía no compone, pero ya deja ver que le atrae ese género tan difuso de la canción de autor, que busca interpretar otro tipo de textos. Sin embargo, como suele ocurrir cuando un cantante se sale del molde en el que lo han encasillado, el disco no tiene éxito y muchos de sus seguidores se sienten defraudados. No se arredra y sigue experimentando, además de relacionarse con tipos como Paolo Conte. El cuarto disco, Il domatore delle scimmie (el domador de monos), lo graba con la banda de rock progresivo Reale Accademia di Musica (por cierto, Italia es seguramente el país no anglosajón donde más proliferaron los grupos de rock progresivo y no tengo ni idea por qué). Tampoco este intento consigue seducir al público y, sin embargo, no es nada malo, al contrario. Este LP será el último de la cantante con la RCA porque hacia el 78, tras la pausa de su maternidad, firma con Polydor y da otro cambio a su estilo (quizá por exigencias comerciales) orientándolo más al pop. A ésta que podríamos denominar su tercera etapa y que continua cuando en el 83 se pasa a EMI corresponden varios discos (seis LPs, de los cuales solo tengo dos) que consiguen buena aceptación. El estilo se vuelve un poquillo discotequero (o pop) para mi gusto, pero también hay canciones muy rescatables. Lo que me importa resaltar es que, entrando ya en la treintena, Nada se atreve por fin a componer. Su primer tema es Ti stringerò, de 1982, en el que colabora con los textos con Gerry Manzoli (su marido) y Mauro Lusini (el compositor de cabecera de estos años). Al año siguiente obtiene un rotundo éxito con la simpática Amore Disperato. Estamos en los 80 y Nada se aviene a los sonidos electrónicos del pop, qué se le va a hacer. El punto final a esta etapa puede simbolizarlo el festival de Sanremo del 87, en el que Nada queda vigésimocuarta y última (un palo). Como muestra del look ochentero (y del pop discotequero de estos años) van a continuación dos videos de las canciones que acabo de citar (sus versiones de estudio me parecen mejores).



Vienen entonces unos cuantos años de silencio musical hasta que en el 92 publica un el album L'anime nere (las almas negras), de vuelta en la RCA (la portada nos muestra una mujer bellísima que rondaba entonces la cuarentena y ha abandonado los excesivos maquillajes ochenteros). Es un nuevo cambio de estilo, con una sonoridad acústica envolvente, tendencia rockera en lo musical, una voz más matizada, con ese engañosa ronquera tan característica (voce ombrosa, le dicen en Italia) que no sólo no limita su expresividad sino que la enriquece, temas más intimistas. Pero, sobre todo, este disco significa el desembarco definitivo de Nada en la composición: firma todos los temas (aunque en colaboración) y parece que, además, se empeñó supervisar muy estrechamente todo el proceso de grabación. El resultado es para mí magnífico, aunque el trabajo pasó bastante inadvertido, en parte por la pésima promoción de la discográfica y probablemente también por el descoloque que otra vez debió dar a sus seguidores. Viene luego la publicación de un recopilatorio (Malanima: Successi ed inediti 1969-1994) en el cual se recogen colaboraciones de los primeros setenta de Nada con cantautores que entonces empezaban, como Riccardo Cocciante, Claudio Baglioni o Antonello Venditti. Y por fin, en 1997, se publica el que para mí es uno de los mejores discos en italiano, el maravilloso Trio. En este disco, Nada canta acompañada solo de dos excelentes músicos, Ferruccio Spinetti al contrabajo y Fausto Mesolella a la guitarra, logrando una atmósfera acústica sobrecogedora en la que la voz de Nada, nunca tan asombrosa, se desenvuelve como una acróbata. Son trece canciones, todas versiones de temas ya viejos del repertorio de Nada, pero ahora se se aparecen impactantemente nuevas (brillantes los arreglos), y suenan de maravilla, con la belleza absoluta de la desnudez minimalista del disco. Fue este album el que me hizo redescubrir a Nada y quedar enamorado de su voz. Sin duda una obra de madurez, de dominio del arte, de saber lo que se es y lo que se quiere. Aunque ninguna de las canciones sea de su cosecha, con la fuerza y calidad de la interpretación las hace definitivamente suyas. Escuchen una de ellas como prueba de que no exagero.


Come faceva freddo - Nada (Trio, 1992)

Desde el muy recomendable Trio hasta la actualidad, Nada ha publicado cinco discos de estudio, amén de haber dado varios conciertos y participado en un sacco de proyectos. De su producción musical de los últimos casi veinte años sólo he escuchado el último disco, publicado en abril de este mismo año. Se llama Vamp y nada tiene que ver con Trio: música de rock sucio, muy eléctrica, una forma de cantar algo espasmódica, casi rapera en algunos momentos con la participación de los Zen Circus, una banda bastante famosilla en Italia. Dispongo del album desde hace poco tiempo y la verdad es que no lo he escuchado lo suficiente como para atreverme a dar mi opinión. Suena potente, desde luego, y me resulta interesante aunque no termino de estar seguro de si me gusta o no. En todo caso, compruebo que todos los temas han sido compuestos por Nada; está claro que esta mujer, acercándose ya a los sesenta, no le hace ascos a nada y sigue siendo capaz de renovarse y sorprender. En fin, una tía muy interesante que debe estar dotada de una inquietud creativa más que notable (es también escritora, actriz ...) y que en España creo que no es lo conocida que se merece. Aquí lo dejo, que he vuelto a enrollarme demasiado, y eso que no habría escrito este post si no hubiera sido por el comentario de Varekai al primero de esta serie sobre las cantautrici.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Fast speaking woman

Anne Waldman es una poeta –me sale espontáneamente poetisa, pero parece que el término hiere suspicacias entre las mujeres que lo tildan de despectivo (no todas, Rosa Chacel lo usaba sin rubores); espero que no hayamos en breve de llamar poetos a los hombres que escriben poesía–. Decía, en fin, que Anne Waldman es una poeta, nacida en New Jersey en 1945 pero críada en el Greenwich neoyorkino, en la época de la generación beat, amiga de Ginsberg, de Kerouac ... Su nombre me sonaba de fuentes dylanescas pues se sumó a la troupe de Bobby durante la famosísima Rolling Thunder Revue, una gira de conciertos entre el 75 y el 76 e incluso (de eso me entero ahora) trabajó en la preparación de Renaldo y Clara, la peli de Dylan (un bodrio, pero es sólo mi opinión). O sea que me sonaba el nombre pero sólo eso, y poco más sé ahora, salvo los retazos de información que he ido entresacando de internet. Por supuesto nada había leído de ella hasta este fin de semana que me he topado con su larguísimo poema (casi 600 versos, unos cuantos repetidos, y eso la primera parte, que creo que hay una segunda) titulado Fast speaking woman (mujer que habla deprisa).

La estructura del poema es simple: sucesivas declaraciones en primera persona que van enunciando lo que ella es. "Soy una mujer crepúsculo / Soy una mujer trompeta / Soy la mujer de rafia / Soy una mujer volátil / Soy la mujer azuzada / Soy la mujer vagabunda / Soy la mujer insolente / soy la mujer enloquecida / Soy la mujer libertina / Soy la mujer desenraizada, la mujer destruída / la mujer explosiva, la mujer demonio" y así muchos, muchísimos más. Obviamente, quien canta, es una y todas las mujeres; quizá cabría decir que cada mujer es (o llega a ser) todas las mujeres o, si se prefiere, que todas las mujeres posibles, de cualquier lugar, de cualquier tiempo, de cualquier alma, están en cada una de ellas (naturalmente, ese holismo trascendente no es aplicable a los hombres, tan burdos y elementales somos). Desde luego, el poema es un ejercicio admirable de recopilación de adjetivos (o sustantivos con función calificativa), extravagantes la mayoría y en no pocas ocasiones hallazgos de tremenda fuerza poética. Pero, sobre todo, como la misma autora ha explicado, es una especie de salmodia, un canto hecho de mantras basado en la expresividad fonética de las palabras. De hecho, los versos se van enlazando mediante la asociación de palabras de similar sonoridad ("I'm a high-heeled woman / I'm a high style woman / I'm an automobile woman / I'm a mobile woman", por ejemplo) con el repetido martilleo final de la palabra woman. Todos los poemas son para leerse en voz alta, pero éste más que ninguno, pues su eficacia "energética" (término de la autora) descansa en pronunciar los versos en voz alta, enfáticamente, para convertirlos en balas que atraviesan la corteza cerebral hasta llegar a lo más hondo y lo más primitivo de nuestra esencia (o de la esencia femenina que, quiero pensar, también radica en nuestras profundidades). He conseguido en la red un audio de Anne Waldman leyendo el poema y en Youtube hay un video (donde se la ve en declamación gesticulante, usando también el cuerpo para incrementar la expresividad de las palabras). Por supuesto, no es ni de lejos la totalidad, pero creo que escucharlos (y verlo) puede resultar interesante y más clarificador que mis torpes palabras.


Fast speaking woman - Anne Waldman

El poema (o más bien, el libro-poema) es de 1975 y parece que fue el propio Ginsberg quien la animó a escribirlo. Se inspira en las técnicas de la poesía oral de la célebre curandera María Sabina, una mazateca de Oaxaca, que componía cantos rituales para guiar a las jóvenes durante los viajes alucinógenos producidos por el consumo de hongos psicotrópicos. Esta María Sabina (de quien creo que he escrito algo) fue quien recibió en 1953 al antrópologo yanqui Robert Wasson, uno de los principales difusores de los efectos psicodélicos y del chamanismo, que tanto éxito tuvieron en los años hippies estadounidenses. Este "regreso" a las fuentes orales de la poesía brindó notoriedad a la Waldman y la convirtió en una de las protagonistas de los performances poéticos, revitalizando en cierta medida la poesía e hibridándola con otras manifestaciones artísticas confundidas a veces con el mero espectáculo de masas (es que hay que irse adaptando a los tiempos). De esos años, mediados de los setenta, es la ya comentada gira de Dylan en la que se integró Waldman, pero podríamos encontrar muchos más ejemplos. La cuestión es que, al margen de gustos y de las naturales reticencias que en muchos nos producen tantas alharacas y fuegos fatuos asociados, no se puede negar que Anne Waldman se convirtió en un referente del activismo poético, teñido éste de budismo, chamanismo, pacifismo, feminismo, espiritualismo, ecologismo y todos los ismos emparentados que se puedan imaginar.


Anne Waldman tiene más de cuarenta libros pero no he encontrado ninguno publicado en nuestra lengua. El poema que da origen a este post, lo he conseguido de una página de internet y lo he tenido que transcribir (no se puede copiar y pegar) esforzadamente. Tras leerlo un par de veces, he empezado a traducirlo (voy por la mitad, más o menos), proceso laborioso y lento, dado mi penoso nivel de inglés; no obstante, lo acabaré y pondré un enlace en este post al texto bilingüe, con la esperanza de que alguien mejore mi mediocre traducción. ¿Y cómo me he ido a topar con esta mujer que habla deprisa? Pues a través de una de las cantautoras italianas que tengo previsto glosar en un próximo post. Se trata de Marina Rei, quien en su último disco incorpora la traducción y adaptación musical de una parte del mismo (si lo cantara todo entero, el tema ocuparía el CD completo). Me gusta la versión de esta chica, que es la que acompaño para acabar.


Donna che parla in fretta - Marina Rei (Musa, 2009)

sábado, 13 de agosto de 2011

Cantautrici italiane (1): Nannini e Bottazzi

Llevo ya bastante tiempo organizando mi discoteca. El término suena presuntuoso, pero la verdad es que tengo muchos discos, tantos que no sé cuantos, así que me he propuesto, a ratos sueltos, ir fichándolos. Los estoy convirtiendo a mp3 para guardarlos en un disco externo. Trabajo por cantantes: junto todos los albumes que tengo de uno concreto, si es de los que me gusta procuro completar su discografía vía Internet y, en el iTunes, voy añadiendo los datos asociados a cada tema (compositor, año, imagen de la carátula, músicos e incluso, si las consigo, los textos de las canciones). Por supuesto, tardaré una porrada de meses, pero tampoco importa porque es una forma entretenida de pasar el tiempo, pues mientras voy completando la información disfruto escuchando las correspondientes canciones.

Este fin de semana estoy metido con cantantes italianas, de las que en ese país denominan cantautrici (cantautoras); es decir, cantantes que interpretan textos escritos propios (no siempre) que, además, tienen una cierta intencionalidad en el mensaje, más allá de, por ejemplo, del "she loves you, yeah, yeah, yeah" o, por limitarnos a Italia, de las habituales y empalagosas historietas de amor estilo Sanremo. No necesito explicar mucho porque también en España hemos vivido el fenómeno de los cantautores, aunque con bastante menos referentes que en la otra península. En sus orígenes, finales de los 50 o principios de los 60, los modelos eran los franceses (Brassens, el principal) y algo después el folk norteamericano (el primer Dylan y sus satélites). De hecho, solemos asociar la palabra cantautor a un tipo de música de melodías poco elaboradas y de escasa instrumentación, con protagonismo incuestionable de la guitarra acústica. No obstante, van apareciendo personajes (y los más viejos van evolucionando) que adoptan estilos musicales diversos (pese a lo difícil que es siempre etiquetar este concepto) y, en mi opinión, tienen todo el derecho a ser considerados cantautores. ¿Cuál sería para mí la nota distintiva para así considerarlos? La calidad, narrativa o poética, de los textos que escriben. Escuchándolos, se me antojan esbozos de atractivos relatos que, en varias ocasiones, me motivan para escribir mi propia versión. Pues bien, durante los últimos cincuenta años, en Italia han surgido muchísimos de estos artistas que, sin embargo, son muy poco conocidos entre nosotros (al contrario de la enorme popularidad de otros italianos que, aprovechando la cercanía de nuestras lenguas, traducen los temas al español para comercializarlos en el mercado español e hispanoamericano).

Por supuesto, la mayoría de los cantautores son hombres; no es que no hubiera mujeres que escribieran sus canciones, pero estaban en un papel secundario, con muchísimo menos éxito de público que sus compañeros (que tampoco es que fueran superventas, claro). Las chicas empezaron a hacerse notar a partir de la década de los ochenta, cada vez con más protagonismo y también mucha más diversidad estilística, para nada limitadas a la sencillez melódica de los primeros tiempos sino partícipes del rock maduro, que se había hecho mayor de edad durante los setenta. A mi juicio, en lo musical las cantautrici suelen mostrar una gran apertura a la mezcla e integración de tendencias, y en sus textos una mayor sensibilidad, en especial hacia asuntos cotidianos enfocados desde la visión femenina. Aunque en los últimos años unas cuantas tienen bastante popularidad en Italia (la frontera entre la canción de autor y la "comercial" está a estas alturas muy difuminada, lo cual no me parece mal pues, al fin y al cabo, lo que hay son buenos y malos temas), siguen siendo muy poco escuchadas en nuestro país. Por eso, aprovechando el aggiornamento en el que ando ocupado, se me ha ocurrido recomendar algunos nombres a quienes por aquí pasan. Hoy van los dos primeros.

Gianna Nannini
Toscana de Siena (preciosa ciudad con una de las plazas más hermosas del mundo), nacida en el 54 en una familia más que acomodada. Probablemente es una de las pioneras entre las cantautrici. Su primer disco, Gianna Nannini, es del 76 y en él la mayoría de los temas, aunque adscribibles al rock, son baladas intimistas, de letras desgarradas que le van perfectamente a la voz rota, tan identificable, de la Nannini. Ya con este album, la cantante exhibe un combativo feminismo, sobre todo en el tema Morta per autoprocurato aborto, en un momento en que las movilizaciones para la despenalización del aborto eran la salsa de la vida político-social italiana (en el 78 se aprueba la Ley que deroga el artículo del código penal fascista que sancionaba hasta a cuatro años de cárcel a las mujeres que abortasen). En su tercer disco, California, de 1979 alcanza su primer gran éxito comercial. Se trata de un album ya descaradamente rockero, con la guitarra eléctrica como instrumento protagonista, contrapunto dialogante de la cantante. Todos los temas vuelven a ser suyos, salvo una fantástica versión en italiano del Me and Bobby McGee de Kristofferson, universalizado por Janis Joplin. Gianna, de 25 años entonces, sigue reafirmando su voluntad transgresiva y, además de elegir como portada del LP una foto de la estatua de la Libertad en la que la antorcha es sustituida por un vibrador, la letra de America, el tema más aplaudido, es un himno a la masturbación femenina ("però oggi sto con me e mi basto, nessuno mi vede e allora accarezzo la mia solitudine ed ognuno ha il suo corpo a cui sa cosa chiedere"). Durante los ochenta la sienesa saca cinco discos de estudio y además desarrolla una intensa actividad de conciertos, ya consolidada como una de las principales figuras del rock italiano. Donde tiene muchísima aceptación, yo diría que tanta o más que en Italia, es en Alemania. De hecho, fue en casa de una amiga de Bremen, allá por el 87, cuando yo la descubrí y el primer disco que me compré de ella fue el Tutto Live de 1985. En el 89 la eligen para que grabe con Edoardo Bennato la canción que iba a ser el himno del Mundial de fútbol del 90 (en el que perdimos en octavos con Yugoslavia en la prórroga y maldije a Julito Salinas por desperdiciar tantas ocasiones; y en el que la Argentina de Maradona cayó en la final ante la Alemania unificada dirigida por Beckenbauer). Ha compuesto bandas sonoras de películas y hasta una opera-rock, Pia come la canto io (inspirada en la Divina Comedia), que presentó en el Sanremo de 2007 y es uno de los pocos albumes que no tengo de ella. Metiéndome un momento en el chismorreo, diré que la Giannini ha sido madre de una niña a finales del pasado año; ¡con 54 años! Por supuesto, el hecho generó una tremenda polémica a la cual la cantante, que no tiene pareja conocida, ni declara su orientación sexual (la tildan de "polisexual") ni permite que se indague en su vida privada, ha contestado que hace lo que quiere y que nadie tiene derecho a meterse. Perfecto, nada de alimentar el morbo de los canales berlusconianos, una muestra más de que a su edad, más que consagrada, sigue siendo la jovencilla díscola que se largó de casa de sus padres para dedicarse a la música.


America - Gianna Nannini (Tutto Live, 1985)


Antonella Bottazzi
Piamontesa de 1944, diez años mayor que la Nannini y poco que ver con ella. Pertenece a la primera generación de cantautrici (wikipedia says), las pocas que, opacadas por sus colegas masculinos, lograron cantar sus propios temas en lo sesenta. La descubre el gran Gino Paoli (il capo de la música italiana durante aquellos años) y debuta en el 66 con canciones ajenas, según lo habitual en esos tiempos. Sin embargo, ya al año siguiente comienza a escribir sus propios textos y se inscribe como compositora. Después de algunos sencillos, en el 72 graba su primer LP, Delicato a Te, el único que he escuchado, gracias a una amiga italiana que me hizo conocer a esta mujer (la canción que subo, procede de la digitalización de un vinilo ya muy usado en baja resolución; de ahí la mala calidad del sonido). Tiene otro album, pero éste de canciones infantiles, y ya a principios de los ochenta se retira de la escena musical. Muere en 1997, a los 53 años, demasiado joven, sin duda. Poco sé de esta mujer y poco ha dejado, las catorce canciones que conozco de ella no me disgustan pero tampoco me parecen grandes aportes, su estilo compositivo me evoca similitudes con algunos de los cantautores de su época y los arreglos me resultan, en ciertos momentos, demasiado sanremianos. Pero la chica tenía talento; lástima que no progresara. En todo caso, le tocó una época dura para sobresalir en el oficio siendo mujer.


Se fossi ... - Antonella Bottazzi (Delicato a Te, 1972)

jueves, 11 de agosto de 2011

El Comodoro Rolín

Hace diecisiete años que vivo en la calle Comodoro Rolín, de Santa Cruz de Tenerife. Se trata de una calle corta (algo menos de 300 metros) de un solo tramo en ligero quiebro comprendida entre dos avenidas de cierta importancia. No está mal urbanizada, si la comparamos con la media municipal y cuenta con un buen número de árboles, lo que contribuye notablemente a su calidad paisajística. Su margen oeste linda con una hilera de parcelas ocupadas por edificaciones aisladas de altura media, en su mayoría residenciales. Al otro lado, la acera discurre pegada a uno de los mayores parques de Santa Cruz, el de La Granja. Aunque la calle tiene doble sentido de circulación y enlaza dos arterias principales, no hay demasiado tráfico. Quizás durante la mañana haya mayor ajetreo (y problemas para aparcar) debido a que a unos cien metros de mi casa se construyó la sede central de EMMASA, la empresa suministradora de agua del municipio. Pero, en términos generales, la considero una calle suficientemente tranquila, con la impagable ventaja de disponerse en alto sobre un parque; desde mis ventanas, por tanto, tengo una amplia vista que, sin obstáculos en primer plano, alcanza hasta el mar. De otra parte, para los chicharreros "de toda la vida", este barrio puede hasta considerarse periférico (el límite tradicional de la ciudad es la Rambla) pero para mí tiene una ubicación casi perfecta: muy cerca de los accesos a la ciudad (Santa Cruz está en un "fondo de saco" territorial, lo que implica problemas de entrada y salida que se concentran casi en un solo punto) y separada lo bastante del centro para eludir el bullicio pero, al mismo tiempo, dada la escala urbana, cerca también de éste, lo que permite llegar a todos lados caminando (aunque las vueltas cuesta arriba se hagan cansadas). En resumen, que ya me estoy enrollando demasiado, que la mía es una calle agradable, en la que he vivido muy cómodamente todos estos años.

Pero de lo que va este post es del nombre que tiene. Diré de entrada que muy pocos de los santacruceros lo conocen. Cuando me piden mi dirección lo normal es que pregunten dónde queda y la forma más fácil de identificarla es diciendo que es la calle de la Casa de la Cultura, el edificio que queda dentro del propio parque al otro extremo de mi casa (con una bastante buena biblioteca, que suma una ventaja más da mi domicilio). De hecho, ya desde que nos mudamos aquí me picó la curiosidad saber quién habría sido el tal Comodoro Rolín. Nadie conocido, al menos no tanto como los personajes que dan nombre a los dos tramos de calles que, a ambos extremos de la mía, la prolongan: Pío Baroja y Zurbarán. Entre un escritor del 98 y un pintor tenebrista del Siglo de Oro (ambos buenos representantes de ese difuso concepto que se ha dado en llamar el "alma hispánica"), me tocó un marino, que era lo único que desde mi ignorancia llegaba a deducir del término comodoro. Esta palabra, por cierto, la asociaba a alguna vieja serie de televisión (¿vacaciones en el mar?) en la que el comodoro sería un miembro importante de la tripulación (pero no el capitán) que, vestidito enteramente de blanco, gorra incluida, pululaba entre los pasajeros animando la vida social del crucero. Erraba, claro, pues basta consultar el DRAE para saber que un comodoro es, en Inglaterra y otras naciones, un capitán de navío cuando manda más de tres buques. Como rango militar no tiene el mismo nombre en el escalafón español; leo que equivale al contralmirante que, a su vez sería el rango inferior del grupo de los generales (almirantes en la Armada), lo cual, la verdad, me deja bastante frío porque los asuntos militares me resultan bastante ajenos (no en vano fui declarado inútil total en su día, con gran contento mío y disgusto de mi padre que consideraba obligación básica del patriotismo hacer la mili). Ahora bien, el término comodoro también es usado en las navieras mercantiles para designar a los capitanes con mayor antigüedad, así que tampoco andaba tan desencaminado en mi vaga suposición. En fin, que lo cierto es que así he seguido durante todos estos años: preguntándome cada cierto tiempo sobre la identidad del citado señor y siempre olvidándome de dedicar un ratillo a desvelarla.


Y lo cierto es que me habría bastado con consultar el popular libro de Juan Arencibia sobre las calles de Santa Cruz para enterarme: "La razón del nombre de esta calle es el siguiente: el 24 de febrero de 1922 atracó por primera vez en el puerto tinerfeño el trasatlántico alemán Cap Polonio, mandado por el comodoro Ernesto Rolín. A partir de entonces, Rolín procuró siempre hacer escala en Santa Cruz, y si por especiales circunstancias no podía, pasaba lo más cerca posible, haciéndolo notar encendiendo todas las luces y lanzando fuegos artificiales. Esta calle es un recuerdo a un símbolo turístico y un agradecimiento a quien procuró que la visita a Tenerife fuera un atractivo más para sus pasajeros". Indagando en la red para ampliar esta breve noticia del militar y escritor tinerfeño, encuentro un par de artículos de Juan Antonio Padrón Albornoz (1928-1992) de mediados los setenta en el periódico El Día. Padrón fue un periodista tinerfeño que sentía entusiasmo por las crónicas marinas de los tiempos pasados; en breves reseñas de El Día fue acumulando numerosas y amenas noticias sobre los distintos barcos que arribaron al puerto chicharrero, y por lo visto todavía hoy sigue siendo la mejor referencia para quienes se interesan por la historia marítima que tanto ha marcado a esta ciudad. Así, en el artículo del 1 de septiembre de 1983, bajo el título de "La primera escala del Cap Polonio", nos cuenta que este barco era un trasatlántico (20.576 toneladas, 202 metros de eslora y 21 de manga) perteneciente a la naviera alemana Hamburg-Sudamerikanische, que ya desde 1900 tenía Tenerife como escala en sus trayectos desde la capital hanseática a Sudamérica, pero con barcos no tan enormes, pues parece que a éste, al Cap Polonio, le corresponde el honor de ser el primer gran trasatlántico que atracó en la dársena chicharrera (no tengo ni idea de cuáles son las dimensiones a partir de las que se adjudica el adjetivo "gran" a estos barcos). Transcribo la prosa del periodista tinerfeño rememorando ese día de hace ahora casi noventa años: "… una espléndida estampa marinera –las tres chimeneas empenachadas de humo y la roda adornada por blanco bigote de espuma– apareció tras la punta de Anaga. Poco después, el magnífico trasatlántico alemán cayó a estribor y aproó a tierra, rumbo a la bocana del puerto. Luego moderó la máquina y, rodeado de remolcadores y embarcaciones menores, en el avante poca de las entradas puso proa al atraque asignado. Donde el bote del práctico señalaba, cayó el ancla de estribor y, con férreo estrépito, escapó la cadena que, al morder fondo, ayudó al borneo del trasatlántico que, poco después, quedó atracado. En la imagen bien se aprecia la expectación del numerosísimo público que llenaba el Muelle Sur. También desde la Alameda, playas y carretera de San Andrés, los vecinos de Santa Cruz –ciudad nacida al calor y color del Atlántico, nacida al filo de la ola– asistían complacidos al espectáculo pues, sin duda alguna, sabían que estaban ante algo que era historia para la Isla".

En 1927 la naviera hamburguesa botó un nuevo trasatlántico, el Cap Arcona (más grande todavía, de 27.500 toneladas, 196 metros de eslora y 26 de manga) y a su mando pusieron a Rolín. En otro artículo de El Día, éste del 29 de mayo de 1976, Padrón cuenta que en su travesía inaugural al Río de la Plata, durante la noche del 27 de noviembre de aquel año, el Cap Arcona pasó frente a nuestra capital y, aproximándose a la costa, lanzó bengalas y cohetes en sonoro saludo. Emocionado por el detalle, el entonces presidente del Cabildo, Francisco La Roche (con cuyo nombre fue bautizada la avenida costera de Santa Cruz, aunque todos la llaman avenida Anaga) envió un radiotelegrama al barco, al cual Rolín contestó con el siguiente texto: "Sumamente agradecido su atento radio, retribuyo saludos cordiales a usted y queridos conciudadanos, haciendo votos por eterna felicidad queridos tinerfeños. Ernest Rolin, comodoro". En el siguiente viaje de este barco a Buenos Aires, el 28 de enero de 1928, ya sí logró Rolín atracar en Santa Cruz y desembarcar a un grupo de turistas alemanes para que visitaran la ciudad durante el día. A lo largo de los siguientes años continuaron las escalas, consiguiendo el comodoro consolidar la Isla como una de las visitas fijas de los cruceros desde Europa a Sudamérica. Parece que este empeño del alemán obedecía realmente a un especial afecto hacia Tenerife y de hecho, ya jubilado, visitó esta tierra en la primavera del 39, recién acabada la Guerra Civil y a pocos meses de la inminente 2ª Mundial. Durante los 12 años en que sirvió de crucero intercontinental, el Cap Arcona conocido como la Reina del Atlántico Sur era el orgullo de la marina mercante alemana, un barco lujosísimo, de cuidadísimos detalles (véanse las fotos a pie de párrafo), que superaba en comodidades y entretenimientos al malhadado Titanic (de hecho, fue usado para rodar en 1942 una película alemana sobre el buque inglés). Pues quien lo comandó hasta jubilarse fue nuestro amigo Rolin, lo cual sugiere que debía de ser uno de los marinos alemanes de más prestigio. Enlazando de nuevo con mis recuerdos televisivos (aunque en un ambiente con bastante más glamour), me lo imagino paseando por los salones entre los adinerados pasajeros de primera a los que seduciría con su amabilidad y encanto (baste recordar el amilbarado estilo de su radio al presidente del Cabildo).

Vistas del lujoso trasatlántico (de izquierda a derecha y arriba a abajo). El jardín de invierno, la escalera principal de Primera Clase, el Salón de Baile, la Galería de la Cubierta B, Una de las Suites y la pista de Tenis exterior. (Fuente)

Pero todo lo bueno acaba, y la historia del Cap Arcona es una terrible muestra de los horrores de las guerras. Poco después de la invasión de Polonia, el vapor fue requisado para fines militares (como los de casi todas las navieras germanas). Primero, amarrado en el puerto de Danzig sirvió como vivienda flotante de la marina de guerra. Luego, en el 44, se empleo para transportar civiles y soldados, pero sus turbinas se averiaron y hubo de ser remolcado, en un estado calamitoso, hasta amarrar en el puerto de Lübeck. Allí seguía cuando, el 14 de abril del 45, convencidos ya los nazis (menos Hitler) de que la guerra estaba perdida, Himmler ordenó vaciar el campo de concentración de Neuengamme, muy cerca de Hamburgo, para impedir que los aliados encontraran testigos vivos para futuras acusaciones (vano intento). Oficiales de las SS obligaron a los prisioneros a desplazarse a pie hasta Lübeck (las caminatas de la muerte, se llamaron) y entre el 19 y el 26 de abril llegaron a la ciudad portuaria unos 11.000 de ellos (muchos murieron durante el trayecto), de los cuales, pese a las resistencias de los horrorizados empleados de la Hamburg-Sudamerikanische, fueron embarcados en el Cap Arcona unos 6.500, además de 600 SS. El hacinamiento y el resto de condiciones de la vida en el antiguo trasatlántico de lujo, ahora desmantelado y convertido en una prisión miserable, eran tan horribles que cada día morían por decenas. Allí permanecían encerrados, mientras la Cruz Roja trataba de negociar su liberación y los dirigentes nazis se preparaban a torpedear el barco. El 3 de mayo, cuando ya los submarinos iban a cumplir su fúnebre encargo, los tanques aliados llegaron a Lübeck interrumpiendo los planes nazis ante las prioridades defensivas. A primeras horas de la tarde, varios cazabombarderos británicos llegaron a la bahía de Travemunde. No pretendían atacar a los buques de prisioneros (se sabía sobradamente cuáles eran), pero parece que hubo algunas confusiones en la coordinación de los mandos aliados con la Cruz Roja y además los nazis mantuvieron su bandera en vez de izar la blanca. Lo cierto es que el Cap Arcona fue bombardeado, se incendió y se hundió. Los prisioneros, aterrorizados, trataron de escapar con muy poco éxito: muchos fueron ametrallados por los guardias (que se apropiaron de los botes salvavidas inutilizando los restantes), otros se ahogaron en las heladas aguas del Mar Báltico. Sólo cincuenta de los recluidos sobrevivieron; en total, contando los otros dos buques-prisión que acompañaban al Cap Arcona en la bahía, se calcula que al menos 7.500 prisioneros de guerra murieron en esa escasa media hora trágica. Al día siguiente, las tropas nazis de la Alemania del norte se rindieron; ya podrían haberlo hecho veinticuatro horas antes. Un año antes había muerto el comodoro Rolín, de lo cual hay que alegrarse pues se evitó el hondísimo sufrimiento que le habría producido conocer el espantoso final de su querido barco.

Algunos datos biográficos he encontrado del personaje en cuya calle habito. Por una página alemana me entero de que nació el 25 de octubre de 1863 en la provincia de Posen, entonces parte de Prusia y en la actualidad de Polonia. Murió el 19 de febrero del 44 en Prien am Chiemsee, pueblecito al sur de Baviera, junto a uno de esos maravillosos lagos, y por el que pasé el verano pasado yendo de Salzburgo a Munich (pero entonces ignoraba que allí había fallecido mi comodoro). Tenía 80 años a su muerte, 70 cuando se jubiló y cuando pasó por primera vez por esta isla andaría cerca de los 60. Un hombre mayor, en efecto, al mando de uno de los más espectaculares trasatlánticos de la época, como aparece en la portada de un libro autobiográfico (Mi vida en el océano, viajes y aventuras) publicado por su naviera; seguro que sería entretenido leerlo, pero me temo que no debe ser nada fácil de conseguir y además no sé alemán. Estudio en la escuela de marina de Hamburgo y estuvo navegando como marinero hasta obtener el título de capitán de cruceros hacia 1888 (con 25 años). Enseguida debió entrar al servicio de la Hamburg-Sudamerikanische, pues empieza a navegar como oficial en los vapores trasatlánticos Campinas, Río y San Nicolás, para ya alcanzar el grado de capitán hacia principios del siglo pasado en el Paranagua. Siguió al mando de distintos vapores que cruzaban el océano, hasta que estalló la Gran Guerra. Entonces, imagino que gracias a los contactos que habría ido trabando en Sudamérica , se desplazó a Brasil y en 1917 a Argentina, donde parece que se dedicó a la navegación fluvial. En el 21, ya con 55 tacos, regresa a Hamburgo y desde el 22 hasta el 33 comanda los dos trasatlánticos ya citados, el Cap Polonio y el Cap Arcona, con los que visita Tenerife y se hace tan querido por los isleños. Entre medias se casó, enviudó y volvió a casarse; tuvo un hijo (al menos) de su primera mujer, Fiedrich Wilhelm, que moriría a los 48 años, en 1941 (¿en acción bélica?). Poco más puedo decir del personaje; si supiera alemán, seguro que estaría en mejores condiciones de rastrear la red, explorando referencias indirectas. Si hacemos caso a Padrón Albornoz el comodoro era un tipo de lo más agradable y probablemente sea verdad; su larga trayectoria marinera significa que cumplía bien su cargo y es fácil apostar a que debió gozar, sobre todo ya mayor, de una gran popularidad en el mundo náutico y su entorno. Como botón de muestra traigo una foto publicada en el diario alemán de La Plata (Deutsche-La Plata Zeitung) dejando constancia de un banquete homenaje que le brindó el club tudesco de esa ciudad argentina. Pues nada, este es el hombre a cuyo recuerdo está dedicada la calle chicharrera en la que vivo.

Acabo (que demasiado llevo ya escrito) anotando que la razón de que mi calle se llame así se debe justamente al periodista Juan Antonio Padrón, quien no sólo publicitó la figura del comodoro en la prensa local sino que, ostentando el cargo de concejal de cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz durante la alcaldía de Ernesto Rumeu de Armas (1972-1975), impulsó el acuerdo municipal pertinente. Poco antes, en mayo del 73, el Ayuntamiento había aprobado un acuerdo por el que bautizó un total de 108 calles de la ciudad (muchos nombres de abnegados servidores del Régimen que daba ya sus últimos coletazos). Parece que Padrón, de tan profunda vocación marinera, echo en falta que no se dedicara ninguna calle al mundo náutico, y de su empeño, además de la mía, fueron nominadas la de la Fragata Danmark (buque-escuela que visitó Tenerife en 1933) y la de La Mutine (cuya tripulación ayudó a vencer a Nelson en su ataque de 1797 a Tenerife); ambas calles, por cierto, bastante cerca de mi domicilio.


When the ship comes in - Bob Dylan (Unravelled Tales (Live at Carnegie Hall), 1963)

miércoles, 10 de agosto de 2011

Solución al acertijo del yin y el yang

Es verano, hay que forzar la ventilación cruzada en casa. Entonces, con el viento que suele hacer por estas latitudes, portazos frecuentes. Y para evitarlos, nuestros dos amiguitos misteriosos.


En fin, veo que no andamos muy sobrados de imaginación; será por la modorra veraniega. Pese a todo me resisto a dar por cerrada la temporada de concursos. Para acabar, ahí va una refrescante canción muy adecuada a estos calores (el primero de los temas de un supergrupo efímero de veteranos rockeros).



Handle with care - Traveling Wilburys (Traveling Wilburys volume 1, 1988)

sábado, 6 de agosto de 2011

Acertijo del Yin y el Yang


No es que no se me ocurran asuntos de los que escribir (que los tengo), sino que ando perezoso, como corresponde a estos aires caniculares. Pero siempre surgen cosas curiosas, como este objeto que son dos y uno, como el Yin y el Yang cuyo símbolo imita. Me lo regalaron el jueves pasado y me encantó, aunque, cuando abrí el paquetito que lo contenía, me quedé alelado sin saber qué cosa era. ¿No lo adivinas? Pues no, contesté, tras un par de respuestas absurdas. Así que me lo dijo ...

Aquí van unas cuantas fotos del objeto doble, creo que suficientes para hacerse una idea. Añadiré que es goma dura y tiene unos 20 centímetros de diámetro. ¿Qué es y para qué sirve? (Ambas preguntas se responden de la misma forma).





Por supuesto, si alguien ya lo conoce que no participe. Tampoco debería valer husmear en la red, aunque me imagino que será de poca ayuda, pero quién sabe. Lo divertido es exprimirse el coco e imaginar para qué puede haberse diseñado el bicho este.


Sweet Lady Mary - Faces (Long Player, 1971)

PS: Por cierto, pese a las pistas que di el viernes pasado (¡hace ya ocho días!), sólo Zafferano siguió con mi adivinanza veraniega y, según me ha hecho saber, la ha resuelto. ¿Qué pasa con Atman y Grillo y algún otro que haya podido leerlo? Venga, última oportunidad, que ya dentro de nada le pediré a Zaffe que publique la solución.

martes, 2 de agosto de 2011

Enamoramiento, beber orina y acertijo

Este fin de semana he leído un libro que compre sin ninguna referencia, "Un encuentro de dos", la primera obra de la alemana Iris Hanika traducida al castellano (editada en Salamandra). Se trata de la crónica de un enamoramiento fulminante entre dos cuarentones –él asesor de sistemas, ella encargada de una galería de arte- ambientada en el bohemio barrio berlinés de Kreuzberg (lo era hacia finales de los 80 cuando estuve allí por primera y única vez y parece que ha vuelto a ponerse de moda). Con un estilo simpático y original (a veces se le nota demasiado la pretensión de originalidad), la novelilla en algo más de 200 páginas de letra grande va narrando los altibajos erráticos y a ratos desmesurados de la evolución sentimental de los dos protagonistas, reflejando con cierta dosis de ironía y hasta de ternura el juego absurdo de malentendidos emocionales que suele presidir los comportamientos de los enamorados, más todavía cuando ya no son niños y acumulan en sus respectivas historias unos cuantos desengaños. Es gracioso así ver ilustrado el tan frecuente comportamiento de montarnos nuestras propias conclusiones sobre el otro, casi siempre erróneas ya que las deducimos a partir de las premisas (prejuicios) que conforman la concepción de cómo son (o deben ser) las cosas, de modo que cuando las expectativas que asumimos sin ningún cuestionamiento no se cumplen, antes que adoptar una mínima actitud crítica, y mucho menos preguntar al otro, nos precipitamos hacia pensamientos negativos de todo tipo (rabia, autocompasión, ira, impaciencia, rechazo, etc). Por supuesto, no hay nada nuevo en el hecho de que el enamoramiento no es precisamente un estado de serenidad ni el más adecuado para esperar comportamientos mínimamente racionales de los afectados (estado de estupidez transitoria, era definición bastante acertada), pero probablemente por eso dos personas enamoradas, o más precisamente, la exhibición minuciosa de lo que ocurre en el cerebro de dos personas enamoradas (que es lo que hace Hanika, alternando entre ambos con un ritmo acertado), es materia fructífera para hacer literatura. Tampoco es que aporte, ya lo he dicho, nada nuevo; si acaso una manera entretenida de describir la radical incomunicación entre los enamorados, probando una vez más, por si hacía falta, que el enamorado no lo está del otro, sino que éste es una excusa (con una base fáctica de lo más aleatoria como, en esta novela, el ligero estrabismo de los ojos verdes del hombre) y que, por supuesto, poco tiene que ver el enamoramiento con el amor (que éste si exige conocimiento del amado) salvo como antesala y eso cuando lo es (de todas formas, sospecho que el tópico, fuertemente imbuido en muchas mentes, de que el enamoramiento es una condición previa del amor deriva de la literatura romántica del XIX, lo cual me recuerda lo que cuentan que aconsejó un padre sabio a la hija que ansiaba casarse con su novio porque estaba muy enamorada: espera a que se te pase). En fin, que no se trata de ninguna obra importante pero sí de fácil y amena lectura, recomendable para vacaciones, por ejemplo.

Pero no pretendía hacer la reseña del librito, sino referirme a que en él leí que uno de los personajes, el dueño de la galería en la que trabaja la protagonista, era un devoto de la orinoterapia (o urinoterapia o uroterapia). El hombre bebía todos los días su propia orina porque estaba convencido, a partir de la lectura del libro de un holandés (de un tal Coen Van der Kroon, quien efectivamente es un urinoterapeuta), de que tenía incontables propiedades beneficiosas para la salud. Algo había oído yo de este asunto hace tiempo y el caso es que me picó la curiosidad. Tras unas horitas por internet me encuentro con que se trata de una práctica que cuenta, como era de esperar, con ardientes defensores y con escépticos detractores. Desde luego, si fueran verdad todas las maravillas que se consiguen bebiéndose el pis (hay también otras formas de aplicación), habría que plantearse vencer el asco (¿instintivo o cultural?) que produce sólo el imaginárselo. En todo caso, lo que sí es cierto es que el uso de la orina con voluntad terapéutica (al margen de su efectividad real) tiene una larguísima tradición en la historia de nuestra especie, y en todas las culturas, incluyendo la europea relativamente reciente. En la actualidad, quienes la defienden son los que se agrupan bajo el epíteto de medicinas alternativas, naturales, homeopáticas, etc. y uno de los argumentos que más repiten acerca del descrédito que esta práctica suscita en la medicina oficial es el archiconocido de que como es un método curativo natural y gratis no interesa a la poderosísima y ávida industria farmacéutica. Parece que las bondades de la orina estriban en que posee propiedades antígenas: al beberla, aportamos a nuestro organismo material que funcionaría como una vacuna personalizada, fortaleciendo el sistema inmunológico y contribuyendo a erradicar las posibles enfermedades o dolencias. En fin, la cosa es que mogollón de personas en el mundo beben su orina (leo que 13 millones en Japón y 7 en Alemania) y la mayoría de ellas, esté o no chalada, cree que le hace bien y algunos se explayan hasta la saciedad ponderando sus virtudes curativas. Naturalmente, que mucha gente crea en algo no es ningún argumento sobre la bondad de ese algo (sí, en cambio, sobre la efectividad, en su caso, del proselitismo), pero sí puede serlo para despertar el interés sobre el asunto, que es mi caso. De momento, me he bajado el único libro que he conseguido en la red, Orinoterapia, de unos japoneses, Ryoichi Nakao y Kayoko Komiyama que, por lo visto, son de las mayores autoridades mundiales en la materia. Ya contaré de lo que me entero.

Por supuesto, para equilibrar, habrá que buscar información del lado contrario, pero eso prefiero hacerlo después de conocer las posiciones a favor (si no conozco los argumentos no podré entender los contra-argumentos). Sin embargo, mientras ayer curioseaba en la red, me vino a la memoria de qué me sonaba eso de la orinoterapia y era de un libro que leí hace años de Martin Gardner, el célebre divulgador científico (sobre todo de matemáticas recreativas) que murió el año pasado. El libro al que me refiero se llama "¿Tenían ombligo Adán y Eva?" acompañado del esclarecedor subtítulo "La falsedad de la seudociencia al descubierto" (2001). Gardner era un combativo escéptico empeñado en combatir todo lo que él consideraba supersticiones, muy en especial las que, a su juicio, más daño hacían (aunque que yo sepa no llegó, como Dawkins, a atacar la creencia en Dios). Obviamente, el libro consiste en un repaso por distintas "doctrinas" más o menos vestidas por sus adeptos con ropajes pseudocientíficos (el creacionismo, la teoría freudiana de los sueños, la cienciología, el canibalismo, los ovnis, la numerología ...) describiendo irónicamente sus postulados, su origen histórico así como las circunstancias de sus apóstoles, pero, en la mayoría de los casos, sin aportar argumentos en contra (salvo algunas referencias a autoridades científicas). Uno se queda con la sensación de que Gardner pensaba que esas teorías pseudocientíficas eran tan obviamente absurdas que cualquiera se daría cuenta, tras leer sus informes, adobados, eso sí, con adjetivos burlones, que no podían ser más que paparruchas. En el capítulo IV, dedicado a "Cuestiones médicas", trata de la reflexología ("para aliviar el dolor de muelas, apretar un dedo del pie") y de la Urinoterapia, en ambos casos descartando ambas prácticas de entrada, antes incluso de describir en qué consisten. Baste para hacerse una idea el primer párrafo de las páginas dedicadas a la reflexología: " El embobamiento de la gente con toda clase de medicinas alternativas no da señales de disminuir. La acupuntura, la homeopatía, la aromaterapia, los remedios de herbolario, la quelación, la iridología, el toque terapéutico, la magnetoterapia, la sanación psíquica y otras cosas parecidas ganan nuevos conversos cada día". En cuanto a la urinoterapia, las primeras líneas dejan también suficientemente clara su opinión: " En éste hablaremos de una terapia igualmente disparatada, que también está embaucando últimamente a personas crédulas cautivadas por las medicinas alternativas". Conste que Gardner me caía muy bien (de hecho, tengo varios libros suyos con los que he pasado muy buenos ratos) pero he de lamentar que en este caso haya renunciado a un discurso argumentativo más elaborado. De lo cual no vaya a pensarse que ahora mismo, en mi actual estado de ignorancia sobre el tema, me sienta inclinado a creer en las virtudes de la orinoterapia (más bien al contrario) y mucho menos me apetezca beberme un vasito.

Y para acabar, y aprovechando que he citado a Gardner, planteo un acertijo suyo que he encontrado en Internet (venía sin solución). No es muy difícil porque he logrado sacarlo en poco tiempo, así que ánimo y a resolverlo. Dice así: Disponiendo de dos ampolletas (relojes de arena), una que dura 4 minutos y otra que dura 7, ¿cómo podemos medir 9 minutos?


Berlin - Julie Felix (Flowers, 1967)