lunes, 26 de diciembre de 2011

Navidades apócrifas (1): el nacimiento de María

Ya pasaron Nochebuena y Navidad, conmemoración cristiana del nacimiento del Redentor, aunque tal hecho, de haber sido, no fue ni en el año 1 ni en diciembre. La cuestión de la fecha ha sido objeto de múltiples conjeturas, aunque últimamente la que parece más aceptada es hacia finales de septiembre del año 2 aC (basándose en Tertuliano, Ireneo y Eusebio, todos ellos cristianos). Hay que tener en cuenta que prácticamente todo lo que sabemos del nacimiento de Jesús (al menos “oficialmente”) proviene de los evangelios (sinópticos) de Mateo y de Lucas (ambos hacia el año 80, aunque la datación del segundo es más discutida). Los cuatro evangelios, de otra parte, son relativamente fiables: en términos generales (aunque hay unas cuantas excepciones) sus narraciones encajan razonablemente en los datos conocidos, lo que parece dotarles de suficiente verosimilitud histórica. Sin embargo, no olvidemos que fueron escritos después de las epístolas paulinas, una vez que el de Tarso dejó bastante bien sentadas las bases de la nueva religión (bueno, no tanto, a la vista de las discusiones y “herejías” que desde el principio hubo). Así que no perdamos de vista que los principales libros del Nuevo Testamento son, ante todo, textos propagandísticos que “venden” la buena nueva. Naturalmente, de ahí no se sigue su falsedad pero, claro está, tampoco que sean verdaderos, salvo que, gracias a la fe, los consideremos inspirados por Dios.

Frente a los sinópticos están los apócrifos (76 según el último conteo), respecto de los cuales hay consenso entre los estudiosos sobre su mucha menor fiabilidad. De entrada, son posteriores, incluso algunos muy posteriores (hasta el siglo X). Los que he tenido ocasión de leer, además, se me antojan ejercicios más o menos imaginativos de ampliar los relatos de los canónicos, llenando los abundantísimos vacíos que éstos presentan. En todo caso, no todos los evangelios apócrifos son iguales ni tampoco, durante los primeros tres siglos y medio de cristianismo, fueron considerados muy distintos a los cuatro que finalmente se descubrió que habían sido inspirados por el Espíritu Santo. Aunque también es verdad que desde el siglo II una importante corriente –anacrónicamente podríamos calificarla de “postura oficial”–desconfiaba de los excesos, muchas veces hiperbólicos, de esos textos, tan aprovechados por los que serían tildados de herejes. La más destacada de esas voces fue la de San Ireneo, apasionado enemigo de los gnósticos (Contra las Herejías, hacia 180), a quien suele considerarse precursor del canon neotestamentario. La canonización oficial se produjo en el Concilio de Hipona de 393, que reafirmó la lista del papa Dámaso I declarando que, fuera de dichos textos, nada se leyera en la Iglesia bajo el nombre de Escrituras divinas. Una pena, a mi juicio, porque habríamos tenido más variedad de lecturas sagradas y éstas habrían sido más interesantes. Me sospecho que tan brutal tijeretazo mucho tendría que ver con el tradicional interés de los mandamases eclesiásticos de no ofrecer demasiado material, de modo que les tocara a ellos establecer las interpretaciones correctas de la doctrina.

Sn embargo, como apunta Gonzalo del Cerro en la interesante web de Antonio Piñero, hay que destacar que los textos apócrifos son la única fuente de numerosas tradiciones y dogmas cristianos. Por ejemplo, el dogma de la Asunción deriva de ellos, sin que tenga ninguna base en los cuatro Evangelios. La propia justificación de la Iglesia romana se encuentra también en los apócrifos que desde el Vaticano, más o menos veladamente, se desprecian. En todo caso, lo que me interesa ahora, es apoyarme en tres de estos evangelios para recrear el nacimiento de Jesús, que es lo que hay que hacer en estas fechas. Porque con lo poco que cuentan, Mateo y Lucas (Marcos y Juan no dicen ni pío) dejan demasiadas lagunas que hay que intentar llenar aunque sea echándole fantasía al asunto. El primero que lo hizo (si no fue el propio Mateo) fue un pseudo-Santiago con el que se conoce como protoevangelio, hacia mediados del segundo siglo. Mucho más se explayan dos “evangelios” bastantes posteriores: el armenio de la infancia (siglo VI) y el del pseudo-Mateo (siglo VII). Basándome en estos textos apócrifos, y aprovechando las fechas navideñas, intentaré reconstruir el nacimiento de Jesús.

Los Evangelios sinópticos no nos dicen nada del origen de María. Según la tradición, sus padres fueron Joaquín y Ana, relevantes figuras del santoral cristiano y patrones (en especial ella) de numerosísimos lugares. Consulto en mi Croiset y encuentro una apasionada biografía que remite a los Santos Padres pero que en realidad tiene su origen en el ya citado protoevangelio de Santiago (del cual deriva la Leyenda Dorada, famosísima hagiografía medieval que ha sido una de las fuentes más fecundas de la iconografía católica). Joaquín era un pastor que vivía en Jerusalén, tan religioso que de todas sus ganancias hacía tres partes: la primera para los pobres, la segunda para el Templo y la tercera para su manutención. Aunque tal práctica pueda parecernos ruinosa, no hay que olvidar que en aquellos tiempos Dios intervenía activamente en la economía (la mano invisible de Adam Smith que en la actualidad debe andar de huelga), y por ello, Joaquín prosperaba más que nadie y llegó a ser el más rico de los ganaderos ovinos de Israel. Cuando cumplió veinte años se casó con una muchacha también de la tribu de Judá o, lo que es lo mismo, de la estirpe de David, y parecía que les esperaba la mayor de las felicidades. Pero los designios del Señor son inescrutables y, por más que lo intentaban, la pareja no conseguía traer descendencia, lo peor que podía ocurrirle a unos buenos judíos pues significaba que no eran grato a los ojos de Yaveh y perdían el derecho a presentar sus ofrendas en el templo. Según el pseudo-Santiago, llevaban ya veinte años de casados (Croiset exagera y dobla este tiempo) cuando, desesperado, Joaquín se retiró al desierto para orar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches (que, ya se sabe, era lo habitual). El pseudo-Mateo alarga el periodo de alejamiento de Joaquín hasta cinco meses, desplazándolo con sus rebaños a unas montañas alejadas. Como fuera, la cosa es que el marido no le dijo nada a la mujer, y la pobre Ana se quedó apesumbrada en su casa, llora que te llora, imaginándose ya viuda sin hijos, ay Señor qué desgracia. Así estuvo varios días, hasta que su criada (probablemente harta de tanta gazmoñería) la instó a que se mudase de ropa y abandonase el duelo, que ya estaba bien de lamentos, que los vecinos ya murmuraban en demasía y, además, que quién te dice a ti que Joaquín haya muerto. En fin, que Ana entonces, de quien Croiset nos asegura que poseía gran fortaleza de ánimo, se pone un vestido más alegre y sale al jardín a pasear, pero en cuanto se ve a salvo de ojos y oídos indiscretos comienza a declamar esas quejas tan del gusto de los israelitas (ay, desventurada de mí, etcétera). Y tachán-tachán, aparece un ángel del Señor, cuyo nombre lamentablemente no nos aportan los autores apócrifos, aunque yo sospecho que se trataba de Gabriel (no sería ascendido a arcángel hasta la Anunciación), que para eso es el principal de los mensajeros divinos, y va y le dice que Dios ha escuchado sus ruegos y hará que conciba un vástago que admirarán todos los pueblos de la tierra hasta el fin de los días. Aterradita se quedó Ana, quien para entonces ya estaba con los desarreglos premenopáusicos, aunque ante tamaña visión se diría que total Yaveh mucho más prodigio había obrado en Sara haciéndola parir a los noventa tacos (puede que esta explicación se la diera el mismo Gabriel, para terminar de convencerla). Acabada su tarea, el ángel voló hasta Joaquín y, transfigurándose en un zagal, le recriminó que estuviera alejado de su esposa. El pastor le contestó que había sido maldito por Dios y denigrado por sus sacerdotes y que ahí pensaba seguir. Entonces el chaval se le reveló como un ángel del Señor y le instó a volver pues su mujer estaba en cinta de él. Por supuesto Joaquín lo creyó y ni se paró un segundo a dudar si el muchacho era de verdad un ángel y, sobre todo, si el hijo de su mujer sería suyo, habida cuenta del tiempo que llevaban sin cohabitar. Muy al contrario; se alborozó inmensamente y mandó seleccionar los mejores ejemplares de sus rebaños para volver con ofrendas de sobra. Tardó treinta días en regresar y cuando se presentó ante la Puerta Dorada de la ciudad ahí estaba Ana (oportunamente avisada por el laborioso ángel). Qué hermosa escena: los cónyuges abrazándose empapados en lágrimas de gozo y todos lo vecinos aplaudiendo el milagro (probablemente la criada se había encargado de difundir la noticia por el barrio). Joaquín, claro está, tuvo que invitarlos a un generoso convite en su casa.

Al día siguiente, pese a la pesadez de cabeza, el futuro abuelo de Cristo madrugó y pidió a sus pastores los diez corderos blancos que había reservado para sacrificarlos a Dios. Una vez en el Templo, tras ser felicitado por los sacerdotes, Joaquín le prometió a Dios que el nasciturus lo entregaría al servicio religioso, pero se guardó de comentárselo a su mujer, no fuera que el disgusto trajera males al embarazo. Mas tres meses después, un día en que la criatura se agitaba más de la cuenta en el vientre materno, Ana, en un arrebato de gratitud, le dijo a su esposo que deseaba que el futuro hijo o hija fuera entregado al Templo. Eso es buena sintonía conyugal, tanta que muy escéptico hay que ser para no ver la inspiración divina. Todavía antes del parto, Ana ya con una ostentosa barriga, volvió Joaquín al Templo (no había revisiones en el ginecólogo) a renovar sus sacrificios (como quien renueva ecografías). Y sucedió que en el momento de sajar la arteria de un inmaculado corderito blanco en vez de sangre manó leche. Silencio pasmado entre todos los asistentes hasta que Eleazar, el sumo sacerdote, le pregunta al pastor en nombre de quién presentaba la ofrenda. Contesta Joaquín que la hacía por su futuro hijo y entonces el religioso da la explicación del prodigio: lo que nacerá del vientre de su madre, será una hembra, una virgen impecable y santa; y esta virgen concebirá sin intervención de hombre, y nacerá de ella un hijo varón, que llegará a ser un gran monarca y rey de Israel. ¡Toma ya! Para que recurrir a Isaías (“he aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo”) cuando se cuenta con una profecía mucho más cercana de la llegada del Mesías (lástima que sea apócrifa). Nada más que reseñar durante los últimos meses de gravidez. En cuanto al momento del nacimiento hay discrepancias entre el protoevangelio y el armenio; para el primero el parto fue a los nueve meses, pero el otro lo reduce a siete e incluso da la fecha (8 de septiembre, no me pregunten según cuál calendario). En realidad, si suponemos que fueron dos los meses que Joaquín estuvo fuera de su casa (tampoco en eso coinciden las fuentes), podemos explicar la divergencia en que cada pseudo-evangelista contaba desde una fecha distinta. Yo me inclino por que fuera sietemesina o, lo que es lo mismo, que la concepción se hubiera producido a la vuelta de Joaquín, probablemente esa misma noche tras la celebración y con la potencia viril a tope por la larga abstinencia. Ello implicaría que el ángel no le habría dicho, pese a la afirmación de los apócrifos, que su mujer estaba embarazada sino que iba a estarlo, lo cual explica a su vez que el hombre no se mosqueara. Pero sietemesina o no, lo cierto es que todos coinciden en que la niña era una monada, extremadamente bella, graciosa y radiante a la vista, sin tacha ni mancilla alguna, que tales fueron las palabras de la partera. Ana decidió llamarla María, que originalmente era Miryam, la hermana de Moisés y de Aarón, pero por aquellos tiempos se decía Mariám, en el arameo corriente. Según Croiset (pues los apócrifos no dicen nada al respecto), era también el nombre de la madre de Ana, pero vaya uno a saber de dónde sacó ese dato el jesuita francés.


God bless the child - Blood, Sweat & Tears (Greatest Hits, 1972)

jueves, 22 de diciembre de 2011

Santos que curan

Poco después del famoso saco de Roma (1527) por el ejército de Carlos V, suceso que tanto conmocionó a la Europa cristiana, Alfonso de Valdés, secretario del emperador, escribió su polémico Diálogo de Lactancio y un Arcediano, seguramente el mejor ejemplo hispano del irónico estilo de su admirado Erasmo. La tesis central de la obra es, dicho pronto y mal, que el duro palo que el César le dio a Clemente VII fue algo permitido por Dios para que, después de tantas advertencias desatendidas, la Iglesia rectificara su vergonzoso comportamiento y afrontara una verdadera reforma del cristianismo. Alfonso, como su hermano gemelo Juan, pertenece a esa gran lista de españoles que, casi siempre sin éxito, se han esforzado por propiciar la tolerancia y la razón, de modo que irremisiblemente no encuentran sitio en ninguna de las dos Españas y, por tanto, son denostados y apaleados por los representantes de ambas. Es lamentable que las vidas y obras de tantos personajes de este tipo sean tan poco relevantes en la enseñanza de nuestra Historia y la mayoría casi hayan caído en el olvido. Por mi parte, procuro indagar, a veces con esfuerzo, sobre sus afanes y así, poco a poco, voy anotándome una lista de nombres que, en mi modesta opinión, merecerían ser reivindicados y puestos como ejemplo de lo bueno que este país podría ser.

En todo caso, este post no tiene por objeto ni siquiera esbozar esa glosa, sino referirme a su divertida crítica (muy inspirada en el Elogio de la Locura de Erasmo) a la devoción supersticiosa de los santos y, en particular, a las presuntas capacidades curanderas de éstos. Dice Valdés por boca de Lactancio: "Mirad cómo habemos repartido entre nuestros santos los oficios que tenían los dioses de los gentiles. ... El cargo de Esculapio habemos repartido entre muchos: Sanct Cosme y Sanct Damián tienen cargo de las enfermedades comunes; Sanct Roque y Sanct Sebastián, de la pestilencia; Sancta Lucía, de los ojos; Sancta Polonia, de los dientes; Sancta Águeda, de las tetas; y por otra parte, Sanct Antonio y Sanct Aloy, de las bestias; Sanct Simón y Judas de los falsos testimonios; Sanct Blas, de los que estornudan". Nuestro autor cita tan sólo a los más recurridos o que le vienen en mente, porque lo cierto es que el catálogo de especialidades médicas del santoral es asombrosamente exhaustivo y no ha cesado de ampliarse desde la Edad Media. Lástima que en estos tiempos nuestros tal conocimiento se esté perdiendo, que digo yo que quizá no sería mala cosa recuperarlo en la ESO para acompañar los tratamientos médicos con las pertinentes oraciones u ofrendas al santo que en cada caso corresponda, respetando, claro está, los pertinentes ritos. De paso, nos serviría para instruirnos en forma amena y edificante leyendo las vidas y obras de estos personajes.

Al hilo de la reciente lectura del Diálogo de Valdés, he buscado y finalmente encontrado unos libracos heredados de mi abuelo materno y a los que, pese a tantos años en mi poder, nunca les había dedicado más que ojeos ocasionales. Se trata de los doce tomos, uno por mes del año (en realidad son trece, que hay otro posterior que es un apéndice) de la obra, en su día muy popular, del jesuita francés Jean Croiset, titulada "Año Christiano, o exercicios devotos para todos los días del año", publicados hacia mitad del XIX en Madrid, traducida por el también jesuita José Francisco de Isla y completada para la versión española por los franciscanos Pedro Centeno y Juan de Rojas. El esquema es sencillo: en cada día del año se señalan los santos cuya festividad se celebra y a continuación siguen unos breves y muy hagiográficos relatos de sus vidas y milagros. Santa Águeda, por ejemplo, que Lactancio poco respetuosamente cita como encargada de curar los males de las tetas, viene glosada el 5 de febrero, que tal es el día que la Iglesia le ha dedicado. Su historieta, rayana en la fantasía, viene bastante más extensa y amenamente narrada que la que resume la wikipedia u otras páginas de internet. Pero como ésta, infinidad de colegas del santoral son glosados por el erudito hagiógrafo en sabrosos textos que, en un rápido repaso, me han abierto el apetito, aunque (he de confesarlo) no tanto la devoción. Más de uno de estos señores o señoritas (pues ellas, en su gran mayoría, son vírgenes y mártires, de lo cual cabe deducir que para evitar este último título lo mejor que podía hacer una mujer era ser desflorada cuanto antes), casi todos diría yo, son merecedores de una actualización de sus biografías a partir del correspondiente texto de Croiset. Amenazo con dedicarme a ello en próximos posts (ya he reconocido mi morbosa atracción por este género literario, hoy tan de capa caída).

El Padre Croiset, por cierto, escribió esta obra a caballo entre los siglos XVII y XVIII, o sea que la traducción española que poseo es bastante posterior a su génesis (desconozco si hubo alguna versión española contemporánea a la original francesa). Este jesuita tiene fama por ser uno de los primeros impulsores de la devoción en Francia del culto al Sagrado Corazón de Jesús. Como hay tantos ateazos entre mis lectores, me veo obligado a aclarar que en 1675 Jesús se le apareció a una monja veinteañera, Margarita María Alacoque, en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial (Borgoña), mostrándole el pecho abierto y el corazón sangrante por la ingratitud de los hombres a quienes había amado tanto. A partir de ahí, gracias sobre todo a unos cuantos jesuitas (entre ellos el autor de mis libros) el culto se fue extendiendo por toda la cristiandad y muy en especial en nuestro católico reino. Así tenía que ser, y el propio Cristo lo certificó apareciéndose unos cuantos años después, en 1733, a un estudiante de los jesuitas para asegurarle que su Sagrado Corazón reinaría en España con más veneración que en otras partes. De hecho, por si alguien no lo sabe, nuestro país está consagrado oficialmente al Sagrado Corazón desde 1919 y en su mero centro, en el Cerro de los Ángeles, se erige el poco afortunado (estéticamente) monumento que lo atestigua. Pero monumentos similares los hay por toda la geografía patria, por ejemplo, en la cima del monte Urgull donostiarra, a cuyos pies se casaron mis padres, moderadamente devotos del sacrocardio y respetuosos (quizá admiradores) de las enseñanzas jesuíticas. Que por algo mi nombre bautismal es el de uno de los más insignes santos de la Compañía.

Vuelvo a Valdés, humanista admirador de Erasmo, sufrido defensor de la renovación de la Iglesia a través de la concordia (y presunto autor del Lazarillo). Fue contemporáneo de Ignacio de Loyola, apenas un año menor, e incluso puede que se conocieran. Pero Valdés murió antes de que la Compañía de Jesús alcanzara el tremendo protagonismo que le tocaría asumir a partir de Trento, murió antes de que los breves años de "apertura" religiosa que vivió España bajo el manto de Carlos V, dieran paso (de nuevo) a la reacción dogmática e inquisitorial. Probablemente, el secretario del César lo intuiría en sus últimos años (murió con sólo 42), pues desde la muerte de Gattinara, el gran canciller del emperador, éste cada vez se mostraba menos dispuesto a amparar a los humanistas pero, en todo caso, no llegó a conocer en toda su crudeza el rígido catolicismo de su hijo, tan distinto en carácter y estilo. Las burlonas críticas a los ritos supersticiosos, fueran las reliquias o las oraciones a los santos para curarse los males pasaron a considerarse pecaminosas, cuando no heréticas, y el libro que me ha motivado este post fue prohibido por la Inquisición. Así que volverían las devociones que tanto huelen a idolatrías paganas y, como ya he dicho, se multiplicarían, en creciente progresión que no ha cesado todavía. Lástima que mi ex-mujer, que sufrió un cáncer de mama, no hubiera rezado a Santa Águeda.


O' Come all ye faithfull - Bob Dylan (Christmas in the Heart, 2009)

Ah, que me olvidaba: Feliz y cristiana Navidad a todos. Aunque odio los villancicos (o quizá por eso) no me resisto a dedicarles este magnífico ejemplo de mi admirado Dylan destrozando uno de los más famosos.

martes, 20 de diciembre de 2011

Urbanismo y bancos (y 2)

Debido a mis flojos conocimientos sobre economía, me resulta bastante difícil entender los farragosos mecanismos del funcionamiento bancario (y financiero, en general). No soy desde luego más ignorante que la inmensa mayoría de los ciudadanos, que aceptamos mansamente los dogmas de la religión economicista como los católicos fieles lo que proclama la Iglesia desde su infalibilidad pontificia. Por ejemplo, durante los últimos meses políticos y periodistas (que dudo mucho que entiendan bien de lo que hablan) nos repiten hasta la saciedad que lo prioritario es reducir el déficit, aunque mucho me temo que la comparación simplona con la economía doméstica (gastamos más que lo que ingresamos) no sea precisamente exacta. Tengo pues la molesta y persistente sospecha de que tan complejo barroquismo terminológico y enmarañamiento excesivo de los mecanismos del sistema financiero no son sino ardides perversos para liarnos y dejarnos como víctimas propiciatorias indefensas ante las ávidas fauces de los tiburones capitalistas, difuminados a su vez en ese eufemismo al que llaman "los mercados". De hecho, el motivo de escribir este post es tratar de aclararme yo mismo mínimamente en relación a uno de estos asuntos, con la excusa de que casualmente me está tocando tratar profesionalmente un caso práctico.

Como dije al final del post anterior, las propiedades inmuebles que se han ido quedando (y seguirán quedándose) los bancos se han dado en llamar "activos tóxicos". Son activos, ciertamente (forman parte de los bienes de la entidad) pero bastante incómodos y ajenos a la actividad bancaria. Piénsese que estos inmuebles "sustituyen" a los créditos hipotecarios que había concedido la entidad (a promotores y compradores); ésos sí eran activos propios de la actividad bancaria, que consiste en prestar dinero para ganar un beneficio con la operación. Pero en vez de perras, que es de lo único que saben los bancos, se encuentran con edificios o suelo por valor (contable) de mucho dinero. Y he aquí, en la desmesurada cantidad de dinero, que radica la razón del apelativo. Porque de pronto tienen una proporción excesiva de activos que (salvo que los vendan y no hay tal posibilidad) no generan ningún beneficio y no sólo eso, sino que además reducen su disponibilidad de capital liquido para prestar o invertir (especular, mejor dicho). Es decir, son tóxicos porque envenenan todo el funcionamiento del banco; así que, como con cualquier otro tóxico, lo que hay que hacer es deshacerse lo antes posible de los mismos. Pero eso, claro está, no es nada fácil, por no decir imposible, al menos en el tan loado mercado.

Todavía puedo admitir que las viviendas (u otros inmuebles edificados) puedan ir encontrando salida poco a poco, desde luego a precio menor del que tengan registrado en su contabilidad. No está de más recordar que los bancos fueron cómplices interesados (no diré que los exclusivos culpables, pero sí los principales) de la sobrevaloración de los inmuebles, con su política de crédito fácil y barato y la seguridad de que la vivienda nunca baja de precio. Pues a joderse toca, que quiere decir que habrán de hacer constar en la columna de gastos las correspondientes pérdidas de valor, lo que reducirá sus escandalosos beneficios. Pero, en el caso de los suelos (que recuerdo que representan con mucho la parte más importante del embolado) veo prácticamente imposible su venta, por la sencilla razón de que pasará mucho tiempo antes de que el mercado demande nuevos crecimientos urbanizadores. Por supuesto, muchas entidades, al no lograr deshacerse de sus propiedades inmobiliarias (del suelo, sobre todo) imagino que tenderán a mantener sus valores ficticios en sus balances, de modo que parezca (falsamente) que se mantienen en superávit. Sin embargo, tal ficción no puede prolongarse demasiado a causa de la asfixia que estos tóxicos provocan en su actividad. Además, aún a regañadientes, el Banco de España tiene que ir apretándoles las tuercas para que afloren esas pérdidas del valor de los activos.

De hecho, nuestro Banco Central ya lo hace, exigiendo que cada entidad reserve un porcentaje en líquido del valor contable de los activos que permanecen por más de un año en su propiedad. Creo que por ahora es un 20% y se está hablando de elevar las provisiones a un 30% (a lo cual se resisten nuestros grandes capitostes financieros) e incluso me han contado que, además, se quiere obligar a que se revisen las valoraciones de cada inmueble para irlas ajustando (poco a poco, se entiende) al valor de mercado. Obviamente, este camino no lo pueden recorrer los bancos hasta el final, porque significaría un progresivo y paralelo aumento de las pérdidas y disminución de la actividad para acabar en la quiebra de la mayoría (si no todas) de las entidades financieras de nuestro país. Imagino que, mientras se impone la "solución" (a la que luego me referiré), la estrategia de los bancos (en cómplice connivencia con las autoridades financieras de este país y de nuestra querida Europa) es sencillamente ir ganando tiempo y renunciar lo menos posible a sus sacrosantos beneficios.

Algo así es lo que pretende hacer el banco que me ha encargado que estudie la situación urbanística del sector de suelo urbanizable al que me refería en el post anterior y cuyo valor contable es de 60 milloncejos de euros. Como no tiene aprobado el preceptivo plan parcial temen, con motivo, que en la próxima vuelta de tuerca del Banco de España se les obligue a asignarle un valor muy inferior (estrictamente debería ser el del suelo rústico), lo que implicaría una pérdida considerable en su cuenta de resultados. Así que quieren que se formule y apruebe el Plan Parcial, no porque tengan ninguna intención de urbanizar (¿para qué habrían de gastar dinero cuando no hay ninguna demanda y de haberla tampoco podrían vender al precio que necesitan para que resulte rentable?), sino porque de esa manera pueden argumentar ante el Banco de España que ese suelo vale lo que dicen que vale. Lo "gracioso" es que, si logran aprobar el plan parcial, lo que les convendría es que el Ayuntamiento desclasificase el sector lo antes posible (que es lo que desde una política urbanística racional habría que hacer en muchísimos municipios españoles: devolver al régimen jurídico del suelo rústico tantos sectores de expansión de las periferias urbanas que hoy en día carecen de todo fundamento), porque en ese caso podrían reclamar a la Administración Pública las pertinentes indemnizaciones por pérdida patrimonial (y probablemente ganarían el recurso en los tribunales). No es tal la intención del municipio en cuestión (no descarto que entre otras razones porque sea consciente del riesgo económico en que incurriría), de modo que lo lógico es que para una siguiente vuelta de tuerca del banco de España, que el sector cuente con plan parcial aprobado no les evitará ser obligados a disminuir radicalmente la valoración del mismo. Por lo menos habrán ganado tiempo y, como de estos casos hay multitud, va a resultar que los bancos, que de urbanismo no entienden mucho, se dedicarán a encargar a arquitectos y abogados planes parciales y otros instrumentos de ordenación y gestión sin ninguna intención de ejecutarlos. Al menos, mientras dure este paripé, unos cuantos colegas conseguirán trabajos, sabiendo perfectamente que lo que hacen no valdrá para nada (bueno sí, para dar tiempo a los bancos).

La "solución", que ya han aplicado en Alemania (y supongo que no será el único sitio), es lo que se ha dado en llamar los "bancos malos". Engañifas aparte, consiste en vender al Estado los inmuebles que el mercado no acepta (ni aceptará) a cambio de deuda pública. Eso sí, se nos está diciendo que el Estado los adquiriría por un valor ajustado al del mercado o, lo que es lo mismo, que los bancos habrán de asumir unas pérdidas en sus cuentas de resultados. Las estimaciones que manejan los "expertos" rondan en torno a una rebaja del 40% de los valores contables lo que, visto de un lado, podemos entenderlo como la cuantía del castigo que se impone a las entidades financieras por haber sido tan imprudentes gestores del crédito (menos es nada, dirán los resignados). Sin embargo, lo cierto es que esa rebaja es a todas luces insuficiente. A ojo de buen cubero, estaría dispuesto a darla por buena en lo que se refiere a las viviendas terminadas, pero el suelo habría que bajarlo por término medio al 10%. O sea que, teniendo en cuenta las proporciones que dicen que hay de estos dos tipos de "activos", los 70.000 M€ totales deberían valorarse en unos 15.000. Pero me temo que nuestros bancos no estarán dispuestos a asumir pérdidas de 55.000 millones de euros y mucho menos de casi 100.000 millones si son acertadas las previsiones de evolución de las futuras ejecuciones hipotecarias que se estiman para los dos próximos años. Y también me temo que el nuevo gobierno tampoco estará dispuesto a hacerles esta trastada a los bancos, tan imprescindibles para el saneamiento de nuestra economía.

Pero es que además resulta bastante estrambótico (por no usar otro calificativo) que el Estado se plantee usar la deuda pública con tales fines. Se supone que la deuda pública tiene por finalidad financiar las inversiones del Estado, o sea que ha de cambiarse por dinero contante con el que pagar los gastos. A lo mejor alguno de los expertos que avala la idea tiene en mente pagar a los contratistas que hacen una carretera o un centro de salud con edificios de viviendas o terrenos urbanizables o quizá (mejor todavía) pedir al banco del que han adquirido esos inmuebles una hipoteca con cargo a los mismos. De locos, oiga. Lo que el Estado tendrá necesariamente que hacer es intentar vender esos inmuebles, algo que si los bancos no han logrado menos conseguirá la Administración. Vuelvo a decir que en lo que se refiere a las viviendas acabadas veo ciertas opciones interesantes. Por ejemplo, ya que tendrán bastantes, que las vendan a precios rebajadísimos a quienes realmente las necesiten, lo cual sería una manera solidaria de compensar (en política social de vivienda) los recortes de gastos que no se cansan de anunciar. Y no aumentaría el déficit (el real, porque sí el contable) de las cuentas públicas, pues éste ya lo habrían creado antes al dar deuda pública a cambio de inmuebles sobrevalorados. Pero en lo que se refiere al suelo la cosa seguirá igualmente jodida, con el agravante de que ahora esa carga nos la repartiremos entre todos los españolitos. Aunque se me ocurren también algunas ideas (que no es el momento de exponer) de lo que podría hacer el Estado si pasara a ser propietario de grandes cantidades de suelo en las periferias urbanas. Pero, bajando al suelo, nada de lo que me viene a la cabeza es mínimamente creíble que sea acometido por el nuevo gobierno (tampoco lo habría hecho el saliente).

Acabo ya. Decía al principio del post anterior que no es ninguna tontería pensar que a los españolitos nos tocará comernos el marrón de los embolados inmobiliarios de nuestros bancos y creo que, con lo escrito, hay indicios más que suficientes en tal sentido. ¿Alguno puede no considerar todo este montaje como escandalosamente inmoral? En mi opinión (claro que soy un perfecto ignorante en economía) lo que habría que hacer con los bancos es ... ¡Nada! O sea, que se vayan al carajo, perdón a la quiebra. Y que el único dinero público que se destine a ellos sea para proteger los capitales de los depositarios, bajo ningún concepto los beneficios de los accionistas. Pero no ocurrirá así.


Hacer dinero - Amparanoia (El Poder de Machín, 1997)

Actualización: Mientras me tomaba un cortado esta mañana en un bar, ojeo en el periódico la crónica del discurso de investidura de ayer. Parece que Rajoy anunció que tomaría medidas para que los bancos actualicen sus balances y afloren su patrimonio inmobiliario devaluado, pero sin concretar cómo. En el debate posterior, respondiendo a una pregunta del portavoz de Izquierda Unida, leo que se declaró "no partidario" de crear un banco malo Puesto a ser suspicaces, resulta significativa la elección del término: no es partidario, que no equivale exactamente a que niegue que al final adopte tal decisión (de hecho, Montoro, que se supone que es el que más sabe de economía en el PP, sí es partidario). En fin, ya veremos qué pasa.

Actualización 2: El nuevo ministro de Economía, Luís de Guindos, es un hombre vinculado al sector financiero que fue, entre 2006 y 2008, nada menos que presidente ejecutivo para España y Portugal de Lehman Brothers. A nuestra modesta escala doméstica, parece repetirse la pauta que ya ha seguido Obama en los USA: quienes dirigían los bancos que propiciaron el embolado actual son los que se ponen al frente de la política económica del Estado. Leo en algún periódico que también es partidario del banco malo. Sigan atentos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Urbanismo y bancos (1)

Como sabemos de sobra, los bancos se han convertido en los mayores propietarios inmobiliarios de este país, tanto de edificios (acabados o en construcción) como de suelo (urbanizado o pendiente de urbanizar), a resultas de la imparable ejecución de las garantías hipotecarias de las inmensas cantidades de crédito concedidas durante los alegres años del boom. Tratar de saber las cifras de estos "activos" es complicado y los datos que se obtienen son cambiantes y, por tanto, poco fiables; las estimaciones más prudentes los tasan en unos 20.000 M€ en edificios (casi todo vivienda) y en torno a 50.000 M€ en suelo; para hacernos una idea, esta cantidad conjunta es superior a la recaudación total por el IRPF de 2010 (unos 67.000 M€) y viene a equivaler al 55% de todos los ingresos del Estado. Una pasada, sí, pero, según calculan los que se dedican a esto, para dentro de dos años (diciembre de 2013) la cifra subirá hasta los 120.000 M€ sólo en suelo y vivienda. Aunque, si lo miramos de otro modo, tampoco es para tanto. Como somos 47 millones de españolitos, si durante los próximos dos años pagamos cada uno la modesta cantidad de cien euros al mes, para diciembre de 2013 habremos logrado entre todos, solidariamente, comprarles a los bancos esos inmuebles y la inmensa cantidad de dinero que recibirán a cambio podrán volver a inyectarla en el mercado financiero, saneándose la economía (sobre todo la de dichas entidades) y superándose esta dura crisis a la que nos ha abocado nuestro desenfreno constructora. No piensen que esta humilde propuesta es del todo absurda, que me temo que, formulada con sutiles enmascaramientos está considerándose más que seriamente.

Ahora bien, el valor de las propiedades inmobiliarias de los bancos no es más que la suma de los valores contables de cada una de ellas y éstos, a su vez, están calculados de muy heterogéneas formas. Lo que está clarísimo es que los inmuebles están sobrevalorados; es decir, que las propiedades inmobiliarias que poseen de los bancos valen menos (mucho menos) de lo que consta en sus libros contables. Por ejemplo (caso real que conozco profesionalmente), un banco que se ha quedado con un sector de suelo urbanizable de 53 hectáreas, que a la fecha no es más que un erial, lo tiene contabilizado como un activo de 60 millones de euros, lo que debería querer decir que a ese precio puede encontrar un comprador (o muchos si lo vende a trozos) que sumando a esa inversión en suelo la de la urbanización y construcción de los edificios, más los razonables beneficios del promotor, le resulte un valor de venta de las viviendas (y otros productos inmobiliarios) acorde con el mercado. En base a unos cálculos simples, para que el valor contable que le asigna el banco a ese suelo estuviera "ajustado a mercado", el precio medio de venta de las viviendas del sector saldría en unos 150.000 € (pisos de 100 m2 de superficie construida), cuando actualmente se sitúa en torno a los 100.000 €. Lo curioso es que al actual precio de mercado, el valor máximo que puede alcanzar el suelo de que dispone el banco rondaría como mucho los cinco millones de euros, sin incluir ningún beneficio para la promoción. O dicho de otra forma, con las condiciones del planeamiento (que tampoco es que sean poco generosas, más bien al contrario), ningún promotor estaría dispuesto a afrontar la inversión de urbanizar y construir en el mismo en las condiciones actuales de mercado ni aunque se lo regalasen; la operación empezaría a ser mínimamente rentable si el precio de mercado de la vivienda se incrementase al menos en un 50%.

Los cálculos anteriores están hechos a partir de costes y precios unitarios, lo que prescinde de una cuestión determinante, cual es que en estos momentos (y me temo que por mucho mucho tiempo) no se vende casi nada. La razón no es sólo que los precios de la vivienda estén todavía altos, sino que hay demasiado stock inmobiliario. El sector que me toca estudiar en estos días tiene una capacidad teórica de 3.685 viviendas y se sitúa como área de expansión de un núcleo del sur de la isla (no turístico) que ha experimentado durante los últimos años un crecimiento desmesurado. En los años sesenta apenas era un caserío de unos 500 habitantes situado en un cruce de carreteras y, a partir de la implantación del aeropuerto del Sur y el desarrollo turístico de esa vertiente insular, empezó a acoger crecientes masas de "población de servicios" llegando a alcanzar los 18.000 residentes en la actualidad, muchos de ellos inmigrantes (una amiga mía, profesora, tenía en su clase hasta veinte nacionalidades distintas). En ese marco de "optimismo" se redacta el Plan General vigente y se califica suelo residencial que permite triplicar la población del núcleo. Naturalmente, eso no va a ocurrir; habrá que darse con un canto en los dientes si la sangría emigratoria que ya se está dando no reduce brutalmente la demografía del pueblo. En esta situación, es absolutamente inverosímil suponer que las viviendas que "caben" en el sector que estoy estudiando pudieran venderse o, lo que es lo mismo, que algún loco se atreva a urbanizarlo, que cuesta una pasta y es el paso previo para empezar a construir (que cuesta más pasta todavía). O sea, que si ya de los cálculos basados en valores unitarios se concluía que el sector tenía un "precio de mercado" de aproximadamente cero euros, ahora hemos de añadir que esa valoración previsiblemente ha de mantenerse ad aeternum, salvo que milagrosamente volvamos a asistir a una fortísima inmigración (mayor aún que la de los últimos tiempos), lo que no se cree nadie.

Hombre, tampoco es que el sector valga cero, que siempre hay que reconocerle el valor de "suelo en situación rural", según la Ley estatal (calculado en función de sus rendimientos agrícolas), que quizá podría alcanzar los dos milloncejos de euros siendo generosos, lo cual hace reflexionar ya que puede que estemos asistiendo a la quiebra del principio que sostiene todo el sistema urbanístico español, que no es otro que el supuesto de que la clasificación de un suelo como urbanizable (los popularmente conocidos pelotazos) implica un incremento de valor con cargo a parte del cual el beneficiario financia la urbanización y cede gratuitamente al Ayuntamiento los terrenos en los que disponer las dotaciones comunitarias (parques, colegios, centros de salud, etc). Va a resultar ahora, por primera vez desde finales de los cincuenta, que el suelo vale más si se destina a las actividades "propias de su naturaleza" (sector primario, vamos). Personalmente no me parece nada mal que estemos ante el principio del fin de la especulación urbanística, basada necesariamente en la incesante urbanización sobre terrenos rústicos. De hecho, la asignatura pendiente del urbanismo español (y europeo supongo) es la intervención sobre las ciudades existentes y no la expansión de sus perímetros. Pero, lamentablemente, carecemos de herramientas normativas y financieras con un mínimo de eficacia para poner en marcha actuaciones significativas en esa dirección. Este es un asunto que me lleva preocupando casi desde mis inicios profesionales y aunque en los ochenta se hablaba de ello, el inmediato triunfo de las ideologías "liberalizadoras" lo relegó casi al olvido. Hemos desperdiciado un cuarto de siglo y así nos va. Confío en que la insostenibilidad del modelo, aunque sea por los ruines argumentos de los tremendos riesgos de quiebra del sistema bancario, se haga evidente de una vez por todas a todos los tiburones que nos han llevado a esta situación.

Sin embargo, cabe esperar que se resistan como gato panza arriba a que se desmonte el chiringuito. Ya se está hablando abundantemente de las "soluciones" para salvar al sistema bancario del problema de los "activos tóxicos". Las soluciones propuestas son, cómo no, el colmo de la desfachatez. Seguiré con ellas en la próxima entrega.


I was in the house when the house burned down - Warren Zevon (Genius, 2002)

viernes, 16 de diciembre de 2011

Vikingos y esquimales

Las grandes migraciones humanas predominantemente han ido hacia el oeste. Para que esta afirmación no sea una completa boutade (que ya lo es mucho, pero me apetece no ser riguroso), prescindo, desde luego, de las previas al neolítico, las que podemos etiquetar como las primeras (aunque duraran más de 130.000 años), ésas mediante las que nuestra especie fue muy poco a poco poblando el planeta desde (probablemente) la actual Tanzania. A fin de cuentas, los grupos movientes de estos lejanos ancestros no podían ser muy numerosos. Si nos vamos a épocas más cercanas, resulta que los bárbaros que sobrepasaron el limes imperial venían del este, los europeos que colonizaron América venían del este, así como los que durante el diecinueve y el veinte fueron a instalarse en los países ya independientes de ese continente. En términos cuantitativos, me parece que son mucho menos relevantes los asentamientos de gentes provenientes del oeste. Alguna explicación habrá, que no será que a los humanos nos atrae seguir el sol para descubrir donde se esconde al final de cada día, ni tampoco tendrá nada que ver con algún instintivo espíritu de contradicción que se plasme en caminar contra la rotación de la tierra, en vano intento de permanecer en el mismo sitio como cuando corremos sobre las cintas móviles de gimnasio.

Nuestro propio continente, o más bien la pequeña parte occidental de Eurasia, también fue poblado y repoblado por migraciones de este a oeste. La revolución neolítica originada en el Creciente Fértil fue extendiéndose por Europa desde el 7000 hasta el 2500 aC; en concreto, fue un miércoles de marzo del 2527 (hecha la adaptación pertinente al calendario gregoriano) cuando en la ribera de un fiordo cercano a la actual Bergen un tatarabuelo de los noruegos se decidió a plantar unas semillas de cebada (¿o fue lechuga?) y así la agricultura llegó al límite más noroccidental del continente. En realidad muy poco se sabe de los sufridos y dispersos habitantes de Noruega antes de que en la Alta Edad Media llegaran los vikingos y se dedicaron a formar sus fragmentados y cambiantes reinos, hasta que Harald el de la hermosa cabellera, a principios del siglo X, unificó el país y animó a sus súbditos a que navegaran todavía más hacia el oeste (más bien escaparan de sus represalias) para instalarse en las Shetlands, las Órcadas, las Hébridas, y algo más tarde las Feroe, Islandia y hasta Groenlandia. O sea, siempre hacia el oeste, aunque bien es verdad que también hacia el sur (Islas Británicas, Francia y hasta nuestra costa cantábrica) e incluso al este (litoral báltico ruso), pero en esas expediciones tocaban sociedades más organizadas a las que aterraban con sus incursiones para luego largarse de vuelta a bordo de sus drakkar.

O sea, que la pauta es que llegan los del este al oeste y se quedan, exterminando o sojuzgando a los que allí vivían antes. Salvo excepciones, claro (o a lo mejor, no se trata de ninguna pauta, sino de una mera chorrada con la que me estoy entreteniendo). Los vikingos, por ejemplo, que hasta alcanzaron Terranova, tan altos, fuertes y rubios, perdieron el partido contra un pueblo que se movía en la dirección contraria, hacia el oriente. El campo de juego fue la inmensa isla de Groenlandia (mil veces mayor que la que habito), en el que cuando el termómetro sube hasta los 5º los oriundos se quejan del calor. Es decir, que demasiado inhóspito hasta para los curtidos noruegos, quienes sin embargo se empeñaron en instalarse y formar una sociedad al estilo europeo de la época (obviamente mucho más precaria) durante cinco siglos para, al final, no mucho antes de que empezara la definitiva y brutal europeización de América, tuvieron que confesarse derrotados y abandonarlo (o morir allí). Y eso que los muy arrogantes se creían los dueños originarios de todos esos hielos y sus escasos pastos, con derecho absoluto sobre los caribús, probablemente porque las primeras generaciones, desde los pioneros que arribaron al mando de Erik el Rojo, un criminal sanguinario, se pensaron que ahí no había nadie. Sí había algunos tipos, la verdad, pero estaban más al norte (también en la costa occidental) y eran pocos y no muy espabilados, así que no molestaban.

Porque Groenlandia se había venido poblando de manera intermitente desde el 2.500 aC, en oleadas provenientes de la isla de Baffin, descendientes de los primeros humanos que pasaron al continente americano por Beringia (o sea la principal y originaria migración en dirección este) y, en vez de dirigirse hacia el sur, como manda el sentido común e hizo la mayoría, siguieron paralelos a los paralelos árticos, atravesando Alaska y los territorios boreales de Canada. Estos individuos cruzaron unas cuantas veces a Groenlandia y se quedaban unos cuantos siglos allí (a fin de que los arqueólogos actuales pudieran bautizar varias culturas), pero a la postre se extinguían (cuando llegaron los noruegos los que allí seguían eran los últimos de los Dorset). Pero hacia el siglo XIII aparecieron unos nuevos americanos, con un desarrollo tecnológico adaptado a las duras condiciones árticas muy superior al de los colonos vikingos. Navegaban en sus kayaks y se movían por tierra en sus trineos con perros con muchísima más rápidez, aprovechaban más inteligentemente y eficazmente sus recursos y probablemente eran demográficamente tantos o más que la escasa media decena de miles granjeros noruegos que se concentraban mayoritariamente en dos asentamientos en los extremos interiores de sendos fiordos. El enfrentamiento entre ambos pueblos duraría algo más de un siglo (el XIV, cuando en nuestras latitudes se empezaba a dar por cerrada la Edad Media) y, como ya he dicho, acabó con la victoria de los americanos sobre los europeos, y la recuperación de la isla para la cultura esquimal.

Aunque, según me he enterado recientemente, debe llamárseles inuit y no esquimales, que este término lo entienden peyorativo. Pues bien, los inuit se quedaron dueños de las tundras de Groenlandia hasta principios del XIX, más o menos. Por entonces los daneses decidieron recolonizar la isla y los últimos doscientos años han vivido repetidos tira y afloja entre los nuevos vikingos y los persistentes esquimales locales, reforzados demográficamente de vez en cuando con aportes migratorios de sus primos canadienses. Ejemplo, la de los inuits, de culturas y modos de vida que se niegan a desaparecer o, al menos, que por mucho que se incorporen a los estándares dominantes de la civilización capitalista globalizada, siguen tercamente reclamando su autonomía identitaria. Y en este caso con mucho más éxito que los indígenas de otras partes del mundo (los sudamericanos, por ejemplo), porque Groenlandia es hoy ya casi un país soberano, que se define como nación inuit y con el groenlandés como única lengua oficial; incluso se salieron de la Comunidad Europea. Eso sí, aunque Groenlandia posee abundantes recursos naturales, su economía se sigue sosteniendo en muy significativa proporción mediante las subvenciones danesas. De todas formas, apenas son cincuenta y pico mil habitantes, lo que les convierte en la entidad política con más baja densidad demográfica del planeta.

¿Qué será en el futuro de Groenlandia? Preveo que acabarán integrándose con sus parientes canadienses quienes, en 1999, consiguieron el reconocimiento de un territorio autónomo (menos autónomo que la provincia canadiense) que se llama Nunavut, o "Nuestra Tierra" en el idioma inuktitut. Resultaría un país de casi cinco millones de kilómetros cuadrados, el séptimos en extensión del mundo y más grande que toda la Unión Europea, aunque, eso sí con 5.000 veces menos población. Y es que vivir más al norte del paralelo 60 no parece muy atrayente. Pero quién sabe si eso cambiará con el calentamiento global. A lo mejor es cuestión de invertir en el mercado inmobiliario groenlandés; mientras me decido, escucho la música de Susan Aglukark, probablemente la más famosa de las cantantes inuit de Canada (aunque la mayoría de sus temas sean en inglés) que no está nada mal.


O Siem - Susan Aglukark (White Sahara, 2011)

martes, 13 de diciembre de 2011

Demostrar racionalmente la existencia de Dios

"Pretender atrapar a Dios en una red de razonamientos no sólo es blasfemo, sino una tontería de rango excelso, teológico, o sea, lo contrario de lógico, pero pretendiendo serlo". Eso dice Lansky, con cierta intencionalidad provocadora y, la verdad, la frase le queda redonda, dotada de ese atractivo rotundo que acompaña a los aforismos bien formulados; como diría un italiano: se non è vero, en ben trovato. Pero, ¿es verdad?

Nos pregunta Lansky (retóricamente) si conocemos las "famosas y tontorronas pruebas sobre la existencia de Dios del Aquinate. Yo sí (y supongo que todos los de mi quinta o algo mayores a los que nos tocó sufrir el bachillerato tardofranquista). De hecho, guardo todavía un trabajo que hice en sexto sobre la Summa Theologiae, para el profesor de filosofía que era un sacerdote del Opus. Un diez me puso el capullo aquél (don Javier se llamaba, y fumaba compulsivamente encendiendo un cigarro con la colilla del anterior), porque diseccioné con quirúrgico detalle cada una de las cinco vías que desarrollaba el doctor Angélico en su artículo 3 de la cuestión 2 ("sobre la existencia de Dios"). Naturalmente, bien me cuidé de que mi análisis adolescente revelará mi asentimiento a dichas "demostraciones", por más que ya entonces me parecieran argumentaciones bastante endebles. Y eso que por aquel entonces sí creía en la existencia de Dios.

Pero la cuestión (de momento) no es si las cinco vías, todas o al menos alguna de ellas (que ya bastaría), son demostraciones racionalmente válidas de la existencia de Dios, sino si la propia existencia de Dios es o no demostrable (por la razón humana, se entiende), asunto al que justamente dedica el de Aquino (que no era de Aquino, por cierto) el artículo anterior, menos famoso que el de las demostraciones en sí. Lo que nos dice el escolástico es que no podemos conocer a Dios sólo por la razón pues ésta es finita y la naturaleza divina infinita. Por eso necesitamos de la fe (y así de paso salva varias objeciones peligrosas que le acechaban en su intento de "conciliar" (a su modo) filosofía y teología). Sin embargo, sí podemos llegar por la razón natural, a partir del conocimiento de los objetos sensibles (creados) a deducir la existencia de Dios, y tal conclusión (racional) es un "preámbulo" a la fe.

Soy consciente de que suena algo sofista (era necesario hilar fino para no ser declarado hereje), pero lo cierto es que con este matizado distingo Santo Tomás se cuidaba mucho de que no se le acusara de querer "atrapar" a Dios en la razón. Por el contrario, desde una actitud radicalmente opuesta a cualquier intención blasfema, declaraba que la razón es insuficiente para conocer a Dios pero, en tanto dada por Dios mismo, es un instrumento válido para alcanzar a concluir sobre su existencia. Hay que señalar que la idea de que es posible conocer la existencia de Dios con la sola luz de la razón natural (sin la Revelación) no es afirmación original del de Aquino, pues proviene de los Padres de la Iglesia (por ejemplo, Tertuliano, Teófilo de Antioquía, San Ireneo, San Juan Crisóstomo y hasta el propio San Agustín). Basten estos antecesores para comprobar que si la "tontería" de Tomás consiste en atribuir a la razón humana la capacidad de conocer la existencia de Dios (que no su naturaleza), hubo otros santos tan tontos como él que podrían disputarle el título que le otorga Lansky.

Claro que no tuvieron tanto éxito en el pensamiento occidental posterior, ni fueron objeto de tantas glosas, de modo que aceptaré que, siempre que consideremos una suma tontería propugnar la posibilidad racional de demostrar mediante la razón la existencia de Dios (al margen de la calidad de las demostraciones específicas), Santo Tomás es el más excelso representante de la misma en el Santoral cristiano. Sin embargo, quizá esta cuestión no sea tan tonta cuando durante los últimos setecientos años ha sido tema central de las discusiones más acaloradas de la filosofía occidental, ha ocupado a numerosos cerebros de primer orden y ha generado distintas "escuelas", cada una con diversas variantes en sutiles grados de matiz. Maimónides, Pascal, Kant, Comte, Feuerbach, Bergson y muchos más han reflexionado sobre el tema, sea para negarla o confirmarla, que poco importa a estos efectos.

Y el asunto dista mucho, a mi juicio, de estar cerrado. De hecho, que es posible conocer la existencia de Dios a través de la razón humana (aunque éste no sea el único medio) es, que yo sepa, dogma de fe para los católicos desde el Concilio Vaticano I. Cierto es que en ese Concilio se proclamaron muchos otros dogmas que a mí al menos me parecen bastante más merecedores de ser calificados como excelsas tonterías, pero en disculpa de Pío Nono hay que decir que bastante jodido andaba el hombre con los progresos del racionalismo (y para colmo por la pérdida de su poder temporal por culpa de esos italianos unitaristas todos carbonarios y masones). Ahora bien, a casi siglo y medio de esos acontecimientos, es de lo más entretenido leer las admoniciones finales de la Filius Dei; por ejemplo: "si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos externos, y que por lo tanto los hombres deben ser movidos a la fe sólo por la experiencia interior de cada uno o por inspiración privada: sea anatema".

La posición actual de la Iglesia poco ha cambiado a este respecto (por más que tienen el buen gusto de evitar referirse a algunos otros dogmas del Vaticano I) y lo cierto es que Pablo VI, Juan Pablo II y el actual Benedicto XVI, se han esforzado, en encíclicas y declaraciones, en sostener la validez de la tontería del Aquinate y procurar conciliarla, a veces de forma que me parece algo patética, con los postulados de la ciencia actual (eso de la reconciliación entre fe y ciencia del vigente sucesor de San Pedro tiene mucha relación con la obra de Santo Tomás, al cual, por cierto, ha glosado en más de una ocasión). Naturalmente, que la Iglesia siga sosteniendo la posibilidad de llegar al convencimiento racional de la existencia de Dios no significa en absoluto que deje de ser una tontería, pero sí reduce mucho, a mi juicio, el mérito del de Aquino para ostentar el título que Lansky le ha otorgado.

Y lo dejo aquí por el momento. Porque lo que quería abordar era si, al margen de los planteamientos religiosos, es de verdad tan tonta la cuestión de la posibilidad de deducir racionalmente la existencia de Dios. Pero eso exige, creo yo, empezar por definir qué entendemos por Dios. Si se trata del Dios del cristianismo, ya me declaro absolutamente escéptico sobre tal posibilidad. Pero si llamamos Dios (como hace Tomás en su segunda vía, la única mínimamente consistente desde la lógica formal) a una Causa primera, quizá las viejas disquisiciones teológicas no sean tan diferentes de las que se plantea la cosmología moderna.


Ocean Grey - Louise Burns (Mellow Drama, 2011)

El sonido de esta canción se me antoja un buen fondo musical para reflexionar sobre la posibilidad de demostrar la existencia de Dios. Se trata de una chiquilla de Vancouver que he descubierto este fin de semana y que no me parece nada mala.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Oumpah-Pah

Durante estos días de acueducto (no para mí) se me han presentado por inconexas vías dos intrigantes curiosidades, no en sí mismas, sino por su coincidencia temporal. Ya he comentado en otros posts cuántas veces, por más que me sigo asombrando, ocurren sucesos de este tipo; probablemente bastantes más de los que, por falta de atención, percibimos. El Dios titiritero que gobierna nuestros destinos es, qué duda cabe, un inveterado e incorregible bromista.

El domingo pasado, paseando entre los puestos del mercadillo (rastro lo llaman los chicharreros) que todas las semanas se monta en la parte baja de esta ciudad, entre un montón de libros cochambrosos y revistas amarillentas esparcidas en un tablón, me saltó a la vista la portada de un comic de tapa acartonada, activando un remotísimo recuerdo infantil de los muchos que debo guardar en rincones inaccesibles de mi cerebro. Aparecían un caballero empelucado con casaca roja y un robusto piel roja amarrados al totem de un aldea de indios norteamericanos. A primera vista se identificaba el dibujo de Uderzo, sin necesidad de leer los nombres de los autores (también Goscinny) y la aclaración entre signos de admiración: "por los creadores de Asterix". En concreto, se trataba del número 2 de la serie Oumpah-Pah, el piel roja, la primera obra del popular tándem publicada originalmente durante los sesenta (primero por planchas en la revista belga Le Journal de Tintin y luego en cinco libros por la Editorial Lombard).

Para quien no conozca estos tebeos, transcribo (estoy vago) la síntesis que hace la Wikipedia: "Las historietas de Umpa-pa transcurren en la américa del Norte del siglo XVIII, cuando la carabela La Arrogante llega a aquéllas lejanas tierras para conquistar territorios por orden del rey. El impetuoso caballero Humberto de la Pasta de Hojaldre, ansioso por explorar las tierras americanas, desembarca en solitario, y Umpa-pa, valeroso guerrero de la tribu de los Valevale, lo captura. Ya en su tribu, otros importantes personajes del clan como el anciano Sóloundiente o el hechicero Comollueve, pretenden comerse al caballero, mientras que si Umpa-pa desea conservarlo, deberá pasar una serie de pruebas. Durante el transcurso de las mismas, Pasta de Hojaldre lo defiende, y esto emociona a Umpa-pa al punto que manifiesta que si sale victorioso, el caballero ya no será su prisionero, sino su hermano y amigo. El protagonista consigue vencer, y Pasta de Hojaldre es adoptado por la tribu bajo el nombre de Peluca Nevada, por la peluca empolvada que usa".

Oumpah-Pah es anterior a Astérix, pero enseguida, mientras siguen dibujando las aventuras del piel roja, Uderzo y Goscinny paren al irreductible galo, que obtiene muchísima más popularidad. Lo cierto es que las historietas de la Norteamérica francesa del XVIII son abandonadas al cabo de cinco títulos (lo cual no impide a ambos autores, juntos o por separado, involucrarse en otros proyectos comiqueros; los de Goscinny son probablemente más conocidos, baste citar a Lucky Luke, el Pequeño Nicolás o el malvado visir Iznogud, que me gustaba muy especialmente). Y sin embargo, son de lo más interesantes y guardan un fortísimo parecido con las de Astérix, tanto que me atrevo a suponer que sirvieron de laboratorio de ensayo para afinar el clima irónico-humorístico de las aventuras del galo.

¿Por qué me llamó la atención este viejo álbum inesperadamente descubierto en un puesto del rastro de Santa Cruz? Pues porque me retrotrajo a mi infancia en la librería eibarresa de mi abuelo materno, en la que pasé bastantes días veraniegos, empapándome de tebeos y libritos de obras literarias en las versiones edulcoradas de Juventud y otras editoriales análogas. Aunque casi no recuerdo nada, sin duda tuve que tener entre mis manos las historietas de este piel roja, y de ahí el chispazo mental del pasado domingo. Ahora bien, como me estoy remontando a la segunda mitad de los sesenta, no pudo ser este ejemplar de Bruguera del año 82; así que, según mis comprobaciones en internet, tuvo que ser en algún número viejo de Pantera Negra (de la cual no guardo la más mínima memoria) o bien la propia revista Tintín en francés, que de esa sí que me acuerdo, pues mi abuelo las conseguía (no sé si legalmente o de extranjis) desde el cercano país vecino. Cuando me ocurren sucesos como el que estoy contando, me desespero ante la inutilidad de mis esfuerzos por lograr que mis recuerdos sean más consistentes: no estaría nada mal, pienso a veces, que pudiéramos conectar nuestra memoria a algún ordenador y recuperarlos mediante algún programita de esos que hacen maravillas con los discos duros averiados.

Pero la cosa no quedó ahí. Dos días después estaba en casa de un amigo en agradable charleta. De fondo sonaba una música que desconocía y me resultó interesante. Era rock en catalán de los noventa, un grupo gerundense que se llamaba (ya se han disuelto) ... ¡Umpah-Pah! Al enterarme del nombre no pude evitar un sobresalto: ¡vaya con las coincidencias! La verdad es que no son nada malos y, escuchándolos, me he puesto a pensar en lo poco que se difunden en España las músicas actuales que no son cantadas en castellano (y no se me diga que es porque no se entienden las letras, que bien que tienen éxito las canciones anglosajonas). Con toda seguridad que en Cataluña se produce rock (y otras músicas) de muy buena calidad, pero intuyo que muy poco se debe difundir fuera de sus límites. Probablemente, los últimos éxitos a escala nacional de los catalanes se remontan a la nova cançó de los estertores franquistas, y los temas populares son muy contaditos. Por poner un ejemplo sobradamente famoso: aparte de Paraules d'amor y alguna más, ¿cuantas de las canciones de la abundantísima discografía en catalán de Serrat son suficientemente conocidas? Sin duda hay motivos mal llamados políticos en tan absurda "ignorancia" de la producción cultural catalana por la España castellano-parlante; qué se le va a hacer. Por cierto, hablando de Serrat, los chicos de Umpah-Pah participaron en un excelente disco homenaje al Nano publicado en 1995 interpretando Temps era temps. Aunque esta versión no termina de convencerme y debería subir alguna canción propia del grupo de las varias que me han gustado, creo que por la letra resulta muy adecuada al tema de este post.


Temps era temps - Umpah-Pah (Serrat, eres único, 1995)

domingo, 4 de diciembre de 2011

Ensayo de prólogo para una Memoria urbanística

En 1585, apenas tres meses de haber sido elegido Papa, Sixto V convoca una reunión de prelados y sabios para organizar el traslado y erección del obelisco egipcio traído por Calígula en el año 37. El encargo de llevar a cabo lo que en la época fue considerada una hazaña técnica recayó en Domenico Fontana, un arquitecto de cuarenta y dos años que muy joven se había desplazado de su Ticino natal a la capital de la Iglesia. Fontana era ya desde hacía algún tiempo el hombre de confianza del entonces cardenal Peretti y probablemente confidente de las ambiciosas obras edilicias que pretendía llevar a cabo si alcanzaba la máxima dignidad jerárquica, como así fue. El transporte y erección en el centro de la Plaza de San Pedro de la inmensa pieza de granito rosa (330 toneladas y 25 metros de altura) se realizó entre el 30 de abril y el 10 de septiembre de 1586, y en ella intervinieron 900 hombres y 140 caballos, amén de numerosos artilugios constructivos especialmente diseñados por Fontana para este propósito, destacando un singular castillo de madera. El arquitecto publicó en 1590 una memoria preciosamente ilustrada en la que describe con bastante detalle y florida prosa la empresa que le tocó en suerte protagonizar y que le daría prestigio profesional en toda Europa. Gracias a esta maravilla que es internet y a la gentileza de la Biblioteca Nacional de Portugal que se ha tomado la molestia de digitalizar y hacer pública una parte importante de sus archivos, he podido con placer e interés leer el texto original. Cuando se editó, a Sixto V, el infatigable constructor de la nueva Roma (y despiadado destructor de la antigua), le quedaban pocos días de vida y así lo debía intuir Fontana, pues al final del libro ruega a Dios que lo conserve muchos años. Los encomios al Papa saturan el texto, y así es desde el principio, pues ya el prólogo "a los lectores" deja claro el tono del resto. Helo a continuación.

La Santidad de nuestro señor Sixto quinto, como óptimo y sapientísimo príncipe, aborreció siempre el culto de los falsos dioses, que se dice idolatría. De ahí que, desde el primer año que por la providencia del sumo Motor fue ascendido al Pontificado, se esforzó en reprimir y hasta borrar la memoria de los ídolos, que tanto fueron exaltados por los paganos con las pirámides, los obeliscos, las columnas, los templos y otros famosos edificios. Por el contrario, quiso todavía más enaltecer los misterios y ministros de la Religión Católica y le complugo dar principio a tan pío deseo y ardiente celo con el obelisco del Vaticano, piedra muy maravillosa vulgarmente dicha chapitel, sustrayéndola del oprobio de los ídolos, a los cuales fue antiguamente dedicada, y cancelando así la gloria mundana de los gentiles que habían consagrado los obeliscos y las pirámides y otros memorables trofeos a las supersticiones de sus dioses, purgando ese chapitel y consagrándolo como el más singular y señalado sostén de la Santísima Cruz, de modo que jamás en tiempo alguno hubiese habido otro apoyo igual. Lo hizo además para honrar máximamente el signo de la salud nuestra, el mismo que fue tan aborrecido por aquellos gentiles, como nota de infamia e instrumento de vituperable castigo, el que para mayor confirmación, por la muerte del Salvador, ha devenido triunfal y victoriosa enseña de reyes y emperadores. Mas no solamente nuestro señor la ha exaltado sobre ese chapitel, sino que, aún para mayor gloria y esplendor de este sacro estandarte de los cristianos, ha ordenado disponerlo sobre todas sus notables fábricas, y así otros chapiteles se han alzado en Santa Maria Maggiore, en San Giovanni Laterano, en Santa María del Popolo, sobre la Capilla del Presepio, en la Puerta Quirinale, sobre la fuente Felice, sobre la residencia de su Santidad en Monte Cavallo, sobre el Campidoglio y más sitios, así como en las demás obras que continuamente se seguirán erigiendo. Tan altos y valiosos honores hechos a la santísima Cruz, aparte de otros adornos, que estos obeliscos llevan a las iglesias y lugares en los que se disponen, haciéndolos más famosos, permanecerán en la edad futura como luminoso y eterno testimonio de la piedad y devoción que este nuestro santísimo padre y pastor tiene muy en particular a la santísima Cruz.

De este modo, habiéndome sido encargado por Su Santidad la transportación de este Obelisco, que antes estaba en lugar poco frecuentado, para situarlo en el medio de la Plaza de San Pedro, me he propuesto el ánimo de pasar a escritura cuanto ha acontecido en relación a esta empresa. Sólo pretendo (en cuanto a mis débiles fuerzas concierne) dejar noticia de esta obra, para que resulte en beneficio de quienes precisaren mover piedras tan pesadas y con tanto peligro de fragmentarse. Lo que más me ha impelido es que, hasta el presente, no se encuentra nadie, que yo sepa, que haya escrito ni siquiera para dar mínima luz bastante sobre cómo llevar a cabo tan desagradable empresa abandonada desde hace mil cuatrocientas años. Recogeré pues todo el arte puesta en la transportación y erección de este chapitel, representando con dibujos a los ojos de los lectores, para su mayor claridad y comprensión, todas las acciones importantes seguidas a tales efectos, de modo que (si no me engaño) mirando sin fatiga tal práctica, ya nunca más sepultada en las tinieblas, se podrán valer de la misma, esforzadamente lograda muchas veces y así será en el futuro, para la gloria de Dios y el honor del Papa Sixto V. Me referiré al modo mediante el cual medí y pesé los obeliscos adecuadamente, a fin de no errar en los aparejos ni en las maderas ni en los hierros ni en otros instrumentos necesarios, los que sobraron y los que faltaron. Además trataré de la fábrica del castillo hecho para alzar el chapitel, y de todas sus partes, y de las armaduras, trallas, cuerdas, cabestrantes, así como de sus disposiciones, pesos, cuñas y otras cosas que sirvieron a la empresa, junto con la cubierta hecha en torno a la piedra para defenderla de todo daño que pudiera acaecerle. Describiré la procesión hecha por orden de nuestro Señor para purgar el propio chapitel y para consagrar la Cruz que fue puesta sobre el mismo lugar donde estaba aquella esfera dorada, dentro de la cual se decía que estaban las cenizas de César, si bien yo creo cosa muy distinta por los motivos que aduciré en el sitio oportuno. Y gracias a todo lo que he podido conjeturar, señalaré las maneras que juzgo que debieron usar los antiguos para manipular y mover piedras similares, las cuales, compararlas con las nuestras no será mala cosa para discernir cuáles sean más seguras y razonables. Pues se juzga algo extraordinario y digno de la mayor admiración que nuestro Señor en el breve espacio de cuatro años, desde su asunción al Pontificado, haya finalizado tantas obras famosas y edificios maravillosos y tantos otros estén comenzados, que llegan al número de treinta y cinco los principales .... (aquí se relacionan tales obras) ...

De tal guisa que, por tantas fábricas que se erigen gracias al paterno cuidado y a la singular providencia con la cual este Sumo Pontífice mantiene la ciudad de Roma y todo el Estado eclesiástico abundante de provisiones, libre de asesinos y perturbadores de la quietud pública, podemos con razón afirmar que, si Sixto el cuarto es recordado en santa memoria con el nombre de Rómulo por haber mejorado y acrecentado esta ciudad, así nuestro Señor Sixto Quinto, con tantas empresas de arquitectura, con tanta paz y tranquilidad en el Estado de la Iglesia, con haber reunido tantos tesoros públicos, y con la justicia con que gobierna, merece no sólo el título de Augusto sino, por unánime consenso, ser llamado Padre de la Patria.

Como la vanidad sigue siendo casi medio siglo después una de las más arraigadas notas de nuestra naturaleza, creo que deberíamos recuperar, con mínimas actualizaciones, tan descarada adulación en nuestros escritos. Ocupado como estoy en los trabajos de un Plan General de urbanismo, he pensado prologar la Memoria descriptiva de la propuesta de ordenación con algún texto claramente derivado (o plagiado) del anterior, cuyo primer ensayo presento a la consideración de mis lectores.

Desde siempre nuestro alcalde, preclaro y prudente gobernante, aborreció el culto desenfrenado a las falsas y ciegas fuerzas del mercado. De ahí que, incluso desde antes de ser ascendido al más alto sitial del Ayuntamiento, se esforzó en reprimir las desvergonzadas acciones de los especuladores inmobiliarios, manifiestas en tantos edificios de groseras facturas y caóticas disposiciones. Quiso, por el contrario, enaltecer esta ciudad y todo su término, recuperando bajo su sabia guía los rectos procederes del urbanismo sostenible y la arquitectura bien integrada en el entorno. Por ello mucho le complació iniciar tan loable labor revisando el vigente Plan General, en el ánimo de purgarlo de tantos graves defectos y, de tal modo, sustraerlo del oprobio de los especuladores para consagrarlo a los altos intereses del bien público, en grado tal como nunca antes hubiera sido alcanzado. Lo hizo también para confirmar desde el primer día de su mandato que eran acabados los tiempos de improvisaciones y discrecionalidades, convirtiendo el Plan en enseña triunfal de la razón y la solidaridad frente a las viejas prácticas corruptas. Pero no sólo quiso nuestro excelso regidor exaltar el planeamiento en este documento singular, sino que, para mayor gloria y esplendor de la ciudad toda, acomodó a sus principios maestros cada una de las muchas acciones que durante estos años ha acometido en el tejido urbano y territorial del municipio y, no nos quepa ninguna duda, así seguirá haciéndolo durante el tiempo que se alargue su mandato. Tan altos y valiosos honores hechos al planeamiento, además de las subsecuentes actuaciones, hacen más famosa la ciudad e iluminarán el futuro como eternos testimonios de la esclarecida y prudente visión de nuestro rector y, muy en particular, de la alta devoción que guarda al urbanismo.

Habiéndome encargado tan ilustre munícipe la dirección del proceso de componer el nuevo Plan, me he propuesto dejar escrito cuanto ha acontecido en relación a esta empresa. Si con mis débiles fuerzas pretendo dar noticia de esta obra, es sólo para beneficio de quienes hayan de acometer labores análogas, tan arduas y con tanto peligro de no alcanzar feliz culminación. Mucho me ha impelido a redactar los textos que siguen no haber encontrado nadie que, hasta ahora, haya dado luz bastante sobre estas incómodas tareas. Recogeré pues en esta Memoria todo el arte con que se ha elaborado el Plan, acompañando los textos con dibujos que permitirán a los ojos de los lectores comprender con mayor claridad y menores fatigas los esfuerzos realizados. Me referiré a los modos mediante los que se establecieron las distintas clases de suelo del territorio municipal, cómo se definieron los trazados de las vías que han de estructurarlo, con qué criterios se han regulado las condiciones que operarán sobre las distintas obras de urbanización y edificación, así como a las técnicas por las que se fueron asignando pormenorizadamente los varios regímenes de admisibilidad de usos. Describiré también los procesos de participación pública fomentados por orden de nuestro alcalde, a fin de lograr que las principales decisiones del Plan expresaran la voluntad democrática de los residentes. Y, tras la lectura de estas notas, júzguese cuán extraordinario y digno de la mayor admiración es que, en el breve espacio de cuatro años, se haya logrado presentar un documento de tan gruesa enjundia a la consideración de todos los ciudadanos, el cual será fundamento sólido sobre el que mejorar y acrecentar la belleza y calidad de vida del municipio. Una obra como ésta no habría podido ser realizada sino bajo la inteligente férula de un excepcional gobernante. Por ello, si bien ha habido alcaldes destacados en la larga historia de esta ciudad, ha de reconocerse que es el actual quien, no sólo por el Plan que estas frases prologan, sino por tantos otros notables y acertados haceres, merece ser calificado, como ya proclama el unánime consenso público, Padre del municipio.

¿Qué tal?


Il Capolavoro - Roberto Vecchioni (Calabuig Stranamore e altri Incidenti, 1978)