Navidades apócrifas (1): el nacimiento de María
Ya pasaron Nochebuena y Navidad, conmemoración cristiana del nacimiento del Redentor, aunque tal hecho, de haber sido, no fue ni en el año 1 ni en diciembre. La cuestión de la fecha ha sido objeto de múltiples conjeturas, aunque últimamente la que parece más aceptada es hacia finales de septiembre del año 2 aC (basándose en Tertuliano, Ireneo y Eusebio, todos ellos cristianos). Hay que tener en cuenta que prácticamente todo lo que sabemos del nacimiento de Jesús (al menos “oficialmente”) proviene de los evangelios (sinópticos) de Mateo y de Lucas (ambos hacia el año 80, aunque la datación del segundo es más discutida). Los cuatro evangelios, de otra parte, son relativamente fiables: en términos generales (aunque hay unas cuantas excepciones) sus narraciones encajan razonablemente en los datos conocidos, lo que parece dotarles de suficiente verosimilitud histórica. Sin embargo, no olvidemos que fueron escritos después de las epístolas paulinas, una vez que el de Tarso dejó bastante bien sentadas las bases de la nueva religión (bueno, no tanto, a la vista de las discusiones y “herejías” que desde el principio hubo). Así que no perdamos de vista que los principales libros del Nuevo Testamento son, ante todo, textos propagandísticos que “venden” la buena nueva. Naturalmente, de ahí no se sigue su falsedad pero, claro está, tampoco que sean verdaderos, salvo que, gracias a la fe, los consideremos inspirados por Dios.
Frente a los sinópticos están los apócrifos (76 según el último conteo), respecto de los cuales hay consenso entre los estudiosos sobre su mucha menor fiabilidad. De entrada, son posteriores, incluso algunos muy posteriores (hasta el siglo X). Los que he tenido ocasión de leer, además, se me antojan ejercicios más o menos imaginativos de ampliar los relatos de los canónicos, llenando los abundantísimos vacíos que éstos presentan. En todo caso, no todos los evangelios apócrifos son iguales ni tampoco, durante los primeros tres siglos y medio de cristianismo, fueron considerados muy distintos a los cuatro que finalmente se descubrió que habían sido inspirados por el Espíritu Santo. Aunque también es verdad que desde el siglo II una importante corriente –anacrónicamente podríamos calificarla de “postura oficial”–desconfiaba de los excesos, muchas veces hiperbólicos, de esos textos, tan aprovechados por los que serían tildados de herejes. La más destacada de esas voces fue la de San Ireneo, apasionado enemigo de los gnósticos (Contra las Herejías, hacia 180), a quien suele considerarse precursor del canon neotestamentario. La canonización oficial se produjo en el Concilio de Hipona de 393, que reafirmó la lista del papa Dámaso I declarando que, fuera de dichos textos, nada se leyera en la Iglesia bajo el nombre de Escrituras divinas. Una pena, a mi juicio, porque habríamos tenido más variedad de lecturas sagradas y éstas habrían sido más interesantes. Me sospecho que tan brutal tijeretazo mucho tendría que ver con el tradicional interés de los mandamases eclesiásticos de no ofrecer demasiado material, de modo que les tocara a ellos establecer las interpretaciones correctas de la doctrina.
Sn embargo, como apunta Gonzalo del Cerro en la interesante web de Antonio Piñero, hay que destacar que los textos apócrifos son la única fuente de numerosas tradiciones y dogmas cristianos. Por ejemplo, el dogma de la Asunción deriva de ellos, sin que tenga ninguna base en los cuatro Evangelios. La propia justificación de la Iglesia romana se encuentra también en los apócrifos que desde el Vaticano, más o menos veladamente, se desprecian. En todo caso, lo que me interesa ahora, es apoyarme en tres de estos evangelios para recrear el nacimiento de Jesús, que es lo que hay que hacer en estas fechas. Porque con lo poco que cuentan, Mateo y Lucas (Marcos y Juan no dicen ni pío) dejan demasiadas lagunas que hay que intentar llenar aunque sea echándole fantasía al asunto. El primero que lo hizo (si no fue el propio Mateo) fue un pseudo-Santiago con el que se conoce como protoevangelio, hacia mediados del segundo siglo. Mucho más se explayan dos “evangelios” bastantes posteriores: el armenio de la infancia (siglo VI) y el del pseudo-Mateo (siglo VII). Basándome en estos textos apócrifos, y aprovechando las fechas navideñas, intentaré reconstruir el nacimiento de Jesús.
Los Evangelios sinópticos no nos dicen nada del origen de María. Según la tradición, sus padres fueron Joaquín y Ana, relevantes figuras del santoral cristiano y patrones (en especial ella) de numerosísimos lugares. Consulto en mi Croiset y encuentro una apasionada biografía que remite a los Santos Padres pero que en realidad tiene su origen en el ya citado protoevangelio de Santiago (del cual deriva la Leyenda Dorada, famosísima hagiografía medieval que ha sido una de las fuentes más fecundas de la iconografía católica). Joaquín era un pastor que vivía en Jerusalén, tan religioso que de todas sus ganancias hacía tres partes: la primera para los pobres, la segunda para el Templo y la tercera para su manutención. Aunque tal práctica pueda parecernos ruinosa, no hay que olvidar que en aquellos tiempos Dios intervenía activamente en la economía (la mano invisible de Adam Smith que en la actualidad debe andar de huelga), y por ello, Joaquín prosperaba más que nadie y llegó a ser el más rico de los ganaderos ovinos de Israel. Cuando cumplió veinte años se casó con una muchacha también de la tribu de Judá o, lo que es lo mismo, de la estirpe de David, y parecía que les esperaba la mayor de las felicidades. Pero los designios del Señor son inescrutables y, por más que lo intentaban, la pareja no conseguía traer descendencia, lo peor que podía ocurrirle a unos buenos judíos pues significaba que no eran grato a los ojos de Yaveh y perdían el derecho a presentar sus ofrendas en el templo. Según el pseudo-Santiago, llevaban ya veinte años de casados (Croiset exagera y dobla este tiempo) cuando, desesperado, Joaquín se retiró al desierto para orar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches (que, ya se sabe, era lo habitual). El pseudo-Mateo alarga el periodo de alejamiento de Joaquín hasta cinco meses, desplazándolo con sus rebaños a unas montañas alejadas. Como fuera, la cosa es que el marido no le dijo nada a la mujer, y la pobre Ana se quedó apesumbrada en su casa, llora que te llora, imaginándose ya viuda sin hijos, ay Señor qué desgracia. Así estuvo varios días, hasta que su criada (probablemente harta de tanta gazmoñería) la instó a que se mudase de ropa y abandonase el duelo, que ya estaba bien de lamentos, que los vecinos ya murmuraban en demasía y, además, que quién te dice a ti que Joaquín haya muerto. En fin, que Ana entonces, de quien Croiset nos asegura que poseía gran fortaleza de ánimo, se pone un vestido más alegre y sale al jardín a pasear, pero en cuanto se ve a salvo de ojos y oídos indiscretos comienza a declamar esas quejas tan del gusto de los israelitas (ay, desventurada de mí, etcétera). Y tachán-tachán, aparece un ángel del Señor, cuyo nombre lamentablemente no nos aportan los autores apócrifos, aunque yo sospecho que se trataba de Gabriel (no sería ascendido a arcángel hasta la Anunciación), que para eso es el principal de los mensajeros divinos, y va y le dice que Dios ha escuchado sus ruegos y hará que conciba un vástago que admirarán todos los pueblos de la tierra hasta el fin de los días. Aterradita se quedó Ana, quien para entonces ya estaba con los desarreglos premenopáusicos, aunque ante tamaña visión se diría que total Yaveh mucho más prodigio había obrado en Sara haciéndola parir a los noventa tacos (puede que esta explicación se la diera el mismo Gabriel, para terminar de convencerla). Acabada su tarea, el ángel voló hasta Joaquín y, transfigurándose en un zagal, le recriminó que estuviera alejado de su esposa. El pastor le contestó que había sido maldito por Dios y denigrado por sus sacerdotes y que ahí pensaba seguir. Entonces el chaval se le reveló como un ángel del Señor y le instó a volver pues su mujer estaba en cinta de él. Por supuesto Joaquín lo creyó y ni se paró un segundo a dudar si el muchacho era de verdad un ángel y, sobre todo, si el hijo de su mujer sería suyo, habida cuenta del tiempo que llevaban sin cohabitar. Muy al contrario; se alborozó inmensamente y mandó seleccionar los mejores ejemplares de sus rebaños para volver con ofrendas de sobra. Tardó treinta días en regresar y cuando se presentó ante la Puerta Dorada de la ciudad ahí estaba Ana (oportunamente avisada por el laborioso ángel). Qué hermosa escena: los cónyuges abrazándose empapados en lágrimas de gozo y todos lo vecinos aplaudiendo el milagro (probablemente la criada se había encargado de difundir la noticia por el barrio). Joaquín, claro está, tuvo que invitarlos a un generoso convite en su casa.
Al día siguiente, pese a la pesadez de cabeza, el futuro abuelo de Cristo madrugó y pidió a sus pastores los diez corderos blancos que había reservado para sacrificarlos a Dios. Una vez en el Templo, tras ser felicitado por los sacerdotes, Joaquín le prometió a Dios que el nasciturus lo entregaría al servicio religioso, pero se guardó de comentárselo a su mujer, no fuera que el disgusto trajera males al embarazo. Mas tres meses después, un día en que la criatura se agitaba más de la cuenta en el vientre materno, Ana, en un arrebato de gratitud, le dijo a su esposo que deseaba que el futuro hijo o hija fuera entregado al Templo. Eso es buena sintonía conyugal, tanta que muy escéptico hay que ser para no ver la inspiración divina. Todavía antes del parto, Ana ya con una ostentosa barriga, volvió Joaquín al Templo (no había revisiones en el ginecólogo) a renovar sus sacrificios (como quien renueva ecografías). Y sucedió que en el momento de sajar la arteria de un inmaculado corderito blanco en vez de sangre manó leche. Silencio pasmado entre todos los asistentes hasta que Eleazar, el sumo sacerdote, le pregunta al pastor en nombre de quién presentaba la ofrenda. Contesta Joaquín que la hacía por su futuro hijo y entonces el religioso da la explicación del prodigio: lo que nacerá del vientre de su madre, será una hembra, una virgen impecable y santa; y esta virgen concebirá sin intervención de hombre, y nacerá de ella un hijo varón, que llegará a ser un gran monarca y rey de Israel. ¡Toma ya! Para que recurrir a Isaías (“he aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo”) cuando se cuenta con una profecía mucho más cercana de la llegada del Mesías (lástima que sea apócrifa). Nada más que reseñar durante los últimos meses de gravidez. En cuanto al momento del nacimiento hay discrepancias entre el protoevangelio y el armenio; para el primero el parto fue a los nueve meses, pero el otro lo reduce a siete e incluso da la fecha (8 de septiembre, no me pregunten según cuál calendario). En realidad, si suponemos que fueron dos los meses que Joaquín estuvo fuera de su casa (tampoco en eso coinciden las fuentes), podemos explicar la divergencia en que cada pseudo-evangelista contaba desde una fecha distinta. Yo me inclino por que fuera sietemesina o, lo que es lo mismo, que la concepción se hubiera producido a la vuelta de Joaquín, probablemente esa misma noche tras la celebración y con la potencia viril a tope por la larga abstinencia. Ello implicaría que el ángel no le habría dicho, pese a la afirmación de los apócrifos, que su mujer estaba embarazada sino que iba a estarlo, lo cual explica a su vez que el hombre no se mosqueara. Pero sietemesina o no, lo cierto es que todos coinciden en que la niña era una monada, extremadamente bella, graciosa y radiante a la vista, sin tacha ni mancilla alguna, que tales fueron las palabras de la partera. Ana decidió llamarla María, que originalmente era Miryam, la hermana de Moisés y de Aarón, pero por aquellos tiempos se decía Mariám, en el arameo corriente. Según Croiset (pues los apócrifos no dicen nada al respecto), era también el nombre de la madre de Ana, pero vaya uno a saber de dónde sacó ese dato el jesuita francés.
Frente a los sinópticos están los apócrifos (76 según el último conteo), respecto de los cuales hay consenso entre los estudiosos sobre su mucha menor fiabilidad. De entrada, son posteriores, incluso algunos muy posteriores (hasta el siglo X). Los que he tenido ocasión de leer, además, se me antojan ejercicios más o menos imaginativos de ampliar los relatos de los canónicos, llenando los abundantísimos vacíos que éstos presentan. En todo caso, no todos los evangelios apócrifos son iguales ni tampoco, durante los primeros tres siglos y medio de cristianismo, fueron considerados muy distintos a los cuatro que finalmente se descubrió que habían sido inspirados por el Espíritu Santo. Aunque también es verdad que desde el siglo II una importante corriente –anacrónicamente podríamos calificarla de “postura oficial”–desconfiaba de los excesos, muchas veces hiperbólicos, de esos textos, tan aprovechados por los que serían tildados de herejes. La más destacada de esas voces fue la de San Ireneo, apasionado enemigo de los gnósticos (Contra las Herejías, hacia 180), a quien suele considerarse precursor del canon neotestamentario. La canonización oficial se produjo en el Concilio de Hipona de 393, que reafirmó la lista del papa Dámaso I declarando que, fuera de dichos textos, nada se leyera en la Iglesia bajo el nombre de Escrituras divinas. Una pena, a mi juicio, porque habríamos tenido más variedad de lecturas sagradas y éstas habrían sido más interesantes. Me sospecho que tan brutal tijeretazo mucho tendría que ver con el tradicional interés de los mandamases eclesiásticos de no ofrecer demasiado material, de modo que les tocara a ellos establecer las interpretaciones correctas de la doctrina.Sn embargo, como apunta Gonzalo del Cerro en la interesante web de Antonio Piñero, hay que destacar que los textos apócrifos son la única fuente de numerosas tradiciones y dogmas cristianos. Por ejemplo, el dogma de la Asunción deriva de ellos, sin que tenga ninguna base en los cuatro Evangelios. La propia justificación de la Iglesia romana se encuentra también en los apócrifos que desde el Vaticano, más o menos veladamente, se desprecian. En todo caso, lo que me interesa ahora, es apoyarme en tres de estos evangelios para recrear el nacimiento de Jesús, que es lo que hay que hacer en estas fechas. Porque con lo poco que cuentan, Mateo y Lucas (Marcos y Juan no dicen ni pío) dejan demasiadas lagunas que hay que intentar llenar aunque sea echándole fantasía al asunto. El primero que lo hizo (si no fue el propio Mateo) fue un pseudo-Santiago con el que se conoce como protoevangelio, hacia mediados del segundo siglo. Mucho más se explayan dos “evangelios” bastantes posteriores: el armenio de la infancia (siglo VI) y el del pseudo-Mateo (siglo VII). Basándome en estos textos apócrifos, y aprovechando las fechas navideñas, intentaré reconstruir el nacimiento de Jesús.
Los Evangelios sinópticos no nos dicen nada del origen de María. Según la tradición, sus padres fueron Joaquín y Ana, relevantes figuras del santoral cristiano y patrones (en especial ella) de numerosísimos lugares. Consulto en mi Croiset y encuentro una apasionada biografía que remite a los Santos Padres pero que en realidad tiene su origen en el ya citado protoevangelio de Santiago (del cual deriva la Leyenda Dorada, famosísima hagiografía medieval que ha sido una de las fuentes más fecundas de la iconografía católica). Joaquín era un pastor que vivía en Jerusalén, tan religioso que de todas sus ganancias hacía tres partes: la primera para los pobres, la segunda para el Templo y la tercera para su manutención. Aunque tal práctica pueda parecernos ruinosa, no hay que olvidar que en aquellos tiempos Dios intervenía activamente en la economía (la mano invisible de Adam Smith que en la actualidad debe andar de huelga), y por ello, Joaquín prosperaba más que nadie y llegó a ser el más rico de los ganaderos ovinos de Israel. Cuando cumplió veinte años se casó con una muchacha también de la tribu de Judá o, lo que es lo mismo, de la estirpe de David, y parecía que les esperaba la mayor de las felicidades. Pero los designios del Señor son inescrutables y, por más que lo intentaban, la pareja no conseguía traer descendencia, lo peor que podía ocurrirle a unos buenos judíos pues significaba que no eran grato a los ojos de Yaveh y perdían el derecho a presentar sus ofrendas en el templo. Según el pseudo-Santiago, llevaban ya veinte años de casados (Croiset exagera y dobla este tiempo) cuando, desesperado, Joaquín se retiró al desierto para orar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches (que, ya se sabe, era lo habitual). El pseudo-Mateo alarga el periodo de alejamiento de Joaquín hasta cinco meses, desplazándolo con sus rebaños a unas montañas alejadas. Como fuera, la cosa es que el marido no le dijo nada a la mujer, y la pobre Ana se quedó apesumbrada en su casa, llora que te llora, imaginándose ya viuda sin hijos, ay Señor qué desgracia. Así estuvo varios días, hasta que su criada (probablemente harta de tanta gazmoñería) la instó a que se mudase de ropa y abandonase el duelo, que ya estaba bien de lamentos, que los vecinos ya murmuraban en demasía y, además, que quién te dice a ti que Joaquín haya muerto. En fin, que Ana entonces, de quien Croiset nos asegura que poseía gran fortaleza de ánimo, se pone un vestido más alegre y sale al jardín a pasear, pero en cuanto se ve a salvo de ojos y oídos indiscretos comienza a declamar esas quejas tan del gusto de los israelitas (ay, desventurada de mí, etcétera). Y tachán-tachán, aparece un ángel del Señor, cuyo nombre lamentablemente no nos aportan los autores apócrifos, aunque yo sospecho que se trataba de Gabriel (no sería ascendido a arcángel hasta la Anunciación), que para eso es el principal de los mensajeros divinos, y va y le dice que Dios ha escuchado sus ruegos y hará que conciba un vástago que admirarán todos los pueblos de la tierra hasta el fin de los días. Aterradita se quedó Ana, quien para entonces ya estaba con los desarreglos premenopáusicos, aunque ante tamaña visión se diría que total Yaveh mucho más prodigio había obrado en Sara haciéndola parir a los noventa tacos (puede que esta explicación se la diera el mismo Gabriel, para terminar de convencerla). Acabada su tarea, el ángel voló hasta Joaquín y, transfigurándose en un zagal, le recriminó que estuviera alejado de su esposa. El pastor le contestó que había sido maldito por Dios y denigrado por sus sacerdotes y que ahí pensaba seguir. Entonces el chaval se le reveló como un ángel del Señor y le instó a volver pues su mujer estaba en cinta de él. Por supuesto Joaquín lo creyó y ni se paró un segundo a dudar si el muchacho era de verdad un ángel y, sobre todo, si el hijo de su mujer sería suyo, habida cuenta del tiempo que llevaban sin cohabitar. Muy al contrario; se alborozó inmensamente y mandó seleccionar los mejores ejemplares de sus rebaños para volver con ofrendas de sobra. Tardó treinta días en regresar y cuando se presentó ante la Puerta Dorada de la ciudad ahí estaba Ana (oportunamente avisada por el laborioso ángel). Qué hermosa escena: los cónyuges abrazándose empapados en lágrimas de gozo y todos lo vecinos aplaudiendo el milagro (probablemente la criada se había encargado de difundir la noticia por el barrio). Joaquín, claro está, tuvo que invitarlos a un generoso convite en su casa.
Al día siguiente, pese a la pesadez de cabeza, el futuro abuelo de Cristo madrugó y pidió a sus pastores los diez corderos blancos que había reservado para sacrificarlos a Dios. Una vez en el Templo, tras ser felicitado por los sacerdotes, Joaquín le prometió a Dios que el nasciturus lo entregaría al servicio religioso, pero se guardó de comentárselo a su mujer, no fuera que el disgusto trajera males al embarazo. Mas tres meses después, un día en que la criatura se agitaba más de la cuenta en el vientre materno, Ana, en un arrebato de gratitud, le dijo a su esposo que deseaba que el futuro hijo o hija fuera entregado al Templo. Eso es buena sintonía conyugal, tanta que muy escéptico hay que ser para no ver la inspiración divina. Todavía antes del parto, Ana ya con una ostentosa barriga, volvió Joaquín al Templo (no había revisiones en el ginecólogo) a renovar sus sacrificios (como quien renueva ecografías). Y sucedió que en el momento de sajar la arteria de un inmaculado corderito blanco en vez de sangre manó leche. Silencio pasmado entre todos los asistentes hasta que Eleazar, el sumo sacerdote, le pregunta al pastor en nombre de quién presentaba la ofrenda. Contesta Joaquín que la hacía por su futuro hijo y entonces el religioso da la explicación del prodigio: lo que nacerá del vientre de su madre, será una hembra, una virgen impecable y santa; y esta virgen concebirá sin intervención de hombre, y nacerá de ella un hijo varón, que llegará a ser un gran monarca y rey de Israel. ¡Toma ya! Para que recurrir a Isaías (“he aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo”) cuando se cuenta con una profecía mucho más cercana de la llegada del Mesías (lástima que sea apócrifa). Nada más que reseñar durante los últimos meses de gravidez. En cuanto al momento del nacimiento hay discrepancias entre el protoevangelio y el armenio; para el primero el parto fue a los nueve meses, pero el otro lo reduce a siete e incluso da la fecha (8 de septiembre, no me pregunten según cuál calendario). En realidad, si suponemos que fueron dos los meses que Joaquín estuvo fuera de su casa (tampoco en eso coinciden las fuentes), podemos explicar la divergencia en que cada pseudo-evangelista contaba desde una fecha distinta. Yo me inclino por que fuera sietemesina o, lo que es lo mismo, que la concepción se hubiera producido a la vuelta de Joaquín, probablemente esa misma noche tras la celebración y con la potencia viril a tope por la larga abstinencia. Ello implicaría que el ángel no le habría dicho, pese a la afirmación de los apócrifos, que su mujer estaba embarazada sino que iba a estarlo, lo cual explica a su vez que el hombre no se mosqueara. Pero sietemesina o no, lo cierto es que todos coinciden en que la niña era una monada, extremadamente bella, graciosa y radiante a la vista, sin tacha ni mancilla alguna, que tales fueron las palabras de la partera. Ana decidió llamarla María, que originalmente era Miryam, la hermana de Moisés y de Aarón, pero por aquellos tiempos se decía Mariám, en el arameo corriente. Según Croiset (pues los apócrifos no dicen nada al respecto), era también el nombre de la madre de Ana, pero vaya uno a saber de dónde sacó ese dato el jesuita francés.God bless the child - Blood, Sweat & Tears (Greatest Hits, 1972)














